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miércoles, marzo 13, 2024

Nadie se acuerda de Haití

Después del catastrófico terremoto de 2010, que causó cientos de miles de muertos, la solidaridad del mundo se centró en Haití, el país más pobre de América y uno de los más paupérrimos del mundo. Como suele suceder, pasadas las semanas, otros hechos acapararon la atención del mundo y aquella crisis fue perdiendo espacio en los titulares, pero el inmenso Forges, al que tanto se le echa de menos, se pasó meses y meses incluyendo “pero no te olvides de Haití” en la parte inferior de sus viñetas, que tenían, por obligación, anclaje en la actualidad más inmediata. Ahora que Forges ya no está nadie nos recuerda lo que pasa en ese lugar.

Por eso, que Haití vuelva a la parte alta de los titulares y el tiempo de los informativos es síntoma de que algo bastante feo está sucediendo allí, y no se equivoca si así piensa. Ya antes del terremoto aquel era un país descompuesto tras años de dictadura cruel, represión y miseria, con poca capacidad propia para salir adelante y con elementos violentos y corruptos por doquier capaces de hacer lo que sea por controlar la nación. Desde entonces las cosas han ido a peor, y el país ni si quiera ha sido capaz de entrar en una típica dinámica latinoamericana de gobiernos elegidos y derrocados por golpes militares, no. No es capaz ni de llegar a semejante nivel de decadencia, está mucho más abajo. Desde hace años Haití es pasto de las bandas criminales, que imponen el orden en las zonas que controlan, y el estado, o eso que entendemos por ese nombre, no existe en la práctica. Se han celebrado algunos comicios, violentos y con acusaciones de fraude, pero han terminado en revueltas y magnicidios, con una autoridad gubernamental que es capaz apenas de mantener la frontera de la nación con República Dominicana, país con el que comparte la isla de la Española. El asesinato del último presidente del país, Jovenel Moïse, acaecido en 2021, sumió a la nación en el caos total, y lo que ahora ha llegado hasta los medios es el resultado de una especie de guerra desatada entre bandas, señores de la droga, militares y ex miembros de fuerzas de seguridad, líderes tribales de barrio y, en general, facciones sin límite que se disputan el poder en una ciudad, territorio, barrio, y que no se cortan lo más mínimo a la hora de disparar contra quienes consideran rivales, lo que incluye a todos los demás. La población del país tiene como principal objetivo comer a lo largo del día y llegar viva a la noche, sin que ninguno de los múltiples incidentes armados que se suceden en todas las poblaciones les alcancen y les manden al más allá. El que ha ocupado provisionalmente el puesto de primer ministro desde hace unos meses, Ariel Henry, ha anunciado que ofrece su dimisión para tratar de que el país tenga un gobierno de transición unificado que pueda organizar unas elecciones, pero su anuncio tiene más de asunción de lo imposible de su mandato que de otra cosa. Lo ha hecho desde Puerto Rico, donde se encuentra desde hace varias semanas, incapaz de volver a Puerto Príncipe, la capital haitiana, porque bandas criminales varias han amenazado con disparar al avión que le traiga de vuelta sin esperar a que llegue a tocar la pista de aterrizaje. No hace ni dos semanas del asalto de alguna de estas bandas a una de las principales cárceles del país, de la que liberaron a los cerca de tres mil presos que allí se encontraban, la mayor parte por abundantes delitos de sangre, con el objeto de reclutarlos para sus filas y así fortalecer la capacidad “negociadora” de cada una de las facciones. Uno de los jefes de esas bandas que parece destacar entre los demás, apodado el barbacoa, amenazó con desatar una guerra civil total en el país sin Henry no se largaba, sin dejar muy claro cuál era la diferencia entre lo que señalaba como amenaza y la realidad que se vive cada día en las calles del país. Probablemente nadie se atrevió a preguntarle nada al personaje, ni sobre eso ni sobre cualquier otra cosa, a riesgo de acabar como abono en un vertedero.

Desde hace años se lleva planificando una misión internacional, bajo el paraguas de la ONU, en la que fuerzas de naciones principalmente africanas tratarían de establecer el orden en Haití, con vistas a que unos futuros comicios pudieran desarrollarse con las mínimas garantías de seguridad y transparencia. La degeneración total en la que se encuentra ahora mismo la situación en la isla ha bloqueado esa intervención y deja en manos de los señores de la guerra, y sus milicias, lo que suceda en el futuro. En una especie de versión real y mucho más cruenta que la novelada de Juego de Tronos, serán las armas las que decidan quién se hace con el poder, y los que no las tengan seguirán haciendo todo lo posible para sobrevivir en el que puede que, ahora mismo, sea el peor país del mundo.

