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lunes, julio 13, 2026

La destrucción de RTVE

Siempre, cuando uno ve RTVE, sabe que es la tele o radio del gobierno, y eso obliga a poner una especie de filtro, para destilar la información real de la que está teñida de propaganda. Con el paso de los años uno le va cogiendo el truco, porque la manipulación, que siempre existe, es menos intensa que en las televisiones regionales, vulgares cortijos que sólo están para loar al líder autonómico. No se quién puede ver un informativo en, pongamos, Telemadrid o ETB y acabar sano de la cabeza, sin tener ganas instantáneas de que se convoquen elecciones para votar a manos llenas a la presidenta Ayuso o al Lehendakari Pradales, que tan buenos son.

Sánchez, que en esto también ha querido ser único, consideró que no le bastaba una tele nacional progubernamental, no, sino que necesitaba un altavoz de propagan cutre al nivel de las autonómicas y, ni corto ni perezoso, a convertido a RTVE en una de las peores cadenas de televisión imaginables, en la que la propaganda sale hasta por las orejas, en la que los bulos diseminados por Moncloa son los que forman la escaleta de los informativos y presuntas tertulias, convertidas en versión política del Sálvame basura que también intentó resucitar, llenan la parrilla mañana tarde y noche, en un ejercicio continuo por parte de lo que se llama la “sincronizada”, el conjunto de personas a sueldo del gobierno que se hacen pasar por periodistas para ser constante altavoz de las directrices de Sánchez y los suyos. El día después de la desgraciada DANA de Valencia, a nadie con mando en este país le interesaban los muertos y el desastre, a Sánchez tampoco. En medio de la conmoción, se las arregló para sacar en el Congreso una reforma del sistema de nombramiento de la presidencia de la corporación RTVE, de tal manera que tenía manos libres para hacer lo que quisiera. A partir de ahí se nombró un nuevo Consejo de Administración con mayoría absoluta de vocales afines al gobierno y sus apoyos, presidido por José Pablo López, personaje curioso que ha mostrado ser el mejor mercenario de quien esté dispuesto a pagarle las exorbitantes cantidades que reclama. A partir de ahí la degeneración de la casa ha sido total, los programas con argumentarios monclovitas se han hecho con las partes gruesas de la parrilla y han controlado los informativos, que han pasado en buena parte a ser publirreportajes de lo que dicta cada mañana Moncloa que debe ser la actualidad. Los profesionales de la casa han ido viendo como la usurpación del ente ha llegado hasta unos límites que ningún gobierno llegó a traspasar, y se han empezado a producir movilizaciones, más en el área de RNE, que lleva semanas de “viernes negros” famosos en la época del gobierno del PP, ninguneados por completo en la actualidad por parte de la dirigencia del ente. El consejo de informativos de TVE; organismo interno que lleva años de trabajo y prestigio denunciando las injerencias de los gobiernos en la redacción de noticias de la casa, ha ido elevando sus acusaciones ante lo que considera la época más negra de la historia de la cadena, con constantes presiones y una usurpación absoluta de la marca informativa de TVE por productoras externas que, con contactos en el gobierno, desarrollan esas tertulias basura constantes que “venden” información pero que no son sino burdos ejercicios de propaganda llenos de zafiedades. La respuesta de la gerencia de RTVE ha sido la de ir a por el consejo de informativos, expedientando a varios de sus componentes y dejando claro que todo aquel que se oponga a las líneas que se dictan desde Moncloa será represaliado. Debe haber un ambiente muy tóxico en los pasillos del ente, con bandos enfrentados, en una casa que, normalmente, ha tendido a ser pro PSOE, pero que nunca se ha visto maltratada de la manera en que lo está siendo en estos tiempos. Ni los propios soñaron jamás con un nivel de falsedad tan elevado como el que se dicta a cada hora desde una marca que ya ha perdido todo su prestigio para quienes consideran el periodismo una profesión, no una mera excusa para el desarrollo del activismo militante.

El triste episodio sucedido este fin de semana en uno de esas basuras de pseudotertulias, presentado por alguien que no llegaría ni a primero de periodismo, pero que no lo necesita para ser altavoz de quien le paga la nómina, no es sino una muestra más de la degeneración de una empresa, que hace tiempo que dejó de tener el servicio público en mente. RTVE es ahora mismo una basura equivalente a cualquiera de las patéticas televisiones autonómicas, con la diferencia de su influencia y disparatado coste, pagado por cada uno de nosotros mediante los impuestos. Eso también es corrupción. La decadencia del periodismo, su crisis absoluta, tiene en España, y en RTVE, uno de los mayores exponentes.

martes, mayo 26, 2026

Lo de Alsina

Más de una vez ha declarado Carlos Alsina que su intención no era la de perpetuarse, sino jubilarse pronto, descansar, no trabajar tanto para poder disfrutar de eso que te ofrece la vida y que el día a día te lo niega. Creo que ni sus oyentes ni los jefes le hacíamos demasiado caso ante esas palabras, su carrera está en lo más alto en popularidad y facturación, su prestigio es grande, su imagen y nombre ya son marca de la radio en España y, también, no es muy mayor. Con 57 años se está en plenitud de facultades y aún se tiene cuerda para rato. Es cierto que las generaciones jóvenes ya vienen a coger el relevo, pero eso es ley de vida, ley natural. No es una edad para retirarse de nada, salvo que uno sea deportista, claro.

Por eso, conocer la decisión de Alsina de dejar el tramo de las noticias de su programa para presentar sólo la segunda parte, esa que huye de la política, ha supuesto una cierta conmoción para muchos, empezando por mi mismo, y más sabiendo que es la decisión menos mala posible, porque las intenciones iniciales de Alsina eran la de dejarlo todo, abandonar, renunciar a su carrera y colgar los micrófonos. Persuadido por los ejecutivos de su empresa, ha aceptado quedarse en lo que muchos consideran un destino menor, residual, secundario, el jiji jaja como él mismo afirmaba ayer que lo consideran muchos profesionales del medio, frente al portaviones blindado que supone el tramo político de muy primera hora hasta las 10 de la mañana. Declaró ayer Alsina que se siente gastado, cansado de dar la perorata todos los días, de incidir una y otra vez en una actualidad que, sí, cada vez es más amarga, en comentar una política que ha degenerado con el paso del tiempo y que no necesita casi ni comentarios, porque se ve lo cutre que es con sólo echarle un vistazo. Él, que es muy listo, sin duda ha llegado a hartarse de hacer entrevistas en las que sabe sin duda alguna que el entrevistado le está mintiendo de la manera más descarada, y que por mucho que intente sacarle algo de verdad, no de jugo, sino de simple sinceridad, no habrá manera, porque hace tiempo que la política ha huido de la verdad para esconderse en el relato fabricado, y ha visto en los medios, algunos quebrados, todos necesitados de ingresos en un mercado menguantes, a los siervos que les puedan ofrecer el servicio adecuado. Carlos ha visto, sin duda, la degeneración de la profesión, el banderismo que se ha instalado entre unos y otros, la obsesión por analizarlo todo desde la trinchera política (qué coñazo de gente, como ayer reiteró) y el papel cada vez menos relevante para la sociedad de un periodismo que se encuentra, quizás, en el nivel de prestigio más bajo de su profesión desde hace mucho tiempo. No son pocos los factores que han contribuido a ello, empezando por el cambio tecnológico y social que vivimos desde hace años, pero uno de ellos, y muy relevante, ha sido el abandono de la profesionalidad del periodista para hacerse amigo a sueldo de una corriente política que sea la que le garantice ingresos. Muchos periodistas y medios ya no cuentan lo que pasa, cuentan lo que les dicen que cuenten para justificar las decisiones que unos u otros toman. Para eso, ¿para qué consumir periodismo? piensa más de uno y de dos. Alsina ha tratado de huir de ese comportamiento, y en un país polarizado como el nuestro, sometido al infantilismo de unos y otros sobre cualquier asunto, en el que la carencia de razonamiento, criterio técnico y solvencia es la nota dominante de casi la totalidad de quienes hablan y opinan de manera remunerada y constante, Alsina ha tratado de escapar y crear, desde un medio de gran porte y alcance, una radio política que no diera vergüenza, que no tuviera fieles escuchantes, adeptos a la consigna que es conocida de antemano. Lo mejor que se puede decir de Alsina es que, antes de escucharle opinar sobre un tema, no está nada clara cual va a ser su postura, y en muchas ocasiones resulta sorprendente. E ilustra. Puede que esa sea una de las obligaciones del periodista, la de plantearse sus convicciones en contraste con la realidad. Alsina es de los pocos que ha tratado de hacerlo, día a día, año a año. Y sí, eso cansa. Eso gasta.

No les voy a engañar, parafraseando a Rufián, vaya vaya, estoy jodido, porque a partir de septiembre voy a tener una cierta orfandad informativa. No nos sobran las mentes lúcidas en este país, ni las voces con algo relevante que decir, como para que Alsina deje de opinar sobre lo que nos pasa y lo que los gobernantes nos imponen. Su marcha es una pérdida enorme que muchos lamentaremos, aunque más de uno y dos brindarán al no tener que soportarle. En un mundo de bandos Alsina ha tratado de escapar de ellos, y en no pocas ocasiones, por ambos ha sido atacado. No hay mayor elogio posible para un periodista, un opinador, un escritor, español. Muchas gracias por tanto, y fortuna en la nueva etapa, y vida.

miércoles, marzo 04, 2026

Fernando Ónega, Periodista

Ayer, cuando llegué a casa por la noche, algo más tarde de lo habitual, me enteré de la noticia del fallecimiento de Fernando Ónega, a los 78 años, edad no demasiado avanzada para estos tiempos. Había tenido en el pasado algunos problemas de salud y tuvo que recibir un trasplante de riñón, donado por su esposa. Él decía que ella le había dado la vida personal y, tras eso, también la física, en un agradecimiento profundo que era tan sincero como comedido en sus formas. Ónega siempre fue suave, en tiempos duros y no tantos, y más aún en tiempos de algarabía incesante como los que ahora nos toca sufrir sin cesar.

