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jueves, julio 15, 2021

Viva Cuba libre

El mejor símbolo para mostrar hasta qué punto se vive con frivolidad desde el mundo ultradesarrollado la tragedia cubana es que hemos inventado una bebida, llamada cubata, en la que mezclamos el ron asociado a la isla con la Coca Cola de origen norteamericano, y nos lo bebemos asociándolo a la alegría de las fiestas, las borracheras, las celebraciones, cuando en aquella isla no hay nada que celebrar desde hace muchas décadas. La distancia infinita entre nuestro nivel de vida y el que padecen los cubanos nos hace ver como exótico lo que no es sino una absoluta tragedia, un subdesarrollo que nos haría palidecer si lo experimentásemos en nuestras carnes.

Cuba vive sometida a una de las más férreas y longevas dictaduras de los tiempos modernos. La llegada de los Castro al poder, primero con el reinado casi eterno de Fidel y luego de su hermano Raíl, instauró un régimen comunista que, como todos los que en el mundo han sido, se convirtió en una dictadura de partido único y hombre fuerte, en la que era difícil distinguir dónde acababan las siglas de la política y empezaban los fusiles del ejército. Convertido en el portaviones soviético eternamente anclado frente a las costas de su enemigo, la extinta URSS vio en la isla el perfecto lugar para amenazar a los EEUU a la menor de las distancias posibles, y la tensión se vivió en aquella zona hasta un punto en el que, si las cosas hubieran ido mal, y a punto estuvieron, ni ustedes ni yo ni casi nadie estaríamos aquí. El derrumbe soviético, la fuente de casi todos los suministros que llegaban a la isla, convirtió al régimen castristas en un paría internacional y en un desastre económico carente de los más elementales inputs. Lejos de un aperturismo forzado por la realidad, la dictadura se enrocó y agudizó su mensaje de resistencia en medio de un país que se encaminaba hacia la pobreza absoluta, el deterioro social y la supervivencia. Las imágenes de una Habana que se cae a pedazos, de unos coches de los años sesenta y setenta que andan por sus calles porque no hay modelos nuevos en el país, de escenas sacadas de un pasado que a algunos les parece romántico no son sino una clamorosa exhibición de pobreza, de ruina, de desastre absoluto. Los que tanto defienden el régimen desde sus cómodas mansiones occidentales viven a miles de kilómetros de aquella ruina, de la misma manera que muchos intelectuales de los sesenta abogaban por la superioridad del bloque del este, pero lo proclamaban desde las bohemias calles de la “riviere gauche” del París por el que deambulaban como reyes, sin apenas pisar lo que denominaban paraíso. La caída del muro dejó al descubierto la estafa que existía al otro lado y, sobre todo, la pobreza material y la crueldad de dictaduras despiadadas, que aplastaron a la ciudadanía de sus países sin misericordia alguna. Si alguna vez cae el régimen cubano, ojalá que esta sea la buena, también veremos lo que se esconde tras un país en el que la información se filtra pero la miseria apenas ya se puede esconder. A la visión romántica de Cuba como paraíso, además de la tóxica influencia de una ideología fracasada, el comunismo, se une el hecho de que Cuba fue España hasta hace poco más de un siglo, que nuestra historia y la suya se unen de manera inexorable y que, en cierto modo, siguen siendo enormes los lazos sentimentales que atan a cubanos y españoles, primos en el fondo. Es imposible olvidar aquellas escenas algo berlanguianas en las que un Fraga, ya aposentado como presidente eterno de la Xunta de Galicia, recibía al dictador Fidel y se lo pasaban en grande. Ambos provenían de los extremos del espectro ideológico, pero compartían terruño de origen, y se veían casi como familiares, separados apenas por un charco de agua. Todo esto ha dificultado las relaciones entre ambas naciones, a la hora de que España denunciase a las claras a la dictadura castrista, perjudicando sobre todo a los que viven en la isla. Hoy mismo, tras sesenta años de régimen, seguimos siendo taimados ante lo que allí pasa, en una mezcla de hipocresía, conmiseración y sentimentalismo.

