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miércoles, julio 22, 2026

Nolan y la ambición

Es indudable que Chritopher Nolan posee un sentido de la ambición fuera de lo común. Sus producciones son mastodónticas, y el éxito que ha cosechado con varias de ellas le permite mantener unos ritmos de inversión y despliegue de medios que están al alcance de muy pocos. Algunos le critican por eso, aunque no veo nada malo en ello. Lo que sí apruebo es el paralelismo que no pocos le dan con Kubrick, uno de los grandes, en su deseo de hacer, en cada género que toca, la obra total que lo deja clausurado, el referente que marcará el paso al resto, la búsqueda de la excelencia, el hito.

A Kubrick se le tachaba de perfeccionista, de histérico, de dictador en sus rodajes, etc. Una serie de comentarios que no le importaban para nada y no impidieron que el cineasta norteamericano, exiliado por propia voluntad en Reino Unido, dejara joyas de la historia del cine que son clásicos sin discusión alguna, y que hoy en día siguen creando ciertos problemas de interpretación entre los que las ven. ¿Era ambicioso? Claro, lo era, porque pensaba que lo que estaba creando era mucho más importante que los que en ello participaban. Tiene pinta de que Nolan también trabaja con esa idea en mente, aunque lo que se oye de sus rodajes no lo pone mal en el trato personal. Tener ambición a la hora de crear una obra no es necesario, no la convierte por ello en superior, es la cantidad, calidad del trabajo y la genialidad del creador lo que le otorga a lo creado una cualidad que destaca sobre el resto, pero tener ambiciones grandiosas en la vida puede ser la única manera de levantar monumentos que perduren. En la época dorada de Hollywood existían directores y productores que sabían que estaban ante retos fabulosos, pero que si los lograban pasarían a la historia y se convertirían en estrellas globales. Títulos como “Lo que el viento se llevó”, “Ciudadano Kane”, “Ben Hur”, “Cleopatra” o “Gigante” requieren una ambición desmedida por parte de quienes los desarrollaron, pero junto a ese deseo de grandeza también existía una enorme cantidad de trabajo de mucha gente y la presencia de genios, delante y detrás de las cámaras, que lograron llevar a buen puerto unos proyectos que podían haber naufragado por sus propias dimensiones. “Titanic” es un ejemplo de película moderna sobrada de ambiciones que acabó siendo un éxito rotundo en todos los sentidos, pero que fue un empeño megalómano de James Cameron, que casi supone su ruina y que era vista, en un principio, como un ejercicio absurdo por parte de un director especializado en acción y ciencia ficción, con títulos muy buenos en esos géneros, pero que no iba a ser capaz de levantar una historia realista, y con unos costes de producción disparados. Lo logró. De hace dos años es la película “El brutalista” de Brady Corbet, una cinta de enorme extensión temporal, más larga que La Odisea (llega a las tres horas y media y fuerza intermedio) que es un ejercicio de ambición de libro por parte de un director apenas conocido, que no llega a los cuarenta años, y que con un coste no muy elevado quiso llegar muy lejos en su diseño y filmación. ¿Lo logro? Creo que sí, o al menos a mi me gustó, aunque reconozco que es una película que tiene barreras de entrada y que, si no se superan, puede hacerse muy cuesta arriba. Corbet pedía mucho a su productora y pide mucho al público, y en algunos casos lo tiene y otros no. Recibió numerosos premios que le valieron reconocimiento y prestigio, y el ajustado coste de producción le ayudó a no generar pérdidas en su recorrido comercial. Corbet no juega en la liga de Nolan, desde luego no en lo presupuestario, pero probablemente sí en la visión de la obra que crea como algo enorme, desmedido, digno de realizarse por encima de todo obstáculo imaginable, y con la idea de que ese monumento perdure en el tiempo y ante los que se presenta, que sirva de referencia. Seguro que en eso están ambos muy de acuerdo.

Sí, no hay mayor fracaso que uno en el que la ambición ha sido la máxima, porque soñar con el cielo y estrellarse es lo peor. Ansiar vivir en el suelo y caerse hace menos daño, pero es necesario que haya en el mundo de la creación personas ambiciosas, que vayan más allá del resto, que intenten hacer cosas que no se han logrado o que ni siquiera se hayan planteado. Pueden tener éxito o no, y si lo que se busca es sólo el éxito es probable que la ambición creativa sea cercenada. Soñar con nuevos retos es lo que puede lograr que el arte alcance cotas no logradas. Sí también desastres antológicos, pero bueno, así es la gloria, pertenece a los que quieren llegar al cielo…. Y consiguen flotar en él.

martes, julio 21, 2026

La odisea, de Nolan

Fui a ver la peli de la odisea con reparos. Había tenido la oportunidad de contemplar un par de veces los avances y, la verdad, no me gustaban. Eran oscuros, había escenas marítimas propias del Mar del Norte más que del Mediterráneo, me daban una sensación incómoda que me llenaba de temores. Por ello, cuando empezó la proyección, a sabiendas de que me esperaban tres horas de visionado, me puse en guardia con unas expectativas bajas. A ver lo que ha hecho Nolan con la historia más vieja jamás contada, madre de todas las demás, pensaba en mi interior. Lo cierto es que, poco a poco, me acomodé a lo que veía y, finalmente, no pude sino alabarlo.

La complejidad de la historia, las tramas cruzadas, la fantasía que se relata en muchos de los pasajes, la violencia que todo lo impregna… la odisea es, junto a la iliada, el relato fundacional de la literatura occidental, y junto a algunos pasajes de la Biblia, el origen de todo. El resto lo único que ha hecho en estos miles de años transcurridos desde entonces ha sido copias, variaciones, alteraciones menores en un relato basado en la marcha de unos hombres a una guerra cruel y el desquiciado regreso de uno de ellos a casa. Tan simple como eso. Nolan opta por centrarse en el segundo de los relatos, el que da título a la película, pero con fragmentos intercalados de la primera historia, la de la guerra de Troya, presuntamente provocada por el rapto de Helena, hija de Menelao, por París, príncipe troyano. Uno supone que todo el mundo conoce la historia original pero eso no tiene por qué ser cierto, y las idas y venidas en el tiempo del relato permiten hacerse una idea al espectador que desconozca el origen de la historia de dónde surge todo. Es en Ítaca, la isla de la que es rey Ulises, Odiseo, donde se ancla toda la trama, con el acoso de los pretendientes a Penélope, la mujer de Ulises, que espera su vuelta mientras que los demás ansían un trono y lo esquilman de paso. La película elimina algunos de los pasajes del libro, por necesidad material de tiempo, pero incluye otros con un detalle espectacular, como el del cíclope Polifemo, la bruja Circe, o el paso por la isla de las sirenas, realizando una variante de los efectos del canto que resulta muy interesante. Hay mucha discusión entre los exégetas sobre cuánto hay de pérdida en la vuelta de Ulises o de demora deseada por parte de un pillastre, que es como se presenta al personaje, y la película no deja nada claro si opta por una u otra alternativa. No esconde, eso sí, que el héroe de la historia tiene un componente de crueldad intenso, no es para nada un hombre de corazón puro y blanco, sino un interesado, un tramposo, alguien que puede ser vengativo cuando no es necesario, que en ocasiones es sometido por la hibris, esa expresión griega que hace referencia a la ira desatada que enloquece. A medida que avanza el relato vemos como Ulises se salva de sus peripecias, sí, pero cada vez carga con más culpas de lo que sucede a su alrededor, del destino de los que le acompañan, a quienes rige, y pierde progresivamente en cada uno de los avatares que suceden en el camino. El proceso de carga de la culpa sobre el héroe aparece como uno de los grandes puntales de toda la historia, la llena de dramatismo y, como es habitual en todas las películas de Nolan, prácticamente hace que no haya ningún momento jocoso. Todo es muy serio, cada vez más. En la parte final de la película se nos descubre el origen del dolor que acosa al protagonista, fruto de la guerra a la que fue hace ya años, a esa Troya mítica que era la joya de la civilización de la época y que sucumbió al asalto de las tropas griegas gracias, entre otras cosas, a la astucia de Ulises. La culpa de lo que allí sucedió le atormenta de una manera absoluta, moderna, total. Hay un homenaje a “El corazón en las tinieblas” o “Apocalipsys now” en medio de las ardientes ruinas de una Troya devastada, en la que el soldado sucumbe ante las consecuencias de sus actos. Es, a mi entender, el momento culminante de toda la película, y es imposible permanecer inmune ante él.

Con una producción de enorme altura, en la que se nota el cuarto de millar de dólares invertidos en cada momento, la cinta ofrece un espectáculo absoluto, pero sometido al desarrollo de la historia. Como pasa en muchas de las cintas del autor, exige al espectador de una manera bárbara y lo deja exhausto, pero a cambio ofrece un producto de un nivel técnico perfecto y que resulta conmovedor. Nolan logra, a mi modo de ver, una excelente versión personal de la madre de todas las historias, en la que imprecisiones como las señaladas por muchos respecto al tipo de armaduras y otras cuestiones de contexto no desmerecen para nada el resultado final. El reparto borda una exigencia extrema y la película está, sin duda, entre sus mejores trabajos. No se la pierdan.

martes, junio 23, 2026

Spielberg, y El día de la revelación

Acudir a una sala de cine y que se proyecté eso de “Dirigido por Steven Speilberg” no es sólo una garantía de calidad asegurada, sino volver al terreno añorado, a una casa en la que se sabe uno querido y se encuentra a gusto. Aún las películas que no son redondas de Spielberg entregan mucho más de la medía, y sospecho que nunca podremos agradecerlo lo que ha creado para todos, las imágenes en las que ha plasmado sus propios deseos vitales y nos los ha convertido en propios. Todos tenemos una peli de Spielberg, una escena particular, que ha penetrado hasta lo más profundo, que nos ha marcado. Eso pocos autores lo pueden decir. Muy muy pocos.

El título de la película no hace referencia al momento en el que Aldama empezó a desvelar las andanzas de Ábalos y la troupe de golfos que conformaban todos juntos, sino a la visión que el genio muestra de las conspiraciones ufológicas. Quiere creer el maestro que los extraterrestres han llegado hasta nosotros, en décadas pasadas, y que permanecen de alguna manera aquí. Sueña con el hecho de que si han logrado alcanzarnos no sólo poseen una tecnología fascinantemente superior a la nuestras, sino un grado evolutivo mucho mayor en el que la mayor parte de los instintos violentos que los humanos mostramos en demasía se han perdido, en aras de una convivencia colectiva en armonía, que aporta muchos más beneficios. Esa premisa ha estado presente en todas sus historias en las que ha habido un componente extraterrestre, es marca de la casa, y por tanto se puede considerar como el mayor hándicap a la hora de disfrutar de esta película, pero el mismo problema lo tenía ET o Encuentros en la tercera fase. La diferencia, si me apuran, es el nivel de cinismo que se ha alcanzado actualmente en la sociedad, donde la desconfianza en la dirigencia y en quienes ostentan cualquier cargo de responsabilidad es no ya creciente, sino casi imposible de superar (y viendo lo de Ábalos y sus jefes qué decirles). Spielberg habla al mundo desde una visión buenista, aunque no me gusta la palabra, que la sociedad no comparte, o ya no siente como propia, y eso lastra el resultado de esta película, en la que el desenlace puede no estar a la altura de las expectativas, en la que el clímax se alcanza justo en el vacío del conocimiento de una verdad oculta que muchos considerarían como una patraña más en un mundo de pantallas en el que el consumo de contenidos artificiosos no deja de crecer y que acabará superando al de historias reales. Si nos abstraemos de ese problema, la película funciona muy bien como una historia de tensión, persecuciones y personajes sometidos a fuerzas que les superan, sean estas muy terrenales o de origen paranormal. Como es marca de la casa, la producción resulta impecable y el realismo de todo lo que se ve es incuestionable. Spielberg sigue demostrando que, a su edad, nadie rueda como él, nadie es capaz de contar sólo con imágenes escenas completas, en las que los personajes se desnudan y relatan historias sin decir una sola palabra, porque lo que vemos ya nos lo cuenta. Eso es cine. En este sentido las cotas alcanzadas en Los Fabelman, su anterior trabajo, uno de los más deslumbrantes de entre los suyos, se muestran insuperables, no llegando en este filme a ese nivel de relato, pero es cierto que, como película de acción, la cinta no pivota tanto como la anterior en la vida interior de los personajes y sus relaciones como en la propia supervivencia de los mismos y de sus huidas. En todo caso, sea en las escenas de acción o en las relajadas, la precisión con la que rueda Spielberg logra sacar todo el jugo posible a un conjunto de actores que se muestra algo irregular, especialmente en sus caracteres masculinos, pero que desborda en los femeninos, con Emily Blunt y Eve Hewson comiéndose la tostada a todos los que comparte escena con ellos.