Ónega lo ha sido todo en el periodismo nacional, y consiguió llegar, muy joven, a lo alto de la comunicación política, como escritor de los discursos de Suárez, en los inicios de nuestra democracia. Ese “puedo prometer y prometo” que tanto se ha parodiado y que con énfasis pronunciaba Suárez en sus discursos salió de la mente y dedos de Ónega. No duró mucho aquella etapa porque Suárez abandonó su cargo tras pocos años de permanencia, y a partir de ahí Ónega desarrolló una carrera periodística que le ha llevado por multitud de medios, tanto en radio como en televisión, tanto en la pública como en la privada. Su dicción, suave, con marcado acento gallego, algo carrasposa, era inconfundible. Ejerció el periodismo en el ámbito político, que era el que mejor conocía, y junto a Luis del Olmo creó eso de la tertulia, extensión en el mundo de la radio de lo que se hacía desde antaño en los cafés, formato que ha muerto de éxito y del que Fernando renegaba últimamente la ver en qué se había convertido. Sus análisis eran finos, normalmente acertados, nunca hirientes, tratando de buscar el por qué de las decisiones de los gobernantes, siempre en un marco de honestidad. Como todos, poseía una ideología propia, pero nunca dejó que le cegase. Tenía claro que lo primero de todo era ser periodista, testigo, relator y analista de lo que sucede, y que el público al que informaba se merecía todo el respeto, empezando por ser tratado de manera adulta y sin recurrir a la consigna. Huyó desde el principio de esa corriente que se ha convertido en la dominante, que ha transformado al periodista en activista, en propagandista de ideologías sin rubor y mendicante de apoyos por parte de los gobiernos de turno, o de los que puedan venir, para ganarse un jornal con una actitud nada cercana al espíritu del narrador de noticias. Ónega tuvo muy claro que ese estilo no era el suyo, y a medida que logró compaginar su labor de periodista con la de gestor en empresas de comunicación, llegó a ante grandes cargos en el grupo Plante Atresmedia, quiso que su estilo también se notase en la directriz de los equipos y empresas. Se centró cada vez más en la radio frente a la televisión, y fue en Onda Cero donde pasó sus últimos años de carrera, extensos, desde una primera línea de gestión y una secundaria de opinador, de editorialista de cabecera, en la que trataba de mantener un estilo que muchos, cada vez más, veían anticuado por el mero hecho de que escucharle no supusiera sentir un golpe en la mesa. Todos los que le conocían, y ahora a su muerte lo reiteran, señalan que en lo profesional y personal era como lo que parecía, alguien afable con el que se podía trabajar, y alguien que enseñaba a quien se lo pedía. Muchos comunicadores, especialmente de la radio, son deudores de los consejos que Ónega les ha dado y de haber sido subordinados suyos. Ha sido un maestro para generaciones enteras de periodistas, sobre todo en lo que hace al mundo de la actualidad y la política. Su muerte es hoy noticia en todos los medios del país, porque en todos ellos hay alguien, uno o muchos, que ha aprendido de Ónega y lo ha tenido como mentor.

En los últimos años sus hijas, especialmente Sonsoles, empezaban a ser más famosas que él para las nuevas generaciones. Cuando se retiró de la profesión, hace sólo tres años, en la última entrevista que le hizo Alsina, reconoció que en la vida había trabajado mucho y vivido menos de lo que deseaba, y que ya le tocaba un poco de eso de pasar los días sin agobios, deberes y agenda. Siguió activo en algunas facetas, especialmente en lo relacionado con los problemas de la gente mayor, pero su presencia en los medios se redujo totalmente. Hoy habrá numerosos obituarios en España que glosen su memoria. En pocas ocasiones serán tan sentidos y sinceros por quienes los van a escribir. Se va un maestro en su profesión. El “cole” está de luto.

jueves, febrero 12, 2026

La disolución del Washington Post

Jeff Bezos es uno de los hombres más ricos del mundo. Es el dueño de Amazon, líder global en las compras por internet y una de las mayores empresas en el sector de la nube, a través de su división AWS. De vez en cuando Bezos se compra cosas, y hace unos años, como quien va al supermercado a reponer su nevera, adquirió el Washington Post, el segundo periódico más importante de EEUU y uno de los más famosos del mundo. Lo hizo, según sus palabras, por lo mucho que le importa la prensa y el mundo de la información. Lo cierto es que en esa compra había mucho interés en usar ese medio como palanca para la propia autopromoción y vía para acceder a personas famosas, influyentes. Los periodistas están cerca del poder.

Tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, Bezos es uno de los magnates a los que el sujeto presidente adula sin cesar, entre otras cosas por el dinero que le prestó para su campaña, y Bezos ya no necesita ni periódicos ni nada para pasearse por Washington con el aura de ser de los que deciden lo que va a pasar, así que ha empezado a olvidarse del medio o, más bien, ha comenzado su desguace. La semana pasada se anunció el despido de un tercio de la plantilla de la cabecera, formada por unos novecientos empleados, principalmente periodistas. El Post tiene unas cuentas precarias, y eso se observa con lupa por parte de un multimillonario que podría permitirse las pérdidas de toda la prensa global sin que su cuenta particular de resultados lo notara en exceso. Secciones enteras, como las de deportes o libros, cierran, y el recorte es muy intenso en internacional, donde áreas completas, como Ucrania o el sureste asiático se quedan sin nadie que las cubra. El Post se jibariza por completo en una decisión traumática para la empresa y mucho más aún para la profesión, que ve como una de las cabeceras más conocidas en el mundo entra en un proceso de achique del que, si nada lo remedia, acabará convirtiéndose apenas en la sombra de lo que fue. Ya antes de las elecciones de 2024 Bezos forzó a que el periódico no publicase su habitual artículo de “endorsement”, de apoyo o aprobación a uno de los candidatos que aspiraban a la contienda electoral. De todos era sabida la animadversión que en el Post suscitaba Trump, y también era más que obvia la sintonía entre el candidato y el dueño del periódico. Finalmente Bezos forzó a que no se publicase el texto que se esperaba de respaldo a Kamala Harris, y eso desató una oleada de cancelación de suscripciones, la vía principal junto a la publicidad con la que las cabeceras encuentran hoy la fuente de sus ingresos. Muchos habituales del Post consideraban que la vuelta de Trump a la presidencia era un error, y un peligro, y que su medio así debía de dejarlo claro en el posicionamiento editorial. Aquí ya se desató una seria crisis en la empresa que se ha ido agudizando a lo largo del primer año del segundo mandato, con algunas dimisiones, cuentas deterioradas y presiones crecientes desde el entorno de Bezos para que el periódico no realizara ataques a las cada vez más delirantes políticas de Trump. Finalmente, Bezos ha optado no ya por la tijera, sino por el hacha, y ha descabezado el periódico alegando las menguantes cifras de ingresos. De un día para otro articulistas que llevaban toda la vida allí o en corresponsalías, y que eran referentes de la profesión, se han visto en la calle, al modo americano, sin apenas indemnizaciones ni respaldos. Muchos simplemente ha recibido un correo notificándoles que ya no forman parte de la empresa y que se las arreglen como puedan. Si ese es el trato que reciben las grandes figuras de un medio más que centenario, ¿qué les esperará al resto?

Además de lo que esto supone para la prensa, para su libertad, y todo lo relacionado con el debate de los medios y la disputa entre los que en ellos trabajan y sus propietarios, este asunto revela que el movimiento de introspección que se vive en EEUU es profundo. Esa nación está cortando sus lazos con el resto del planeta, está demoliendo los puentes que la unen con los demás y que servían para mantener un canal de comunicación y, por qué no decirlo, de admiración hacia lo que pasaba en la gran nación norteamericana. La regresión crece, y la oscuridad en la que muere la democracia parece cernirse sobre los EEUU, rememorando cruelmente la advertencia que el Post incorporó a su mancheta con la primera presidencia de Trump

jueves, noviembre 13, 2025

Aquí nunca tendremos BBC

Una medida bastante fiable del grado de hipocresía de un periodista español es contar cuántas veces desea que el medio público en el que trabaja sea la BBC española, o tenga como referente a la cadena inglesa. Es una frase obligada de todo trabajador del medio y, normalmente, sirve para esconder la incapacidad de ese empleado para escapar de la manipulación que el gobierno de turno impone en la empresa en la que trabaja. La BBC es el paradigma del rigor y la neutralidad (aunque cometa fallos) y recitar ese mantra es una manera de asumir que el medio en el que se trabaja está muy lejos de todo eso. De hecho, en España, cada vez más.

A las múltiples causas que han generado la crisis que vive el periodismo, tanto económicas como tecnológicas y sociales, se le ha sumado una que ha venido propiamente generada por los profesionales del ramo, y es el activismo. El periodista ha entendido que su labor no es informar, sino proclamar el dogma político que o se le impone o le permite mantener su puesto, o ambos. Esto es una grave enfermedad que convierte a los medios en vulgares voceros de un poder establecido, por lo que su representatividad disminuye y, sinceramente, se convierten en algo prescindible a mi entender. Em España se ha sobreentendido que la ideología está en la base de los medios y que, en el caso de los públicos, la simbiosis de ellos con el poder debía ser total, se convertirían sí o sí en correa de transmisión del partido que detentase el poder en ese momento. Es decir, serían la antiBBC. Y todos hemos, han tragado con ese discurso. El ejemplo paradigmático es el de las televisiones autonómicas, engendros catódicos que no hacen sino loar de una manera tan servil como ridícula al presidente de la CCAA de turno y a su partido, elevándolo constantemente a los altares de una santidad laica extravagante pero tan sacralizada como la original religiosa. Ver entero un informativo de TeleMadrid, ETB o TV3, pueden añadir ustedes aquí el resto de canales de este tipo, es una prueba de tortura que soy incapaz de soportar. No sólo es aburrido, que también, sino que llegan a un nivel de burdez impropio de algo creado por personas adultas. Es, de hecho, una estafa, porque dicen vender información y todo es propaganda. Los que trabajan en el medio cobran su nómina, casi todas ellas más elevadas que la mía, y nadie observa con sonrojo una situación que es indigna. La bajeza de las autonómicas tenía su contraste teórico en RTVE, la pública nacional, que siempre ha estado regida por el gobierno de España, pero que como se ve en todo el país y se escruta sin cesar ha tenido habitualmente una serie de frenos para que no degenerase. Ha habido épocas de más o menos manipulación en el ente, especialmente en la televisión, que es lo que más le importa al gobernante, pero en general estaba clara cuál era la línea editorial de los informativos, “el gobierno tiene razón”. De un tiempo a esta parte, esa sutileza que pudo estar más o menos presente en el pasado ha sido sustituida por la manipulación más grosera. Ahora mismo RTVE, especialmente la parte de televisión, ha alcanzado cotas de manipulación que la dejan casi a la altura de una tele autonómica. Aún no del todo, porque ese nivel de bajeza es cierto que hay que trabajárselo con empeño, pero en ello están. Al sesgo descarado en los informativos de bandera se han unido toda una serie de programas de “entretenimiento” consistentes en tertulias políticas en horario continuo que, además de ser de lo más soez en su planteamiento ideológico, desvirtúan por completo la labor de los espacios puramente informativos. El consejo de informativos de RTVE lleva meses criticando con fuerza lo que pasa en la corporación, el intrusismo de presentadores y productoras ajenas a la casa que se llevan notables ingresos a cuenta de este tipo de programas y que pretenden ser vistos como informativos cuando no lo son. Sus quejas caen en saco roto, porque directivos muy bien pagados y colocados por el gobierno harán lo que sea para merecerse sus elevadísimas nóminas, y el peloteo salvaje a Moncloa es lo que se debe hacer, sin cesar, hora tras hora.

