viernes, agosto 18, 2017

El terror, en Barcelona

Demuestra Julian Barnes, en su espléndida novela “El sentido de un final” hasta qué punto no es fiable nuestra memoria, cómo hechos que guardamos en ella como reales hasta el extremo pueden ser falsos, meras imaginaciones. Lo mismo sucede con los testigos, que tantas veces creen presenciar u oír cosas que realmente no sucedieron. Durante varias horas de la horrorosa tarde de ayer un terrorista estaba atrincherado en un bar de Barcelona, y las fuerzas de seguridad negociaban su entrega. Por la noche supimos que ese episodio era falso, inexistente. Nunca tuvo lugar, pese a que, por mucho tiempo, todo el mundo lo dio por cierto, y no pocos lo atestiguaron.

Pese a ello, creo que uno de los testigos que presenció ayer el horror en Barcelona fue tan preciso como realista a la hora de definir lo que vio y vivió. Decía, en una comunicación sin imágenes, que la escena era como la de una cosechadora en un campo de maíces, en el que las personas, atropelladas por la furgoneta, salían disparadas como mazorcas, rotas, y se estrellaban después contra el suelo. Esa es la imagen del horror, encarnado ayer sobre la Plaza de Cataluña y el inicio de Las Ramblas en forma de furgoneta blanca que, cruel ironía, acabó detenida sobre un mosaico elaborado por Joan Miró. Una muestra de limpio y brillante arte mediterráneo mancillada por aquellos que sólo buscan oscuridad y muerte sea cual sea el mar cercano. El atentado terrorista de Barcelona, cuyo balance aún es provisional, deja por ahora trece muertos y casi un centenar de heridos, muchos de ellos de extrema gravedad. Las nacionalidades de las víctimas se pueden contar por decenas, y la futura repatriación de los cadáveres convertirá a este atentado en otro fenómeno de terror global que extenderá el dolor por medio mundo. A lo largo de la noche la actividad de los terroristas y de las fuerzas de seguridad ha seguido, y los Mossos han logrado abatir a cinco terroristas que pretendían causar otra matanza en el paseo de Cambrils, localidad costera de Tarragona, y hervidero de turistas no sólo durante estas fechas. Algo han logrado los malnacidos, causando seis heridos, uno de ellos de extrema gravedad. Este ataque nocturno, junto con la sospecha por parte de los Mossos de que la explosión de gas que tuvo lugar la noche del miércoles en Alcanar, Tarragona, hace pensar que no estamos ante un lobo solitario, ni mucho menos, sino ante toda una célula organizada que ha tramado estos atentados, quizás más. Algunas hipótesis de ayer por la noche, con las que hay que ser cautos, hablaban de que la explosión de gas de Alcanar tuvo lugar por manipulación de bombonas de butano. Quizás los terroristas planeasen un atentado con este material como explosivo y, tras el error cometido y el riesgo a ser descubiertos, aceleraran sus planes y decidieron atacar de una manera más chapucera pero, igualmente, letal. No se sabe con certeza. Ahora mismo tenemos tres escenarios del crimen, el tercero de ellos, el de Cambrils, apenas abierto hace tres horas, por lo que el trabajo que espera a los cuerpos de seguridad por delante es tan duro y difícil como uno sea capaz de imaginarse. Por ello, habrá que dar tiempo y tener paciencia para atar las piezas de este maldito puzle. No debemos olvidar que el conductor de la furgoneta sigue huido, sin que hasta este momento se tenga constancia alguna ni de su identidad ni, desde luego, paradero. Los dos detenidos lo están por el alquiler de las furgonetas utilizadas, una de ellas para la masacre, pero al parecer ni la persona conocida como arrestada ni la que falleció por disparos de los Mossos tras saltarse un control ayer por la tarde tienen relación con lo sucedido.


Una, cien, mil veces, he reiterado desde aquí y en todos los sitios en los que este tema ha surgido en conversaciones y debates, que la seguridad absoluta no existe. Que nuestras fuerzas de seguridad son de las mejores del mundo para combatir a estos desalmados, pero que aunque desarticulen una, diez o cien tramas, basta que una se les escape para que la desgracia llegue hasta lo más hondo de nuestros corazones. Y ayer, en Barcelona, los terroristas yihadistas lograron su objetivo. Mierda. Mi sentido pésame a los familiares de las víctimas, apoyo a los heridos, a los cuerpos de seguridad y a los sanitarios que se desviven para que todos se recuperen. Y Barcelona, como otras tantas ciudades en el pasado, hoy bañada en las lágrimas de todos nosotros.

jueves, agosto 17, 2017

Trump y los confederados

Se demuestra que, para todas las naciones, no hay mayor desgarro que una guerra civil. Aquí tenemos una polémica semanal, cuando no diaria, a cuenta de la nuestra, acaecida hace ochenta años, y cuyos rescoldos siguen muy vivos en la memoria y sentir de no pocos. La gestión que se hace de la llamada memoria histórica es un asunto delicado, en el que se mezclan ideología, sentimiento, revanchismo, dolor y ganas de recuperar algo de lo perdido. No estamos dando un buen ejemplo de cómo sanar algunas de esas cicatrices, algo que sólo se puede hacer desde la moderación, el respeto y la seguridad de que en una guerra de ese tipo la incivilidad está siempre muy bien repartida, y que los bandos, en muchísimos casos, no son tales.

En EEUU, su guerra civil tuvo lugar en el siglo XIX, y esta semana hemos visto nuevamente cómo aún hay heridas abiertas en aquella sociedad, heridas que algunos fanáticos aprovechan para alimentar sus causas, aunque de esa manipulación surjan daños tan enormes y destructivos como los que llevaron en su momento al enfrentamiento. Como en todos los casos, las causas de la guerra entre los yankies del norte y los confederados del sur fueron múltiples, enlazadas entre ellas y de compleja explicación. La esclavitud fue el argumento básico del enfrentamiento, pero uno nada menor, relacionado con el primero, era la distinta estructura económica de ambos bloques. El norte, liberal, emprendedor, necesitaba un cierto proteccionismo para defenderé las incipientes industrias que surgían por doquier, mientras que el sur, agrícola de latifundios algodoneros, demandaba más libre comercio para poder exportar sin freno sus producciones de algodón que, gracias a la mano de obra esclava, carente de coste, eran sumamente rentables. Eliminar la esclavitud en el sur no suponía sólo que las fiestas del principio de “Lo que el viento se llevó” perdieran estilo, no, sino la quiebra del modelo económico en el que se basaba toda la zona, y por tanto la ruina de los sureños. Eso lo sabían muy bien unos y otros. La guerra, disputada y cruel, fue finalmente ganada por un norte que creía en los valores morales que le llevaban al frente, contaba con una figura de porte universal, Abraham Lincoln, y ejercía un músculo económico que permitía alimentar y surtir de munición a tropas cada vez mejor preparadas. El sur, poseedor de buenos generales, como Robert Lee, probablemente mejores que sus rivales del norte, contaba con un ejército menos profesionalizado, y que se desgastó con rapidez. La economía sureña no podía sostener un combate durante largo tiempo, y el espíritu de los “caballeros” sudistas poco podía hacer ante el ejército cada vez más tecnificado del norte (en una especie de preludio muy anticipado de lo que serían los primeros compases de la IGM). La rendición del sur fue inapelable, y su estancamiento económico, progresivo. Hoy en día los estados más pobres de EEUU coinciden, en gran parte, con aquellos que tuvieron el sistema esclavista. Pese a perder la guerra, muchas de las clausulas y modos de vida, basados en la segregación racial, siguieron en pie durante gran parte del siglo XX, y en cierto modo, una de las líneas históricas del pasado siglo en EEUU es la del proceso de eliminación de esas discriminaciones. La lucha por los derechos civiles de la población negra en EEUU ha sido larga, dura, costosa, y llena de momentos de esperanza junto a muchos otros de frustración y dolor. Vimos, durante la presidencia de Obama, el contraste inaudito entre una casa Blanca comandada por un negro junto a disturbios raciales de intensidad casi olvidada motivados, en gran parte, por abusos policiales injustificados. El problema de la segregación sigue vivo en gran parte del país, y requiere un tratamiento delicado, continuo y firme en pos de la defensa de los derechos de todos.


Por eso, actitudes como la de Trump son de lo peor que se puede hacer desde una institución pública, que encarna a la nación, representa a todos, y es financiada por todos. El supremacismo que destila Trump y gran parte de sus asesores resulta tan injusto y falso como las condenas de mantequilla que muchos gobernantes nacionalistas hacían de los atentados de ETA cuando, forzados por la situación, tenían que decir algo para cumplir el expediente. Y se les notaba la falsedad de sus palabras. Trump adopta esa misma postura, opta por el bando supremacista, racista, el bando que no duda en falsear hoy parte de la historia del país, mañana cualquier otra cosa, para generar odio y conseguir apoyos entre la barbarie. Trump es lo más nefasto que le ha sucedido a EEUU en mucho tiempo.

miércoles, agosto 16, 2017

La ley del silencio del taxi

La escena es propia de una película de mafiosos, de los de verdad, de los que carecen de estilo y son pura violencia. Tomada desde abajo, lo que impone aún más, muestra a Eduardo Martín, presidente de la asociación mayoritaria del sector de las VTC, esperando en un aparcamiento, dice la crónica que para ser entrevistado por una televisión. De repente, un grupo de personas aparece por el lado derecho de la imagen y empiezan a increpar a Eduardo, a empujarlo, y sin solución de continuidad, uno de ellos le suelta un porrazo en la cara, que hace retirarse al agredido hasta el fondo de la imagen, en busca de socorro, imagino que lleno de miedo.

Ahora es Málaga la ciudad que vive en primera línea las protestas del sector del taxi por la irrupción de la competencia en lo que hasta hace poco era su monopolio. El desplazamiento de turistas a las zonas de costa hace que en estos días sea en esas localidades donde se den las noticias y, también, los conflictos. A medida que retornen los residentes a Madrid y Barcelona, volverán a ser las capitales el escenario de protestas y broncas entre los taxistas, las fuerzas de seguridad y la ciudadanía en general. En lo que llevamos de año este conflicto intermitente cada vez va a más, y como ya he expresado en más de una ocasión, son los taxistas los mayores perdedores de una actitud que demuestra hasta qué punto están dispuestos a llegar para mantener una situación de privilegio que ha durado décadas. Puedo entender que muchos de ellos se sientan estafados. Les dijeron que entrar en esa profesión era un chollo, un trabajo duro, sí, pero con ingresos seguros. Te arruinas para hacerte con una licencia, que son tan caras porque existe un acuerdo entre los gobiernos responsables y los taxistas para limitar el número de los mismos. Y una vez conseguida la licencia, a trabajar ya a ganar dinero seguro. Afortunadamente el gremio del taxi no logró que las autoridades suprimieran el transporte público, porque es una de sus principales competencias, pero seguro que a alguno de sus integrantes se le llegó a ocurrir la idea. Durante muchos años el sector se mantuvo inalterado, y las administraciones, gestoras de un monopolio, recaudando, y el consumidor, sufridor de ambas partes, pagando un exceso por un servicio que podía ser bueno o malo, no había manera de saberlo. La tecnología ha logrado digitalizar el servicio de transporte, y junto con la desregulación proveniente de Bruselas (bendita UE) dos competencias han aparecido en ese mundo, los coches y motos eléctricos de alquiler, que para el caso de Madrid funcionan dentro de la M30, y los VTC, licencias de alquiler de vehículos con conductor. Ambos se gestionan a través de apps en el smartphone y ofrecen un servicio más barato que el de la tarifa regulada de taxi y que puede ser valorado por el consumidor en el caso de los VTC, por lo que hay presión para que la calidad del servicio aumente. Esto se ha traducido, evidentemente, en menor negocio para el taxista y, con ello, devaluación del precio de la licencia, la cara garantía adquirida que permitía mantenerse en el negocio. Muchos se endeudaron para pagar los cientos de miles de euros que valía una licencia, que ahora cotiza bastante por debajo de ese valor, y para muchos taxistas el negocio empieza a no dar dinero. Por tanto, es comprensible su enfado y protesta, pero creo que se enfrentan a una realidad nueva que, créanme, les da un pequeño margen de vida para poder cambiar de negocio antes de que la revolución llegue.


Y es que cuando el coche autónomo aparezca en nuestras calles, tanto los taxistas como los empleados en VTC y todos los empleos relacionados con la conducción se verán amenazados de muerte. Mi consejo para el taxista es sencillo. El tiempo no se frena, más bien acelera. Aprovecha el tiempo que queda antes de que el coche autónomo llega para reciclarte, estudiar algo, montar otro negocio, y buscar una salida. Sino, el coche sin conductor te va a arrollar antes de que seas consciente. Y desde luego actitudes mafiosas como las vistas ayer en Málaga, que espero sean atajadas por la policía lo más rápido posible, sólo van a contribuir al hundimiento de un sector que ya tiene una imagen tocada. Reciclarse o morir. No queda otra

lunes, agosto 14, 2017

Terrorismo nazi en EEUU

Banderas con la esvástica nazi ondeando con orgullo, unidas a mástiles sostenidos por varios brazos. Grupos de personas que desfilan portando antorchas y entonando cánticos supremacistas. Fuerzas paramilitares, formadas por civiles, pertrechadas de armamento, objetos defensivos y aspecto siniestro, calles tomadas por un autoproclamado ejército que exhibe su orgullo y muestra una fiereza despiadada y sin límite contra todo aquel que no piensa como él. ¿Vemos imágenes en blanco y negro? ¿de una Alemania de los años 30? No, son escenas que nos llegan a todo color, a través de canales digitales, del año 2017, y provenientes de EEUU.

Junto con miles de miembros de los ejército de otras muchas nacionalidades, cerca de medio millón de soldados norteamericanos fallecieron en la Europa de los años cuarenta en su lucha contra el ejército nazi, para liberar nuestro continente y, de paso, el resto del mundo, de aquella odiosa amenaza. Hay cementerios repartidos por toda Europa occidental que recogen los restos de muchos de aquellos combatientes, y honran su memoria, el tributo de la vida que dieron para que usted y yo hoy estemos aquí, en un continente libre, bajo una sociedad libre. Casi ochenta años después de aquello, la memoria y recuerdo de esos soldados de EEUU es uno de los muchos símbolos que fueron mancillados este pasado sábado por una manifestación supremacista, que recorrió las calles de una pequeña ciudad del estado de Virginia, llamada Chalottesville, y que ha despertado fantasmas que estaban dormidos desde hace mucho. Dormidos, sí, pero no enterrados. La retirada de la estatua del general confederado Robert Lee que se encuentra en esa ciudad fue la excusa esgrimida para que decenas de organizaciones racistas, xenófoba, extremistas y de un pelaje muy similar se congregaran en esa localidad del sureste de EEUU para organizar un aquelarre siniestro con toda la estética propia del nazismo, que de manera cutre parodiaba hace décadas uno de sus grupos imitadores, el Ku Klux Klan, también unido a la “fiesta” del pasado sábado. A ese encuentro del odio acudieron también opositores, gente que provenía de otras partes del país, muchos de ellos defensores de los derechos civiles, y también algunos alborotadores, que encuentran en la bronca una forma de vida. Era cuestión de tiempo que los enfrentamientos tuviesen lugar, y se produjeron, todo ello frente a unos cuerpos policiales completamente sobrepasados, que o no previeron lo que iba a suceder, o dejaron hacer o tenían miedo de meterse. Malo en todo caso. Un supremacista, imitando una de las tácticas que emplean los indeseables de DAESH para extender su terror, se lanzó en coche contra la multitud opositora y causó un muerto, una joven abogada de treinta años, y decenas de heridos de distinta consideración, en lo que fue un atentado terrorista de libro. El autor del ataque fue detenido, y resulto ser un joven de veinte años, de Ohio, enamorado del nazismo y supremacistas convencido, y sobre él pesa ya una acusación de asesinato y varias de tentativa. La jornada del sábado acabó así con el peor de los sabores posibles, con la conmoción ante lo sucedido y con las tripas revueltas de gran parte de los EEUU y del resto del mundo ante unas escenas que parecían sacadas del rodaje de una película de los años cuarenta, pero que no eran sino la más cruda realidad de un sector, muy minoritario, pero real, de la sociedad norteamericana. Y uno de los que más ha mimado a ese sector, el actual Presidente Trump, termino por darle al día el carácter de siniestro, emitiendo una especie de comunicado de condena por twitter en el que lamentaba la violencia de todo signo acaecida ese día en Charlottesville, unas palabras que parecían dictadas por la Batasuna de toda la vida y que eran las empleadas cuando su socio ETA cometía un asesinato. Unas palabras que generaron indignación en EEUU y que obligaron a puntualizar a la Casa Blanca horas después, cuando ya Melania, su mujer, o Ivanka, su hija, habían condenado lo sucedido describiéndolo como lo que era, un ataque terrorista de odio supremacista.

Por tanto, lo peor de lo sucedido este fin de semana en esa localidad de Virginia, en la que muchos de sus habitantes deben sentirse tan avergonzados como asustados, no es la actuación exaltada de unos desquiciados, sino la comprensión que desde hace tiempo tienen en parte de las filas republicanas, que los ve como una fuerza de vanguardia. Los pesos pesados del partido Republicano condenaron con rapidez, firmeza y sin titubeos la salvajada que había sucedido, pero Trump ha conseguido otorgar a estos movimientos un aura de presencia que es tan real como aterradora. Llegó a la presidencia envuelto en un mensaje de nacionalismo extremo, de autoafirmación, de desprecio a los demás, y en ese ambiente cogen fuerza estos grupos. Trump va camino de ser lo peor que le ha pasado a EEUU en décadas, y no deja de empeorar día a día. Qué absoluto desastre.

Mañana es festivo nacional, y casi en cada pueblo hay verbena. No habrá artículo. Disfruten y nos leemos el miércoles 16.

viernes, agosto 11, 2017

La crisis no ha terminado, la recesión sí

Este agosto se cumplen diez años del inicio de las convulsiones financieras que, un año después, desatarían la gran crisis global a partir de derrumbe de Lehmann Brothers. Fue en el verano de 2007 cuando términos como subprime empezaron a colarse en las páginas de los medios, los nervios que suscitaban algunos fondos de inversión salieron a la luz y los apalancamientos, deudas y burbujas empezaron a manifestar su madurez, en forma de puses que manchaban todo a su alrededor. El gobierno español negaba la realidad y muchos seguían sin ser capaces de verla. El tiempo nos enseñaría lo duro e inútil que es navegar contra la corriente.

