lunes, noviembre 18, 2019

Alsina, Cercas y los intelectuales


Estos últimos días se ha celebrado en Madrid y Málaga el festival eñe, una serie de encuentros con la literatura de fondo que han reunido a autores entorno a un sofá para debatir sobre su obra, el mundo literario, cuáles son sus inspiraciones, etc. Organizado por Sergio del Molino, es un festival que empieza a coger vuelo y que ofrece momentos más que interesantes, en los que se dicen verdades y, sobre todo, se trata al asistente, al lector, como un sujeto inteligente, ajeno a consignas de todo tipo. He podido asistir a algunos de los encuentros celebrados en Madrid, no ha todos, y quiero destacar dos de los que tuvieron lugar el sábado por la tarde.

Muy distintos entre sí, pero unidos por un mismo amor a las letras, Carlos Alsina y Javier Cercas compartieron escenario pero a horas muy distintas. El locutor radiofónico abrió una tarde de sábado que iba a ser larga, entrevistado por Karina Saínz Borgo, en una charla que, obviamente, tuvo mucho más de radio que de libros, pero no poco de letras, lecturas y reflexiones. Se define a sí mismo Alsina no como locutor, sino como creador de programas de radio, y es cierto que en su programa abundan lo que se denominan ficciones sonoras, relatos en los que se dramatiza un texto o se crea una realidad alternativa basándose en la actualidad. Alsina optó desde hace tiempo por una visión rigurosa de las noticias, como no podía ser de otra manera, pero insertándolas en un relato de tono literario, en el que los recursos, la ironía y la gestión de la trama son elementos imprescindibles. Como él señaló, a veces ese componente externo debe ser reducido a la mínima expresión cuando la crudeza de las noticias así lo requiere, pero trata de mantenerlo en la medida de lo posible. Y en todo momento apela al espectador para que, con esa información, saque sus conclusiones. Alsina hace monólogos, pero no editorializa. No dicta una postura ideológica ante los hechos, no emana consignas, no lee argumentarios prefabricados de partidos. Cuando empieza a opinar intuye uno sobre qué lo va a hacer, dada la actualidad del día, pero duda sobre qué postura adoptará, y eso ya es de una valía enorme en un país en el que todo es izquierda o derecha y no hay manera de salirse de esa trinchera. No adopta el papel de intelectual, pero sí le da al intelecto, y hace que sus oyentes deban usarlo, y por eso es más acreedor de esa figura de pensante público que muchos que van de ello y sólo saben repartir soflamas. Javier Cercas, excelente escritor, que recibió de manos de Sergio el premio del festival, sí es un intelectual en el sentido clásico del término, de aquel que desde una posición intelectual o cultural opina sobre la actualidad y expresa su punto de vista, ideológico y moral. Busca crear una corriente de opinión en sus artículos y posiciones púbicas, que no en su obra literaria. Sus libros son excelentes, complejos, de lectura densa que ofrece un gran fruto, y no dejan indiferente a casi nadie. Autor centrado en el mundo de la autoficción, acaba de publicar una novela policiaca, premiada con el Planeta, que también se relaciona, a su manera, con las anteriores obras. En la charla que tuvo con Sergio, que fue un auténtico lujo, Cercas habló mucho de su obra, del por qué escribe como escribe y sobre lo que escribe, del papel de su familia y la búsqueda del héroe en todo su discurso narrativo, y la necesidad de separar el plano literario del personal. En su anterior último libro, explora la vida de un familiar suyo, falangista, que muere en la batalla del Ebro luchando con el bando franquista. Cercas, que es de izquierdas, no quiere asumir ese pasado en su familia, pero lo hace, y descubre que su familiar era una persona con ideales, con razones, que escogió el bando equivocado, pero que no por ello debe ser despreciado como persona, como no debe serlo ninguna. Cercas, en esa novela, se desnuda, desnuda a su familia y deja desnudos a los que viven llenos de prejuicios ideológicos y anteojeras mentales. A su manera, hace lo mismo que Alsina con sus monólogos.