Ni nuestra sociedad quiere una BBC y, desde luego, nuestros políticos, que son fruto de ella, la desean. Más bien todo lo contrario. Mazón, la tarde de la maldita DANA, sólo tenía ojos para la periodista a la que quería colocar al frente de Canal9 para que fuera su sierva. Sánchez, al día siguiente, sólo tenía ojos para aprobar el decreto que modificaba el estatuto de RTVE y le daba pleno control sobre el consejo de administración del ente. Dos sujetos necios, sectarios, soberbios, que adoran que les hagan la pelota, deseaban poseer un medio por encima de todo. Si quieren BBC, vayan aprendiendo inglés, aquí no dejarán que la haya nunca.

miércoles, noviembre 12, 2025

Crisis en la BBC

A ver si puedo dedicarle un par de días a escribir sobre la BBC y la profunda crisis que viven los medios en España, una vez que han abandonado el periodismo por el activismo. Hoy quiero centrarme en la cadena británica, probablemente la televisión más prestigiosa del mundo, que ha visto como algunos de sus mayores ejecutivos han dimitido tras haberse probado la manipulación de algunos reportajes que afectaban a Donald Trump, concretamente sus declaraciones en el aciago día del asalto al Capitolio en 2021. Otras coberturas también estaban en cuestión, y siendo investigadas, pero en esa en concreto se ha visto que la mala praxis era deliberada, y eso ha originado el escándalo.

La BBC, como es habitual en las corporaciones públicas de comunicación, tiene un consejo rector en el que participan tanto periodistas de la casa como representantes de las fuerzas políticas del país del que se trate. Este consejo toma decisiones editoriales, realiza nombramientos, aprueba contratos para la realización de programas concretos, etc, y debe velar por los principios que guían a la entidad. En este caso, la información, la veracidad y el rigor, siendo la audiencia algo positivo si se logra, pero no un determinante. No vale todo por conseguir espectadores en un medio público, porque su finalidad no es la de competir en el mercado publicitario en el que viven las televisiones comerciales, sino la de realizar funciones que, por su coste, su carácter de audiencia minoritaria, su valor social y cultural, sean dignas de hacerse, aunque no generen rentabilidad. Por ello, se entiende que la financiación de una entidad de este tipo se haga mediante aportaciones públicas, salidas de los presupuestos que financia el ciudadano y las empresas con los impuestos que aportan al Tesoro Público. Además, en Reino Unido, existe una cuota que los particulares deben abonar si quieren tener acceso a la emisión, algo así como una pago por uso, supongo que será similar a lo que tenemos aquí para contratar plataformas privadas de televisión. El contribuyente paga el coste de la emisión y, a cambio, la corporación se compromete a mantener unos estándares de calidad y servicio. Si la segunda parte de la ecuación se rompe, y las emisiones no son acordes a lo debido, ¿por qué se debe pagar por ello? Esta pregunta, que es bastante profunda, va más allá de la ideología del ciudadano, que puede ser de lo más diversa, y que a veces será satisfecha por lo que ve en el canal público y a veces no. La pregunta tiene todo su sentido cuando el canal público estafa, es decir, vende un compromiso que no cumple. Para lo que es habitual en España, lo que está causando problemas a la BBC en Reino Unido es una cosa que pasaría desapercibida en el lodazal que son nuestros canales públicos, pero allí aún hay profesionales y directivos de medios que se creen lo que rezan los estatutos y compromisos de la corporación, y por ello, el que se haya detectado una manipulación es un tema muy grave. El máximo directivo de la cadena, que ha dimitido, llegó a la misma con el anterior gobierno conservador y lleva, por tanto, año y medio en el cargo con un gobierno laborista, situación que sería impensable entre nosotros, pero que allí es de lo más habitual. El escándalo ha surgido por que un organismo interno de control y verificación de la cadena ha emprendido una investigación y ha encontrado pruebas que den soporte a las acusaciones de manipulación. Es decir, el fallo interno ha sido detectado por los procedimientos internos creados para ello, y para perseguirlo. Ha habido un error consciente y el sistema lo ha detectado, aireado y depurado. En este sentido la BBC ha demostrado ser eficiente, y justa, porque podría haberse dado una situación, nada difícil de imaginar, en la que la falla, conocida, se tratara de ocultar de una u otra manera, aunando al error de manipulación el de la corrupción interna, pero no ha sucedido nada de eso. Y es meritorio reconocerlo.

Los profesionales de la BBC saben que su prestigio radica tanto en la calidad individual de su trabajo como en la seriedad con la que la corporación defienda sus valores de rigor, y más en un mundo de desinformación, propaganda y ruido. Es inevitable que haya algunos trabajadores que no cumplan con lo debido, no está el mundo hecho de mármol, sino de personas, pero la velocidad con la que la corporación sea capaz de gestionar este escándalo determinará mucho de su impacto. Los ceses acelerados, las dimisiones, el no ocultamiento, afrontar el error y pedir disculpas es el camino más seguro para acabar haciéndolo bien. Y, otra vez, la BBC ha dado una lección en este sentido.

viernes, junio 27, 2025

El ataque a la prensa en EEUU por parte del gobierno

No quiero escribir sobre la indigna decisión del Constitucional de ayer. No quiero

En EEUU, durante estos días, se han sucedido algunos informes de inteligencia que evalúan lo sucedido en el ataque de la madrugada del pasado sábado sobre las instalaciones nucleares iraníes. Coinciden en la dificultad de saber realmente los efectos causados como en la sensación de que han sido bastante menores de lo que el gobierno de Trump ha pregonado. Se constata que hubo traslado de material nuclear enriquecido fuera de los recintos pocos días antes del ataque y se habla de “meses” como periodo que se ha conseguido retardar en el proceso iraní de camino a la bomba. No se habla, en ningún caso, de eliminación del programa.

Trump y los suyos han salido como hidras tras estas informaciones, creyendo ver en ellas una deslegitimación a su ataque o, lo que consideran peor aún, la acusación de ser un fracaso. Por eso, desde el miércoles hay una orden clara dada a los portavoces oficiales de las agencias de inteligencia para que reciten el discurso oficial de operación plenamente exitosa, de destrucción de todas las instalaciones atacadas y de que, nuevamente, el ejército de EEUU es el más eficaz y poderoso del mundo. Quizás de esto último sea de lo que hay menos dudas, pero, para el resto, asentir ciegamente es una receta perfecta para llegar al error. En su actitud de macarrismo irrefrenable, de la que tanto ha aprendido el sujeto que ocupa la Moncloa en estos momentos, distintos portavoces de Trump han empezado directamente a acusar a aquellos que no comportan la idea del ataque plenamente exitoso de traidores, de confabuladores, de haberse inventado una campaña de bulos para debilitar al gobierno de Washington y todo ese arsenal de argumentos chatarras al que tan acostumbrados estamos en España por parte de los portavoces de nuestro desgobierno ante cualquier asunto que le incomode. Pero ya se sabe, en EEUU todo es a lo grande, también el abuso de poder. El actual secretario de defensa, Peter Hegseth, fue presentador de televisión de la Fox y comentarista político servil al trumpismo antes de que fuera elevado a un rango de poder como pocos hay en el mundo. Es algo así como si a Silvia Intxaurrondo le hacen ministra del interior (bueno, eso no es descartable, la verdad). Pues bien, Hegseth, desde su atril del Pentágono, que no es un lugar cualquiera, lleva dos días metiéndose con periodistas y medios de comunicación, mencionándolos explícitamente, al respecto de los mencionados informes de inteligencia dudosos, lanzando acusaciones de una gravedad enorme y señalando sin cortarse en lo más mínimo en un ejercicio de matonismo que busca, sobre todo, amedrentar, meter miedo, lograr que los medios en EEUU se autocensuren a costa de saber cuáles serían las “consecuencias” en caso de no hacerlo. Que el responsable de las enormes fuerzas armadas de tu país te acuse de ser un antipatriota y de difundir bulos en contra de la seguridad de tu país es un grado de amenaza que resulta impropio en una democracia occidental que se acerca bastante a las actitudes de los regímenes autoritarios estilo Putin o Xi, que son los que admira el magnate norteamericano. Desde luego, para los estándares de la democracia norteamericana, es una auténtica violación de su forma de comportamiento, de su historia, de su bagaje y tradición. Muchos de los profesionales de la comunicación norteamericana nunca han vivido bajo un régimen que les someta a semejantes presiones y que les haga ver que su libertad de expresión está amenazada. Esos profesionales viajaban a terceros países, algunos en guerra, o a naciones en las que se daban disputas civiles o luchas internas de poder, y contaban desde allí como las libertades estaban amenazadas, a sabiendas de que se encontraban en un lugar exótico, allende los mares, y que cuando volvieran a casa se sentirían en la seguridad de su constitución, sus normas, su tradición, su espíritu. Eso les proporcionaba tranquilidad y, también, un aire de superioridad manifiesto respecto a sus colegas del resto del mundo, que en muchos casos conocen en carne propia, o muy cercana, lo que es que el poder les amedrente.

Pues bien, EEUU ha dejado de ser una isla en el mundo. La involución del poder político, este desastre que tan bien conocemos en España y en otras naciones, ha llegado plenamente al corazón de EEUU, y allí muchos periodistas se van a enfrentar, por primera vez en su vida, a algo tan desagradable como que su enemigo sea su gobierno. Y que, llegado el caso, las instituciones en las que confiaban, destruidas por la acción de mandatarios cegados por la vanidad, se conviertan en herramientas que sirvan para derrumbar la democracia, no para defenderla. Vaya, eso me recuerda demasiado a la vergüenza del Constitucional de ayer. Creo que, por hoy, es suficiente.

Subo a Elorrio y me cojo el lunes 30 de ocio. Pásenlo bien y ojo con el intenso calor.

jueves, marzo 20, 2025

Moncloa tiene prisa con PRISA

Una de las novedades que ha supuesto el mandato de Sánchez ha sido el descaro absoluto respecto al control de los medios de comunicación que considera deben ser afines, y su obsesión con aquellos que destapan sus escándalos, renuncios y traiciones. Quizás sea el mejor ejemplo de una época en la que la obsesión por comunicar es la que lo llena todo, el maldito relato que ocupa todo el tiempo la cabeza de los políticos y los pelotas que de ellos viven. Ya saben, corazoncitos en redes sociales, “me gusta” y cosas por el estilo. Trabajar es de pringados y comunicar es lo único que importa. El vacío sanchista es tan inmenso como su ego. Sí, es un buen definidor de estos tiempos.

