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martes, noviembre 19, 2019

Bolivia, al borde de la fractura


Dentro de esta peligrosa moda otoño invierno de “ponga unos violentos disturbios en su país” ha sido Bolivia de los últimos en apuntarse al escenario de barricadas, tensión social y saqueos, pero hay que reconocer que lo ha hecho con ganas y, si se me permite extender la broma, ha recuperado cuerpos de ventaja respecto a otros escenarios violentos para encaramarse a las primeras posiciones en lo que hace a intensidad, dramatismo y peligrosidad. La Paz, El Alto o Cochabamaba son escenarios en los que las escenas de guerrilla urbana se suceden y el gobierno apenas pueden contenerlas.

Ya sin bromas, la situación en Bolivia es grave, y puede degenerar en algo mucho peor si no se le pone remedio pronto. Todo comenzó con las elecciones presidenciales a las que Evo Morales se presentó para revalidad otra vez un mandato que se extendía mucho más allá de lo fijado. Forzando la constitución hasta el extremo, buscaba el dirigente bolivariano perpetuarse en el poder, y casi lo logra, si no fuera porque no ganó las elecciones. O eso es al menos lo que daba a entender un recuento que fue el origen de todo. En la primera vuelta de las presidenciales, a las pocas horas de comenzar el escrutinio, el sistema oficial de información electoral se apagó, sin que nadie diera explicaciones. En ese instante Evo ganaba, pero no llevaba los diez puntos que la ley obliga al segundo candidato para que su victoria no requiriera de una segunda vuelta. Pasadas unas horas, la información volvió a fluir y ahí los resultados sí mostraban una victoria por un margen superior a los citados diez puntos. Las sospechas de amaño se dispararon entre los candidatos opositores y los medios de comunicación extranjeros, y lo que parecía que iba a ser una reelección forzada de Evo se convirtió en algo muy distinto. La oposición salió en bloque a la calle a protestar y las algaradas comenzaron. En no muchos días organismos oficiales como la OEA mostraron ampliamente sus dudas sobre un recuento que era evidente que carecía de garantías, y Evo fue virando su discurso desde la negación del fraude hasta la claudicación de una repetición electoral, pero empezaba a ser obvio que los resortes del poder se le escapaban. Las declaraciones de altos jefes de la policía y el ejército realizaron en contra de Morales fueron la espoleta que acabó con su presidencia, y de mientras en España era de noche y contábamos los votos de las últimas elecciones generales, evo abandonaba La Paz y buscaba refugio en el interior del país, para finalmente ser acogido en México como asilado. El gobierno de Bolivia fue asumido interinamente por la senadora opositora Jeanine Áñez, con la promesa de pacificar el país y ser un instrumento para convocar nuevas elecciones, pero en la semana y media transcurrida desde ese momento no se ha logrado ni lo primero ni decidido lo segundo. La mayor parte de los resortes del poder del estado se encuentran en manos de Áñez y su equipo, pero resulta evidente que el control del país no lo está y los enfrentamientos entre partidarios de Evo y las fuerzas de seguridad van a más, con un balance de muertos que ya supera la veintena. En este proceso de sucesión del poder nada ha sido ortodoxo, ni el intento de fraude de Evo ni la forma en la que ha sido desalojado del poder. Se me hace difícil utilizar el concepto de golpe de estado porque la legalidad que existía el 9 de noviembre sigue siendo vigente hoy en Bolivia, pero es evidente que la situación del país es anómala, que el respeto de la regla constitucional ha faltado tanto por parte de Evo como por los que ahora detentan el poder, y que sólo una rápida convocatoria de elecciones presidenciales podría calmar los ánimos y mostrar la interinidad del actual nuevo equipo de gobierno. Cuanto más tiempo se mantenga en el poder y más decisiones tome más cerca estaremos del concepto de golpe para calificar lo sucedido y eso sería precisamente un regalo para los partidarios de Evo dentro y fuera del país. Y las noticias que llegan desde allí no animan a ser optimistas.

Bolivia es, de las naciones latinoamericanas, de las más pobres y fragmentadas. Atravesada por la desigualdad económica tan sangrante que desgarra todo es subcontinente, posee un conflicto territorial entre la región de Santa Cruz, la zona rica, y el resto del país (siempre son los ricos los que engañan a los pobres para querer largarse, allí y aquí) y un porcentaje de población de origen indígena mucho más alto que en otras naciones, que posee un peso político muy importante. Los años de Evo han ido transitando desde el chavismo bolivariano hacia el puro caudillismo, amparados en grandes inversiones como las chinas y la explotación de los yacimientos de litio, el oro blanco necesario en las baterías de los coches eléctricos. Ojalá el país logre la estabilidad y el sosiego necesario, y un relevo en el poder calmado.

martes, octubre 29, 2019

Llorar por Argentina


Es Argentina la demostración evidente de que la riqueza y prosperidad de las sociedades bien poco tiene que ver con la disponibilidad de recursos. Sita su población en un territorio de ensueño, en el que el sector primario da de todo sin restricciones y con unos recursos mineros de impresión, su historia económica es la de una desolación tras otra hasta la angustia existencial, todo ello aderezado con inflaciones inmensas, como la que se vive ahora, y un dólar que anida como sueño en el corazón de todo ciudadano, sea habitante de la gran Buenos Aires o resida en lo más hondo de la Patagonia. El dólar, y no el inválido peso, es el sol de su bandera.

No se han equivocado los pronósticos y el peronismo, uno de los causantes de su desgracia, ha vuelto al poder a Argentina de la mano de un tándem algo extraño y que está por ver qué rendimiento ofrecerá. El ganador se llama Alberto Fernández, como muchos otros de sus conciudadanos, de allí y de aquí. Según cuentas las crónicas, es moderado, pragmático y serio. Fue jefe de gabinete de Néstor Kichner, expresidente peronista, y ha ganado las elecciones en compañía de Cristina, la viuda de Néstor, la inefable Cristina, que es un ir y venir constante de la política argentina, causante también de desgracias sin fin durante sus años de esposa de gobernante y de gobernante propiamente dicha. La sombra de la corrupción se llevó por delante a muchos miembros de su ejecutivo y, finalmente, la asedió hasta que tuvo que dejar el poder. Maestra del populismo, como buena peronista, Cristina supone un factor de enorme inestabilidad en el rumbo de la futura política argentina, y está por ver cómo congeniaran lo que, en apariencia, son dos personalidades tan opuestas como ella y Alberto. Si el peronismo instaura un gobierno demagógico en sus mensajes pero serio en lo profundo el país tendrá unas posibilidades muy distintas respecto a un mandato en el que la demagogia cristinera esté tanto al frente de los mensaje como de las políticas. De momento el inicio del nuevo mandato empieza bien, con una reunión a solas entre el próximo presidente Fernández y el ya saliente Macri. Debe estar Mauricio Macri mesándose los cabellos sin cesar, estudiando desde todos los ángulos el por qué no tanto de su derrota como su fracaso en estos cuatro años. Llegó a la presidencia con un amplio margen de votos y confianza popular, con el deseo del país de librarse de la corrupta Cristina y su banda de asociados, y el balance que ofrece su gestión es pobre. Trató de enderezar la economía y, bien porque no pudo o no supo, aumentó la deuda del país en la esperanza de que ese vivir a crédito le permitiera sostener su mandato el tiempo suficiente para ser reelegido, y durante unos primeros años parecía que el modelo funcionaba, pero no. Bastaron un par de tensiones monetarias emitidas desde la FED norteamericana para que el dólar cogiera vuelo y el peso argentino se derrumbase, y comenzara una nueva carrera de los porteños hacia, primero, las casas de cambio legales, y luego las oscuras, en las que el llamado dólar “blue” cotizaba cifras mucho más altas de las oficiales, que se convertían en contadores de falsa melancolía a cada día que pasaba. La insostenibilidad creciente de la deuda obligó a Macri a firmar un acuerdo con el FMI para que realizara un enorme préstamo al país, de más de cincuenta mil millones de dólares, a cambio de medidas de control y austeridad que empezaron a desatar la inquietud social. La inflación no frena, el derrumbe del peso está más o menos controlado, pero cotiza a unos valores que lo dejan inerme frente al billete verde, el Banco Central apenas tiene ya divisas para contener su cotización y sólo la imposición de “cepos” restricciones legales para el cambio de divisas, está permitiendo que la situación no se descontrole. Eso aboga a los argentinos a vivir en un corralito nacional, dado que no pueden convertir su divisa libremente. El resto de variables macro muestran un mismo panorama comatoso, de grave riesgo de colapso.

¿Qué alternativas ofrece Alberto Fernández? Está por ver. De momento la credibilidad de toda medida que emane de la Casa Rosada, la sede de aquel gobierno, es casi nula, y desde luego un discurso inflamado por parte del peronismo puede ser una puntilla a las economías de los ciudadanos del país. El fracaso de la gestión de Macri sucede al fracaso corrupto de Cristina. ¿Está condenado Alberto al fracaso? No, pero lo tiene muy muy difícil. De momento uno de los exdirigentes que le ha felicitado por su elección es Zapatero, lo que en términos económicos resulta muy inquietante. Será educado Alberto si responde amablemente a la felicitación, y listo si, tras ello, cuelga el teléfono y no hace caso a los consejos que le pueda dar el expresidente español.

martes, septiembre 03, 2019

Argentina, el desastre económico sin fin


Diríase que, a efectos económicos, Latinoamérica es algo parecido al caribe a la hora de generar tormentas y huracanes, o al Pacífico cuando hablamos de tifones. Provocados en este caso por la mano del hombre, peo con una capacidad de devastación mucho más extensa y profunda que los desastres naturales, la penuria económica y el descontrol de sus variables que viven varias de esas naciones le deja a uno asombrado. No sólo por la magnitud de los daños, en forma de pobreza y desarraigo social, sino por la reiteración de errores que, año tras año, generación tras generación, impiden a esas naciones salir del pozo de la crisis. Con lógica muchos de sus habitantes dejan su tierra en busca de prosperidad y se crean los problemas migratorios que conocemos.

Argentina es el caso perfecto de desastre que no deja de reiterarse. Cada no muchos años su economía, simplemente, colapsa, hasta un punto en el que no seríamos capaces de imaginar, que deja nuestras pesadillas de la crisis de 2008 – 2013 convertidas en meras sombras ante el desastre que se vive en la orilla sur del Río de la Plata cuando las cosas se ponen serias. País riquísimo, lleno de tópicos y recursos para poder vivir de ellos, su economía depende en exceso de las exportaciones de materias primas, especialmente minerales y productos agropecuarios, en unos mercados en los que no controla el precio al que es capaz de colocarlos. Su moneda, el peso, es débil por naturaleza y el argentino de toda la vida trata de ahorrar en dólares a sabiendas de que, tarde o temprano, allí normalmente muy temprano, se producirá un corralito que destruirá sus ahorros en la moneda nacional. Los intentos por anclar el peso al dólar, la llamada convertibilidad, fracasaron en el pasado, porque la fortaleza de la economía norteamericana nada tiene que ver con la que se rige, es un decir, desde Buenos Aires, y tarde o temprano ese anclaje o referencia fijada, revientan. Para que se hagan una idea, y a escala, es lo que le sucedía a la peseta española frente al marco alemán. Se buscaba no tener que devaluarla, pero cuando venían mal dadas la moneda débil, la nuestra, se tenía que abaratar para poder amortiguar el impacto de las crisis locales. Sólo hemos logrado vivir con una moneda fuerte, el euro, una vez que hemos cedido soberanía monetaria y se han impuesto rígidas reglas de gasto, y ya saben que esa convivencia, que tiene enormes ventajas, también acarrea inconvenientes. El caso de Argentina respecto al dólar es mucho más extremo, y se junta además allí la constante irresponsabilidad de unos gobernantes que, se vistan de derechas o de izquierdas, tienen el peronismo en sus genes, peronismo en forma de intervencionismo, de abuso de la deuda interna y externa, del derroche del gasto público y del descontrol de las cuentas en la búsqueda del voto cautivo, a sabiendas de que una parte muy importante de la población, de los votantes, depende directamente de las transferencias que recibe del estado. El detonante de la actual crisis fue la derrota del vigente presidente Mauricio Macri, centro derecha, frente al candidato opositor Alberto Fernández, peronista, en una especie de primarias que son el preludio de las presidenciales de, creo, noviembre. La más que posible vuelta del peronismo a la casa rosada, con la horrenda Cristina Fernández de Kitchner como vicepresidenta, ha asustado a los inversores de todo el mundo, y ha cavado por descalabrar la cotización del peso y de la deuda, pero el problema viene de mucho antes, y el tiempo de presidencia de Macri, que se recibió con cierta esperanza por parte de analistas de medio mundo, se ha demostrado perdido. No ha sabido, no ha querido o no ha podido, a sabe, qué porcentaje asignamos a cada supuesto, afrontar la gestión de la economía local, y contando además con vientos de cola durante parte de su mandato, con un crecimiento global y una insaciable demanda china de sus productos, especialmente carne y soja. YA el año pasado Macri tuvo que recurrir a una línea de crédito del FMI, un rescate, porque la economía se le ahogaba. Ahora todo está mucho peor.

La decisión tomada ayer de limitar la demanda de dólares por parte de los particulares y empresas argentinas es, de facto, un corralito del mercado de divisas, y una muestra de que el Banco Central de Buenos Aires apenas tiene ya capacidad para soportar la cotización de un peso que sigue en caída libre y que amenaza con generar el monstruo de la hiperinflación, alfo que los argentinos conocen muy de primera mano. Las inversiones de las empresas españolas en aquel país se devalúan a la velocidad a la que lo hace el peso, el panorama se ennegrece y la salida de capitales y personas irá a más a medida que pasen los días. Otra vez una pesadilla a ritmo de tango, que como siempre sufrirán mucho más aquellos que no tengan opciones de escapar ni ingresos que mantener. Un desastre absoluto

viernes, mayo 03, 2019

Venezuela prosigue su derrumbe


Me preguntaba en algún momento de la eterna primera campaña electoral oficial que acabamos de vivir sobre qué estaría pasando en Venezuela, de donde apenas llegaban noticias, aplastadas por el fragor de la lucha local entre partidos. Visto en la distancia, pareciera que se hubiese llegado a una especie de equilibrio entre las dos legitimidades, la usurpadora de Maduro y la constituyente de Gauidó, pero el poder es caprichoso y no desea ser compartido en regímenes presidencialistas como el venezolano. No es posible una convivencia entre esas dos fuentes de poder y, tarde o temprano, una de ellas será vencida, por los hechos o por el paso del tiempo. Guaidó lo sabía y actuó.

En un movimiento estratégico de calado, movilizó a algunos militares y logró liberar de su arresto domiciliario a Leopoldo López, líder de su partido, de corte socialdemócrata, que permanecía retenido en casa desde hace tiempo y a la espera de cumplir una condena de muchos años de encierro. La imagen de Guaidó y López juntos, en la calle, rodeados de seguidores, era muy fuerte, poseía un aire de conquista y suponía un duro golpe para la dictadura de Maduro, que no podía dejar de responder si quería mantenerse en pie sin ser gravemente herida. Durante unas horas parecía no llegar esa respuesta, y se empezó a especular con que el movimiento de Guaidó era, realmente, el inicio del cambio político, el comienzo de una sublevación militar en la que el ejército se pasaría al lado del autoproclamado presidente y el final del chavismo se acercaría, por fin. Horas de enfrentamiento, confusión, informaciones confirmadas, desmentidas y envueltas en sombras, rumores y engaños, y al cabo de un par de días nos encontramos con un panorama confuso, sí, pero triste para las aspiraciones democráticas de los venezolanos. Triste porque, por encima de todo, el régimen se mantiene en pie, y eso es lo fundamental. López se encuentra acogido en la residencia del embajador español en Caracas, lo que nos otorga un protagonismo aún más especial en esta crisis, en una situación que puede convertirle en un nuevo “Assange” esta vez en el propio territorio del país. Las amenazas del aparato represor de Maduro ya apuntan contra nuestra embajada y personal, y veremos a ver con qué temple y fortaleza son gestionadas desde aquí, pero parece obvio que, de momento, el movimiento de insurrección de Guaidó no ha logrado su propósito principal, el desestabilizar al ejército. Pase lo que pase en Venezuela, será el ejército, que es el que tiene todo el poder, el que decida quién sigue al margen y quién es depuesto, quién detenido o arrestado, y quién liberado. Algunas informaciones señalan que, antes de dar este paso, Guaidó tenía apalabrado el apoyo de varios de los responsables de la cúpula militar del país, y es probable que alguno sí se hubiera pronunciado en este sentido, porque de lo contrario el movimiento del presidente proclamado sería un farol muy arriesgado para él y los suyos. Si la situación no se altera, la posición de Guaidó en el interior de Venezuela peligra, porque el régimen, enrabietado, puede moverse contra él y plantear detenciones. A esta hora no se conoce su paradero, cosa bastante lógica, y aunque los ojos de los medios estén ahora mismo centrados en el legación española y en lo que allí sucede, es inevitable pensar que el régimen tiene también puestos muchos intereses en la captura, ya sin disimulo, de Guaidó. Ha llamado el autoproclamado, y reconocido, presidente, a una huelga general en el país, para que sean las calles las que vuelvan a salir a denunciar la insoportable situación que se vive en una nación que se desangra en lo económico y lo social, pero nuevamente, esas movilizaciones, justas y llenas de razón, no llevarán a ninguna parte si los militares del país no cambian de bando y no ofrecen una alternativa. De mientras detenten todo el pode y tengan el control sobre lo poco que queda de la economía local, pocas esperanzas veo de que la dictadura caiga. Ojalá me equivoque, pero mal pinta aquello para la libertad de los venezolanos.

Ayer por la tarde, sentado en un banco en la calle sin hacer nada, viendo la vida pasar, tenía un jardín a pocos metros y en él descansaban tres chivos venezolanos, con sus gorras y pañuelos con la bandera del país estampada, y sus bicicletas. Eran repartidores de esas empresas de servicio de comida a domicilio que pagan poco y exigen mucho. Dos de ellos dormitaban sobre la hierba y el tercero tecleaba sin cesar su móvil, no se si escribiendo o jugando, qué más da. Eran la imagen del éxodo. Madrid, como otras muchas ciudades españolas, acoge a muchísimos venezolanos, algunos pudientes, otros pobres, los que han podido escapar de la ruina de su país, y ahora tratan de abrirse camino en nuestra sociedad, que no se lo pone fácil, pero que es un paraíso teniendo en cuenta el lugar del que provienen. Esos chavales son el futuro de su nación, les necesitan allí. Ojalá Venezuela vuelva a conocer la libertad y prosperidad que necesita y merece.

viernes, octubre 05, 2018

Elecciones presidenciales en Brasil, primera vuelta


Uno podría pasarse la vida saltando de elección en elección a lo largo del mundo, siguiendo campañas electorales y viendo como los comicios, de todo tipo, se suceden por el globo, constatando la feliz anomalía de que así sea. Hace décadas el número de países democráticos era escaso, hoy es mayoritario. Eso debe alegrarnos, pero no podemos perder la perspectiva de lo frágil que es la democracia, y que si no se cuida con mimo y dedicación puede convertirse en una meara apariencia, en una cita con las urnas periódica que refrenda un estilo de gobierno antiliberal, en medio de una polarización social que busca alentar el enfrentamiento. Debemos permanecer alertas.

Brasil, que celebra este domingo la primera vuelta de sus presidenciales, es un buen ejemplo de este proceso. En los últimos años su vida política se ha visto muy alterada por el proceso de destitución de Dilma Rousseff, que tuvo lugar en medio de intensas acusaciones de corrupción en su contra, y que también afectaron a otros candidatos y al sustituto de Dilma, Michel Temer. Posteriormente, y de cara a estas elecciones que se acercan, tuvo lugar la condena por corrupción de Lula Da Silva, su encarcelamiento y, por tanto, imposibilidad de concurrir a los comicios. En un arrebato populista mal calculado, Lula trató de eludir la condena y de no plegarse a la cárcel, pero finalmente, tras un pulso que tensionó al país hasta el extremo, ingreso en la celda y desde ella verá el discurrir de las elecciones. Su partido, el de los trabajadores, la izquierda clásica, ha tenido que escoger un candidato a toda prisa para cubrir el hueco, y ha optado por Fernando Haddad, hombre de perfil más gris, apenas conocido fuera de Brasil, tampoco en exceso allí, y que posee un carácter mucho más suave y perfil técnico que sus antecesores Lula y Rousseff. Haddad no lidera las encuestas, ya que ese puesto lo ocupa Jai Bolsonaro, militar en la reserva que ha formado parte de muchas formaciones políticas, de derechas en general, hasta encontrar a una que le acoja tal y como se siente. Poseedor de un discurso directo, crudo, centrado en la inmigración, el nacionalismo y la revisión positiva de oscuros momentos del pasado brasileño, se le ha comparado desde muchas fuentes con Donald Trump, no tanto por su aspecto como por lo duro de su mensaje, su abierta misoginia, el total rechazo a la homosexualidad y las formas más propias de un hombre fuerte autoritario que de un dirigente democrático. Apuñalado en un acto ante sus seguidores hace unas semanas, y parece que plenamente recuperado, Bolsonaro apenas ha podido participar en el final de la campaña pero las encuestas le siguen dando una cómoda ventaja de cerca de diez puntos sobre Haddad. Sería una enorme sorpresa que la segunda vuelta no se disputara entre estos dos hombres, y a dia de hoy, por lo que he leído, y siendo bastante desconocedor de los intríngulis de la política brasileña, parece más probable una victoria de Bolsonaro en la elección final. Brasil afronta estas elecciones, muy importantes, no sólo inmersa en el marasmo político antes comentado, sino en medio de una crisis económica que se prolonga ya varios años y que ha frenado en seco el crecimiento que vivió el país en años pretéritos. Calificado siempre como potencia emergente (la B de BRIC era de Brasil) la nación carioca se ha dado de bruces con problemas estructurales muy serios que siempre han estado ahí. Excesiva dependencia de la exportación de materias primas, debilidad de su moneda e inestabilidad cambiaria, enormes desigualdades en una población creciente y que no logran ser cerradas, violencia urbana, con tasas de asesinatos en las grandes urbes que ponen los pelos de punta, etc. Durante los años de crecimiento de Lula algunas de estas taras pudieron ser paliadas, pero la crisis actual las ha agudizado, y Bolsonaro ha sido el más hábil para pescar votos en ese río revuelto.

Las empresas españolas han invertido mucho dinero estos años en Brasil, que se ha convertido para algunas de ellas en mercado estratégico de primer nivel. Santander y Telefónica encabezan ese grupo inversor, y los vaivenes, más bien bajones, que ha experimentado el real brasileño en los últimos tiempos han afectado a sus cuentas, cotizaciones y perspectivas futuras. El resultado electoral se espera con interés y angustia en las sedes de esas empresas, y en las economías y cancillerías de medio mundo. Brasil necesita sosiego, cabeza fría, reformas estructurales, un crecimiento económico sólido y un acuerdo social para calmar el ambiente y permitir que las desigualdades que lo asolan puedan ser paliadas. ¿Será algo de todo eso el fruto de estos comicios? No lo se, lo dudo, pero mantengo la esperanza en que el país logre avanzar.

miércoles, julio 18, 2018

Ortega masacra a los nicaragüenses


La concesión del premio Cervantes a Sergio Parra sirvió para que, por un momento, nuestros medios de comunicación pusieran un instante su atención en Nicaragua, ese pequeño país centroamericano que vivió su época de esplendor mediático en los ochenta y que, desde entonces, apenas ha sido noticia, y no porque no hayan sucedido cosas allí. Parra formó parte de los guerrilleros sandinistas que acabaron con la dictadura de Somoza y llevaron a aquella pobre nación los sueños de libertad y progreso. Pronto abandonó Parra, un hombre honesto, aquella estructura de poder al ver cómo degeneraba en algo muy parecido a lo que habían derribado.

El entonces líder del movimiento sandinista, Daniel Ortega, es quien hoy en día sigue presidiendo el país y controlando su rumbo, aunque el papel de su esposa en la toma de decisiones es cada vez menos disimulado. Ortega empezó como un joven guerrillero, un émulo del che, y en los ochenta era uno de los nombres que iban de boca en boca por parte de los izquierdistas europeos, que, veían en el sandinismo la perfecta encarnación de la lucha del pobre contra el rico. La presencia de la “contra” financiada por EEUU, el escándalo del Irán-contra-gate y las revelaciones de Oliver North al respecto supusieron el fracaso de la insurgencia patrocinada por EEUU y la consagración global del sandinismo como un movimiento libertario. El gobierno sandinista era, sin embargo, poco más que la copia del modelo castrista, una dictadura vestida con otros ropajes, pero igual de férrea, sólo que al mando de un país y sociedad mucho más pobre y aislada que la cubana. Con esos mimbres era lógico pensar que Nicaragua no iba progresar mucho y, en efecto, año tras año, aparecía en las listas de los países más pobres del mundo, sin experimentar avances de ningún tipo. La ausencia de violencia organizada sacó a esa nación de los informativos y sólo cuando había elecciones algunos enviados especiales volvían a la Managua que recordaban como revolucionaria para narrar una nueva y aplastante victoria de un Daniel Ortega al que se le iba poniendo cara de dictador latinoamericano, un rictus que parece ser inevitable cuando uno de esos personajes siniestros organiza un desfile para celebrar su particular “fiesta del chivo”, que diría el gran Vargas Llosa. Y entre medias, nada. Algunas noticias trascendían sobre la presencia de inversores chinos en el país y su proyecto de un canal alternativo al de Panamá aprovechando las aguas del lago Managua, pero poco más. Hace unos meses Nicaragua volvió a ser noticia, se imaginarán que por algo violento. Lo que empezó como una revuelta contra una subida de impuestos en forma de cotizaciones sociales más altas se ha convertido, con el tiempo, en todo un enfrentamiento civil entre partidarios y detractores del régimen de Ortega, convertido este último en un dictador fantoche que, como todos, se ve abocado a disparar a su pueblo para conservar el poder, que es lo único que le importa, aunque eso suponga muerte, destrucción y pobreza en su país. Ortega tuvo hace unas semanas unos gestos de acercamiento a la oposición, no se si por presiones externas o no, pero sólo fue una táctica para ganar tiempo y, puede, desorientar a los enemigos. Tras ello ha vuelto a la táctica de la mano dura, el disparo, el ataque y la represión. Hoy Masaya, una de las localidades en las que prendió la mecha contra el régimen, está asediada por fuerzas militares leales a Ortega y, no lo duden, dispararán cuando reciban la orden del dictador para hacerlo. Y matarán.

En las memorias de Sergio Parra, que he leído hace pocos meses, se percibe un desencanto profundo, una angustia fruto de la rotura de un sueño al que entregó los mejores años de su vida o, al menos, los más juveniles. No es raro el caso de Parra, porque a demasiados bienintencionados les sucede que son manipulados por los listillos, los Ortega de turno, que saben que les necesitan para alcanzar el poder pero que luego, instalados, en él, todos los demás son prescindibles. El futuro de Nicaragua se antoja tan pobre y triste como su pasado, y la esperanza de su población, la de vivir en libertar, se ahoga en otra dictadura latinoamericana que no tiene nada de novedoso respecto a tantas que en el pasado fueron.

miércoles, julio 04, 2018

Cambio político en México


Tres son las grandes elecciones que estaban marcadas a principios de este 2018 en el subcontinente latinoamericano. Las colombianas eran las primeras, y en ellas ha vencido Iván duque, candidato del centro derecha, relevando del poder a Juan Manuel Santos. La gestión de la paz firmada con las FARC, que ha criticado en fondo y forma, será uno de los retos de su mandato. La tercera de ellas, prevista para octubre, tendrá lugar en un convulso Brasil, sumido en la crisis económica y política. Lula, desde la cárcel, quiere presentarse, el descrédito de los políticos tradicionales es alto y las encuestas dan aire a candidatos populistas. La economía brasileña, sometida a grandes tensiones, será un enorme reto para quien gane.

La segunda de las votaciones ha tenido lugar este fin de semana, en México, y como señalaban las encuestas, la victoria ha correspondido a Andrés Manuel López Obrador, ALMA, candidato de la coalición izquierdista Morera, que ha desbancado el monopolio de victorias del PRI y su relevo, una coalición de centro derecha. ALMA ya fue alcalde del DF, la populosa capital del país, y varios han sido sus intentos de llegar al poder, frustrados todos ellos, hasta el día de hoy. Su discurso ha estado basado en la regeneración política, el relevo de los dirigentes de toda la vida y la lucha contra la corrupción, que si aquí es tan extensa que afecta hasta a los semáforos allí se mide en mordidas a cualquier tipo de colectivo. Visto desde fuera, dos son los retos, enormes, que debe afrontar la presidencia de ALMA y que, visto los precedentes, puede que le superen. Uno es de la guerra del narcotráfico. Actualmente México es un país en el que ciertas zonas han dejado de estar bajo el control del estado y están sometidas al poder del barco. Cárteles de la droga con unos recursos tan inmensos como escasos son sus escrúpulos imponen la ley del disparo en amplias regiones y varias ciudades del país, especialmente en la zona norte. El número de asesinatos se ha disparado y la violencia que no cesa alcanza dimensiones epidémica, propias de una guerra civil, que suponen muchas más bajas de las que se pueden registrar en países que asociamos a guerras constantes como pueden ser Irak o Afganistán. El gobierno del saliente Enrique Peña nieto se ha visto completamente superado por este asunto y ha pedido el control de áreas turísticas como Acapulco, donde el narco ya es el dueño de la situación. El otro problema se sitúa en su frontera del norte y el vecindario. Dice el dicho que pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de EEUU, y con Trump en la Casa Blanca esa expresión se vuelve más certera que nunca. Más allá de las declaraciones xenófobas y los muros, físicos y mentales, el peligro para México son los aranceles y el proteccionismo de corto vuelo que impera en Washington: gran parte del desarrollo económico del país proviene de las empresas norteñas que han instalado allí sus plantas de producción, atraídas por la cercanía, facilidad de las comunicaciones y, obviamente, los sueldos mucho más baratos de la mano de obra, ante los que no puede competir un trabajador norteamericano. Imponer aranceles en frontera dañará la competitividad de esas plantas, y alguna de ellas puede optar por trasladarse a EEUU, o al menos a echar cuentas sobre qué puede ser más barato, si permanecer con la tasa o moverse para eludirla. Y eso dañará a la economía mejicana, y hará aumentar el flujo de inmigrantes que desean cruzar hacia el rico vecino del norte. Como siempre, economía e inmigración caminan muy de la mano, creciendo una a la inversa de la otra. Trump y ALMA deberán verse antes o después, en principio desde posiciones opuestas, y este será uno de los grandes temas que no van a poder eludir.

Las empresas españolas, asentadas en México y que obtienen de allí gran cantidad de sus ingresos y beneficios, han visto con recelo la llegada de ALMA al poder, dado que sus discursos recuerdan mucho a otros escuchados en la región que han conducido a la ruina a prósperas naciones como Venezuela (de la que ya nada se dice pero que vive en un infierno). ¿Cómo será su presidencia? No lo sabemos, pero si somos optimistas puede que estemos ante algo similar a lo que hizo Lula durante su mandado brasileño, que fue positivo para locales y foráneos. Eso sí, los dos problemas citados pueden dar al traste con cualquier política racional que podamos imaginar y no se, sinceramente, como van a ser enfrentados por la nueva presidencia. Ni tengo muy claro cómo debieran abordarse. El reto para México es enorme, ojalá lo supere con éxito.

martes, abril 24, 2018

Nicaragua se desangra


En pocas ocasiones un acto tan solemne y académico como es el de la concesión de un gran premio literario ha estado tan pegado a la actualidad. Ayer Sergio Ramírez, escritor nicaragüense del que poco puedo contarles porque nada he leído de su obra, recibía el Cervantes en el paraninfo de la Universidad de Alcalá y se lo dedicaba a sus compatriotas fallecidos en los disturbios que, desde hace unos días, se suceden en Managua y otras ciudades del aquel país centroamericano. Ramírez, que ocupó puestos en el poder tras el triunfo de la revolución, los dejó pronto, decepcionado por lo que veía y la traición a sus ideas. Ayer su discurso fue de una enorme talla política y humanística, amén de buena literatura.

Nicaragua es una de esas naciones que se encuentran en el ideario del “progre” occidental desde el nacimiento de ese concepto. Junto con Cuba, constituye el conjunto de paraísos latinoamericanos, al que en estos últimos tiempos se le ha unido Venezuela. Curiosos paraísos estos, llenos de pobreza y miseria, de los que todos quieren escapar, y de los que tan bien hablan esos “progres” pero que se niegan a vivir en ellos. Los admiran desde la distancia, siempre varios miles de kilómetros de por miedo, no vaya a ser que se acerquen demasiado a la utopía. La historia de las últimas décadas de Nicaragua es la de un país torturado por la guerra y la violencia, externa e interna. Tras años de dictadura, la revolución sandinista, que encarnaba el mensaje de liberación del tercer mundo tan en boga en los setenta, triunfó y derrocó al régimen de Somoza, que robó y explotó a la población del país hasta el hartazgo. Los sandinistas eran uno de los brazos armados de la izquierda comunista en latinoámerica, y su llegada al poder fue vista por EEUU como un peligro, y más por la cercanía geográfica, y no dudó en armar a una guerrilla para que combatiera a los nuevos dirigentes revolucionarios. La llamada “contra” de Eden Pastora sirvió para extender una especie de guerra civil sobre el país y asolarlo aún más en la pobreza, y de paso legitimar al régimen sandinista. Operaciones conocidas con posterioridad, como la “Irán contra gate” de Oliver North dejaron al descubierto las sucias artes norteamericanas y el mal que estas habían generado. La derrota de la contra dejó vía libre al sandinismo, encarnado en su líder Daniel Ortega, para regir los destinos del país y, poco a poco, dejó de ser un foco de atención mediática internacional. Con los años lo único que era seguro de las noticias de Nicaragua era la omnipresencia de Ortgea, que empezaba a adoptar poses y actitudes familiarmente dictatoriales. El de Ramírez fue de los primeros abandonos, pero a él le sucedieron otros muchos, asqueados ante el rumbo de una revolución que cada vez se parecía más a la dictadura castrista. Ortega en estos años ha ido acumulando poder, autosucediéndose mediante elecciones y plebiscitos más o menos amañados y poniendo a su núcleo cercano al frente de los resortes de la nación, empezando por su mujer, a la que ha nombrado vicepresidente, en un movimiento de nepotismo familiar bastante ajeno a la clásica dictadura comunista. Cierto es que en estos regímenes se crean dinastías que se suceden en el poder, como los Castro en Cuba o, la perfección, los Kim en Corea del Norte, pero darle poder a la mujer de uno es menos habitual: ortega también ha sido acusado de abuso de menores y otros delitos poco habituales en estos casos, donde la corrupción suele estar en el centro de todas las acusaciones. La entrada de capitales chinos en los últimos años, con el anuncio de faraónicos proyectos como el del ese canal alternativo al de Panamá por el lago Managua, no ha impedido el empobrecimiento generalizado de la población nicaragüense y el control del régimen de Ortega sobre sus súbditos, dado que así los trata, ha ido a más a medida que las condiciones sociales se han deteriorado.

Un proyecto de reforma de las cotizaciones sociales, que disimula una subida de esos impuestos a todos los ciudadanos y empresas del país, ha sido la gota que ha colmado el vaso del hartazgo social, y ha desencadenado protestas ante las que Ortega ha ordenado actuar, al ejército y al policía, con fiereza desmedida, para acallarlas con balas y miedo. Más de una veintena son los muertos contabilizados en este, que ya es el mayor desafío al régimen desde que liquidó la amenaza de la contra, y no está nada claro si las cesiones que ha prometido Ortega lograrán salvarlo de la revuelta. Con la economía en estado comatoso, Nicaragua enfrenta jornadas muy difíciles por delante. Ojalá sus ciudadanos puedan alcanzar una democracia plena y una recuperación que les saque de su pobreza.

miércoles, abril 26, 2017

Venezuela se derrumba

Absortos como estamos por la intensidad de nuestra vida judicial y carcelaria, en la que no dejan de entrar personajes relevantes, estamos prestando menso atención estos días a las cosas que pasan fuera. Y son muchas, y muy relevantes. Uno de los focos de inestabilidad permanente es Venezuela, país de una belleza natural y riqueza de recursos tan inmensa como nefasta ha sido su gestión desde, si me apuran, el nacimiento de la nación hasta esta misma mañana. Se suceden las protestas en la calle entre los defensores de la libertad y los partidarios del régimen y, poco a poco, el balance de víctimas crece de una manera trágica e irreparable. El desastre no hace sino aumentar.

Tiene el actual estallido social dos causas fundamentales, una puntual y otra de fondo. La puntual surge tras la decisión del Tribunal Supremo del país, controlado por Maduro, de eliminar los poderes de la Asamblea Nacional, el parlamento local, que no tiene tantas atribuciones como nuestro Congreso, dado que es un régimen presidencialista, pero que algunas posee, y muy importantes. Esa decisión del Supremo equivalía a la eliminación de la Cámara, en manos de la oposición, y la instauración en la práctica de una tiranía regentada por Maduro desde Miraflores, su residencia de gobierno en Caracas. Era un autogolpe tan burdo como zafio, y la respuesta popular y condena internacional no se hizo esperar, en algunos casos con la tibieza acostumbrada, pero fue suficiente para que Maduro rectificara al cabo de unos días. Pero ese movimiento dejó muy clara su intención de, como sea, perpetuarse en el poder y arrinconar a la oposición hasta extinguirla. Desde entonces las protestas opositoras en la calle son constantes, y van a más, entre otras cosas porque sospechan, con razón, que sólo les queda esa vía para condicionar a un poder que no deja de atrincherarse. La causa de fondo del malestar es el derrumbe económico del país. Dependiente de la exportación de petróleo para conseguir divisas, y con un mercado interior intervenido por los “economistas” de Maduro, que han tratado de colectivizar todas las industrias posibles, la economía venezolana hace aguas por todas partes y se enfrenta a un panorama dantesco. Inflación desatada que alcanza cifras que superan el 100% anual, caída de ingresos por la baja cotización del petróleo, devaluación de la moneda sin freno, desabastecimiento por el incremento de los costes de los productos importados, deuda pública descontrolada… el panorama macroeconómico del país es incierto como alarmante. Como sucede siempre cuando hay un derrumbe de este tipo, quizás algunos privilegiados afectos al régimen, que poseen propiedades y divisas internacionales, pueden escapar de las consecuencias, pero las clases medias, o lo que quede de ellas, y la inmensa parte de la población que vive en torno a los umbrales de la pobreza apenas puede hacer nada para evitar su ruina total. Poseedor de una de las sociedades más desiguales del mundo desde hace mucho tiempo, Venezuela, ve como cada día son más las personas que no pueden hacerse con los productos básicos para poder comer, y el abastecimiento de pan es uno de los principales problemas. Asaltos a panaderías y tiendas de barrio en busca del alimento básico se reproducen constantemente y, en muchos de ellos, la histeria genera conatos de violencia o accidentes que se saldan con muertos. Junten a ello la violencia que es dueña de varios barrios de Caracas y otras ciudades, fenómeno anterior al chavismo, y que no ha remitido bajo su régimen, y la presencia de partidarios de Maduro de gatillo fácil que atacan las manifestaciones opositoras y tendrán sobre la mesa todos los ingredientes para el desastre.


¿Qué alternativas tiene el país? No muchas. Lo mejor sería que Maduro reconociera su fracaso absoluto y que se produjera una negociación entre el régimen y la oposición para pactar una salida acordada ante esta debacle, con el objeto de controlar la economía, pacificar las calles y volver a unos estándares democráticos homologables, pero siendo sinceros es poco creíble y lógico que el régimen decida autoliquidarse. El papel del ejército, poseedor de un inmenso poder en el país, será determinante si la situación se agrava y no es descartable una asonada militar o algo por el estilo. Si el régimen se atrinchera nada bueno podrá suceder en el futuro inmediato. Y de las negociaciones de mediadores internacionales, como las desarrolladas por ZP, creo que ya no se puede esperar mucho. Pobre Venezuela y venezolanos.

martes, octubre 04, 2016

La sorpresa del No en Colombia

Es la segunda vez que me pasa este año. Me levanto por la mañana, pongo la tele, y el escrutinio de un referéndum que todo el mundo apostaba que iba a ser positivo cuando me eché a dormir se torna en cruda, raspada, pero clara derrota, dejando a las empresas demoscópicas otra vez en ridículo y a mi persona, en pijama frente al televisor, convertida en un manojo de sorpresas. En Junio fue el Brexit, cuya trascendencia para Europa y, por tanto para nosotros, es manifiesta. Ayer fue en Colombia, resultado que nos afecta menos como país pero sí mucho como sentimiento de comunidad hermanada con Latinoamérica.

He ido siguiendo por encima los avatares del acuerdo del gobierno colombiano con la guerrilla de las FARC y las condiciones de la paz firmada hace un par de semanas. Por lo que veía, desde la distancia, se había optado por dar a los guerrilleros muchas garantías, prebendas y posesiones territoriales para garantizar su renuncia explícita a la violencia. Esas ganancias eran vistas por parte de la población colombiana como una rendición ante la violencia, y ese era el argumento principal de la campaña de los partidarios del no, campaña que, si se fijan ustedes, ha sido muy silenciada por los medios españoles, de uno y otro signo, dando por sentado en sus crónicas que el sí podría ganar con diferencias de hasta veinte puntos. Formé mi opinión sobre el tema gracias a dos artículos escritos por grandes escritores, Mario Vargas Llosa y Héctor Abad Faciolince, que expresaban su confianza en una paz sostenida tras décadas de guerra civil desatada, que nada tienen que ver con los conflictos terroristas vividos en Europa, ni por su origen, dimensión y alcance, y que pese a que no les parecían los mejores acuerdos, los consideraban los menos malos para lograr ese objetivo anhelado de la paz en un país que tanto la necesita para realizar su despegue definitivo. Por ello, reconozco que si hubiera tenido que votar lo habría hecho por el sí, no muy convencido quizás, pero por el sí. Ahora que el no ha ganado, por poco y con baja participación, pero ha ganado, la situación se vuelve muy enrevesada. El gobierno de Santos ha puesto todo su prestigio y futuro en este proceso de paz y se encuentra, justo al final, con un tropiezo muy serio e inesperado. Lo más importante ahora es conseguir que las FARC mantengan intacta su promesa del cese definitivo de las armas y la entrega de las mismas, y que se pueda establecer una nueva ronda de negociaciones en la que se endurezcan las condiciones con las que los guerrilleros retornan a la vida civil y es tratada, política y judicialmente, la organización. Recordemos que el objetivo primordial es el final de la guerra, hecho que ahora mismo ya está conseguido. Pese al no cosechado, las FARC saben que una vuelta a las armas sería mal vista por todos aquellos actores, internos y externos, que las han apoyado durante décadas. Afortunadamente, y esto es un cambio muy sustancial, la época de las guerrillas “liberadoras” que vivió Latinoamérica hace algunas décadas empieza a ser más asunto de historiadores que de periodistas, y los guerrilleros colombianos saben, aunque no lo reconozcan, que nunca van a ganar la guerra en la que estaban metidos y que cada vez su imagen será peor en un mundo que rechaza la violencia y la ve como un método bárbaro, del pasado, para solventar problemas. El despegue económico que ha vivido Colombia en estos últimos años, pese a que aún queda muchísimo por lograr y enormes desigualdades por cerrar, también resta atractivo a una manera de lucha que, en el fondo, no es más que terrorismo organizado a gran escala.

Quién sabe. Quizás del no cosechado surja un nuevo acuerdo que pueda ser refrendado y equilibre más los términos y de la sensación a las víctimas de la guerrilla que se han resarcido a sus familiares perdidos y no se ha claudicado ante los asesinos. En todo caso Colombia se enfrenta a un reto enorme, inesperado, y muy difícil. Si logra salir de él le espera una época de prosperidad y, sobre todo, de serenidad social que será como un regalo tras tantos años de violencia y penuria. Hay que confiar en el buen hacer de los colombianos y, en todo lo que necesiten, prestarles nuestra ayuda para que esta travesía acabe en buen puerto. Lo necesitan y, sobre todo, se lo merecen.

miércoles, mayo 25, 2016

Albert Rivera en Venezuela

Es imposible, a casi un mes de las elecciones, deslindar la visita de Albert Rivera a Venezuela de la campaña electoral. De hecho todo lo que se haga en estas fechas, sea pensado en esos términos o no, será interpretado en clave política y electoral. Pero es indudable la valentía y el coraje que Rivera ha demostrado en su gesto de apoyo a los opositores venezolanos, a los que luchan por la libertad en aquel país y a las clases medias y bajas de una nación que, harta de la corrupción tradicional, se echó en brazos de un mesianismo armado que la ha conducido a la más profunda de las crisis y pobrezas. Rivera ha hecho lo debido. Y eso es indudable.

Es Venezuela la constante historia de una posibilidad frustrada, de unas excelentes condiciones de partida, de una riqueza natural y humana extraordinaria, que no deja de echarse a perder por cómo se ha gestionado. Durante décadas los ingresos, fabulosos, provenientes del petróleo condenaron a la economía venezolana a eso que se llama la “trampa de los holandeses”. El río de divisas que accedía al país de manera irrefrenable y sólo a cuenta del crudo hacía que cualquier otra inversión productiva no fuera rentable. Era imposible crear empresas de otro tipo, y sobre esa catarata de dinero empezaron a surgir, como suele ser habitual en estos casos, oligarcas, potentados y familias que se hicieron con la mayor parte de los réditos de la economía nacional, convirtiéndola en un cortijo. Si Latinoamérica ha tenido en su abrupta desigualdad uno de los mayores males de su historia, el caso venezolano era paradigmático. Corrupción desatada e ineficiencias acabaron por soterrar a la democracia en Caracas, democracia que era más formal que efectiva, y un golpe de estado encabezado por un militar bravucón y poseído por una verborrea alucinógena, de nombre Hugo, se hizo con el poder, no al primer intento, es verdad, pero sí a la larga. Chávez mostró inteligencia política, y se dio cuenta de que su reinado absolutista sólo podía durar si atrapaba a las masas, si las encandilaba, y se puso al frente de un discurso basado en el comunismo de toda la vida y el nacionalismo, tanto venezolano como latinoamericano. La explotación del discurso de la agresión exterior siempre funciona en sociedades pobres, incapaces de hacer frente al hecho de que quienes más les roban no son los de otros países, sino algunos de sus propios compatriotas. El chavismo fue afianzando su poder a base del palo de la represión y la zanahoria de los subsidios basados en ese maná petrolífero, que llegó a costar bastante más de 100 dólares el barril. Así mismo Chávez supo engrasar, nunca mejor dicho, su imagen en el exterior, tanto exhibiéndose como abanderado de los desarrapados (un clásico de la falsedad) como financiando movimientos y grupos de trabajo en el exterior que elogiasen su figura y obra. La economía venezolana, mientras tanto, seguía igual de abandonada, en Caracas se daba un asesinato cada media hora más o menos y la estructura del país se descomponía, pero el petróleo caro todo lo amparaba. La muerte de Chávez por un cáncer, la llegada al poder de Nicolás Maduro, un vulgar imitador que no duraría ni dos días en un programa de variedades televisivas, y el derrumbe del petróleo, eran las condiciones necesarias para que Venezuela, otra vez, se derrumbase. Y en ello está, cayendo en picado por el pozo negro de la corrupción, dictadura, inflación y pobreza.

Venezuela es el ejemplo perfecto de esa teoría de Acemoglu y Robinson de que son las instituciones, la forma en la que los humanos gestionamos los recursos, lo que permite el crecimiento económico y la huida de la pobreza. De nada sirve la infinita riqueza natural de Venezuela si, bien una panda de corruptos o de golpistas, o de ambas cosas, se hacen con el poder y mangonean a su antojo. Rivera lo está viendo con sus propios ojos, y su intervención ante la asamblea venezolana, en un acto que eleva su condición de presidenciable, es el mensaje que, proveniente de un liberalismo tranquilo y de un sentimiento democrático normal, el de la Europa que deseamos muchos, no se olvida de Venezuela en este momento tan dramático para su población.

viernes, marzo 18, 2016

Se agrava la crisis en Brasil

Brasil ha sido, tradicionalmente, un gigante con pies de barro. Poseedor de una dimensión continental, riqueza infinita de recursos e inmensa población, la desigualdad y la corrupción política  han sido desde siempre lastres que han impedido el desarrollo del país, en el que la pobreza es una característica imposible de eludir, más allá de imágenes bucólicas de playas y señoritas de más que buen ver. Su inclusión en el grupo de los BRIC y su catalogación como emergente hace un par de décadas lo colocó, por fin, en los ojos de inversores internacionales, y poco a poco, su economía empezó a despegar.

La crisis de 2008 supuso, curiosamente, la puesta en marcha de la economía brasileña en formato cohete. Refugio de inversiones y destino de inmigración de muchas naciones europeas, la economía carioca se vio muy beneficiada por el auge de China, su principal cliente, comprador de todo tipo de recursos del apabullante sector primario local. Minería, petróleo, cosechas y cultivos, ganadería... Brasil produce cifras estratosféricas de proteínas y materias primas que el gigante chino devora con fruición. Esta simbiosis disparó la economía brasileña, redujo el paro, favoreció la inversión pública y generó unas tasas de crecimiento que, poco a poco, empezaron a reducir la pobreza local. Parecía que, por fin, Brasil escapaba de sus maldiciones de décadas pasadas para convertirse en una potencia global, dotada además de una muy buena imagen exterior, asociada a la samba, el carnaval y la buena vida (aunque reitero, sea una imagen engañosa). La concesión a Rio de Janeiro de los Juegos Olímpicos de 2016 (la primera gran derrota de Madrid en esa carrera) fue el espaldarazo definitivo por parte de la comunidad y economía global a un Brasil que encarnaba el triunfo. El tiempo ha demostrado que no todo relucía tanto como el oro que se buscaba en algunas minas de la Amazonía. La entrada descontrolada de capitales en el país no fue bien absorbida y muchos, o se desperdiciaron en inversiones faraónicas de nulo resultado o fueron a alimentar tramas corruptas o se perdieron por el camino. Los años de bonanza, de intenso viento de cola, debieron ser aprovechados para reformar la economía local y dotarla de dinamismo de cara a tiempos más oscuros, pero como sucede siempre en todas las fiestas económicas (y de eso sabemos muy bien en España) las oportunidades de cambio en los ciclos ascendentes nunca se aprovechan, y cuando llega el descenso siempre nos pilla a contrapié. La fortaleza del dólar, la debilidad china y el descenso del precio del petróleo son un cóctel amargo para Brasil, que ha provocado fugas de capitales que han huido en masa y quiebras en grandes empresas constructoras y ligadas a la exportación. La bancarrota del imperio de Eike Batista, el entonces empresario más rico del país, producida hace pocos años, fue una señal que indicaba lo que podía acabar pasando, y que muchos no quisieron ver. En estos momentos Brasil sigue en recesión técnica, con descensos del PIB que, en tasa interanual, se sitúan en el entorno del 3%, y sin visos de mejora significativa en el medio plazo. La crisis económica ha sido la espoleta que ha detonado la bomba política, generando aún mayor inestabilidad y ofreciendo día sí día también la imagen de un país que se tambalea, y que como en décadas pasadas, ofrece la peor de sus caras, la derivada de una sociedad aún muy desigual, con una estrecha franja de clase media que no parece ser suficiente para aportar la estabilidad debida a un régimen político y social que sea estable.