Dijo que no quería, pero acabó hablando el bueno de Javier sobre Cataluña, y el secuestro de la sociedad que allí se ha producido por parte de un grupo de intransigentes, de exaltados, que buscan destruir la democracia sin dejar de nombrarla en todo momento. “En el 36 había que escoger el bando correcto, ahora también” señaló. Y nuevamente puso el intelecto al servicio de la intelectualidad, justo lo que denunciaba en su columna de ayer al señalar a esos presuntos intelectuales, que van de ello, pero disfrutan de la revolución ajena y sus destrozos si son otros los afectados. Hubo inteligencia y lucidez para dar y regalar el sábado por la tarde en el festival eñe, y sólo por eso debieran ser infinitas las gracias que hay que dar a Sergio del Molino y demás participantes.

viernes, noviembre 15, 2019

Ante la tumba sin nombre de Chaves Nogales


Lo que ayer les comentaba de la adulación a los líderes sucede en todas partes y países, pero quizás sea en el nuestro en uno de los que más se castiga el no ejercitarlo, el salirse del carril. Ahora mismo eso se pena con el desprecio de compañeros de profesión y el apaleamiento en redes sociales, y bien lo sabe Rubén Amón, último que lo ha experimentado en sus carnes, pero hasta hace no mucho el castigo de la independencia era la muerte, el exilio, el abandono. Uno de los que pagó el tener criterio con su vida fue Manuel Chaves Nogales, periodista, que hizo carrera en los años veinte y treinta del siglo pasado. Republicano moderado.

Acabó huyendo de España perseguido por todos, los sublevados militares y su corte nacional catolicista y los exaltados republicanos y sus huestes soviéticas. Chaves Nogales veía lo que sucedía y no le gustaba. Viajero leído, crítico, dotado de una amplia cultura. Creía que la violencia ejercida en nombre de una idea es sólo violencia, que destruye personas, bienes e ideas. Defensor de la idea de la república como un orden constitucional basado en el derecho y las normas, acaba en medio del infierno de una guerra incivil y debe salir del país para salvar el pescuezo. Pone rumbo a París, y allí su infortunio personal conocerá un nuevo episodio, porque es en esa ciudad donde le pilla la II Guerra Mundial. Seguro que en algún momento el bueno de Chaves se miró en algún espejo parisino y se preguntó si la guerra lo iba a perseguir en lo que restaba de vida. Huye de la capital francesa antes de que sea tomada por las tropas nazis y recala en Londres, convertida en el refugio de la libertad europea. Allí escribe artículos y crónicas en las que siempre tiene a su desgarrada España en el corazón. Se sabe exiliado y olvidado. Su vida es corta, muere en esa capital un año antes de que la Guerra Mundial acabe. Quizás, no lo se, con la esperanza de ver como desde 1943 el curso de la batalla empieza a ser favorable a los aliados y muy negativo para el maligno imperio nazi. Muere en la pobreza y el abandono, y sus restos acaban siendo depositados en un cementerio sito al oeste de la ciudad, muy cerca de los Kew Gardens. Allí su memoria se pierde, porque nadie batalla por ella, sino más bien todo lo contrario. Esfuerzos denodados son los que hace el régimen franquista para ocultar, entre otros muchos, los escritos de Chaves Nogales, y ni un solo dedo mueven los opositores a Franco, en el interior del país o desde sus refugios en el extranjero, para rehabilitar su memoria. Décadas de abandono caen formando una losa que ni el más duro de los granitos es capaz de igualar en solidez. Será una de las obras cumbres de Andrés Trapiello, gran escritor leonés, que lleva por título “Las armas y las letras” la que ponga por primera vez en el candelero la obra de este gran periodista, junto con la de otros olvidados. Pero sabe Trapiello que el trabajo de Chaves Nogales es de una calidad tan excepcional que trata por todos los medios de que su figura sea reconocida no ya como un mero cronista de su tiempo, que lo fue, sino como un escritor de primer nivel, como un intelectual que dejó obras en las que su lucidez se envuelve en prosa sencilla, directa, clara, que no recurre a alambiques ni retorcidas figuras. Que se entiende tan bien que hiere. Varias son las obras que, con el apoyo constante de Trapiello, son reeditadas en España tras muchísimos años de oscuridad, pero quizás sea “A sangre y fuego” la joya absoluta de su producción, el más descarnado relato de lo incivil que es una guerra entre compatriotas, de hasta qué punto la toxicidad anidada, sembrada, insertada en las mentes de personas normales puede llevarles a enfrentarse unos contra otros, a matarse entre hermanos. Trapiello, con el apoyo de otras grandes figuras como Arturo Pérez Reverte o Carlos Alsina, logra rehabilitar a chaves nogales y devolverle al lugar que se merece en el mundo de las letras y la historia.

