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viernes, junio 12, 2026

Suben los precios, suben los tipos

El anuncio de ayer de Trump de un acuerdo con Irán para este fin de semana disparó los índices de la bolsa de EEUU e hizo caer el petróleo, pero esta supuesta tregua es parecida a la que se ha anunciado unas treinta veces en las últimas semanas, y sospecho que el único objetivo de ese anuncio era el de espolear los mercados justo en el momento de la colocación de las acciones de SpaceX, garantizándose así hoy una salida al mercado exitosa de la espectacular empresa espacial de Elon Musk. ¿Un mero amaño de mercado? No sería la primera vez que el tahúr de Trump lo hace, ni sería la última.

En lo relevante, el miércoles se supo el dato de inflación de EEUU, que en tasa interanual ha subido en mayo hasta el 4,2% , la más alta desde los tiempos del descenso de la tasa tras el disparate de la salida del Covid y el inicio de la guerra de Ucrania. Es un valor muy alto, altísimo, que erosiona profundamente la capacidad de compra del consumidor, devalúa sus ingresos y activos y, dado su carácter regresivo, destruye mucho más a las clases bajas y medias que a las adineradas. Ante un panorama semejante, con daños estructurales en Ormuz y su entorno que van a hacer que los precios de la energía no vuelvan a ser bajos en bastante tiempo, es de esperar que las tasas de inflación no retornen a corto plazo al nivel deseado del 2%, por lo que las autoridades monetarias deben actuar, les guste o no. De ahí la intervención del BCE de ayer, con una subida de tipos de 0,25%, dejando los oficiales de la eurozona en el 2,25%. Esto se va a traducir rápidamente en un encarecimiento del crédito, tanto el de inversión como el de consumo o el hipotecario. Este último lleva ya unos meses poniéndose cuesta arriba, porque el euríbor está actuando como buena señal de tensión monetaria, alcanzando cotas de cierre mensual del 2,8% Esto encarece las hipotecas a tipo variable, y por ello el porcentaje de las que se firman a fijo sube y sube, pero decisiones como las de ayer encarecerán las ofertas de fijo de los bancos, por lo que la financiación para la compra de inmuebles se pondrá más difícil sí o sí. ¿Puede ser esa la causa por la que parece que hemos llegado a un techo en el precio de los inmuebles? Quizás, aunque también el que su precio sea disparatado y la demanda no tenga fuerza infinita influirán sobremanera. En todo caso, y como pasó ante el disparo inflacionario de 2022, las causas de esta subida de precios no son estrictamente monetarias, no hay un disparate de emisión de moneda o algo así, son causas físicas, principalmente la escasez en el abastecimiento de energía, pero el BCE y el resto de autoridades monetarias no disponen de fragatas u otro tipo de elementos “reales” con los que hacer frente a las crisis de precios. Sólo pueden actuar sobre variables intermedias, como los tipos, los coeficientes de reserva y cosas por el estilo, para tratar de buscar una contención de la demanda y que así los precios se vean menos tensionados. Combatir problemas de escasez de oferta frenando la demanda no parece la mejor de las soluciones posibles, y no lo es, pero no hay muchas alternativas si no hay movimientos que arreglen los problemas en el mundo real. Las autoridades monetarias son las responsables de variables financieras, y no tienen muchas más opciones. Deben controlar el nivel de precios y no pueden consentir que, sea cual sea la causa, se dispare. A partir de ahora el BCE está a expensas de los anuncios de Trump, y de lo que acabe sucediendo en Ormuz. Si la crisis se mitiga en el medio plazo podrá volver a una senda de moderación, pero si las cosas se enquistan y, con ello, los precios, no tendrá más remedio que volver a subir tipos.

Para la economía de la UE, débil y golpeada por varios frentes, la subida de tipos va a sentar mal a muchos sectores, nuevamente los más débiles, los necesitados de financiación o los que tienen ingresos bajos. Los precios aquí no han llegado a ese 4% de ascenso que se registra en EEUU, pero en gran parte eso se debe a las subvenciones que se siguen aplicando, por parte de los gobiernos, a los combustibles, por lo que un gasto fiscal extra está sosteniendo artificialmente los precios de la gasolina, y esto no puede ser indefinido. O baja el barril en origen o las subvenciones se irán recortando. Las medidas de estímulo necesarias para que nuestras economías remonten allí donde lo necesitan se encarecerán.

viernes, mayo 29, 2026

Los bonos siguen cayendo

En medio de nuestras miserias patrias, y de los que los provocan, el mundo ahí fuera sigue en marcha, y con datos que llaman la atención. Los índices bursátiles de EEUU siguen en máximos, batiendo récords día tras día, con la ya cercana colocación de acciones de SpaceX como uno de sus puntos culminantes (alguno dice que ahí se tocará el techo) pero, en paralelo, el mercado de bonos vive horas bajas, con caídas generalizadas de los valores de estos activos y, en paralelo, tal y como están definidos, ascensos en los tipos de interés, que es como miden su rentabilidad implícita. Los treasuries americanos a diez años están en el 4,45%, nivel muy alto.

Algún analista ha dicho estos días que, en medio de la complacencia general de las bolsas, los mercados de bonos están gritando, chillando de dolor. El desplome que se vive en ellos es general, tanto en el mercado norteamericano como en el europeo, y las carteras de renta fijan llevan unos rendimientos anuales muy malos, nefastos si se comparan con las variables. ¿Por qué está pasando esto? Este movimiento es relativamente habitual cuando se prevé un ascenso de la inflación en las economías, y de ahí esas subidas en los tipos de interés. Se descuenta el hecho de que, para tratar de frenar los precios, los bancos centrales van a subir los tipos y eso encarecerá las nuevas emisiones de deuda, haciéndolas más rentables respecto a los bonos que ya cotizan en el mercado. Eso genera un movimiento de venta de los bonos viejos para adquirir los nuevos, lo que hace descender el valor nominal de los valores antiguos, y su rentabilidad, como es fija sobre el valor de emisión, crece respecto al valor nominal. Una sobredemanda de bonos genera un efecto inverso y hunde los tipos de interés. ¿Recuerdan cuando estuvieron a cero o en negativo? El mercado de bonos también es el mayor del mundo, el más líquido, en el que más participantes operan, y por ello sirve también de termómetro global de riesgo país. Por ejemplo, la escalada que ha vivido el bono británico, desde el 4,23% de finales de febrero hasta el 5,18% de mediados de mayo era un buen indicador del estado político del país, con la debacle laborista y las presiones contra el primer ministro Starmer. Ahora el bono cotiza en el 4,83%, muy alto, pero no imposible. Un bono de reino Unido al 5% durante un tiempo prolongado sería insostenible para el gobierno de aquel país y sus finanzas, y obligaría a tomar medidas drásticas, tanto económicas como de personal. El que los bonos norteamericanos estén caros es una medida, también, de la incertidumbre que aqueja a aquel país desde que Trump empezó a hacer barrabasadas en todos los sentidos. Los bonos caros suponen presión para las arcas del estado, porque incrementan notablemente el coste de financiación de la deuda, y dados los enormes volúmenes de deuda pública sobre las que se asientan nuestras economías, tampoco es necesario que los tipos se vayan hasta el infinito para que su ascenso implique daños severos al presupuesto (afortunados los que lo tengan). Un país que puede meterse en problemas a no mucho tardar por este asunto es Japón. Atenazad por el estancamiento de precios durante muchos años, sus bonos han rendido tradicionalmente muy poco. Empezaron este año en el 1%, nivel que para ellos ya era elevado, dado de donde venían, pero ahora se encuentran en el 2,6%, un valor que supone zona de peligro para un país sobreendeudado, en pleno proceso de desplome demográfico y con problemas geoestratégicos crecientes. Japón es una de las naciones más golpeadas directamente por el cierre de Ormuz, y sus precios suben al ritmo al que lo hace un barril de crudo del que dependen más que otros. Este ascenso en sus bonos refleja tensiones inflacionistas como no se recordaban allí desde hace muchos años, e introduce una enorme presión en su economía. Veremos a ver cuáles serán las consecuencias de todo esto y lo que Tokyo se verá obligada a hacer.

¿Es compatible la subida bursátil con la bajada de los bonos? Los hechos de los últimos tiempos demuestran que sí, pero no deja de ser algo que llama mucho la atención. Por un lado, los bonos reflejan preocupación creciente por la inflación, considerándola como algo que ha venido para quedarse, mientras que las bolsas juegan a que el shock de precios será tan intenso como fugaz, un susto sin efectos sostenidos. Ambas interpretaciones no son posibles, por lo que uno de los dos mercados parece estar valorando erróneamente lo que sucede, o no queriéndolo admitir ¿Quién tendrá razón? Como casi siempre, el tiempo será el juez adecuado para salir de dudas.

miércoles, mayo 13, 2026

Ya asoma la inflación

Ayer se supo el dato de inflación de abril de EEUU. Se esperaba alto, pero superó las expectativas, y se quedó en una tasa anual del 3,8%, la mayor subida desde la escalada salvaje que se vivió con la reapertura del Covid y los problemas de la cadena logística posterior. Una cifra que revela que los problemas en el suministro energético se empiezan a filtrar en la cadena productiva y de consumos intermedios. Allí la gasolina ahora mismo supera ampliamente los cuatro dólares por galón, una medida que equivale, más o menos, a los cinco litros. Nos puede parecer barato, y lo es frente a lo nuestro, pero a principios de año ese galón les costaba dos dólares y poco.