PRISA siempre ha estado en la órbita del PSOE y tanto El País como la cadena SER, sus buques insignias, han trabajado intensamente a favor de ese partido desde el inicio de la democracia, con mayor o menor descaro, pero siempre manteniendo un cierto nivel de profesionalidad que, sesgos aparte, daba consistencia al producto fabricado. Más o menos lo mismo se puede decir de la COPE y el ABC sobre el Partido Popular, con mayores altibajos en esos casos en lo que a calidad periodística se refiere. Uno compraba El País y sabía por dónde iban a ir los tiros, pero se encontraba con artículos de fondo que merecía la pena leer, y la mejor sección de internacional de toda la prensa española. Desde que el sanchismo se hizo con el poder la deriva del periódico ha sido espectacular, convirtiéndose casi siempre en un mero redactor de las notas que le llegaban de Moncloa, traduciéndolas de “politiqués” a prensa, pero manteniendo en todo momento un discurso de prietas las filas con Sánchez hasta llegar al ridículo. En paralelo se ha producido una notable pérdida de calidad de las firmas de la cabecera, y el alineamiento forzado de todas ellas a una estrategia tan burda como vacía, en la que una serie de argumentarios de base infantiles hasta el extremo lo condicionan todo. La presencia de personajes como Idafe Martín fue el síntoma de la decadencia total, actuando éste como un mero comisionado político del gobierno para, desde las páginas del diario, dictar sentencias de condena a todo aquel que osara, en cualquier medio, a no adorar a Sánchez como es debido. El que Idafe ahora haya sido fichado como parte del gabinete de presidencia en Moncloa no es sino la muestra perfecta de cómo El País ha dejado hace tiempo de hacer periodismo para convertirse en un vulgar aparato de propaganda. Eso le garantiza el apoyo del gobierno y el sostén de sus cuentas, ruinosas, y por ende la nómina de los que allí escriben. A cambio, han dejado de ser periodistas para convertirse en vulgares propagandistas. Viven bien, pero ya sin credibilidad. En estas estábamos cuando el gobierno decidió que necesitaba otra televisión (no le debe bastar con una TVE sometida) en abierto y privada para que le diera más coba aún. Esa tele debía ser para PRISA y debía organizarse durante el primer semestre de este 2025, para lo cual trabajaron intensamente el dúo de los migueles, Contreras y Barroso, poderosos en la empresa y con inmensos contactos gubernamentales. La muerte sorpresiva de Barroso el año pasado supuso un grave inconveniente para este proyecto, ya que era, con diferencia, el más inteligente de los dos. A partir de ahí, Contreras y el resto de amiguetes han ido perfilando la creación de ese canal, y con el paso del tiempo llamó la atención como desde la dirección de PRISA, con su principal accionista a la cabeza, el franco armenio Joseph Oughourlian, se iban lanzando mensajes cada vez más críticos contra la propuesta televisiva, no tanto por lo político como por lo económico. PRISA está de camino a la ruina, Santillana es su única fuente real de ingresos y si no quiebra es porque el gobierno no lo permite. Oughourlian fue, a lo largo de 2024, poniéndose en una postura cada vez más enfrentada a las directrices de Moncloa y ha sido en este 2025 cuando ha estallado la guerra total en la empresa y con el títere que la quiere manejar. En un consejo de administración extraordinario Oughourlian dio carpetazo al proyecto televisivo y cortó cabezas, eliminando directivos afines al gobierno y que presionaban para sacar adelante esa televisión. La bronca fue monumental, como el impacto en todo el mundo mediático y político.

Tras este movimiento, en Moncloa no se han cortado un pelo. Enfadados, han decidido que un presunto ministro como es Óscar López no tiene otra cosa que hacer que ir a París a presionar a Vivendi, otro de los accionistas de PRISA, para que descabale a Oughourlian y le de a Moncloa el control total sobre la empresa y sus marcar. La respuesta de Oughourlian en forma de artículo en El País ha sido tremenda. Ahora mismo la guerra soterrada entre el gobierno y el medio de comunicación es total, a pesar de que no se ha movido un ápice la línea editorial tendenciosa pro Sánchez. Se ve que al que duerme en Moncloa le importa más la lealtad de quienes le rinden pleitesía que todo lo demás. Narcisista comportamiento que se extiende por amplias capas del gobierno y aledaños. Todo un espectáculo. Sí, así muere un medio, y el periodismo en general.

jueves, julio 18, 2024

La regeneración empieza por uno mismo

Escuchar ayer a Sánchez hablando de la regeneración democrática o de la transparencia en los medios era como asistir a un festival del humor en el que el monologuista no deja de hacer referencia a cosas que es sabido que detesta y declara amar con todo su corazón. No está diseñado el Congreso para que acuda público en masa, afortunadamente, pero a buen seguro el presidente hubiera cosechado aplausos de los asistentes agradeciendo las risas que les hubiera causado su monólogo. Qué genio del humor, que maestro de la ironía el que nos gobierna, que finura de análisis y que estilo a la hora de hilar las guasas.

Supongo que, cuando Sánchez aludía a que no se puede consentir que las editoriales de ciertos medios se dicten desde los centros directivos de los partidos políticos estaba pensando en el tratamiento de las noticias que hace una TVE en la que la principal directiva es afiliada reconocida del PSOE y que ejerce como tal, o en los artículos de opinión, con o sin firma, de El País, convertido de un tiempo a esta parte en el BOE, pero sin fe de erratas. O en los diferentes canales autonómicos, donde el nivel de propaganda que se despliega a favor del gobierno regional de turno alcanza unos niveles de toxicidad capaces de dejarle a uno sin respiración. No, no, a lo que se refería Sánchez es a los medios que no hacen o dicen lo que él quiere que hagan o digan. En esto Sánchez no se diferencia demasiado de todo gobernante, que aspira a que los medios estén a su servicio, porque se cree en el derecho de imponerlo. La verdad es que debe ser justo lo contrario. El medio que se casa con el poder, por interés o convicción, acaba siendo utilizado por el poder, y convertido en herramienta de propaganda, y deja de ser un medio de comunicación. Cuanto más pequeña es la escala territorial en la que actúa y mayor el grado de dependencia económica más obscena es la situación, y como antes les señalaba, el caso de las televisiones autonómicas en nuestro país no es sino una auténtica vergüenza, un espacio en el que PSOE, PP, PNV o los sediciosos catalanes actúan con impunidad absoluta en el terruño en el que mandan. Es imposible ver el informativo de una televisión autonómica más de cinco minutos y no caer en el más absoluto sonrojo. Cuando Sánchez habla de la transparencia en la financiación pública a los medios, bienvenida sea, ¿se refiere a que va a cortar el derroche de dinero público que esas televisiones suponen? ¿Va a obligar a gobiernos autonómicos y nacionales a dar dinero a medios que no les son afines, y dejar de ayudar sólo a los que les hacen la rosca? El fondo de cien millones que anunció ayer, sufragado mediante los impuestos de todos, ¿va a ser la manera de comprar el silencio o, directamente, el aplauso de aquellos que lo reciban? Sánchez quiere unos medios que le hagan la rosca, que le digan todo el día que él es el mejor y el más guapo, y quien así se comporte sabe que tiene contrato laboral asegurado, ingresos y acceso a foros en los que la cercanía al poder le permite ostentar y creerse que es algo más que la nada que representa. Ya lo dijo Alfonso Guerra en los tiempos pasados, cuando ejercía el poder como pocos, al hablar de la diferencia entre la opinión pública y la publicada. Guerra consideraba que la primera era lo que él quisiera y la segunda, que no le era dócil, la que había que someter a sus designios. Los tiempos actuales, en los que la fragmentación, el desarrollo tecnológico y la muerte en parte del negocio han jibarizado a las empresas de medios de comunicación hasta valer menos que cualquier negocio online han hecho que el poder pueda condicionarlas más. Grupos como PRISA, editora de El País, Vocento, dueño de gran parte de los periódicos regionales y ABC, Godó, de La Vanguardaia, o los italianos de Rizzoli, dueños de El Mundo, son empresas que presentan unas cuentas próximas a la quiebra, con deudas enormes, márgenes escasos, ingresos menguantes y modelos de negocio que sobreviven a duras penas. El caramelito de los cien millones a cambio de la subordinación al poder es algo que, si puede resultar tentador para estas cabeceras, puede ser la única vía de supervivencia para otras que aún están en peor situación financiera. Nuestro inútil gobierno lo sabe, y en ello está. No en la regeneración, no, sino en la compra de voluntades mediáticas.

Me reitero, me da igual la ideología. Si un medio alaba mucho a un gobierno, no le hagan caso, está devolviendo préstamos o tratando de conseguirlos. En el espectro mediático tienen ustedes todo tipo de cabeceras y marcas, escoradas ideológicamente hacia todas las esquinas posibles, muchas de ellas son auténticas vergüenzas para su profesión, otras, antaño grandes, se hunden poco a poco en la irrelevancia. En general, los medios viven presa de su propia crisis en un entorno hostil, y el desgobierno quiere pescar ahí (y de paso que no se hable de Begoña) Vean lo que quieran, contrasten entre la propaganda y lo más próximo a la realidad, porque la verdad pura no existe en el mundo de la política. Y sobre todo, salvo que lo busquen, no se dejen engañar.

jueves, abril 18, 2024

Raúl del Pozo y la amistad de un periodista

En La2 de TVE, la cadena que casi nadie ve que sí tiene programas propios de una televisión pública, se ha estrenado una serie de diez capítulos, titulada “En Primicia” en los que Lara Síscar, flanqueada por amigos y conocedores del personaje, recorre la vida y obra de periodistas fundamentales de nuestra historia. El primer capítulo, dedicado a Raúl del Pozo, es un ejemplo de buena producción, guion y testimonios, tanto del homenajeado como de aquellos que le han conocido y glosan su figura. Es muy recomendable su visión y creo que, en conjunto, la serie merecerá mucho la pena. Enhorabuena a Lara y el resto del equipo por su trabajo.