Esta semana se ha celebrado un homenaje ante la tumba de Chaves en ese cementerio londinense en el que yacen sus restos. Ante un prado verde un palo tirado en el suelo con un nombre escrito en un plástico es lo único que indica que allí mora la memoria del autor. Ignacio Peyro, director del Instituto Cervantes de Londres, ha sido el organizador del acto, modesto, sobrio y elegante, al que han acudido descendientes de Chaves Nogales y algunos escritores, con Andrés Trapiello a la cabeza. Esa tumba sin nombre, esa hierba abandonada, la visité hace poco más de un año. Fui hasta allí con un ejemplar de “A sangre y fuego” para homenajear a su autor y desear que nunca jamás algo así vuelva a suceder, ni a nosotros ni a nadie. Fui a visitar la tumba de un gran hombre que, en fondo y forma, lo decía casi todo de cómo es nuestro país, el que creamos cada día los que en él vivimos.

jueves, noviembre 14, 2019

Líderes y ego en la política


La caída de Albert Rivera ha supuesto la primera gran baja en la nueva alineación de políticos que se ha estado presentando a las últimas elecciones. Con un PSOE y PP desdibujados, los nuevos partidos, que ya no lo son, optaron por liderazgos absolutos, encarnados en las figuras que los crearon casi desde la nada. En este sentido el mérito de Iglesias y Rivera es incuestionable, pero también se les puede criticar sin ambages sobre cómo han gestionado las criaturas que ayudaron a crear, dominados por el ego personalista y sin hacer mucho caso a las voces que, desde otras realidades distintas a las suyas, les advertían de errores de bulto. Con una trayectoria descendente, iglesias sigue y acaricia el poder, y Rivera ya no está.

En todas las organizaciones se crean estructuras de poder, más o menos difusas, más o menos férreas, y una cadena de mando que acaba en una cumbre. En los partidos, organizaciones creadas para alcanzar el poder de una manera no violenta y gestionarlo cuando se posee, ese liderazgo es muy marcado y, casi siempre, condiciona el comportamiento de la organización y su rumbo. En tiempos de redes sociales y de consultas a la militancia, los partidos se han ido cerrando cada vez más en torno a sus nichos de votantes fieles, los muy cafeteros, perdiendo matices y perfiles a medida que, paradojas de la vida, la sociedad cada vez se complejiza más. De ahí que los líderes de esos partidos no sean criticables en absoluto. Toda forma no ya de disidencia, sino de mero recelo, se castiga con la expulsión y el oprobio social, muchas veces en forma de tuits salvajes que desatan las jaurías que convierten a las redes sociales en crueles. campos de batalla. La promesa del líder de alcanzar el poder y premiar a los suyos con regalías crea adictos y aduladores que le siguen a pie juntillas, pase lo que pase, negando la realidad lo que haga falta con tal de alcanzar el objetivo. Si se produce este proceso con el líder ejerciendo el poder, el peloteo llega a niveles tan ridículos como absurdos. Siempre ha sido así, lo que pasa es que ahora lo vemos con una claridad tan meridiana que asusta, se aprecia el funcionamiento de la maquinaria a la vista de todos, y eso le hace perder el escaso aura de secretismo que poseía. El caso de Rivera y Ciudadanos ejemplifica todo este proceso de una manera redonda porque podemos ver la creación, auge y caída del liderazgo, el proceso completo. El de Podemos aún no está terminado, pero sucederá algo similar. Rivera fue alterando su discurso y estrategia a medida que aumentaba el poder de su partido, cada vez más convencido de que su visión de la realidad era la correcta. Los resultados electorales le acompañaban, pero también había voces que le aconsejaban que no cambiase de rumbo, que tuviera la cabeza fría. Cuantos más votos obtenía Rivera menos se escuchaban esas voces y más al del adulador ciego, por sincera admiración o por egoísmo de llevarse el fruto de un cada vez más suculento botín. Los meses transcurridos desde abril a noviembre ejemplifican cómo se puede desarrollar la peor de las gestiones posibles con el mejor resultado imaginado, y el cómo el liderazgo, cuando se cree en la verdad y no atiende a las voces discrepantes, lleva a la formación a la ruina. Curiosamente, y desde posiciones ideologías opuestas, Rivera ha ido cometiendo errores muy similares a los que Pablo Iglesias ejecutó en meses pasados. Altivez, inconsistencia, incoherencia entre lo dicho y lo hecho, narcisismo, fe ciega en el designio personal, conversión de los órganos de gestión del partido en meros coristas de aplauso cerrado, etc. Errores que, por cierto, no tienen nada de originales, se pueden ver en décadas pasadas y formaciones distintas. El goteo de bajas de Ciudadanos se hizo creciente a media que la sensación de descontrol crecía en los que observábamos la formación pero, como suele suceder, los fieles aplaudieron el nuevo rumbo que llevaba la barca naranja directamente contra los arrecifes, y no dejaron de aplaudir hasta el día del naufragio.

En su despedida, Rivera ha enmendado muchos de los errores, porque la ha hecho de manera sincera y asumiendo él toda la culpa de lo sucedido. Dijo una gran verdad, que en España es ley en forma de ese dicho que reza que la victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana. El líder debe saber que ganar es algo que se hace gracias a todos, y que perder le supone una responsabilidad extra. Probablemente se estudie en el futuro estos meses naranjas, en los que Albert transitó del cielo al infierno. Y recuerden que, visto desde fuera, todo parece mucho más sencillo de analizar. Es muy probable que cada uno de nosotros, en situaciones similares y con esa responsabilidad, repitiéramos los mismos errores. Por eso, en política y en todo lo demás, use su instinto, pero, por favor, escuche opiniones contrarias, no se rodee sólo de fieles, y no deje que lo que cree supla a la realidad que le rodea.

miércoles, noviembre 13, 2019

El sueño de Sánchez produce pesadillas


Me quedé ayer con las ganas de escribir algo sobre liderazgo tras la renuncia de Rivera, y de su gestión personal y lo que creo que han sido sus aciertos y errores, pero la incesante actualidad manda, en un país este que no sabe parar, y al mediodía de ayer martes nos enteramos que PSOE y Podemos habían llegado a un acuerdo de ejes programáticos en torno al que crear un gobierno de coalición. Incredulidad y sorpresa por parte de muchos ante lo que parecía una inocentada adelantada, una broma de mal gusto tras lo sucedido. Pero no, ahí fueron Pedro y Pablo a firmar el minidocumento ante la prensa. Dos palabras se me ocurren para expresarme; estafa y fracaso.

