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miércoles, julio 30, 2025

Llevar la contraria al jefe

Hoy hay reunión de la FED en EEUU para decidir sobre los tipos de interés en aquel país en función de la economía. A ver si mañana o pasado puedo escribir sobre ello, pero, no huyan aún, hoy no quiero centrarme en la economía. La semana pasada Trump visitó las obras que se desarrollan en el edificio histórico de la FED, no muy lejos de la Casa Blanca. En un momento dado, habló del presupuesto de la obra, que ciertamente se ha disparado, y citó un coste unas tres veces mayor de lo que va a acabar siendo. A su lado, Powell, el mandatario de la FED, empezaba a cabecear en un claro gesto de negación. El subordinado contradecía a su jefe.

¿Cuántas veces se han visto ustedes en esa situación? En la de estar delante de un jefe que afirma algo que no es cierto, o que incurre en un error, y ustedes saben la respuesta correcta. ¿Se atreverían a contradecirle? ¿levantarían su voz para llevarle la contraria? Supongo que la respuesta depende mucho del contexto, de la relación personal con el jefe, del tamaño de la hipoteca que queda por pagar, de lo directamente relacionado que esté el jefe con el contrato que le une a usted a su empresa, y un montón de factores similares, pero, en general, es bastante poco común el ver una escena en público donde un superior es contradicho por alguien que, directa o indirectamente, depende de él. A medida que se asciende en el escalafón de una estructura, sea pública o privada, el poder es más intenso, y más es lo que se puede perder en caso de contradecirlo. Esto lleva a muchos a adoptar el rol del pelota, el adulador, el que siempre le da la razón al jefe pase lo que pase, aunque sepan que a veces tenga razón o no. Han descubierto que en su ecosistema se prospera más y mejor alabando las bondades de la jefatura que trabajando o siendo sinceros. Estos personajes se dan en todas partes, pero crecen en proporción a medida que nos acercamos a la cumbre, dado que desde ella el jefe puede decidir de manera discrecional quiénes le acompañan y quienes no (esos ya no podrán pagar sus hipotecas). Esto está muy estudiado y se sabe que el poder, cuanto mayor es, más ciego se muestra ante la realidad porque está todo el día oyendo voces aduladoras que le ciegan el juicio, creyéndose el superior el más listo de todos, cuando sólo está rodeado de un mayor número de aprovechados que viven a cuenta de él. Pero bueno, no nos vayamos a los cielos, donde viven muy pocos. En el día a día de su trabajo, en su empresa o negocio, tendrá muchas situaciones en las que su superior conoce más que usted y, al revés, y el cómo se gestiona eso cuando en ambos casos se deben acatar las decisiones que provienen sólo de un sentido es uno de los mayores problemas del trabajo habitual. Conseguir grados de confianza suficientes con los jefes para hacerles ver que hay cosas en las que están equivocados y no poner en riesgo la nómina es todo un arte, que a veces se aprende con el tiempo, y en otras muchas ocasiones resulta inaccesible. Mi experiencia al respecto es mixta y poco extrapolable, creo, dado que juego con red al tener un puesto de trabajo casi garantizado al 100%. En más de una ocasión le he llevado la contraria a mis superiores en aspectos técnicos que sí dominaba y ellos no, y el resultado ha sido variable, siendo mi criterio tenido en cuenta en unos casos y en otros no. De unos años a esta parte sí estoy notando dos tendencias que no me gustan nada en el mundo laboral en el que me muevo. Una es la inflación de cargos, el número de jefes no deja de crecer, y eso genera disfunciones y disputas entre ellos. Otra es que el criterio por el que reclutan a la gente no tiene tanto que ver con la valía profesional como con la lealtad, lo de no llevar la contraria y seguir las directrices. Y eso es condición necesaria para que una organización se estrelle. El papel del técnico se va reduciendo a medida que el nivel de jerarquía se dispara y opera de manera inaccesible, y justo cuando la vida real que nos rodea se complica cada vez más. No se, es lo que veo.

En la discusión entre Trump y Powell, Powell llevaba la razón. Trump le sacó un papel en el que figuraba esa cifra que triplicaba los costes. Powell se puso las gafas de leer y le contestó, en segundos, que eso hacía referencia a obras de otros edificios que no eran el del la FED, por lo que nada tenían que ver con él. A Trump ser pillado en renuncio le da igual, porque la realidad es lo que a él le parece, pero quedó claro hablaba sin saber y quién no. Eso no evitará que, en lo que le queda de mandato, Powell sea torturado sin cesar por los insultos de Trump, pero, al menos, se irá con la cabeza alta. Quizás eso, una vez pagada la hipoteca, sea lo más importante que se pueda decir del ejercicio de uno de su profesión y su relación con la jefatura.

martes, abril 01, 2025

Morir en la mina

Todos nos quejamos, con demasiada frecuencia, de nuestro trabajo, de problemas de organización en él y de lo poco que se nos valora y, por supuesto, paga. Da igual el desempeño que uno realice o la organización en la que esté, las quejas son frecuentes, reiteradas. Es probable que todas ellas tengan una parte de razón, que haya situaciones realmente nefastas. También que, en muchos casos, ese disgusto es en parte pose para no asumir las propias culpas de la situación, o aún peor, la incapacidad para encontrar una respuesta a por qué no hacer nada para solucionar los problemas que se denuncian. Somos humanos, así es nuestra vida.

Mi padre era albañil de obra, de los que trabajaban haciendo suelos y paredes, y ya decía que los de los gremios que luego operan en la construcción de instalaciones en un edificio son señoritos, porque escayolistas, fontaneros, electricistas y demás trabajan con el techo hecho. Si llueve no se mojan, mientras que él y su cuadrilla tenían que levantar pilares y forjados, y si el día de izar encofrados para pilas se ponía a llover, o caía un sol de justicia, nada te cubría salvo el casco. Su imagen de los que trabajamos en oficina se la pueden imaginar, en un mundo en el que sólo el hecho de no sudar cuando se desempeña un trabajo era, para él y muchos otros, una muestra de privilegio inasumible y de, casi siempre, descaro. No, eso no es trabajar, repetía muchas veces. Alguna vez traté de explicarle que eso de la oficina sí era trabajo, pero también choqué pronto con la realidad de que hacer entender a alguien muchas de las cosas que hago en el día a día puede resultar frustrante, porque yo tampoco les encuentro lógica en ocasiones, así que no insistí demasiado. Era una batalla perdida y no tengo madera de héroe para inmolarme. Con mi madre tampoco lo he intentado. Pese a todo, mi padre sabía que su profesión, por dura que fuera, no era, ni mucho menos, la peor posible. La vida del agricultor o ganadero le parecía insufrible, con el único consuelo de poder estar al aire libre, pero trabajando sin cesar en un mundo hostil en el que o bien un ternero te da problemas y te deja la noche sin dormir o llega una tormenta que te destroza el sembrado al que has dedicado horas. La fábrica también la veía con malos ojos, por la rigidez de la sirena, que cuando yo era pequeño marcaba como un reloj el ritmo de entrada y salida de todo el pueblo. Entonces la fundición era lo más extendido en Elorrio, negocios rentables, con amplias carteras de pedidos, a veces con turnos extra de noche, pero cuyas principales labores se desarrollaban bajo techo en pabellones industriales oscuros, cerrados y llenos de polvo, junto a hornos donde el calor era insoportable, y coladas de hierro fundido en las que todo resultaba abrasivo y muy peligroso. Los accidentes leves eran comunes, y aún hoy la muerte en la fábrica es algo que, aunque sea esporádico, sucede, como pasó hace pocas semanas en una empresa de mi pueblo. La vida de los operarios de fundición era penosa, salían en muchas ocasiones del trabajo como de una mina, como de una mina, cubiertos de polvo oscuro, con ropas sucias, pieles ennegrecidas y la sensación de que no había ducha, ni la de la empresa ni la de casa, que pudiera limpiar todo aquello. Desde casa se veían numerosas chimeneas que expulsaban mierda a paladas, en volutas oscuras que subían al cielo cuando el aire era tranquilo o que formaban espesas nubes, muy respirables, cuando se daban procesos de inversión. El polvillo que escapaba de los hornos, y que los trabajadores respiraban a manos llenas, se repartía por todo el pueblo, se depositaba en coches, aceras y árboles, y llegaba al interior de las casas. Todos de críos lo respiramos, más o menos, y la contaminación que se ve ahora, aun siendo notable, no tiene mucho que ver con la de antaño. Las empresas que quedan se han modernizado y son más limpias. Quedan bastante menos empresas.

Los accidentes mineros eran comunes en ese pasado no tan remoto, y se repetían en televisión las escenas que, en Asturias y León principalmente, no sólo, provocaban la apertura de los informativos. Pueblos pequeños, oscuros, con muchas personas llorando a la boca de unos pozos que regurgitaban cadáveres junto al negro mineral que era la base de su existencia y negocio. Viudas, huérfanos, dolor y pena en un trabajo horrendo que resultaba inimaginable. Sospecho que mi padre agradecía ir a la obra cuando veía esas escenas, y las quejas sobre su trabajo, que conmigo no compartió, las diría mas bajitas, tras ver cómo esos pozos se volvían a cobrar su tributo en vidas. Ayer, marzo de 2025, volvió a morir gente, mucha gente, en una mina en Asturias.

jueves, mayo 18, 2023

Elon Musk y el teletrabajo

Elon Musk es un tipo genial para algunas cosas y un auténtico bocazas en no pocas ocasiones. Todos somos poliédricos, él también. Pena que en mi polígono personal ninguna de las aristas sea genial, pero es lo que hay. Musk no deja indiferente cuando le pone un micrófono delante, o se lanza a tuitear de manera salvaje, como si fuera el adolescente irresponsable que no es. En su comparecencia ante la junta anual de Tesla lanzó una enorme crítica al teletrabajo, calificándolo como inmoral y denigrándolo por completo. No está sólo Musk en este ataque y, frente a ellos, otros muchos defienden los puestos en remoto la manera alternativa de trabajar.

En EEUU hay un enorme debate en torno al teletrabajo, que acabará llegando a nosotros, a buen seguro que tarde y distorsionado. Musk lo califica de inmoral porque unos privilegiados pueden hacer uso de él y otros, los que realizan trabajos que requieren manipulación física, no pueden. No es ese el fondo de lo que se discute en aquel país. Hay dos factores que están en el centro de la mesa de debate y que tienen más importancia de lo que parece. El primero es el de la productividad de las empresas. ¿Ha aumentado con la normalización del teletrabajo o no? Pues, como sucede muchas veces, depende. Ya es difícil medir la productividad como para ser categóricos a la hora de hablar de impactos sobre ella, pero muchos CEOS y directivos dicen que sus empresas no son lo productivas que pudieran ser por, entre otras causas, el teletrabajo. Para algunas funciones estar en remoto supone una ganancia enorme (piense en el tiempo perdido en viajes de trabajo para reuniones de poco tiempo) pero en el día a día su implantación masiva, alegan, debilita los equipos, deshace la cultura corporativa de la empresa y diluye la capacidad de crear conjuntamente entre los empleados. Muchas empresas han empezado a recortar los planes extensos de teletrabajo que tenían y han ordenado una paulatina vuelta a las oficinas, movimiento que ha suscitado críticas por parte de muchos de los empleados, algunos de los cuales lo han acatado y otros no. El tema de las oficinas, y el inmobiliario asociado, es la otra gran línea de debate allí, y se ve influenciada por el diseño de las ciudades norteamericanas, algo artificioso desde el punto de vista europeo. El teletrabajo masivo desalojó los centros urbanos y dejó a las torres de oficinas convertidas en cascarones vacíos, generadores de pérdidas para sus propietarios. La vuelta no completa de empleados ha hecho que no se recuperen los niveles de ocupación previos a la pandemia, y los centros urbanos allí, vibrantes en las horas de trabajo, no son lo que eran, lo que repercute en pérdidas para los dueños de los edificios y los que tienen alquileres de negocios en las zonas. Parte de los problemas del sector bancario regional en EEUU, ese que se derrumba en este año, provienen de préstamos y tenencias asociadas a inmobiliario comercial y de oficinas, cuyo valor en libros es bastante más alto de la realidad, fruto del teletrabajo y la ausencia de empleados. En las ciudades europeas los centros son densos y las oficinas se mezclan con residencial, comercial y otro tipo de uso de los espacios. Hay zonas, como la Defense en París o el Cannary Wharf en Londres en las que predomina el uso de oficina, y notan este efecto de estar algo desangelados por el teletrabajo, pero son espacios concretos dentro de urbe más mezcladas. En EEUU, la distinción entre el centro de la ciudad urbano, como lugar de trabajo y negocios, y el extrarradio residencial es mucho más abrupta, y el que los centros urbanos languidezcan es un enorme problema, y no sólo económico, que también. La inseguridad de un lugar poco frecuentado crece, y es sabido que la violencia en EEUU es un problema de primer orden. Si los centros urbanos volvieran a llenarse, la economía y seguridad de los mismos resurgiría, según dicen los expertos.

Así, es posible que, sin tener en cuenta los meses de encierro pandémico, que fueron excepcionales, hayamos visto el pico en el uso del teletrabajo en nuestros sistemas de oficinas, o al menos que la corriente que pide recortarlo coge fuerza frente a la idea, hasta ahora mayoritaria, de extenderlo. ¿Qué es mejor? Pues depende, la verdad. Supongo que hay que tratar de compatibilizar el negocio de la empresa, que es lo primero (sin ello no hay ni empresa ni empleos) con el bienestar de los empleados y con las distintas preferencias de todos los implicados, llegando a acuerdos que, en función del tipo de negocio de que se trate, sean más o menos presenciales, pero en las grandes empresas tiene pinta de que vienen “telerecortes” en la distancia respecto a la sede. Ya veremos.

jueves, marzo 30, 2023

Luz en la oficina (para FMC, LBB, GMA y SGJ)

El trabajo no es la vida, y no vivimos para trabajar, pero trabajar es necesario para obtener ingresos y vivir a cuenta de ellos, es una responsabilidad personal y, en cierta manera, un compromiso social. A veces es cierto que el trabajo realiza, otras es una pesadilla, pero no deja de ser la manera en la que hemos organizado nuestras sociedades. Pasamos muchas horas al día en el trabajo y establecemos en él relaciones personales que tienen una valía sólo por el hecho de que otras personas también están como nosotros. Distintas en casi todo, iguales en sus deseos de mejora, de búsqueda de ingresos, de una vida mejor para ellas y los suyos.

Ayer, en un día un poco especial para mi, un grupo de compañeros de una rama hermana del Ministerio en el que trabajo me hicieron un pequeño agasajo y regalo, que para mi fue tan inesperado como ilusionante. Ellos, junto al resto de miembros de esa rama hermana, ocupan provisionalmente parte de las oficinas en las que nosotros trabajamos habitualmente, a la espera de que les proporcionen unos espacios propios en un edificio cercano. A estos compañeros, en concreto, les han juntado a lo bruto en una sala de reuniones interior, sin ventanas, con una de las cuatro paredes hecha de cristal, pero cubierta en parte con un envoltorio plástico translúcido que tiene su sentido cuando la sala se usa para encuentros de trabajo, pero supone una venda para los ojos si, permanentemente, está ahí dentro. Ayer, sin embargo, estos compañeros consiguieron crear luz de verdad en su angosto hueco, y puede ser beneficiario de ella, lo que me supuso una gran sorpresa e ilusión, y me hizo pensar mucho, a lo largo del día, sobre cómo en cada una de nuestras jornadas, más allá de que hagamos lo que debemos hacer por nuestra responsabilidad profesional, vamos sembrando luces o sombras en nuestros entornos de trabajo. A lo largo de unos cuantos años ya de carrera profesional me he ido encontrando con muchos tipos de compañeros, la mayor parte de ellos han ejercido labores de jefe, porque en este empleo no tengo cargo alguno y debo hacer lo que casi todos me piden que haga y, en general, mis experiencias han sido positivas. Cada uno es como es, con sus particularidades, ventajas e inconvenientes, pero los entornos de oficina como este obligan a compartir labores, deberes, vidas y problemas, y más en espacios diáfanos como los que se llevan ahora en este mundo, donde la intimidad es algo que casi se busca ocultar. No he tenido problemas serios con ningún compañero y a más de uno de los que aquí han estado y permanecen les puedo llamar amigo, y es cierto que al trabajo uno no va a hacer amigos, pero se pueden encontrar aquí perfectamente. Hay personas de valía extraordinaria de las que he aprendido mucho, tanto en lo profesional como en lo personal, también hay algunos otros más cascarrabias, que se salen poco de las vías por las que transitan y uno debe saber hasta dónde puede llegar y cuándo apartarse para no ser arrollado, y así poco a poco se va confeccionando un catálogo de recuerdos de momentos en el trabajo que se quedan mucho más que los hitos laborales que se debieron alcanzar (ya puestos, sí, se logran) y de los números que rodean en todo momento lo que hago en el día a día. Quizás llegue un momento en el que las inteligencias artificiales nos manden a todos a casa y tengamos un serio problema de productividad, ingresos y de sentido social, pero hasta entonces, cada día, somos personas y trabajamos con personas, a ellas nos debemos y con ellas compartimos atardecer, problema, obligación y desempeño, y es de las relaciones con las personas, de sus detalles, de tus errores y arrepentimientos, de lo que uno al final se acaba acordando por encima de todo. El trabajo es un entorno de relaciones que deben ser cuidadas en extremo, y no por el interés de una carrera de ascensos, no, sino por mera deferencia a los que nos rodean. Y cuando, como ayer, uno es objeto de esa atención, no puede sino dar las gracias, reconocerlo, y guardar en un lugar especial de su memoria el recuerdo de lo vivido, un lugar que sea seguro, custodiado como merece por el gran valor de lo que guarda.

Aprovechando que era una tarde distinta, salí un poco antes de la oficina y me di un paseo de camino a otra estación de metro, no la más cercana. Era la de ayer una tarde en la Madrid se vestía de verano, la primera del año de esas en las que esta ciudad te muestra su cara más cálida. Niños por doquier en las aceras al ser jornada escolar, tráfico intenso, negocios atestados, vitalidad de primavera con árboles que ya muestran sus hojas, pero sin alcanzar la plenitud. Una tarde luminosa, sin apenas nubes ni viento, serena y apacible como diseñada a propósito. Una tarde, pensaba, que cerraba un día laboralmente bueno, excelente en lo personal, en el que la luz había conseguido llegar hasta lo más profundo de un gris y burocrático edificio del gobierno.

miércoles, julio 14, 2021

Desatranques

Vivo en un piso muy pequeño, de juguete, en el que cada cierto tiempo se rompen cosas y me complican la existencia. Puedo debatir con ustedes sobre muchos temas, algunos absurdos y extraños, pero soy un desastre como manitas, no realizo obras en casa y la principal inversión que le he hecho a la vivienda en estos años de propiedad ha sido la de comprar estanterías y llenarlas de libros, lo que hace que el piso parezca aún más pequeño. Si se rompe algo trato de no notarlo y, en la medida de lo posible, pasar con ello antes de hacer cualquier cosa o llamar a un técnico, que siempre quiere venir a la hora en la que estoy en la oficina.

Desde hace ya varias semanas el desagüe de la bañera en la que me ducho, que posee poca pendiente y nunca ha tragado con devoción, empezó a sentirse empachado, y a no bajar no ya con ganas, sino a plantarse, como protestón pelotón ciclista. Me duchaba sin problema, pero día tras día el remanente de agua cada vez tardaba más en irse. Llegó un momento, hace dos o tres semanas, en el que el pozo formado empezaba a hacer la competencia al concepto de baño frente al ejercicio de la ducha, y pasaba del cuarto de hora el tiempo necesario para que aquella acumulación se fuera por un sumidero convertido en remedo de la M30 madrileña en atascada hora punta. Primeros improperios a mi suerte y el escalofrío que surge cuando admites que, o llamas a alguien para que te lo mire o te vas a meter en un problema mayor. La bañera está embaldosada, integrada en la pared, por lo que el miedo a que se tuviera que picar y, con ello, hacer obra en el baño, empezó a surgir como el Sol del amanecer. Bueno, así son las cosas. Llamé al seguro de la casa y, al menos consolado porque el problema era sólo mío y no había causado líos a los vecinos, quedé con los de la fontanería para que pasasen a verlo y a tratar de desatascarlo, indicando que la urgencia no era extrema, porque algo bajaba y eso permitía que pudiera seguir duchándome. Tras algunas llamadas, ayer por la tarde vino el fontanero a casa, un hombre de una edad similar a la mía, de acento eslavo, que empezó al instante a sacar herramientas, cables y objetos varios, y se puso a limpiar el bote sifónico, una de esas cosas que sólo he conocido al llegar a Madrid, dentro de mi profunda ignorancia sobre tantos aspectos de la vida normal. Empezó a sacar arena en dimensiones playeras, y poco a poco, por sus comentarios y expresión, empezó a atascarse su idea de que el encargo de esa tarde iba a ser liviano. Los cables y muelles que trataban de atravesar las tuberías que unen los dispositivos del baño no avanzaban, topaban con obstáculos de todo tipo, y la cosa se alargaba. Salió de casa y volvió con un pequeño compresor, para insuflar aire a presión a las tuberías, algo que yo no había visto en mi vida. Pese a ello la cosa se alargaba y, durante una hora, no hubo avances significativos. Sus expresiones eran de suave lamento, sin improperios ni gritos, pero con la sorda sensación de estar cagándose en los que diseñaron mi baño de casa de muñecas, incapaz de comprender él y yo cómo en un lugar tan pequeño se podía encontrar un problema tan grande. Tras hora y media de esfuerzos algo de la bajante de la bañera empezó a succionar, y a las dos horas consiguió que el cable que entraba por ese bote sifónico pudiera salir por el desagüe de la bañera, por lo que ambas conducciones quedaban unidas y había un paso entre ellas. Ese asomar del cable por la rejilla de la bañera era el anuncio de que no había que hacer obra, era una iluminación, la imitación más certera de esos momentos de película en los que el héroe logra agarrarse, con la punta de los dedos, al filo del barranco que lo separa de una caída mortal y, desde ahí, remonta con fanfarrias que atruenan la sala. El profesional cogió la punta que asomaba y, sujetando ambos extremos con ambas manos, empezó a realizar un baile de ida y vuelta que, a cada paso, aumentaba el espacio disponible en las tuberías, deshacía el sucio engrudo que las obturaba y, por fina, llevaba al final de esa intervención.

Dos horas estuvo ayer ese señor en el baño de casa, en una postura infame para su cuerpo, que debió dejar su espalada, rodillas y demás elementos doloridos por bastante tiempo. Eso es trabajar, que diría mi padre, y cualquiera que lo hubiese visto. Cuando terminó y le firmé el parte le di las gracias de todo corazón, pero me miró con una cara tristona, porque aún le quedaba un aviso para terminar la tarde, y pensaba que el de mi casa iba a ser rápido. Le había llevado dos horas largas y eso retrasaba mucho el desempeño del último encargo de la tarde y la vuelta a su casa, que tras lo que había hecho en la mía era más necesaria y ganada que nunca. El fontanero se fue, limpié el baño ya a pleno funcionamiento, y me quedé con la sensación, ya conocida, de que lo que hago en la oficina se llama trabajo porque así está convenido, pero no se si lo es.

martes, octubre 27, 2020

No deben subirnos el sueldo

Cada día compruebo, con más asombro, la absoluta irrealidad que, en general, impera en nuestra sociedad sobre lo que estamos viviendo, la negación del desastre sanitario y económico que enfrentamos y el profundo egoísmo que subyace al comportamiento de cada uno de nosotros. Si uno tiene trabajo le da absolutamente igual que millones de personas lo pierdan o no ingresen a cuenta de esta mastodóntica crisis. Si uno está bien de salud entonces tiene derecho a divertirse y el contagiar a otros no va con él, no supone molestia alguna, y así todo. Es desquiciante como este infantilismo, un comportamiento tan reprobable como suicida, nos agrava todos los problemas derivados de la pandemia. Visto lo visto a lo mejor nos los merecemos.

Ayer se supo que en el proyecto de presupuestos para el año 2021 que se hace público hoy se incluye una propuesta de subida del sueldo a los empleados públicos del 0,9%. Un estado completamente quebrado, que quema deuda como un yonqui papelinas y que va a acabar el año con un volumen de deuda sobre el PIB superior al 120% decide incrementar el sueldo de sus empleados cuando millones y millones de trabajadores no es que lo hayan dejado de ser, sino que directamente se ven abocados a la pobreza por la destrucción de su sector productivo. Empresas de todo tipo se tambalean en medio de la mayor debacle de la demanda agregada vista en muchas décadas y el empleador público no tiene una mejor idea que la de aumentar una partida de salarios que es de las más gruesas del presupuesto. Me parece absolutamente irracional desde el punto de vista económico y profundamente injusta desde lo social. Antes de que algunos me aplaudan y otros me critiquen por mi postura, debo aclarar que trabajo para la Administración General del Estado en un puesto que no es el de funcionario, pero se le acerca mucho, al menos en lo de la estabilidad, por lo que lo que decida el gobierno con esos sueldos es lo que decide con el mío, y cuando digo que no se le deben subir a estos empleados me incluyo. De hecho, es inevitable de todo punto que llegue una bajada, bien sea mediante la supresión de alguna nómina, como se hizo en la crisis financiera, o algo similar, y es lo que le digo a todo el mundo que me pregunta algo al respecto, y le añado la coletilla de que “cuanto más tarden en bajarnos más tendrán que hacerlo”. Normalmente decir esto en mi lugar de trabajo no es recibido con grandes alegrías ni buenas respuestas, pero no les voy a engañar, me preocupa bien poco. En algunos de estos debates que surgen al respecto he propuesto alguna otra alternativa. Por ejemplo, no subir la masa salarial de los empleados públicos, pero alterar su reparto, de tal manera que se baje el sueldo a los trabajadores que realizamos labores administrativas o de gestión (es mi caso) y ese sobrante se reparta entre los sanitarios, docentes y cuerpos de seguridad, que durante esta pesadilla están trabajando con una intensidad, tesón y angustia de la que ni somos conscientes ni, por lo visto, queremos ser. De esta manera la partida de gasto agregada se mantendría constante pero, al menos, a los que más se han sacrificado se les recompensaría de alguna manera, menor de la que les es debida, pero algo. Sin embargo esa propuesta también suscita críticas, de primeras porque supone bajar el sueldo de todos los trabajadores de mi entorno, y eso no lo ve bien nadie que se pueda ver afectado, y de segundas, que eso es “complicado”, “es mucho trabajo”, “es un lío”. En efecto, es mucho más sencillo congelar los sueldos, o subirlos o bajarlos linealmente, tratar todos los esfuerzos de la misma manera y no buscar cómo sacar eficiencia a la partida de salarios públicos de manera que esté más ajustada a la realidad del desempeño, la productividad y lo trabajado. Eso, desde luego, requiere trabajo y esfuerzo, y para qué, si se puede evitar. Lo mismo que la contrata de rastreadores o de sanitarios ante la segunda ola. Filosofía de vida procastinadora, que nos domina, llevada al extremo.

