miércoles, mayo 24, 2017

Padres, hijos y terrorismo

Todos los ataques terroristas tienen un punto indiscriminado. Nos equivocamos al pensar que son selectivos cuando, como en la época de ETA, eran fuerzas y cuerpos de seguridad del estado las principales víctimas de los mismos. Ellos eran nuestra seguridad, y suponían la primera barrera que tenía que franquear el terrorismo clásico. Luego llegaría la “socialización del terror” en un documento, táctica y expresión que los malnacidos del DAESH hubieran podido copiar letra por letra. Las bombas en la calle, en los transportes, en actos públicos, en centros comerciales, son escaladas en un proceso de amedrentamiento de la sociedad, que busca doblegarla por el miedo, por la sensación de descontrol.

En el atentado de Manchester esa sensación de indiscriminación es inmensa, y se ve reforzada porque el público que se concentraba en el recinto era, mayoritariamente, gente joven, críos y familiares que les acompañaban. Era un objetivo tan fácil a la hora de hacer daño como intenso en la profundidad que ese daño puede lograr. A medida que se va conociendo el balance de víctimas descubrimos rostros e historias de chicos que bordean la decena, alguno no llega, o que están en plena adolescencia. Son vidas segadas en sus primeros brotes, algo tan cruel como el episodio del ascensor que comentábamos la semana pasada, impactante por el hecho en sí, pero también por la corta edad de las víctimas. Manchester pone de relieve que todos somos el objetivo del terrorismo, y seguramente provocó ayer reacciones encontradas en muchas familias, que a determinada hora o comieron o cenaron juntas, o sacaron un tiempo para hablar, y el tema del atentado estaría pululando en el ambiente. Ayer muchos padres y madres sentirían el atentado como propio al ver los rostros de las víctimas, y pensar que, por qué no, podían ser los de sus hijos. Quizás muchos de ellos estuvieron haciendo cola hace unas semanas en un concierto para ellos, o lo tienen pensado hacer próximamente en el verano, de actuaciones y festivales al aire libre. Y muchos chavales, a los que el terrorismo yihadista les puede sonar a algo ajeno, ayer se encontraron que las redes sociales en las que viven con tanta intensidad se llenaban de mensajes e congoja y pena, distribuidos entre otros por Ariana Grande, la cantante que actuó en la maldita noche de los hechos. ¿Cómo han reaccionado esos chicos ante lo sucedido? ¿Cómo lo han visto? ¿Qué es lo que han entendido? Si para nosotros los adultos hechos como estos nos llenan de duda, tristeza y falta de respuestas, la situación para ellos será igual o, quizás, incluso peor. Seguro que algunos padres habrán tratado de tranquilizar a sus hijos ante lo sucedido, restándole importancia, mintiéndoles a ellos y a sí mismos tratando de controlar los daños y apaciguar el miedo creciente en su interior. Es algo normal y comprensible. Otros les habrán contado algo relacionado con el fanatismo islamista, con algo que sucedió en Madrid en 2004, fecha en la que muchos de esos críos aún no habían nacido o eran bebes. En cada casa se habrá vivido una escena distinta, pero con la misma preocupación, y sensación de no entender, de no encontrar una respuesta al angustioso “por qué” que surge cada vez que un hecho atroz de estas características nos llena la actualidad y nos golpea con su furia. Quizás en muchos hogares se haya optado por el silencio, consensuado o no, buscando no sacar el tema para no generar angustia o aprovechar que los smartphones nos impiden hablar con los demás para, en un día tan amargo, que sea la ausencia de palabras la que permita cubrir, con una capa de silencio, lo sucedido.


Ayer por la noche había un concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid, de Ricky Martin. Todo vendido, y miles de personas, unas 15.000, entrando poco a poco tras superar numerosos y, sospecho, reforzados controles de seguridad. Los testimonios de muchos de los que aguardaban para entrar en el recinto, jóvenes, padres, chicos y demás, coincidían en valorar como muy grave lo sucedido, pero en la necesidad de seguir viviendo, de no renunciar a aquello que los terroristas desean prohibir. Fácil de decir, difícil de hacer en un día como el de ayer pero necesario, como nunca, una jornada después del atentado. Hablemos de lo sucedido y compartamos, con nuestros amigos y familia, el dolor y la pena, para ayudarnos mutuamente en la desazón. No vencieron los terroristas del pasado, luchemos para que no lo hagan los de ahora.

martes, mayo 23, 2017

Atentado terrorista en un concierto en Manchester

Me levanto por las mañanas, siempre a la misma hora, y en el salón desayuno algo rápidamente mientras veo las noticias, siempre con la esperanza de no descubrir malas novedades que hayan sucedido durante la noche. Varios han sido los despertares de sobresalto, por temas políticos y, sobre todo, terroristas. La maldad no entiende de horas y lugares, y puede obsequiarnos con el dolor nada más levantarnos. Esta mañana ha sido una de esas en las que mejor hubiera sido no poner la televisión, porque cuando me acosté ayer nada había sucedido en Manchester. Y ahora ya nada se puede hacer para evitar lo que ha pasado.

Aunque hay aún bastante confusión, la explosión de al menos un artefacto a la salida de un concierto en el Manchester Arena, ha causado al menos 22 muertos y decenas de heridos. El pabellón es un recinto cubierto del estilo del Palacio de los Deportes de Madrid o el BEC de Bilbao, para que se hagan una idea. Las crónicas, apresuradas y hechas en plena madrugada, que son lo que podemos leer ahora, relatan a duras penas el pánico de los congregados aún en el pabellón, que ven y oyen un estruendo en uno de los laterales, como muestra un vídeo que he visto en el telediario, aunque era difícil apreciar algo. La gran cantidad de adolescentes y críos que estaban en el recinto, muchos de ellos acompañados de sus padres y otros adultos, ha añadido sin duda más tensión en el ambiente, más dolor a lo sucedido, y no es descartable que entre las víctimas se encuentren personas de muy corta edad. Los servicios de seguridad, seguramente preparados ante un hecho terrorista pero también más que seguro desbordados por la magnitud y la mera existencia del mismo, han procedido también a evacuar la estación central de ferrocarriles de la ciudad, en lo que parece la extensión de una operación en búsqueda de sospechosos o de posibles nuevos artefactos, sin que ahora mismo pueda decirles nada sobre las características del explosivo utilizado, su cantidad, ni si, dato muy relevante, nos encontramos ante un suicida o no. Parece ser también que, como en ocasiones anteriores, se ha puesto en marcha una red improvisada de acogida por parte de los habitantes de Manchester a los miles de personas que, residentes de esa ciudad o no, se habían quedado en la noche varados a las afueras de un estadio convertido en el centro de la devastación. Mensajes de móvil y redes puestas en marcha ofreciendo cobijo, cama, calor y consuelo a personas que, sin duda, han debido vivir una experiencia traumática difícil de imaginar. Es más que probable que las nacionalidades de los asistentes al concierto sean muy numerosas, y que pueda pasar lo mismo entre las víctimas y heridos. No he podido escucharlos bien, pero los medios empiezan a colgar testimonios de españoles que, o estaban en el concierto, o residen en Manchester, y que sin duda podrán aportar algo de luz no tanto sobre lo sucedido como lo vivido posteriormente, el despliegue de seguridad y la sensación que ahora se vive en la ciudad, conmocionada por completo por un atentado que ha roto su noche. Al contrario que en ataques anteriores, más modestos en medios y en consecuencias, aunque un muerto sea irreparable en sí mismo, la dimensión de este atentado, y el que haya sido perpetrado en plena noche le añade aún si cabe mayor angustia. Y todo a las puertas del verano, época llena de festivales, conciertos, concentraciones al aire libre y eventos de todo tipo que, desde ahora, serán observados como potenciales focos de ataque terrorista, extendiendo el miedo a todos los lugares donde uno pueda imaginar, dado que el terror no conoce fronteras. Y, también, a escasas dos semanas de que se produzcan, el próximo 8 de junio, elecciones para la renovación de las cámaras y el gobierno del Reino Unido, elecciones marcadas por el Brexit y ahora, también, condicionadas por la seguridad.