El patético vodevil organizado por la decrépita presidenta Dilma Rouseff y el expresidente Lula Da Silva, antaño figura adorada, hoy cazado en tramas corruptas, es el último de este proceso en el que la credibilidad de las instituciones y la capacidad de las mismas para regenerarse y volver a gobernar el país cada vez están más puestas en entredicho. Con unos juegos olímpicos este verano que pueden ser el escaparate de un amargo país, y muchas inversiones de empresas españolas atrapadas en una economía que no responde, Brasil corre el riesgo de convertirse en sinónimo de problema. Ojalá no sea así, porque el país tiene toda la potencialidad imaginable para afrontar estos retos, pero a día de hoy el panorama es bastante sombrío.

martes, enero 20, 2015

Argentina llora al fiscal Nisman


Parece una novela de espionaje, o un episodio desatado de una serie estilo “House of Cards”, pero es muy real. A pocas horas de que el fiscal argentino Alberto Nisman compareciese ante una comisión del congreso bonaerense para desvelar las pruebas que, según él, permitían acusar al gobierno de Crstina Fernández de Kirchner (CFK) de encubrir a los autores de la matanza contra la sede judía de la AMIA en los noventa, su cuerpo fue hallado con un tiro en la cabeza en la bañera de su domicilio. Las fuentes oficiales hablan de suicidio, pero es una teoría que casi nadie da por cierta en un país en el que nada ya es fiable ni creíble.

Pobre Argentina, no se me ocurre otra cosa. Un país de una riqueza y potencial incalculable que, desde hace muchas décadas, vive continuamente sometido a un desgobierno populista que le ha llevado por los más profundos caminos de la ruina económica y social. Desde hace ya bastantes años gobierna en la casa rosada la dinastía de los Kirchner, una extraña fórmula política en la que el marido, Néstor, peronista, ganador de elecciones, falleció, y su esposa, CFK, viuda oficial, amante de la cirugía estética y los lujos desenfrenados, compungida ante las cámaras como pocas y con una notable destreza mediática, se presentí como sucesora natural de su marido, haciéndose con las riendas del poder, ganando las elecciones e imponiendo su estilo de gobierno, basado como muchos otros en una esplendorosa fachada de cartón y un absoluto vacío ideológico y técnico por detrás. Durante algunos años ha soplado el viento a favor de la economía argentina, viento procedente principalmente de Asia. China se ha convertido en la gran inversora en la región, y para Pekín Argentina se ha convertido, sobre todo, en fuente de proteínas, animales con su ganado y vegetales con sus inmensas plantaciones de soja. Este afán inversor y potencia exportadora ha sido dilapidado por el gobierno de CFK en subsidios y otras medidas populistas que son muy bien recibidas por la población, pero que siempre esperan su momento para ser pagadas como es debido. La inflación en el país es desconocida, pero no por inexistente, sino por inmedible. Nadie se cree las cifras que proporciona el Ministerio de Economía, que es tan respetado y fiable como un gabinete de astrología, con cifras oficiales que se sitúan en el entorno del 20% anual pero que muchos analistas doblan con tranquilidad. La pobreza sigue siendo un problema endémico en el país y las desigualdades han crecido mucho en estos años de potencial, pero desaprovechado, crecimiento. Ante este panorama la política de CFK ha sido de puro gesto, como sucedió en el caso de la expropiación de YPF. Medidas impactantes de cara a la opinión pública, pero ausencia de estrategia, conocimiento, profesionales técnicos y todo lo que se podía esperar de un supuesto gobierno. En el fondo la casa rosada se ha convertido en la casa de CFK, su familia y los suyos, un clan que se ha hecho con grandes resortes del poder a base de nombramientos públicos y en empresas controladas. La imagen de la presidenta no deja de caer desde hace meses, acosada cada vez más por una economía que, ya no pueden ocultarlo, se ralentiza a medida de que China frena su crecimiento, y tocada también por la caída del precio del petróleo, que empieza a convertir al gran yacimiento de vaca muerta, una de las esperanzas de CFK para conseguir ingresos, en más o menos un cementerio de vacas, a no ser que el barril vuelva a subir a medio plazo. En medio de esta ola de descontento, las acusaciones de estas pasadas semanas de colaboración con Irán y de encubrimiento del atentado de la AMIA empezaban a ser muy difíciles de gestionar para CFK, que se empezaba a sentir acorralada.

Y el cadáver de Nisman puede ser su tumba política. Como imagen es letal, indicativo de hasta qué punto se ha deteriorado la estructura de poder en el país, y el daño que puede provocar al gobierno puede ser definitivo, aunque está por ver cómo y cuándo se materializará (de hecho no consta que CFK haya abierto aún la boca al respecto). Sobre quién ha podido ser el asesino, si es que como casi todo el mundo sospecha ha sido un asesinato, hay teorías para todos los gustos, desde las retorcidas a las fantásticas, con menor o mayor grado de conspiranoia. En todo caso, una noticia letal que enturbia aún más un caso muy sórdido de por sí y que empuja un paso más a la Argentina hacia un nuevo precipicio político y social. Y sabemos por experiencia que a Buenos Aires le gusta dar saltos en el vacío…

lunes, enero 27, 2014

No nos hagas llorar otra vez, Argentina


Les comentaba hace unos días que el inicio del año, en lo económico, ha sido positivo, pero que no había que bajar la guardia, porque sorpresas internas o externas podían aparecer en cualquier momento y debilitar la frágil recuperación que observamos. Pues bien, ya tenemos aquí el primer envite serio de 2013, en forma de rabioso tango porteño, procedente de un Buenos Aires desde la que casi siempre llegan males brisas económicas. La devaluación descontrolada del peso argentino frente al dólar fue la excusa para que el viernes el Ibex cayera más de un 3% y la prima volviera a dispararse por encima de los 210 puntos básicos.

Aunque en todo esto lo que no debiéramos usar en ningún caso es el término de sorpresa. Las debilidades de la economía argentina son conocidas por todos. Se basa en el monocultivo exportador de materias primas a China y otros países emergentes, tiene un absoluto descontrol de sus finanzas públicas, una moneda muy débil y una inflación descontrolada que nadie es capaz de situar en una cifra concreta, empezando por el incompetente gobierno local. Los analistas hablan de entorno al 30% anual, lo que es un disparate, pero no tanto dada la situación del país. A todos estos factores, que sólo generan inestabilidad y pobreza para el ciudadano argentino, se suman otras causas que viene a ser como patadas en la entrepierna del río de la plata. La progresiva retirada de estímulos de la FED norteamericana va a suponer una marcha de capitales de las economías emergentes, y una debilitación de sus monedas, como vemos que viene sucediendo desde hace semanas con el peso argentino, la lira turca o el real brasileño. Dado que Argentina importa casi todos los bienes de consumo manufacturados y de tecnología, eso implica una aún mayor inflación interna. También le perjudica el que China, su principal socio comercial, empieza a frenar un poco, no se sabe cuánto, pero sí está desacelerando su vertiginoso crecimiento, bien por agotamiento, por cambio de modelo o por recalentamiento de una burbuja que amenaza con reventar (ojo, que este será uno de los temas candentes de este 2014, el futuro de la economía china y sus problemas). Si China compra un poco menos Argentina vende un poco menos, y se reduce su capacidad de hacerse con divisas para sostener la moneda en los mercados. A todos estos golpes económicos se suma una inestabilidad política que no ayuda nada, con un gobierno desnortado dirigida por una presidenta, CFK, recientemente operada, de cuya salud todo son rumores y de cuya cordura apenas se discute, dada la falta de la misma. La seguridad jurídica del país, que nunca ha sido ejemplar, está bajo mínimos, no sólo por el tema de la expropiación de REPSOL, sino por muchos otros casos en los que el gobierno de la Casa Rosada muestra una capacidad de injerencia y arbitrariedad que espanta a cualquier inversor razonable, justo cuando la afluencia de capitales debiera ser uno de los objetivos fundamentales de las autoridades locales. Como ven todos los factores se juntan para que el peso argentino cada vez valga menos, el mercado negro de dólares se dispare, así como su cotización, y el ciudadano de a pie de calle asita a un empobrecimiento acelerado de sus condiciones de vida. Estas últimas semanas, de intenso calor en el verano austral, hemos visto, en medio de los continuos apagones, escenas de pillaje y violencia urbana descontrolada en un Buenos Aires que asiste asustado al desplome de su economía y de la capacidad de los ciudadanos de hacerse con los bienes más básicos. Lo del viernes no fue sino un reflejo en nuestro mercado de ese descontento bonaerense.

¿Y qué va a pasar ahora? No está nada claro. El gobierno de CFK, con objeto de parar la cotización paralela del peso, ha decretado la libertad de adquisición de dólares a partir de hoy, lo que puede tanto hundir del todo la cotización de la moneda local como darle un respiro. Las empresas españolas que tienen intereses en Argentina, muchas y variadas, ven como los beneficios procedentes de ese destino van a ser mucho menores de lo esperado, por lo que otro borrón se asoma a sus cuentas, siendo difícil precisar de qué tamaño. Y los países emergentes asisten, algo asustados, a lo que puede ser su primera crisis seria desde hace más de una década. En fin, agarren con fuerza a su pareja de baile, que, mientras suena el bandoneón, las curvas se agudizan…

jueves, enero 09, 2014

SACYR, abierta en canal


Da para muchos juegos de palabras, pero tiene muy poca gracia todo lo que está pasando desde el 1 de Enero en Panamá en relación a las obras de ampliación del canal, uno de los proyectos de ingeniería más complejos de los que se están llevando a cabo ahora mismo en todo el mundo y, quizás, el de mayor relevancia comercial y económica, siendo el canal uno de los pasos fundamentales que permiten que las rutas navales, sobre las que se asienta la logística que nos permite vivir como lo hacemos, funcione correctamente. Desde principios de este año está claro, es lo único, que la ampliación no se terminará en este 201, como estaba previsto.