En los informativos de ayer por la noche, junto a este anuncio de subida salarial, salían acto seguido sindicatos de funcionarios, generalistas y corporativos, indignados por esa propuesta de subida, que entendían a todas luces injusta, y que pensaban combatir con todas sus fuerzas. Y en ese momento me levanté del sofá y, durante unos minutos, dejé de ver la tele y contemplé por la ventana una noche fría y oscura, en un mundo en el que no entendía nada, y que sólo me ofrecía constantes muestras de egoísmo a través de los medios. Abrí la ventana, se oía el rumor de la ciudad. En algunos de los pisos que veía desde el mío este mes se habrá cobrado, en otros no. Y no entendía nada. Y cada vez entiendo menos.

martes, agosto 08, 2017

La mala gestión en la huelga de El Prat

Hoy se reúnen nuevamente Eulen, la empresa concesionaria del servicio de vigilancia y seguridad, con los empleados, y AENA como mediadora, para tratar de alcanzar un acuerdo que ponga fin a la huelga parcial, que empezó como encubierta y amenaza con ser indefinida, que ha convertido al aeropuerto barcelonés en una fábrica de colas, esperas, hartazgo e indignación. La noticia sobre este conflicto empezó a circular hace ya un par de semanas, pero hasta que las dimensiones del problema creado no han llegado a los medios internacionales y se ha golpeado la imagen del país AENA no ha movido un dedo. Claro ejemplo de improvisación y de falta de respuesta ante un problema que no hacía más que crecer.

Lo que los trabajadores de El Prat han descubierto, con el boom del turismo y la posición que ocupan los aeropuertos en esta industria, es que disfrutan de una enorme posición de poder, y eso les permite presionar de manera mucho más efectiva. Les sucede como a los conductores del metro de las ciudades, que son el personal más mimado de entre todos los que trabajan en el suburbano, y no porque su trabajo sea el más importante o peligroso o arriesgado, no, sino porque un paro de ellos genera que el servicio, simplemente, deje de existir. Esa situación de poder provoca muchas veces abusos, que son criticados con razón cuando es la banca la que se ha comportado de esa manera prepotente pero que son silenciados cuando otros colectivos actúan de igual manera. Desconozco cuales son las condiciones laborales de los empleados de El Prat, de esta y del resto de contratas, y si son comparables a las de otros aeropuertos españoles, pero es evidente que tras este conflicto los trabajadores de Eulen van a convertirse en la élite del aeropuerto, y todo ello gracias a la repercusión mediática de un conflicto planteado en la primera industria nacional en el momento de máximo auge de visitantes en el país. Hace unos años vimos, con el caso de los controladores, cómo la posición de fuerza más absoluta puede trocarse en debilidad en caso de abusar en exceso de ella. Era habitual que hubiera huelgas de controladores en las operaciones salida y llegada de las vacaciones, buscando mejoras salariales y de condiciones en una profesión difícil, sí, pero que ya por aquel entonces tenía fama bien ganada de estar muy remunerada. El pulso periódico de los controladores logró poner en su contra a todo el país, harto de ser un rehén en sus manos, y cuando decretaron una huelga salvaje en el puente de la Constitución, generando el caos más absoluto, el gobierno optó por militarizar las torres de control y quitar el “juguete” a quienes habían sido demasiado infantiles para divertirse con él. Tras aquel escándalo, los controladores aceptaron muchas medidas laborales que rechazaban hasta el momento sin discusión alguna, y desde entonces no se ha vuelto a producir una sola huelga en el sector, a sabiendas de que de declararla a lo mejor deben pedir asilo político en la torre de control para evitar la acción del gobierno y la ira de los pasajeros, que ya saben dónde están. ¿Corren los trabajadores de Eulen el mismo riesgo? No, porque su posición no es tan estratégica, pero su táctica negociadora es muy similar al del gremio del radar, y eso les hace ser bastante antipáticos a la población que, sin duda, es la sufridora del conflicto, no tanto la propia Eulen o AENA, que reciben el golpe en una segunda derivada bastante más suave. Visto el ejemplo de esos trabajadores, otros amenazan con desarrollar huelgas similares, y el aeropuerto barcelonés, de momento sólo ese, amenaza con ser noticia informativa por motivos económicos y sociales durante todo el verano, o al menos hasta que acabe el mes de agosto, punta vacacional y preludio de un otoño muy caliente y, también, catalán.


Lo que no tiene sentido alguno en este asunto es el uso partidista que algunos iluminados realizan de la huelga. Creía haber visto de todo, pero cada día compruebo mi más absoluta ingenuidad. Varios independentistas se dedicaban ayer a repartir panfletos en El Prat anunciado que en la república catalana estas huelgas y conflictos no existirían, en un acto de populismo, demagogia y falsedad que es una doble tortura inflingida a los ya muy castigados pasajeros que residen en las interminables colas, y una muestra de que los repartidores no viven siquiera en las nubes de su ensoñación, sino mucho más allá, en el Valhala paradisíaco de la felicidad absoluta. Qué peligro tienen estos manipuladores, qué miedo provocan sus dementes acciones.

viernes, marzo 17, 2017

Los estibadores y el abuso de poder

Ayer en el Congreso fue rechazado el decreto ley de la estiba, tras la abstención de Ciudadanos y el voto en contra de casi toda la oposición. PP y PNV votaron a favor, pero no fue suficiente. Según he visto por ahí es la tercera vez que en democracia el parlamento rechaza la convalidación de un decreto gubernamental, muestra nuevamente de la precariedad del gobierno de Rajoy, expresión práctica de que 137 es un número alto, pero insuficiente, y nuevo argumento de fricción en el pacto que el PP tiene con Ciudadanos. El ambiente “preelectoral” sube de grados según algunos analistas. Habrá que ver si los presupuestos con el PNV impiden ese adelanto o no.

Esto de los estibadores va camino de acabar como lo de los controladores, y no sólo porque ambas profesiones rimen, sino porque los dos colectivos han mostrado los riesgos del abuso de poder que les otorga su posición de privilegio. Pero, entiéndaseme bien, no un privilegio salarial, que es de lo que mucha gente habla, y me parece el menor de los aspectos, sino estratégico. Un estibador gana mucho más dinero que yo, y también genera más negocio que yo. No me importa que su sueldo sea diez veces el mío o veinte o siete, eso me da igual. Lo que se está discutiendo aquí es la posibilidad de que yo, si quisiera, pudiera llegar a ser estibador, y las restricciones de mercado que, los ya inmersos en el puesto, ponen a los potenciales candidatos que desean incorporarse al gremio. La estiba, como el de los controladores o los maquinistas, es un trabajo de gran responsabilidad, y crucial para el desarrollo de un país, y que es desarrollado por un número muy pequeño de profesionales. La ausencia de uno de ellos implica enormes restricciones y contratiempos, en lo logístico y lo económico y, por tanto, otorga un poder al trabajador que no existe en otras profesiones como, por ejemplo, la mía. Si yo hoy no vengo a trabajar porque estoy enfermo o hago huelga, la verdad es que poco se notaría mi ausencia. Muchos de mis quehaceres serían desarrollados por compañeros y otros deberes se quedarían a la espera, pero la sociedad no notaría mi ausencia (es así, y pasa con la mayor parte de los profesionales). Un maquinista que no acude a su trabajo es un tren sin conductor y un retraso amplificado en una cadena de convoyes que afecta a miles de personas en una mañana de camino al trabajo. Un controlador que no sube a su torre implica retrasos en los vuelos de un aeropuerto y un efecto que se puede extender más allá. Poseer ese poder implica gestionarlo, y a veces eso se hace con cabeza, y otras no. Normalmente se busca, por parte de los trabajadores, una situación de privilegio, que no es sólo salarial, en forma de derechos adquiridos, días de libranza, condiciones muy mejoradas respecto a otros colectivos y, sobre todo, restricciones al acceso a la profesión, para seguir siendo una masa lo suficientemente pequeña que pueda autocontrolarse y carezca de oposición. Este es el origen de las “licencias” o impuestos privados para acceder a determinados negocios, como el taxi o la farmacia, que no son sino barreras de entrada gremiales diseñadas para mantener cerrado y controlado el coto de una profesión. La ruptura de esas barreras ocasiona conflictos, porque los que viven protegidos por ellas no quiere, como es fácil de entender, renunciar a esa posición de privilegio que han construido con el tiempo. A veces es la normativa o la ideología o un gobierno el que trata de romper esa situación de privilegio, como pasó antes con los controladores y hoy con la estiba. Otras es la propia historia y el avance tecnológico, como puede que en pocos años suceda con el sector de la movilidad ante la llegada del coche autónomo. En todo caso siempre hay disputas y broncas, derivadas de la defensa de una posición privilegiada de poder. Esa es la historia de fondo, no algo relacionado con derechos laborales, disfraz de conveniencia muy utilizado para enmascarar situaciones que nada tienen que ver con el mundo del trabajo.