Me quiere sonar que en la novela “Mr Mercedes” de Stephen King, hay un sujeto que tras cometer un atentado con un Mercedes contra una cola de desempleados que acuden a una oficina de empleo, y matar a unos cuantos, planea un atentado similar, suicida, en un recinto cerrado, en un concierto adolescente. Finalmente el atentado es desbaratado por un policía, coprotagonista de la novela. En esta ocasión el final no es feliz, y la realidad muestra su peor cara. Toca hoy uno de esos días que se hacen duros, muy cuesta arriba, en los que la información se mezcla con la crónica forense y donde las preguntas, muchísimas, apenas encontrarán respuestas. Manchester es hoy la capital del dolor.

lunes, mayo 22, 2017

El retorno de Pedro Sánchez

Nos pasamos la vida exigiendo a los partidos políticos debate, confrontación de ideas y candidatos y, en general, formas democráticas. Y cuando así lo hacen, nos pasamos el resto del día criticando sus divisiones internas y las crisis que han aflorado. Es un poco incoherente, cuando no esquizofrénico. En este sentido el PSOE cumple plenamente todo lo dicho. Ha dado un ejemplo de democracia interna, ante los suyos y ante todo el país, y del proceso de primarias sale con unas divisiones que son objeto de análisis y siembra de cizaña por parte de todos los que se dedican a seguir los avatares políticos. Al menos debiéramos reconocerles el ejemplo democrático que han dado.

La victoria de Pedro Sánchez en la noche de ayer fue tan incontestable como amarga la cara de derrota que exhibía Susana Díaz durante su breve y esquiva comparecencia. Sánchez vuelve a la secretaría general del partido aupado por la rabia de una militancia que ven en él un revulsivo frente a las formas del aparato, que lo ha erigido como líder pese a que los resultados electorales cosechados bajo su mandato fueron desastrosos, y que confía en su palabra basada en un no a Rajoy como bandera, pese a la ausencia de un proyecto global de futuro y de una línea socialdemócrata definida. El voto a Sánchez por parte de los militantes es tanto un voto de esperanza en un nuevo PSOE como una manera de enterrar el PSOE de toda la vida. Los líderes históricos, que en su inmensa mayoría, por no decir totalidad, apoyaban a Susana, han sido derrotados con ella, y ahora están ya jubilados de facto en un partido que, en su próximo congreso federal abordará, quizás la mayor renovación de cargos internos de su historia. Pese a lo logrado, Sánchez se enfrenta a enormes retos que pueden hacer muy ingobernable su victoria. La división en el PSOE a la que antes aludía es cierta, y los susanistas, heridos pero no desaparecidos, esperarán a cobrarse alguna pieza tras lo escuchado durante la campaña electoral. Así mismo, la mayor parte del poder regional que conserva el partido lo detentan cargos, barones, afines a la línea clásica del partido, no de la cuerda de Sánchez, por lo que la cohabitación con ellos será inevitable y, veremos hasta qué punto, dolorosa. Al maremágnum interno del partido se suma un exterior muy hostil. Podemos sigue en la puerta con el lanzallamas, tratando de destruir la sede y alma del viejo partido para conseguir la hegemonía en la izquierda, su objetivo principal, como buen estalinista, y ya la primera versión de Pedro Sánchez mostró ser un débil adversario para un maquiavélico Pablo Iglesias. ¿Habrá aprendido algo Sánchez de aquella traición? ¿Será ya consciente de que Podemos no es sino el peor adversario del PSOE, y que sólo busca su desaparición? El PP quiere ganarle, pero también le necesita, sin embargo Podemos aspira a laminarlo, hacerlo desaparecer. A todo este lío, de muy difícil previsión, se junta la crisis global que atraviesa la socialdemocracia en toda Europa. Elección tras elección los partidos socialistas europeos pierden poder y se convierten no en minorías, sino en irrelevancias. En la próxima cita, 8 de junio, le puede tocar el turno al laborismo británico. ¿Se enfrenta el PSOE a un escenario similar? Son dos las alternativas posibles. Una, la que desea Sánchez, la portuguesa, en la que el PSOE remonta, se convierte en claro líder de la izquierda y, sumando apoyos del resto de partidos, logra el gobierno. La otra, la que muchos temen, la francesa, en la que el PSOE, con un candidato radical, provoca la marcha de los votantes tranquilos del partido a otras opciones (¿Ciudadanos?) y cae por completo en el ostracismo, dejando el grueso de la izquierda en manos radicales. ¿Será Sánchez el Benoit Hamon español? Sólo el tiempo lo dirá.

Hay un aspecto de este proceso que no puedo eludir comentar. Sánchez, Díaz y López han sido votados por sus militantes, 180.000 personas, un número ridículamente bajo del censo electoral. El grado de afiliación política en España es bajísimo, y esa muestra de militantes probablemente no es representativa de la población. El que haya ganado el candidato de la militancia, mucho más radicalizada que la media, en vez de el electorado, puede ser una de las causas por las que el PSOE no logra remontar el voto. En todo caso, la decisión está tomada, y ahora queda por ver cuál es la versión de Sánchez que se nos muestra esta vez y, sobre todo, qué respaldo electoral logra cuando haya elecciones, que no se prevén en breve.

viernes, mayo 19, 2017

El Brexit dinamita los cimientos liberales de Reino Unido

Aún dura el suspiro de alivio que se generó tras la victoria de Macrón en las presidenciales francesas. Una candidatura abierta, moderna, que no vendía un discurso del miedo, anclada en principios liberales, europeístas y modernos. Cierto es que queda la “segunda vuelta” que son las legislativas, pero la ola Macron puede lograr que su formación saque el resultado necesario para que la Asamblea Nacional le permita gobernar tranquilo. Y de paso, poder arreglar los problemas de Francia, enormes, representados entre otros por esos millones de votos que obtuvo la candidatura extremista de Le Pen, el polo opuesto, en todo, a lo que representa Macron.

