miércoles, junio 29, 2022

Cumbre de la OTAN en Madrid

Está la ciudad revuelta a cuenta de la cumbre de la OTAN. La recomendación de teletrabajar ha permitido que bastante gente pueda quedarse en casa, y de paso ahorrarse litros de gasolina en viajes evitados, pero algunos seguimos acudiendo a oficinas desoladas en transporte público, y muchos más tienen empleos no telemáticos, en los que se debe estar para prestar servicio. Cortes de calles, de bulevares, de algunos tramos de las rondas de circunvalación, las famosas MXX y perímetros de seguridad en torno al recinto de IFEMA, sede del encuentro, y a los escenarios de agasajos varios, como el Palacio Real o, esta noche, el Museo del Prado, con llevan incomodidades inevitables para residentes y visitantes.

Es lo que tiene llenar tu casa de invitados y parientes de manera extensa, durante un tiempo no vives como te da la gana. La cumbre es un escaparate para Madrid como ciudad y España como nación anfitriona y los costes de la organización y las molestias se cubrirán con creces con las facturas emitidas a las delegaciones que llenan hoteles, no precisamente los más baratos, y requieren de todo tipo de prestaciones, nada asequibles en su mayoría. Pero lo relevante de esta cumbre no es eso, el despliegue, la logística, el efecto sobre la ciudad, sino su contenido y el momento en el que se produce. Hace un verano, con la huida de EEUU de Afganistán, la OTAN parecía herida de muerte, así lo expresó Macron con una frase dura, pero lo cierto es que esa apariencia era bastante real. Los planes conjuntos referidos a las misiones afganas habían saltado por los aires y la Alianza se enfrentaba a un futuro confuso. Tras superar los años de Trump, donde el socio americano, el que decide lo que pasa y se hace, le dio la espalda, la llega de Biden a la Casa Blanca apaciguó las cosas, pero quedó la sensación de provisionalidad, de que el vínculo trasatlántico no era tan fuerte como lo pintaban y que la obsesión creciente de EEUU con China, miles son los motivos para ello, nos dejaba orillados a los europeos. Seguía e debate sobre la necesidad de una defensa conjunta de Europa autogestionada, propia, digan de tal nombre, dotada de recursos y estrategias, y circulaban por Bruselas PowerPoints chulos en los que se hablaba de estas cosas, en medio de una indiferencia general, cuando no abierto rechazo. Y entonces llegó Rusia y lo cambió todo. El inicio de la guerra de Ucrania este 24 de febrero es un parteaguas continental que lo ha cambiado todo, mucho más de lo que imaginamos. Desde que los bombazos rusos empezaron a masacrar a Ucrania el miedo se extendió por toda Europa, más cuanto más al este, y la OTAN empezó a ser vista como un seguro a todo riesgo ante la amenaza rusa. Las hostilidades verbales, la idea extendida de que no va a haber una intervención como tal de la Alianza frente a Rusia, pero que tampoco se va a dar un ataque desde Moscú a naciones que estén bajo el paraguas atlántico, ha alterado por completo la percepción de las naciones que hasta ahora, por convicción o no, estaban fuera del tratado. El caso paradigmático es el de Finlandia y Suecia. La primera es neutral desde hace décadas por imposición, dado que ha tenido varios intentos de invasión rusos y la situación en las últimas décadas ha sido de una constante calma tensa con su gran vecino. A modo de marca, Finlandia ha actuado como colchón entre el este y occidente, con la permanente amenaza rusa de consecuencias si se incorporaba a la Alianza. El caso sueco es distinto, porque su neutralidad es fruto de una decisión consciente de su sociedad, no forzada por terceros, y que ha sido una marca de ese país durante muchos muchos años. Pues bien, tanto Helsinki como Estocolmo se levantaron con pánico ese maldito 24 de febrero y, al ver rugir los cañones rusos, corrieron a estudiar la petición de entrar en el seguro atlántico. Las opiniones públicas de esas naciones, reticentes a pactos militares, viraron por momentos en semanas y hace pocas se oficializó la petición de ambas naciones de incorporarse al club. Asombroso.

El que Turquía haya dado su brazo a torcer y ayer se anunciase, como prolegómeno de la cumbre, que ya no hay vetos para que las dos naciones nórdicas se incorporen a la OTAN ya hace de la reunión de Madrid un encuentro histórico, porque esas candidaturas muestran cómo ha cambiado el mundo en estos meses de guerra. Ucrania, con el permiso del llamado flanco sur, va a ser la gran protagonista del encuentro, y su guerra y sus consecuencias, el gran tema de debate. Las perspectivas de un conflicto largo, las cada vez mayores derrotas de las tropas de Kiev y del daño que las economías, especialmente las europeas, afrontan en el medio plazo, condicionarán la respuesta aliada a la amenaza que se ha levantado desde Moscú.

Mañana tengo un tema logístico y me tengo que coger el día. No habrá artículo en el blog.

martes, junio 28, 2022

El aborto en EEUU

Es el tema del aborto uno de esos pozos vidriosos en el que la ética, las convicciones y la moralidad laica o religiosa se estrellan ante una realidad que, para la mitad de la población, los hombres, supone un tema de mera opinión y para la otra mitad, las mujeres, un dilema y tragedia. Las discusiones sobre el tema son eternas y normalmente no llevan a ninguna parte, porque en seguida se topa uno con dilemas que le hacen dudar o posiciones dogmáticas de extremos no ya irreconciliables, sino opuestos hasta un punto en el que la posibilidad de un acuerdo es la misma que la de que hoy se pueda circular por el centro de Madrid. Muchas veces eludo el tema no para evitar mojarme, sino para recalcar la nula importancia tiene mi opinión en este tema.

La sentencia del Tribunal Supremo de EEUU del pasado viernes, que ya fue medio adelantada hace pocos meses en un movimiento nada habitual allí, rompe el derecho nacional que establecía una sentencia anterior, la Roe vs Wade, y deja en manos de los estados la legislación sobre el aborto, de tal manera que aquellos en los que las convicciones religiosas son dominantes se están apresurando a prohibirlo por completo mientras que en otros, de fe más tibia, van a desarrollar regulaciones que equivalgan a la que hasta ahora regía en todo el país. En la práctica, como aquí, en EEUU estaba en vigor no una ley de supuestos, sino de plazos, dejando libre el aborto durante los tres primeros meses de embarazo, y sólo permitiéndolo después casos de ineludible riesgo para la madre si el embarazo se lleva adelante. Ahora la cosa va a depender del estado en el que uno viva, lo que no deja de ser algo absurdo, y el mínimo consenso que existía sobre el tema, sometido a enormes presiones políticas y religiosas, ha saltado por los aires, dividiendo nuevamente a la nación entre estados penalizadores y despenalizadores. Si quieren mi opinión de fondo sobre el tema, y les aseguro que la vivo con dudas, soy partidario de la ley de plazos, porque creo que es el término de equilibrio entre los que ven el aborto como un mero sistema anticonceptivo (que no lo es) y los que consideran a la mujer como mero recipiente reproductivo una vez que se ha quedado embarazada (que tampoco lo es). Pero en mi opinión pesa, sobre todo, y en cada caso, lo que crea la mujer que, en ese momento, está embarazada, el cómo ha llegado hasta ese punto y lo que cree y quiere hacer. No animaría a nadie a abortar, tampoco a seguir con un embarazo no deseado. Nunca me he visto en una tesitura semejante, en tener que decidir, ni siquiera en la cercanía, sobre un tema tan complejo y feo, en el que una debe optar por seguir o no con la vida que surge en su interior y lo que opinemos el resto de poco le va a servir dado que la gestante es ella. En esto tiendo, cada vez más, a dejar libertad de acción a cada uno, y que la decisión que se tome sea libre y en conciencia, a sabiendas de que como cosa seria que es, será irreversible para lo uno y para lo otro. Más allá de la decisión personal y del trauma que eso supone, sentencias como las del Supremo de EEUU crean un problema social y económico, porque el aborto es una de esas cosas que pasaban, pasan y pasarán siempre, y ante las que cerrar los ojos se convierte en un ejercicio de hipocresía e injusticia supremo. Cuando en España estaba prohibido abortar, en décadas pasadas, las personas sin recursos lo hacían en la clandestinidad de medios y salud, con enormes riesgos y muertes más que seguras, mientras que las pudientes cogían un vuelo a países en los que estuviera permitido y realizaban el aborto en condiciones óptimas y con discreción. Nada había sucedido en la familia bien. Ahora en EEUU la cosa se parecerá a esto. Quien tenga recursos, quiera abortar y viva en un estado que no lo permita viajará a uno que sí y lo hará. Más de uno de esos viajantes mantendrá un discurso de cara a la galería contrario al aborto, pero en su intimidad, si llega a enfrentarse al dilema, deberá escoger y en algunos casos actuará conforme a sus ideas y en otros casos no. Y el que no tenga recursos no podrá desplazarse, y la clandestinidad y sus riesgos volverán a surgir.

Sentencias como estas suponen cambios en las decisiones de las personas, o más bien en las consecuencias de las mismas, porque reitero, esas decisiones se van a seguir dando. En un tiempo en el que las redes sociales han convertido la hipocresía y la falsedad en un movimiento de masas, hechos como el aborto, el divorcio, las relaciones homosexuales, la eutanasia, que siguen cargadas de estigmas por una parte de la sociedad, se van a seguir dando, porque cada uno de nosotros es único, posee gustos, afinidades, sentimientos, creencias y percepciones distintas de la vida, y pretender reglarlas, penalizarlas, es algo vano, condenado al fracaso. Espero que nunca me toque enfrentarme a un dilema abortivo. Nunca.

lunes, junio 27, 2022

Masacre en Melilla

Se supone que el giro sin explicación que hemos dado en nuestras relaciones con Marruecos, y que nos ha encarecido el gas argelino en tiempos de escasez, tenía como fin principal el de fortalecer la seguridad de nuestro flanco sur, que se llama Ceuta y Melilla de una manera mucho más comprensible que en términos de geoestrategia. Plegarse a los deseos del sátrapa de Rabat permitiría que asaltos crueles como los que vivió Ceuta el año pasado, y que a todos nos asustaron, no se volvieran a repetir. Más allá de teorías conspiratorias sobre el espionaje al móvil de Sánchez y del contenido robado, ese asalto alarmó a todo el mundo, y quizás fuera el órdago, el gran chantaje si ustedes lo prefieren, para forzarnos a virar en nuestra política. “Mira de lo que soy capaz de hacer si no nos llevamos bien“ pareció ser el mensaje emitido por Marruecos.

