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viernes, febrero 02, 2024

Los agricultores tienen bastante razón

Parece que, a lo largo del día, los bloqueos que los agricultores franceses han levantado, cercando París, se irán disolviendo y las autovías que permiten entrar y salir de la ciudad serán otra vez un lugar de tránsito y no de acampada. Cerradas desde el lunes, han sido la medida de presión más intensa que han llevado a cabo los agricultores gabachos para protestar contra su gobierno y las medidas de la UE, aunque los grandes perjudicados de esta movilización han sido, paradojas de la vida, los agricultores de los países vecinos, especialmente los nuestros, cuyos productos estaban en tránsito por las carreteras galas y acabaron, en parte, tirados sobre ellas.

Hay problemas de fondo en el mundo agropecuario europeo, y algunos son de muy difícil solución, tanto por parte de autoridades como del resto de agentes implicados. La sequía es uno de ellos, porque si la lluvia no llega es imposible que ciertas producciones, el olivar por ejemplo, rindan como es debido, pero otros muchos asuntos que soliviantan a los que en el campo trabajan sí tienen su arreglo en medidas políticas, porque en gran parte están causados por ellas. Los costes de producción elevados, tanto por el alza de insumos como el combustible y los fertilizantes como por el incremento de costes salariales, la escasa rentabilidad de muchas de las cosechas dado que los precios de las mismas se fijan en grandes mercados en los que los productores nacionales poco pueden hacer, el poder de decisión altísimo que tienen las grandes superficies y los distribuidores a la hora de la colocación del producto y de llevarse el margen final que genera el precio al que el consumidor paga los productos…. Hay un montón de problemas serios que requieren una reflexión y cambio en las normas que rigen los mercados agrarios, pero existe, sobre todo, un problema de fondo muy difícil de solucionar derivado de la desconexión total que existe entre la sociedad europea, cada vez más urbanita y alejada del trabajo agrario, y la gente que vive en y de las explotaciones rurales. El campo se está convirtiendo, para la mayoría de los ciudadanos europeos, en un jardín de postal cuyo objetivo es que luzca en las fotos que se sacan los fines de semana cuando acuden a visitarlo. El ecologismo de ciudad, ajeno a la realidad científica, pero impregnado de un profundo sesgo antiproductivo, contempla al agricultor y al ganadero como un explotador de un entorno idílico, que desde una terraza cuqui de moda se percibe como de diseño, y que es atacado por aquellos que trabajan en el campo. Los productos que aparecen en los lineales de los supermercados son devorados sin freno por parte de los residentes urbanos sin tener ni la más remota idea de dónde vienen, de cómo se producen, del coste y trabajo que en ellos se deposita para que puedan existir y llegar hasta las manos del que los compra. La obsesión moderna por lo “bio”, lo “eco” y demás etiquetas llenas de márketing, vacías de contenido, permite a ciertas explotaciones agrarias de muy escasa capacidad vivir a cuenta de los sobreprecios que cobran a los ingenuos consumidores que creen que esos productos son de calidad superior al resto, cuando algunos sí lo son y otros ni mucho menos, pero la producción general, la que permite alimentar a los millones y millones de personas que tenemos la rara costumbre de comer todos los días no puede estar sometida a normativas sobre abonos, pesticidas y demás elementos necesarios para el desarrollo de cosechas que pueden tener su sentido en huertos dedicados al ocio de quienes ven en el parterre su afición como otros la tienen en el coleccionismo de monedas. Cultivar, cosechar, alimentar y sacrificar reses… el mundo agripecuario es de gran complejidad, diversidad, de terrenos muy distintos de rendimientos dispares, de cosechas de escasa producción junto a zonas como las de invernaderos que son capaces de alcanzar rendimientos industriales, de explotaciones en las que la I+D+i es de mayor complejidad y alcance que en muchas empresas que se hacen pasar por tecnológicas. Y todo ese ecosistema, como cualquier otro, requiere ser rentable para existir.

En su conjunto, la UE está convirtiendo la PAC en una política que está transformado a los agricultores en jardineros funcionarizados, con obligaciones administrativas de todo tipo, y en responsables de cumplir unos estándares ecológicos bastante irracionales que no se piden a los productos que, desde terceros países, llegan hasta nuestros mercados. Más allá del carácter corporativo que toda manifestación tiene, que busca sobredimensionar los problemas de un colectivo respecto a los de los demás, hay un malestar serio en el mundo agrario y, desde los despachos de los gobiernos y los locales molones de los centros urbanos no se entiende lo que allí pasa. Urge cambiar bastantes cosas. El campo no es un mero decorado para Instagram.

martes, diciembre 12, 2023

Hipocresías climáticas en la COP de Dubái

Lo que ya es evidente para todo el mundo es que esto de las COP, las conferencias sobre el clima de la ONU, son un inmenso negocio para el país que las acoge, dejando enormes beneficios por la multitudinaria audiencia que congregan y las rentas que mueven. Se estima que en la que, en principio, se clausura hoy en Dubái, serán entre ochenta y noventa mil los asistentes a un encuentro en el que el número de jets privados de “concienciados” por el clima que están hiperforrados supera a todo lo que uno pueda esperar en estaciones de esquí de lujo o paraísos fiscales tropicales. Al Dios del clima rogando y con el mazo del avioncito particular dando.

El acuerdo final de la cumbre de este año está en el aire por la disputa sobre la necesidad de incluir en él referencias a la renuncia a los combustibles fósiles. Por un lado, los países europeos y otros occidentales, los mayores consumidores de estos combustibles, cargados de hipocresía hasta las cejas y vendedores de un discurso ambientalista que reporta votos, quieren incorporar al texto referencias a esa necesidad, inviable desde el punto de vista tecnológico y económico en la actualidad. En frente, los países productores de petróleo y gas, que viven en gran parte de las rentas de vender esos productos a los países consumidores, no quieren no oír hablar de que lo que mantiene sus economías a flote sea demonizado y puesto en riesgo. Este conjunto de países pasa bastante de los objetivos ambientales, aunque son mucho menos hipócritas que nosotros, los ricos consumidores. Como suele suceder en estos casos, la cumbre puede acabar en fracaso o en un texto acordado lo suficientemente vacío que satisfaga a todos y no diga nada, y de ahí vuelta a los jets privados y de camino a casa a seguir cada uno con lo suyo. ¿Es viable prescindir de los combustibles fósiles? No, imposible. La mayor parte del petróleo se usa para alimentar los motores de combustión que mueven el mundo, y proceder a su electrificación masiva es un reto al que la tecnología actual no puede ofrecer una respuesta ni práctica ni económicamente viable. Un occidental de rentas altas puede comprarse un coche eléctrico que le permite acceder a la ciudad sin emitir y hacer sus trayectos urbanos en el día a día, y tener un segundo coche con el que viajar cuando le plazca sin problemas de batería o recarga. La gran mayoría de la clase media baja tiene un vehículo para todo, y no puede ser eléctrico. Quizás dentro de diez o quince años sí, en función de la tecnología de las baterías, pero hoy no. El resto del petróleo (y gran parte del gas y carbón) se utiliza para usos industriales de todo tipo, entre los que destacan las industrias del acero, cemento, plásticos y amoniaco / fertilizantes, las bases de la tecnología vital que nos sostiene. Electrificar esos procesos, actualmente, es un reto tecnológico no conseguido. El resto del gas y carbón se utilizan, principalmente, para calefacción y generación de electricidad. Es en este último punto donde las fuentes renovables (solar y eólica principalmente) están siendo relevantes a la hora de sustituir combustibles fósiles, pero la electricidad es un vector energético, que debe consumirse cuando se produce, no es un stock que pueda almacenarse, y de noche los paneles no rinden y sin viento los molinos tampoco. En condiciones climáticas óptimas hemos tenido días en España con sobreproducción gracias a estas dos fuentes que han hundido los precios y apenas han generado emisiones de CO2, ideal, pero en jornadas como hoy o ayer, muy cubiertas y con viento, la generación renovable será escasa y el respaldo de las centrales nucleares y de gas será fundamental para abastecer la demanda. La intensidad de uso de derivados del petróleo por parte de las economías desarrolladas sigue bajando desde hace décadas, lo que es un indicativo de que no dependemos tanto como antes de las mismas, pero es iluso pensar que en un plazo de pocos años puedan ser prescindibles.

Realmente estas conferencias sobre el clima son poco útiles porque llenan de política un tema que, en primer lugar, debiera estar liderado por meteorólogos, que saben bien de qué va esto del calentamiento global y sus consecuencias, y luego por científicos, que son los que pueden dar soluciones prácticas que permitan reducir el uso de los combustibles fósiles. Una batería más eficiente y barata, que de autonomía de 700kms sería el santo grial que permitiría descarbonizar el vehículo privado, pero eso surgirá, cuando lo haga, de un centro de investigación, no de un consejo de ministros o una dirección general de funcionarios. El clima es global, y si naciones como China o India emiten cada vez más de poco sirve que otras emitamos cada vez menos. Y sobre eso tampoco nadie dice nada.

martes, junio 06, 2023

Alemania, fresas y carbón

La web de energy map es una de las más interesantes de las que hay. Si entran les mostrará un mapa del mundo y los datos de las naciones que los suministran, referidos a la producción eléctrica y las fuentes utilizadas para ello. Cada país o zona con datos se marca con un color en función de la emisión media de CO2 correspondiente al mix de generación de ese momento, más verde cuanto menor sea, más marrón cuanto más. A esta hora de hoy, 07:58, Alemania está en un marrón medio con 407 gramos de CO2 por megawatio producido y en España estamos en un amarillo mostaza con 250 gramos, algo más de la mitad que los germanos.

