Las últimas decisiones del desgobierno sobre la política de vivienda le han hecho aún más acreedor de ese término con el que le defino. Sánchez, sin comentárselo a nadie, presentó con el chaleco de obras, mientras asistía a unas demoliciones en el barrio madrileño de campamento, unas medidas fiscales destinadas a que los caseros limiten las subidas de los alquileres de los pisos que poseen, de tal manera que lo que fueran a ganar por la subida equivaliera a una desgravación fiscal, por lo que sería el estado el que retribuiría la ganancia al propietario y el alquilado no vería subir su coste vital. Al instante la parte de Restar del desgobierno salió en tromba en contra de la idea y mostró su oposición total.
Y mira que, por una vez, el caos que nos preside presentaba una medida que se destinaba a la oferta, el gran problema del mercado de vivienda, y ni aún así es probable que se apruebe. El año empieza con los datos de 2025 de subidas de precios, tanto de compra como de alquileres, que siguen siendo disparatados, y hacen casi inaccesible la vivienda para muchas capas de la población en las zonas en las que la gente quiere vivir. No hay problema de vivienda donde no hay demanda, por eso contabilizar el número de pisos vacíos que hay en España es una medida falsa de lo que sucede. Hay un enorme problema de vivienda en Madrid, Barcelona, Málaga, zaragoza, Sevilla, Valencia, Bilbao…. Ciudades en las que hay negocios, empresas, comercio, actividad y vida, y donde acuden propios y ajenos a residir. El gran problema del mercado de vivienda sigue siendo una demanda disparada y una oferta que no es capaz, ni mucho menos, de cubrirla. Los costes de todo tipo que las administraciones, especialmente las locales, ponen a la hora de iniciar promociones inmobiliarias siguen provocando que la oferta de vivienda nueva sea ridícula, en cifras que se pueden situar en el entorno de las cien mil viviendas nuevas al año, y el número de hogares que se crean es del doble, y a eso se le debe sumar la demanda por motivos no residenciales, como la de inversión o la turística. Eso provoca que los precios sigan escalando. Es importante tener en la cabeza que, si quitamos ese problema que es el alquiler turístico, la oferta de vivienda sigue muy por debajo de la creación de hogares, por lo que hay mucha más gente deseando comprar que pisos disponibles. El mercado se ha centrado, por lo tanto, en la segunda mano, donde hay de todo, desde viviendas que son tales hasta chamizos basura que resultan indignos hasta como trasteros. Todo sale al mercado a unos precios disparatados y la presión de la demanda se lo queda todo. Las fuerzas de la demanda están espoleadas por la generación joven que busca emanciparse de sus padres, generación que, en número, va decayendo respecto a las pasadas, y mantendrá esa tendencia descendente, y la constante entrada de población inmigrante, que por mucho compensa el crecimiento vegetativo negativo que padecemos desde hace algunos años, y logra que la población del país crezca año a año en varios cientos de miles de personas, de tal manera que la cifra de los cincuenta millones de habitantes esté ahí, al alcance. Toda esa gente tiene que vivir en algún lado, y eso requiere edificar de una manera sostenida, constante y rápida, procediendo a densificar ciertas zonas, especialmente las urbanas que tengan cerca nudos de transporte públicos, mediante la edificación de bloques de pisos de gran cantidad de unidades y alturas, si pueden ser industrializados mejor, que permitan duplicar en un plazo razonable el número de nuevas viviendas construidas al año. Esto requiere un enrome esfuerzo por parte de las empresas constructoras, agilidad máxima por las administraciones y un compromiso de contención de costes en no pocos casos. No es necesario que las urbanizaciones cuenten con piscina, porque pisos sin ella son mejores que no pisos. Esa es la filosofía que todos debiéramos tener en la cabeza.
Y aún así, seamos sinceros, si todos los hados se ponen de acuerdo y empezamos a construir vivienda a lo loco, no solucionaremos este problema en el corto plazo, y ya veremos en el medio. El residencial es un mercado que tiene inercias profundas y unos plazos de creación de stock que, pese a ciertos avances tecnológicos, son largos. Sólo una caída profunda de la actividad económica, con el freno a la inmigración y el empleo que eso supondría, frenaría notablemente la demanda y enfriaría de golpe el mercado residencial, y eso no es una solución aceptable ante el problema de los precios caros, sino otro señor problema. Lo de la vivienda va para largo, y no hay magia para arreglarlo, y la demagogia barata que tanto se estila ahora no ayuda para nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario