El régimen iraní ha decretado un duelo nacional durante seis días para celebrar las exequias del líder supremo Ali Jamenei, muerto al inicio de la guerra entre Irán y EEUU de marzo abril. No me pregunten en qué estado puede estar el cadáver del personaje, si en vida ya presentaba un aspecto propio de la muy avanzada edad con la que contaba. Lo cierto es que para honrar su muerte se ha previsto una serie de actos multitudinarios en Teherán y en la localidad de la que era natural, donde se espera que todo el mundo salga a la calle a honrarlo, y eso, más que una previsión, es una orden que muchos tendrán que cumplir.
Las imágenes que dejaba ayer Teherán eran impactantes, con mareas humanas llenando las avenidas de la ciudad en una concentración que varios medios elevan claramente por encima del millón de personas, y que es una cifra creíble viendo las escenas que se mostraban en la televisión. Más allá de que los iraníes hayan sido forzados a salir a manifestarse o no, la masa congregada es impactante, y no deja de ser un ejercicio de fuerza del régimen, que lejos de derrumbarse, se afianza en el poder, apoyado ahora en un sentimiento colectivo de martirologio y de exaltación nacionalista. Los daños que haya podido sufrir Irán durante esta guerra, probablemente intentos en infraestructuras y recursos militares, no han servido para derribar la dictadura teocrática que rige con mano firme los designios de esa nación desde muy finales de los setenta. Esas declaraciones grandilocuentes de Trump al inicio de los bombardeos alentando a la población oprimida del país a que se revele frente a la dictadura han quedado, como suele ser habitual en el personaje, en meras fanfarronadas sin sustento. El conflicto militar ha entrado en una situación de tregua inestable, pero sostenida, ya que el control por parte de Irán del estrecho de Ormuz se ha demostrado como una variable que le otorga a Teherán un poder sobre el precio del crudo que Washington no llegó a imaginar (bueno, siendo sincero, los ineptos que ahora gobiernan en Washington). Al régimen de los ayatolas le ha dado siempre igual la situación de los iraníes, menos aún la de las iraníes, que para ellos son poco más que vasijas reproductivas, por lo que las muertes causadas por los ataques norteamericanos no tienen efecto alguno. Si acaso sirven para cohesionar a la nación, ante el ataque cierto de un enemigo externo que se ha hecho realidad. La guerra ha hecho rebrotar el nacionalismo persa, algo que es compartido tanto por los jerarcas del régimen como por no pocos de sus opositores, que tienen a la nación iraní en el corazón, y los ataques perpetrados por EEUU e Israel han puesto de acuerdo a ambos bandos en la necesidad de defender al país de una injerencia que gran parte de la población no entendía, y menos aún a medida que el conflicto se desarrollaba. Desde las redes sociales el hijo del Sha Palevi, aspirante a volver a Irán tras un cambio de régimen que restaure su trono (esa es la idea de una de las facciones opositoras a los ayatolas) se mostró ilusionado con el inicio de los ataques norteamericanos, pero a medida que avanzaban las semanas y que la permanencia de la dictadura iraní iba siendo una variable fijada fuera cual fuese el resultado de los combates ha ido espaciando sus apariciones. Exiliado en EEUU, creyó a Trump cuando proclamó que la libertad llegaría a Teherán, y se ha visto tan frustrado como todos los demás con el resultado de la guerra. El mensaje de la concentración masiva de estos días en el país también se dirige a la oposición interna. Es una manera de advertir, de gritar “ni se os ocurra hacer algo” porque hay huestes de fieles al régimen, que no ha caído, que ahí siguen actuando de manera represora en su nombre, y tras lo sucedido es probable que la severidad de las condenas ante cualquier acto considerado opositor, lejos de aliviarse, se endurezcan sin cesar. La pena de muerte se dispensa en Irán con una facilidad pasmosa.
De quien sigue sin saberse nada es del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, del que se han escuchado algunos audios, a saber si son ciertos o no, pero ninguna imagen en vídeo desde que fuera nombrado sustituto de su padre. Quién sabe, quizás ni siquiera esté vivo, pero eso al régimen puede que ya no le importe mucho. Una de las derivadas de la guerra es el ascenso en la pirámide del poder de la guardia revolucionaria, la facción militar, que ahora es mucho más poderosa que la islamista. La dictadura sigue, pero ahora quizás más controlada por militares clásicos que por clérigos, que pueden ser paseados, pero teniendo claro que los de los fusiles son los que controlan la situación. Hoy Irán y su población está peor que antes de la guerra, y mira que era difícil, pero así es.
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