Estafa, porque eso es lo que ha sido la repetición electoral, una enorme estafa que dejó sin valor la elección primera de abril y que sólo ha servido para que los ahora firmantes tengan menos escaños de los que tenían entonces. Ambas formaciones políticas son más débiles tras los resultados del pasado domingo que tras los de abril, pero lo que entonces era imposible ahora se ha demostrado factible en apenas unas horas. La repetición electoral además, como ya les comenté, sólo ha servido para dinamitar un partido moderado y que sus escaños sean ocupados por los radicales de Vox. ¿Era ese uno de los objetivos de la nueva convocatoria? A la vista de los resultados, quizás sí. Estafa, por tanto, porque como elector se me ha pedido que acuda dos veces a las urnas para alcanzar un preacuerdo que ya era posible antes del verano, y estafa porque como contribuyente he pagado mi parte proporcional de dos procesos electorales y los salarios de los que en medio han sido percibidos para que el país siga meses paralizado ¿Es o no es una estafa? La otra palabra que se me viene a la cabeza es fracaso, y esta le corresponde en exclusiva al candidato socialista, el señor Sánchez. Con la firma que estampó ayer demuestra hasta qué punto su estrategia desde las elecciones de abril ha sido un absoluto fracaso. Con los resultados de abril y los posteriores de mayo, que mostraban a un PSOE en alza y a un Podemos a la baja, Sánchez vio claramente la ventana de oportunidad de una nueva elección que consolidara su mayoría. Él y sus estrategas, con Iván Redondo a la cabeza, no dudaron un instante en provocar ese adelanto, y así lo hicieron, en la creencia de que la jugada les saldría redonda. Contaron con la complicidad no solicitada de un Podemos que, como siempre, juega al exaltamiento máximo, propio del dirigismo bolchevique que reniegan con la boca pequeña pero que practican en cada uno de sus gestos y acciones. Era sencillo forzar un no de Iglesias en unas negociaciones que, tuvieran contenido real o no, era obvio que iban a fracasar vistas a posteriori. Parece que el PSOE sólo cometió un error en el calendario, debió correr más, forzar la primera investidura para que los comicios fueran antes de la sentencia del Procés y los sucesos de Cataluña no polarizasen el voto. El recuento del domingo pasado mostró el fracaso total de la operación, con una bajada de Podemos, sí, pero con un suave descenso también del PSOE. Menudo negocio, sensación de amarga victoria, de inutilidad del esfuerzo. Con una suma “progresista” menor de lo que lo era en abril, todo el mensaje socialista de la campaña, volcado en un voto útil para consolidar una mayoría del partido de Ferraz quedaba arrojado a la basura y malgastado en forma de escaños menguantes. El desabrido tono de Ábalos en la rueda de prensa del lunes mostraba, sobre todo, el fracaso de la estrategia socialista y el enfado en Ferraz ante una maniobra costosa, arriesgada, aventurera, que no había funcionado como se les vendió por parte de los gurús. No salió tan Redondo como se esperaba, ni mucho menos.

¿Qué vida le espera a este pacto firmado? Todo depende de si la sesión de investidura a la que se volverá a presentar Sánchez resulta ser válida o no. Es posible que logre sacarla adelante en segunda vuelta con la anuencia de ERC u otros grupos, pero la convivencia de ese gobierno se antoja inestable, dado el carácter dictatorial de Iglesias y los suyos (otro rasgo que los iguala a Vox, se parecen tanto…) pero Sánchez sabe que, una vez investido presidente, es muy difícil sacarle a él del gobierno, y muy sencillo cesar a ministros y vicepresidentes. Y es competencia exclusiva suya el nombrar y, también, el relevar. Seguro que duerme de maravilla todas las noches, diga lo que diga, porque las palabras de Sánchez valen tanto como sus presuntos insomnios.

martes, noviembre 12, 2019

El adiós de Albert Rivera


Las encuestas auguraban un muy mal resultado a Ciudadanos, pero la formación, con sus líderes a la cabeza, negaba la mayor y afirmaba que el espíritu de la remontada se sentía en el ambiente. No era lo que percibían el resto de participantes en la carrera ni el público que seguíamos el ambiente electoral. Se comentaba en los medios que un resultado por encima de los veinte escaños podría ser suficiente para salvar los muebles. Sin embargo, la realidad fue mucho más cruel y fueron exactamente la mitrad, diez, los que cosechó la formación naranja. Tres en Madrid, tres en Cataluña, dos en Andalucía y dos en Valencia, quedando arrasada en el resto del país. El fracaso es tan abrumador como doloroso.

En la noche electoral, en la que todos aparecen como ganadores sea cual sea su resultado, engañando nuevamente al electorado, Rivera no tenía escapatoria. Afrontaba el mayor desplome que uno pueda imaginar. Cuando salió ante los focos casi todos dábamos por sentado que presentaría su renuncia, pero no lo hizo. Admitió el desastre y convocó una reunión extraordinaria para el día siguiente, ayer lunes, en la que la formación tomaría decisiones. Se hizo responsable de los resultados y no buscó excusas ni parapetos. No entregó su cabeza, pero casi. Ese movimiento de renuncia se hizo efectivo ayer, en esa reunión del comité ejecutivo de Ciudadanos, en el que Rivera dimitió de todos sus cargos, renunció al escaño y a la política. Puso fin a su carrera de más de una década que, hasta hace siete meses, fue un constante ascenso desde la nada al olimpo del poder. El adiós de Rivera es, por así decirlo, una salida a lo Rajoy, completa, plena. No se queda en un segundo plano para tutelar el partido y su sucesión, como muchos exdirigentes que siguen ahí metiendo ruido y baza, sino que se va del todo. Abandona un mundo en el que de la nada se convirtió en una de las piezas más conocidas de la llamada “nueva política” surgida al calor de las brasas de la crisis económica de 2008, que lo alteró todo. Su discurso, centrista, abierto y moderno, era una rara excepción en el panorama anquilosado de la política patria, cómoda en sus trincheras y clichés. Bregado desde sus inicios en la política catalana, acostumbrado a vivir bajo la presión nacionalista y a ser un referente de los que no comulgaban con esa dictadura ideológica, Rivera lanzó su plataforma ciudadana como un experimento para tratar de vencer a ese nacionalismo mítico, ante la renuncia de la izquierda socialista y la incapacidad de la derecha anquilosada. Logró visibilidad mediática con aquella campaña en la que aparecía semidesnudo y desde entonces, su estilo brioso, su desparpajo de adolescente y su franqueza empezaron a conquistar masas de electorado ecléctico, que no se encontraba representado por lo que siempre se ha definido como izquierda y derecha. La transformación de la plataforma a partido político de alcance nacional es un proceso rápido y que tiene éxito, focalizado inicialmente en las grandes zonas urbanas, pero que poco a poco se extiende por todo el país. Elección tras elección Ciudadanos sube, y logra el milagro de robar votos que hasta entonces sólo eran del PP o del PSOE, logrando incluso atraer votantes nuevos, especialmente jóvenes y treintañeros. Su discurso antinacionalista periférico, pero no nacionalista patrio, sus propuestas económicas, su apertura en políticas sociales… un menú ecléctico que crea una masa de votantes que no acuden por fidelidad ideológica, sino por utilitarismo, por modernidad. En el PSOE se le observa con recelo y en el PP con miedo, porque drena el voto joven que podría acudir a esa formación y la deja convertid en un partido viejo de votantes de mucha edad. El mayor de los éxitos de la formación se da en las elecciones del pasado abril, con 57 diputados, a sólo nueve de un PP desangrado. Para entonces el discurso de Rivera ya se había escorado algo hacia la derecha, porque veía la oportunidad de ocupar el espacio de los populares, y tras el fracaso del sorpasso de Podemos al PSOE algunos veían posible un movimiento similar en el centro derecha. Y ahí, justo a las puertas del cielo, es cuando Ciudadanos empezó a estrellarse contra la realidad.

Las opciones viables de un gobierno de coalición de esa formación con el PSOE tras las elecciones de abril que hubieran otorgado mayoría absoluta a la entente, se deshicieron al instante cuando Rivera se negó en redondo a ello. En vez de haberse ofrecido desde un principio para ello, dejando en el PSOE la responsabilidad de que aceptase o rechazase el pacto, Rivera se negó, y Ciudadanos comenzó a agrietarse. Las fugas de los que veían la formación como un instrumento para pactos transversales empezaron a ser muy serias frente a un núcleo duro que veía tan cerca el liderazgo de la derecha que estaba cegado por la posibilidad de alcanzarlo. Convertido en una bisagra que no giraba, Ciudadanos empezó a perder solidez en sus soportes de voto, y en apenas meses se ha desmoronado por completo. ¿Sobrevivirá? Espero que sí.

lunes, noviembre 11, 2019

Nefasto resultado electoral


Como nunca he estado borracho no les puedo dar una impresión personal de lo que es pasar una resaca. Dicen que es desagradable. Esa misma sensación de desagrado deben tener ahora mismo casi todos los líderes políticos tras el resultado electoral de ayer que, sospecho, sólo ha dejado satisfecho a uno de los partidos nacionales, el nacionalista, lo que ya es indicativo de que el recuento de la noche de ayer deja un panorama en el que la estabilidad nacional, las perspectivas de un gobierno estable y la gestión ordenada de los asuntos públicos están mucho más lejos de lo que ya lo estaban el sábado 9. Genial idea la de repetir los comicios, sí.