Por eso resulta incomprensible el asalto que tuvo lugar el pasado jueves noche y mañana del viernes sobre la valla de Melilla, porque algo así no puede suceder sin que las autoridades marroquíes, que son las que controlan el territorio aledaño, lo permitan o consientan. Un asalto protagonizado por miles de subsaharianos, negros provenientes del centro de África principalmente, que se escapan de sus naciones, tanto arruinadas como sometidas en muchos casos a violentos conflictos donde el islamismo yihadista es uno de los grandes protagonistas, y que en su camino al dorado de Europa se encuentran con Marruecos como gran tapón. Los campamentos de subsaharianos se encuentran en varias zonas del país magrebí, pero especialmente en su zona norte, en las montañas que están cerca de la costa mediterránea y de las dos ciudades españolas. No es este el primer asalto de este tipo que viven nuestras ciudades, pero sí lo es desde el volantazo extraño de nuestra relación con Marruecos, y desde luego es el más cruel y siniestro de los que se han dado en tiempos recientes, porque el balance de fallecidos que deja es estremecedor. Las fuentes son confusas, dispares, pero las dos docenas de fallecidos se superan en todo caso, y no pocas hablan de treintena. Un número de muertos insoportable y unas escenas, que hemos podido ver todos, grabadas desde el lado de la frontera marroquí, en la que se ve la despiadada brutalidad con la que la policía alauí trata, no, maltrata, a cientos de personas que acumula como fardos pegados a un recinto de enclaustramiento. Palos, golpes, arrojamientos… las escenas muestran un nivel de sadismo difícil de soportar, y uno se hace a la idea de que el balance de muertos va a ser más elevado de cualquiera de las que sean comunicadas por las autoridades marroquíes. Sabido es que escenas de este tipo son más frecuentes de lo que pesamos, sólo que no las vemos, y lo son porque es Marruecos a quién hemos subcontratado la seguridad de nuestra frontera sur, desde hace décadas, y ese país tiene un concepto de democracia y derechos humanos bastante similar al que se estila en la Rusia de Putin. Ojos que no ven, corazón que no siente, y Marruecos pone la mano dura que nuestras leyes, conciencia e hipocresía nos impiden ejecutar. De vez en cuando surgían disputas por el “precio” que abonábamos a Rabat y oleadas no previstas de inmigrantes llegaban a las costas españolas, peninsulares y de Canarias, procedentes de playas marroquíes en las que, sorpresa, la vigilancia había desaparecido. Reuniones sin focos en salas oscuras y un nuevo acuerdo, un nuevo “precio” y las oleadas de pateras desaparecían de la misma manera como empezaron, de un día para otro. ¿Salvajadas como la que hemos visto son lo que habitualmente hace Marruecos para controlar las vallas? Me temo que si no es algo tan brutal, sí se le parecerá. Como las dimensiones de este asalto han sido mayores que las pasadas la actuación policial marroquí también ha sido superior y el balance que contemplamos, desolador, será de lo más grande y horrendo que se ha dado en esa zona de la frontera en mucho tiempo. Pero, permítanme la expresión, si nos hemos bajado los pantalones delante de Marruecos es para evitar situaciones de estas, para que la vigilancia de la frontera y de su propio territorio impidan asaltos y la consecuente respuesta de seguridad. Además de horrendo, es incomprensible.

Y entre las cosas incomprensible asociadas a esta tragedia también se encuentra la absoluta frialdad de nuestro gobierno, que en palabras de Sánchez despachó este tema en la rueda de prensa del sábado tras el consejo de ministros extraordinario con la alabanza a las autoridades marroquíes y la atribución exclusiva de todas las culpas a las mafias que trafican con personas, que parte de culpa tienen, no poca, pero no son las que aparecen en los vídeos maltratando y, en la práctica, matando, a un grupo de personas que alfombran lo que parece un campo de reclusión. Si este es el fruto de nuestra nueva política de vecindad con Marruecos, si esto es de lo que nuestro gobierno se muestra orgulloso, es para mandarles a todos nuestros dirigentes a l otro lado de la valla, no al nuestro, y que allí se las apañen

viernes, junio 24, 2022

Graduación en ruinas

Hoy termina el curso escolar en todos aquellos lugares donde aún no lo haya hecho. Pistoletazo de salida para las largas vacaciones de verano, que parecían infinitas cuando éramos unos críos, quizás porque realmente lo eran. Una de las cosas que hemos importado de los EEUU son las ceremonias de graduación, esas fiestas de fin de curso en las que se entregan diplomas, se viste de gala, se celebran festejos y no pocos chavales entonan su primera cogorza y, quizás, encuentren el amor como una profunda novedad de sus vidas. En mi época, parezco un abuelo al decir esto, no había ceremonias similares ni al terminar la universidad, nunca hubo fiestas del encantamiento bajo el mar ni nada parecido. De amor mejor no hablemos

También se acaba el curso en Ucrania, curso que empezó con miedo y sombras ante un futuro incierto y que termina en medio de los bombardeos tras cuatro meses de guerra, comenzada el maldito 24 de febrero. La zona este del país está arrasada y el resto vive en vilo. Son incontables las instalaciones educativas que han quedado inutilizadas por los ataques rusos o, simplemente, se han utilizado para otros fines ante la falta de recursos y lugares donde, pongamos, acoger refugiados, distribuir provisiones o cosas por el estilo. Los chavales menores de edad no tienen que ir al frente, por lo que habrán intentado seguir con sus estudios, pero sus padres y profesores sí deben luchar, así que nada habrá sido como antes. Es difícil saber cómo intentar mantener rutinas en un lugar como un colegio cuando sabes que quien hasta hace unas semanas te explicaba algo en la pizarra ahora está jugándose la vida para que la tuya propia pueda seguir existiendo, impidiendo el avance de las tropas rusas. Si una escuela es un lugar en el que se busca dar respuesta a algunas preguntas (y sí, también el espacio en el que no debieran de dejar de surgir nuevas preguntas) supongo que las clases habrán quedado convertidas en obligaciones secundarias ante las inquietudes de los chavales, más cercanas al dolor de la realidad cuanto mayores sean, que las profesoras y el resto de personal que se ha quedado con ellos podrá hacer frente sin tener garantía alguna. El curso habrá quedado inevitablemente roto, y eso, claro, en las zonas occidentales donde se haya podido mantener. En el este del país clases enteras yacerán ahora mismo bajo tierra, sueños y futuros sepultados en medio de la devastación. Pero los que aún pueden estudiar tratan de rebelarse contra su destino y, aunque sea mediante gestos, mostrar resistencia ante el invasor. Hace unos días se pudo ver una iniciativa fotográfica en la que alumnos ucranianos de distintas localidades y edades posan en sus actos de graduación. Lucen bandas birretes, vestidos apañados. No lo hacen en grandes grupos, sino en solitario o en parejas o pequeñas formaciones. Lo más relevante es que no posan en plácidas praderas con pérgolas de flores en las afueras de sus instalaciones educativas, no. Se han ido a lo que hasta hace unos meses fueron barrios y lugares comunes de sus ciudades y pueblos, y ahora son montañas de escombros, ruinas y cascotes. Posan en la segunda planta de un edificio de apartamentos que está reventado, que da miedo sólo de ver, en el que faltan la mayor parte de las paredes y uno teme que sólo el hecho de acceder para sacar las imágenes sea un riesgo existencial para los que a ese lugar han entrado. Tres o cuatro chicos se muestran sobre las destruidas torretas de un par de tanques rusos que, como animales prehistóricos, yacen en unas calles rotas y sucias. Sobre ellos los estudiantes parecen tomar posesión de la chatarra que pisan, que ya no será capaz de disparar a nadie. Un grupo de chicas posa desfilando, con banda y vestidos, delante de un edificio carcomido por disparos, que fue testigo del horror, y que ahora permanece mudo e incapaz de responder ante la belleza y futuro que ante él transita.

Las imágenes son duras, chocantes, chirrían, impiden que uno se quede indiferente ante ellas. Generan preguntas sobre el gusto de la iniciativa, sobre su utilidad, pero más allá de cuestiones que a los apoltronados que vivimos en medio de las comodidades ajenas a una guerra nos puedan suscitar, muestran la crueldad diaria de lo que esos chavales viven, y el estado en el que está quedando parte de su país, cada día una parte mayor. Esos críos que ahora posan, sobre todo ellos, se han librado de ir al frente por unos pocos años, pero el frente ha llegado hasta ellos, y han decidido no esconderse. Su valentía está clara, también su determinación de resistir. En ellos, lo peor es que sólo en ellos, está nuestra propia esperanza para saber lo que sucederá con el devenir de la guerra. En septiembre empezará un nuevo curso, pero me temo que los combates continuarán, y quizás algunos de los que ayer posaron no puedan ya nunca volver a las aulas.

jueves, junio 23, 2022

Fracasos ante la crisis energética

La secuencia es de las de nunca olvidar. En medio del disparo de precios de la luz, el PP pide al gobierno que rebaje adicionalmente el impuesto de la electricidad del 10% al 5%. El gobierno se niega, aduciendo motivos de todo tipo, incluso la imposibilidad legal para ello, y columnistas presionados por Moncloa escriben sesudos artículos justificando la negativa. El PP arrasa en las elecciones andaluzas y el PSOE sufre una derrota histórica. A los tres días, el gobierno anuncia la bajada del impuesto eléctrico del 10% al 5% y esta noche los sesudos analistas, que quieren sobre todo seguir cobrando de sus jefes, escribirán artículos loando esa medida y cantando todas sus ventajas.

Parece un chiste, pero no lo es, sólo es otra muestra de cómo estamos afrontando, de una manera patética, la crisis energética en la que nos hemos metido y que, no lo duden, se agravará aún más. Pero no se crean, ni mucho menos, que este tipo de comportamientos absurdos y desnortados se dan sólo en nuestro particular desgobierno, no. Vivimos en un continente atribulado, dependiente de la energía exterior, y que sigue sin tomarse en serio el lío en el que se ha metido por culpa de la guerra de Ucrania, y el chantaje ruso al que se nos va a someter. Quizás sea Alemania el ejemplo más perfecto de una nefasta política energética que ahora tiene a esa nación con la soga al cuello, sin que el gobierno de Berlín sea consciente de hasta qué punto su supervivencia y la paz social dependen del precio de ciertas materias primas. Años de lobismo bien engrasado por parte de las empresas rusas, de suministro fiable de un gas barato y cercano, de una seguridad en los stocks y en los bolsillos de los decisores han ido transformando la industria alemana, como no podía ser de otra manera, en “gasintensiva” por así llamarla, vía inversiones que tenían toda la lógica viendo los precios de mercado y las relaciones establecidas entre ambas naciones. A medida que los vínculos se estrechaban los costes de ruptura eran tan altos que actuaban como el mejor pegamento posible. Esto llevó a decisiones como el del cierre de las centrales nucleares germanas, que Merkel tomó tras el accidente de Fukushima (recordemos que hubo un terremoto y tsunami que a cualquiera le hubiese mandado al otro barrio, no fue estrictamente un accidente nuclear) lo que amplió aún más la dependencia del gas ruso. Ahora, al inicio del verano, con las reservas del país a medio gas, si se me permite el chiste, la cada vez menor presión que entra por los gaseoductos que siguen abiertos revela que Putin va a ir cerrando sus manos sobre el cuello germano que presiona con firmeza, y que la sensación de ahogo del país será creciente. Con el Sol en su apogeo y los días más largos del verano seguro que los germanos y resto de continentales no nos preocupamos de esto, sino de cómo sobrevivir a las quemaduras y a las resacas, pero llegará el final de agoto, el declinar de la luz y el inicio de los fríos, que allí son bastante más tempraneros que aquí. Y en ese momento a lo mejor el país central de la UE se da cuenta de que no tiene recursos suficientes para afrontar el largo invierno, que no hay gas para dar de comer a empresas, industrias, hogares, negocios, etc, y debe imponer una política de racionamiento, lo que significa pasar frío en casa, parar cadenas productivas, destruir empleos, etc. Y ese racionamiento puede ir a más si el chantaje ruso se agudiza, y Putin se harta de que apoyemos a Ucrania, y corta del todo el grifo y exige que nos rindamos, y que dejemos de apoyar a un Kiev que afrontaría su primer invierno en medio de las penurias de la guerra. Y el fantasma de la opulenta sociedad europea pasando unos fríos siderales en sus grandes hogares puede ser lo que arrase no sólo economías, que también, sino carreras políticas, que es lo que importa a los que mandan, porque de ellas, cobran, viven y mantienen a los que les apoyan para seguir en la brecha. Eso incluye también a los sesudos analistas que comentaba en el primer párrafo.

