martes, diciembre 12, 2017

Cuando se estropea el metro

Una de las pesadillas, o al menos así la siento, que tenemos los que vivimos en ciudad y dependemos del transporte púbico es que falle, que desaparezca, que se anule, que por averías, huelgas, accidentes o imprevistos el servicio “no se preste con normalidad” y eso nos impida movernos. Las ciudades grandes son, sobre todo, grandes, y uno se da plena cuenta de ello cuando, en algún transporte, se pone a pensar en las distancias que se recorren entre uno y otro punto, distancias que se miden en decenas de manzanas, kilómetros y kilómetros. Difícilmente abordables si no se afrontan como reto deportivo. Insalvables ante ciertas cargas o edad.

Hoy esa pesadilla se ha hecho realidad en parte. Al llegar a la boca de metro he visto que un cartel bloqueaba los tornos avisando que el servicio en la línea 9, que es la que sirve a mi barrio, estaba suspendido en la mayor parte de la misma, y desde luego en las estaciones que me son útiles, por causas técnicas, durante más de una hora. No se cuáles serán esas causas ni qué las ha originado, pero lo cierto es que el servicio no existe, y eso poco después de las siete de la mañana camino del trabajo supone, sobre todo, un gran problema. En mi zona el servicio de autobuses urbanos es débil dado que el metro absorbe la mayor parte de los viajes, y en ocasiones como estas su debilidad es total. Dejando la boca del metro, convertida esta mañana en monumento decorativo, me he dirigido a la parada de autobús más cercana a mi casa, esperando la línea que pasa por allí que, en su término, cruzando la M30, alcanza una plaza que posee líneas de metro. Al poco de estar esperando me he preguntado si hacía bien en estar ahí quieto, con una temperatura gélida, o hubiera sido mejor salir andando desde un principio camino al centro. Como el tiempo pasaba me autoconvencía de que había hecho bien esperar, y así hasta que ha llegado el autobús, atestado, y no ha parado en mi marquesina porque allí no podía entrar más gente. Visto el error de mi espera, me he puesto a caminar hacia el centro, en un viaje en el que he ido surcando paradas de autobús colapsadas en las que decenas de personas hacían colas y algunas unidades pasaban, repletas, incapaces de parar para acoger a más viajeros. Resulta evidente que el corte ha cogido desprevenido al servicio de la EMT y no ha puesto un refuerzo en las líneas que, en superficie, se han visto afectadas, por lo que se ha vuelto a demostrar que hablamos mucho de bg data, Smart cities y otros conceptos novedosos pero que a la hora de la verdad los viejos problemas siguen causando las viejas consecuencias. Visto lo visto me he convencido de que los autobuses ya no servían de nada y he optado por caminar hasta la estación de metro de la línea 6 que está más cerca de mi casa, en un paseo de un poco menos de dos kilómetros desde el punto en el que lo he emprendido, bajo un cielo negro y frío como el sólo, y en compañía de una multitud que llenaba las aceras por momentos y vadeaba las montañas de hojas dejadas por el temporal del fin de semana. Muchos de los caminantes éramos novatos, domingueros de entre semana, impelidos al paseo por la necesidad y no por la afición, presurosos ante un reloj que avanza y un amanecer que quería despuntar, en medio de un tráfico espectacular que dejaba una M30 convertida en un rosario de luces rojas de subida y blancas de bajada que parecían un rosario, o guirnaldas navideñas extendidas a todo lo largo que la vista podía abarcar. Eso sí, supongo que carentes de jovial espíritu festivo.


Llegar al metro ha sido una liberación, tanto para mis pies como para el rostro, entumecido por la sesión de frío prolongado que no tenía previsto recibir. En la parada carteles y personal de metro avisaban que la línea 9, que también pasa por allí, no ofrecía servicio y que la gente debía evitar sus pasillos y andenes. Llegar un andén diferente, en el que al poco ha acudido un tren, ha sido una sensación de liberación, y los apretones del viaje han ejercido de cálida manta que arropa en exceso pero que abriga y calienta como ella sola. Con más de media hora de retraso sobre lo habitual, he llegado a la oficina, ya de día, como si estuviera en febrero avanzado y los amaneceres ya se hubieran comido una parte de la oscuridad invernal, pero con el recuerdo de los caminantes improvisados, y del caos de una mañana no prevista.

lunes, diciembre 11, 2017

La lluvia se llamaba Ana

A eso de las tres y media de la mañana de hoy llovía en mi barrio como si no lo hubiera hecho nunca, y dado lo que ha caído en Madrid a lo largo de este año la expresión es algo más que una mera forma de hablar. Cortinas cerradas de lluvia con viento, que se movían de manera violenta golpeando ventanas, árboles y las hojas que aún permanecen sobre ellos. Alcantarillas rebosantes de agua y hojas, miles, millones, caídas a lo largo de estos días de heladas que las han ido tirando y que, la ausencia de temporal ha impedido que se desplazasen a otro sitio. La imagen, desde el refugio de mi casa, era espectacular.

Casualidades de la vida, a partir de este otoño varios servicios meteorológicos europeos, entre ellos AEMET, han acordado poner nombre a las borrascas atlánticas que alcancen cierta magnitud y puedan suponer un riesgo para la población, y el temporal que nos ha azotado esta noche, y que hoy ya nos abandona, es el primero que cumple esas características y ha tomado el primer nombre de la lista, alfabética, que esta vez empieza por “Ana”. Es una lista de nombres alternos entre varón y mujer y se usarán aquellos que sean necesarios en función de la intensidad de los temporales. Esta idea de nombrar a las borrascas, algo peregrina en nuestras latitudes, se ha tomado, entre otras cosas, para facilitar a los medios de comunicación y a los organismos de protección civil la denominación de los fenómenos y que estos calen más en la población, a la hora de que las medidas de precaución previstas sean más eficaces. ¿Servirá para algo? Está por ver, aunque la experiencia de Ana deja un cierto sabor amargo. Y es que Ana se ha generado por un proceso de ciclogénesis explosiva, que no es sino una de las maneras mediante las que una borrasca puede nacer, en este caso caracterizada por la velocidad del proceso de formación, pero que no determina la intensidad o efectos del temporal en cuestión. Una borrasca de este tipo puede ser más o menos intensa que otra generada por un proceso menos abrupto, pero los dos términos combinados, “ciclogénesis explosiva” son como un imán para los medios y desatan titulares que van desde el alarmismo hasta lo ridículo, pasando todos ellos por la inexactitud. Si me permiten el ejemplo tonto, poco importa para la capacidad de berreo de un niño por la noche si este ha sido concebido de manera natural o por fertilización de la madre, y de la misma manera el proceso de formación de la borrasca poco nos puede decir de su intensidad y efectos. Cierto es que estas borrascas tienden a ser más profundas que otras, y su proceso de generación acelerado las hace más peligrosas en la zona en la que se crean, habitualmente sobre el Atlántico, pero eso es un dato que, siendo muy relevante para los barcos que por ahí transitan, resulta de menor importancia para los que, en tierra firme, podemos llegar a sufrir sus efectos. Pero, como en tantas ocasiones, el sensacionalismo de algunos medios apenas entiende de terminología y se lanzan al morbo que se expande en palabras grandiosas y explosivas, literalmente. Eso contribuye al alarmismo de la población y, me temo, a su desinformación. Ante situaciones de este tipo hay que conservar la calma, no hacer tonterías como irse a cimas o paseos marítimos para contemplar el desatado oleaje y atender las indicaciones de protección civil y organismos fiables, como AEMET y medios de comunicación de primera. Desconfíe de los que anuncian el apocalipsis para dentro de media hora y montan espectáculos con el vendaval.