Como les decía, casi todos los partidos pueden estar hoy preocupados, y sólo los energúmenos de Vox saltan de alegría con un resultado que les lleva a los 52 escaños, una cifra enorme, que no sólo les da grupo parlamentario, sino capacidad para presentar recursos ante el Tribunal Constitucional o mociones de censura. Su celebración es motivo de preocupación para todos, y su éxito es otro de los males que debemos al exacerbado nacionalismo separatista catalán, que ha jugado a azuzar los rescoldos del nacionalismo español para crear un monstruo que justifique su deriva. Ya lo tiene. El PSOE, que también ha jugado a alentar a Vox para crear un contrapeso al PP, ha logrado el objetivo de dividir a la derecha y garantizarse ser el partido más votado, pero el resultado que obtiene es decepcionante. Tres escaños menos que en Abril y un desgaste enorme de su menguado líder, que pese a ello sigue exhibiendo una capacidad para ganar elecciones sólo comparable a la incapacidad de llegar a acuerdos. El PP tiene un sabor amargo, porque remonta respecto a los desastrosos resultados de abril, llega a la horquilla alta de los ochenta diputados, pero tiene la sensación de que podían ser muchos más si Vox no se los hubiera quitado. El ascenso le permite a Casado seguir vivo al frente de la formación pero sin muchas esperanzas de tocar poder, y con la desagradable sensación de que lo que empezó siendo una escisión de la casa popular en forma de extremismo se ha convertido en un monstruo que, comparativamente, no se sitúa a demasiados escaños. La presión que los brutos de Abascal sean capaces de ejercer frente al PP condicionará muchas de las políticas de esa formación, y veremos hasta qué punto la estabilidad de los gobiernos regionales en los que ambas formaciones tienen un acuerdo pactado. Pablemos y sus confluencias siguen a la baja, perdiendo la barrera de los cuarenta escaños y acercándose cada vez más a lo que fue la Izquierda Unida de Anguita, pero eso no parece que vaya a cambiar los planes de su líder que, ajeno a toda autocrítica, seguirá dictando con mano de hierro las directrices de esa formación, que nació como respuesta a una indignación social y va camino de ser otro grupúsculo de extrema izquierda de los muchos que ha habido en la historia. Quien sí que debe estar dolido con los resultados es Ciudadanos, que no es el gran perdedor de la noche, no, sino el gran humillado. De 57 a 10, su resultado es tan desastroso como inmanejable. Rivera ha cometido enormes errores de estrategia en los meses que han transcurrido desde abril, y lo ha pagado en las urnas. Su fracaso es muy doloroso. Pudo formar gobierno con el PSOE tras los comicios de primavera, juntos alcanzaban mayoría absoluta, pudieron gestionar, hacer presupuestos, acordar un mínimo de gobierno y gestión que diera margen y tranquilidad, pero Rivera optó por una huida hacia no se sabe donde, por su lema de la banda, y a medida que pasaban los días las expectativas de su formación se deshicieron. Justo al final, cuando ya no servía de nada, ofreció un pacto al PSOE que no ha tenido relevancia alguna. El fracaso del partido es total y las posibilidades de que su crisis sea existencial, alta. Como señaló anoche el brillante Carlos Alsina, Ciudadanos empezó siendo UCD y puede acabar como el CDS.

Del resto de formaciones, destacar el auge de los votos nacionalistas, con un PNV que crece elección tras elección, con un independentismo catalán que se reconfigura pero mantiene mucho poder (ERC es el cuarto partido en escaños en el Congreso), una subida de Bildu, que le otorga grupo parlamentario propio y la entrada, novedad, de Teruel existe con un escaño. En definitiva, un caos mayor que el que ya teníamos, y la certificación de que Sánchez, Casado, Iglesias y Rivera han fracasado. Suya es la responsabilidad de lo sucedido y de lo que pase de ahora en adelante. Apañados vamos con esta tropa.

viernes, noviembre 08, 2019

Tres décadas de la caída del muro de Berlín


Este domingo hay elecciones generales. Desganadas, repetitivas, con pinta de mostrar otra vez un bloqueo, con listas populistas extremistas a izquierda y derecha que obtendrán resultados mucho mejores de los que se merecen, y con un cuerpo electoral que mira con resignación, cuando no ira, a sus presuntos representantes y el sistema que los elige. A pesar de todo, debemos ir a votar. Porque votar, las elecciones, la democracia, es algo que tiene un valor inmenso, que no lleva demasiado tiempo entre nosotros y que debemos defender, día a día, con su ejercicio, más allá del torticero uso que hagan de ella los que se presentan, o eso dicen, para defenderla, y piden nuestro sufragio.

