viernes, enero 23, 2026

El discurso de Marck Carney

Esta semana han pasado bastantes cosas fuera, mientras en España estábamos doloridos por la tragedia ferroviaria de Adamuz. Lo más trascendente ha sido la celebración del foro de Davos, antaño encuentro anual cumbre de la globalización financiera y del poder, que ha ido mutando, desde el crecimiento de los populistas, a una franquicia desde la que se intenta mantener el espíritu liberal en medio del acoso que sufre. Trump acudió y dio un discurso menos belicoso de lo esperado sobre Groenlandia, aunque como es habitual en él, resulto inconexo, vulgar y lleno de frase noticiables por su descaro.

Lo más relevante de lo que ha pasado en esa montaña suiza es el discurso del primer ministro canadiense, Marck Carney. Está disponible en YouTube en varios enlaces, por ejemplo este. Dura poco más de un cuarto de hora y es la mejor descripción de la situación que se vive ahora en el mundo. Carney adopta una postura didáctica, pero no elude en ningún momento las palabras claras y evita eufemismos. La base de toda la alocución es asumir que el mundo del pasado ya no va a volver, que la estructura internacional que ha funcionado desde la IIGM basada en un consenso tácito de respeto de reglas comerciales, políticas y sociales se ha fracturado porque las potencias que han sostenido ese consenso, especialmente EEUU, han decidido que ya no les vale, que pueden ejercer directamente el poder por el poder y la fuerza de la que disponen para hacer de sus deseos la voluntad de los demás. Curiosamente, EEUU ha sido uno de los países más beneficiados desde que este orden global se instauró, pero su posición hegemónica, derivada en parte de ese orden, le otorga la capacidad de poder destruirlo creyéndose inmune, y es lo que ha empezado a hacer, fruto del poder de las fuerzas populistas que se han hecho con el control del gobierno en Washington. Carne y llama a asumir lo que son hechos, que la Alianza trasatlántica se encuentra en grave riesgo, que la fiabilidad de Washington se ha ido, que la visión multilateral de responsabilidad compartida naufraga en medio de una competición de potencias globales, EEUU y China, que se dedican a realizar acuerdos transaccionales, meros intercambios diseñados para su propio beneficio donde la posición del otro no importa. Sólo el cómo presionarlo, chantajearlo. En este contexto depredativo, la posición de las potencias medias, como es Canadá, es precaria, ya que no cuentan con la capacidad para actuar de manera independiente en el mundo. Carney señaló, con acierto, que una tendencia de las naciones antes este escenario es el del aislamiento, el comportamiento autárquico, buscar la autonomía energética, estratégica, económica, cortar lazos con el resto para así no verse afectados por sus decisiones, pero eso es imposible para la mayor parte de las naciones existentes, y sólo va a generar enormes costes, tanto económicos como sociales. Los países medios sólo tienen la opción de buscar alianzas cooperativas con otras naciones que se encuentran en su misma tesitura, romper los vínculos exclusivos que les ataban a la potencia dominante y, en cada caso, definir acuerdos que unas veces serán con unos y otras con otros, buscando el beneficio e interés de la nación, en este caso Canadá, pero tratando de crear redes que permitan cooperar. Eso que se llama geometría variable, y que puede ser una vía para eludir el enfrentamiento con el gran patrón norteamericano. Su país, poseedor de enormes recursos naturales, situado en un lugar geoestratégico de primer orden y vinculado desde siempre al mundo occidental y al anglosajón, sabe que depende sobremanera del comercio con EEUU, una relación simbiótica en la que, hasta ahora, ambos países eran casi uno. El enfrentamiento con Washington supone un reto estratégico existencial para Canadá, y así es como lo ven.

En todo caso, Carney, por hacer un chiste, fue descarnado. Su alocución cosechó algunos aplausos pero, sobre todo, hizo cundir un silencio espeso de temor entre el auditorio, que quizás por primera vez escuchaba a un primer ministro de un país relevante llamar a las cosas por su nombre, huyendo de un apaciguamiento que, expresamente, recordó que no suele acabar con los problemas, sólo aplazarlos, como demuestra la historia del siglo XX. Fue una intervención churhilliana que no sólo merece verse, sino estudiarse en detalle. Y, sobre todo, asumir que es cierto y que no tenemos muchas alternativas.

No hay comentarios: