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lunes, octubre 20, 2025

La OPA frustrada

Probablemente quienes más vayan a sentir el final de la OPA del BBVA al Sabadell van a ser los responsables de los medios de comunicación que, durante este año y medio, han visto como ambas entidades los han bombardeado con campañas publicitarias de uno y otro signo, contribuyendo a engordar sus cuentas de resultados. Ha habido días absurdos en los que uno entraba en una web de noticias y veía banners, espacios publicitarios que enmarcan la web, tanto de una entidad como de otra, y es que ¿para qué, como soporte, vas a renunciar a dos ingresos si ambos llaman a tu puerta?. Es el mercado, amigo, que diría el otro.

En la OPA en sí el mercado ha funcionado parcialmente. Desde que todo este asunto empezó he leído a los que saben de banca más que yo y, en general, coincidían en dos aspectos. Uno, que no le veían demasiado sentido económico a la integración de ambas entidades desde el punto de vista bancario, era una operación de sinergias escasas, para usar una terminología habitual en este tipo de asuntos. La otra opinión era que el BBVA era cicatero en el precio, estaba dispuesto a pagar poco por el Sabadell, y la oferta monetaria que hacía a sus accionistas no era tan irresistible como uno pudiera pensar. Partiendo de estos mimbres, se veía que era una operación con elevado riesgo de fracaso por parte del banco que deseaba comprar, pese a la diferencia de tamaño entre ambas entidades y la sensación de que, habitualmente, el pez grande se come al chico. Lo que también se vio desde el principio de este proceso es que la política iba a jugar un papel relevante. El nacionalismo catalán dejó bien claro desde el principio que se oponía a que una entidad tan imbricada en el tejido económico y social de Cataluña pudiera dejar su centro de decisión fuera del alcance de la región. El PSC, filial nacionalista del PSOE en la región, se alineó claramente con esta tesis y de ahí a arrastrar al gobierno nacional no medió ni un paso entero. El gabinete de Sánchez empezó a obstaculizar la OPA en cada una de las decisiones que podía tomar desde su competencia, y desde fuera de ella, y enseguida se vio que las dificultades del comprador no eran sólo económicas, sino también políticas (inenarrable episodio el de la consulta pública que el Ministerio de Economía abrió en su web con un cutre formulario en Word). Torres, presidente del BBVA, empezó a recibir mensajes de que su operación iba a ser boicoteada desde instancias muy altas, y que lo mejor era renunciar a ella. La ejecutiva del Sabadell tiró de arraigo y patria catalana, usando tanto argumentos reales como el gran flujo de crédito a las PYMES locales que la entidad suministra, por encima de la media del resto de financieras en la región, como argumentos de terruño, de historia, de nombre de la marca y de compromiso local, lanzando guiños al nacionalismo burgués catalán sin cesar. Las decisiones que el Ministerio de Economía o la CNMC iban tomando sobre el devenir de la OPA no eran de imposibilitarla directamente, pero sí de ir aumentando sin cesar requisitos, restricciones, salvaguardas y demás de tal manera que los costes de la operación no dejarían de incrementarse si al final tuviera lugar. Vista desde fuera, la OPA era cada vez menos rentable para el BBVA, partiendo como he señalado de una posición en la que no resultaba ser la mejor jugada financiera imaginable, y por lo bajinis propios y ajenos achacaban a la cabezonería de la presidencia del banco mantener una acción que se veía ya con más inconvenientes que ventajas. En fin, hace unas semanas llegó el momento real de la OPA, en el que se abre la posibilidad para el accionista para realizar el proceso de canje de títulos. Si en una primera fase se alcanzaba el 50% de la entidad catalana, hecho, sino, se debía superar el 30% para repensar la idea de una segunda fase de compra, se supone que a un precio mayor, aunque esto, lo de la subida de precio, era desmentido en todo momento por el BBVA, para no retraer a los que pudieran acudir a la primera fase.

Terminada esa primera fase, el BBVA había alcanzado un capital del Sabadell de, más o menos, el 25%, lejos de ese umbral del 30%, y a una distancia enorme del necesario para hacerse realmente con la entidad. Esa cifra de la cuarta parte del capital era un fracaso y, esta vez sí, el banco comprante lo reconoció con velocidad. Carlos Torres salió en uno de sus vídeos admitiendo que la operación no era viable y que se retiraba, aunque él no dimitía, (porque eso en España es de pringados, ya saben, lecciones prácticas del sanchismo). Festejo de la cúpula del Sabadell en una escena extravagante en su sede social y, en bolsa, disparo de la acción de BBVA y caída abrupta del Sabadell. Se acabó el culebrón y la publicidad infinita.

viernes, mayo 10, 2024

BBVA y Sabadell, segundo asalto

El otro día puse un tuit que resultó ser gracioso. Comentaba cómo el BBVA había recibido nuevamente calabazas por parte del Sabadell, lo que demostraba lo difícil que es ligar para un vasco, sea cual sea el contexto. Y sí, son dos veces las que el banco vasco, aunque en gran parte ya sólo lo sea de nombre y sede social, ha intentado una operación de fusión con el Sabadell, y en todas las ocasiones la cúpula de la entidad catalana se ha negado. Lo que ocurre es que algo tonto habita en los genes norteños que nos lanza a obtener calabazas una y otra vez por mucho que nos cierren la puerta. No aprendemos, somos tontos.

La oferta lanzada por BBVA se basaba, sobre todo, en un canje de acciones, y una incorporación de la directiva del Sabadell al consejo de administración de la nueva entidad fusionada, con dos sedes operativas, Madrid y Alicante, y una social, Bilbao. La junta del Sabadell consideró que la oferta era escasa, y basada principalmente en papelitos, léase acciones, y dijo que si no se ponía mucho más efectivo encima de la mesa no habría nada que hacer. Tras la ruptura de las negociaciones entre los directivos, y unos días de espera sin noticias, el BBVA ha decidido lanzarse a una OPA directamente al accionariado, con las mismas condiciones que las que presentó a la directiva. El canje es de una acción de BBVA por cada cuatro y poco del Sabadell, y ahora se abre el plazo para que los inversores del banco catalán escojan y muestren si aceptan la oferta. Entre su accionariado hay miles de minoristas de todas las procedencias posibles, inversores institucionales y fondos de inversión que también aparecen en el listado inversor del BBVA. Si la mitad más uno de la masa accionarial acepta la oferta la OPA se lleva adelante sea cual sea la opinión de la junta directiva. Creo que no existe lo que se llama un núcleo duro en el Sabadell, es decir, un paquete accionarial de referencia con peso capaz de decidir en caso de que el porcentaje de accionistas que acudan a la OPA sea elevado, pero no alcance un punto crítico. Desde todas las instituciones públicas la opinión mostrada ha sido coincidente, y contraria, quizás también porque estamos en plena campaña de las elecciones catalanas y defender la pérdida de la titularidad de un banco en pleno mitin debe ser una buena razón para perder votos. La contundencia ha sido curiosa, y veremos si tras el escrutinio se mantiene. El único que ve con buenos ojos la operación es el BCE, el supervisor, que desea que las entidades europeas se refuercen y sabe que un banco grande y saneado es más sencillo de inspeccionar que dos, uno de ellos pequeño y más sujeto a los avatares del mercado. Desde el BCE y el resto de reguladores se repite que la operación deberá respetar las leyes de competencia entre entidades y con los consumidores, y se mira de reojo la segura pérdida de empleos que supondrá. Esto último es una excusa cogida por los pelos, porque las plantillas de banca van a seguir disminuyendo en todas las entidades en paralelo a un proceso de digitalización incesante que es ajeno a las operaciones corporativas. Pregunte en su entorno cuántos tienen instaladas apps de fintech o la última vez que visitaron una entidad para un trámite. Lo ideal para el BCE, y para mi, es que estuviéramos ante una operación intraeuropea, es decir, que el BBVA comprase otra entidad de otra nación o que una de otro país comprase Sabadell, porque eso supondría una integración financiera real en el marco de la UE y la creación de nexos entre nuestras naciones. Sería una operación deseable, pero en este caso la oposición de los gobiernos nacionales sería aún más rotunda, como ha sucedido en ocasiones pasadas, y eso es un escollo enorme para este tipo de operaciones.

¿Qué va a suceder? La historia de las OPAs hostiles, hostiles para la entidad que puede ser comida, no es muy halagüeña en España, con el recuerdo de lo que se vivió en el mundo de la banca en la época de Mario Conde y el culebrón de Endesa. Sin descartar la presencia de un caballero blanco, el tercero que aparece al rescate del que está en riesgo para ser él el devorador, el mercado por ahora castiga claramente a BBVA y revaloriza Sabadell, en una valoración de urgencia, de meros costes de la operación, que no tiene mucho que ver con lo que pudiera ser el comportamiento de una entidad unificada. No lo tiene fácil el BBVA para lograrlo y que las autoridades políticas se lo permitan, pero la historia, que puede ser larga, merecerá seguirse.

viernes, mayo 05, 2023

Derrumbe bancario en EEUU

Una de las consecuencias directas de la subida de los tipos de interés que han llevado a cabo los bancos centrales ha sido aumentar el rendimiento de las letras y demás valores de deuda pública de los gobiernos. En paralelo, los bancos comerciales han hecho lo que suele ser normal en estos casos, que es encarecer sus créditos, pero no la contraparte, que es aumentar la remuneración de los depósitos. El ahorrador ha visto cómo el dinero depositado en el banco no renta cuando meterlo en letras del tesoro de, pongamos, España, rinde por encima del 3% sin riesgo. Sacar dinero de los depósitos es un movimiento que se está dando en todo occidente, y tiene toda la lógica el mundo.

Este movimiento provoca descapitalización en los bancos, porque el depósito de sus ahorradores es la base del capital con la que hacen préstamos. Cobrar más por los segundos de lo que se remunera por los primeros y controlar la gestión de tiempos es el alma del negocio bancario. Cuando el volumen de depósitos cae el banco puede empezar a tener problemas para respaldar su cartera de préstamos, y debe recurrir a otro tipo de activos para convertirlos en liquidez y mantener respaldo. Esto fue lo que le paso al Silicon Valley Bank, además de profundos problemas de gestión, y lo convirtió en el primero de un rosario de quiebras de bancos regionales en EEUU que, lejos de amainar, sigue progresando. El pasado fin de semana el First Republic fu ele último de los rescatados por las autoridades y la gran banca nacional, tras un derrumbe de su valor en bolsa. Los ahorradores que recurren al uso de estas entidades observan con temor como una tras otra se están metiendo en problemas, y la retirada de depósitos por ahorro empieza a ser sustituida por la huida con miedo. El efecto financiero es el mismo; descapitalización. A lo largo de la semana nuevas entidades medianas han caído con fuerza en la bolsa norteamericana y, ahora mismo, el panorama al que se enfrenta el sector bancario regional en el país es desolador. Ya en los ochenta se vivió lo que se llamó la crisis de las “save & loan” entidades que, con bastantes matices, podríamos asimilar a nuestras cajas de ahorros, a las que la inflación de aquellos años y la agresiva subida de tipos decidida por Paul Volcker al frente de la FED para combatirla las arrasaron. ¿Estamos ante un episodio similar? Se parece, desde luego. El tejido bancario norteamericano es bastante distinto al nuestro. Allí las entidades viven del depósito y el crédito, como aquí, pero la financiación empresarial es un asunto secundario para ellos frente a las nuestras. España es un país mucho más bancarizado que EEUU, si así se puede decir, porque allí el capital riesgo y los fondos de inversión son los que lideran los flujos de dinero que soportan la financiación empresarial. La banca, por tanto, es más aburrida y centrada en los particulares. Las grandes entidades financieras del país, las que ocupan portadas (Goldman Sachs, JP Morgan, etc) son, sobre todo, enormes bancos de inversión que tienen una división paralela menor de banca comercial, mientras que hay una miríada de entidades locales centradas en la banca clásica que apenas operan en mercados financieros. Son estas las que están sufriendo la oleada de pánico. El uso de las apps y demás tecnologías de hoy en día acelera la velocidad de los pánicos y puede descapitalizar entidades a golpe de dedo en el móvil en apenas horas, sin que reguladores y entidades más grandes puedan actuar, simplemente por falta de tiempo para planificar soluciones. La FDIC, el fondo de garantía de depósitos de allí, asegura unos capitales mínimos que cubren a gran parte de los ahorradores, pero ante una catarata de caídas bancarias el miedo es difícil de frenar.

