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miércoles, diciembre 10, 2025

Prohibidas las redes sociales a menores en Australia

Hace un tiempo alguien dijo que el móvil era el nuevo tabaco, y me pareció en su momento una expresión bastante acertada para definir el grado de enganche que nos genera el dispositivo y las perniciosas consecuencias, aún muchas en duda o estudio, que puede generar en nuestro cuerpo y, sobre todo, mente. Desde entonces el proceso de adicción al dispositivo ha ido a más en todo el mundo y las redes sociales se han convertido en el gran absorbedor de tiempo, atención y recursos de muchos millones de personas, en mayor proporción si se es joven, pero con un patrón de adicción que se da en cualquier edad y grupo social.

Desde hoy, en Australia, está prohibido al acceso a redes sociales para menores de 16 años. X, Facebook, Tik Tok, Snapchat, Instagram…. Todas ellas y algunas más exigen ya conocer la edad real del usuario y para ello requieren documentación o registros, lo que se haya determinado en la norma por parte del gobierno de Camberra, para verificar que quien realmente accede a ellas realmente ha cumplido, al menos, esa edad límite. Las plataformas dueñas de las redes, casi todas ellas norteamericanas (gran excepción la china Tik Tok) se quejaron ante el gobierno cuando se produjo la presentación de esta idea y su debate en el legislativo, pero han acabado aceptando a regañadientes instalar sistemas de control de acceso, a sabiendas de los costes que esto les va a suponer y, sobre todo, las futuras ganancias que pueden perder. La idea de la norma es que, conocidos ya algunos estudios en los que se señala el impacto de la sobredosis de redes sociales en el desarrollo de patologías como la ansiedad, depresión o el autismo social, los jóvenes australianos se vean forzados a volver a la vida “exterior” de antaño en la que las relaciones entre personas se hacían cara a cara, no con pantallas mediante. La norma es, por ahora, única en el mundo, y supone todo un experimento sociológico, tanto para ver si realmente llega a ponerse en la práctica como, si lo logra, ver si genera efectos. Prohibir es un recurso fácil de proclamar y difícil de llevar a la práctica, ya que siempre genera un mercado negro alternativo en el que la prohibición se vulnera, creando de paso una cierta aura de transgresión, que a esas edades juveniles tiene un atractivo evidente. Hay soluciones tecnológicas que permiten saltarse cortafuegos, muros y demás sistemas de restricción de acceso, y en el mercado internacional no serán pocos los que ofrezcan pasarelas a los chavales australianos para que puedan entrar en las redes saltándose los límites. Habrá que estudiar todo eso, pero es probable que también haya numerosos grupos de críos que sí cumplan la norma y se restrinjan en su uso del móvil, y serán estos los que sirvan como base para comprobar si algunas de esas patologías que antes les comentaba, que se sospecha se han acelerado notablemente por la presión de las redes y el mundo virtual, se frenen, revierten o mutan de alguna manera. A esas edades la presión del grupo, el pertenecer a uno y el papel que se desempeña ante los amigos son fuerzas inmensas que condicionan notablemente el comportamiento de la gente. La adolescencia es, en esencia, la gestión de la presencia de la persona en el entorno social una vez que la autoridad familiar ya no es la única que rige. Durante ese periodo, en el que siempre hay problemas, la influencia que recibe el chaval de lo que y quienes le rodean es máxima y suele socavar lo que las familias han ido inculcando de una u otra manera, a veces de forma violenta, otras no, cada persona es un mundo. Y es evidente que las redes, que a los adultos nos condicionan mucho en nuestro día a día, suponen para los menores una entidad de una fuera irresistible. El triunfo, la visibilidad, el dolor, el reconocimiento, todo ahora mismo gira en torno a ellas, para los críos y para nosotros. Piense usted que me lee, que puede que tenga la sensación de que el móvil y las redes le oprimen, lo que pasará por la cabeza en formación de un crío ante un mundo virtual desbordante e infinito.

A priori, sin ser un experto en el tema, sí creo que hay que establecer una serie de limitaciones en el acceso a dispositivos y a su uso a edades tempranas. Eso de que los jefes de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios donde escriben a mano y se prohíben las pantallas no es un mito, sino una realidad, y parece demostrada la pérdida de ciertas habilidades sociales y mentales tras el consumo indiscriminado de pantallas. Como pasa con el coche, que podemos usar y tiene enormes ventajas, la sociedad ha ido creando un código de circulación para evitar accidentes e impedir su suso cuando no se conoce la normativa ni las consecuencias de emplear la máquina sin control. Puede que Australia, pionera en este caso, marque el camino. Habrá que ir viendo cómo se desarrolla esta iniciativa.

viernes, julio 18, 2025

La IA y el internet que conocemos

Desde hace un tiempo, no mucho, se habrán dado cuenta de que, cuando buscan algo en Google, lo que aparece arriba del todo en la pantalla de resultados, antes de cualquier enlace, es la propuesta que la IA de Alphabet, la empresa matriz dueña del buscador, les sugiere ante su consulta. A veces es un texto pequeño y en otras ocasiones un par de párrafos. Tras ello, como sucedía antes, se listan los enlaces que PageRank, el algoritmo que ha permitido convertir a Google en el monstruo que es ha seleccionado como los más relevantes dada su consulta, y en donde se puede acceder a la información solicitada y contenidos más relevantes o completos.

Si la IA es buena, y lo que ofrece inicialmente es correcto y satisface la consulta hecha, mucha gente optará por tener su consulta resuelta y no entrará en ninguno de los enlaces ofertados por el buscador, con lo que, aunque se muestren, no se utilizarán. Antes de la implantación de la IA, sin otra posibilidad, era inevitable que el usuario que buscaba algo accediera a alguno de los enlaces mostrados, casi siempre los dos o tres primeros nada más, de tal manera que veía el contenido de esas webs y, de paso, además de la duda que le había surgido, podía acceder a otro tipo de información que pudiera serle curiosa. Ahora ya no. La gran mayoría de los usuarios se quedan con el resultado que otorga la IA y no clican a ninguna otra parte. Las consecuencias de esto son muy interesantes. El tráfico en internet está empezando a bajar, sí, sí entendemos como tráfico el número de páginas consultadas, los accesos a las mismas, etc. Google era una enorme fuente de demanda de tráfico que el buscador canalizaba a millones de webs, y que ahora ya no funciona como canal, salvo en un pequeño porcentaje de los casos. Antes, estar en lo más alto del PageRank era un orgullo, e incluso fuente de estafas, con empresas que modificaban código y hacían perrerías para intentar engañar al algoritmo para que las posicionase en lo más alto como resultado de la búsqueda. Ya no hace falta nada de eso. Miles y miles de webs que antes obtenían accesos a través de las búsquedas ahora son consultadas muchísimo menos, de tal manera que su relevancia se apaga, su papel disminuye y se van convirtiendo poco a poco en islas en un mar menos transitado. Google, y su servicio de IA, siguen accediendo a toda la información relevante y se quedan con el resultado de las consultas de los usuarios y las respuestas, y comprueban en cada una de las iteraciones pregunta respuesta que reciben, millones y millones al día, la efectividad de su IA y los efectos en el buscador y en la web. De hecho el papel de buscador empieza a ser menos de buscar como tal y más de servicio de consulta directo, y eso altera por completo la ecuación que hemos visto durante bastantes años en el internet que hemos conocido. Una de las mayores consecuencias, de las más relevantes en el plano económico, han empezado a denunciarlas servicios webs como revistas, portales y otros muchos, que viven de la publicidad que facturan, y que la contratan en función de las visitas que reciben. Como es lógico, cuantas más visitas, más puedo cobrar en mi web por poner anuncios y más ingreso por ellos, y más posibilidades tiene el anunciante de que su producto llegue a más gente. Si el acceso a mi web se derrumba porque las visitas ya obtienen información directa de lo que desean sin acudir a lo que publico, el anunciante querrá renegociar el contrato o, directamente, cancelarlo, porque una web que se ve poco interesa poco. Y así los ingresos que mantienen muchos de los servicios están empezando a declinar por primera vez desde que internet explotó, porque existe una competencia feroz que es capaz de suplantar a la audiencia que antes tenían y les proporcionaba su fuente de financiación. La IA les está quitando el negocio.

Si el proceso se extiende, si las IAs aumentan su capacidad y precisión, si finalmente todo lo que se quiera saber esté al alcance de una IA que es capaz de responder al instante, ¿Cuál es el papel que le queda a internet? ¿Está condenada la red a ser un barrio decadente con visitas menguantes y, en muchos casos, lugares cerrados o apenas visitados? No se sabe, pero la derivada de que la IA iba a hacer que internet fuera una de sus primeras víctimas no la había visto casi nadie, muestra de que, en general, el futuro es impredecible y, en particular, que es casi imposible saber hasta qué punto pueden llegar los efectos de la IA en nuestras vidas. Todo está por averiguar en este caso, y no hay brújula ni mapa, sólo incógnitas, que la propia IA desconoce.

miércoles, enero 22, 2025

Tic tac Tik Tok

Una de las primeras medidas presidenciales de Trump ha sido la de levantar la prohibición ratificada por el Tribunal Supremo sobre la red Tik Tok. Hace ya meses la administración Biden inició un proceso para prohibir el uso de esa red en EEUU alegando que su empresa matriz, la china ByteDance, colaboraba con el gobierno de Beijing y la información que la aplicación recolectaba era accesible para los servicios de inteligencia de esa nación. Por un motivo de seguridad nacional, la norma que aprobó el Congreso daba la oportunidad de, vendiendo el negocio en suelo norteamericano a una empresa local, mantenerse, si no, el cierre. Trump, en su momento, apoyó esta forma de actuación.