Al otro lado del Canal de la Mancha también hay elecciones en junio, y el panorama se presenta bastante distinto. Qué absurdas paradojas. Tradicionalmente Francia ha representado el espíritu proteccionista, la “grandeur” mal entendida, el chovinismo y la mirada altiva frente a los demás, y Reino Unido ha sido cuna de liberales, de mentes abiertas al mundo, el lugar en el que el comercio, la ley y la libertad han estado por encima de todo, la isla a la que uno podía huir en busca de exilio cuando en el continente la cosa se ponía fea. Pues bien, ahora el panorama parece haberse invertido por completo, lo que no sólo me parece absurdo y triste sino, sobre todo, incomprensible. Las elecciones británicas renuevan la Cámara de los Comunes, donde se elige a cada representante por sufragio mayoritario en cada uno de los cientos de distritos electorales en los que se parcela el país. Las encuestas auguran una victoria arrolladora de los conservadores de May, que encarnan cada vez con más fuerza al pacato nacionalismo excluyente, en este caso inglés, frente a unos laboristas perdidos y divididos. El laborismo se presenta con un programa radical, si entendemos como tal a propuestas fracasadas ya en los ochenta, y con el Brexit como bandera, lo que es antagónico para sus principios internacionalistas. Sólo los liberales demócratas presentan un programa abierto, antibrexit y proeuropeo, pero su fuerza es escasa y, de darse la muy anunciada mayoría absoluta conservadora en Westminster, de nada les servirá sacar algunos escaños más o menos. Quedan tres semanas para los comicios, fijados el 8 de junio (sí, es un jueves, eso ya dice mucho de aquel país) y la última propuesta conocida de May y los suyos va completamente en la línea del Brexit y la exclusión. Consiste en duplicar para las empresas el coste de contratación de un extracomunitario. Para todo empresario existen, allí, aquí y en todas partes, impuestos asociados a la contratación de un trabajador, se llamen cotizaciones sociales o de cualquier otra manera. Pues bien, para frenar la inmigración en el país, en lo que parece ser la única obsesión que tienen los conservadores en la cabeza, May anunció ayer que los impuestos a pagar por el empresario serán el doble si contrata a un no inglés no comunitario que a un inglés o comunitario. Y dejó caer que, de momento, los comunitarios no se verían afectados, por lo que muchos suponen que no tardará mucho tiempo el futuro gobierno conservador en extender esta medida, o alguna similar, a los trabajadores que, directamente, no sean británicos. A falta de saber más detalles, esta medida afectaría a trabajadores norteamericanos, australianos, hindúes, y muchos otros países con los que el Reino Unido posee enormes vínculos, y no sólo por su pertenencia a la Commonwealth. La tasa sería un claro caso de discriminación por origen y nacionalidad, una medida de un marcado corte racista que se basaría únicamente en el origen, en el pasaporte del individuo, no en sus estudios, capacitación, valía laboral o experiencia. Me parece una idea aberrante, equivocada, retrógrada y todos los adjetivos peyorativos que ustedes quieran imaginar.


Así que, si nada cambia, y parece muy poco probable que eso suceda, a partir del 8 de junio habrá en Londres un gobierno sostenido por mayoría absoluta en el Parlamento que tendrá como principal guía de actuación no sólo el Brexit, sino la nacionalidad de los individuos, su origen, y todo ello en un país que se va a enfrentar, cada vez con más tensión, a procesos de ruptura en Escocia e Irlanda del Norte. En la patria de los liberales Adan Smith, David Ricardo o John Locke el poder cada vez se vuelve más retrógrado, cerrado y, sí, racista. La primera ministra se apellida May, pero amenaza con llevar a sus islas al invierno ideológico. Es muy triste ver que todo esto suceda.

jueves, mayo 18, 2017

Truena sin cesar sobre Washington

A eso de las cuatro y cuarto de esta mañana diluviaba en Madrid, con rayos y truenos, y toda la aparatosidad asociada a una tormenta de las buenas. Las aceras de mi barrio eran el fondo de improvisados cauces sobre los que el agua corría desatada, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Fogonazos en el cielo anunciaban estampidas y otorgaban a la noche un aire caótico, y las gotas, gordas, caían con estrépito sobre la balsa de agua que se había formado en el suelo. Era bonito verlo desde la ventana, a sabiendas de que no iba a entrar en casa, una vez que todas las ventanas están cerradas como es debido. Fuera, el caos.