La decisión alemana de esta semana de reabrir centrales de carbón para mantener el suministro eléctrico ante un posible escenario de cortes de gas no es sólo un desastre medioambiental, que también, sino la mayor expresión posible del fracaso estratégico de esa nación, que empieza a saber que con renovables no se puede sobrellevar su invierno. Alemania no es Almería, y eso parece que empiezan a descubrirlo en Berlín. Salvo que todos los alemanes se instalen en invierno en nuestras costas (aviso, no caben) veremos salir otra vez hollín de viejas chimeneas renanas en un invierno de restricción, casas frías y de, al menos lo intentarán, nula autocrítica por parte de los irresponsable gobiernos europeos. El de aquí, el de allí y otros tantos.

miércoles, junio 22, 2022

Hermana, si eres de las mías, yo sí te creo

Mónica Oltra debió dimitir hace mucho tiempo. Por lo menos desde que su marido fue condenado por el sucio caso de abusos a una menor tutelada que le llevó a juicio y las acusaciones sobre ella por el encubrimiento del caso no dejaban de crecer. Por su puesto que no lo hizo. Tampoco en las muchas oportunidades que le surgieron a medida que los trámites judiciales del caso avanzaban y se estructuraba una causa viable. No. Cuando llegó el momento de la imputación por parte del Supremo valenciano, aforada ella para tirar de privilegios que a otros criticaba, no sólo no dimitió, sino que lanzó acusaciones a todo el mundo con el máximo orgullo posible, y tras ello se fue al día siguiente a una fiesta de partido a bailar. Con un par.

No me interesaba mucho la figura de Oltra en el pasado, pero con el tiempo le he ido cogiendo un repelús bastante levado, porque es verosímil la acusación que cae sobre ella, de que sabía lo que hacía su exmarido con la niña abusada y trató de ocultarlo para que no le perjudicase en su exitosa carrera política. Tendrá que ser un juez el que determine si finalmente las pruebas respaldan esa acusación y Oltra es condenada o no ve indicios y da carpetazo al caso. Pero en esta historia lo más importante, lo realmente importante, no es Oltra, su cargo político, su carrera en el proceso de trepa administrativa y la relación entre Compromís y el PSOE valenciano, no. Aquí lo importante es la niña, la cría que sufrió los abusos, la menor con la que alguien, ya condenado en firme, se sobrepasó y tomó como cosa para su disfrute. ¿Alguien ha dicho una sola palabra de apoyo dedicada a esa niña? ¿Algún cargo del gobierno de la Generalitat la ha defendido? ¿Algún cargo del gobierno nacional se ha preocupado lo más mínimo por ella? ¿Alguien le ha considerado “hermana” y le ha protegido o amparado? Un no enorme, o un silencio equivalente está detrás como respuestas a estas crueles preguntas, crueles por lo que esconden, y es la valoración del delito en función de los intereses políticos. Es algo tan obvio, sencillo y cruel como nauseabundo, y la regla de oro es que resulta delictivo lo que hagan aquellos que no pertenezcan a mi partido, sea lo que sea, y no lo es lo que hagan los de mi partido o, en extenso, mi ideología. Lo vemos muy bien a diario en el caso de las corruptelas políticas. Para el PP sus casos demostrados de latrocinio son conspiraciones frente a las obvias mordidas del resto de partidos, mientras que para los de izquierdas las investigaciones de corrupción que les afectan no son sino cortinas de humo para tapar el pozo mafioso que exhala sin cesar de una Génova tóxica. Este juego es cutre, chabacano, desmoralizante, todo lo que ustedes quieran, pero se trata de dinero en todo caso, de dinero que roban unos mangantes que unas veces lo cobran con rosas en el puño y otras con charranes en el logo, pero mangantes de tres al cuatro, vulgares estafadores. En el caso de Oltra estamos ante algo mucho más serio, el abuso sexual a menores, un delito infame por el que en cualquier sociedad civilizada las penas que se imponen carecen de atenuantes y el desprecio que genera en el entorno del abusador es radical y compartido. Pero no, el cálculo político vuelve a ser el mismo, como si los niños fueran fajos de dinero con los que se pudiera traficar. Si la acusación de delito de abusos me perjudica como formación política, haré lo posible para ocultarla, para disimularla, forzaré a mis medios afines para que no hablen de ello, para que lo minimicen, para que saquen artículos donde me cubran, que para eso los lleno de subvenciones públicas. Y desde luego, ni agua a la víctima. Que no hable, que se mantenga escondida, que se le haga la vida lo más difícil posible, que no reciba ayuda alguna por parte de entidad pública que esté bajo mi control, que se pudra y sea sepultada. Que ONG, movimientos y demás plataformas de relevancias social la traten como apestada y nunca jamás se le de el más mínimo respaldo. Esa víctima es una molestia, y como tal debe ser tratada. Ya sí se aplica el manual de la política ante los abusos sexuales.

¿Es esa “hermana” que ha sufrido abusos de las mías, y el delincuente no? Entonces todos con ella, a defenderla a muerte, a conseguir condena social y máximo oprobio para el abusador. ¿Esa “hermana” no es de las mías, y el delincuente sí? Pues entonces a darle la espalda a la víctima, a orillarla, a condenarla a ella por ponerse en medio de la carrera de una “progresista” que lucha por la justicia social. Quizás me haya quedado la columna de hoy demasiado maniquea, pero leer ayer por la noche a la presunta ministra de igualdad poner un tuit en defensa de Oltra y no haber hecho nada, nunca, en todo este tiempo, por la víctima de este caso es motivo no de dimisión de Montero, que me da igual, sino simplemente de desprecio moral hacia su persona. Así lo veo.

martes, junio 21, 2022

Una victoria y cinco derrotas

Era fácil predecir el resultado de las autonómicas andaluzas del pasado domingo, al menos tanto como lo fue el de las madrileñas de hace un año. Por vías muy distintas, parecía obvio que el PP iba a ganar, y al menos está vez los palmeros del PSOE no negaban los signos que parecían hacer evidente ese resultado. Instauraban una política de contención de daños y rezaban para que Vox convirtiera la victoria de Juanma en una pesadilla diaria. Pocos, aunque los había, auguraban mayoría absoluta al PP, pero la gran parte de los opinadores, medios y este que les escribe pensaban que, aunque no sería algo asombroso, una mayoría absoluta se antojaba muy difícil. Huelga decir que no hubiera acertado de hacerse una porra. Casi nunca acierto.

El arrase de Juanma, que ha eclipsado las propias siglas del PP, ha sido ya glosado por todos pasados ya casi dos días del resultado electoral, pero de las derrotas se habla menos, y sin más numerosas. De hecho son todas las demás. El desastre que han sufrido el resto de partidos va desde un malherido PSOE, que yace en la lona tras recibir el peor resultado de su historia en el que ha sido su feudo, a un Ciudadanos que ya ni yace, sino que fallece. Y entre medias partidos que esperaban conseguir más y se han dado un sopapo y otros que tuvieron mucho y no han cosechado casi nada. Lo que más alegría me ha proporcionad de los resultados ha sido el fracaso de los populistas, que es una señal de cordura del electorado andaluz y de desprecio a esos movimientos que dicen que les van a solucionar sus problemas cuando realmente sólo buscan crear nuevos. Tres eran las formaciones populistas que se presentaban a estos comicios. Por la extrema izquierda, una amalgama de partidos y siglas que se odian entre ellos que acabaron conformando dos candidaturas y media; Adelante Andalucía, con Teresa Rodríguez, rebotada de Podemos, con aires de nacionalismo andaluz y, por otra parte, el conglomerado podemita errejonista, izquierda unida etc, que no llegó a firmar la candidatura de manera plena y que ha hecho una campaña con la presencia parcial de los líderes morados, de Errejón, que es odiado por los morados, y Yolanda Díaz, que quiere sumar para ella misma y nadie más. En las pasadas elecciones estas formaciones fueron juntas (es un decir) y sacaron 17 escaños. Esta vez, separadas han conseguido dos la rama nacionalista y cinco el bosque de siglas, lo que es un fracaso estrepitoso. La noche electoral las portavoces de ambas formaciones realizaron un ejercicio descarado de no asunción de la realidad y trataron de ocultar de manera cutre el desastre de lo cosechado. No llegaron al nivel de ridículo mostrado por Adriana Lastra, pero es que para alcanzar semejantes cotas de ignominia no todo el mundo vale. Por el lado de la extrema derecha se presentaba Vox, con encuestas favorecedoras que le elevaban hasta cotas de 20 escaños desde la más o menos docena que alcanzó en su anterior comparecencia. Los de Abascal cogieron como candidato a Macarena Olona, una mujer incompetente en sus discursos, que sólo sabe insultar y decir barbaridades a cada momento con un tono entre mesiánico e institutriz de rígido internado. La polémica sobre su inscripción en Salobreña para poder concurrir en listas ya anticipó la chapuza de su candidatura, y el resto lo hicieron juntos ella y su partido. Con un discurso donde el concepto de rancio se quedaba muy corto para describir lo que se oía, Vox, daba vergüenza ajena a propios y extraños con unas declaraciones en las que la chulería, la mentira y la soberbia se mezclaban con un casticismo casposo que dejaba en modernista al NO DO de los años sesenta. A medida que avanzaba la campaña la candidatura de Olona se desdibujaba entre los errores propios y los postulados de una marca que, como colofón, invitó a la líder de “Fratelli de Italia” que hizo un discurso puramente neofascista. El resultado de Vox, dos o tres escaños más de los que tenía, ha sido una enorme frustración para sus expectativas y les ha dejado en la total irrelevancia. Fracaso absoluto.