Ormuz sigue cerrado, el corte de suministro se mantiene y lo que podría haber sido una crisis transitoria va camino de cronificarse en una estructura de precios altos y escasez. Es una combinación perversa que, poco a poco, como la sequía, cuartea las estructuras económicas y genera efectos constantes que no son tan dramáticos como lo pueden ser en el caso de un shock de impacto, pero que calan. Esa es la diferencia entre los destrozos que, en meteorología, provocan las inundaciones frente a las sequías. Son más mediáticas, dramáticas y puntuales las primeras, pero resultan mucho más dañinas y olvidadas las segundas. La sequía de petróleo que afrontamos empieza a hacer el daño que muchos auguraban en las estadísticas, y será inevitable que se note a pie de calle. Comercios, empresas y demás agentes han podido hacer un esfuerzo de aguantar su subida de costes y no trasladarlos directamente al precio final con la esperanza de que lo de Ormuz se acabase en unas semanas, pero no, no se acaba, y esa capacidad de aguante sí que se muestra finita. Por ello es de esperar una nueva ola inflacionaria que golpee a todos los sectores, con distinta incidencia, y que el consumidor final perciba con toda su crudeza cuando haga la compra, tome un café, se vaya de vacaciones o similar. ¿Cómo van a reaccionar las autoridades económicas ante esto? Dice el manual que las subidas de precios implican subidas de tipos de los bancos centrales, y eso es lo que se anuncia cada vez con más insistencia desde Frankfurt, la sede del BCE, pero en Washington la FED va a ser presidida dentro de unas semanas por un candidato nombrado por Trump que tiene la misión, encomendada por el agente naranja, de bajar los tipos, para aliviar la carga de la deuda inmensa que soporta el país y generar un crecimiento disparado que enjuague el estado de las encuestas de popularidad del amado líder norteamericano. Kevin Warsh, que es así como se llama el futuro gobernador de la FED, se ha mostrado partidario de las bajadas de tipos, pero todo eso era antes de Ormuz. Llevar a cabo esa política con una inflación en el entorno del 4% es algo disparatado, y sólo tendría sentido si, en paralelo, se produce una retirada de liquidez por parte del Tesoro de EEUU y la propia FED, cancelando los programas de QE que se han venido utilizando desde el derrumbe de 2008. Hay algunos expertos que opinan que llevando a cabo ambas políticas a la vez la bajada de tipos no sería inflacionaria, porque se compensarían nominalmente, y sí se vería un alivio en los préstamos que consumidores y empresas soliciten (y en el pago de intereses de la deuda pública). Esos expertos se agarran a que el mercado se ha enganchado al dopaje financiero y que subir tipos ante la inflación generaría un desplome de las cotizaciones y, quizás, un reventón en lo que algunos califican de burbuja en los mercados de crédito privado y la financiación de la IA. Sería peor el efecto de la subida de tipos que el daño de la inflación, vienen a decir. El argumento tiene puntos fuertes, sí, pero la credibilidad de la FED, y de las autoridades monetarias, quedaría muy en entredicho si en un episodio de subida de precios no actúan con la destreza e intensidad que se les da por sentado. Eso supondría desanclar las expectativas de inflación, los agentes sospecharían que las instituciones que velan por el control de precios no hacen su trabajo y el riesgo de una espiral de subidas de precios sería cierto. Y eso, además de ruinoso, entraña muchos peligros más allá de lo económico.

Me temo que los datos de inflación en Europa van a ser también muy malos en este mes y los que vienen, y a las puertas del verano, con el tema del queroseno en el aire, nunca mejor dicho, los efectos del cierre de Ormuz se irán convirtiendo en una pesadilla que nos vaya golpeando de manera constante, sector a sector, negocio a negocio. Dada la parálisis que se vive en el conflicto EEUU Irán, el barril se ha asentado cómodamente en la cota de los 100$, y ese precio es dañino, no letal, pero sí doloroso. Es necesario que baje, pero cada día que pasa es más difícil evitar las consecuencias de ese coste en nuestras economías. Nos vamos a empobrecer, la duda es cuánto, pero no el qué.

miércoles, abril 15, 2026

Consecuencias económicas de la guerra

Seguro que malas, pero la incertidumbre es grande en cuanto a su extensión y profundidad. Si uno se fija en los mercados, que se mueven a golpe de mensaje de Trump, ayer el petróleo recortó claramente por debajo de los 100$ y el SP500 subió y ya recupera prácticamente todo lo perdido desde el inicio del conflicto. La visión financiera de lo que sucede es parcial, pero indica un tropezón, no un porrazo. Sin embargo, sabemos muy bien que una cosa es lo que hacen los índices de la bolsa y otra lo que pasa en la economía real. Normalmente hay una relación muy estrecha entre ellos, pero no son pocas las ocasiones de divorcio. ¿Estamos ante una de ellas?

El principal problema al que se enfrentan nuestras economías en el corto plazo es el de los precios energéticos, e incluso la disponibilidad. Los que usen el coche todos los días verán que los surtidores siguen siendo dolorosos, especialmente en el caso del diésel, y esa subida de precios actúa como un impuesto sin destino, una mera detracción de renta que reduce la capacidad del consumidor, por lo que más allá de que se alcance una estabilidad en los precios, los costes de la subida ya suponen menos renta disponible para cualquier otra cosa. Los temidos efectos de segunda ronda, que es como se llama en jerga a la filtración de la subida de precios energéticos en la cadena de producción de todo lo demás, irán viéndose poco a poco, y se notarán más en unos sectores que en otros. Agricultura, por diésel y fertilizantes, va a ser de los que más va a experimentar un aumento de costes y será rápido su traslado al supermercado, lugar al que los productos llegan en transporte consumidor de diésel, por lo que la cesta de la compra subirá sí o sí. Aunque haya sectores que, de por sí, se vean menos afectados por esta catarata de subidas de precios, es probable que más de uno se suba al carro de aumentar sus tarifas, dado que el resto también lo hace. El dato del IPC de marzo publicado ayer por el INE, 3,4% supera en un punto al de febrero, y es una muestra de cómo el disparo de precios ya está aquí. La subyacente, que excluye alimentos frescos y energía, subió dos décimas, muestra de que esa segunda ronda aún no ha llegado plenamente, pero quizás empiece a asomar y se consolide en los próximos meses. Ante este panorama el consumidor y las empresas tienen que optar por políticas de supervivencia. Sube con fuerza la demanda de productos de marca blanca frente a los de marca comercial, porque son los más baratos de los lineales del súper, y en alimentación se suele dar un traslado de bienes de mayor calidad (frutas, carnes o pescados) a productos de aguante, como pasta y arroz. El problema de los fertilizantes va a provocar que bienes de alta calidad nutritiva como las frutas, verduras y cereales sean de los más afectados por el incremento de precios, por lo que además de problemas económicos se va a producir un empeoramiento de la calidad de lo que se consume. Si en el súper se busca ahorrar, pero visitarlo es ineludible, es en el ocio donde se encuentra un capítulo de gasto importante que, a priori, puede verse reducido para compensar la subida de costes. Si me queda menos dinero puedo recortar mis salidas a tomar algo, a cenar fuera, a asistir a eventos y espectáculos, etc. Si antes iba n veces al mes a cenar fuera, por ejemplo, ahora puedo ir una vez menos y eso compensa parte de la subida. Hostelería y sectores similares pueden verse afectados de rebote por la caída de la renta real del consumidor, aunque en grandes ciudades el efecto turístico pueda enmascarar este proceso. Los viajes de vacaciones también se pueden ver afectados, porque suponen un coste elevado y sus precios no dejan de subir a un ritmo bastante superior al de otros bienes o servicios. Se hablaba de incrementos claramente superiores al 10% en lo que hace a transporte y alojamiento en la Semana Santa recién concluida respecto a la del año pasado. Ese ritmo de subida no es sostenible para cada vez mas estratos de la población y no serán pocos los que renuncien no al descanso, pero sí al viaje, este próximo verano.

Si suben los precios, aunque sea por causas no monetarias, el BCE y demás bancos centrales no pueden quedarse de brazos cruzados, y las bajadas de tipos de interés que se esperaban pueden tornarse en subidas a corto plazo para tratar de embridar esto. Eso ya se nota en el euríbor, que en marzo ha subido tres décimas respecto a febrero, y ya supone que las renovaciones de hipotecas semestrales y anuales salen más caras, después de un par de años o más de rebajas. Otro coste que sumar al de los precios directos de la compra, que aletarga la demanda. Si la guerra se acaba ya todos estos efectos se irán diluyendo a corto medio plazo, pero si esto se prolonga el problema se enquistará, y eso es nefasto para todos.

miércoles, noviembre 26, 2025

Precios desatados en el supermercado

Hay varias razones que provocan que la buena salud macroeconómica del país no sea percibida como tal por grandes capas de la población. La más profunda es el estancamiento en la productividad de nuestra economía, concepto este un tanto esotérico en ocasiones, pero que provoca que la renta de los individuos no crezca en el tiempo. Nuestra economía crece principalmente por agregación, porque somos muchos más, pero las rentas de cada uno llevan estancadas mucho tiempo, y eso da una sensación de parálisis difícil de combatir con estadísticas.

Y luego, claro, está el momento de ir a hace la compra. El repunte inflacionario que se vivió tras la salida del Covid y el estallido de la guerra de Ucrania se ha moderado, pero eso significa que los precios, que subieron mucho, ahora suben bastante menos, pero han pasado de estar a un nivel dado a otro mucho más alto, no han vuelto a sus orígenes. Y uno de los sectores en los que las subidas se han notado más ha sido el de los alimentos. Ir al supermercado a hacer las compras semanales se ha convertido en un ejercicio de sorpresa, desagradable, para casi todo el mundo. Reconozco que no es exactamente mi caso, dado que llevo una vida anómala en ese sentido (en otros muchos también) y no hago lo que se dice una compra convencional, pero veo los medios y, sobre todo, tengo gente a mi alrededor, con o sin familias, con pocos o bastantes hijos, que adquieren mucho producto fresco de alimentación con elevada regularidad, y me ponen al corriente de cómo están las cosas. Uno ve en la tele que la gripe aviar provoca la eliminación de algunos millones de ejemplares de gallinas ponedoras y que eso va a suponer restricciones en la oferta de huevos, y luego en el café es donde me entero más o menos de cuánto costaba antes una docena y a cuánto se ha puesto ahora, o incluso cuánto se puede pagar por packs en los que ya no se ofertan doce unidades, sino diez o menos. Si uno consume huevos en casa con asiduidad, y sus hijos también, el coste de la compra de ese producto se notará muy rápido en la factura del súper, y eso generará un efecto de pobreza evidente al que los adquiere. Realmente la subida de precios genera dos efectos, uno el llamado sustitución, que es el de la variación de la demanda por el cambio en los precios relativos. Suben los filetes de ternera, y por tanto compro menos ternera y más pollo, intentando adquirir la misma cantidad de producto. El otro efecto es el llamado efecto renta, al subir el precio de algo mi disponibilidad total de gasto se reduce, dada que la cifra que tengo para consumir es menor, por lo que me veo obligado a comprar menos del bien que se encarece, o a restringir la compra de otros si quiero mantener el que se ha puesto más caro. Los dos efectos son negativos para mi capacidad de gasto y pueden generar diferentes escenarios en la cesta de la compra de cada uno, pero obligan en todo caso a hacer reajustes no deseados, y eso resta utilidad, genera insatisfacción. Si no son sólo los huevos lo que sube, sino que también la carne, frutas, verduras, café y otro montón de elementos se unen al carro de las subidas la percepción de muchos cuando sales de la caja de la tienda con las bolsas de la compra es que son más pobres, porque su dinero les permite cada vez comprar menos, y es una percepción cierta. Hay bienes que mantienen precios controlados, o a la baja, y la gasolina es uno de los más relevantes, por lo que ofrecen un cierto alivio, pero es verdad que el efecto de las variaciones de precios es mayor cuanto más necesario y generalizado es el uso del bien. No todos usan el coche cada día, aunque sí servicios que requieren motores de combustión, pero es una costumbre generalizada comer de manera regular a lo largo de la jornada, y de todas las jornadas. Por ello que baje la gasolina beneficia a bastantes, pero que suban los frescos perjudica a casi todos.

