jueves, febrero 22, 2018

Se ha muerto Forges

Es peligroso arrancar la mañana con el sonido de las noticias. Te levantas, vas a la sala, pones la televisión y puedes recibir un golpe que te deja seco y deshecho para el resto de la jornada, quizás para mucho más tiempo. En 2016 fueron varias las ocasiones políticas que nos despertaron con sabor a angustia y derrota, Brexit y Trump por ejemplo. La muerte de alguien cercano, que apenas conocías en persona, pero que llevas toda la vida con él, es mucho mucho peos. El 8 de febrero de 2017 me levanté y supe que había muerto Jose Luís Pérez de Arteaga. Hoy me he vuelto a levantar y, como diría Mecano, no debí hacerlo. Ha muerto Forges, a los 76 años, de un cáncer detectado hace poco más de uno. El humor gráfico, la vida, ya no será igual.

No conozco a nadie que no haya tenido un ataque de risa al ver sus chistes, que no eran especialmente cómicos en lo que contaban, pero sí en el fondo que describían, Todos nos hemos visto retratados una y mil veces en el absurdo de sus viñetas, en unos personajes geniales que nos retrataban hasta el fondo, que nos hacían reír, sí, pero que al poco te llevaban a la melancolía más profunda e intensa, porque sabías que el genio había logrado que te rieras de tus defectos, tus fallos, tus angustias. Mariano, Concha, los Blasillos, las viejas de la aldea, los náufragos, el becario y el jefazo explotador… personajes que cada uno podemos considerar de nuestra familia, que hemos visto una y mil veces recreando escenas que hemos vivido en carne propia, que podemos relatar una y otra vez y que, en ese momento, las calificamos como propias de un chiste de Forges. La vida laboral, la política, especialmente la social… no hay faceta de la España del último medio siglo que no haya sido diseccionada por el maestro sin que quede completamente al descubierto. Ver un chiste de Forges y reírse es, en cierto modo, acudir a una lección magistral de sociología, en la que el dibujante lograba, con unos personajes apenas definidos en cuatro trazos y grandes narices, describirnos a todos. No creo que haya una oficina o centro de trabajo en España en el que no cuelgue un chiste de Forges, casa en la que alguna de sus viñetas o libros se encuentre presente y memoria de viñetas que nos trasciendan. Junto con Ibáñez y sus maravillosos Mortadelo y Filemón, Forges era, sin duda, el viñetista más famoso de este país y el que llegaba a una mayor franja de población. Su humor era más adulto, pero sólo por el hecho de que tocaba sobre todo materias adultas, como la política y las crisis económicas y sociales. En muchas ocasiones sus viñetas eran editoriales, estaban cargadas de profundas convicciones políticas, con las que uno podía estar de acuerdo o no, pero que no dejaban indiferente, hacían pensar y conmovían. Que me venga a la memoria, sólo Mafalda como personaje era capaz de llegar a ese grado de compromiso social y gracia humorística, que es quizás lo que todo viñetista de prensa aspira a alcanzar. Los dibujos de los periódicos, que algunos consideran un género menor, son en muchas ocasiones la más cincelada obra de arte de toda la edición, y es maestro el que, con trazos, espacio cerrado y pocas letras, es capaz de conmover, hacer reír y pensar. Nunca nada de lo que yo pueda escribir estará a la altura de las reflexiones de las viñetas de Forges y, desde luego, por mucho que me empeñe, alcanzaré la más mínima gracia en comparación a cualquier de sus viñetas. Funcionarios, matrimonios, empleados, pensadores, políticos de la actualidad, amas de casa, agobiados trabajadores, esa mujer que siempre leía en el sofá y no se animaba a acompañar a su marido a bajar la basura, quitando así oportunidades de salir juntos a la pareja... hoy están todos en el cielo del humor y la memoria.


