viernes, noviembre 07, 2025

Marruecos se hace con el Sáhara occidental

Esta semana se cumple el medio siglo de la marcha verde, una de esas movilizaciones populares que son tan bien orquestadas por los gobiernos en países autoritarios cuando lo requieren. El régimen de Franco agonizaba, literalmente, con el dictador en el hospital esperando el hecho biológico, como se decía en los medios afines, y Hassan II, el entonces Rey de Marruecos, vio una ventana de oportunidad que no dejó escapar. Ansiaba ese terreno, situado al sur de lo que entonces era Marruecos y entendió que una política de anexión era ideal para reforzar su papel como regente y mantener al país bien sujeto bajo su mandato. La vida en Marruecos era de una gran pobreza y no hay nada que le venga mejor a un régimen que el patriotismo para ocultar miseria.

El Sáhara occidental era una provincia española más en la que regía la ley y administración que mandaba en el resto del país. Se estaba elaborando un censo por parte de las autoridades españolas para iniciar un proceso de autonomía en el marco de la descolonización que se dio en el resto de dominios europeos en África desde el final de la IIGM, coincidiendo obviamente con el ascenso del poder de ideologías no occidentales y el derrumbe de las naciones europeas, destruidas tras la contienda. El Sáhara resultaba ser la menor de todas las posesiones que los europeos tenían en el gran continente africano, y es de las pocas en las que el trabajo de la colonia se notó en algo más que la explotación de los recursos. Infraestructuras, colegios, hospitales… instalaciones de todo tipo se construyeron allí, y frente a la visión segregacionista que dominó en países como Francia y Reino Unido con respecto a sus colonias, los ciudadanos del Sáhara eran españoles de pleno derecho. No, no todo era de color de rosa, evidentemente, pero la situación no era la que uno entiende como explotación colonial. En fin, la marcha, un movimiento civil que ocupó el territorio, se encontró sin oposición alguna por parte de las autoridades españolas, que estaban muy nerviosas por lo que se suponía que iba a ser un momento decisivo en la estructura de poder del país, la muerte de Franco, y no tenían claro qué hacer ante los miles de ciudadanos marroquíes que entraban en el territorio y ciudades. La opción de una respuesta armada frente a ese movimiento era impensable, y no se dio. Marruecos se anexionó de facto los territorios, pero los saharauis que vivían en ellos se negaron a que el poder de Rabat fuera el dominante, y ahí empezó una huida por parte de muchos de ellos al interior del continente, creándose una estructura de campamentos para refugiados, que escapaban del dominio y la represión marroquí. El frente polisario, una facción de la oposición saharaui, decidió emprender el camino de las armas. Aunque empezó a atacar a principios de los setenta a las autoridades españolas, con la idea puesta en la independencia del Sáhara y su constitución como nación, al poco tiempo se encontró con que Marruecos era la potencia ocupante, y lo que acabó siendo la guerra del Sáhara se dio entre los polisarios y Marruecos. Años de enfrentamiento, muertes, tierra quemada, enormes extensiones minadas y muros que acabaron parcelando el territorio y llenando los campos de refugiados de gente huida del conflicto. La guerra acabó con un alto el fuego en el que ambas partes cesaban las hostilidades y se llegaba al compromiso de realizar un referéndum de autodeterminación de la región, previa elaboración de un censo basado en el que las antiguas autoridades españolas comenzaron a elaborar en los años setenta. Desde entonces, años noventa del siglo pasado, Marruecos ha ido entorpeciendo de manera constante la posible celebración de esa consulta, los saharauis han ido malviviendo en sus lugares de desplazamiento y Rabat ha realizado una explotación selectiva e intensa de las riquezas mineras de la zona, especialmente los fosfatos. La posición tradicional española, compartida por todo el espectro ideológico, ha sido la de apoyar a los saharauis y defender la consulta, a veces con la voz muy alta, otras baja, en función de cómo evolucionaban las complicadas relaciones con el vecino marroquí. La causa saharaui ha sido una de las banderas clásicas de la izquierda española y todos los años niños de esa zona acuden a pasar veranos en España, en programas de acogida que son numerosos y que reciben un gran apoyo por parte de muchos ciudadanos de nuestro país.

En uno de sus inexplicados y sorprendentes cambios de opinión, Sánchez decidió un viernes por la tarde tirar por la borda toda la trayectoria saharaui del PSOE histórico y apoyar la visión marroquí, que consiste en que el Sáhara sea una provincia más del reino alauí, con una autonomía relativa, pero soberanía propia nula. EEUU en el primer mandato de Trump se decantó por esta propuesta y, desde entonces, no ha cambiado de idea. La decisión de la ONU de hace unos días de respaldar esa idea es un regalo para Marruecos, un hundimiento para las aspiraciones de los saharauis de ser alguna vez una nación y, para España, un motivo más de vergüenza tras cincuenta años de forzado abandono tras la huida. Rabat gana, Mohammed VI gana.

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