PSOE y Ciudadanos muestran las otras dos versiones de la derrota. Los que han mordido el polvo pero aún existen, y dentro de bastantes años puede que vuelvan al poder cuando se reconstruyan como marca, ideología y renueven cesarismo, y los que han sido barridos de la existencia y no tienen opciones de sobrevivir. La cara de duelo de Juan Marín, el que lo perdió todo, y no se lo merecía, es la más cruel de las vistas la noche del domingo, y sin duda la más injusta. Ojalá las tres formaciones populistas hubieran sacado esos cero escaños que acabaron brillando en el casillero naranja, pero así es la política. Y en la distancia, desde su trono, Juanma ya lo observaba todo, con la sensación, cierta, de haber hecho historia local en Andalucía.

viernes, junio 17, 2022

Tres presidentes en Kiev

Ayer Macron, Scholtz y Draghi viajaron a Kiev para volver a dar un mensaje de unidad europea y de apoyo a un Zelensky que ve como el este de su país es devorado por la milicia rusa, no tanto en una guerra de conquista como de arrasamiento. Sesiones de fotos, buenas palabras, promesas y compromisos de colaboración futura, todo muy deseable, pero poca concreción sobre la necesidad ucraniana de recibir armamento no sólo de precisión, sino de gran calibre. No me consta que ninguno de los visitantes comprometiera carros de combate que se encuentren en estado de uso o sistemas lanzamisiles poderosos, o cosas por el estilo. Las tropas ucranianas necesitan artillería y munición, y por ahora siguen sin ella. Y Rusia avanza.

¿Hasta dónde la foto de ayer es relevante o es un ejercicio de hipocresía? Es difícil contestar a esta pregunta, y sólo la evolución de los acontecimientos nos sacará de dudas, pero que hay algo de lo segundo es obvio. Las promesas de ingreso en la UE a una nación que antes de la guerra no cumplía casi ninguno de los requisitos referidos a la libertad de mercado o a la lucha contra la corrupción suenan a esos “te quiero” que muchas le dicen a uno pero se sabe que son cumplidos vacíos. Antes de la guerra nunca se había estudiado en serio las posibilidades de incorporar Ucrania a la UE por el inmenso reto económico y de legislación que eso supondría, pero es que ahora, con los combates a pleno rendimiento, y sin que se sepa cuál va a ser el destino del conflicto, todos los papeles que se firmen y los nombres que se le pongan al país (candidato, preadhesión, etc) son meras etiquetas sin valor alguno. La supervivencia del gobierno de Zelensky depende del curso de la guerra, la propia existencia del país y su viabilidad está en juego en esas batallas en el este, y las previsiones de que Ucrania pierda en torno a un tercio de su PIB este año de conflicto son una buena muestra de lo que puede quedar en el momento en el que, vaya usted a saber cuándo y cómo, la guerra se de por finalizada. Escucho incluso declaraciones de personas que saben mucho más que yo hablando de cómo sería una reconstrucción y quién la financiaría, y a la vez contemplo a la artillería rusa destruyendo sin cesar y cumpliendo las órdenes del kremlin con fiereza, en un esfuerzo que sólo se detendrá cuando Putin lo decida. Quién habla de reconstruir cuando el mero resultado de la guerra es desconocido es, simplemente, un irresponsable. Por eso encuentros como los de ayer, que poseen una evidente carga política, y que son también gestos de apoyo, son necesarios, pero de todos es sabido que así no se gana una guerra. Los tres presidentes que visitaron Kiev, y el resto de los que rigen los países de la UE, contemplan con miedo como la guerra agrava unas dinámicas económicas preocupantes y lleva a las poblaciones, que son las que les votan, a cabrearse a medida que los precios de todo suben y suben. Saben esos tres presidentes que el otoño invierno que se acerca será una durísima prueba de fuego para sus naciones, y que el aguante que muestren frente al oso ruso se traducirá en chantajes energéticos y más subidas de precios, generando protestas sociales y una recesión que se los puede llevar por delante. ¿Cuál es la fortaleza de cualquier mandatario democrático ante una revuelta provocada por disparos de precios? ¿Cuántos pueden aguantar unas encuestas que les den por derrotados? La fiereza occidental ante Rusia tiene el enorme talón de Aquiles de la debilidad económica y la presión de las sociedades, y eso el dictador ruso lo sabe, y actuará para maximizar esa falla en su propio beneficio. No quiere decir eso que Rusia no vaya a sufrir, lo va a pasar de pena, pero eso nada le importa a Putin y sus secuaces.

Pocos meses antes del inicio de los combates escribió Lluis Bssets en El País una columna titulada “Morir por Kiev” en la que se ponía en un escenario muy pesimista, que hoy en día ha quedado ampliamente superado por el horror de los combates, en la que se preguntaba hasta qué punto estarían nuestras opulentas sociedades a sacrificarse por Ucrania en caso de que las cosas se pusieran feas. Ya lo están, y no se si quiera si estamos preparados para pasar algunos meses sin calefacción, por lo que menos aún para dar nuestras vidas. Y sabe bien Zelensky que lo que hoy son mensajes de apoyo mañana pueden ser palmadas de traición por parte de los mismos gobernantes, que tratarían de salvarse como fuera. El tiempo lo dirá.

Subo el fin de semana a un tórrido Elorrio y me cojo el lunes festivo. El calor aflojará a partir del domingo.

jueves, junio 16, 2022

La FED sube más los tipos

La FED, Reserva Federal de EEUU, su banco central, ya anunció hace meses que cambiaba de rumbo en su política monetaria, consideraba a la desatada inflación como un problema enorme y nada coyuntural y que sería agresiva en sus subidas de tipos para provocar que los precios, al menos por el lado monetario que le toca, no tuvieran presiones. Mostró a propios y extraños un calendario de subidas previstas, con escalones de medio punto porcentual, 50 tipos básicos en el argot, que se mantendría en el tiempo hasta alcanzar tasas de interés superiores al 3% o, en todo caso, hasta que se viera que la tempestad inflacionista amainase. A algunos les cogió este anuncio con el pie cambiado, pero la mayoría lo esperaban.

La decisión de ayer de subir tres cuartos de punto los tipos, setenta y cinco puntos básicos, esconde muchas lecturas, y no precisamente positivas. Llega después de unos días de infarto en las bolsas, con abruptas caídas ante el disparo de precios y el temor a que una recesión se acerque, y en principio ayer esas mismas bolsas acogieron con optimismo las palabras de un cauto y muy sincero Powell, el gobernador dela FED. En su rueda de prensa, muy comprensible para lo que son esos mensajes, dijo que el mismo lunes la FED filtró al Wall Street Journal que la subida prevista de 0,5% se ampliaría ante un repunte de precios que no cesa, y reiteró que las siguientes subidas anunciadas en el calendario de que antes les hablaba pueden ser más duras de lo previsto porque la situación en los precios se agrava, por duración e intensidad de subida. Sobre todo, en sus palabras, Powell dejó claro que no tiene nada claro dónde nos encontramos, que resulta imposible en el contexto actual de enorme inestabilidad hacer previsiones fiables sobre el devenir de las economías en un escenario a corto medio plazo, y que sólo le obsesiona tratar de controlar los precios. Muchas de las preguntas que recibió iban destinadas a aclarar hasta qué punto la FED ha podido perder el control de los mercados y de los precios, y cómo eso puede afectar a la credibilidad de sus actuaciones. Durante los últimos años ha cogido un enorme peso el concepto de “forward guidance” en lo que hace a las actuaciones de los bancos centrales, que podría traducirse de manera chapucera como “credibilidad” o como “no vamos a dar sorpresas”. Esas instituciones anuncian su rumbo de actuación a un tiempo dado y así el resto de agentes saben a qué atenerse, y actúan como un faro que permanece firme independientemente de los vientos de cada día o momento. Esa credibilidad y aura de firmeza se gana con los hechos y los resultados, y hasta ahora, con el monstruo de la inflación dormido, se ha podido llevar a cabo, pero a unas tasas de incremento de precios del 8% no hay política ni guía que se sostenga. De sus palabras se desprende que Powell va a hacer todo lo posible para que esos precios bajen, y si para ello tiene que provocar una recesión en los EEUU, lo hará, a sabiendas del coste enorme que eso tiene en todas las dimensiones que uno pueda imaginarse. Sabemos que la inflación que sufrimos tiene causas monetarias, fruto de pasados planes de expansión para superar las graves crisis pasadas, y también reales, por la disrupción en la cadena global de suministro y el chantaje energético al que Rusia somete a occidente como arma en su guerra con Ucrania. La FED y el resto de bancos centrales no pueden bombear crudo, ni construir plantas de licuefacción de gas ni hacer que los gaseoductos cerrados se abran, sólo trabajan con variables monetarias, de efectos indirectos y a medio plazo. Y los saben. Pero sería de una irresponsabilidad absoluta no hacer nada en este momento en el que nuestras sociedades se enfrentan a una espiral de precios tóxica, que puede llevarnos a una crisis que nos es desconocida, y que sólo a los que hayan vivido los primeros ochenta como adultos les sonara. ¿A que no mola tanto este revival del pasado?

Si la FED tiene un problema, ni les cuento nuestro BCE, que suma al escenario norteamericano el de la fragmentación de los tesoros nacionales, la asimetría en los niveles de deuda y de la credibilidad de los bonos soberanos. Ayer en Frankfurt se organizó una reunión de urgencia, de la que salieron varias intenciones pero pocos resultados, para tratar de calmar el mercado de deudas europeas, cuyas primas de riesgo periféricas empiezan a subir como viejas y corrosivas espumas. A medida que los costes de financiación de la deuda crezcan (nuestro bono a 10 años ya está en el 3%) la presión por ese lado irá subiendo, y en el pasado sólo Don Mario Draghi y su “whatever it takes” nos salvó de la quiebra. Confiemos en que no volvamos a vivir algo así, pero es posible que suceda, no lo olvide.

miércoles, junio 15, 2022

Sobrellevando el calor

Siempre llega un día en el verano madrileño en el que la vida se pone cuesta arriba, y uno descubre que el concepto de calor alcanza dimensiones y significados que no esperaba. Suele ser allá por Julio, en los veranos normales, cuando tras algunos avisos, episodios de dos o tres días que pueden empezar en Mayo, se produce una ola, un tren de días que todo lo aplasta, con sus noches en las que la única diferencia es la iluminación, no la temperatura. Este año 2022 el aviso que tuvimos a finales de Mayo ya fue de los serios, anticipo de un trimestre que se preveía más cálido de lo normal. Junio empezó con temperaturas en la media, pero ha decidido pisar el acelerador, y se le ha ido de la mano.