En todos estos movimientos estamos viendo el patrón común de que las entidades quebradas acaban siendo absorbidas por las grandes, por lo que la concentración del sector en el país avanza sin que se esté analizando los problemas que pueden surgir, principalmente de colusión, falta de competencia o riesgo sistémico por la creación de entidades “demasiado grandes para caer”. Ahora mismo el problema es apuntalar un sector que se está deshaciendo y minimizar los daños, pero es evidente que el panorama bancario que surja de esta purga va a ser muy distinto en aquel país, no tanto para los urbanitas de Manhattan o San Francisco, pero sí para el común de los ahorradores. 2023 ya es un año de crisis bancaria en EEUU.

jueves, marzo 16, 2023

El BCE en su laberinto

El calendario de reuniones del BCE con decisiones de política monetaria se hace público al inicio del año, y hoy toca. La decisión prevista para esta reunión se anunció hace ya meses y es la de subir los tipos un 0,5% para seguir luchando contra una inflación que sigue desatada en la zona euro. Hasta aquí todo conocido, pero ahora viene el mundo real, que está lleno de incertidumbre. Nadie podía prever que en la semana de marzo en la que se reúne el BCE iba a desatarse un terremoto financiero que, iniciado en California, ya afecta a entidades europeas, hechas polvo desde antes, sí, y no de la zona euro, pero europeas.

A unas horas de la decisión, hoy a las 14:15 hora española, hay muchas dudas sobre lo que va a hacer el BCE. Las opciones son variadas. Un grupo de expertos dice que debe mantenerse en sus trece, llevar a cabo la subida de tipos prevista, porque su obsesión debe ser controlar los precios y manda así un mensaje de firmeza, y que en la posterior rueda de prensa debe tratar de infundir calma al mercado bancario europeo garantizando apoyo y líneas de liquidez si llega el caso. Otro grupo de expertos opina que una subida de tipos del BCE en la coyuntura actual es, pese a estar anunciada, muy peligrosa, y que contribuiría mucho más a exacerbar el caos financiero que a luchar contra los precios. Entre estos expertos hay subdivisiones, porque la mayoría opina que una solución de compromiso es que suba los tipos un cuarto de punto, la mitad de lo previsto, como señal de que le importa lo que le pasa en el mercado financiero, con el discurso de apoyo y estabilidad que antes mencionaba, y otro subsector de expertos opina que, directamente, el BCE no debe subir los tipos hoy, que debe quedarse en posición de “esperar y ver” y, con el discurso apaciguador que todos recomiendan, no mover ficha hasta que la marejada financiera se calme. Los defensores de las subidas creen que un movimiento de renuncia del BCE a mover tipos le dejaría a merced de los mercados, destruiría parte de su credibilidad en la lucha contra la inflación y dejaría a ese gran problema desbocado. Los defensores de que el BCE no suba los tipos opinan que el daño que puede causar con la subida a los balances bancarios en momentos de alta tensión puede ser mucho más intenso y rápido que todo lo sirva para frenar a medio plazo los precios, y que debe optar por el mal menor de la incertidumbre de precios frente al riesgo inmediato de fallas en entidades europeas que son objeto de supervisión por parte del regulador. Todas estas opiniones aquí mostradas son ciertas, y tienen gran parte de razón, y se basan en argumentos reales y en percepciones que no son nada desencaminadas. El problema es que no hace falta ser un genio para darse cuenta de que son incompatibles entre ellas. El BCE no puede subir y no subir los tipos. Más allá de las decisiones que tome vía rueda de prensa, donde Lagarde no es el sibilino genio que demostró ser Draghi, la verdad es que tiene que optar por algo. Los 0,5, el 0,25 o la nada. Leyendo a varios comentaristas ayer las apuestas se decantan porque optará entre la primera o segunda de las alternativas, es decir, que algo sí subirá los tipos, pero de no haber duda alguna sobre lo que iba a hacer a la situación actual hay un mundo, que es el desplome de la banca que se vive en todos los parqués bursátiles. La posibilidad de que estemos ante una tormenta intensa pero pasajera o ante el inicio de una recesión también es objeto de discusión entre muchos expertos, y a medida que pasan las horas la opinión se vuelve más lúgubre sobre lo que va a pasar en los próximos meses. Ha querido la fortuna que sea hoy el BCE el primero que tenga que examinarse ante una plaza llena de astados peligrosos, dejando a la FED la oportunidad de hacerlo después, por caprichos del calendario.

Los defensores de que el BCE no actúe con los tipos defienden, sin decirlo muy alto, un argumento perverso pero que tiene su aquel, que es que, si como parece, esto es el acto inaugural de la recesión a la que vamos, la inflación caerá por la destrucción de demanda fruto de la propia recesión, así que no es necesario tensar demasiado los tipos, que ya han provocado lo que buscaban. Puede ser, pero el problema es que sabremos si esto es realmente así dentro de unos meses, y las urgencias bancarias, suizas o no, están aquí y ahora, y los precios siguen disparados, en EEUU y en Europa. Hoy el BCE tiene una de las reuniones más difíciles de su historia, y todas sus opciones poseen un reverso, todas son malas desde algún punto de vista.

martes, marzo 14, 2023

Riesgos de la quiebra de SVB

Es inevitable que, ante la noticia de la quiebra de un banco norteamericano, surja el espectro del pasado y un fantasma llamado Lehman Brothers se nos aparezca a todos en la mente. No es que el recuerdo de la pasada crisis financiera esté cercano, no, es que aún no se han corregido todos los problemas que originó aquel colapso, que supuso un auténtico parteaguas. Lo primero que hay que suponer es que, dado que aquella crisis fue enorme, es poco probable que se produzca una de dimensiones similares, por el mero hecho de que, aunque posible, es muy difícil que a alguien le toque dos veces el gordo de la lotería.

SVB no es Lehman, pero la probabilidad de que genere un “evento Lehman,” siendo baja, no es cero. La situación de las finanzas globales, privadas y públicas, no es la misma que en 2008 y cada crisis tiene sus particularidades que la hacen diferente y especial, afectando más a unos sectores que a otros. SVB es un banco bastante más pequeño de lo que era Lehman, mucho menos interconectado en el sistema financiero global, muy de nicho en lo que hace a su negocio y de un tamaño mediano en el conjunto del sistema norteamericano. Era una entidad centrada en el capital riesgo, usado para financiar emprendedores del valle californiano y no un banco global dedicado a la intermediación financiera. El contagio que puede generar su derrumbe es más por el miedo que a todo el mundo le surge al ver ahorros comprometidos que por las participaciones cruzadas u operaciones en las que SVB haya podido estar implicado con las entidades del resto del mundo, que son casi inexistentes. El nerviosismo es lógico, pero dice la teoría que no debiera ir mucho más allá. Las autoridades norteamericanas han decretado medidas extraordinarias de liquidez que, por su volumen, debieran ser capaces de frenar la marcha de depositantes de otras entidades, y el peligro corporativo se encuentra más en la mediana y pequeña banca estadounidense que en las entidades sistémicas, de allí y de aquí. Eso no quita para que el golpe que ayer sufrieron las bolsas de todo el mundo no fuera doloroso, o muy doloroso, con un Santander cayendo un 8% o el Sabadell el 12%, por no irse muy lejos. Si las cosas transcurren como es de esperar, el problema de SVB se puede acabar encapsulando en el sistema financiero norteamericano y convertirse en una tormenta que no llegue a desembocar en un huracán. Lo que sí es cierto es que allí muchos van a tener que dar explicaciones serias sobre lo que han hecho, y lo que han dejado de hacer, para llegar a este punto. No había analista financiero español que, a lo largo del fin de semana, viendo el balance del SVB, expresara su asombro ante la desproporción de la cartera de títulos de deuda que acumulaba y el enorme peligro que eso suponía en un entorno de tipos al alza como el presente, y todos decían no entender cómo el regulador, la FED, no había expresado objeción alguna al respecto. Términos como “irresponsabilidad”, “conducta suicida” o, directamente, “incompetencia” se dedicaban sin cesar a los responsables del banco californiano ante lo que han sido decisiones de inversión claramente equivocadas ante la agresiva política de subida de tipos, que es el pan nuestro de cada día en los mercados desde hace un año. El que haya sucedido un desplome de este tipo es responsabilidad de los gestores de la entidad, sí, pero también de un regulador que, o no ha hecho lo que debía o no se ha enterado de lo que tenía ante sus narices. La presión política sobre Powell, el responsable de la FED, que ya antes era elevada en el contexto de subidas presentes y anunciadas de los tipos de interés, ahora se va a convertir en asedio por parte de los políticos en EEUU, que ya ven en su figura a uno de los que va a tener que comparecer ante medios y comisiones legislativas para explicar este desaguisado, y hacerse responsable de los costes que todo esto pueda generar. El daño a la credibilidad de la FED y el condicionamiento que esto suponga a sus políticas de lucha contra la inflación sí puede ser un efecto de alcance global que nos afecte a todos.

Donde sí que esta quiebra es un terremoto enorme es en el ecosistema emprendedor de Silicon Valley. Acostumbrados a la entrada de dinero sin muchas preguntas, emprendedores de todo el mundo han conseguido amasar fortunas con negocios de todo tipo, algunos exitosos, otros no tanto, muchos rentables antaño, otros sufrientes ante la deuda acumulada y los tipos al alza. Varias empresas tecnológicas se han quedado pilladas en el derrumbe de SVB y el miedo que este suceso va a causar, unido al encarecimiento del crédito y la deuda, van a ser un duro golpe para el ecosistema del valle, poco acostumbrado a tener que sufrir. Ahí sí que los efectos de SVB pueden ser duraderos y graves. En el resto del mundo, por ahora, precaución, sangre fría, y confianza en que las medidas consigan apaciguar los contagios.

lunes, marzo 13, 2023

La quiebra de Silicon Valley Bank

Probablemente ustedes no sabían que existe un banco en California llamado Silicon Valley Bank. Lo cierto es que yo me enteré hace algo más de una semana, cuando su cotización, que tiene como etiqueta la sigla SCB, empezó a derrumbarse en la bolsa norteamericana entre rumores de problemas. Para un banco los rumores son algo peligroso, dado que la confianza es un elemento esencial en su extraño modo de hacer negocios. Finalmente el SVB quebró y fue intervenido por los reguladores el viernes para evitar un pánico que ya empezaba a extenderse por otras entidades, de allí y de aquí.

El SVB es un banco algo especial, muy centrado en la financiación a innovadores y empresas emergentes de la zona más famosa del mundo para albergarlas. Las operaciones principales de ese banco no eran hipotecas o créditos al consumo, como la banca comercial, o cobros por gestión de fondos y operaciones corporativas, sino líneas de crédito a empresas y, sobre todo, a grupos de capital riesgo (Venture Capital) que utilizaban la entidad como plataforma para poder operar. Decenas de miles de millones de dólares estaban en el balance del banco destinados a esas operaciones, y son muchas las empresas tecnológicas del valle que operaban con él para su financiación recurrente, el pago de nóminas y, en general, para proyectos de inversión a largo plazo. La quiebra de la entidad deja a todas estas empresas ante un evidente riesgo de insolvencia y extiende el fantasma de cuáles van a sobrevivir y cuáles no. La causa de la quiebra es doble; una, propia de la entidad, es la manifiesta mala gestión que han ejercido sus responsables de los fondos y recursos bancarios, con una forma de comportamiento que se aleja mucho de los estándares de calidad bancaria que se estilan en el resto de entidades y que, desde el derrumbe de 2008, se exigen sí y también a todo el que opera en el mercado financiero. Ahí la FED, el regulador norteamericano, va a tener que dar muchas explicaciones sobre cómo se le ha podido escapar del radar la supervisión de esta entidad que, siendo de tamaño medio, no sistémico, no era precisamente un chiringuito de cuatro amigos. La otra causa, más generalizada en el conjunto de la banca, y que esta quiebra ha destapado, son las pérdidas latentes de la cartera de bonos que las entidades atesoran en sus balances, bonos adquiridos en su mayor parte durante estos últimos años de tipos nulos o negativos, que ven perder su valor ante la actual subida de tipos. Esto es peligroso, porque tengo en balance algo escrito como que vale 100 pero que realmente vale 40 o 50, pero no tiene por qué causar problemas si dispongo de otros recursos para obtener liquidez o capital. El problema está en si se pilla los dedos y, sin otra cosa de la que tirar, el banco recurre a la venta de algunos de esos bonos. Entonces es cuando esa pérdida se convierte en realidad y el agujero en el balance crece y crece. Los bancos, para evitar este problema, que conocen, no acumulan bonos a lo loco, y menos en época de tipos muy bajos, porque en algún momento subirán, pero los gestores de SVB transformaron gran parte de sus depósitos en carteras de bonos, llenando hasta los topes sus balances de ellos, e incurriendo en un riesgo que se ha mostrado letal cuando la entidad ha tenido que recurrir a ellos. Las pérdidas se han hecho efectivas y la entidad se ha hundido. Es esta causa común al resto de entidades la que siembra más miedo, porque todas tienen pérdidas latentes fruto de las compras de bonos realizadas en los últimos años, y volvemos a estar ante un episodio de desconfianza colectiva sobre cuántos bonos devaluados sobrevivirán en los balances de las entidades ¿Les suena de algo? Lo que a lo largo del jueves y viernes se convirtió en la mayor quiebra bancaria en EEUU en bastantes años se ha transformado, el fin de semana, en un manojo de nervios globales sobre sí este episodio nos puede poner ante otra crisis financiera como la vivida en el pasado.

A priori, la respuesta es no. Los balances de la banca son ahora mucho más sanos de lo que lo eran en 2008, y la supervisión más efectiva, pero el riesgo cero no existe. La FDIC, que es como el Fondo de Garantía de Depósitos de allí, garantiza saldos a los depositantes de hasta 250.000$ aunque en ese banco los que tenían cuenta poseían volúmenes mucho mayores por las citadas operaciones de capital riesgo, así que habrá quitas, pérdidas, y dolor. Las autoridades federales llevan dos días lanzando mensajes de tranquilidad (ay ay ay) y negociando con otras entidades privadas para tratar de subastar lo que queda de la entidad y que no se produzca un efecto contagio. Confiemos en que así sea pero, en todo caso, esta semana será muy nerviosa en los mercados.

jueves, noviembre 24, 2022

El lado oscuro del acuerdo hipotecario

Una de las consecuencias directas del aumento de los tipos de interés es el arrastre que provocan en el euríbor, el índice que sirve de referencia para la actualización de las hipotecas variables en España. Los tipos del BCE ahora mismo están en el 2% oficial, y en su cotización diaria, el euríbor ayer cerró en el 2,847%. La media del mes de noviembre se situó ayer en el 2,814% es casi seguro que no bajará de ese 2,8% cuando el mes se acabe. La subida de tipos se traduce directamente en la cuota a pagar mensualmente, y esto hace daño a las economías familiares, potencialmente mucho. De ahí ha surgido la demanda de unas medidas que lo alivien y el acuerdo auspiciado por el gobierno, al que ahora se pueden adherir las entidades financieras.

El acuerdo se centra en las rentas bajas y medias, elimina comisiones de cancelación parcial y reduce otros costes fijos del proceso hipotecario, y su medida fundamental es la posibilidad de que el banco ofrezca moratorias, periodos en los que no se paga, o alargamientos de plazos de las hipotecas ya suscritas. Esto implica que, automáticamente, la cuota mensual que paga el hipotecado se reduce, por lo que una vez realizado el cambio amparado por el acuerdo gubernamental el alivio financiero llega. Bien. Sin embargo, mucho cuidado, porque este alivio tiene un reverso tenebroso, que es que el montante total de lo que se paga de intereses por la hipoteca crece. Si, si uno pide una misma cantidad a distintos plazos de tiempo acabará pagando cuotas distintas y volumen de intereses también diferentes. Si el tipo es fijo, la regla matemática implica que, a mayor tiempo de vida de la hipoteca, treinta años frente a 20, por ejemplo, la cuota mensual a pagar será menor, pero el volumen total de intereses pagados mayor, por lo que al final del pago la hipoteca sale más cara cuanto más largo es el periodo por el que se mantiene viva. Por ello, realizar el cambio acordado por el gobierno y la patronal bancaria es ventajoso a corto plazo para el hipotecado, e igualmente ventajoso a largo plazo para el banco. Así, ahorrar, pagar menos, en la hipoteca no es tan sencillo como ver que, de un mes a otro, el recibo se reduce en determinados euros. ¿Qué hacer? Cada uno es un mundo, las condiciones hipotecarias de cada cual varían y, sobre todo, los ingresos y la situación económica personal son de lo más dispar. Mi consejo siempre es el mismo. Priorice lo importante y luego que venga lo demás. El pago de la vivienda es trascendental, y con ello otros gastos como el de los suministros, alimentación, costes necesarios para poder desarrollar el trabajo y lo relacionado con personas dependientes en el hogar (niños, mayores y, en su caso, enfermos). Todo lo demás es secundario, prescindible o, al menos, se puede alargar mucho en el tiempo las decisiones sobre su gasto. Siéntese consigo mismo y haga números. Si puede hacer frente a subidas de euríbor como las actuales recortando gastos no urgentes no realice cambios en la duración del préstamo y afróntelo de cara. Reduzca todos los gastos de ocio, vestimenta y otras cuestiones que sean necesarias, no le de vergüenza alguna decir, ante familiares o amigos, que no participa en un evento, acto o lo que sea porque lo que eso cuesta se irá a cosas de la casa que lo requieren, y que el dinero no le sobra. Haga su propio presupuesto personal de guerra, vea de lo que puede prescindir, de lo que quiere, y tome sus propias decisiones, sin engañarse a uno mismo, que de nada sirve. Puede que del resultado del ejercicio descubra que tiene una capacidad de ahorro de la que no era consciente, y es capaz de ir tirando. Sin embargo, quizá las cosas no sean así y el límite del euríbor que es capaz de soportar ya se ha alcanzado o se encuentra muy cerca. En ese caso, el cambio de plazos puede ser su única opción para encontrar un alivio financiero. Si es así, tiene que ponerse delante del espejo y concienciarse de que la reducción de cuota que va a obtener es un regalo con una pizca de veneno. Ese dinero extra que se ahorra no puede ser destinado a nuevos gastos que no existían, o a aumentar los que ya tiene. No. Lo más inteligente que puede hacer es acumular la ganancia derivada de la bajada de cuota y, cada cierto tiempo, hacer cancelaciones hipotecarias en tiempo, compensando así el mayor interés que le van a cobrar por alargar el plazo.

Lo cierto es que, cuando las cosas de la economía se ponen cuesta arriba, llega un momento en que hay que hacer el ejercicio de sinceridad con uno mismo que siempre es necesario. Nunca, nunca, nunca, pida préstamos al consumo, y menos en entidades de dinero rápido que se anuncian en los medios. Si esos créditos son carísimos en bancos, se convierten en pura usura en manos de esas empresas que se publicitan como chollos. Si no puede afrontar una compra o unas vacaciones, simplemente, no lo haga, y no sufra vergüenza alguna por ello. Su salud financiera y su futuro son mucho más importantes de lo que nadie pueda opinar.

lunes, noviembre 07, 2022

No nombrarás el nombre del BCE en vano

Reza el dicho que no hay nada más osado que la ignorancia, pero a buen seguro el sabio que lo dictó no quiso saber qué sucede si al desconocimiento se suma la demagogia, porque en ese caso el atrevimiento del que habla y no sabe alcanza cotas insuperables. Tras el dictamen del BCE, contrario al modelo de impuesto a la banca promulgado por el gobierno, varias voces, empezando por la del propio Sánchez, y seguida por subalternos y demás palmeros mediáticos, respondieron con rabia, centrando sus críticas en Luis de Guindos, vicepresidente de la entidad, pero haciéndolas extensivas a toda la institución monetaria, en un tono de soberbia displicente más propio de chavalería orgullosamente equivocada que de otra cosa.