¿Servirá Ana para paliar la sequía? No, pero su ayuda no vendrá nada mal. Como en el caso de la recuperación de un enfermo, terrenos y pantanos necesitan un proceso gradual y constante de entrada de nuevas reservas para recuperarse tras la escasez, y aunque Ana ha dejado precipitaciones intensas en algunas zonas, muy necesitadas, es necesario que las lluvias sean continuas, generosa y mansas para que su efecto benéfico sea el mayor posible. De todas maneras, lo caído bien caído está, en algunas zonas permitirá plantar cultivos de invierno, salvar bosques y praderas, y aliviar a algunos de los maltrechos embalses que malviven tras un 2017 reseco y árido hasta la extenuación. Ana ha sido bien recibida.

jueves, diciembre 07, 2017

Trump y Jerusalén

Si algo nos ha dejado claro ya Donald Trump es que es imprevisible y no convencional. Estarán encantados los amantes de las sorpresas y aquellos que reniegan del tacticismo y la parsimonia política habitual, alabando el comportamiento de la fiera Trump completamente desbocada. Como un niño al frente de la juguetería, fracasan uno a uno todos los intentos de poner vigilantes y moderadores que controlen sus actos, y no deja el crío de desordenar estantes, abrir paquetes y descolocar referencias, dejando la tienda completamente desordenada y patas arriba. Parece que no le importen las consecuencias de sus actos.

La decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como capital oficial de Israel y la orden de trasladar allí la embajada desde Tel Aviv es algo que se barruntaba desde hace tiempo, y que venía en el programa electoral del magnate, por lo que el anuncio es, vaya vaya, una nueva promesa cumplida por parte del único que no hubiéramos deseado que ejecutase su programa electoral. En este espinoso asunto EEUU ha actuado con hipocresía táctica, si se me permite la expresión. Ya en 1995 aprobó una ley que instaba a dar a Jerusalén el estatus oficial, pero ningún presidente desde entonces la ha llevado a la práctica, tanto por el miedo a disturbios en la zona como por la sensación, certera, de que un movimiento de este tipo colocaría a EEUU en una posición de clara parcialidad, casi irreversible, arruinando su papel de mediador en unas posibles negociaciones palestino israelíes, que son siempre uno de los temas de la agenda presidencial de la Casa Blanca, especialmente durante los segundos mandatos. Todo el mundo en Washington tenía claro que el estatus de Jerusalén, tres veces santa y tres veces odiada, debía ser fruto de un acuerdo mucho más amplio entre los representantes de Israel y Palestina, y que llegado un día en el que la solución de los dos estados fuera posible, la administración de la ciudad quizás fuera compartida, o sostenida por una entidad internacional que garantizas el derecho de ambos, en acuerdo con los cristianos, para el uso de los santos lugares y los demás espacios urbanos. También tenía más o menos claro todo el mundo que Jerusalén sería lo último que, de existir ese ansiado acuerdo, se negociaría, porque ahí sí que las posturas son tensas e irreconciliables, dado que se llega al punto mollar de las creencias religiosas mutuas, y por lo visto excluyentes. Y si cada parte siente que Dios, su Dios, el único y verdadero, está de su parte, y ese Dios pasó una temporada entre esas piedras y muros, la posibilidad de acuerdo se antoja más como un milagro que como otra cosa. Por ello EEUU, a lo largo de estas décadas, en una política de tira y afloja con Israel de cara al freno de los asentamientos y de nula relación con las facciones islamistas terroristas de los palestinos, nada ha dicho de la sacrosanta ciudad, para evitar meterse aún más en un embrollo del que difícilmente podría salir. Cuando ya en campaña Trump anunció que tomaría esta medida surgieron muchas voces en los países occidentales, y más en EEUU, para que no la llevara a cabo, porque sería un gesto unilateral peligroso que, muy probablemente, no iba a contribuir a solucionar problema alguno, sino más bien a agravarlo. Pareció por un momento, al poco de llegar el magnate al poder, que la agenda interna y el desprecio por las cuestiones internacionales iban a tener aparcado el tema de Oriente Medio durante bastante tiempo, pero ha resultado que no, que Trump y algunos de sus asesores lo estaban estudiando. Hace pocos días el rumor tomo fuerza y ayer se hizo realidad.


¿Y ahora, qué? A saber. Trump utilizo ayer en su comparecencia una expresión que se atribuye a Einstein (pobre Albert, quiénes osan a mencionarte) afirmando que tras décadas de políticas inamovibles que no han servido para nada es hora de cambiar algo para provocar nuevas reacciones. Es de suponer que la tensión en la zona crecerá, y que habrá disturbios, pero se me antoja casi imposible estimar su intensidad y alcance. La decisión también supone otro baldón para un Departamento de Estado que, tras la llegad de Trump, está en franco retroceso global, con un Tillerson al frente cuya dimisión o cese se comenta todos los lunes y viernes, pero que no pinta nada de nada en las decisiones políticas de su jefe. La diplomacia norteamericana, poderosísima, hace aguas y se deshace justo cuando más se la necesita.

martes, diciembre 05, 2017

Manuel Marín, un europeo

Al poco de que llegara ayer por la noche a casa saltó la noticia, inesperada, de la muerte de Manuel Marín, y ya se me amargó lo que quedaba de día. Marín falleció a los 68 años, muy joven, por un cáncer de pulmón, que yo desconocía que padecía desde hace algo más de dos años. Las últimas veces que le vi en entrevistas y actos ya estaba enfermo, pero pese a ello mantenía una entereza y porte propio de quien se sabe ocupado y con un destino. Los últimos años de su vida laboral los dedicó a la fundación Iberdrola, lejos de la política, a la que todo lo dio y de la que no recibió los elogios y parabienes que merecía.

En un país de prisas, cortoplacismo y bronca, Marín era un hombre de luces largas y visión amplia. Y en una nación cerrada y centrada en sus menudencias, Marín era un hombre volcado en Europa, en la construcción de un continente, de una supranacionalidad que nos acogiera y diera la estabilidad y paz que nunca hemos podido lograr los europeos en solitario, cada uno por nuestro lado. Afiliado al PSOE desde los setenta, pero siempre partidario más de una visión política que de unas siglas de partido, es nombrado secretario de estado para las comunidades europeas, que así se llamaba por aquel entonces la UE, con la llegada de Felipe González al gobiernos. Desde entonces se desvive en el proceso negociador que culmina con nuestra incorporación al club comunitario, en un acto de firma que, por así decirlo, vuelve a integrarnos en la modernidad, en la Europa que abandonamos muchas décadas atrás y que, Aleluya, nos volvía a acoger. Tras esa firma Marín sigue volcado en las relaciones con la Unión, y empieza una carrera de puestos de responsabilidad en las instituciones comunitarias que le lleva a ocupar el rango de vicepresidente de la UE, el cargo más importante que un español ha ocupado jamás en la historia de la Unión. Y no lo obtuvo por una cuota de territorios o negociaciones de poder, no, sino por su capacidad de trabajo, de dedicación, de profesionalidad absoluta y desinteresada hacia un proyecto que él veía como la culminación, el sueño que permitía escapar de la pesadilla que relata Zweig en sus memorias, la de una Europa destruida por sus egoísmos. El servicio público al ciudadano y la búsqueda de su mejora es, en todo momento, la meta de Marín, y eso lo convierte, día a día, en un político cada vez más extraño en el mercadeo patrio, en el que las afinidades a la siga, a “los míos” están por encima de la verdad, la eficiencia y el servicio. Vuelve a la política española y con la llegada de ZP al poder alcanza el rango de Presidente del Congreso de los Diputados. Lucha día a día para modernizar la cámara, implantar costumbres europeas en los modos, maneras e instrumentales, pero choca con la realidad de una política de frentes, cainita y antediluviana. Poco a poco es sólo su autoridad moral lo que le permite sobrevivir en ese circo de fieras, dado que los suyos y los otros le tratan cada vez peor, y llega un día en el que, viendo cómo ha fracasado su proyecto de reforma del reglamento de la Cámara y que su soledad es manifiesta, deja el cargo con el final de la legislatura y anuncia el abandono de la política como profesión. Desde entonces se embarca en una aventura en la empresa privada, Fundación Iberdrola, callada, silenciosa, nada vistosa, centrada en labores culturales, de restauración de patrimonio y de iluminación de monumentos. Concede entrevistas en contadas ocasiones y su voz, siempre clara y lúcida, anuncia los tiempos populistas que se avecinan. Ve llegar antes que nadie la sobra de un referéndum en el Reino Unido y confiesa sus temores ante un futo incierto, que la muerte le impedirá contemplar.

Cuando pocos creían en la Unión y en ese futuro compartido, Marín se dejó la piel para crear instituciones y reglamentos que le dieran cuerpo, solidez y tarea. Puso en marcha programas como el Erasmuas, sabedor de que no hay unión sin que los ciudadanos compartan sus vidas y se unan en proyectos comunes y tangibles. Su vocación le dio un trabajo inmenso y muchas veces silencioso, pero es uno de los hombres que más ha logrado cambiar, y a mejor, la vida de todos los españoles y el conjunto de los europeos. En tiempos de mentiras, populistas, mensajes falaces y nacionalismos, su pérdida aún es más dolorosa. Nos queda a todos el ejemplo que nos dio. Y “gracias” es una palabra que se queda muy corta para reconocer su legado. Un fuerte abrazo a los suyos. Descanse en paz.


En esta caótica semana mañana y el viernes es fiesta, pero el jueves trabajo, por lo que habrá artículo. Descansen, abríguense y si viajan, mil ojos en la carretera

lunes, diciembre 04, 2017

Música, color, viento (para Maria Parra e ISM)

Sigo sin entender cómo funciona la magia de la música, pero la siento plena cuando la escucho. Supongo que me pasa como a tantos otros, y como decía San Agustín refiriéndose al tiempo, que cuando la oigo se lo que es, pero que cuando tengo qué explicarlo me veo incapaz de expresarlo en palabras y frases, no pudiendo explicarlo. Cómo un lenguaje tan abstracto, carente de letras que podamos entender, de fonemas y estructuras, nos puede transmitir mensajes y emociones de una forma a veces más intensa que el más apasionado de los textos. No se cómo es posible, pero sucede. Y quizás sea mejor dejarlo así.

El pasado viernes tuve la oportunidad de volver a sentir una sensación musical, gracias a ISM, antigua jefa mía ya jubilada, que con motivo del arreglo del piano de pared que está en el sótano de su casa, organizó un concierto privado al que invitó a pocas personas, no llegaríamos a la veintena, en una velada tan exclusiva como lujosa. Para nosotros en exclusiva iba a interpretar la pianista María Parra, mujer llena de talento y fuerza, que nos narró, con el teclado y de viva voz, el contenido de su segundo disco, centrado en piezas del impresionismo francés y algunas selecciones de repertorio español. Cuando hace unas semanas ISM me comentó la idea del concierto, surgida de la amistad de María con una de sus hermanas, me pareció una idea curiosísima, extraña y, pensaba para mi, loca, de esas que se dan en las ciudades y que son extravagantes de por sí, y me hizo mucha ilusión que ISM me invitase a un acto así. Cuando iba a él, bajo el viento frío de este invierno anticipado, y ya sentado en una silla en el sótano de la casa, al resguardo, en el calor del hogar, y con el piano al fondo, no podía dejar de pensar en lo insólito que era lo que estaba a punto de suceder, lo difícil que es conocer a un músico y lo casi imposible que es que toque para ti, que no estés en lo alto de un anfiteatro oyendo, y viendo las cosas a una distancia enorme, sino ahí, al lado, a tres cuatro metros de la silla que, todavía, seguía vacía. Supongo que la pianista estaría nerviosa, como ante cualquier actuación, y más si cabe en una de este tipo donde las caras de los espectadores están ahí, encima, junto a ella, pero yo estaba en esos momentos casi tan nervioso como ella. Bueno, quizás no fueran exactamente nervios, pero sí esa sensación de tensión que a uno le embarga ante situaciones importantes que se antojan difíciles. Supongo que no para la intérprete, pero esa sensación desapareció por completo para mi al poco de que María entrase en la sala de concierto y comenzara a tocar, y la música lo llenase todo. Música centrada en un Debussy desatado, cromático y volátil, con piezas que tratan de reflejar esos paisajes impresionistas que dieron nombre a la corriente artística, y que el compositor francés logra, de manera mágica, describir con pentagramas, y el intérprete tiene el reto de convertirlos en sonidos de color y sensaciones. María iba desgranando las piezas del repertorio, agrupándolas por bloques, y realizando antes de ello una introducción explicando qué es lo que íbamos a oír, qué significado le había dado el compositor a la obra y lo que esas piezas habían supuesto para ella a lo largo de su carrera profesional y de estudio del piano, que es lo mismo que decir de su vida, dedicada en cuerpo y alma a una pasión, a un instrumento, a una tortura, a una esclavitud, que todo lo pide, y que todo lo ofrece si uno se entrega sin límite. El concierto duró algo más de una hora y tuvo varias propinas, pero cada uno de los minutos de entrega de Maria ante el teclado, con nuestra absorta atención embelesada en sus manos y postura, se hicieron intemporales. Su interpretación fue excelente, su entrega total, nuestro disfrute, pleno.


Tras escuchar la música, estuvimos un buen tiempo en el salón de la casa de ISM de charla, picoteo y tertulia, no sólo de cuestiones musicales, y durante bastante tiempo el grupo de personas a las que yo conocía, que fuimos los últimos en marcharnos, tuvimos la oportunidad de contar con María como tertuliana, y pudimos hacerle preguntas sobre su carrera, gustos musicales, cuestiones sobre otros intérpretes, compositores y obras. Y hablamos largo y tendido de otros muchos temas no musicales, en una velada que fue un placer para los que la pudimos disfrutar, y de la que sólo puedo dar gracias a María por su arte y entrega, y a ISM y sus hermanas por habernos permitido disfrutar de una noche impresionista llena de calor y color.

viernes, diciembre 01, 2017

Corea del Norte ya tiene misiles de verdad

Esta semana Corea del Norte ha efectuado un nuevo ensayo balístico. Ha lanzado un misil que ha llegado a una altura de varios miles de kilómetros sobre la superficie para acabar estrellado en el mar, en un proceso de prueba que ha demostrado a todo el mundo su mejora en este tipo de armamentos. Según los expertos, esta prueba ha mostrado, por primera vez, que el amigo King Jon Un tiene misiles no sólo capaces de alcanzar territorio norteamericano, sino cualquier punto del mismo. Sus proyectiles llegan sobreviven al retorno atmosférico e impactan sobre el objetivo señalado. Aún es probable que la tecnología norcoreana no pueda equiparlos con cabezas nucleares, pero ese es el siguiente paso. Ya posee un vector global.

Cada vez que Corea del Norte lanza un nuevo pulso surge la pregunta inevitable. Y ahora, ¿qué? ¿Cómo respondemos? ¿Qué hacemos? De poco sirven las reuniones y condenas de una ONU escasamente operativa en lo general y nula absolutamente en lo que hace al problema norcoreano. Nuevas bravatas tuiteras de Trump muestran su enfado y disposición a hacer cosas, pero nada sucede y el progreso norcoreano es evidente. Si no suceden cosas extrañas o accidentes, es probable que en poco tiempo lleguemos a una situación de equilibrio estratégico, o de equilibrio del terror, como también se le denominaba en el pasado, entre EEUU y Corea del Norte. La capacidad mutua de atacarse nuclearmente impone una cautela en ambas partes muy medida. Cierto es que la superioridad militar norteamericana es abrumadora, pero la probabilidad de que los norcoreanos puedan causar una desgracia nuclear en suelo estadounidense ya no es cero, y ambas partes lo saben. Eso cambia notablemente las estrategias de los dos oponentes y, curiosamente vista la experiencia de la guerra fría, los convierte en más cautelosos. Ninguno de los dos posee incentivos reales para ir a la guerra, a sabiendas de que EEUU saldrá dañado y Corea del Norte liquidado por completo, pero este equilibrio quizás sea la única garantía que puede esgrimir seriamente el régimen de Pyongyang para garantizarse su supervivencia, que es lo único que le importa al gordito y sus gerifaltes. Las conversaciones de EEUU con China, único aliado de los norcoreanos y suministrador de energía y otras materias primas al régimen, no avanzan por buen camino. China promete colaborar en el control del régimen satánico del norte, pero todos saben que, en el fondo, el conviene que esa dictadura permanezca. Le evita un éxodo de población norcoreana, pobre hasta decir basta, y le hace de tapón con respecto a Corea del Sur, aliado norteamericano. De no existir el tramo del norte un gran aliado de EEUU tendría frontera física con China, y eso es algo que en Beijing no se quiere ni imaginar. Por ello todo lo relacionado con Corea del Norte tensa las relaciones entre China y EEUU y complica la geoestrategia en la zona, hasta llevarla a situaciones de alta tensión que pueden ser indeseables. Con todo esto encima de la mesa y otros muchos factores que me dejo y olvido, pueden ustedes concluir que la situación allí es, como mínimo, difícil, y no se vislumbra una salida. Quizás a medio plazo tengamos que acostumbrarnos a vivir con un régimen tan abominable que parece una caricatura, pero que está tan armado y es, aparentemente, rabioso, que mejor no tocarlo. Este status quo de estabilidad a cambio de persistencia de la dictadura garantiza la seguridad en la zona a cambio de la intranquilidad de los vecinos y la opresión infinita e infame de la población norcoreana. Si este es el mejor de los escenarios posibles, ¿cuál es el peor? Una guerra.


Cualquier guerra que se de en la zona, sea con el armamento que sea y de la dimensión que se desee, generaría un balance de muertos difícil de imaginar por su dimensión, y es probable que acabara con un enfrentamiento total, a sabiendas los norcoreanos que, en caso de batalla, no tienen opciones de ganar, sólo de hacer el mayor daño posible a sus vecinos y enemigos antes de ser aniquilados. Cifras de muertos, daños materiales y económicos…. El balance de cualquier conflicto armado en la zona alcanzaría proporciones históricas, y no por lo bueno. Quizás hace unas décadas fuera posible realizar ataques quirúrgicos que impidieran la escalada armamentística y nuclear norcoreana, pero hoy en día eso ya parece fuera de todo alcance. Así que les dejo sobre la mesa la pregunta de antes. Y ahora ¿Qué?

jueves, noviembre 30, 2017

Suicidio en directo ante el Tribunal de La Haya

La escena parece sacada de una de esas crónicas de los juicios de Núremberg, donde las cápsulas de ácido prúsico jugaron un papel tan determinante a la hora de “sentenciar” a muchos de los condenados El acusado, general de las tropas serbias durante la guerra bosnia, mira al tribunal desde su altiva posición, con un rostro serio, rígido, cubierto con una barba blanca que le da un porte inmerecido, y en medio de un alegato en favor de su inocencia, saca un pequeño recipiente del bolsillo, no más que uno de esos minivasitos que portan aceite y se usan para aliñar ensaladas, y se lo bebe delante de la sorpresa de todos los presentes en la sala. Afirma el acusado que acaba de ingerir veneno. Tras ello, la vista se suspende y el acusado muere en apenas un par de horas.