¿Se imaginan cómo sería su vida si, de repente, la red social de la que tanto disfrutan, y a la que están enganchados, se cierra? Esta pregunta se la pudieron responder los usuarios de Tik Tok en EEUU desde las cero horas del pasado domingo, cuando entró en vigor la prohibición y la app se fue a negro en todos los dispositivos. Cerca de la mitad de la población de ese país, unos 170 millones, son usuarios de esa red, y su expansión global es absoluta, siendo ahora mismo, probablemente, la red social más usada del mundo (whtasapp es otra cosa, creo yo). Su éxito entre la población infantil y juvenil es total y el formato de vídeo corto, chorra y vertical ha arrasado en todas partes. Según los expertos, es la que tiene el algoritmo mejor depurado para conseguir enganchar al usuario de la manera más eficaz posible y en el menor tiempo, que es el objetivo último de este tipo de empresas. El usuario, cautivo por su propio deseo, es una fuente de datos valiosísima para negocios paralelos en los que la publicidad y las ofertas comerciales de todo tipo tiene una enorme importancia. Así mismo, como otras redes, hay miles, millones si me apuran, de usuarios y empresas que se han organizado en torno a ella para generar negocios, creando contenido, cobrando suscripciones y demás alternativas que ofrece el mundo de las redes. Tik Tok es una máquina de generar riqueza tanto para su empresa matriz como para los que la utilizan como un activo en sus negocios, por lo que el cierre de este tipo de servicios genera efectos económicos potentes en sectores de lo más diverso. Una red social no es sólo un sumidero de tiempo personal, que también, sino un negocio enorme que vive de la imbricación de los millones de usuarios que posee, y que crece en capacidad financiera a medida que la red se expande. La masa vale en sí misma. En el mundo actual probablemente Tik Tok es la reina en lo que hace a usuarios e Instagram lo es en lo que hace a negocio, habiéndose convertido en una herramienta obligatoria para cualquier empresa. Otras redes se encuentran en retroceso, como es el caso de Facebbok, por la cada vez mayor edad de sus participantes, o Twitter, antes X, metida en polémicas sin fin en las que el comportamiento desquiciado de su dueño no hace sino agravar. El caso de Tik Tok es especial porque se trata de la única empresa no norteamericana, para más inri china que ha conseguido triunfar en el mundo global de las redes. Todas las demás han sido desarrolladas en California, en Silicon Valley, por lo que la red china es un competidor ajeno, y muy fuerte. En el mundo en el que la atención del usuario es lo fundamental, los minutos que se pasan en Tik Tok no se usan en Instagram u otras plataformas, por lo que es obvio que las empresas norteamericanas consideran un competidor muy serio a la entidad china, y han aplaudido con las orejas durante todo el procedimiento legislativo que estaba encaminado a su prohibición. ¿Buscan simplemente el monopolio? ¿Las alegaciones de seguridad nacional son una excusa para quedarse con el mercado de un rival poderoso? No son pocos los que opinan que detrás de estos movimientos existe simplemente lo de siempre, la lucha económica y la colaboración de un estado, en este caso, el norteamericano, con sus empresas para que una empresa extranjera no sea competencia. Si finalmente la app se permite en aquel país pero es gestionada por una matriz norteamericana, las excusas sobre la defensa de la privacidad de los usuarios quedarán convertidas en papel mojado, y el que la gestione pegará un gran pelotazo económico. ¿Será Musk quien se haga con ella?

Ahora que no nos oye nadie, querido lector, es obvia la certeza de la acusación sobre los datos de los usuarios, porque claro que el gobierno chino se queda con ellos y los usa para espiar, al igual que lo hace el gobierno de EEUU con los datos que recolectan sus empresas. El único que no espía con datos es el que no tiene acceso a ellos, así de simple. A partir de ahí el problema es una mezcla de poder, influencia global y negocio económico, en la proporción que ustedes deseen. A la espera de saber cómo acaba esto, piense en su vida sin su red favorita ¿Cómo lo llevaría?

viernes, septiembre 06, 2024

Un piñazo en Mercadona

Si ha habido alguna historia divertida, en este verano de infamias gubernamentales y actualidad internacional desatada, es la de las piñas y el Mercadona. Creo que empezó como una broma en un poadcast o en una cuenta de una red social de una red social de un grupo de humoristas, pero por cosas de la viralidad, el verano y, claro está, la necesidad, se ha convertido en uno de los temas de conversación más recurridos en cafés del trabajo y de cualquier otro entorno. Esta semana la BBC lo trataba en un artículo en el que el “pinnapple-gate” se mencionaba como causa de revolución en los supermercados más frecuentados de España. Como ven, la broma tiene recorrido.

Lo de ligar en el supermercado es algo que, sin duda, algunos intentarán, sea cual sea el producto que lleven y la hora a la que vayan. Cuando uno quiere y necesita cualquier oportunidad es buena para intentar echar las redes, aunque sospeche que sólo va a conseguir arrastrarlas por el fondo. A priori este que les escribe cumple todas las condiciones necesarias para ser objeto de la broma. Soltero, sin compromiso, acudo a los supermercados de la cadena normalmente en el intervalo horario en el que los colgados podemos, de 19 a 20 horas, tras salir del trabajo. A partir de ahí incumplo algunos parámetros, porque llevo un carro extraño, en el sentido de los productos que cojo, no muy acordes a la idea del soltero habitual. No cargo ni cervezas ni patatas fritas, aunque no hace falta ser un lince para darse cuenta de que vivo solo al ver lo que voy depositando en la cinta de la caja para ser cobrado. ¿Me fijo en algunas de las clientas mientras hago la compra? Sí, claro, como lo hacemos casi todos los chicos, los desparejados desde luego, en casi todos los ámbitos de la vida, pero ya casi por una costumbre, no por plantearme nada, y menos por imaginarme una historia con ribetes pasionales al lado de los congelados, como medio para aliviar calores súbitos. Se puede uno hacer ideas sobre las personas que van solas y sus pedidos, y deducir, eso suele ser relativamente sencillo, si tienen hijos o no, pero a partir de ahí probablemente cualquier intento de inferencia sobre sus vidas esté condenado al fracaso. No descarto que haya alguno que viva con su pareja gracias a un encuentro casual en el pasillo de droguería, o que de ser atendido frecuentemente por una cajera haya acabado pidiendo algo más que la cuenta y los vales de descuento, pero mi experiencia en la compra no tiene nada de sentimental, ni momentos memorables en los que he sentido que el choque de un carrito era una señal de flecha cupido portada por cuatro ruedas. No, no ha habido nada de eso. Quizás la noticia se pudiera complementar de manera adecuada con algún reportaje en el que, en efecto, se muestra alguna pareja nacida del último pan de molde que quedaba en la estantería y que fue requerido por ambos, suponiendo así el inicio de su vida en común, que rememoran cada vez que untan rebanadas y las saborean. O de otros que eran pioneros en eso que ahora se llama poliamor, que se apuntaban al dos por uno mucho antes de que alguno quisiera ponerlo de moda, y que empezaban con las conservas para acabar manteniendo la estabilidad de su relación hogareña y la que surgía entre lata y lata, abiertas todas ellas con algo de desenfreno y poco cuidado. Cada pasillo del super puede llegar a contar historias mucho más sugerentes que las relacionadas con la estudiada disposición de los objetos y con voces bastante más melosas e incitantes que esa que, cada cierto tiempo, llama a no se quién para que limpie el pasillo cuatro o acuda a su caja. Acudir a caja como metáfora de llegar a donde se consigue alcanzar lo deseado, a cubrir la necesidad, a ser atendido en el cariño.

En parte, también, esta historia de la piña muestra que estamos necesitados de amor, que la soledad en la que vivimos crece, que las parejas en nuestro entorno se rompen cada vez con mayor frecuencia y que no está nada claro que el dominio de las aplicaciones de ligue hayan conseguido cubrir el agujero sentimental en el que viven muchos. Por mi parte, no lo duden, he hecho en el super lo mismo que fuera de él, nada en este aspecto, y obviamente nada he conseguido, pero a ver si sale alguien que cuenta cómo conoció a su mujer, u hombre, mientras trataba de hacer la fastidiosa lista de la compra. Sería una buena historia, seguro.

lunes, junio 03, 2024

Demasiados ciberataques

A lo largo de la semana pasada se han sucedido los ataques informáticos a empresas e instituciones públicas españolas, habiéndose conocido el nombre de varias de las afectadas. Iberdrola, Santander, Telefónica, la DGT…. La lista es larga y no incluye precisamente a pequeñas corporaciones, no. En la mayor parte de los casos se ha tratado de intrusiones que buscaban hacerse con datos personales de clientes, bien para suplantarlos o para chantajearlos amenazando con su difusión. No han sido ataques que buscaban la caída de los sistemas, sino el puro robo de información y su venta ilegal.

El objeto de estos robos y ventas es que, o bien los autores del delito o, principalmente, terceros, se hagan con bases de datos de DNIs, nombres, fechas, y demás información que puede ser muy útil para suplantar operaciones financieras opacas o para extraer dinero a los titulares o cosas por el estilo. Modernas formas de robo que buscan lo de siempre, nada más. Lo significativo de estos casos ha sido la oleada de empresas afectadas y la sensación de que se estaba ante toda una campaña de acoso, sensación que no se si es cierta o no. Los intentos de delito informático están a la orden del día y cada jornada se registran ataques de varios tipos con fines delictivos, y alguno que otro que busca testar las medidas de seguridad por un mero interés tecnológico por parte de quienes los cometen. Pocos, pero quedan hackers que no están interesados en la comisión de delitos financieros, sino en demostrar que son los más listos en la selva web. Si se ha producido un pico de ataques sería bastante interesante saber si hay algo en común en todos ellos, si hay pocas manos que los hayan ordenado. La omnipresencia de la mafia rusa y sus sistemas de desinformación acude rauda a nuestras cabezas cuando pensamos en estos asuntos, y una de las principales sorpresas que tuvo el inicio de la guerra de Ucrania es que no se produjo un proceso de ataques cibernéticos de gran escala ni sobre aquella nación ni sobre otros países occidentales. El temor a que los rusos bloqueasen sistemas de gran importancia en occidente mediante el uso de sus ejércitos de espías informáticos y granjas de bots no se concretó en casi nada, afortunadamente, pero el temor siempre está ahí. Los recientes desencuentros con Israel y el papel primordial que tiene este país en el desarrollo de tecnología de seguridad y en la cooperación en su uso (el famoso software Pegasus es de origen hebreo) inducirá a algunos a pensar que, no directamente, porque sería muy descarado, pero sí mediante una orden de no colaboración Israel puede haber abierto la puerta a que parte de los sistemas de seguridad y defensa virtuales de nuestro país hayan decaído y eso haya permitido que algunos de los que están constantemente intentando atacar lo hayan logrado. Como todo en la vida, es una hipótesis posible, pero no la veo muy probable. Lo cierto es que, a medida que la digitalización conquista más y más facetas de nuestra existencia, la cantidad de información y dinero que se esconde en la web es mayor. Las nubes, esas inmensas granjas de servidores que permiten que las redes sociales, los sistemas de compra y pago y almacenamiento operen con normalidad de manera ininterrumpida son filones de datos en los que los delincuentes pueden encontrar oro si se lo proponen. Sí, la geoestrategia puede influir, pero quizás la codicia sea suficiente para explicar una racha de asaltos tan intensa y con atacados tan célebres. Aunque las medidas de seguridad de las webs sean crecientes, la sensación de que la intimidad de nuestra información pende de un hilo no deja de ser permanente, y sospecho que habrá que tenerla siempre en mente de aquí en adelante, y actuar en consecuencia.

Los departamentos de seguridad informática son, cada vez, más robustos, y el papel de los organismos púbicos de seguridad, como el español INCIBE, claves a la hora de atajar este tipo de amenazas. Lo cierto es que nuestra vida actual ya no es posible de llevar a cabo con la red caída. Ni el ocio, ni el consumo, ni nada que nos podamos imaginar funcionaría con sistemas y servidores no operativos, y la disrupción económica y social de un ataque generalizado sería difícil de imaginar, cada vez más a medida que un nuevo sector se virtualice gracias al avance tecnológico. Es la vieja carrera militar del escudo y la flecha llevada a lo más profundo de la tecnología informática. Y los de las flechas siguen espabilando a toda velocidad. Urgen escudos.

lunes, abril 08, 2024

Bodas e hipocresía estética

Este fin de semana se casó Martínez Almeida, y por primera vez en la historia de la ciudad un alcalde, en el ejercicio de su cargo, no sólo ha oficiado bodas sino que ha sido él misso el contrayente. Sobre ciertos aspectos de la relación y enlace, como la diferencia de edad o la velocidad del noviazgo, tengo opiniones que no valen más allá del perímetro de mi boca, por lo que no sirve de nada que las exprese. Como en todas las bodas, espero que sean felices, se lo pasen bien y su relación de pareja eche raíces y se fortalezca. En estos tiempos mantener en pie una pareja empieza a ser casi heroico dada la tasa de rupturas y divorcios.

Lo que sí me parece reseñable es la reacción, especialmente en las redes sociales, ante el enlace. No me refiero a las bromas, memes y demás, que son normales ante casi todas las situaciones y que uno debe aguantar, sea el contrayente o invitado al evento, sino directamente a los insultos que Almeida ha recibido por tener esa forma suya de comportarse y ese aspecto, en ambos casos dotados de poca gracia natural. Era interesante, y muy hipócrita, comprobar el linchamiento que se producía a lo largo del sábado por parte de tuiteros anónimos a la figura del alcalde, pero era bastante peor leer comentarios directamente insultantes por parte de usuarios de las redes que, día sí y día también, tienen la palabra empatía en la boca, que no dejan de reiterar la necesidad de que todos nos apoyemos y seamos mejores los unos con los otros, y demás cosas que llenan los manuales de autoayuda basura con los que se nos inunda en estos tiempos. Personas que, en no pocos casos, hacen negocio de las necesidades afectivas, que denuncian la crueldad de la sociedad en la que vivimos, que demonizan el capitalismo como fuente de todos los males (también de gran parte de sus ingresos, ante eso callan) y que reclaman que no juzguemos a los demás por lo que aparentan ser sino por su interior, que no nos quedemos en la dictadura de la moda, de la imagen, de la estética impuesta como canon por muchos que dominan las redes, esos que son influyentes, y que debemos rebelarnos ante la dictadura de lo bello. Pues bien, este sábado tenían la perfecta oportunidad para poner en práctica su discurso comprensivo y benefactor, porque será lo que se quiera, pero Almeida no es guapo. ¿Y qué ha recibido? Sobre todo insultos, provenientes como antes decía de anónimos y de esos que reclaman la huida de la belleza dictada. Uno veía de refilón algunos de esos comentarios y no podía dejar de pensar en la rabia con la que estaban escritos, en el deseo de hacer daño que llevaban y la ira con la que quienes los colgaban realizaban sus actos. Y al ver eso me surgía una pregunta obvia que no encontraba respuesta. ¿Por qué? ¿Qué lleva a alguien a insultar a otra persona, en este caso, por su aspecto estético? ¿Qué gana alguien comportándose de esa manera? Como sucede por las redes sociales, en muchos casos es el anonimato lo que exacerba la pulsión destructiva que anima en cada uno de nosotros, en mayor o menor grado, pero los había que no se cortaban mucho desde perfiles no recónditos. El tema del acoso en redes sociales es de los más importantes que hay hoy en día, especialmente en el mundo de la adolescencia, y el que un grupo de imbéciles se dediquen a meterse contra alguien, cosa que en los institutos se ve casi a diario, suele ser fuente de grave frustraciones, y se relaciona en no pocas ocasiones con tentativas de suicidio, tristemente consumadas en muchos casos. Pues bien, en el mundo de los adultos hemos visto este fin de semana un comportamiento bastante similar al de una panda de gilipollas adolescentes contra otro adulto, por el mero aspecto que tiene y sus formas, y es cierto que a estas edades el efecto de este tipo de acciones es menor ante personalidades ya formadas, pero no por ello es menos desagradable e hiriente. Y sigo sin saber el por qué de estos linchamientos públicos

En el fondo, más allá de cuestiones políticas, Almeida me cae bien porque es feo, torpe y un fracasado en temas sentimentales, tres aspectos en los que coincido plenamente. Se lo que es que a uno las chicas le manden a la mierda varias veces por ser feo, pesado, incapaz y cosas por el estilo, y si a mi me tocase dar patadas a un balón en saques inaugurales lo haría como él, lesionando a alguien, o tropezándome yo mismo, que sigo sin saber botar un balón de baloncesto o darle con una raqueta a una pelota de tenis. Por las razones que sean, Almeida ya no está solo, y deja de pertenecer a mi club de colgados, en el que cada vez quedamos menos, por el mero hecho del paso del tiempo. Espero que sea feliz y que la gente que va por ahí insultando se pudra.

viernes, noviembre 04, 2022

Twitter bajo el mando de Musk

Finalmente Elon Musk se ha hecho con Twitter. En el fondo, ha tenido que comprarla por bocazas, porque tras haberlo prometido y hacer una oferta se echó para atrás de manera absurda. Los dueños de la tecnológica vieron el chollo de colocarla por 44.000 millones y se armaron de abogados que pleitearían hasta el infinito. Los letrados de Musk acabaron por convencerle de que sería mucho más caro el litigio, las costas y las penalizaciones que la propia compra, y finalmente el multimillonario entregó la cuchara y, con ella, la disparatada cifra por la que se ha vendido la compañía del pajarito. Elon ya es el dueño de la jaula.

Twitter es un enorme lío, como concepto, como empresa, como entidad capaz de generar negocio y como entorno social. Es la red en la que más domina el odio, en la que la información y la opinión puede frente al hedonismo, la bandera de Instagram, o el cachondeo. Monetizar Twitter es complicado más allá de la inclusión de publicidad y patrocinios, porque hacer que los usuarios paguen por el uso de sus cuentas es algo que no realiza red social alguna. Se supone que las redes sacan el mayor volumen de sus ingresos de lo que conocen a sus usuarios y son capaces de explotar en beneficio de la compañía. Puede que en Twitter, red que funciona por libre frente al conglomerado Meta, ese factor sea secundario, o una simple mercancía que es vendida con o sin el consentimiento de los usuarios, vaya usted a saber. Lo cierto es que la red del pajarito es famosa, sobre todo, por ser el campo de batalla político global, por estar siempre a tiro de políticos y de populistas, que se exaltan y usas los caracteres de que disponen para insultar y acosar sin muchos frenos. El uso de cuentas anónimas, pensadas para que aquellos que escriben desde lugares donde son perseguidos los derechos humanos puedan mantenerse a salvo y expresarse libremente, ha degenerado en una montaña de usuarios fantasma, escondidos en motes, que van por la red pegando zancadillas y puñetazos virtuales a todo lo que se mueve a su alrededor, ejerciendo un matonismo zafio e insoportable. El disparo en el uso de bots, cuentas automatizadas que escriben sin intervención humana, que tiene sus utilidades, ha hecho que miles de ellos suplanten a personas de verdad y que, vía algoritmos, se sumen a campañas de desinformación, acoso, bulo o cualquier otro propósito nocivo. La regulación de los contenidos ha sido, desde el principio, uno de los grandes problemas de Twitter, el cómo llevarla a cabo y hasta dónde, y aquí hay tantas opiniones como personas. Musk ha sido partidario del modelo libertario, nulas reglas, total libertad, que cada uno ponga lo que le de la gana. El problema es que no se cómo se compatibiliza eso con el hecho de que cada uno se haga responsable de las cosas que haya puesto y las denuncias que, en el mundo real, le puedan surgir por ello. Si con un usuario fantasma voy propiciando amenazas de muerte en Twitter soy un evidente capullo, sí, pero además estoy en el limbo de cometer un delito, y gestionar una red en la que hay muchos potenciales delincuentes es un enorme problema para el que no hay respuestas claras. Si la toxicidad sube la lógica y el sentido común se largan, y la red empieza a ser dominada por usuarios basura, mientras que los valiosos o se callan, o directamente, se largan del pozo de fango. Por eso, también, la monetización, que es tan obvia en el caso de Instagram, se complica mucho, porque anunciantes de todo tipo no desean unir su marca a un entorno que pueda ser considerado como tóxico, viciado, sesgado, nada atractivo. Alguna empresa ya ha dicho que suspende sus campañas de promoción en Twitter y si son muchas más las que lo hacen el negocio que acaba de adquirir Musk ya tienen una enorme vía de agua.

Venía ayer en Microsiervos el enlace a una web que mide el nivel instantáneo de odio en Twitter, el odiometro, que funciona en castellano, y que ahora mismo, 08:10 de la mañana, registra un nivel de 75 – 80 tweets de odio por minuto. Imaginen por la tarde y en medio de cualquier boba polémica de cada día. Más allá de despedir ingenieros y adoptar sus políticas de trabajo intensísimas, Musk tiene una bomba en las manos que nadie tiene muy claro cómo desactivar o, por lo menos, controlar. Y todo en un entorno, que comentábamos ayer, de tipos de interés al alza, de problemas financieros crecientes y de dolor en las cotizaciones de las tecnológicas. Está por ver si Musk ha hecho un buen negocio o se ha metido en un marrón de dimensiones inabordables.

jueves, octubre 27, 2022

Meta, en problemas

Hoy subirá los tipos el BCE y las presentaciones de resultados de ingresos y beneficios de las compañías se suceden en bolsa, donde se vive un rebote desde hace una semana. Ayer, al cierre de Wall Street, presentó el estado de sus cuentas Meta, la empresa de Mark Zuckerberg, matriz de tres marcas universalmente conocidas: Facebook, Instagram y Whatsapp. Los números que dio sobre ingresos y facturación en el tercer trimestre del año no gustaron mucho, y tras una sesión a la baja, el valor llegó a desplomarse hasta un 12% en la cotización posterior que se produce al cierre del mercado. A la hora en la que escribo esto, poco antes de las 8 de la mañana española, Meta cotiza a -19,66% en el postmercado.

