Y no, no me refiero hoy a los encuentros entre Cerdán, Ábalos y demás miembros de la ejecutiva socialista, que de mafia parecían saber bastante y de reunirse más, siempre a cuenta de Rey, o más bien de su y mi dinero, querido lector. Hablo de la reunión que tuvo lugar ayer en la Casa blanca entre Trump y Mohamed Bin Salman, MBS, el hombre fuerte de Arabia Saudí. Ambos mandatarios firmaron acuerdos de intercambio comercial. MBS comprará aviones F35, los más caros de los que se fabrican en EEUU, los mismos que se le venden a Israel, y el reino del desierto promete realizar inversiones inmensas en territorio norteamericano. Apretones de manos, risas mutuas y compadreo nada disimulado.
La CIA ya dejó más o menos claro que el asesinato del periodista KAshogui en el consulado de Arabia Saudí de Estambul fue ordenado por MBS. Kashogui trabajaba para el Washington Post y había destapado varias corruptelas que afectaban MBS y su entorno, y se convirtió en un enemigo del régimen saudí. Su asesinato, y posterior descuartizamiento, escandalizó a la opinión pública mundial y forzó a un enfriamiento de las relaciones de varias naciones con Riad, entre ellas los propios EEUU de un Biden que tenía bastante claro que había pasado allí y quién había dictado la orden ejecutora. Pues bien, llega Trump al poder y pelillos a la mar. Las relaciones Washington Riad se restablecen de la manera más plena posible, con los llamados acuerdos de Abraham de fondo para estabilizar todo Oriente Próximo y las declaraciones del magnate rubio sobre el príncipe saudí escalan en elogios cada vez que él es preguntado al respecto. Y todo hasta llegar al momento de ayer, en el que MBS es recibido en la residencia del poder ejecutivo de EEUU con toda la pompa posible, con deferencias que se emplean en las ocasiones distinguidas, y con una cordialidad absoluta. Parecía lo que era, la reunión de dos compadres. En el encuentro posterior ante los medios, una periodista de la ABC pregunta a Trump sobre Kashogui, sobre las acusaciones que pesan sobre MBS en relación con su asesinato y si tiene algo que añadir. Trump empieza desviándose, pero al poco se lanza, en defensa absoluta de su anfitrión. Dice que ese periodista era una persona que no caía bien a todo el mundo, que es un asunto complicado y que, bueno, son cosas que pasan. “Cosas que pasan” es la valoración que el presidente de EEUU otorga a un asesinato cruel presuntamente ordenado por el señor que se encontraba a unos pocos centímetros de él. “Cosas que pasan”, supongo que todos tenemos conocidos a los que les “han pasado cosas”, ¿qué hay más natural y cotidiano que un vecino, amigo o conocido acabe siendo descuartizado después de desaparecer? Supongo que en el mundo de la mafia debe ser una de las maneras habituales para librarse de soplones, chivatos, testigos y, en general, todo aquel que sea considerado por los capos como sobrante. Una ejecución y listo, a otra cosa. Los medios de todo el mundo recogen las palabras de Trump y se quedan alucinados, pero el presidente apostilla, aumentando la dimensión de la vergüenza de lo visto ayer, criticando a la periodista por ser descortés con el invitado que en ese momento se encuentra en el Despacho Oval. “Tiene a usted a un dictador de primer nivel, a un ejecutor despiadado, trátele con el respeto debido o lárguese” parecía querer decir Trump con su mirada a una reportera que ya no sabía dónde meterse después de haber obtenido unas de las declaraciones más obscenas que imaginarse uno pueda. La reunión sigue entre los mandatarios, con los anuncios de inversiones y otras preguntas, pero el encuentro ya queda marcado por lo sucedido. Trump no sólo ha rehabilitado a MBS, lo ha elevado a sus altares y ya se ha convertido en otro de esos hombres fuertes que admira y envidia, que aspira a imitar en sus formas y modos de gobierno.
Todo es tan obsceno que mereciera ser una mera película, ficción, y asustaría en ese caso. Pero no, es real, el mandatario del país más poderoso del mundo, garante de la estabilidad financiera y geopolítica global sigue en su proceso de alianza con lo peor del planeta, con las dictaduras más crueles, y encamina a su país, y a eso que se llama occidente, a una incongruencia que no puede ser resuelta. Que MBS o Putin sean sujetos admirados por el Presidente de EEUU no es ya una anomalía, sino una señal de alarma que no deja de avisar que algo se está resquebrajando bajo nuestros pies. Me temo que no somos conscientes de la gravedad de lo que está pasando.
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