El pasado sábado por la noche me llamó un buen amigo, MLLP, para que, sin falta, acudiera el domingo por la mañana a la tercera y última interpretación del oratorio “El libro de los siete sellos” en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo sinfónico de la orquesta y coros nacionales de España. Mi amigo salió extasiado de una obra que ya me comentó que iba a ir pero de la que yo carecía por completo de referencias. Compuesta por el austriaco Franz Schmidt y estrenada en 1938, nada había en mi cabeza para situar obra e intérprete, más allá del miedo de que se tratase de un ejercicio de vanguardias, de los que suelo huir porque no me gustan. Me aseguró que no, que no me iba a arrepentir, y que fuera sin dudarlo.
Por la noche, compré una entrada en el Auditorio para la sesión del domingo, porque me fío del gusto de mi amigo y de su sabiduría, no sólo musical, y allí que me planté en una fría y cubierta mañana, arriba del todo, en la grada alta, que permite ver a distancia y escuchar perfectamente. La obra consta de una introducción y dos partes, sin intermedio, y llega prácticamente a las dos horas de duración. La orquesta requiere la presencia de casi todos sus componentes y de un elevado grupo de percusionistas, y el coro estaba reforzado por el de la Comunidad de Madrid, ocupando por completo la bancada posterior al escenario donde se sitúan los instrumentistas. La obra me encantó. Sí, no es atonal, es melódica, y no es una imitación del barroco como pudiera pensarse al tratarse de un oratorio, sino una sucesión de música bella y potente con un recitativo que le permite ir avanzando en el texto y una orquesta, coro y órgano utilizados en su máxima expresión. Se alternan los pasajes tranquilos y melódicos con otros de gran exaltación, de enorme potencia sonora y dramática, y existe un grado de unicidad en la obra que permite identificarla y seguirla sin dificultad. Es posible encontrar ideas en la música de carácter cinematográfico, que recuerdan a algunos pasajes de Körngold, Waxman o Hermann, autores de una época posterior pero que tuvieron un mismo origen germánico y que escaparon con su calidad y formato a un Hollywood que llenaron de su estilo clásico. La cuestión es que no quiero fijarme tanto en el aspecto musical como en otro. A medida que la obra avanzaba me iba preguntando por qué una música tan buena, tan potente, era tan desconocida. No soy un experto absoluto en música clásica, ese es un mundo de una dimensión tal que es imposible abarcarlo por completo, pero lo cierto es que de esta obra apenas hay referencias, es algo exótico y está completamente fuera no ya del canon, que también, sino directamente de lo que puede llegar a sonar en el mundillo. ¿Por qué ese olvido? El programa de mano señalaba dos causas, una la actitud cobarde del compositor una vez que el régimen nazi se hace con el poder en su país, se estrena en un 1938 con el anschluss recién producido, lo que hizo que tras la derrota nazi su figura fuera orillada, y la otra, más importante, era el tono de la composición, el estilo, alejado de las vanguardias dominantes. Tras el derrumbe del romanticismo la música atonal, el dodecafonismo y otras variantes de lo que se denominaron vanguardias se hicieron con el poder de la música clásica occidental, y los compositores que no se sometieron a ellas fueron tachados de rancios, de desfasados, de carcas. Schdmit es uno de ellos, de muchos, que no se rindió a un estilo imperante que no le gustaba. Hay aires de Bruckner en su obra, del primer Mahler, de una estructura sinfónica brillante que escapa de las formas de vanguardia, que no deconstruye nada. Y probablemente esa fuera la causa principal de que su obra quedase muerta de risa tras la derrota del totalitarismo, porque tras eso la vanguardia siguió dominando el pensamiento y la historiografía musical durante muchos años. Al igual que era políticamente correcto decir que la magnífica música orquestal que se componía para Hollywood fuera considerada menor, mero accesorio comercial de productos de baja calidad, ese mismo desprecio se extendía a todas las composiciones de autores no relacionados con el cine que se dedicaran a extender sus ideas en un pentagrama con estructuras clásicas. Ese dogmatismo, errado como lo son todos, ha ido perdiendo fuerza a medida que la vanguardia, constatado su fracaso como elemento escuchable, se ha debilitado.
¿Cuántas obras y autores habrán quedado arrumbados por culpa de esa visión sesgada de la vanguardia? En general, lo que se pone de moda, y lo que la academia dictaba, en los tiempos en los que imponía todo su poder, hacen que muchas obras de otro tipo sean expulsadas, y a veces el tiempo y la suerte logran rescatarlas, pero en no pocas ocasiones la pérdida es definitiva y el olvido caer sobre autores y partituras que ya no volverán a la luz. El oratorio de Schmidt es una obra colosal, digna de figurar en el repertorio sacro de cualquier festival. La belleza del arte no entiende de estilos y épocas, su grandeza radica también en la atemporalidad, en lograr conmover a públicos distantes en el tiempo y contexto. Y Schdmit, en esta obra, lo consigue.
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