jueves, julio 08, 2021

Matar al presidente

Es un clásico de las películas de acción norteamericanas, bastante malas en su mayoría, el del complot para matar al presidente, sin que se explicite en el guion qué planes tienen los terroristas que actúan de esa manera tras una acción semejante. Tiros en abundancia, mucha pirotecnia y ruido para el resultado habitual, que es el de la mayor glorificación de la figura presidencial, que desde luego sobrevive a la trama. Tras el paso de Trump por la Casa Blanca la figura del mandatario norteamericano ha quedado tocada, y este tipo de películas han perdido parte de su sentido, porque durante un tiempo quien ha ocupado el cargo era tan nefasto que muchos serían los que no moverían un dedo para defenderle. Cosas de la política.

En Haití, no ,muy lejos físicamente de EEUU, pero a una distancia económica y social que es de dimensiones interplanetarias, la seguridad de los mandatarios es la misma que la de cualquiera de los que trata de subsistir en esa nación; ninguna. Ayer fue asesinado a tiros en su casa el presidente del país, Jovenel Moïse, cuyo nombre he copiado de una web porque no lo conocía. Al parecer un comando armado entró en su casa y le tiroteó a él y a su mujer, que está muy grave. Hay muchas dudas sobre los motivos del asesinato, y no se las voy a poder resolver porque poco, muy poco, se del devenir político de aquel torturado país. Haití es el país más pobre de América y uno de los más atrasados del mundo, en el que el subdesarrollo económico y la violencia se dan la mano de una manera como en pocos otros lugares es posible ver. Ya antes del terremoto que arrasó el país aquella nación era un desastre, tras décadas represivas del clan Duvalier, con Papa Doc y Baby Doc en el poder, que gobernaron el país como si fuera su finca privada, y con ningún miramiento ante sus “empleados”. Tras la caída de aquella dictadura Haití se sumió en un marasmo de golpes, disturbios, elecciones y presidentes que se sucedían en el poder de manera regulada o asaltada sin mantener un control real de la situación. El gran terremoto de hace unos años arrasó completamente el país y lo niveló, de tal manera que las zonas en las que vivían las élites de Puerto Príncipe quedaron en un estado tan lamentable como las enormes extensiones de chabolas y guetos que constituyen la mayor parte de esa ciudad. Las probabilidades de morir de una enfermedad infecciosa o de un disparo en las calles de la urbe son tan altas como inimaginables para nuestros niveles de vida, y tras la ayuda de emergencia internacional que se volcó con el país para tratar de salvar a la mayor cantidad de gente posible tras el seísmo, pocos fueron los que siguieron trabajando sobre un terreno en el que lo más peligroso no era lo que se movía bajo su subsuelo. Haití fue olvidado con el paso del tiempo, y sólo el gran Forges reclamaba en sus viñetas que la tragedia inmensa que allí seguía no se depara en una esquina de nuestra memoria y vida, pero así es la mente humana, volátil y caprichosa. Nuevos desastres y noticias de todo tipo sepultaron a aquel país, del que apenas llega información alguna sobre lo que sucede. A menos de cien kilómetros de Cuba, ocupando la parte occidental de la isla de La Española, donde llegó Colón, Haití es un agujero negro informativo y un lugar en el que la vida no vale mucho. Sus vecino, República Dominicana, con el que comparte la isla, es destino de vacaciones para muchos españoles y nacionales de otros países europeos. En algunas de las excursiones que se realizan en la zona interior del país se llega a atisbar la frontera entre los dos países, y desde el vergel de las selvas dominicanas se aprecia, según se dice, la deforestada superficie del vecino haitiano, yerma en su mayor parte, amarillenta, nada que ver con el insultante verde dominicano. Desde Santo Domingo siempre se tiene miedo a las corrientes de refugiados que pueden llegar desde la nación vecina, a lo largo de la amplia frontera que les separa y une, y dan por seguro que sucesos como el de ayer alentarán a nuevas personas a huir del país.

Va a ser realmente difícil seguir la evolución de esta crisis haitiana. Como les indicaba, es un lugar peligrosísimo, y la ausencia de corresponsales es casi total. Apenas salen informaciones de ahí, salvo cuando hay elecciones de incierto futuro y amaño probable o asonadas militares, o como sucedió ayer, magnicidios. Haití pertenece, como no pocos conflictos africanos, o la guerra de Yemen, a un grupo de naciones y escenarios en los que los ojos de la actualidad no se fijan, en los que se desarrollan graves tragedias humanas que pasan completamente desapercibidas. Esa condena al olvido es una crueldad añadida a la que, día a día, inunda a las gentes que en esos lugares trata día a día de sobrevivir.