martes, febrero 24, 2026

Cuatro años de guerra en Ucrania

Hoy se cumplen cuatro años desde que Putin lanzó su invasión contra Ucrania, una guerra de agresión que se suponía iba a ser breve y exitosa para el Kremlin y que se ha convertido en la más larga en más de un siglo para los rusos (hace poco superó a la duración para ese país de la IIGM) y que ha convertido el este de la nación invadida en una ruina en la que una tierra de nadie de más de mil kilómetros de largo se extiende, como una cicatriz de muerte, señalando el límite del avance ruso. Una quinta parte de la extensión del país invadido ha sido conquistada, a una velocidad de reptil inmundo, y los destrozos en el conjunto de Ucrania son considerables, y crecientes.

No hay visos de que la guerra termine a corto plazo, y si lo hiciera sería porque se fuerce a los ucranianos a una capitulación en la que debieran ceder territorio, soberanía y recursos. Durante estos años el pueblo ucraniano ha mostrado una fortaleza muy superior a la que nadie hubiera sido capaz de imaginar, y esa resistencia ha sido alimentada tanto por suministros exteriores como por el desarrollo de capacidades propias. La mayor parte del armamento del que han dispuesto los ucranianos ha sido norteamericano, que es el gran productor de occidente en este aspecto, financiado en su mayor parte con dinero europeo. Hasta la llegada de Trump a la presidencia EEUU ha ido aprobando regularmente paquetes de ayuda militar y de intendencia que incluían tanto donativo como material pagado por europeos que se destinaba a las tropas de Kiev para darles con qué luchar. En ucrania esas ayudas han sido decisivas para resistir, pero lo cierto es que el desarrollo de los combates, el disparo tecnológico que vive la guerra, junto a su configuración estática, en una mezcla de siglo XXI con el XIX que nadie hubiera sido capaz de prever, ha hecho que los ucranianos, poco a poco, hayan ido creando elementos militares de ataque de gran eficacia y en cantidades masivas. Esta necesidad se ha espoleado desde que el magnate naranja ha llegado a la presidencia en Washington y ha impuesto una política de hostilidad hacia Kiev que, con altibajos, parece perfectamente diseñada desde un despacho del Kremlin. Ucrania ha logrado desarrollar una industria de drones que es capaz de poner contra las cuerdas a las tropas rusas y causar cientos de bajas diarias, logrando alterar todos los esquemas con los que se inició el ataque. Los rusos, tristemente, también han aprendido sobre estas nuevas tácticas militares, y después del uso intensivo de drones de origen iraní, los sahel, han sido capaces de crear líneas enteras de producción de aparatos que les sirven tanto para atacar en el frente como para golpear a las ciudades del interior y occidente de Ucrania mediante oleadas de cientos de ellos de una sola vez. Enjambres de drones se destruyen mutuamente en la tierra de nadie y matan a todo lo que se mueva en el entorno en un combate de desgaste de enorme crueldad que no sirve para mover unas líneas de frente que, de hacerlo, se repliegan hacia el interior de Ucrania. Se estiman en varios centenares los muertos y heridos que se causan cada día en los combates, y es obvio que el país más pequeño es el que sufre la mayor sangría de población y recursos. Desde Kiev se contempla el deterioro de la situación con angustia, asumiendo que nadie esperaba que se pudiera aguantar tanto, pero con la duda constante de hasta cuándo se puede seguir así, en un proceso de desgaste constante que no parece tener fin. En Kiev importa la vida y futuro de los ucranianos. Huelga decir que en Moscú no, pero allí tampoco importa para nada la vida y el futuro de los rusos, y eso ofrece, si uno quiere seguir el baño de sangre, una excusa perfecta para mantener la guerra sin fin.

El creciente chantaje norteamericano y la debilidad europea a la hora de suministrar armamento pesan como una losa sobre las opciones de Kiev, que sabe que no puede ganar a Rusia pero que toda cesión será una derrota, preludio quizás de una capitulación total en el futuro. La necedad mostrada durante estos años por el ejército ruso es digna de estudio, pero con la matanza de sus propias huestes está logrando destruir la capacidad de Ucrania para sobrevivir como nación independiente, sobre todo si EEUU no cree en ella y no le apoya. Como dijo el excanciller alemán Olaf Scholtz, Ucrania no puede perder, Rusia no puede ganar. En esas estamos, y parecen que aún seguiremos bastante tiempo.

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