Viene esto a cuento para poner el dedo en el ojo de la misión de diputados alemanes que, amparados en la conciencia climática, pretendían visitar las plantaciones de fresas aledañas al parque de Doñana que tanto revuelo han provocado en las pasadas semanas. La visita, decían, buscaba averiguar si esos cultivos estaban perjudicando el entorno natural de las marismas y contribuían a su deterioro. Loable propósito, envuelto en un cierto aire de superioridad colonial de país rico que visita a otro pobre para forzar a que no haga lo que el rico se puede permitir no hacer. El que las fresas de Doñana consumen un agua que es escasa lo sabemos todos, de hecho es lo que sucede con los cultivos de gran parte de España, donde el déficit hídrico es permanente. El gobierno central vio en este asunto un motivo de campaña para las últimas municipales y trató de expandir mediáticamente el asunto, lo que le sirvió para perder con más fuerza al partido gobernante en Moncloa en esos municipios, y para convertir el tema en algo de debate europeo en el que, nuevamente, las naciones ricas observan a las pobres con la condescendencia habitual. Hay dos maneras de no esquilmar el agua de Doñana; una es construir desaladoras, cofinanciadas por la UE por ejemplo, que ofrezcan suministro sin recurrir a los pozos o a lo que caiga el cielo. La otra es exterminar los cultivos, mandar al paro a todos los que en ellos trabajan y que las fresas se cultiven en terceros países, de fuera de la UE, en los que nadie podrá saber bajo qué condiciones, medioambientales, laborales o de cualquier otro tipo, son plantadas y cosechadas. Escojan los ricos consumidores alemanes qué es lo que prefieren. Si les he mencionado al principio del artículo las emisiones de la producción eléctrica germana no ha sido por casualidad. Y es que, tras los enormes errores estratégicos en los que ha incurrido el gobierno de Berlín en materia energética (principalmente hacerse dependiente del gas ruso vía mordidas de Putin a sus gobernantes y cerrar el parque de nucleares) la sociedad alemana, toda ella, no sólo la industria, sobrevive gracias al carbón. Sí, hay renovables en Alemania, pero desde hace un año es el sucio carbón la gran fuente de producción de energía del país. Se han reabierto centrales y se expanden las minas a cielo abierto, generando enormes fracturas en el paisaje, destrozos y hasta forzando a abandonar poblaciones que serán engullidas por las gigantescas excavadoras que extraen el carbón. La huella ecológica de la explotación minera alemana en el país es enorme, y va a más, y el impacto de sus emisiones crecientes en tiempos de reducción de consumo de combustibles fósiles resulta absurdo. ¿Por qué los parlamentarios germanos, tan preocupados por Doñana, no vuelcan su conciencia ecológica en sus propias emisiones? Porque de hacerlo recibirían cero votos por parte de sus electores, los que sí les importan, y perderían el cargo, y siempre es más rentable exhibir un ecologismo de postín que rente imagen para luego obtener votos en casa que meterse de verdad con los problemas que pueden acabar con la carrera política del más pintado. Y esto pasa en Alemania, España, EEUU y en cualquier parte del mundo en la que hay humanos.

Viendo las emisiones generadas por Alemania, ¿se imaginan una misión de parlamentarios españoles que quiera visitar aquel país para ver cómo impactan en la UE, y en nuestra nación, los efectos de la quema de carbón en suelo germano? No ¿verdad?. ¿Qué diría la prensa y el gobierno alemán ante esa iniciativa? ¿Cuál sería el nivel de desprecio utilizado por los opinadores y medios de la sociedad alemana ante una iniciativa semejante?. La ocurrencia de los diputados alemanes ejemplifica perfectamente el dicho ese de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio, y lleva nuevamente a la palestra el interesado, cutre y sobado uso que del problema ambientan se hace para justificar algunos comportamientos en función de la renta y el poder de quienes los desarrollen. En este asunto la hipocresía está siendo exagerada hasta el extremo

martes, julio 19, 2022

Malditos incendios

La imagen es devastadora. Todo el plano lo cubren, desde abajo, trigales crecidos que están dorados como en una postal, pero donde se acaba el cultivo no se encuentra el azul del cielo, formando los colores de la bandera de Ucrania (por eso es así ese emblema) sino un humo negro y las llamas desatadas del incendio que parece arrasarlo todo. Un tractor avanza por el límite entre el trigo y el humo y, de repente, un hombre se baja de él. Hace gestos y en un momento se intuye que el fuego le ha alcanzado. Corre, trata de huir, camino del trigal, y es claro que lleva parte de la ropa prendida. Algunas personas acuden desde una esquina de la imagen para tratar de auxiliarle. Luego sabremos que está vivo, a salvo, que trataba de hacer cortafuegos y el incendio le atrapó.

Esta escena se dio ayer en el incendio de Zamora, pero decenas iguales se han podido dar en cualquier punto de España, donde siguen ardiendo multitud de fuegos como consecuencia final de la enorme ola de calor que hoy se da por oficialmente superada, pero que no vendrá seguida de un alivio térmico y las tan necesarias lluvias. Zamora, Ávila, Cáceres, Málaga, Barcelona… el reguero de fuegos es enorme y los destrozos que están causando igualmente disparatados, y permanentes. Además de la propia masa boscosa que se pierde con el incendio, el mayor de los valores, que despreciamos en nuestra ceguera, casas, propiedades rústicas, terrenos de labranza, cosechas, animales, vehículos… el reguero de pérdidas que sí sabemos contar y valorar en euros es inmenso, y se ceba en zonas donde la riqueza, escasa, está muy ligada precisamente a estos parajes naturales y a la explotación de los mismos. Perder ganado en un pueblo agrario es una tragedia absoluta, perder el monte que da cobertura a los lindes, suministra humedad y alimento y recursos es un desastre total. Y permanente. Las espesuras que se están quemando no volverán a crecer en décadas, los paisajes que se destruyen en unas horas tardarán muchos años en volver a ser lo que eran, y para varias generaciones, lo que ha sido su entorno vital de siempre ha desaparecido por completo en un santiamén, y ya nunca lo van a recuperar. Lo repito una y mil veces, no hay peor desastre natural que un incendio forestal, pero seguimos viéndolos como un problema menor, como algo que no nos afecta. Y es un error. Las causas de los incendios, habiendo temperaturas en el entorno de los 45 grados y no habiendo llovido desde hace semanas son bastante obvias, y es una mezcla de mala suerte, imprudencia y delincuencia, porque también los ha habido provocados. Junto a los factores que se dieron en el día en el que comenzó el fuego se juntan muchos otros que llevan tiempo cebando los incendios de hoy y de mañana. La visión ecologista urbanita, ciega, pija y equivocada, que ve el paisaje como un lugar que debe permanecer virgen durante todo el tiempo para que algunos vayan a visitarlo los sábados por la mañana ha creado un enorme mal en nuestros campos, alimentando su despoblación de una forma irreversible. Si el trabajo agrario y pastoril no es rentable o, disparates hay, directamente se prohíbe por conservacionismo, ese bosque que antes generaba recursos y se cuidaba, por el propio interés de los que de él sacaban rendimiento, ahora está abandonado. Si, urbanistas ilusos lo visitan el fin de semana, y dejan ahí sus residuos, encantados de haberse conocido, pero el resto del tiempo la maleza y el desorden crecen a sus anchas y, ahora, son el combustible perfecto para que la extensión y virulencia del fuego sean prácticamente inabordables. ¿Se evitarían todos los incendios devolviendo la vida económica a los bosques? No, no se puede ser ingenuos, pero es probable que su dimensión y potencia se reducirían. Después de un paisaje de cenizas autoridades de todas las administraciones repiten sin cesar que los incendios se apagan en invierno y primavera, con trabajos de limpia y poda, por ejemplo, pero luego llega el invierno y no se hace nada. Y así año tras año. Desastre tras desastre.

El cambio climático, que siempre es escogido como la excusa perfecta para achacarle todos nuestros males, es una realidad, pero me da que no hay manera de que ya, con la inercia que tienen los procesos atmosféricos, podamos revertir unas subidas de temperaturas que nos van a dejar cada vez, con más frecuencias, olas de calor como las de este año. Hay que trabajar mucho más en prevención sobre el terreno, en acopio de material y de personal de extinción, en cuidado forestal, en fomento de las actividades agropecuarias que den rendimiento al monte, en replantar superficies para tratar de recuperar las perdidas. Y, desde luego, en castigar con muchas decenas de años de cárcel a los malnacidos que provoquen fuegos. Eso también.

martes, septiembre 14, 2021

Incendios pavorosos

Cubierta y amenazante se presenta la mañana en Madrid, donde la previsión de tormentas y lluvias es casi una certeza para el día de hoy. Donde sí está lloviendo es en Málaga, lo que sin duda es una gran noticia, porque así sí se podrá extinguir el incendio de Sierra Bermeja, que lleva ya varios días intratable y ha calcinado una superficie de en torno a 8.000 hectáreas, que es mucho terreno. Un miembro de una brigada forestal ha fallecido en las labores de extinción de este fuego, en lo que es la primera víctima de este año en España por este concepto, y miles de personas de distintas localidades han sido evacuados y movidas por la comarca a medida que el fuego amenazaba uno u otro municipio, huyendo de su destrucción.

Ahora que el verano se acaba, podemos decir que en España hemos tenido mucha suerte con los incendios forestales, aun habiendo sufrido varios. Los dos más graves han sido este de Málaga y el de Navalacruz en Ávila, el más extenso en lo que hace a destrucción de superficie forestal, pero visto lo que ha sucedido en otros países del Mediterráneo nos podemos dar por tristemente satisfechos. Italia, especialmente en Sicilia y, sobre todo, Grecia y Turquía, han vivido enormes fuegos que han arrasado superficies gigantescas, llegando en algunos casos como el de la isla griega de Eubea a devastar un tercio del total de su extensión, en lo que supone un destrozo ambiental absoluto y, también, un tremendo impacto económico para los residentes de ese lugar. El término de catástrofe está muy bien utilizado para definir lo que se ha vivido en esas naciones a lo largo de este verano. Sin embargo, si eso es así, ¿cómo definimos lo que pasa en California desde hace meses? Allí una serie de incendios se propagan sin control desde entonces y han conseguido hasta ser llamados con un nombre propio, muestra del miedo que imponen y del propio comportamiento que generan y les hace dignos de ser reconocidos como entidades. “Caldor o “Dixie” son monstruos que han devorado decenas de miles de hectáreas de bosques, pastos, lugares poblados y todo lo que se ha puesto en su camino. Si las brigadas forestales europeas poco han podido hacer frente a los fuegos que nos han atacado aquí resulta humillante comprobare las imágenes de los miles de personas que, con todos los medios posibles, luchan contra las llamas en California, donde la impotencia es el único resultado obtenido. Los miembros del equipo de extinción de incendios de la Junta de Andalucía han dicho que el incendio de Málaga es de lo que llaman sexta generación, fuegos que, por cuestiones varias, alcanzan una virulencia y potencia tal que son capaces de crear un clima propio en su zona de desarrollo y reforzarse en él. La formación de pirocúmulos, una especie de nubes de tormenta compuestas por vapor de agua y el resultado de la combustión del incendio es uno de los signos de que el fuego se ha convertido en un ente con dinámica meteorológica propia, y esas nubes, que crecen sobre la base de las llamas, suelen ser la fuente de nuevos incendios al colapsar su dinámica ascendente cuando no son capaces de autosostenerse, como le pasa a una tormenta normal. En el caso de las tormentas el desplome se acompaña de vientos racheados, agua y, en su caso, granizo. Aquí se mantienen los vientos racheados pero el agua se sustituye por partículas quemadas y restos, que dispersados en un área más amplia propagan las llamas de manera violenta, caótica y salvaje. Un incendio de estas características no es apagable por los medios de los que se disponen hoy en día, es muy inmune a los cortafuegos y, si el tiempo no cambia y no llueve, sólo se acaba cuando termina el material inflamable que lo alimenta. Los trabajos de los equipos de tierra y medios aéreos apenas son capaces sino de acotar algunas zonas de estos fuegos y tratar de contenerlos, pero poco más pueden hacer.

