miércoles, mayo 31, 2017

Trump provoca un choque entre EEU y Alemania

Hace un par de días Angela Merkel pronunció un discurso, o mitin, no estoy seguro, en el que realizó una de las afirmaciones más importantes de los últimos años, décadas si me apuran. Dijo que “los europeos tenemos que tomar el destino en nuestras manos” queriendo dejar claro que, tras lo visto en las cumbres internacionales del fin de semana en las que había participado Trump, EEUU ya no era un socio fiable. La relación trasatlántica empieza a hacer aguas por el enloquecido comportamiento de uno de sus miembros, el norteamericano, y Merkel lazó “urbi et orbe” el grito de que Europa está sola, de que ya no podemos contar con el auxilio de Washington. De que o nos ponemos nosotros a trabajar solos para nuestro propio bien o ya nadie nos va a auxiliar.

Poco eco tuvo en los medios, a mi entender, esta afirmación, que es trascendente. Supone un grito de orfandad, una declaración de divorcio, de ruptura, en una relación que lleva décadas funcionando de manera estrecha y provechosa a ambas orillas del Atlántico. Que Europa se encuentre, de repente, sola, puede tener sus ventajas, pero no deja de ser un reto formidable, y está por ver que, dada nuestra capacidad de gestión de los problemas que nos atañen, seamos capaces de salir adelante. Lo que seguro que Merkel no se esperaba era que no sólo EEUU nos iba a dejar solos, sino que se puede llegar a convertir en un enemigo potencial para nuestros intereses. En su desquiciada visión de la vida, expresada a golpe de tweet de troll, Trump ha saltado con unas afirmaciones bastas, burdas y falaces, en las que acusa a Alemania de tener un superávit comercial injusto con respecto a EEUU y no aportar a cambio lo suficiente en los costes de la OTAN. “Y que eso se va a acabar”. Poco nos debiera sorprender ya de un personaje como Trump, pero lo cierto es que su capacidad para epatar al personal con sus disparates empieza a poner en riesgo a los humoristas que lo caricaturizan, y a guionistas de series como “House of Cards” incapaces de imaginar escenas tan absurdas, peligrosas y complicadas con las que emergen cada vez que al verdadero presidente se le pone a tiro un micrófono o el teclado de su Smartphone para escribir silbidos, más bien de pajarraco. Alemania posee un superávit comercial no sólo con EEUU, sino con gran parte de los países del mundo, pero el origen de esa ganancia competitiva está en la fortaleza de su industria y los productos que elabora, no en engañosas políticas comerciales o cambiarias que juegan a su favor. Alemania no realiza una conspiración global para colocar sus productos en el mundo, aunque sea ese un pensamiento que tanto Trump como otros líderes populistas de naciones variadas expresan. Las palabras del pobre Donald, y de esos otros líderes populistas igualmente desnortados, lo que reflejan sobre todo es una profunda envidia ante la capacidad de la economía y sociedad alemana de producir bienes y servicios de una calidad fuera de toda duda. Si los coches alemanes arrasan en EEUU no se debe a que las barreras arancelarias son favorables a los germanos, no, sino a que no hay un producto hecho en EEUU que sea capaz de competir de tú a tú con los Mercedes o BMV que suponen el techo de la aspiración del consumidor. Curiosamente es el modelo S de Tesla, la berlina eléctrica de lujo que produce el conglomerado de Musk en California, el único modelo creado en suelo norteamericano que es capaz de competir con las berlinas de lujo alemanas en el selecto mercado de la élite del estado soleado, y si es capaz de ello se debe a que es un producto novedoso, innovador, rupturista en lo tecnológico y asociado a una imagen de modernidad fuera de toda duda. Ese es camino que debe emprender la industria norteamericana si quiere vencer a la alemana, no el de las bravatas, aranceles o guerras comerciales sin sentido, que sólo logran empobrecer a todos los países envueltos en ellas y, desde luego, a los ciudadanos de esas naciones.


Pero estas declaraciones de Merkel y Trump, centradas principalmente en lo económico, muestran sobre todo una fractura política e ideológica, una separación en la forma de entender la sociedad y la vida. Hasta ahora veíamos al dirigente que ocupaba la Casa Blanca como el líder del mundo libre, el presidente de la democracia más longeva y el administrador de una nación regida por el derecho, la ley y la libertad. Eso con Trump ya no es posible. Ahora mismo es Merkel, odiada por muchos y admirada cada vez más por quien esto les escribe, la que se atreve a decir en alto que la ley, los derechos humanos y la sociedad libre son los designios que deben regir nuestra conducta como naciones. Pero, ay, Merkel carece de poder fuerte, no posee ejércitos y está en el ojo de mira de una Rusia que la puede condicionar. Terrible panorama el que se abre para un occidente convulso y dividido.

martes, mayo 30, 2017

El placer de la música barroca y los Gabrielli Consort Players

Al final este año he ido más veces al Auditorio Nacional de lo habitual. El ciclo Bach Vermut, en el que obras de órgano y viandas se programan durante varios sábados, y varios de los conciertos del “Universo Barroco” me han permitido acceder a intérpretes que escucho cuando quiero en casa pero que, en ocasiones, jamás había visto en directo. Y el resultado ha sido excelente. He estado en conciertos con Pablo Heras-Casado como director, en una memorable Pasión según San Mateo con el Collegium Vocale de Gante con Phillipe Herreweghe o, ayer mismo, en un veneciano y radiante concierto de los Gabrielli Consort & Players, dirigidos por su fundador Paul McCreesh.

El primer disco que escuché de esta agrupación está grabado en la iglesia de San Pedro de Lerma, y corresponde a la recreación de unas vísperas celebradas en esa iglesia con la presencia de Felipe III y el Duque de Lerma, valido real, a principios del siglo XVII. El disco presenta una música luminosa, potente, fresca y variada, en la que se alternan partes de la misa en canto llano, monodia gregoriana, polifonía renacentista, uso de instrumentos de viento, empleo del órgano de la iglesia y combinaciones entre varios o todos estos elementos, generando así una paleta sonora de lo más contrastada, variada y amena posible. Este disco me permitió asistir a una curiosa anécdota hace ya algunos años en Bruselas, en uno de mis muy escasos viajes de trabajo. Tras terminar las labores del día, estaba tomando algo y paseando por la Grand Place de la ciudad, siempre llena de gente y animación callejera, y un grupo de músicos tocaba algo con unas trompetas que me parecían antiguas. Tras unos aplausos y las monedas de rigor que dejaron algunos de los oyentes, descansaron un rato, y yo me fui paseando hacia otro lado cuando, de repente, empezó a sonar una música que venía de ese grupo de instrumentistas, que era justo la fanfarria de apertura del disco de los Gabrielli Consort grabado en Lerma. Me quedé paralizado y asombrado, me giré y acudí nuevamente hacia los intérpretes, escuchando aquellas notas potentes, frescas y que para muchos serían extrañas, pero que en mi casa había oído varias veces, y a buen volumen. Al acabar la pieza recibieron nuevos aplausos y monedas, a las que yo también contribuí, y saludaron a la gente con ademán de dar por acabado el “concierto”, momento que aproveché para acercarme más y, venciendo mi gran cobardía, atreverme a preguntarles cómo es que habían tocado esa pieza. Me preguntaron a ver si sabía cuál era y al decirles el disco del que provenía se les iluminó la cara. Eran miembros de una agrupación musical del norte de Italia, no recuerdo de que ciudad, y estaban por Bélgica intentando sacarse unos euros en lo que era el final del verano, septiembre avanzado, antes de volver para casa. Admiraban muchísimo a McCreesh, y eran conocedores y “versioneadores” de todas sus obras, y especialmente les encantaba ese registro grabado en Lerma y las recreaciones venecianas que ese grupo había hecho, basadas en composiciones de la familia Gabrielli, de donde habían tomado como homenaje el nombre del grupo. Les comenté que hacía poco había tenido una boda de una compañera de trabajo precisamente en la iglesia de San Pedro de Lerma, cosa que les encantó, y les conté algunas de las cosas que me había comentado el párroco sobre la visita de aquel grupo de músicos británicos tan bueno, simpáticos, profesionales y entregados a su trabajo y al cordero lechal y el vino, productos típicos de la ribera del Arlanza a cuyos pies se encastilla en un promontorio la colegiata que acoge a la iglesia de Lerma. Estuvimos un rato agradable hablando sobre la música, sobre lo alegre que era el repertorio barroco y renacentista, y lo contentos que estábamos por el resurgimiento de grupos que lo interpretaban y aficionados, cada vez más, que lo escuchábamos con deleite. Y todo ello en el marco de una Grand Place bruselense que, con música y chocolate belga, sabe a gloria.