Diez años después de aquellas convulsiones, la UE da por oficialmente superada la crisis. ¿Es esto así? Pues depende. Titular obliga a ser escueto y he optado por el no, pero en función de que indicador se utilice la respuesta debe ser matizada. Lo fundamental es que esa crisis ha transformado por completo la estructura productiva de España, hasta hacerla casi irreconocible. Se ha liquidado casi por completo un sector, el de la construcción, que empleaba a muchísima gente y pagaba muy buenos sueldos. Hoy en día las empresas españolas exportan mucho más que entonces, se han vuelto competitivas tanto por la bajada de sueldos como por los esfuerzos para conquistar mercados y abrirse al exterior ante el hundimiento del mercado nacional. El turismo, que entonces era enorme, ahora es gigantesco, generando una equivalentemente elevada demanda de puestos de trabajo de remuneración media, y en casi todos los casos inferior a la a de la construcción. La economía colaborativa ha aparecido a la vez que el boom del emprendimiento, creándose empresas y nichos de negocio que no existían y que generan una mayor competencia a sectores clásicos, protegidos de la misma, y que disfrutaban de privilegios derivados de un pasado ya olvidado. Podemos dar miles de vueltas, yendo de sector en sector, y veremos que, diez años después, casi nada es como entonces, para mejor o para peor, depende como se vea. En los datos macro es cierto que este verano volveremos al nivel de PIB que alcanzamos en el máximo de 2008, por lo que el agujero de crecimiento queda cubierto, pero no es menos cierto que lo hacemos con cerca de 1,9 millones de empleados menos que entonces, lo que nos indica que nos hemos vuelto más productivos, sí, pero que gran parte de la población no ha recibido aún fruto alguno de los sacrificios, o lo hace a través de una nómina menguada. Esa es una de las causas de que la percepción social sea que no hemos salido de la crisis, porque para millones de españoles así es. Las cuentas públicas, diez años después, son un paisaje arrasado por la batalla. Desaparecidos para siempre los ingresos extraordinarios, artificiales, generados por la burbuja, el déficit público vive en un 100% del PIB y la deuda de la seguridad social no deja de crecer en un contexto de envejecimiento acelerado de la población (más pensionistas menos cotizantes) y de nóminas más bajas que aportan menos ingresos por cotizaciones sociales. El sistema fiscal, necesitado de una reforma integral para modernizarlo, optimizarlo y adecuarlo a la estructura productiva del país, sobrevive a base de parches que lo mantienen vivo pero cada vez más en precario. La inflación, tan deseada por muchos para aliviar deudas, sigue bajo mínimos, gracias al derrumbe del precio del petróleo, las eficiencias en mercados antes señaladas por la llegada de servicios tecnológicos de bajo coste y la contenida demanda interna. Esta baja inflación ha permitido ganancias reales para algunos sectores como funcionarios y parados, y mitigado el daño generado por el desempleo en las cuentas familiares. Los tipos de interés están derrumbados gracias al BCE, que no deja de saltarse normas cada día para actuar en rescate de la economía, y eso ha salvado, entre otros, a millones de hipotecados de las cargas de sus préstamos.


¿Cómo le ha ido a usted en estos últimos diez años? Habrá historias de todo tipo, aunque a buen seguro domine la amargura en muchas de ellas. Lo trascendental es, como les señalaba, que la crisis ha cambiado el panorama por completo. La economía de 2017 no es la de 2007, es más robusta en algunos aspectos y sigue siendo frágil en otros. Gran parte de la recuperación es mérito nuestro, pero otra parte nada desdeñable se la debemos al BCE, a la UE y a la demanda internacional, que nos compra e inunda de visitantes. Por eso, anunciar oficialmente el fin de algo tan complejo como esta crisis me parece, al menos, un error de concepto. Quizás sea necesario hacer algo así desde el punto de vista político, pero creo que debemos ser mucho más prudentes, y más teniendo un futuro con incertidumbres como el que nos aguarda.

jueves, agosto 10, 2017

Vientos de invierno en agosto

Si algún día sale a la luz, el sexto libro de Juego de Tronos llevaría ese título, “Vientos de invierno” según ha comentado el escritor George RR Martin, quizás el hombre del que más seguidores esperan que acabe su obra. Como Martin escribe lento, y hace otras cosas entre medias, los inviernos se suceden en la Tierra, se acercan a Poniente, y de vez en cuando entran ráfagas de viento que anuncian que los calores se acaban. O por lo menos que ya están maduros y con su final cercano. Esto es lo que ha sucedido esta semana en Madrid, donde el sábado y domingo vivíamos a cuarenta grados con noches de infierno y el vendaval de esta noche a congelado a más de uno.