Entre las muchas cosas valiosas que suelta del Pozo en la hora que dura el programa, hay una que creo merece ser enmarcada en la mente de todos aquellos que, ahora o en el futuro, se dedican a la profesión, y es que un periodista no debe hacerse amigo de un político, nunca, porque el político le utilizará para sus intereses, y el periodista acabará siendo una herramienta más del poder. Es curioso que alguien que tiene más de ochenta años, y que ejerce aún su profesión de manera tan brillante, sea capaz de dar un consejo tan lúcido a tantos y tantos que, menores a él, por cuestiones biológicas, no dejan de ser ejemplo de compadreo con los políticos en el día a día de su ejercicio periodístico. Si algo de eso ha habido siempre, la situación actual llega unos límites de obscenidad que, sin duda, son una de las causas de que la percepción social de la figura del periodista se encuentre en uno de sus niveles más bajos. La pregunta “de qué partido es” que casi todos nos hacemos cuando nos mencionan el nombre de tal o cuál profesional es un síntoma inequívoco de decadencia. Lo peor se da entre aquellos entregados a la causa del partido de turno, que llegan hasta el punto de ser meros propagandistas de unas siglas, pervirtiendo por completo su profesionalidad en aras de prebendas, ingresos a cuenta o, quizás, un simple canapé más que el resto. La destrucción financiera de las empresas periodísticas que ha provocado la llegada de internet y las redes sociales ha hecho que muchos vean en el partido de turno la manera de garantizarse unos euros que les permitan vivir por encima de los salarios rácanos que ahora mismo se pagan en precarias redacciones donde la eventualidad es una de las únicas cosas no sujeta a cambios. El periódico con medios, profesionales bien pagados y equipos robustos hace tiempo que desapareció, y ahora las cabeceras subsisten dentro de estructuras empresariales carcomidas, con deudas, algunas de ellas cotizadas en bolsa a valores de derribo, con una relevancia social menor que la de cualquier influyente de esos que se creen la monda y arrastran multitudes. Convertirse en empleados a sueldo de unas siglas es caer lo más bajo posible, pero es algo que vemos y leemos a diario, sin que haya mucho pudor en quienes actúan así. Siempre ha habido pelotas del poder, nunca faltarán, pero es verdad que en los tiempos en los que Raúl del Pozo creció, no en los jóvenes, donde ir en contra del poder era meterse en un lío bastante feo, el periodista podía jugar a arrimarse a todas las bandas posibles y mantener siempre una distancia prudencial. Compadrear con el poderoso es algo que, al final, sólo acarreará ventajas al que mantiene el poder, no al que se ha utilizado como portavoz. Y si el poder se pierde, ambos acaban dando vueltas en el Linkedin, suplicando oportunidades y blanqueando un perfil que, hasta entonces, era de una militancia exacerbada. Recuerdo la película “los papeles del Pentágono” de Spielberg, muy recomendable, adorada por los periodistas, en la que en más de una escena se observa una camaradería absoluta de los protagonistas, periodistas y ejecutiva del Washington Post, con los políticos demócratas, la oposición en aquel momento, y cómo hay voces que les recuerdan que la principal diferencia entre el Nixon presidente y el demócrata opositor es que uno es el que manda ahora y otro el que lo hizo y desea volver. No es el tema fundamental de la película, pero se nota que, por momentos, alguno de los protagonistas se ve como un elemento con el que los que detentan el poder juegan, y “los suyos” también lo hacen, y eso le repele.

Supongo que desde la posición y edad de Raúl del Pozo es más fácil resistirse a estas presiones que desde un contrato precario y unos años en los que es casi imposible conseguir una hipoteca, y pactar con el diablo político puede ser la vía para acceder al salón con Netflix con el que sueñan tantos y tantos. Cada época es distinta, y las oportunidades y sueños también, pero lo que no cambiará nunca es el hecho de que, como dijo Lord Palmerston refiriéndose a Inglaterra, el poder no tiene amigos ni enemigos permanentes, sólo sus intereses son permanentes. Recuérdenlo todos los que se dedican a ese noble y necesario oficio del periodista.

martes, junio 20, 2023

Alsina, políticos y entrevistas

Ayer Carlos Alsina entrevistó en Más de Uno a Pedro Sánchez, lo que en sí mismo es noticia porque Sánchez se ha negado, durante cuatro años, a acudir a esos micrófonos. Ha buscado en este tiempo el presidente entrevistas masaje, en medios que considera propios, amigos, donde le van a tratar bien, no ya menospreciando, sino ignorando por completo a los demás, en un uso extremo del partidismo del que todos los gobernantes hacen, pero que Sánchez tiende a exagerar hasta el extremo. La entrevista no dio mucho de sí, Alsina trató de sacar jugo y contenido, pero el protagonista vino a colocar su discurso y no se salió del guion. La escuché por la tarde y se me hizo larga.

Dice Alsina, que es un maestro en lo de la entrevista a políticos, que no le gusta hacerlas, porque sabe que el que tiene en frente acude al medio no a conversar, a responder preguntas, a lo que se va a una entrevista, sino a colocar un mensaje, a usar al entrevistador y al medio como una plataforma para sus propios intereses. Acude el político forzado, porque hay presión para ello, pero con el objetivo de utilizar al periodista, por lo que el juego de la entrevista se pervierte desde un principio y se acaba convirtiendo en otra cosa, y eso a Alsina no le gusta. Tiene mucha razón. Grandes entrevistadores, de políticos y no, saben que hay conversaciones que van a ser sustanciosas y otras no en función de cómo se comporte el entrevistado, pero que con el político el terreno de juego es otro. A partir de ahí el papel del periodista se convierte en clave, y en España, donde hay muy buenos profesionales, las modas en este campo han pasado de la adulación pelotera, como sucede cuando en Prisa entrevistan a alguien del PSOE o en ABC a alguien del PP, por ejemplo, al modelo Ana Pastor, en el que la impertinencia del entrevistador se convierte en la protagonista, del encuentro, buscando molestar todo lo posible al entrevistado para sacarle de sus casillas. Hace pocos años el modelo Pastor se exportaba sin rubor alguno, y el que era más petardo más “me gusta” conseguía en las redes sociales, sin importar que lo que se generase no fuera una entrevista, sino un vulgar “reality” en el que la soberbia del entrevistador fuera la gran protagonista. Se acudía a esos programas porque tenían mucha audiencia, pero a sabiendas de que se iba a pasar un mal rato, y muchos espectadores disfrutaban de esa manera de hacer las cosas, que a mi me pareció, desde un principio, insoportable. Afortunadamente parece que esa manera de hacer las cosas ya no está tan en boga, quizás porque ha perdido el efecto novedad y, para broncas, el espectador escoge la basura de los “realitys” que lo son plenamente, por lo que nos quedan los entrevistas peloteros, los aduladores, los que uno sabe desde el principio a qué partido votan y congregan a sus fieles en una especie de comunión. Un periodista de El País o la SER o la Sexta ante un dirigente socialista es como una relajante laguna en estío, de aguas cristalinas y placentera superficie. Muy comparable a un encuentro en la COPE o en El Mundo entre algunos de sus profesionales y dirigentes del PP, en una especie de tertulia en el que la admiración mutua se superpone a todo lo demás. Esos encuentros se venden de muchas maneras, y son varias cosas a la vez, pero desde luego no son periodismo, no en el sentido de lo que debe ser, de buscar la noticia y algo de verdad en medio de la propaganda. Seamos sinceros. Sólo los muy convencidos de una u otra marca pueden encontrar divertida, o interesante, una entrevista de Sánchez en El País o de Feijoo en El Mundo. Es material de consumo para las propias bases de los partidos, para sus fans. Quizás también una manera de que el medio se apunte un tanto por el que pedir cobrar a cambio si su candidato llega al poder y le puede hacer un favor, pero ya medirán que interés puede tener, pongámonos en el caso extremo, que el Deia entreviste a un dirigente del PNV. La hoja parroquial al servicio de la feligresía.

Alsina, desde un principio, ha intentado otro juego en sus entrevistas políticas. Nunca ha usado el insulto, la bronca, el acoso. Ha huido todo lo posible del estilo Pastor y ha tratado de buscar las cosquillas al político que tenía delante colocándole delante de sus contradicciones, con formas exquisitas, pero con un fondo serio, a sabiendas de que el entrevistado no lo va a pasar bien. A veces, como sucedió con Rajoy, logra éxitos clamorosos. Otras no, pero siempre lo intenta por esa vía, tratando de sacar del cargo que tiene delante algo que no sea el tedioso argumentario que sus asesores le han hecho aprenderse y que busca colocar. Alsina busca hacer periodismo, y eso sí que es, en estos tiempos, toda una noticia.

jueves, abril 20, 2023

A la Fox le sale caro mentir

Fox News es la cadena de televisión de noticias más vista en EEUU, propiedad de Rupert Murdoch, un magnate de edad muy avanzada, que se ha vuelto a casar con una mujer mucho más joven, y que también tiene otros medios como el sensacionalista británico The Sun. El mensaje ideológico de la Fox es claro, contundente, y no exactamente conservador. Es puro Trump. Mezcla el miedo a la presunta decadencia norteamericana y, frente a ello, la salvación que supone el trumpismo, como una alternativa a la corrupta clase política tradicional. Todo ello aderezado de apología de las armas, guiños a Putin y defensa de supuestos valores religiosos.

Murdoch, el dueño, y los presentadores estrella de esta cadena no se creen una palabra de lo que en ella se emite cada día. No son tan tontos como para hacer caso a las proclamas que difunden. Se forran con ellas, pero no las consideran como noticias, o ideas, sino como vulgar basura que les sirve para hacer negocio, que es de lo que se trata. El problema es que a veces exaltas tanto a tu audiencia con las porquerías que le metes que te piden que vayas más allá de lo que deseas y te puedes meter en problemas. Tras las presidenciales de 2020, en las que Biden ganó a Trump, el magnate comenzó una campaña de difamación sobre el resultado electoral, que calentó los ánimos a sus seguidores y los llevó hasta el mismo asalto del Capitolio. Fraude electoral, recuento ilegal de papeletas, máquinas de votación falseadas… día tras día Trump, sus portavoces y seguidores repetían las mismas consignas basura, y la Fox era uno de los mayores altavoces de estos mensajes, absolutamente falsos. Bien, ya saben cómo es EEUU, allí te demandan por menos de nada y te crujen a base de indemnizaciones, y Dominion, una de las principales empresas fabricantes de máquinas electorales, que recogen el voto de los ciudadanos, decidió que estaba harta de oír sandeces sobre las elecciones y sus dispositivos, reunió a sus abogados y presentó una demanda contra Fox News, acusándola de difamación. En ella exigía a la cadena que se retractase de sus declaraciones y que indemnizara al fabricante por los daños que tanta mentira estaba causando en su reputación. El juicio se iba a celebrar en un juzgado de Delaware, creo, pero finalmente no tendrá lugar porque ambas partes han llegado a un acuerdo previo. En este acuerdo Fox reconoce que no dijo toda la verdad, no emitirá comunicados en sus emisiones retractándose de ello, y pagará la disparatada cantidad de 787 millones de dólares al fabricante de las máquinas como compensación por los daños causados. Esta cifra millonaria es superior a la facturación anual de la empresa, y supone un ingreso desorbitante para sus cuentas. El caso ha sido seguido con mucha atención por parte de cadenas y medios de comunicación de todo el mundo, por la relevancia de los actores implicados y por lo que supone de juicio a las consecuencias de las noticias falsas en los medios. Antes de este acuerdo ha ido circulando información en la que algunas estrellas de la cadena admitían en privado que lo que difundían en sus noticias era una patraña, e incluso hay testimonios del propio Murdoch que así lo reconocen. El acuerdo es, de hecho, una asunción de culpabilidad por parte de la cadena y una manera de minimizar los daños que podrían surgir de la exposición continua en un juicio de duración indeterminada y sentencia condenatoria bastante probable. Pagamos una pasta y se acabó, debió pensar Murdoch en su despacho, y bien que ha pagado, pero en el acuerdo con Dominion Fox ha dejado entrever que miente, que manipula, que engaña, que vende como real algo que no lo es, que busca dar a la audiencia no información para que tome sus decisiones, sino mera propaganda de una ideología concreta, aderezada con todas las mentiras posibles para que el mensaje político cale. Fox ha pagado una cantidad enorme para evitar que una sentencia la reconozca como lo que es, no un medio de comunicación, sino una maquinaria de propaganda política.