¿Ha dejado de ganar dinero la empresa? No, desde luego que no, pero el ritmo que presentan esos ingresos se está frenando de una manera decidida, y en gran parte eso se debe a un concepto en el que Zuckerberg ha puesto todos los huevos de su imperio, una cesta llamada Metaverso. La obsesión de Mark por que llevemos nuestras vidas a un mundo virtual es la manera que ha encontrado para volver a seducir a los millones de usuarios que se dieron de alta en Facebook y llenaron de vida esa red pero que, cada día, muestran una menor actividad en sus muros y otros lugares habilitados para ello. Facebook está decadente, algo que les pasa a todas las cosas una vez que dejan de ser novedad y se convierten en rutina. Y una red decadente factura menos por publicidad, que es el gran negocio financiero de la empresa. Si a ello sumamos las inversiones enormes que Meta debe estar realizando en personal y sistemas para el desarrollo del metaverso, podemos entender que los flujos de caja arrojen beneficios menores. No es un gran problema si todos, empezando por los inversores que se juegan su dinero, creen en las bondades del mundo virtual vendido por Meta, pero ¿qué pasa si el metaverso no funciona? O, funcionando, ¿resulta ser algo mucho menos relevante de lo que la empresa vende? En ocasiones pasadas se ha repetido el mantra de que una determinada tecnología iba a revolucionar un sector y se realizaron grandes inversiones en ella. Luego la realidad demostró que estábamos ante una ilusión que sólo generaba costes. Así, de golpe, se me ocurre el revuelo que se organizó con el 3D en los cines, vendido como el revulsivo de las salas y la experiencia visual. Se empezaron a vender incluso televisores que soportaban la emisión en 3D para poder ver películas y otros contenidos de manera tridimensional en casa, todo ello con las preceptivas gafas, algunas más aparatosas que otras. Transcurridos unos pocos años el recurso a la tridimensionalidad en las salas es prácticamente nulo, y los exhibidores bastante tienen con sobrevivir tras los estragos pandémicos. La televisión y las series han arrasado con las salas y han llevado a las casas los estrenos producidos por plataformas de streamming, cosa que casi nadie previo, pero el personal se sienta ante televisores planos de toda la vida, que emiten en el convencional 2D. Y si encuentra alguna tienda que venda gafas de 3D es probable que se las regale para que se las lleve y deje sitio en los almacenes para otro cachivache. El metaverso tiene ante sí lo más complicado para predecir, la incertidumbre, y eso hace que dentro de unos años puede que estemos hablando de la realidad de la red, del entorno que es el mayoritario o, por el contrario, que sea recordado como un fiasco más de unos visionarios que se equivocaron en su apuesta, y que sólo generó costes y pérdidas. O que, en un punto intermedio, se haya convertido en un nicho exitoso en ciertos entornos, como el de los videojuegos o en experiencias inmersivas de viaje y ocio…  A saber. Es esa imposibilidad de conocer lo que puede acabar sucediendo lo que, en el fondo, empieza a ser una losa en la valoración de la empresa, y eso penaliza sus datos. Los inversores pueden ser más impacientes de lo que cuesta un desarrollo técnico o un proceso de implantación en el mercado, y eso es capaz de llevarse la idea, económicamente, por delante.

En general, el mundo de las redes sociales se enfrenta a su estado de madurez en lo que hace al ciclo empresarial. Las clásicas, pongamos Facebook, Twitter e Instagram, han tocado techo en su número de usuarios activos, o están en un proceso de ascenso muy contenido, y cada vez son más noticia por los problemas que generan y las broncas que en ellas se dan que por su aportación a la cadena de valor empresarial. La única red que sigue creciendo con fuerza es Tik Tok, china, no controlada por Silicon Valley. ¿El futuro de las redes que conocemos es la debacle que vive Snapchat? Lo que fue un pelotazo, la red de mensajería instantánea en la que los mensajes se autoeliminann al poco tiempo, languidece en bolsa. El tiempo lo dirá.

martes, abril 26, 2022

Twitter vale 44.000 millones de dólares

Puede usted mirar en los bolsillos de las chaquetas que tiene en el armario a ver si encuentra algo de suelto. El socorrido recurso de retirar los cojines del sofá también resultará útil. Será muy afortunado si encuentra algún eurillo suelto, pero, a lo mejor, se topa con varios miles de millones, que no recordaba donde los había puesto. Musk debe tener un sofá muy muy grande, lleno de pliegues y recovecos, aunque dice que no tiene piso en propiedad, y se ha sacado de la manga 44.000 millones de dólares en efectivo, así, a lo bilbaíno, para comprarse un pajarito que promete desenjaular del todo. Ay, el amor eterno de los humanos a sus mascotas.

Musk es un personaje en sí mismo, en todos los sentidos, y su historia de uso de Twitter daría para algunos libros y tratados de psicología. También de economía, pero más por el lado fraudulento que por el inversor. Pocos casos he visto de uso más torticero y fraudulento de la influencia que otorgan las redes sociales para alterar el valor de activos cotizados y jugar con ello para ganar dinero. En una de sus jugadas típicas, Musk compra Dodgecoins, una moneda virtual creada a la estela del Bitcoin pero con carácter paródico, y tuitea que permitirá usarla para comprar teslas, los coches que él fabrica, y claro, la cotización de Tesla sube y la del Dodgecoin mucho más. Tras la subida vende las monedas de jugeuete y vuelve a tuitear que no, que era broma, que sólo dólares y nada más, y la acción de tesla cae un poco y el valor del Dodgecoin se derrumba. Caso así ha habido numerosos a lo largo de los últimos años, que han permitido acrecentar aún más la fortuna de Musk y llevarlo al olimpo de las deidades tuiteras, con una ristra enorme de polémicas tras cada uno de sus mensajes. Se notaba que, además de forrarse un poco más, Musk se divertía en una particular versión del “bar de Lola” que organizaba Pérez Reverte, dejando caer algunos mensajes en la plaza pública y luego disfrutando como un enano de las batallas encarnizadas que se montaban entre palomas y palomos, picoteándose todos ellos mutuamente. No se si como una empresa, pero Musk ha visto Twitter como uno de los juguetes más divertidos con los que se ha encontrado a lo largo de estos tiempos, y no será porque no tiene juguetes el hombre, que hace coches y cohetes entre otras cosas. Imbuido por un cierto mesianismo de defensa de la libertad y la necesidad de que Twitter sea el ágora global de verdad, cosa que resulta ser en parte, aunque sea un ágora demasiado proclive al linchamiento y la crucifixión, Musk llevaba tiempo reclamando cambios en las reglas de funcionamiento de la red y en las formas de gestión de una empresa cuyos números no eran, n mucho menos, tan boyantes como otras redes como, pongamos, Facebook o Tik tok líderes globales tanto en usuarios como en, ojo, gestión publicitaria. Twitter se ha quedado relativamente estancada en unos trescientos y algo millones de seguidores en el mundo, es líder absoluto en impacto en lo que hace a medios de comunicación y relevancia política y social de los mensajes allí emitidos, pero en lo que es comercialización, negocio puro y duro, Instagram hace tiempo que le superó en todas las dimensiones, y también Tik Tok le ha rebasado. Twitter es un lugar tan interesante como duro, un sitio en el que se puede aprender mucho y compartir más, pero en el que la violencia campa a sus anchas y el acoso está a la orden del día. Si Instagram es el triunfo del hedonismo vacío y orgulloso, y Tik Tok el de la broma adolescente., Twitter es el lugar de las broncas, de las polémicas, de las denuncias, de la muy mala leche, ese espacio en el que uno pone “buenos días” y, a los pocos segundos, alguien contesta “lo serán para ti, gilipollas”. Y aun así, es con diferencia la red social más interesante y valiosa de todas por la información que en ella se pone.

¿Qué pretende hacer Musk con Twitter? No lo se, veremos a ver si él mismo tiene una idea clara al respecto. Sus últimos mensajes se han centrado en la defensa de la libertad de expresión y el control de los “bots” cuentas en las que no hay personas por detrás, sino programas informáticos, algunos útiles, la mayor parte sembradores de bulos y cizaña. Habrá que ir viendo lo que decide el nuevo dueño, a quién escoge para que lleve las riendas diarias del negocio y cómo la comunidad de usuarios responde ante las novedades que puedan ir surgiendo, pero lo único seguro es que el juguete ya es suyo. Si ofertase un descuento por la compra de un Tesla para los usuarios de twitter sería una medida que, sin duda, sería bien recibida. Conociéndole es capaz de ello.

martes, octubre 05, 2021

La caída de Facebook

Ayer, desde pasadas las cinco de la tarde hora españolas hasta casi la media noche, se produjo una interrupción completa de los servicios del emporio de Facebook, que no sólo incluye esa enorme red social, sino otras dos empresas tan universales como Whatsapp e Instagram. Al parecer se produjo un problema técnico bastante serio en las instalaciones centrales de la empresa, sitas en California, que afectaba a servicios críticos como el DNS que permite resolver los nombres de las direcciones web y otros factores críticos, que hacen que internet funcione. Los sistemas internos de la empresa, desde los equipos de los empleados a las cerraduras de las puertas, completamente digitalizados y autogestionados, dejaron de funcionar de igual manera y, por espacio de bastantes horas, ese ente ultratecnológioco se convirtió, literalmente, en nada.

Hay varias ópticas para abordar una situación así, y la obvia es la de la seguridad de los servicios en los que basamos nuestra vida diaria y el riesgo que tienen de colapsar, y mandarnos a todos a una edad media oscura, si se derrumban o son saboteados (está por ver si lo de ayer fue un grave error interno o un ataque informático). De mientras no nos pongamos en serio a analizar esta, cada vez mayor, falla en nuestra forma de vida más riesgo tenemos de caer por el precipicio, pero quería hoy centrarme en un aspecto al que, poco a poco, se le empieza a dar la importancia debida y que también tiene implicaciones profundas. Ayer, durante las horas en las que no funcionaron esas redes, twitter era un hervidero de risas y memes al respecto, pero también el reflejo de la frustración de muchos por no poder usar los servicios para los que, me atrevo a decir, viven. ¿Cuántos ayer en el mundo sufrieron algo parecido a un síndrome de abstinencia al comprobar que su móvil no les respondía? Pensemos en Instagram, ese inmenso mundo consagrado al hedonismo, al exhibicionismo de la presuntamente extrema belleza y falsa imagen personal en la que millones de sus usuarios dedican horas sin límite para crear una imagen de sí mismos que sea globalmente atractiva. A todas esas personas, y empresas, que invierten tanto tiempo y dinero en la creación de sus perfiles, la caída de la red les supone una auténtica catástrofe en lo económico, sí, pero sobre todo en lo emocional. El valor de un “me gusta” es, para ellos, como un beso real, como un abrazo, como un polvazo si me permiten el crudo símil, y por ese “me gusta” que engrosa su cuenta son capaces de hacer lo que sea. Si la red deja de funcionar su objeto de deseo, su fuente de placer, el lugar en el que encuentran sentido a gran parte de su existencia se desvanece, y de ahí a la crisis profunda de la persona apenas hay un paso. Son varios ya los estudios que demuestran que esto que les digo no es una tontería que me haya inventado, sino la descripción de un serio problema. Centrados en Instagram, su toxicidad entre ciertos grupos de personas y tramos de edad empieza a ser incuestionable, y no son pocos los que a estas redes les denominan el nuevo tabaco, para hacernos una idea de lo que fue la extensión de la epidemia de tabaquismo durante gran parte del siglo pasado, observándose durante mucho tiempo el fumar como algo beneficioso y saludable, cosa que hoy en día nos parece incomprensible, pero que generó enormes industrias y, también, un estilo y formas de vida que hoy vemos retratado en películas e imágenes de la época que nos chirrían. Como siempre pasa en estos casos, son las personas más susceptibles y necesitadas de respaldo las que caen más fácilmente en este problema, y la adolescencia es la época perfecta para acabar enganchado a todo tipo de problemas, en demasiadas ocasiones de manera involuntaria, no tanto buscados como encontrados. Como cuando las tabaqueras explotaban su negocio y lo difundían, incluso con la colaboración de los médicos, las empresas de redes sociales tienen estrategias de captación dirigidas a aquellas personas que son más proclives a engancharse, y todo ello con la puntería exacta que otorga su magistral dominio de los datos que acumulan de sus usuarios. Saben a quién y cómo dirigirse para hacerlo un enganchado de su red y, por tanto, cliente de servicios y de publicidad asociada. El negocio es tan redondo como, sí, oscuro.