Cuando llegó la crisis financiera y se tuvo que rescatar a los bancos cundió la ira en la sociedad por los privilegios que tenía ese sector frente a otros. Ira razonada, pero sobre todo por la escasa explicación de los gobernantes sobre lo sucedido. Y es que los bancos, como los estibadores, ocupan una posición sistémica en el entramado económico, su derrumbe arrastraría a otros sectores, y no se podía consentir. Esa otorga a los bancos, como a los estibadores, una posición de poder, que usaron y usan en su propio y exclusivo beneficio. Con razón la sociedad ve mal este abuso por parte de la banca y recela de ella. ¿Por qué ve bien, entonces, a los estibadores o los taxistas si, a escala, hacen exactamente lo mismo?.


El Lunes es festivo en Madrid, no habrá artículo. Hasta el martes 21 y muy feliz primavera

miércoles, diciembre 07, 2016

Trabajé el lunes, ayer no, hoy sí, mañana no, el viernes sí


El otro día escuché a una amiga mía utilizar la expresión de “semana margarita” para definir el absurdo que se produce en España estos días, en los que la coincidencia del calendario y nuestra desidia han generado el mayor de los caos posibles entre laborables y festivos. Una secuencia de días alternos de fiesta y trabajo que destroza calendarios, productividades y planificaciones, genera molestias en los centros de trabajo y hace que, apenas a dos semanas de Navidad, haya quien se puede coger medio mes de diciembre sin tener que sentarse en ninguna cena familiar. Sí, los hay, los hay.
 
Cuando el PP llegó al gobierno en 2011 llevaba muchas promesas en su cartera, que tardó muy poco en incumplirlas. Una de ellas era la de la reorganización de los festivos, la supresión de puentes y el traslado de los días feriados a los lunes, para evitar caídas en la productividad. Poco se habló de aquel asunto y se dejó orillado por la urgencia de otros temas más graves y la polémica que se empezó a barruntar al respecto. Cinco años después de aquellas elecciones, tras un montón de comicios, pocas cosas han cambiado, dado que el PP sigue gobernado e incumpliendo promesas, y nada se dice de los puentes y los festivos. Choca este tema de la organización del calendario con dos problemas, aparentemente rocosos, que no lo son tanto. Uno es la tendencia humana a no trabajar, y el gran negocio que supone para el ocio personal el poder coger libranzas, legales o no, más allá de los días regulados, y se dice que eso en España es sagrado. Hay voces que afirman que puede Rajoy triplicar los impuestos y todavía conseguirá votos, pero que como se cargue unos puentes las hordas se lanzarán contra él y le descuartizarán incluso antes de no volver a votarle. El otro obstáculo es el de la costumbre, palabra que se utiliza cada vez que queremos mantener algo quieto aún a sabiendas de que no tiene sentido de que siga ahí. Hacemos cosas por costumbre, festejamos costumbres y las hacemos de manera acostumbrada, porque antaño se hizo así, aunque antaño sean apenas unas décadas. Y la costumbre es algo que tiene que estar sujeto a la razón, y por ello habrá costumbres que permanezcan, sean útiles y tengan sentido, y otras que deben abolirse y dejarse orilladas en la cuneta de la historia. Si recuerdan había una frase hace años que, referida a festividades religiosas, proclamaba que “hay tres jueves que relucen como el Sol, Jueves Santo, Corpus Christi y Ascensión”. De esas tres fiestas, sólo la de la Semana Santa se mantiene en vigor en la fecha citada, y el resto se han convertido en Domingos, salvo cuando son rescatadas por motivo de ajuste de calendario. Es decir, las fiestas se pueden mover, no son fijas, y el criterio religioso o tradicional no puede servir para que todas ellas se mantengan de manera extraña en el calendario, de tal manera que se puedan producir locuras como las de esta semana, que son completamente absurdas, cuestan dinero y nos enseñan hasta qué punto los calendarios y horarios laborales de este país no tienen sentido alguno y deben reestructurarse del todo.
 
Mi propuesta sería la de mezclar un poco la tradición nuestra con la norteamericana. Algunas de las fiestas pueden mantenerse en su fecha numérica, caigan el día que caigan, como Jueves Santo, Viernes Santo, Navidad, Año Nuevo, Reyes, 1 de Mayo y 12 de Octubre, pero el resto debieran pasarse al lunes, por ejemplo el siguiente al de la festividad que se trate, e impedir que se produzca la existencia del puente. Se pueden incluso fijar varios lunes al año que permitan distribuir esas fechas a lo largo de los trimestres de una manera más racional y proporcionada, para evitar meses medio festivos como diciembre y trimestres eternos como el que viene tras reyes. Es una idea, pero puede haber miles más. Lo que no puede ser es que sigamos como hasta ahora.

miércoles, septiembre 16, 2015

25 años de Ana Blanco en TVE

Quizás sea su flequillo, inalterable ante la turbulenta actualidad, o esos ojos algo caídos, que atrapan al espectador y le hacen sentirse visto y atendido, o esa voz serena y sosegada que nunca se eleva más de lo debido, que a veces corre el riesgo de arrullar pero, en tiempos como los que vivimos de griterío, bronca y ruido, supone un puerto sereno y sosegado donde el espectador sabe que la noticia le va a sobresaltar o interesar por su contenido, no por el histrionismo del presentador. Quizás porque es de Bilbao, o quizás porque, sin destacar mucho, ha sido siempre la mejor y eso ha convencido a todos durante décadas.

Ayer Ana Blanco cumplió veinticinco años como presentadora del Telediario de TVE, a veces al mediodía, otras por la noche, en contadas pero señeras ocasiones en el exterior o desplazada a puntos de interés, casi siempre en el estudio, pero día tras día con el espectador, contando noticias. Su imagen es un icono de la televisión en España, ha recibido todos los premios habido y por haber y su estilo, sobrio y sereno, propio de otros países, es estudiado por todos los que empiezan en el mundo de la comunicación para aprender de ella, de lo natural que logra hacer algo tan difícil como enfrentarse a una cámara, contar cosas serias, y salir airosa. Hay dos aspectos que quiero destacar de su carrera, que suponen un contraste muy serio frente a la realidad que vivimos en los medios y, en general, nuestro país. Uno es el de la longevidad de su carrera, y más en una profesión en la que a veces basta con ser un busto guapo, o especialmente, guapa, para figurar. Bella sonrisa, ojos grandes y que lea bien a veces bastan para convertir a un busto parlante en “periodista” y no es eso, no. En EEUU y otros países los presentadores, no sólo de los telediarios, son señores y señoras, en general, de edad, de gran carrera, que le imprimen un sello distintivo a su espacio y que lucen canas sin rubor alguno. Y no sólo en los informativos, no. Los famosos “late night shows” que ahora se encuentran en renovación, han visto como personajes de la talla de Jay Leno o David Letterman se han mantenido durante tantos años como Ana Blanco, sino más. En el caso de una mujer, seamos sinceros, su imagen pesa más, lo que es injusto pero innegable. Y Ana Blanco, que no tiene una imagen despampanante, sino que más bien resulta lo opuesto, h sabido usar su principal arma, la profesionalidad, para seguir al frente del puesto todos estos años. Este es el segundo aspecto, el de la profesionalidad. Decimos muchas veces, con razón, que falta profesionalidad en España. Acostumbrados a la chapuza, el trabajo fácil, el rematar las cosas como sea para pasar a otro asunto, no valoramos el trabajo bien hecho, concienzudo. Es obvio que no es tanta la chapuza como se cuenta, porque sino este país no funcionaría de ninguna manera, pero existir, existe, y consentir y comprender, se consiente y comprende. Y frente a esa forma de no trabajar, Ana Blanco encarna justo lo contrario. La seriedad, el rigor, la disciplina, el estilo digamos germánico del orden y el concierto. Sin salidas de tono, disculpándose ante cualquier fallo que pudiera existir a lo largo de la emisión, sea culpa suya o no, consciente de que es la cara de un equipo que trabaja sin cesar. Su credibilidad, inmensa, viene de ese rigor continuo, de una carrera forjada a lo largo de estos años en los que no ha transmitido, en ningún momento, la ideología que pueda tener, en la que ha sido muy celosa de su vida privada, de la que apenas sabemos nada, para que su popularidad no le perturbe y, también, para que esa faceta privada no contamine su imagen de periodista, su narración de la actualidad. Ana Blanco se ha entregado en cuerpo y alma a su profesión y gracias a ello, sobre todo, es por lo que ha conseguido el éxito y el reconocimiento de todos sus compañeros y, sobre todo, el público.