Ayer los Gabrielli Consort, poseedores de un repertorio muy extenso en compositores y épocas, pero expertos en reconstrucciones, nos deleitaron al público presente con la música de una coronación veneciana de 1595, en la que la música de los Gabrielli, Andrea y Giovanni, aunque no solos, convirtió por un momento la ochentera y austera sala del Auditorio en un remedo de la bizantina catedral de San Marcos. Música pura, limpia y cristalina, con efectos de entrada al principio, uso inteligente de la trompetería y un conjunto vocal dúctil y exquisito tanto en las piezas de salmodia gregoriana como en las polifónicas. Una noche de lujo para despedir un ciclo barroco de un nivel y categoría extraordinaria. Antonio del Moral, responsable del CNDM para estos efectos, está realizando una labor excepcional. Gracias a él y a todos lo que hacen posibles estos conciertos.

lunes, mayo 29, 2017

Mal fin de semana para volar a Reino Unido

Colas enormes ante los mostradores, salas de embarque atestadas de gentes de medio mundo, y el otro medio, sin saber qué hacer ni a dónde ir, rostros de desesperación, hartazgo e incomprensión. Las imágenes que llegaban este fin de semana del aeropuerto londinense de Heathrow, el primero por tráfico de Europa, parecían la de cualquier terminal española afectada por una huelga de controladores o algo por el estilo, pero esta vez no era un paro de un sector laboral el causante de los males. Se trataba de una avería informática, un fallo de naturaleza desconocida que ha tenido parada a Bristish Airways durante todo el fin de semana y que aún hoy extiende sus consecuencias por otros vuelos de la compañía.
                                  
No se sabe cuál es la causa del fallo, o si en vez de ante un fallo nos hallamos ante un nuevo problema de ciberseguridad, como el que vivimos hace unos fines de semana con el famoso ataque malware, pero el resultado es más o menos el mismo. Un colapso en los sistemas informáticos de gestión, reservas, vuelo y demás operativas de la compañía que ha provocado su absoluta detención. Lo que no sería capaz de lograr avería mecánica alguna o conflicto laboral lo puede hacer el ordenador. Nuevamente tenemos ante nosotros la evidencia de hasta qué punto las máquinas ya son imprescindibles en nuestra vida, y de cómo nuestro día a día se ve plenamente condicionado a que funcionen. Suele decirse que una cadena es tan resistente como el más débil de sus eslabones, y en el caso de British se vuelve a comprobar que la informática parece ser la pieza más inestable de todas las de la compañía. El ataque de hace unas semanas nos volvió a poner sobre la mesa la emergencia de actualizar los sistemas operativos y, sobre todo, el plantearse hasta qué punto sería posible desarrollar la operativa de empresas, servicios y todo tipo de negocios en el caso de un desastre informático o eléctrico, que viene a ser algo similar. Y la respuesta parece sencilla y contundente. No es posible. Este texto que llene a través de sus pantallas se ha elaborado en otra, como el más mínimo e intrascendente de los ejemplos de trabajos que cada día realizamos en soporte digital. La mera imaginación de un gran apagón que, por ejemplo, dejara sin luz a una ciudad durante el tiempo suficiente para que las baterías de los smartphones se descargasen nos llevaría directamente a la edad de piedra, con las batallas a palos y piedras incluidas. Creo que es imposible el imaginar alternativas de trabajo, la productividad que ofrecen los soportes digitales es tan inmensa que no hay rivalidad posible, o al menos no se me ocurre, pero no podemos pensar que son la panacea absoluta o que no carecen de riesgos y problemas. A medida que más y más sectores y objetos son digitalizados crece el talón de Aquiles del software para cada uno de ellos, y por eso la necesidad de invertir en profesionales, medios y sistemas informáticos es creciente, y no se puede racanear dinero en esos asuntos. En muchas empresas, da igual su tamaño, se sigue viendo a la informática como un mal necesario, y a los profesionales que se encargan de su mantenimiento y arreglo como unos “nerd”, unos bichos raros a los que hay que soportar, y que realizan una labor auxiliar y prescindible. Qué falsa y equivocada es esa idea. Cuando la informática falla, todo falla, y el “maravilloso y vital proyecto que estamos desarrollando” (todos parecen serlo, curioso) se convierte en nada, en un vacío que no es más que una pantalla negra o, aún peor, azul, de la que no hay rastro alguno de ese apabullante powerpoint tan trascendente que todo lo iba a solucionar.


Imagino que los informáticos de British han debido de pasar uno de los peores fines de semana de su vida, casi al nivel de los pasajeros colgados en las terminales. Cuando este problema se solucione del todo la compañía aún tendrá que afrontar las recolocaciones de pasajeros de vuelos cancelados y, desde luego, las infinitas reclamaciones e indemnizaciones que se extenderán a lo largo de todas sus oficinas. Al final esta crisis “de los ordenadores” se traducirá en millones de euros de pérdidas, quizás decenas, quién sabe si cientos, que se anotarán en su balance, y quizás figuren en alguno de los powerpoints que se elaboren para los accionistas e inversores dentro de unos meses. Será una barra roja sobre, esperemos, no fondo azul.

viernes, mayo 26, 2017

El macarra de Trump por el mundo

Qué bien le ha venido a Trump la gira internacional que desarrolla esta semana para huir de un Washington en el que las acusaciones relacionadas con el contubernio ruso no hacen más que crecer. Investigadores, fiscales y medios revelen día a día noticias de enorme gravedad y ante ello, la espantada presidencial permite a Trump y su séquito vivir unos días ajenos al tumulto. Y de paso firmar infinitos contratos con las monarquías del golfo, y acudir a visitar lugares santos relacionados con las tres religiones monoteístas y asistir a las cumbres internacionales de la OTAN y del G7, en los que afirmó no creer, pero que por lo visto, considera importantes. Al menos para abroncar a los presentes.

Si alguien esperaba ayer en Bruselas a un Trump distinto al que nos imaginábamos se llevó un chasco, pero al contrario, si quería espectáculo y formas típicas de la prepotencia que ha sido marca de la casa durante toda su vida, se lo pasó en grande. La escena en la que Trumo empuja al Primer Ministro de Montenegro para ponerse delante es, además de asombrosa, una pura definición del personaje. Un comportamiento típico de macarra, de bruto de colegio, de niño malcriado que quiere su juguete, o bien un trenecito o figurar el primero en la foto, y que se salta a la torera normas, convenciones, formas y demás estilos educados de los adultos que le rodean. Esa escena resumen muy bien todo lo vivido ayer, durante la inauguración de la nueva sede de la Alianza Atlántica en las afueras de Bruselas y, de paso, un monumento conmemorativo del 11S. Muchas caras nuevas en ese encuentro, especial interés por ser la primera cita europea del recién elegido presidente francés Macron, pero sobre todo, Trump. La OTAN, no nos engañemos, es EEUU y unos mariachis europeos que aportan poco y que, hasta hace no muchos años, veían en esa organización la salvaguardia de su seguridad frente a las amenazas del oso ruso. Por decirlo de una manera muy sencilla, Europa ha subcontratado desde el final de la IIGM su seguridad a EEUU a cambio de no tener voto ni poder de decisión, y de paso ahorrarse un dineral en inversión militar. Por eso, el discurso de fondo sobre la necesidad de que Europa realizase aportaciones más importantes de sus presupuestos a la defensa común y corra con los gastos de una manera más ecuánime no es nuevo, y tiene bastante razón, y de paso serviría para garantizarnos una cierta independencia de seguridad, que ahora mismo no existe. Sin embargo, esta idea y cualquier otra, se ven completamente saboteadas si un patán como Trump pone sus manos en ella y la manosea con su estilo. La imagen de los líderes europeos escuchando el discurso de Trump, oyéndose abroncados por alguien que casi les trata como si fueran sus empleados, resultó bochornosa, y no tanto por, como algunos han comentado, la sensación de humillación ante el emperador norteamericano, que también, sino sobre todo por el destrozo, la ruptura de puentes de confianza y colaboración que cada palabra mal dicha por Trump generaba en esa Alianza Atlántica que, como un paquebote viejo, empieza a tener riesgo de naufragio en las aguas de ese océano. De golpe y porrazo asumimos que el desgobierno que se ha instalado en Washington perturba en todas las áreas posibles, no sólo la política doméstica norteamericana, al borde del desquicio. El sucio incidente de May con los servicios de inteligencia norteamericanos a cuenta de las filtraciones de información relacionadas con los atentados de Manchester nos revela hasta qué punto empieza a no ser fiable el socio más poderoso de todos los acuerdos y alianzas que tenemos firmados en el mundo. Es como para echarse a temblar.

Supongo que a Trump esto no le importa demasiado. Consiguió salir en la foto delante de todos los demás, y seguro que aún no sabe quién es el sujeto al que empujó para hacerse sitio. Y ni le importa. Su actitud y sus modos, con todo, ya ven que no son lo más preocupante de su ejercicio del poder. ¿Cuántos destrozos ocasionará este sujeto antes de que, de manera electoral o legal, sea apartado del poder? ¿Se puede permitir EEUU a un presidente que no hace sino destrozar a cada paso la imagen del país en el mundo? ¿Y los demás países de occidente, los mariachis, cómo podremos estar seguros cuando nuestra potencia “amiga” se embarca en el camino del desquicio? La gira europea de Trump nos deja demasiadas preguntas, y todas ellas muy incómodas. Ninguna es novedosa, pero cada vez urge más tratar de encontrarles respuesta.

jueves, mayo 25, 2017

¿Hay un comando yihadista en Reino Unido?

