Ya les avisó, el tema de hoy es feo, así que no va a haber motivos de sonrisa ni de aprendizaje alguno. La muerte de Noelia Castillo, tras llevarse a cabo finalmente su eutanasia, no es sino el final de un fracaso en todos los sentidos, un fracaso colectivo en el que ella ha sido la víctima de toda una serie de desastres vitales, familiares, institucionales y sociales, para los que sólo ha encontrado como vía de escape la muerte, lo único que no nos permite huir, dado que, con elevada probabilidad, supone el fin de la existencia y de toda sensación. Entre ellas, las de descanso y libertad. Noelia ha muerto y todos somos culpables de ello.
El proceso judicial en el que se ha visto envuelta ha reiterado sentencias favorables a su decisión, tomada como mayor de edad en plenas facultades según todos los tribunales que han estudiado el asunto, por lo que el tema legal, en el que no soy ningún experto, parece finiquitado. La ley sobre la eutanasia es una ley necesaria en un momento histórico en el que la prolongación médica de la vida se realiza muchas veces en contra de la voluntad de los pacientes, y también es correcta desde un punto de vista liberal, porque uno es poseedor de su propia vida y puede ejercer derechos sobre ella, y uno, el definitivo, también. Que este caso haya llegado a los medios, probablemente, se deba a que la protagonista es muy joven y que ha vivido una vida de horror que, para los amantes de la truculencia, entre los que no me encuentro, genera un atractivo irresistible. Su trayectoria ha sido la de un abandono familiar, una agresión sexual, posteriores intento de suicidio, que no lograron su propósito y la dejaron impedida y, desde entonces, la búsqueda de esa muerte que ansiaba por fines legales dada su incapacidad física para lograrlo. En todos esos años a Noelia le ha fallado todo y le han fallado todos. Le ha fallado la familia, el lugar en el que uno nace, que no se escoge, pero que debe ser el que acoge, como normalmente sucede, pero no en ocasiones, y esta es una de ellas. Le han fallado los servicios sociales y todo el entramado que tenemos organizado para intentar que los menores no sean víctimas de la depredación de sujetos abominables. En no pocos casos, estos servicios se han mostrado proclives a permitir conductas infames, y abundan, de manera incomprensible, casos de menores tutelados por instituciones que sufren abusos y otro tipo de episodios repugnantes sin que ningún responsable público de la cara o asuma consecuencias. A Noelia le ha fallado la red sanitaria y psicosocial que cuida de todos los que podemos sufrir males físicos o emocionales. Tras la agresión sexual que sufrió sólo encontró como remedio el suicidio, que intentó de manera efectiva, y eso es muestra de que no hubo el apoyo necesario que permitirá frenar ese impulso. Padecía un trastorno límite de la personalidad, una dolencia mental, que no fue tratada como es debido, sin que uno tenga que ser un gran experto en la materia para afirmar algo así, y tuvo que enfrentarse sóla, con sus limitaciones, con todos los obstáculos posibles, a una experiencia de la que muchos no saldríamos indemnes. Tras las secuelas de su tentativa, optó por la vía legal para conseguir llegar al final, lo único que deseaba, y desde entonces se han sucedido los recursos y apelaciones, en un esfuerzo judicial que podría haberse evitado si algunas de las múltiples cosas que fallaron antes se hubieran hecho bien por parte de familia e instituciones. Finalmente Noelia murió ayer, como deseaba, y su caso termina de la peor manera posible, tras un bagaje desolador en el que se ve cómo los derechos y esperanzas de una persona se pueden destruir a lo largo de una vida gracias al mal hacer de tantos, obsesionados por su egoísmo y comodidad.
Lo último, el uso de Noelia como estandarte partidista en una batalla mediática y política, es otro síntoma de la bajeza en la que nos henos instalado y en la necedad mental que nos domina. A casi nadie le importa el dolor de la víctima, sólo su capacidad para ser usada como arma arrojadiza para sostener la posición ególatra que uno, otro o el que sea, pretende imponer como debida. Asistir a todo esto desde la barrera es contemplar una degeneración absoluta, un espectáculo asqueroso protagonizado por sujetos que estarían encantados de fabricar “Noelias” si les sirvieran para sus fines. Este es el nivel del debate en el que estamos instalados.
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