lunes, abril 27, 2026

Monserrat Torrent, cien años

No, no voy a dar el protagonismo de hoy a Trump, pese a la gravedad de lo sucedido este fin de semana en la cena de corresponsales. Se lo voy a otorgar a una mujer que cumplió el centenar de años el pasado 17 de abril, hace una semana y media, y que no sólo merece reconocimiento por haber llegado a semejante edad, que también, sino porque es una de las personas más importantes de la historia de la música en España, reina eterna de la interpretación del órgano, instrumento al que ha dedicado la inmensa mayoría de todos esos años, y que, pásmense, sigue en activo, tocando con sus manos centenarias el teclado como si el tiempo no hubiera pasado.

Este sábado, en el ciclo de órgano que se celebra cada temporada en el Auditorio Nacional, se organizó un homenaje e Monserrat Torrent, la artista, la mujer, la matriarca, en el que ocho organistas españoles de estilos y trayectorias distintos interpretaron una pieza delante de ella. Todos, junto con muchos otros, han sido alumnos de Monserrat a lo largo de las pasadas décadas, y han aprendido de sus enseñanzas, y ahora alguno de ellos también la cuida y ayuda en la medida de lo posible. El concierto era muy especial, porque no se trataba sólo de una reunión de amantes de la música, sino también una fiesta de cumpleaños, y un reconocimiento a una longevidad y capacidad casi inimaginables. La movilidad de Monserrat es limitada, como resulta fácil de imaginar, por lo que cuando empezó el concierto ella no salió al escenario, sino que apareció directamente en la grada en la que se encuentra la consola del órgano junto con el resto de los intérpretes, que ya recibieron una ovación de gala por parte del público, que llenábamos el recinto. A partir de entonces Monserrat se quedó en un lateral de esa grada, oculta al público, cerca de los teclados, y cada uno de los intérpretes sí fue saliendo de manera convencional al escenario, en goteo, subiendo luego a la grada e interpretando la pieza del programa que le correspondía. Tras ello, saludaban a Monserrat, momento que se podía ver porque un sistema de cámaras retransmite la interpretación del organista (que se sitúa lejos del público y dándole la espalda) y dejaba su posición de intérprete y se sentaba en una parte de la bancada lateral, donde sí hay púbico, que está muy cerca del instrumento. Así uno a uno, cada uno con una pieza no muy amplia, de unos cinco o siete minutos, con repertorio barroco, impresionista, moderno, o antiguo, variado, hasta el momento en el que el programa indicaba que la última pieza sería interpretada por la propia Monserrat. Se trataba de la pastoral en fa mayor BWV 590 de JS Bach, composición compuesta de cuatro fragmentos de escucha agradable, estilo pastoril y de dificultad, como siempre en Bach, rozando lo imposible. Monserrat subió al banco de la consola ayudada por dos de los organistas que habían participado en el concierto, y uno de ellos, en la primera parte de las cuatro de la obra, interpreto las partes de pedal, porque Monserrat ya no llega desde su posición de sentada, con sus pequeñas piernas, hasta el pedalero. Pero en el momento en el que puso sus manos arrugadas sobre el teclado los dedos, centenarios, cobraron una vida inimaginable, y durante unos minutos que se antojaron suspiro se podía ver la proyección de sus brazos, manos y rostro atentos a la partitura, ejecutándola con precisión. Si durante el concierto el nivel de toses fue el habitual en una sala sinfónica, mayor de lo deseado, se suspendió de manera casi milagrosa en la interpretación de Monserrat, en un silencio de comunión y respeto como pocas veces se da en un recinto abarrotado, y que sólo la admiración por la música y un intérprete son capaces de lograr.

Terminada la interpretación, todos prorrumpimos en un aplauso absoluto, y nos pusimos en pie sin dudarlo. Casi dos mil personas entregadas a una mujer empequeñecida que era sostenida por el resto de organistas, pero que sigue siendo un prodigio al teclado. Con un micrófono pudo decir unas palabras, que entendí regular, en las que mostraba un agradecimiento profundo a todos los que a lo largo de su vida le han ayudado y a todos los alumnos que ha tenido, entre ellos los presentes en ese día, y agradecimiento rendido al público que siempre le ha respetado y admirado. Tras eso la ovación siguió, siendo nosotros los que agradecíamos la presencia de una profesional así y su magisterio. Historia viva de música y vida. Cien años de plenitud. Qué gozo.

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