Uno puede tener una opinión favorable o contraria a Luis de Guindos, faltaría más, o defender o criticar el proyecto impositivo del gobierno, todo es opinable y, hasta cierto punto, defendible, pero es inaudito, intolerable, suicida, atacar a la institución que permite que este gobierno, el anterior, el anterior y los que vengan, sobreviva sin morir ahogado por la montaña de deuda que todos ellos han generado. El BCE actúa como supervisor bancario cuando emite dictámenes como el del otro día, y Luis de Guindos, vicepresidente de la institución, es parte de un consejo de muchos miembros en el que su peso es el que es, enano, y en el que nuestra nación no pinta nada, y visto lo visto, afortunadamente. El dictamen es una recomendación, no una obligación, emitida por una institución que, de supervisión, regulación y resolución bancaria sabe más que cualquiera de los que ha pasado por el gobierno de España en las dos, pongamos tres, últimas décadas, por lo que lo mínimo que puede hacer un gobernante ante ese dictamen es respetarlo y, si no lo comparte, mantener la educación y eludirlo sin respuestas de pataleta. Pero además, el BCE es el garante de que usted, yo y todos los que conocemos, sigamos viviendo en una sociedad estable y relativamente próspera, y lo es porque ha realizado compras masiva, desatadas, de deuda pública de las naciones europeas, especialmente las pobres y periféricas como la nuestra, que ha permitido a las autoridades sufragar los gastos pandémicos, afrontar el rescate bancario del pasado gobierno y otras muchos dilemas ante los que una nación endeudada como la nuestra no hubiera sido capaz de poder hacer frente. Con una deuda sobre el PIB que ahora ronda el 113% el BCE tiene más o menos un tercio de todos los títulos emitidos por el Reino de España, y su papel como comprador en el mercado secundario es el que logra que la prima de riesgo de nuestra nación no se separa mucho más allá de los cien puntos básicos (1%) del bono alemán, la referencia en la eurozona. El tener a ese “primo de zumosol” de fondo es lo que permite que las emisiones que el Tesoro no deja de hacer para renovar títulos pasados o cubrir nuevas deudas sean aceptadas por el mercado de inversores globales, que saben que en nuestro caso juegan con red. La economía española no logra bajar del 4% de déficit anual desde que estalló la crisis financiera, y somos el único país del euro que, desde entonces, no hemos alcanzado un solo ejercicio de superávit primario (más ingresos que gastos sin tener en cuenta el pago de interese de la deuda) por lo que seguimos acumulando más y más en el debe. A finales de 2019 se hablaba de una vuelta de las instituciones europeas a la disciplina fiscal para tratar de encauzar los presupuestos de las naciones del euro, pero llegó la pandemia y, con lógica, todo eso quedó olvidado, y el BCE nos rescató a todos, disparando su balance y permitiendo a las naciones europeas afrontar los enormes gastos derivados de confinamientos, ERTES, líneas de ayuda y todas las medidas paliativas que usted sea capaz de recordar. Los países más saneados, pongamos Alemania, tiraron más de sus propias reservas y los menos, pongamos nosotros, de deuda, pero a todos el BCE nos cubrió, actuó como red protectora y garante, y eso supone miles de millones de euros de ahorro para todos los estados, para todos nosotros.

Por eso, escuchar declaraciones como estas por parte de un gobernante no es que resulte impropio, sino directamente indignante para cualquier que tenga unas mínimas nociones de economía y sepa por el trago que hemos pasado desde que comenzó el derrumbe de 2008. En Fráncfort habrán escuchado las manifestaciones de nuestro gobierno con asombro y, a buen seguro, enfado. Y más de uno habrá tomado nota de la calidad de los personajes que las han emitido y con los que tienen que tratar para asuntos de enorme gravedad. Así es como se dilapida la imagen de un país y se destrozan instituciones. Así actúa el dañino populismo.

martes, noviembre 17, 2020

El BBVA mueve ficha

Cuando hace ya varias semanas comentábamos el proceso de fusión entre Caixabank y Bankia señalábamos que era el primer paso de consolidación en un sector necesitado de ella, ya antes de la pandemia, pero que tras el desastre económico provocado por ella se hacía aún más acuciante el movimiento corporativo. Hay otro proceso en marcha en estos días, de menor dimensión, la unión entre Unicaja y Liberbnak, pero todos los ojos estaban puestos en las dos grandes figuras del panorama nacional, BBVA y Santander. Algunas voces auguraban incluso un matrimonio entre ellos, pero a mi siempre me parecía una opción tan remota como inviable. Finalmente se ha impuesto la lógica y no ocurrirá lo que era casi imposible.

Fue el de ayer un mal día para los que, el viernes, vendieron acciones del BBVA o Sabadell. Amparados en el fin de semana, los directivos del banco vasco cerraron ataron los cabos de una operación financiera de gran calado que le supone al BBVA poder aumentar de tamaño sin recurrir a una ampliación de capital, cosa que siempre es costosa en forma y, en estos tiempos, problemática en el fondo. A primera hora de ayer se hizo pública la venta del negocio norteamericano de BBVA por unos 9.000 millones de euros, cifra que multiplica notablemente los beneficios anuales que generaba esa división. Esa enorme inyección de liquidez que el banco generaba al desprenderse de una parte de sí mismo era la palanca necesaria para abordar un proceso de integración, y ya por la tarde los medios de comunicación consensuaban que el BBVA y Sabadell empezaban a crear grupos conjuntos de cara a su integración. Si en el caso de Caixabank y Bankia era el primero la que se comía, en la práctica, a la segunda, aquí pasa algo parecido. BBVA es bastante más grande, se mire por donde se mire, que su hasta ayer competidor local, por lo que el proceso se venderá como una integración, pero se ejecutará como una absorción, con ese dividendo enorme obtenido por la entidad azul como colchón para cubrir los costes iniciales del proceso. Tras la unión el peso nacional de la entidad resultante la lleva a pertenecer al trío de los grandes, donde el Santander sigue siendo el predominante, y en el plano internacional altera sustancialmente las regiones en las que trabaja. La cesión del negocio en EEUU hace al antiguo BBVA mucho más dependiente de mercados emergentes como Mexico, Brasil o Turquía, pero el nuevo Sabadell otorga una posición muy interesante en Reino Unido, donde en su momento se hizo con el TSB, por lo que la nueva entidad tiene una pica en un mercado financiero tan competitivo como ese, cosa que le vendrá muy bien. El proceso de fusión, como todos los casos, implicará la reducción de departamentos duplicados y un nuevo desbroce a la red de oficinas, que se llevaría a cabo en todo caso dado que esa es una de las principales vías de reducción de costes que tienen ahora las entidades financieras, dado que la mayor parte de clientes llevan ya la sucursal del banco en el móvil. BBVA es una de las entidades que más peso le ha dado a la digitalización de su negocio y a la operativa vía apps, siendo la suya una de las mejor valoradas por los usuarios, pudiendo ser utilizada para operar con cuentas de otras entidades además de la propia. A buen seguro los sistemas informáticos de la entidad catalana y vasca tendrán poco que ver, pero serán los azules los que se lleven el gato al agua en el proceso, siempre complejo, de unificación técnica. Las acciones de ambos bancos se dispararon ayer en bolsa, con subidas de cerca del 20%, motivo por el que el inversor que el viernes liquidó posiciones en ellos a buen seguro ayer se estaba mesando los cabellos afligido, con dolor por el coste de oportunidad no de lo perdido, sino de lo no ganado, que quizás no haga tanto daño como el primero, pero puede ser igualmente cruel. Bien lo saben los que trabajan en el negocio bancario.

La pregunta que rondaba ayer muchas cabezas tras el desarrollo de la operación era, y ahora, el Santander, ¿qué? La entidad cántabra de momento no mueve ficha en el proceso de concentración, pero sí en el de reducción de costes, con la presentación hace pocos días de un nuevo ERE que jibariza su red de oficinas y reduce aún más su plantilla. Por tamaño, el Santander no necesita para nada crecer en España, pero sigo pensando que es el candidato ideal para una operación europea, una fusión transnacional entre entidades de la UE, para crear un gigante continental. El BCE recibiría con los brazos abiertos una operación así y sería una enorme noticia para aumentar la densidad de la urdimbre financiera que se teje en la eurozona. Toca esperar y ver si se da un movimiento de ese tipo.

viernes, septiembre 04, 2020

Fusión CaixaBankia


Ayer por la noche, pasadas las 23 horas, saltó la noticia de que Caixabank y Bankia estaban estaban negociando su fusión en una única entidad financiera, en lo que suponía el primer paso, y uno de los más grandes posibles, en el proceso de concentración bancaria que el BCE y muchos expertos demandan al sector desde hace tiempo para hacer frente al futuro de su negocio. Sin tener las cifras delante, les hablo de memoria, creo que los depósitos conjuntos de ambas entidades se situarían en el entorno de los 600.000 millones de euros y que eso les convertiría en el primer banco de España, posición que ocupa el Santander desde hace mucho mucho tiempo. Es una noticia económica, y no sólo, de primera magnitud.

Desde hace tiempo la banca está metida en un enorme problema que afecta a su negocio en todos los frentes posibles, estrechándolo sin cesar. Los tipos de interés tan bajos que tenemos desde hace muchos años, y que se van a quedar por tiempo indefinido, lesionan el corazón de su negocio, remunerar depósitos a un interés y prestar a un interés mayor, y han ido comiendo las cuentas de resultados, que se han sostenido por un incremento de las comisiones y una política de reducción de personal y oficinas para acotar costes lo más posible. Además, aún no plenamente recuperados de la crisis de 2008, su imagen corporativa sigue bastante dañada y no han logrado quitarse la losa con la que la sociedad les cubrió de oprobio tras aquel desastre, a pesar de que fueron sobre todo las cajas, y no los bancos, los principales culpables de aquello y los grandes sumideros de dinero público en forma de rescate. Por si todo esto no fuera suficiente, la revolución tecnológica que vivimos de manera constante ha creado empresas y negocios como las fintech, o amenaza los sistemas de pago y transferencias clásicos, de los que también vive el banco, por lo que la competencia no deja de crecer en el mundo virtual. Dijo un experto hace años que a los bancos, en el siglo XXI, se les estaba empezando a poner cara de acerías y astilleros del siglo XX, queriendo indicar que su negocio se volvía obsoleto y que una reconversión sería muy necesaria para reducirlos y adaptarlos al nuevo mundo. Puede ser. La horrible pandemia que estamos viviendo ha acelerado algunos de los problemas de la banca, que de momento sale bastante indemne del desastre, pero que ve como los impagos de créditos y la solvencia de clientes empresariales van a empezar a ser agujeros a medida que el virus no está controlado y la debacle económica crece en tiempo y profundidad. Se lleva especulando desde hace mucho con operaciones financieras de fusión o absorción, pero hasta ayer por la noche nada se había concretado. Los cuatro grandes aparecían en casi todas las quinielas como protagonistas de algún movimiento, en general en forma de absorción de otra entidad menor por alguno de ellos. Los más aventurados hablaban de operaciones corporativas entre los cuatro, o incluso de alguna absorción intraeuropea, con la participación de una entidad española y otra de otra nación de la eurozona, cosa que estaría muy bien vista por el BCE, pero ha resultado ser, de momento, una operación entre dos de los cuatro grandes la que ha visto la luz. Por lo que parece, se trataría de una absorción del mayor, Caixabank, sobre el menor, Bankia, manteniendo a Goirigolzarri, actual responsable de la entidad madrileña, como primer ejecutivo del grupo, pero sin que estén aún muy claros detalles tan trascendentes como dónde se situaría la sede social del grupo, la estructura gubernativa, el diseño de la cúpula y la inevitable remodelación interna y reducción de capacidad, con la eliminación de oficinas y puestos duplicados como primeras labores de poda.

Por lo tanto, aún son muchos los detalles que desconocemos de una operación que, en paralelo, tiene dos flancos muy interesantes. Uno es el político, dada la unión de una entidad catalana de toda la vida con una madrileña que tuvo el oso y el madroño en su logotipo hasta la quiebra, lo que tiene su morbo. El otro es la participación pública del gobierno en Bankia, donde es su socio mayoritario fruto del rescate que tuvo que llevar a cabo para impedir el desastre de 2012. Esa participación busca ser vendida al mejor precio posible para así poder recuperar ingresos al erario público, y hace que, si siempre los gobierno tengan algo que decir en estos movimientos, en este caso deba pronunciarse incluso como dueño de una de las entidades. Y, por cierto, ¿qué se estará diciendo esta mañana en las sedes de Santander y BBVA? ¿Se van a quedar quietos?.

martes, julio 09, 2019

Despidos a lo Deutsche Bank


Muchas son las entidades financieras que vienen a la cabeza si uno piensa en la crisis financiera, encabezadas por Lehmann Brothers y seguida probablemente por la que en el país en el que nos encontremos sufriera los mayores problemas. Eso para nosotros es decir Bankia o Cataluña Caixa. Pocos pensarían en Deutsche Bank, y sin embargo esa banca alemana es una de las mayores perjudicadas por el desastre, una de las principales causantes del mismo y un perfecto ejemplo de mala gerencia, organización, gestión y práctica, que le ha hecho verse vuelta en todo tipo de escándalos y generar unas pérdidas que, año tras año, no hay manera de contener.

Hace unos meses volvió con fuerza el rumor de la fusión de las dos principales entidades alemanas, Deutsche y Commerzbank, donde esta segunda haría el papel de líder del conglomerado, dado que su salud financiera es mejor que la de su socia. Esta idea ha rondado mucho por la mente de los reguladores del BCE y de los operadores privados, y parecía que esta vez la cosa iba muy en serio, pero nuevamente se frustró. Acusaciones de posición dominante del nuevo grupo en el mercado alemán y violación de algunas de las leyes de competencia internas y comunitarias fueron, creo recordar, los principales argumentos esgrimidos para no seguir adelante con el proyecto. Puede que eso sea cierto, no lo se, pero lo que sí es seguro es que los ejecutivos de Commerzbank debieron empezar na ver las tripas de las cuentas de Deutsche y, en ese caso, entiendo que el proyecto fracasase. Con una cotización bursátil que es ahora menos de la décima parte de lo que lo era antes de la crisis, Deutsche es un paquebote con numerosas vías de agua que amenaza con embarrancar en cualquier momento. Sus actuales gestores han decidido cortar por lo sano y lanzar un plan de reflote de la entidad que contenga las pérdidas y le permita ser viable. ¿Y por dónde empiezan todos estos planes? Como siempre, por el despido de la plantilla. Se van a despedir a 18.000 empleados, que son un quinto del total de los que trabajan en esa entidad, despidos que se realizan en la matriz de Frankfurt y en todas las delegaciones que, en una empresa como esta quiere decir todo el mundo. Y los despidos son de verdad, de esos que te dejan con la sangre helada y te hacen pensar mucho, y eso sin estar afectados por ellos. Ayer mismo muchos empleados de las delegaciones de Hong Kong, Londres y otras muchas ciudades acudieron a su puesto de trabajo, como cualquier lunes, y se encontraron con la carta de despido, una indemnización de un mes de salario y una caja de cartón para recoger sus enseres personales y abandonar las oficinas, en las que habían desarrollado su trabajo hasta el pasado viernes, antes de las once de la mañana. Reuniones, proyectos, citas pendientes, tareas que estaban programadas para ayer, saludos después de un par de días sin verse… decenas y decenas de escenas similares que se dan en las oficinas de todo el mundo se vieron truncadas ayer de una manera brusca e inevitable. Departamentos enteros quedaron, supongo, laminados, diezmados, con bajas incontables. Los afortunados que no vieron como la caja de cartón se acercaba a su mesa se sentirían aliviados por un instante, pero seguro que llenos de congoja por la pérdida de los compañeros y de miedo por no saber si será hoy o mañana cuando la entidad decida que sean ellos los prescindibles. Imagine, por un momento, los planes vitales de esas 18.000 personas despedidas, que tienen familia, o no, hipotecas, o no, vacaciones contratadas, o no, miles y miles de posibilidades distintas que eran construidas por cada uno de ellos y que ayer quedaron en suspenso. A partir de las once de la mañana nada impedía que volvieran a casa, a un hogar que dejaron cuando aún era oscuro con la ilusión de un nuevo día y con planes de futuro, y que ahora se convierte en un hogar lleno de problemas y cuentas que cuadrar.

La imagen de la caja de cartón es muy anglosajona. Muchos la vieron por primera vez en los medios con motivo de la caída de, vaya, Lehmann Brothers, pero es muy común en ese mercado laboral que las decisiones de despidos sean siempre así de fulminantes, y que todos los empleados mantengan en su interior la sensación de provisionalidad en sus puestos, de saber que cualquier día será el último. Ello eleva los niveles de estrés y competitividad, y hace que el rendimiento del trabajador sea el máximo posible, pero a costa de un estilo de vida nefasto y de una competencia que puede ser muy dañina para el propio empleado y para la empresa. Deutsche es el perfecto ejemplo de cómo no gestionar un banco. Y no, no es español, es alemán.

viernes, marzo 22, 2019

Movistar quiere ser fintech


Con la crisis financiera de 2008 se generaron, o agravaron, tres tendencias que, desde entonces, condicionan el negocio bancario y lo convierten en un nicho nada atractivo. Una es la del derrumbe de los tipos de interés, y el efecto que eso genera en un operador que vive del margen de intermediación, ya que su beneficio surge de la diferencia entre lo que cobra por prestar y lo que paga por custodiar los ahorros. Con tipos nulos y rentabilidad de depósitos agotada el margen bancario se derrumba. Otro proceso es el de la rigidez normativa, cada vez mayor y más exigente, para evitar desmanes y controlar a un sector que hizo creer en la autorregulación pero que demostró que eso era una falacia. Un banco empieza a parecerse en su forma de ser a un Ministerio.

El tercer factor, que venía de antes y va a más cada día, es el de la digitalización. Las tecnologías de la información afectan a todos los sectores, y el bancario no puede excluirse. De hecho es uno de los más intensivos en su uso desde la aparición de los ordenadores. Las aplicaciones y servicios webs han hecho que el papel de las sucursales se reduzca día a día y que el personal que trabaja en ellas vea su futuro muy mermado. Pero el caballo de batalla de la digitalización son las llamadas fintech, compañías puramente tecnológicas que pueden entrar en el negocio financiero porque conocen a los usuarios mejor que su madre, saben lo que hacen en cada momento, lo que desean comprar, lo que gastan y lo que ingresan. Siempre se ha pensado que Amazon sería una de las que primero se embarcaría en este sector, y muchos creíamos que la aparición de un botón gritando “te lo financio” en su web a la hora de hacer las compras sería a revolución que dejaría temblando a las entidades financieras. De momento ese paso no ha llegado, que yo sepa, y pese a que hace un par de años Facebook obtuvo licencia bancaria en España, los múltiples rumores sobre el uso financiero de sus aplicaciones, como la propia red social o Whatsapp, no acaban de concretarse en un servicio novedoso. Ayer se supo que la que quiere lanzarse a este mundo es Movistar, el nombre comercial de Telefónica, que agrupa a todas sus marcas. En asociación con Caixabank, va a lanzar una línea de créditos para sus clientes por pequeños importes, del entorno de los 4.000 euros, se supone que destinados principalmente al consumo. Esos créditos poseen unos intereses cuya TAE supera ampliamente el 10%, por lo que son de lo más ruinoso para los clientes que los contraten y de lo más rentable para la operadora si consigue colocarlos. Todo parece indicar que este es el primer paso en el proceso de crear una entidad propia, Movistar Money lo han llamado, que vaya creando un ecosistema financiero de préstamos y créditos, primero dirigido en exclusiva a los actuales clientes de Movistar, pero que luego saltaría al mercado general, convirtiéndose así en un nuevo actor, en competencia directa con las entidades financieras puras y las empresas que ya hoy en día se dedican en exclusiva al crédito rápido (y carísimo) al consumo. No consta que este servicio de Movistar vaya a ser una entidad bancaria como tal, porque eso implicaría la aceptación y custodia de depósitos y el uso, por tanto, de una ficha bancaria otorgada por el Banco de España, pero parece obvio que la compañía quiere explorar un nuevo nicho de mercado y sacar rentabilidad a sus datos, nuestros datos, con los que opera sin cesar. En la sede del barrio madrileño de Las Tablas conocen como la palma de la mano a sus clientes, nos tienen monitorizados y no pueden dejar escapar la oportunidad de sacar dinero de unos comportamientos que analizan en detalle. El big data, entre otra muchas cosas, sirve para eso, y para eso es por lo que las empresas están invirtiendo en él.

¿Deben preocuparse los bancos por estos movimientos? La respuesta obvia es que sí, aunque cuentan con la enorme ventaja de saber mucho mejor que estos nuevos competidores cómo funciona el negocio financiero y cómo sacarle hasta el último céntimo de rentabilidad. De todas maneras ya hemos visto que la irrupción de la digitalización masiva ha transformado por completo aquellos sectores a los que ha llegado, y las finanzas no serán una excepción. ¿Hacia dónde se encamina el sector? ¿Serán estos nuevos actores, u otros aún por desarrollar, la competencia de la banca comercial de toda la vida? ¿Se reinventarán los bancos para competir? Todo está por ver, hagan sus apuestas. De momento, consejo, nunca pida un crédito al consumo en ninguna parte, es una ruina para usted.

jueves, enero 17, 2019

El Santander no ficha a Orcel


Acabaron 2018 los dos grandes bancos españoles con importantes anuncios de renovación y rejuvenecimiento en sus cúpulas. En BBVA FG dejaba su presidencia casi eterna y el consejero delegado Carlos Torres le sucedía, mientras que Santander desvelaba el fichaje de Andrea Orcel, proveniente USB, como nuevo consejero delegado, en un movimiento que sorprendió a muchos. Casi tres semanas llevamos de 2019 y el BBVA vive sumido en una crisis de espionaje y bajos fondos que es más sucia y apasionante de lo que uno imaginarse pueda y el Santander ha anunciado que renuncia al fichaje de Orcel por los cincuenta millones de euros que tiene que pagar en indemnización a UBS por la renuncia a su anterior cargo. Los dos bancos, en problemas.