Las olas de calor del verano avanzado tienen la ventaja de que algunos pueden librarse de ellas. Desde luego es el caso de las de agosto, en las que muchos están fuera de la ciudad, pero en Julio también los hay de vacaciones, y en ambos meses los críos están ausentes de los colegios, y eso da respiro a familias y a centros escolares, habitualmente no preparados para los calores extremos, pero Junio o Septiembre, que alguna vez también ha sido escenario de máximas de 40 grados, son meses traidores para el calor, pillan a casi todo el mundo en su trabajo, haciendo exámenes, organizando futuras vacaciones, rematando cosas, y el efecto que producen es mucho mayor. En la ola de estos días, que va a durar casi una semana, con casi 40 grados todos los días y noches espectaculares en las que hace bastante más calor que de día en verano en mi pueblo, llega un momento en el que el urbanita no es capaz de escapar de la sensación de haberse metido en el tren de secado de un lavadero de coches, o en la zona de plancha de una tintorería. El aire caliente lo rodea todo y consigue hacerse dueño y señor de espacios exteriores y del interior de los hogares, que no encuentran respiro. Apenas a eso de las seis de la mañana corre una cierta brisa, que no lo es tal, pero que así se le llama en comparación a lo que luego surgirá del infierno reinante, y es el momento en el que se aprovechan para levantar persianas y tratar de que algo de ventilación pase por la casa. Como dormir es un sueño imposible con estos calores casi todo el mundo está despierto a esas horas, tenga que levantarse para ir a alguna parte o no, por lo que el ejercicio de persianas y ventanas se da por todas partes. No tiene sentido hacerlo, como pensaría uno, cuando se pone el sol, porque eso es muy muy tarde, y poco antes de que nuestra estrella se oculte las temperaturas no es que caigan, sino que en algunas partes repuntan. El asfalto y los edificios, sometidos a la invasión de radiación durante toda la jornada, empiezan a soltar parte de ese calor al ponerse el día y hay zonas en las que la sensación a las, pongamos, once de la noche, es aún más aplastante de lo que pueda ser al mediodía. Y más absurda. Miras a un cielo oscuro, pero te da la sensación de que brilla, porque la ciudad, como si fuera una barra de acero recalentada salida del alto horno, emite calor y luz, y ese efecto, que sólo está en tu cabeza pero sí sientes en la piel, te lleva a pensar que esta será otra noche dura, otra en la que dormir, descansar, será algo ajeno a tu experiencia. Te tumbas en la cama con casi nada puesto encima, con nada de mantas y, quizás, para disimular, una sábana, y esperas quieto a que algo de sueño te entre y notes, infinitesimalmente, una corriente que mueva el aire estancado de tu hogar. En mi barrio tengo la fortuna de tener árboles cerca y no carreteras, por lo que el ruido con las ventanas abiertas es escaso y no perturba, pero aun así el momento de meterse en la cama pasa a ser de trance, empezando por el mismo hecho de que, con este calor, no hay cama en la que meterse, sino colchón sobre el que tirarse. Y no, no es lo mismo.

Esta tempranera y dura ola de calor, extraordinaria por varios aspectos, ha venido también acompañada por la calima, la enésima intrusión de polvo sahariano que se da este año, un fenómeno cada vez más corriente y que, en dosis leves, contribuye a generar amaneceres y atardeceres algo sucios, pero propicios para la contemplación de rayos crepusculares y tonalidades curiosas. En altas dosis, como las que se vivieron hace meses o, sin llegar a tanto, las de estos días, el polvo aporta su literal granito de arena al proceso de asfixia que se sufre bajo el calor. La imagen de la ciudad a media tarde, contemplada desde mi oficina, no es distópica, para no abusar del término, pero sí bastante sucia y muy poco apetecible. Al verla ayer pensaba que no debiéramos llevarnos tan mal con Rabat o Argel, tenemos estos días un tiempo muy similar en las tres capitales, igual de duro.

martes, junio 14, 2022

Criptocrash

Si ayer les hablaba de que las bolsas tuvieron el viernes un día aciago me temo que lo que pasó ayer no fue sino una repetición, agrandada, del desastre vivido al final de la semana pasada, con desplomes aún más considerables, que en EEUU oscilaron entre el 3% y el 4%. Nos fue algo mejor en el Ibex, con una caída algo superior al 2%, y resultó ser la de ayer una jornada catastrófica en el mundo de las criptomonedas, con desplomes muy superiores al 10%, que en el caso del Bitcoin llegaron al entorno del 15% y en el Ethereum al 20%. Se multiplicaron los avisos de casas de negociado de criptos que impedían el reembolso de la inversión y el miedo fue intenso.

Lo de ayer fue un auténtico reventón de burbuja, un desplome brusco que evaporó miles de millones de dinero real en el mundo de las criptos y que, sospecho, llevó a más de uno a la ruina a medida que se desplomaban los activos en los que tenía depositado sus ahorros. Los creyentes en este tipo de monedas virtuales, que de todo hay, repiten sin cesar que el futuro es suyo, que esas cosas han llegado para quedarse y que el fin del dinero que conocemos está cerca, y será sustituido por criptoactivos, descentralizados y con tecnologías muy superiores. No lo se, sinceramente lo dudo. Como para casi todo, la probabilidad de que eso suceda no es cero, pero desde un primer momento he advertido a todo el que me lo ha preguntado que la inversión en criptomonedas es un negocio sumamente especulativo, sometido a un enorme nivel de riesgo, y que se trata de un mercado desregulado en el que no hay garantías de devolución de lo invertido ni redes de seguridad institucionales. Ante el desplome de las cotizaciones, como les comentaba, algunas de las webs que funcionan como centro de intercambio de bitcoins, anunciaron que suspenden la conversión de las criptos en dinero normal y corriente, porque se estaban quedando sin respaldo para hacer frente a la avalancha de peticiones de inversores que veían en sus pantallas como un menos mogollón no dejaba de crecer y convertir su particular El Dorado en una pesadilla. Escenas típicas del pánico propio de los crash sólo que sin gritos ni aglomeraciones en la calle, dado que en ese mundo todo es virtual. Seguro que los gritos y lloros se escucharon luego, por la noche, en miles de casas de todo el mundo, en las que no pocos de sus residentes se han metido en ese mundo. El que lo haya hecho por curiosidad, metiendo unos pocos ahorros a sabiendas de que podía perderlos todos no lo pasaría bien ayer, pero sabía que eso era posible y probablemente tarde poco en olvidarse de lo sucedido, y a otra cosa mariposa. Pero ay de los que hayan metido grandes cantidades de dinero en ese mercado, de los incautos que hayan jugado apalancados a la compra de criptomonedas y que pensaban que eran los más listos del lugar, los que iban a descubrir la forma de forrarse por encima del resto de pringados que trabajan y ganan algo a final de mes. Ay de los que llegaron al mundo cripto como conquistadores de un terreno virgen en el que iban a florecer sus sueños. Ayer despertaron de golpe de una ensoñación típica que todos los humanos han tenido cada vez que una burbuja, sea de acciones de la compañía de los mares del sur, de tulipanes, de pisos en Seseña o de acciones punto.com les ha llevado a depositar en ella todos sus ahorros movidos por la codicia, una de las fuerzas que anida dentro de nosotros y que, como el resto, encauzada y domesticada, poder sernos muy útil, pero sin freno alguno nos puede llevar al desastre. El derrumbe de las criptos de ayer fue de una magnitud lo suficientemente intensa para haber dejado el mercado laminado en lo que hace a inversores convencionales, que o bien ejecutaron ayer pérdidas clamorosas y de imposible recuperación o se han quedado atrapados en un valor que dista muchísimo de las cotas que alcanzó hace poco. El 6 de junio, el bitcoin valía 31.400$, el 20 de abril valía 41.400$. Ayer cerró en el entorno de los 22.000$. en su pico máximo, 7 de noviembre del año pasado, llegó a los 64.300$. Si hacen porcentajes de pérdida se pondrán pálidos.

¿Quiere decir esto que el bitcoin y el resto de criptos no valen para nada? La respuesta corta es “aún no”. Desde luego se ha demostrado, como muchos llevamos diciendo desde hace tiempo, que no son dinero, porque no cumplen uno de los requisitos básicos, que es el de ser depósito estable de valor. Son un activo de inversión que vale lo que su mercado determine en su momento, lo que los equipara con acciones, fondos y otros productos financieros. Al no tener un respaldo de actividad real hay quienes señalan que su precio objetivo real es cero, y algo de razón no les falta, pero está por ver que todo ese mercado se volatilice. En todo caso, pierda la fe si cree que esos activos intangibles son la fuente de su riqueza. Y si alguien le ha vendido esa idea, ese ha hecho más negocio con ella que usted. No tenga dudas al respecto.

lunes, junio 13, 2022

Las bolsas cotizan recesión

Tanto calor hace en la calle como frío en los mercados. Quizás no le prestaron mucho interés el viernes por la tarde a la evolución de las bolsas pero lo cierto es que el porrazo fue de los duros, con un Ibex que se dejó más del 3% y unos índices americanos que, no tanto, superaron el 2% de caídas de manera amplia. Las explicaciones de los expertos, que el jueves no veían esos desplomes, iban desde el dato de inflación en EEUU, nefasto, hasta la resaca de las decisiones del BCE anunciadas el jueves, que no tuvieron mucha cosa de sorprendente. Lo cierto es que el cierre de sesión y de semana fue un alivio. Si la cosa dura unos minutos más las pérdidas se hubieran acrecentado.

Desde hace dos meses los índices, especialmente en EEUU, están en formato corrección sin paliativo alguno. Rebotes a veces violentos pero breves en una secuencia de bajada que, en el caso del Nasdaq, la ponen en dimensión a la altura del crack del 2000, con una reducción del 20% desde máximos. No es sólo la tecnología, pero es ella la que más se está dejando en un bajonazo que, como suele ser habitual, pocos expertos han visto, y la mayoría han ido calificándolo de transitorio hasta que, probablemente, ellos también han entrado en pérdidas y han empezado a asustarse. El contexto bursátil antes de la guerra de Ucrania ya estaba mal, con una inflación desatada y unas perspectivas bajistas ligadas a la política de subida de tipos de la FED para volver a la normalidad monetaria tras los excesos pasados y la recuperación post Covid. El desastre ocasionado por Rusia he echado mucha más gasolina al cóctel inflacionario y a la incertidumbre que nos rodea, y eso ha terminado por fastidiarlo todo. Ahora mismo las voces que señalan que nos encaminamos a una recesión crecen a medida que los índices cotizados agudizan sus pérdidas anuales. En ciertos países de la eurozona la recesión técnica parece obvia por los datos que tenemos en el primer trimestre, con poco más de un mes de guerra efectiva. Recordemos que recesión es un término acordado por los economistas para definir un periodo de, al menos, dos trimestres de caída del PIB, pero como siempre es un concepto resbaladizo, que puede esconder muchos tipos de crisis y de intensidades muy diversas. La doble recesión de 2008 – 2012 fue en términos de PIB menos dolorosa que la única provocada por el Covid, que ha dejado a todas las anteriores convertidas en suaves olas en las gráficas frente al desplome producido por el cierre de 2020, pero ambas crisis fueron de una naturaleza muy distinta y de efectos también divergentes. Me atrevo a decir que, económicamente, el impacto de la de 2008 – 2012 fue mucho mayor del que vivimos en 2020, en el sentido de que aquella sí fue una crisis económica, mientras que la del Covid fue un desastre sanitario que afectó a todo, obviamente también a la economía. ¿Ante qué estamos ahora? Tenemos un shock de precios energéticos motivado por el rearranque de las economías tras el parón del Covid y las restricciones de oferta fruto de varios años sin inversión y de los cortes provocados por la guerra. Así mismo también las cadenas logísticas globales siguen perturbadas por efectos de las aperturas y cierres Covid, agravado este efecto por los rebrotes que se suceden en China y la no operatividad de sus enormes y vitales puertos. Por el lado monetario, el festín de estímulos lanzados por las autoridades para, en su momento, apaciguar los efectos de las crisis de deuda soberana europea de 2012 y luego permitir la expansión del gasto público necesaria para amortiguar los efectos del Covid ha dejado un mercado inundado de dinero. Los tres factores se han traducido en unas enormes tasas de inflación, condicionadas más o menos por factores reales o monetarios según qué sector y qué nación, que ahora mismo nos colocan en porcentajes de incrementos de precios no vistos en décadas.