En los países del este se vota desde hace aún menos tiempo que en España, a ellos la democracia les llegó bastante más tarde, después de haber sufrido una dictadura aún más atroz que la nuestra, residuo de una guerra mundial que deja a la nuestra civil convertida en un tebeo. Mañana se cumplen treinta años de la caída del muro de Berlín, un acontecimiento histórico que, en cierta medida, marcó el final del siglo XX, un siglo corto para algunos historiadores, que comenzó con la primera guerra mundial de 1914 y se acabó cuando los cascotes de esa muralla cayeron y se llevaron el comunismo que los erigió. En las naciones del este se vivió, desde el final de la guerra, una ocupación militar, social y política por parte de la entonces llamada URSS, que las convirtió en satélites de su imperio, meras marcas medievales para tener un colchón defensivo frente a un occidente que, devastado tras la guerra, podría ser una nueva amenaza para sus intereses. Los ciudadanos de esos países de la órbita de Moscú vivieron durante décadas en una realidad alternativa, en la que se les bombardeaba constantemente con la propaganda soviética para hacerles creer que el sistema en el que vivían era el mejor del mundo, el más avanzado, el más libre y protector. Si el franquismo no logró engañar a mucha gente en España, más allá de los pocos convencidos (y algunos iluminados que se presentan a las elecciones este domingo) el comunismo fue mucho más efectivo, pero no tanto en el engaño como en la persuasión, en el arte de someter a la población. Dictamino que, si los esfuerzos fracasaban y permanecían ciudadanos que no creían en el régimen y aspiraban a dejar sus naciones, se erigiría un muro que lo impidiera. Durante toda su existencia ese muro era legal, mental y emocional, pero en Berlín se convirtió en una valla física, en una tierra de nadie llena de trincheras, garitas y puestos de tiro, en la que se mataba a los que trataban de huir del llamado entonces sector soviético al sector occidental. En Berlín se jugó, en gran parte, el futuro de todos nosotros, porque cada dos por tres se producían tensos incidentes que tenían la capacidad de llevar a la guerra a las dos superpotencias. Hubo otros muchos escenarios de tensión (Cuba, Latinoamérica, África, etc) pero en Berlín los presuntos enemigos se veían las caras. En los puestos fronterizos del Check Pint Charlie o Friedrichstrasse o la estación del Zoo se vivían diariamente escenas de tensión en las que un disparo de fusil de un lado podía alcanzar a un vigilante del otro. A veces pienso que no sabemos la suerte que tenemos de que esos años de guerra fría que ahora, de manera inconsciente algunos añoran, pudieron haber colapsado de forma accidental o premeditada en una guerra global de horripilantes consecuencias. Afortunadamente eso no pasó, pero lo cierto es que el proceso de derrumbe del comunismo en el este se dio de una manera igualmente accidental, casi no prevista. El ejército de kremlinólogos que llenaban platós de televisión y servicios de estudios desde hacía décadas apenas atisbó el colapso que se vivía al otro lado del telón de acero, colapso en todas las áreas imaginables, que degeneró en ese nueve de noviembre de 1989, cuando la gente empezó a cruzar el muro hacia el Berlín occidental, las alambradas dejaron de ser vigiadas y unos tímidos picos empezaron a golpear esas murallas de la vergüenza.

Hoy, treinta años después, el imperio soviético parece una antigualla de la era babilónica pero Rusia sigue ahí, malmetiendo a los países europeos. Las naciones del este están integradas en la UE, y sus niveles de vida y prosperidad son los más altos que han conocido en su historia, pero sus gobiernos, elegidos democráticamente, renuevan comportamientos que se deslizan hacia el autoritarismo, o el iliberalismo como se dice ahora, henchidos de un nacionalismo desmedido que trata de coartar libertades en nombre de patria y fe. El aniversario de la caída del muro merece ser celebrado como lo que fue y es, un hito en la conquista de la libertad, pero observar el panorama político que ofrecen los antiguos países ocupados genera preocupación.