miércoles, mayo 13, 2026

Ya asoma la inflación

Ayer se supo el dato de inflación de abril de EEUU. Se esperaba alto, pero superó las expectativas, y se quedó en una tasa anual del 3,8%, la mayor subida desde la escalada salvaje que se vivió con la reapertura del Covid y los problemas de la cadena logística posterior. Una cifra que revela que los problemas en el suministro energético se empiezan a filtrar en la cadena productiva y de consumos intermedios. Allí la gasolina ahora mismo supera ampliamente los cuatro dólares por galón, una medida que equivale, más o menos, a los cinco litros. Nos puede parecer barato, y lo es frente a lo nuestro, pero a principios de año ese galón les costaba dos dólares y poco.

Ormuz sigue cerrado, el corte de suministro se mantiene y lo que podría haber sido una crisis transitoria va camino de cronificarse en una estructura de precios altos y escasez. Es una combinación perversa que, poco a poco, como la sequía, cuartea las estructuras económicas y genera efectos constantes que no son tan dramáticos como lo pueden ser en el caso de un shock de impacto, pero que calan. Esa es la diferencia entre los destrozos que, en meteorología, provocan las inundaciones frente a las sequías. Son más mediáticas, dramáticas y puntuales las primeras, pero resultan mucho más dañinas y olvidadas las segundas. La sequía de petróleo que afrontamos empieza a hacer el daño que muchos auguraban en las estadísticas, y será inevitable que se note a pie de calle. Comercios, empresas y demás agentes han podido hacer un esfuerzo de aguantar su subida de costes y no trasladarlos directamente al precio final con la esperanza de que lo de Ormuz se acabase en unas semanas, pero no, no se acaba, y esa capacidad de aguante sí que se muestra finita. Por ello es de esperar una nueva ola inflacionaria que golpee a todos los sectores, con distinta incidencia, y que el consumidor final perciba con toda su crudeza cuando haga la compra, tome un café, se vaya de vacaciones o similar. ¿Cómo van a reaccionar las autoridades económicas ante esto? Dice el manual que las subidas de precios implican subidas de tipos de los bancos centrales, y eso es lo que se anuncia cada vez con más insistencia desde Frankfurt, la sede del BCE, pero en Washington la FED va a ser presidida dentro de unas semanas por un candidato nombrado por Trump que tiene la misión, encomendada por el agente naranja, de bajar los tipos, para aliviar la carga de la deuda inmensa que soporta el país y generar un crecimiento disparado que enjuague el estado de las encuestas de popularidad del amado líder norteamericano. Kevin Warsh, que es así como se llama el futuro gobernador de la FED, se ha mostrado partidario de las bajadas de tipos, pero todo eso era antes de Ormuz. Llevar a cabo esa política con una inflación en el entorno del 4% es algo disparatado, y sólo tendría sentido si, en paralelo, se produce una retirada de liquidez por parte del Tesoro de EEUU y la propia FED, cancelando los programas de QE que se han venido utilizando desde el derrumbe de 2008. Hay algunos expertos que opinan que llevando a cabo ambas políticas a la vez la bajada de tipos no sería inflacionaria, porque se compensarían nominalmente, y sí se vería un alivio en los préstamos que consumidores y empresas soliciten (y en el pago de intereses de la deuda pública). Esos expertos se agarran a que el mercado se ha enganchado al dopaje financiero y que subir tipos ante la inflación generaría un desplome de las cotizaciones y, quizás, un reventón en lo que algunos califican de burbuja en los mercados de crédito privado y la financiación de la IA. Sería peor el efecto de la subida de tipos que el daño de la inflación, vienen a decir. El argumento tiene puntos fuertes, sí, pero la credibilidad de la FED, y de las autoridades monetarias, quedaría muy en entredicho si en un episodio de subida de precios no actúan con la destreza e intensidad que se les da por sentado. Eso supondría desanclar las expectativas de inflación, los agentes sospecharían que las instituciones que velan por el control de precios no hacen su trabajo y el riesgo de una espiral de subidas de precios sería cierto. Y eso, además de ruinoso, entraña muchos peligros más allá de lo económico.

Me temo que los datos de inflación en Europa van a ser también muy malos en este mes y los que vienen, y a las puertas del verano, con el tema del queroseno en el aire, nunca mejor dicho, los efectos del cierre de Ormuz se irán convirtiendo en una pesadilla que nos vaya golpeando de manera constante, sector a sector, negocio a negocio. Dada la parálisis que se vive en el conflicto EEUU Irán, el barril se ha asentado cómodamente en la cota de los 100$, y ese precio es dañino, no letal, pero sí doloroso. Es necesario que baje, pero cada día que pasa es más difícil evitar las consecuencias de ese coste en nuestras economías. Nos vamos a empobrecer, la duda es cuánto, pero no el qué.

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