Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Navidad. Mostrar todas las entradas

martes, enero 04, 2022

Navidad de verano

Creo que el concepto moderno que tenemos de Navidad en occidente es completamente deudor de lo que dejó escrito Dickens en sus novelas. Los paisajes, personajes y ambientes que asociamos a estas fechas no hacen sino volver y volver a sus cuentos que, con o sin fantasmas, nos lo dejan ya todo perfectamente ambientado. Si acaso la nieve, que es la aportación norteamericana a la escena costumbrista británica. Una blanca Navidad en Europa es algo poco frecuente, ni les cuento ver caer copos en Belén, pero sí algo bastante probable en la costa este de EEUU, donde se sitúan la mayor parte de películas navideñas que ponen escenas a los relatos dickenianos. Anglosajonia nos tiene conquistado el espíritu.

Curiosamente estas navidades han sido todo lo contrario a esas escenas de cuento y película, y sin haberme ido de vacaciones en estas fechas a lugares lejanos, he podido experimentar en el pueblo lo que es vivir una Navidad semitropical o, al menos, alejada por completo del concepto de frío y oscuridad. El persistente anticiclón que se ha situado sobre la península ibérica, junto con su socio en centro Europea, han otorgado a los que residimos en la parte occidental del continente de unos días festivos y de cambio de año dominados por las temperaturas suaves y los cielos despejados. La excepción han sido las zonas donde la niebla se ha hecho fuerte, pero la verdad es que ese fenómeno no ha sido ni tan extenso ni intenso como en otras ocasiones. El sol ha reinado en los cielos casi sin obstáculos, y en el norte, con un régimen casi constante de viento sur, en ocasiones atemporalado, casi siempre mantenido, las temperaturas se han disparado todos los días bastante por encima de los veinte grados, lo que ha permitido batir records de máximas para diciembre y enero en numerosas capitales de la cornisa cantábrica, con registros en el entorno de los 25 grados. Marcas similares se han batido en otras capitales mucho más frías, como Segovia y Ávila, indicativo de lo excepcional de este episodio. En Elorrio, si exceptuamos la tarde noche del domingo 26, en la que el cielo se cubrió por el paso de un frente y llovió, el resto de los días han sido de una monotonía y templanza digna de estudio, con serenos amaneceres y atardeceres, en ocasiones de gran belleza al quedar algunas nubes altas moldeadas por el viento para ofrecer el contraste con el Sol crepuscular, pero en muchas otras ocasiones con los cielos completamente despejados, en una sucesión de días “buenos” que no sólo es que no se haya dado en el pasado verano, que fue horrendo, sino que es muy extraño poder disfrutar en esas latitudes. Tantos y tan seguidos los días con luz intensa, sin nubes, sin lluvia, sin nada que cubra el Sol. Y han resultado ser aún más sonados tras los veintiún días seguidos de lluvia de noviembre diciembre, que provocaron las inundaciones que marcaron el tramo final del año. Se nota que, pese a los días despejados, la tierra aún está húmeda y hay zonas en las que el agua sigue aflorando, síntoma del exceso de lluvia que asoló la zona en esas semanas de diluvio continuado, pero la sobredosis de Sol recibida en estas semanas de festivo ha resultado ser un regalo navideño tras un 2021 que, en lo meteorológico, ha sido anómalo en el norte, con la precipitación concentrada en pocos meses y unos meses de verano que fueron la frustración de propios y ajenos. Al menos, para despedirse, el año nos ha sonreído y se ha puesto sus mejores galas, las que apenas ha enseñado y que, arriba, son tan caras de ver como una familia sin contagios de ómicron.

Pasar la Navidad en las terrazas puede que sea algo habitual en levante o Canarias, pero no deja de ser exótico en una zona del país donde tomar algo sin cubierta es, en sí mismo, un ejercicio de riesgo. Esta vez no, tardes cortísimas pero que se transformaban en noches serenas, en las que a las 19 o 20 horas uno podía seguir sentado con sus amigos en torno a una mesa con la chaqueta puesta, pero sin ninguna sensación de frio. Llegar a casa y casi despedir el año, o recién recibido, y tener la imagen de que el puente de la bahía de Sidney casi se podía contemplar desde casa, dadas las temperaturas de sensación. Sí, esa frase me ha quedado en plan bilbainada. Será el efecto de varios días seguidos en el norte y la insolación. Tranquilos, hoy ya vuelven las nubes, el invierno, y el inicio real del año.

martes, diciembre 07, 2021

Llenazo en Madrid

Antes de la pandemia, este puente de la Inmaculada Constitución era el de la gran marabunta de compras navideñas. Por su proximidad con las navidades, lo suelo pasar aquí desde hace mucho, y la pauta se repetía. Enormes atascos en la salida de Madrid de los que se lo cogían e iban de vacaciones y grandes retenciones en las entradas por parte de los que venían a disfrutar de los festivos a la capital: El resultado solía ser que las calles lucían abarrotadas, se supone que más de foráneos, pero era indistinguible. Marabuntas de gente que obligaban a cerrar temporalmente estaciones de metro y hacer de único sentidos calles peatonales. El acabose.

El año pasado, por ahora el más raro de nuestra existencia, no fue así, al menos en la densidad, y las calles no se llenaron de la misma manera. Los cierres perimetrales de varias comunidades contribuyeron a que las localidades de la sierra madrileña rebosasen de capitalinos, pero faltaban los visitantes del resto del país y, desde luego, los extranjeros. Un año después, y millones de vacunas inoculadas mediante, el panorama que uno podía ver si se asomaba al centro de la ciudad en este pasado fin de semana largo era una versión casi equivalente a la que recordaba antes de que el maldito virus llegase a nuestras vidas. Si exceptuamos el hecho de que algunos de los viandantes llevaban mascarilla, más o menos según zonas, podía uno haberse dormido en la nochebuena del año 2019 y despertarse el pasado viernes cinco de diciembre y no notar diferencia alguna. Sí le resultaría raro ver esas mascarillas, que antaño sólo algún oriental portaba, hecho por el que era objeto de burla, a veces no disimulada, por parte de no pocos. Lo demás, al gran dormilón al que me refería, le hubiera resultado similar. Masas y masas de personas invadiendo aceras, locales y calles, convertidas en peatonales forzosas, simulando los atascos que se dan día a día en las entradas y salidas de la ciudad, pero con vehículos en forma de cuerpos, sin ruedas ni faros. Tiendas abarrotadas, luces a los que miles y miles de dispositivos móviles enfocaban sin cesar y árboles navideños, cada vez más altos y luminosos, donde las bolas empiezan a tener el tamaño de cabezas humanas en los que se decantan por el estilo tradicional y los enrejados se elevan a lo alto en las versiones cónicas que ganan de largo en la calle, ideales para su montaje y estabilidad ante las inclemencias meteorológicas. La sensación que le daba a uno paseando por esas calles y momentos era, en primer lugar, de imposibilidad de pasear, porque había zonas en las que moverse resultaba realmente imposible, dadas las avalanchas de gente. Conociendo algunas zonas se podían evitar puntos calientes, que se observaban desde la distancia y la conmiseración a los que allí estaban prensados, pero de vez en cuando un tapón sorpresivo le pillaba a uno y dejaba convertido su itinerario exploratorio en el parón que trataba de evitar. La otra sensación era la de alegría, no quiero decir eso del espíritu navideño, pero sí el desenfreno habitual en estas fechas, de ganas de juerga y compras. La sensación de que los locales del centro estaban facturando mucho era obvia, sólo apreciando la cantidad de gente que los abarrotaba. Si un pequeño número de ellos ha hecho compras o consumiciones la caja de este puente ha podido ser espectacular. No se percibía ni un agobio ante la escalada de precios que nos aflige ni, desde luego, a los posibles contagios en pleno repunte de los mismos. Bolsas por doquier llevadas a pares y tríos por miles de manos daban la señal de una economía que, al menos en ese sentido, va a todo trapo. Es evidente que hay un sector de la población que tiene ahorros y ganas de gastar, y eso, en la zona comercial del centro, es vida, sangre fresca.

