Cuando se utiliza la expresión “el mundo de ayer” se vuelve inevitablemente a la obra homónima de Stephan Zweig, su biografía, un libro que todo europeo, al menos, debiera leer en su vida. En ellas el bueno de Stephan cuenta lo ilusos y felices que vivían todos antes de la IGM, cuando ese conflicto no se había desatado y, desde luego, nadie pensaba que se acabaría llamando de esa manera. Exuda nostalgia el texto por un pasado perdido, idealizado, porque esa sensación no es de ahora, sino eterna, la de la seguridad de lo ya transitado frente a la incertidumbre de lo que nos espera. Escrito de maravilla, es un testimonio vital impagable y la crónica del suicidio del continente.
Todo esto viene a cuento de lo que dijo ayer Von der Layen, la presidenta de la Comisión europea, al respecto de cómo afrontar el nuevo desorden mundial. Úrsula tiró la toalla y abogó porque Europa deje de defender un orden que ha caído, un orden multilateral basado en reglas que ahora empiezan a ser papel mojado. Desde la oposición política a la presidenta, y también desde dentro de las instituciones comunitarias, se lanzaron serias críticas a esta declaración, tanto por considerar que era una manifestación que, con mucho, excedía las competencias sobre las que la presidenta de la Comisión puede hablar, como por el fondo. El presidente del Consejo, Antonio Costa, socialdemócrata, encabezó la oposición institucional europea a las declaraciones de Von del Layen, y ayer era el día para ponerse en uno u otro bando en función de la ideología en la que uno esté adscrito. Creo que las cosas son un poco más complicadas, y crudas. Yo soy partidario del orden multilateral liberal basado en reglas que todos acatamos, y que cumplimos de una u otra manera, a veces mejor, otras peor, pero en un marco estable y conocido, un marco que todos damos por sentado, y que nos permite establecer vínculos de confianza. Un marco regulado, protegido y defendido. Esa es la situación en la que hemos vivido durante bastantes décadas, principalmente desde el final de la IIGM, en un orden en el que los europeos hemos ido perdiendo influencia poco a poco y en el que EEUU ha sido el gran hegemón, el garante de la estabilidad, tanto económica como de seguridad. Sí, el orden multilateral se ha mantenido porque los europeos hemos abogado por ello, pero, sobre todo, porque la primera potencia económica y militar del mundo también lo ha hecho, y ha puesto financiación y soldados para ello. Sin el respaldo de EEUU estas pasadas décadas de multilateralismo hubieran sido imposibles, y por eso la pesadilla a la que ahora nos enfrentamos es tan alarmante. Otras naciones han podido saltarse el orden, de una manera u otra, pero sus perturbaciones no iban a ir más allá del conflicto regional, normalmente alejado del territorio europeo, por lo que no nos perturbaba mucho más allá de ocupar espacio en los informativos a la hora de la cena. La prosperidad y seguridad europea y nuestros lazos globales estaban sostenidos por los EEUU, que colaboraba con nosotros, que ganaba en esa simbiosis, y que permitía que las reglas se acatasen. El disparo económico de China a partir del siglo XXI empezó a alterar este escenario, porque su dimensión y potencia eran ya demasiadas para mantener las reglas que habían funcionado hasta entonces, pero los europeos hicimos como que no queríamos ver, mientras que nuestras economías eran superadas métrica a métrica por el gigante asiático, que no dejaba de crecer hasta tener a EEUU a tiro. La hegemonía económica occidental hace tiempo que ha pasado a ser un juego a dos, con China compitiendo en todas las dimensiones y ganando ya en muchas de ellas. Su capacidad de imponer reglas es casi natural en muchos de los mercados, porque es quien dictamina la oferta, la calidad, el volumen, la tecnología... todo.
Ahora EEUU, dominada por un populismo ciego, ha decidido romper el pacto de seguridad global, y dar rienda suelta a sus instintos, sabedor de que nadie puede hacer frente a su capacidad militar, y eso incluye no tener en cuenta las opiniones de las pequeñas, débiles y divididas naciones europeas. Si el garante de nuestra seguridad nos ignora (cuando no torpedea) y nuestra economía empieza a estar dominada por China, es normal que el pánico cunda entre las cancillerías europeas. El mensaje de Von der Layen es útil si acaba cristalizando en un debate serio sobre cuáles son nuestras alternativas reales, hoy y ahora. En cierto modo ya lo dijo bien claro Carney en su discurso de Davos. El mundo de ayer no va a volver, y nos toca a nosotros decidir cómo afrontar lo que se nos viene encima, nos guste o no.
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