Habrá un día en el que, por jubilación, hartazgo o lo que sea, Ana Blanco deje de aparecer en los telediarios, y TVE se encontrará ante el reto de relevarla, con algunas de las muchas “Anas Blancos” que a lo largo de estos años han estado trabajando en y para la casa como presentadoras, algunas de ellas de enorme valía, pero que han visto como Ana, cual Isabel II, seguía en su reinado y las herederas debían buscar nuevos destinos ante la imposibilidad de acceder al trono. Ayer sus compañeros le dedicaron un simpático vídeo que resume en unos segundos la carrera de una vida entregada al trabajo y la actualidad. Ella se emocionó al verlo pero dio las gracias en apenas un par de segundos y remató el informativo sin querer ser protagonista en ningún momento. Enhorabuena, felicidades, y gracias por el ejemplo.

martes, septiembre 01, 2015

Eso del síndrome postvacacional

Ayer, hoy, miles de personas se reincorporan a su puesto de trabajo tras haber disfrutado de unos días de vacaciones, no se si lejos de su lugar de residencia, pero a buen seguro que alejados del trabajo, tanto física como mentalmente. Con amigos, solos o en familia, estos días, puede que los más deseados del año, ya han pasado, y la vuelta a la rutina laboral, el reencuentro con los compañeros y jefes y ponerse a hacer las actividades del resto del año son el síntoma de que los días oficiales de playa y asueto quedaron atrás. Es lo que toca.

Se ha puesto de moda en estos últimos años hablar del síndrome postvacacional para definir ese periodo de tristeza que nos embarga al terminar las vacaciones y la pataleta que entra cuando no queremos volver al trabajo. En los años más duros de la crisis, por vergüenza y decoro, se evitaba hablar de esto, pero veo que la recuperación económica permite que nuevamente en los informativos aparezcan serios médicos hablando del tema y comentando que puede ser una patología leve, y que no es necesario el consumo de medicamentos, salvo casos puntuales, y todos los tópicos asociados a los reportajes clínicos de sociedad. Si quieren que les diga la verdad, esto me parece una solemne estupidez. Todos hemos tenido una tarde triste cuando se acaban las vacaciones, y ni les cuento en la época del colegio, en las que el verano era infinito y las vacaciones duraban tanto que el final del curso pasado parecía otra época. Decir que uno está deprimido porque vuelve al trabajo es, la verdad, una forma de tomarse a recochineo la situación de desempleo de los muchísimos, demasiados, que siguen en el paro, y no ser consciente de que, en el fondo, el concepto de vacaciones se deriva de que tenemos un lugar al que volver. Si uno está impedido, jubilado o desempleado, vive en una especie de vacaciones perpetuas, que vistas desde cierto punto de vista no tienen por qué ser, ni muchos menos, envidiables. Lo ideal es el contraste, y al igual que sería insoportable pasarse todo el año trabajando, la perspectiva de estar todo él de vacaciones puede resultar, hasta cierto punto, sombría. Quien lea esto seguro que se indigna y piensa que qué puede haber de malo en unas infinitas vacaciones, pagadas, por su puesto, sin preguntarse quiñen pagaría ese ocio sin fin, y quizás sin admitir que pasadas las semanas, los meses en los que uno hace muchas de esas cosas que tiene pendientes, lo de ir a la playa todas las mañanas puede convertirse en una rutina tan soporífera y esclavizante como otras que asociamos al trabajo. Cuando llega la jubilación, que se festeja por todo el mundo, no son pocas las personas que echan de menos su época laboral, siendo cierto que muchas no lo hacen en absoluto, y sienten que algo les falta. Puede que hayan disfrutado de su trabajo, hayan hecho amistades profundas en él, aunque no sea ese el objetivo de tener un empleo, y noten que falta algo en sus vidas y en su tiempo. Se abre ante ellos un inmenso, eterno verano adolescente, en el que hay muchas horas que cubrir. Algunos lo logran, otros no, y no son pocos los que desearían pasar ese “síndrome” como si fuera el gusanillo que les da aliciente a sus vidas. Serán pocos los que lo reconozcan en público, porque está mal visto, pero muchos lo sentirán en su interior.

Otro factor que me revienta de este “síndrome” es la tendencia que tenemos, en esta sociedad cada vez más infantil, a “medicalizar” las cosas. Lo que no es sino un proceso normal de cambio y adaptación lo etiquetamos como enfermedad, lo que viene muy bien a los que venden pastillas y remedios para superarlo, haciendo negocio con una necesidad creada donde no la había. Y con ese aire de experto médico que aparece en televisión a ver quién es el valiente que se atreve a rebatirlo y decir que la medicina y las pastillas son para las enfermedades de verdad, y para las tardes de final de agosto basta con el recuerdo de lo vivido y las ganas de, en el trabajo y fuera de él, llevar una vida plena y satisfactoria. Tan simple, y difícil, como eso

martes, mayo 12, 2015

El presidente de Airbus se sube al avión

Ayer Fernando Alonso habló ante las cámaras, y no llevaba un mono de colores ni un coche fastidiado. No, así se llama también el presidente de Airbus España, que en relación al accidente sevillano del Sábado anunció que esperan, hoy mismo, en Toulouse, probar otra vez el mismo modelo de avión y que en esta ocasión él también participará en el vuelo, como responsable de la empresa y como creyente y defensor del trabajo que todos han hecho a la hora de diseñar y construir el avión. Al ver la noticia en la tele me apreció apreciar un gesto de sorpresa por parte de una de las periodistas que realizaba las preguntas.

El gesto de Alonso lo ennoblece, y más en un tiempo en el que, desde la política, pero no sólo, se ha tratado de esquivar toda responsabilidad alguna, y que ante desastres o catástrofes los directivos de las empresas o responsables de la gestión pública arguyen continuamente excusas baratas de mal pagador para no hacerse responsable de lo sucedido, pese a que cobraran, de manera excelente, hasta un minuto antes del estrellato. La postura de Alonso es el equivalente al dicho ese que se practicaba en la marinería de que el capitán es el último en abandonar el barco ante su hundimiento, y que en el caso del Costa Concordia vimos hasta qué punto ha quedado obsoleto. Por lo que parece, en el mundo de la ingeniería estos casos son más comunes, o por lo menos hay más pruebas documentadas. Por poner un ejemplo muy local, cuentan las crónicas que el diseñador del soberbio arco del coro de la iglesia de Elorrio se quedó debajo del mismo mientras se retiraba el andamiaje que lo sostenía, para demostrar a todos los que aseguraban que se iba a desplomar que la construcción era sólida y, hasta hoy mismo, eterna. Se cuenta también que Santiago Calatrava, el inefable, al que tanto he defendido y admirado en tiempos pasados y tantos dolores me hace pasar hoy, se quedó en medio del puente del Alamillo de Sevilla (el que tiene ese pilono inclinado que, mediante tirantes, como si fuera un arpa, sostiene el tablero) cuando se produjeron las pruebas de carga del mismo, y que había una apuesta entre él y Borrell sobre si el puente aguantaría. Hoy en día el puente sigue en pie, y me parece, siempre lo digo, uno de los más bonitos del mundo. ¿Qué significan estos ejemplos? Principalmente dos cosas. Una es la de la creencia en lo que uno ha creado, diseñado o construido, en compañía de todos los demás. Los ingenieros, arquitectos y todo el mundo que ha trabajado en esa obra lo ha hecho lo mejor posible para que saliera adelante, y ese esfuerzo exige no sólo un reconocimiento, sino también es un motivo de orgullo sano para quienes lo han hecho. Aplaudimos a los que corren carreras, juegan partidos y enfrentan retos deportivos. Con mayor motivo debiéramos hacerlo a los que, cada jornada, acuden a sus puestos de trabajo y ejercitan su función con dedicación, interés y entrega, y eso es algo por lo que, quien lo realiza y de ello se beneficia, la sociedad debe estar orgullosa y reconocerlo. La profesionalidad, eso que no abunda tanto, y que a veces por ello tanto sorprende, es más habitual de lo que pudiéramos pensar, porque si no el mundo no funcionaría, acabaría colapsando. Con esa manera de hacer las cosas, la correcta, es como mejor se pone en evidencia a los estafadores, a los que no trabajan, a los que se aprovechan de otros, a los que se cuelgan medallas ajenas, a los que le echan cuento y no rinden. El buen ejemplo deja en evidencia al malo, y aunque los jefes muchas veces no lo reconozcan, así es.