Quizás haya sido la pandemia la gota que ha colmado el vaso del hartazgo cubano ante su eterna miseria, y de las manifestaciones de estos días surja un movimiento que pueda hacer caer a los que detentan el poder desde hace tiempo. Es difícil que así sea, porque los que mandan en aquel país no se cortan a la hora de reprimir las protestas y silenciarlas, y no sería este el primer levantamiento social que es aplastado por la dictadura de la nación a la que pretende derrocar. Pero ojalá sea esta la buena, el poder corrupto que desde hace tantas décadas oprime a los cubanos caiga y ellos sean capaces de recrear su país, levantarlo de nuevo, convertirlo en la joya que es, y que los cubanos que, como diáspora, se encuentran viendo todo desde la distancia, puedan reencontrarse en LA Habana, su Habana, ese “Cádiz con más negritos” que cantaba Carlos Cano mirando desde su ciudad natal hacia el occidente atlántico.

lunes, noviembre 28, 2016

Fidel Castro ha muerto, su régimen aún no


Poco les puedo añadir lo mucho publicado a lo largo de este fin de semana sobre la muerte de Fidel Castro, una de esas noticas esperadas desde hace mucho tiempo, con artículos escritos desde hace años, y que no salían a la luz dada la longevidad del personaje, mítica, causante de numerosos chistes. Pero lo que en España en los setenta se denominaba “el hecho biológico” tiene que llegarnos a todos, sea cual sea nuestra condición e ideología, y Fidel tenía que morirse. Así ha sucedido, y las reacciones han ido desde las condolencias privadas, lógicas, a las manifestaciones de duelo y elogio de su figura, incomprensibles, y las de alegría por su deceso, de mal gusto.
 
Revisando imágenes y recuerdos, a lo que más se me asemeja lo vivido este fin de semana es a la muerte de Franco, otro gallego, que también detentó el poder absoluto y no dejó respirar a la oposición. Ambos personajes parecen contrapuestos pero, en el fondo, son lo mismo, sujetos ávidos de poder, rencorosos y desconfiados, que todo lo quieren para ellos y de nadie más se fían, que construyen un régimen inmovilista basado en la adoración a su persona, en el culto a la figura del líder. Cada uno encontró una coartada ideológica para revestir su mandato, opuesta la una de la otra, pero que en el fondo les daban igual. Pocas cosas son tan parecidas al lacrimógeno anuncio de Arias Navarro que la alocución de Raúl al dar a conocer la muerte de su hermano. Incluso, dado el atraso en el que se vive en Cuba, es el paso del blanco y negro al color la diferencia más significativa, dado que la estética de ambos mensajes es propia de eras antediluvianas. Las imágenes de una Habana quieta y en silencio se parecen mucho a las de un Madrid de finales de los setenta, en las que el miedo al régimen y al incierto futuro se suman a la inquietud de una población que, desde hace décadas, nada puede hacer sin que el Caudillo, Comandante, o como quieran denominarlo, les otorgue su permiso. A lo largo de esta semana veremos imágenes de multitudes desfilando frente al malecón y en las plazas de la Habana rindiendo homenaje y llorando la figura del “padre de la patria” que todo les dio, como vimos aquí plazas de oriente a rebosar aclamando a un decrépito dictador y riadas de fieles que acudieron a su velatorio, compungidos, llorosos, pocos sinceramente, muchos de manera forzada para que el resto les vieran, mientras estuvieran prietas las filas de los leales al régimen. Puede que dentro de unos años encontrar castristas en Cuba sea algo tan remoto y exótico como descubrir franquistas en España, y ojalá sea así, porque eso querrá decir que su reinado de fuerza, opresión y dictadura habrá terminado del todo, acabando por salir de la conciencia de los ciudadanos a los que ellos convirtieron en súbditos. Ahora es imposible que eso se de en Cuba, como era impensable ser antifranquista público a finales de los setenta. Será el tiempo el que logre extirpar esa memoria opresora. Bien es verdad que el contexto de ambos países, temporal y geográfico, es muy distinto, y que los caminos recorridos y venideros no serán iguales, porque no pueden serlo, pero lo cierto es que los paralelismos entre ambos personajes se me antojan tan evidentes que no puedo sino imaginar que, en el fondo, el hermanamiento entre España y Cuba es tan profundo que, hasta en las desgracias políticas, nos parecemos. Fíjense también que ambos dictadores murieron en la cama, entubados, sin soportar revueltas ni asonadas. Sin hacer frente en vida a juicio alguno por los males causados a sus ciudadanos. Ambos fueron poderosos y dieron miedo hasta su último aliento.
 