Colaborador habitual de Pepa Fernández en No es un Día Cualquiera, de Radio Nacional, llevaba Forges más de un año sin salir en antena y, en ocasiones, Pepa le mandaba un fuerte abrazo, lo que nos hacía sospechar a muchos de que algo no iba bien. Y así ha sido. El País, su casa de casi toda la vida, y TVE, donde aprendió y pasó tantos años, están hoy de luto. La verdad es que creo que hoy todo este país lleva un luto prendido en su corazón, al saber que mañana ya no habrá viñetas de Forges, al descubrir que tendremos que seguir adelante sin su diaria dosis de humor y reflexión, que para muchos, desde luego para mi, era de visión obligada antes de hacer casi nada. No descanses allá donde vayas, genio. Sigue con pinceles, quizás traces en las nubes narizotas de desolados curritos que llegan a casa y sólo desean esconderse de la realidad. Seguro que sigues dibujándolos.

miércoles, febrero 21, 2018

Cantar por amor al arte (para Delia Agúndez y todos los músicos)

Este pasado sábado estuve en un concierto de música antigua celebrado en una iglesia del centro de Madrid. No pertenecía al ciclo del Festival de Arte Sacro que se celebra ahora en la ciudad, pero se realizaba en paralelo. Algo más de media entrada, que era de pago, en un edificio de buena acústica y muy baja temperatura, y con la polifonía de Cristobal de Morales como protagonista exclusivo. Actuaron Gradualia, formación encabezada por Simón Andueza y en la que participó la soprano Delia Agúndez, a la que conocía de anteriores conciertos. Polifacética y presenten múltiples proyectos, la carrera de Delia es un gran ejemplo de lo bello, y difícil, que resulta ser el trabajo del artista en un país donde tan poco se valora esta profesión.

Al final del concierto me quedé un rato para felicitar a Delia por su actuación, exquisita, como la del resto de cantantes, y entre una cosa y otra acabamos en un local cercano tomando algo los artistas y algunos de los miembros del público, a los que yo no conocía de nada. En una charla distendida, en la que yo aprendía mucho más de lo que era capaz de aportar, la música fue el tema fundamental de conversación, como era de esperar. Música en torno al concierto que habíamos vivido, que todos calificamos como excelente, tanto que incluso nos había permitido olvidar por momentos el frío de la iglesia. Y música como forma de vida de todos los que allí estaban reunidos, como intérpretes en el caso de los concertistas y como relacionados con ese mundo. Había un chico que era crítico de la revista Codalario, y otros dos, con los que tuve la oportunidad de charlar más en profundidad, que dedicaban su tiempo musicológico a rescatar partituras de lugares en los que yacen escondidas y abandonadas. Iglesias, monasterios, palacios, casas señoriales, edificios ruinosos, su vida era un deambular por España tratando de convencer a los dueños o gestores de lugares y posesiones de la necesidad de dar a conocer el patrimonio que se atesora, y que tantas veces corre el riesgo de pudrirse y perderse. En bastantes ocasiones habían tenido éxito, y algunos de los conciertos del citado Festival de Arte Sacro antes comentado van a ser posibles gracias a su labor. En otras ocasiones, no pocas, recurrían a argucias como sacar fotos indiscretas de pergaminos roídos por el tiempo (y algunos animalitos) sin que el responsable del archivo se diera cuenta. Y en no pocos casos su historia era la del fracaso, la imposibilidad, el no acceso a las fuentes, a veces ni siquiera a los lugares en los que se encuentran. Era una labora, tal y como la contaban, apasionante, detectivesca y proclive a encontrar joyas, pero también muy mal remunerada, a veces de ninguna manera, por lo que la vida de esos chicos buscadores era, como mínimo, precaria. Trataban de encontrar vías de ingresos alternativos, que les permitieran desarrollar su labor de arqueólogos musicales, y todo ello les obligaba a una vida frugal y llena de limitaciones. Y comentaba Delia, cuya carrera va viento en popa, que su caso era igual, que la vida de autónomo es dura, se ingresa algo, no se sabe muy bien cuanto, el día que se actúa, y al día siguiente nada es seguro. Y comentaban todos ellos como los grupos asentados, los que tienen nombre, muchas veces no pueden salir al extranjero porque no tienen dinero para pagarse unos viajes que, otras naciones, sabedoras de la importancia de la promoción cultural, sí cofinancian a sus grandes grupos musicales, que todos conocemos, y que cuentan con ese colchón que les permite mostrar su calidad, enorme, y hacer promoción comercial de su origen. Contamos en España con grupos e intérpretes de igual calidad, eso ya es una evidencia, pero sin ese apoyo ni músculo financiero que les permita girar y promocionarse, y de ahí que muchas veces parezca que el nivel musical nacional es mucho menor. Qué errónea, e injusta, percepción.