Sirva este hecho real de hoy como metáfora de lo que ahora mismo sucede en Washington, en la presidencia de un Trump que no deja de sorprender, aunque quizás ese calificativo ya no sea el más adecuado. No, Trump ya no sorprende. Irrita, indigna, genera estupor, pueden ser conceptos más adecuados para describir las sensaciones que produce su estancia en un despacho, el oval, y una casa, la Blanca, que cada día se ven mancilladas por su actitud. El último episodio, y uno de los más graves, tiene que ver con la reunión que mantuvo en ese despacho con el ministro de asuntos exteriores rusos, Sergei Lavrov, de la que se mandaron algunas fotos a la prensa. Se les ve sonrientes y cómplices. Y si uno sabe los rumores que existen al respecto de la conexión rusa, esa complicidad se torna en connivencia. Al día siguiente de ese encuentro, el Washington Post lanza la exclusiva de que Trump ha compartido secretos sobre seguridad y terrorismo con el canciller ruso, sin haber consultado previamente a sus asesores de seguridad ni a otros organismos de inteligencia. La noticia es un bombazo, y pone en bandeja de los enemigos de Trump la acusación de traición. Durante unas horas todo son desmentidos oficiales, por parte del general McMaster, asesor de seguridad de Trump, otros miembros de su gabinete, e incluso fuentes rusas. Pero al poco de ponerse a tuitear como cada día, Trump confirma que ha compartido esos secretos, porque entra dentro de sus competencias, y le ha parecido lo más correcto. La noticia era cierta. Esto, unido al cese del anterior responsable del FBI, del que ya hablamos aquí hace algunos días, ha generado una tormenta enorme en la capital federal, y cada vez son más los miembros de las cámaras, demócratas y republicanos, que consideran que la actitud de Trump es oscurantista en todo lo que tiene que ver con la conexión rusa, y que esa sombra no hace sino crecer y agrandarse a cada día que pasa. Y la mera asunción de que Rusia hubiera podido influir en las elecciones norteamericanas es de una gravedad tal que marea a los que se ponen a pensar seriamente en ella. En un movimiento pensado para aplacar la presión creciente, Trump ha nombrado un fiscal especial para que investigue todo este asunto, en su totalidad, y de manera independiente. No quiero aquí recordar, dada la experiencia que vivimos ahora mismo en España, sin ir más lejos, sobre lo independientes o no que pueden ser los fiscales, pero la nula actitud de limpieza que Trump ha mostrado sobre este asunto (y la verdad es que sobre cualquier otro) hacen sospechar que ese fiscal, si realiza su trabajo de manera competente, será presionado, cesado, relevado y sancionado por la ira tuitera de un personaje que no es sino el reflejo de las adustas formas que emplea. Y en ese sentido, reconozcámoslo, Trump no engaña a nadie.

Lo cierto es que la política norteamericana vive una situación de parálisis, o al menos desconcierto, que era completamente inimaginable. Trump parece ser muy rápido y hábil a la hora de concertar acuerdos que expandan sus negocios y los de sus hijos, en una muestra de nepotismo presidencial digna del peor cesarismo romano, pero todo lo demás ofrece una imagen de descontrol, de improvisación, de desgobierno. Las peticiones de “impeachment” crecen día a día, y en breve veremos cómo se nos vuelve a explicar el funcionamiento de esta figura constitucional norteamericana con el affaire Clinton Lewinsky. Cada vez se habla más del momento Nixon, el del abandono ante el acoso judicial y las evidencias de delito, pero está por ver que Trump tenga la gallardía que, en su último día en el cargo, exhibió el malhadado Richard.

miércoles, mayo 17, 2017

El Wanna Cry y la guerra electrónica

Si recuerdan, hace ya algunos meses, también en viernes por si quieren pensar en coincidencias, se produjo un ataque informático que tiro los servidores de las principales redes sociales del mundo. Facebook, Twitter y otras tantas marcas en las que pasamos y perdemos demasiado tiempo de nuestras vidas, dejaron de prestar servicio por un ataque planificado, que usaba dispositivos del internet de las cosas, carentes muchos de ellos de protección, para lanzar peticiones de servicio infinitas y colapsar los servidores de destino, en un formato de ataque de diseño bastante clásico. No recuerdo si se llegó a saber quiénes fueron los autores de aquello ni el objeto que se buscaba, pero fue un hecho sonado, y preocupante.