En sí misma, la Corte Penal Internacional de La Haya, y cualquier otro tribunal internacional que juzgue delitos contra la humanidad, es heredera de los juicios de Núremberg, de aquellos procesos instaurados tras la derrota del régimen nazi y el descubrimiento, generalizado y público, de las atrocidades cometidas durante y en sus dominios. Algunas de ellas, como la existencia de los campos de concentración eran sabidas, y no pocos eran los rumores sobre lo que allí sucedía realmente, pero una incredulidad general y una cierta sensación de desidia acallaban las escasas voces que denunciaban el genocidio que se estaba cometiendo. De aquella época horrenda como pocas, pozo oscuro de nuestra historia de seres humanos, vienen conceptos como genocidio, Holocausto, crímenes contra la humanidad, y otros relacionados con ellos. De hecho los acusados y condenados en Núremberg lo fueron por figuras jurídicas que tuvieron que ser creadas para poder definir lo que allí se estaba juzgando. ¿Cómo calificar a Auschwitz antes de la existencia de semejante lugar y acciones? ¿Cómo tipificarlo, definirlo, meramente llamar a semejante dimensión del horror? Núremberg necesitaba de la imaginación de los juristas para delimitar y calificar los delitos, y la capacidad inimaginada de asombro por parte de todos para asumir lo que allí se estaba juzgando. Muchos de los condenados optaron por el suicidio antes o durante el proceso, lo que impidió a la justicia hacer su trabajo. La mera idea de que la muerte de Himler hubiera podido ser evitada cuando se le detuvo e imaginar su simplona cara entre rejas frente a un Tribunal resulta tan fascinante como difícil de concebir. ¿Qué nos hubiera podido contar el gestor de la solución final, el responsable máximo de las SS, uno de los hombres con mayor poder en el régimen nazi?. Quizás nos podría haber explicado en detalle cómo se gestó, planificó y desarrolló el crimen masivo perfecto, quizás no el más numeroso (Rusia y China ganan de calle) pero sí el más depravado de los asesinatos masivos concebidos a lo largo de la historia. O quizás no. Puede que, de haber sobrevivido a su suicidio y llevado a juicio, el testimonio de Himler nos hubiera adelantado algunos años el concepto de banalidad del mal que tan lúcidamente desarrollo Hanna Arendt durante las sesiones del juicio de Adolf Eichmann, celebrado varios años después. Quizás Himler se nos rebelase como un oscuro funcionario, un hombre gris, adusto, eficiente, serio, riguroso, fanatizado, pero lleno de procedimientos, que generaba órdenes que se traducían en muerte con la misma eficacia y frialdad que se requiere a la hora de aprobar procedimientos de subvenciones a empresas. Y es que Himler, al parecer, era así. Y eso, como supo ver Arendt, es quizás una de las conclusiones más devastadoras de aquellos juicios, de aquellos años de infamia absoluta.


Entre los “méritos” del fallecido ayer general Praljak está el de ordenar la voladura del puente de Mostar, uno de los símbolos de aquella cruel guerra, en una ciudad que era un lugar de convivencia entre etnias y religiones y que, desde entonces, tras el paso del fanatismo y las armas, ya no ha vuelto a ser lugar de unidad y respeto, pese a que el puente haya sido reconstruido. Hasta el último minuto de su vida Prajlak ha estado convencido de la rectitud de sus actos, de haber hecho lo debido, de obedecer órdenes precisas y justas en una guerra en la que desempeñaba el papel que tenía asignado. No ha visto el mal causado, no se ha sentido culpable por lo que sus actos generaron. Se ha considerado un militar obediente, y como tal ha escenificado su final. ¿Qué nos dice esto sobre la justicia, el arrepentimiento y la verdad?