El buen tiempo, gélido, pero con ausencia total de precipitaciones, sin duda ha contribuido a que este desenfreno de ocio consumista se haya dado. Habrá que esperar a que se publiquen cifras que comparen lo facturado estos días con lo que se registró en 2019, dado que 2020 es la anomalía perpetua en la estadística, pero la sensación que transmitía la calle era de normalidad a la antigua, es decir, de normalidad a secas. También habrá que esperar a que las cifras de contagio revelen el efecto de tanta movilidad, o no, aunque si se han disparado será por el ocio en locales cerrados que se habrá dado, sospecho que a lo loco, estos días, y no tanto por aglomeraciones en espacios abiertos en los que corría un viento frío que, por momentos, cortaba.

martes, diciembre 15, 2020

Navidad solitaria

Hoy en una semana tendrá lugar el sorteo de la lotería y en nueve días la cena de Nochebuena de la más extraña Navidad de nuestras vidas. Habitualmente para los epidemiólogos estas fechas son muy complicadas. Se juntan todos los factores para que las enfermedades infecciosas, especialmente la gripe común, se expandan, y generen todo tipo de problemas en la cuesta de enero. Este año no hace falta decir a qué se le tiene miedo y qué puede suceder en caso de que se descontrolen las celebraciones. Es probable que a lo largo de esta semana veamos consolidar el descenso de los casos y un nuevo repunte, fruto del puente y de la relajación navideña. O nos cuidamos o lo pagaremos.

Y en este caso cuidarse supone, sobre todo, responsabilidad personal. Más allá de hacerse teste lo más cerca posible de las celebraciones, cosa que tiene su cierta lógica, pero que no da seguridad plena dada la forma de contagio de la enfermedad, el autoconfinamiento es la medida más segura que tenemos a nuestro alcance, el limitar nuestra vida social al mínimo, el darle un cierto toque eremita a nuestra forma de ser y convertirnos en ermitaños en nuestro día a día. Eso no implica estar encerrados todo el día en casa, pero sí evitar reuniones con desconocidos y mantener contactos sociales, especialmente en lugares cerrados en los que la probabilidad de contagio crece notablemente. Llevar esto a la práctica es más o menos fácil en función de nuestro trabajo, forma de ser y necesidades. Es evidente que, por ejemplo, el personal sanitario no puede hacer este ejercicio, porque debe seguir acudiendo todo el día a los hospitales, en los que no se puede teletrabajar con enfermos, de Covid y de otras patologías, y que luego vuelven a casa tras una jornada de trabajo más o menos frustrante, pero sin duda agotadora. ¿Cómo pueden ellos ¡garantizarse esa burbuja personal para evitar ser contagiadores? Como ellos hay muchas profesiones de cara al público y de interacción que deben darse sí o también, y el dilema es el mismo. Pensemos en el socorrido personal de las cajas de los supermercados, al que tanto se alabó con razón en primavera pero que, sospecho, vuelve a estar entre los olvidados de la vida por parte de los que acuden a comprar y no piensan más allá de su carro. Muchos de estos trabajadores tienen un gran dilema estas fiestas delante suyo, y de difícil solución. No son pocos los que han optado por autorestringirse y no acudir a los encuentros familiares, desempeñen empleos de este tipo o no. Sabiéndose que pueden ser un riesgo, o que como mínimo portan mayores probabilidades que otros que pueden estar en la misma mesa, renuncian a ella, se quedan solos en casa, y así garantizan que los que se reúnan, pocos en todo caso, minimicen riesgos. La preocupación por los suyos supera a la propia, y esto es algo que hay que remarcar mucho en estos tiempos de onanismo egoísta, de “yoísmo” extremo. Miles de personas van a pasar la Nochebuena solos en casa porque así lo han elegido, para dar seguridad a los suyos y para minimizar las oportunidades de expansión del virus. Probablemente lo que veamos en los medios sea la otra cara de la historia, la de los incumplidores, la de los irresponsables que se saltan confinamientos, restricciones y límites, que montan fiestas, que hacen lo que les da la gana y contribuyen a que la enfermedad se propague. Veremos esas imágenes, nos acordaremos de sus familias, en especial del parentesco con su madre, y moveremos la cabeza en un gesto de resignación y cabreo.

Pero a la vez, en muchos hogares, sin televisión que los muestre ni medios que les hagan caso, miles de personas, trabajadores de sectores esenciales y no, pasarán algunas de las noches más especiales del año solos, quizá en muchos casos justo en el año en el que más necesitan la compañía y aliento de los suyos tras vivir la pesadilla que han contemplado en primera línea. Ojalá los que, en principio, sí nos vamos a juntar con nuestros familiares, siempre con las medidas de seguridad en mente, tengamos un momento de recuerdo hacia esas personas que van a convertir estos días, habitualmente entregados al altar del hedonismo absoluto, en tiempo de sacrificio, por ellos, por los suyos pero, también, por nosotros. Qué poco se les reconoce su entrega

