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viernes, diciembre 13, 2024

Cada vez somos más en España

Puede que usted no sea consciente, pero vivimos toda una revolución demográfica que está cambiando profundamente la realidad social que conocemos y que, en el futuro, la va a alterar de una manera muy drástica. La demografía es de esas cosas que se mueven lentas, pero inexorables. Con una enorme inercia, sus tendencias son a largo plazo y altera el paisaje como la erosión, no lo notamos pero no hay manera de impedirlo. A largo plazo, el derrumbe de la natalidad va a crearnos sociedades muy envejecidas y en pocos años el número global de habitantes alcanzará un techo y comenzará a descender.

Pero a corto plazo son los movimientos migratorios los que determinan la cantidad de personas que habitan un lugar, y en España estamos en un momento muy especial. Ayer el INE publicó sus datos de estadística de migraciones y cambios de residencia para el año 2023, y el balance es espectacular. El saldo creció en 642.296 personas, una cifra enorme. Es el segundo valor más alto de los últimos años, sólo superado por el de 2022, donde el balance positivo casi alcanzó los tres cuartos de millón de personas. Para redondear las cifras, podemos decir que, desde 2020 casi medio millón de personas entran en España como inmigración neta. El crecimiento vegetativo de la población, nacimientos menos defunciones, arroja pérdidas desde hace ya algunos años, pero esta entrada de inmigración hace que la población del país no deje de crecer y se encuentre en máximos históricos. Si miramos la estadística de población del patrón continuo, a 1 de octubre de 2024 estamos al borde de los 49 millones de habitantes, cifra jamás alcanzada, y la posibilidad de llegar a los cincuenta millones es real, y a este ritmo se podría conseguir, quizás, a mediados de 2026. Recordemos que la fuente principal de este crecimiento es la inmigración, no una natalidad estancada. Esta afluencia de inmigrantes se concentra en las grandes ciudades, siendo Madrid, Barcelona y el levante las zonas más favorecidas por las llegadas. En esos lugares, y Madrid es un buen ejemplo, la sensación de que todo está lleno viene corroborada no sólo por el buen momento económico, sino porque la población global es mayor que nunca, y eso hace que se vea más gente que en cualquier otro momento. Este enorme incremento de población genera ventajas e inconvenientes, como todo en la vida. La gran ventaja es que supone sangre nueva necesaria, visiones vitales distintas y mezcolanza, que siempre es de agradecer. El crecimiento que experimenta la economía española desde hace unos años, bastante por encima de nuestros vecinos europeos, se debe en parte a este aumento de población, que demanda servicios y bienes y los produce, lo que hace que el tamaño de la economía crezca. Si curioseamos en las estadísticas de PIB el aumento es notable, pero si lo hacemos en las de PIB per cápita veremos que las cifras están estancadas desde hace tiempo. Atrapados en una baja productividad, la economía española crece en sectores intensivos en mano de obra, como los servicios, especialmente los ligados al ocio y turismo, y no apoyándose en otros sectores más dinámicos y tecnológicos. Crecemos, por así decirlo, por agregación. Somos más y el tamaño de la economía es más grande, pero al no generar una mayor riqueza diferencial nuestra renta se mantiene. Uno de los inconvenientes de este disparo súbito de población es el de la tensión en las infraestructuras, diseñadas para una población menor y con menores tasas de crecimiento. Redes de transporte, nodos de intercambio y otras estructuras similares se encuentran casi al límite de su capacidad, saturadas también por la entrada masiva de turistas, que hacen uso de ellas y se suman a los residentes. La vivienda es un problema esencial ante esta realidad. El número de pisos que se construyen es, evidentemente, incapaz de hacer frente a semejante disparo de residentes. No solo por el tema de los alojamientos turísticos, que también, Madrid y Barcelona han visto crecer su población residencial en bastante más de cien mil personas en el año 2023, y ese nada pequeño volumen de personas debe vivir en alguna parte. Si el stock de vivienda no crece, y la demanda sube, es inevitable que el precio de los pisos se dispare, no hay solución a corto plazo.

Si no pasa nada extraño es probable que estas tendencias se mantengan, con sus habituales altibajos. Un frenazo en la entrada de inmigrantes sólo se daría si, como pasó a partir de 2009, se produce una crisis económica que vuelve poco atractiva nuestra economía, y eso es algo que siempre puede darse. En todo caso estas enormes cifras de población nos dicen que nuestro país está cambiando de manera profunda y acelerada, y la sociedad en la que vivimos ya no es la que nos sonaba familiar apenas hace un par de décadas. ¿Soluciona esta entrada de inmigración el problema de la natalidad? No, ya les digo que no. Palía temporalmente algunos de los déficits de mano de obra, pero el envejecimiento progresivo, la sostenibilidad de las pensiones y el decrecimiento global fruto de la natalidad menguante no se arregla así.

miércoles, enero 18, 2023

La población china empieza a bajar

Se abusa tanto del término que da pereza usarlo, pero es realmente histórico que, tras sesenta años, la población china haya experimentado un descenso. En 2022 su crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones) fue negativo, en el entorno de los 850.000. Dado que el país seguía cerrado por completo por la política de Covid cero no había flujos migratorios, por lo que el saldo demográfico general es sólo el vegetativo. La población estimada del país es de 1.411 millones de personas, un disparate. Se espera que, de manera oficial, India le supere este año y se convierta en el país más poblado del mundo, por lo que entre los dos sumarán, en la práctica, un tercio del total de la población mundial.

El gran problema de la demografía china ha sido su crecimiento desatado, lo que ha llevado al régimen de Beijing a imponer medidas que sólo las dictaduras son capaces de aplicar, como la política de hijo único, que estuvo en vigor varias décadas. Eso frenó el crecimiento de la población, sí, pero al coste de crear generaciones enteras de vástagos solitarios, y casi todos ellos varones. El infanticidio femenino que se produjo en esas décadas fue tan salvaje como inmenso, y ahora tenemos cohortes enteras de chinos que carecen de un equilibro sexual dado que en ellas la presencia femenina es muy escasa. A todo esto debemos añadirle un factor más importante aún, que es el explosivo crecimiento económico que se ha dado en el país en estas últimas décadas, habiendo pasado en poco más de tres de ser una nación pobre a la segunda economía del planeta. Está muy demostrado que el incremento en los niveles de renta conlleva una caída de la natalidad, por factores diversos. Las mejoras sanitarias hacen que la probabilidad de supervivencia de los hijos que nacen sea prácticamente del 100%. El coste de la crianza de los niños se dispara porque sus necesidades lo hacen y la educación, cada vez más prolongada, los convierte en un objeto absorbente de caras inversiones. Y uno de los factores fundamentales, la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y a la sociedad como miembro de pleno derecho hace que se replantee la maternidad y que, en general, tenga muchos menos hijos. En España hemos vivido ese proceso de manera más acelerada que en los países de nuestro entorno, y hemos pasado de las familias numerosas y abundantes de los sesenta setenta a liderar, junto con Corea del Sur e Italia, las tasas de natalidad más bajas del mundo, en el entorno del 1,1 1,3 hijos por mujer. La tasa de 2,1 es la que garantiza el reemplazo de la población, siempre en términos vegetativos (nacimientos menos muertes). China ha visto como su tasa de natalidad lleva ya varios años por debajo de ese 2,1 y era cuestión de tiempo de que surgiera un dato demográfico como el conocido ayer. Es cierto que el Covid ha “ayudado” a alcanzarlo, al aumentar las cifras de fallecidos, y es probable que este 2023 sea la fuerza principal que haga que el saldo negativo crezca aún más, pero lo cierto es que la demografía china se ha “oocidentalizado” a toda velocidad y ya se encuentra sumida en el proceso de envejecimiento que vivimos aquí desde hace tiempo. En nuestras sociedades la población crece porque llegan inmigrantes, y cubren el saldo de bajas, pero España, por ejemplo, tiene crecimiento vegetativo negativo desde antes del Covid, fruto del derrumbe de nacimientos. Las cohortes fértiles son cada vez más pequeñas, como consecuencia de la reducción de nacimientos que se produjo hace ya algunas décadas, por lo que el proceso de reducción de la población se realimenta, aquí y allí, y dado que la esperanza de vida crece, la población envejece poco a poco, no muy deprisa, pero sin parar. Eso tensiona sistemas como el de las pensiones y, en general, todo el sector productivo, donde la mano de obra empieza a escasear en ciertos sectores, porque no hay profesionales preparados en muchos de ellos o porque, directamente, no hay gente.

Para China, que carece de sistemas de Seguridad Social y jubilación como los nuestros, el envejecimiento es algo nuevo que deberá afrontar sin experiencia previa. Su vecino Japón lleva en esta dinámica desde hace tiempo, perdiendo en torno al millón de habitantes cada año desde hace unos cuantos, y Corea del Sur parece que les va a superar a todos en decrecimiento dada su natalidad, la más baja del mundo. El régimen chino se enfrenta a un problema que, dada la inercia que tienen las tendencias demográficas, ha venido para quedarse y que será determinante para el país en los próximos años, tanto para sus objetivos económicos como, también, a perspectivas que la sociedad, envejeciendo, tenga de sí misma. Leí ayer por ahí que China puede hacerse vieja antes que rica. Quizás.

miércoles, diciembre 07, 2022

Ya somos 8.000 millones

Hace unas pocas semanas la ONU hizo oficial que ya somos 8.000 millones de humanos los que habitamos el planeta. Creo que se escogió a un niño nacido en la república Dominicana como el habitante que alcanzaba ese guarismo, como un gesto. Realmente es difícil saber cuántos somos, dado que la demografía de ciertas zonas del mundo destaca por su imprecisión, pero es muy probable que, a lo largo de este 2022, se haya alcanzado esa cifra redonda. Es el máximo de población conocida en la historia, y se ha logrado tras apenas once años desde el millar anterior, el 7.000, fechado en el año 2011.