En ese rato de conversación, que fue sumamente agradable e instructivo, me encontré con un grupo de profesionales que, literalmente, daban su vida por amor al arte, y que reflejaban muy bien la precariedad en la que se mueven muchos profesionales de nuestro país, de diversos sectores y procedencias (piensen en los periodistas, tantos falsos autónomos, empleados de restauración y servicios, etc) agudizada en su caso por el abandono que el arte y la cultura sufren en nuestro país, en muchos casos por la indolencia de gobiernos que, esto es lo peor, reflejan el comportamiento de una gran parte de la sociedad. Poco más puedo hacer que dar apoyo y sentir admiración ante estos estajanovistas de la cultura. Y alentar para que todos los que puedan vayan a sus conciertos, compren algún CD, les aplaudan y animen. Viven del favor del público.

martes, febrero 20, 2018

Marta Sánchez y la letra del himno

Sea buscado o no, tampoco importa mucho, Marta Sánchez ha conseguido que durante un par de días no se hable de Puigdemont en los medios, lo cual ya es algo de lo que debemos estarle agradecidos, pero el tema de debate no han sido sus cualidades como cantante (no me gusta ese tipo de música) ni su buen ver (en eso no hay discusión posible) sino su versión del himno de España con letra propia. Ya en los noventa tuvo la oportunidad de, emulando a Marilyn, ir a cantar a las tropas españolas que participaban en la primera guerra del golfo, y desde entonces no se veía la cantante en una situación tan patriótica ni mediática. Hace bien en aprovechar el momento, dado que todo artista vive de él.

Sobre el tema de fondo, el de la letra del himno, poco les voy a poder aportar, porque soy de los que opina que hace mucho tiempo, al menos más de un siglo, que se perdió la oportunidad de ponerle versos a una marcha granadera, el himno nacional, que no es especialmente llamativa en lo musical y que, sin texto, es como la hemos vivido durante toda la existencia. No pocas han sido las iniciativas de ponerle un texto, que han acabado estrellándose en el debate público para que todo lo que sea necesario fuera recogido y nadie se sintiera ofendido, algo que era imposible ya antes de las redes sociales, y que ahora, al parecer, es un imposible a la altura de la paz perpetua entre cuatro tuiteros. Los himnos de otros países de nuestro entorno poseen letra, sí, que tiene varios siglos de antigüedad y que, si examinamos con cuidado, nos retrotrae a épocas presuntamente gloriosas de batallas cerriles y enfrentamientos. La Marsellesa menciona la necesidad de degollar a los enemigos, el “God save the Queen” es una alabanza a los cielos a ya la monarquía eterna, y así podríamos ir uno a uno, traducidos, viendo textos que casi todo el mundo hoy en día consideraría como imposibles. Si los habitantes de esos países los recitan es por tradición, más que por el significado, y no habiendo lo primero en España, parce imposible encontrar lo segundo que genere unanimidades. El himno de la UE, la oda a la alegría de la novena de Beethoven, tiene letra, el poema alemán de Schiller, pero ¿cuántos españoles se la saben? Muchos piensan que el texto es el que cantó Miguel Ríos en sus años mozos, pero esa no es sino una versión muy libre del texto originario. Hay himnos laicos, como el de Star Wars, que a todo el mundo emociona, y que no necesitan un texto asociado, pero que representan a millones de personas. ¿Es por ello necesario recitar algo mientras se escucha la música? No lo creo. Se aduce que en competiciones deportivas, quizás el lugar en el que más se escuchan estas composiciones, el equipo español parte en desventaja frente al resto, que unidos en una melodía y texto, reafirman su unidad de grupo antes de salir al campo. Pero estamos hablando de deporte, algo menor en la vida y donde el componente de mercenariado es mucho más importante que cualquier bandera, insignia o color. Seguro que los neozalandeses tienen un himno bonito y con texto (ya me pueden disculpar, no tengo ni idea de cómo suena ni lo que puede decir) pero sabido es que su selección de rugby se motiva con una danza ritual maorí que, sospecho, poco tendrá que ver con el sonido oficial del país, que apuesto a que hará alguna mención a la reina de Inglaterra y a la Commanwealth. El problema de fondo del himno, la bandera y los símbolos nacionales en España viene de la época franquista, cuando fueron usurpados por una parte de la sociedad y usados como arma frente a la otra. Poco a poco ese trauma, afortunadamente, se va superando, pero el poso que ha dejado es el de un profundo, y quizás sano, descreimiento en la simbología patria. La locura “Puigdemoníaca” ha hecho que afloren bandereas y sentimientos nacionales españoles como nunca las ha habido, pero es una respuesta ante las ofensas que un grupo de exaltados han hecho a toda nuestra sociedad, empezando por la que más cerca les toca a ellos, a la catalana. La vuelta a la normalidad, ojalá a no muy tardar, hará que muchas banderolas se caigan de los balcones.