viernes, diciembre 04, 2020

Los allegados

El coronavirus va a propiciar que podamos vivir estas próximas fiestas navideñas ajenos a dos de las peores costumbres de estas fiestas, que son fuente de constantes discusiones y evidencian falsedad a espuertas. Una de ellas son las cenas de empresa, que este año no se celebrarán. Espero que a ninguna se le ocurra juntar a sus empleados vía zoom o similar, porque el patetismo del acto ya sería absoluto. En esas cenas, de obligada presencia, como si se tratase de una extensión forzada de la jornada laboral (es lo que son) los empleados por lo general ingieren más alcohol de lo debido para pasar el trago, reír las gracias del jefe al que muchos no soportan y, quizás, intentar ligar con la del otro departamento, aprovechando las entrañables fechas.

La otra costumbre, aún más arraigada, es la de las cenas familiares. Jocosos encuentros entre primos, cuñados, suegros y demás que no pocas veces acaban en simulacro de batalla armada, cuando no se transforman en eso precisamente. La obligación formal de juntar en la mesa a gente unida por lazos de sangre o legales que no se soportan es la excusa perfecta para que, con las copas de más de rigor, salgan a la luz trapos sucios de todo tipo y broncas que pueden degenerar a medida que avanza la noche y el alcohol pasa de la botella a los estómagos. El que en muchas familias se pacte de qué no se va a hablar en Nochebuena ya es un indicativo de cómo está el patio. Es precisamente en ese núcleo familiar en el que se encuentra el mayor número de allegados, que es el término que se ha puesto de moda esta semana para definir las personas con las que podemos pasar estas fiestas, mejor dicho, el número de ellas. Son allegados los que conviven con uno, en proximidad emocional, en compañía sentimental, a saber. Hay tantas formas de definirlos que, la verdad, el uso de este término es la vía indirecta que han escogido las autoridades para decir “hacer lo que os dé la gana, pero no juntaros muchos” trasladando la responsabilidad plena de lo que pase después de estas fiestas (y de este puente que empieza hoy) a las familias, de tal manera que nuestros amados gobernantes se sientan muy poco allegados a ser los causantes de lo que suceda y puedan echarnos la bronca. No hay sistema de control que pueda determinar que en navidades uno viaja del lugar A al B con una excusa que no sea la de visitar a los allegados, que me llegan tan al fondo, señor agente que mantiene el control de la carretera, que me siento uña y carne con ellos. Imponer una medida de este tipo es imponer la nada, por lo que los controles que se establezcan tendrán un mero efecto decorativo y poco más. Servirán para que no poca parte de la población cumpla los límites de la gente que puede reunirse, porque hay porcentajes elevados de la población que sí respetan unas indicaciones, aunque no sea posible convertirlas en ejecutivas, pero tenga por seguro que habrá cenas multitudinarias, encuentros de tantos allegados por metro cuadrado que la decena impuesta como límite arbitrario será superada en no pocas ocasiones. También habrá muchas familias que no encontrarán allegados suficientes como para alcanzar esa cifra, que se sentirán solos y que para ellos la distancia social es algo con lo que conviven desde antes de esta pandemia y que no les es ajena. Miles serán las familias que mantenga un hueco en su mesa no para guardar distancia, sino luto y recuerdo por ese familiar, ese allegado, que este año no está con ellos porque el virus se lo llevó, y así, caso a caso, las reuniones familiares se irán conformando en una extraña navidad de restricciones y distancias. Quizás la gente descubra este año que, como las cenas de empresa, los grandes encuentros familiares son ocasiones propicias para el caos y la saña, y es mejor evitarlas de cara a futuro. Y puede que, entre las cosas que cambien tras el paso de esta pesadilla (no creo que sean muchas ni tan profundas como se dice) una sea la de acotar estos dos eventos, y que quieren que les diga, me parecería un gran avance social. Sospecho que en esto también me encuentro en franca minoría, pero quizás no tan exigua como en otras cosas.

El debate de esta semana tiene una derivada sentimental interesante. Más allá de las obligaciones familiares y sociales, ¿quiénes son realmente nuestros allegados? ¿qué personas, en nuestro fuero más íntimo, consideramos como tales? ¿es diez un número exageradamente alto para contabilizarlas? ¿esa chica tan guapa que pasa de uno, es allegada mía, aunque no lo sepa? Y así un conjunto de preguntas que, si somos sinceros al contestarlas, probablemente nos de la imagen de una vida más solitaria de lo que nos creemos y, sobre todo, hacemos creer a los demás. Sienten a su mesa a sus allegados reales, y veremos a ver qué reunión nos sale.