Sí hay que decir que, a diferencia del tabaco, que sólo tiene propiedades negativas, las redes sociales pueden ser útiles, beneficiosas y agradables si se usan bien, pero es lo mismo que pasa con casi todo, desde los coches al azúcar, que el secreto está en la dosis, no en el bien. Hacer desconexiones de las redes, valorarlas como lo que son y no encumbrarlas, aprender, en definitiva, a usarlas y domesticarlas es una tarea que nuestra sociedad tiene que hacer, y para la que no hay manuales de instrucciones. Parte del buen uso de las redes pasa, creo, por la limitación en las prácticas de búsqueda de adicción que los algoritmos que las definen emplean con sus usuarios. Ayer, por varias horas, los influencer de Instagram volvieron a ser lo que eran antes de crearse la red, nada, personas como usted y yo. ¿Qué tal lo pasaron desconectados?

martes, mayo 25, 2021

Los incansables sembradores de oído (para Luna y AIS)

Se nos llena la boca reclamando la vuelta de los abrazos tras más de un año de distancia social forzada, pero cuando vemos a una cooperante de Cruz Roja envolviendo con los suyos a un joven subsahariano, aterrado, usado como munición por parte del gobierno de Marruecos, parte de la sociedad decide linchar a la voluntaria y le hace la vida imposible. Una escritora realiza un discurso en la sede del gobierno exponiendo su visión de la vida y deseos, fruto de lo que le ha tocado vivir, y en pocas horas el odio exponencial decreta poco menos que su cabeza sea cortada y ensartada en una pica. Todo esto en apenas una semana.

¿De dónde surge tanto odio? ¿Por qué odiar así, de esa manera? Cada vez entiendo menos el funcionamiento de esta sociedad en la que todos tenemos megáfonos para expresar nuestra opinión, pero los usamos como arma arrojadiza, como instrumento para golpear a los que no piensan como uno cree que deben pensar los demás. ¿Vamos por la calle insultando a todos con los que nos cruzamos? No, entonces, ¿por qué en las redes funcionamos como bestias pardas causando daños sin cesar? Sin lugar a dudas el anonimato influye y ofrece una excelente coartada para desatar todo tipo de instintos que nos reprimimos en la vida real, en la que no nos podemos camuflar bajo identidades falsas ni hacernos pasar por lo que no somos. Pero hay algo más de fondo, algo más oscuro, y creo que tiene que ver con el absoluto endiosamiento al que hemos llegado respecto al yo, a la creencia cierta de que lo que uno cree, piensa, hace, es lo mejor, y que somos el patrón por el que debe cortarse el discurso y vida de los demás. En un mundo cada vez más complejo, en el que las respuestas escasean y no son completas, nos refugiamos en nuestras percepciones, y nos convertimos en jueces absolutos. Quizá como vía para sobrevivir en la creciente complejidad que nos abruma, simplificamos hasta el extremo y desatamos iras y pasiones ante lo que nos lleva la contraria. Se hace muy duro asumir la adultez de nuestras decisiones, la responsabilidad de las mismas, que conllevarán éxitos y, desde luego, fracasos, y como alternativa infantilizamos el mundo, le quitamos color, aristas, matices. Todo es de un cuadriculado blanco y negro fantástico que no deja espacio para la incertidumbre y el miedo. Todo encaja en ese esquema rígido al que nos subimos y desde el que pontificamos. El que se sale de ese esquema es digno de hoguera, de lapidación, de escarnio, de eliminación. El discurso discrepante respecto a nuestra postura es peligroso, porque puede desestabilizar el marco estrecho que nos arropa y da seguridad, que nos tranquiliza. El sedante que hemos fabricado para afrontar la realidad pierde eficacia ante opiniones que no son las nuestras, y por tanto, debemos combatirlas, exterminarlas, hacer que se callen para que no pongan en riesgo la seguridad que nos ofrece la prisión mental que nos hemos autoconstruido. En el fondo anida un salvaje instinto de protección, que busca consolar el miedo al vacío, a lo desconocido, a lo que, como cuando éramos niños, se veía como un constante reto y riesgo. Ahora ese concepto, el de riesgo, nos domina, y no encontramos otra vía para acotarlo que ese marco rígido al que me refería. Buscamos a otros que compartan ese mismo marco, para autoafianzarnos, y desde la creencia compartida en la fe verdadera, la de uno mismo, dedicamos la mayor parte de nuestros esfuerzos a combatir a los que no siguen nuestros dictados. No realizamos autos de fe medievales con quema de infieles en la plaza del pueblo, porque no está permitido, pero en el ágora virtual de las redes ejecutamos esos mismos actos de venganza con la misma saña y pasión con la que se ponía en los llamados tiempos oscuros, frente a los cuales los nuestros demuestran no ser demasiado luminosos. Y reconfortados en la ceremonia del odio, afianzados nuestros marcos, no sentimos protegidos y seguros.

Debo ser un tipo muy raro, más aún de lo que de mi se dice, porque mi perspectiva se va emborronando con el paso del tiempo, cada vez tengo menos certezas, bien porque me han fallado, porque me surgen dudas o porque otras ganan peso, y ante un mundo que no deja de complicarse las dudas crecen sin cesar, y se que no hay manera de afrontar muchos de esos retos con recetas sencillas. Y sobre todo estoy seguro de que odiando será la única manera de no arreglar ninguno de los problemas. Por eso no entiendo cómo disfrutan las jaurías virtuales de sus aquelarres, como esas piras virtuales arden sin cesar buscando nuevas víctimas a las que ajusticiar, en espectáculos que cuentan con muchísimos seguidores y cómplices. Otra de esas cosas que, cada vez, entiendo menos.

martes, diciembre 22, 2020

Ataque de hackers a EEUU

A nuestro pesar, este año hemos aprendido mucho de virología, pero de la humana, no de la informática. La pesadilla de muchos distópicos, un ataque masivo que nos dejase sin la moderna tecnología en la que nos basamos para todo ha resultado ser, de momento, incierta, pero resulta, paradojas de la vida, que un virus biológico ha dejado al mundo humano real sumido en el ostracismo y esa tecnología es la que nos ha permitido ir tirando, de tal manera que el consumo de red y la adicción a las pantallas han sido en este año el pan nuestro de cada día. Si uno lo piensa fríamente y, pongamos, esta pandemia se da en los años noventa, antes de la llegada de internet, no habría muchas diferencias entre la vida de encierro equivalente y la medieval. El desastre sería absoluto.

Pero también ha habido ataques informáticos relevantes. Muchos de ellos se han aprovechado de la omnipresencia de internet en nuestras vidas a partir de marzo, y de las puertas abiertas que eso ha generado, pero otros han sido de más amplio espectro. A finales de este mes se ha conocido un cibertataque masivo sufrido por EEUU, que ha afectado a sistemas civiles y militares de un montón de áreas del gobierno. Defensa, interior, seguridad, comercio… la lista de departamentos afectados es tan grande como duradero ha sido el asalto, se habla de meses, como profundo en lo que hace a la información a la que se ha llegado. Como es obvio, en este tipo de noticias no se sabe toda la verdad, de primeras porque estamos ante acciones de espionaje profundo y eso siempre implica información fala, de segundas porque las dimensiones este tipo de ataque no son tan obvias, ni mucho menos, como las de un atentado físico, que genera un destrozo visible y mucho más fácil de calibrar, y en tercer lugar porque, obviamente, el atacado siempre va a intentar minimizar los supuestos efectos conseguidos mientras que el atacante se regodea de su éxito en las sombras. Todo está envuelto en brumas, como el no amanecer de hoy en Madrid, pero por las informaciones que están surgiendo parece que sí que estamos ante un asalto informático realmente serio, que ha logrado penetrar brechas de seguridad de la Superpotencia y cuyas implicaciones son imposibles de determinar. ¿Quién ha sido el causante? Casi todos los que de esto saben apuntan sobre todo a Rusia, a hackers que trabajan para Putin y sus amigos, pertenezcan o no al gobierno, y que son expertos en este tipo de acciones. Trump, en recientes tuits, ha minimizado las consecuencias de lo sucedido (por lo tanto, lo que ha pasado es muy grave) ha desviado la posible culpa de Rusia a China (por lo tanto, el amigo Vladimiro aparece aún con más fuerza como sospechoso) y ha relacionado lo sucedido con el infinito y vergonzoso fraude electoral que no deja de denunciar día sí y día también en medio de su creciente soledad. Tanto ruido de Trump para desviar la atención sólo puede indicar que, haciendo un paralelismo con la pandemia que no iba a ser nada, lo que ha pasado es muy gordo. Algunas fuentes hablan de auténtico acto de guerra, de ataque hostil con objetivo de desestabilizar y causar el mayor daño posible. Se habla de un “Pearl Harbour digital” en referencia al golpe militar sorpresivo que los japoneses protagonizaron en 1942, justo ahora que, por la pandemia, muere en la nación norteamericana cada día algo más de todas las víctimas que causó aquel ataque. Como es muy difícil saber qué es lo que ha pasado resulta imposible afirmar hasta qué punto la seguridad de aquella nación se ha puesto en entredicho y cuántos y cuáles de sus secretos o informes han sido violentados. En todo caso es evidente que el ciberespacio es, desde hace tiempo, un lugar de batalla entre naciones, servicios de inteligencia, empresas y personas anónimas, y la capacidad de generar daño en el mundo real mediante ataques informáticos es cada vez mayor. EEUU lo ha demostrado con acciones dirigidas a países hostiles, como Irán, por lo que puede que estemos ante algo similar. El tiempo, y mucha suerte en forma de confidencias reveladas, nos dirán lo que realmente ha sucedido.