Los gobiernos saben que con esas tasas no pueden ser reelegidos y que no hay manera de que la población esté tranquila antes una cesta de la compra que sube como la espuma, haciéndole la competencia a los termómetros en la ola de calor. Las bolsas de ahorro pandémico generadas durante el encierro parecen haberse destinado sobre todo al mercado inmobiliario, donde las compras y ventas de pisos están en pleno festín, y al ocio veraniego, con una demanda de viajes desatada y un precio de los hoteles que se infla más que las estrellas que los identifican. La duda es qué va a pasar después del verano, y, si las bolsas funcionan como indicador adelantado, que lo suelen, el panorama que vislumbran es sombrío. Estamos avisados de que vienen curvas.

viernes, junio 10, 2022

Las verdaderas intenciones del Zar Putin

Lo único que tengo que agradecer a estas alturas al capullo de Putin es que él es mucho más claro y sincero que los mariachis que en nuestras sociedades tratan de salvar la cara a su régimen despótico. Seguimos viviendo en un debate en el que no pocos tratan de justificar, que es distinto de explicar, el por qué Rusia ha lanzado una guerra de exterminio en el este y se dedica a destruir Ucrania, arrasarla y aniquilar a su población. Extraños complejos del pasado, visiones que mezclan la chatarra soviética con la falsa progresía, un presunto pensamiento que se dice de izquierdas y, en general, una ensalada ideológica tóxica, permiten que, reitero, no pocos, cubran las espaldas a los causantes de la masacre que ahora se vive en el este de Europa.

Afortunadamente el propio Vladimiro se basta y sobra para dejar claro cuáles son sus pensamientos profundos y lo que quiere no sólo con esta guerra, sino con toda la política que ha desarrollado desde que está en el poder. Más allá del robo y saqueo sin piedad de la economía de su nación, donde el “su” adquiere todo el significado posible, Putin sigue movido por el recuerdo de las viejas glorias del pasado. El poderío imperial soviético o zarista para él son lo mismo, y la cosa no va de comunismo o de ideologías carcasa que cubran el pensamiento, como estamos acostumbrados a trabajar en occidente. No, no, no. Se trata de una mera cuestión de supremacismo, de racismo, de creencia en la superioridad de unos sobre otros, de los eslavos rusos respecto al resto de eslavos (y de todos los demás mortales, aunque Putin no lo diga). Lo que cree Vladimiro es lo mismo que creyó Hitler en los años treinta, o los etarras en los ochenta, o Puigdemont en 2017, o católicos y protestantes irlandeses, o tantos y tantos ejemplos que se pueden listar en una cadena de aberraciones. Cada uno de ellos estaba dominado por la idea de que él, su pueblo, su nación, los suyos, los que ellos decidían que eran los suyos, eran superiores a los demás, que como tales tenían derechos que los demás no podían compartir ni siquiera anhelar, y que se debían utilizar todos los instrumentos al alcance de la mano para ejercer esos presuntos derechos. Y la violencia es uno de los instrumentos posibles. El process de Puigdemont derivó en graves algaradas, pero afortunadamente su rama violenta no llegó a más. El nacionalismo xenófobo vasco se dotó de un brazo armado que se dedicó a secuestrar, matar y extorsionar en pos de una Euskadi liberada en la que los puros de Rh negativo y ocho apellidos vivieran en su arcadia feliz, liberados de maquetos y demás impuros. Huelga decir que este tipo de ideas son aberrantes, además de falsas, pero en manos poderosas se convierten en los mayores peligros que la historia moderna ha sido capaz de desarrollar. Combinan la toxicidad de una visión restringida de la humanidad con un mesianismo que no conoce límites y una fe absoluta, y esa es una receta perfecta para el desastre. Obviamente no es lo mismo que unas ideas de este tipo estén en manos de sujetos burgueses catalanes que en la de pistoleros vascos, y menos en, pongamos, milicias de corte islámico. Pero desde luego, cuando estos pensamientos alcanzan el poder de un estado y sus recursos militares asociados pueden llegar a desencadenar desastres de enormes proporciones. El mayor de los conocidos se llama II Guerra Mundial, pero tenemos otros ejemplos locales, como la guerra de Ruanda en los noventa, o las acciones del DASH hace pocos años en Siria, donde grupos que detentan el poder y el control de una fuerza militar profesional se dedican al puro exterminio de una población por el hecho de considerarla no sólo enemiga, sino digna de ser eliminada por su inferioridad respecto a los atacantes. El concepto de Genocidio, creado a partir de los crímenes nazis de la II Guerra Mundial, engloba una categoría de delitos que escapan a los que normalmente, con una enorme frivolidad, calificamos con esa palabra tan seria. Genocidio no es lo que se da en el conflicto árabe israelí, aunque aquello sea una situación seria, grave y denunciable. Genocidio sí es lo que DAESH practicó en los territorios que conquistó en Siria e Irak.

Y genocidio puede ser lo que Rusia está desarrollando en algunas de las áreas conquistadas en el este de Ucrania. Amparado en su imagen de volver a ser el zar de todas las rusias, Putin no va a cesar en su campaña militar, de conquista y arrasamiento, hasta que vea saciadas sus ansias no sólo de conquista, sino de pura limpieza, entendida como erradicación de las poblaciones que considera inferiores. Se ve como el restaurador de los territorios ancestrales, como el portador de la corona imperial que estaba vacante y ha vuelto para hacerse otra vez con la Gran Rusia que nunca debió dejar de existir. Y pese a ello, aún habrá palmeros entre nosotros, de vida extremadamente acomodada, que le rían las gracias y traten de justificarlo. Colaboracionistas se les llamó en el pasado.

jueves, junio 09, 2022

Gas de ida y vuelta

Ayer fue una tarde gaseosa, en la que ese producto energético fue el absoluto protagonista, por motivos muy diferentes. Ya avanzada, se supo que la Comisión aprobaba el procedimiento presentado por los gobiernos español y portugués para limitar el precio del gas en la producción eléctrica, lo que se puede traducir en una rebaja de los precios dentro de una o dos semanas. Es una buena noticia para el gobierno y los consumidores, y algo más difícil de valorar para el conjunto de la economía, dado que lo que no se pague hoy se hará en el futuro y por quienes no lo hacen ahora. En todo caso, es un tanto político para el gobierno, que ha peleado por esta medida.

Pero en casa Sánchez las alegrías duran minutos. Durante la mañana, arrastrado por la exigencia de toda la oposición, el doctor compareció ante el Congreso para respaldar el sorprendente y nada explicado giro del gobierno en el tema del Sahara y el respaldo absoluto que ahora otorgamos a la posición de Rabat, abandonando al Polisario por completo. Ese giro, que alguna vez alguien tendrá que descubrir a qué se ha debido, y del que nos enteramos no por comunicación de nuestro gobierno sino por la carta nefastamente escrita que Marruecos filtró, provocó una reacción en su momento de Argelia, la otra potencia regional, aliada de los saharauis. Tras las no explicaciones de Sánchez de ayer el gobierno argelino no tardó demasiado en responder, y soltó una bomba por la tarde cuando ya se acababa, en forma de ruptura de los acuerdos de buena vecindad establecidos entre Argelia y España y la congelación de las relaciones comerciales. Un portazo en toda regla que aún está por ver de qué manera se lleva a cabo y en qué se traduce, pero nada más conocerse la noticia todo el mundo pensó en una cosa, sólo en una. El gas. Hasta hace medio año Argelia era nuestro principal suministrador de gas, muy por encima del resto de naciones a las que les compramos este fluido. El intercambio se producía a través de dos gaseoductos, uno que pasa por Marruecos y otro que cruza el Mediterráneo y llega hasta Almería. Ya Argelia decidió cerrar hace unos meses el gaseoducto que transcurre por Marruecos, para evitar que su enemigo fronterizo tuviera acceso a parte del suministro, por lo que nos quedó sólo una vía, la más importante, sí, pero sólo una, sin alternativa ante problemas de cualquier tipo. A medida que el problema en Ucrania crecía y, sobre todo, tras el estallido de la guerra en febrero, han aumentado notablemente nuestras compras de gas en forma licuada, suministrado por metaneros, y proveniente sobre todo de EEUU, que se ha convertido en nuestro primer proveedor, superando a Argelia, en un movimiento que no hay que descartar que tenga relación con el viraje gubernamental sobre el Sáhara. Lo cierto es que de los desiertos argelinos sigue manando una gran cantidad del gas que consumimos a diario, no tanto en las calefacciones en este verano tan tórrido, pero sí en las industrias y numerosísimas instalaciones de todo tipo que utilizan gas para sus procesos, las conozcamos o no. En su comunicado, el gobierno de Argel muestra a las claras que está muy enfadado, y que no se va a quedar de brazos cruzados, por lo que el futuro de las relaciones comerciales con ese país es oscuro y las empresas españolas que allí venden y operan ya pueden empezar a mirar a otros lugares para encontrar sustituto. Eso nos va a hacer daño, claro está, pero el gran problema es el del gas. No nos podemos permitir un corte de suministro unilateral por parte del gobierno argelino o, pongamos, una duplicación o triplicación del precio al que se nos vendiera en futuros contratos. En este sentido la posición española recuerda mucho a la de los países del este europeos respecto a Rusia, su principal suministrador. Ellos están acogotados por lo que se decida en Moscú respecto a los flujos y abastecimientos, y nosotros dependemos de Argelia. Pegarle una patada en sus partes a un socio energético tan vital para nosotros es un error político de dimensiones tan inmensas que resulta incomprensible. No se si lo de este gobierno es puro aventurismo, desconocimiento o necedad.

Conclusión rápida. Ahora ya todas las naciones europeas, del este y del sur, tenemos en riesgo el suministro energético de igual manera, y nos hemos metido de cabeza en un túnel en el que nuestra seguridad y aprovisionamiento depende casi en exclusiva de lo que venga por barco vía EEUU. Cierto es que ahí tenemos una relativa ventaja por nuestras infraestructuras para almacenar y tratar el gas licuado, pero si se empiezan a dar cortes y represalias por parte de los oferentes, los metaneros de gas empezarán a tener aspecto de mascarillas en marzo de 2020, y acudirán a los puertos que más les paguen, que mucho mucho más les paguen. Y entonces la crisis energética puede ser descomunal. Sinceramente, creo que no tenemos ni la más remota idea del lío en el que nos estamos metiendo.

martes, junio 07, 2022

Boris Johnson se salva por los pelos

Sí, lo siento, no soy nada original. Sospecho que la frase hecha con los pelos y el margen ajustado será el clásico que servirá para titular muchas columnas hoy sobre la votación a la que ayer fue sometido el primer ministro británico. Su pelambrera desordenada invita a hacer todo tipo de chistes al respecto, y es tan fácil caer en ellos… Aunque el resultado, 211 a favor, 148 en contra, parezca otorgar una confianza holgada, lo cierto es que tanto voto en contra refleja un profundo hartazgo en el partido conservador a las formas y maneras de Johnson de hacer política y de no asumir sus errores.