El lunes y martes es fiesta en Madrid y en casi toda España. Nos leemos, tras esos días fríos, el miércoles 9.

martes, noviembre 24, 2020

El problema de salvar la Navidad

En el proceso, de momento sostenido, de bajada nacional de contactos y apaciguamiento de las cifras de la pandemia, con una mortalidad diaria que vive en el entorno de los angustiosos dos centenares de personas, y con las perspectivas de una vacunación para la que se presentan pomposos planes pero aún no hay viales que la contengan ni suministro médico asegurado, la Navidad llama a la puerta en forma de tentación de normalidad, en deseo de reencuentro con propios y ajenos, y en ganas de fiesta. Se repite una y mil veces eso de “hagamos sacrificios ahora para salvar la Navidad” cosa que me parece un error en todos los sentidos.

Quizás este sea el año ideal para darnos cuenta de que el mejor regalo de Navidad posible puede ser vivirlas sin familia, con el ahorro de disgustos y broncas que eso conlleva, pero no parece que queramos aprovechar la oportunidad que la desgracia vírica nos ofrece. Más en serio, aunque lo anterior también lo era, subyace un pensamiento en políticos, gente de la calle y todo aquel con el que uno se cruce que no deja de repetir que las restricciones que ahora vivimos, y que empiezan a aflojarse con cierta prisa, son necesarias para doblegar ahora la curva y salvar la Navidad, en la creencia de que esos días de final de año y paso al nuevo 2021 sean lo más normales que uno pueda imaginar. Y eso es un gran error. El virus no conoce lo que es un día laborable o festivo, cosa que los humanos aprendemos casi antes de nacer, y le da igual el motivo por el que practiquemos actividades de riesgo que para él son un festín. Encuentros familiares, celebraciones, reuniones en locales cerrados, abrazos, ausencia de protección y distancia de seguridad, etc etc, y todo ello abundantemente regado con alcohol que contribuye a relajar todo tipo de medidas, no sólo las sanitarias. Para un epidemiólogo estas fiestas son la pesadilla perfecta, algo así como la emisión continua de deuda pública para un economista preocupado por la viabilidad futura de las cuentas. Es muy difícil transmitir la idea de que debemos comportarnos de otra manera en nuestros actos sociales y personales cuando, con ansia, vendemos el mensaje de “sacrifícate ahora para disfrutar después”. Ya vimos las consecuencias desastrosas que tuvo el relajamiento de conductas en verano, todo ello tras el mensaje institucional, de Presidente del Gobierno hacia abajo, demandando una vuelta a la normalidad, al consumo compartido, a no preocuparse. El virus volvió, porque no se ha ido, porque una vez que llegó ya va a estar siempre ahí, y la segunda ola era cuestión de tiempo, de esperar a que los contagios, primero silenciosos entre jóvenes y asintomáticos, revertieran en forma de afección, hospitalizaciones y muertes. ¿Aprendimos algo en verano otoño del desastre de la primavera? No. ¿Seremos capaces en Navidad de aprender de lo sucedido en verano otoño? Apuesto casi seguro a que tampoco. Y eso, si es así, se traducirá en repuntes de contagios al comienzo del año, y un amargo regalo de reyes en forma de curvas ascendentes de hospitalizaciones y, otra vez, de más muertos. Esto es matemático. Si no somos capaces de mantener distancia personal entre nosotros y limitamos nuestras relaciones el virus correrá entre unos y otros, y el espumillón navideño no forma parte del equipo de protección individual ni desinfecta en lo más mínimo. Correr para abrir la Navidad es, probablemente, correr hacia una nueva ola.

Este jueves es Acción de Gracias en EEUU, lo más parecido que hay allí a la Navidad, entendiéndolo como reunión familiar y generadora de enormes desplazamientos internos para volver a casa. Los contagios siguen disparados en aquel país y, sin precauciones, esta festividad puede espolearlos aún más. Este festivo norteamericano nos puede servir a los europeos de ensayo ante nuestras navidades, de test para ver cómo gestionar la fiesta de diciembre y los encuentros asociados a la misma. Allí, y aquí, otra vez, la responsabilidad personal será clave a la hora de afrontar el riesgo de contagios y la salvaguarda de los nuestros. Por favor, seamos responsables, hay vidas en juego.