Y será la nueva administración Biden la que se haga responsable de los problemas y daños que este ataque haya podido causar y, también, de las represalias que se merezca, a juicio de EEUU. Es probable que, ante un ataque de hackers, se responda de igual manera, de tal manera que la cruenta guerra cibernética que se disputa en la red siga siendo algo invisible para la mayoría de nosotros. Si lo piensa es curioso, resulta un enfrentamiento de una asimetría devastadora, ya que apenas unos ordenadores manejados maliciosamente pueden dejar fuera de servicio infraestructuras, armamento y otros dispositivos de un coste astronómico y enormes capacidades. La ciberdistopia ha sido aplazada por la pandemia, pero cuando las vacunas venzan al virus, las batallas de hackers y gobiernos seguirán en la red. Y no dejarán de ir a más.

martes, octubre 20, 2020

Cada vez cuesta más gestionar el odio en la red

No es comparable a cualquier acto delictivo que se produce en el día a día, no, pero el odio que destila nuestra sociedad es, cada vez, mayor, y las expresiones de violencia que lo amparan crecen con una naturalidad que no deja de parecerme obscena. Asomarse al pozo de una red social en cualquier momento permite ver discusiones que se desmadran en apenas minutos y se convierten en cruces de acusaciones de trazo grueso que harían palidecer a rudos marineros. Amparados en el anonimato de las redes, muchos de sus usuarios se limitan a utilizarlas como altavoz de su intolerante visión de la vida. ¿Por qué? ¿Tiene esto remedio?

Una de las preguntas de fondo sería si la mera existencia de las redes sociales ha amplificado el odio que ya existía en la sociedad o lo ha fomentado. Si lo que nos asusta es que nos permitan ver algo que hasta su llegada existía, pero no percibíamos, o han alentado comportamientos de este tipo. La respuesta es difícil y, me temo, no muy esclarecedora. Cuando antes la red social era un bar y el ámbito de lo que allí pasaba no se alejaba unos pocos metros de la barra también había discusiones interminables en las que “se arreglaba el mundo” lo que daba por sentado que, fuera de ese círculo, todos eran unos inútiles que no tenían ni idea. Lo cierto es que esas discusiones podían también llegar al trazo grueso, era lo habitual, pero no pasaban del bar. Cuando el grupo se disolvía nada quedaba de lo dicho, ni siquiera ruido en el aire. Ahora, con las redes, esas discusiones tienen alcance global, se pueden escuchar desde cualquier parte, y lo dicho queda registrado para siempre. Estos cambios, profundos, podrían inducir a la gente a que fuera un poco más serena, a preocuparse de que lo que se diga esté basado en certezas y no en meros prejuicios, pero resulta que sucede todo lo contrario. Asistir a la comunicación que, vía redes sociales, ejercitan los partidos políticos, sin ir más lejos, y en gran parte de los países, es introducirse en una tabernera discusión llena de sectarismos e improperios que sonroja a cualquiera, pero que es alentada por los seguidores de cada una de las formaciones con fe ciega. En el caso que comentaba ayer, el del profesor francés vilmente asesinado, las redes escupieron bilis islamista durante varios días contra su persona, sin que nadie hiciera nada para evitar no ya un futuro atentado, sino una presente persecución y hostigamiento. Sale gratis insultar en las redes, cagarse en alguien, soltarle todo tipo de epítetos a cualquiera. Las empresas que las gestionan siguen defendiendo que son una plataforma, un tablón de anuncios, y que la responsabilidad de lo que allí se expone es de quien lo expone, no del lugar en el que lo hace. No les falta algo de razón, pero no la tienen toda, dado que su modelo de negocio, de ganar dinero, es la visibilidad que les dan los usuarios que usan de sus servicios. Y las broncas generan ruido, poder mediático, influencia y, desde luego, dinero. Que los que gestionan los millones y millones de euros que se mueven en publicidad en las redes se declaren totalmente ajenos al uso que de las mismas se hace no deja de ser algo hipócrita, más o menos como si un fabricante de coches no se hiciera responsable de accidente alguno porque, en el fondo, es el conductor el que siempre pilota y decide. Según esa filosofía, no es necesario invertir en sistemas de seguridad en los vehículos, como airbags o cinturones, porque todo accidente es producto de una negligencia del usuario, y el vehículo, el sólo, no tiene culpa de nada. Esta argumentación se nos hace completamente ajena, absurda y carente de lógica, pero se debe a que llevamos años con los coches, con su tecnología, con sus problemas e inconvenientes, y hemos aprendido a convivir con ellos, los hemos domesticado.

¿Sucederá lo mismo con las redes? ¿Acabaremos por aprender a usarlas y a penalizar su mala utilización? No lo se, quizás sea el camino. Una de las opciones es mantenerse alejadas de ellas, y más en tiempos de histeria social y crisis profunda como los que vivimos, pero hoy en día, convertidas en herramientas de comunicación de primer nivel, la presencia en ellas es obligada para millones de profesionales de muy distintos ámbitos. Como el carnet de conducir, puedes vivir sin él, pero mejor tenlo por si lo necesitas (y practica para que no se te olvide). Mi consejo, tonto, es que sean cuidadosos con el uso de las redes, cuenten hasta diez antes de escribir o difundir algo, guarden su bilis para aporrear setos, no personas y sus avatares, y cuando vean una bronca en la red, hagan como yo y huyan.

lunes, julio 15, 2019

¡Google, óyenos! ¡Google, escúchanos!


Dice un pasaje del evangelio que, allí donde estéis dos o más en mi nombre, allí estaré yo. Requiere fe creer en la presencia de Jesús entre nosotros, pero no es necesaria para dar por seguro que, donde se encuentre un aparato tecnológico, allí estarán Google, Facebook, Amazon o cualquier otra gran compañía de internet escuchando todo lo que decimos, escrutando nuestros pensamientos y monitorizándonos sin cesar, seamos conscientes de ello o no. Eso es algo que a la empresa en cuestión no le importa en lo más mínimo, porque sabe que su capacidad para escrutarnos y manipularnos no depende de ello.

Ha admitido google que un porcentaje de las conversaciones que registra su asistente son grabadas y analizadas por expertos. Según la empresa californiana, el objetivo es mejorar las capacidades de comprensión de la inteligencia artificial que escucha desde ese dispositivo para aumentar así la calidad y precisión de las respuestas y, con ello, la satisfacción del cliente. Esa versión oficial, que puede ser cierta o no, tiene una contrapartida como versión oficiosa, que es muy real, y es que todo el espionaje al que somos sometidos busca, por encima de todo, aumentar la rentabilidad de los productos que se venden para, de paso espiarnos, y acertar en la publicidad de todos los demás productos que demandamos, para poder ser vendidos de la manera más efectiva posible. Google vive, sobre todo, de la publicidad. Conocer al dedillo a cada uno de nosotros es la mejor manera de saber qué necesitamos, qué queremos, en qué nos gastaríamos nuestro dinero y, en ese momento, ofrecérnoslo, convirtiendo los deseos personales en compras, en dinero, haciendo lo más felices posibles al vendedor del producto y a google, ya que ambos han ido sobre seguro en la transacción comercial. El consumidor, ¿se ha hecho feliz? Sí, en el sentido de haber satisfecho su necesidad, pero lo cierto es que ha sido a base de desnudar su personalidad a una empresa que se la ha espiado con o sin su consentimiento. ¿es justo el intercambio? Para algunos lo será, para otros no, pero realmente es esa la situación que vivimos cada día y que, no lo duden, irá a más. Todos los dispositivos nos controlan, siguen, escrutan y tratar de saberlo todo de nosotros, no para darnos seguridad o felicidad, sino para vendernos cosas. Saben estas empresas perfectamente que la publicidad del siglo XX, generalista, segmentada, ha muerto, y que el futuro, casi ya el presente, es la publicidad personal el hacer a cada persona en cada momento la oferta de lo que esa persona quiere. Y los algoritmos de estas empresas empiezan a ser capaces de predecir lo que los humanos queremos en cada momento. Gracias a la información que nos roban, sin nuestro permiso, y la que ofrecemos gratuitamente en redes sociales y en otro tipo de situaciones en las que compartimos intimidades, sus perfiles de trabajo empiezan a poder caracterizarnos de una manera tan precisa como automática. Los algoritmos cada vez aciertan más y a veces entran ligeros escalofríos cuando una de las sugerencias que se otorgan por mor del afán de estas máquinas resulta ser algo de lo que uno estaba pensando. ¿Somos tan predecibles? En la mayoría de los casos sí, y eso basta para que inversiones masivas en aparatos de uso más que discutible, como el de esos asistentes personales de voz, se rentabilicen de la noche a la mañana en forma de compras de otros productos que sí necesitamos. Google, Facebook y otras empresas nos quieren conocer para sacarnos hasta el último céntimo posible de los que estemos dispuestos a gastar y, tras ello, tentarnos con lo que saben que nos gusta para gastar más y más en lo que no teníamos pensado hacerlo pero que, en forma de tentación, se nos antoja irresistible. La muerte de nuestra intimidad se ha ejecutado a cambio de un puñado de dólares. Bueno, más bien, miles de miles de millones de dólares. Ese es el precio.

¿Hay manera de escapar de este control? La verdad es que no. Uno puede prescindir de esos asistentes que, ya les digo, no creo que sirvan para nada, pero no de la tele, del teléfono inteligente o de otros cachivaches que pueden ser muy útiles y que, sin avisarnos, nos registran todo lo que hacemos. Los archivos de cada uno de nosotros serán mayores o menores en función de nuestro comportamiento y de lo que hayamos permitido, a sabiendas o no, a estas empresas entrar en nuestras vidas. Pero serán en todo caso archivos de un enorme valor, tanto como el de la renta disponible de cada uno de nosotros. Lo malo es que esta información, valiosísima, no sólo se puede utilizar para que nos comportemos como monos compradores amaestrados, no. El gobierno chino muestra lo que el poder puede hacer con algo así. ¿Es todo esto siniestro? Pues sí.

miércoles, mayo 29, 2019

Mortífero viral de internet (para Verónica)


Es bastantea adecuada la metáfora que asocia el comportamiento de los virus y su forma de propagación al fenómeno que experimentan los memes y, en general, la noticias y mensajes en internet. Siguen reglas muy similares y procesos de auge y caída que son calcados a los epidémicos. Lo malo es que a veces esa metáfora llega hasta el extremo y, como en el caso de las enfermedades, puede producir la muerte, bien por la imitación de comportamientos irracionales (gente que se cuelga de cornisas, autoheridas y cosas por el estilo) o por la vergüenza que supone que información íntima se convierta en carne de comentario público al haber sido difundida en el entorno cercano. A veces el miedo puede ser insuperable y lleva a tomar decisiones dramáticas.