En esto de los himnos, a cada uno le vuelve loco el suyo, y reconozco que mío, que me emocione, no está ninguno asociado a nación, región, terruño o, desde luego, club deportivo. Ese citado pasaje de la novena de Beethoven, el coro final de la Pasión según San Mateo de Bach, o cualquiera de sus arias, muchas de las arias de Häendel, varios pasajes de Star Wars, algunas fanfarrias de Monteverdi, Gabrielli o Praetorius… Canten con fuerza el himno con la letra que deseen, usen el “chunda chunda” o el “lo lo lo lo” versiones genéricas que se usan día tras día, entonen el “Asturias, patria querida” himno oficioso del país y, según dicen, oficial con unas copas de más, y respeten todos los demás. Eso es lo más importante, respetar los símbolos, no usarlos como objetos arrojadizos.

lunes, febrero 19, 2018

Munich, Israel e Irán

La imagen es muy gráfica y expresa, de una manera clara, como la tensión puede seguir creciendo en una zona del mundo que siempre vive sobrada de motivos de disputa y peligros. Sobre un modesto atril, desde el que habla a la concurrencia, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu sostiene con su mano derecha un trozo de chatarra sucia, y se dirige al jefe de la diplomacia iraní, presente en la sala, para pedirle que se la quede, porque es suyo. Con este golpe de efecto el primer ministro da consistencia al incidente producido hace un par de semanas, cuando el ejército israelí derribó un dron, que Jerusalén afirma era de procedencia iraní, en lo que luego se convirtió en un acto de guerra que acabó con el derribo de un avión israelí por los antiaéreos sirias