El viernes pasado se produjo otro ataque masivo y global, pero de características más complejas y peores intenciones. En este caso se trataba de infectar los ordenadores con un software malicioso que encripta la información que en ellos se contiene, impidiendo el acceso a la misma, y solicitando un rescate económico a cambio de las claves que permiten la desencriptación. Es un acto de chantaje puro y duro, enmascarado bajo nuevas tecnologías, pero que responde al clásico “la bolsa o la vida” dado que para particulares y empresas actualmente la vida son sus datos. El procedimiento de ataque también fue más perverso y malicioso que en ocasiones anteriores, ya que se dirigió principalmente contra grandes empresas y consorcios públicos, que mantienen conexiones con miles, millones de usuarios, y permiten que la propagación del virus que atenta contra la información sea lo más rápida, efectiva y sonada posible. En España fue Telefónica la empresa en la que se cebó el ataque, pero en reino Unido resultaron ser sus hospitales y resto de la red sanitaria los más afectados. A medida que el viernes avanzaba sus horas el contagio era más global, y los daños económicos crecientes. Quien quiera que hubiera planificado el ataque parecía que no se iba a forrar en exceso con los bitcoins recaudados a cambio de recuperar la información bloqueada, pero sí había logrado extender por medio mundo el miedo al ataque, y la sensación de vulnerabilidad más absoluta. Poco a poco este episodio dejaba de pertenecer al puo mundo hacker para adentrarse claramente en el de la extorsión, la delincuencia y la política. Vista la envergadura del ataque, y sus consecuencias globales, una de las preguntas que ya estaba en boca de todos el viernes por la noche era si los autores de semejante hecho habían contado con el soporte de un estado, o al menos una agencia de inteligencia nacional. Las primeras miradas se dirigieron a los sospechosos habituales, Rusia y China, pero esa hipótesis perdía fuerza a medida que sistemas financieros y de servicios públicos de estas naciones caían víctimas de la infección. El descubrimiento por parte de un joven informático de una vía para impedir la propagación del virus, junto a la constatación de que la puerta de entrada de este ataque era un agujero de seguridad de Windows conocido desde hace meses, y que Wikileaks había revelado como una de las puertas que usaba la NSA para entrar a espiar los ordenadores de medio mundo otorgó a todo el episodio las características de una buena serie de distopías cibernéticas, dejando a los guionistas de ficción en pañales ante lo que los informativos iban contando. A lo largo del fin de semana muchas voces empezaron a apuntar a Corea del Norte como el país que pudiera estar detrás de todo este tinglado, pero como es obvio en este caso nada han confirmado ni desmentido las autoridades de ese oscuro régimen. Se limitaron a hacer una prueba balística la noche del sábado para meter miedo y no han dicho ni palabra del asalto informático.


Hay que reconocer que los atacantes tienen un cierto grado de humor, sádico si quieren, dado que han llamado a su virus maligno “Wanna cry” que en inglés quiere decir “quiero llorar”, sentimiento que sin duda embargará a quienes vean su ordenador, y su contenido, tomado al asalto por estos piratas y duden sobre si podrán recuperar sus contenido. Si leen esto es que su ordenador les funciona y sirve como prueba de que lo mismo sucede con mi equipo del trabajo, por lo que tenemos la oportunidad de, hoy mejor que mañana, actualizar la copia de seguridad de los archivos y así minimizar riesgos y preocupaciones. Habrá más ataques como este, porque me da que la red ya es otro campo de batalla más, junto a la tierra, el mar y el aire. Y será muy difícil saber de dónde provienen estos ataques. Y también defenderse.

viernes, mayo 12, 2017

Bankia y el papel del regulador

Ayer el juez Fernando Andreu dio por concluida la instrucción del caso Bankia, otra muestra de que, lenta pero segura, la justicia avanza, y redactó un escrito solicitando penas y preparándolo todo para la apertura del juicio oral. La cúpula de la entidad corre con todas las acusaciones posibles, encabezada por Rodrigo Rato y Jose Luis Olivas, este último expresidente de la valenciana Bancaja, una de las piezas que formaron el Frankenstein bancario. En su escrito, Andreu exime de culpa a dos instituciones muy relevantes, el Banco de España y la Comisión Nacional de los Mercados y Valores, la CNMV, y creo que ahí se equivoca estrepitosamente.