Lo más importante es lo que va a suceder ahora en Cuba, a sabiendas de que en 2018 Raúl Castro deja el poder, y sin que se sepa claramente qué es lo que el irracional de Donald Trump tiene pensado respecto a la isla, el régimen y, vaya vaya, las impresionantes posibilidades de negocio que se abren. Los Castro y las fuerzas armadas cubanas han organizado un régimen que, atrincherado y envuelto en miseria, ha demostrado ser mucho más duradero de lo que nadie esperaba. Es por ello que, si tiene lugar, la transición debiera ser lenta. Pero ojalá tenga lugar, los cubanos, sea cual sea su ideología y origen, puedan volver a reencontrase en su país y se hagan los dueños de su destino, salgan a las calles y sean libres. Ojalá.

martes, marzo 22, 2016

Obama hace historia en Cuba

Abusamos del adjetivo histórico, lo sometemos a una inflación desatada que lo devalúa hasta el extremo y muestra lo corta que es nuestra mira y perspectiva. Sin embargo esta vez merece ser empleado, porque han transcurrido ochenta y ocho años, casi un siglo, desde la última vez que un presidente de EEUU, el ya olvidado Calvin Coolidge, visitó Cuba, el gran país vecino del Caribe. En aquel caso se trató además de un encuentro de grado menor enmarcado en una visita de otro tipo. Ahora la visita tiene todo el rango posible y, dada la coyuntura, relevancia. Sus posibles frutos, eso es otro tema, están por ver.

Obama pasará a la historia de los presidentes de los EEUU, al menos, por Cuba. Tras más de medio siglo de política de bloqueo, que se ha mostrado muy acertada si lo que se pretendía era que el régimen de los Castro se mantuviera, decidió el presidente norteamericano hace caso a Einstein y, para obtener resultados distintos, llevar a cabo políticas diferentes. Hace ya más de un año que, en un discurso simultáneo, Obama y Raúl Castro anunciaron, de civil y de militar, cada uno mostrando en su estética cual es la fuente de su poder, el surgimiento de un nuevo tiempo en las relaciones entre ambos países. Tras meses de negociaciones vimos como en 2015 se inauguraban embajadas en Washington y La Habana, y era sabido que Obama visitaría la isla antes del fin de su mandato. Esa vista empezó en la noche del Domingo, hora española, y acabará hoy, tras dos días de estancia en la capital, con un encuentro con la disidencia. Ayer tuvo lugar la reunión más esperada, entre Raúl Castro y el presidente, con rueda de prensa incluida, que ofreció la posibilidad, inédita, a los periodistas allí presentes de hacer preguntas a un Castro, y que un Castro dictador las contestase, bien que a su manera. ¿Qué busca EEUU en su nueva política a Cuba? Lo mismo que siempre y lo que deseamos todos, la caída del régimen de los Castro, la llegada de la libertad a la isla y el desarrollo económico de la perla del Caribe, del que los norteamericanos, obviamente, pretenden sacar tajada. La idea base es que, tras décadas de bloqueo, nada ha cambiado en el interior del país. La represión se mantiene, el régimen se ha convertido en una dictadura hereditaria, de momento entre hermanos, y la pobreza en la que viven los cubanos es ya de dimensiones siderales. La experiencia dicta que un desarrollo económico suele ir acompañado de demandas de libertad, y por ello la táctica que explora ahora Washington se basa en las zanahorias diplomáticas, que a su vez permitan que la economía cubana pueda resurgir, y con ello la población, más autónoma y libre, empiece poco a poco a rebelarse, en serio, contra la dictadura. Quizás piensen los gerifaltes de Washington en un proceso similar a España, en el que el desarrollismo debilitó las bases de la dictadura, y la muerte de Franco dio paso a un proceso de transición en el que la sociedad tomó las riendas de un país que, durante décadas, estuvo amordazado. Hay también contraejemplos a esta teoría, quizás el más relevante sea China, donde el crecimiento económico, de momento, no logra desbancar al Partido Comunista del poder omnímodo, pero lo cierto es que hasta ahora, la política norteamericana con Cuba sólo ha servido para fortalecer al régimen, vía la creación de un maligno enemigo exterior contra el que volcar la ira popular. Está por ver si la nueva estrategia funcionará y si tendrá continuidad, dados los cambios que puede sufrir la política norteamericana y el peso del exilio cubano en el país. En todo caso el proceso está en marcha y, como en la jardinería, habrá que esperar a ver si da fruto o no.