Si hay datos que tienen inercia y se mueven despacio son los de la demografía. Ahí las tendencias tardan en cambiar y, cuando lo hacen, funcionan durante largo tiempo. En este momento son dos las características que están siendo las más relevantes en la evolución demográfica. Una, el freno a la velocidad de crecimiento, que cada vez es menor, y la otra, el envejecimiento global de la población, hecho muy derivado de lo anterior. China sigue siendo el país más poblado del mundo, con algo más de 1.300 millones de habitantes, pero se espera que la India le alcance y supere en este mismo año o en apenas uno o dos. En China se ha producido una abrupta transición demográfica, replicando el patrón que ya es norma común en los países desarrollados. La altísima supervivencia de los recién nacidos, el encarecimiento de la cada vez más prolongada educación, la emancipación de la mujer y su decisión libre sobre el hecho de tener hijos y las alternativas de ocio y vida de la sociedad moderna han derrumbado la tasa de natalidad del gigante, a pesar del levantamiento de la restricción del hijo único, decretada por Beijing para frenar el crecimiento explosivo del siglo XX. La natalidad China ha caído por debajo del 2,1 por pareja, que es la que permite garantizar el reemplazo de las cohortes, por lo que es de esperar que el número total de chinos se estabilice en pocos años y empiece a decrecer. En India esa tasa de natalidad es más alta, por lo que su población crece, y así seguirá aún durante un tiempo, aunque ya experimenta una acusada tendencia al freno natalicio. Si sumamos a estas dos naciones y las de su entorno, veremos que el mundo es cada vez más asiático. La mayor parte de la población mundial se concentra en el sureste de ese continente, y el resto pesamos cada vez menos. Europa declina, con tasas de natalidad de poco más del 1 en naciones como España e Italia, que perdemos población de manera constante desde hace algunos años. En esto, curioso, Corea del Sur nos está disputando el trono, con Japón a la zaga. Las cuatro somos sociedades envejecidas y que ven reducida su población vegetativa (nacimientos menos muertes) año tras años. Sólo la inmigración hace que la población residente en España crezca. Las pautas natalicias de los inmigrantes son mucho más altas que los de la población residente, pero se amoldan rápido al estilo de vida y decaen en pocos años, de tal manera que el saldo migratorio es el determinante actual de la población de nuestro país. Con pocas variaciones, lo mismo pasa en el resto de la UE, que con algo más de 300 millones de habitantes, ya representa menos del 5% de la población global, y ese peso se reduce a cada día que pasa. El mundo hace tiempo que dejó de ser Europacéntrico, u oocidentecéntrico, si quieren acumular palabros extraños. El viraje global hacia Asia es imparable, al menos en el peso de la población, y eso es determinante para otras muchas cuestiones, empezando por la economía, dado que donde hay población puede haber demanda y empleo. No siempre es así, pero desde luego el inverso sí es ley. Donde nadie hay, nada habrá.

¿Dónde crece la población en nuestro mundo? Además de en India y algunas naciones asiáticas, sobre todo, en África. El disparo de población que se vive en África central es enorme, y aunque allí se empieza a notar que el límite de la natalidad se acerca, aún queda mucho. Las proyecciones señalan que Nigeria puede alcanzar los 500 millones de habitantes dentro de tres décadas, bastante más que toda Europa junta, lo que la llevaría a disputarse con Pakistán el tercer puesto del mundo en la clasificación de naciones más pobladas. Se estima que la población global alcanzará un máximo en el entorno de los 11.000 – 12.000 millones, y a partir de ahí caerá. Desde luego, en nuestro entorno, la caída es un hecho desde hace ya años.

miércoles, junio 02, 2021

Ahora que los chinos pueden, no quieren

La dictadura china es de las más férreas del mundo, pero con la característica de que, frente a las que conocemos en el mundo occidental, se inmiscuye de una manera absoluta en las decisiones muy personales. Quizás los habitantes del este podrían hablarnos de cómo los regímenes comunistas controlaban la vida de las personas de una manera que hasta a los mismos franquistas les parecería abusiva, cegados como estaban con su visión cuartelera cutre. No, estos regímenes llegan a un grado invasivo absoluto, y el control de la natalidad que el gobierno de Pekín ha impuesto en el país, y su éxito, es uno de los mayores exponentes de ese puño de hierro que gobierna y oprime.

Bueno, habría que puntualizar lo del “éxito” de la política china de control natalicio, porque allí se ha cumplido una versión muy sibilina de esa maldición que reza algo así como “cuidado con lo que deseas, no vaya a ser que se convierta en realidad”: La implantación de la norma del hijo único, puesta en marcha hace ya varias décadas para controlar el disparado crecimiento de la población china fue un logro ante una demografía que crecía sin freno y que hacía de china una bomba superpoblada. Fue la primera nación en superar los mil millones de habitantes, y sus dirigentes tenían claro que ese ritmo de crecimiento demográfico era incompatible con la prosperidad. Solución, mano dura. Represión y vigilancia que se han traducido ya en varias generaciones de hijos únicos y en un freno al crecimiento, que se ha visto en cada una de las ediciones del censo del país, que se estabiliza en el entorno de los mil cuatrocientos millones de almas. Cuando la dirigencia vio que el crecimiento se frenaba, empezó a aflojar la mano, y ya hace algunos años permitió que los chinos pudieran tener “la parejita” y ahora, alarmados, han decidido que, si lo desean, los matrimonios chinos puedan tener tres hijos. ¿Alarmados los dirigentes del politburó chino? Sí, porque lo que tantos planificadores no supieron ver es que la sociedad china se contagiaría de la tendencia natural al freno de la natalidad que se experimenta una vez que el desarrollo económico y la incorporación de la mujer al trabajo cambian el paradigma de la sociedad. En un mundo agrario, de mucha mortalidad infantil y poca productividad, más bocas son más coste, pero traen dos manos que pueden trabajar desde la infancia. En la vida urbana en la que apenas mueren niños, su educación dura décadas y padre y madre están fuera de casa todo el día tener hijos se convierte en una decisión de lo más costosa, y que debe ser meditada con cuidado. Pensaban los gerifaltes que menos hijos seguirían teniendo amplias familias, pero no, resulta que menos hijos tienen familias con apenas hijos, y que la tasa de natalidad de la China actual se desploma a una velocidad mucho mayor de lo que nadie hubiera imaginado. De hecho los escenarios demográficos hablan de dos tendencias, reducción de la población y envejecimiento, que se van a empezar a dar con cada vez mayor fuerza. Esto, en una nación que necesita un gran mercado interior y que carece de sistemas de jubilación mínimamente parecidos a los europeos es un enorme problema no ahora mismo, pero sí en unas pocas décadas, y ya se sabe que las tendencias demográficas tienen una enorme inercia y que son difíciles de revertir. Que se lo digan a ellos, que claramente se han pasado de frenada.