Llegando como estamos a las fechas navideñas, suele ser habitual que se de un subidón de precios en productos que podríamos denominar suntuarios, como el marisco o ciertas carnes y pescados de postín, y es casi una tradición ver hasta qué niveles llegan los centollos en una lonja de pescados gallega, pero lo cierto es que uno puede renunciar a uno de esos presuntos manjares sin que eso suponga sacrificio alguno, y comerlo fuera de las semanas de las fiestas sin arruinarse. El problema está cuando lo que sube es el ABC del menú de muchos de los ciudadanos en su vida normal, a lo largo de todo el año. Y ahí el sacrificio es doloroso y genera mala (y quizás también cara) uva.

miércoles, marzo 20, 2024

El petróleo está subiendo

Otro día nos fijaremos en el disparo de otra materia prima que es fundamental para nuestra vida, y en parte goce, pero hoy nos centraremos en el petróleo, que también tiene su importancia en la vida, ¿verdad? Si echamos un vistazo al gráfico se puede ver que, por ejemplo, el WTI, referencia en EEUU, (en Europa es el Brent) alcanzó un máximo parcial a finales de septiembre e inicio de octubre de 2023, en el entorno de los 90 dólares, coincidiendo con los ataques de Hamas a Israel. Luego se mantuvo unas semanas en ese entorno y, a partir de ahí, comenzó una senda descendente que lo llevó a perder, por poco, los setenta dólares a mediados de diciembre.

Desde ahí, poco a poco, sin hacer ruido, ha ido subiendo, y ayer cerró a 83 dólares el barril, un precio en la zona alta de lo que se ha visto en los últimos tiempos. El por qué el petróleo sube y baja da para varios libros y pocas certezas, ya que su mercado está tan condicionado por la marcha del ciclo económico global como por el de las expectativas de crecimiento futuro y todo lo relacionado con la geopolítica. Para simplificar mucho, y perder matices, digamos que la bajada navideña pudo ser debida a la convicción de que la guerra de Israel y Hamas no se iba a extender más allá de Gaza, lo que lo convertía en un conflicto regional sin generar riesgos globales, y que las noticias que llegaban de China eran de enfriamiento económico sostenido, con demanda a la baja, deudas inmobiliarias crecientes y riesgo de deflación. Ahora, en marzo, en el primer día de la primavera, ¿cuáles son las causas que impulsan el ascenso del crudo? En Gaza el desastre es total, pero la guerra sigue siendo local. Los ataques hutíes están encareciendo la cadena de suministro global al dejar al mar rojo y al canal de Suez fuera de la mayor parte de las rutas comerciales. La economía China ha mostrado estas semanas algunos datos que podrían indicar que no se recupera, pero sí que no empeora, y la tan temida recesión global que se anuncia desde hace dos años no llega y no llega, sepultada por unos índices bursátiles disparados y economías, como la de EEUU, carburando a toda potencia. El impacto de los ataques ucranianos de estos pasados días a algunas refinerías rusas añade algo de picante, en forma de tensión y reducción de oferta, que presiona los precios al alza. Sea por lo que sea lo cierto es que el barril sube, y esto no estaba en muchas de los modelos predictivos sobre la economía en este 2024. A corto plazo, si la subida se modera, estaremos ante un pico de precios de efectos menores que no irá a más, y no generará muchas consecuencias, pero si el nivel de los ochenta se convierte en un suelo permanente durante bastante tiempo, con picos y valles, sí empezará a generar efectos serios. Para nosotros el petróleo es coste puro, un factor que debemos importar sí o sí y el precio supone un valor que se nos detrae directamente de la renta que generamos. Una bajada del barril es una inyección de dinero en nuestra economía en forma de insumo más barato, por lo mismo que un ascenso es como si nos subieran los impuestos directamente. En el contexto global, una subida del barril supone un incremento de costes productivos y, con el tiempo, una traslación de los mismos a la cadena de precios, por lo que esto se puede traducir en unas tensiones inflacionarias añadidas a las que ya vivimos. Tenemos desde hace tiempo un nivel de precios que está causando graves problemas y destruyendo poder adquisitivo de las clases medias, y sólo en estos últimos meses, por la bajada de productos como la electricidad y algunos alimentos, se está viendo un poco de luz al final del túnel, pero no olvidemos, una luz que supone que los precios, en media, suben mucho menos, habiéndonos comido el escalón de subida que sufrimos en 2022 y 2023 sin visos de poder recuperar el poder adquisitivo que se ha perdido. Si el barril induce a un nuevo disparo de precios el daño sobre el consumidor será intenso.

La posibilidad de una nueva subida de precios en el horizonte puede tener otro efecto no esperado, que es el retraso, aún mayor, en la bajada de tipos de interés por parte de los bancos centrales. Las apuestas en otoño eran que la reducción de tipos sería en primavera, y ahora mismo nadie espera bajadas antes del inicio del verano. La FED y el BCE están muy atentos a los datos de precios, y si observan que la moderación que se ha visto en los últimos meses en principal y subyacente revierten las bajadas se retrasarán. Actualmente tipos como los de los bonos o el euríbor ya anticipan los retrasos que vivimos. ¿Irán a más?. Ahora mismo es muy difícil predecirlo.

miércoles, marzo 15, 2023

La FED y el BCE, acorralados

Guárdate de los idus de marzo, rezaba el augurio que escuchó Julio César antes de que un día como hoy, 15 de marzo, hace unos dos milenios y poco, fuera asesinado por una turba organizada, Bruto entre ellos. No se van a producir escenas similares en los acristalados despachos de las dos instituciones monetarias a las que nombro en el título, pero lo cierto es que en estos idus la sensación que va a rodea a sus gobernantes es la de sentirse acorralados, asediados, tomados como rehenes por una situación endiablada que convierte su trabajo, habitualmente muy difícil, en algo casi imposible. Están obligados a hacer dos cosas que, simultáneamente, son imposibles.

La quiebra de SVB ha disparado las presiones para que las autoridades monetarias frenen en su proceso de subidas de tipos de interés. Ese banco se ha hundido por recurrir a la venta de su sobrecargada cartera de bonos soberanos, que se han hundido en valor por las subidas de tipos de los bancos centrales. Estas subidas se han ejecutado para combatir la inflación, en un movimiento clásico de la política monetaria restrictiva. Subidas de tipos y reducción de balance son las vías convencionales por las que un banco central busca enfriar la demanda para así controlar los precios, en lo que es su función principal. Mucha de la inflación que ahora no tenemos no es de origen monetario, sino de problemas de oferta (guerra en Ucrania, problemas logísticos, sequías, etc) pero el banco central actúa sobre lo que puede, que no es el frente de Bajmut ni la gestión de los silos de contendedores de los puertos chinos. Los tipos se han disparado en poco más de un año y esto lo ha alterado todo, y SVB ha abierto la espita a los problemas financieros derivados de esa subida. El que este banco californiano sea el último en quebrar es algo que, en parte, depende de que el resto de entidades gestione muy bien sus carteras de bonos y la liquidez, y subidas adicionales de tipos aumentarán las pérdidas de balance de las entidades cargadas de bonos y disparará la probabilidad de que vuelva a pasar algo así. El euríbor, en su cotización diaria, ha caído con fuerza tanto lunes como martes, reflejando un movimiento que anticipa el fin de las subidas de tipos. Esto probablemente no impida que mañana el BCE suba el medio punto que casi todos esperamos y que la semana que viene la FED suba otro cuarto, pero las apuestas a que estas sean las últimas subidas se han disparado, cuando hace una semana, tras otro agresivo discurso de Powell, se empezaba a temer que la subida de tipos se prolongase mucho más en el tiempo y en intensidad. Para los hipotecados que los tipos no suban es una consecuencia maravillosa derivada de todo este marasmo, sí, pero al BCE no le importan los hipotecados, sino la inflación, y los precios no aflojan. Ayer se conocieron las cifras de España y EEUU. Las de allí no fueron muy malas, las de aquí sí. En ambos casos la subyacente se muestra fuerte y sin ganas de bajar, y eso es lo que quita el sueño a las autoridades monetarias. Si no hay una recesión pronto, con un proceso sostenido de contención de la demanda que deje de presionar a los precios, el parar las subidas de tipos será visto como un gran error, y los gobernantes de las naciones verán como sus votantes les empiezan a odiar con mucha más fuerza ante una cesta de la compra que no afloja. Y si los bancos centrales deciden pasar de la presión de las entidades y se mantienen en sus trece de endurecer los tipos hasta que la inflación caiga, el riesgo de que se sigan “rompiendo cosas” y que nuevas quiebras afloren también aumentará, lo que sin duda tendrá costes para los políticos (que temen la palabra rescate más que un nublado).

¿Qué hacer? Los analistas están bastante divididos y una postura de consenso mínimo sería la de permitir las subidas que se esperaban para estas semanas de marzo y, a partir de ahí, esperar y ver, que las autoridades monetarias cambien su discurso y calendario de subidas anunciados y se muestren expectantes a la evolución de los precios y la solvencia del sistema financiero, y que se muevan en función de cómo respondan ambas variables. Esto es una manera de cargarse la “forward guidance” o pautas anunciadas, que otorgan credibilidad y certidumbre al mercado sobre la actitud futura del regulador, y nos deja en un escenario de aún mayor incertidumbre si cabe. Para el BCE y FED la situación actual es una absoluta pesadilla.

jueves, febrero 16, 2023

La maldita inflación

Una de las novedades que vive con nosotros desde hace algo más de un año es la inflación, el impuesto encubierto que supone la subida de precios. Ya antes de la guerra de Ucrania los precios subían con ganas, con algo más del 6% como registro al comienzo de 2022. La remontada comenzó ya en verano del 2021, y no ha dejado de agudizarse desde entonces, con causas que se han ido relevando unas a otras, y que han dejado a los expertos y a los que seguimos todo esto con cara de muy tontos. Con los datos del INE de ayer, enero de 2023 cerró al 5,9% en tasa general y 7,5% en subyacente.

