jueves, julio 09, 2026

Ahora bombardeo, ahora no, ahora sí….

La conclusión casi unánime de todos los expertos es que el resultado de la guerra de elección de EEUU contra Irán ha resultado ser un fracaso para los intereses norteamericanos y, en general, para la imagen de su ejército. Un ejercicio de respuesta asimétrico por parte de Irán, el estrangulamiento de Ormuz y con ello del suministro de crudo y el desprecio absoluto del régimen iraní a las posibles bajas propias logró que los ataques aéreos de EEUU no doblegaran a la dictadura islamista como algunos ingenuos esperaban, sino que se consolidara el poder duro al frente de la nación. Y todo ello con los países del golfo siendo dañados por ataques iraníes y no protegidos por EEUU, en un papel de aliado completamente incomprensible.

Trump acabó casi suplicando la paz con Irán a medida que las reservas de crudo nacionales se agostaban, el barril no bajaba de los 100$ y el galón de gasolina llegaba a los 4 dólares, lo que para el consumidor norteamericano es carísimo (y eso que un galón son 3,78 litros). Pues nada, tras una serie de incidentes menores que han ido escalando poco a poco, ayer Trump, en la cumbre de la OTAN, se ciscó en los iraníes, a los que llamó escoria en varios momentos, y dijo que el memorándum de paz firmado en Versalles era papel mojado, que se iban a enterar y que bombardearía duro para que bla bla bla bla. Sus palabras tuvieron efecto inmediato en la cotización del petróleo, que subió un 7%, y en las caídas de las bolsas europeas, que arrastraron en un principio a los índices de EEUU, pero que luego estos lograron mitigar en un cierre en rojo pero con poca pérdida. A la noche, hora española, Trump reiteraba que iba a golpear Irán, pero ya descartaba que se reabriese la guerra en el sentido estricto, diciendo que esto que iba a hacer era una advertencia para que tomasen nota y no volvieran a causar más incidentes. Si uno juntaba las declaraciones de la mañana con las de la tarde le salía un personaje paródico, que se autocontradecía, que decía una cosa y la otra a la vez, con el que uno no sabe con que quedarse y que, de no ser alguien con el poder de Trump, lo consideraría como un vulgar payaso al que no se le debe hacer caso alguno en la sarta de tonterías que suelta sin cesar. Pero claro, Trump ocupa una posición en la que, si le entra un arrebato, hay un portaviones repleto de misiles y cazas de guerra que responden al poco, por lo que debe sus palabras deben ser tenidas en cuenta. En general, la devaluación de la palabra de Trump es ya muy elevada, han sido tantas veces las que ha dicho una cosa, su contraria y algunas versiones intermedias en tan corto plazo de tiempo que hace imposible mantener una cierta credibilidad respecto a sus intenciones reales. De hecho, se considera que carece de intenciones, de estrategia a largo plazo, por así decirlo. Su narcisismo descontrolado le impulsa a vivir el día a día y, como si fuera un niño, disfrutar en la nueva jornada de un nuevo juguete para su regocijo. Si consigue el juguete se ríe y aplaca. Es, a escala, el comportamiento que las crónicas clásicas otorgan a Calígula o Nerón, sujetos pueriles, volátiles, obsesos con sí mismos, que desean caprichos instantáneos y que, como ocupan la más alta posición del poder en su tiempo, obtienen dado que el resto de los mortales se desviven para proporcionárselos. En el caso de la corte de Washington el número de pelotas pusilánimes que rodean a Trump para agasajarlo es enorme. Pierden toda la dignidad y vergüenza posible arrodillados por completo ante su líder, con la esperanza de que algo de su fortuna les llegue y solucione para siempre su vida, pero para los analistas, estrategas militares, diseñadores de políticas, encargados de logística, financieros de presupuestos y todo tipo de profesiones que viven de prever, de estimar escenarios y de una cierta previsibilidad en los acontecimientos, los bandazos de Trump son una pesadilla. ¿Cuál va a ser el precio del petróleo hoy? ¿Mañana? ¿Dentro de seis meses? Es casi más sencillo acertar con la lotería que tratar de responder a esas preguntas.

Por de pronto, hoy mismo, veremos a ver si los ataques norteamericanos son respondidos por represalias iraníes y si esta escalada va a más o se convierte en tormenta en un vaso de agua y se va diluyendo con el paso de las horas. Lo cierto es que la seguridad en la zona es totalmente aleatoria, y el flujo de buques y crudo en Ormuz es algo tan volátil como la propia gasolina cuando se expone al aire. Trump no nos va a dejar un día tranquilo hasta que se acabe su mandato, ese es el único hecho seguro. Bueno, también que cada día que lo ejerce destruye la imagen de su nación y la credibilidad global de los Estados Unidos, regidos desde hace más de un año por un iluminado y una corte de aduladores.

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