Una democracia, y una economía de mercado, requieren de instituciones fuertes y solventes. Hasta los fanáticos más acérrimos del liberalismo saben que son imprescindibles unas instituciones mínimas que, por ejemplo, velen por el cumplimiento y defensa de los derechos de propiedad. La dimensión y el alcance de dichas instituciones es objeto de debate desde hace siglos y, aparecer, de imposible acuerdo, pero es innegable su importancia. En economía, el papel de los reguladores es aún si cabe más importante, porque en todo momento en el mercado se encuentran agentes que poseen distintos grados de poder, incentivo, motivación e información. Si estos reguladores no hacen bien su trabajo será inevitable que unos acaben estafando a otros. Y la solidez, independencia y coherencia del regulador nos dirá mucho sobre la calidad de esa economía de mercado, de hasta qué punto es algo así o se parece más a un casino o a lo que también se conoce en la literatura, y no sólo ahí, como capitalismo de amiguetes. Si quieren leer algo ameno e instructivo al respecto, no se pierdan “Por qué fracasan los países” de Daron Acemoglu, James A. Robinson, una joya de libro. Pues bien, el caso Bankia es un ejemplo, también de libro, de fallo de los reguladores, de fracaso en su papel de vigías y controladores en todos los puntos en los que debían haber estado atentos y les correspondía por sus competencias. A quien más culpa se le puede atribuir en todo esto es al pobre Banco de España, cuyos inspectores ya advirtieron que las cuentas de Bankia eran menos creíbles que las charlas homeopáticas, y que era altísimo el riesgo de quiebra de una entidad a todas luces inviable. Esos avisos, que circulaban por el caserón de Alcalá, no fueron escuchados por los directivos de la entidad, prestos al servicio del gobierno de turno y, si fueron oídos, se olvidaron con la misma velocidad con la que el dinero se perdía en la antigua Caja Madrid. Una vez que el Banco de España da su incomprensible visto bueno, entra en escena la CNMV, al producirse la salida a bolsa de la entidad. No éramos pocos los que decíamos que eso era un disparate, y que iba a arruinar a los que, pobres, cayeran en esa trampa. Es labor de la CNMV proteger al pequeño accionista no de las pérdidas, porque el riesgo es de quien se mete en la bolsa, pero sí de las estafas, cuando se vende como sólida y segura una acción de una entidad que estaba en la quiebra. Se admite ahora que el folleto explicativo de la salida a bolsa estaba lleno de inexactitudes, datos falsos y mentiras enormes, que en definitiva era un bulo para captar a ingenuos y desplumarles en la esperanza de que fuera su dinero el que salvara a la entidad y, por supuesto, a sus dirigentes. Y ante semejante riesgo, la CNMV no hizo nada, Avaló todo el proceso, le dio una aura de seguridad y permitió que pequeños (y no tanto) accionistas cayeran en la trampa de Bankia. Tanto por acción como por omisión, los dos organismos reguladores fracasaron en sus labores, no hicieron lo debido, contribuyeron a aumentar aún más la dimensión del problema, y perdieron gran parte de su imagen y prestigio en el desastre que se produjo pocos meses después del inicio de cotización de la entidad.

Por ello, es incomprensible e injusto que ambas instituciones no sean acusadas en el escrito de instrucción, porque su parte de culpa tienen, y no poca, en todo lo sucedido. Seguramente fueron presiones políticas de primer nivel las que les obligaron a actuar así, pero aunque eso explique lo sucedido, ni las justifica ni, desde luego, exculpa. La acusación popular, con Andrés Herzogg a la cabeza, ya ha dicho que va a recurrir el auto para que esos dos organismos se sienten también en el banquillo, den explicaciones claras y se enfrente a la justicia, para que esta decida las penas que les corresponden por su negligencia y traición a la trascendental labor que tienen como partes fundamentales a la hora de crear mercado y delimitar sus funciones. El fallo institucional de Bankia fue de primera magnitud.


El lunes 15 es fiesta en Madrid y me cojo de vacación el martes 16. Si no pasa nada raro, nos leemos el miércoles 17, con los previstos calores de mayo