Munich ha sido el escenario de este nuevo enfrentamiento regional en Oriente medio. En la ciudad bávara se celebra, todos los años, la llamada conferencia de seguridad, un foro de debate entre representantes diplomáticos de medio mundo que, sin tantos focos ni alharacas, algunos asemejan a una especie de mini Davos, centrado en exclusiva en las relaciones internacionales, y con la presencia de no muchas figuras, pero siempre relevantes. En Munich siempre se producen debates y declaraciones interesantes, y más en estos tiempos en los que eso que llamábamos orden internacional va cayendo, progresivamente, en un desorden cada vez más preocupante. La retirada de la primera fila de EEUU como gendarme global y, en paralelo, el ascenso de una China que, pese a todo, sigue sin tener un papel global en el mundo, están creando una especie de tierra de nadie en la que los diferentes actores locales actúan de manera muy “suelta” por así llamarla, y mantienen en marcha conflictos sobre los que las grandes potencias no quieren establecer frenos. El caso de Oriente Medio, siempre convulso, ejemplifica bien esta situación. La tensión regional va a más y está creando dos claros bandos con extraños compañeros de cama. Por un lado, Irán, enorme potencia regional, que extiende sus tentáculos chiíes por Siria, Irak y Líbano, controlando en parte en la actualidad esos países o regímenes. Frente a ese poder se está creando una coalición en la que la suní Arabia Saudí e Israel, enemigos acérrimos, acuerdan posturas, movimientos y declaraciones, en lo que no es sino una relación envenenada, unida sólo por el odio y temor hacia un enemigo común más poderoso. Cada uno de estos socios contra natura mantiene escaramuzas propias en su vecindad, relativamente controladas las israleítas y degeneradas en una cruel guerra las saudíes en el Yemen, pero no consta oficialmente que colaboren en el teatro común de enfrentamientos de la zona, que es Siria, aunque sí se sabe que actúan por separado. De hecho en el teatro sirio todos se enfrentan a todos, de una manera desorganizada, desde hace años, y aunque la guerra parece dirigirse hacia su final, las escaramuzas y combates continúan, y no están nada claro cuál será el tablero final que se componga cuando, algún día, se firme una especie de armisticio en ese torturado país. En un fantástico artículo de ayer, Lluis Bassets describía perfectamente el cenagal en el que se ha convertido Siria, los enfrentamientos cruzados que se dan entre todos los actores que allí tratan de ganar posiciones y cómo la guerra ha ido creciendo en dimensión y peligrosidad con el avance de los años, haciendo que más y más países se involucren, grandes potencias incluidas. Rusia lo ha hecho de manera descarada, y lleva las de ganar, EEUU de manera más o menos discreta, y lleva las de perder, y a China ni se le ha visto ni se le espera, en un escenario en el que, como mínimo, es ajena. ¿El posible final de la guerra de Siria supondrá una mayor estabilidad en la región o será el preámbulo de otro enfrentamiento, entre nuevos actores? Esta es, quizás, la pregunta más importante que tenemos sobre la mesa.


Muchos apuestan por la inevitabilidad de una nueva guerra. Si no pasa nada raro la victoria ruso iraní sobre el terreno crea un poder regional enorme que intranquiliza a todos sus vecinos, que es difícil que se queden de brazos cruzados esperando los futuros pasos de un liderazgo encabezado por un crecido Teherán. Israel, con el beneplácito de Trump, ya ha asegurado que se reserva el derecho de actuar, y la principal pieza que garantiza algo de seguridad en la zona, el acuerdo nuclear entre occidente e Irán, se ve asediado por todas partes. Su ruptura sería un desastre, y quizás la espita para que algo mucho más serio, e igualmente grave a lo visto en Siria, se diera en un lugar del mundo en el que la palabra guerra se invoca día a día en todos los idiomas posibles. Mucho ojo a lo que vaya a pasar allí en los próximos meses y años.

viernes, febrero 16, 2018

Un erasmus a los ochenta

Ha hecho bastantes entrevistas en los medios estos días ese señor que, con ochenta años cumplidos, se va de Erasmus a Italia los próximos meses para continuar sus estudios de Historia. Miguel Castillo, que así se llama el señor, es un notario jubilado, casado en segundas nupcias tras enviudar, que estudia en la Universidad de Valencia y que va con su mujer a pasar unos meses estudiando en el extranjero, probablemente sin acudir a las fiestas universitarias que los “orgasmus” montan de manera tan afamada y residiendo no en un colegio mayor, sino en un piso de alquiler. En sus encuentros con los medios contrastaba la naturalidad de Miguel con el asombro de los entrevistadores, que no entendían lo que veían. Menudo ejemplo nos da Miguel.

