lunes, julio 27, 2026

Desastre absoluto

Ya el viernes por la tarde, mientras estaba trabajando en la oficina, en julio, se podía apreciar desde las ventanas que dan al oeste de mi edificio las enormes nubes de humo que cubrían la sierra de Madrid. Parecían formaciones tormentosas, el origen de los cumulonimbos que logran descargar en esa zona en los días de verano propicios para ello, pero no tenían un origen meteorológico, sino siniestro. Eran el reflejo del voraz incendio que estaba teniendo lugar en Ávila, en Toledo y en el suroeste de Madrid, todo zonas contiguas. El viento sostenido de suroeste originaba esa formación, que no llegaba a la ciudad, pero mostraba su amenaza.

A lo largo de estos días millones de personas residentes en el centro del país han, hemos, podido contemplar con nuestros ojos los devastadores efectos de unos incendios gigantescos, descontrolados, inabarcables, que se han cebado con vegetación, arbolado, enseres, infraestructuras y todo lo que han cogido a su paso. Las cifras de evacuados que se están teniendo que gestionar son propias de una catástrofe de película, o de una situación de guerra. En docenas de localidades, decenas de miles de personas, han tenido que abandonar sus hogares y llevan pasando ya tres o cuatro noches en polideportivos, locales municipales y cualquier otro tipo de instalación comunitaria, en medio del desvelo absoluto por no saber cómo estarán sus bienes. El único consuelo que queda es que, a estas alturas de la historia, no hay que lamentar desgracias personales, no hay fallecidos, ni heridos graves, pero todo lo demás es desolador. El número de personas que se emplean día y noche en luchar contra las llamas se cuenta por miles, entre bomberos profesionales, de reemplazo, voluntarios, militares, etc, en una movilización que también es digan, por su dimensión, de un tiempo de combate. Pese a todos los medios recabados, ha sido necesaria la variación de las condiciones meteorológicas, con el alivio del calor de este fin de semana, lo que ha permitido poner coto al avance de las llamas, pero el viento, el maldito viento, que sólo ayer empezó a ofrecer algo de tregua, ha traído por la calle de la amargura a todos los involucrados en la lucha contra el fuego. Las rachas sostenidas intensas, en los primeros días, llevaron las columnas de fuego a una velocidad insoportable, y a partir de este fin de semana, las más leves pero mucho más erráticas lo han expandido de manera caótica por zonas que los primeros días permanecieron a salvo. Se ha conseguido salvar el entorno de El Escorial, porque los medios y Dios lo quiso en forma de cambio de viento, pero ese mismo soplo de fortuna para esa zona supuso la condena del valle del Tiétar, en Ávila, una vez que el incendio de Castilla y León logró ascender toda la sierra en su vertiente norte y se lanzó sin freno a sotavento, recalentado. Muchas de las poblaciones que el sábado y ayer eran el centro de las llamas y la evacuación contemplaban con congoja, pero seguridad, la evolución del fuego el pasado viernes, cuando el suroeste sostenido les mantenía aparentemente lejos de la amenaza. El maldito viento ha sido su desgracia, ha jugado en su contra, y ha ganado a los esfuerzos de todos los que luchaban contra las llamas. No he estado nunca en esa zona de la sierra, que era conocida por sus parajes naturales, sus pueblos y por numerosos atractivos, la mayor parte relacionados con la gastronomía y el disfrute de los recursos. Cuando las llamas se extingan, muchos de los negocios de esas localidades se verán abocados al cierre, al existir, lo que quede de ellos, en medio de una extensión calcinada en lo que lo único que van a dar ganas de hacer cuando se pueda contemplar será llorar con rabia, con la angustia de saberse a salvo quien lo hace, pero encontrarse perdido en medio de lo que, hasta hace pocos días, era su paisaje, su vida, su pueblo, y ahora no es otra cosa que un erial de ceniza y desolación.

La meteorología vuelve a ponerse cuesta arriba a partir de esta tarde y mañana, con la llegada de varias jornadas de calor muy intenso, en el entorno de los 38 40 grados, por lo que, cuando los fuegos sean controlados del todo, la necesidad de refrescar el terreno deberá seguir siendo prioritaria para evitar reactivaciones, que el mero movimiento de una brisa entre semejante calorina bastará para convertirse en amenaza. Es de esperar que, con el avance de la semana, los desalojados vayan volviendo a sus hogares, pero aún queda bastante para hacernos una idea certera de las dimensiones del desastre que ha tenido lugar en esas comarcas, y de lo irreparable que va a ser en muchos de los casos. Qué maldito horror.

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