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jueves, julio 30, 2026

El nivel de los stocks de armas de EEUU

Esta noche ha vuelto a ser de ataques intensos en el entorno de Ormuz. El ejército norteamericano ha disparado contra numerosos objetivos relacionados con instalaciones de la guardia revolucionaria iraní, y tras el relajo que se vio en los precios a principios de la semana, el barril de crudo vuelve a superar los 90$. Las erráticas declaraciones de Trump no hacen sino añadir confusión a una guerra que se prolonga de una manera gris. Un día dice que va a lanzar un ataque muy duro y al par anuncia que la negociación va muy bien, y luego otra vez. Es evidente que no tiene el control de la situación en la zona y que, militarmente, las cosas no le van como quisiera.

Durante los últimos días varias fuentes han hablado, y no poco, sobre los posibles problemas de suministros de armas a los que se enfrenta EEUU tras lo que lleva de campaña iraní. En los primeros meses de guerra se lanzó contra la nación persa un gran número de misiles, bombas y demás artefactos que tenían dos características muy importantes. Eran precisos y caros, muy precisos y muy caros. EEUU tiene un elevado catálogo de armas de este tipo, pero sabe que, al contrario de lo que pasa con la munición convencional de disparo, debe emplearlos con mesura, porque no es nada fácil reponer las existencias frente a, digamos, balas y obuses convencionales. Son armas pensadas para dar golpes duros y significativos a instalaciones militares, infraestructuras críticas y centros de mando y decisión, pero no para hacer barridos ni para ir a por objetivos menores. Frente a ello, la respuesta iraní, es sabido, ha consistido en el lanzamiento de algunos de sus misiles, y de muchos muchos drones de bajo coste que han logrado alcanzar no pocos de sus objetivos. El daño que pueden hacer estos drones es bastante menor que el de la munición precisa norteamericana, pero se pueden lanzar en oleadas de decenas o cientos de elementos, y su fabricación puede seguir siendo sostenida día tras día. Es una de las lecciones básicas que ha dejado la guerra de Ucrania. Precisión y potencia pueden ganarse con saturación de bajo coste. Estas fuentes analizaban los stocks que, se supone, constaban en los inventarios de defensa norteamericanos, de todo tipo de elementos: misiles Tomahawk, interceptores patriot, y una amplia gama de dispositivos similares. No pocos de los analistas que han hablado estos días estiman que EEUU ha gastado entre un tercio y la mitad de lo que tenía guardado en los almacenes, en apenas unos meses de combates contra Irán. A cambio ha obtenido… bueno, no se muy bien lo que ha obtenido, si no se puede calificar directamente como fracaso. Si esos cálculos son ciertos, EEUU tiene un problema, porque la producción de repuestos de este tipo de munición es cara, carísima, y lenta, sobe todo comparado con el proceso de elaboración de drones de ataque. El resto del mundo ha visto estos informes y comparte de la idea de que EEUU ha derrochado material de gran valía de una manera irracional, por el mero hecho de presumir de ella, pero que está mostrando unas notables carencias en el caso de que la guerra se prolongue. La estrategia de defensa de EEUU se diseña en base a su abrumador poder de intervención, pero no está planteada para conflictos largos de ataque de invasión. Sí para una entrada masiva y breve que, por aplastamiento, le de el control de la situación, pero no para un conflicto prolongado en el que el consumo de material de lata calidad se dilate en el tiempo. Simplemente, no hay lo debido de eso. Por eso no son pocas las voces que dicen que detrás de esas llamadas erráticas de Trump a la negociación se encuentran asesores militares que le advierten de que no se va a poder prolongar mucho más tiempo esta tipología de ataque a riesgo de ver seriamente comprometida la capacidad defensiva del país por el mero hecho de quedarse sin armas de primer nivel que poder disparar. Si esto es así, y es plausible, el fracaso de la estrategia norteamericana en Irán alcanzaría cotas antológicas.

En parte EEUU no ha aprendido nada de lo que sucede en Ucrania desde hace años por mera soberbia, por creerse invulnerable y operar desde una posición de privilegio absoluto. Este es uno de los caminos más directos hacia el error. El avance tecnológico que ha sufrido la guerra de drones ha vuelto obsoletas varias de las armas y tácticas clásicas de los ejércitos, y esa tecnología, masiva y barata, permite a naciones como Irán enfrentarse a EEUU con el conocimiento de que no van a ganar, cierto, pero tampoco van a ser derrotados, y eso, para el Pentágono, es una muy mala noticia. Terceras naciones, pensamos todos en China, toman buena nota de lo que está sucediendo, de lo que funciona y de lo que no y, en silencio, aprenden.

viernes, julio 24, 2026

ChatGPT se escapa

Una de las noticias más interesantes de la semana, que da mucho que pensar, es el incidente sucedido con un modelo de IA de la empresa OpenAI, creadora de los ChatGPT X. Al parecer, según han contado y ratificado otras fuentes, un modelo de IA que estaban entrenando en un entorno seguro y, presuntamente, aislado del exterior, logro encontrar un agujero en las medidas de seguridad que cercenaban su hábitat y escapó, de tal manera que violó el confinamiento. No sólo eso, sino que procedió directamente a lanzar un ciberataque a una empresa tecnológica emergente, de nombre Huggin Face. Esta empresa ha confirmado que sufrió el ataque.

La IA tiene, en este momento, dos grandes riesgos, de naturaleza muy distinta, y que en ningún caso, en mi opinión, se están afrontando como es debido. Uno es el financiero. La industria de la IA requiere enormes inversiones en centros de datos que sirvan para entrenar y abastecer de información a los modelos, llenos de carísimo equipamiento informático de última generación, y con ellos enormes costes energéticos de uso y refrigeración. Para lograr todo esto las empresas metidas en la carrera de la IA han anunciado inversiones inmensas, de cientos de miles de millones de dólares, se ha lanzado a la emisión de deuda privada a lo loco y se han convertido en devoradoras de capital con una voracidad pocas veces vista. Hasta ahora el mercado se lo ha consentido todo en aras de la expectativa de negocio que se puede estar creando, pero empiezan a surgir serias dudas de que toda esa montaña de costes pueda no sólo llevarse a cabo, sino ser rentable en un plazo razonable. Si crece la sensación de que estos costos no van a ser asumibles y este castillo financiero se derrumba, la IA puede llevarse por delante compromisos, emisiones, derechos y todo lo que ustedes imaginen que sucede cuando se produce una estampida financiera. La dimensión de las cifras apostadas en el sector es capaz de provocar un crack global si no cumple lo que promete. El otro problema, más de concepto si quieren, es el derivado de una tecnología que puede no ser tan controlable como se nos ha vendido. Desde el principio, mucho antes del surgimiento de los modelos LLM, ha habido una corriente precautiva con la IA ante el temor de que, si se alcanza, se escape de nuestro control y sea capaz de causar daños masivos. El que muchas películas hayan basado sus argumentos en este temor lo ha ridiculizado parcialmente para muchos expertos serios mantienen dudas profundas sobre qué va a suceder cuando las aplicaciones de IA sean capaces de operar solas y el control de quienes las diseñan no pueda mantenerlas en cautividad. La carrera que se vive entre empresas y naciones (EEUU y China) en este sector no hace sino aumentar los miedos a que alguno de los modelos llegue a un punto de escape. No hace falta que se alcance la AGI, la Inteligencia Artificial General que tanto ansían las empresas norteamericanas y que no dicen perseguir las chinas. Basta con que un modelo empiece a superar las capacidades de comprensión y seguridad de quienes lo han desarrollado para que se vuelva peligroso, como una criatura que ya no responde a quien le ha amaestrado, en este caso más bien creado. ¿Algo de esto es lo que le ha pasado esta semana a OpenAI? Puede ser, aunque recuerden que en este sector las noticias que asustan también son una excelente fuente de marketing. En todo caso, parece que estamos ante un incidente serio, que ha comprometido las medidas de seguridad de la empresa y que, probablemente, revele hasta qué punto esas medidas son, cada vez, más escasas ante el avance que se registra en la carrera tecnológica. Es probable que OpenAI haya sido sobrepasada por una de sus creaciones. Es muy necesaria una auditoría seria de lo que ha sucedido y tomar las medidas que sean necesarias para impedir que se repita.

En ambos planos, financiero y tecnológico, la IA corre a sus anchas sin apenas regulación, más allá de los intentos de una UE sobrepasada por completo. Las similitudes entre la carrera nuclear y la de la IA son numerosas, aunque hay un factor que, por ahora, las distingue claramente. En el caso nuclear primero vino la bomba, vimos el hongo y, tras ello, se vio la necesidad global de la regulación por seguridad. En la IA el desarrollo tecnológico sigue imparable sin apenas controles, pero con el temor de que, en algún momento, se produzca un accidente que revele la peligrosidad potencial de esa tecnología ¿Habrá que esperar a que eso suceda para regular como es debido? Ojalá no sea así, pero ya ven, los problemas crecen y las medidas para atajarlos no.

miércoles, julio 15, 2026

La crisis de Volkswagen como síntoma

El viernes pasado, tras varios días de especulaciones, la empresa alemana Volkswagen hizo púbico su plan de reestructuración, que en grandes líneas confirmaba lo que se estaba comentando en los mentideros especializados del sector. En esencia, una jibarización de la compañía, una reducción. Menos empleos, con bajas que pueden llegar a los 100.000 despidos en todo el mundo, menos producción, con reducciones desde los doce millones de vehículos producidos en la actualidad hasta nueve, y menos gama, con una cancelación de casi la mitad de las tipologías que actualmente se fabrican. Volkswagen se achata para tratar de sobrevivir.

Hasta hace poco, y durante varios años, Volkswagen ha sido el mayor productor mundial de vehículos. Poseedor de marcas como la de la propia empresa, SEAT, Audi, Cupra, SKODA, Porsche y otras, su producción y ventas son globales, y ha sido referente en el mundo de la automoción por calidad y diseño, aunando la marca de “ingeniería alemana” a unos precios asequibles frente a firmas germanas de más estatus como BMW o Mercedes. Hace ya algunos años perdió el trono de la mayor productora frente a Toyota, la japonesa, que encontró en la hibridación la piedra angular que le permitió despegar en los mercados occidentales a medida que las restricciones con las emisiones contaminantes empezaban a ponerse serias. Desde entonces las marcas asiáticas han ido ganando cuota de mercado sin cesar en el mundo, perdiéndolo las norteamericanas, reducidas casi al nicho de su país (con la excepción de Tesla), y las europeas, los gigantes globales que ven cada día como su trono se derrumba. Tras la irrupción de los japoneses, con la mencionada Toyota, Nissan o Suzuki como abanderadas llegó la de los vehículos coreanos, con una primera entrada de Daewoo, que no llegó a consolidarse, y con la implantación de Kia y Hunday, marcas que esconden detrás inmensos conglomerados industriales que son líderes en temas como el naval, la elaboración de componentes para la industria extractiva, el refino y muchas cosas más. Las marcas coreanas han ido ganando en fiabilidad y diseño de una manera constante y ahora mismo sus modelos son tan apetecibles como cualquiera de los europeos. Los últimos en llegar al mercado han sido los chinos, pero no por ser los últimos son precisamente los menos importantes. Justo lo contrario. Con una enorme cantidad de marcas, muchas de las cuales sigo sin reconocer, la capacidad productiva de las empresas chinas y su salto a la electrificación sin complejos, junto a las subvencione que su omnipotente gobierno les ha concedido, todo ello les ha llevado a pasar de ser anecdóticas a posicionarse como las que más crecen en todos los mercados. El mes pasado, por primera vez, una marca china, BYD, vendió en el conjunto de la UE+UK+Noruega más vehículos que Citröen, una de las más clásicas europeas. Las marcas chinas operan tanto mediante enseñas propias (BYD, Jaecco, Omoda, etc) como a través de las adquisiciones que han hecho en Europa de industrias automovilísticas en crisis, de tal manera que los Ebro, MG, Volvo o Polestar que usted ve por la calle pueden tener un sello europeo y haber sido diseñados aquí, pero esconden tecnología, fabricación e ingresos chinos. Ahora mismo en España las marcas chinas ya se han hecho con una cuota de mercado global que ronda el 10% y tiene pinta de que van a ir a más. Para los conglomerados europeos clásicos, como los franceses Renault o el grupo Stellantis (Peugeot, Citröen, Fiat, Opel…) o los alemanes ya mencionados, en un mercado maduro como el europeo, el ascenso de marcas chinas supone en gran medida una pérdida de los fabricantes locales. Las decisiones anunciadas por Volkswagen responden a esta pérdida progresiva de mercado.

Si un gigante como el alemán toma medidas de este tipo puede uno imaginarse lo seria que es la situación en el sector, un sector que genera un arrastre de inversiones y empleo enormes, porque a las plantas de producción de coches debemos añadirle las miles y miles de empresas que fabrican componentes auxiliares para ell.as de tipo mecánico, plástico, tecnológico, informático, etc. Todo un ecosistema que se tambalea ante el empuje de las marcas chinas y la revolución tecnológica que empieza a transformar el coche a una especie de Tablet con ruedas en la que la batería y la tecnología son lo más importante, perdiendo la mecánica importancia a pasos agigantados. Es toda una revolución.

martes, julio 14, 2026

Cómo afrontar la extinción

Ver el paisaje desolado que deja un incendio es una de las experiencias más duras que se pueden experimentar, y más aún si es el entorno que ha protagonizado la vida de quienes lo contemplan. No hay peor catástrofe natural que un incendio forestal, ninguna deja secuelas más extensas y persistentes, ninguna duele como él. Pese a ello, año a año, gracias a la fatalidad, la desidia y los desalmados, miles de hectáreas arden en nuestro país, y en los demás, y el daño que producen se extiende, retroalimentando las emisiones de CO2 y dejando un rastro de destrucción y pérdidas, materiales siempre, en ocasiones de vidas, que ya no verán nada.

Me da la sensación de que, a medida que la virulencia de los incendios crece en medio de los veranos intensos y extensos que vivimos, la técnica que se enfrenta a ellos empieza a no ser suficiente. Se ven ejemplos constantes de grandes fuegos, en España, en Francia, en EEUU, en Canadá, donde los frentes de llama son amplísimos y las condiciones meteorológicas que provocan, con pirocúmulos asociados, se convierten en sí mismas en peligros para el entorno y todos los que se encuentran cerca, además de contribuir a la propagación despiadada de las llamas. O se actúa muy rápido, nada más comenzar el fuego, o muchos de ellos alcanzan rápidamente una dinámica que los vuelve incontrolables. La inversión en medios para apagarlos no deja de crecer, en forma de aviones, camiones motobombas y, en el caso particular de España, todo lo relacionado con la UME y su trascendental papel en esta labor de apagadores, pero no parece ser suficiente. Los expertos ven como las dimensiones del enemigo no dejan de crecer y, en muchos casos, la seguridad de los que trabajan en la extinción exige la propia retirada de su presencia ante el avance de unas llamas que pueden llegar a acorralarlos. En el incendio de Almería la superficie calcinada es elevada, 6.000 hectáreas, pero poco de ese terreno era arbolado, la mayor parte consistía en matojos, brezo, monte bajo, que espoleado por el viento desatado se convertía en yesca que hacía avanzar las llamas a una velocidad de vértigo. Sumado a eso una orografía endiablada y la dispersión de las viviendas, la receta para el desastre estaba servida, pero no ha sido un incendio como los devastadores de Zamora, León o Galicia del año pasado, de enormes masas forestales desatadas. En Almería el gran enemigo de la extinción ha sido el viento, con la orografía. El año pasado eran las dimensiones del propio fuego las que impedían atacarlo con opciones. Era demasiado grande, demasiado virulento. Con temperaturas asfixiantes y sin tregua no había mucho que hacer. Gran parte de la carga de agua que los aviones soltaban desde sus panzas se evaporaba antes de alcanzar las llamas, como si fueran virgas, y la desesperación era evidente entre todos los que trataban de combatir el incendio. ¿Cómo atacar a un fenómeno así? Si la meteorología no ayuda, ¿es posible vencerlo? Empiezo a sospechar que, a día de hoy, la respuesta es negativa, y eso nos pone ante un dilema difícil de asumir, que es el riesgo real de que alguno de estos incendios acabe por crear un enorme problema social y vital, en forma no ya de aldeas quemadas, sino de localidades de entidad atacadas y asediadas por unas llamas que no puedan frenarse. En enero del año pasado pudimos ver barrios enteros de la ciudad de Los Ángeles devorados por las llamas, que alentadas por los vientos de Santa Ana, corrían sin freno. Urbanizaciones de todo tipo, desde las residenciales de clase media hasta algunas de millonarios, sucumbían a un incendio que era imparable, y que no hubo manera de controlar hasta que los vientos aflojaron. Para entonces, cientos, miles de viviendas quedaron arrasadas, y barrios enteros del extrarradio de la ciudad se convirtieron en cenizas y ruina. El espectáculo era aterrador, y distópico, y generaba tanto miedo como impotencia. ¿Cómo frenar estos fenómenos?

Tras una desgracia de este tipo se reiteran los llamamientos políticos a pactos, que se olvidan pasados los días, pactos que se centran en contenidos políticos, pero que eluden la cuestión técnica de cómo afrontar algo para lo que empezamos a no estar preparados. Los veranos abrasantes y extensos pueden ser una “nueva normalidad” frente a la que el entorno forestal, abandonado, no sea capaz de sobrevivir de manera natural. Olvídense de eso de las políticas preventivas, estamos en España, tierra de procastinación perpetua. Urge pensar algo, inventar métodos, técnicas, soluciones, compuestos, ingeniería aplicada, lo que sea, para poder atacar a esos fuegos de manera más efectiva. Y lo de urgir va en serio.

miércoles, junio 10, 2026

Apache vs Dron

Si busco en Google cuánto cuesta un helicóptero Apache, Gemini me contesta que la cifra básica es de unos 52 millones de dólares, a los que se debe incorporar munición, sistemas de radar y demás, y toda una serie de conceptos que se incluyen en los contratos de compra, como mantenimiento, simuladores, formación de pilotaje, repuestos, etc. Un elemento de este tipo no funciona sólo, sino que requiere una logística enorme. Señala la IA de Google que los últimos acuerdos firmados por EEUU con Israel o Polonia para suministrar estos helicópteros a sus ejércitos han hecho que cada unidad salga a un coste de unos cien millones de dólares.

Pues bien, ayer por la tarde noche un dron iraní derribó uno de estos helicópteros en las proximidades del estrecho de Ormuz. Los dos tripulantes del aparato pudieron salvarse, pero la nave se perdió por completo. No se que tipo de dron sería el empleado, a priori, puede que un shahed de los que Irán hace versiones y unidades a lo loco, pero pudiera ser de otro tipo. En todo caso, el objeto que derribó al helicóptero era no tripulado, con lo que el riesgo para el operador iraní era realmente bajo comparado con el de los tripulantes de la aeronave, y sin determinar el objeto atacante preciso no puedo buscar cuánto ha costado, pero se estima que un shahed cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares la unidad. Pongámonos en lo más caro, hacemos unas pocas cuentas y deducimos que un Apache cuesta lo mismo que dos mil drones shahed. Un helicóptero por el coste de dos mil drones. La ratio es realmente asombrosa. Desconozco cuál es la efectividad de los shahed en el caso de un enfrentamiento entre ellos y los Apache, cuántos drones son necesarios, de media, por ataque, para derribar a un helicóptero, pero sospecho que harán falta menos de dos mil. Cualquier que vea estas cifras puede empezar a pensar, fríamente, hasta qué punto compensa hacerse con unos helicópteros o con la licencia para fabricar drones. Piense usted que los drones, obviamente, no están tripulados, por lo que no sólo el riesgo de que el piloto pueda sufrir algún tipo de lesión o baja queda descartado, es que simplemente no hay que aprender a pilotar. El dron vuela al objetivo teledirigido parcialmente en plan videojuego o lo hace de manera autónoma con sensores en los que el software juega el papel determinante y donde la IA empieza a tomar sus propias decisiones una vez que se ha marcado cuál es el objetivo que atacar. El dron puede emplearse contra elementos en vuelo, como helicópteros o aviones, o blancos fijos, bien sean tropas, infraestructuras militares, residencia de civiles o cualquier otro tipo de objetivo, y aunque las capacidades destructivas de un Apache son elevadas, dada la munición que porta, vemos cada día en el frente ucraniano como oleadas de cientos de drones causan daños generalizados en las zonas a las que son dirigidos, tanto por los rusos como los ucranianos. Los porcentajes de drones interceptados son elevados, normalmente superiores a la mitad de los que forman parte de la oleada de ataque, pero basta que unos pocos logren llegar a sus objetivos para infringir daños y atemorizar al rival. En el ataque por drones precisión es una palabra importante, sí, pero aún más lo es saturación. No hay sistema de defensa que sea capaz de parar la totalidad de una embestida en la que cientos de naves proyectil se dirigen contra un escenario. Hay experimentos con métodos de inhibición de frecuencias y cosas por el estilo, incluso el uso de láseres para poder eliminar a los drones, en ejercicios que parecen películas futuristas, pero ahora mismo eso está en plan experimental, y a un nivel de coste disparatado frente a lo que supone un enjambre de cientos de unidades. Y pensemos que los shahed son drones de un cierto tamaño, y por ello coste. Imagine usted un enjambre de drones minúsculos, como esos que se usan en los parques para grabar vídeos, cargados de explosivo y que se concentran en un objetivo (avión de combate, helicóptero, etc). La escena puede ser fantasiosa, pero empieza a darse.

Si algo ha enseñado la guerra de Ucrania al resto del mundo es que las tecnologías militares han revolucionado la estrategia, y que ahora mismo las grandes y caras plataformas como tanques, fragatas o helicópteros son muy muy vulnerables ante ataques de drones de coste ridículo. Ucrania, Turquía o Irán han marcado el camino al resto, pero EEUU muestra lo poco que algunas naciones han aprendido sobre lo que lleva sucediendo desde hace pocos años. Y si los norteamericanos están así ni les cuento los europeos, que ahora han fracasado a la hora del diseño conjunto de un nuevo caza de combate, cuando probablemente los cazas se están quedando obsoletos. Hagan números.

lunes, junio 01, 2026

Grave accidente de Blue Origin

SpaceX nos ha malacostumbrado. Su altísimo porcentaje de éxito en los lanzamientos espaciales y en todo tipo de pruebas con los cohetes ha convertido a esos momentos en rutina, pero nada más lejos de la realidad. Un cohete es algo muy parecido a una bomba, pero que se detona de manera controlada. Supone quemar, de forma salvaje, combustible y oxígeno a todo trapo con el fin de alcanzar la velocidad de escape. Los motores son cámaras de combustión aceleradas donde los flujos y temperaturas que se alcanzan resultan mareantes. Cualquier problema puede acabar en desastre.

Y eso es lo que pasó el viernes en la prueba estática de Blue Origin. Esta prueba consiste en llenar el cohete de todo el combustible que puede cargar, no incorporar la carga útil que se prevea pueda portar en el lanzamiento, y poner en marcha sus motores durante un par de segundos o tres para comprobar todos los sistemas en condiciones reales. El cohete permanece atrapado junto a la plataforma de lanzamiento y no va a despegar. Todo el sistema se arranca y, pasados esos instantes, si todo es correcto, se corta el flujo de combustible y la maquinaria se apaga. A partir de ahí se puede empezar a instalar la carga útil del viaje, recargar los depósitos y planificar el despegue correcto. Pues bien, en la estática del viernes algo falló, aún no está claro que, pero algo en los motores de la primera etapa degeneró y provocó un fallo estructural en el cohete, que se extendió hasta la segunda, donde se inició un incendio no previsto. Las imágenes, nocturnas, eran las tres de la mañana en Florida, son muy veloces, y apenas permiten distinguir la ignición de algunos puntos a lo largo del cohete, pero en una fracción de segundo apenas perceptible todo se convierte en una inmensa bolsa de fuego que devora la escena, cubre por completo la plataforma e instalaciones auxiliares y se convierte en una gigantesca explosión dotada de su propio hongo, con una potencia que se ha estimado en un kilotón. El cohete estaba lleno del combustible, creo que queroseno, y oxígeno líquido, necesario para mantener la combustión cuando el cohete abandona la atmósfera y se encuentra en el vacío espacial, donde desde luego no hay aire. El incidente se produjo, por tanto, con la máxima cantidad de sustancia inflamable posible, y de ahí que la secuencia de la explosión sea tan salvaje. Se percibe como una de las torres de servicio, que actúa como pararrayos, tiembla como un árbol movido por el viento, muestra de la fuerza de la explosión. Las imágenes diurnas describen un escenario horrendo, con una de esas torres auxiliares completamente destrozada, daños significativos en la torre principal de lanzamiento y destrozos severos en el conjunto de la plataforma, que deberá ser reconstruida. La torre que sostiene el depósito de agua, necesaria para amortiguar el impacto del despegue en la estructura del lanzamiento, parece haber aguantado, pero está completamente ennegrecida y habrá que ver si sufre algún daño estructural. Son innumerables los fragmentos de material carbonizado que se extienden por toda el área y la sensación que produce la escena es de desastre total. Afortunadamente no había nadie cerca de allí, por lo que no se han registrado ni heridos ni percances personales de ningún tipo, pero el destrozo alcanza enormes dimensiones, no sólo por la pérdida del cohete en sí, sino también por lo que hace a la plataforma, que va a quedar inutilizada durante un buen tiempo, probablemente varios meses. Esa plataforma era la que se había habilitado, dentro del complejo de Cabo Cañaveral, para ser utilizada por Blue Origin, por lo que, o bien se destina otra de las plataformas a su uso, con la necesaria inversión para adaptarla a los cohetes de la empresa de Bezos, o la empresa tendrá que esperar a la reconstrucción de toda la instalación. En todo caso, pinta que habrá que esperar varios meses, no pocos, para ver un nuevo lanzamiento de Blue Origin.

Este desastre también tiene consecuencias para el programa lunar de la NASA. Las naves de Blue Origin juegan un papel muy importante tanto en el desarrollo de la futura base lunar como en el de la puesta en marcha del módulo lunar, que es el que permitirá a los astronautas salir de Artemisa y poder poner nuevamente el pie en el satélite. Si ya el calendario de las misiones II y IV se antojaba forzado, el percance del viernes pone completamente en entredicho todo el cronograma que la NASA se había impuesto, y generará retrasos de todo tipo en el programa lunar. La explosión del viernes le va a salir cara a Jeff Bezos, pero mucho más al programa espacial norteamericano.

miércoles, mayo 27, 2026

Abucheos a la IA

Fin de curso, las ceremonias de graduación se extienden por todas partes imitando las que se celebran en EEUU, que de tanto verse en las películas han generado envidia sin cesar. Se organizan con un boato similar y se convierten un festejo, orgullo de padres y antesala de una noche de desmadre. En EEUU existe la costumbre de que gente famosa, de los negocios o la farándula, den un discurso en esas ceremonias con el objeto de alentar a los nuevos graduados ante su inminente entrada en el mundo laboral, el abandono de la incubadora universitaria y su inmersión en el crudo mundo del empleo, del que muchos saldrán despedazados.

La semana pasada fue Eric Schmidt el que disertó ante un auditorio lleno de birretes. Schmidt fue durante varios años el Consejero Delegado de Alphabet, la matriz de Google, lo que le convirtió en uno de los más poderosos en el mundo de la empresa y tecnología en el mundo. Desde que ha dejado su puesto ha simultaneado sus apariciones como gurú tecnológico y como experto en gestión empresarial, con un cache de cobro con tantos ceros como usted pueda imaginar. Un invitado de relumbrón al acto. La cuestión es que las cosas no sucedieron como nadie de los que lo organizaron esperaba. Schmidt comienza su alocución y, en un momento dado, habla de la IA, del reto que supone para los nuevos empleos y para los estudiantes graduados que van a comenzar sus carreras laborales, y se empiezan a escuchar pitos, abucheos, silbidos, ruidos que interrumpen el discurso y cargan el ambiente. Se produce una rebelión en la audiencia ante uno de los hombres más poderosos del mundo, y Schmidt tiene que cambiar su intervención e irse por otros derroteros para salvar los muebles. La escena muestra una cierta incredulidad en el ponente, que no es precisamente dado a expresar emociones, pero se le ve incómodo, sorprendido. Es justo la IA, la gran criatura que su empresa y otras del sector han alumbrado como promesa de solución de muchos de los males, la que ha suscitado el rechazo entre los que van a ser parte del empleo norteamericano en unas pocas semanas. En vez de abrazarla como una oportunidad, como el reto que no dejan de insistir los que la desarrollan, esos chavales la ven como una amenaza, como un problema que puede condenarles a no conseguir empleo, o a alcanzar uno que diste mucho de sus aspiraciones, y que les genere muchos menos ingresos de los que esperaban, y de paso no les permita cubrir las deudas que han contraído para sufragar sus estudios universitarios. El paco faústico norteamericano, en el ámbito de la Universidad, consiste en que uno se arruina para alcanzar la titulación de prestigio que otorga una de esos campus de ensueño de nombres por todos admirados, y con eso en el mercado de trabajo las oportunidades de empleo se disparan, a la par que los salarios, y los costes de la educación se recuperan en un plazo breve gracias al éxito profesional. Ese compromiso, que involucra a instituciones educativas, empresas, familias y estudiantes, empieza a romperse porque, entre otras cosas, la IA hace que las nuevas generaciones de estudiantes entren en un mercado laboral que no les demanda. Saben que las consultoras, despachos de abogados, empresas tecnológicas y demás nichos atractivos de empleo han frenado la contratación de juniors, el primer escalón de empleabilidad en sus sectores, porque la IA empieza a realizar esos trabajos. Eso estudiantes saben que compiten con algo que, durante estos últimos años de la carrera, les ha resuelto casi todos sus problemas educativos, hecho gran parte de sus trabajos y esquematizado lo que tenían que aprender. Conocen muy bien la capacidad de la IA, por eso la temen como competidora.

Este quizás sea uno de los primeros momentos en el que se vislumbra la ruptura entre el sueño tecnológico y la realidad, el fin del enamoramiento perdido entre la sociedad, encantada de contemplar las novedades sin fin que surgen de Silicon Valley, y el mundo de los tecnólogos y sus ensoñaciones. Internet supuso una revolución en muchos aspectos, pero que fue abrazada por todos como algo que generó un progreso evidente, aunque dejase profesiones enteras extinguidas. El caso de la IA, mucho más complejo y potencialmente profundo en sus implicaciones, ya no se ve como algo “molón” por así decirlo. La sensación de problema crece al mencionar ese asunto, sea un temor real o figurado. Y eso es una profunda novedad.

viernes, mayo 08, 2026

Musk vs Altman, juicio a la IA

Estos días, en Oakland, California, muy cerca de San Francisco, se está desarrollando un juicio interesantísimo donde no se determinará un veredicto sobre la IA, pero sí se enfrentan dos enormes inteligencias humanas muy vinculadas a este asunto, y lo que se dirime es un tema monetario, derechos, dinero, cantidades enormes de dinero, en relación con una industria que está configurando el mundo a una velocidad nunca vista. Por un lado, Elon Musk, que no necesita muchas presentaciones, y creo que estaremos de acuerdo que tampoco precisa de más dinero, es el demandante. Por otro lado, Sam Altman, el principal directivo de OpenAI, la matriz de ChatGPT, el modelo LLM de IA más famoso del mundo.