En un tiempo en el que se asume que todo se sabe, que todo es trivial y que uno tiene las soluciones para todos los problemas, y se pregona a los cuatro wifis esa soberbia, Miguel es un señor que, tras jubilarse, quería seguir aprendiendo, admitía que no sabía de algunas materias lo que desearía, y en palabras suyas, en vez de dedicarse a sestear, se apuntó a la Universidad. Miguel no ejerce eso que ahora se llama “cuñadismo” extraña expresión que todos entendemos, y que seguramente hace unos años se denominaba de otra manera, porque sabiondos los ha habido siempre. En estos tiempos que vivimos decir “no se” es uno de los mayores atrevimientos posibles, y una de las muestras más profundas de asumir la cada vez más compleja realidad. Y es que esto es lo más absurdo de todo, el mundo que nos rodea no hace sino complicarse cada vez más, acelerarse, volverse incomprensible. Las certezas que uno puede tener fallan sin cesar, y en distintos ámbitos de la vida la sensación de descontrol no hace sino crecer. En el trabajo, en la actualidad, en lo que nos rodea, mi sensación personal es que cada vez se menos, y me equivoco más, no tanto porque pasen los años, que quizás también, sino porque todo se complica y cada vez hay que tener en cuenta más y más factores. Trato de informarme de la realidad que me rodea y me sumerjo en un enorme océano descontrolado de datos y opiniones de los que apenas puedo sacar algo de conocimiento, pero que sobre todo acrecientan mis dudas. Dicen que es muy grande la osadía del ignorante, y Miguel muestra justo el reverso contrario de esa perversa sensación de dominio. Seguro que una larga charla con él nos mostraría a una persona que duda, que cree saber algunas cosas pero, sobre todo, es consciente de todo lo que desconoce, que se equivoca en sus predicciones y que apenas es capaz de atisbar razones o lógicas en muchos, muchísimos campos de la vida. A sus años ha visto mucho, muchísimo más que otros, infinitamente más de lo que he visto yo (y probablemente vea) pero eso no le ha saciado, porque cuanto más ha visto más ha deseado saber. Seguro que cuando comentó en su entorno que quería apuntarse a la universidad hubo cierto cachondeo entre amigos y familiares, tanto por una idea que algunos calificarían de excéntrica como por la inutilidad de “a esa edad, querer saber esas cosas” argumento que, a buen seguro, alguien empleo. Y ante esa frase Miguel, y uno mismo, no puede argumentar nada más que la ignorancia, la asunción de lo mucho que no se sabe y de lo que queda por aprender, y de la oportunidad que ofrece la vida y, hoy en día, los medios y tecnologías existentes, para poder aprender. Quizás el saber historia era algo que preocupaba a Miguel desde hace mucho tiempo, pero su trabajo y ritmo de vida diario no le permitieron hacer el hueco necesario para que esa materia se expandiera como deseaba. La jubilación, ese enorme caudal de presunto tiempo libre, le dio la oportunidad, y la aprovechó.


Muchos mirarán a Miguel como un caso exótico, sobre todo sus compañeros de clase, la mayoría de los cuales están ahí más por obligación que por ganas, pero Miguel es, para ellos, y para todos nosotros, no sólo un ejemplo de fuerza de voluntad y de ausencia de miedos, que también, sino sobre todo una señal, una guía, para que admitamos que no lo sabemos todo, que nuestra palabra no pontifica, que el conocimiento es amplio, complejo y está muy repartido, que cuando creemos estar en posesión de la verdad la mayoría de las veces sólo hacemos el ridículo, y que nunca, nunca, es tarde para aprender cosas nuevas. Disfrute del Erasmus italiano, Miguel estudie mucho, conozca la vida de aquel país y, también, cate la experiencia de la “bona vita” italiana. Muchas gracias por su actitud y ejemplo.

jueves, febrero 15, 2018

Otra matanza escolar en EEUU

Uno ya no sabe que decir o pensar cuando se repiten escenas que, aún vistas una y mil veces, estremecen como si fuera la primera vez. Esas carreras, angustias, disparos, policías entrando en recintos, en este caso educativos, a la caza del asesino solitario. Esa impotencia de las personas que, en un instante, pasan de estar viviendo un día rutinario a saberse asediadas y en el punto de mira de alguien que no tendrá piedad con ellos. Esos vídeos que ahora circulan por todas partes, rodados de manera improvisada, guionizados por la angustia, en los que la imagen temblorosa nos muestra carreras, chillidos e intentos de escape, a veces recompensados por la seguridad, otras no.

