El dictamen de las encuestas electorales de las pasadas elecciones húngaras era unánime. Orban, tras dieciséis años en el poder, iba a perder la votación y con ello su poder. Sin embargo, el miedo que genera el personaje y la duda sobre lo que sería capaz de hacer en la propia jornada electoral alimentaban un sano escepticismo sobre qué acabaría pasando. Finalmente el domingo no hubo que trasnochar para asistir a la defunción oficial del régimen húngaro tras la arrolladora victoria del candidato Magyar, que logró la mayoría absoluta y. además, la necesaria para revertir las reformas desarrolladas por Orban en el país.
Durante estos años Hungría se ha deslizado hacia el autoritarismo de una manera evidente y peligrosa. Si no ha caído completamente en él se ha debido a su pertenencia al club europeo y a los frenos que Bruselas ha intentado aplicar, pero se ha visto que no eran demasiado efectivos. El propio Orban definía a su régimen como iliberal, despreciando ese liberalismo que se encuentra en la base de las democracias tal y como las entendemos, ese liberalismo que permite que la voluntad ciudadana se exprese en las urnas pero que la libertar individual y los derechos de las personas sean lo que determinen los límites del poder del estado. En Hungría había elecciones, sí, pero no mucho de lo otro. La intromisión del poder en la vida del ciudadano era inmensa, y en este caso no por una ideología presuntamente socialista, no, sino por lo que se vendía como su reverso, por un conservadurismo tradicionalista que, tanto monta monta tanto, ha cercenado derechos por doquier y ha impuesto un modelo de gobierno en el que todas las instituciones estaban al servicio de un Orban no convertido en dictador, pero sí en lo más parecido a ello que se pueda imaginar en el contexto de la Europa de hoy en día. Su alianza con lo mejor de cada casa ha hecho que Hungría se convierta en un satélite ideológico de naciones como Rusia, China y los EEUU de Trump. Dos de esos países son dictaduras y en el tercero el magnate naranja sueña con construir la suya propia. Desde esa posición internacional, Hungría ha sido el caballo de Troya de Putin en Bruselas desde hace mucho, boicoteando en todo lo posible las muchas decisiones comunitarias que requieren unanimidad y, en el caso concreto de la guerra de Ucrania, actuando descaradamente como representante del país agresor, sin cortarse en lo más mínimo a la hora de despreciar a los ucranianos y festejar la invasión putinesca. Una posición muy deshonrosa en el exterior que se ha ido mezclando con la decadencia económica interior. Si las democracias son corruptas, ni les cuento los regímenes autoritarios. Las cifras económicas de Hungría muestran una decadencia que es una excepción entre el conjunto de las naciones del este europeo, que han visto como la adhesión a la UE ha sido lo mejor que les ha sucedido en casi un siglo, también en lo económico. Los miles de millones de euros de fondos europeos que riegan al resto de países vecinos no lo hacen en Hungría, donde la Comisión no ha encontrado otra manera de amonestar a su socio más díscolo que la de recurrir a ese chantaje económico. La verdad es que Orban se lo ha puesto fácil a Bruselas, porque el incumplimiento de numerosas condiciones referidas a derechos y libertades era flagrante, y eso daba argumentos legales a Bruselas para no transferir sus fondos. Envuelto en la retórica ultranacionalista, Orban ha hecho lo que habitualmente hacen los que son como él, empobrecer a sus naciones, empequeñecerlas, someterlas, hacer que viajen a lo que se vende como un pasado idílico y no es sino un pasado peor, un pasado de atraso.
La principal
bandera de enganche del candidato vencedor, que viene de una escisión del movimiento
de Orban, es la lucha contra la corrupción, La supermayoría alcanzada le va a
permitir desmontar legalmente mucho de creado por el orbanismo, pero el número
de parásitos leales al régimen que se encuentren en cualquier punto de poder en
Hungría será tal que va a costar mucho deshacer el régimen. El domingo por la noche
fue casi festivo en Europa tras la derrota de quien ha sido uno de sus mayores
enemigos internos. Voxeros, putinistas, trumpistas, pablemos y demás populistas
globales han perdido a un aliado, más bien a un siervo. Y eso también merece
ser festejado.
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