Musk ha demandado a Altman porque considera que le ha estafado. Cuando se funda OpenAu se crea no como una empresa, sino como una fundación sin ánimo de lucro, sin el componente de negocio ni su presión, que es una de las características definitorias del mundo del emprendedor, y más en el entorno de Silicon Valley. Musk fue uno de los que invirtió dinero en su momento en OpenAI, aunque también fue rápido a la hora de abandonar la idea, absorbido por entonces con el desarrollo de Tesla, que estaba cada día al borde de la quiebra. Su planta matriz está, por cierto, en Fremont, a pocos kilómetros de Oakland. La cuestión es que OpenAI crece y crece, y necesita recursos financieros sin cesar porque sus modelos iniciales funcionan, pero consumen energía y capacidad de procesamiento de una manera no vista. El dinero aportado por los fundadores no es suficiente y Altman, con otros miembros de la compañía, busca nuevos inversores. Ahí aparece Microsoft, que insufla una buena cantidad de dinero, bastantes miles de millones de dólares, y permite a OpenAI seguir su desarrollo y llegar hasta la primera versión abierta al público de ChatGPT, y el resto es tanto historia como revolución. OpenAI hoy en día sigue siendo una entidad que no genera dinero, pero su tecnología sí, y tanto Microsoft como otras empresas la utilizan para desarrollar sus propios LLM (Copilot, Gemini, etc) y la propia valoración de ChatGPT está disparada en medio del mercado efervescente que rodea a la IA. Se supone que este año va a salir a bolsa y se habla de cientos de miles de millones de dólares de valor en acciones. Musk cree que ChatGPT engañó a los inversores iniciales que, como él, creyeron en la idea cuando era poco más que una fantasía, y que se ha producido un cambio completo en la filosofía de la entidad, donde el componente de lucro ha suplido por completo a la fundación originaria. Demanda una cifra que, creo, se sitúa en los 15.000 millones de dólares como indemnización. Por su parte Altman defiende que la entidad que dirige no ha engañado a nadie, que todo el mundo veía que el desarrollo de la tecnología era exitoso pero inasumible sin más recursos, y que era necesaria la entrada de mucho capital para ello, y que Musk pasó de ellos en un estadio bastante inicial del proyecto, aunque reconoce que sí les ayudó en las primeras etapas. Alega, además, que Musk y sus empresas también han copiado la tecnología LLM de ChatGPT, porque qué otra cosa es Grok, al IA de X, sino un ChatGPT desarrollado por los ingenieros de Musk inspirado en la empresa originaria. Considera que Musk apostó inicialmente pero luego se fue a por otras ideas y se retiró voluntariamente, y no tiene derecho a indemnización alguna. Como pueden ver, el juez de Oakland se enfrenta a un dilema financiero complejo y a dos genios, acompañados de caros abogados, que si se ponen a discutir entre ellos puede que nadie sea capaz de entenderlos.

Dicen las crónicas que es poco probable que Musk se salga con la suya, y que el veredicto, a lo sumo, le puede otorgar una cifra testimonial, de decenas o cientos de millones (entiéndase lo de testimonial en el contexto de las cifras que manejan estos sujetos) y que las comparecencias están siendo dignas de ser seguidas. Lo cierto es que OpenAI, junto con Anthropic, surgida de una escisión suya, se han convertido en líderes globales de una tecnología que casi todo el mundo observa como el santo grial ante cualquier problema, y que de momento ha solucionado tantos como los que ha contribuido a crear. Sea cual sea el veredicto del tribunal, la IA no deja de crecer, y que se sepa, no redactará la sentencia que de por juzgado el caso.

viernes, abril 24, 2026

Mythos de la IA

Mientras el estrecho de Ormuz sigue bloqueado y la crisis energética global se agrava, la IA sigue generando noticias sin que se le preste demasiada atención. Es verdad que muchas de ellas tienen un componente, digamos, apocalíptico, que hace difícil saber que tienen de cierto, de propaganda por parte de sus difundidores o de real, pero bueno, las cosas son como se cuentan, no tanto como son en sí. Anthropic, la empresa desarrolladora de Claude, quizás la más avanzada en este mundo, y la que ha tenido los famosos problemas con el Pentágono por cuestiones de ética de uso de su IA para fines militares, vuelve a ser la protagonista.

Hace unos días desveló la existencia de una variante de su modelo Claude, al que apodó como Mythos. Las empresas de IA desarrollan modelos completos en los que mejoran las capacidades de sus precedentes, de ahí ChatGPT 3, 3.5, 4, etc pero como pasa con el software de toda la vida, hay versiones intermedias que no salen al mercado masivamente pero sí son probadas por desarrolladores y especialistas de la comunidad. Esta es una de esas. La cosa es que Anthropic ha anunciado que Mythos existe, pero que no la va a dejar nunca de acceso libre al mercado, por el peligro que supone. No, no Mythos no mata a la gente ni nada por el estilo, lo que sucede es que parece ser muy buena para detectar vulnerabilidades en el software, fallos en el código de la programación de programas que sí existen ya en el mercado y que muchos utilizamos, fallos que pueden servir para que maliciosos se infiltren en ellos o los derrumben o se apropien de los datos o hagan cosas ilegales. Pues bien, dice Anthropic que son miles y miles los fallos de vulnerabilidad que ha encontrado en software que lleva años en servicio, y que muchos de esos errores son vulnerabilidades críticas que comprometen seriamente al programa y a sus usuarios. Afirma también que la mayor parte de esos fallos jamás hubieran sido detectados por humanos, y que los riesgos que abriría la divulgación de esos errores son enormes. Nuevamente, ¿cuánto hay de cierto en esta noticia y de propaganda publicitaria de Anthropic? Es imposible saberlo, y en todo caso debiera ser alguien muy experto en programación, o mejor, un buen hacker, el que responda a esta pregunta después de analizar lo que Mythos proporciona. Como no es el caso de quien esto escribe, no les puedo responder con capacidad. Lo único seguro es que la empresa de los hermanos Amodei ha organizado una ronda de reuniones al más alto nivel con empresas de software punteras (Microsoft, Oracle, Google… ) para analizar en privado, y bajo una confidencialidad aparentemente estricta, lo que el modelo ha descubierto y las formas de corregir esos fallos. Supongo que los desarrolladores de esas empresas podrán valorar correctamente hasta qué punto las vulnerabilidades encontradas son comprometedoras, pero dado que las IA a las que podemos acudir todos en el mercado sí son capaces de programar correctamente y hacer cosas de desarrollo que hace un par de años o tres hubieran requerido grandes equipos humanos y tiempo abundante, es posible suponer que las más avanzadas serán capaces de hallar fallos en líneas de código realizadas hace tiempo por humanos bajo unos estándares de seguridad menores que los actuales. De hecho eso es el trabajo del hácker, encontrar fallos, o puertas no diseñadas pero que existen y se abren, que permiten que el software o no se comporte como se esperaba o que lo haga al servicio de quien se introduce en él, y no al de quien lo diseño u opera. Quizás Mythos no sea el hacker universal como se anuncia, pero es fácil que haya encontrado algo feo y potencialmente peligroso, así que mejor corregirlo.

En todo caso, lo que sí es cierto es que, sin inteligencia comparable, las IA empiezan a mostrar capacidades que no se les suponía hasta dentro de mucho tiempo, y su mejora continua no cesa de producirse en un bucle de retroalimentación interesante. Su presencia en la sociedad es creciente y sus consecuencias económicas no hacen sino crecer. Ayer Meta, la empresa de Zuckerberg, anunció el despido de 8.000 empleados, que resultan ser redundantes dado el desarrollo de la IA en la evolución diaria de su corporación. ¿IA creciente a la par que la tontería humana? Viendo Ormuz no es descartable.

jueves, abril 23, 2026

Libros más o menos densos

Hoy es el día del libro, san Jorge en varias CCAA, y las calles se llenarán de tenderetes con autores y ejemplares, y rosas acompañantes, en un maridaje espléndido de belleza editada y natural, a pesar de que más de uno me acusará de ser cursi hasta el extremo. El poder de las tradiciones es su vigencia, pero las hay que, por sí mismas, valen la pena, y otras que no, y lo de comprar libros y rosas me parece algo no sólo digno de que se mantenga en el tiempo, sino una de esas cosas bonitas que no debieran dejar de existir en una sociedad que tiende a la grisura en muchos otros aspectos. El que critique, bien, y el que compre, también.

Hace unos días leía un artículo en el que se estudiaban algunas características de los libros editados en los últimos años. El tema de investigación, centrado en la pérdida de atención que se vive en nuestro mundo, comparaba la densidad de los textos, la longitud de las frases y su complejidad, y le salía como resultado que, progresivamente, los éxitos de ventas se van volviendo lingüísticamente más sencillos. La media de palabras por frases está bajando, poco a poco, pero de manera sostenida, y la ausencia de subordinadas es cada vez mayor, en unas estructuras mucho más lineales de lo que lo eran antes. Para los apocalípticos del tema esta es otra evidencia de la debacle a la que nos enfrentamos tras el dominio aplastante de las pantallas y del vídeo como fuente de conocimiento y diversión, mientras que para los integrados (Eco, Eco) el estudio es relevante pero no es indicativo de que se esté produciendo una decadencia de las capacidades lectoras, máxime cuando se venden más libros que nunca y el número de lectores activos se mantiene en cotas elevadas, sin haber sufrido desplomes como ha sucedido con el de los cinéfilos. Steve Pinker, psicólogo, uno de los estudiosos más relevantes sobre el comportamiento humano, y que tiende a estar en el lado de los optimistas vitales, ha comentado en algunas de sus últimas intervenciones que la preminencia del vídeo, gracias a la tecnología que lo ha hecho omnipresente, está sustituyendo al texto explicativo, y que leer algo es un esfuerzo que va en contra del instinto de ahorro que llevamos grabado a fuego en nuestro interior. Ver es más natural que leer, que no deja de ser una técnica introducida hace varios miles de años. Comenta Pinker que las búsquedas en internet de cualquier tema ofrecen, en la actualidad, como primera referencia un texto explicativo elaborado por la IA y, a continuación, una serie de vídeos que comentan sobre el tema. Esto es mucho más claro en búsquedas de carácter técnico que en otras (pruebe a buscar en Google cómo cambiar un grifo o enchufe, por ejemplo) y es probable que tenga razón. La pasividad que supone contemplar imágenes que nos explican las cosas es insuperable, frente al esfuerzo que supone leer e imaginarlas. Eso ya lo descubrieron los programadores de televisión hace varias décadas, de tal manera que consiguieron no ya hacerse un hueco, sino modificar completamente los estándares de ocio y acceso de la información de la sociedad. La tele se convirtió en la reina de los hogares, en un movimiento criticado por muchos por la escasa calidad de sus contenidos. “La caja tonta” es algo que se ha dicho toda la vida. Ese fenómeno se ha hecho exponencial con el móvil, de tal manera que esa pantalla es la absorbente completa de nuestras vidas, o de gran parte de ellas. El suministro de vídeo que supone acceder a algunas apps llega a ser infinito, y más de uno se puede pasar toda la tarde, o toda la vida, contemplando clips más o menos cortos de un tema para saltar a otro y a otro en un bucle absoluto. ¿Se está contagiando la literatura de ese concepto de la inmediatez, brevedad, concentración? Puede ser. De momento, bastante hace el sector con sobrevivir ante semejante competencia, que ha laminado industrias enteras, de ocio y de otro tipo.

No se va a dejar de leer, ni de publicarse novelas y ensayos relevantes, junto a muchos otros que no lo son tanto, porque no todo el campo está lleno de flores. La lectura siempre resultará más exigente que otras formas de ocio, pero ofrece a cambio una de las mayores posibilidades imaginadas, que es precisamente esa, la de imaginar lo que está sucediendo, la de ser uno el creador del vídeo personalizado que refleja lo que las letras le están contando. El vídeo de la web es idéntico para todo el que lo ve, la novela también, pero el resultado de la lectura es completamente distinto para cada lector que se enfrenta a ella. Esa es parte de su magia, de los pétalos de colores de esa rosa que, con sus espinas, sigue subyugando a tantos.

lunes, abril 20, 2026

Ya nos ganan corriendo

Ayer tuvo lugar la media maratón de Beijing, algo no muy raro dada la fiebre, que sí veo rara, de salir a correr distancias inconmensurables que dejan los cuerpos hechos polvo. Eso se ha extendido por todo el mundo, y en Madrid hay momentos en los que parece que han soltado un monstruo por las calles, de la cantidad de gente que ves corriendo, como si huyera de él. La cuestión es que en esa media, en paralelo al recorrido oficial, había un carril reservado para que por el fueran robots humanoides, no artefactos con ruedas en plan cochecito, no sino robots bípedos como nosotros que corriesen de una manera similar.