Sí, ha habido un fracaso general a la hora de tratar el problema de la inflación, no se si fruto de que realmente sabemos menos de lo que creemos (algo de esto siempre hay en todo) o que, directamente, no se ha querido ver. Con las primeras subidas las explicaciones lo achacaban a la tensión en las cadenas de suministro por la reapertura tras la pandemia y al gasto en ocio tras los meses de restricciones, y se decía que era un golpe puntual. Ya por las navidades de 2021 se veía que de golpe tenía mucho, pero de puntual poco, y el argumento general tiró del adjetivo “transitorio” para tratar de quitar hierro al problema. Las noticias de que la FED, el BCE de EEUU para entendernos, estaba pensando en subir los tipos se consideraban como rumores sin mucha consistencia. En febrero el maldito Putin declaró el inicio de su guerra de conquista y exterminio, y los precios de todo se volvieron locos. El factor Ucrania se convirtió en el catalizador de un alza generalizada de todo lo habido y por haber, en muchos de los casos con causa justificada, en otros por mero aprovechamiento de la coyuntura, y el término “transitorio” empezó a perder fuelle, siendo sustituido en algunos casos por “permanente” con no pocas críticas. Lo cierto es que durante el pasado año la inflación no sólo ha sido permanente, como habrán podido comprobar, sino directamente sangrante. Las subidas de tipos de los bancos centrales, que se veían hace dos años como disparatadas, hoy son generalizadas y bruscas. Estas instituciones buscan frenar los precios encareciendo el dinero, restringiendo así la demanda de crédito y, con ello, la presión compradora. No son medidas que puedan actuar frente a alzas de precios derivadas de una escasez de, pongamos, gasóleo o aceite de girasol, no. Son medidas generalistas que tratan de apaciguar la capacidad de compra y consumo de los agentes, sea cual sea su renta y situación, y su efectividad, complicada de medir, es diferida en el tiempo, por lo que no es de esperar que una subida de tipos hoy se traduzca en contención de precios en tres meses, ni mucho menos. Pero es lo que está en las manos de estas instituciones para tratar de controlar los precios. La inflación es un monstruo que, en dosis bajas, actúa como lubricante de la economía, pero en dosis altas es un disolvente de la economía y del propio orden social. La apuesta de hasta cuándo van a subir los tipos, dónde se van a quedar y en qué momento se darán la vuelta es uno de los grandes temas de debate en los mercados financieros globales, que han llamado “pivote” a este momento en el que se alcance el máximo de la curva de tipos. En EEUU, que los tiene ya más altos que aquí, se lleva tiempo diciendo que la FED no podrá ir mucho más allá del 5%, pero los mensajes del organismo regulador recalcan que subirá lo que haga falta para contener unos precios que allí también está desatado. Durante gran parte de 2022 las bolsas subían y Powell, el jefe de la FED, reiteraba su discurso duro, subía tipos y las bolsas se pegaban un porrazo. Al poco empezaban otra vez a subir, creyendo que los ascensos de los tipos se acercaban ya al final y, nuevamente, palabras y actos de Powell las sacaban de su error. Así transcurrió gran parte del año pasado, dejando como fruto pérdidas considerables en los mercados. Desde hace unos meses, como les comentaba ayer, las bolsas suben y ya les da un poco igual lo que diga Powell, parecen estar seguras de que el “pivote” ya está aquí, lo desee la FED o no. ¿Será así?

Los datos de empleo en EEUU y en Europa muestran economías que se comportan de una manera anómala, con dinamismo, pese a la inflación. De momento tenemos crecimiento con subidas de precios, que es mejor que la temida estanflación, caídas de PIB y subidas de precios, pero no hay garantías de que en los próximos meses las cosas sigan por el camino del PIB al alza. Hay revisiones al alza de la mayor parte de organismos para este 2023, pero detecto un cierto grado de complacencia con la coyuntura en la que estamos, anómala, que me mosquea. Moderar la inflación debe ser una obsesión de técnicos y gobernantes, pero por ahora las tasas siguen siendo altas. Este problema puede que nos acompañe, persistentemente, a lo largo de todo el año.

viernes, diciembre 16, 2022

Año de subidas de precios y tipos de interés

De mientras el desgobierno nuestro se enfangaba hasta el extremo y lanzaba acusaciones de todo tipo para esconder el nocivo efecto de sus reformas legislativas a la carta delincuencial, en Frankfurt se escribía parte de nuestro futuro, el del próximo año y siguientes, futuro al que el desatado populismo patrio no podrá poner en vereda. La subida de tipos del BCE fue la esperada, del 0,5%, pero no el mensaje de la rueda de prensa de Lagarde, que parece que acordó con Powell repartirse los papeles de esta semana. Si el miércoles el presidente de la FED estuvo serio pero conciliador, Lagarde hizo el discurso más duro desde que es gobernadora, y dejó claro que el 0,5% de subidas es algo que se va a reiterar todo lo que haga falta para controlar una inflación que, en la zona euro, roza la media del 10%.

Este año ha sido el de la subida de los tipos de interés, al calor de la subida de la inflación, que empezó intensa, siendo considerada por casi todos como transitoria, para ser un fenómeno persistente y peligroso. No estaba yo muy seguro de que las subidas de precios fueran algo que iba a dudar poco, pero si mi error ha sido pequeño, grande ha sido el de los que pontificaron que eso era flor de un día. Como era de esperar, no he visto escritos de mea culpa o similar de los muy equivocados. En fin. En enero la inflación española estaba en el 6,1, con una subyacente del 2,4. Las tasas se dispararon con el inicio de la guerra hasta el 9,8%, bajando luego suavemente y alcanzando un pico del 10,8% en julio, para luego moderarse hasta el 6,8% de este pasado noviembre. Al subyacente se ha quedado en una meseta del entorno del 6,3% desde julio, y se resiste a bajar. Ante estas cifras nefastas, y pese a ello mejores que las de varios países de nuestro entorno, es imposible que las autoridades monetarias se crucen de brazos. Todos los bancos centrales han ido endureciendo sus políticas, pillados por unos precios que se les han adelantado y puesto en jaque. Una de las lecciones de la lucha contra la inflación de las décadas de los ochenta y noventa es la del manejo de las expectativas. Si las autoridades monetarias se hacen creíbles, y muestran que harán lo debido, sin vacilar, para controlar los precios, los agentes actuarán como si eso se fuera a producir y no subirán demasiado sus expectativas sobre los precios futuros, de tal manera que la espiral de precios que se retroalimentan se puede cortar. El error cometido por todos que antes comentaba ha dejado a los bancos centrales con el pie cambiado y ahora deben esforzarse más de lo debido para embridar la situación. Una de las críticas más consistentes que se hacen ante su política actual es que, dado que la inflación que vivimos no sólo tiene causas monetarias (el shock de precios energéticos es fundamental) controlarla sólo mediante herramientas monetarias es un parche, y provocar una recesión de demanda para bajar los precios cuando estamos ante un problema de oferta resulta absurdo. Parte de este argumentario es cierto, y no debe desdeñarse, pero también es verdad que las enormes expansiones monetarias producidas antes y, sobre todo, durante la pandemia, han alimentado la actual espiral de precios. Y eso es un factor monetario. Además, los bancos centrales tienen las herramientas que tienen, que no son otras. Uno desearía poder tomar sopa con cuchara, pero si sólo tiene tenedor es probable que pueda comerla muy poco a poco, de una manera ridícula, dejando a cada intento más líquido goteando del que llega a la boca. En todo caso la subida de tipos de este año es de las más aceleradas de la historia, y ha venido para quedarse e intensificarse, al menos, hasta el primer semestre de 2023, y será en función de cómo evolucionen los precios en el próximo año como tengan que moverse las autoridades monetarias. Su situación ahora mismo es muy complicada, con unos mercados de renta variable tensionados, que no dejan de hacer apuestas sobre el “pivote” o momento en el que la FED dejará de subir tipos. Ese punto se aleja cada vez más en el tiempo, y no lo conoce nadie.

¿Cómo van a evolucionar los precios el año que viene? Dependerá de muchos factores. De cuánto ahorro pandémico les quede a los consumidores por sacar de sus huchas y gastar alegremente, de cómo se comporten los precios energéticos y de las materias primas, minerales y agrarias fundamentalmente, de la intensidad y duración de la más que probable recesión que afrontaremos en ese nuevo año, de si China tras retirar su política de Covid cero vuelve a tasas altas de crecimiento y tensa la demanda global y, desde luego, de imponderables de imposible predicción, entre los que la guerra de Ucrania sigue siendo el mayor de todos. De lo que pase en las llanuras del este dependerá mucho de lo que suceda en nuestros bolsillos.

miércoles, noviembre 30, 2022

Inflación, luces y sombras

Ayer el INE publicó el dato adelantado del IPC de noviembre. Se ha puesto de moda, copiando de los americanos, para variar, presentar un dato adelantado de ciertas estadísticas antes de elaborar el definitivo y preciso, para así aumentar la frecuencia con la que se dispone de información, aunque haya riesgos de que sea imprecisa. Noviembre se acaba hoy, y el dato de ayer tendrá información hasta, como mucho, el viernes 25, por lo que puede haber retoques en los valores definitivos. ¿Compensa el valor de la información adelantada el riesgo del margen de error? Creo que sí, porque salvo que pasen cosas muy raras al final del mes, la tendencia que se ve se suele mantener.

Los precios van mal, pero podía ser peor, es una lectura posible del dato conocido ayer, tratando de buscar consuelo en medio del disparate de precios que vivimos. El dato anual adelantado para noviembre llega hasta el 6,8%, un valor muy alto, pero cinco décimas menos de lo que se calculó para octubre, y cuatro puntos por debajo del máximo de la serie, alcanzado en julio. Parece que la curva de precios empieza a descender desde esos niveles insoportables hasta llegar a una zona muy dolorosa. Esta es la buena noticia del dato de ayer, la mala proviene de la inflación subyacente, que es el IPC al que se le quitan los precios de la energía y los alimentos frescos ¿Por qué? La idea es que esos dos componentes están sujetos normalmente a fluctuaciones irregulares, exógenas, que introducen mucho ruido y no tienen por qué repetirse, de tal manera que, hacia arriba o hacia abajo, mueven la serie de precios de una forma errática. No quiere decir eso que los precios de esas variables no nos cuesten a la hora de comprarlos, pero sí que si que, pongamos, si hay unas heladas fuertes y el precio de unas frutas de temporada se dispara es un fenómeno que no tiene que ver con la economía y que no se va ab repetir en los próximos meses, cuando el precio de esas frutas de temporada ya no se cuente. Al subyacente indica la tendencia de fondo de los precios, es una curva que no tiene tantas crestas y que se mueve más despacio. El dato adelantado de noviembre es del 6,3% y no refleja una caída desde el mes anterior (es más, sube una décima) sino que muestra una meseta que, desde el mes de junio, se sitúa por encima del 6%, con pocos altibajos. Esto indica que, eso que se llama “efectos de segunda ronda” se extienden por los sectores productivos y consolidan un alto nivel de inflación. Supongamos que tenemos un shock de oferta por la subida de un coste exógeno, la energía. El productor que usa la energía intentará inicialmente absorber esa subida de precios en su cadena de valor para no trasladarla a la venta y destruir demanda (la inflación subyacente no sube pero el IPC sí por el aumento del precio de la energía). Si el shock de precios se diluye en breve el productor ha cargado con el incremento de coste, reducido temporalmente su beneficio y la economía ha absorbido el golpe sin muchas consecuencias (la inflación subyacente no se entera y el IPC baja) pero si el shcok se prolonga en el tiempo el margen de absorción del productor se reduce y llega un punto en el que, o sube precios, o los costes le impiden producir, y traslada en su precio de venta ese incremento de coste, que acaba llegando al consumidor final. El IPC sube y la inflación subyacente comienza a hacerlo, y así, cuanto más intenso y prolongado sea el fenómeno que origina el aumento de costes, mayor será el efecto inflacionario, total y subyacente, y es mucho más difícil que los precios bajen en las cadenas productivas que ya han internalizado un coste nuevo. En este ejemplo la causa de la subida de precios es un shock de oferta, pero podría ser otra, como un disparo de demanda, un problema logístico global, un sobreestímulo monetario, un proceso de burbuja en un sector, etc, o todo junto y revuelto.

La inflación destruye valor, es un impuesto injusto que empobrece a la población, y más a las clases bajas y medias, en las que el consumo es un porcentaje mucho más alto de sus gastos que en las altas. Bajar las tasas de inflación es una de las mayores obligaciones de un gobernante, y la obsesión de las autoridades monetarias. Los datos de ayer muestran una cierta luz en el caso español, pero los datos europeos siguen siendo muy graves, en aquellas naciones en las que el peso del gas ruso es mayor que en el nuestro. Va a costar mucho que la subyacente se modere, pero hay que hacer lo debido para que eso suceda. El año que viene esa curva debe caer sí o sí. Más nos vale.

viernes, julio 22, 2022

El BCE subió 0,5% los tipos

Al final sucedió lo que se esperaba. En el mismo día en el que Draghi renunciaba al cargo de primer ministro italiano y el país se veía abocado a nuevas elecciones el BCE, dirigido por su sucesora Christine Lagarde elevaba los tipos de interés, tras once años sin hacerlo. La subida que se planteaba hace poco más de una semana era de un cuarto de punto, pero desde principios de esta los mercados apostaban por una intervención más dura, y finalmente así ha sido, con el medio punto del que se hablaba estos días. Lagarde dejó la puerta abierta a nuevas subidas de mientras la inflación siga en valores tan infames como los que soportamos actualmente.

La subida de tipos tiene efectos variados y, como siempre, a algunos benefician y a otros perjudican. Es la típica medida que se pone en marcha para frenar la economía, porque encarece el dinero, lo retira algo de la circulación, y por usar un símil en tiempos de graves incendios, echa agua en las brasas de la economía para enfriarla. Es una medida muy efectiva para frenar los precios y apaciguar el mercado cuando estamos ante situaciones de demanda exacerbada, como las que se vivieron por ejemplo antes de la gran crisis de 2008, pero no está tan bien diseñada para actuar cuando la inflación proviene de restricciones como las que se viven ahora, con la energía en estos momentos y los cuellos de botella postpandémicos hace meses como fuentes principales de la tensión. El problema es que, sea cual sea la fuente de la inflación, las autoridades monetarias sólo poseen herramientas monetarias para hacerle frente, y claro, son más efectivas cuando la base del problema es monetario. Ahora mismo todos los bancos centrales occidentales se enfrentan a enormes inflaciones que buscan reducir mediante subidas de tipos, es decir, mediante el enfriamiento de la demanda, que es una vía bastante basta de aplacar unas tensiones de precios que no tienen tanto que ver con el exceso de demanda, aunque algo hay como, sobre todo, con las restricciones de oferta. En el corto plazo, la subida de tipos tendrá efectos para ahorradores y deudores. Tras años de represión financiera, con un rendimiento nulo de los productos financieros conservadores, el ahorrador miedoso que se refugiaba en el depósito bancario en busca de una rentabilidad y que huyó de los mismos cuando empezaron a no dar nada será nuevamente tentado por bancos y cajas, que empezarán a remunerar nuevamente esos productos. De hecho, empieza a haber ya ofertas, todavía pequeñas, para imposiciones grandes, pero irán a más, en lo que puede ser el inicio de una nueva guerra de captación del pasivo entre las entidades a medida que los tipos sigan subiendo. La cara contraria, desde luego, la presentan los deudores, que han vivido una década de gloria en la que el coste de financiar el endeudamiento ha sido nulo, o negativo en el caso de numerosas emisiones de deuda pública. Tanto gobiernos como empresas y particulares van a ver como se encarece su acceso al crédito, como los tipos de los préstamos y de las emisiones de deuda subirán y, por tanto, costará más financiarse. Esto puede tener consecuencias de muchos tipos, y la más obvia es el del frenazo en la demanda de crédito y, con ello, la buscada moderación de la demanda, pero también va a provocar efectos interesantes sobre muchas empresas y proyectos, que han sobrevivido durante muchos años gracias al endeudamiento sin costes y ahora se enfrentan a la necesidad de refinanciar créditos que van a ser un coste que antes no existía. Sin él era mucho más fácil obtener rentabilidad de un negocio, con él algunos negocios empezarán a dar pérdidas, y puede ser interesante comprobar cómo les va a algunas empresas y sectores que esta última década se han hecho enormes en el contexto de la deuda gratuita. Para millones de particulares, el mayor de los efectos derivado de la subida de los tipos es el alza que provocan en el euríbor y, por consiguiente, en las hipotecas variables que tienen suscritas. Nunca había sido tan barato lanzarse al mercado hipotecario, pero eso se acabó. Es de esperar que en los próximos meses se note un freno en la concesión de hipotecas, dado que el euríbor ya lleva dos o tres meses subiendo, anticipándose a estos movimientos del BCE, y en media mensual cerrará este mes de julio muy cerca del 1%.

Si la inflación se mantiene, y tiene pintas de que así será mientras el capullo de Vladimiro nos extorsione con los productos energéticos, el BCE y otras autoridades monetarias seguirán subiendo los tipos, no tienen alternativa, y es probable que, en condiciones normales, el frenazo económico que se provoque nos lleve a tasas de crecimiento ridículas, o nulas, a finales de año. Con que el chantaje ruso del gas que todos tememos se de la recesión de la que muchos hablan puede ser una realidad en apenas seis meses, y quizás esa sea la única vía para aplacar los precios, una vía dolorosa. Lo cierto es que las materias primas llevan ya unas semanas bajando, y eso se debe, probablemente, a que anticipan que la recesión que llegará sí o sí provocará la caída de la demanda. Aquí estaremos para seguir lo que suceda. De momento, por si acaso, además de disfrutar del verano, sea algo frugal.

jueves, junio 16, 2022

La FED sube más los tipos

La FED, Reserva Federal de EEUU, su banco central, ya anunció hace meses que cambiaba de rumbo en su política monetaria, consideraba a la desatada inflación como un problema enorme y nada coyuntural y que sería agresiva en sus subidas de tipos para provocar que los precios, al menos por el lado monetario que le toca, no tuvieran presiones. Mostró a propios y extraños un calendario de subidas previstas, con escalones de medio punto porcentual, 50 tipos básicos en el argot, que se mantendría en el tiempo hasta alcanzar tasas de interés superiores al 3% o, en todo caso, hasta que se viera que la tempestad inflacionista amainase. A algunos les cogió este anuncio con el pie cambiado, pero la mayoría lo esperaban.

La decisión de ayer de subir tres cuartos de punto los tipos, setenta y cinco puntos básicos, esconde muchas lecturas, y no precisamente positivas. Llega después de unos días de infarto en las bolsas, con abruptas caídas ante el disparo de precios y el temor a que una recesión se acerque, y en principio ayer esas mismas bolsas acogieron con optimismo las palabras de un cauto y muy sincero Powell, el gobernador dela FED. En su rueda de prensa, muy comprensible para lo que son esos mensajes, dijo que el mismo lunes la FED filtró al Wall Street Journal que la subida prevista de 0,5% se ampliaría ante un repunte de precios que no cesa, y reiteró que las siguientes subidas anunciadas en el calendario de que antes les hablaba pueden ser más duras de lo previsto porque la situación en los precios se agrava, por duración e intensidad de subida. Sobre todo, en sus palabras, Powell dejó claro que no tiene nada claro dónde nos encontramos, que resulta imposible en el contexto actual de enorme inestabilidad hacer previsiones fiables sobre el devenir de las economías en un escenario a corto medio plazo, y que sólo le obsesiona tratar de controlar los precios. Muchas de las preguntas que recibió iban destinadas a aclarar hasta qué punto la FED ha podido perder el control de los mercados y de los precios, y cómo eso puede afectar a la credibilidad de sus actuaciones. Durante los últimos años ha cogido un enorme peso el concepto de “forward guidance” en lo que hace a las actuaciones de los bancos centrales, que podría traducirse de manera chapucera como “credibilidad” o como “no vamos a dar sorpresas”. Esas instituciones anuncian su rumbo de actuación a un tiempo dado y así el resto de agentes saben a qué atenerse, y actúan como un faro que permanece firme independientemente de los vientos de cada día o momento. Esa credibilidad y aura de firmeza se gana con los hechos y los resultados, y hasta ahora, con el monstruo de la inflación dormido, se ha podido llevar a cabo, pero a unas tasas de incremento de precios del 8% no hay política ni guía que se sostenga. De sus palabras se desprende que Powell va a hacer todo lo posible para que esos precios bajen, y si para ello tiene que provocar una recesión en los EEUU, lo hará, a sabiendas del coste enorme que eso tiene en todas las dimensiones que uno pueda imaginarse. Sabemos que la inflación que sufrimos tiene causas monetarias, fruto de pasados planes de expansión para superar las graves crisis pasadas, y también reales, por la disrupción en la cadena global de suministro y el chantaje energético al que Rusia somete a occidente como arma en su guerra con Ucrania. La FED y el resto de bancos centrales no pueden bombear crudo, ni construir plantas de licuefacción de gas ni hacer que los gaseoductos cerrados se abran, sólo trabajan con variables monetarias, de efectos indirectos y a medio plazo. Y los saben. Pero sería de una irresponsabilidad absoluta no hacer nada en este momento en el que nuestras sociedades se enfrentan a una espiral de precios tóxica, que puede llevarnos a una crisis que nos es desconocida, y que sólo a los que hayan vivido los primeros ochenta como adultos les sonara. ¿A que no mola tanto este revival del pasado?

