viernes, enero 09, 2026

Los venezolanos no importan

En una entrevista que concedió ayer a su canal amigo de televisión, la FOX, el vicepresidente de EEUU, JD Vance, mano derecha de Trump y más que posible sucesor, a la pregunta del entrevistador sobre en qué iba a mejorar la vida del norteamericano medio con el ataque a Venezuela, se mostró tan directo y carente de escrúpulos como su jefe. Afirmó que ahora mismo los inmensos recursos naturales del país están en manos de EEUU y que en un futuro no muy lejano la gasolina y otros costes que pagan los americanos verán reducido su precio por la explotación que de esos recursos se va a llevar a cabo.

Es un perfecto ejemplo de mentalidad colonialista del siglo XIX. Si algo me interesa, me lo quedo, y si es de alguien, si soy más fuerte, se lo quito. Hasta no hace mucho EEUU mantenía un discurso de promoción de la democracia en el mundo, mezclado no pocas veces con explotación de recursos de por medio, pero existía un sustrato ideológico de desear la expansión de los regímenes liberales por el mundo, sobre todo cuando existía un antagonismo dictatorial como fue el caso de la época de la guerra fría. Ya no. Los actuales líderes de esa nación actúan desde la prepotencia más absoluta, la de saberse poseedores del mayor ejército del mundo y de la capacidad de imponer una fuerza desproporcionada sobre todos los demás que se les crucen en el camino. En el caso de Venezuela el argumento exprimido por la administración Trump ha sido el del vínculo de Maduro con redes de narcotráfico, y esa es la causa por la que va a ser juzgado en suelo norteamericano, pero es obvio que si Maduro estaba compinchado con cárteles, cosa que es perfectamente posible, otros miembros de su régimen no se dedicaban a la beneficencia. Diosdado Cabello o los hermanos Rodríguez también formarían parte de una estructura delictiva. Lo que es obvio es que todos ellos componían la cúpula del poder dictatorial venezolano, cúpula descabezada, pero que se mantiene casi intacta en el resto de niveles, tras el ascenso de Delcy al poder. Ayer varias fuentes de la administración Trump hablaban de que el control del país se puede mantener durante años, porque expoliar sus recursos no va a ser tarea fácil ni rápida. Eso va a requerir notables inversiones, presencia sobre el terreno de compañías privadas petroleras y fuerzas militares de defensa, y más que sustanciosos ingresos tanto para la potencia colonizadora como para los jerarcas actuales del chavismo, que van a ver cómo lo que antes robaban se queda convertido en poca cosa frente a lo que van a poder llevarse ahora. Con estos réditos a la espera es más que lógico suponer que Delcy, y otros, traicionasen a Maduro para quedarse con el poder y repartirse un jugoso botín. La falta de escrúpulos está bastante bien repartida entre todos los personajes de este drama. Y algo que también comparten todos ellos es el absoluto desprecio al pueblo venezolano. Los millones de ciudadanos de ese país que malviven en él y los que han tenido que huir, por la miseria o por la persecución, no cuentan para nada en esta ecuación, son comparsas, decorado sobre el que actúan los poderosos. Quizás algo de las inmensas cifras que se acaben deduciendo de toda la corrupción que se va a poner en marcha ahora caigan hacia algunos sectores de la población del país, pero lo que les pase a los venezolanos, en su futuro político y económico, es lo que menos le importa a Trump y a su camarilla, y a Delcy y los suyos. Ambos han firmado un pacto bañado en crudo, la necesaria sangre y fortunas futuras a la espera. Todo lo demás es disimulo, ruido y algo de propaganda, tampoco mucha, que no hace falta vestir demasiado la colonización que viene.

Ayer fueron liberados en Caracas cerca de un centenar de presos políticos, de esos que los que apoyan al régimen entre nuestros ciudadanos dicen que no existen, en lo que parece un gesto de buena voluntad, pero que no cambia mucho las cosas. La represión se mantiene, la posibilidad de reconocer a Edmundo González, ganador de las elecciones de 2024 como presidente es nula, y la estabilidad de Delcy y los suyos en el poder se consolida día a día en medio de cesiones ante los mandatos de Trump y promesas de enriquecimiento para los que le sean leales. El futuro del país es oscuro, y la esperada transición democrática no es deseada por ninguno de los que ahora mismo detentan el poder, tanto en Caracas como en Washington.