El Mediterráneo y los incendios son algo que va unido, no es casual que muchas de las fiestas de la zona estén relacionadas con la quema de objetos, hogueras o similares, pero a medida que los veranos son más calurosos, los regímenes de precipitación se vuelven más irregulares y, sobre todo, el terreno se llena de viviendas y personas en él, el peligro de los fuegos crece, y sus daños con él. Lo repito una y mil veces, no hay mayor catástrofe natural que un incendio forestal, nada hace más daño al paisaje, fauna, recursos y estética de un lugar que un fuego, pero aún no parece que la sociedad lo vea así. La persecución a los pirómanos no es intensa y no consta que suela haber detenciones y grandes penas de cárcel por causar semejantes daños. Nos tenemos que poner muy en serio con el tema de los fuegos, nos va el paisaje, la economía y las vidas en ello.

jueves, diciembre 12, 2019

Postureo climático


Era de esperar que Javier Bardem la montase. Escogido por no se quién para leer uno de los alegatos en la principal manifestación convocada con motivo de la cumbre del clima, su carácter y formas no debieron sorprender a nadie. Él es famoso, excelente actor e ideológicamente un cegado de sus ideas. En cierto modo su actitud insultante fue un regalo para los (pocos) que están en contra de esta cumbre y el que posteriormente se disculpase no evita la sensación de que, en esto también, el maldito sesgo ideológico que nos posee haya contaminado, nunca mejor dicho, un debate que trasciende ideas, personas y fronteras. Pero así de estúpidos somos, que diría Bardem de todos menos de él mismo.

Una de las consecuencias de la cumbre y del revuelo mediático organizado en torno a ella es lo que denomino el postureo climático, que no es otra cosa que tratar de vender el mensaje ecologista y vestirse como tal llevando una vida completamente ajena a dichos postulados. Millonarios de todo tipo y procedencia, con trenes de vida desbocados que generan emisiones gigantescas pregonan por charlas en todo el mundo la necesidad de que pobres y clase media, como usted y yo, nos apretemos el cinturón y dejemos de contaminar por el bien del planeta, y su discurso estaría bien si fuera coherente. ¿Entra en la coherencia el comportamiento absurdo de Greta a la hora de viajar de un lugar a otro? No, porque, aunque no contamina directamente solo es sostenible si unos cuantos millonarios sostienen su forma de desplazarse. ¿Qué hay del uso de las videoconferencias? Una estrella mediática puede estar hoy en día en cualquier parte del mundo sin tener que usar su jet privado con el uso de tecnologías limpias, que transmiten su mensaje de la misma manera. Pero, ay, qué estrella global va a renunciar a su jet privado, a su yate privado, a sus mansiones y demás objetos asociados a la imagen del lujo, que entre otras cosas son grandes emisores de CO2. El mismo presidente del gobierno, el eterno en funciones Sánchez, mantiene un discurso ecologista para los medios y el electorado, pero usa los aviones privados no sólo cuando es necesario, que no pocas veces lo es, sino para asuntos tan triviales como asistir a festivales de verano. Ese postureo de las celebridades, que visten de verde un comportamiento la mayor parte de las veces aberrante para que su actitud sea comprada por el público se da también en numerosas empresas, que han visto como este año 2019 se ha dado el boom del negocio climático, al que van a acudir como moscas a la miel, algunas con conciencia, otras con mucha hipocresía, todas ellas, como es lógico, a la caza de beneficios económicos en un mercado en el que la etiqueta verde permite subir precios y generar distinción ante la clientela, aunque detrás de ese verde no haya nada. Energéticas y otro tipo de industrias que, por la tecnología actual y la necesidad imperiosa de producir kilovatios se encuentran entre las más contaminante, son las que patrocinan eventos como esta cumbre y esconden sus emisiones en forma de encartes publicitarios y cortinillas en medios de comunicación, necesitados como los que más de inversiones publicitarias para cuadrar sus cada vez más exiguas cuentas. Basta una cintilla, en tono verdoso, con el logo de la empresa y alguna información medioambiental para ejercitar lo que en inglés se denomina “greeenwashing” lavado verde, una forma de esconder debajo de la alfombra ecológica las miserias de cada uno y, de paso, dar un zarpazo a la competencia en este nuevo mercado en el que, como todos, el marketing es el rey y señor. ¿Qué hay de cierto y falso en todos estos mensajes? Sinceramente, créanse la mínima parte de todos ellos.

En el fondo, en este asunto ecológico, como en tantos otros de la vida, funciona más el criterio de la ejemplaridad. desarrollado admirablemente por Javier Gomá en su obra, que cualquier otro. Mira lo que dice el que habla y contrástalo con lo que hace, y quédate con lo segundo, que es lo cierto. Bardem va de ecologista, pero su tren de vida (y su coche y sus chalets y los cruceros que patrocina su mujer, etc) generan una montaña de emisiones de CO2 que se traducen en millones de euros en su cuenta corriente. Él, que es rico, puede usar alternativas no contaminantes y no lo hace, por lo que no puede ser ejemplo de nada. Y así tantos. Usted, casi seguro que obligado a contaminar para poder obtener unos ingresos vitales de los que no puede prescindir, haga lo posible por reducir su impacto, pero desde luego no se deje engañar por personas y entidades no ejemplares.

jueves, diciembre 05, 2019

Greta Thunberg y el pensamiento mágico


Quizás sea mañana el día en el que Greta Thunberg, la activista sueca, llegue a Madrid después de su rocambolesco periplo por medio mundo, en un viaje que tiene tanto de espectáculo mediático como de monumento al absurdo. Parece que llegará hasta aquí desde Lisboa en tren, por unas traicioneras vías del siglo XIX que le pueden dejar tirada en cualquier momento y en un convoy tirado en gran parte del trayecto por una contaminante locomotora diésel porque no hay electrificación en muchos de los kilómetros de esa vía. Por si acaso, algunos vecinos de Talavera le han ofrecido la posibilidad de usar un burro para atravesar la península, que es un medio ecológico, aunque emite metano en forma de flatulencias. No consta que Greta haya contestado.

Aunque alguno me pueda linchar por el artículo de hoy, ya avanzo que estoy tan en contra del cambio climático como del fenómeno Greta, que no deja de ser una nueva muestra del papanatismo en el que caen nuestras sociedades ante los fenómenos mediáticos, que se renuevan cada vez más rápido buscando una nueva estrella a la que adorar para, al poco, abandonarla en pos de otro astro que refulja. No critico a Greta ni por su edad ni por su sexo ni porque padezca Asperger ni por ningún otro aspecto de su persona, eso me da absolutamente igual. La critico porque enarbola ese discurso mágico, falaz, mentiroso como el solo, que se basa en que si uno cree en algo lo consigue, porque como tenemos las soluciones a todos los problemas a mano basta con emplearlas, y si no se usan la culpa de lo que nos pasa es nuestra. Great es un enorme libro de populista autoayuda viviente que falsea el diagnóstico y yerra completamente en el remedio. El cambio climático es uno de esos problemas de enorme complejidad en el que son necesarias acciones individuales, colectivas, nacionales e internacionales, algo que excede con mucho a la capacidad de cada uno de nosotros y a la de los gobernantes, que supone un replanteamiento de mentalidades en muchos aspectos y en el trabajo conjunto de toda la sociedad para implantar los cambios y hacer frente a los perjuicios que de ellos se derivan. Y es algo que no sirve de nada si se hace aquí, en la rica Europa, si el resto de naciones no lo llevan a cabo. Ni las tecnologías ni las economías ni las formas de vida actuales están preparadas para el cambio necesario para reducir las emisiones de CO2, y quienes menos lo están son las partes pobres de nuestras sociedades y los países pobres o en desarrollo. Greta representa a la élite de la élite, a la infancia pudiente de uno de los países más ricos del mundo, que basa su riqueza en la emisión de CO2, como el resto, y lo cierto es que miente a sabiendas cuando habla de que el cambio climático le ha robado el futuro, porque tiene renta suficiente para comprar el futuro que quiera. Ahora mismo millones de niños en todo el mundo no están preocupados porque les roben el futuro, sino por sobrevivir al día que empieza, porque su presente está lleno de miseria, hambre y penalidades. Son millones de niños pobres en países pobres, o no tanto, en los que los derechos de la infancia, directamente, no existen. Esos niños viven en sociedades donde el clima y la energía suponen el menor de los problemas, donde alimentarse, sobrevivir y no ser golpeado son el día a día. Lo cierto es que cada vez que Greta sale a la palestra para lanzar su mensaje de apocalipsis global parece no entender que, en las favelas de Río, en todo el Sahel africano, en inmensas poblaciones de India o Pakistán, en tantos y tantos lugares del mundo el apocalipsis adopta unas formas muy crueles y reales, y que nada tienen que ver con el tiempo atmosférico o con el clima presente y futuro. Greta actúa como lo que es, una habitante de la parte muy rica del mundo, lanzando mensajes que sólo los ricos pueden entender, pero como ellos, no tiene en cuenta a la parte pobre de la humanidad, ni a la parte pobre de su propia sociedad, que no es sino un coste para los pudientes, un residuo.

Por ponerle algo positivo a su mensaje, está bien que la conciencia ecológica cale en las nuevas generaciones, pero espero que, como otras cosas, no se quede en flor de un día. Todos vivimos en nuestras contradicciones y las cometemos a cada paso, por lo que debiéramos ahorrarnos el dar muchas lecciones vitales, pero es absurdo contemplar, por ejemplo, manifestaciones adolescentes en contra del cambio climático el viernes (está bien) y luego ver los residuos que las distintas fiestas dejan en parques, playas, jardines y demás espacios púbicos. Si alguno de los manifestantes de viernes se conciencia y no genera residuos el sábado algo habremos ganado. De momento, para este viernes, el circo absoluto, si Greta logra cruzar Extremadura y llegar a Madrid.

Diciembre de fiestas inacabables, mañana es la Constitución y el Lunes 9 es festivo en Madrid, por lo que nos leeremos el martes 10

martes, diciembre 03, 2019

La cumbre del clima en Madrid


Lo primero, lo obvio, y es que a un país tan aficionado a procastinar como el nuestro no hace falta que le avisen con mucho tiempo de antelación de que debe organizar algo. Basta que le den tres semanas de plazo para lo que otros emplean un año para montar toda una cumbre internacional, gestionar la logística, los medios de comunicación, emplazamientos y todo lo necesario. Si los impresentables del COI, sobornados por otros, acaban dándonos unas olimpiadas, y las aceptamos (que habría que pensárselo) las podemos organizar también en poco más de un mes, y a buen seguro que saldrían de maravilla.