Si se quiere ver como una peli de acción, lo es. Si se quiere interpretarla como un alegato conspiranoico, funciona, si se busca una historia de encuentro y redención en la que el cariño entre personas y seres sea lo dominante, también cumple como tal. Las críticas que ha recibido el filme son dispares, y creo que, como señalaba al principio, se envuelven en exceso en un cinismo social que tacha a Spielberg de ingenuo, de ñoño, de no ser el adulto serio y duro que debe ser en el mundo de hoy. Es curioso que quien logró que muchos cerrasen los ojos porque no soportaban lo que Steven les mostraba en Omaha Beach el Día D sea tachado de infantiloide. Cada uno de los planos de sus películas velen mucho más que lo que yo pueda crear a lo largo de mi vida, y ese es punto de partida desde el que establezco mi juicio hacia su obra.

jueves, diciembre 18, 2025

Las plataformas arrasan

¿Cuántas veces ha ido usted al cine este año a ver una peli? Piénselo bien, no cuántas pelis ha visto, sino salas de cine que ha pisado. En esta muestra sesgada y nada significativa que es mi vida, les confieso que apenas una, con un amigo. He intentado ver otras dos o tres más, pero las ventanas de exhibición cortas, por las políticas de estreno de las plataformas, y lo imposible que se me hace entre semana ir a una sala por la tarde han hecho que mi presencia en los cines haya sido testimonial, ínfima. Apenas he contribuido a su negocio y, con unos cuantos como yo, la industria no es que tenga un serio problema, es que desaparece.

Viene esto a cuento de la noticia conocida ayer de que Youtube ha firmado un acuerdo para hacerse con los derechos de la gala de los Oscar, evento que la cadena de televisión ABC retransmite desde hace medio siglo, más o menos. Es todo un notición, porque independientemente del importe del contrato y de las modalidades de emisión que Youtube decida, si lo hará en abierto, será de pago o similar, el hecho supone todo un cambio en la industria audiovisual estadounidense, y un nuevo golpe profundo a la estructura televisiva convencional, a la de los canales lineales, cuya audiencia desciende suave pero constantemente, a costa del visionado en las plataformas, bien sean de producción de contenidos o de mera difusión de vídeos como redes sociales. También está ahora mismo en plena disputa la posesión del estudio Warner Bross, uno de los más importantes y míticos de Hollywood, por el que se están pegando, por un lado, Netflix, que oferta 83.000 millones de dólares por la empresas pero sin la división de televisión (eso deja fuera del acuerdo a Discovery y CNN, por ejemplo) y Paramount, que con el apoyo de contactos trumpistas ha elevado la puja algo por encima de los 100.000 millones por el paquete completo, cadenas de televisión incluidas. Que Netflix fuera la primera que hizo la puja vuelve a poner sobre la mesa el hecho de que, ya, son las plataformas de difusión de contenidos las que dominan el mercado, mientras que el clásico sistema de estudios de Los Ángeles decae, cuando no agoniza. La facturación de las películas no es ya, ni mucho menos, el mayor de los negocios en ese mundo. A veces hay excepciones, como fue el año pasado con Oppenheimer y Barbie, que lograron grandes taquillas, o este con alguna película de animación, pero, en general, los ingresos por exhibición de las cintas (que hace bastante que ya no son cintas) han ido menguando, tocaron fondo con la pandemia y no se han recuperado desde entonces hasta los niveles previos. Empieza a haber generaciones de personas para las que ir al cine ya no es un hábito de sus vidas, sino una rareza, algo incluso propio de mayores. El móvil y la pantalla de casa son los reyes del visionado, y los productos se elaboran para esos formatos y para formas de consumo en los que la demanda del consumidor sea la que determine cuándo y cómo se ve. Los atracones de capítulos, los maratones, ver la serie en el metro de camino al trabajo o de vuelta a casa… el consumo audiovisual se ha fragmentado en tiempo y forma, y en ese mundo la plataforma que distribuye el producto es la que es capaz de proporcionar a cada consumidor no sólo el producto que más le satisfaga, gracias al poderoso algoritmo, sino sobre todo cuándo y cómo le plazca, o directamente pueda. El ver una peli en un lugar físico determinado y a una hora dada del día empieza a ser algo muy restrictivo para mucha gente. Y eso puede acabar convirtiendo al negocio de los cines en una rareza, como la de la ópera, que sigue existiendo, sí, pero que no es relevante ni en lo económico ni en lo social.

Evidentemente todos estos movimientos también afectan a lo que se produce. Las plataformas conocen cada vez más los gustos de sus clientes y les dan visionados que les satisfagan, lo que muchas veces genera una burbuja de contenidos casi clónicos, en los que se hace realmente difícil distinguir entre una y otra serie. Si generan beneficios y satisfacen al consumidor, perfecto. Puede que la originalidad acabe refugiándose en el cine de toda la vida, cada vez con menos recursos, y por ello con la necesidad de experimentar para sobrevivir, y de ese proceso es donde pueden surgir ideas nuevas que, con el tiempo, acabarán siendo absorbidas por las plataformas y nuevamente clonadas hasta el hastío, y vuelta a empezar. El cine no se acaba, pero no creo que vuelva a ser nunca lo que fue.

miércoles, septiembre 17, 2025

Ese chico rubio llamado Robert

Extraños en un parque, los días del cóndor, dos hombres y un destino, todos los hombres del presidente, leones por corderos, memorias de África, las aventuras de Jeremiah Johnson, Brubaker, juego de espías, el golpe, el hombre que susurraba a los caballos, ….. uno puede empezar a recitar títulos de películas que ha visto en varias ocasiones y no parar en mucho tiempo, y en todas ellas, como actor principal o secundario, aparecer un chico rubio que luego se transformó en un señor pelirrojo que encandilaba tanto a la cámara como a la audiencia, especialmente al sector femenino, pero también a todo el que adoraba al cine.

Robert Redford murió ayer a los 89 años y en vida llegó a ser una estrella de fama mundial de unas dimensiones con las que no pueden ni soñar los que ahora se dicen influencers en las redes. En un mundo en el que el cine era realmente la fábrica de los sueños, en el que la industria del entretenimiento tenía a las películas como su mayor estandarte, Redford logró un éxito apabullante gracias a su calidad como actor y, porque no negarlo, a una belleza masculina que arrasaba. De hecho, uno de sus principales problemas de cara a la cámara, como también le pasó a su contemporáneo Paul Newman, era como lograr que la belleza de la imagen no opacase el trabajo de actor. Ambos consiguieron superar ese reto con creces, y con el aplauso unánime de todos los que se desenvuelven en el mundo de las películas. Redford, al contrario que Newman, que tenía aficiones muy distintas a las del rodaje, llenaba su vida con el cine, y a medida que fue cumpliendo años escaló en la profesión hasta llegar a ser un director de corta producción pero alta calidad. Trabajos como gente corriente o el río de la vida son más que suficientes para consagrar a alguien al otro lado de la cámara, y no contento con eso, se embarcó en la aventura de crear su propio festival de cine. Él tenía poder y acceso sin límite a los popes de la industria, de la financiación y producción, pero sabía que los que empezaban no contaban con semejante apoyo, por lo que decidió que su festival se iba a consagrar a eso que se llama cine independiente, el alejado de las grandes productoras. Su alejamiento físico del mundo del Hollywood californiano y su refugio en Utah le llevó a crear allí el festival, en la localidad de Sundance, que desde entonces es una cita importante en el mundo de los creadores. Su vida transcurría en ese estado, y residía en un rancho que compró en la época de esplendor de su carrera y en el que daba rienda suelta a sus intereses por la naturaleza. Además del cine, la preservación de esos entornos fue una de sus principales obsesiones, y se convirtió en uno de los primeros famosos que abrazó el mensaje ecologista, sin titubeos pero también sin histerias. A medida que cumplía años esa faceta de naturalista fue creciendo en él, quizás al ver cómo el mundo urbano iba consumiendo cada vez más espacio incluso en unos EEUU en los que el corazón de la ciudadanía sigue siendo, cada vez menos, una granja en medio de un sembrado en una planicie infinita. Redford nunca se retiró de la escena pública, daba entrevistas y acudía a su festival y a toda clase de galas y homenajes, pero era evidente que la salud empezaba a pasarle factura. La edad es cruel, lo es para todos, probablemente más para ellas, y desde luego despiadada para los que han sido guapos, y la visión de Redford a sus superados ochenta años mostraba las cicatrices del tiempo, de las operaciones y de la piel de los pelirrojos, que tanto sufre con el contacto con el sol. Su muerte, no se la causa, pilló por sorpresa ayer a medio mundo, aunque a esa avanzada edad el tiempo se sabe que se disfruta de regalo, casi con la sensación de préstamo que exige devolución rápida. Hoy no hay medio de comunicación en el mundo que no recoja la noticia de su muerte.

Hubo unos años en los que Redford era una de las personas más conocidas del mundo, en todo el planeta su imagen era reconocible. Era el rey de lo que se llamaba el “star system” la factoría californiana que creaba iconos globales que en todo el mundo eran seguidos y generaban pasión. Millones de personas en todo el mundo, la gran mayoría mujeres, han estado alguna vez locamente enamoradas de Redford, de su mirada picarona, de su semblante, que sabía ser a la vez gracioso y serio. Millones de personas lamentan hoy su pérdida y la rotura del corazón adolescente que esos ojos y rubios cabellos les causaron en sus años de juventud.

martes, abril 08, 2025

Esa escena de El Brutalista

Comentó Rosa Belmonte, a la hora de hacer la crítica, que esa escena era la mejor de la historia en la que se muestra la estatua de la libertad desde la de El planeta de los simios, que es insuperable. En su momento, al verla, se me hizo fugaz, excesivamente acelerada, sin poder entrar en detalles. Luego, pensando en ella, empieza a adquirir sentido cuando una comprueba que es uno de esos fugaces pases el escogido para ilustrar el cartel de la película. Algo profundo nos quiere decir con esa escena, y el significado se va desvelando a lo largo del metraje, que visto en la actualidad diaria que nos absorbe, resulta evidente.

