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jueves, mayo 07, 2026

El hantavirus

Es inevitable retrotraerse a los años del Covid cuando en los medios asalta con fuerza la presencia de un virus, un confinamiento, los asintomáticos y cosas de esas. Los recuerdos afloran con fuerza, y más cuando se escucha la voz de Fernando Simón, uno de los emblemas de nuestro fracaso nacional ante el Covid, diciendo que es probable que los casos no sean muchos más allá de los que se han conocido. Fue escuchar y ver al personaje en los medios y las redes se llenaron de memes sobre la urgencia de ir a por papel higiénico y demás, en un ejercicio de broma colectiva que sabía sacar lo poco que, de aquellos tiempos, resultó útil.

Ahora, con un poco más de rigor, vamos con el hantavirus, y lo que puede ser capaz de provocar y no. Resumidamente, y por lo que he leído a expertos que saben de esto mucho mucho más que yo, es un virus que tiene una muy alta tasa de mortalidad, de entorno al 30% o 40&, por lo que es un mal bicho, pero una limitadísima capacidad de contagio, lo que lo convierte en un transmisor casi imposible para propagar algo mínimamente parecido a una ola de infectados. Su reservorio son un tipo de ratas, y ahí dos variantes. Una, la asiática, de donde toma su nombre por un río coreano en cuyo entorno se detectó, y otra, la llamada de los Andes o sudamericana. Esta última parece ser la que está afectando a los pasajeros del crucero de la discordia. Tiene un grado de letalidad algo mayor que la asiática pero es igualmente difícil de transmitir. Al contrario que el Covid, la gripe o similares, no se propaga por el aire al ser exhalada, sino que requiere un contacto estrecho, físico, con el infectado, lo que implica que el aislamiento de los pacientes es más que suficiente para cortar la transmisión del virus. Así, el bicho es malo pero tiene las patas tan cortas que no puede llegar lejos, y eso evita que sea un problema serio. De hecho es endémico en ciertas zonas de Argentina, en su parte sur, y se sospecha que de ahí haya podido surgir el brote, probablemente llevado al crucero por algún pasajero que se infectó en tierra, a saber cómo, antes de embarcar, y a partir de ahí el brote ha surgido. Si se fijan por los datos que se han conocido, hay algunos cientos de personas en el barco y, a pesar de que el número de fallecidos es relevante, tres, el de contagiados que presentan síntomas es realmente bajo, síntoma de la dificultad de transmisión incluso en un entorno tan cerrado y limitado como es un crucero, en el que las interacciones entre pasajeros y tripulación son constantes, por el mero hecho de compartir pasillos, comedores o demás servicios comunes. Por lo tanto, tiene toda la pinta de que estamos ante un problema sanitario que afecta a los que se encuentran a bordo, a pocos de ellos, y que es muy difícil que se puede propaga en tierra, se realicen escalas para trasladar a los cruceristas a sus países de origen o no. La peligrosidad de un virus la da el producto entre su letalidad y su capacidad de transmisión, y la selección natural hace que aquellos que sean muy letales no tengan alta capacidad de transmisión, dado que acaban con sus huéspedes antes de que puedan acceder a otros cuerpos donde reinicien su proceso de incubación. Los virus exitosos, como la gripe o el Covid, sin ir más lejos, combinan baja letalidad con alta capacidad de transmisión, porque esto es lo que les permite maximizar el número de huéspedes que los van a “cultivar” y así prosperan biológicamente sobre el resto. Una combinación de alta letalidad y elevada capacidad de transmisión se da en las películas, pero es prácticamente imposible de encontrarla de manera natural. ¿Es posible generarla como arma biológica? Sí, si no ahora probablemente sí en el futuro, pero no estamos ante nada de eso.

En definitiva, la probabilidad de que el hantavirus acabe derivando en una crisis sanitaria de grandes dimensiones es mínima. No debemos alarmarnos ante ello, y pese a las incongruencias e incapacidades de nuestras autoridades, que ya el Covid demostró hasta qué punto son capaces de llegar, la biología está de nuestro lado y lo más probable es que este asunto se acabe disolviendo en los medios una vez que los pacientes lleguen a tierra y pasen las cuarentenas establecidas, sin que se produzcan demasiadas novedades al respecto. Eso sí, a los pasajeros del crucero, un viaje de lujo, se les ha amargado la aventura por completo, y a los que han fallecido y sus allegados ni les cuento.

lunes, diciembre 16, 2024

El lío de MUFACE

Ya decía Forges que los funcionarios conocen cosas que el resto de los humanos ni imaginan. Una de las primeras con las que uno se topa cuando empieza a trabajar con ellos es que poseen un seguro privado para todo el colectivo de la administración general del estado, al que luego creo que se le han ido incorporando funcionarios de otras administraciones. MUFACE, que ese es su nombre, funciona mediante una concesión en la que el estado paga a unas aseguradoras privadas que ofertan servicios médicos a los mutualistas, los funcionarios, con una cartera más o menos amplia de prestaciones. Eso hace que, salvo cuando las cosas se ponen feas, los funcionarios no acudan regularmente a la sanidad pública.