Una nota obligada sobre el nulo papel de España en este proceso. Asentadas las empresas turísticas nacionales en cuba desde hace años, contando con una ventaja enorme respecto a sus futuras competidoras, y con los amplios y fraternales lazos que unen a ambos países, resulta descorazonador comprobar que la diplomacia y política española no ha pintado nada, ni antes ni ahora, en este proceso de cambio que se vive en la isla. Podíamos haber sido un mediador privilegiado, un interlocutor de confianza, pero no hemos jugado ningún papel. No deja de ser triste y, también, revelador, tanto de nuestra insignificancia como, sobre todo, el nulo interés que prestamos a estas cuestiones. Vivir de espaldas al mundo exterior es un inmenso error en el que no podemos seguir incurriendo.

martes, julio 21, 2015

La bandera de Cuba ondea en Washington

Obama ha decidido pisar el acelerador a su presidencia. Consciente quizás de que se le acaba el tiempo, a poco más de un año del final de su mandato los cambios que ha ejecutado en la política de EEUU, interna y externa, empiezan a verse reflejados en actos que pueden calificarse de históricos. Las decisiones del Tribunal Supremo abalando el matrimonio homosexual y su reforma sanitaria, o el reciente acuerdo firmado con Irán merecen un calificativo de este tipo. Y actos como el celebrado ayer en la calle 16 de Washington, con la reapertura de la embajada de Cuba en la capital tras medio siglo desde el cierre, también son de lo que marcan un antes y un después.

Hay algo que comparten tanto el acuerdo iraní como el deshielo cubano, y es que son procesos esperanzadores, pero cargados de riesgo, en los que se debe ser pragmáticos pero muy vigilantes para que acaben en buen puerto. En el caso de Cuba la situación para EEUU es, si cabe, más compleja. Con más de un millón de cubanos refugiados en Miami Cuba es casi un asunto de política doméstica para los norteamericanos, y desde hace décadas, un tema sobre el que había poco que discutir. El enroque absoluto de la dictadura de los Castro, que sigue viviendo fuera de la historia, instalada en una paranoia que sólo genera pobreza y sufrimiento, impidió que hubiera acercamiento alguno por ambas partes. La sucesión de Fidel por Raúl, en otro gran ejemplo de democracia popular donde las haya, abrió una pequeña puerta de esperanza, pero no se tradujo en resultados, al menos en un principio. Cuba mantiene relaciones con un montón de países, desde luego con España, y el bloqueo al que le somete EEUU es, desde ya hace bastantes años, más simbólico que real. El apoyo que le brindó la Venezuela de Chávez, regalándole petróleo que necesita como el agua, permitió al régimen castrista respirar durante un tiempo, y hacerse el duro. La cada vez mayor debacle del chavismo, sin su líder y sin los ingresos derivados de un petróleo cada vez más barato, volvieron a poner a Cuba frente a la espada y la pared. El régimen empezó a introducir algunas medidas para que la economía de mercado comenzara a existir en las calles de La Habana y demás ciudades, sin ninguna apertura política, por descontado, en un proceso que a cámara muy lenta me empezaba a recordar al franquismo de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, que aflojaba la mano económica pero no soltaba la que blandía la porra. El anuncio por parte de Obama, hace algo más de seis meses, del inicio de una “nueva relación” con Cuba nos cogió a muchos desprevenidos, pero fue el fruto de negociaciones que llevaban abiertas desde hacía bastante tiempo. Washington parece haberse dado cuenta de que medio siglo de hostigamiento a la isla sólo ha generado un enroque del régimen y la excusa victimista perfecta para que desde el entorno de los Castro se mantenga la dictadura. Quizás pensando en el efecto que tuvo en España el turismo de los sesenta, que no sólo aportó ingresos, sino que sirvió para mostrar a los españoles la nueva y fresca manera de pensar y ver la vida que existía en Europa, trata Obama y su gobierno de propiciar un cambio de régimen en la isla mediante el arma más poderosa, el intercambio comercial. Sita a unos 150 kilómetros de las costas de Florida, Cuba es la mayor de las islas del Caribe y puede ser la potencia turística sin rival en la zona, y hay el negocio es inmenso, tanto para las empresas ya asentadas en la isla, muchas de ellas españolas, como para las americanas, que verán un nuevo lugar para invertir, crear riqueza y hacer negocios. Y eso, tarde o temprano, generará cambios políticos en la isla, y eso creo que lo saben todos los actores implicados en este asunto.

No será ni fácil ni rápido, y contará con la oposición del ala más dura del exilio cubano, que se apoya habitualmente en los republicanos, pero creo que esta nueva política de relaciones con La Habana puede salir bien. Como antes señalaba, hay que mantener siempre un ojo avizor a sabiendas de cómo se las gastan los Castro, pero parece obvio que el régimen se encamina hacia su obsolescencia absoluta, y que una nueva economía, preludio esperemos de una recobrada libertad, sopla por el malecón y demás calles de una Habana, Cuba, que se merece salir del ostracismo en el que el comunismo le ha encerrado durante tantas y tantas décadas.

lunes, abril 13, 2015

Grandes éxitos de la diplomacia de EEUU

El llamado sello del presidente de EEUU, una especia de anagrama de la institución, muestra, junto al lema de la Unión “E pluribus unum” un águila en cuyas garra derecha sostiene una rama de olivo y en la izquierda unas flechas. Un mensaje del tipo “puedo ser bueno pero también malo, tu escoges”. Tradicionalmente EEUU ha sido un país con una buena diplomacia, amparada por el ejército más poderoso inimaginable, que actúa como amenaza creíble, o de último recurso, a la hora de dar peso a la posición negociadora norteamericana. Esta situación requiere un equilibrio de fuerzas entre las dos “garras” que en ocasiones no se ha dado.

En estos días estamos viendo, tras años de cierta preponderancia militar que no generó los frutos deseados, una prevalencia de la diplomacia, y los logros que de ella se pueden obtener. Es muy pronto para saber si esta estrategia negociadora será rentable a largo plazo para los intereses de EEUU, que son los que defiende su presidente, obviamente, pero lo cierto es que la imagen del encuentro entre Obama y castro, producida este fin de semana en la cumbre de Panamá, y la firma del preacuerdo de desnuclearización de Irán, de hace un par de semanas, suponen dos golpes estratégicos de primer nivel, y cambian de manera profunda los patrones de comportamiento que, respecto a estos asuntos, imperaban en la política de EEUU desde hade décadas. Y si EEUU cambia de opinión, el resto del mundo tiende a hacerlo después. Ambos países, Irán y Cuba, eran vistos como parte integrante de lo que se denominó en su día “el eje del mal” expresión muy sonora pero más propia de una película de acción que de política práctica. Cada uno de ellos presenta problemas muy distintos, siendo Cuba un asunto casi interno de la política de Washington e Irán una molestia gorda que lleva décadas martilleando. En ambos casos se ha dado un cambio de personas dirigentes, que no de régimen, que ha permitido una mayor apertura, o al menos esa es la sensación general. La dictadura de los Castro agoniza a la par que lo hace Fidel, y la economía cubana, dependiente antaño de Rusia, después de Venezuela, da ejemplo cada día de hasta qué punto la miseria puede ser eterna y cómo la población puede acostumbrarse a la misma. No se si Raúl Castro será quien de el pistoletazo de salida de la transición cubana, pero es cierto que ha visto que el régimen y el país no dan más de sí. Su intento de reforma interna, o de apertura, es probable que sea la vía por la que Cuba se convierta en un régimen normal, en un país en el que la libertad pueda volver a pasear por el malecón. Ojalá sea así. En el caso de Irán, tras los ocho años de gobierno iluminado de Ahmadineyad (nuestro viejo amigo “Ahma”) la llegada de un moderado como Rohani ha permitido cambiar el discurso, habitualmente hostil y mesiánico, que sale de Teherán. Las sanciones internacionales y el derrumbe del petróleo han hecho mucho daño al régimen y la población, y es probable que esa apertura sea una vía para encontrar un aire, político y financiero, del que ya apenas se dispone. En este caso, si cabe, al situación es mucho más compleja y difícil de prever que en el de Cuba. Estamos mejor que antes, sí, pero es casi imposible saber hacia dónde nos dirigimos.