Llegar a Manhattan y contemplar la estatua de la libertad era uno de los mayore sueños que uno podía albergar cuando se embarcaba en la diáspora que lo trasladaba al otro lado del Atlántico. De Europa se huía, del hambre o de la persecución, de la intolerancia religiosa o política, de la opresión, de la ruina, de las empresas fracasadas que no se podían reconstruir, y América, los EEUU, eran la esperanza para muchos, que llegaban apenas con lo puesto y con ganas de intentarlo en el país de las oportunidades, un lugar salvaje y despiadado pero que te permitía hacer lo que quisieras y en el que podrías forrarte si las cosas iban bien. Manhattan era el sueño urbano dorado y la estatua la señal de haber llegado a un lugar de promisión, refugio y esperanza. Puede sonar muy ñoño, pero durante gran parte del siglo XIX y hasta mediados del XX así fue, los problemas surgían de Europa y EEUU era la solución. Un país vasto, de dimensiones continentales, con un gobierno estable y una amalgama de refugiados de todas las nacionalidades posibles en el que siempre existía una comunidad que podía acoger a uno más llegado de la vieja fábrica de problemas europea. Esa estatua es uno de los mitos más poderosos de occidente, una señal de que derechos y libertades de la persona, reconocidos y defendidos por la ley, están en la base de nuestras sociedades y que serán siempre lo que las distinga. Regalo de Francia a la nación norteamericana, representa un símbolo de unión entre las dos orillas de un océano enorme, pero que hemos venido a denominar charco para hacernos entender que es sólo un trozo de agua que separa dos realidades diferentes pero con un fondo común. Por eso, la manera en la que se muestra la estatua en la película, muy distinta a la habitual, resulta paradójica. El plano habitual es el contrapicado, en el que el inmigrante que llega a la bahía del Hudson contempla la corona de espinas y la antorcha a lo alto, desde su pequeñez, como si fuera la gran recepcionista que le da la bienvenida a la nación, e impide que las pesadillas que le hicieron viajar traspasen ese umbral. Pero en El Brutalista la estatua se muestra forzada, violentada. El protagonista sube aceleradamente desde el fondo del barco en el que se ha escapado del infierno nazi al grito de sus compañeros, que le indican que ahí está. La cámara se mueve violentamente ascendiendo las escaleras hasta las cubiertas superiores, con el ímpetu del desposeído que llega a destino, salimos al exterior… y la estatua se muestra inestable, torcida, tumbada, apuntando hacia abajo. Unos pocos fotogramas de luz escasa, como de día cubierto, y el símbolo no está quieto, apuntando al cielo, sino que pega tumbos, y se llega como a caer. No hay gloria alguna en esa escena, no se eleva a los altares ningún símbolo, sino más bien lo contrario, se le golpea, se le rebaja de su pedestal y se le asoma a una especie de abismo en el que corre el riesgo de ser destruido. Ya les digo que son apenas unos pocos segundos, es un pasaje acelerado en el que uno puede perderse detalles porque va todo demasiado deprisa, pero no existe nada similar a la llegada a una tierra prometida, sino más bien lo contrario. El protagonista abandona su pasado, pero el presente es un país enorme que se le hace ajeno y que empieza a ver bastante alejado de la idílica visión que albergaba en su interior. Pese a los éxitos que pueda alcanzar en su carrera, la hostilidad que le provoca la sociedad en la que ha caído no deja de crecer. Es una película en la que el sueño americano tiene mucho de pesadilla.

Una de las mayores fortalezas de EEUU ha sido su papel de lugar aspiracional, de seguir siendo una nación fundada por pioneros que albergaban una idea, no un espacio atado a una tradición secular. Esa ciudad sobre la colina a la que se refirió hace ya siglos John Winthrop como aspiración ideal de justicia y libertad, de civilización frente a la barbarie, de la nueva Jerusalén que se alza frente al barbarismo. EEUU ha cultivado ese sueño y millones de personas de todo el mundo lo han hecho propio, y han convertido a esa nación en la más rica, poderosa y deseada del mundo. Si la actual necedad destruye esa idea, el golpe a la nación, a su prosperidad y futuro puede ser devastador.

martes, marzo 04, 2025

Anora gana el Oscar

Hasta hace pocos años trataba de mantener una rutina a principios del ejercicio para intentar ver todas las películas que estaban nominadas a la categoría de mejor film en la ceremonia de los Oscar, y así tener mi favorita personal y ver si el resultado era coincidente con mis gustos o no. El disparo en el precio de las entradas y, sobre todo, el que desde hace un tiempo la categoría de mejor película ha disparado sus candidatos hasta llegar casi a la decena ha hecho que esto sea casi imposible, por lo que últimamente la ceremonia se da entre películas rivales de las que apena puedo opinar. Curiosamente, no fue así el año pasado, cuando ganó Oppenheimer.

Pero vuelve a ser este, donde el triunfo se lo ha llevado una producción independiente, menor en ambiciones, llamada Anora, de la que no puedo expresar opinión alguna, porque no la he visto. De entre las candidatas, sí vi El Brutalista, que reseñé aquí y me gustó mucho, y veía claro el premio a Adrian Brody, y me alegra que le hayan otorgado también el reconocimiento a la Banda Sonora, que me encantó. Del resto de nominadas, hasta un total de diez, sólo Dune 2 también la tenía vista, y estéticamente me gustó, pero me dejó algo frío. Dos de diez es un magro balance para que pueda opinar, y es que este es otro de esos años en los que Hollywood premia, o selecciona, películas que no han sido un bombazo, y no me refiero a recaudación, sino a impacto. Es sabido que el cine ha perdido su preminencia como referente audiovisual, desbancado por las series televisivas en el caso de los adultos y por las redes sociales para el conjunto de la población. Hace unos años ganar el Oscar era sinónimo de encumbrar la producción a nivel global, pero eso hoy no pasa. De todas las nominadas ha habido dos que han acaparado atención mediática por encima del resto. Por un lado Cónclave, británica, que aspiraba a varios premios y tenía aire de favoritismo los últimos días, y que se ha llevado bien poco. Sí he leído la novela de Robert Harris en la que se basa (gran y entretenido escritor, no lo duden, lean sus obras) y no deja de tener su aquel que esa película esté en el candelero cuando el titular de la Santa Sede pasa su tercera semana hospitalizado y entre crisis respiratorias que a algunos ya les recuerdan al preludio de una sede vacante. La otra, que ha sido la película de la temporada es Emilia Pérez, francesa, que ha cosechado premios durante toda la temporada de festivales de 2024 y era el título que contaba con mayor número de nominaciones, y hasta hace pocos meses pareciera destinada a arrasar en la ceremonia del domingo. La temática y algún otro aspecto de la película (un semi musical) no me llamaban mucho y no tenía ganas de verla, pese a sus buenas críticas. El papel de Karla Sofía Gascón era reverenciado por todo el mundo, al parecer con razón, y finalmente Zoe Saldaña se ha llevado el Oscar a la mejor actriz de reparto, y ese, junto con otro de carácter técnico, ha sido el único de los trece a los que estaba nominado que la cinta ha conseguid. Evidentemente todo el escándalo de los tuits de Karla ha derrumbado las posibilidades de premio para la película, y desde luego para la protagonista, que pasó injustamente de ser alabada por todos a ser apedreada de una manera infame, empezando por el despreciable sujeto que ha resultado ser el director de la película, que mientras pudo se subió a la ola de Karla y fue de los que con más saña la repudió cuando su nombre empezaba a ser tóxico de cara a los premios. Emilia Pérez ha quedado sojuzgada por un asunto extra cinematográfico y se va casi de vacío de lo que podría haber sido su consagración. Esa es una de las noticias más importantes, y reveladoras, de la noche de los Oscar.

Se ha comentado mucho entre críticos y entendidos las despiadadas campañas de promoción de las candidaturas que se han desatado durante estos meses, habituales en Hollywood, pero en pocas ocasiones más crueles, descaradas y onerosas. Todos los productores estaban buscando un momento “Karla” en el que alguno de los protagonistas de las otras películas candidatas hubiera meado fuera de tiesto para sacarlo a la luz y hundir sus aspiraciones. Muchas productoras han gastado muchísimo más dinero en promocionar su película que en producirla, en un año de productos relevantes baratos (El Brutalista, diez millones de dólares, Anora seis). La carrera de los Oscar está llena de codazos, zancadillas y pisotones. Da para una buena peli.

viernes, febrero 07, 2025

La inquisición y Karla Sofía Gascón

Una de las películas de la temporada es Emilia Pérez, semi musical de origen francés. No la he visto. En ella gran parte del protagonismo recae en el papel que interpreta Karla Sofía Gascón, actriz y trans, que le ha valido numerosas nominaciones, como la del Goya de este fin de semana y el óscar, y ya le ha reportado premios como el recibido en Cannes a la mejor actriz. Allí soltó un discurso combativo relacionado con su experiencia trans, bastante ajeno a las cuestiones cinematográficas, y recibió aplausos y vítores por parte de todo el mundo. En la constelación progresista había nacido una estrella, y además era reconocida por su trabajo profesional.

Ahora mismo Karla Sofía Gascón es una apestada a la que todo el mundo lapida en público con la saña con la que se disfruta derribando estatuas de los pedestales. Alguien hurgó en los mensajes que ella había colgado en redes sociales en el pasado y se encontró con textos que no eran políticamente correctos, en los que se metía con los musulmanes, despotricaba contra las vacunas del Covid y cosas por el estilo. Esto ha supuesto un destrozo para su imagen, especialmente para la galaxia progre, y en estos tiempos en los que la corrección política resulta determinante, su pasado es insoportable. En este caso muchos de los abanderados de esa corrección, que dictan en sus tribunas cómo debemos comportarnos todos los demás en cualquier aspecto de nuestras vidas para ser aceptados, que actúan como los antiguos inquisidores, con igual dogmatismo, aunque ahora sin sotana, se han visto en un brete muy complicado. Por un lado Karla encarna el éxito de los trans, la reconstrucción del género como opción y la expresión de la libertad sexual y emocional que tanto encandila al mundo progre y revienta a carcas tipo voxeros y compañía. Por otro lado, resulta que en ese cuerpo autodeterminado existe una personalidad que tiene y expresa opiniones que en algunos casos podrían ser coreadas en mítines trumpistas, por lo que a esos dictadores de la corrección todo este mejunje les ha debido cortocircuitar las pocas neuronas que tienen, todas ellas sectarias. Finalmente han determinado que Karla debe ser sentenciada y condenada en plaza pública, y sobre ella ha caído el oprobio, la denuncia y el ostracismo. De ser la gran nominada a los premios ha pasado a ser una apestada a la que no se invita a gala alguna, no se menciona, se esconde, se oculta y se avergüenza. El director de la película, un sujeto llamado Jacques Audiard, ha pasado en pocas semanas de alabarla con una desmesura exagerada a acusarla de todos los males, repudiarla y apartarla como si fuera una enfermedad gravemente contagiosa. El comportamiento de Audiard, reconozcámoslo, es de una hipocresía tan inmensa como repugnante. Cuando ella era un activo para su película la utilizó, y cuando la dictadura del pensamiento la ha convertido en tóxica, la repudia. A Audiard lo único que le importa es que la peli que ha hecho triunfe, lo que significa que él triunfe, y si antes eso significaba una cosa y ahora es justo la contraria, pues se justifican ambas opiniones y aquí no pasa nada. Es un nivel de egoísmo despreciable que lo equipara a lo que vemos todos los días en la política. Audiard no es ninguna excepción. Desde el Ministro de no Cultura del desgobierno hasta el último de los famosetes de medio pelo entrevistados en cualquier medio de comunicación, prácticamente todos han pasado de gloriar a Karla a crucificarla, tratando primero de sacar tajada de ella y ahora, por causas inversas, hacer exactamente lo mismo. Es despreciable. ¿Es buena o no la interpretación de Karla en la peli? Eso es lo que se juzga en un premio de cine. No importa para nada la ideología del actor o si el actor antes era actor y ahora actriz. Eso no es relevante, no importa nada. Si se premia el trabajo que se hace sólo cuenta el trabajo que se hace. ¿O no se premia el trabajo? ¿Es su triunfo en Cannes y sus nominaciones una estafa?