Si la FED tiene un problema, ni les cuento nuestro BCE, que suma al escenario norteamericano el de la fragmentación de los tesoros nacionales, la asimetría en los niveles de deuda y de la credibilidad de los bonos soberanos. Ayer en Frankfurt se organizó una reunión de urgencia, de la que salieron varias intenciones pero pocos resultados, para tratar de calmar el mercado de deudas europeas, cuyas primas de riesgo periféricas empiezan a subir como viejas y corrosivas espumas. A medida que los costes de financiación de la deuda crezcan (nuestro bono a 10 años ya está en el 3%) la presión por ese lado irá subiendo, y en el pasado sólo Don Mario Draghi y su “whatever it takes” nos salvó de la quiebra. Confiemos en que no volvamos a vivir algo así, pero es posible que suceda, no lo olvide.

martes, mayo 31, 2022

Inflación descontrolada

Desde hace ya demasiados meses, cuando llegamos al final del periodo el INE nos regala un amargo dato que nos hace ponerle cifras redondeas a lo que experimentamos en el día a día de nuestra vida, la imparable subida de los precios. Si el valor de abril reflejó una “moderación” del 8,3%, que fue saludada por algunos como un buen dato, sobre todo tras el 9,8% de febrero, el adelantado de ayer fue otro jarro de agua muy fría a los que ya vendían la burra de que, como en el pasado, habíamos doblado la curva del virus antes de tiempo. Un doloroso 8,7% que nos consolida claramente por encima del 8% y que es dañino se mire por donde se mire. Una crueldad.

Ese dato hace referencia a la inflación general, que se obtienen por la medición de una cesta de bienes y servicios en los que hay muchas cosas y, a partir de ahí, se genera un índice único. Con él, el INE publica la llamada inflación subyacente, en la que, se excluyen, de la cesta anterior, los productos energéticos y los alimentos frescos. ¿Por qué? Se considera que estas variables tienen ciclos de precios propios, sujetos muchas veces a coyunturas particulares, y que introducen mucho ruido en la serie, por lo que pueden distorsionarla. Pensemos, por ejemplo, en las heladas tardías que hubo en abril, y que destruyeron parte de la incipiente cosecha de frutales de hueso. Por ese motivo, pasara lo que pasase, este año el precio de esas frutas subiría en el mercado porque habrá menos, pero el año que viene, sin heladas, la producción volvería a ser normal y el precio de la fruta bajaría, respecto a este. Esa subida y bajada no se debe a factores económicos, y se trata de eliminarla en algún punto para ver cuál es la evolución profunda de los precios. En la gráfica de la nota del INE se ve a esa inflación subyacente en amarillo, debajo de la general, en granate, y se observa cómo es siempre más baja, pero que ya ha cogido una clara tendencia ascendente. ¿Qué nos dice este dibujo? Muchas cosas. La gráfica amarilla muestra cómo la economía productiva, empresas y servicios, ha tratado vía márgenes de absorber el impacto del incremento de precios de la energía derivados de la vuelta a la normalidad tras las restricciones Covid y el posterior shock provocado por la guerra de Ucrania. Mientras los márgenes lo permitían el ascenso de precios era mucho menor que el de la demanda, que se refleja en el tirón de la serie granate ya en la primavera de 2021. Terminamos ese año con una subyacente del 2,1%, que no es poca, pero sí soportable, y se ve cómo ascensos granates muy significativos apenas tuvieron efectos en la subyacente durante meses. Las capacidades productivas ociosas y los márgenes estaban conteniendo la subida, pero febrero y marzo suponen un cambio de escenario. La demanda, tras el final de ómicorn y la sensación colectiva de vencimiento de la pandemia pega otro gran tirón y comienza la guerra, lo que dispara los precios energéticos aún más. Los sectores productivos ya no pueden absorber esos factores sin poner en riesgo sus cuentas y empiezan a trasladar los incrementos de costes a los bienes y servicios que ofrecen. Poco a poco el precio de la energía, desatado, deja de ser un shock puntual para convertirse en un factor estructural, de largo plazo, que se filtra en toda la cadena de producción y que acaba en los precios de todos los productos que vemos en las tiendas. La huelga de camineros y las tensiones de abastecimiento supusieron el primer gran aviso de lo que podría suceder en caso de que los precios energéticos no se moderen, y se solventó con una subvención generalizada, pero el mantenimiento de la guerra y las sanciones asociadas hacen que el petróleo y gas permanezcan en niveles muy altos (el euro en bajos respecto al dólar en que los pagamos) y que su presión siga siendo insistente. Eso hace que la tendencia ascendente de la inflación subyacente sea muy fuerte, y que nos plantemos en este mes de mayo en niveles del 4,9%, altísimos, que empiezan a ser insoportables. El daño que estas variables hacen a la economía real es enorme, y el empobrecimiento que nos causan a todos, inmenso.

¿Perspectivas? Malas. No hay visos de que la energía se vaya a abaratar, sino más bien todo lo contrario, dado que las sanciones van a más y crecerá el uso que el malvado Putin hace de sus recursos y nuestra dependencia para herirnos. Más allá de las medidas adoptadas por España y Portugal para abaratar el gas y así bajar el recibo de la luz, que no se notarán hasta medidos finales del próximo mes de junio, los precios no van a bajar si no lo hace la energía o se frena la demanda. Medidas como las próximas subidas de tipos de interés del BCE, que se esperan en julio, buscan eso, enfriar la demanda, provocando una crisis que haga que los precios caigan, por el camino doloroso de encarecer el dinero. Si la energía se moderase podríamos evitar ese escenario, pero eso, que no está en nuestra mano, no parece que vaya a pasar. Probablemente, la curva naranja aún no ha tocado techo.

jueves, mayo 05, 2022

La FED sube los tipos de interés

Ayer la FED, la Reserva Federal de EEUU, su banco central, actuó como estaba previsto y subió medio punto los tipos de interés, dentro del movimiento anunciado hace meses de subidas de tipos que pretenden elevarlos hasta valores en el entorno del 3%. Con el ascenso de ayer el tipo de interés en EEUU sube hasta el 0,75% y cada vez contrasta más con el 0% en el que sigue viviendo el interés en Europa. El ciclo norteamericano está mucho más avanzado que el europeo y, aunque padecemos problemas comunes, su economía ya está en una fase mucho más madura que la nuestra. Eso justifica el ascenso de tipos para tratar de crear un freno controlado.

Eso y la inflación, claro. A ambas orillas del charco los precios están disparados, y en ambos casos las fuentes que alimentan esa espiral son las mismas; un exceso de demanda que sigue saliendo tras el fin de las restricciones Covid, un desmadre en la cadena productiva y logística global que reduce al oferta de numerosos bienes o les encarece por escasez de suministros y una tensión desatada en los mercados energéticos, agudizada por la guerra de Ucrania, que hace que la energía sea muy cara y su coste se acabe filtrando por todas partes. Y todo ello aderezado con las inyecciones monetarias que los bancos centrales llevan haciendo desde antes de la pandemia y, sobre todo, desde que el maldito virus llegó hasta nuestros días. La misión principal de un banco central es la del control de precios, y ahora mismo esa variable está fuera de control en casi todas las economías occidentales. Cierto es que, como hemos visto, la mayor parte de las causas que alimentan la inflación no son estrictamente monetarias, aunque sobre esto hay discusiones intensas, pero el BCE o la FED nada pueden hacer para aliviar el caos en las terminales de contenedores donde no salen los chips y piezas necesarias o para que las bombas de extracción de crudo de otras naciones que no sean Rusia trabajen con más intensidad para suplir la oferta que se rige desde Moscú. Los bancos centrales sólo tienen herramientas monetarias, y les pasa un poco como a un carpintero, que tiene instrumentos adecuados para trabajar con la madera pero que, si se aplican a piezas de hierro, resultan poco operativos. Si se busca bajar la inflación el manual dice que hay que hacer caer la demanda para que la presión de los precios baje, y eso un banco central sólo sabe hacerlo vía subida de tipos. Eso tipos más altos encarecen el crédito, retiran dinero de la circulación y enfrían la economía, por lo que se acaba logrando que la demanda caiga. ¿Qué es absurdo actuar con estas herramientas ante una crisis producto de un shock de oferta? Sí, algo de razón hay en esa crítica, pero lo que no pueden hacer las autoridades monetarias es quedarse de brazos cruzados ante una inflación que se preveía temporal y lleva ya mucho tiempo destrozando las cuentas y economías de familias y empresas. El daño que hace esa subida de precios a la economía de un país es devastador, y es preferible un frenazo en seco antes que mantener un nivel de precios como el actual. Eso sí, estas medidas dejan ganadores y perdedores, como todas, y suponen un correctivo muy serio para aquellos que están endeudados, que hasta ahora han visto como su morosidad no les penalizaba en exceso en un mundo de tipos al 0% o, incluso, negativos. Hipotecas, deudas empresariales, bonos del gobierno, etc todo se va a encarecer y sus costes financieros, que vienen de mínimos históricos e irracionales, van a ir subiendo a medida que los tipos crezcan, a un ritmo distinto en unas economías que en otras, pero de una manera sostenida. Sin haberlos tocado en EEUU el euríbor ya se ha puesto en positivo, reflejo del cambio de ciclo.

¿Cómo nos pilla esta subida de tipos? A España lo hace con unos niveles de deuda pública escandalosos, de entorno al 120% del PIB. Ya eran elevados antes, pero la pandemia nos obligó a endeudarnos aún más, con títulos de deuda que el BCE compró a lo loco dentro de sus programas especiales por motivos pandémicos. Esas compras extraordinarias terminan a principios del verano, y con ello las primas de riesgo de las deudas periféricas empiezan a subir. La nuestra ya está en el entorno de los 100 puntos básicos (1%) y hace que el bono español a diez años se sitúe en el 2%. La retirada de estímulos y subidas de tipos nos va a llevar a escenarios que este gobierno nunca imaginó pero que la población aún recuerda, de aquel 2012 de infarto. Sí, el viento financiero empieza a ser frío y soplar de cara.

jueves, marzo 31, 2022

10% de inflación

Ya desde verano de 2021 la inflación estaba cogiendo un ritmo que auguraba que los deseos de muchos, entre ellos el mío, sobre una subida transitoria de precios tras la pandemia se iban a convertir en decepciones. El caos logístico y las tensiones en las materias primas abonaban subidas que escalaban por encima del 4% con facilidad. El inicio de la guerra de Ucrania disparó las tensiones, especialmente en los productos energéticos y alimentarios, y algunos analistas advirtieron de que podíamos llegar a tasas de inflación interanuales superiores a los dos dígitos con el inicio de este verano. Fueron tachados de agoreros.

