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martes, septiembre 12, 2023

Catástrofes en Marruecos y Libia

Ha querido la casualidad que dos naciones vecinas del norte de África hayan sido golpeadas estos días por catástrofes naturales que han causado miles de vidas y destrozos. Distintas entre ellas, de origen diferente, y acción muy dispar, pero generadoras de balances que se miden en miles de muertos, en daños físicos abundantes y en un nuevo golpe a sociedades y economías que no necesitan demasiado para despeñarse por la pendiente de la miseria. Uno de los fenómenos se ha dado en una nación coherente y que es regida con poca piedad, el otro en lo que antaño fue un país y hoy es poco más que un campo de enfrentamiento entre bandas rivales.

Por proximidad y vínculos de todo tipo, el terremoto de Marruecos se ha convertido en la noticia de estos días en España y gran parte de la prensa global. El viernes por la noche un temblor de tierra de gran intensidad se dio en la zona sur del Atlas, una región con un largo historial de terremotos, pero ninguno de la magnitud y extensión del sufrido esa noche. El alzamiento de la placa atlántica bajo la presión de la africana provocó un movimiento de muchos kilómetros de extensión que llegó a asentirse levemente en el sur de España o en las Islas Canarias, pero que ha sido letal para cientos de poblaciones que están diseminadas por esa región. Marrakech, la ciudad más importante situada en las proximidades del hipocentro, ha sufrido daños serios, no tanto en sus infraestructuras, pero sí en la medida y otras zonas históricas. Construcciones de adobe, baratas y endebles, que ante un terremoto normal se comportan inadecuadamente, nada pueden hacer ante un movimiento de la intensidad como la que se ha registrado, y desde primeras horas del sábado se era consciente de que el balance de lo sucedido iba a ser mucho mayor que los cientos de muertos que se anunciaban por parte de los medios oficiales. A estas horas de la mañana el gobierno marroquí, obsesionado más por el control de la información y de la sociedad que por auxiliar a los damnificados, eleva a dos mil y mucho las víctimas mortales de esta tragedia, pero son muchos los pueblos que están en medio de montañas y valles a los que aún no se ha podido acceder, y en ellos la supervivencia habrá sido muy escasa. Transcurridos ya algunos días desde el temblor inicial la esperanza de recuperar supervivientes de entre los escombros decae, y más dado lo que antes comentaba, las características de las construcciones arrasadas, que se desmoronan como polvo, dificultando mucho más que, como sucede con las estructuras de hormigón, se puedan crear cámaras o espacios intermedios en los que, bajo los restos, bolsas de aire puedan contener a personas y darles una oportunidad de aguantar. El trabajo de los voluntarios españoles sobre el terreno comenzó ya el fin de semana, y es muy intenso estos días, pero las esperanzas son pocas, y uno de los principales objetivos es, literalmente, abrir rutas que permitan acceder a todas las localidades, a sabiendas de que el panorama en cada una de ellas va a ser muy similar, y desolador. Las quejas de la población marroquí sobre la tardanza de su gobierno en reaccionar y en suministrar ayuda son acordes con el funcionamiento de un régimen cuyo gobernante disfrutaba de su enésima estancia parisina cuando se produjo el temblor, y tardó bastantes horas en regresar a un país que detenta como si fuera una finca arrendada, con el desinterés propio del terrateniente que luce orgulloso sus propiedades pero que desprecia a quienes en ellos residen y trabajan. El ejército marroquí será, supongo, el que esté al tanto de la situación y se encargue en parte de ayudar a la población y, sobre todo, acallarla si llega el caso, impidiendo que protesta alguna eleve su intensidad. El turismo, una de las principales fuentes de ingreso del país, queda muy tocado. Una compañera de trabajo iba a Marrakech con amigas este próximo fin de semana. El suyo es uno de los miles de viajes cancelados y de euros que Marruecos no ingresará.

En Libia, país ribereño del Mediteráneo, sumido en una guerra civil desde hace años, el desastre lo ha causado la tormenta Daniel, la DANA que azotó Grecia y países fronterizos, que luego ha bajado de latitud y se ha ensañado con la costa libia, dejando precipitaciones torrenciales que han arrastrado de todo. Parece que la localidad costera de Derna es el epicentro de esta tragedia, con algunas imágenes que muestran barrios engullidos por un mar de lodo, o deshechos tras ser desprendidos por la fuerza del agua, y con más de dos mil fallecidos en sus calles según se informa, pero la situación de Libia es tan precaria y la ausencia de periodistas casi total, así que es difícil que sepamos la magnitud de esta tragedia y que logre escalar posiciones en los medios.