Sobre la cumbre en sí, denominada oficialmente COP25, tengo mis dudas de fondo. Tanto por su utilidad real como por lo incongruente de su propia concepción. El efecto de las emisiones humanas en el clima es algo que va a más, que los científicos llevan advirtiendo desde hace décadas y que provocará cambios en la naturaleza de dimensiones y efectos de muy largo plazo que van a alterar la vida de los que vivimos en el planeta, sin que aún esté muy claro de qué manera y forma. Sólo que, como en todo cambio, habrá ganadores y perdedores y que, como siempre, serán los más pobres los que menos opciones tendrán para salir ganando. Los lemas que se escuchan incesantemente en los medios de comunicación, que giran en torno a “salvar el planeta” se equivocan por completo. No se trata de salvar La Tierra, porque aunque nos creamos tan chulos y todopoderosos de ser capaz de destruirla, no lo lograríamos de ninguna manera. Hace cientos de miles, millones de años, el planeta existía y los humanos no. Dentro de cientos de miles, millones de años, el planeta existirá, y los humanos, casi seguro, no. Se trata de salvarnos a nosotros mismos, de conservar el hábitat en el que podemos sobrevivir, crecer y desarrollarnos. Somos nosotros los potenciales causantes de los problemas a los que nos enfrentamos, por ello creo que hay que cambiar la orientación de todos esos discursos que nos rodean. ¿Son útiles estas cumbres para ello? Lo dudo, porque más allá de los mensajes de concienciación ecologista que puedan calar en algunas capas de la sociedad, la vida de las naciones sigue su rumbo sin pensar en el largo plazo, porque los humanos somos muy malos en esas dimensiones temporales. Lo que no vemos delante de nuestras narices no existe. El hecho mismo de convocar una cumbre de este tipo genera un enorme volumen de emisiones contaminantes, y uno se pregunta si no sería más lógico que un encuentro que busca luchar contra ellas no se realizara por videoconferencia global, con todo el mundo en su casa o lugares de trabajo y conectados gracias a las tecnologías que permiten estar en todas partes con unas emisiones mínimas. Desde un punto de vista medioambiental recurrir a estas tecnologías cada vez más es lo más lógico, y es muy probable que en su trabajo diario se haya reducido el número de reuniones presenciales y aumentado el de videoconferencias, con el ahorro de recursos, tiempo y emisiones que todo ello supone. No se acabarán nunca con las reuniones presenciales, porque muchas son necesarias, pero se trata de acotar, y que algo más de veinticinco mil personas vengan a Madrid para luchar contra el cambio climático tiene sus indudables efectos. No sería mala idea que, dado que se nos pide a todos, los organizadores del evento midieran su propia huella ecológica, vieran las emisiones globales causadas por el acto, el origen de las fuentes de energía que han consumido a lo largo del mismo y se viera el balance global. Sería una manera de dar ejemplo, que es como mejor funcionan estas cosas.

Lo realmente distintivo que veo en esta cumbre, más allá de la histeria contraproducente de los mensajes y el circo que se organizará cuando llegue Greta, es que las empresas han encontrado, por fin, un filón en el negocio medioambiental, y su presencia es omnipresente en la cumbre, medios y mensajes, Ahora hasta las petroleras se van a vender como verdes. ¿Cuánto hay de marketing en todo esto y cuánto de realidad? De momento creo que todo es postureo sin contenido, pero quizás sea esta la vía para que el mensaje del ahorro, la reutilización y la reducción de emisiones vaya calando. De todas maneras, nos queda todo por hacer y, seamos sinceros, ni sabemos cómo en lo tecnológico ni en lo económico ni social.

miércoles, junio 26, 2019

Noche de San Juan y playas llenas de mierda


El ser un hipócrita no es algo que las redes sociales hayan exacerbado, porque desde siempre se ha tratado de ofrecer una imagen pública mucho más aceptada por la sociedad de lo que es realmente nuestro fruto privado. Antaño, en las encuestas todo el mundo decía que veía La 2 mientras que nadie le hacía caso a esa cadena y consumía las basuras que echaba Telecinco sin cesar. Ahora todo es igual, sólo que se despotrica por Twitter y otras redes en contra de la cadena emisora de basura, de cada vez mayor toxicidad, y su audiencia no deja de crecer y crecer a medida que la pose eleva a trending topic programas de La 2 que consumen una inmensa minoría que decía antes esa cadena en uno de sus lemas más acertados.

La concienciación ambiental es otro de esos temas, muy de moda, para el que ofrecemos un perfil social comprometido y un comportamiento privado completamente antagónico. Se han puesto de moda las manifestaciones de estudiantes reclamando un cambio en las políticas a favor del medio ambiente y para luchar contra el cambio climático, y no seré yo quien me oponga a esas concentraciones, que creo pecan de ingenuidad, pero denuncian un problema real al que no nos enfrentamos como sociedad, y que nos puede causar un gran problema en el futuro. Sin embargo, muchos de esos manifestantes a buen seguro, como casi todos nosotros, llevan a cabo en su vida diaria una forma de ser y consumir que fomenta ese mismo cambio climático. A veces esa forma de ser no puede ser alterada fácilmente, piense en una familia, en las demandas de los bebés o niños, pero en otras ocasiones si es posible cambiar comportamientos y estilos de vida o consumo que reduzcan nuestro impacto. Pero llevar eso a cabo exige sacrificios, y eso no lo quiere nadie, claro, y ahí es donde fracasamos. Y luego viene lo triste, que es que bastaría con que fuéramos algo cívicos y no una panda de guarros para tener un comportamiento vital mucho más comprometido con el medio ambiente que afirmamos defender con todo nuestro corazón. El pasado domingo tuvo lugar la noche de San juan, comienzo oficioso del verano, en la que no es ni la noche más corta ni la del solsticio, por mucho que se empeñen los medios de comunicación. Hogueras y fogatas por todas partes y fiesta, mucha fiesta, por doquier. Fiesta aderezada del consumo de todo tipo de productos y envases asociados, que dejó, como siempre, un rastro de mugre, de mierda, que a buen seguro también era posible divisar desde los satélites que vigilan el medio ambiente. Las playas de Málaga que se muestran en este artículo son un perfecto ejemplo de cómo quedaron esa noche nuestros arenales, y donde pone arenales piense usted en todos aquellos lugares en los que celebró alguno de los jolgorios de la noche festiva. La cantidad de mierda que cubre la arena, hasta convertirla en poco más que una imagen de fondo, son toneladas y toneladas de desperdicios tóxicos que exigen un enorme trabajo de recogida por parte de los servicios municipales, que suponen un coste para las arcas de los ayuntamientos, que se pagan con los impuestos de todos, y que contaminan todo lo que tocan. ¿Cuántos kilos, toneladas, de toda esa montaña de mierda, llegó al mar? ¿Cuánta se convertirá en los temidos microplásticos que acabarán residiendo en el interior de las formas vivas que deambulan por el Mediterráneo? ¿Cuántos causarán la muerte de animales o acabarán depositados en fondos marinos, ensuciándolos de manera permanente? Para evitar escenas tan asquerosas como la de esa imagen no hay que luchar contra pérfidas multinacionales, sistemas opresores y demás parafernalia con la que muchos activistas nos dan la turra día sí y día también. Basta con no ser un guarro, con llevar en la mano la lata o botella de la bebida consumida, juntarlas en una bolsa y arrojarlas a un contenedor adecuado. Pero no, arrojamos el desperdicio a la arena, que ya vendrá alguien a limpiarlo, y muchos lo harán, a buen seguro, mirando al mar al que dicen defender, de palabra, pero no de acción.

Este comportamiento incoherente es muy humano, está muy estudiado y es una de las principales trabas frente a las que debe luchar el progreso científico para lograr mejorar la sociedad. Hacemos lo que nos es más cómodo como individuos y sociedad porque así estamos programados por la evolución, y esa inercia es muy muy difícil de combatir. Telecinco lo sabe, y los vendedores que viven de nuestro derroche y consumo compulsivo también, y explotan esta debilidad para sacar ingresos de ello y contribuir a saciar nuestra necesidad de satisfacción bruta. Que eso sea a costa de nuestro colesterol, el medio ambiente o la cordura (Telecinco vuelve loca a la gente, no me queda la menor duda) poco nos importa, después de lo satisfechos que nos quedamos al actual como jamás reconoceremos que hacemos. No se si tenemos remedio.

miércoles, agosto 08, 2018

Incendios sin culpables


El suave, liviano, desacostumbrado inicio de verano de este año nos había proporcionado una tregua en el tema de los incendios. Un julio de calor moderado y la humedad derivada de las intensas lluvias de primavera y de las tormentas imparables en el este habían dejado el terreno húmedo y difícil para los malvados que prenden los montes, pero todo llega, también la sequedad, y agosto nos ha saludado con una ola de calor, que ya remite, que ha disparado los termómetros y calentado el terreno para que, por accidente, descuido o terrorismo ambiental, el fuego pueda hacerse con todo. España y Portugal, junto con la siempre doliente california, vuelven a ser escenarios de graves incendios.

No quiero esta vez extenderme en la descripción del mal absoluto que es el incendio, la peor de las catástrofes naturales, sino la profunda indiferencia que sigue existiendo en nuestras sociedades sobre este tema y, derivada de ella, la impunidad de los pirómanos. Hace unas semanas era en Grecia donde, presuntamente provocados, unos incendios arrasaban una zona turística y causaban la muerte de más de noventa personas, el año pasado en Portugal fueron cerca de sesenta las víctimas de los incendios, y en california ya van ocho o nueve en el voraz incendio que, como todo lo norteamericano, posee unas dimensiones inimaginables. Y ni por esas. Ni acudiendo al balance de víctimas logramos que la sociedad se percate de lo grave que es un incendio. Pensemos ahora mismo en los vecinos valencianos que viven el incendio de Llutxent, que sigue descontrolado. El perjuicio económico y el trastorno, la pura angustia, de vivir el desalojo de su pueblo al verse cercados por las llamas, de convertirse en refugiados en su comarca. Cuando el fuego se extinga, que todo al final se acaba, volverán a un entorno destruido, desvalorizado, arrasado, en el que tardarán años en volver a ver riqueza vegetal y belleza en el paisaje. Parece que este incendio ha sido provocado por un rayo, pero los que la semana pasada se sucedieron en Huelva han sido provocados. ¿Cuántos han sido detenidos por ello? Quizás recuerden los pavorosos incendios gallegos del año pasado, que arrasaron comarcas enteras y estuvieron a punto de rodear la ciudad de Vigo. La inmensa mayoría de los mismos fue provocada. Se vivieron días horribles en la zona, con escenas propias de una guerra, y con un impacto posterior digno, sí, de una conflagración bélica. Las acusaciones de provocación y de intereses tras los fuegos fueron múltiples ¿A cuántos se detuvo y procesó por aquello? Creo recordar que sí se capturó a una anciana que, hojas de periódico en mano, iba prendiendo fuego a los montes de su pueblo, pero es evidente que un desastre como aquel no lo provocó sola aquella señora, por muy punible que sea su actitud. ¿Hay noticias al respecto? ¿Se sabe algo sobre las investigaciones que, “sin falta y lo más rigurosas posibles” se iban a poner en marcha por parte de todas las administraciones para detener a los culpables del desastre? Sospecho que la ausencia de noticias revela la ausencia de resultados, y no se qué es peor, el vacío de respuestas o la indiferencia social ante ello. En el momento del fuego todos nos alarmamos pero, tras él, nos da igual lo que pase en el monte, si ha ardido o no, si el desastre es total o parcial. Vivimos de espaldas a la naturaleza, que usamos como vía de promoción de artículos y objeto de postureo, pero nos da igual si nuestro entorno, en el que vivimos, se destruye por un fuego que se pudo evitar. No será así en todos los casos, pero es lo que percibo.