El dato adelantado de inflación de marzo, publicado ayer por el INE, registra un sádico nivel del 9,8%, y dado que faltan los últimos días del mes para elaborar el registro definitivo es posible que incluso ya en marzo veamos ese horrible doble dígito como medidor de la inflación en España. El dato no es malo, no, es simplemente horrible, una pesadilla para los que analizan la coyuntura económica y un dolor enorme para los bolsillos de los que, como casi todos, compramos cosas, necesarias y no. La inflación es la vía más directa para empobrecer a la gente, y el dato viene a decir, resumidamente, que hoy somos casi un 10% más pobres que hace un año, dado que nuestros ingresos no han crecido a la par. Para algunos ese empobrecimiento será menor, porque o bien no usan el coche o eluden la compra de bienes que han subido aún más. Para otros ese empobrecimiento será mucho más grave porque sus hábitos y obligaciones de compra les obligan a gastarse el dinero en productos que se han disparado bastante más que la media que refleja el índice. Para todos, el valor del ahorro, mayor o menor, que esté en cuentas o depósitos bancarios, se ha depreciado en una media del 10%. El destrozo es colosal. Contratos de arrendamiento, cláusulas de revisión de innumerables acuerdos, la lista de elementos que utilizan el IPC como herramienta para actualizarse es eterna, y todos ellos funcionan bajo condiciones de normalidad, es decir, tasas positivas pero livianas, en las que la subida de precios actúa como una especie de lubricante que da fluidez al mercado. Ya en los momentos de la gran recesión y en el 2020 pandémico, cuando se vivió una situación inversa, con inflación negativa, se habló del peligro que tenía un proceso de caída de precios, que puede ser muy dañino para todos, y mucha gente deseaba que se produjera lo contrario, un disparo de la inflación para enjuagar las muchas deudas de las economías. A mi esa solución no me gustaba nada porque, si bien contablemente sí solucionaba el problema de la deuda pública global, a nivel individual y de las familias y empresas suponía un empobrecimiento drástico y cruel, obligándoles a reducir su consumo, dañando sus ahorros y, en general, introduciendo un miedo en el cuerpo que no es positivo para nada. La inflación disparada actúa como una fiebre que todo lo altera, que empieza a quitar seguridad en la sociedad en la que se instala, que trastoca patrones de compra y consumo, y debilita la moneda del país, en la que se pone mucha más fe de la que se cree y que funciona, precisamente, porque esa fe está ahí. Tasas de inflación disparadas deshacen la fe en la moneda, el ver como pierde valor en poco tiempo, y el comportamiento de los individuos se vuelve más anárquico. Luchar contra la inflación es una obligación de todo gobernante, tanto por el interés que pueda tener en el bienestar de su sociedad como por el suyo propio, porque las inflaciones disparadas se llevan a los gobiernos por delante. Las tasas actuales, disparadas igualmente en el resto de Europa, aunque no tanto como en España, son un problema de enorme magnitud que pone a gobiernos, autoridades monetarias, sistemas financieros y ciudadanos ante un reto tan difícil como inmediato. Hay que hacer lo que sea para controlar la subida de precios, y que no provoque una enorme crisis.

Esa crisis, recesión derivada del hundimiento del consumo por el disparo de los precios, suele ser una de las vías para acabar con la espiral inflacionista cuando el alza de precios viene derivada de un proceso endógeno, con una economía muy caliente y un sector productivo incapaz de fabricar lo que se demanda, pero la inflación de hoy es, como la de los setenta, fruto de un shock exterior, energético y alimentario, que sólo provoca daños, sin que se haya producido un proceso de crecimiento anterior. En casos como estos el derrumbe de la demanda puede acabar conteniendo los precios, pero no es seguro que así sea, por lo que el problema puede que no se limite a un brutal calentón de precios de un par de meses. En ese caso, las medidas que ha presentado el gobierno ante este reto serán apenas tiritas. Esto se pone feo.

viernes, diciembre 17, 2021

Los bancos centrales cambian de rumbo

El final de año nos ha traído la, no por menos esperada, relevante noticia del cambio de rumbo en la política monetaria por parte de los bancos centrales, que siguen en ascuas con lo que pasa en los mercados productivos y con la inflación. El guion del año, en sus inicios, estaba claro. Con la inoculación de las vacunas íbamos al fin de la crisis pandémica, a un rebote económico fuerte y a algunas tensiones fruto de ese crecimiento elevado que se diluirían. Los bancos centrales irían al rumbo que marcasen los datos y, a medida que el crecimiento se consolidara, se empezarían a retirar estímulos diseñados en tiempos de excepción, y todo sería bastante suave.

Como dice Mike Thyson, sí, el boxeador, uno sube al ring con una estrategia, recibe un par de guantazos y, seminoqueado, tras el primer asalto busca rehacerse y cambia de estrategia. A lo largo de 2021 la economía real ha noqueado a muchos de los analistas que creían, yo también, que la inflación no iba ser ni tan intensa ni tan duradera. Estamos ahora en el entorno del 5% en España y EEUU, con disparos espectaculares en algunos bienes, como los energéticos, que se filtran a lo largo de toda la cadena productiva, por lo que, como un bosque que gotea mucho después de que haya dejado de llover, los precios no se moderarán en los bienes de consumo si, milagro, esta tarde la energía y todo lo relacionado con la logística se abaratan. Y no va a haber ese milagro. Las tensiones de precios y el nivel de revolución al que se encuentra la economía norteamericana es aún mayor que la nuestra, por lo que ha sido la FED, su banco central, el primero en mover ficha, y anunció el jueves tanto una reducción de sus volúmenes de compra de deuda como un calendario de subidas de tipos de interés que abarca hasta 2024. La idea que quiso transmitir Jerome Powell, su gobernador, es que la entidad estará vigilante, que considera que la economía ya vuela con demasiada fuerza y que es necesario embridar a la inflación. Las autoridades monetarias no quieren, bajo ningún concepto, que los agentes, tanto familias como empresas, sufran un cambio de expectativas con la inflación y consideren que los niveles bajos no van a volver, y cambien sus pautas de consumo, ahorro e inversión, porque eso generaría un bucle inflacionario bastante peligrosos. Al mostrarse activos y estrictos, el mensaje que se lanza es que se dominará a la inflación, que se hará lo posible para manejarla y que el problema no irá a más. Ayer el BCE europeo se sumó a este mensaje, desde la posición de una Europa en la que el ciclo económico, también en auge, está algo retrasado respecto al norteamericano, por lo que la recuperación no es tan vigorosa pero, ay, la inflación es casi igual de intensa. Lagarde, la gobernadora europea, fue más comedida que Powell, y sólo hizo referencia en lo práctico a la reducción de los volúmenes de compra de deuda, pero dijo expresamente que en 2022 no habrá subida de tipos. Todas estas medidas son perjudiciales para economías endeudadas, y más cuanto más se debe, porque provocarán un encarecimiento de los costes de financiación, y naciones como la nuestra, que ha alcanzado tasas de deuda sobre el PIB del 130% gracias al maldito virus pueden encontrarse con un grave problema si los tipos, la prima de riesgo, comienza a escalar. Desde que el virus llegó a nuestras vidas todo, empezando por los ERTEs, se ha financiado con deuda que ha sido comprada, en mercado secundario, por el BCE, que nos ha salvado. Si poco a poco nos tenemos que hacer con la responsabilidad de cubrir deuda y costes la situación financiera de las arcas públicas se estropeará. Y eso lo saben muy bien los actuales desgobernantes y los que aspiran a desgobernar en vez de ellos.

Hay una posibilidad, no menor, de que estas intenciones restrictivas de las autoridades monetarias no se lleven a cabo, y es que ómicron ponga otra vez contra las cuerdas a nuestras economías y las frene, con lo que la demanda caería y con ella los precios. Es decir, que una crisis tenga lugar. De hecho, la propia inflación desatada y el desbarajuste logístico actúan como un gran freno de la recuperación, que pueden llegar a ahogarla. Pero claro, evitar los problemas de una subida de tipos porque tenemos una recaída económica es como aliviarse de bajar peso porque se sufre una gastroenteritis. Lo cierto es que las previsiones para el año que viene se están volviendo muy inciertas y, en el ring, los banqueros centrales golpean a un monstruo de la inflación que les sigue siendo esquivo, al que no consiguen meter un directo y mandarlo a la lona.

miércoles, diciembre 15, 2021

A casi 300 euros el megavatio hora

Hace frío, aún es de noche. El invierno astronómico llega la semana que vine, el meteorológico empezó el 1 de este mes de diciembre, pero el del frío de verdad lo hizo bastante antes, con nevadas ya previas al temporal Barra, que ha cubierto de blanco las montañas del norte y anegado a un montón de comarcas. El consumo eléctrico en invierno se dispara, entre otras cosas por la necesidad de calefacción y la vida que se hace en el interior de hogares y establecimientos, frente al verano, en el que el tiempo que estamos en la calle no necesitamos electricidad. Eso hacía que el máximo de consumo eléctrico de verano fuera bastante inferior respecto al de invierno, pero, ay, el disparo del aire acondicionado ha acercado mucho ambos picos.

Hoy es un día de pesadilla para el mercado eléctrico, para la producción y los consumidores. Tenemos un enorme anticiclón sito en Centroeuropa que abarca toda España, lo que originará, como ayer, cielos despejados, quietos y sosos durante toda la jornada, excepto donde se asienten las nieblas. No va a soplar apenas viento, por lo que la producción eléctrica eólica va a ser muy escasa. Las nieblas no serán tan extensas como las de ayer, pero donde se produzcan, las placas fotovoltaicas apenas generarán corriente y no aportarán al sistema. Todas las instalaciones fotovoltaicas, de hecho, están en sus peores días del año, porque con el solsticio de invierno de la semana que viene alcanzamos el mínimo de luz solar en nuestro hemisferio. Y sí, las placas solares no producen de noche, nada, cero. ¿De dónde tiramos para producir la electricidad de hoy, al que estamos consumiendo ahora mismo? Del ciclo combinado. Si acude usted a la web de Red Eléctrica y ve la composición de la producción, estos son datos de las ocho de la mañana de hoy, el ciclo combinado de gas supone el 36% de la producción en este instante, siendo la fuente principal, seguida por la nuclear e hidráulica, con un 15% cada una, y al eólica, con casi un 13%. ¿Cuál es el problema de esta composición? Si observan la curva de consumo estimada de hoy verán que ya estamos en la cuesta arriba de cada día, hemos superado el mínimo nocturno y nos encaminamos a el primer máximo local del día, que suele situarse en torno a las 11 de la mañana. Tras él el consumo estimado gotea a la baja y vuelve a subir al segundo máximo, en este caso el absoluto, que suele estar en el entorno de las 21 horas, más o menos. Es decir, desde este momento cada vez vamos a consumir más electricidad a lo largo del día, y ciertas fuentes, como la nuclear, son constantes, no van a dar más, y otras como la eólica hoy no tendrán un día muy elegante. La solar, como les comentaba, hoy rendirá poco, porque el Sol no estará mucho tiempo en el cielo, y desde luego su aportación será nula a la hora de la cena. Es por ello que será el ciclo combinado de gas el que vaya siendo, a medida que avance el día, la fuente que lidere, cada vez con mayor ventaja, el llamado mix productivo. Hubo algunos días de la semana pasada en los que, en plena borrasca Barra, algo más de la mitad de la producción eléctrica nacional era eólica, gracias a los vendavales del norte, pero eso no se va a dar ni hoy ni el resto de la semana. Estos días de anticiclón de invierno son de lo peor para el sistema generador renovable, y eso se traduce en el encendido, a lo largo del día, de cada vez más centrales de gas para abastecer la demanda. Y eso provoca que sea esa tecnología, la del combustible más caro, la que dicte el precio y domine la ponderación del mismo. Si se produce poco con gas, de precio alto, el precio final de la electricidad será alto, pero lo será mucho más cuanto mayor sea el porcentaje de producción representado por el gas. Y hoy el gas va a pesar mucho y, por ello, el precio va a ser enorme. Si acuden a la web donde se recoge la evolución del precio horario de hoy verán que la gráfica tiene la misma forma que la de la curva de demanda esperada, con sus dos máximos, y obviamente esto no es casualidad. A esta hora, ocho de la mañana, el precio marginal español es de 299 euros el megavatio hora, o 0,29 céntimos el kilovatio hora, que seguramente el contrato de usted en su casa, querido lector, se mida en esa unidad más pequeña. Eso determina que el precio final de la factura que se pague este mes tenga, en lo que hace a costes del kilovatio, un empujón muy serio en el día de hoy. Para el máximo nocturno, a las 21 horas, se alcanzarán los 317 euros megavatio hora, y el precio medio del día no superará los 300 pero se queda muy cerca, rompiendo otro máximo histórico.