El caso de Fox es extremo, pero sin ir tan lejos tenemos entre nosotros medios de comunicación de masas, y de públicos bastante más restringidos, que son poco más que cámaras de eco de las directivas de los partidos a los que sirven. La línea entre estar al servicio de una ideología y mentir es más fina de lo que parece, y a sabiendas de que la neutralidad no existe (y ojo a los que la usan como logo, que suelen ser justo lo opuesto) el ciudadano trata de buscar información en un mundo cada vez más complejo y acelerado en unos medios que han dejado la profesionalidad a un lado para volcarse en el ruido alentado por el espectro ideológico al que sirven. Hay pequeñas Fox en nuestro país, y algunas medianas y grandes. Pena que aquí no paguen por lo que manipulan en el día a día.

martes, enero 25, 2022

Ni filomenas ni tonterías

Ayer fue 24 de enero, día bastante cubierto en Madrid, capa de nubes altas que ocultaron el perpetuo Sol de este mes. Frío intenso, pero menos que el riguroso de los pasados días. No cayó una sola gota en la ciudad ni en los alrededores. De hecho, apenas hubo precipitaciones en toda España salvo unas gotas en Huelva y en pocas regiones del Levante, especialmente en Alicante y Murcia. En todo caso apenas mojaron el suelo sin tener relevancia alguna ni, desde luego, servir para paliar la acuciante sequía que arrastran varias regiones desde hace tiempo. Este enero que llevamos, en el que sólo ha llovido con consistencia a primeros, es una pesadilla para el campo y los embalses, y nada parece indicar que, a medio plazo, la cosa cambie.

Sin embargo, desde hace meses, no me pregunten ustedes porqué, varios medios de comunicación, no precisamente emisoras locales, llevaban anunciando la llega de una nueva Filomena para Madrid precisamente para ayer, lunes 24. Se basaban en la predicción que ha hecho un crío de 15 años, al que no voy a mencionar ni referenciar porque no me da la gana, que leyendo uno de esos falsos sistemas de predicción que tienen arraigo en algunas zonas, en este caso las cabañuelas, veía otro temporal de las dimensiones del absolutamente extraordinario que colapsó el año pasado la capital y otras muchas zonas de España. Cuando las noticias empezaron a hacerse eco de esta tontería lo primero que pensé es que había vuelto la tradición de los inocentes, pero al ver que no era 28 de diciembre la cosa me alarmó. Un “pronóstico” elaborado sin ninguna base científica, sin ningún criterio ni rigor, emanado por un chaval, era objeto de atención de radios, prensa y televisión día sí y día también. La cosa pasó de sorprenderme a cabrearme, y cada vez más, porque era evidente, con un porcentaje e precisión elevadísimo, que esa “predicción” no se iba cumplir, pero que los medios ya se habían montado el negocio de la gran exclusiva a cuenta del nuevo temporal que lo iba a colapsar todo. Entrevistas, reportajes, consejos para avituallarse ante la segura nevada, análisis de “expertos” sobre lo que se nos venía encima… incuso pude ver una noticia en la que el ayuntamiento de Madrid reforzaba sus efectivos por si llegaba otra Filomena. Era todo tan patético como infame, pero ahí seguía la noticia, y el bombo, haciendo de esa mentira algo muy rentable. Miles y miles de clicks se habrán dado pulsando a enlaces en los que los medios “informaban” sobre ese peligro inminente y cierto que se nos avecinaba. El chaval que lo pregonaba era la excusa para montar un espectáculo lamentable en el que el rigor y la información era lo que más se echaba en falta. Lo cierto es que era tan probable que llegase ese temporal como que se dijera alguna verdad en todos aquellos artículos y entrevistas. Ante el revuelo creciente, organismos oficiales como AEMET y meteorólogos de verdad empezaron a sacar comunicados diciendo que es imposible prever a meses o semanas vista un acontecimiento semejante, por lo que las informaciones que se estaban dando eran falsas. Filomena fue un acontecimiento excepcional, al que se le calcula un periodo de retorno de un siglo, y eso viene a decir que la probabilidad de que se repita este año es, más o menos, de un uno por cien. ¿Es imposible que pase? No, no, pero usted, ante ese porcentaje, qué cree que es lo más probable. Evidentemente, en tiempos de espectáculo, mentiras, caza de la audiencia a cualquier precio y ausencia general de rigor y profesionalidad, esos mensajes de la comunidad científica no tuvieron el eco que del que sí dispuso el chaval y su “previsión”. Es imposible luchar contra la demagogia cuando es rentable. En fin, llegó el 24, ayer, y como decía la lógica, no pasó nada de nada de nada.

Martes 25 de enero, siguen las nubes altas y medias en Madrid, probabilidad muy escasa, no nula, de que llueva en la ciudad. Falta hace. Durante el día de ayer no vi en ningún medio mensaje alguno sobre el fracaso estrepitoso de su campaña filoménica II, ningún mensaje en sus radios, televisiones y prensa de que se habían equivocado, habían hecho caso a un bulo que es tan fiable como echar una moneda al aire y que habían engañado a los que habían leído so seguido sus informaciones. Cero disculpas, nada de nada. Tanta como nieve recogida. Y hoy la cosa será igual, nada de nieve y ninguna petición de perdón. Eso sí, las arcas repletas con toda esta mentira, que ha rentado durante meses. Donde sí nevó ayer, y mucho, y no es habitual, fue en Atenas.

martes, octubre 20, 2020

Cada vez cuesta más gestionar el odio en la red

No es comparable a cualquier acto delictivo que se produce en el día a día, no, pero el odio que destila nuestra sociedad es, cada vez, mayor, y las expresiones de violencia que lo amparan crecen con una naturalidad que no deja de parecerme obscena. Asomarse al pozo de una red social en cualquier momento permite ver discusiones que se desmadran en apenas minutos y se convierten en cruces de acusaciones de trazo grueso que harían palidecer a rudos marineros. Amparados en el anonimato de las redes, muchos de sus usuarios se limitan a utilizarlas como altavoz de su intolerante visión de la vida. ¿Por qué? ¿Tiene esto remedio?

Una de las preguntas de fondo sería si la mera existencia de las redes sociales ha amplificado el odio que ya existía en la sociedad o lo ha fomentado. Si lo que nos asusta es que nos permitan ver algo que hasta su llegada existía, pero no percibíamos, o han alentado comportamientos de este tipo. La respuesta es difícil y, me temo, no muy esclarecedora. Cuando antes la red social era un bar y el ámbito de lo que allí pasaba no se alejaba unos pocos metros de la barra también había discusiones interminables en las que “se arreglaba el mundo” lo que daba por sentado que, fuera de ese círculo, todos eran unos inútiles que no tenían ni idea. Lo cierto es que esas discusiones podían también llegar al trazo grueso, era lo habitual, pero no pasaban del bar. Cuando el grupo se disolvía nada quedaba de lo dicho, ni siquiera ruido en el aire. Ahora, con las redes, esas discusiones tienen alcance global, se pueden escuchar desde cualquier parte, y lo dicho queda registrado para siempre. Estos cambios, profundos, podrían inducir a la gente a que fuera un poco más serena, a preocuparse de que lo que se diga esté basado en certezas y no en meros prejuicios, pero resulta que sucede todo lo contrario. Asistir a la comunicación que, vía redes sociales, ejercitan los partidos políticos, sin ir más lejos, y en gran parte de los países, es introducirse en una tabernera discusión llena de sectarismos e improperios que sonroja a cualquiera, pero que es alentada por los seguidores de cada una de las formaciones con fe ciega. En el caso que comentaba ayer, el del profesor francés vilmente asesinado, las redes escupieron bilis islamista durante varios días contra su persona, sin que nadie hiciera nada para evitar no ya un futuro atentado, sino una presente persecución y hostigamiento. Sale gratis insultar en las redes, cagarse en alguien, soltarle todo tipo de epítetos a cualquiera. Las empresas que las gestionan siguen defendiendo que son una plataforma, un tablón de anuncios, y que la responsabilidad de lo que allí se expone es de quien lo expone, no del lugar en el que lo hace. No les falta algo de razón, pero no la tienen toda, dado que su modelo de negocio, de ganar dinero, es la visibilidad que les dan los usuarios que usan de sus servicios. Y las broncas generan ruido, poder mediático, influencia y, desde luego, dinero. Que los que gestionan los millones y millones de euros que se mueven en publicidad en las redes se declaren totalmente ajenos al uso que de las mismas se hace no deja de ser algo hipócrita, más o menos como si un fabricante de coches no se hiciera responsable de accidente alguno porque, en el fondo, es el conductor el que siempre pilota y decide. Según esa filosofía, no es necesario invertir en sistemas de seguridad en los vehículos, como airbags o cinturones, porque todo accidente es producto de una negligencia del usuario, y el vehículo, el sólo, no tiene culpa de nada. Esta argumentación se nos hace completamente ajena, absurda y carente de lógica, pero se debe a que llevamos años con los coches, con su tecnología, con sus problemas e inconvenientes, y hemos aprendido a convivir con ellos, los hemos domesticado.

¿Sucederá lo mismo con las redes? ¿Acabaremos por aprender a usarlas y a penalizar su mala utilización? No lo se, quizás sea el camino. Una de las opciones es mantenerse alejadas de ellas, y más en tiempos de histeria social y crisis profunda como los que vivimos, pero hoy en día, convertidas en herramientas de comunicación de primer nivel, la presencia en ellas es obligada para millones de profesionales de muy distintos ámbitos. Como el carnet de conducir, puedes vivir sin él, pero mejor tenlo por si lo necesitas (y practica para que no se te olvide). Mi consejo, tonto, es que sean cuidadosos con el uso de las redes, cuenten hasta diez antes de escribir o difundir algo, guarden su bilis para aporrear setos, no personas y sus avatares, y cuando vean una bronca en la red, hagan como yo y huyan.

lunes, julio 06, 2020

En defensa de Vicente Vallés


Este fin de semana Vicente Vallés, periodista de Antena 3 y presentador de su informativo diario de las 21 horas, ha sido objeto de ataques por parte de Pablo Echenique, alto cargo de Podemos, partido que cogobierna en España. La táctica de Echenique es la de siempre, la del señalamiento de todo aquel que no se considera afecto a los lemas y proclamas de la formación morada. No es muy novedoso que se produzcan ataques de este tipo, pero sí lo es en España que procedan de formaciones políticas que ejercen poder del gobierno, que no son minoritarias o extraparlamentarias, no, sino que sientan a compañeros suyos en el Consejo de Ministros, con poder para cambiar normas y tomar decisiones. Eso hace estos comportamientos aún más denunciables.