martes, febrero 07, 2023

Terremoto en Turquía y Siria

De entre todos los desastres naturales el terremoto es el peor de todos, porque a su capacidad de destrucción une la enorme extensión geográfica que puede llegar a alcanzar. Un volcán lo arrasa todo, sí, pero en una zona mucho más localizada, y a excepción de supererupciones, con impacto global, supone un fenómeno muy local, en el que las poblaciones distantes algunos kilómetros de la erupción pueden verse perfectamente libres de sus efectos (sí, cada caso es un mundo) pero en el terremoto, sea donde sea el epicentro, sus efectos se sentirán a grandes distancias y provocará daños lejos, muy lejos, en los que la fortuna y la renta del lugar determinarán finalmente quiénes pueden salvarse y quién no.

El terremoto que ayer se produjo en la zona fronteriza entre Turquía y Siria, con más de siete grados de magnitud, es enorme, y entre sus muchas réplicas se dio una que volvió a llegar a esos mismos siete grados, añadiendo inevitablemente un destrozo aún mayo al ya causado. La zona es un lugar de confluencias entre placas, tiene registros históricos de seísmos y, pese a que este ha sido de los más intensos, es un punto habitual en el que los sismógrafos no paran quietos. Sobre la superficie se encuentra uno de los lugares de conflicto perpetuo, con restos de la inacabable guerra de Siria, el problema kurdo y el este de Turquía, desde donde las milicias comandadas por Ankara realizan ataques frecuentes a todos estos vecinos. Es una zona en la que la renta no es alta, precisamente, las construcciones son convencionales y los efectos de un temblor evidentes. En todo caso, ante una magnitud tan elevada es probable que lugares con edificaciones más sólidas quedasen también muy afectados, con daños de enorme gravedad. No me gustaría experimentar un grado siete en Madrid, Londres, cualquier otra ciudad europea. El movimiento principal se produjo de noche, en medio de unas jornadas muy frías, con nevadas y vientos desapacibles, por lo que todo el que podía estar a refugio, bajo techo, allí se encontraba, y esto, evidentemente, agrava las consecuencias de unos derrumbes que se contabilizan, por ahora, en más de dos mil, con bloquees enteros desplomados como castillos de naipes y muchos otros convertidos en crueles remedos de la Torre de Pisa, tan inclinados como amenazantes. Las imágenes de ciertas localidades en las que la trama urbana ha pasado a ser una escombrera en apenas minutos dejan claro la magnitud de los daños, la irreversibilidad de los mismos y, tristemente, la idea de que el recuento de víctimas será muy extenso. A esta hora de la mañana las cifras oficiales hablan de 4.300 fallecidos y decenas de miles de heridos, pero la probabilidad de que estos números se queden muy bajos es elevada, cruelmente elevada. Se va a tardar mucho en desescombrar las zonas en las que los edificios se han apilado unos contra otros y es casi seguro que en ellos se encuentren muchos de sus moradores, que a buen seguro dormían mientras el invierno golpeaba tras ventanas y paredes, que pasaron en un instante de ser sus protectores a convertirse en verdugos. El trabajo de los que se afanan en rescatar a los que sea posible se ve dificultado, entre otras muchas causas, precisamente por ese tiempo invernal, que acorta las posibilidades de supervivencia de los que, milagrosamente, hayan encontrado un hueco que les proteja entre los escombros, y entumece la labor de los valientes que se enfrentan a montañas de cascotes y polvo, siempre en una carrera contra el reloj en la que cada segundo lo pone todo más difícil. Es probable que las imágenes que hoy nos lleguen de allí estén teñidas de blanco, de nieve nueva depositada sobre los restos de edificaciones. La habitual estampa bucólica de un paisaje nevado, que enternece, va a contrastar hasta hacerse insoportable con la crueldad de lo que va a cubrir, y entre el decorado níveo los que buscan vidas serán apenas manchas. Y los que, milagrosamente, aguanten, tendrán en el frío otro enemigo poderoso.