El gas está caro por la demanda global, el consumo específico que de él se hace en invierno, el creciente coste de los derechos de emisión de CO2 del mercado europeo, que le afecta, menos que a otras fuentes contaminantes, pero, claro, infinitamente más que a las renovables, por el cierre de gaseoductos como el magrebí y el recurso al licuado, y por las tensiones en el este de Europa con Rusia, que hace que la cotización internacional del gas responda con subidones. Si hoy quiere pagar menos electricidad póngase dos jerseys en casa y no encienda muchas luces, y no cocine, pero pocas alternativas le quedan. Y desde luego no confíe para nada en los anuncios de este gobierno, ni de otros, que en nada aliviarán su factura.

jueves, octubre 07, 2021

El monstruo de la inflación

Es la inflación uno de los fenómenos económicos que más rápido e intensamente es percibido por la población. Las subidas y caídas del PIB suelen darse a cámara lenta y, salvo aquellos que son afectados directamente por ellas (cierres de empresas versus nuevos empleos) se acaban notando por filtración, poco a poco. Si los precios suben de un día para otro todo el mundo lo percibe, aunque también es verdad que dado que la proporción al consumo disminuye a medida que la renta aumenta el daño que provoca es mayor a las rentas bajas y medias. Es por eso que se dice que la inflación es un impuesto a los pobres, y su carácter regresivo le hace muy dañina a quienes no tienen mucho de dónde tirar. Ellos, junto con los ahorradores, son los grandes perdedores cuando los precios suben.

Me gusta ese símil que dice que la inflación es como el engrase que se aplica a la maquinaria para que funcione suave y de manera continuada. Es necesario que haya un poco, pero no mucho, y su ausencia es destructiva. La deflación, la caída de precios, es un proceso raro pero que puede darse en épocas depresivas, se retroalimenta y lleva al colapso. Nadie quiere comprar algo cuando sospecha que va a estar más barato dentro de poco tiempo y, de manera agregada, no se acaba comprando nada. Durante la crisis de 2008 – 2012 estuvimos cerca de llegar a esa situación de espiral de precios a la baja, y de hecho varios sectores, no sólo el inmobiliario, vivieron un proceso deflacionario que redujo de manera drástica su valor. Por ese, entre otros motivos, las autoridades monetarias empezaron a darse cuenta de que era necesario instaurar planes de estímulo mediante la compra de títulos en el mercado de deuda, insuflando así dinero en la economía para reactivarla, buscando sostener los precios. La inflación es un asunto muy determinado por la política monetaria, pero no sólo, y un buen ejemplo de esto lo estamos viviendo ahora. Los precios suben, y con ganas, en gran parte de occidente, y son varias las causas que los empujan. A bote pronto, pongamos tres. Una es la reactivación de la demanda que estuvo dormida en 2020 a cuenta de los confinamientos pandémicos y que, en determinados países, ha salido desbocada. Un disparo de demanda supone, en condiciones normales, subida de precios. Relacionado con esto, la segunda causa es la disrupción en las cadenas de suministro globales que han generado enormes problemas de abastecimiento de todo tipo de bienes, lo que ha aumentado su precio. Restricciones de oferta suponen, por lo general, subidas de precios. Y el tercer factor que azuza los precios son las enormes inyecciones monetarias que todos los bancos centrales del mundo han hecho para tratar de sortear la crisis provocada por el coronavirus. Dinero sin límite soltado a chorros que ha permitido a no pocos sobrevivir en medio del encierro y clausura de negocios y empresa, pero que ahora se convierte en un montón de dinero caliente en busca de destino. A igualdad de todo lo demás, cuanto más dinero hay mayores son los precios para así conservar el valor real de los objetos (excelente manera de ver la inflación como lo que también es, una devaluación del valor del dinero). Como verán, todos estos factores suman a la hora de impulsar los precios y añaden presión a la caldera inflacionaria. Los análisis que dominaban hace algunos meses veían claramente el primer y tercer efecto, y coincidían en su mayoría en que provocarían tensiones inflacionistas, pero que serían pasajeras. No se vio por parte de casi nadie el segundo factor, el del colapso en las cadenas globales de suministro, su enorme efecto sobre los precios y, sobre todo, el que sea un tema “físico” si me permiten la expresión, que lo hace mucho más difícil de arreglar en poco tiempo. Eso está haciendo pensar a muchos que la inflación que vivimos no va a ser tan transitoria como se esperaba (y deseaba).

Lo que casi nadie vio es el problema derivado de la escasez de suministros energéticos, las figuras de subida de precios desatadas que viven el gas, carbón o el mismo petróleo en un contexto, añadido a todo lo demás, de transición energética, que de por sí es complicado, costoso y lento. Esos factores de energía muy cara generan cosas inauditas, como el megavatio hora de electricidad de hoy en España a una media de 288 euros, y suponen inflación de costes metida en vena como su de un chute de sobredosis se tratase, que se expande por toda la cadena productiva y destroza previsiones, presupuestos y escenarios. ¿Ha venido la inflación para quedarse? ¿Cómo dominarla? ¿Qué efectos acabará teniendo en nuestras economías? Esas y otras muchas preguntas se agolpan a medida que el IPC se dispara y el bolsillo cada vez cunde menos.

Me cojo unos días de ocio y subo a Elorrio. Si todo va bien, nos leeremos nuevamente el próximo jueves 14

viernes, marzo 05, 2021

Miedo a la inflación

Ayer hablábamos del desastre económico que vive España por el coronavirus, centrándonos especialmente en el desempleo, mal endémico de nuestra economía. Ampliemos el foco de la mirada y veamos lo que ocurre a nivel global. Desde los artículos y opiniones que llenan el mundo el tema de la inflación se ha puesto de moda desde hace unos meses y empieza a calar como uno de los posibles problemas a los que nos podemos enfrentar en el futuro. Sus efectos, y los que pueden originar las medidas que se impongan para frenarla, dan miedo, pero creo que se está sobrevalorando ese temor a una inflación coyuntural pero, creo, que no debiera ir a más. Aviso que como pronosticador soy nefasto.

Se están juntando varias fuerzas que, aunadas, tiran para provocar una futura inflación. La mayor de todas es la previsible vuelta a la normalidad que los mercados descuentan una vez que las tasas de vacunación sean elevadas. Es difícil saber si eso será en verano o un poco más allá, pero todo el mundo espera esa vuelta a la normalidad, que puede ser explosiva en forma tanto de celebración de lo ya superado como de inundación provocada por la demanda embalsada que está retenida en aquellos sectores de la población que, forzados a ahorrar, no pueden consumir lo que desean. Movimientos de demanda intensos y concentrados generan tirones inflacionistas porque una cosa es el aluvión de deseos y otra la fabricación y venta de realidades, pero debemos tener en cuenta que la capacidad productiva actual está muy infrautilizada, por lo que no estaríamos ante una situación generalizada de escasez por exceso de consumo. Sólo con que las cosas volvieran a ser normales, para lo que nuestras infraestructuras y sistemas productivos están diseñados, el disparo de consumo sería enorme, por lo que, exceptuando situaciones particulares, no debiera haber ahí una fuente de inflación sostenida. El precio del petróleo sube, lo hace con fuerza desde hace algunos meses, y ya está por encima de los 60 dólares. Es mucho, sí, y el efecto escalón de la subida, desde niveles ridículos, generará alzas de IPC temporales, pero lo cierto es que está volviendo a los valores que tenía antes de este desastre, y es difícil que pueda escalar más allá de los 70 dólares si no media algo no previsto, de corte geopolítico o similar. El principal argumento de los inflacionistas es que, tras años de expansión monetaria para tratar de aliviar los efectos de la crisis pasada, actualmente los bancos centrales se han lanzado a la orgía monetaria absoluta, comprando de todo e inundándolo todo de liquidez, que tarde o temprano debiera derivarse a otros mercados y presionar al alza sus precios. Es un argumento serio, y refleja la anómala situación que vivimos, un brutal experimento monetario como no lo ha habido nunca, que se recuerde, y cuyas consecuencias a medio y largo plazo son desconocidas. En contra de que esta inundación de liquidez genere alzas de precios está el argumento de que la previa, la que se desarrolló tras los QE de 2012 en adelante, tampoco generó inflación, y se temía que lo hiciera. Las deudas drenaron gran parte de esa liquidez extraordinaria y la sacaron del mercado real, impidiendo alzas de precios generalizados. El contraargumento es que, no se puede obviar, esa liquidez extraordinaria sí generó alzas de precios desaforados en algunos mercados, especialmente los bursátiles e inmobiliario. Una parte importante de ese dinero se desvió a inversiones en estos activos, cuyos precios subieron mucho. ¿Ocurrirá ahora lo mismo, y esos y otros mercados verán dispararse sus valores? En la bolsa de EEUU 2020 cerró con ganancias, reflejo de que parte de los estímulos aprobados en aquel país sí han ido a inversión en acciones. ¿Volveremos a ver un efecto localizado o será general?

Ante estas preguntas y los miedos algunos operadores de mercado empiezan a actuar y se ven efectos reales de los temores futuros. Los títulos de deuda se empiezan a vender en los mercados, descontando que precios más altos en el futuro devaluarán su valor, lo que hace que el interés que renten crezca, y eso es una grave fuente de problemas para naciones hiperendeudas como, vaya vaya, la nuestra. Las autoridades de los bancos centrales mantienen su discurso de apoyo a la economía al estilo Draghi, prometiendo hacer todo lo que sea necesario, pero ya han puesto un ojo en los precios y en sus posibles alzas. A lo largo de este año el tema de la inflación va a dar mucho que hablar. Y si solo es eso, perfecto.