Una de las consecuencias indeseables de la imposición del hijo único, que está acelerando el actual freno demográfico, es que durante las décadas en las que ha estado en vigor esa política muchas familias han practicado el infanticidio femenino, dado que un varón era más rentable económica y social mente, y ahora hay cohortes de población china en edad de ser padres que se encuentran con escasez de mujeres, con diferencias del volumen de población de ambos sexos de bastante millones de personas. Además del enorme crimen que ha supuesto esa elección durante décadas, las consecuencias natalicias que va a generar son enormes, y agudizarán aún más la tendencia recesiva de la población china. No queda nada para que India le destrone como el país más poblado del mundo.

lunes, abril 01, 2019

El grito de la España vaciada


Fue Sergio del Molino el que tuvo la agudeza de ver el tema donde otros no encontraban nada y el arte literario para trenzar historias en un ensayo, titulado “La España vacía” que creó un subgénero narrativo y de estudio, y que logró poner en el punto de mira a muchas comarcas interiores a las que ya nadie prestaba atención. Ese libro, de necesaria lectura para los que disfruten con el mero placer de leer y, desde luego, para los que quieran saber algo sobre este tema, propone una visión de España diferente a todas las que hasta ahora se han hecho, mostrando un país descarnado en su inhóspito vacío, en su desolación, que lo asemeja más a los paisajes del oeste americano, y a sus escasos moradores, como los pobladores de la última frontera.

Ayer, varios miles de personas, entre cincuenta o cien mil según las fuentes, se manifestaron por el centro de Madrid, atrayendo cuatro gotas que no caían desde hace un mes, reclamando los derechos de los que residen en esa España interior, a la que nadie mira y a nadie parece importar. La cifra de los convocados no paree muy alta, pero si uno se fija en la población residente en esas provincias resulta ser una movilización masiva. Ahogados en el vacío, ausentes de todo debate público, observan con miedo como hace tiempo como muchos municipios hace tiempo que pasaron del umbral de lo sostenible para entrar en la decadencia absoluta y, probablemente, irremediable. El proceso de marcha del campo a la ciudad no es nuevo, ni exclusivamente español, pero en un país tan grande como el nuestro, el segundo en Europa poco después de Francia, y con una población no tan alta (Alemania nos dobla y Francia o Reino Unido nos sacan veinte millones de habitantes para redondear) el efecto de vaciado de las comarcas de emigración es devastador. Son dos los fenómenos que, retroalimentados, parecen condenar a esas comarcas a un futuro muy oscuro. Por un lado, la falta de alternativas económicas, y es que uno vive donde tiene de qué vivir. Las ciudades son las generadoras de riqueza y, cada vez más, las más grandes la generan en mayor cuantía. Madrid, como agujero negro que lo absorbe todo, hace tiempo que resta población no sólo a las zonas rurales, sino también a las capitales de provincia, que nada pueden hacer frente al empuje de la gran urbe, que crece y crece. En este gráfico de carreras de barras se puede ver la evolución de la población de las capitales españolas, y el disparo d Madrid es incomparable, a la vez que constante el goteo de capitales medianas del interior, que languidecen a números vista. El otro factor es la demografía. No nacen niños, o lo hacen mucho menos que antes, y si eso frena el crecimiento de la población en zonas muy habitadas, el efecto es devastador en zonas ya despobladas o envejecidas. Si en algunos municipios hace décadas que no nace un niño no hay nada que hacer, sólo esperar a la extinción de la localidad, por muy duro que suene. Y claro, ambos fenómenos se imbrican uno con otro para crear la espiral perfecta, en la que menor población elimina expectativas económicas y eso alienta la emigración, que reduce la población y vuelta a empezar. A partir de ciertos umbrales se empieza a volver carísimo prestar servicios básicos, tanto públicos como privados y tiendas, médicos, transportes, bancos y otras profesiones desaparecen de localidades que ven como las puertas cerradas le ganan el pulso a las abiertas. Si eso sucede en localidades como Elorrio, mi pueblo del norte, que ha pasado de ocho mil a siete mil habitantes en un par de décadas, el efecto en zonas donde la estructura económica era mucho más débil es, sencillamente, devastador. La cada vez mayor longevidad de la población es la que impide que decenas, cientos de localidades, sean ya lugares despoblados, restos de un pasado que se visten de presente distópico y, con el paso del tiempo, futuro ruinoso.

¿Cómo combatir este proceso? No lo tengo nada claro. Las administraciones deben hacer todo lo posible para garantizar la sostenibilidad de esas localidades, prestando servicios básicos, entre los que la conectividad digital es de los más importantes, probablemente las ayudas fiscales a la implantación de empresas sean medidas efectivas, y las nuevas tecnologías, el impulso verde y el turismo se conviertan en alternativas vitales para algunos de sus residentes. Pero no quiero engañar a nadie, las dinámicas que están detrás del movimiento que ha vaciado el interior del país son intensas, profundas y duraderas. España va camino de ser un donut poblado en las costas y con Madrid, enorme, en su interior, y en medio, cada vez más, el vacío. No veo una vía rápida y sostenible de alterar este proceso.

viernes, marzo 29, 2019

Japón, su demografía será la nuestra


Es curioso, pero desde hace décadas Japón funciona como brújula para saber lo que va a pasar a nuestras sociedades occidentales con unas décadas de adelanto. Tuvieron su explosiva burbuja inmobiliaria en los ochenta, que reventó como lo hizo la nuestra veinte años después, y tras una década perdida, la política monetaria expansiva, con un componente intervencionista por parte del gobierno, en lo que se ha llamado “Abenomics” en honor al primer ministro Shinzo Abe, ha generado un hundimiento de los tipos, un crecimiento débil y una deuda enorme e impagable, en una senda de suave subida del PIB sin ganancias de productividad. ¿Verdad que les suena?