A la prueba se presentaron algo más de cien robots, de aspecto y tamaño similares, más o menos como un humano bien grandote. La inmensa mayoría de los participantes eran de fabricación china, siendo sólo unos poquitos del resto del mundo. De entre todos los concursantes, algo más de la mitad eran dirigidos por control remoto, es decir, un operador los controlaba y, supongo, era el encargado de mantener el ritmo de la carrera y hacer los giros y demás efectos necesarios para mantenerse dentro del recorrido, una especie de piloto de coches radiocontrol pero llevando un aparato sin ruedas. El resto de los participantes eran sistemas manejados por IA, autónomos, que evaluaban por sí mismos el recorrido y decidían cuándo acelerar o cómo tomar las curvas y pendientes que surgían a su paso. El año pasado también se celebró esta carrera, con bastantes menos participantes, y muchos de ellos generaban simpatía al ver cómo tropezaban o caían de una manera un poco patosa. El ganador de esa competición robótica tardó más de dos horas en recorrer la distancia reglamentaria. Este año las cosas han sido un poco distintas. Mucho. Ha habido algunos ejemplares que se han caído, tropezado y quedado por el camino, pero la mayor parte de los participantes lograron llegar a la meta, tanto los controlados por remoto como los que usaban la IA. No sólo la ratio de éxito de los participantes ha sido exitoso, sino que las marcas ya son memorables. El ganador de la competición, creo que radiocontrolado, ha tardado unos cincuenta minutos en hacer los 21 kilómetros de la carrera, lo que bate con creces las mejores marcas humanas. Apodado relámpago, luce un color rojo intenso y unos bracitos pequeñitos, con un tronco esbelto y un par de piernas que se mueven de manera impetuosa. No hacen falta pies como tales para semejante comportamiento, y sus extremidades se parecen a esas prótesis que lucía Pistorius, el famoso atleta paraolímpico. La cabeza es enjuta, con un sistema de visión que le da un cierto toque dimensional humano pero con notable ausencia de rostro. Al parecer fue necesario cambiarle la batería a mitad de recorrido, pero sólo con dos cargas pudo mantener todo el tiempo una velocidad constante que le llevó a batir todos los récords. Relámpago ha corrido una distancia enorme, una media maratón, a un ritmo que ningún humano conocido es capaz de alcanzar, por lo que sería capaz de pillar a quien quisiera en una competición de distancia, superando poco a poco a humanos que desarrollarían velocidades mayores en distancias más cortas, pero que con el paso de los kilómetros quedarían agotados. En la competición del hombre contra la máquina es evidente que ya perdimos hace tiempo la batalla frente a los objetos con ruedas, simplemente piense una bajada de un puerto de montaña en bicicleta respecto a la carrera humana, y ni les cuento en las comparativas con coches o cualquier otro tipo de vehículo a motor. Lo ultranovedoso de este caso es que el bipedismo artificial ya es capaz de superar al biológico en prestaciones. Recuerden, relámpago tenía las mismas ruedas que usted y yo: ninguna.

El progreso alcanzado por este tipo de robots en el lapso de unos pocos años es realmente asombroso. China se ha propuesto liderar esta carrera, la conceptual, y desde hace un par de años no deja de hacer demostraciones en las que humanoides cada vez más sofisticados no sólo ya replican nuestros movimientos, sino que los multiplican de una manera asombrosa en coordinación, precisión y capacidad. El ejercicio de artes marciales y baile que mostró al mundo hace un par de meses con motivo del nuevo año lunar ya dejó epatado a medio planeta. Lo de ayer fue otra exhibición de control y, también, marketing. Espectacular.

jueves, marzo 26, 2026

Meta cierra el Metaverso

Predecir el futuro es un arte, sujeto a errores constantes. También, por supuesto, en el caso de la tecnología. Cosas que parecen revolucionarias pueden llegar a serlo o acabar arrumbadas en una esquina sin impacto relevante, mientras que otras que pasan desapercibidas a primera vista pueden cambiar el mundo. La ley de Moore sobre el crecimiento exponencial de las capacidades de los chips lo ha transformado todo, pregunte usted en su entorno a ver quién conoce esa idea y de lo que se refiere. La presentación del Iphone de Apple también es un caso paradigmático de revolución total, que no lo parecía en su momento, y vaya que si lo ha sido.

En 2021 y 2022, saliendo de la pandemia, Facebook, la empresa de Marck Zuckerberg, que ya se había hecho con Instagram y Whastapp, y era la reina de las redes sociales de origen occidental (lo sigue siendo) se lanzó de cabeza a la idea del metaverso, hasta el punto de cambiarse de nombre para pasar a denominarse Meta, con un logo similar a un símbolo de infinito doblado en los extremos para tratar de parecerse a una M. El metaverso es un mundo virtual, informático, al que se accede mediante dispositivos como gafas o cascos, y en el que uno interactúa mediante un avatar, personaje informático que lo representa, en un entorno en el que todo está construido de manera informática. El suelo, los espacios, el resto de entidades, la vida que ahí se desarrolla, es como una especie de juego inmersivo, y buscaba ser una realidad paralela en la que desarrollar otra vida. Meta se lanzó a un plan masivo de inversiones con el objeto de desarrollar el soporte informático que diera servicio a toda esta idea y los dispositivos físicos que permitieran acceder a él. Las cifras comunicadas rondaban los 80.000 millones de euros, cantidades enormes, y se produjo un cierto éxito mediático del concepto. Se habló bastante de él durante un tiempo y no fueron pocas las empresas que empezaron a invertir para crear sus espacios en ese mundo virtual, empresas que venden cosas reales, o no, pero que proporcionaban recursos en ese mundo. El avatar con el que uno entraba al Metaverso tendría que “vestirse” de alguna manera, portar algo que fuera visto por el resto de usuarios, y habría tiendas en ese mundo virtual, fueran ZARA u otras reales o entidades originarias de él, que venderían ropa. Y así decenas y cientos de negocios posibles, todos ellos con publicidad, también el de los espacios mismos, porque ese avatar viviría en un punto de ese metaverso, donde se podría construir una vivienda y venderse, previa compra venta del “suelo” virtual en el que se asentase…. La idea, coherente desde un cierto punto de vista, es que un número creciente de usuarios de este mundo generarían un ecosistema en el que actividades y negocios de todo tipo irían surgiendo, por lo que el volumen de transacciones financieras crecientes sería, también, una manera de financiar el soporte tecnológico y de generar beneficios para Meta, pero potencialmente para el resto de entidades que quisieran participar en ello. En 2021 se hablaba bastante de esto y cada poco tiempo surgían iniciativas particulares, o corporativas, que se apuntaban al metaverso y creaban ahí sus espacios, tiendas, negocios, productos, etc. Meta apuntaba a que este negocio iba a sr su gran matriz de facturación e ingresos, sustituyendo poco a poco a las redes sociales. El mundo parecía prometedor para esa idea y Zuckerberg la pregonaba con la fe del convencido y la necesidad del vendedor.

La semana pasada Meta anunció el cierre de los desarrollos del Metaverso, el fin del proyecto, que ha pasado de ser la esperanza de la compañía a la nada. Replicando de una manera curiosa lo que ya pasó con Second Life hace bastantes años, una idea similar en una época de conectividad y capacidad de procesamiento muy inferior a las actuales, el Metaverso ha ido muriendo porque no logró captar audiencia, no se produjo la demanda esperada, ese mundo virtual era poco más que un páramo, y no había nada relevante en él. Y desde luego, tampoco negocio. Meta ha fracasado en una apuesta que parecía buena, y ahora destina recursos ingentes a la IA. En este caso no está sóla.

jueves, febrero 19, 2026

¿Burbuja de inversión en IA?

A ver si puedo escribir un par de artículos sobre la IA, que está la cosa candente. Hoy vamos sobre temas financieros. Desde hace unos cuántos días las cotizaciones de las empresas vinculadas con la IA, el grupo de los siete magníficos (Apple, Alphabet, Meta, Amazón, Tesla, Nvidia y Microsoft) llevan goteando a la baja en bolsa, en un proceso de rotación de carteras que beneficia a sectores como el de la energía u otros más relacionados con el “value” una forma de inversión muy basada en análisis fundamental de las características financieras de la empresa, y menos en su capacidad innovadora. ¿A qué se debe esto?

El movimiento empezó tras la publicación de resultados de varias de estas empresas, en general buenos, o incluso mejores de lo esperado, pero que iban acompañados de mastodónticos anuncios de inversión en centros de datos y demás parafernalia destinada a la IA. Las cifras que las compañías han puesto sobre la mesa para un plazo que no llega a los dos años se sitúan en el entorno de los 600.000 millones de dólares, una barbaridad, o un disparate, según han querido verlo algunos analistas. Unas cifras de inversión que dejan a los presupuestos nacionales en I+D+i de las naciones europeas convertidos en propina y que comprometen la estabilidad financiera de empresas enormes, actualmente muy saneadas, pero que se han puesto un reto por delante difícil de imaginar. Además de con sus propias cajas, muchas de ellas han hablado de la necesidad de emitir deuda corporativa para hacer frente a semejante esfuerzo, y Alphabet, la empresa matriz de Google, ha sugerido la posibilidad de sacar bonos a un plazo de cien años para lograr conseguir los más de cien mil millones de dólares de inversión que, ella solita, pretende llevar a cabo. ¿Existirá Google dentro de cien años? Es una buena pregunta, y quizás sea correcto empezar a responderla imaginando qué de lo que conocemos lo logrará. En general el mercado ha acogido con prudencia, cuando no temor, estas perspectivas de inversión, porque se consideran exageradamente altas, y porque se corre el riesgo de que la apuesta por la IA alcance unas dimensiones existenciales para el futuro de estas empresas. Visto lo visto, o resulta el mejor negocio de la historia o no habrá manera de recuperar semejantes fortunas invertidas, por lo que muchos de estos planes se enfrentan a un todo o nada que no gusta demasiado. Lo de poner todos los huevos en la misma cesta y esas cosas. Además, como ha sucedido anteriormente en el mundo tecnológico, independientemente de si la IA resulta ser el negocio paradisiaco que se promete, la experiencia demuestra que no son varias, sino una empresa la que se acaba haciendo con el pastel. Hubo muchos buscadores, triunfó Google, Meta es la líder en redes sociales, Amazon lidera el comercio electrónico, Apple la tecnología de teléfonos…. Si la IA se acaba imponiendo es más que probable que alguna empresa, quizás ninguna de las mencionadas, sea la que domine su aplicación y se lleve la mayor parte de los beneficios, lo que supondría que el resto difícilmente serían capaces de recuperar las ingentes sumas invertidas. Lo que ha supuesto esta serie de anuncios es el recrudecimiento de toda una carrera de armamentos tecnológica que se ha desatado en Silicon Valley en torno a la IA, y a una especie de juego de apuestas desatado en el que los órdagos se suceden y las cifras se disparan hasta valores inmanejables. Con ello, evidentemente, también lo hacen los riesgos, en este caso los financieros, y si alguna de esas inversiones sale mal, empresas que ahora son joyas, símbolos globales de riqueza, poder y estatus, pueden acabar arrasadas. No sería la primera vez que sucede, desde luego que no.

Hay cada vez más estudios que relativizan el efecto de la IA en la productividad de aquellas empresas que la han implantado, que muestran ganancias relativas, menores que las esperadas, y que el uso de este tipo de tecnología puede tener más efectos sociales que económicos. El modelo de negocio de entidades como OpenAI (ChatGPT) o Antrophic (Claude) sigue estando en entredicho y no consiguen generar beneficios. Si la productividad no se dispara con la IA, como predicen sus gurús, los problemas de financiación de las inversiones irán creciendo y la paciencia del mercado se puede agotar. ¿Cómo va a acabar esto? Nadie lo sabe.

miércoles, diciembre 10, 2025

Prohibidas las redes sociales a menores en Australia

Hace un tiempo alguien dijo que el móvil era el nuevo tabaco, y me pareció en su momento una expresión bastante acertada para definir el grado de enganche que nos genera el dispositivo y las perniciosas consecuencias, aún muchas en duda o estudio, que puede generar en nuestro cuerpo y, sobre todo, mente. Desde entonces el proceso de adicción al dispositivo ha ido a más en todo el mundo y las redes sociales se han convertido en el gran absorbedor de tiempo, atención y recursos de muchos millones de personas, en mayor proporción si se es joven, pero con un patrón de adicción que se da en cualquier edad y grupo social.

Desde hoy, en Australia, está prohibido al acceso a redes sociales para menores de 16 años. X, Facebook, Tik Tok, Snapchat, Instagram…. Todas ellas y algunas más exigen ya conocer la edad real del usuario y para ello requieren documentación o registros, lo que se haya determinado en la norma por parte del gobierno de Camberra, para verificar que quien realmente accede a ellas realmente ha cumplido, al menos, esa edad límite. Las plataformas dueñas de las redes, casi todas ellas norteamericanas (gran excepción la china Tik Tok) se quejaron ante el gobierno cuando se produjo la presentación de esta idea y su debate en el legislativo, pero han acabado aceptando a regañadientes instalar sistemas de control de acceso, a sabiendas de los costes que esto les va a suponer y, sobre todo, las futuras ganancias que pueden perder. La idea de la norma es que, conocidos ya algunos estudios en los que se señala el impacto de la sobredosis de redes sociales en el desarrollo de patologías como la ansiedad, depresión o el autismo social, los jóvenes australianos se vean forzados a volver a la vida “exterior” de antaño en la que las relaciones entre personas se hacían cara a cara, no con pantallas mediante. La norma es, por ahora, única en el mundo, y supone todo un experimento sociológico, tanto para ver si realmente llega a ponerse en la práctica como, si lo logra, ver si genera efectos. Prohibir es un recurso fácil de proclamar y difícil de llevar a la práctica, ya que siempre genera un mercado negro alternativo en el que la prohibición se vulnera, creando de paso una cierta aura de transgresión, que a esas edades juveniles tiene un atractivo evidente. Hay soluciones tecnológicas que permiten saltarse cortafuegos, muros y demás sistemas de restricción de acceso, y en el mercado internacional no serán pocos los que ofrezcan pasarelas a los chavales australianos para que puedan entrar en las redes saltándose los límites. Habrá que estudiar todo eso, pero es probable que también haya numerosos grupos de críos que sí cumplan la norma y se restrinjan en su uso del móvil, y serán estos los que sirvan como base para comprobar si algunas de esas patologías que antes les comentaba, que se sospecha se han acelerado notablemente por la presión de las redes y el mundo virtual, se frenen, revierten o mutan de alguna manera. A esas edades la presión del grupo, el pertenecer a uno y el papel que se desempeña ante los amigos son fuerzas inmensas que condicionan notablemente el comportamiento de la gente. La adolescencia es, en esencia, la gestión de la presencia de la persona en el entorno social una vez que la autoridad familiar ya no es la única que rige. Durante ese periodo, en el que siempre hay problemas, la influencia que recibe el chaval de lo que y quienes le rodean es máxima y suele socavar lo que las familias han ido inculcando de una u otra manera, a veces de forma violenta, otras no, cada persona es un mundo. Y es evidente que las redes, que a los adultos nos condicionan mucho en nuestro día a día, suponen para los menores una entidad de una fuera irresistible. El triunfo, la visibilidad, el dolor, el reconocimiento, todo ahora mismo gira en torno a ellas, para los críos y para nosotros. Piense usted que me lee, que puede que tenga la sensación de que el móvil y las redes le oprimen, lo que pasará por la cabeza en formación de un crío ante un mundo virtual desbordante e infinito.

A priori, sin ser un experto en el tema, sí creo que hay que establecer una serie de limitaciones en el acceso a dispositivos y a su uso a edades tempranas. Eso de que los jefes de Silicon Valley llevan a sus hijos a colegios donde escriben a mano y se prohíben las pantallas no es un mito, sino una realidad, y parece demostrada la pérdida de ciertas habilidades sociales y mentales tras el consumo indiscriminado de pantallas. Como pasa con el coche, que podemos usar y tiene enormes ventajas, la sociedad ha ido creando un código de circulación para evitar accidentes e impedir su suso cuando no se conoce la normativa ni las consecuencias de emplear la máquina sin control. Puede que Australia, pionera en este caso, marque el camino. Habrá que ir viendo cómo se desarrolla esta iniciativa.

martes, diciembre 02, 2025

Notificaciones

Desde hace un tiempo, no mucho, cuando iniciamos el viaje en bus a Bilbao, el conductor suele añadir a su aviso habitual de la obligatoriedad del uso de los cinturones de seguridad la recomendación de silenciar los móviles y de mantener las conversaciones en tono bajo. Esto viene de esa manía que tienen muchos de usar sus móviles sin auriculares y estar escuchando vídeos o cualquier cosa con la sensación de estar en el salón de su casa cuando ocupan un espacio público y al resto no nos interesa para nada lo que puedan estar escuchando. En el metro siempre hay más de uno en esta actitud, y pedirles silencio es, normalmente, inútil.

Ayer el chófer no dijo nada, lo que fue un inicio de viaje que me preocupó porque, abierta la veda, el descontrol podía ser intenso. Siempre con la espada de Damocles de un vídeo petardo o un tema reguetonero de fondo, el viaje trascurría sin incidentes (al final fue aburrido, ya se lo adelanto) pero con señales de notificación abundantes. Hubo un par de personas que recibieron varias llamadas a lo largo del recorrido y hablaron no poco, afortunadamente sin estridencias, una en castellano y otra en un idioma que no reconocía diría que de aire eslavo, pero no podría asegurárselo. Por fortuna tenían un tono de voz suave y aunque contestaron unas cuatro o cinco llamadas cada uno no causaron problema. Lo que era insistente eran los avisos de notificación que mensajes, whatsapps, actualizaciones o lo que sea que entraban en los terminales de muchos compañeros de viaje. No pasaba ni un minuto sin que sonase alguna campanilla, un “pop”, ping, u otra onomatopeya por el estilo que señalaba una entrada en el teléfono de alguien. Especialmente en la segunda parte del viaje el goteo de señales era casi como un contador de kilómetros, algo incesante. No eran avisos a un gran volumen, pero sí sonidos persistentes. Una de las principales causantes de ellos era una chica que estaba dos asientos delante y a mi derecha, que se pasó la mayor parte del tiempo trabajando con el ordenador portátil, y que simultaneaba dos teléfonos móviles con los que cruzaba mensajes y archivos. Había momentos en los que la pobre me daba pena, porque se le veía realmente agobiada con tanto cacharro y comunicación, y claro, todos los dispositivos emitían sus señales de recepción de mensajes cruzados con una insistencia intensa. De vez en cuando le llamaban y ella hablaba por teléfono, nuevamente con un tono suave y apenas perceptible, pero su conversación era interrumpida por sus propios avisos de entrada de nueva información en el resto de aparatos a los que se mantenía unida. Su compañera de asiento, que asistía en posición de palco de lujo al desfile de comunicaciones y señales, le lanzaba de vez en cuando miradas que, a mi entender, mezclaban hartazgo y conmiseración, pero no le dijo nada en ningún momento. A esa fuente constante de “pips” le acompañaban “pops” intercalados de manera irregular, así que, como les comentó, el viaje transcurría en medio de una noche cerrada y gélida, que en diciembre es lo normal, y con una actividad intensa entre los asientos. Se escuchaban bastantes menos ronquidos que cualquier otro tipo de señal tecnológica, como si en ese entorno también quedara claro cuáles son los elementos que dominan el mundo de hoy, y quiénes son los usuarios, o alguno diría esclavos, que los mantienen todo el tiempo en marcha y requieren saber lo que sucede. Supongo que nada nuevo bajo el sol, en el caso de ayer semi luna, en estos tiempos.

En el trabajo, por las tardes, cuando hay poca gente, me pongo los auriculares y de mientras hago cosas escucho un poco de música para aligerar las largas tardes de números que me suelen tocar, y es entonces cuando aprecio las notificaciones de mi propio ordenador, normalmente mudo dado que siempre están conectados los auriculares a la salida y, así, el sonido ambiente nunca se produce cuando trabajo. Y sí, ahí también los correos, actualizaciones, avisos y otro tipo de mensajes emergentes se suceden sin freno y perturban no poco, en este caso sólo a mi. Lo de captar la atención del usuario se convierte en imposible en medio del constante bombardeo de señales. Y de lo de la concentración, olvídense.

jueves, octubre 30, 2025

Sobre la economía de EEUU

Ayer no hubo sorpresas y la FED, el banco central de EEUU, bajó los tipos el 0,25% que se esperaba. Trump lleva presionando todo el año a Powell, de una manera indigna, para que los derrumbe para estimular la economía y ahorrarse un pastizal en intereses de la desbocada deuda federal del país, y todo con la amenaza de hacerse de manera efectiva con el control de la institución en cuanto el bueno de Jerome termine su mandato, el año que viene. Los días de decisión de la FED las bolsas suelen dar tumbos, ayer también, pero menos, y los índices de Wall Street acabaron bajando unas pocas décimas, desde la estratosfera en la que cotizan y no parecen querer dejar.

Sobra la economía norteamericana, lo más obvio es que su fortaleza es bastante mayor de la que muchos habían previsto una vez que Trump empezó a ejecutar sus desmanes. Las previsiones de recesión, disparadas desde el día en el que el magnate presentó su lista de aranceles a todo el mundo, no se han cumplido, y el crecimiento sigue a una tasa sostenida que deja atrás a las naciones europeas. Entre las fuerzas que impulsan este avance la mayor, sin duda, tiene que ver con todo lo relacionado con la inversión en IA. Cada día se anuncian nuevos desembolsos, algunos con trampa, que llevan las cifras de lo que se invierte en esa industria a niveles estratosféricos. Centros de datos, chips, infraestructuras de nube, centrales energéticas, todo lo relacionado con ese mundo está en un auge desatado, algunos lo llaman burbuja, que arrastra a una buena parte de la economía de la nación. Los acuerdos chantaje que Trump ha impuesto a otras naciones incluyen inversiones forzadas en empresas norteamericanas, especialmente de defensa y tecnológicas, lo que aumenta aún más el caliente estado de ese sector. Las implantaciones de IA en las empresas crecen y crecen, y aunque la productividad no avance aún, o al menos no haya datos que lo indiquen, los volúmenes de inversión sostienen el negocio. Entonces, ¿por qué la FED baja tipos si la economía avanza? Más allá de las presiones trumpistas, lo hace porque el mercado laboral del país lleva unos meses lanzando señales sombrías. La tasa de creación de empleo se ha frenado de manera brusca y el dinamismo que existía el año pasado ya no se ve, y la FED tiene el empleo como uno de sus dos pilares fundamentales, además de la estabilidad de los precios. También se achaca a la IA este efecto en el mercado laboral, no tanto porque algunos trabajadores sean sustituidos por software, sino porque muchas de las contrataciones habituales en las empresas, especialmente las que afectan a jóvenes titulados que empiezan sus carreras profesionales, se han hundido porque no pocos negocios han visto que la IA sí puede suplir buena parte de las funciones del personal poco cualificado. Las empresas engordan en cargos directivos y adelgazan en curritos, y eso puede ser malo a medio plazo. Estos últimos días, adicionalmente, se ha conocido que numerosas empresas van a realizar recortes de empleo neto, no sólo ya menos contrataciones, sino despidos, a la búsqueda de una mejora en la productividad y los beneficios por reducción de costes laborales. ¿Será esa la vía por la que la IA genere mejoras en la productividad? Si es así, no es un buen negocio para el conjunto de la economía y la sociedad. Amazon, el gigante tecnológico, ya ha dicho que va a despedir a unos 20.000 empleados de sus estructuras corporativas, en un ejercicio de adelgazamiento de cargos y personal que no se vincula tanto con la IA como con la reducción de costes en departamentos sobrecargados, pero a la vez ha presentado un plan en el que pretende suplir a cientos de miles de empleados de sus almacenes mediante la implantación masiva de robots con IA. Si esa estrategia funciona, la productividad por empleado de la empresa crecerá notablemente, pero también lo hará el desempleo de la economía nacional, si es que las fábricas de robots no son capaces de absorber gran parte de esos despidos. Como siempre, toda transición tecnológica genera efectos laborales, negativos a corto plazo, positivos a largo. De la velocidad e intensidad de esas variables dependerá el saldo final para el mercado de trabajo agregado.

Adicionalmente, sigue enquistados algunos problemas que lastran la economía del país y que pueden perjudicarla en el futuro. Uno, el menor, es el cierre del gobierno federal, que frena el consumo de sus miles y miles de empleados, que no cobran, Otro es la bajada de turistas que ha experimentado la nación este verano como respuesta a los exabruptos globales de Trump, y un tercero, profundo, es la política dura anti inmigración impuesta desde el gobierno, que puede frenar la llegada de población, alentar la marcha de personas de alto valor productivo y poner en problemas a sectores en los que la mano de obra extranjera es la predominante. Aún así, por ahora, EEUU sigue creciendo con fuerza, y eso al resto del mundo nos viene bien.

martes, octubre 21, 2025

La nube se cae

Ayer por la mañana a más de uno le empezaron a surgir los sudores fríos del apagón, el recuerdo de ese infausto día de abril en el que todo se fue a negro y nada funcionaba. Cajeros, terminales de venta, pago con tarjetas, aplicaciones web, un montón de sistemas dejaron de funcionar en medio mundo. El que la máquina de café y las luces del local en el que más de uno se encontraba a media mañana siguieran en marcha tranquilizó rápidamente a la mayoría. No, no se había ido la luz, pero algo pasaba, porque no iban un montón de cosas que nos son naturales, todas ellas relacionadas con nuestro teléfono e internet.

Lo de ayer fue una muestra de lo que sucede si la nube se cae. Esta expresión, tan poética, hace referencia a algo tan masivo, ruidoso y sólido como la infraestructura de soporta y guarda los datos globales, y que permite acceder a ellos desde cualquier parte del mundo. Cuando usted se conecta al correo electrónico realmente esos mensajes que aparecen en su pantalla no están en su dispositivo, sino en un ordenador con un enorme respaldo de datos que se encuentra en Virginia, Colorado, Shenzhen o en otra parte del mundo difícil de imaginar. La nube son edificios feos, con aspecto de nave industrial, que alojan millones de servidores y discos duros en los que se mantiene la información que consumimos a diario. Conectados a la red, alimentados con energía de manera permanente, permiten que de igual dónde nos encontremos y cuando, si tenemos acceso a la red lograremos llegar a nuestros datos, que están en ese anodino pabellón industrial de las afueras que parece otra nave logística más. La nube aloja la mayor parte de las webs de internet, la inmensa mayoría de las fotos y vídeos de cada uno, y es el soporte básico para el negocio de empresas en todo el mundo, que la usan como servicio de alquiler de software, espacio de datos, apps y todo tipo de requerimientos. Todo va bien si la conectividad y los sistemas se mantienen, pero si en alguna de esas naves poco vistosas pasa algo y se desconectan del sistema empezará una cascada de fallos a lo largo de todo el mundo, fallos que afectarán a millones de particulares, que de repente no pueden acceder a su correo, consultar en su app favorita la actualización de lo que desean o cosas por el estilo, y fallos en miles y miles de empresas que, de golpe, no pueden acceder a sus menús de trabajo, o a sus datos, o mostrar en la pantallas facturas y cobros, o realizar transacciones financieras, o llamadas, o lo que sea. La dimensión y alcance de un fallo de este tipo depende de la cantidad de clientes que se vean afectados y la densidad de la red que conformen, la conectividad que tengan entre ellos, pero es seguro que va a tener un impacto elevado, potencialmente global. La mayor parte de los centros de datos que sostienen la nube están en manos de empresas norteamericanas. Sólo Amazon, Microsoft y Google superan los dos tercios de ese mercado global, y la mayor de todas, Amazon Web Services, AWS, es un tercio de la nube del mundo. De media una de cada tres fotos, intimidades, transacciones financieras, operaciones de compra y venta, post de red social o cualquier otro tipo de actuación digital que usted pueda imaginar pasa por los servidores de AWS, que custodian esa información y sus flujos. Tradicionalmente todos estos sistemas se construyen con la tecnología de espejo, es decir, se duplica o triplica la información en lugares diferentes de tal manera que es uno de ellos el que en un momento dado está conectado a la red de datos global, y el resto sólo copian, para que si el conectado sufre algún problema y debe desenchufarse uno de los de respaldo se conecte automáticamente y, de manera transparente, parezca que no ha pasado nada. Este sistema, basado en la redundancia, es costoso, caro y complicado de mantener, pero es el más seguro para garantizar que el servicio no va a ser interrumpido en ningún caso. El respaldo, normalmente, está a cientos o miles de kilómetros del principal para que los sucesos locales que afectan a uno no existan para otro.

Pues bien, ayer algo falló y los sistemas de AWS se cayeron en todo el mundo, ocasionando una perturbación global que generó enormes disrupciones durante horas, principalmente durante la mañana del horario europeo, siendo solventadas a lo largo de nuestro mediodía, amanecer en EEUU. Esto se traduce, seguro, en millones de euros en pérdidas para clientes de todo tipo, anécdotas divertidas o nada graciosas, y una muestra de que la vulnerabilidad de nuestros sistemas de vida, dependientes en extremo de la red, se vuelve a poner de manifiesto ante un fallo que Amazon deberá estudiar y explicar detalladamente. Nuevas tecnologías, nuevas ventajas, nuevos riesgos.

jueves, agosto 28, 2025

Nvidia y la IA

Ayer presentó resultados trimestrales Nvidia, la mayor empresa del mundo por capitalización bursátil. Al cierre de ayer, antes de publicarlos, su valor en Wall Street era de 4,4 billones de dólares, billones europeos, billones burros. El PIB de España es de aproximadamente 1,6 billones de euros, por lo que esta empresa vale bastante más del doble de toda nuestra producción anual. Es una de las que está en el centro de la IA, la fabricante de los mejores chips para los centros de datos que alimentan a ChatGPT y demás modelos LLM que pueblan nuestros dispositivos, y reflejo de la fiebre que existe en el sector sobre la IA y todo lo que se le parezca.

Los resultados han estado en la línea de lo esperado, sin sorpresas. La empresa ha ingresado 46.700 millones de dólares en el trimestre que va de abril a junio, y el beneficio por acción se sitúa en 1,04 dólares (tiene unos 24.400 millones de acciones cotizando a diario). Son cifras mareantes que sonrojan a cualquier otro negocio, y que ayer fueron recibidas, tras el cierre de mercado, que es cuando se publican los resultados, con caídas en la cotización del entorno del 3%. Nvidia ha acostumbrado a los inversores a batir las expectativas, y eso de que se ajuste a ellas los dejó algo fríos. Los resultados de ayer son los primeros que se publican tras la puesta en funcionamiento de ChatGPT 5.0, la última evolución del LLM de OpenAI, que ha resultado ser parcialmente un fiasco, y la creciente publicación de estudios y opiniones que hablan de un riesgo de burbuja en el sector de la IA. Uno de los que ha utilizado esa palabra es Sam Altman, el todopoderoso líder de OpenAI, afirmando seguidamente que, pese a ello, la IA es la tecnología más importante en estos momentos y que cambiará nuestras vidas. Por definición una burbuja sólo se puede afirmar que ha existido una vez que se ha reventado, porque alzas explosivas sin bajadas no lo son. La IA ahora mismo cumple varias de las condiciones necesarias que se relacionan con estos fenómenos, como el acaparamiento de inversiones, el disparo de precios o cotizaciones de todo lo relacionado con ello y la sensación de vivir algo nuevo, nunca visto, el no va más, donde las expresiones grandilocuentes se suceden una tras otra. Todas las burbujas que han sido han tenido momentos similares y luego han pinchado, dejando tras ellas numerosas expectativas frustradas, ruinas abundantes, empresas quebradas, hileras de adosados abandonados o lo que tocase en aquel momento. Quizás la imagen de burbuja que más fácilmente nos viene a la cabeza es la de la inmobiliaria de 2008, pero creo que, dado el sector del que estamos hablando, puede que sea la de las puntocom del dos mil la que no sirva mejor como referente. Con el surgimiento de internet como fenómeno social y económico se produjo un disparo desaforado de inversión, creación de empresas y empleos, y anuncios maravillosos sobre todo aquello que tuviera una versión web, fuera lo que fuese. En España Terra se convirtió en el fenómeno burbujero. Partiendo de los 11 euros de cotización llego a superar los 130, y acabaría con el tiempo valiendo nada. Aquella burbuja, que arruinó a más de uno, produjo una depuración del ecosistema empresarial ligado a internet, arrasó muchas empresas, algunas de ellas valiosas, la mayoría superfluas, y creo las bases de lo que luego ha sido el negocio en la web tal y como lo conocemos. Internet sí transformó nuestras vidas, como se anunciaba por entonces, pero de una forma algo más lenta y para nada como se esperaba, ya que fue la eclosión de la web y sus simbiosis con los teléfonos móviles lo que realmente ha transformado las economías, y sociedades, en lo que ahora son. Por tanto, algo de aquellos mensajes de trascendencia que se postulaban en su momento sí se ha cumplido, pero obviamente no todo. La inversión en la red y en todo lo relacionado con ella ha seguido creciendo tras el derrumbe y hoy en día es imposible imaginar la vida sin conectividad. Los negocios que sí han sabido subirse a esa ola se han hecho de oro, el resto han logrado adaptarse o se han quedado atrás, y de aquel reventón queda bastante como resto útil, por lo menos si lo comparamos con el desastre del ladrillo patrio de hace tres lustros.

¿Va a pasar lo mismo con la IA? ¿Estamos en el punto álgido de una burbuja que ha sobreestimado sus efectos y va a generar una crisis? ¿Surgirá de esa crisis la economía de la IA libre de humo y promesas huecas que ahora pueden estar llenándolo todo? No lo se, es muy difícil hacer vaticinios sobre esto. Estudiar el pasado permite reconocer patrones que, como les señalo, se vuelven familiares en la situación actual, pero el futuro no está escrito y no tiene por qué repetirse de igual manera. En todo caso, Nvidia y el resto de las empresas que ahora, o pertenecen a ese sector o apuestan por él, son, hoy en día, las más punteras, valiosas e importantes del mundo. Y eso ya es mucho. Mañana ya se verá.

jueves, agosto 21, 2025

Tecnología incapaz frente al fuego

Si este fuera un país normal, tras conseguir apagar los fuegos, se organizaría un equipo de trabajo para estudiar qué es lo que ha pasado, cuáles han sido las causas, organizar la detención de aquellos que hayan provocado los incendios que no sean fruto del azar, evaluar todo lo que se podía haber hecho semanas y meses antes de que empezaran, redimensionar los efectivos de bomberos y avisos, y empezar a planificar cómo recuperar las zonas afectadas. Tranquilos, no se hará nada de eso. Requiere trabajo y pensar. Sólo tendremos sucia bronca política muy bien alimentada por sandeces vestidas de argumentarios de parte.

Lo que si requiere una pensada profunda, y no sólo aquí, es cómo combatir unos incendios que, en todas partes, adquieren cada vez más unas dimensiones que no son controlables. No hemos pasado la ola de calor más dura e intensa de la historia, por mucho que diga el gobierno, pero no es necesario que eso sea así para que unos cuantos días sostenidos a cuarenta grados hagan que las cosas ardan con sólo mirarlas fijamente. Aquí, en California, en Canadá, las oleadas de incendios crecen y los sistemas de extinción siguen anclados en los mismos métodos que se usaban hace décadas. Mucha intervención humana a pie de tierra y ataques aéreos con helicópteros y aviones anfibios descatalogados que sólo se usan para estos menesteres. Al contrario que otras muchas cosas, el fuego no se ha digitalizado, y las nuevas tecnologías que nos ofrecen todo tipo de comodidades al alcance del dedo apenas son capaces de aportar nada en la extinción de unos fuegos que cogen dimensiones monstruosas. Ya hace años suponía que, con la creciente dimensión del problema, agravada por unos veranos cada vez más largos e intensos, surgirían ideas sobre cómo poder atacar esos frentes de llama de una manera más efectiva, o cómo diseñar sistemas de aviso de alta velocidad que permitan atacar a toda velocidad un fuego nada más iniciarse, con el objeto de que no se descontrole en los primeros instantes, ofreciendo de esta manera una ventana de oportunidad. Pero no, no parece que se haya creado nada por parte de la comunidad científica e ingenieril. Si desde el martes las labores contra el fuego avanzan se debe más a la mejora en las condiciones meteorológicas que a la propia labor de los esforzados que se están dejando la piel frente a las llamas. Si la ola de calor llega a durar una semana más a lo mejor el fuego se apaga cuando llegue al mar, o a un terreno ya yermo en el que nada pueda arder. Contemplar la impotencia de los que se dedican al tema frente a un fenómeno tan destructivo contra el que apenas se puede hacer nada resulta desoladora. Hay gente miles, millones de veces más lista que yo, que seguramente podría crear algún tipo de tecnología o hacer brotar ideas novedosas sobre cómo atacar esos incendios, o al menos la manera de impedir que avancen y contener sus perímetros. ¿No hay sustancias retardantes efectivas que se puedan arrojar sobre aquellas masas boscosas a las que las llamas se acercan para que no ardan? Que tanto satélite y móvil sólo sirva para que llevemos un recuento lo más actualizado y preciso de las dimensiones del desastre resulta descorazonador. Y claro, para que podamos poner corazoncitos en las imágenes de los que luchan contra el fuego o las de los que han perdido sus casas. Y, desde luego, para lanzar insultos a diestro y siniestro y convertir las redes en un remedo sin llamarada del incendio que devora la realidad. Los botoncitos virtuales no ayudan para nada ante un problema que sigue siendo cruelmente analógico. Y, por lo visto, poco rentable.

Tampoco se ha inventado nada para el después. Los cientos de miles de hectáreas arrasadas han liberado toneladas de CO2 a la atmósfera en cantidades ingentes, que estaban almacenadas y ahora ya se han puesto otra vez en el sistema climático, reforzando el proceso de calentamiento global. El terreno tardará décadas en cubrirse de arbolado, porque no se ha inventado nada parecido a una clorofila artificial que permita crear “árboles” que realicen una fotosíntesis artificial pero efectiva. La velocidad de recuperación de los espacios sigue siendo la misma que hace décadas, siglos. Otro enorme problema analógico para el que, por lo que parece, tampoco hay ideas novedosas. No, tampoco debe ser rentable.

viernes, julio 04, 2025

Revolución militar en Ucrania

Aunque hoy sea festivo en EEUU, y en Elorrio, poco podemos celebrar los occidentales dadas las decisiones que emanan de Washington tras la llegada al poder de Trump. Esta semana, por indicaciones suyas, se ha detenido el flujo de armamento que los norteamericanos suministraban a Kiev en virtud del último paquete aprobado en la etapa Biden. Los ucranianos necesitan esas armas como agua de mayo y restringirlas es uno de los mayores favores que se le pueden hacer a un crecido Putin, que redobla los ataques aéreos sobre las ciudades ucranianas con olas crecientes de drones de licencia iraní y producción propia.

Ante esto, Kiev tiene que tirar de ingenio, y en esta guerra estamos viendo cosas que son muy interesantes, no se si el futuro de lo militar, pero a estudiar en todo caso. Es esta una guerra extraña, que mezcla posiciones estáticas y trincheras al más puro estilo IGM de hace más de un siglo junto con toda la tecnología imaginable propia de la época en la que estamos viviendo. Los zapadores y las zanjas se juntan con los operadores de drones y la búsqueda de objetivos de precisión con las armas más avanzadas posibles. En el campo de los drones aéreos hemos visto una revolución en ambos contendientes, con una presencia abrumadora de este tipo de armas, desde las más pequeñas, destinadas a observación o a la eliminación de soldados de manera individual hasta los que actúan como bombas volantes de gran impacto, pero el efecto de los drones va mucho más allá, con la presencia novedosa de robots de tierra que no vuelan, pero tienen un funcionamiento bastante similar a los de los cuadricópteros en cuanto a autonomía, versatilidad y capacidad. Les enlazo aquí dos ejemplos, uno de la empresa Milrem Robotics y otro de la empresa ucraniana Tencore. Las plataformas que fabrican ambas empresas son similares, mayor en tamaño la norteamericana, menor la ucraniana, pero hermanas por así decirlo. Son un juego de orugas con capacidad de desplazamiento tanto mediante diésel como baterías que sirven como base para instalar sobre ellas todo tipo de dispositivos; de observación, vigilancia, carga, armamento de disparo, etc. También sirven como sistema de carga para transportar pertrechos, utilizándolos como carros de caga, recuperar soldados heridos, y cualquier cosa que usted pueda imaginar. Disponen sistemas de GPS y de control remoto de tal manera que pueden ser operados tanto por los soldados que disponen de ellos como de manera remota por operadores que trabajan desde lugares ocultos y a refugio. Su polivalencia es enorme, y fabricados en masa, pueden ofrecer un rendimiento muy elevado a un coste realmente bajo. Sirven para casi todo y suplen, nuevamente, a plataformas caras de gran volumen como tanques, vehículos convencionales de orugas o incluso camiones, todos ellos necesitados de una tripulación humana que puede ser eliminada por parte del enemigo, causando bajas preciosas y pérdida de los vehículos. En este caso, al no estar pilotados presencialmente, no hay pérdidas humanas en caso de que el transporte sea atacado, y el valor bastante menor del aparato respecto a las caras plataformas los hace menos valiosos de cara a su eliminación. Imaginemos una posición de combate en la que varias de estas máquinas operan de manera coordinada suministrando, informando, atacando…. La escena resulta extraña, pero es propia de una visión futurista de una guerra robotizada en la que hombres y máquinas autónomas operan conjuntamente en el campo de batalla. Como es obvio, este tipo de elementos también pueden ser utilizados con sistemas de IA, de tal manera que, al igual que podemos planificar ataques con enjambres de drones, también podemos crear enjambres con este tipo de robots para crear operaciones masivas coordinadas, sin la presencia de soldados humanos. Las posibilidades que ofrecen estos elementos sobre el terreno son enormes, y, también, inquietantes.

Uno de los comentarios que se lee habitualmente respecto a toda esta revolución de drones y equipamientos ligeros es que el terreno no se conquista en una guerra con este tipo de dispositivos, sino con las plataformas convencionales cara, y con soldados, vamos, como siempre. No le falta razón a este argumento, pero no es menos cierto que la capacidad que ofrecen estos nuevos dispositivos para causar daños, bajas y meter miedo al enemigo, sea civil o militar, es enorme. Quizás lo suficiente como para facilitar la toma del terreno, ablandando mucha de la posible resistencia con todos estos dispositivos. ¿La guerra con robots es el futuro? No lo se, pero, desde luego, no lo descarten.