Lo más claro que se puede decir de Johnson es que no engaña. Su pinta de bufón corresponde a un personaje que supera por mucho sus propias capacidades y que desarbola a todo aquel que trata de aproximarse a su figura. Histriónico, excesivo, lúdico, amante de las broncas, la carrera de Johnson es la de un tipo listo, dotado de una excelente memoria, educado a la manera de las más rancias élites británicas, que ha ido de un lado a otro movido por su mero afán de escalar en el poder sin tener muy claro para qué. Obsesionado con la figura de Churchill, proclama su adoración al primer ministro al que tanto debemos los europeos, pero la manera en la que Boris pretende emular a Winston sólo logra caricaturizar al personaje histórico y dejar en peor papel al actual político. No hay honra ni contenido profundo en la figura de un Johnson en la que, nuevamente, sus desordenados pelos son el perfecto reflejo de su personalidad. Antes de dedicarse de manera profesional a la política hizo un poco de todo, y entre sus múltiples empeños estuvo el de ser periodista, corresponsal de un diario británico en Bruselas. No consta que allí se disparara su eurofobia más de lo que ya lo estuviera antes de asentarse en la oscura capital comunitaria, pero sí es cierto que fue pillado en más de un renuncio por parte de sus editores, que comprobaban con cierta frecuencia cómo las crónicas que escribía el tal Boris no eran el reflejo de la realidad. Johnson escribía bien, sí, pero no era cierto gran parte de lo que contaba. Eso no sería delictivo en caso de dedicarse a la novela, pero en el periodismo resulta ser, como poco, una estafa. Acabó siendo despedido del medio y a partir de ahí, con los contactos que hizo en la Bruselas lobista, seguro que con más de una fiesta de por medio, encarriló su vida hacia la política, llegando a ocupar el puesto de alcalde de Londres, una figura que tiene más de nombre que de responsabilidad dado el extraño funcionamiento administrativo de esa gran ciudad. Durante sus mandatos Johnson no dejó indiferente a nadie, mostrando un talante cada vez más populista, aficionado al espectáculo puro y duro y con una vena histriónica que, salvando las distancias, le llevaba más a parecerse a un Jesús Gil y Gil anglosajón que a un mero populista de manual. Es en esos años cuando el tema del Brexit va cogiendo fuerza y Johnson lo ve como una oportunidad para pegar el gran salto al auténtico poder en su nación. Amparado en las irresponsable decisiones del nefasto David Cameron, un absoluto inútil de aspecto más formal pero de profunda necedad en todo, Johnson se une con fiereza al bando de los que quieren sacar a su país de la UE y, día tras días, repite mentiras cada vez más gordas sobre los efectos financieros para la islas de estar en la Unión o sobre cualquier otra cosa. Comparar lo que dice el martes con lo que afirma el jueves es risible, dado que no se parecen en nada y cada día que pasa sus trolas son mayores que las del día anterior. Pero Johnson tiene morro, por decirlo en bruto, sabe hablar ante un público mitinero, se toma una pinta con los votantes con enorme credibilidad, preludiando lo que será su principal ocupación una vez que llegue al gobierno. El brexit triunfa de una manera sorprendente, y Boris se sube al carro de una victoria a la que hacía no mucho veía con recelo. Afirma que era “brexitero” ya desde la cuna y, casi seguro, montó más de una fiesta para celebrar el resultado.

El interregno de Theresa May al frente del gobierno británico es una época en la que Johnson no deja de hacer trabajo de zapa para preparar su propio ascenso al poder. Entre medias, le da tiempo a volver a cambiar de pareja y ser padre otra vez, cosa que repetirá ya siendo primer ministro, Creo que tiene seis hijos de tres parejas conocidas. Llega al poder con una enorme victoria sobre el laborismo, arrasando en el cinturón rojo del norte, y la pandemia ya demuestra que gobernar no es lo que le gusta al marchoso de Boris. Desde entonces su vida es un rosario de escándalos, declaraciones absurdas, meteduras de pata, grandes palabras, discursos pomposos y nulo rumbo, todo aderezado con varias copas de alcohol. Como Churchill, sí, pero en payaso.

lunes, junio 06, 2022

Redes sociales en la feria del libro

El año pasado tuvo lugar una edición de bolsillo de la feria del libro, por hacer un símil editorial. No tuvo lugar en sus fechas habituales, estas en las que nos encontramos, sino en septiembre, y para tratar de contener aforos en medio de las restricciones que aún estaban vigentes se limitó el espacio y se establecieron controles de entrada y salida. Eso originó colas constantes, especialmente los fines de semana, e incomodidades varias, pero lo cierto es que, de una manera extraña, se pudo celebrar, y las ventas, aunque limitadas, supusieron un regalo para libreros y demás pertenecientes al gremio de lo impreso.

En este 2022 de recuperación de la vida real tras la victoria de las vacunas sobre el Covid la feria del libro se desarrolla en sus fechas habituales y ocupa toda la extensión que le ofrece el recinto del parque del retiro, sin estar ni restringida ni acotada. Y la sensación es que todo marcha viento en popa a toda vela. Las marabuntas que se veían los fines de semana hasta el año 2019 se han repetido y, si me apuran, aún son más exageradas. Se ha establecido un cupo para ciertas firmas de autores muy demandados, de tal manera que se asignas trescientos o cuatrocientos pases, creo, a primera hora, para evitar que sean miles los que hagan cola, pero lo cierto es que las colas que los más vendedores de la feria originan superan en volumen a esas cifras, llegando a provocar colapsos en la organización. Quizás piense usted que, en la feria, dado que de libros se habla, sean los escritores consagrados los que suscitan ese fervor de las masas, pero no, no es así. Más allá de superventas que trabajan en géneros tan en boga como el policiaco, y que arrastran mucho público, son la televisión y, sobre todo, las redes sociales, las que arrasan y llevan a hordas de seguidores al parque. Este fin de semana tuve que buscar más de un nombre por internet para saber quién era la persona que tenía esa cola tan larga, que tanta pasión despertaba, y en su mayoría eran youtubers o tiktokers. En esta edición han aumentado las casetas separadas dedicadas exclusivamente a firmas multitudinarias, para tratar de evitar el caos que las masas pueden generar en la actividad de las casetas normales y aledañas, y ese es el hábitat en el que esos “influencers” palabra que no me gusta nada, viven como si fuera su hábitat natural. Chavalería desatada con padres que financian la compra se arremolinan sin cesar de presionar a unas casetas y tenderetes donde alguien que no me suena de nada firma libros sin parar de hacerse fotos con sus fans y despertando un nivel de pasión equivalente al de cualquier grupo musical de antaño. Puro fenómeno fan provocado por las redes sociales ¿Esto es bueno o malo? Simplemente es, la realidad es así, y juzgarla no sirve de nada. Las editoriales son negocios que tienen que cuadrar sus cuentas y obtener un beneficio para poder pagar a empleados y sufragar costes. Puede que las ventas de estos personajes de internet sean algo anómalo, y lo que escriben esté tan alejado de la literatura como la política actual de la decencia, pero es evidente que son un nicho de negocio imposible de eludir, y creo que muchas editoriales los ven como la vaca que les permite sobrevivir y así editar a otros autores que sí son literatura, pero que, casi siempre, no son el gran negocio. Si las ventas de unos permiten publicar los trabajos de otros el negocio es bueno para ambos y cada público tiene lo que demanda, y así todos estamos contentos. El que escribe libros literarios sabe que su público va a ser menor, que no va a tener masas que le agobien ni decenas de grupies con las que soñar eróticamente (sí, sí, desengáñese) y quizás mire con indisimulada envidia el efecto que provoca el imberbe que sube vídeos a la red o la guapa que arrasa en ventas con un texto sobre consejos de, no se, maquillaje, por decir algo, pero así es el mundo. El autor, que en su caseta está firmando de manera ocasional, no podrá evitar la envidia, pero si esas masas pagan el coste de su edición, la sonrisa llenará su vida.

En general, salvo excepciones, que para todo lo hay, siempre ha habido una disyuntiva entre calidad literaria y superventas, y soy de los que no se ven afectados por el número de ejemplares que alguien vende para determinar si lo considero bueno o no. Stephen King vende barbaridades y me parece un autor brillante, merecedor de todos los premios posibles. Otro que viven en un nicho muy pequeño y exclusivo me pueden resultar aburridos o no decirme nada. No soy dogmático en ese sentido. Reconozco que se me escapa lo de los libros de las estrellas de las redes sociales, pero entiendo el negocio que hay montado en torno a ellos, y sería estúpido por parte de las editoriales no sumarse a él. De todo hay en la feria.

viernes, junio 03, 2022

Cien días de guerra

Recuerdo como, a mediados de marzo, algún buen amigo de Elorrio me comentaba que estaba tan horrorizado por la guerra como todos, pero que creía que esto se acabaría pronto, como mucho para Semana Santa, que fue a mediados de abril. Veía como el plan de asalto relámpago que Putin pudo haber planificado en sus salones de amplias cortinas y mesas había fracasado y no veía una ofensiva prolongada en un tiempo, que sólo iba a aumentar el castigo de un ejército ruso que se había mostrado ante el mundo como anticuado, inoperativo y chapucero. Yo le comentaba que deseaba que acertara., pero que me daba que esta guerra podría prolongarse bastante más de lo que pudiéramos esperar. De momento, con tristeza, acierto.