Quitando la franja cantábrica, donde son días sueltos los que podemos denominar verano, entre una secuencia casi ininterrumpida de nubes y lloviznas, en el resto del país la estación se está comportando de manera algo irregular, con picos de calor disparatado, en los que volver a los cuarenta supone un gran alivio, junto con episodios de tormentas intensas, principalmente localizados en el este del país y zonas cercanas al Mediterráneo. Aragón, sobre todo en su parte sur, este de Castilla la Mancha y Cataluña están viviendo meses de carrusel, en los que baten sus máximas y, en pocos días, registran pedrisco y tormentas de lo más virulento, en una secuencia de tórrida tranquilidad y salvaje inestabilidad que se encadena sin fin. En el resto del país la situación es bastante más tranquila, con subidas y bajadas de los termómetros, pero con cielos de lo más aburrido y carentes si quiera de cúmulos de desarrollo. Castilla León, Madrid, Extremadura y Andalucía, sobre todo la parte oeste, viven un verano de lo más aburrido, una vez que pasó la DANA del 6 7 de julio. Desde entonces, días clónicos, monótonos en sus azules celestes y ausencia de nubes, en los que lo más relevante es comprobar cómo se nota que van acortando de manera progresiva e imparable tanto en el amanecer como al anochecer. Días carentes de gracia en los que el tiempo apenas supone tema de conversación en los ascensores, salvo cuando el calor aprieta o se comentan las tormentas que están teniendo en el este y levante. El descenso de las temperaturas registrado ayer y hoy, anunciado, ha sido tan brusco como cierto. Ya ayer alcanzamos sólo 30 grados en Madrid, y ese sólo no va con comillas, porque para agosto en esta ciudad 30 de máxima es un valor bastante bajo, y hoy nos quedaremos en el entorno de los 27, tras una noche de otoño cerrado en la que el vendaval que se desató ayer por la tarde, de intenso componente norte, ha logrado enfriar a todo lo que se encontrara a su paso. Cuando se levantó el viento mucha gente abrió las ventanas para refrescar la casa, pero no tardaron demasiado en entornarlas para protegerse de un recio vendaval que agitaba los árboles con fuerza, furia por momentos, y que rebajaba las temperaturas mucho más de lo que muchos esperaban. Tras semanas sin hacerlo, esta noche he dormido con la persiana bajada y ventana cerrada, cosa que quizás no hacía desde la DANA del 6 7 de julio. Sospecho que ayer por la tarde y hoy mismo serán momentos de baja demanda en las piscinas, de vasos y duchas medio desiertas y ambiente lánguido, inapropiado para un 10 de agosto, pero que no cunda el pánico, ni entre usuarios ni empleados del sector. A partir de mañana las temperaturas vuelven a subir, y regresaremos a los habituales treinta y tantos que caracterizan el mes, pero con el recuerdo, muy típico de agosto, de que lo más duro y luminoso del verano, en teoría, ya ha pasado, y que poco a poco caminamos con paso firme hacia un otoño que nos devolverá las farolas tempraneras y la manga larga como prensa habitual de vestimenta. Hoy esas mangas largas reconquistan terreno, mañana retrocederán, pero se saben a la espera, agazapadas en el armario.


Lo que no hace es llover. Las tormentas a las que antes me refería refrescan algo donde caen, provocan algún destrozo y pueden ser útiles para el terreno en el que se depositan, y a veces ni eso, pero apenas contribuyen a llenar embalses ni a regenerar cauces de ríos. La sequía persiste, las reservas hídricas no dejan de bajar, estamos al 46% de media nacional a datos del 8 de agosto, y más nos vale que el otoño que viene sea generoso en precipitaciones, porque de lo contrario el desastre puede ser monumental. Ya este año la falta de lluvia se puede medir en cosechas perdidas y pobreza en las zonas afectadas. Confiemos en que acabe lloviendo, ahorremos toda el agua que podamos y que esos vientos de Martin, que han enseñado la patita, vengan cargados de generosos frentes atlánticos.

miércoles, agosto 09, 2017

Fuego y furia en Corea del Norte

Sigue la escalada verbal en torno a Corea del Norte, protagonizada, desde el bando lunático, por los dirigentes norcoeranos y su burdo aparato de propaganda, que incluye a esa presentadora de televisión, no se si siempre es la misma, con pinta de estar tan enfadada como cualquier sufridor de las colas del Aeropuerto del Prat. Por el otro bando, el del racional occidente, tenemos a Donald Trump, lo que transforma todo, y da a esta tragedia un tono aún más cómico que no le pega nada. En un tuit de ayer Trump amenazó a Corea del Norte en un fuego y furia nunca vistos si seguía adelante en sus bravatas. Todo muy tranquilizador.