Este parece ser el caso de la empleada de Iveco que se ha suicidado en Madrid tras, al parecer, hacerse público y difundirse un vídeo íntimo de hace algunos años en el que desarrollaba actos sexuales. La mujer, casada y con dos hijos, en los inicios de su treintena, se había convertido, según se dice, en el motivo de comentario de toda la empresa cuando cientos de empleados habían recibido y compartido el supuesto vídeo a través de las redes sociales, en las que entran tanto las públicas conocidas como los servicios de mensajería tipo whatsapp o las cadenas de correos electrónicos. La mujer se llamaba Verónica, y el hecho de usar la forma verbal en pasado para referirse a ella lo dice todo sobre las desastrosas consecuencias de todo lo que ha sucedido. Creo que está penalmente castigada la difusión de este tipo de material íntimo, pero el tipificar algo como delito no evita que se siga produciendo. Si las cosas han sido como se dice que han sido, ¿qué responsabilidad tienen los empleados de la empresa y, en general, los que contribuyeron, de una manera u otra, a difundir ese vídeo? La penal, si existe, tendrá que ser probada y dilucidada por los jueces, pero la moral, que es personal y colectiva, parece algo más clara, y sólo puede ser evaluada por la conciencia de cada uno. ¿Se ha visto usted alguna vez ante un caso así? Me refiero al hecho de que le haya llegado, por la vía que sea, una cadena con imágenes o vídeos de contenido explícito, y ha colaborado en su reenvío. ¿Cómo reaccionaría en ese caso, si nunca lo ha vivido? ¿Lo compartiría entre sus grupos, o sólo entre aquellos “selectos” en los que el porno circula con más fluidez? ¿se lo pensaría? ¿se abstendría de hacerlo? ¿eliminaría el vídeo? El comportamiento de cada uno de nosotros ante situaciones de este tipo es determinante a la hora de que esas informaciones, que nunca debieran empezar a circular, lo hagan. Al contrario que los virus, que ni sienten ni padecen, la viralidad en internet responden a actos conscientes y decididos por los usuarios, que son los que aprietan a los iconos que hacen que un mensaje se transmita o se quede quieto en nuestro teléfono, o sea borrado. El que, como señalaba antes, la expansión de enfermedades siga idénticos patrones al de los memes indica, sobre todo, que pese a que nos consideramos personas racionales, no actuamos como tales en la mayor parte de las ocasiones. Instintos y deseos de todo tipo, primarios y profundos, condicionan nuestros actos y en muchas ocasiones los determinan. Nos llega un vídeo sexual íntimo y el yo racional dice que no hagas nada con eso, que no lo mandes, pero el yo primitivo se pone en marcha, se “activa” y empieza a condicionarlo todo. Los que provocan cadenas de memes lo saben y tratan de cazar a ese primitivo que vive en nuestro interior con señuelos que saben que funcionan. En ocasiones consiguen éxito y en otras no, pero atacan conocidos puntos débiles. Lo mismo sucede con quienes, poseedores de información de terceros, buscan hundirles propagándola, a sabiendas de que no pocos les van a ayudar.

Todo esto es, la verdad, muy viejo. Es la versión 4.0 de esas situaciones que empezaban con “oye, no se lo digas a nadie pero fulanito…” y el supuesto secreto se derrumbaba. La potencia de las redes, su velocidad y conectividad extrema en la que nos movemos son las que disparan y globalizan los fenómenos, y los sacan de su ámbito local para hacerlos globales. Como consejo práctico, por favor, trate de poseer la menor cantidad de imágenes y vídeos íntimos, suyos o de otros. No se grabe ni deje grabar por nadie. Seamos conscientes de que la única información que controlamos plenamente es la que no suministramos. Y si recibe una cadena de este tipo, por favor, no colabore con ella, frénela, evite que siga creciendo. Literalmente está en nuestras manos impedir que estas desgracias vuelvan a darse.

martes, abril 30, 2019

El ruido de las redes puede aturdirnos


Pablo Rodríguez Suanzes, corresponsal de El Mundo en Bruselas es un gran periodista, devorador de libros, hombre sabio y divulgador de cultura como pocos. Se conoce al dedillo las instituciones comunitarias y a todos los que por ellas han pasado o ejercen labores, y posee una cultura vastísima en tantos otros campos de la cultura y vida que, sinceramente, nada puedo aportar desde esta esquinita del mundo que él no sepa o sea capaz de puntualizar, rebatir o desmontar. Pues bien, comentaba este domingo, en medio del avance del escrutinio electoral, que el uso de las redes sociales, donde es un referente en Twitter con su usuario @Suanzes le había convencido de que Vox sumaría muchos más escaños de los que llevaba. A mi me pasó lo mismo.

¿Hasta qué punto las redes sociales distorsionan nuestra visión de la realidad? El caso de Suanzes no es único. Otros tuiteros interesantes esgrimían que el volumen de seguidores de Twitter o Instagram de los adolescentes que estaban encandilados con Vox hacía presagiar un voto mucho más alto para esa formación del que detectaban las encuestas, basadas en parámetros y formas de trabajo más arcaicas, no pegadas al día a día, más bien segundo a segundo, de las redes. Las conclusiones de esos tuiteros fueron, afortunadamente, desmentidas por la realidad, que otorgó a Vox un potente grupo parlamentario, pero muy lejos de sus sueños, de lo que han hecho otros correligionarios extremistas en Europa y, sobre todo, muy muy lejos de lo que el ruido de internet hacía presagiar. La conclusión obvia es que en las redes se miente mucho, y es algo cierto, pero resulta una afirmación simplista y que no lleva a ninguna parte. La conclusión interesante es que, como todos los submundos, las redes sociales ofrecen una visión parcial, sesgada, no completa de la realidad, y creo que debemos usar esos tres adjetivos como puramente calificativos, no despectivos. Parcial e incompleta porque ni mucho menos toda la sociedad tiene redes, hace uso de ellas y las utiliza como herramienta de trabajo, diversión, propaganda o vaya usted a saber qué fin. Sesgada, derivada justo de lo anterior, porque mientras que el voto es un derecho universal para mayores de edad, el grupo de usuarios de la red que sea supondrá una selección muestral de la población que, por edad, localización, estudios, educación, gustos, actitudes… lo que sea, no responderá al conjunto de la población votante. Las redes pueden ser sumamente útiles para captar tendencias y el surgimiento y desarrollo de procesos virales, que exacerban y magnifican, o servir como geniales herramientas de marketing dado que permiten posicionar productos en segmentos de población muy específicos (por no hablar de la publicidad personalizada, el sueño de todo vendedor, que el big data ya hace posible) pero pueden fracasar estrepitosamente como fuente de información en situaciones, como las electorales, en las que es vital realizar un estudio muestral lo menos sesgado posible que busque tendencias firmes entre los votantes, sin tener en cuenta su origen, renta, estrato social, educación, sexo, residencia urbana o rural…. Por todo eso, y otras muchas cuestiones, es caro y costoso realizar sondeos electorales, y más si pretenden ser precisos y ajustados a la realidad. El trabajo que en este sentido realiza Kiko Llaneras y su equipo es, en este sentido, encomiable. Mezclan técnicas modernas de muestreo y análisis probabilístico con sistemas de trabajo estadístico clásicos y consolidados para tratar de realizar fotos lo más parecidas a la realidad, y en situaciones como las de este domingo, donde la incertidumbre era muy alta, Llaneras no se cortaba al decir que las dudas le poseían, y que era una jornada infernal para los analistas por el riesgo que existía a equivocarse. El sondeo de GAD3 para RTVE o la última encuesta del CIS de Tezanos, la que sí llevaba cocina, ajustaron mucho los resultados y se parecen tanto a la realidad que sombra. ¿Qué esconden? Mucho trabajo, análisis y estudio. Y algunos, porque son inevitables, pero tratados de minimizar, sesgos.

¿Significa esto que hay que despreciar a las redes sociales como fuente de información? No, no, pero debemos ser fríos y cautos a la hora de analizar qué tendencias que en ellas se mueven corresponden a movimientos artificiales, provocados a la búsqueda de una respuesta, y cuales son espontáneos. Y en ambos casos tratar de averiguar si todo es ruido de tuiteros que viven al margen del mundo o reflejo de algo que existe en la realidad, se exprese por internet o no. ¿Cómo se hacen ambas cosas? ¿Cómo se logra? Ni idea. Supongo que relativizando, teniendo cuidado y siendo quizás algo desconfiado, pero no lo se. Y es difícil hasta el extremo. Suanzes cayó el domingo, como todos, víctima de ese ruido y furia internetero, y si él, que tiene conocimientos para cribar, sucumbió, ¿Cómo nos salvamos el resto?

Mañana es 1 de mayo, festivo en toda España, y el jueves 2 lo es en Madrid. No subo a Elorrio por lo que el viernes trabajo y nos leeremos nuevamente.

miércoles, abril 11, 2018

Zuckerberg y los datos de Facebook


Quizás lo que más fastidió a Mark Zuckerberg de su comparecencia ayer ante el Congreso de EEUU fuera el tener que vestirse con traje y corbata. Abonado a los pantalones vaqueros, camisetas y sudaderas, el disfraz de ejecutivo clásico se le antojaría al genio californiano como una prisión, una pose o una mentira. ¿Qué hago yo así? Seguro que se preguntó más de una vez, antes durante y después de una comparecencia que fue una de las noticias del día y muestra la relevancia que el caso Facebook y el comercio con los datos ha alcanzado. Zuckerber entonó un mea culpa y pidió perdón, pero a sabiendas de que no va a renunciar a ese negocio.

Y es que ese, el comercio y uso de los datos de los usuarios, es el negocio de Facebook, el valor de la plataforma para los anunciantes que en ella cuelgan su publicidad, que es la que le genera ingresos. Compartiendo información de manera gratuita y libre por parte de los usuarios, y explotándola de forma inteligente por parte de la red social, el publicista obtiene el objetivo soñado por todos los que ha ese negocio se han dedicado desde el inicio de los tiempos: la segmentación perfecta e individualizada. Una campaña de publicidad convencional en un medio convencional tendrá mayor o menor éxito si logra enganchar a más o menos gente, pero siempre habrá un grupo de destinatarios de la campaña que no se verán afectados por ella, y el anunciante no podía saber quiénes eran o no. Se tenía que dirigir a toda la población. Encuestas y estadísticas empezaron a jugar un papel importante para segmentar la población y poder clasificarla para aumentar la precisión de las campañas, orientadas específicamente a un grupo dado, empezando a reducir la cuantía de esas personas que no se verían afectadas por el esfuerzo publicitario. ¿Cuál sería el escenario perfecto? Nos lo enseñó la película Minority Report, genial por tantos aspectos. En ella cada sujeto recibía una publicidad personalizada al extremo, los anuncios se dirigían a él y no a otro, y eran distintos para cada uno de los ciudadanos, tanto en estética como en contenido. El anunciante sabía a quién le gustaba cada cosa, conocía perfectamente las aficiones, querencias, filias y fobias de cada persona y las explotaba al extremo. Era el paraíso para las marcas. De una manera más artesanal pero no menos efectiva, eso es lo que hace Facebook. Con la información que hemos depositado allí, con nuestros “me gustas” y contactos, vamos creando perfiles que pueden ser analizados y distinguidos hasta el extremo, gracias al uso de técnicas de IA y Big Data. Y así el anunciante nos conoce e inserta banners de publicidad mientras navegamos que son completamente distintos para cada uno de nosotros. Esta segmentación puede llegar al extremo de ofrecernos precios personalizados, más altos para aquellos productos que el vendedor sabe que nos encantan y que estamos dispuestos a sacrificarnos por ello. Facebook, como plataforma, vende el espacio al publicista, y dado el excelente producto que le ofrece (cada uno de nosotros) puede cobrar un precio más alto que otros soportes clásicos como la prensa, radio o televisión, que no pueden segmentar de esa manera. Y esa es la principal vía de ingresos de la compañía, de la red social. Es gratis para nosotros a cambio de que nosotros le paguemos con información, y que ellos exploten esa información y la vendan. Es así, nos guste o no. La única manera de que esto deje de ser así es abandonar esa red, y todas las demás, para mantener nuestra privacidad, y Zuckerberg lo sabe perfectamente. Es más, es el que más sabe de este negocio profundo. Por eso su petición de perdón puede ser sincera, pero su idea de que eso no se va a volver a repetir es, sencillamente, increíble, porque de eso vive su empresa.