Hoy se cumplen los cien días de ofensiva rusa en Ucrania y la situación se mueve, pero muy lentamente. El efecto de concentrar la ofensiva de Putin en el Dombas le ha permitido consolidar allí sus posiciones y realizar avances efectivos, que ahora mismo pueden hacer caer la ciudad de Sverodonetsk, lo que le llevaría a poder controlar con holgura toda la región. Se combate calle a calle en ese enclave, que probablemente se una al rosario de ciudades martirizadas en esta guerra, convertidas en escombros y camposantos. La región entera del Dombas y sus aledaños empieza a ser una ruina absoluta, un páramo inhabitable donde se suceden los cascotes, cáscaras de edificaciones arruinadas y miseria. Y cadáveres, claro, muchos. De soldados ucranianos, rusos y civiles, que yacen allí. La táctica de la guerra rusa consiste, desde hace dos o tres semanas, en someter a un bombardeo indiscriminado al territorio que se quiere conquistar con artillería a distancia, a unos 30 o 40 kilómetros. Se arrasa el terreno desde posiciones seguras y luego se ordena el avance de tropas mecanizadas, por lo que las bajas rusas empiezan a ser menores de lo que eran antes, pero aún muy elevadas en el día a día. El ejército ucraniano, que carece de aviación para eliminar esas baterías artilladas, y que tampoco cuenta con sistemas de disparo similares para efectuar sus propios barridos, poco puede hacer ante una forma de avance que supone arrasar todo el espacio disponible y tomar los restos de lo que antaño fueran cultivos o edificaciones. Por ahora las tropas de Kiev se han mostrado muy competentes dentro de combates urbanos, o en enfrentamientos en los que la movilidad de blindados y grandes unidades de artillería no pueden realizarse con soltura por estar rodeados de obstáculos como edificaciones, rotondas, puentes o cosas por el estilo. En una guerra a campo abierto las limitaciones de equipamiento de las tropas de Kiev resultan devastadoras, y las rusas tienen bazas que les dan gran ventaja. Por eso, desde hace unas dos semanas, cunde el pesimismo en la capital del país y en el conjunto de los aliados de Zelensky. El avance ruso se ha consolidado en el este del país y la sensación que da es que Moscú no acaba de considerar esos territorios como bazas negociadoras para una posible cesión posterior a sus legítimos dueños en unas conversaciones de paz, no, sino como nuevas anexiones territoriales de la madre Rusia, que crece para dar suelo a sus queridos hijos. Se difunden vídeos provenientes de Jersón y otras localidades en los que parece que se da una “rusificación” evidente, con el uso forzado de esa lengua, la adopción del rublo y otras señales que permiten aventurar que Rusia ha llegado para quedarse. Es pronto para decirlo, pero puede que en esos territorios no vuelva a ondear la bandera azul y amarilla en mucho mucho tiempo.

En todo caso, la lenta velocidad a la que avanza la ofensiva rusa nos pone ante la perspectiva de una guerra que puede decantarse por el bando moscovita, sí, pero a un enorme precio y a una escala temporal muy elevada, por lo que es de temer que estos hayan sido el primer centenar de otros que vendrán después, agravando sin cesar la situación del resto de la nación ucraniana y, como no, la del conjunto del mundo, que vía escasez energética, disparo de precios de materias primas y alimentos e inestabilidades cruzadas observa como este desastre ensombrece cada vez más las perspectivas globales para todo el año. La maldita guerra nos va a golpear a todos, ya lo hace, lo queramos o no, y sus efectos serán crecientes.

jueves, junio 02, 2022

Tartazo en el Louvre

Se supone que lo que pasó en París el sábado pasado fue un presunto evento deportivo, aunque sobre todo fue otra exhibición de prepotencia por parte de un grupo de millonarios que se juntaron para forrarse más. ¿Por qué lo llaman deporte cuando quieren decir negocio? En todo caso me da igual lo que pasara en el presunto terreno de juego, lo relevante fueron los serios incidentes que se vivieron antes y después, fruto de una mala planificación organizadora y una evidente falta de personal de seguridad ante un acto que, siempre, tiene violencia de fondo. La capacidad francesa para organizar eventos quedó muy en entredicho, y no me imagino lo que se estaría diciendo de España si en nuestro país sucede algo similar.

Y ese mismo fin de semana, en el centro absoluto de París, alguien lanzó una tarta sobre el cuadro de La Gioconda, que se expone en el Louvre. Blindado hasta el extremo, y protegido por capas de blindaje, el cuadro no sufrió desperfecto alguno, pero se volvió a evidenciar que la seguridad del museo tiene un problema y de que, en su conjunto, el Louvre es un circo que gira en torno a un retrato que, la verdad, no es gran cosa. Tuve la oportunidad de verlo durante mi primera visita a la capital francesa, creo que fue en 2017, y desde luego ese cuadro es lo menos espectacular de la sala que lo acoge, faustuosa, en un palacio asombroso en el que riadas de turistas acuden a ver las tres o cuatro obras obligadas y colapsan esos puntos, dejando el resto bastante tranquilos. La sala que acoge a la Mona Lisa es enormes, altísima, un ejercicio de arquitectura palaciega digno de todo elogio en el que se exponen otras obras de gran formato y valor, que son las que los turistas ven, porque casi todos los que allí se encuentran dan la espalda a la Gioconda para hacerse autofotos con el móvil. Estuve un cierto tiempo en esa sala no viendo las obras, sino contemplando el espectáculo de las masas que entraban y salían como si de una estación de metro se tratase en hora punta y que no hacían caso alguno del recinto en el que se encontraban ni de las obras que allí se exponían. El objetivo casi absoluto de todos ellos era hacerse el selfie para llevarse a Leonardo y su amiguita a casa. Viendo eso ponía en contraste algunas escenas de los pasillos del Prado, museo de bastante mayor calidad pictórica que el Louvre, que prohíbe hacer fotos, y que es cierto que no soporta avalanchas de turistas tan exageradas como el museo parisino, pero en el que no se ven espectáculos tan extravagantes y absurdos como los que se dan en algunas de las salas del palacio parisino. Me da la sensación de que, tras el final práctico de la pandemia, este verano volveremos a ver las interminables colas en los museos, tan necesarias para garantizar su financiación como complicadas para gestionar unas visitas que permitan conocerlos en condiciones, y nos enfrentaremos otra vez a la polémica de aquellos que critican esa masificación frente a los que la defienden. Es un problema de difícil solución, porque sólo hay dos vías efectivas para hacer que unas salas de exposición que soportan una altísima demanda no se colapsen; o se limita el número de entradas que se vende al día, asignando cupos por horas o se mantiene la venta libre y se dispara su precio hasta que la demanda se ajusta a los volúmenes que se consideren convenientes. En ambos casos se está impidiendo, de una manera más injusta en el segundo, que alguien que quiere ver la obra pueda hacerlo, y el derecho de ver una obra de arte es algo que lo tenemos todos, no sólo los que consideran que saben o creen que tienen un privilegio frente a otros. Cuando el turismo era algo muy caro y sólo lo practicaban los pudientes no había problemas de este tipo, y esos tiempos siguen siendo añorados por aquellos que tenían al alcance el privilegio de viajar y acceder al arte. Democratizar la cultura implica que mucha más gente puede llegar a lugares donde el espacio no es de goma, y las paredes no se pueden anchar, ni los cuadros expandir.

En todo caso, estos problemas, que lo son, no tienen relación nuevamente con la gestión de seguridad que falla al permitir que alguien pueda acceder a las salas con objetos como un pastel, que es tentador para degustar y, visto lo visto, arrojar. Los gestores del museo parisino, que tienen una joya entre sus manos, en la que la Gioconda es de lo que menos valor posee, tienen que ponerse las pilas para mejorar muchas cosas, y nuevamente el Prado, o el Thyssen, sin ir más lejos, son museos en los que la sensación de seguridad y el control de aforos es algo que parecer estar bastante más organizado. Y en ambos está prohibido hacer fotografías, quizás para evitar marabuntas ensimismadas de adictos al selfie.

miércoles, junio 01, 2022

Total desgobierno

El extravagante gobierno que nos dirige, es un decir, está llevando al extremo el caos en su seno, y no hay día que ofrezca espectáculos insuperables sobre cómo dos se pueden llevar peor y sólo el interés común de lo que se llevan les mantiene unidos. Parecen flamencos y valones, engarzados por el mucho dinero que sacan de Bruselas, el nexo que les ata, o un matrimonio de esos de tantas películas donde el odio es eterno, pero la casa que habitan mucho mejor que cualquier otro lugar que puedan ser capaces de encontrar por separado. Serían honestos si se mandasen mutuamente a la mierda, pero les puede el vestidor, la piscina, las vistas desde la ventana al barrio que no quieren abandonar. Y ahí siguen, mintiéndose

La próxima cumbre de la OTAN, a celebrar en Madrid a finales de este recién inaugurado mes de junio, es el último de los escenarios de esta bronca gubernamental. El antiamericanismo de Podemos, mezclado con su locura mental de identificar a Rusia con el comunismo guay, cuando el comunismo no es nada guay y ahora mismo Rusia es una dictadura nacionalista, ha hecho que la parte morada del gobierno boicotee todo lo que tenga relación no ya con la organización de ese encuentro, sino directamente con la vinculación de España a la Alianza, que para ellos es como el anticristo. Posiciones infantiles y absurdos que, al menos, serían coherentes en el caso de que los ministros y responsables gubernamentales de Podemos que así piensan dejaran sus cargos al ver incompatibles sus ideas con la actitud del gobierno, pero dejar los cargos es dejar los sueldos, y por ahí no pasa nadie. El colmo de la desfachatez ha llegado hace pocos días, cuando algunos portavoces morados han acusado al Consejo de Ministros de prevaricación por la adjudicación de contratos para la celebración de esa cumbre sin que hubieran sido supervisados ni nada. Varias decenas de millones de euros, que será lo que cueste la logística y demás cuestiones de esa cumbre, “adjudicados a dedo” según anunció tan pancho uno de los miembros de la ejecutiva morada cuando mezclaba ese coste con preocupaciones sociales. La acusación es muy grave, no sólo por el hecho mismo de decirla y señalarla, sino porque la ley recoge que las decisiones del Consejo de Ministros son colegiadas, por lo que si se ha producido una corruptela en ese órgano a la hora de adjudicar los contratos ese delito afecta tanto al presidente del gobierno como a todos los ministros allí presentes, sean socialistas o morados. ¿Acusa la directiva de Podemos a su secretaria general, Jone Belara, a Irene Montero, a Alberto Garzón o a Yolanda Díaz de ser corruptos? ¿Cree que el delito cometido, presuntamente, les incrimina? ¿Se dan cuenta los portavoces morados de lo que han dicho? Probablemente la única respuesta lógica es que no, que no tienen ni idea no sólo de lo que estaban hablando, sino ni si quiera de lo que significaba. Este episodio no se lo consentía nadie a esta formación en una situación política normal, y ese nadie empieza por el que encabeza el gobierno, un presidente que un día sí y otro también, no bastándole sus propios errores, tiene que aguantar meteduras de pata y desbarres de estas dimensiones por parte de ministros y portavoces de su socio de coalición que parecen intocables, a los que nada les cuesta digan lo que digan. Resulta realmente patético ver como luego los medios afines al gobierno tratan de quitarle peso a episodios de esta gravedad, considerándolos como chiquilladas, sin ser conscientes de que no tienen nada de menores y de que, además, siguen minando la credibilidad del proyecto que encabezan los socios de coalición. La degeneración de las expectativas electorales de Podemos no es un hecho aislado, sino el producto de, entre otras cosas, contemplar la necedad diaria con la que nos regalan sus cargos y portavoces.

En un encuentro en Moncloa de hace pocos días el presidente repitió varias veces que tenía un equipazo, dentro de su gobierno de coalición progresista. Ya saben que no me gusta nada ese presunto deporte del balón y las aptadas, pero la metáfora de que el entrenador que es muy respaldado por la junta ve su cese llegar casi al mismo tiempo se me antojaba inevitable. Sánchez sabe que muchos de los que conforman su gobierno son inútiles, y que dedican el día a conspirar en contra de él. Lo más asombroso es que, si vuelve a haber remodelación del gobierno tras la, previsible, victoria y revalidación del poder del PP en Andalucía, el doctor sólo toque al lado socialistas del gabinete, como ya sucedió hace un año, volviendo a dejar en su sitio, y con sus nóminas, a los morados.