La situación del Santander es, obviamente, mucho más sencilla que la del BBVA, y también da para reflexiones de calado. El anuncio de la llegada de Orcel fue acogido con gran sorpresa, en primer lugar por ser un fichaje externo en una entidad cuya tradición ha sido la de la carrera interna y la promoción propia, siendo así Santander reconocida cuna de banqueros que se han extendido por muchas otras entidades. También sorprendió la trayectoria de Orcel, un hombre muy ligado a la banca de inversión y con apenas paso por sistemas bancarios tradicionales. El Santander, como todas las entidades, posee un departamento de banca de inversión y opera en todos los mercados imaginables, pero no es ni mucho menos ni la esencia de su negocio ni su mayor fuente de beneficios. Es la banca comercial, la tradicional y aburrida si quieren verla así, el gran núcleo del negocio del Santander. Por eso este fichaje se vio como algo excéntrico, o como el deseo de Ana Patricia de virar el rumbo de la entidad hacia una dimensión distinta. Quizás los años de la presidenta en Londres, donde la banca comercial es mucho menor en comparación a la de inversión, le influyeron a la hora de convertir al Santander en una entidad mucho más fuerte en ese sector, tan complejo y peculiar, que tantos beneficios ofrece pero tantos riesgos obliga a asumir. No lo se. En todo caso el fichaje no va a tener lugar y, si esa era la idea de Ana Patricia, de momento se queda en el cajón de los proyectos futuros. El argumento esgrimido para renunciar al contrato ha sido discutido por varias fuentes, empezando por la propia UBS, que afirma que avisó con tiempo a Santander de los costes de la operación, pero dando por válida la causa esgrimida, nos pone sobre la mesa los disparatados sueldos de los ejecutivos, y de otros profesionales especiales, como los futbolistas, y la desigualdad entre esos ingresos personales altísimos y los del resto de personas, empezando por los empleados de las entidades en los que esos ejecutivos trabajan. ¿Es razonable que alguien cobre varios millones de euros por su trabajo al año? La teoría dice que sí siempre que los genere, es decir, que su productividad sea superior a ese coste. El problema es que es mucho más fácil medir costes que productividades, especialmente en el sector servicios. Normalmente los ejecutivos son los que determinan qué sueldo van a cobrar, y está más que estudiado el problema que surge ante los incentivos que poseen para sobrevalorarse a riesgo de poner en peligro la viabilidad de la empresa en la que se encuentran. Serán los accionistas o propietarios de la entidad los que deban aprobar esas abultadas nóminas y correr con los riesgos que suponen para la empresa, pero es sabido que en las grandes corporaciones los consejos ejecutivos gobiernan muy al margen de la masa accionarial, y deciden cosas, como sus ingresos, sin tener en cuenta muchas veces el deseo de los accionistas minoritarios. Además, cuanto más grande y compleja es una empresa más diluido queda el papel del ejecutivo en el rendimiento global de la misma, porque eso es fruto del trabajo de miles de personas, de la coyuntura, el ciclo, la suerte y muchas otras cosas más. Curiosamente es más fácil valorar si un deportista, que trabaja mucho más aisladamente, vale los millones que cuesta a su entidad que la situación de un ejecutivo de empresa.

¿Vale Orcel los cincuenta millones que se iban a pagar por él? Es muy difícil contestar a esta pregunta, y si mi apuran, imposible a priori. Sólo con algunos años de desempeño en su función, comparando muchos números y viendo sus decisiones podríamos decir algo al respecto. Parece que Ana Patricia ha decidido que el coste seguro no compensa el beneficio hipotético, y se ha echado para atrás, lanzando de paso el debate de la remuneración ejecutiva a la palestra en un tiempo de desigualdades crecientes y peligrosas. Y todo tras un año en el que la acción de la entidad cántabra ha caído con ganas (como muchas otras) y con un negocio bancario en perspectiva cada vez más rácano en lo que hace a la obtención de beneficios. ¿Qué hará Santander? ¿A quién escogerá?

miércoles, agosto 30, 2017

Harvey inunda Houston

En EEUU todo es a lo grande, decimos habitualmente. Si usted visita el país se dará cuenta de que, en efecto, parece que una especie de escala ha caído sobre todos los objetos, anchándolos respecto a las dimensiones a las que estamos acostumbrados. Coches, cartones de leche, árboles, atascos, gorduras… todo es más grande. La dimensión continental del país también se escapa de nuestra escala habitual de vida, y no les digo nada de los fenómenos naturales que allí se desarrollan, que convierten a la Europa en la que residimos en un apacible jardín en el que nos asustamos cuando se dispara el riego automático o sopla una leve brisa. Para tormentas, las norteamericanas.

Los modelos ya auguraban un duro impacto del ciclón Harvey en la costa de Texas. Alcanzó categoría 3 y 4 justo antes de tocar tierra, con vientos sostenidos de más de doscientos kilómetros por hora. La lluvia asociada se preveía muy intensa, y de efectos letales en un estado como el texano, amplio pero muy llano en su zona más cercana a la costa, lo que impide una evacuación rápida de la riada. Lo que ha sorprendido a los meteorólogos es el comportamiento de Harvey una vez que ha tocado tierra. Se ha degradado rápidamente, como era de esperar, perdiendo categorías de huracán en horas, pero una vez convertido en tormenta tropical apenas se ha movido. Desde el domingo permanece estacionario, casi quieto sobre el interior de Texas, y claro, sigue descargando lluvia sin cesar sobre una zona que no puede soportar más, por lo que las inundaciones no dejan de crecer en intensidad y extensión. Los datos son alucinantes. Desde la mañana del viernes a la del martes, en cuatro días, Harvey ha dejado 50 pulgadas de lluvia sobre el entorno de Houston. Una pulgada es algo más de dos centímetros de altura, lo que implica que estamos hablando de cifras que superan ampliamente los mil litros por metro cuadrado. Eso es demencial. En Elorrio, mi pueblo, donde llueve mucho, en un año normal pueden llegar a caer unos 1.200 litros. Imaginar toda esa precipitación concentrada en cuatro días provoca escalofríos de auténtico terror. En Houston, la cuarta ciudad de EEUU, con algo más de dos millones de habitantes en su casco urbano y muchos más en su infinito extrarradio, está siendo una de las zonas más afectadas. Las imágenes muestran un escenario de película de catástrofes, en el que autopistas y todo tipo de grandes infraestructuras aparecen cubiertas completamente por unas aguas que se extienden hasta donde alcanza la vista. Los rascacielos del centro de la ciudad, el downtown, se erigen como árboles en medio de un lago, emergen de las aguas y contemplan, desde sus alturas, lo que sin duda puede ser una de las mayores catástrofes que haya vivido la ciudad. Frente a la pobre Nueva Orleans, que sufrió un desastre similar hace ahora doce años con el Katrina, Houston es una ciudad rica, de amplios barrios adinerados y de mansiones de ensueño, pero que como todas las construcciones de aquel país, se encuentran al ras de la calle, susceptibles de ser anegadas tan fácilmente como si se tratasen de casitas pobres. Hacer un balance ahora mismo resulta un ejercicio bastante inútil, dado que aún sigue lloviendo y se desconoce realmente el impacto de lo sucedido. La cifra de muertos sube lentamente, sita ahora en la treintena, y los daños materiales, imposible de estimar, se antojan inmensos sólo con echar un vistazo a esas imágenes donde todo está anegado. Muchas de las industrias de la zona costera, dedicadas principalmente a la química y todo lo relacionado con la extracción y refino de petróleo, estarán afectadas, sin descartar vertidos o contaminaciones que puedan agravar el daño ambiental de la riada, y sin poder asegurar nada, es seguro que Harvey acabará midiéndose en miles de millones de dólares de coste.


Pero lo peor no será eso. La experiencia de Nueva Orleans nos dice que el mayor de los costes es el de los barrios destruidos, las viviendas perdidas, las miles de personas que se quedan sin hogar y sin nada, que no tienen a dónde ir. La destrucción del tejido urbano que ocasiona un desastre de este tipo es de una intensidad descomunal, y esas miles de tragedias personales hieren a una ciudad, durante mucho tiempo. Confiemos en que las autoridades eviten las escenas de saqueo y violencia que se vivieron hace años en Nueva Orleans, pero ahora mismo Houston es el escenario de un desastre causado por la meteorología que a muchos quizás les haga reflexionar- Trump está de visita por allí, confiemos en que no agrave la situación.

martes, junio 27, 2017

Bancos españoles, bancos italianos

El caso del Banco Popular va a colear durante mucho tiempo, especialmente por las demandas interpuestas por los miles de accionistas, arruinados tras su quiebra, pero lo que ocurrió en torno a su liquidación y adjudicación al Santander fue vendido, no sin razón, como el primer éxito del Mecanismo Único de Resolución bancaria, MUR, una estrategia para abordar las crisis de este tipo, conformada por procedimientos e instituciones, que buscan dos objetivos principales. Garantizar la estabilidad del sistema financiero, haciendo frente a liquidaciones bancarias si es necesario, y que éstas no cuesten un euro al erario público, frente a lo que pasó con las entidades de la crisis surgida tras 2008.

La solución al Popular cumple con todos esos principios. Su resolución no ha afectado al conjunto del sistema financiero español, menos al europeo, depositantes y ahorradores no han visto en peligro sus cuentas en ningún momento, los paganos de su gestión han sido los accionistas y bonistas no senior, los que arriesgaron su dinero invirtiendo en la entidad, y el coste para el erario público ha sido de cero euros, dado que la entidad absorbente, el Santander, hará frente a la pérdida esperada del Popular con una ampliación de capital a la que acudirá dinero privado. Todo suena bien. Queda por aclarar, que no es poco, cómo llegó la entidad hasta el precipicio, pero una vez en él lo sucedido parece coherente. Y así estábamos hasta que este fin de semana Italia vuelve a poner sobre la mesa que el MUR es una mesa bastante coja. Dos entidades medianas de aquel país, la Banca Popolare di Vicenza (BPDI) y el Veneto Banca (VB) han sido adjudicadas por el simbólico euro a uno de los grandes bancos italianos, el Intesa San Paolo, en una operación que se parece bastante a la del Popular, si no fuera porque en este caso SÍ se ha producido una ayuda por parte del gobierno italiano, tanto a través de una inyección directa de fondos públicos, 4.800 millones, como por la creación de un sistema de avales de hasta 12.000 millones. Este sistema de resolución bancaria se parece bastante más a un rescate de los antiguos, a una operación “cajas” a la española de hace unos pocos años, e implica dos cosas importantes. Una es que los contribuyentes italianos, sean o no clientes de las entidades involucradas, harán frente a las pérdidas originadas por ellas, como pasó en España con los casos de Bankia, Caixa Catalunya y otras tantas, con la indignación popular que sin duda recuerdan en sus mentes y bolsillos. La otra consecuencia trascendente es que el MUR europeo ha sido arrinconado a las segundas de cambio, si se me permite la expresión, dado que a las primeras fue utilizado en el caso del Popular. Los accionistas y bonistas del Popular, arruinados, observan cómo los accionistas y bonistas de estas dos entidades italianas no van a perder sus inversiones gracias a la inyección de dinero público, y aunque es previsible que sus carteras se deterioren, los italianos tienen margen para vender, operar y, aún en pérdidas, salir de la entidad si así lo desean, cosa que no pasó aquí. Por eso desde el domingo se oyen voces, gritos en algunos casos, que claman al cielo sobre el injusto trato que se le ha dado al banco español y el privilegiado que han recibido los bancos italianos. Bruselas lo niega todo, no le queda otra opción, pero sin duda observa con preocupación que todo el mecanismo del MUR, testado con eficacia en el caso del Popular, puede ser cortocircuitado si los gobiernos nacionales así lo deciden en cada caso. ¿Ha preferido Roma la polémica difusa del rescate colectivo frente a la bronca concentrada en los inversores de las entidades? ¿Alguno de esos inversores era “relevante”? ¿Habría actuado el gobierno italiano de otra manera ante otra entidad? ¿Habría podido Bruselas forzarle a ello?