El martes comprobé como, al igual que todos los años por estas fechas, ha vuelto a arder el trozo de la cuña verde de O’donell que está junto a mi casa, el último tramo de dicha cuña, que es el más cercano a la M30 y la M23, y es el que falta por adecentar para convertirlo en un parque disfrutable, como ya lo es el resto de la cuña hasta la M40. Es una zona irregular, donde crecen los matojos cuando llueve, con árboles dispersos y una hondonada en la que viven unos chabolistas que acumulan desperdicios y enseres. Todos los años en primavera esa zona muestra una cara amable y verde, y al llegar el verano alguien le prende fuego y la convierte en un chamuscado erial. Así siempre, sin que nadie haga nada ni para adecentar el terreno ni, desde luego, impedir el fuego o buscar a quien lo ha provocado.

jueves, julio 12, 2018

El futuro del diésel es muy oscuro


El coche que tengo, heredado, duerme en una lonja casi todo el mes hasta que, el fin de semana que subo a Elorrio, lo uso, no mucho, y compruebo con asombro cómo es capaz de arrancar cuando giro la llave. Es un C3 con un pequeño motor 1.1 gasolina, que no tira mucho, y que consume más de lo debido, o esa es mi sensación. Es lógico dado el escaso uso que se le hace y lo “dormido” que se irá quedando el motor a cada mes de inactividad. Pero funciona correctamente y hace el servicio debido a plena satisfacción Y, visto lo visto, al ser gasolina, podrá entrar en todas partes cuando dentro de unos años las restricciones se pongan serias.

Y es que los dueños de vehículos diésel se enfrentan a un serio problema. El aviso de ayer de la ministra de transición ecológica afirmando que el diésel tiene los días contados es el último de una cadena de advertencias que responsables políticos de todo el mundo lanzan sin cesar contra este combustible y los motores por él alimentados. Se preguntará el dueño de uno de estos coches sobre si el mundo se ha vuelto loco, porque hasta hace no mucho tiempo las recomendaciones de los gobiernos, tanto por sus mensajes explícitos como por la fiscalidad, eran que el coche diésel era más eficiente y ecológico que el gasolina, gracias a nuevas tecnologías como los motores TDI. Eso disparó sus ventas y provoca que, hoy en día, el parque de automóviles esté dominado por el diésel. La reversión de las ventas que se está dando en estos últimos meses años aún no ha logrado dar la vuelta a esas cifras globales, que se mueven lentamente. ¿En qué quedamos? ¿es peor un motor diésel o gasolina? Pues como siempre, depende de para qué. En emisiones de CO2 el gasolina es peor, dado que para igualdad de potencia y consumo sus emisiones son más altas. En emisiones de NOX, los óxidos de nitrógeno, el diésel es peor que el gasolina, cumpliéndose la inversa de la regla anterior. Si lo que queremos evitar es la contaminación directa, el CO2, es mejor usar diésel, mientras que si queremos reducir las emisiones nitrogenadas, muy relacionadas con cánceres, debemos utilizar gasolina. Es un lío, ¿verdad? Los últimos datos muestran que el disparo de ventas de coches de gasolina y la absurda moda de los SUV está haciendo aumentar las emisiones netas de CO2 del parque automovilístico, lo que parece un contrasentido dado que buscamos reducirlas a toda costa. Los vehículos actuales son más eficientes que los antiguos, pero los SUV poseen cilindradas altas y pesa mucho, por lo que sus consumos son elevados frente al del típico utilitario que, hasta no hace mucho, era el rey de las ventas. A medida que las restricciones al diésel aumenten, en forma de limitaciones de acceso y de subida de los impuestos asociados a ese carburante, los titulares de este tipo de vehículos se van a encontrar con graves problemas prácticos y con un mercado de segunda mano que se va a hundir, dado que nadie querrá comprarles su coche, a sabiendas de los problemas que arrastra. Los fabricantes también están metidos en un problema con este tema, dado que gran parte de sus líneas de producción siguen teniendo a la tecnología diésel como uno de sus pilares, y cambiar eso es lento y muy costoso. Hay innovaciones tecnológicas que logran minimizar en extremo las emisiones de NOX en los nuevos motores diésel, pero si se asienta la idea en la sociedad de que es un combustible sucio de poco servirán las inversiones de ningún tipo, ya que las ventas seguirán cayendo.

¿Acabarán los gobiernos por subvencionar la retirada de los coches diésel a los particulares para que estos no reciban la carga del coste? No lo se, ni se si es justo o no, porque eso lo financiaríamos todos, tengamos coche diésel, gasolina o no se tenga vehículo alguno. ¿Y qué va a suceder con el transporte pesado, léase autobuses y camiones, que es diésel casi en el 100% de los casos? Para ese uso intenso e intensivo el diésel es una tecnología mucho más robusta y eficiente que la gasolina. Como ven, el futuro de la movilidad limpia, eléctrica, parece aún lejano en la práctica, pero el presente de algunos combustibles (y negocios) pinta muy feo. Una buena crisis puede surgir de todo esto y, también, oportunidades enormes. A ver qué pasa.

viernes, junio 02, 2017

Trump y los taxistas, contra el avance tecnológico

La semana empezó con una huelga de taxistas en Madrid y Barcelona que amenazaba colapsar las ciudades y termina con el anuncio de Trump de la retirada de EEUU del acuerdo de cambio climático de París. No fue el anuncio de ayer una gran sorpresa conociendo al personaje y su corta mira, pero no por ello deja de ser triste. Pero lo más curioso de todo es que ambos hechos, la huelga y la comparecencia de ayer en los jardines de la Casa blanca, tienen un punto en común, que es la resistencia de amplios sectores sociales y económicos al progreso, no en el sentido político del mismo, sino en el tecnológico. Son luditas de manual.

La huelga de taxis sirvió para que Uber y Cabify consiguieran aún más ingresos, pero es que la llegada del coche autónomo dentro de pocos años, échenle cuatro o cinco, significará el ocaso del conductor humano en todas sus variantes, y con ello el más que probable final del taxi y de las licencias VTC y todo lo que rodea a ese sector. En su comparecencia de ayer Trump se dirigió a los votantes de los estados deprimidos, los que dependieron en su día del carbón y las acerías, y que hoy languidecen. En el mismo EEUU estoy casi seguro de que en estos días hay ya más gente trabajando en el sector de las energías renovables que en el de la minería del carbón, y que ese es un proceso imparable. El fracking ha supuesto una revolución en la producción de crudo, ha conseguido que los precios encuentren un techo poco más allá de los 50$, dinamitando a la OPEP, y ha otorgado a EEUU independencia energética, pero a medida que las baterías de los coches sean más eficientes el consumo de petróleo para automoción, su principal y más absurdo mercado, irá decayendo, primero en los países desarrollados y luego en el resto del mundo. Por ello la lucha contra las emisiones de CO2, además de un compromiso político por el bienestar del planeta (lo admito, hay un buenismo absurdo y bastante hipócrita en todas esas expresiones) es una manera de afrontar la revolución tecnológica que se viene encima, y que va a empezar a afectar muy de lleno al sector del transporte y la movilidad. Las empresas norteamericanas saben perfectamente que no pueden quedarse al margen de ese cambio, y que deben invertir mucho dinero para, en una primera fase, optimizar al máximo sus motores, antes de que cambien de sistema y se conviertan todos en híbridos o directamente eléctricos. Y si no lo hacen a tiempo se verán desbancadas en el mercado por aquellas que sí lo hagan. Por eso el compromiso de París tiene, sobre todo, a mi entender, una profunda carga económica, como guía de hacia dónde van a tener que tirar muchas industrias. La decisión de Trump lesiona, sobre todo, los intereses de los propios EEUU, y ayer no eran pocos los mensajes de CEOs empresariales estadounidenses que lamentaban ese anuncio no por su “amor al planeta” sino por el coste que va a suponer de cara a sus inversiones. Sueña Trump, y los taxistas, en un mundo pasado, quizás el de los setenta u ochenta, en el que los sectores industriales clásicos aún reinaban en occidente, pero esa arcadia feliz a la que pretenden volver se fue para siempre, se transformó por completo. Hoy el empleo de las minas y del petróleo depende mucho más de la inventiva de una empresa como Tesla que de las decisiones de cualquier gobierno, y si los consumidores optan por vehículos eficientes y limpios nada podrá hacer administración alguna al respecto. Por eso ambos movimientos, y muchos otros que veremos a medida que la tecnología copa procesos y puestos de trabajo, son como las torsiones, los ruidos que emite una estructura cuando empieza a ser forzada, cuando se sobrecarga, cuando se usa para algo para lo que no está diseñada. Y se requiere actualizar antes de que se rompa.

Otro aspecto, importante, pero más sibilino, es el daño, inmenso, que cada paso y decisión de Trump hacen de la imagen de EEUU en el mundo, y las consecuencias políticas y económicas que eso genera. EEUU ha conseguido crear un imperio que suscita suspicacias, recelos y rechazos en todo el mundo, pero ese mismo mundo viste, come, consume, vive  y aspira a ser como los norteamericanos, en un fenómeno que me recuerda al ansia antigua por acceder a la ciudadanía romana. Ese poder blando de EEUU es, curioso, su principal fortaleza. Si Trump no hace más que herirle e infringirle daños puede ser el principal de los enemigos a los que ese gran país se ha enfrentado en muchísimas décadas. Y eso las empresas americanas lo saben perfectamente y, cada vez, lo temen más. La Casa Blanca cada vez se parece más a Isengard en manos de un Saruman desquiciado.

viernes, agosto 12, 2016

El grave delito de quemar el monte

Pasa cada verano, cuando las temperaturas se disparan más allá de lo razonable, al aire se convierte en algo irrespirable y el suelo se llena de hojas secas, recuerdo de lo que una vez fue hierba espléndida, y ahora son sólo matojos resecos, briznas amarillentas que tapizan el paisaje y lo cubren de un tono que hace juego con el dorado Sol. Un monte arde, unos árboles crepitan entre unas llamas alimentadas por pastos y sostenidas por un calor que todo lo devora. A veces el viento contribuye a extender el fuego y, en pocas horas, lo que era un paisaje de vidas se convierte, para décadas, en una extensión más del desierto.

A veces esos incendios tienen causas naturales. Cuando uno conoce los veranos fuera de la cornisa cantábrica descubre con sorpresa como no arde todo, porque hay días de verano en los que parece que hasta las paredes de las casas desaparecerán en una combustión espontánea, del calor que liberan. Rayos de tormentas secas, imprudencias más o menos estúpidas, todas lo son, causadas por agricultores o veraneantes o gente que pasaba por allí. Pero junto a estos fuegos casuales, que son los menos, están los provocados, los causales, que tienen su origen en un acto humano deliberado, en una intención firme y decidida de quemar un monte, de arrasar un espacio. ¿Por qué? Se suelen aducir muchas veces las razones económicas, la recalificación sencilla de terrenos quemados para construir, el aprovechamiento a bajo precio de una madera que costaría mucho más talar que recoger ya quebradiza, y cosas por el estilo. También está el formato venganza, en el que algunos queman propiedades de otros para saldar viejas cuentas pendientes que no pudieron arreglarse ni en público ni en privado. Destruir al vecino es, a veces, el mayor de los placeres y, sin duda, uno de los más absurdos. Y luego están también los pirómanos profesionales, gente que disfruta con el fuego, que le emociona, incluso estimula sexualmente, que prenden el monte y luego corren a alistarse en los retenes para apagarlo porque junto a las llamas sienten unas emociones absolutas, poderosas. De todo hay, la verdad, aunque parezca imposible pero, en el fondo, me da lo mismo. El problema de fondo es que no conocemos a nadie que lleve encarcelado diez años por prender fuego a un monte, y esa es la principal de las causas que origina los fuegos, que no los consideramos como el grave, gravísimo atentado que suponen contra el patrimonio de todos. Nos emocionamos con las ballenas varadas, algunas especies en extinción y todo tipo de problemas de fauna que nos llegan a través de los medios. Hacemos enormes campañas de sensibilización sobre el “problema” de los toros, y la gente se enfrenta a ello con saña, pero no hay movilización semejante, ni remotamente parecida, contra los que queman el suelo, los que lo arrasan todo, sea vida animal o vegetal, y que en un país seco, árido y en el que el agua vale mucho más que la gasolina como es el nuestro, suponen el mayor daño contra nuestro patrimonio. Quemar es desertizar, arrasar, destruir. Tras un incendio y las probables lluvias de otoño, la capa de tierra más fértil se deshace y, en muchos casos, se pierde para siempre. El más rápido camino a la pobreza de una región o un país es ver cómo su suelo se quema, como su tierra desaparece, como sus posibilidades arden en medio del miedo de muchos y, lo peor, la indiferencia de casi todos.

Ahora es Portugal la más arrasada, junto a Galicia, hace unos días Madeira y La Palma, la semana que viene a saber dónde se avivará un foco. Miles de personas y costosos medios se destinarán a evitar que las llamas que tan fácilmente fueron prendidas sigan creciendo. Pero es probable que, con el final de agosto, el recuerdo de los incendios pase, nos olvidemos de ellos por completo, la tierra yerma, arrasada sea el nuevo paisaje, y el autor de tanto daño ni sea perseguido ni condenado ni repudiado. Cuando provocar un incendio lleve aparejada una pena de cárcel de diez o veinte años o repoblar los montes sea algo que se haga de continuo, con fuego o no, será señal de que nos importan estos desastres. De momento, nada de nada. Muy triste.

viernes, diciembre 11, 2015

La caída del petróleo y la cumbre del clima de París

Este fin de semana se acaba la cumbre del clima que, desde hace dos semanas, se reúne en la aún doliente París. Delegaciones de todo el mundo trabajan para alcanzar un acuerdo que permita suplir al protocolo de Kyoto, que creo que justamente hoy cumple dieciocho años. Para que ese acuerdo sirva para algo debe tener tres características. La de ser amplio, abarcando todas las materias afectadas, global, porque en la atmósfera no hay fronteras entre países, y vinculante, que posea sanciones o penas de algún tipo para quien lo incumpla. Si alguna de estas características no se da, el posible acuerdo parisino se quedará en muy poca cosa.

Coincidiendo con la cumbre, el petróleo ha seguido su senda descendente en los mercados y esta semana, de manera clara, la referencia en EEUU ha perdido el valor de los 40 dólares. Son varias las fuerzas que actúan para provocar este movimiento, tanto desde una oferta que no se reduce por parte de los productores, y que irá a más con la incorporación de Irán, como de una demanda que flaquea en los países emergentes afectados por una crisis que les va a condicionar en los próximos años, como por movimientos geopolíticos en los que Arabia Saudí trata de arruinar a la industria del fracking norteamericano. Es un asunto muy complejo y apasionante, pero el barril está barato, y eso se nota en la gasolinera y en el bolsillo del consumidor. Para un país como España la bajada de la gasolina equivale directamente a una inyección de dinero en los bolsillos, a un aumento de renta al perder valor uno de los costes fijos de nuestra economía, tanto para los particulares como para la industria y los servicios. Es un revulsivo económico de primera magnitud, uno de esos vientos de cola que empujan la recuperación económica. Pero para el asunto del clima un petróleo barato no es tan bueno. Su bajada de precio encarece, automáticamente, las alternativas renovables, y supone un freno a la introducción de tecnologías limpias. La gasolina barata dispara el uso del coche privado y llena las ciudades de nuestros humos, frente a la alternativa de un coche híbrido, que resulta mucho más cara cuanto menos cueste el litro de gasolina. Una de las alternativas más obvias que existen al problema del cambio climático, dado que no se penaliza la externalidad de la contaminación como es debido, es lo que los economistas denominamos “solución precio”. Si algo se vuelve muy caro resulta un gran negocio inventar una alternativa, y esta surge por el hecho de que ese beneficio esperado alienta el ingenio del personal. Un petróleo caro dispararía el uso del coche eléctrico y, sobre todo, la investigación en torno a él, porque el desarrollo de baterías más eficientes se convertiría en un negocio mucho más próspero. De ese modo, las alternativas irían ganando mercado y el petróleo, caro, vería caer su precio en el futuro por pura falta de demanda. Ante un precio del combustible barato, y que tiene pinta de mantenerse así durante un cierto tiempo es evidente que este proceso será mucho más lento, al no existir ese aliento. Dependerá de la voluntad de los consumidores, de la sensibilidad de la sociedad no ya ante un problema global como el cambio climático, sino ante los problemas diarios que la contaminación genera en nuestras urbes, que están tan de moda, lamentablemente, en este otoño veraniego y de estabilidad absoluta que nos ha tocado vivir. En definitiva, para un acuerdo consistente en París, la bajada del petróleo no es, precisamente, un estímulo, sino todo lo contrario.

Resulta interesante ver que algunos de los países que más se oponen a un acuerdo sobre el clima no son sólo los contaminantes, sino, sobre todo, los productores de petróleo. Los golfos de las monarquías del Golfo pérsico se encuentran a la cabeza de los países que más pegas ponen, a sabiendas de que un cambio de modelo energético les condenaría a la ruina más absoluta. Un barril por debajo de 40 dólares les hace mucho daño, aunque siga siendo rentable para ellos, pero la idea de que la era del petróleo se encamine hacia su ocaso les produce auténtico pavor. Ese camino ya ha comenzado pero, no nos engañemos, aún estamos en sus primeros pasos. Con decisión y constancia aún pasarán muchos años antes de que el petróleo empiece a ser un activo residual.

jueves, diciembre 03, 2015

El aire sucio de Madrid y el clima de París

Tiene sentido que, para unirse a los debates que se celebran en París con motivo de la cumbre del clima, el Ayuntamiento de Madrid haya tenido que poner en marcha otra vez la fase 2 del protocolo de contaminación, añadiendo a la limitación a 70 km/hora de velocidad en la M30 y vías anexas la prohibición de aparcar en el interior de dicha carretera de circulación a los no residentes. Es la segunda vez que se pone en marcha esta medida en menos de un mes, fruto de la continua emisión de contaminantes y de un persistente anticiclón de bloqueo que provoca que no llueva en Madrid, concretamente desde hace un mes. Y la cosa parece que sigue así en el futuro.

Como ya sabrán, en París, blindada por las fuerzas de seguridad, se celebra esa conferencia mundial por el clima, que trata de lograr un acuerdo internacional vinculante (los dos conceptos son claves) parta reducir las emisiones contaminantes y atajar así la prevista subida de las temperaturas. Aún es pronto para saber si se llegará a un acuerdo en esta cita, y de lograrlo si se cumplirá y servirá para algo. A corto plazo soy bastante pesimista en este aspecto. Las naciones en vías de desarrollo no van a querer renunciar a un consumo energético que ha sido uno de los pilares del crecimiento de los países desarrollados, y es obvio que miles de millones de chinos, indios, nigerianos y otras nacionalidades vana a aumentar sus emisiones más de lo que podamos reducirlas otros países, si realmente lo hacemos. Y como en el aire no hay fronteras, los humos de unos son los de todos. A medio plazo las emisiones se frenarán porque confío en la tecnología, tanto por el desarrollo de fuentes alternativas como por la mejora en las baterías, que permitan electrificar el parque móvil global, como las tecnologías de captura de CO2, pero me da que aún tendremos que esperar mucho para que esa nueva base tecnológica sea capaz de suplir a la que actualmente (no nos olvidemos) nos permite vivir. Y si de la tecnología es difícil hacer predicciones, del clima futuro aún más. Los modelos climáticos son, por definición, complejos y caóticos, y pueden ofrecer variantes muy diversas que, en unas zonas, supongan riesgos y desastres y en otras beneficios. Lo que parece claro y aceptado por todos los científicos es que el impacto de la humanidad en el clima global es perceptible, existe, y lo va a alterar en una dirección y dimensión que, aunque seamos incapaces de precisar con detalle, generará consecuencias en el futuro. Y esas tendencias, las del clima y la contaminación, se caracterizan por, entre otras cosas, poseer mucha inercia. Si ahora mismo dejáramos de emitir por completo, los efectos puestos en marcha en el clima no desaparecerían en semanas, sino en varios años, por lo que la incidencia de las medidas de reducción de emisiones, sean cuales sean, sólo podrán verse evaluadas en un plazo muy largo de tiempo, suficiente para que muchos de los habitantes del mundo actual no lo vean como una necesidad imperiosa. El problema del clima, aparte de su complejidad, se enfrenta al endiablado dilema económico conocido como la “tragedia de los bienes comunes” y es que la actitud individual de cada una de las personas y naciones en pos de la reducción de emisiones sólo genera, a corto plazo, perjuicio para quien la realiza. A largo plazo es beneficiosa para el conjunto, pero la pérdida inicial desincentiva a ponerlas en marcha de manera individual y esa es la garantía para que en un plazo no muy largo, toda la colectividad se vea perjudicada en su conjunto. Los incentivos individuales son perversos y juegan a la contra del bien común, y esa es la mejor garantía para que los acuerdos, firmados o no, se incumplan, y las situación global no mejore, sino que mantenga su tendencia actual al empeoramiento.

Una posible solución a este dilema sería encontrar un aliciente a corto plazo que sirva para que todo el mundo se conciencie que actuar de manera limpia y racional es beneficioso ya, no en un remoto futuro. Y ese incentivo puede ser el de mirar hoy por la ventana en una ciudad como Madrid, París, o cualquier otra capital sumida en un manto contaminante. Más allá de lo que pase con el complejo clima futuro, evitar la contaminación presente reduce los cánceres de mañana, y eso ya es un incentivo muy intenso como para desarrollar hábitos de comportamiento y, sobre todo, tecnologías que reduzcan las emisiones. Nuestro mundo no puede funcionar sin coches, intentarlo es absurdo, pero si logramos que no emitan eliminaremos bastante más de la mitad del humo que respiramos. Ese es nuestro reto hoy.

jueves, noviembre 12, 2015

Qué hacer ante un Madrid contaminado

Lo que están haciendo Artur Mas y sus descarriadas huestes es contaminar la democracia hasta hacerla impracticable, y de mientras el cielo de Madrid presenta una situación análoga, solo que no se trata de ninguna metáfora, sino de auténtica mierda, polución estancada tras varios días de anticiclón estable que no mueve una hoja y menos todo el humo que emitimos a la atmósfera. Hoy por primera vez se impone el límite de circulación a 70 km/hora en la M30 y accesos a la ciudad. No se si la medida es útil o no, porque cuando se generan atascos nadie se mueve y se emite tanto o más que en movimiento. En todo caso, ojo con la velocidad y radares.

La mayor parte de la contaminación urbana de las ciudades occidentales ya no proviene de la industria, sino de los coches, los millones de coches que emiten partículas y gases y que se mueven sin parar por ella. En las ciudades de los países emergentes, a esos millones de vehículos debemos sumar las industrias sitas en las urbes, que emiten una barbaridad, pero no es este nuestro caso. Y es este, el de la contaminación, uno de esos problemas complejos que tienen difícil arreglo, porque se genera tras la agregación de millones y millones de decisiones individuales en las que la frase “pero si yo apenas contamino” es cierta. Un solo coche no genera mucho humo, mil sí, millones muchísimo. La contaminación urbana sólo desaparecerá de las ciudades cuando por ella circulen vehículos que no emitan, así de simple. Hasta entonces hay un lento y complicado camino de reducción, que pasa por medidas severas como la implantación de peajes o las matrículas alternas, que no solucionan el problema. Sólo la renovación del parque móvil es el camino seguro. Una vía para reducir de manera efectiva hasta llegar a ese ansiado cero de emisiones es la de potenciar el transporte público para sacar coches de las ciudades, transporte que debe ser eficiente, rápido, frecuente (ay, metro de Madrid, dónde quedaron tus antiguas y maravillosas frecuencias de paso…) y limpio. Una flota de autobuses urbanos que emitan muchísimo hace poco servicio a la limpieza. Siendo como es la flota de autobuses, por definición, un tipo de vehículo de intensidad máxima de uso, escasa distancia de desplazamiento respecto a sus bases y pernoctación obligada en las mismas, es el candidato perfecto para que sea completamente eléctrico. Aún con las baterías actuales, que dejan mucho que desear, la regularidad de paso y estacionamiento de los autobuses los hace perfectos de cara a poder ser electrificados en su totalidad y recargados en los puntos de reposo en la cabecera de las líneas y zonas de estacionamiento. Con eso eliminaríamos de la lista de contaminantes a cientos, miles de mastodontes que día tras día echan sin parar humos, entre otras cosas porque no se detienen a lo largo de toda la jornada. ¿Por qué no se hace algo así? Sería un plan costoso, lo se, y a medio plazo, no generaría efectos en un instante ni nos aliviaría el problema que tenemos esta semana y que seguirá la que viene, pero sí se notaría en un periodo de dos a tres años. Quizás una inversión así no genere los votos necesarios como para compensar su coste financiero, y por eso no se hace. Esta misma política de electrificación global se puede implantar ene l sector del taxi, aunque aquí  hay más problemas técnicos. La llegada futura de los coches autónomos también puede contribuir a reducir las emisiones. Miles de coches deambulan en todo momento buscando aparcamiento por el centro, con el objetivo de estar quietos, pero no pueden. Un coche autónomo que dejase a su dueño en su destino se iría directamente fuera de la ciudad y desaparecería de las calles hasta que su dueño lo requiriera de nuevo. Estaría por tanto fuera de la circulación. Lo malo es que para esto queda mucho tiempo todavía. Cada vez menos, sí, pero mucho tiempo.

Una muestra de lo poco que, en el fondo, nos interesa el tema de la contaminación, es que ni siquiera tenemos datos seguros de la misma. Sabemos con precisión milimétrica el estado de salud de los jugadores de fútbol estrella, pero no podemos decir cuál es el nivel de partículas o gases que se registran en cada momento en un punto de la ciudad porque no hay medidores fiables instalados, en la era de la conectividad y el big data. Aunque cierto es que esto es tanto por falta de interés del ciudadano como por desidia planificada por parte de las autoridades y los fabricantes de coches (no sólo Volkswagen miente en sus emisiones). En fin, que hoy tendremos la misma mierda sobre el aire de Madrid, el mismo anticiclón, y una discusión nueva sobre los 70 por hora. Y pocas soluciones, muy pocas.

jueves, junio 11, 2015

Le cuesta, pero cuando llueve en Madrid…

Hace poco, a las dos y media de la mañana de esta noche, llovía con ganas en mi barrio, con una de esas tormentas que son tan aparatosas como bellas. Rayos salpicados de manera caótica, truenos solapados unos con otros, goterones caídos desde lo alto, arrojados más bien, dad la violencia con la que se estampan contra el suelo, barridos en ocasiones por rachas de viento que, como si de un niño jugando con la ducha se tratase, hacen que la lluvia adopte formas de cortina ondeante, de bandera que se mueve al son de la brisa desatada. Y recibiéndolo todo, un suelo yermo, reseco y agostado.

Siempre digo que el cielo de Madrid es uno de los más bellos del mundo, porque así lo pienso. Mi escaso bagaje viajero me impide hacer comparaciones respecto a lugares exóticos, vírgenes o muy apartados de nuestro entorno, pero de lo que conozco, no tengo duda. Su azul es inigualable. Pero a la vez que bello, puede ser de los más crueles del mundo. Bajo ese azul absoluto casi eterno bulle una inmensa ciudad, millones de personas y un terreno enorme, salpicado de manchas de vegetación, montañas y todo lo que configura el paisaje terrestre, que muchas veces mira a ese azul omnipresente con absoluto odio, porque día tras día el azul se repite de manera monótona, como si de una condena se tratase. Tras la lluvia, que a veces cae sin control y desmedida, el suelo se comporta generoso, y regala al azul celeste una gama de verdes curiosa y siempre sorprendente, dados los lugares, a veces auténticos pedregales, por donde es capaz de asomar la vegetación. Es en esos primeros días cuando la naturaleza de Madrid se encuentra a gusto consigo misma, se regala una a otra, ofrece toda la belleza que es capaz de dar, y deja al residente, espectador, visitante o turista la sensación de vivir en un espacio amable y armónico. Es un espejismo, una idea fugaz, una ilusión. Pasan los días, el azul del cielo sigue ahí en lo alto y el verde del suelo, poco a poco, palidece, muta hacia una gama de colores amarillentos y ocres que acaban confundiéndose con el polvo de un terreno que, antes, lucía compactado y terroso, y ahora es árido y arenoso, frágil ante la embestida del viento, que lo mueve como si fuera el paisaje de una playa. Los brotes que arraigaron en el pedregal, que fueron valientes, acaban claudicando, se rinden, pliegan armas y, poco a poco, van decayendo, tirando sus hojas y acabando, como viejos humanos, doblando su tronco ante el azul del cielo, desde donde el sol eterno, implacable, día tras día exige su tributo y no perdona. El tono de la ciudad se aguanta gracias a los árboles, grandes y frondosos, y el riego de parques y jardines, pero sale uno del espacio urbano, domesticado, y se encuentra con el campo, antes reverdecido, ahora trocado en crudo erial. Y el azul del cielo casi se puede ver reflejado en esos arenales inmensos que comienzan donde acaba Madrid y se extienden hasta el infinito, mucho más allá de la propia Comunidad. Y desde lo alto el sol parece sentirse a gusto con el trabajo realizado, con el fruto que han dado las plantas que salieron a saludarle, pero que no aguantaron su presencia y poder, y ante él se marchitan. Y llega la noche, y un nuevo día. Y sigue el azul infinito y el sol en lo alto, y así día tras día. Y la belleza infinita del cielo de Madrid se puede acabar convirtiendo en una tortura.


Ahora mismo, de mientras escribo, diluvia con tormenta en la zona en la que está mi oficina, y el suelo reseco trata de absorberlo todo porque sabe que no es seguro que mañana vaya a volver a llover, y mucho menos pasado mañana. Esta vez han sido cuarenta y cuatro, sí, cuarenta y cuatro días seguidos sin una sola gota de lluvia, de cielos despejados y sol abrasador. Lo que empezó siendo una primavera muy lucida acabo hace ya muchas semanas convertida en un agostado verano anticipado. Ahora llueve, disfrutémoslo, porque en Madrid nunca se sabe si será la última vez que lo haga hasta dentro de mucho, mucho, demasiado tiempo.

miércoles, marzo 19, 2014

La contaminación que ahoga París


Saliendo de casa esta mañana de camino al trabajo me he dado cuenta de que han caído algunas gotas de lluvia a lo largo de la noche, apenas las suficientes para mojar el suelo, pero capaces de humedecer el ambiente y darle un toque distinto tras más de dos semanas de anticiclón perpetuo sobre España y el resto de Europa, que nos ha proporcionado el sol y la tranquilidad que muchos ansiaban tras el carrusel de borrascas atlánticas que no ha dejado de golpear el país a lo largo de un Enero y Febrero no muy fríos pero sí lluviosos, ventosos y violentos.

Pero no todo es perfecto. El anticiclón, el aire pesado quieto sobre las ciudades, las calefacciones aún en marcha y los millones de coches que por ellas se mueven han disparado los niveles de contaminación hasta límites peligrosos, que en China serían considerados como aire limpísimo, pero que en el resto del mundo suponen una alerta a tener en cuenta. La situación más complicada se ha vivido en Centroeuropa, y París ha sido la capital más afectada. Muchas han sido las imágenes en las que, desde el cielo, se veía una enorme extensión urbana cubierta por una capa de contaminación, literalmente de mierda, que la oscurecía por completo, y en medio de la escena la imaginación ayudaba a completar la efigie de la Torre Eiffel, cuya base se distinguía con facilidad, pero que se iba difuminando a medida que ascendía hacia la mugre que todo lo tapaba. La imagen era inquietante, y daba que pensar, y volvía a hacerme fuerte en mi argumento de que el cambio climático, del que tanto se discute, habla, teme y tantas portadas ocupa, es aún un futurible de difícil gestión, mientras que la contaminación urbana, que día a día mata a miles de personas y genera cánceres sin fin es un problema de nuestro tiempo, que está aquí, que nos perjudica ya, en este mismo instante en el que usted y yo respiramos, y contra el que nada hacemos en serio, más allá de algunas medidas cosméticas. En el caso de París el Ayuntamiento hizo lo que pudo, decretando inicialmente la gratuidad de los transportes públicos y alentando a la población para que los utilizara o recurriera a las bicicletas, que no contaminan. Como el anticiclón no se movía y la capa de mierda no disminuía, recurrió a medidas más drásticas, como la restricción del tráfico en la ciudad, permitiendo sólo el uso de vehículos con matrículas pares o impares en días alternos. Mano dura para llevar a cabo esta medida, y sobre todo un cierto movimiento en la atmósfera que empezó a dispersar la contaminación han sido las causas de que la crisis parisina haya pasado, pero que pueda volverse a repetir, allí y en cualquier otra de nuestras ciudades, si las condiciones meteorológicas se vuelven a repetir, cosa que es mucho más fácil de que suceda de lo que pudiera parecer. Así, la crisis ha pasado pero el problema persiste, y las soluciones que se adoptan son parches para salir del trago sin que solventen el problema de fondo. Piense usted en que parte de nuestras ciudades se inundase cada vez que lloviera cuatro horas seguidas. ¿Sería admisible que el ayuntamiento y gobierno no emprendiera obras para evitarlo? Todo el mundo saldría indignado a la calle a manifestarse reclamando desagües, colectores, alcantarillado, y todas las infraestructuras que a usted se le puedan ocurrir, para evitar ese tipo de desastres. Aquí, sin embargo, frente a la contaminación, ni hay presión ciudadana ni concienciación social, en gran parte porque somos cada uno de los usuarios del transporte privado los que emitimos nuestra cuota de responsabilidad y nos negamos a reducirla, sacrificando comodidad personal (yo no tengo coche en Madrid, pero da igual). Quizás si hubiera una chimenea muy grande y oscura en cada ciudad la presión popular la acabaría cerrando, pero hay millones de microchimeneas muy difíciles de taponar.

Así, París nos ha vuelto a poner sobre la mesa este incómodo problema, que en las ciudades españolas ni siquiera se plantea. Con Madrid a la cabeza, la gestión de la contaminación urbana en España pasa, al parecer, por emitir rogativas a la virgen de los vientos para que sople y se lleve las nubes. No se habla de peajes de acceso, de sustitución de vehículos contaminantes por otros limpios, por un parque de alquiler de vehículos eléctricos urbanos sin emisiones, por renovar la flota de autobuses eliminando las emisiones públicas, por campañas de concienciación, por información del nivel de emisiones, etc. El problema es complejo, difícil y de lenta solución, de acuerdo, pero si hay voluntad algo se puede hacer. ¿Por qué no actuamos? ¿Por qué no nos importa algo tan serio para nuestra salud?

lunes, mayo 20, 2013

Tormenta inesperada


Ayer por la tarde, tras despedir a un amigo mío que había venido a pasar el fin de semana en Madrid y sentir, viniendo del norte, como la primavera de la meseta es muy parecida al invierno, me quedé en casa revisando la prensa del fin de semana, que no había podido leer al estar casi todo él fuera, paseando, viendo exposiciones y charlando. Tenía bastante papel por delante así que, tras una buena duha y ver las noticia, apagué al tele y me puse a revisarlo todo, notando como poco a poco el mediodía luminoso se iba poniendo oscuro.

Artículos más o menos interesantes, reportajes variados, y así avanzaban las horas hasta que a eso de las 19, no se exactamente los minutos, un rumor proveniente de la calle se elevó ligeramente por encima de la música que estaba escuchando (el arte de la fuga de Bach, BWV 1080 en la versión del conjunto de cuerda Freetwork, maravillosa) y en lo primero que pensé fue en una tormenta, aunque luego me desmentí a mi mismo porque, pese a que la previsión anunciaba riesgo de chubascos por la tarde, me parecía demasiada casualidad que cayeran tantas tormentas en días seguidos, dado que el sábado nos libramos de una por los pelos. Cuando el segundo “rumor” se elevó más claro y contundente que el anterior dejé atrás mis dudas y, apagando el equipo de música, acudí a la ventana a contemplar el cada vez más limitado paisaje del que dispongo gracias a la política de no poda de los árboles del barrio. Y allí entre el follaje, las ramas y las hojas que todo lo cubrían, tenía sobre mi cabeza un cielo negro, oscuro, amenazador, sin formas definidas, continuo como una tela o dosel, del que empezaban a caer tímidas gotas, no muy gordas, pero que en el silencio de la tarde se oían perfectamente. Y tras lo que parecía un fogonazo, un nuevo trueno, esta vez inconfundible, sonoro y grave, que parecía estar bastante cerca. Con la ventana del salón abierta contemplaba las nubes y, refugiando mi cabeza bajo el extractor del aire acondicionado del vecino, veía como las tímidas gotas del principio habían reclutado a una tropa de fornidas seguidoras que, animadas, caían con mayor estrépito y volumen, empezando a empapar el suelo, mientras que nuevas descargas se oían, de manera consecutiva y cada vez más cercana. Y todo ello en medio de un frío espantoso, impropio de un mes de Mayo, que provocaba que saliera el vaho de mi boca como si estuviéramos en el invierno que parece que nunca vayamos a abandonar. En unos minutos, junto a las gotas, empezaron a caer bolas de granizo, pequeñas, como guisantitos o granos de maíz, livianas, que rebotaban contra los tejados, ramas y postes, y adoptaban todo tipo de trayectorias antes de llegar al suelo. Su impacto contra el patio de mi casa generaba un ruido como de muchas canicas cayendo sobre el suelo, pero era más la sensación que el tamaño de los objetos que se precipitaban. Pese a que por unos instantes lo intentó, el granizo duró poco tiempo y la lluvia fue la que, intensa, racheada y zarandeada por el viento, se hizo dueña de la situación, desbordando rápidamente las canaletas de agua sitas junto a las aceras y convirtiendo a las alcantarillas en improvisados surtidores de agua, barro y hojas. Mientras, los rayos seguían cayendo con ganas y lo que se presumía una apacible y fresca tarde de Domingo se había convertido en apenas unos minutos en una desapacible noche invernal de tormenta y agua.

Al poco, mirando por internet, pude comprobar que por mi barrio había pasado no lo que yo creía que era el núcleo de la tormenta, no, sino una mera esquina de la misma, ya que más al norte, por la zona de Ventas por ejemplo, el granizo se había adueñado completamente del paisaje y había teñido de blanco calles, coches, árboles y todo lo que sobresaliera del suelo. También fue el granizo lo que, tristemente, ocasionó un aparatoso accidente de tráfico a 140 kilómetros más al norte, en la A1, en el que se vieron envueltos unos cincuenta vehículos, incluyendo un autobús de línea y varios camiones. La fuerza de las tormentas siempre resulta imponente. Ayer, desde luego, lo fue.

miércoles, marzo 27, 2013

Llueve, llueve y llueve


Ahora mismo, al mirar por la ventana, hacia el sur, veo un Madrid empapado, cubierto de nubes bajas, que tocan la punta de los edificios más altos, impidiendo ver su remate, y haciéndolos aún más grandes al no saber dónde acaban. Tras otra noche de lluvia intermitente las aceras están empapadas, los jardines completamente encharcados y en las calles reluce un asfalto mojado, con charcos que cubren los cada vez más abundantes baches, provocados por la lluvia y el uso inmisericorde, y que el Ayuntamiento, embarcado en ambiciones olímpicas, se ve que no puede tapar como es debido.

Siempre he dicho que España es un país en el que no sabe llover. Si exceptuamos la cornisa cantábrica y Galicia, donde hay algunos días de buen tiempo y lluvia en todos los demás, en el resto del país se suceden largos y duros periodos de sequía y cortos e intensos de precipitación, replicando un poco el comportamiento típico del verano del centro, en el que el calor tórrido se estanca hasta que una esporádica tormenta lo libera, y eso en los años en los que hay tormenta. 2012, el ejercicio pasado, fue uno de esos años que a uno le hace odiar el tiempo. Sequía intensa, extrema, eterna y generalizada, que trajo un invierno desolador, sin prácticamente nevadas, lleno de heladas secas (llamadas negras) y destrozos en el campo. La cosecha de cereales de invierno se perdió en la mayor parte del país y el paisaje mostraba ya en Marzo Abril unas tierras resecas y descarnadas. El verano fue normal, es decir, muy cálido, con poca precipitación y, lamentablemente, muchísimos incendios, y el otoño fue también normal, con los episodios torrenciales de todos los años, especialmente en este caso en Almería. Cuando entró el invierno, antes de Navidad, la situación de las reservas de agua en España empezaba a ser alarmante, porque otro año seco nos habría abocado a restricciones y a nuevos destrozos ambientales. Llovió algo en Navidad, más por el centro y el sur que por el norte, pero en general fueron días tranquilos y con toques de viento sur. Empezaba otra vez a parecer que la dinámica de sol eterno y noches frías del invierno de 2012 se iba a repetir, y en mi interior la preocupación crecía, inútil dado que nada puede hacer uno ante el tiempo que salga, pero así soy. Sin embargo, a mediados de Enero, algo cambió. Pueden ustedes meterse en foros meteorológicos y les comentarán la influencia que tienen los anticiclones siberianos estancados en los polos sobre el régimen de precipitación en altitudes inferiores y cuestiones por el estilo, pero la cosa es que empezó a llover, y a nevar. Primero fue un frente generoso, y luego otro, y luego otro… sucesivas cadenas de borrascas más o menos intensas empezaron a entrar tanto por el norte, regando el cantábrico, meseta norte y sepultando de nieve la cordillera cantábrica y Pirineos, como por el sur, anegando tierras de Andalucía, Extremadura y La Mancha. Poco a poco los espesores de las montañas iban creciendo y alcanzando cotas que rompían registros de años precedentes, empezando a alcanzarse datos de esos de los que hay que remontarse muy en el pasado “cuando nevaba de verdad”. Los ríos, caudales anoréxicos durante más de un año, empezaron a coger un vigor inusitado y, como dopados de esteroides, crecieron hasta anegar vegas y márgenes, y el paisaje, reseco y descarando, empezó a cubrirse de un fino manto verde que, poco a poco, se ha extendido por todo el país y ofrece ahora una estampa única, haciendo que toda España luzca de un verde radiante que se aleja mucho de la imagen ocre que tenemos del país en nuestra memoria. Digo a todo el mundo que estas lluvias son lo mejor, lo único bueno que nos ha sucedido en estos meses. Me miran desconfiados, pero deben creerme. El agua es vida y riqueza, su falta es miseria, y al menos los pantanos acumulan un enorme caudal para el futuro.

Lo cierto es que si uno mira registros de estos últimos meses los datos son espectaculares. En esta web de embalses pueden ver el estado de los mismos, por cuenca y por CCAA, y observarán que, tras un 2012 desolador, el inicio de 2013 muestra una gráfica ascendente que, como un cohete, rompe todas las medias registradas en los últimos diez años, se mire donde se mire. Casi a la inversa que nuestra economía, que no deja de declinar, la gráfica del agua acumulada si es de esas que invitan al optimismo, que ilusiona, y refleja el tesoro que, del cielo, cae y caerá durante el resto de la Semana Santa y días posteriores. Quizás provoque algunos lloros, pero créanme, es lo mejor que nos ha pasado.

Mañana y pasado es fiesta en Madrid, y me cojo extra el Lunes y Martes, por lo que si no pasa nada extraño, hasta el miércoles 3 de Abril no habrá entradas nuevas. Disfruten y descansen.