Como siempre, volvemos a lo de “no es el qué, sino el quién”. Si Karla hubiera lanzado sus tuits insultantes sobre otro tipo de asuntos, pongamos Ayuso, los que ahora la insultan la alabarían, y no les importaría. La verdad, vivimos en una sociedad infantilizada y bastante de mierda. Me da igual lo que piense Karla Sofía Gascón, me parecerá una maleducada si no respeta la formas al opinar sobre lo que sea, y no me importa en lo más mínimo si antes se acostaba con unas y ahora con unos, o al revés o todo conjuntamente. Si ella es actriz, se le juzga como actriz por cómo interprete, y lo demás es mierda. Y sí, Karla, todos los que te decían querer hace meses ahora te desprecian, porque realmente ninguno te quería, todos te utilizaban. Al menos ahora sabes cuántos de los que te rodean son despreciables y cuántos merecen la pena.

Se me olvidó avisar el viernes que el siguiente artículo del blog será el miércoles 12 de febrero

lunes, febrero 03, 2025

El brutalista (para JLRC)

Brady Corbet, el director de El Brutalista, plantea su proyecto de película como un reto al espectador. Con menos de cuarenta años, es exigente como si perteneciera a otra época en la que el cine era la principal referencia social y cultural de su tiempo. El formato de la película, su estructura, su montaje, su extensísima duración, la existencia de un intermedio forzado que se proyecta con cuenta atrás en la pantalla… todo parece hecho a la contra del público ávido de hoy, del que espera con ansia una sucesión de ventos sin freno en plan montaña rusa, que carece de paciencia. Si ese es su caso, no vaya a verla, se aburrirá mucho. Esto no es otra película de acción.

La historia no es muy complicada. Se cuenta la vida de Laszlo Toth, un arquitecto húngaro de origen judío que sobrevive al Holocausto y llega exiliado a los EEUU, donde trata de crear una nueva vida y, de paso, traer a su mujer y sobrina, que se han quedado en el Budapest tomado por las tropas soviéticas. El personaje es ficticio, pero es la figura de Walter Gropius, uno de los principales representantes de la escuela de la Bauhaus y, también, exiliado en EEUU, la figura que parece ser la inspiradora de la trayectoria que se nos muestra en la pantalla. La mayor parte de la trama consiste en el encuentro semi fortuito entre Toth y un riquísimo empresario, Van Buren, que vive en las afuera de la Philadelphia en cuyos arrabales reside el arquitecto, y del proyecto de memorial que el millonario plantea levantar en homenaje a su difunta madre, estructura multiuso que en la película adopta formas y conceptos que arquitectos modernos como Tadao Ando o Dhaniel Libeskind han hecho realidad en sus obras. La forma de contar todo esto es lo que condiciona la película, de tal manera que tenemos una trama que avanza de manera más o menos lineal, con interludios en los que se produce una progresión sosegada frente a saltos bruscos que generan dudas sobre lo que se ha visto y lo que no. El tono es sosegado y hay cosas que se insinúan y no se muestran, mientras que otras se explican de manera descarnada y alguna queda sin que el espectador, al menos yo, sea capaz de explicar completamente. La estética juega un papel fundamental en la película, y es muy especial, y eso hace que, ya le aviso, no sepa si debo recomendársela o no, porque habrá algunos a los que les subyugue mientras que para otros generará un rechazo frontal y supondrá un muro insalvable que les echará para atrás. Eso puede hacer que la opinión sobre lo larga que es y se hace la película sea de lo más discutido. A mi no se me hizo cuesta arriba, pero reconozco que si no se entra en el juego se puede acabar convirtiendo en un tostón para el espectador, ausente de la propuesta. Estructurada en una obertura,, tres partes y un epílogo (a mi modo de ver, lo más flojo de todo) la oscuridad de la vida de los personajes va creciendo a medida que, curiosamente, se muestra una imagen de los EEUU nada idealizada, llena de sombras, hipocresías, necesidad y discriminación. El peso de los orígenes judíos del protagonista y su familia no deja de crecer y la evidente falta de integración en la sociedad norteamericana, retratada como protestante y obsesa con lo económico, hace que el sionismo empiece a adquirir cada vez más importancia en las motivaciones vitales del protagonista y su entorno. También es profunda la crítica a la discriminación social, de tal manera que se muestra una nación en la que el progreso económico, que se vende como la vía para conseguir los sueños, no tiene nada que hacer frente a convenciones de clase, color o religión, dejando claro en todo momento quienes son los que manda y quienes los acogidos, que deben mostrar agradecimiento a los auténticos dueños del destino. En ese sentido, y aunque se esté retratando una época de crecimiento y esplendor en el país tras la IIGM, instalado ya en su papel de imperio global, es un film muy crítico con la idealizada visión de EEUU. Ya la imagen de la estatua de la libertad que se proyecta cerca del inicio, potente pero demasiado breve para causar el impacto que se busca, dice mucho más de lo que parece. Es la que se incluye en el cartel promocional de la película.

El reparto está sobresaliente, como era de esperar. Adrian Brody demuestra que nadie sufre en pantalla como él ni tiene una nariz tan personal como la suya. Felicity Jones y Guy Ritchie, como mujer del arquitecto y millonario que le contrata, recrean dos papeles muy difíciles, sobre todo el de ella, de envés complejo, donde son varias las personalidades que se muestran con una total credibilidad. En cierto sentido, el título también señala que el espectador va a ser sometido a un esfuerzo brutal de comprensión, de aguante físico. No me parece una obra maestra, de esas que marcan su tiempo, no se si quedan ya cosas de esas, pero sí algo muy distinto a todo lo que hoy en día existe en las salas. Un acto de cinefilia profunda. Y sólo por eso ya merece la pena verse.

viernes, abril 26, 2024

Civil War, la película

El fin de semana pasado vi Civil War, película del director británico Alex Garland. Precedida de buenos comentarios, acudí a la sala con ganas de que me gustase y expectativas elevadas. Eso es peligroso, en casi todos los aspectos de la vida, pero en este caso no supuso problema alguno, porque el producto que me encontré superó, en prácticamente todos los aspectos, lo que me esperaba. Enclavada en un tiempo equivalente al nuestro, pero en una realidad alternativa, nos presenta a unos EEUU sumidos en una guerra civil en la que Texas y California, junto con parte de Florida, se han alzado contra un presidente que, en su tercer mandato, vive atrincherado en la Casa Blanca.

La acción se desarrolla en la costa este del país, tras lo que parece ser un tiempo largo de combates, en el que la sociedad que conocemos ya ha sucumbido en gran parte y la violencia armada, organizada o simplemente gansteril, se ha adueñado del paisaje. No queda nada claro cuáles son las motivaciones de los contendientes ni las ideologías que los respaldan, siendo en este sentido una guerra abstracta, en la que los bandos no generan empatía a un espectador que es lanzado a una moderna visión del infierno con el decorado de la opulencia norteamericana. En los barrios de extrarradio donde habitualmente se desarrollan tramas de comedia o vida de cualquiera de las series que conocemos a miles se vive una situación bastante afgana, de anarquía, de violencia. Los protagonistas de la historia no son los combatientes, sino un grupo de fotoperiodistas, dos veteranos, uno ya jubilado que persiste en su profesión y una muy joven que admira a los que al género se dedican y se cuela en el grupo. En su viaje de Nueva York a Washington, para tratar de cubrir el posible asalto de las tropas rebeldes a la capital, se suceden episodios en las carreteras secundarias que deben tomar al estar destruidas, o tomadas, gran parte de las autovías del país. Los periodistas buscan la noticia por encima de todo, la foto y se juegan la vida, en ocasiones de manera absurda, para lograrla, sin que les parezca importar demasiado lo que ocurre a su alrededor, o, desde luego, menos de lo que vale para ellos una instantánea. La sensación que da el filme no es, ni mucho menos, de idealización de la profesión de reportero, y el personaje principal, excelentemente encarnado por Kirsten Dunst, ofrece sin cesar el agotamiento de haber vivido demasiada crueldad, demasiado horror sin sentido, repetido una y otra vez a lo largo de su carrera en naciones que ella consideraba lejanas a su mundo. El contemplar esa realidad en los escenarios de su vida, de su nación, la destruye por dentro, y tiene el espectador la sensación de que la película también trata de la descomposición del personaje, de una vocación que se va corroyendo por una realidad que la supera con creces. En algunos de esos episodios el grupo de protagonistas es sometido a choque brutales con una realidad para la que no están preparados, y por momentos se les ve como meros peleles, superados por los acontecimientos. El muy veterano de entre ellos parece ser el único consciente desde un principio del desastre en el que viven, y de lo poco que sus vidas valen allí. Hay una escena en una granja, donde se ven obligados a parar por cuestiones que no adelantaré, que el director enfoca desde el más puro terror, donde todos serán sometidos a un examen vital. Quizás sea el momento más duro de toda la película, el que más te clava en el asiento y, curiosamente, está dominado por el silencio de un idílico entorno campestre, un paisaje de hierba y flores que encandila. Las voces de los protagonistas y de quienes están en la granja son las únicas que se oyen, pero el terror puro, de una manera que recuerda a cómo Stephen King va elevando el diapasón en sus relatos, se hace por completo con la escena y se desata de una manera imprevista y desoladora. Desde ese momento ya nada será igual para los componentes de la expedición y, me atrevo a decir, para el espectador.

Con escenas de cine bélico de enorme intensidad, la producción de la obra es excelente y el uso del sonido en la misma resulta perturbador. Pocas veces se han escuchado en una película los disparos como en esta ocasión, detonaciones sueltas o ráfagas que te penetran y llenan de dolor. Apenas hay momentos de relajo en la trama y la tensión se mantiene hasta el final. El uso de la violencia es explícito y sin remilgos, por lo que es recomendable acudir a verla a sabiendas de que, como pasaba en obras memorables como “Salvar al soldado Ryan” o “Hijos de los hombres” la pantalla nos va a golpear sin contemplaciones. Es una excelente película, recomendable en todos los sentidos. Y muy perturbadora por la realidad, factible, que plantea.

martes, enero 30, 2024

¿Conocen a Liberty Valance?

Ayer por la noche La2 de TVE echó “El hombre que mató a Liberty Valance” excelente película de John Ford, una de las mejores de la historia. El western que cierra la etapa clásica del género, que la abrió el mismo director con “La Diligencia”. Es una obra cumbre en la que la acción está mezclada con profundas reflexiones sobre la política, la ley, la violencia, la educación y todo lo que hace que las sociedades avancen o se hundan en el salvajismo. El reparto, sobresaliente, es capaz de transmitir el miedo que domina a los personajes, el amor que les corroe... emociones con una puesta en escena sobria que atrapa al espectador. Es una obra digna de Shakespeare.

