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lunes, enero 09, 2023

Asalto al Congreso en Brasil

El día de reyes recordábamos el segundo aniversario del asalto que tuvo lugar en Washington al Capitolio de EEU por parte de una turba de exaltados trumpistas, arengados desde la distancia por su líder, que aún se sentaba en la Casa Blanca. Escenas que mezclaban lo cómico con lo trágico, que suponían el primer intento serio de golpe de estado en la historia norteamericana y que se saldaron con varios muertos entre el personal de seguridad del complejo legislativo, daños materiales abundantes y la sensación de que la fragilidad de lo que consideramos seguro es mucho mayor de lo que sospechábamos. Aún hoy el proceso federal contra los líderes de aquella marabunta sigue y han caído ya algunas de las muchas condenas que acabarán dictándose.

Por ello resulta triste comprobar que, tras ese grave ejemplo, la masa populista no aprende y reitera sus embestidas. De una manera muy similar, hordas de bolsonaristas, enfundados en los colores de la bandera brasileña, realizaron ayer un ejercicio casi idéntico de asalto al poder en Brasilia, la capital administrativa del país. En el diseño moderno de la urbe, fruto de Oscar Neymeyer, la plaza de los tres poderes aglutina las sedes del ejecutivo, legislativo y judicial, y eso permitió a los manifestantes hacerse con los tres de golpe. El dispositivo de seguridad existente, reforzado desde antes de la toma de posesión de Lula de este uno de enero en previsión de que pasase “algo” se reveló completamente insuficiente y, sin que se tenga noticia de fallecidos, los antidisturbios fueron claramente superados por la masa, que asaltó los edificios y se dedicó a vandalizarlos. ¿Con qué objetivo? Chapuceramente, sí, pero con el de dar un golpe y derrocar al poder establecido que se ejerce desde ese lugar. En ese momento Lula no se encontraba en sus oficinas, por lo que su integridad no corrió peligro en ningún momento, pero la experiencia de Washington demostró que el cargo de los legisladores que se encontraban en el lugar asaltado no les sirvió de protección, más bien al contrario. Hay algunas diferencias entre los dos asaltos, más allá de la ausencia de personajes vestidos con cornamentas en uno y no en otro. La principal es el papel pasivo adoptado por el líder de la marabunta en el caso brasileño. Bolsonaro, que está en Florida desde antes de la toma de posesión de Lula, no ha arengado a los suyos a hacer eso, aunque ha creado el caldo de cultivo para que el evento se produzca. Su no presencia en el acto de transmisión del poder es una anormalidad, y un mensaje de no reconocimiento pleno de la legitimidad de su adversario y el nuevo poder que se constituye. En todo caso, las semejanzas entre ambos movimientos son tan obvias que no tiene sentido minimizarlas, y también es enorme la gravedad de los hechos. Fracasados ambos, afortunadamente, son intentos de golpe de estado, de subversión del orden constitucional por la fuerza frente al procedimiento democrático. Son intentos violentos de hacerse con el poder amparándose en “el pueblo” al que el líder de turno no deja de invocar. Son marejadas de fanáticos movidas y alentadas desde las tribunas de quienes actúan como salvadores de la patria que buscan destruir no ya al adversario, que también, sino al propio sistema constitucional que allí, y aquí, garantiza la pluralidad y la legalidad, es decir, el respeto a la ley, la limitación del poder y el procedimiento para ser traspasado. El que estos intentos hayan fracasado, como lo hizo también entre nosotros el golpe del 23 de febrero de 1981 o el golpe independentista catalán de octubre de 2017, limita sus consecuencias, pero no reduce en lo más mínimo su gravedad. Cuando desde el poder se plantea la rebelión frente a la norma se está ante el más grave de los males posibles, porque desde ese poder que se resiste a caer se manejan estructuras y medios que pueden hacer mucho daño a la legalidad vigente y, desde luego, a ciudadanos individuales, que pueden morir en tumultos y algaradas provocadas por los violentos que ese poder alienta. El golpe de estado busca romper la convivencia para imponerse sobre la ley, y siempre debe ser condenado.

El Capitolio, el complejo de Planalto, el Congreso de los Diputados… esos lugares recogen algo que es consustancial a los templos, el acoger un hecho trascendente, un ritual asociado a algo más grande que los individuos que los ocupan. Deben, por ello, ser tratados con el respeto debido por sus ocupantes legales y por todos los demás. El populista ansía convertirlos en papel mojado, en teatro, porque la legitimidad que ahí se recoge como resultado de unas elecciones es suplantado por la voluntad del líder, su camarilla y la masa que, enardecida, se postra a sus pies. Todos los populismos, se vistan con la presunta ideología que quieran, son iguales. Sólo buscan un caudillismo totalitario. El populismo es una de las mayores amenazas de nuestras democracias. Siempre tendremos que estar vigilantes ante él. Siempre.

miércoles, noviembre 02, 2022

Bolsonaro no admite, pero cede

El resultado de la segunda vuelta de las elecciones brasileñas ha sido el esperado, pero con mucho menos margen del previsto. Ya en la primera elección las encuestas, que incluso vaticinaban una mayoría de Lula superior al 50% fracasaron, y la diferencia entre el Lula ganador y el presidente Bolsonaro fueron mucho menores. En la segunda Bolsonaro encabezó el recuento hasta superarse ligeramente el 60% del escrutinio, que es cuando Lula se puso por delante. Finalmente, casi dos puntos de diferencia han separado a uno y otro, y en el caso de una elección presidencial a cara o cruz, da igual el margen para determinar el ganador. Lula será el próximo presidente del país y Bolsonaro dejará de serlo con las campanadas de nochevieja.

Desde que terminó el recuento electoral, noche del domingo en España, todo el mundo se había pronunciado menos el propio Bolsonaro, lo que ha hecho crecer a lo largo de estos días el miedo a una insubordinación desde las más altas instancias del estado brasileño. El carácter populista del hasta ahora presidente ha sido testado en demasiadas ocasiones como para no temer lo que puede ser capaz de hacer y, sobre todo, hay precedentes. Brasil sabe lo que es que un golpe de estado por parte de los militares haga descarrilar a las instituciones democráticas y, sobre todo, tenemos en la memoria lo sucedido en EEUU hace casi dos años. Trump, el maestro, al que tantos populistas adoran por encima de todo enseñó como uno puede no reconocer una derrota electoral, como crear una corriente de opinión a favor de un presunto fraude y, sobre todo, exaltar a las masas para que realicen actos no ya de insubordinación, sino de puro golpismo, como se vio en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. El silencio de Bolsonaro ha sido estos días el caldo de cultivo que ha permitido a algunos de sus seguidores empezar a realizar actos de protesta, en forma de cortes de carretera, que afortunadamente no han derivado en disturbios, pero que son una señal de las fuerzas que un Bolsonaro insurrecto podría empezar a desatar en caso de empecinamiento. No paree que vaya a ser así. Ayer por la noche, dos días después, el presidente compareció ante los medios en una declaración muy breve en la que, lo relevante, afirmó que cumpliría con sus obligaciones constitucionales, por lo que, sin decirlo, acata el resultado que le desaloja del poder. Eso sí, ninguna palabra de reconocimiento de su derrota ni de felicitación al ganador. El habitual discurso, llamado de concesión, en el que el perdedor de una carrera electoral felicita al ganador y contribuye a que la sucesión del poder sea lo más plácida y segura posible estuvo completamente ausente en las palabras de Bolsonaro de ayer. No hubo improperios trumpistas, ni llamamientos a la insurrección, pero desde luego nada que mencionase el por qué ya no va a seguir siendo presidente. Supongo que conociendo al personaje era difícil pedir algo más elevado y democrático, y si cumple su palabra y el traspaso se realiza podemos darnos por satisfechos. A lo largo de estos dos meses se verán los obstáculos reales que los equipos que se mantienen en la presidencia ponen a los que van a relevarles, y si se producen movimientos en las calles por parte de bolsonaristas que azucen el clima de división social que se ha instalado en el país. Dadas las dimensiones del país y de sus problemas, gigantescos, lo único que no necesita una nación como aquella es aumentar el nivel de violencia callejera, que ya es elevadísimo, y la resistencia de ciertas parcelas del poder establecido a la transición a un nuevo ejecutivo, que será rupturista con el anterior en muchos aspectos pero que, en otros, tendrá poco margen de maniobra para alterar cosas. De momento, Lula contará con oposición en el legislativo, donde los bolsonaristas han logrado mayoría, y eso dificultará sus planes.

Decía al principio que en una elección presidencial a cara o cruz da igual el margen del ganador para saber que lo es, pero una vez dilucidado eso, el margen nos indica cuál es ese mismo margen de gobernabilidad que tiene el candidato elegido. La división social en Brasil es tremenda, la polarización inmensa, y el nuevo presidente sabe que casi una mitad de la población le teme y odia tanto como un poco más de la mitad ama. En el arte de la política está el saber apaciguar estas tensiones o, al menos, no contribuir a que se desaten aún más. Si en los últimos años asistimos a líderes que se suben a la ola populista para reventar a las sociedades y partirlas, con el objetivo de así poder cabalgarlas mejor, Lula tiene la posibilidad de bajar los decibelios políticos en un Brasil lleno de retos y necesidades.