La otra gran lección de esos gestos es la de la asunción de la responsabilidad. Si el arco de la iglesia o el puente se caen, bajo sus restos quedará la vida de quien los diseñó, que confiaba tanto en ellos como para arriesgarla. A veces las cosas salen mal, somos humanos, erramos, mucho, y la única manera de no equivocarse nunca es no hacer nada. Y errar es natural, y asumirlo también. El señor que se sube a un avión cuestionado o se coloca bajo un arco dudoso asume el riesgo y se comporta de manera honesta para los suyos y los demás. En el mejor sentido del concepto acuñado por Javier Gomá, es ejemplar, y muestra el camino a seguir. Buen vuelo, Fernando Alonso!!!!

miércoles, mayo 06, 2015

Mudanza en la oficina

El espacio que nos rodea determina, en muchas ocasiones, cómo vivimos. Hacemos lo que hacemos en los huecos en los que nos movemos, y muchas veces ellos nos condicionan. La luz de las ventanas, el espacio entre sillas y mesas, el que puedas estirar los pies, o el que estés apretujado en una estancia llena de papeles y enseres. Estás cuestione, que hacen que IKEA se forre día a día, son tan importantes que muchas veces sólo nos damos cuenta de ellas cuando cambian de manera brusca o inesperada. Como en el día de hoy.

Y es que hoy hemos tenido en el trabajo la primera de las dos mudanzas que nos esperan este año. Con motivo de las obras de remodelación del edificio en el que trabajamos, y hasta que la planta de destino que va a ser nuestra definitiva, la 21, esté concluida, nos han bajado provisionalmente a la planta 8, en una de las que la obra ya ha terminado. La reforma ha consistido básicamente en pasar del siglo XIX al XXI. En origen nuestras oficinas han sido hasta hoy despachos de uno, dos o cuatro personas, completamente tabicados en madera desde el suelo hasta el techo, y un largo pasillo pegado al hueco de ascensores, en un estilo muy similar al de los departamentos universitarios de toda la vida. La luz era abundante, pero sólo porque desde la altura a la que nos encontrábamos, planta 19, entraba sol a raudales por las enormes ventanas del edificio. La movilidad entre los despachos era nula si exceptuamos las idas y venidas por el pasillo. A cambio, la privacidad de cada uno era mucho mayor, inmensa si pensamos en los que disponían de despacho individual, escasa entre los que, como yo, estábamos en uno compartido, el más poblado de toda la planta, por cierto. La imagen visual era casposa, con el color a madera ajada por todas partes y una sensación de agobio gracias a los archivadores y armarios que se encontraban dispersos por todas partes. La obra, más allá de la renovación de ventanas, techos, suelos y servicios, ha consistido en hacer las plantas más diáfanas, con despachos acristalados para los jefes y pradera de puestos de cuatro enfrentados dos a dos para el resto, con algunos armarios que ejercen de separatas y definen espacios, pero con una sensación de amplitud mucho mayor que hasta ahora. El tono de la oficina ha pasado del marrón antiguo a un blanco inmaculado, que es el que domina en todos los elementos de uso, que supongo irá “coloreándose” a medida que pase el tiempo, pero que da una sensación muy distinta. El hecho mismo de levantar la cabeza ahora mismo de mi monitor y ver una amplitud de espacio sin paredes da ya una sensación muy distinta. Más allá de las impresiones, habrá que ver cómo se amoldan los compañeros a un entorno muy distinto al que han estado habituados durante muchos muchos años. De momento lo que más se oyen son críticas y quejas, pero es probable que con el tiempo se vayan apaciguando y, con el uso, se haga del espacio, ahora casi virgen, un entorno de trabajo al que todo el mundo se acostumbre y, personalizándolo, haga también suyo.

Una discusión que hemos tenido estos días al respecto de la obra es si las praderas, estos espacios de oficina abierta tan en boga, son más productivos o no que los despachos, y hay opiniones para todos los gustos. El hecho de que estén ya implantados en casi todas las oficinas del mundo indicará, supongo, que lo son, porque están pensados para ello, y el diseño de una oficina, además de acoger a los trabajadores, persigue por encima de todo la eficiencia y la mayor productividad posible. Habrá que ver cómo lo llevamos y, sobre todo, qué sucede con los hasta ahora típicos gritos que se oían mucho, y deberán bajar de volumen. Experimentemos.

lunes, septiembre 01, 2014

El gran Lunes de Septiembre


Hoy, día 1, comienza semana y mes, y para muchos es el final de sus vacaciones, el día en el que se reincorporan al trabajo, en el que vuelven a la rutina de la que trataron de escapar cuando comenzó ese periodo mitificado hasta el absurdo llamado agosto. Septiembre es el mes del retorno, de los exámenes, del atasco de vuelta, el de reemprender el conocido camino hacia el trabajo, y es visto con malos ojos por muchos. Dicen algunos estudios que el día más triste del año se sitúa en torno al principio de Febrero, cuando las fiestas navideñas ya son historia lejana y los propósitos de año nuevo ya han fracasado. Hoy no le irá muy a la zaga.

Desde hace unos años se viene hablando del llamado síndrome postvacacional, una especie de tristeza que entra cuando, por ejemplo hoy, a media mañana, muchos se vean sepultados nuevamente por los papeles y tareas que habían dejado en su oficina. Creo que esto de denominar como enfermedad a cualquier cosa que nos pasa es síntoma, curiosamente, de lo enferma que está nuestra sociedad, aquejada de un infantilismo rayano en el absurdo, pero sobre todo es un sistema muy sencillo para que uno pueda liberarse de sus problemas, achacárselos a un mal externo y, aún mejor, que un tercero cobre por solucionarlo, bien sea mediante la recomendación de tomar pastillas de uno u otro tipo o por cualquier otra vía. Reincorporarse a la rutina laboral no es malo. Es más, muchos lo estarán deseando, porque habrán comprobado que sus idílicas vacaciones en familia no son tanto. De hecho este mes suele registrar un repunte en las peticiones de separación o divorcio, porque la convivencia a veces tiene sus complicaciones, y pasar varios días juntos tras estar gran parte del año sin verse puede ser una prueba muy dura para cualquier pareja. Y no digamos si hay niños alrededor. Yo creo, desde mi ignorancia en estos asuntos, que parte de la tristeza que nos embarga en la vuelta se debe a los excesos de expectativas que nos hacemos a la ida. Demonizamos el trabajo, volcamos en él todas nuestras amarguras, tristezas, frustraciones y miserias, y vemos las vacaciones justo como lo contrario, el paraíso, la salvación, el cielo que me sirva para escapar del infierno laboral. Y poner tantas expectativas en ese cielo puede hacer que, una vez llegado a él, comprobemos que hay nubes y a veces llueve. Y tras la estancia celestial, volver al infierno se antoja como una pesadilla, y de ahí la tristeza y amargura postvacacional. Es cierto que en muchas ocasiones el trabajo no es precisamente fuente de alegría, y el hecho de que nos paguen por hacerlo muestra hasta qué punto lo hacemos sin gusto (¿trabajaría usted sin cobrar? ¿En qué? ¿Cuánto tiempo?) y hay días, no pocos, en los que salir de la oficina se convierte en una necesidad vital, porque no podemos estar peor. No lo voy a negar, sería estúpido hacerlo, pero no es menos cierto que en el día a día del trabajo tenemos oportunidades, a veces escasas, otras no, de pasarlo bien, de confraternizar con la gente que está a nuestro alrededor, de compartir con ellos nuestras penas y alegrías. Uno no va al trabajo a hacer amigos, pero puede llegar a encontrárselos. Junto con las relaciones tóxicas, que abundan mucho, también se dan situaciones de apoyo y compañerismo, que son muy valiosas en sí mismo, y que pueden hacernos ver que en el trabajo también podemos encontrar resquicios de cielo, o al menos claros entre las nubes.

Seguro que nada de esto lo verán hoy millones de españoles que, a estas horas, 8:13 AM, o ya han llegado a su destino o están camino a él, por carreteras nuevamente llenas o estaciones y paradas de transporte público abarrotadas, en medio de un septiembre que comienza con el calor de pleno agosto. Mucho ánimo y fuerzas a todos, y también, aún más, a los que hoy se levantan con el trabajo de buscar trabajo, que añoran esos atascos, apretujones en el metro y discusiones en la oficina, porque saben que siempre puede haber grados en el infierno. Que tarden poco en encontrar un lugar donde, tras dejarse mucha piel, puedan pedir vacaciones.

lunes, octubre 14, 2013

Cuando se percibe la felicidad (para OOM y EBC)


No les voy a engañar, me gustan las bodas. Me sumo como el más voluntarioso de los críticos a la corriente chistosa que surge en contra de las mismas cuando alguien anuncia su compromiso, y el resto de compañeros y amigos se pasa meses y meses preguntándole si está seguro de lo que va a hacer, todo ello aderezado con bromas de sal más o menos gruesa. Sin embargo la ceremonia me resulta atractiva, siempre emociona un poco, y como apuntaba la película Love Actually respecto a las zonas de llegadas de los aeropuertos, las bodas suelen ser momentos en los que predomina la felicidad entre los contrayentes y quienes les rodean.