Lo que ha hecho Echenique con sus soflamas es algo tan viejo como ruin, que es señalar al mensajero para amedrentarle, para acallarle, para someterlo mediante el miedo al silencio, y si quiere hablar, a que diga lo que el poder quiere oír. En una sociedad libre, los medios de comunicación, y los ciudadanos en general, poseemos derechos, y uno de ellos es el de la libre expresión, de tal manera que podemos opinar lo que deseemos sobre lo que sucede a nuestro alrededor y apoyar al gobierno, oponernos a él o simplemente pasar de su existencia, lo que uno desee. Las formaciones políticas, que aspiran al poder y a que los ciudadanos les aplaudan permanentemente, tienen una difícil relación con la gestión de la libertad y los medios, y tratan siempre de influir en ellos. Partidos clásicos como PP o PSOE saben de la influencia que poseen los medios y tratan de hacerse con ellos. No contentos con contar con cabeceras de prensa que no dejan de adularlos sin cesar, cada vez que acceder al poder buscan, lo primero de todo, controlar los medios de comunicación públicos, convirtiendo a RTVE y a las corporaciones públicas autonómicas en altavoces de su propia propaganda, degradándolos en un ejercicio tan infantil como sucio. Pero aun así, estas formaciones poseen límites, sabe que hay barreras que no se pueden traspasar, cosa que no tienen claro partidos de otro estilo, como Podemos o vox. Es más, estas formaciones tienen muy grabado en su interior que las libertades de las que emanan derechos como el de la libre expresión deben ser cercenadas. En el totalitarismo en el que se mueve su concepción del poder, fruto de llevar hasta el extremo las ideologías en las que se basan, consideran que los medios no son sino otra herramienta de la sociedad que debe estar al servicio de ese fin ideológico, y que el poder debe someterlos hasta el extremo, para garantizar que la opinión que surja de esos altavoces, públicos o privados, sea la que el poder determine que debe ser. Sí, es la descripción de una dictadura, de un sistema de censura, de una estructura de purgas, de vigilancia y de seguimiento a los que se resisten a seguir el mensaje que el poder, omnímodo, dicta. Ese sería el sueño de sujetos como Iglesias o Abascal, y no esconden mucho su deseo de que así sea. En tiempos de pocos disimulos como los presentes respecto a las aspiraciones totalitarias, y de eufemismos ridículos con todo lo demás, organizaciones como Podemos, que recordemos están ahora mismo en el gobierno, mantienen un discurso totalitario en lo que hace a los medios y a los que periodistas. No se cortan un pelo a la hora de denunciar a personas, con sus nombres y apellidos, cuando consideran que los mensajes que lanzan no son admisibles (léase, les critican) y mueven masas en las redes sociales para presionar, vía insultos y coacciones de grueso calibre, a los que desde las esferas de la formación son señalados como no afectos, como culpables, como defensores del extremismo, como atacantes de la libertad. Sí, el típico ejercicio mafioso de señalar y amedrentar, y todo ello en nombre de los valores de la democracia. Orwell estaría orgulloso de lo aplicados que han salido estos sujetos a los demenciales sistemas políticos que retrató en sus novelas.

Si uno mira el panorama global descubre, con pena, que lo que hace Podemos en España no es muy distinto a lo que ejercitan personajes como Orban en Hungría o Trump, el gran acosador, que desde la Casa Blanca día sí y día también insulta y amenaza a aquellos que denuncian su actitud y ejercicio del poder. ¿Acaso hay diferencias entre lo que desgrana Trump contra todo lo que no sea la Fox y lo que ha hecho Echenique contra Vicente Vallés? En efecto, se parecen como las dos gotas de agua totalitarias que son. Malos tiempos vivimos para el ejercicio de la libertad de prensa, entre el desplome económico de los medios, el ruido incesante de las redes y el acoso de los políticos que se creen dioses y que no son sino sombras de pasados dictadores.

miércoles, junio 17, 2020

La jueza Rodríguez Medel


Seguir al actualidad española es someterse a un continuo ejercicio de melancolía aderezado con golpes de pecho y bravatas sonoras, tendentes al exabrupto. Si uno pretende pararse a pensar lo que sucede será arrollado no por los hechos, sino por la catarata de opiniones que todo lo sesgan. Lo más cómodo es sumarse a uno de los bandos que se enfrentan en cada caso, apoyarse en los indudables argumentos que esgrimen en todo momento, verdades reveladas absolutas, y entonces la tranquilidad está asegurada, aunque uno tema que enfrente viva el anticristo, y no es metáfora, ya que Fernández Díaz y otros lo temen literalmente.

Durante unas semanas toda la actualidad política, en medio del desastre del coronavirus, ha girado sobre la instrucción que la jueza Carmen Rodríguez Medel tenía abierta sobre la manifestación del 8M y su efecto contagiador. En esa instrucción el acusado era José Manuel Franco, delegado del gobierno en Madrid y secretario general de los socialistas en la región (ay, esa distinción entre cargos institucionales y de partido, ¿dónde quedó?). A medida que las pesquisas judiciales avanzaban se han producido movimientos telúricos que han supuesto una grave crisis en la Guardia Civil por los informes que la jueza solicitaba, y se ha visto hasta qué punto los medios de comunicación se han convertido en meros altavoces de los partidos a los que defienden y frente a los que están completamente sometidos. La prensa y medios del gobierno no cesaban día a día de calumniar a la jueza, a su entorno, a la Guardia Civil y a todo lo que supusiera investigar el suceso, llenándolo todo de oscuras conspiraciones en las que los legionarios de Cristo y otros grupúsculos se movían más que el coronavirus en una abandonada residencia de ancianos. En el otro lado, la prensa y medios contrarios al gobierno ensalzaban la jueza elevándola a estandarte de moralidad que ni Juana de Arco, y denunciaban una situación que era similar a la que se vive en Venezuela día a día. Compraba uno el fin de semana algunos periódicos y se divertía bastante poniéndolos en frente uno con otro, contemplando la crudeza de los titulares y o bien dictadas que eran las crónicas impresas por parte de los órganos de comunicación de los partidos, y lo prescindibles que resultaban los periodistas, convertidos en copistas. Bien, dictó un auto la jueza Rodríguez Medel en el que expone sus dudas sobre la manifestación del 8M y el papel en ella del delegado del gobierno (que al apellidarse Franco también ha hecho que muchos titulares sean divertidos) y al día siguiente las tornas habían cambiado de una manera prodigiosa. Del verano al invierno. Los medios progobierno veían ahora en Rodríguez Medel una adalid del progresismo, una magistrada solvente y moderada, y mandaban a la basura, literalmente, todo lo que habían escrito o dicho durante más de una semana. En el otro lado, justo lo contrario. La antes ensalzada Juana de Arco era ahora una pusilánime, una cobarde, una sometida al poder del implacable gobierno, y digna de quema en hoguera mediática. Miraba ese día uno las columnas y artículos de la prensa y sólo podía sentir una profunda melancolía, como les comentaba al principio, que en el fondo escondía la rabia de comprobar cómo entidades serias y presuntamente profesionales, como son los periódicos, se habían convertido en meros aparatos de propaganda de unos partidos desnortados, que viven de la bronca de esta tarde sin tener ni objetivos ni ideas. Ya no se usa mucho el papel prensa para envolver pescado, como antaño, pero es curioso ver cómo se ha mantenido el valor de los peces y devaluado el de lo impreso en el soporte.

El caso de la juez y de la instrucción del 8M es el último, pero es uno más en la ristra de ardorosas polémicas que llenan nuestra vida diaria que no son sino exacerbaciones sin límite de odios ideológicos profundos, de luchas entre visiones sectarias de la vida, muy alejadas de la compleja realidad, que exigen un partidismo acrítico, fiel, sometido, y que desprecian a quienes, por la razón que sea, no quieren someterse a semejante maniqueísmo propio de cutre patio de colegio. Como suele decir Alsina, las máquinas de fango trabajan a discreción cada cierto tiempo y su única labor es ensuciar, y en ese ambiente de opinión, insano, es donde nos ha tocado movernos. Menudo castigo.

miércoles, abril 22, 2020

A José María Calleja


Creo que mucho seguimos sin ser conscientes de lo que significan las cifras de muertos que diariamente escuchamos y analizamos, fallecidos a causa de este maldito virus que todo lo ha trastocado. Cientos de personas, de vidas individuales, de lazos comunes, que se rompen para siempre, y llenan de dolor familias, crean vacíos a su alrededor. Ni política ni socialmente estamos a la altura del duelo que se está creando en nuestra sociedad, del trauma que todo esto supone, y del daño que genera tanta muerte, muerte que, además, sabemos que no puede ser honrada como es debido, por el riesgo de contagio. Estamos fallando. Mucho.

Hay días en los que alguno de esos cientos de fallecidos tiene un nombre conocido por todos, y ese fue el caso de ayer, en el que José María Calleja se unió a la enorme lista de víctimas de esta pesadilla. Periodista, con sólo 64 años, llevaba Calleja en el hospital desde finales de marzo, y finalmente no ha podido superar la enfermedad. Su vida es la de un referente moral en medio de la podredumbre. Calleja desarrolló su primera parte de la carrera profesional en el País Vasco, de donde era originario, en medios como la ETB, presentando uno de sus telediarios, los “teleberris” durante varios años, tratando de llevar una línea editorial abierta y comprometida con la verdad de la noticia, algo difícil en tiempos como los actuales de sectarismo y de bulos a favor y en contra del gobierno, pero que se ve como un jardín d apacibles margaritas frente a una sociedad como la vasca, atenazada por la amenaza etarra en su máxima expresión, con asesinatos frecuentes y con exhibiciones de matonismo en todo momento. Calleja, al que el régimen franquista persiguió, sabía que los etarras eran el reverso de la moneda dictatorial ya caía, vestidos de otros ropajes. Eran los intolerantes que, armados, trataban de secuestrar la libertad, y volver a instaurar una dictadura, esta vez en nombre de no se qué otros falsos valores. Nunca dudó de su convicción en defensa de la verdad frente a los que tratan de aplastarla, y eso le costó gran parte de su carrera profesional y a punto estuvo de suponerle la muerte por parte de los terroristas. Amenazado constantemente, bien se encargó el poder político nacionalista vasco de purgarle de los medios locales públicos, buscando su ostracismo mientras que los mafiosos ensuciaban las paredes con carteles insultándole, pero pinchaba el fanatismo en hueso. Calleja era valiente, no se callaba, sabía lo que tenía delante y lo denunciaba. Fue de los primeros periodistas que se sacudió el yugo separatista y no dejó nunca de denunciar ni a la mafia etarra ni a los que, con mejores o peores formas, se beneficiaban de ella. Activo como pocos, estuvo en el germen de numerosos colectivos como el Foro de Ermua o Basta Ya, y sus artículos eran siempre un testimonio de valentía ante el terrorismo, ante aquello que está más allá de la ideología y que debe unir a todo demócrata en su contra. Obligado a abandonar el País Vasco si quería garantizar su vida, a sabiendas entre otras cosas de lo poco que iba a ser defendida por quienes tenían la obligación legal de hacerlo, residía desde hace varios años en Madrid y colaboraba en medios de todo tipo. Era un periodista conocido y seguido por muchos.