Aunque es una sociedad muy distinta a la nuestra, su demografía también nos precede en el acelerado proceso de envejecimiento y caída de la población residencial. Es Japón el país con mayor esperanza del mundo, siendo España el segundo, y la longevidad de su población es elevadísima, un poco más que la nuestra para que se hagan una idea. El número de nacimientos en el país es bajísimo, y la cuantía de personas en edad fértil que no poseen relaciones físicas, no quieren tenerlas, e incluso les produce repulsión pensar en ellas no deja de crecer. Con este panorama es normal que Japón alcanzara ya en 2008 su máximo de población, con algo más de 120 millones de habitantes, apiñados en las cuatro islas, y sobre todo en Tokio, que con 34 millones es la mayor urbe del mundo. Los modelos registran desde entonces un estancamiento de la población que empieza a gotear a la baja y prevén que, si no hay cambios bruscos, la pendiente negativa en el registro de población se acentúe año tras año. El país alcanzaría los cien millones de habitantes en 2060, perdiendo así un sexto del total de sus habitantes, y el proceso seguiría inexorable, retroalimentándose al poseer cohortes de población cada vez más envejecidas y menor cantidad de gente joven año tras año. Esta sociedad, cada vez más envejecida, supone un reto en sí mismo. El cuidado de cohortes de ancianos cada vez mayores exigirá modificar los presupuestos de una nación en la que la atención a la infancia va camino de ser algo residual, y el pago de pensiones y cuidados geriátricos no dejará de crecer. Esa población envejecida ahorra más y consume menos, y eso aletargará aún más el proceso de crecimiento económico, dado que la inversión productiva cada vez será menos necesaria ante la disminución de necesidades vitales de generaciones que no se van a dedicar a producir. Hay tres remedios posibles ante estos escenarios. Uno es el de aumentar la tasa de natalidad de las generaciones jóvenes actuales, pero nada parece que eso pueda producirse, ni en Japón ni en nuestro mundo. Una segunda opción es la de la inmigración, de la que en Europa hablamos mucho, sabemos poco y necesitamos lo mismo, pero en Japón es un concepto que no se plantean. Una de las diferencias fundamentales respecto a nuestro mundo y aquel es que la inmigración apenas existe en aquel archipiélago, fruto de unas restricciones muy fuertes a la entrada, que afectan tanto a sus vecinos como a cualquier otra nacionalidad, y que surgen por el concepto nacional que tienen los japoneses, en el que la preservación de su modo de vida y, por qué no decirlo, su imagen de superioridad respecto al resto del mundo, les hacen ver su país como un fortín de integridad. Parece que el gobierno quiere cambiar algunos aspectos de esta visión tan rancia para fomentar la llegada de nuevas personas al país, pero son movimientos tímidos y, en todo caso, muy insuficientes. La tercera vía es la que el país lleva aplicando desde hace mucho, la tecnología, la robótica y el desarrollo de aplicaciones que realicen esa tarea asistencial. Por eso, entre otros motivos, allí los robots son mucho más abundantes y la visión que se tiene de ellos es mucho más positiva y necesaria de la que nos rodea. ¿Será suficiente la vía tecnológica para afrontar este reto?

Algunos signos y noticias indican que no. Ayer volvimos a ver otro breve en el telediario sobre ancianos japoneses que cometen pequeños delitos para ser encarcelados, como vía para tener un techo y comida, en un país en el que las pensiones son mucho menores que aquí. Y, también, para encontrar compañía. Allí y aquí la soledad empieza a ser una epidemia devastadora, cada vez son más los casos de ancianos encontrados muertos en sus casas y que nadie echó de menos porque en vida ya se les dio por acabados. Japón, por delante, explorará algunas vías, nosotros tendremos que hacerlo también, porque el envejecimiento y la soledad se abaten, de manera parece que irremediable, sobre nuestras sociedades. Y ensimismados en debates pueriles y ruidosos, no prestamos la atención a graves tendencias como esta.

viernes, diciembre 14, 2018

Cada vez nacen menos, pero somos más


Acostumbra el INE a publicar con regularidad las cifras demográficas, que engloban una serie de variables que actúan a la vez y que, con signos, causas e inercias distintas, nos dan la imagen de la población en la que vivimos; cuántos somos, éramos, y en cierto modo seremos, y cómo somos y puede que seamos. Los datos de crecimiento vegetativo, diferencia entre nacimientos y muertes, para el primer semestre de este 2018 son asombrosos, dado que baten récords, por el mínimo del primero y máximo del segundo, arrojando un saldo negativo de 46.590 personas. Siete veces y media mi pueblo ha desaparecido de España en el último año, en el balance entre nacidos y muertos. Es espectacular, y grave.

Los responsables de la web de El Confidencial han elaborado este artículo y, en su parte inferior, puede usted consultar el saldo vegetativo de cada uno de los municipios de España, obteniendo un gráfico que representa los datos desde el año 1996. Si miro por ejemplo en Elorrio veré que sólo tres años de esa serie, 2002, 2008 y 2001, ofrecen saldo positivo, y en todos los demás se pierde población. El saldo provisional de 2018 es de -7, lo que es un uno por mil de la población. Busquen su municipio, o el que deseen, y observen. En la mayor parte de los casos se verán más barras rojas que verdes oscuro (o eso me parece ese color, difícil de definir) lo que muestra la intensidad del fenómeno. Hay zonas donde la decadencia de población es constante desde hace años y se acelera, como el noroeste peninsular y el interior, con la excepción de Madrid y su entorno, que no dejan de crecer. Así, el concepto de “España vacía” que alumbró Sergio del molino con su excelente ensayo se agiganta, generando la imagen de un país que se mantiene poblado en las costas pero se vacía en el interior, con un centro que no deja de crecer y agrandarse, generando así la imagen de un donuts inverso. Es obvio que estas zonas que se vacían lo van a hacer, si nada cambia, cada vez a mayor velocidad, porque en ellas la edad media de la población no deja de crecer. La esperanza de vida es altísima en nuestro país, de las mayores del mundo, pero no es infinita, y esas zonas que se despueblan y envejecen caminan hacia el desierto demográfico de una manera casi imparable. Amplias zonas de las dos Castillas, Aragón, Asturias, Galicia y Extremadura pueden quedar deshabitadas en no muchos años si se mantiene el proceso actual. ¿Por qué nacen menos niños? Son muchas las causas, económicas, sociales de todo tipo. Es caro tener hijos, pocas son las ayudas que se otorgan, los horarios de trabajo y estudios están diseñados para que sea imposible realizar ambas tareas si los dos progenitores trabajan, ser padres es una responsabilidad dura y no tiene por qué apetecer (de hecho, es y debe ser una elección, no una imposición),m al extrema salud en la que vivimos garantiza la casi segura supervivencia de todos los hijos , por tanto, no es necesario tener mucho para garantizar que alguno pueda sobrevivir, toda sociedad que aumenta su renta ve caer las tasas de natalidad, etc Dada la fuerte inercia que tienen las variables demográficas, la reducción de nacimientos irá a más, porque a todas estos factores anteriores se debe sumar que las generaciones a partir de finales de los setenta ya son menores que las pasadas, por lo que el número de mujeres fértiles de cada una de ellas es menor. Manteniendo las tasas actuales, del entorno de 1,3 niños por pareja, cada generación futura se reducirá simplemente por la caída de mujeres potencialmente madres, en una espiral descendente que no podría ser corregida ni con aumentos sustanciales del número de nacimientos per cápita, que desde luego no se esperan, así que es más que probable que esa cifra de menos 46.950 no sea sino un valor que se vea empequeñecido por futuras y mucho mayores caídas. El país, atendiendo a esta variable, se despuebla y envejece de manera irreversible.

Sin embargo, la población española aumenta, y es que dos son los saldos que otorgan el valor global de la población, la diferencia entre nacimientos y muertes (negativo como hemos visto) y la diferencia entre emigrantes e inmigrantes, que sigue siendo positiva y compensa el bajón vegetativo. Para este primer semestre de 2018 el saldo migratorio positivo fue de 121.564 personas, que sumados al menos 46.2373 anterior nos indican que la población del país ha aumentado en 74.591 personas. Es la inmigración la que está permitiendo compensar la pérdida de población que, de manera natural, se extingue. Este factor debiera estar muy presente en las discusiones que tenemos todos los días sobre fronteras, pensiones, mercado de trabajo y futuro, que son las más importantes, y que tan poca atención y tanta demagogia reciben.

viernes, enero 19, 2018

Vivir solos

Ayer salió en el Telediario la noticia de que el gobierno de Reino Unido ha creado una Secretaría de Estado para atender los problemas de la soledad que, cada vez, domina la vida de más personas en aquel país. Principalmente mayores, pero no sólo, el número de personas que viven solas en sus hogares crece sin freno y empieza a ser enorme, y las consecuencias sociales, sanitarias y personales aumentan sin cesar. No piensen que este problema se da exclusivamente en sociedades del norte, donde las relaciones personales son más difusas y el sentido familiar menor que en nuestro entorno, no. Dense una vuelta por su vida y la de las personas cercanas y verán que la soledad de muchos es total.

Escribía Marta Fernández un duro y certero artículo este pasado Domingo en El País titulado “cuando la soledad mata” en el que relataba experiencias y caso de servicios sociales, en este caso de la cuidad de valencia que, cada vez más, encuentran a ancianos muertos en sus casas sin que nadie los haya echado en falta, notado su ausencia. Bomberos, servicios de asistencia y otras profesiones sociales contaban su experiencia ante personas que, mayores, débiles y solas, habían sufrido accidentes domésticos y que no habían podido avisar a nadie para ser socorridos, y habían muerto en su hogar, atrapados en él. Una caída a gran edad sin que nadie pueda atenderla se puede convertir en una sentencia de muerte, creando una escena tan absurda como cruel. Imaginar la agonía de una persona, tendida en el suelo de su casa, inmóvil, como sita en el fondo del barranco más oscuro y remoto del mundo, estremece hasta el infinito. La tecnología logra suplir en parte esta falta de conexión, y los servicios de tele asistencia y botones de ayuda que, al ser pulsados, mandan un aviso a un equipo sanitario para que acuda al domicilio de la persona en apuros pueden salvar vidas, y de hecho lo hacen, pero son un paliativo, una venda puesta sobre la herida de la soledad, el gran drama. Personas que gozaron de una vida activa en sus años jóvenes y maduros, que tuvieron o no familia que procrear y cuidar, y que con el paso de los años se han quedado solos, abandonados. Perdieron la cobertura del empleo, que les garantizaba ingresos altos y, sobre todo, actividad diaria, compañía y contacto con otros. Algunos no lograron superar el trauma que supone la jubilación, la ruptura con décadas de trabajo, madrugones y obligaciones, que tanto se critican de puertas para fuera pero que, no nos engañemos, tanto se necesitan. Puede que la mayoría tuvieran familia, fuesen padre o madre, y durante muchos años sus hijos y parejas fueron el centro de sus vidas más allá del trabajo, pero ese centro voló hace demasiado tiempo. Tantos son los hijos que no visitan a su padres cuando son mayores como las viudas, especialmente ellas, que sobreviven muchos años a la muerte de maridos que nunca se cuidaron como debían y fallecieron a edades más tempranas de lo debido. El porcentaje de mujeres solas es mayoritario, y mantienen rutinas como la de cocinar o las tareas domésticas, que les ayudan a pasar el tiempo y a sentirse útiles para sí mismas, y para mantener acogedor el entorno en el que se desenvuelven, pero que pueden llegar a ser peligrosas y generar accidentes potencialmente graves, especialmente los relacionados con fuegos, aceites y todas esas cosas culinarias. Esas personas, lo que más necesitan en la vida, es alguien con quien, de vez en cuando, poder hablar, mirar, sentirse acompañado, saberse rodeado en caso de problemas. No volverán los años de vida intensa, activa y compartida, pero al menos conservar un enganche con los demás, un ancla que impida que su vida derive hacia el agujero de la soledad absoluta.


Vivo solo, desde hace algunos años, también lo hace mi madre, desde la muerte de mi padre, y mi caso supongo que no tiene nada de original. En una ciudad como Madrid, atestada de gente, la soledad se percibe como algo más absurdo y, por ello, cruel. Nadie está más solo que el que vive rodeado de gente para la que no existe. Miro por la ventana de la oficina, contemplo miles y miles de edificios, millones de viviendas en las que, en muchos casos, una sola persona es su morador, y sospecho que esa situación va a más, en un mundo de relaciones cada vez más efímeras, fáciles de crear pero, también, mucho más fáciles de romper. Quizás llegue un momento en el que los “solos” seamos más que los que viven en compañía, no lo se, pero esa manera de vivir empieza a cambiar el mundo y a generar, en masa, sus propios problemas.

miércoles, diciembre 20, 2017

Cada vez somos menos y más viejos

La demografía es una de las ciencias a las que menos caso se le hace. En el Bachillerato y la Universidad de la estudia en historia, y se asocia a épocas de alta mortalidad, pirámides muy marcadas y lucha por la supervivencia. En nuestra época, en la que la vida se da por segura y larga, hasta que deja de serlo, se la considera una rama del estudio asociada a otros tiempos. Pero nada más lejos de la realidad. Sus análisis son determinantes para la evolución futura de la economía, el diseño de políticas públicas y su financiación y, desde luego, la gestión de una sociedad y los valores que en ella anidan. Pues bien, desde hace tiempo los demógrafos están aterrados.

Y lo están porque las cifras, que no mienten, gritan a los cuatro vientos que nos morimos. Este artículo publicado ayer vuelve a poner sobre la mesa cifras de escándalo. La natalidad en España vuelve a situarse en mínimos históricos, con cifras de 8,79 nacidos por mil habitantes. No nacen niños, hoy lo hacen en la menor cantidad medida desde que hay registros, y las tasas están muy bajas desde hace décadas. A finales de los setenta estábamos en cifras del entorno de los 18 hijos por mujer, más del doble, y desde entonces no han dejado de caer. Hay varios factores que explican este descenso, tanto sanitarios (derrumbe de la mortalidad infantil y, por tanto, garantía casi segura de supervivencia de los hijos que se tengan) y el revolucionado papel de la mujer, tanto por su incorporación al mercado de trabajo como por el control de la natalidad derivado del uso de métodos anticonceptivos. Pero no quiero escribir sobre el porqué de estas cifras, cosa sobre la que hay muchos y muy buenos artículos por ahí, sino sobre las consecuencias. Hoy en días las generaciones jóvenes son aproximadamente la mitad de lo que lo eran en los años ochenta, y siguen declinando. La edad media de la población española no deja de crecer y supera ya los cuarenta años, y el colectivo de pensionistas y jubilados crece sin parar, y más que lo va a hacer cuando se empiecen a jubilar en masa las generaciones del baby boom del cincuenta y sesenta, las mayores que ha conocido nuestra sociedad. Un nacido a mediados de los cincuenta llegará a los sesenta y cinco años en 2020, y ese fenómeno estresará aún más a un sistema de pensiones diseñado para unos tiempos de trabajo abundante y, sobre todo, muchos empleados cotizantes frente a pocos receptores de pensión. Si el número de los primeros no crece, o no lo hacen sus cotizaciones porque los salarios no aumentan, y el número de jubilados sí aumenta, no quiero utilizar el término quiebra, pero el resultado de hacer las cuentas se le parece bastante. Además, los efectos del aumento de la edad media de una sociedad son mucho más profundos, dado que supone un cambio de visión de la misma, de prioridades y decisiones. Los presupuestos se volverán más conservadores para sostener cada vez a una población más dependiente y la inversión en educación se verá reducida, quizás no en importes absolutos, pero sí desde luego en su peso sobre el total, convirtiéndola poco a poco en una partida menos relevante. El que la sociedad envejezca tiene ventajas e inconvenientes, pero es inevitable que suponga un cambio respecto a lo que estamos acostumbrados, y esto sucederá nos guste o no. Además, y esto es lo más profundo, a la demografía le pasa como al Titanic, que aunque vea el iceberg al fondo es un barco tan grande y pesado que no puede maniobrar con agilidad suficiente para responder, debe empezar a cambiar de rumbo antes de que aparezca el obstáculo para que tenga opciones de eludirlo. La inercia de los procesos demográficos es enorme e intensa, y medidas que pretendan revertirlos deben ser implantadas con intensidad, mantenidas mucho tiempo y a sabiendas de que sus resultados se verán en el muy largo plazo. Todo ello es aborrecible para una gestión política de corto plazo, que es el pan nuestro de cada día.