La última matanza escolar en EEUU deja un saldo de, al menos, 17 muertos, todos ellos en un colegio de Florida, asesinados a balazos de arma automática por un excompañero que fue expulsado del centro por su conducta violenta y su amor a las armas. El guion de estas masacres se replica una y otra vez, con escasas variantes, y siempre con un saldo despiadado de víctimas. Nos enteramos de aquellos que alcanzan grandes proporciones, como es el caso, pero cada semana, cada pocos días, tiroteos vengativos se producen en EEUU y aumentan, de manera incesante, el balance de víctimas por armas de fuego hasta unas proporciones que, en Europa, nos parecen simplemente inasumibles. Volverá el debate sobre la legislación, tan relajada como absurda, respecto a la venta de armas y su tenencia y exhibición, y esa discusión eterna se acallará en pocos días, hasta que una nueva matanza la reabra, y así hasta el infinito, y demasiadas muertes por el camino. Resulta evidente que dificultar el acceso a las armas es la primera medida, la más obvia, para que no sean empleadas, y que eso, a buen seguro, reduciría las tasas de homicidios en aquel país, pero también es verdad que existe una cultura de la violencia en EEUU que hace que, haya armas de fuego o no, muchas disputas se arreglen a las bravas de una manera que se nos antoja incomprensible. La seguridad ciudadana, como la salud, son cosas que se valoran de manera extraordinaria cuando no se disfruta de ellas, y que si se poseen se dan como obvias y se relativiza mucho su existencia. En Europa, y más concretamente en España, la seguridad de la que disponemos en nuestras ciudades es enorme, e incluso en Madrid, por mucho la más grande de ellas, se vive con una sensación en la que el miedo está ausente de las calles. Incluso tras pasar lo peor de la crisis económica, que muchos temieron supondría un repunte de la violencia en forma de atracos, las cosas siguen pacíficas hasta un punto en el que los asesinatos, muy escasos, son noticia de portada en los informativos, precisamente por su extrañeza. Esto no es así en todas partes, ni mucho menos. En esta web pueden ver un gráfico comparando las tasas de homicidio entre los EEUU y Europa, datos de 2015, y los números hablan por sí solos. Los estados norteamericanos se encuentran muy a la cabeza de esta clasificación, siento Lituania el primer país de Europa que figura en ella. Para encontrar a España debemos irnos muy al extremo positivo del gráfico. Somos el cuarto país menos violento de los analizados, sólo mejoran nuestra posición Irlanda, Austria y Holanda, pero nos encontramos en un nivel cercano a los 0,5 homicidios intencionados cada 100.000 habitantes, cifra veinte veces, veinte veces, menor que la registrada en Louisiana, que es quien encabeza este ranking. La preponderancia de los estados norteamericanos muestra que la violencia es un problema de primer orden en aquel país, y que la venta libre de armas se realimenta con la tendencia a ser expeditivo a la hora de “arreglar problemas”. Viendo el gráfico, ¿en qué país preferirían ustedes vivir? Seguro que son rápidos a la hora de tomar la decisión.

De hecho, es en las ciudades norteamericanas donde este problema se vive de una manera más intensa y, al ser un goteo constante, apenas aparece en los medios. Pongamos un ejemplo. En 2017 Chicago mejoró notablemente sus estadísticas criminales, con una bajada del 16%, pero se registraron 650 asesinatos. Tremendo, en una ciudad. En 2016, en España, se registraron, según el INE, 282 casos. Ni la mitad. Todos estos fríos números pueden darnos consuelo y alivio, y lo hacen, pero de nada sirven al contemplar las angustiosas imágenes que hoy llenan portadas de medios impresos y audiovisuales. La reiteración del horror y sinsentido del asesinato masivo. Hoy, esta vez, en un colegio de Florida. La semana que viene, no se dónde.


miércoles, febrero 14, 2018

Oxfam y los abusos sexuales

Acusaciones sobre altos cargos institucionales de haber cometido prácticas sexuales predatorias con personas indefensas, a las que forzaron sin darles oportunidad alguna, indicios de corrupción con los fondos destinados a ayudar a los más necesitados, noticias sobre abusos, también sexuales, practicados a empleados de la organización en establecimientos por ella regentada, en los que los contratos de trabajo a veces dependían directamente de si uno se dejaba acostar o cosas por el estilo con el superior, cortinas de engaños, excusas y tardanzas para estudiar estos casos y ponerles freno….