Poseedor de una ideología socialdemócrata que no ocultaba, era un tertuliano que defendía sus posiciones con firmeza, pero siempre con educación, nunca cayendo en el sectarismo, al bronca, el grito, el argumentario político que hoy en día atenaza a casi todos los periodistas que viven a la sombra de unas siglas de las que esperan agradecimiento. No ha podido con el maldito coronavirus, pero sí venció al mal del nacionalismo, una de esas enfermedades que matan a las personas desde tiempo inmemorial y ante la que parece que no se logra encontrar vacuna. Calleja la halló en la libertad, en el pensamiento, en la lectura, en la búsqueda de la verdad y en la defensa del débil frente al violento. Era un referente. Su pérdida es dolorosa. DEP.

miércoles, febrero 26, 2020

El coronavirus y la buena información, para Lorenzo Milá


Era de esperar que los casos de coronavirus llegasen hasta nosotros en apenas días desde que se detectó el foco italiano. Los intercambios y viajes entre nuestro país y aquel son constantes y la importación de un caso se antojaba inevitable. Ayer se vivió una cascada de los mismos, con los detectados en Tenerife, Barcelona Castellón y, a última hora de la noche, Madrid. De momento son casos aislados y se mantienen vigilados, pero pese al celo que se puede poner es casi seguro que ahora mismo hay enfermos que no lo saben y contagiados que lo desconocen, y que la extensión real del virus se está dando entre nosotros.

A lo largo de la tarde de ayer se podía notar como el nerviosismo iba creciendo a medida que, en este caso sí hay relación, el Ibex volvía a profundizar en sus caídas. Algunos compañeros de trabajo se preguntaban qué hacer y se oían comentarios de visitas a supermercados en los que algunos productos, como geles desinfectantes, estaban agotados, y las existencias de legumbres o pasta seriamente mermadas. Es fácil decir una y mil veces que el miedo es el peor de los males asociados a este tipo de problemas, pero una vez que se desata resulta realmente difícil controlarlo. Es irracional por naturaleza, atávico, y nos bloquea, impide que usemos un mínimo de racionalidad a la hora de actuar, y eso multiplicado por mucha gente es la receta perfecta para el desastre. Es el clásico ejemplo del aviso de incendio en un teatro, de los escasos heridos provocados por el fuego y el humo, y el abultado balance de víctimas que se da al aplastarse en la salida. En el caso que nos ocupa el papel de los medios de comunicación es fundamental, porque cumplen la muy relevante función social de informar sobre lo que está pasando, cubriendo así una de las vías por las que el miedo crece, la desinformación, pero también pueden contribuir a crear aún mayor alarmismo en caso de que tiendan al espectáculo y el morbo. Bien sabidos son los casos de sucesos que han sido magnificados pro los medios hasta convertirse en casos de relevancia social únicamente por el afán de esos medios de explotarlos en pos de una audiencia elevada, es decir, de unos ingresos elevados. En este caso el suceso es global, el problema colectivo, serio, relevante y trascendente, y las consecuencias de su expansión y prolongación pueden ser enormes. Ante este reto los medios deben responder, en mi opinión, con la mayor de las rigurosidades posibles, no cayendo en complacencias (aquí no pasa nada) o en la histeria (vamos a morir todos) sino buscando en todo momento las fuentes veraces, el consejo de expertos y profesionales (uno no nace virólogo) y tratando de no caer en la lucha por el tuit más reenviado o el titular más comentado. Sabido es que en el panorama de medios nacionales los hay más sensacionalistas que otros, al igual que informativamente los hay que tratan de hacerlo y otros que buscan el espectáculo por encima de todo, aunque se vistan de objetivos, por lo que no nos extrañemos si a lo largo de los días vemos presuntos especiales informativos retransmitidos simultáneamente con conexiones a la isla de los marranos o mesas de debate de tertulianos que se arrojan enfermos al rojo virus candente, por mencionar sólo dos tipologías decadentes. Mi consejo es que huyan, escapen de esos programas, cambien de canal, apaguen la tele. Es mejor no escuchar nada que mala información. Y que decirles de las redes sociales, donde junto a profesionales de primera que comparten divulgación de calidad se encuentran todo tipo de bulos y patrañas que dejan la más repugnante basura convertida en menú de restaurante de estrella Michelín. Sean prudentes, criben la información y, por favor, no se dejen arrastrar por la histeria de un fenómeno que, nos guste o no, ha venido para quedarse un tiempo y con el que vamos a tener que aprender a combatir y convivir.

Un ejemplo de buena información es lo que ayer hizo Lorenzo Milá en TVE en una de sus crónicas desde la zona italiana que está viviendo con mayor gravedad la expansión del virus. En una pieza breve, llena de información y sentido, Milá explicó como están las cosas en Italia, lo que se sabe, lo que se duda, y de cómo el miedo corre que se las pela y está magnificando todo hasta el absurdo. Milá es un ejemplo de periodista profesional, de larga carrera, de dominio del medio, de trabajo serio y riguroso, de huida del sensacionalismo, de alguien que no se pega por ser el más retuiteado de la última media hora y al que la fama burda de las redes le da igual. Un periodista que va, cuenta lo que ve y sabe, y pregunta a los que saben para contar más y mejor. Sí, un periodista.

martes, febrero 18, 2020

Un gobierno que cesa periodistas


Ayer el gobierno comunicó el cese del hasta entonces presidente de la agencia EFE, pública, el periodista Fernando Garea. Garea llegó a ese puesto nombrado por el gobierno de Sánchez poco después de la moción de censura. Acreditado cronista parlamentario, desarrolló gran parte de su carrera en El País, del que salió poco tiempo antes de alcanzar la agencia pública, desempeñando labores en medios digitales como El Confidencial. En su despedida, Garea señaló que el que EFE sea una agencia pública no quiere decir que sea una agencia del gobierno, ni que deba estar a su servicio, ni ser una agencia oficial. Palabras loables, ciertas, pero que me temo pocos escuchan y nadie aplica.

Asistimos con absoluta normalidad a hechos que no lo son. Durante la época dictatorial era obvio que los medios estaban controlados por el régimen, y daba igual si fueran públicos o privados, porque en este asunto todo era competencia del gobierno y su censura. La llegada de la democracia cambió notablemente, y para mejor, aspectos en casi todas las áreas de la vida, pero en lo que hace a los medios de comunicación las inercias de manipulación desde el poder del pasado, aunque se volvieron más sutiles, nunca dejaron de estar ahí. En el caso de los medios públicos, que son pagados por el bolsillo de todos y cada uno de los españoles, la tendencia de los gobiernos a controlarlos y usarlos es antológica, y hasta cierto punto se ha instalado una preocupante normalidad en el hecho de ver que si cambia el partido en el poder cambia el equipo directivo de, pongamos, RTVE, y hasta los presentadores de los telediarios. Esto es algo, repito, que es inaudito y vergonzoso, y que nunca debiéramos ver con normalidad. El poder, sea quien sea el que lo detenta, detesta la oposición y la información libre, vive instalado en fantasiosos comunicados que se venden como si fueran noticia, cuando sólo son propaganda, y aspira a controlar los medios para que su discurso sea el preponderante, para que la agenda de la actualidad la dicte ese poder que controla y no la realidad del día a día. Un ejemplo de hasta dónde puede llegar esta aberración es el caso de las televisiones autonómicas, auténticos cortijos al servicio del poder regional de turno que no es que sean manipulados, sino que directamente son una extensión del gobierno de turno. El hecho de que las cadenas regionales no sean vistas en el resto del país ayuda a que esos nichos sean lo que son, espectaculares aparatos de propaganda y desinformación, y fábricas de contenidos informativos que no aguantan ni un par de minutos de visionado mínimamente objetivo. En los medios nacionales, que son vistos potencialmente por todos, las disputas del poder por controlarlos y las batallas internas por ello son más crueles, soterradas y, a veces, visibles. En el final del gobierno de Rajoy se puso de moda en TVE la campaña de los viernes negros, una protesta de los trabajadores de la casa en contra de la tendencia del entonces gobierno del PP a la hora de dictar de qué y cómo debían informar los telediarios. Loable movimiento, que apoyo, pero que no he visto de la misma manera cuando era, en el pasado y ahora, el PSOE el que realizaba esos mismos ejercicios. La sensación que da es que hay un pequeño grupo de profesionales que luchan por una independencia efectiva de, en este caso, TVE, pero que el grueso de los equipos de la casa se divide en dos bandos antagónicos que se turnan en el control de la institución a medida que el color ideológico se releva al frente de la Moncloa. Ahora mismo, con el PSOE en el poder, el intento de controlar la tele pública es tan intenso como el ejercido por el PP en el pasado, con el agravante de que es sabida la querencia que tiene Iglesias por los telediarios, lo que sueña con que se conviertan en una versión de su tuerka o, mejor aún “Aló Presidente”, en este caso “Aló Vice”.

Todo este panorama, delirante, se suma a la crisis de credibilidad general de los medios, a la precariedad creciente del oficio periodístico y al cada vez más ridículo sesgo que domina las líneas informativas de los medios privados, convertidos en meras correas de transmisión de los argumentarios de los partidos de turno, con cada vez menos voces discordantes que desentonen en el vacío de la secta ideológica. El sueño húmedo del gobernante son esas comparecencias sin preguntas a las que los medios se pliegan porque han perdido la independencia económica y deben acudir para facturar algo para poder vivir. Y que sea la tele del gobierno la que retransmita, en bucle, las maravillas del nuevo mundo alumbrado por el nuevo gobierno, sea este, el pasado o el que venga. Muy malos tiempos estos para el periodismo.