Sobrevivo en Madrid gracias al metro. Tengo un coche que duerme en lonja en el pueblo y, hace años, pasó un verano en la capital, pero tengo la suerte de tener una boca de metro cerca de casa y más cerca aún de la oficina, por lo que no necesito vehículo para desplazarme. Sin ese servicio público de transporte la ciudad sería invivible, estaría sumida en el colapso permanente. Lo mismo se puede decir, a menor escala, respecto al servicio de autobuses o al de cercanías de RENFE. Entre semana, y en hora punta, somos cientos de miles de trabajadores los que los utilizamos para ir a nuestros empleos, y los cogemos otra vez para volver a casa. Sin ellos no sería posible.
Por eso, asistir como ha sucedido al constante proceso de degradación de los servicios de cercanías en nuestras ciudades, fruto del abandono por parte de la administración central, no me atrevo a decir que si por premeditación o por pura necedad, es sangrante, es injusto, y, sobre todo, supone un golpe para las rentas medias y bajas, que no disponen alternativa de transporte ni medios para sufragarse un vehículo o similar. Dejar morir las cercanías es golpear a las capas de la sociedad que más requieren el servicio público, con un gobierno cuyo constante marketing no hace sino pregonar su defensa de ese tipo de bienes, los públicos. El abandono es constante, y sus efectos progresivos, pero aquí también se puede utilizar esa frase que se le atribuía a Mark Twain. A la pregunta de cómo llegó a la ruina respondió “primero poco a poco, luego, de repente”. Desidias, faltas de inversión y mantenimiento, orillamiento, dejadez… el estado de la infraestructura y los trenes se va deteriorando poco a poco, como todo lo que se usa, y empiezan la catarata de incidencias que ataca la fiabilidad del servicio y lo convierte, poco a poco, en una lotería. Sus usuarios, recordemos que muchos de ellos sin alternativa, empiezan a ver al cercanías no como una solución, sino como el primero de sus problemas diarios. Aglomeraciones constantes, interrupciones de servicio, paradas no programadas, horarios que son fantasías… la dinámica del mal funcionamiento se instala como rutina, y de ahí a que se produzca un incidente serio no suele mediar demasiado. Todo esto se ha vivido así tanto en Madrid como en Barcelona, pero por las informaciones que han llegado desde allí, los incidentes han sido más serios y continuados en el área metropolitana catalana. A ninguno de los irresponsables políticos regionales que han pasado por cargos de poder en esa comunidad le ha interesado eso en lo más mínimo, seguramente porque muchos de ellos consideran en su fuero interno como chusma a la mayor parte de los usuarios del cercanías, no son “de los suyos”. En fin, ha querido la desgraciada casualidad que el Rodalies, que es la marca con la que el cercanías de RENFE opera allí (sí, para desvincularse del estado sí han sido efectivos, para nada más) tuviera un grave incidente en la misma semana de la tragedia de Adamuz, con el balance de un maquinista en prácticas fallecidos y decenas de heridos al descarrilar una unidad por desprendimiento de un talud de la AP7, en este caso parece que fruto de las intensas lluvias que han azotado toda aquella zona. A partir de ahí se ha producido un pulso entre los maquinistas, que llevaban tiempo denunciando el deterioro del servicio y la inseguridad creciente, y los gestores de las entidades ferroviarias y administrativas, que han hecho todo lo posible para acallar las críticas y no solucionar ninguno de los problemas. Plantes, huelga, revisión de las vías prometida y no realizada, nuevos sustos, nuevas huelgas, interrupción total del servicio durante el fin de semana ante la incapacidad del asegurar el funcionamiento correcto del mismo, rearranque ayer y un cúmulo de incidencias, incluidas las informáticas, que lo dejaron todo nuevamente medio parado…
Cientos de miles de usuarios catalanes ninguneados, burlados, despreciados por las administraciones a las que pagan sus impuestos y que ven como no hay manera de que el servicio de trenes funcione, mientras que el número de cargos y asesores en la administración y empresas paralelas no deja de crecer, al igual que sus nóminas. Lógica indignación, sensación de estafa, cabreo, descrédito absoluto ante las vacías promesas de un gobierno regional y nacional que miente más que habla, y en el día a día, incomparecencias en el trabajo, citas perdidas o aplazadas, malestar, angustia y todo lo que ustedes ya saben. Sí, sale muy caro tener a unos inútiles al mando. A ellos, a sus elevados ingresos, no. Al resto del país, carísimo.
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