miércoles, noviembre 26, 2025

Precios desatados en el supermercado

Hay varias razones que provocan que la buena salud macroeconómica del país no sea percibida como tal por grandes capas de la población. La más profunda es el estancamiento en la productividad de nuestra economía, concepto este un tanto esotérico en ocasiones, pero que provoca que la renta de los individuos no crezca en el tiempo. Nuestra economía crece principalmente por agregación, porque somos muchos más, pero las rentas de cada uno llevan estancadas mucho tiempo, y eso da una sensación de parálisis difícil de combatir con estadísticas.

Y luego, claro, está el momento de ir a hace la compra. El repunte inflacionario que se vivió tras la salida del Covid y el estallido de la guerra de Ucrania se ha moderado, pero eso significa que los precios, que subieron mucho, ahora suben bastante menos, pero han pasado de estar a un nivel dado a otro mucho más alto, no han vuelto a sus orígenes. Y uno de los sectores en los que las subidas se han notado más ha sido el de los alimentos. Ir al supermercado a hacer las compras semanales se ha convertido en un ejercicio de sorpresa, desagradable, para casi todo el mundo. Reconozco que no es exactamente mi caso, dado que llevo una vida anómala en ese sentido (en otros muchos también) y no hago lo que se dice una compra convencional, pero veo los medios y, sobre todo, tengo gente a mi alrededor, con o sin familias, con pocos o bastantes hijos, que adquieren mucho producto fresco de alimentación con elevada regularidad, y me ponen al corriente de cómo están las cosas. Uno ve en la tele que la gripe aviar provoca la eliminación de algunos millones de ejemplares de gallinas ponedoras y que eso va a suponer restricciones en la oferta de huevos, y luego en el café es donde me entero más o menos de cuánto costaba antes una docena y a cuánto se ha puesto ahora, o incluso cuánto se puede pagar por packs en los que ya no se ofertan doce unidades, sino diez o menos. Si uno consume huevos en casa con asiduidad, y sus hijos también, el coste de la compra de ese producto se notará muy rápido en la factura del súper, y eso generará un efecto de pobreza evidente al que los adquiere. Realmente la subida de precios genera dos efectos, uno el llamado sustitución, que es el de la variación de la demanda por el cambio en los precios relativos. Suben los filetes de ternera, y por tanto compro menos ternera y más pollo, intentando adquirir la misma cantidad de producto. El otro efecto es el llamado efecto renta, al subir el precio de algo mi disponibilidad total de gasto se reduce, dada que la cifra que tengo para consumir es menor, por lo que me veo obligado a comprar menos del bien que se encarece, o a restringir la compra de otros si quiero mantener el que se ha puesto más caro. Los dos efectos son negativos para mi capacidad de gasto y pueden generar diferentes escenarios en la cesta de la compra de cada uno, pero obligan en todo caso a hacer reajustes no deseados, y eso resta utilidad, genera insatisfacción. Si no son sólo los huevos lo que sube, sino que también la carne, frutas, verduras, café y otro montón de elementos se unen al carro de las subidas la percepción de muchos cuando sales de la caja de la tienda con las bolsas de la compra es que son más pobres, porque su dinero les permite cada vez comprar menos, y es una percepción cierta. Hay bienes que mantienen precios controlados, o a la baja, y la gasolina es uno de los más relevantes, por lo que ofrecen un cierto alivio, pero es verdad que el efecto de las variaciones de precios es mayor cuanto más necesario y generalizado es el uso del bien. No todos usan el coche cada día, aunque sí servicios que requieren motores de combustión, pero es una costumbre generalizada comer de manera regular a lo largo de la jornada, y de todas las jornadas. Por ello que baje la gasolina beneficia a bastantes, pero que suban los frescos perjudica a casi todos.

Llegando como estamos a las fechas navideñas, suele ser habitual que se de un subidón de precios en productos que podríamos denominar suntuarios, como el marisco o ciertas carnes y pescados de postín, y es casi una tradición ver hasta qué niveles llegan los centollos en una lonja de pescados gallega, pero lo cierto es que uno puede renunciar a uno de esos presuntos manjares sin que eso suponga sacrificio alguno, y comerlo fuera de las semanas de las fiestas sin arruinarse. El problema está cuando lo que sube es el ABC del menú de muchos de los ciudadanos en su vida normal, a lo largo de todo el año. Y ahí el sacrificio es doloroso y genera mala (y quizás también cara) uva.

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