Un pequeño detalle de estética sobre la comparecencia de ayer, que no es menor. Si se han fijado, en EEUU, el compareciente ante una de las Cámaras se sitúa frente al Tribunal sentado en un estrado inferior, teniendo delante a los que le preguntan, sitos en una posición elevada, dejando claro en todo momento quién manda ahí. En España, en las comparecencias ante el Congreso, el que habla se dirige al resto desde una tribuna que se encuentra por encima de los parlamentarios, que le observan como espectadores de un acto o conferencia, ofreciendo una imagen de poder inversa a la que se da en EEUU. Aquí parece que el compareciente domina a los parlamentarios que han solicitado su presencia. Quizás, en más de un caso, así sea.

miércoles, marzo 28, 2018

Los datos, la privacidad, las decisiones, ¿todo manipulado?

El gran problema que tienen muchas series de televisión y películas es que la realidad las supera con una facilidad pasmosa. ¿Merece la pena pagar suscripciones a canales de pago que dan una oferta de ocio que no es capaz de competir con la realidad?. Black Mirror es una de esas series, anticipatoria, que corre el riesgo de envejecer prematuramente y muy mal. Christopher Wylie, uno de los responsables y cerebro de Cambridge Analytica parece un personaje sacado del guion de esa serie, por su aspecto, sus convicciones y, sobre todo, por su relato. Lean su entrevista, se la recomiendo, encarecidamente. Ofrece una versión del mundo en el que vivimos que es algo distinta a la realidad que creemos percibir, y resulta más o menos siniestra según lo que valoremos conceptos como privacidad, verdad, criterio, libertad, etc.

Afirma Wylie que el Brexit no habría tenido lugar sin la labor encubierta de Cambridge Analytica, con la siembra de noticias falsas en los perfiles de Facebbok y el sesgo introducido en numerosos votantes. Es una afirmación arriesgada, y casi imposible de probar dado que lo pasado pasado está y es muy difícil determinar si realmente hubo movimientos de votos a causa de su labor. Hay varios analistas, con Kiko Llaneras a la cabeza, que ayer mismo rebajaban la importancia de estas declaraciones y lo consideraban más como una estrategia para defenderse y de vender las bondades de su negocio que como una posibilidad real. Llaneras usaba precisamente el que, visto desde fuera, parece el mejor argumento para defender la teoría de Wylie, y es que el Brexit se ganó por la mínima, por un muy pequeño puñado de votos. Todo tuvo influencia y condicionó hasta el último sufragio, y cuando eso es así nada resulta determinante, argumenta Llaneras, que de esto de elecciones y demoscopia sabe una barbaridad. El contrario también puede utilizarse, y es que si el resultado es tan ajustado el valor marginal de los posibles votos alterados por la manipulación de los perfiles de Facebook es muy alto, y no ha sido determinante pero sí muy necesario en conjunto con todo lo demás. Cada patita hace avanzar al ciempiés, y ninguna puede presumir de ser la que le mueve, pero sin todas ellas no caminaría nada. Lo cierto es que las declaraciones de Wylie explicitan algo que todos sabíamos, que es la dimensión de la manipulación informativa que nos rodea y, sobre todo, la explotación de los sesgos que han convertido a muchas redes sociales en guetos en los que los individuos sólo comparten información de aquello que les agrada personal o políticamente. La red iba a permitir compartir ideas pero ha acabado fragmentándolas aún más, creando comunidades de seguidores acérrimos de una determinada ideología que se retroalimentan de prejuicios y consignas para hacer más altas y fuertes las murallas de su castillo. Pada en España y fuera, es un hecho que se repite y acentúa cada vez más. Y en este campo de minas, de trincheras virtuales que imitan la absurda situación vivida en Europa durante la IGM, el pensador mediano, el tibio, el indeciso, el que duda, es tachado de traidor por todos los bandos y asaetado hasta la pasión y muerte (y sin resurrección, de eso no hay dudas). Repartir octavillas entre esas trincheras es sencillo y refuerza los vínculos entre los agazapados en ellas, les hace más fuertes, más convencidos, y cada vez más inmunes a la realidad que les rodea. Si los antivacunas han conseguido crear grupos de presión eficaces ante lago tan científicamente probado y constatable como la eficacia de la medicina, cómo no van a prosperar grupos ideológicos en un mundo, el de la política, donde las verdades siempre son a medias y todo tiene efectos secundarios, a veces conocidos, otras veces insospechados. Quizás el Brexit fue un caso claro de manipulación informativa, y es cierto que la hubo, a la vista de todos, pero sembraba cizaña en terreno ya abonado para ello. Quizás en el margen logró decantar una victoria, sí, pero ya partía de millones de británicos que deseaban salir de la UE.

Wylie es, en todo caso, brillante, sabe muy bien de lo que habla y del mundo real en el que vivimos, que cada vez resulta más condicionado por nuestro uso de la virtualidad electrónica. Debates como los suscitados por este escándalo serán cada vez más frecuentes a medida que la realidad sea determinada por esa virtualidad. Y eso en sociedades como la nuestra donde, afortunadamente, se puede discutir y opinar. China va camino de la opresión perfecta del individuo a través de sistemas de seguimiento, cámaras, IA y normativas que catalogan, puntúan y avalúan al sujeto, que ya deja de ser tratado como individuo, y que nunca fue considerado como ciudadano por el régimen. Allí no se discute el poder del estado (léase partido único) y el uso que hace de la tecnología. Nosotros, al menos, sí discrepamos, pese a que cada vez seamos más sometidos a sus designios.


Subo a Elorrio esta Semana Santa y me cojo festivo el lunes de Pascua. Descansen, ojo a las lluvias de final de la semana y, si todo va bien, nos leemos el martes 3 de abril

jueves, febrero 01, 2018

Hasta corriendo nos hacemos visibles para el Gran Hermano

En su excelente novela 1984, Orwell imagina un futuro en el que el poder se ha hecho absoluto y controla a los ciudadanos hasta en sus más íntimos detalles. Los medios de comunicación audiovisuales son de doble sentido, permiten ver y ser vistos, y el ciudadano es un eslabón prescindible de una cadena que, cuanto más le oprime, más fuerte hace al poder que todo lo controla. Inspirado en el nazismo y estalinismo que conoció, y sufrió, Orwell describió la dictadura perfecta, o eso es lo que parecía en su momento a todos los que la leyeron y rezaron para no vivir en un mundo así.

En la actualidad Orwell estaría asombrado porque, aunque acertó en el fondo, se equivocó completamente en la forma en la que el poder omnímodo se haría con todo. Resulta que no es necesario someter a los individuos para que estos confiesen sus intimidades al estado y se conviertan en vulnerables, no, los individuos las van pregonando libremente por ahí, para que todos puedan escrutarlas, y ceden parcelas de vida privada de manera absurda, gratuita y descarada a cambio de no se sabe muy bien qué. En la distopía de Orwell el poder daba miedo, y en la realidad el poder, oculto, otorga satisfacciones en forma de descuentos por la compra de objetos, ofertas personalizadas y chollos sólo al alcance de nosotros mismos. Como en el episodio de la Nutella, pero a nivel planetario, el poder sabe extraer, cada vez mejor, lo que es el anhelo de cada uno de nosotros y utilizarlo de la manera más efectiva posible para sacarnos el dinero que desea obtener, el mayor posible. Hoy ese poder no está tanto en los estados, que se han quedado atrás en la conquista tecnológica, como en empresas como Google, Facebook, Amazon, Ali Baba, etc, que conocen cada vez mejor las particularidades de cada uno de sus clientes, y de los que aún no lo son, pero acabarán siendo. Es un sistema mucho más sibilino y encubierto del que describe Orwell en su libro, pero no por ello menos efectivo y opresor. ¿Estamos cayendo poco a poco en una dictadura en la que estas empresas acabarán por condicionarlo todo? La versión del Gran hermano que desarrolla el gobierno chino, en el que los ciudadanos son monitorizados por sistemas de videovigilancia y en la que la Inteligencia Artificial los identifica, sigue y evalúa es sólo un salto de escala de este proceso. Pretenden en china que los comportamientos humanos sean completamente accesibles para el gobierno, que para eso es una dictadura, y que sirvan para premiar o castigar al individuo en función de cómo se porte en su vida diaria. Cuanto más social, educado, limpio, amable, servil al gobierno y cumplidor de la ley, más puntos se obtendré en esa especie de juego público, puntos canjeables luego por rebajas fiscales, ayudas del gobierno y reducción de castigos o multas en caso de cometer actos “malos”. Lo que resulta más asombroso de esta historia es que el gobierno sabe que, en el fondo, sea dictatorial o no, la mayor parte de la población participará de buen grado en esta experiencia, porque no es sino un refinamiento de lo que ya sucede en las redes sociales privadas, donde los individuos son libres en teoría, pero sometidos en la práctica a normas de comportamiento políticamente correcto y presiones de todo tipo, que coartan su pretendida libertad. Las empresas privadas que gestionan esas redes ya actúan como el gobierno chino, otorgando ofertas y descuentos a los que actúan de determinada manera y se ofrecen a colaborar. Beijing depurará este sistema, y lo va a poner al servicio de sus idearios políticos y a la mayor gloria de la cada vez más dirigente casta dictatorial china, pero las bases de este fenomenal invento socio político las ponemos cada uno de nosotros, cada día, con nuestro comportamiento y uso de la tecnología.


En cosas como estas pensaba hace un par de días, cuando salió la noticia de que gracias a una simple pulsera que se usa para controlar el ejercicio físico se han podido descubrir bases secretas de varios gobiernos y ubicaciones reservadas de todo tipo. Si la empresa que gestiona estos dispositivos, que es enana en comparación a los gigantes de internet, tiene todos esos datos, gracias a que se los regalamos, y conoce todo eso, ¿qué no sabrán monstruos como Google o Amazon? ¿Qué quedará fuera de su alcance? ¿hasta qué punto son capaces de exprimir nuestra renta, condicionar nuestros gustos, patrones de comportamiento, decisión y destino? Y casi todo gracias a la información que les proporcionamos. Orwell alucinaría.