Siendo esto cierto, a veces lo llega a ser plenamente. Este fin de semana tuve esa sensación, de estar presenciando un momento de alegría y felicidad muy puro, con motivo de la boda de uno de mis compañeros de trabajo, OOM, con su novia de toda la vida, EBC, a la que acudimos algunos de los que con él trabajamos y muchos más invitados, a quienes yo no conocía en lo más mínimo. Es lo típico de las bodas en las que uno no es familia de los que se casan, se sitúa en una mesa satélite, que junto a otras orbita entorno a las mesas familiares, y a veces se logra interactuar un poco con el espacio exterior y otras no. En este caso me llamó mucho la atención la juventud de los contrayentes y de todo su inmenso grupo de amigos. Casi sin llegar a mediar la treintena, OOM y sus amigos eran lo que uno espera de gente de esa edad. Personas animadas, ruidosas, agitadas, de gesto noble, sonrisa franca y ganas de juerga. Me imagino que en una noche de fiesta en su pueblo o ciudad deben de ser una grupo muy difícil de seguir, pero a lo largo de la cena y baile posterior la sensación que me transmitían en todo momento es que se lo estaban pasando en grande, en que todo era muy noble pero, en el fondo, muy sencillo, que allí había un buen puñado de personas que lo estaban disfrutando, y que su alegría contagiosa se extendía a los que habíamos sido invitados al convite. Sin recurrir a caros artificios ni a complejas puestas de escena, en un lugar bonito para celebrarlo, sí, pero nada ostentoso, sin hacer alarde alguno, con sencillez y, sobre todo, enorme compañía, mi compañero y su ya mujer dieron un ejemplo de lo que es celebrar una fiesta en la que todo el mundo se sentía involucrado, invitado a la misma, y en la que el papel de los amigos resultó esencial. Con proyecciones de vídeos hechos por ellos en los que se alternaban escenas de películas dobladas para la ocasión con imágenes de la infancia de los novios, con detalles de carácter personal para muchos de los invitados, con dedicación exhaustiva a las familias que, con toda la lógica del mundo, se mostraron orgullosas y contentas, la noche fue el colofón de una jornada que empezó con una ceremonia de tarde en la que el celebrante, que ofició un servicio religioso sin consagración ni comunión, demostró tener unas dotes de monologuista dignas de la mejor tradición norteamericana. Nos reímos en la iglesia, nos reímos en las fotos y nos reímos aún más en la cena, y pese a que algunos de los que allí fueron estaban afectados por dolores o pérdidas familiares muy recientes, creo que acierto al decir que todos salimos mucho mejor que como entramos a la boda, que esa alegría llegó a contagiarse en nosotros y los que allí estaban y, por ello, la noche fue un éxito, una velada de esas que uno recuerda no por lo caro que era todo o por la brillantez de un determinado vestido o palacio, no, sino por la candidez y felicidad del momento.

Vaya, dirán ustedes, “la verdad es que este hoy no me ha contado mucha cosa” pero se equivocan. En una vida en la que las satisfacciones cuestan  y las penas parecen ser gratis, y en una época en la que todos nos encontramos más o menos preocupados, y vivimos en un país desmoralizado, asistir a una celebración en la que lo más importante vuelva a ser, precisamente, el término “celebrar” es algo que debe ser destacado, proclamado y elogiado a los cuatro vientos. Ahora, que los ya casados vuelan hacia su muy lejano viaje de novios, queda el poso de lo vivido y la sensación de que, esta sí, será una pareja que viva feliz, con sus problemas y angustias, como todo el mundo, pero con la seguridad de que son queridos por sus amigos, que son legión verdadera. Gracias a ellos por lo vivido este fin de semana.

miércoles, agosto 21, 2013

Despedidas laborales (para IEA y MGG-C)


A veces, cuando estoy bajo de moral o hastiado por cosas que han sucedido y que me han entristecido, me cojo el metro y, rememorando esa escena inicial y final de Love Actually, película muy recomendable, me acerco al aeropuerto de Barajas, me quedo un tiempo en la zona de llegadas, y observo como siempre hay personas que esperan, con nervios y pero alegría indisimulada, la llegada de amigos o familiares. Cada cierto tiempo se abren las puertas de la llegada y aparecen personas solitarias, trabajadores que vuelven de un vuelo corto y corren hacia su casa, pero no tardan en aparecer aquellos que son esperados, y se funden en un abrazo con los que hacían guardia desde hace tiempo. Son escenas bellas.

Ayer volví a hacer esto mismo, me encaminé a Barajas y estuve un rato en la T4, viendo llegadas, abrazos y sonrisas, pero no fui porque hubiera tenido un mal día, que fue normal, ni estuviera triste por algo… bueno, eso último sí. Fui porque ayer por la mañana partían desde el aeropuerto rumbo a sus nuevos destinos laborales dos funcionarios con los que he trabajo una profunda amistad a lo largo del tiempo que hemos compartido juntos en el trabajo y que, tras haber solicitado la posibilidad de irse a un destino en el extranjero, lo han conseguido, en lo que es un ascenso para sus carreras profesionales y su cuenta corriente. Con uno de ellos, IEA, llevo trabajando en mi área desde que vine a Madrid, y se ha ido a Estambul, la perla del Bósforo, que ahora brilla un poco menos tras los disturbios veraniegos de Takshim, pero que sigue siendo una de las ciudades más fascinantes, complejas y variopintas del mundo. IEA se va sólo, dejando a la familia en Madrid, con algo de miedo en el cuerpo pero con la tensión de lo desconocido que, como adrenalina, engancha y vivifica. Deja un recuerdo imborrable entre todos los compañeros por su profesionalidad, competencia, personalidad arrolladora y sentido del espectáculo en grado sumo, y este trabajo será diferente tras su marcha. Con la otra persona, mujer, MMG-C, he estado trabajando algo más de un año, pero de una manera intensa, cordial y con la extraña sensación de que no era mi jefa, aunque lo fuese durante todo el tiempo en el que hemos colaborado. En su caso el destino es el de la canadiense ciudad de Toronto, al norte, en los grandes lagos, donde la CNN tower y el frío de los inviernos de más allá del muro. Ya estuvo anteriormente en destinos muy lejanos, como Sidney, por lo que esto de hacer las maletas y largarse no le es ajeno, pero los nervios inevitables le estaban haciendo las noches aún más eternas de lo habitual. En el caso de MMG-C el traslado es en formato prole, con el marido y las tres hijas. La distancia del destino, la carestía de los vuelos entre Madird y Canadá y la oportunidad que supone residir en una ciudad con la calidad de vida y servicios que ofrece Toronto, unido a la minoría de edad de todas las hijas, ha decantado la elección sin mucha dificultad. Poseedora de una sonrisa casi perenne y un optimismo irracional, MGG-C ha sido durante todo el tiempo que hemos trabajado juntos el contrapunto perfecto a i racionalidad, temores y visión fría de la realidad (IdMA es testigo privilegiado de ello, jeje). El que supiera muchísimo de lo que hablaba y permitiera que tanto yo como el resto de las personas que hemos trabajado con ella hayamos podido desarrollar iniciativas, ideas propias y aportar allá donde nos pareciera que teníamos algo que decir ha hecho que el trabajo, a veces en temas complejos y difíciles, haya sido mucho más sencillo de lo que realmente era. En ese sentido ha demostrado una capacidad de gestión de equipos y personas admirables. Pese a ser jefa y tener cargo, que lo era y tenía, nada malo puedo decir de ella, pero no sólo yo, sino todos los que hemos trabajado en los proyectos y asuntos que ha llevado. He sido afortunado en este caso, y además no es el único de mis jefes del que puedo afirmar que es un placer trabajar con y para él, cosa que se que no es nada habitual. Un privilegio del que disfruto, ciertamente, y del que ayer renuncié en parte.

Pensaba un poco en todo esto la pasada tarde mientras estaba en la T4, sabiendo que a la hora a la que fui IEA ya habría aterrizado en Estambul y estaría, probablemente, dejando sus pertenencias en su nuevo hogar, y que faltaba poco para que MGG-C y su familia llegaran a tocar suelo canadiense. Sospecho que en sus casos nadie fue a recibirles al aeropuerto. Quizás una representación profesional del destino que van a tener que ejercer, pero seguro que nadie que les aguardase con una sonrisa nerviosa y esperanzada. Por un momento me imaginaba que yo, allí, sólo, apoyado en un poste, ejercía virtualmente ese papel de anfitrión, de luz que guía para adentrarse en el nuevo camino. Que tengan mucha suerte en sus destinos, y afortunados los que van a poder a partir de hoy compartir vida y trabajo con ellos.