Y en ambos casos EEUU, ante condiciones más favorables, ha adoptado una estrategia “blanda” a mi juicio acertada, consistente en mostrarse comprensivo y permitir que se alcancen acuerdos. Hay mucha discusión, y argumentos de peso, sobre si esta es la manera adecuada de actuar o no, pero creo que en conjunto, ganan los pros, empezando por el hecho de que, tras años en los que la imagen norteamericana ha estado muy en entredicho, estas conversaciones logran que el poder blando de EEUU (concepto de Joseph Nye) , su capacidad de atractivo, crezca, y no sólo en las dos naciones con las que se han alcanzado estos compromisos. El antiamericanismo global ha sufrido un duro golpe con estos dos acercamientos, y eso en sí mismo es ya una gran victoria para EEUU.

jueves, diciembre 18, 2014

El deshielo llega a las cálidas aguas del Caribe


Hasta el final nunca des por sentado el resultado. A menos de dos semanas para el final del año, ayer se produjo una noticia que, en el contexto del pasado siglo y el periodo de vida de los seres humanos, sí tiene el acontecimiento de histórica. El anuncio, coordinado, por parte del civil presidente de los EEUU y el uniformado mandatario de Cuba del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países supone el inicio del fin del aislamiento con el que EEUU ha castigado al régimen de La Habana y un paso hacia una distensión en lo que fue uno de los frentes más calientes de la llamada guerra fría. 25 años tras la caída el muro de Berlín, ayer se agrietó, para caerse tarde o temprano, el telón que separa a Cuba de EEUU.

Creo que, aunque es un asunto complicado y lleno de matices, es una buena noticia. Supone la asunción por parte de EEUU, al menos una buena parte de su dirigencia, de una visión pragmática respecto a la isla, que curiosamente tratándose de EEUU, el país donde las cosas que funcionan triunfan, ha tardado muchas décadas en llevarse a cabo. El objetivo último del bloqueo y la ruptura de relaciones era el de provocar la caída del régimen. Décadas después, con Fidel vivo, quizás eternamente, la dictadura castrista se ha convertido, a semejanza de Corea del Norte, el otro reducto de paranoia comunista del mundo, en una suerte de mandato hereditario, en este caso entre hermanos. Durante todos estos años el nivel de vida de los cubanos se ha ido empobreciendo a medida que La Habana trataba de suplir la asistencia de la época soviética, que la controlaba y proporcionaba combustible y divisas. Otros países, entre ellos España, han seguido comerciando con Cuba y estableciendo negocios (Meliá tiene unos cuantos hoteles en la isla, por ejemplo) pero el agravio norteamericano ha sido hábilmente utilizado por la dictadura como excusa para el reagrupamiento patriótico frente al enemigo exterior (un clásico de toda dictadura) y justificación del deterioro económico que vive el país, anclado en muchos casos en los años sesenta, no sólo por la estética de sus calles y coches. Si el objetivo de EEUU era provocar por esta vía el derrumbe de la dictadura hace tiempo que se ha visto que la estrategia ha fracasado, por lo que Obama ha optado por un camino alternativo. Aprovechando que la disidencia cubana que reside en EEUU empieza a pensar cada vez más en la nación de acogida y no en la del exilio, y que el apoyo del régimen venezolano, hasta ahora el gran baluarte de los Castro, se va a ir al garete a medida que el barato petróleo estrangule al gobierno de Caracas, EEUU opta por abrir la mano, dejar de ser una excusa útil para los Castro y propiciar los intercambios comerciales con la isla, a sabiendas de que es cuando caen las barreras y empieza a circular el aire cuando las dictaduras empiezan a perder poder e influencia. Cada caso es distinto, sí, pero en España vimos como en los sesenta, junto al turismo y divisas, llegaban al país nuevas ideas y realidades de un mundo al que los españoles no tenían acceso, pero que existía, y que se daba a conocer. Y esa influencia debilitó mucho a una dictadura que, aunque siguiera instalada en su búnker ideológico, hacía mucho tiempo que había perdido la razón, sentido y contacto con la realidad. No se qué pasará en este caso, porque las dictaduras comunistas han demostrado ser más resistentes que las militares de derechas, pero es lógico comprobar que, si algo no funciona, se debe cambiar para obtener un nuevo resultado.

Lo más importante de todo esto es que seguramente será la población de la isla la que salga más beneficiada de esta decisión. Sometida a un régimen donde los derechos humanos, civiles y políticos no existen, y en un estado de pobreza difícil de imaginar, los cubanos tienen ante sí una oportunidad para prosperar y beneficiarse con los intercambios que surjan del próspero vecino del otro lado del mar. Confiemos en que así sea, y que junto a los dólares llegue la libertad a las calles de La Habana, que la necesitan desde hace ya demasiados años. Por ello, el paso de ayer es importante, y debe ser visto como positivo, y como el primero de muchos otros que tendrán que llegar.

Si todo va como espero, aunque está difícil, mañana les colgaré aquí mi selección de lecturas de este año 2014, tanto de novela como de ensayo.