Sacyr, empresa española líder del consorcio internacional que ganó el concurso, denunció que los costes se habían disparado al ejecutar la obra debido a que habían surgido problemas que no habían sido advertidos por los adjudicatarios, el canal, el gobierno de Panamá. Estos costes, cifrados en unos 1.300 millones de dólares,  no estaban cubiertos por el presupuesto con el que se adjudicó la obra, bastante más de dos mil millones, y anunció que de no abonársele esta cantidad paralizaría las obras a partir del 20 de este mes de enero. Bombazo. El nerviosismo surge en las empresas y el gobierno, y a ello contribuye notablemente la destemplada, y en cierto modo lógica, intervención del presidente de Panamá., que tacha de ridículas esas alegaciones de Sacyr y convierte de facto el problema económico en una crisis diplomática de primer orden. Moncloa ordena que Ana Pastor, ministra de Fomento acuda rauda a Panamá para negociar con el gobierno local y las empresas, y tras el viaje de estos días se ha anunciado que se está en camino para llegar a un acuerdo sobre las compensaciones de los sobrecostestes, lo que traducido viene a querer decir que las empresas y el canal siguen enfrentadas y que las pujas están en todo lo alto. ¿Qué es lo que está pasando aquí? Es difícil saberlo, porque aunque de repente los tertulianos de los medios de comunicación se han convertido en expertos en contratación internacional y en ingeniería de gran escala yo, modestamente, tengo poca información para saber quién tiene razón en este asunto, si las empresas o el adjudicatario. Sí se, por el trabajo que desempeño, que es una vieja tradición de la contrata pública en España acudir a lo que se denominan los modificados. El gobierno central, o el de una Comunidad Autónoma, saca a contrato la construcción de una carretera por X euros, y se presentan varias ofertas, en general por un importe menor a la cifra de referencia. Se adjudica a una de ellas, quizás a la más barata, o no, y mediada la obra el contratista alega que han surgido problemas y que hay que aumentar el presupuesto. Las partes acuerdan realizar una modificación del contrato original y, al final, la obra licitada por X que se adjudicó por menos de X acaba costando fácilmente 2X o más, todo ello con dinero público, y habitualmente con retrasos en los pagos de entrega. LA UE, que financia todas y controla muchas de las obras que se ejecutan con el FEDER, los fondos estructurales, con los que yo trabajo, está harta de este tipo de procedimiento, y ha penalizado muchas veces a España por esta causa, alegando que en el fondo los modificados suponen violar la ley de contratos, dado que lo que finalmente se ha financiado difiere tanto de lo estipulado en un principio que resulta ser una cosa muy distinta. Ligeras desviaciones son comprensibles, y las obras pueden complicarse por motivos variados, muchos de ellos ajenos a las partes implicadas, pero recurrir sistemáticamente al modificado para elevar los costes es una práctica muy típica en nuestro país, y me queda la duda sobre si no la estaremos exportando, en nuestro afán por internacionalizarnos.

De hecho, esta es la tesis que defendía la semana pasada McCoy en el confidencial, con el aval de que él emitió esa opinión en 2009, cuando la adjudicación se produjo, y mientras muchos brindaban con champán este analista compraba nolotiles por el dolor que iba a producir este contrato en el futuro. Sumen a ello que Sacyr es una empresa de trayectoria oscura, cuanto menos, en todo lo relativo a las relaciones con el poder político, que vivió su momento de gloria con aquella burda operación orquestada para hacerse con el BBVA para satisfacer las venganzas personales de quien llegó a ser Ministro de Industria, y que en estos días apenas ha dicho una palabra, dejando que sean unos ingenieros los que expongan sus argumentos. Los ejecutivos de Sacyr, tan bien pagados, deben comparecer, explicarse y defenderse. Cosas como estas son las que empañan y deslucen la marca España.

jueves, marzo 14, 2013

Ehto…. Habemus Papam


Creo que fue Heisenberg el que dijo que predecir es algo muy difícil, sobre todo el futuro, y si no fue él el que pronunció la frase lo merece, porque su principio de incertidumbre es lo que ha caracterizado a la sociedad desde que lo enunció a principios del siglo XX. Y en este siglo XXI la incertidumbre no hace sino crecer. Ayer mismo, al verse el blanco de la fumata los presentes en la plaza de San Pedro y los que la vimos por televisión o internet realizábamos comentarios o apuestas sobre quién sería el elegido, y el nombre de Scola no dejaba de circular por la red, dándose casi como ganador al producirse el acuerdo rápido, en la quinta votación.

Y entonces sale el protodíacono y nos deja a todos asombrados. El nuevo Papa es un argentino, Jorge Mario Bergoglio, de ascendencia italiana, pero porteño de cabo a rabo, como muchos de los allí residentes. Es Jesuita, tiene 76 años, y escoge como nombre para su papado el de Francisco, que nunca se había usado con anterioridad. Todas estas características, excepto la de la edad, son radicalmente nuevas. Todas. Nunca ha habido en la historia, que en este caso se remonta cerca de dos mil años, Papas que no sean europeos, por lo que ya este nombramiento es único. Nunca un Papa ha pertenecido a la compañía de Jesús, fundada por el guipuzcoano San Ignacio de Loyola, pese a la preponderancia que este movimiento ha tenido en el seno de la iglesia durante los muchos siglos en los que lleva existiendo, y nunca un Papa se ha llamado Francisco, nombre elegido que puede rememorar tanto a San Francisco de Asís, santo protector de los animales y ejemplo de humildad, o a San Francisco Javier, que impulsó la comunidad jesuítica por todo el mundo. No deja de ser sorprendente, fascinante hasta cierto punto, que una institución tachada con razón de carca e inmovilista como la iglesia católica haya generado en apenas un mes semejante revuelo, ofreciendo la primera renuncia de un Papa en seiscientos años y una elección que ha trastocado todos los esquemas posibles. Desde ayer los periodistas tienen un problema añadido, porque supongo que tendrían preparados semblantes de los candidatos “oficiales” o que más sonaban en las quinielas, y esta elección ha trastocado por completo muchas de las crónicas que estaban ya medio escritas. Internet ha paliado parte del problema, ofreciendo perfiles acelerados de la vida de un hombre muy famoso en Argentina y que, cosas de la vida, a punto estuvo de ser elegido en el cónclave en el que Ratzinger se alzó con el trono de San Pedro, en 2005. Durante estas semanas conoceremos aspectos de su vida y pasado que, como siempre sucede, ocultará cosas buenas y malas, pero más que eso lo importante es conocer cómo va a afrontar los enormes, inmensos retos que tiene por delante. Habrá que saber hasta qué punto Francisco I conoce los entresijos de la curia vaticana, y puede hacerse con el control de la misma para proceder a la limpieza necesaria que urge, o cuáles son sus opiniones y conocimientos de lo que pasa en el banco vaticano, si respalda el nombramiento del nuevo responsable efectuado por Benedicto XVI hace unas semanas, y cómo va a llevar a cabo la poda que necesita ese organismo, lleno de cizaña hasta las trancas. Y en lo que hace a su labor evangélica, ¿será Francisco I un defensor de los movimientos más duros, como los neocatecumenales, que han gozado del apoyo de Roma durante estos últimos papados? O por el contrario, ¿se volcará hacia una doctrina más social, comprometida, y de estilo más jesuita clásico? ¿Cómo va a afrontar el proceso de acelerada secularización que se vive en Europa y la dura competencia de los movimientos protestantes en Latinoamérica? ¿Va a sancionar con fuerza a los responsables de casos de pederastia? ¿Va a realizar reformas doctrinales?

Como verán, muchas e importantes preguntas que a día de hoy carecen de respuesta, pero que iremos conociendo a lo largo del tiempo. De momento la tarea que le espera es hercúlea, inmensa, sospecho que demasiada para un hombre, sea cual sea su valía, que se la presupongo muy alta. Lo que tengo claro tras la elección de ayer es que para conocer la respuesta no merece la pena preguntarles a los vaticanistas, que no han acertado ni una. De hecho hoy tengo un cierto punto de orgullo porque su fracaso predictivo nos ha dejado a los economistas con un buen sabor de boca. Ya no somos los peores, los más afectados por la eterna incertidumbre de Heisenberg

miércoles, marzo 06, 2013

Crónica de la muerte anunciada de Hugo Chávez


Ayer por la noche, deshecho tras acarrear un nuevo televisor a casa, quitar el viejo y montar el nuevo, tras una ducha reparadora y tumbado en el sofá sin ganas de levantarme para varios meses, el 24 horas de TVE interrumpió la interesante entrevista que estaba realizando a Guillermo Fernández Vara para ofrecer en directo la alocución de Nicolás Maduro, vicepresidente venezolano, en la que, compungido y lloroso, comunicó la muerte de Hugo Chávez. Maduro hizo el papel de Arias Navarro con Franco, pero con el estilo florido y melifluo típico de los dirigentes latinoamericanos.

Es difícil valorar el papel de Chávez en su país y en el mundo, pero es evidente que ha sido inmenso, y que nada será igual tras su marcha. Militar golpista, que a la primera intentona fracasó pero volvió a probar y lo logró, Chávez ha sido la quintaesencia del populista latinoamericano, un personaje propio del continente que, aunque tiene imitadores fuera, no ha logrado nunca alcanzar el grado de perfección al que se ha llegado por aquellos lares. Perón, Castro Chávez.. todos ellos lograron fundar regímenes políticos en los que su persona y personalidad eran el estado, lo denominaba, y en los que las leyes existentes tenían la validez que les otorgaba el guía, el líder aclamado por su pueblo. Chávez fundó lo que él llamó el socialismo bolivariano, una extraña mezcla de comunismo, nacionalismo y cristianismo, que no cuadraba con ninguna de las ideologías clásicas, pero que era la expresión perfecta de la convulsa y volcánica personalidad de Hugo, un hombre que a nadie dejaba indiferente. Asentado sobre una de las mayores reservas de petróleo del mundo, el chavismo ha logrado sobrevivir como régimen gracias a los ingresos que le ha proporcionado ese mar de crudo, pudiendo así lanzarse durante años a financiar una política de subvenciones a la población venezolana que, acogida al subsidio y arrebatada por la personalidad del líder, le ha refrendado en varias citas electorales más o menos democráticas, pero en las que era evidente tanto el férreo control que el régimen tenía sobre todos los resortes del país como la capacidad de Chávez de enardecer a la población con sus proclamas, dejando a la altura del barro a los candidatos de una oposición que, durante muchos años, se ha mostrado débil, dividida y desnortada. Sin embargo la riqueza del país ha sido muy mal gestionada. Más allá de la propaganda del régimen, Venezuela sigue siendo uno de los países en los que la desigualdad social es mayor y más cruel. Junto a zonas de lujo que sería difícil encontrar en muchas ciudades europeas, Caracas exhibe unas inmensas bolsas de pobreza, marginación y miseria, en las que ha arraigado el pandillismo, la droga y la violencia, y que registran cientos, miles de muertes al año a mano de bandas que se enfrentan por la gestión de esas barriadas. El país no es ahora más rico de lo que lo era hace algunos años, pese a que las políticas sociales de Chávez hayan permitido que cierto estado del bienestar se haya consolidado entre amplias capas de la población. Importador de casi todos los productos básicos, incluyendo alimentos, la última devaluación del bolívar, de un 30%, ha mostrado la enorme debilidad de la economía venezolana, la situación de cuasi quiebra a la que se enfrenta en breve y la necesidad de adoptar políticas firmes, serias y de largo plazo para sacar al país de la sima a la que se enfrenta de seguir como hasta ahora. Quizás este sea uno de los aspectos menos mencionados de los obituarios que, hoy sí, por fin, editarán todos los periódicos, centrados más en el caudillismo y la figura política de Chávez, pero su fracaso económico es una de las mayores losas que deja tras su marcha.

¿Y ahora qué? Confusión. Curiosamente Venezuela me recuerda un poco a la España de la muerte de franco, un país dividido entre los continuistas del régimen, encabezados por el procubano Maduro, los militares, liderados por Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea (Congreso) una oposición desorientada y una población que ve la ausencia de liderazgo y de dinero en sus bolsillos. En un mes debiera haber elecciones presidenciales, y aunque los riesgos son muy elevados, ojalá ese país, poseedor de enormes riquezas, bellezas de todo tipo y grandes oportunidades, sea capaz de salir adelante y disfrutar de la prosperidad que su población merece.

jueves, enero 10, 2013

¿Está muerto Hugo Chávez?


Hoy estaba previsto que tuviera lugar en Caracas la ceremonia de jura del cargo de presidente de la República de Venezuela, título que obtuvo Hugo Chávez tras su victoria electoral de hace escasos dos meses. Sin embargo, como ya es oficial, no va a haber acto institucional alguno, ni se espera que Chávez vuelva a Caracas hoy, mañana ni en un futuro cercano. El mero hecho de titular el artículo de hoy como lo he hecho muestra hasta qué punto no se tiene ni la más remota idea del estado real de salud del hasta hoy presidente de y a partir de mañana se supone que “regente”. Todo son rumores y especulaciones.

La ceremonia de la confusión desatada tras la marcha de Hugo a Cuba para volver a tratarse del cáncer que padece, por cuarta vez si no me falla la memoria, es total. Los agoreros señalan que si no ha muerto está terminal, entubado y enchufado a un montón de máquinas que lo mantienen artificialmente con vida, mientras que los muy fieles al régimen hablan de complicaciones, cada vez más complejas, pero siguen manteniendo que la vida y futuro del presidente no peligra. Entre tanto oscurantismo y ocultamiento es más fácil creer a los agoreros que a los voceros. De hecho está situación cada vez me recuerda más a lo que pasó con Franco en los setenta, cuando el dictador agonizaba en su cama, enchufado a todo lo que fuera necesario y posible para mantenerle en vida mientras que el régimen proclamaba su salud uno y otro día. Lo más curioso es que cuarenta años después, con los avances registrados en los medios de comunicación, los regímenes políticos sigan tratando de hacer creer al mundo una verdad sesgada y engañosa sobre la salud de sus dirigentes, cosa que no hace sino contribuir a aumentar el descrédito del propio régimen y las especulaciones. ¿A qué se debe este comportamiento? A que todos estos regímenes personalistas, sea el franquismo, chavismo, castrismo o cualquier otro apellido con el sufijo –ismo asociado, son inseparables de la figura de su líder, y la desaparición de éste suele conllevar, habitualmente, el derrumbe de la estructura de poder que se había organizado en torno a su figura. De hecho es algo que ya estamos viendo en Venezuela, cierto que aún en sus primeros estadios, pero con el cuerpo del líder encerrado en un hospital de La Habana la disputa sorda que mantienen su actual vicepresidente, Nicolás Maduro, nombrado como sucesor por el propio Chávez en un acto tan ilegítimo como psicodélico, y Diosdado Cabello, presidente del parlamento venezolano y, en ausencia del presidente, la figura con más poder según la constitución del país, empieza a adquirir proporciones de auténtica batalla sucesoria. Ambos representan distintas facciones de un chavismo unido como una piña en torno a su mesiánico líder, orgulloso y dueño de todo el poder en el país, pero que amenaza con fracturarse rápidamente si la figura del caudillo cae y el poder, vaciado de su dueño, es reclamado por otros. Por eso el régimen, antaño ya hora, trata de mantener a su líder vivo el mayor tiempo posible, para que esa estructura de poder no se colapse. De fondo está el ejército de Venezuela, de dónde provino, no lo olvidemos, el golpista comandante Chávez, que espera a ver cómo se desarrollan los acontecimientos y, supongo, estará haciendo sus propios cálculo de qué es lo que puede pasar y a quién le conviene apoyar en caso de disputa.

Lo único seguro de los acontecimientos que se están dando en torno al palacio de Miraflores es que Venezuela está haciendo honor al concepto de república bananera, porque posee una constitución, unas leyes y unas instituciones que le dan una imagen de democracia normal, pero que en el fondo son papel mojado, mera cortina decorativa, que pueden ser manipuladas, vejadas e incumplidas sin cortapisa alguna por los cabecillas del régimen que controlan el país. Una triste historia, y de fondo, aunque nadie hable de ello, un panorama económico devastador que amenaza con la ruina y el colapso social de la población del país. Hablaremos bastante de Venezuela este año, creo.

lunes, octubre 08, 2012

Hugo Chávez vuelve a ganar


Parecía que esta vez sí era posible, que un nuevo candidato, Enrique Capriles, joven e impulsivo, había logrado unir a al dispersa oposición venezolana y que iba a ser capaz de derrotar a Chávez, pero no, otra vez no. Chávez ha ganado las elecciones más complicadas a las que se ha enfrentado tras catorce años de mandato y, si su enfermedad lo permite, estará al frente del poder en Venezuela otros seis años más, dejando a la oposición en la cuneta dolorida y frustrada nuevamente. Esperaba la derrota del caudillo como una vía para poder solucionar los problemas de Venezuela, pero me temo que tendré que seguir esperando.

Y es que ese país latinoamericano, pese a ser portada en los medios casi en exclusiva por las brabuconadas y esperpentos que organiza su presidente, vive una grave crisis económica y social, endémica desde hace muchos años, y frente a la cual el chavismo, el régimen, no ha hecho más que extender su discurso de aires libertarios y marxistas, pero sin llevar a cabo política alguna que realmente arregle los graves problemas de la nación. En un país rico hasta decir basta en recursos naturales, y con una producción de petróleo inmensa, los ingresos derivados de las exportaciones de crudo se dedican en su mayor parte a subvencionar productos de consumo diario y a financiar el aparato de propaganda del régimen. Así, al economía presenta unos precios que nada tienen que ver con el coste real de producirlos, las divisas se evaporan nada más ser obtenidas y la pobreza de la clase media es cada vez mayor, siendo seguramente el porcentaje de población que vive a cuenta de los subsidios el más numeroso de todos. Pese a venderlo como socialista y de izquierdas, esta es la actitud que han desarrollado muchas dictaduras para mantenerse en el poder. Sin ir más lejos ya lo hacía franco en España en los setenta con los subsidios a la gasolina, idea lunática que sólo sirvió para que la crisis petrolera de esa década llegara más tarde a España y fuera más cruda y persistente. El amigo iraní de Chávez también lleva a cabo medidas muy similares, y ambos necesitan para mantenerse en pie y sostener esa red de subvenciones un petróleo caro y tenso, como el que se vende ahora en los mercados, que no baja de los 100 dólares. Si bien Irán, tras el embargo a sus exportaciones petrolíferas, se enfrenta a un dilema financiero que puede ser la puntilla al régimen de los ayatolás, Venezuela no ha visto en ningún momento restringidas sus exportaciones, ni siquiera las que tienen como destino al enemigo norteamericano, que es tan odiado en público como agasajado en privado a base de miles de barriles. Con esos ingresos sostenidos Chávez alimenta a parte de la nación y le hace creer en la riqueza y proferidas de su país, y es en ese caladero en el que el presidente pesca sus votos y, arropado en la imagen de caudillo salvador, saca sus mejores resultados. La demagogia, la teatralidad de sus apariciones no son sino una manera muy burda de populismo, que sin el soporte financiero del petróleo se quedarían en hueco humo. La oposición lleva años denunciando esta práctica que, además de irreal e improductiva, no hace sino sumir al estado en una corrupción salvaje, dados los flujos de dinero que se mueven entre las instituciones que son controladas por completo por Chávez y sus afines. Sin embargo, parece que a la hora de votar el ciudadano venezolano es agradecido al régimen que le da dinero pese a que le quite libertad y, nuevamente, ha depositado su confianza en un personaje histriónico y autoritario como Chávez. Una mala noticia para el país.

Además de todos estos problemas, Venezuela se enfrenta a uno que no es muy conocido pero que la desangra, literalmente, y es la violencia de bandas que se ha instalado en Caracas y otras localidades, que causa decenas de muertos al mes entre la población joven, y que se ha convertido en un auténtico cáncer social en muchos de los distritos de la capital, frente a la que el chavismo ni ha sabido ni querido hacer nada. Hoy Chávez estará exultante, y tiene motivos para ello, pero mañana tendrá en sus manos un poder inmenso con el que debe arreglar su país, o hundirlo definitivamente en el marasmo y la corrupción. Salud mediante, el destino de los venezolanos está en sus manos.