Hay mucho escrito sobre este asunto, quizás lo último sea el libro “El muro invisible” del colectivo Politikon, lectura muy recomendable donde se estudia la situación de las generaciones jóvenes en España desde todos los aspectos posibles, con la demografía de fondo. Pero lo cierto es que este fenómeno de envejecimiento, acelerado al extremo en España, se da en todo occidente, frente a la pujanza de naciones como México, Indonesia, Nigeria, Pakistán y otras que crecen a tasas enormes y que, en pocas décadas, contarán sus habitantes por varios cientos de millones. Y contar habitantes es una forma de medir poder político e influencia global. Esta es otra de esas variables que juegan en estos tiempos de cambio para alterar el equilibrio, ahora internacional, que hemos conocido durante décadas y que también se modifica sin remedio.

martes, julio 18, 2017

El invierno…. Demográfico

Vamos hoy con uno de los factores de los que ayer hablaba en relación a EEUU y que también se da, y con mayor fuerza si cabe, entre nosotros, que es la caída estrepitosa de la natalidad y el envejecimiento de la población. Merece mucho la pena leer con detalle la última nota del INE referida a la población en España, publicada hace menos de un mes, en la que se describe como el número de residentes aumenta, 88.867 en el último año, crecimiento que se da por primera vez desde 2011. La recuperación económica también se nota en esta variable. Redondeando, somos 46 millones y medio de personas en el país, tamaño medio alto en el contexto europeo, ínfimo a nivel global.

La población puede crecer por dos motivos, porque nacen más de los que mueren, que es el llamado crecimiento vegetativo, o porque vienen más personas al país de las que se van, sean nacionales o extranjeras, vía migraciones. La combinación de ambas nos da en 2016 ese saldo positivo de casi noventa mil personas, pero señala el INE que el aporte vegetativo es, asómbrense, negativo. Es decir, se mueren más personas de las que nacen, concretamente 259, que parece poco, pero que es tremendo. Respecto a las migraciones, se reduce el número de españoles que dejan el país, principalmente por motivo económico, pero aun así son más los que se van de los que vuelven, lo que da un aporte negativo de -23.540. Dirá usted, querido lector, que si tenemos dos cifras negativas, vamos a necesitar una tercera positiva para que al final el saldo genere el valor de cerca de noventa mil al que antes me refería, y así es. Es 112.266 el saldo neto positivo que se queda en España entre los extranjeros que se marcharon, algo menos de doscientos cincuenta mil, y los que vinieron, algo más de trescientas cincuenta mil. En resumen, hemos ganado población, lo que es bueno, poniendo fin a una sangría de seis años continuados de descenso, pero esta ganancia no se debe tanto a nosotros mismos como a los que han decidido venir a vivir con nosotros. El saldo negativo del crecimiento vegetativo muestra, otra vez, que la natalidad española sigue derrumbada en uno de los niveles más bajos del planeta, y esto se traduce en un constante envejecimiento de la población. Cada vez nacen menos niños, los ancianos logran vivir hasta edades cada vez más elevadas y, obviamente, los inmigrantes que llegan suelen tener más edad que los recién nacidos, por lo que la edad media de la población no deja de crecer, y la presunta pirámide de población, a la que habrá que dejar de llamar de esa manera, se convierte cada vez más en un tronco, camino de un árbol de apenas raíces y lleno de amplias y longevas ramas. Las causas de este fenómeno, que se da con mayor o menor intensidad en todas las sociedades modernas, son múltiples, y tienen tanto que ver con motivos de comodidad y sanidad (es muy raro que se muera un niño, afortunadamente) como por la estructura económica, la imposibilidad de compatibilizar la maternidad con el trabajo, los horarios de imposible conciliación, los contratos precarios y otras causas que ustedes conocen perfectamente. Las consecuencias de este proceso de envejecimiento son enormes, empezando por la rígida inercia que poseen las variables demográficas. Al igual que un gran tren, que tiene que empezar a frenar mucho antes de aproximarse a la estación para que cuando llegue a ella esté quieto, modificar el rumbo de la demografía requiere tiempo y cambios sostenidos en las variables. Sólo conseguiríamos rejuvenecer nuestra población con unas tasas de maternidad que duplicaran a las actuales, y así se mantuvieran durante quizás varias décadas, o permitiendo la entrada en el país de muchísima población inmigrante joven. Y sinceramente no creo que ninguna de estas dos alternativas se de en nuestra realidad sea cual sea el plazo que utilicemos para medirla.


Una sociedad envejecida cambia sus prioridades, destina más dinero a sanidad que a educación, a ahorrar que a invertir, a protegerse que a innovar, se muestra más recelosa de un futuro que observa ya aquí y con temor frente a una joven, que se le antoja largo y esperanzador. Las consecuencias económicas y sociales de un envejecimiento continuado son enormes, y muchas de ellas se nos escapan. Japón, como país precursor en tantas cosas, que limita la inmigración desde antaño, se enfrenta a pérdidas de población continuadas y a un desarrollo de robots asistenciales para cubrir las necesidades de su sociedad, cada vez más senecta. Y su economía se aletarga poco a poco. ¿Será así nuestro futuro? ¿cómo gestionaremos este problema?