Ante situaciones como estas poco se puede decir, apenas mirar y compadecer a los que les ha tocado esta desgracia, y sentir un consuelo tan egoísta como innato al no ser uno el que se encuentra en esa situación, ni los conocidos, ni los entornos que conforman los recuerdos. La aleatoriedad de una tensión acumulada en una placa tectónica a varios kilómetros por debajo de la superficie se liberó ayer y ha segado vidas y bienes de una manera tan efectiva como absurda. Poco se puede añadir a tanto dolor, nada es posible aportar desde un texto escrito. Qué valentía la de los que trabajan rescatando, luchando contra el tiempo en todas sus dimensiones, y qué coraje el de los que a allí han acudido para ayudarles desde muchos otros países.

miércoles, enero 27, 2021

Tiembla Granada

Estupor y temblores es el título de una de las pequeñas y muy numerosas novelas de la escritora belga Amelie Nothomb, y viene al pelo para describir la sensación que nos deja este mes de enero, al que no le quedan ya muchos días, pero que puede ser capaz de hacer de todo en ellos. Estupor por las noticias internacionales, por el peso de la meteorología, por el desatado devenir de la pandemia, por todo lo que uno pueda ver en las noticias, y temblores metafóricos que se experimentan al sentir la pérdida de control, el miedo ante el avance del virus, el desastre económico que no cesa, la incertidumbre de miles y miles de personas que no saben qué va a ser de sus negocios y vidas. Las novelas de Nothomb siempre tienen toques autobiográficos y reverso sombrío, pero nada de lo que ha escrito se asemeja a todo esto.

Hablaba en el párrafo anterior de temblores figurados, pero es que desde hace unos días en Granada eso no es ninguna sensación, sino la mera descripción de una tierra que se mueve y agita. Varios son los temblores que se llevan produciendo los últimos días en el área cercana a la capital granadina, especialmente en la zona de Santa Fe, y que están siendo percibidos con toda propiedad por los habitantes de la ciudad. Se agolpan como en enjambres, varias sacudidas que se producen en series de seis o siete, acompañados de muchos otros no perceptibles, y luego otra vez la calma. Ayer por la noche se produjo otro evento de este estilo, a lo largo de dos horas, con unos siete temblores de alta intensidad, de hasta cuatro en la escala, que alteraron por completo el sueño y vida de los habitantes de la zona, y un montón de réplicas que no fueron sentidas por la población, pero sí registradas por los instrumentos. Granada es una zona sísmica, de las que más registros generan a lo largo del año en España, siendo el área pirenaica la siguiente, pero a notable distancia. El constante empuje que efectúa la placa africana en su deriva hacia el norte presiona a la placa europea y genera una zona de impacto con un plegamiento bastante visible, como es Sierra Nevada y toda la zona montañosa asociada. A lo largo de la historia no hay constancia de grandes movimientos y enormes destrozos, aunque sí de movimientos significativos y reiterados. De vez en cuando ha sido necesario reparar la Alhambra de grietas y desprendimientos, pero el que siga ahí es una muestra de que en los últimos siglos no se ha producido un terremoto de enorme violencia. De hecho, mirándolo por el lado positivo, el que se produzcan tantas réplicas de intensidad leve moderada es bueno, entendiendo como tal que la energía que se libera en cada uno de esos movimientos no se acumula para el siguiente. En esto de los terremotos es mucho mejor que haya varios medianos que sólo uno que lo libere de todo, por eso en las zonas sísmicas el paso del tiempo sin movimientos no hace sino acumular energía para los siguientes y darles un potencial cada vez más peligroso. Esto, fríamente, es lo que dice la teoría, pero ante la realidad de la sismología estamos inertes, los terremotos y volcanes son caprichosos y pueden actuar cuando les plazca, dejando muy pocas señales antes de que eso ocurra, señales que algunos animales son capaces de detectar con un precioso tiempo de antelación pero que nosotros y nuestra tecnología aún no pueden percibir. Se investiga constantemente la manera de poder predecir terremotos, sobre todo con el objeto de poder alertar a la población para que pueda ponerse a salvo y escapar de posibles derrumbes, pero no nos engañemos, seguimos muy lejos de ese objetivo, y la seguridad activa, ese actuar antes de, sigue en pañales. Se ha avanzado más en seguridad pasiva, para resistir los efectos del sismo una vez sufrido, y de hecho la normativa de construcción en Granda recoge aspectos técnicos que den algo de margen a las estructuras para poder aguantar los movimientos, pero hasta cierto punto.

Ante los temblores de Granada, literalmente, lo único que se puede hacer es esperar y ver. Hace no muchos años vivimos en Lorca la desagradable experiencia de un sismo que causó víctimas mortales y graves daños materiales en la localidad. Tendremos que confiar en la suerte y en el dictamen de los expertos en la materia, que ya están estudiando los movimientos de días pasados, y puedan atisbar qué significan estos movimientos y si se van a producir, en el corto plazo, nuevas réplicas de intensidad. Lo único seguro de esta ciencia es que, donde los ha habido, los habrá, pero el cuándo y de qué intensidad, lo siento, no somos capaces de determinarlo