Puede que sea un detalle menor, pero lo cierto es que los incendios forestales salen carísimos. Y no me refiero, desde luego, a los costes directos, ambientales y emocionales, que suponen su existencia, o al valor paisajístico destruido que tarda años en volver a ser algo comparable a lo que fue, no. El mero coste de la extinción es disparatado. Se estima en una cota que oscila entre los 10.000€ y 20.000€ por hectárea en función de si se han empleado medios aéreos para sofocarlo o no, siendo ese caso el que eleva las cifras hacia el rango alto. Multipliquen alguna de esas estimaciones por las cientos de miles de hectáreas que se queman al año y obtendrán cifras en el entorno de varios miles de millones de euros.
A este coste muy directo hay que sumar los costes derivados de los bienes destruidos. Particulares, empresas y sector público ven como algunos de sus activos físicos se pierden. Pensemos en viviendas, coches, cobertizos, instalaciones agrarias, reservas de comida para el ganado, pabellones industriales, carreteras, tendidos eléctricos, postes de telefonía móvil, antenas de Wifi… la lista de bienes a recuperar es enorme y se traduce en nuevos gastos de presupuestos de todo tipo e indemnizaciones de seguros, más o menos cicateras, que de todo hay, que se traducirán en primas más altas en años posteriores. En los incendios de esta semana sólo el coste de las viviendas perdidas en la comunidad de Madrid va a ser tremendo, dado que se estiman en decenas y decenas las perdidas, o pensemos en el entorno del pantano de San Juan, donde se encontraba toda una serie de negocios relacionados con la navegación de interior, con instalaciones de formación, chiringuitos y embarcaciones, habiendo sido todo ello arrasado. La factura global se eleva muy notablemente. Tras esto vienen los costes derivados de la reforestación o de, por lo menos, el tratamiento de los suelos arrasados. Miles de árboles que permanecerán en pie, ennegrecidos, estarán muertos o poco les faltará. Es necesario retirar todo eso y proceder a una regeneración de los suelos, y a un trabajo intenso por parte de los agrónomos de recuperación, siembra y replantado, estudiando en cada caso el diseño del paisaje que se quiera construir, las especies que van a ser adoptadas, su compra, labores de instalación, riego, abono, etc. La recuperación de caminos forestales y de toda una serie de instalaciones de monte, como conducciones de agua o tendidos también es costosa, y en ocasiones exige ser rediseñada por los destrozos causados por el incendio en el entorno. Esta es una tarea lenta, pausada, que no aparece en las noticias, pero que es primordial para que el terreno no sufra ya el abandono, sino la más profunda de las erosiones y se convierta en un anticipo de lo que es la aridez del desierto. Profesionales y empresas de todo tipo deben trabajar en estas labores, y hacerlo de una manera coordinada, y contando a ser posible con la suerte de la meteorología, en forma de otoño e invierno con precipitaciones que ayuden a crear una mínima capa de verdor que sea el principio de la recuperación. En zonas agrarias de Galicia, por ejemplo, se ha visto em años pasados como se procedía con urgencia a arrojar paja desde helicópteros sobre los terrenos chamuscados para que este material hiciera de cobertura ante las posibles lluvias del otoño. Se buscaba en este caso, en terrenos dominados por pendientes significativas, que esas lluvias no arrastrasen la ceniza depositada en las lomas tras el fuego, con la pérdida de sustrato de estos y el elevado riesgo de contaminación de ríos, acuíferos y todo tipo de sistemas fluviales de abastecimiento con los restos dejados por el fuego. La paja actuaría como compactador del terreno y limitaría los daños. Es probable que en la zona abulense arrasada este tipo de actuaciones se den con más frecuencia e intensidad que en la madrileña, a priori menos abrupta, pero en todo caso son tareas que requieren suministro de insumos y el uso de medios aéreos con intensidad, por lo que la factura no deja de crecer.
Hay un coste emocional enorme, e imposible de valorar, por la pérdida del paisaje, y otro, inmenso y, me temo, muy tangible, derivado de la ya nula explotación. Casas rurales, alojamientos de montaña, negocios de rutas y senderismos, decenas de actividades relacionadas con el ocio campestre, las excursiones o el asueto están condenadas a desaparecer una vez que los parajes que las sustentaban se han esfumado. Toda una red económica de servicios asociados a l turismo de naturaleza han desaparecido con las llamas. Para los pueblos del entorno es un daño inmenso, que se extenderá a lo largo del tiempo, y limitará mucho sus economías locales. Toda una serie de facturas que van a salir carísimas.
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