Bien, no quiero hablarles de la película, ni de delincuentes que se ponen a escribir leyes, como los que ahora mismo nos gobiernan, sino del mero hecho de si saben ustedes de qué película les hablo. Ayer, en la oficina, al ver en la web que esa noche se iba a emitir esa cinta lo comenté en alto, y descubrí que en mi entorno la mayor parte de los que me rodeaban no sabía de qué estaba hablando. Afortunadamente hemos tenido incorporaciones en el trabajo para cubrir jubilaciones que llevaban tiempo sin ser reemplazadas, y un grupo de tres personas, de los veinte muchos a los treinta y pocos, han venido a suplirlas. Son buena gente, con carácter suave y ganas de trabajar. De ellos, dos, las más jóvenes, que no alcanzan los treinta años, no tenían ni idea de qué película les estaba hablando, ni sabían quién era John Wayne o James Stewart, los dos principales protagonistas. Ampliando algo más el foco vi que otro de mis compañeros, y un excelente amigo, de cuarenta y pocos años, tenía nociones sobre Wayne, pero de esa película no le sonaba nada, salvo que suponía que sería vieja y en blanco y negro. A la hora de la comida, que por causas diversas ha hecho que se acabe convirtiendo en una reunión en la que abunda gente de edad algo superior a la mía, y bastante más graduación profesional (yo soy el de menor rango de mi trabajo) probé a sacar el tema para ver cuántos conocían la película en cuestión, y el resultado fue relevante. Pocos. En este caso se trata de un clásico absoluto del cine, de una de las cintas más reverenciadas por la crítica de todos los tiempos y una obra de temas universales que no ha envejecido en lo más mínimo, pero para ciertas generaciones es algo que, en la práctica, no existe. Uno podría encontrarse con una situación así ante obras de cine algo más complejas, destinadas desde un momento a no ser un producto de gran consumo, pero la filmografía de John Ford buscaba tanto la grandeza en la obra como la comercialización, el éxito, y lo tuvo a raudales. A lo largo de la tarde, haciendo cosas en la oficina, no dejaba de fondo de darle vueltas al tema, y sacando recuerdos y sensaciones de estos últimos años, y de testimonios de amigos de edad menor a la mía, iba llegando a la conclusión de que la época dorada del cine hace tiempo que se acabó, entendiendo por dorada no la de sus mejores creaciones (en esto también hay mucha discusión) sino como aquella en la que el cine era la industria cultural que marcaba tendencias, que ofrecía los productos que había que ver, que era consumida en masa por una población con recursos económicos y ocio. En el verano de 2023 dos películas han resucitado la taquilla global, Oppenheimer y Barbie, pero se han convertido en excepciones en un negocio que lleva años declinando frente a otras alternativas de ocio como la televisión y su burbuja de series o, sobre todo, la infinidad de contenidos que están al alcance del móvil, que en algunos casos también son películas, pero sobre todo son otras cosas. El consumo de cine es menos relevante de lo que lo era antaño, las salas cierran por doquier por motivos de demanda y de cambio tecnológico, y la relevancia de los estrenos va bajando poco a poco. El grueso del negocio del entretenimiento ya no está allí, la industria de las películas está ya en su fase decadente.

¿Quiere decir eso que el cine se ha acabado? No, como no se han terminado otras artes como el teatro o la ópera o los conciertos de música clásica, que siguen existiendo, y tienen su público, pero son secundarios en el mercado del entretenimiento. Probablemente nunca se consuma tanto cine como se hizo en el siglo XX, y Hollywood no vuelva a ser lo que era, ni financiera ni como anhelo, pero aun así el valor de todo lo que esa industria ha creado es enorme, y ahora la tecnología permite que alguien, con muy pocos recursos, pueda ver esas obras desde su casa cuando quiera, sin someterse a la rigidez de horarios o desplazamientos a salas que puedan estar muy lejos de su localidad. ¿Quién habrá que, habiendo visto la peli de John Ford, no le haya gustado? Esa debiera ser la pregunta relevante

miércoles, julio 26, 2023

Oppenheimer, el efecto en la historia

La historia que relata la película es real, y aunque conocida, es una de las que menos se valora a la hora de analizar cómo nuestro mundo es como es. El desarrollo de la bomba atómica y su uso cambiaron por completo las reglas de la guerra, y no sólo supuso el final de la II Guerra Mundial y el entronizamiento de EEUU como líder mundial, sino una nueva era en la que, por primera vez en la historia, el hombre sí poseía los medios para destruirse a sí mismo. Todas las guerras anteriores a esta eran, por definición, limitadas, porque el grado de destrucción que se podía alcanzar era cada vez mayor, pero siempre concentrado en un punto. Uno escapaba de allí como fuera y salvaba el pellejo. A partir de Hiroshima ya no hay a dónde escapar.

Uno de los personajes que aparece en la película, Edward Teller, es el creador de la bomba H y el que espolea a EEUU para crear su arsenal de armamento nuclear y el conjunto de vectores que le permite alcanzar cualquier punto del mundo y, en su caso, destruirlo. El proceso de creación de ese arsenal se dio casi en paralelo entre EEUU y la URSS durante las décadas de los cincuenta y sesenta, dando lugar al escenario de destrucción mutua asegurada, lo que en inglés se llama MAD (y que corresponde, que cosas, a la palabra española loco). En este equilibrio del terror cada uno de los contendientes tiene capacidad de destruir no sólo al otro, sino al mundo entero, y sabe que el inicio de una guerra global supone el final de nuestra historia como humanos. El crecimiento de los arsenales de las dos superpotencias se produjo mientras terceros países iban accediendo al club nuclear no tanto con el objeto de atacar a otros sino con la idea, espeluznante pero certera, de que tener la bomba impone el miedo, y eso les protege de las intenciones agresivas de otras naciones. China, Reino Unido, Francia, India, Pakistán e Israel, este último de manera no oficial, son los países que a día de hoy tienen armamento nuclear declarado, con capacidades muy inferiores a las rusas y norteamericanas, pero lo poseen, y eso los hace respetables. Hay un nuevo país que hace no mucho se ha unido al club, que es Corea del Norte. El régimen de Kim llevaba tiempo buscando tener la bomba por ser esa la garantía de su supervivencia, la pieza que infunde el miedo que garantiza la respetabilidad, y en cuanto pudo hizo una prueba subterránea para que todos los que miden en el mundo lo detectase. Y desde entonces Pyongang ha pasado a ser un lugar más respetado, o temido, como quieran. Irán la busca, y su proceso de enriquecimiento de uranio no es sino una cortina de humo vestida de investigación civil con fines energéticos que trata de obtener material fisionable propio para desarrollar la bomba. De tenerla, empataría con Israel y el equilibrio del terror se daría en una de las zonas más conflictivas y llenas de odio del mundo. Oppenheimer crea la bomba como respuesta ante una guerra que no cesa, y en su ilusión está el que ese artefacto sea el que acabe con todas las guerras, pero no tarda demasiado tiempo en darse cuenta de que su creación ha dado a luz un nuevo mundo mucho más peligroso, en el que la caja de pandora de la guerra nuclear se ha abierto y ya no se puede cerrar. Los cerca de 250.000 muertos de Hiroshima y Nagasaki pesan como una losa sobre él, no tanto al principio, pero sí cada día que pasa desde que la IIGM es historia y se da cuenta de lo que ha hecho, y su papel como antibelicista crece en un mundo polarizado en el que el riesgo de una tercera guerra entre occidente y el comunismo es cada vez mayor. Sabe que en esa guerra no ganaría nadie, pero observa atónito como los arsenales crecen, en una acumulación absurda de riesgos, en una carrera en la que la posibilidad de un simple error basta para que la humanidad se consuma en el infierno por ella misma desatada. La película muestra esto con una intensidad mayor a medida que nos adentramos en los últimos años de vida del protagonista.

Ha querido la casualidad, la suerte o vaya usted a saber qué que no se hayan producido errores fatales que nos hayan llevado a la destrucción de manera absurda. En los ochenta hubo alguna posibilidad de que se desatase la guerra entre EEUU y Rusia por falsas señales que, afortunadamente, fueron no tenidas en cuenta. En la crisis de los misiles de Cuba quizás es cuando estuvimos más cerca de la conflagración declarada, pero afortunadamente no sucedió. Pero el armamento nuclear sigue ahí, y vemos como el mafioso de Putin lo utiliza de farol para amedrentar, y el hecho de que ayudemos a Ucrania pero pelee sola se debe, sí, a que en frente el enemigo tiene armas que nos arrasarían en minutos. Oppenheimer cambió las reglas de la guerra y del mundo, y fue de los primeros en darse cuenta de ello.

martes, julio 25, 2023

Oppenheimer, la película

El director Christopher Nolan es un obseso de la perfección, y en cada una de sus obras busca construir la que quede como referencia para el género. Lo ha hecho en el cine de superhéroes, en el de acción y en la ciencia ficción. Sus películas disfrutan en la complejidad, en trucos de tiempo y en no permitir descanso alguno al espectador. Hasta ahora todas sus obras han sido ficción y, aunque Dunkerke se basa en hechos reales, sus protagonistas han sido inventados, seres que no han existido y le han dejado enorme libertad para crear. Salvo Tenet, su filmografía me parece un logro y va camino de ser referencia. Quiere ser el Kubrick de nuestra era.

Para su última obra Nolan no se ha ido a un mundo de fantasía, sino que ha cogido un enciclopédico libro de memorias escrito por dos expertos, que aún no me he leído, y se ha embarcado en la vida de Robert J Oppenheimer, el conocido como padre de la bomba atómica de EEUU. El riesgo que abordaba en este trabajo era enorme, porque someter a un director acostumbrado a la fantasía a los rigores de una historia conocida, llena de personajes famosos a lo largo de parte del siglo XX es la vía más segura para que una forma de trabajar se estrelle contra los muros de la realidad. La expectativa que había en torno a la película aumentaba la sensación de vértigo, la posibilidad de que el estilo Nolan se diera de bruces contra algo que no es a lo que acostumbra. Ya les puedo anticipar que no tengan miedo a este respecto, porque el director sale triunfante de su arriesgada jugada, entre otras cosas porque trata muchas escenas de la realidad histórica con la extraña y compleja manera con la que aborda los viajes espaciales o los sueños anidados. Las tres horas que dura la cinta, rodada en película, por lo que el término “cinta” mantiene todo su significado, son un exigente examen al espectador, que no tiene tiempo para aburrirse en lo más mínimo, que no puede desconectar porque en todo momento se le suelta información relevante, y que siente que la película podía haber sido mucho más larga aún si el estudio se lo hubiera permitido. Tres son las historias que, en la práctica, se cuentan en paralelo durante la trama; La comisión del Congreso de EEUU que estudia avalar a Lewis Strauss, responsable de la agencia de seguridad nuclear del país, como miembro del gabinete; la comisión que investiga las actividades filocomunistas de Oppenheimer con el objeto de si corresponde retirarle la acreditación de seguridad que le permite seguir participando en el desarrollo de armas y tecnología nuclear y el propio proceso de construcción de la bomba en Los Álamos, como una de las partes decisivas del proyecto Manhattan. Cada una de estas historias se desarrolla en un momento del tiempo distinto, de más cercana a la actualidad a más lejana según las he ido presentando, pero al igual que hiciera en Dunkerke, Nolan las solapa y mezcla dando la impresión de que se llevan a cabo de manera simultánea, lo que permite contemplar la experiencia del protagonista de la película no de una manera lineal, sino como un conjunto de bucles que se entremezclan y aportan toda la complejidad posible. Probablemente son las tramas no relacionadas con Los Álamos las más desconocidas para el espectador, que sí sabe algo de la bomba y del resultado de la prueba (Trinity) y de sus consecuencias, y también son las que se pueden hacer más áridas por sus diálogos complicados y la sobreabundancia de nombres, testigos, intervenciones y cruces de parlamentos entre todos ellos. En parte hay momentos en los que estamos en una película de juicios de las que tanto les gustan a los norteamericanos, y algo no nos encaja con lo que esperábamos ver, pero si el espectador es paciente irá componiendo el puzzle que Nolan le muestra y podrá comprobar hasta qué punto las piezas encajan. Tras ello, la figura del Oppenheimer aparece con todas las aristas posibles y asistimos a su transformación personal de una manera como muy pocas veces una película ha logrado retratar. El resultado asombra.