En el perverso juego que se está desarrollando entre Corea del Norte y, cada vez más, el resto del mundo, la tensión no deja de crecer y las posibilidades de que se desate una guerra crecen. Sea cual sea el tipo de conflicto, no podemos descartar el uso de armamento nuclear, y en todo caso nunca olvidemos que una guerra iniciada puede tener un transcurso no previsto. El programa nuclear y balístico de Corea del Norte es lo que permite al régimen seguir en el poder, mantener las riendas del país y ser tomado como amenaza, y por tanto como algo importante, por el resto del mundo. Así mismo, ese armamento tan letal no puede ser usado nunca, porque saben los dictadores de Pyongyang que un disparo nuclear sería su última acción, la excusa obligatoria para que el resto de potencias liquidasen el régimen. Por tanto, el programa nuclear se desarrolla en la secreta esperanza de que no sea necesario ser usado jamás. Esto es la teoría, y en una situación tensa se puede llegar a mantener, como sucedió durante la guerra fría, pero el riesgo de “accidentes” siempre existe, y hay momentos puntuales en los que la tensión crece mucho y el riesgo de enfrentamiento con ella. De los sesenta a los ochenta fueron varios los episodios, algunos famosos, otros oscuros, en los que EEUU y la URSS estuvieron a punto de lanzarse sus bombas nucleares, lo que hubiera supuesto el fin de nuestro mundo. No sucedió, tanto por la frialdad de los que tenían las últimas decisiones como por protocolos que funcionaron y, también, porque hubo suerte. En el caso de Corea del Norte los riesgos que corre el régimen del país asiático son más elevados que los del resto del mundo, lo cual desequilibra la balanza y le obliga a adoptar una posición más forzada. ¿Es posible llegar a un punto de equilibrio estratégico que impida la guerra nuclear? Seúl, a 50 kilómetros de la frontera norcoreana, y en general toda Corea del Sur y Japón serían los más interesados en que jamás se desatase guerra alguna. Leía hace un par de semanas en una web, no recuerdo cual, una posible solución de armisticio, que era un ejercicio de “real politik” de primera división pero que puede ser efectiva. Aviso que el resultado no es bueno, porque en el punto al que hemos llegado sólo podemos escoger malas alternativas o peores. El articulista defendía la idea de que el régimen de Pyongyang no va a renunciar al arma nuclear por ser esta, como antes comentaba, su seguro de existencia. Por ello, para que desmantele ese armamento, debe tener un seguro de existencia equivalente. La solución pasaba por el reconocimiento del régimen por parte de las potencias mundiales (EEUU, China y Rusia) y la garantía de defensa de estos tres países de la integridad de Corea del Norte y su gobierno. Es decir, que los potenciales enemigos de Corea del Norte juren que nunca la van a atacar a cambio de deshacerse del armamento nuclear. Esto supondría, de facto, que la atroz dictadura norcoreana, que no deja de causar sufrimiento y muerte en su país, sería legitimada como gobierno a ojos del mundo y podría seguir masacrando a su población sin que nada ni nadie se lo impidiera. Sacrificaríamos a los norcoreanos para lograr la estabilidad en la zona. Como verán, no es una buena solución, pero ¿acaso las hay?


Como señala el editorial de The Economist, un enfrentamiento nuclear no es descartable. Sería horrendo, sí, pero posible. Y puede llegarse a él por una secuencia de errores y bravatas, vía televisión o twitter, que hagan que la situación se escape de control. Evitar esa guerra sería el objetivo primordial, y no se si eso está grabado a fuego en la cabeza de quienes tienen que gestionar esa situación. Lo único cierto es que cada peldaño que se sube en la escalera de la tensión facilita que sucedan “cosas” que la conviertan en irresoluble y lleguemos a un punto de no retorno. A partir de ahí los análisis diseñados cuentan las bajas por cientos de miles, los destrozos por inimaginables y la alteración del orden global, absoluta. Hay que desactivar esta crisis como sea.