¿Les estoy describiendo algo que les suena? Sin añadir mucho más la mayor parte de ustedes empezarían a pensar en alguna institución religiosa, un convento, un colegio de curas, o algo por el estilo, dado que es allí donde más se han destapado este tipo de casos. Pero no, frío frío… los tiros no van por ahí. Todo lo anterior resulta ser una pequeña descripción del escándalo que está arrasando la imagen, y mucho más, de Oxfam, una de las ONG británicas más conocidas en todo el mundo, con cientos de miles de voluntarios repartidos por todo el planeta y un presupuesto que, constituido a base de negocios propios, aportaciones voluntarias y subvenciones públicas, se encarama a cifras de cientos de millones de euros. Oxfam no es un chiringuito, no, sino una de las ONG más potentes, poderosas e influyentes del mundo. Las revelaciones sobre el comportamiento de algunos de sus dirigentes en Haití, en lo que resulta ser un compendio de nauseabundas prácticas en medio del desastre, ha abierto la caja de los truenos y las denuncias se suceden en todos los estratos de la organización, revelándola como un lugar siniestro en el que el delito, de marcado carácter sexual, se extiende por todas partes. Y junto al delito, otra grave característica que replica casos similares en el pasado, la ocultación. La sensación para el público que observamos este caso que, otra vez, una y mil veces después, la organización sabía que cosas de este tipo estaban sucediendo, pero nada hizo para impedirlo. Todos los esfuerzos se dirigieron a acallar a las víctimas, a ocultar el delito, a tratar de mover a los presuntos responsables de puesto y nación para enmascarar sus actos e impedir que la información se propagase ¿Les suena? Sí, siempre es la misma actitud. Llámese Oxfam u Obispado de Boston, la gravedad y extensión de los delitos es coincidente con las estrategias de ocultamiento por parte de una estructura, una dirigencia, cuya principal, y al parecer única preocupación, es que la organización no sufra por los escándalos. Huelga decir que a los responsables de Oxfam les daba absolutamente igual los proyectos desarrollados, la cooperación o la ayuda a los necesitados. Sobre todo les importaban sus cargos, sus remuneraciones, su posición en la sociedad, la defensa de los otros cargos, que en el fondo eran como ellos y la persistencia de la organización que les daba de comer. En el caso de las tarjetas black de Bankia, afortunadamente sin connotaciones sexuales de por medio, vimos un comportamiento muy similar, de asociación colectiva en defensa mutua para ocultar delitos, en aquella ocasión financieros, y una organización corrompida hasta el fondo cuyo único interés era la pervivencia y el saqueo. Observar que delitos de este tipo y comportamientos similares se dan, con un paralelismo asombroso, en estructuras creadas en principio para ayudar a los demás, posean componente religioso o no, resulta más indignante y, sobre todo, desmoralizador. ¿Acaso hay alguna organización en la que este tipo de prácticas no existan? ¿ o se persigan? ¿O, incluso, se denuncien?


El daño que puede provocar el caso Oxfam en el sector de la cooperación al desarrollo es, potencialmente, inmenso, y nos vuelve a poner sobre la mesa la manera en la que, sea cual sea el ámbito en el que nos encontremos, gestionamos el tema de los abusos sexuales y de poder. Depredadores de este tipo son minoritarios, estadísticamente apenas residuales, pero sus efectos e impacto resultan devastadores. No puede ser que admitamos como normal que organizaciones, empresas, estructuras, sirvan de parapeto a estos sujetos. Lamentablemente pueden encontrarse en todos los lugares de la sociedad y posiciones, poderosas o no, cultas o incultas, urbanas o rurales, civiles o religiosas, y es trabajo de todos desenmascararlos, denunciarlos, y reformar las organizaciones que les puedan servir de defensa.