Si quieren mi opinión, y sin entrar en el tema de fondo sobre lo que ha llevado a las entidades al borde de su quiebra, la aplicación del MUR y la solución “Popular” me parecen la más justa frente a la italiana, sobre todo porque sólo hacen frente a los costes quienes invirtieron en las entidades, lo que se denomina un rescate “bail in”. Creo que un rescate público, lo que se llama un “bail out” sólo es justificable cuando, por la dimensión de la entidad, las consecuencias de su derrumbe puedan ser peligrosas para la economía nacional, y no era ese el caso en ninguna de las tres entidades comentadas. Los accionistas del Popular pueden sentirse agraviados por lo sucedido, quizás con razón, pero como contribuyente, prefiero mi situación a la de los italianos. Parafraseando el clásico final, nada es perfecto.

martes, junio 06, 2017

El derrumbe del Banco Popular

Tres días seguidos lleva el Banco Popular cayendo en bolsa a un ritmo del 18% cada jornada, bajadas demoniacas que están convirtiendo el valor de la acción en algo muy parecido a la nada. Su cotización al cierre de ayer, 0,338 céntimos, suena tan ridícula como angustiosa es la situación de uno de los bancos más importantes, singulares, históricos y especiales de los que hay, me resisto a escribir aún “ha habido”, en España. El banco se desangra a ojos de todos y con sus accionistas particulares viendo desaparecer su valor a una velocidad que es la del pánico, lo que en bolsa se llama capitulación, ante un futuro sombrío que, cada día que pasa, parece ser un 18% peor que el anterior.

Si en el caso de las cajas de ahorros vimos que se cumplía la regla particular de que poner al frente de las mismas a políticos incompetentes era garantía casi segura de desastre, en el del Popular se llega a la regla general de que poner incompetentes al frente de las entidades acaba por arruinarlas, sea cual sea la denominación de la empresa y el origen del citado incapaz. El Popular siempre ha sido un banco mediano, sito en tierra de nadie, que ha sonado como pareja para todas las fusiones y adquisiciones que a lo largo de las décadas de los ochenta y noventa fueron conformando los tres grandes grupos financieros españoles: Santander, BBVA y La Caixa. Gestionado por Luis Valls Taberner y un equipo directivo muy influenciado por el Opus, fue durante muchos años el banco más rentable del mundo, ofreciendo unos ratios y números asombrosos, basados en una política de negocio seria, discreta y, hasta cierto punto, aburrida, que es como debiera ser la gestión bancaria. El Popular huyó de las guerras de activos y pasivos, casi huyó de los depósitos y de los clientes particulares, y centró su red de oficinas en las PYMES y en la financiación de negocios, haciendo que otras operativas clásicas como los citados depósitos o las hipotecas fueran, sino marginales, desde luego mucho menos importantes que en otras entidades. A medida que a principios de la década prodigiosa de 2000 los pisos empezaban a burbujear y a los demás bancos les va de cine, en el Popular se produce el relevo sucesorio. En 2004 el mítico Luis Valls Taberner (ya fallecido, se libra de contemplar el desahucio que vive su criatura) se retira y cede el cargo a Ángel Ron, ejecutivo joven, que contempla con envidia cómo los ratios de beneficio del resto de la banca crecen a velocidades de dos dígitos mientras que los del Popular siguen siendo bueno, pero ni mucho menos comparables, y decide embarcar a la entidad en la aventura inmobiliaria, en busca de El Dorado. Empieza a financiar crédito promotor e hipotecario en los momentos en los que los valores son los más altos y alejados de la realidad, y la cartera de “ladrillo” crece en la entidad gran velocidad y a precios muy inflados. En apenas tres años, ahora vendrán diez, quiebra Lehman Brothers y empieza el desastre anunciado que todos ya conocemos. El sector financiero español comienza su pesadilla y las cajas, saturadas de ladrillos, la mayor parte de ellas muy mal gestionadas, e incapaces por su estructura de acrecentar su capital, son devoradas por el fuego de la crisis. Los grandes bancos (los tres citados) resisten porque poseen exposición internacional que les permite sobrevivir al desastre patrio, pero las entidades medianas que viven del mercado nacional, sobre todo el Popular, empiezan a pasarlo muy mal. Desde entonces la entidad comienza a dar síntomas de alarma, que son combatidos con la peor de las políticas: la ocultación. Se niegan los problemas, se dice que todo acabará saliendo bien y cada cierto tiempo se realizan ampliaciones de capital, que no hacen más que atrapar a nuevos inversores en lo que empieza a tener el aspecto de un fatídico agujero negro.


A principios de este 2017, tras conseguir una indemnización y pensión descomunal por sus buenas acciones, Ángel Ron deja la presidencia del Popualr y coge su relevo Emilio Saracho, del que no tengo referencias, y sospecho que al entrar en la casa se encuentra con una verdad tan amarga como inmanejable. Y desde entonces, en estos pocos meses, todo son rumores sobre venta, resolución, absorción o achatarramiento de un banco que lo fue todo entre algunos de los muy poderosos de este país y que hoy, como toro lanceado, se desangra a la vista de todos. La posible actuación del BCE, con el que hoy se reúne Saracho, puede ser uno de los último salvavidas al que se arroje la entidad para sobrevivir, pero la pérdida para accionistas y demás inversores de la entidad parece, ya, irreversible y casi total. Una triste historia.

jueves, enero 28, 2016

El Supremo desastre de Bankia

No hace falta tener mucha idea sobre economía para darse cuenta de que la idea de fijar la sede de un banco en una torre inclinada ya era todo un síntoma de estabilidad. De siempre los bancos, para dar sensación de firmeza y solidez, y presumir de su dinero, edificaban sedes poderosas, con enormes columnas grecorromanas y aire de palacio imperial. “Estamos forrados y esto no se cae de ninguna manera” era el mensaje que transmitían. Bankia no. Frankenstein formado por la unión de cajas podridas, opto por residir en la torre Kio oeste, donde moraba Caja Madrid. Un banco en una torre inclinada amenaza con caerse.

La sentencia del Supremo de ayer, que anula la salida a bolsa de la entidad y obliga a reintegrar el dinero invertido a los accionistas, eleva el rango legal de lo que siempre se supo y nunca se admitió. Bankia fue un desastre desde el principio, su salida a bolsa a punto estuvo de llevarse la entidad y con ella toda la economía española, y sólo el engaño a clientes y coacciones a inversores lograron una colocación, que apenas sirvió para retrasar en unos meses la evidente quiebra de un monstruo que no había por dónde cogerlo. De la primavera de 2011 al verano de 2012 existió la Bankia zombi. Cuando cayó, porque no podía ser de otra manera, arrastró al sistema financiero español en su conjunto y nos obligó a pedir un rescate a Europa para tapar ese agujero. Muchos de los que ahora gobiernan en funciones siguen negando que hubiera rescate, y los que gobernaron durante el proceso de generación del espantajo y su salida a Bolsa afirman que nada malo hicieron. Todos ellos, a sabiendas, mienten y son culpables de lo que pasó, cada uno en su ámbito de responsabilidad, porque nada hicieron para frenar una idea, nefasta, que sólo podía acabar mal. En relación a su volumen como entidad, no ha sido Bankia la que ha salido más cara al país. Creo que ese dudoso honor lo ostenta Caixa Catalunya, pero por su enorme tamaño, su implantación geográfica, y por las implicaciones políticas de su consejo de administración, Bankia resume perfectamente bajo su nombre todo lo que se pudo hacer mal en la crisis financiera que empezó en 2008 y, en efecto, se logró incluso empeorar. Cada una de las entidades originarias, sumidas en una irresponsable burbuja de crédito moroso una vez que reventó la burbuja inmobiliaria, trato de salvarse mintiendo, ocultando las cifras, maquillándolas, y recurriendo en todo caso a las amistades políticas para que salvasen, sobre todo, la cabeza de los dirigentes. En esto el PP, tanto en Madrid como en Valencia, aparece como el primer culpable, pero dado que las cajas eran entidades de gestión pública (sí, sí, eran banca pública, qué bien nos salió, eh??) en su consejo de administración residían, mullidos y resguardados, representantes de todos los partidos políticos y entidades sociales, muchos de ellos en las antípodas ideológicas y morales del PP, pero todos amantes del buen vivir, mejor yantar y del sin freno gastar. La idea de salvar a la quebrada Bancaja uniéndola con unas pequeñas cajas regionales echas un desastre y la gran CajaMAdrid, cebada bomba de relojería, era un desastre absoluto. No hacía nada más que agravar la dimensión del problema, creando una entidad mucho más sistémica e igualmente quebrada. Pero todos, desde el gobierno de ZP, hasta el Banco de España de MAFO hasta el ala marxista leninista de IU aplaudieron la operación. El día de la salida a Bolsa Rato pulsaba una campana virtual en una pantalla en la antigua sala de corros del palacio de la bolsa de Madrid, y miles de personas aplaudían al gurú. Muchos de los que estaban allí sabían que todo aquello era falso, pero que la entrada de engañados inversores privados les permitiría salvar su pellejo. En cierto modo, tenían razones para celebrarlo.

La que sucedió después lo sabemos todos y lo han sufrido mucho. La llegada de Gorigolzarri a la entidad, después de su nacionalización, y el giro copernicano de la gestión es la parte positiva de una historia que, quizás, logre salvar la entidad y los empleos asociados, pero que a lo largo de la historia se estudiará como el mayor y más estúpido fracaso del sistema financiero español. Hoy es un día de esperanza para muchos de los que, forzados, engañados o a ciegas, acudieron a un pozo de frío lodo oscuro que se les vendía como el último grito en spa hidrotermal. Pero aún hoy altos cargos de aquella época siguen queriendo eludir sus responsabilidades, como MAFO. Al menos, esta vez, el Supremo ha estado en su sitio.

viernes, diciembre 05, 2014

Bankia, las finanzas de una torre inclinada


Trabajo cada día en uno de los pisos superiores de una alta torre del Paseo de la Castellana. Mi mesa de trabajo da hacia el sur, por lo que tengo todo el espectáculo de Madrid a mis pies. Pero si me levanto y ando un par de segundos, y voy al ala norte del edificio, puedo contemplar la sierra y el cierre de Madrid ciudad y comunidad. Y veo las Torres Kio de Plaza de Castilla casi a la altura de sus últimos pisos. En uno de ellos, en la torre izquierda si se mira desde mi posición, hacia el norte, se dibujaba antiguamente un oso verde y ahora luce un rótulo, de un verde más apagado, cuyas letras escriben la palabra BANKIA.