jueves, enero 08, 2026

Se lo lleva crudo

Cuando usted ya estaba incumpliendo los primeros propósitos de año nuevo, incluso antes de que muchos renunciaran a su primera sesión de gimnasio por eso de “bueno, queda mucho año por delante” Trump ya estaba maquinado cosas para dejarnos a todos pasmados, y escogió Venezuela como el primero de sus objetivos, país que se encontraba en el punto de mira, literalmente, desde hace ya tiempo. Era evidente que el despliegue militar realizado en torno a las aguas del país caribeño no podía ser sólo un teatro, era demasiado aparatoso e intenso para quedarse en mera fanfarronada. Y en efecto, se usó.

El Sábado 3 de enero se puso en marcha una operación militar que, con el bombardeo previo de algunas instalaciones militares en Caracas y alrededores, llevó a cabo la captura de Nicolas Maduro, el presidente del país, el líder de la dictadura que oprime a los venezolanos. A lo largo de ese día las impresiones de los que seguíamos las noticias, al menos las mías, iban cambiando a la vez que se superponían. Evidente sorpresa por lo sucedido, por la forma y el éxito aparente de una operación de descabezamiento del régimen. Alegría por la caída de un dictador que ha oprimido a su país durante años, condenándole a la miseria económica y la represión. Inquietud por las formas, por la absoluta violación del derecho internacional que suponía que una nación, EEUU, se arrojase por su cuenta y riesgo la labor de descabezar a otra nación soberana y atacar su territorio, aunque fuera de una manera quirúrgica, como parecía que había sido el golpe, sensación de “deja vu”, de vuelta a unos años sesenta y setenta donde Washington imponía a sangre y fuego los liderazgos en una América Central y del Sur donde la democracia era una aspiración vana… todo agolpado a lo largo de una mañana en la que las noticias se sucedían sin parar, hasta llegar a un mediodía en el que se confirmaba que Maduro, apresado, ya iba camino a EEUU, a una cárcel en Brooklyn, uno de los distritos de Nueva York. La sucesión de opiniones y especiales en los medios no cesaba, en medio de unas vacaciones navideñas pre Reyes que ya habían quedado suspendidas para todos. Había aún bastante confusión, incluida entre los venezolanos opositores al régimen, que veían con asombro el derribo del tirano y el surgimiento de una esperanza pero, al menos así lo creía yo, era necesario esperar a la comparecencia de Trump, prevista para la tarde de ese sábado, para tener una idea medianamente cierta tanto de lo que había pasado como el cómo y las consecuencias de lo que vendría después. Esa aparición ante los medios se produjo en su casa de Florida, desde donde se dirigió toda la operación, en una nueva muestra de cómo el magnate considera la presidencia de su país como un negocio privado en el que la institucionalidad y las formas no son sino obstáculos a su megalomanía. Las explicaciones empezaron con retraso, pero a los pocos minutos de la misma empezó a quedar bastante claro no sólo que estábamos ante un nuevo espectáculo televisivo de Trump, de esos que tanto le gustan, sino que la captura de Maduro no se enmarcaba en ningún plan de derrocamiento de la dictadura chavista y de la vuelta de la democracia al país, no. Todo era una operación destinada sí al descabezamiento del régimen, y sí, sobre todo, a la puesta de Venezuela bajo tutela norteamericana para que los recursos naturales del país, especialmente el petróleo, pero no sólo, fueran gestionados, explotados e ingresados por empresas norteamericanas. No estábamos ante la caída de la dictadura, sino a su sometimiento ante otro régimen, que parece ir encaminado a serlo.

Transcurridos algunos días desde los hechos del 3 de enero, es evidente la desvergüenza absoluta con la que la administración Trump trata a la oposición venezolana y la obsesión que mantiene con el control del petróleo y sus ingresos. Estamos ante una mera operación de robo, de apropiación, de asalto. La sucesión en el régimen, a cargo de la muy conocida Delcy, garantiza estabilidad y represión de puertas para dentro y la tutela que EEUU va a poner sobre ella determinará que la mayor parte de los ingresos generados por el país se queden en Washington, incluso en la propia familia Trump, convertida en una satrapía. No va a haber transición democrática en Venezuela, sí un acuerdo entre mangantes, nacionales y extranjeros.