MUFACE ha ido decayendo con los años, por varias razones. Antes era obligatorio que, al hacerse funcionario, se vieran apuntados a este sistema, por lo que el colectivo de usuarios engrosaba en su base y decrecía en el extremo final, pero desde hace ya bastante tiempo se oferta a los de nuevo ingreso la posibilidad de que escojan entre este sistema mutualista o la seguridad social convencional. Apuntarse al sistema público ha sido una decisión que, poco a poco, ha ido calando entre el colectivo, y esto se ha traducido en dos consecuencias claras. Por un lado, el número de usuarios del sistema ha ido reduciéndose poco a poco, al no compensar las altas con las bajas. Por otro, y esto es lo determinante, la edad media de los mutualistas se ha disparado, y esto en cuestiones sanitarias es básico. Como todo seguro de salud, su rentabilidad está en el hecho de tener una amplia base de clientes jóvenes que pagan y no consumen (la edad les mantiene sanos) y un colectivo menguante de edades mayores en las que los tratamientos médicos se disparan y encarecen. En el balance entre estos grupos está la rentabilidad del negocio. El que los que no consumen se reduzcan y la edad media de los usuarios crezca es la pesadilla del negocio, porque el coste no va a hacer sino subir. Ante esto, las aseguradoras tienen dos opciones. La obvia, cobrar más a todos, la sibilina, reducir prestaciones. Por lo que me han comentado muchos de mis compañeros de trabajo es la segunda la que se lleva haciendo desde hace tiempo, de tal manera que la cartera de coberturas y la calidad del servicio se va reduciendo poco, a veces de una manera muy disimulada, pero constante. Lo segundo, cobrar más, es lo que ha estallado ahora. Las tres empresas que ofertan este servicio, Adelas, Asisa y DKV, han acordado no presentarse a la prórroga de la concesión ante las autoridades alegando que el precio al que se ofertaba era ruinoso. Reclaman una subida superior al 50% de lo ofertado por el gobierno, y este se muestra dispuesto a un aumento que no alcanza el 20%. La ruptura entre las partes ha caído como una bomba entre el más de un millón de asegurados, que justo con el final del año pueden ver como, de no llegarse a un acuerdo rápido, las mutuas les pueden empezar a dejar de prestar servicio, no ya reducirlo, sino directamente no responder. Como todo, hay personas que apenas hacen uso de estas prestaciones y otras que están sometidas a tratamientos frecuentes e intensivos por enfermedades crónicas de mayor o menor gravedad. Para todos ellos, el que la mutualidad que les ha atendido durante gran parte de su vida, el sistema, se desvanezca es una nefasta noticia, y un evidente motivo de preocupación. ¿Qué va a pasar con ellos y sus tratamientos? Algunas fuentes del gobierno, especialmente del Ministerio de Sanidad, que carece de competencias al respecto, han salido a proclamar que extinguir MUFACE es algo que debe hacerse antes o después, y que todos esos usuarios deben reconducirse a la sanidad pública, y que las aportaciones que el gobierno hace para cubrir la póliza médica deben transferirse a los presupuestos de los gestores de la sanidad, en este caso las CCAA, para que con esa financiación extra hagan frente al aumento del número de usuarios. Como teoría no está mal, pero llevarlo a la práctica, y en un plazo de meses, se me antoja como imposible.

Madrid, donde más funcionarios hay, es la región que vería su sanidad más tensionada, pero no sería la única. Todas las regiones tendrían que afronta algo para lo que no están preparados, y es que el problema no es sólo de dinero, sino simplemente de recursos físicos, de dispensarios, de personal, de infraestructuras, que no se hacen de un día para otro. Si es necesario desmantelar MUFACE, que puede que lo sea, debe hacerse con cabeza, con un plan meditado, que permita una transición ordenada y, sobre todo, de tranquilidad a los usuarios de la mutualidad que ahora demandan sus servicios y que, de un día para otro, se han encontrado con un enorme problema que ellos no han causado. Conociéndonos, se improvisará y habrá historias para no dormir.