Antes del verano de 2011, con la crisis en todo su esplendor, y con gran parte del país y su clase política y dirigente negándolo aún con saña, BAnkia salió a bolsa, en medio de una campaña publicitaria enorme y la sensación de que si esa colocación salía mal nos íbamos todos al garete, lo que venía a ser la prueba palpable de que andábamos sobre arenas movedizas y cada vez nuestra barbilla estaba más cerca de ser rozada por el fango. Yo no compré acciones, porque esa caja, banco o lo que fuese, me parecía un inmenso Frankenstein elaborado a base de desastres financieros, entre los que destacaban la propia CajaMadrid, cuyas cuentas conocidas eran infames, y Bancaja, una de la que lo poco que se sabía era para salir corriendo y no parar hasta llegar al fin del mundo. Surgida como tabla de salvación de las finanzas de dos de las grandes comunidades del PP, Bankia representaba, por dimensión, lo peor de lo que estábamos generando en el proceso de derrumbe del país. Ya había dejado la presidencia del grupo el inefable Miguel Blesa, del que todo se podía oír en Madrid, y que con el tiempo se ha hecho famoso en toda España, y su puesto lo ocupaba, tras un pulso cerrado en el PP, Rodrigo Rato, mandamás donde los hubiera en el partido, pero con escasos conocimientos de banca. La colocación fue exitosa y el día del inicio de cotización Rato, el PP y el gobierno del PSOE reunieron en la sede de la Bolsa de la Plaza de la Lealtad a lo más granado (no se si también al propio Granados, seguro que sí) de la sociedad financiera, política y social de Madrid y España. Abrazos, sonrisas, y el campanazo, virtual, de inicio de la cotización de las acciones. Yo no dejaba de decir por aquellos días que toda esa operación era imposible, que era un enorme error, que Bankia estaba quebrada por completo y que lo único que estábamos haciendo por aquel entonces era jugar, como esos personajes de los dibujos animados, a patalear en el aire para tratar de no caernos en el vacío que se había abierto bajo nosotros. Y no hacía falta ser un experto en contabilidad y banca, no lo soy, para saber que los activos que tenía la entidad no valían casi nada, porque sus miles y miles de millones de crédito hipotecario y promotor eran incobrables o, siendo generosos, valían mucho menos de lo que figuraban en libros. Sin embargo, como la acción empezó a cotizar bien, por así decirlo, el público y analistas en general dejaron de alarmar sobre el particular. Pocas veces clamaban en el desierto de lo real, y la bola financiera de Bankia seguía avanzando, atrapando en su camino a más y más ahorradores e inversores, que se fiaron de unas autoridades, reguladores, supervisores y auditores que cobraban mucho, se supone que sabían más, y que veían todo con buenos ojos Hasta que, como debe ser, el dibujo animado se cae, pataleando a veces, se estrella y se destroza.

En esas fechas vino de visita a Madrid mi amiga ABG, que ahora reside entre nosotros, y quedé con ella en Plaza Castilla, bajo la torre de Bankia. Nos saludamos al encontrarnos y, entre risas, le dije que esa torre inclinada de ahí, señalando al cielo que cubría el saliente voladizo del edificio, puede caerse cualquier día y arrastrar a todo el país al desastre. Y eso es lo que sucedió más o menos un año después. Ahora conocemos que el día de la colocación en bolsa de la entidad asistimos a una representación teatral basada en falsedades y cuentas manipuladas, pero lo publicado ayer sólo aporta constancia documental, pruebas, a algo que todos intuíamos y, no lo duden, los que celebraban el acto de la Plaza de la Lealtad, sabían.

miércoles, agosto 20, 2014

La FED y el BCE, atrapados en Jackson Hole


No se preocupen si el título de hoy les suena confuso, aunque el tema lo es. Jackson Hole es una pequeña localidad sita en el estado de Wyoming, en medio de unas enormes montañas y bosques, un lugar paradisíaco rodeado de naturaleza de unas dimensiones como sólo el continente americano es capaz de recrear. En ese entorno, y desde hace bastantes años, se celebra en torno a estas fechas de Agosto una reunión entre los principales banqueros centrales, cuyo programa aún no ha sido publicado. Entre los asistentes estará Janet Yellen, la anfitriona, por parte de la FED, y por supuesto Mario Draghi, del BCE.

Estas reuniones eran conocidas para poco más que para unos expertos en el mundo económico y algunos frikis de la materia, que los hay, dado que un encuentro de autoridades monetarias, en principio, no parece nada sugestivo ni propenso al cachondeo. Sin embargo la crisis de 2008 y el derrumbe del sistema, apuntalado gracias a estos bancos centrales, ha convertido a estos encuentros veraniegos en una especie de Davos con calor, en el que periodistas, analistas, banqueros, poderosos y personajes influyentes, que sí lo son o como tal se lo creen, junto con los frikis de antes, pululan por las montañas de Wyoming tratando de escrutar en los discursos y conferencias los pasos que van a dar estos dioses en los que se han convertido los banqueros centrales. Sólo esto ya es una muestra de lo distorsionado, irreal y viciado que se encuentra el sistema financiero y económico. En la época de la URSS, en la que no existía información real sobre lo que allí pasaba, surgió la figura del “rusólogo”, un personaje que, en función de cómo fruncían el ceño los jerarcas moscovitas en cada desfile militar que se retransmitía desde la Plaza Roja de Moscú, siempre a unos agradable “diecimuchos” bajo cero, determinaba si la guerra fría estaba más o menos caliente, si en el politburó había disensiones y si el líder era tal o había entrado en desgracia. Sus conclusiones, habitualmente no muy razonadas, pero dichas de manera muy seria, eran tomadas como oráculo revelado por el resto de periodistas y se convertían en la base del análisis de los mismos. Otra figura similar son los vaticanistas, especie futuróloga de existencia fugaz, que toman el control de los medios cuando se produce un cónclave de elección papal y se fijan en detalles tan importantes como la efusividad de algunos saludos o cuántas monjas acompañan a determinado papable. Pues bien, de un tiempo a esta parte, y dada la insana dependencia que el mercado ha contraído con los banqueros centrales (recuerden, esto es síntoma de algo enfermo y anormal) han surgido lo que podríamos llamar “BCEístas” o “FEDeístas”, o como a ustedes les de la gana, que tratan de adivinar cuándo Yellen y Draghi moverán ficha, subiendo tipos en EEUU, o realizando un QE en Europa, o ambas cosas a la vez, o de momento ninguna de ellas. Los últimos datos macro conocidos, malos, señalan la debilidad del crecimiento en la UE, que en la práctica se encuentra estancada, con una Francia que no crece rodeada de Alemania, que flaquea, quizás como primera respuesta ante el conflicto con Rusia, y con economías del sur como la española que crecen, en parte por rebote estadístico, pero que, dependientes del núcleo de la Unión, no podrán seguir subiendo si los países grandes de la eurozona no lo hacen. Y todo ello con precios congelados. Por ese flanco aumentan las presiones sobre Draghi. En EEUU la FED sabe que debe subir tipos para evitar el desmadre burbujero que demasiados ya ven en muchos mercados, pero la lucha entre halcones monetaristas y palomas que miran en el empleo presiona a Yellen, que ha aprendido a no decir nada.

Y en medio, junto con otros banqueros centrales, miles de analistas que se les supone sabios y entendidos, pero que siguen utilizando métodos de chamanes para determinar el futuro de la política monetaria. Quizás sea la posición de las gafas de Draghi sobre su nariz o lo que Yellen haya dedicado en laca a moldear su cabello lo que, para muchos, sea la excusa determinante para justificar las próximas decisiones de ambos organismos y, con ello, subidas y bajadas en la bolsa, divisas, activos y demás variables que, quiéralo o no, influyen en su vida, aunque sólo haya sido consciente de ello desde hace unos pocos años. Y los osos de las montañas de Wyoming, que no se si los habrá, mirando todo con cara de no entender nada, como usted y como yo.

lunes, agosto 04, 2014

Arder en las llamas del Espíritu Santo


Una de las canciones que cantábamos en mi época de guitarrista de parroquia empezaba diciendo “El Señor os dará su Espíritu Santo, ya n temáis, abrid el corazón”. Como si fuera un nuevo Dios ultrapoderoso, la economía se ha encargado también de destrozar el sentido de esa melodía, y en estos días mencionar al Espíritu Santo (ES) implica no adquirir un don de lenguas, sino ponerse a blasfemar, y no poseer una fuerza y convicción enormes, sino la conciencia de unas pérdidas que pueden ser tan inmensas como todo lo que uno hubiera invertido en el Banco del mismo nombre. Sí, la religión tampoco es ya lo que era.

En perspectiva, y de manera muy simplificada, la historia del BES es algo así como una mezcla entre Bankia y Gowex. Una entidad financiera que, apalancada más allá de sus posibilidades, ha ido viendo como los créditos que constaban en su cartera se convertían en fallidos a alta velocidad y sus requerimientos de capital, cada vez más acuciantes, no eran satisfechos de ninguna manera. Su solvencia se iba deteriorando a marchas forzadas y todo ello entre rumores, a veces intensos, a veces no, de intervención. En eso ha sido como Bankia, y otras tantas entidades financieras quebradas a lo largo de esta crisis. El componente Gowex, por así llamarlo, proviene de que ese banco es propiedad de la familia Espíritu Santo, una de las más ricas y poderosas de Portugal, poseedora de numerosas sociedades financieras y de inversión, organizadas todas ellas como un holding en el que, por lo que parece, unas se cubrían a otras y así trataban de ocultar una situación que era mucho más grave de lo que trascendía. Desavenencias internas entre los familiares, los rumores que no cesaban y unos datos que ya eran imposibles de ocultar han llevado a la quiebra a todo el grupo, y dejado a la familia propietaria a los pies de una justicia que ahora tendrá que investigar si se han cometido fraudes y abusos en la gestión del BES o en alguna de las empresas del grupo, y si se ha ocultado información relevante a los auditores y organismos reguladores (les suena, verdad?). Tras dos semanas de nerviosismo en el parqué, con caídas bursátiles que han reducido el valor de la acción de la entidad en más del 50%, al situación del BES parecía abocada al rescate cuando el viernes cerraron los mercados, nerviosos por este asunto y otro muchos que se agolpan ante las pantallas. Finalmente, viendo que hoy la cotización podría desplomarse por completo, aún más si cabe, el gobierno portugués anunció ayer por la noche la intervención de la entidad, la creación de un banco bueno que contenga los activos sólidos de la entidad y la segregación de los malos en un banco malo (parecido a la dualidad Bankia SAREB) y la inyección de 4.900 millones de euros, procedentes de una línea de crédito derivada del rescate país que tuteló la troika sobre Portugal, para tratar de reflotar la entidad o, al menos en estos primeros días, atajar los nervios y serenar el ambiente. Como en todos estos casos, el gobierno portugués afirma que esta intervención no tendrá coste para las arcas públicas y los ciudadanos y, como casi siempre, eso no es cierto. La familia Espíritu Santo pierde el BES y sus sociedades instrumentales y se aboca a la ruina, al igual que, muy probablemente, todos los inversores de títulos y acciones de la entidad. Salvar a los depositantes mediante la línea de crédito entrampará al erario público portugués y será de (i)lusos pensar que, como en el caso de nuestro de Catalunya Caixa o Bankia, esto no va a suponer una deuda que engrosará las ya abultadas del estado portugués.

En España, pese a no ser una entidad de primera línea, no son pocos los ahorradores que poseen su dinero en el BES, que se hizo muy presente en la economía nacional a través de la campaña de marketing que realizó un jugador portugués de fútbol, de cuyo nombre no quiero acordarme, que milita en un equipo de Madrid. Los que ahí tienen su dinero depositado están hoy en una situación muy similar a la de los que vivieron la intervención de Bankia hace un par de años, sólo que ahora dependen de las decisiones del gobierno portugués y de la troika. Sus depósitos están asegurados hasta el límite que marque la legislación lusa, y desde hoy deberán tener fe en que todo salga bien. La fe que, en teoría, proporciona el Espíritu Santo, el otro, el flamígero que ilumina pero no quema…