Durante los días pasados pudimos ver en Beijing los segundos, creo, campeonatos mundiales de humanoides, una competición pensada para que los robots muestren al público sus capacidades mediante el desempeño de disciplinas deportiva, muchas de ellas relacionadas con el atletismo, pero también lucha libre, fútbol, tenis y otros juegos por el estilo. Con un dominio de más del 90% de la industria por parte de China, es lógico que este evento se celebre en su capital, y a él han acudido las pocas empresas del resto del mundo que participan en este curioso, y prometedor, mercado. Y público, local, mucho público.
El resultado de lo que se ha visto se puede calificar tanto de espectacular como inquietante. Asombra ver la destreza que han adquirido muchos de los modelos, capaces de superar claramente las prestaciones humanas en carreras de todo tipo (y no mediante el uso de ruedas, sino con piernas). Ver pelotear a un humano frente a un robot en una pista de algo que se parece al pádel y que el robot reste con aparente ausencia de dificultad una y otra vez puede llegar a ser hipnótico. Recordemos que en esta competición no se permiten robots teledirigidos, sino que sean autónomos, capaces por sí mismos de desarrollar las tareas para las que han sido entrenados. Este generalizado buen comportamiento de los modelos exhibidos empieza a generar inquietud cuando lo comparamos con las imágenes de los primeros juegos de este tipo, celebrados también en Beijing, no se si hace uno o dos años. En aquel momento ver el espectáculo era bastante cómico, ya que los prototipos erraban mucho más que acertaban. Las caídas se sucedían una tras otra y era común que, en una carrera alrededor del óvalo olímpico ninguno de los prototipos llegase, bien porque se rompían antes o porque se desviaban o, simplemente, colapsaban y caían al suelo. La evolución que se ha dado entre los dos eventos es asombrosa. Es cierto que en la edición de este año hemos visto robots rompiéndose, pero han sido una clara minoría, En las pruebas de velocidad está claro que son inalcanzables, aunque lo de la frenada aún está por pulir, pero sus capacidades ya están fuera de toda duda. Por eso las risas de hace un año se han tornado en cierta inquietud, al comprobar que el salto que existe entre las capacidades de nuestra anatomía y control y la suya se difuminan. Un robot que corre más rápido que Usain Bolt es capaz de alcanzar a cualquier humano en la carrera, y eso, en función de las intenciones con las que haya sido programado el robot, es algo que da mucho que pensar. Ver esas escenas en las que decenas, cientos, de humanoides, desfilan con aire marcial hace inevitable pensar en la militarización de esta tecnología y sus posibles usos en un campo de batalla en el que los humanos pueden estar en clara desventaja en no mucho tiempo, dado como evolucionan sus capacidades. No es ese el propósito con el que las empresas chinas pregonan su futuro, sino el de suplirnos en tareas penosas y, sobre todo, en que sean esos robots los que se encarguen del trabajo asistencial de una población cada vez más envejecida, fenómeno que en China se va a dar casi a la velocidad a la que se produce en nuestra avejentada Europa. A medida que la mano de obra local caiga porque la demografía se derrumba, China pretende que esos robots sean sus operarios, y no es una mala idea, incluso es plausible visto lo visto. Recordemos también que allí la inmigración, la que realiza muchas de las tareas que entre nosotros los locales no queremos realizar (especialmente el trabajo hostelero, agrario y asistencial) está muy restringida, y que pueda haber robots que cuiden a los ancianos chinos es una idea nada disparatada, ya que la alternativa es que nadie los cuide.
¿Veremos humanoides de este tipo en nuestras calles y vidas en un futuro cercano? No es descartable, igual que hace pocos años la idea de los coches chinos sonaba exótica y hoy basta dar un paseo por cualquier calle para que su presencia sea inevitable. De todas maneras, queda mucho por evolucionar para estos modelos, ya que poner la lavadora, por ejemplo, es mucho más complicado que correr. Exige una precisión, delicadeza, suavidad y exactitud de movimientos que sólo ahora empieza a estar al alcance de los últimos modelos. Pero ya se sabe que, cuando se empeña, China puede ser imparable. Como dice mi amiga MJBP, ¿acabaremos tiendo todos a “chatarrita” en casa?