Que se muriera Tejero ayer por la tarde fue como si el destino, que no existe, quisiera lanzar un guiño a los españoles, clausurando por todo lo alto la historia del golpe del 23F tras la desclasificación, al mediodía, de la documentación que seguía considerándose como secreta. Tejero era la imagen viva de esa asonada, su aspecto más chusco y visible, y era de los pocos que vivieron aquello en primera persona que seguía entre nosotros. Su muerte, a los 93 años, cierra un círculo y entierra un pasado que, afortunadamente, no llegó a ser. Tejero hizo todo lo posible para que una oscuridad volviera, pero otros, no pocos, consiguieron que no fuera así.
Poca información relevante ha surgido de los papeles desclasificados. No se esperaban grandes secretos, según decían los expertos en la materia, y así ha sido. Si acaso, de una visión general de lo conocido, emerge aún con más fuerza el papel del Rey Juan Carlos y su inquebrantable compromiso con la democracia. El Rey fue un espolón frente al que chocaron las intentonas golpistas, esta y otras que se fraguaron y no llegaron a fructificar. En aquellos momentos Juan Carlos, aunque la Constitución vigente ya le había desposeído de poder efectivo, conservaba un enorme ascendiente en la carrera militar, que constaba de miles de personas con poder real, y que hasta hacía no muchos años se habían repartido el país a su gusto. El ejército de entonces no era el de ahora, ni mucho menos. El miedo que entonces producían los “ruidos de sables” estaba más que justificado. Pues bien, ante este poder militar sublevado, parcialmente pero con ímpetu, Juan Carlos se planta, pone pie en pared. Universalmente conocida es su alusión en TVE esa noche en la que insta a los sublevados a deponer su actitud y a rendirse, a no causar más daños y a dejar las armas. Esa escena, que consagra a Jun Carlos como Rey constitucional, y que algún conspiranoico de tres al cuarto ha tachado de montaje para defender la figura del Rey, se ve ahora que no es sino la culminación de un día en el que, en todo momento, el Rey está en frente a los golpistas. En esos documentos hechos púbicos se ve como Juan Carlos se niega a renunciar a su corona, se niega a exiliarse, afirma que resistirá como sea y que no se doblegará ante el golpe, triunfe o no. Muestra valentía y creencia en la democracia, y se convierte en el mayor poder no controlado por los golpistas que se revuelve contra ellos. Podía haber algún momento de vacilación, duda, deseo de componenda, intento de diálogo para ver lo que se puede sacar de la situación, cualquiera de esas cosas cutres que ahora vemos en la sucia política que nos domina, pero no. Juan Carlos, desde sus primeras palabras registradas, se pone al frente de la democracia española y se determina a resistir cómo y cuánto sea necesario. Muestra valor, porque frente a una actitud violenta como la que entonces se estaba desarrollando la vida de los que mostrasen oposición podía correr riesgo, y pese a ello se juega el tipo en cada momento. Eso hace que algunos de los golpistas, tras su fracaso, expresen un odio desmedido, con lógica, ante la figura que les frenó, el Rey, y afirmen que, para ocasiones posteriores uno de los primeros pasos debe ser neutralizar al Borbón. En esto, y en no pocas cosas, los golpistas y los etarras compartían destino, y su proyecto totalitario pasaba por hacer caer la monarquía, garante de las libertades constitucionales. Unos lo intentaron el 23F, otros varias veces en atentados felizmente frustrados. Sí, Juan Carlos se doctoró como Rey esa noche, pero durante el día desarrollo la lección de manera espléndida. Su figura queda aún más engrandecida tras lo conocido.
Su hijo, Felipe VI, también ha tenido que hacer frente a un golpe de estado, en este caso postmoderno, sin militares con las calles, pero con civiles queriendo hacerse con el poder de manera ilegítima y desmontando la constitución. En 2017, tras la asonada del procés, también Felipe VI sale por la noche a dar un discurso de importancia máxima, y logra que la situación política se encauce tras lo vivido en Cataluña por los totalitarios, en este caso vestidos de independentistas. Pese a las sucias componendas con las que el actual desgobierno ha tratado de reescribir la historia, en ese momento el hijo, como el padre, vuelve a jurar la constitución delante de todos nosotros, y muestra que las libertades que en ellas se recogen exigen a los poderes públicos sumisión, respeto y creencia. No es poca lección en estos tiempos.
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