En el día
en el que en España se ha conocido el fallo del juicio al Fiscal General del Estado,
algo de justicia en medio de la usurpación sanchista de las instituciones, en
los medios internacionales se iban filtrando los presuntos puntos de acuerdo de
las conversaciones que, al parecer, se están desarrollando entre EEUU y Rusia
sobre el futuro de Ucrania. Encabezadas por Steven Winkoff, el ricachón amigo
de Trump que también ha estado detrás del plan de pacificación de Gaza, estos
encuentros se producen en un ámbito muy reservado, y a ellos no están invitados
ni representantes de la UE ni del país invadido, lo que es una buena muestra de
lo que puede salir de ellos.
Los detalles que se han conocido asustan. Rusia promete detener las hostilidades si Ucrania acepta los siguientes puntos; reconocimiento pleno de la soberanía de Moscú sobre Crimea, entrega a Rusia de todo el Dombas, lo que implica la franja de tierra ya conquistada por las tropas de Moscú y zonas aún en disputa o en posesión ucraniana, y reducción muy significativa de las fuerzas militares ucranianas, con la renuncia expresa a poseer armamento de medio y largo alcance capaz de alcanzar territorio ruso, y la nula presencia de fuerzas militares de otras naciones, léase de aliados europeos, en su territorio. A cambio de esto se acabarían los combates por parte de Rusia y EEUU ofrecería garantías de seguridad a Ucrania de que sus fronteras serían estables. Recordemos que los términos de “garantías” y “seguridad” expresados por boca de portavoces de la Casa Blanca bien poco significan en los oscuros tiempos de Trump. En definitiva, el pacto que se puede estar negociando a espaldas del país agredido puede suponer su mutilación y sometimiento, y ese sería el mejor de los escenarios que se le ofrecen. Todo parece indicar que si, finalmente, acuerdos o términos de este tipo se hacen públicos, la presión de los dos grandes países recaería en el gobierno ucraniano, que sería forzado o a aceptar unas condiciones infames o, de no hacerlo, a ser tachado de belicista y culpable del mantenimiento de la guerra. Un vulgar ejercicio de matonismo callejero donde la pandilla violenta pega al indefenso y, si este no se somete, se le acusa de merecerse el castigo que recibe por parte de los delincuentes. Ayer un representante del gobierno de EEUU se reunió en Kiev, de manera formal, con miembros del gobierno de Zelensky, y es más que probable que fuera el encargado de comunicar a los representantes de Kiev estos y otros puntos del plan negociado, entregados como un texto cerrado en el que Kiev sólo tiene la opción de rubricar, no de añadir o de opinar. Los comentarios que han salido de fuentes oficiales ucranianas mezclan la incredulidad no expresada como tal como su voluntad a la negociación y sus líneas rojas, referidas al no reconocimiento de pérdidas de soberanía territorial fruto de una agresión invasiva injusta. Como pueden imaginar, el terreno en el que nos movemos ahora mismo es pantanoso, porque no hay constancia oficial de que la oferta que reciba Kiev se encuentre sujeta a esos términos, pero cuadra bastante con la posición que Trump ha ido expresando en público en los últimos tiempos, posición que cada vez se ha ido escorando más y más hacia los deseos de su buen amigo Putin. Si las cosas acaban siendo así, Ucrania se encontraría ante un texto que le deja convertido en un país pelele, en una especie de marca sometida a Moscú sin la capacidad, fuerza, de decisión necesaria respecto a su futuro. Y todo esto sucede cuando los avances rusos en el frente siguen siendo escasos pero constantes y los muertos civiles en el resto del país por los drones de Moscú se cuentan por decenas cada día.
No es Checoslovaquia en 1938, pero se le parece. Ucrania perdería y sería desposeída de parte de su integridad, soberanía y sentido de nación. Y Europa, en su conjunto, se enfrentaría directamente a una situación en la que Rusia habría obtenido réditos fruto de una agresión territorial injusta. La guerra le habría rentado al dictador ruso, lo que lanza un mensaje de lo más amenazante a todo el continente. ¿Qué garantías de seguridad tendrían los países bálticos en un escenario semejante? ¿Cuál es la credibilidad de unos EEUU rendidos ante los pies de Rusia, fruto de la admiración mutua que se tienen sus líderes? Traición, a esto suena la propuesta.
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