Técnicamente perfecta, sin efectos digitales, con una música constante que puede volverse por momentos machacona, y un sentido del ritmo exagerado, sin descanso alguna, la película es excelente. El reparto trabaja de una forma soberbia, con Cillian Murphy erigido como protagonista absoluto y Robert Downey Jr como el robaescenas perfecto, dando una lección soberbia. Ellos y ellas dan lo mejor de sí en una película que avasalla, en la que el momento culminante, el de la prueba, es de los pocos en los que el silencio es el dominante. La explosión, real, no nuclear, filmada, se plantea no como el culmen, sino como el punto de inflexión de la vida del protagonista. Si disponen de tres horas no lo duden. Eso sí, probablemente salgan agotados.

viernes, julio 14, 2023

Huelga y problemas en Hollywood

Ayer el sindicato de actores anunció que se une a la huelga que mantienen los guionistas desde hace ya varias semanas, con lo que la paralización de la industria el entretenimiento en Hollywood va camino de ser total. Los guionistas ya han conseguido que los programas de entretenimiento nocturnos tengan que recurrir a vivir de emisiones grabadas, pero las producciones de películas y series se mantenían gracias a trabajos de guion que llevaban ya tiempo consolidados. Ahora todo el sistema de producción y grabación se va a parar, por lo que las consecuencias económicas serán mucho mayores. También en el entretenimiento.

Las causas que aducen los huelguistas tienen que ver con las clásicas reivindicaciones salariales y con aspectos más complejos y modernos, como el papel de la IA en el mundo del espectáculo, donde el recurso a programas de este tipo para desarrollar tramas o crear personajes virtuales es, directamente, una manera de suplir a los efectivos humanos, hasta ahora imposibles de reemplazar. Todo esto coincide con un año en el que las recaudaciones de muchas de las producciones esperadas como exitosas están siendo decepcionantes, siendo muy generosos. Títulos como Flash o Indiana Jones se han estrellado en taquilla, y otras producciones como Elementos, la última de Pixar, que se estrena hoy en España, han sido de las que menos caja han hecho para la mítica productora de animación. Factores políticos propios de esta absurda época en la que vivimos han contribuido a que la última de Pixar se estrelle. También el papel de las plataformas ha cambiado notablemente el ecosistema, y en el caso de Pixar eso es un factor obvio. Las últimas producciones del estudio se estrenaron directamente en la plataforma de la casa, Disney+, por lo que quizás muchas familias, el objetivo de público principal de la casa, se han empezado a acostumbrar a ver el estreno juntas en casa, no en la sala, lo que supone un gran ahorro en transporte, palomitas y demás costes asociados habitualmente a una visita al cine. El coste de pagar la suscripción a la plataforma seguirá siendo el mismo, se vea el estreno allí o en la sala de cine, y el llevar la comodidad de lo novedoso al salón, inevitablemente, retrae gente de las salas. El mercado chino, otra de las grandes fuentes de ingresos en la vida comercial de las películas, está flojeando desde hace más de un año, otra evidencia de que la economía china no avanza como debiera. Uniendo todas estas cosas el panorama financiero de Hollywood de este año pinta bastante más que gris. Cada uno de estos estrenos que no han funcionado han supuesto cientos de millones de euros de inversión para unos estudios que saben que algunas de sus producciones funcionarán y otras no, es la vida habitual de estos productos, pero que no pueden aguantar rachas muy largas de fracasos antes de empezar a hacer recortes. Otro factor, no menor, del que no se habla mucho, es que las galas de los Oscar, que llevan años retrocediendo en audiencia, han dado sus premios en las últimas ediciones a títulos que han generado unas recaudaciones en taquilla realmente bajas. Coda o Todo a la vez en todas partes, por poner los dos últimos, son películas pequeñas en presupuesto, financieramente irrelevantes y que han dado poco más que los costes que supusieron, por lo que no han representado nada en el mundo económico del sector. El año pasado fue Tom Cruise con Top Gun 2 el que logró que las cuentas de la industria se maquillasen, porque fue un título que funcionó muy bien, apelando al espectáculo y a la ya típica nostalgia. Esta semana llega aquí otra edición de Misión Imposible, cada vez más espectacular, que tiene el reto no ya de que el actor sobreviva a los excesos que se impone, sino tratar de hacer un ingreso suficiente para que sea rentable y el estudio no sufra.

La semana que viene se estrenan mundialmente dos producciones enormes, con la intención de comerse el verano y hacer taquilla a lo loco. Y son dos películas muy diferentes. Por un lado, Barbie, la recreación de la vida de la muñeca de Mattel, un proyecto tachado de absurdo desde un principio pero que lleva tiempo creciendo en expectación y ganas. Por otro lado Oppenhemier, de Christopher Nolan, sobre la vida del científico que lideró el proyecto Manhattan que dio lugar a la bomba atómica norteamericana. Nada en común entre ambos títulos excepto sus presupuestos, en cifras de varios cientos de millones de euros, y la necesidad de que recauden al menos dos o tres veces sus costes para que tengan sentido empresarial. ¿Lo lograrán?

lunes, julio 03, 2023

Indiana Jones V es una buena película

Acudir a un evento que vive en gran parte de la nostalgia es algo arriesgado, porque uno va con expectativas y recuerdos anclados que son una rémora a la hora de valorar lo que ve. De hecho, existe una cierta sensación, que me pasa, de eludir estos eventos para evitarme chascos. Las tres pelis de la nueva trilogía de Star Wars son buenas, mejores que los episodios I a III, pero beben mucho, mucho, demasiado, de la trilogía clásica, y eso es una tara que no son capaces de soportar. Indiana Jones IV resultó ser la peor de la saga con diferencia, entre otras cosas, porque incluir a un personaje que aspiraba a ser un nuevo Jones, y que se quedaba en nada. Al saber que este verano estrenaban Indiana Jones V me entraron sudores fríos.

Se presentó en Cannes, y tuvo críticas flojas, lo que a priori me elevó las ganas de ir a verla, porque desde hace bastante tiempo lo que viene con el marchamo de bueno en festivales parece directamente concebido para echar a la gente de las salas. Acercándose el fin de semana del estreno empecé a preguntarme si iría o no, y una de las bases de la duda es lo que les comentaba de que tenía miedo a asistir a otra decepción. El sábado por la tarde, agotado tras un largo paseo en bici por la mañana, decidí que, qué narices, si es mala que no me guste, y si es buena que sí. Acudí a una sala, pagué la carísima entrada (más de 11 euros) y me senté en la butaca junto con el resto del aforo, aproximadamente tres cuartos de entrada en un Madrid soleado, caluroso y abarrotado con motivo de las festividades del orgullo. Casi tres horas después, de las cuales unas dos y media son de la peli, salía del cine con una sensación satisfactoria. Los miedos que llevaba se habían ido diluyendo a lo largo de una película, precedida por una larga obertura, que juega con la nostalgia, como era de esperar, pero no carga las tintas, y que afronta de la manera más lógica posible el envejecimiento del héroe. Harrison Ford está mayor, lo sabe él y lo sabe el espectador. En la introducción, ambientada en el final de la IIGM, se utilizan efectos digitales para rejuvenecerlo. En El Irlandés, de Martin Scorsesse, ya se usó esa tecnología de manera intensiva, con resultados que fueron polémicos. Aquí las cosas son más creíbles, y si uno da por sentado que lo que ve es a Indiana de joven tiene ante sí un intenso episodio lleno de nazis y trenes, lo que garantiza emoción. Concluido el interludio, la película comienza en la época en la que se ambienta, 1969, con un Indiana viejo, decrépito, mayor, que se jubila de su puesto de profesor en una universidad neoyorquina en la que nadie del alumnado le hace caso. A partir de ahí surge una trama en la que, achacoso, el héroe tendrá que coger nuevamente el sombrero, pero sabedor de sus limitaciones, llevado muchas veces en volandas por los acontecimientos, y dominado en no pocas escenas por “Wombat”, la protagonista femenina, encarnada por Phoebe Wallace-Bridge con todo el brío y calidad propios de la estrella de la interpretación que es. Este personaje adora la arqueología, como Indiana, pero para sacarle rédito, ganar dinero, hacer negocio, sin respeto alguno al valor de las cosas y con la idea de medrar a cuenta de los pedruscos que encuentra por el camino. Es interesante el planteamiento que se muestra entre ambos en todo momento, dándole un juego a la película bastante interesante, y mostrando que Indiana no sólo está mayor en edad, sino en filosofía, que proviene de un mundo ya superado en el que la tecnología y la riqueza han convertido al mundo arqueológico no en una disputa entre expertos, buenos o malos, sino en un mercado en el que el mejor postor se lo lleva todo. La trama del filme es sencilla de llevar, teniendo numerosos episodios de persecuciones y acertijos en el juego de pistas que se convierte toda película de Indiana para llegar al punto culminante, que contiene una interesante sorpresa. El villano de la trama es encarnado por Mads Mikkelsen, otro gran actor que le da mucho juego a su papel y consigue dotarle de credibilidad. Hay, por cierto, una vertiente muy siniestra en el diseño de su personaje que, me da, no habrá sido vista con buenos ojos por parte de la NASA y los creadores de la carrera espacial norteamericana, pero que le otorga mucha más verosimilitud.

El final de la película es un homenaje a la familia de Indiana, es un reencuentro con el pasado perdido y la llega del héroe a la Ítaca soñada, con Penélope también envejecida, pero expectante como la joven que teje y desteje. Tiene un tono sentimental muy logrado y consigue emocionar el espectador. El metraje es largo, como se lleva ahora, pero disfrutable. La película no está a la altura de los grandes episodios, I o III, pero sí por encima del IV, y hace que uno salga satisfecho de lo que, probablemente, sea el final de uno de los grandes personajes de la historia del cine. La BSO de John Willimas sigue siendo portentosa y el trabajo de Mangold a la dirección, que no es Spielberg, es muy bueno. Una gran película de aventuras para una tarde de verano. Un buen plan.

lunes, octubre 04, 2021

Maixabel

Patria, de Fernando Aramburu, supuso una revolución en la manera de tratar el terrorismo y acercarse a la cruel realidad vivida en la sociedad vasca, fruto de la existencia de la mafia etarra. Desarrolla una historia en la que un atentado ficticio, tan real como los cientos y cientos que tuvieron lugar, permite observar a distintas partes de la sociedad, personajes de todo tipo y condición, que viven bajo la presión del odio y, en no pocos casos, gracias a él. Ya en el libro de relatos Los peces de la amargura (aquí dramatizados por el equipo de Carlos Alsina) Aramburu había explorado esa visión de la realidad vasca, pero es en su novela, de mucha más dimensión en todos los sentidos, donde el trabajo de disección llega al extremo. Su lectura es obligatoria no para saber lo que pasó, sino más importante aún, cómo se vivió.

La película Maixábel supone un acercamiento visual a esta forma de afrontar la realidad, con la ventaja e inconvenientes que tienen el medio cinematográfico. La directora, Icíar Bollaín, no recurre a la ficción, sino que relata un atentado real, el asesinato del exgobernador civil de Guipúzcoa Juan María Jaúregui, y el papel que su viuda, Maixábel Lasa, tuvo en la iniciativa de encuentros con presos etarras arrepentidos para propiciar el proceso individualizado de reinserción. El hecho de centrarse en un caso real permite que la película se muestre, en ciertos momentos, como una recreación casi documental de los hechos sucedidos, aportándole verosimilitud, pero frente a Patria, y por motivos obvios, muestra una realidad más corta, con menos personajes, en los que no se pueden explorar todas las aristas del drama y de la extendida vileza etarra. Ello no es óbice para que, a lo largo de la cinta, numerosos instantes, en los que poco se dice y mucho se muestra, enseñen hasta qué punto el odio terrorista estaba (y sigue) instalado en una gran parte de la sociedad vasca, y que la víctima no deja nunca de sufrir porque la presión de la mafia le persigue mucho más allá del exterminio de su ser querido. En la película es el papel de la hija, y de su entorno, el que muestra el comportamiento mayoritario de la sociedad en esos años, el de un silencio cobarde en el mejor y más justificable de los casos, cuando no una alegría poco disimulada ante los atentados cometidos por la banda. Los dos protagonistas de la cinta, Maixábel e Ibon, uno de los terroristas del comando asesino de Jaúregui, encarnados perfectamente por Blanca Portillo y Luis Tosar, muestran a las claras lo único que el terrorismo de ETA ha creado durante todas las décadas en las que ha existido. Dolor, sufrimiento, desgarro, unas enormes dosis de odio y mierda esparcidas por doquier a lo largo y ancho de la sociedad, unas mentiras enormes que han destruido familias, asesinado personas, creado viudas y huérfanos e instrumentalizado a muchos en aras de una pesadilla falaz. El personaje de Ibon muestra un camino de arrepentimiento personal, de asunción del daño causado, pero queda muy claro que es un proceso que esa persona en concreto ha hecho porque algo en su interior se lo ha mandado, porque ha sido capaz de pensar y salir de esa pesadilla. Nada en su entorno social ni en la banda etarra y sus grupos de apoyo le ha animado a dar paso alguno, porque nada de ese entorno admite la más mínima culpa de lo sucedido, simplemente oculta hechos y se mantiene instalada en una enorme mentira que le permite a la secta a los que de ella aún viven mantenerse, social y económicamente, sobre las ruinas que han generado. Como mostraba patria en la figura de la madre del etarra, soltar lazos con ese mundo supone enfrentarse a él, y al grupo social que lo sostiene, que muchas veces son los amigos de toda la vida, los vecinos, los compañeros de clase, aquellos con los que uno ha vivido infancias y adolescencias, que marcan para siempre. El paso que da el terrorista lo hace sólo, y es el que realmente requiere valor por su parte. Asesinar es de cobardes.

La película no juega con la equidistancia, porque no es posible, porque sería una infamia, pero sí con la ecuanimidad, lo más difícil, lo que Aramburu ya logró en su libro. Hoy ETA no existe, pero una parte de la sociedad vasca sigue corrupta por su pasado y mantiene actos de homenaje y demostraciones sociales de apoyo a muchos de los asesinos que, sin mostrar arrepentimiento alguno, sembraron terror. El desprecio a las víctimas del terrorismo sigue instalado en ese sector de la sociedad, y en no pocos dirigentes del nacionalismo vasco, que siguen teniendo la fe en su “raza” y “país” por encima de la vida de aquellos que consideran prescindibles. La banda asesina ya no está, pero el mal que sembró tardará décadas, muchas, en extinguirse.

martes, julio 06, 2021

Dos mitos televisivos

Ayer fallecieron dos personajes que han dado sentido al mundo de la imagen durante décadas, que tenían un público entregado y que dejan un recuerdo imborrable entre sus fans. Dos personajes que no se parecían en nada, salvo en su capacidad de trabajo, su profesionalidad y su capacidad para dar con esa tecla que es lo que distingue lo rutinario de lo brillante, lo popular del éxito rotundo. Y no es poco ese nexo de unión. No son demasiados los artistas que lo logran, y cada vez parece más difícil alcanzarlo. Tuvieron la fortuna de vivir en un tiempo en el que sus dos medios, televisión y cine, dominaban el espectáculo de masas en occidente.

Decir que Raffaella Carrà lo fue todo en televisión es quedarse corto. En Italia arrasó, en lo musical y lo televisivo, pero aquí hubo un momento en el que se convirtió en la auténtica reina de la pantalla, con programas en los que su nombre era el que llenaba la carátula y todo giraba en torno a su presencia, musical, entrevistadora o de lo que fuera. Las “reinas de la mañana” como se les denomina a veces a Ana Rosa Quintana o a Susana Griso (Mónica López ha sido destronada antes de llegar a pertenecer a la corte) son un débil reflejo, en todos los sentidos, de lo que era la influencia televisiva de Raffaella. A mi sus programas nunca me gustaron, no me llamaban para nada la atención, pero su éxito era imbatible. Sabedora de que meterse en jardines políticos era una vía para restar audiencia, los eludió, y sus magacines de noche mezclaban, sobre todo, música y entrevistas en las que lo lúdico era lo primordial. Eran programas “blancos” como se suele decir a veces, que probablemente hoy no triunfarían, en medio de la retrocida sociedad en la que vivimos, pero que en ese momento lograron conectar con el público y llevaron a lo que ya era una muy exitosa cantante al pedestal de las audiencias. Arrasó. De la misma manera que la italiana conquistaba a nuestro público, desde EEUU un director llamado Richard Donner iba creando mitos de la pantalla que reventaban las taquillas de todo el planeta y que iban a ser las joyas de toda la mitología que rodea al actual mito de los ochenta y su poso sentimental. Director menos conocido que Spielberg o Lucas, su lista de películas taquilleras es inabarcable, empezando por el primer Superman, de 1978, y siguiendo con cintas como Los Goonies”, “Lady Halcón” o “La Profecía” y muchas más. Casualmente ayer La2, dentro de su sección de cine clásico, emitió Tiburón, de Spielberg, que es quizás la primera película moderna de acción, y que abrió la puerta a que estudios y creadores se lanzaran al cine comercial de una manera definitiva. El éxito global de estos trabajos es incuestionable, y fundaron no sólo una forma de hacer cine, sino un grupo de películas y escenas que han condicionado muchísimo a todas las que luego han venido, que han copiado muchos de los recursos que en esa época surgieron. Si verlas hoy supone enfrentarse a una técnica que queda muy desnuda en comparación a los recursos informáticos que nos deslumbran, sus historias siguen emocionándonos porque los personajes que en ellos se retratan y los actores que los interpretan están plenamente vivos. Este tipo de cine tuvo críticas en su momento por su levedad, por su falta de arte, por dedicarse sobre todo a asaltar las taquillas, pero más allá de algunos que viven entre aburridas sombras, es prácticamente imposible no ver una de las “pelis” de Donner y no pasarlo en grande. Su obra es mucho más grande que un grupo de cintas míticas, porque en toda ella se ve reflejado su estilo profesional, sobrio, la búsqueda de la eficacia de la película. No era un artesano ni estilista, ni falta que le hacía, sino un creador de obras eficaces para lograr el entretenimiento y la evasión, algo que es muy necesario y que, cuando uno va al cine, casi siempre busca.

Ni una ni otro aburrieron nunca a su público, y le hicieron feliz en cada una de sus apariciones. De pocos se puede decir algo tan rotundo e importante. Se sigue valorando más por parte de la academia, de los entendidos, el trabajo que genera tristeza, el drama frente a la comedia, la reflexión frente al entretenimiento, y creo que no es justo. Obras grandes las hay en todos los géneros, y los éxitos de taquilla a veces también lo son de estilo y producción. En la televisión y en el cine, en una época en la que ambos medios lo eran todo y no contaban con la infinita competencia de plataformas y alternativas audiovisuales que hoy fragmentan la audiencia de todo hasta el extremo, Raffaella y Richard triunfaron plenamente, y haciendo que la gente se lo pasara bien. Eso es éxito.

lunes, abril 26, 2021

Unos Oscar extraños

Qué no lo es desde hace algo más de un año… Los Oscar del pasado ejercicio fueron anómalos en lo ceremonial, pero no en las películas a concurso, estrenadas y vistas por muchos en todo el mundo, lo que les daba el aire de apuesta global que tienen cuando muchos se preguntan si la peli que han visto y les ha gustado, o no, se llevará algún premio. En el año del confinamiento, con las salas cerradas en medio mundo, la mayor parte de las cintas que optaban este año a premio eran directamente productos de plataformas televisivas o producciones que apenas han pisado las salas. Quizás hayan sido las candidatas menos vistas de la historia. Y eso pesa.

Y por lo que veo, la ganadora, Nomadland, que contaba con buenas críticas y apuestas de los expertos, ha desbancado a la más nominada, Mank. Suelo ponerme como tradición tratar de ver las más nominadas para hacerme mi propio juico crítico, subjetivo como cualquier otro, y este año he fallado bastante, empezando porque una de las que no he visto es precisamente la que ha ganado las dos estatuillas más importantes, la de película y director, en la persona de Chloé Zhao. La actriz Frances McDormand, que está inmensa en todo lo que hace, se ha llevado el premio a la mejor actriz, y con esto esa película, que debe contar la vida de los nómadas que, por gusto algunos, por obligación muchos, viven en las carreteras de unos EEUU de película, sí, pero no precisamente de las que resultan atractivas. Sí vi Mank, al gran nominada, un ejercicio autorreferencial del cine, en el que se narra el proceso de escritura del guion de Ciudadano Kane y los personajes que se representan son los entonces popes de una industria que crece en la California que está naciendo como mito. Es una gran película, pero si se puede hacer cuesta arriba en determinados momentos. Gary Oldman está sublime en su papel protagonista, pero no se ha llevado el premio, que ha recaído en Anthony Hopkins por su interpretación en El Padre, una enternecedora y cruel historia en la que la demencia que sufre el protagonista se cuenta desde su perspectiva, siendo el espectador confundido a cada paso por lo que parece ser y no es, por lo que sus ojos ven y la memoria del personaje principal no es capaz de retener e hilvanar. Es un trabajo casi teatral, llevado a cabo por un reparto pequeño y exquisito en estado de gracia, con Olivia Coldman dando la réplica al gran Hopkins en el papel de hija desesperada por el derrumbe paterno al que asiste. Otra de las nominadas que no se ha llevado grandes premios es “El juicio de los siete de Chicago” que pude ver porque la plataforma que la produjo la puso una semana en abierto en YouTube. Dirigida por Aaron Sorkin, cuenta el tumulto acecido en la convención demócrata de finales de los sesenta en esa ciudad y, como todos los trabajos de Sorkin, tiene un guion prodigioso en el que los sucesos se encadenan sin cesar por boca de unos personajes que hablan de maravilla, como no lo hace nadie en la vida real, pero que son un gustazo para escuchar y seguir. Tanto Mank como la del juicio tienen muchos mensajes políticos referidos al momento en el que se desarrolla la acción que relatan, pero que sorprendentemente, o no, son plenamente actuales, y sirven para ver que muchos de los problemas sociales que ahora creemos enfrentar por primera vez siguen ahí enquistados desde hace mucho tiempo, síntoma de que no son fáciles ni de abordar ni de arreglar. Por lo que parece Nomadland también hace referencia a la situación política y social de los EEUU de hoy en día, mostrando la decrepitud que se observa en partes del tejido social y económico de esa nación, del óxido que cubre algunos de los antaño brillantes cromados de sus industrias y negocios, hoy fuente de pérdidas y derrotados. También he visto, de entre las nominadas, “Una joven prometedora” que me ha parecido fantástica en muchos sentidos, pero que veo que no se ha llevado premios sustanciosos. Una pena. Creo que esa peli se merece un artículo entero para ella, a ver si puedo hacerlo un día de estos.

Hay cierto interés por ver cuál ha sido la audiencia de la gala de este año, tras las malas cifras registradas en la pasada edición, y a sabiendas de que, como comentaba, muy pocos han podido ver las películas que se han llevado premio o que estaban nominadas. La pandemia ha supuesto un mazazo para el sector del cine, que ya estaba en serios problemas por la competencia de otras fuentes de ocio y el cambio de estructura del negocio, con el desembarco de las plataformas, el ocaso del sistema de estudios y el problema de supervivencia de las salas frente al consumo de contenidos a la carta en todo tipo de dispositivos. Tras la vacunación, y la vuelta a la normalidad, el cine tratará de remontar como negocio y concepto. Ese es uno de sus mayores retos.

lunes, febrero 01, 2021

Disolverse

Ayer por la tarde fui al cine a ver “El padre” película protagonizada por Anthony Hopkins y Olivia Colman. En ella representa el papel de una hija que contempla como su padre, que lo ha debido de ser todo, cae poco a poco en la demencia, y empieza a perder el control de sí mismo. El relato, contado desde la perspectiva de ambos, introduce en el espectador la enorme confusión por la que pasa el veterano protagonista al vivir en un mundo que se derrumba, en el que empieza a no saber qué es cierto y qué no, y que no tiene camino de retorno. El sufrimiento que se muestra a lo largo de toda la proyección es auténtico y los dos actores, junto a un breve reparto de acompañantes, bordan sus papeles de una manera sobria y sincera.

No genera dolor como el cáncer, no implica sufrimientos como los asociados a la quimioterapia, no conlleva parálisis como la degeneración artrítica, pero creo que no hay padecimiento más cruel que el Alzheimer o, en conjunto, las demencias de todo tipo. Difíciles de diagnosticar en sus estadios iniciales, propensas al chiste fácil que todos hemos hecho cuando se nos ha olvidado algo en casa, el surgimiento de una enfermedad de este tipo supone el estallido de una bomba devastadora en quien lo padece y su entorno. Hoy en día hay vías para poder luchar contra algunos tipos de cáncer, y ese diagnóstico no es ya sinónimo de muerte temprana y dolorosa, sino en muchas ocasiones de vida larga, controlada, sí, pero extensa. No es el caso de las demencias, que no se frenan, que no hay nada conocido que les pueda hacer frente, y que no hacen sino progresar de manera constante en la mente del afectado, que contempla al principio con asombro los cambios que experimenta su mundo a medida que deja de ser consciente de que su mundo ya no es lo que era. Muchas veces esos primeros estadios de la enfermedad se acompañan de ira, creo que no tanto por la negación de lo que pasa, que también, como por la confusión de no entender, de ver y sentir cosas que no concuerdan con la realidad que uno percibe, y esto es algo que la película de ayer muestra de una manera original y cruda. El enfermo contempla un mundo al que trata de aplicar su conocida lógica, pero y no funciona. Se descuadra, lo que le servía de brújula empieza a perderle, y eso enfada a cualquiera. Los nombres fechas, referencias, recuerdos, localizaciones, todas las piezas que conforman el mapa en el que nos situamos en la vida se desordenan, y se hace imposible vivir de manera normal. Piense usted que, cada mañana, al levantarse, se encontrara con su casa desordena, con cosas tiradas por el suelo y que, somnoliento, de camino al baño, se tropezase con ellas haciéndose daño. Las coloca en su sitio pero, a las pocas horas, vuelve a tropezar porque otros objetos aparecen por ahí cruzándose en su camino. Seguro que estaría despotricando en alto durante bastante tiempo y acordándose de la familia de esos objetos y de quienes los han puesto ahí. Algo similar parece que pasa en las mentes de los enfermos, que se desordenan, se convierten en lugares llenos de tropiezos, de trampas, de agujeros que sortear para evitar caerse, cosa que no siempre se consigue. Poco a poco el enfermo, que mantiene el aspecto de siempre, deja de ser el que era, se convierte en algo cada vez más extraño para sus conocidos, porque mantiene rostro, voz, expresión, pero lo que de él emana deja de ser lo sabido, para convertirse en extraño. Los enfermos acaban por ser carcasas de sí mismos, representaciones de la persona que fueron, cuerpos en los que esa personalidad, que residía en sus mentes, se está marchando, se aleja. Eso genera para todos los que les rodean no sólo una pena enorme, sino incomprensión, porque no ven dolor, no se ven cicatrices, no se ven daños que permitan explicar la enfermedad. La crueldad es extrema para todos.

Un detalle sobre la estancia en el cine. Éramos trece personas las que estábamos en la sala, de más de veinte filas de largo. Tres parejas, un par de señoras mayores y tres sueltos. Las entradas estaban numeradas pero, la verdad, uno podía sentarse donde le diera la gana sin problemas, y la distancia de seguridad entre todos era un abismo de butacas vacías, que sólo generaban coste. Con entradas de ese tipo no es posible ni pagar la luz de la sala, y al salir de la proyección pensaba tanto en lo que había visto como en la imposibilidad de que, con la que está cayendo, los cines puedan sobrevivir Ni ellos ni muchos otros negocios. Tarde de domingo ventosa y con nubes, sin lluvia pero con demasiadas cosas en la cabeza. Por favor, que sigan ahí mucho tiempo.

lunes, noviembre 23, 2020

La cultura es segura

Este pasado sábado fui al cine. En una frase tan sencilla se encierra algo que, en este año 2020, se ha convertido casi en una heroicidad. Restricciones de aforo, confinamientos de zonas sanitarias, toques de queda, distancias de seguridad, cartelera decapitada…. Quizás sea este año en el que menos he pisado una sala desde que, en mi adolescencia, el cine de Elorrio cerró y lo de ir a una sala a ver películas era algo que no se podía hacer en el pueblo donde se vivía. Fuimos adelantados a la decadencia de las salas y transgresores con su reapertura. Ahora, en medio del desastre, de la restricción de público, de la feroz competencia de las plataformas y el mundo virtual que todo se lo lleva, el futuro de las salas parece tan negro como su oscuro interior.

En todo momento tuve sensación de seguridad, antes de la película, durante y después. Vendido todo en localidades alternas, iba solo, así que no notaba la forzada separación en las no pocas parejas que había en la sala. No era la película propicia para el magreo sentimental, pero hasta eso, uno de los presuntos atractivos del cine acompañado, se ha convertido en imposible por culpa del virus que todo lo trastoca. Es obligado llevar la mascarilla toda la proyección, cosa que empieza a no ser ni incómoda, porque el cuerpo se acostumbra a lo que le echen y al final los apósitos y demás con los que cargamos se convierten en parte de uno mismo con la naturalidad con la que se llevan colgando tantos imperceptibles dedos. El gel hidroalcohólico te espera a la entrada y la salida del recinto, como el fiel que siempre estará contigo, y los empleados te obligan a saludarle y, a él sí se puede, darle la mano. El chorrito que cae te embadurna más o menos, depende de lo preciso que sea el dispensador automático y la torpeza personal, y es inevitable que se acumule una montañita transparente y gelatinosa en el soporte colocado bajo el efímero chorrito, que los nada habilidosos como yo alimentamos con la regularidad necesaria para crear, con el tiempo, una estalagmita que pudiera llegar a unirse con la boca del dispensador si la infección que padecemos durase eras geológicas, y la diligencia del encargado del local estuviera más atenta al paisanaje que entra en la sala que a la limpieza de todo lo que rodea el protocolo actual de ir a un espectáculo. Pero, como fuerza geológica que destruye los planes larvados de la paciente naturaleza, el empleado se afana en retirar cada cierto tiempo el sobrante de gel, y la formación, que, sueña en sus mayores calcáreos, vuelve a nacer una y otra vez a cada grupo de espectadores que entra en el local. Ya sentados en nuestras butacas, tras los anuncios, una empleada nos recuerda nuevamente las normas de prudente seguridad sanitaria, en una escena que tiene algo de cabina de avión y muestra de cómo se ponen los cinturones o se infla el chaleco salvavidas. No señala a las separadas parejas que sólo pueden quitarse la mascarilla para ingerir los productos que están comiendo, comprados en la sala, pero no para besarse o tocar otras partes de su cuerpo, de tal manera que el presunto morbo físico de la compañía cinematográfica acaba siendo cercenado por palomitas y espacios de distancia. Uno puede quitarse la mascarilla para comer una chuchería ruidosa, pero, al parecer, no para coger la mano distante de su acompañante, acercársela a la cara y besarla, como remedo de lo que serían sus labios si no hubiera un mar de felpa y respaldos en medio de ambos cuerpos. Es el triunfo definitivo de la cuenta de resultados de la sala sobre el sentimentalismo del amor a la pantalla, que no pocas veces esconde el amor a la de al lado, ella que sí que mira a la pantalla. Cuantos sueños y espectadores han nacido, o al menos se han concebido, con una proyección como prólogo, y cuántas malas películas se ha tragado él o ella para poder estar en su compañía, sentir su cuerpo rozar en la oscuridad que evoca una habitación sombría, y convertir las imágenes que se suceden en el fondo luminoso en el escenario no del director, sino del que se cree protagonista de su romántica aventura. Ahora, en tiempo de coronavirus, sólo se puede ir al cine a ver la película, como siempre hemos hecho los solteros empedernidos, los solitarios de asiento impar de butaca centrada y algo por atrás de la sala. Más vale, para los que acuden acompañados, que les guste lo que van a ver, porque nada más podrán contemplar.

A la salida, como a la entrada, el gel te despide y te lanza a una calle en la que la noche ya es muy cerrada, pese a no ser tan tarde, cosas del invierno, y en la que las terrazas están tan atestadas de gente como lo estaban cuando entraste en la sala, sin hidro, pero con mucho alcohol, sin distancia, con barullo, con magreo, con cercanía de parejas, con grupos de chicos y chicas que no requieren intimidades de sala para insinuar que quieren lo que buscan en las y los que les rodean, donde la distancia de seguridad es algo que sólo existe en un futuro de amores gastados por el aburrimiento, y la oscuridad, heladora y temprana, aún es joven. Dentro, en el cine, las medidas de seguridad siguen funcionando a ritmo de proyección digital.