Continúa la investigación en torno al cruel atentado de la noche del lunes en Manchester. De momento están siendo detenidos los familiares directos del asesino, residentes en Libia, de donde provenía la familia, que huyó de Gadafi para encontrar acogida en Reino Unido. Se intenta saber si en la radicalización del autor estos familiares jugaron un papel activo o no tuvieron nada que ver, y cuáles eran los lazos de amistad del autor con otros individuos. Cada pesquisa de este tipo abre un árbol de confluencias y enlaces que puede llegar e espesarse muy rápidamente, impidiendo avanzar en la investigación. Muchas veces son sujetos fichados los que se encuentran en esas ramas, pero no tiene por qué suceder eso siempre, ni mucho menos.

Algunos expertos han empleado la expresión “salto cualitativo” para referirse a este atentado, tanto por su objetivo como forma de actuación, y no estoy de acuerdo. Creo que “el salto” se produce cuando uno está dispuesto a matar, cuando da ese paso en el que decide que la vida de los demás no importa. El resto son graduaciones, formatos, estilos, caminos, pero que parten de la base de que se ha decidido matar. Más allá de este debate, lo cierto es que este atentado tienen características propias que lo hacen más peligroso si cabe que los anteriores. Tras los sucesos de Bataclán de noviembre de 2015 hemos vivido en Europa numerosos ataques, pero con un denominador común, la ausencia de armamento. Individuos fanatizados, que daban “el salto” y decidían matar, pero que carecían de estructura terrorista dee apoyo, y le daban al ingenio (malditos sean) para lograr su objetivo. Coches, camiones, atropellos… esos ataques, algunos de una crueldad sádica, como el del 14 de julio en Niza, mostraban un cierto toque de desesperación y aislamiento. Parecía que, desde Bataclán, las fuerzas y cuerpos de seguridad habían logrado, al menos, impedir que fusiles de asalto, explosivo y armamento de cualquier otro tipo llegaran a suelo europeo, por lo que el balance de víctimas podía contenerse. El goteo de atropellos con vehículos ha disparado el número de maceteros y bolardos en las calles, generaba terror entre la población, y causaba víctimas, pero eran en cierta manera atentados “improvisados”. Impredecibles, efectivos, pero de una menor dimensión. Lo de Manchester nos vuelve a poner sobre la mesa un escenario Bataclán, con un sujeto que posee el acceso a un armamento, en este caso explosivo, una bomba que no es precisamente un juguete de feria, que ha sido elaborada con detalle por alguien o varios sujetos, que saben lo que hacen, tienen acceso a los materiales y disponen de tiempo y un espacio preparado para ello. En alguna parte de, lo más seguro, Reino Unido, hay un piso o una lonja en la que se montó la bomba que mató de manera tan salvaje el pasado lunes, y el miedo obvio, y racional, es que no sea esa la única bomba que se haya podido crear en esa localización, por ahora misteriosa. Encontrar ese maldito sitio es ahora mismo una de las obsesiones de la policía y ejército de las islas, y no dejan de rastrear pistas e indicios que les puedan llevar hasta allí. La muerte, más bien desintegración del terrorista, nos cierra la puerta más sencilla para saber quién o quienes le han ayudado a la hora de cometer el atentado, cómo y cuándo le fue suministrada la bomba, si fue adiestrado para utilizarla o usado como mero porteador mortal de un dispositivo que iba a explotar de todas todas. Como ven, las preguntas no dejan de acumularse y, en el fondo, hay una de ellas que rodea a todas las demás. ¿Hay un comando yihadista instalado en Reino Unido? ¿Hay una célula activa que trabaja para cometer más atentados?


La respuesta más sencilla, basada en la lógica y en las medidas puestas en marcha la noche del martes por el gobierno de Theresa May, es que sí, que la hay, y que va a volver a actuar. Y eso es lo que genera la sensación de miedo y de aumento de riesgo que se vive ahora mismo en Reino Unido. La experiencia española a la hora de desarticular comandos etarras, recuerden la permanente búsqueda del comando Madrid o el Donosti, ilustra a las claras lo difícil que puede ser desarticular una célula de este tipo, dar con sus componentes y encontrar sus infraestructuras logísticas y suministradores, y eso que en aquellos casos el terrorista, que por definición buscaba salvarse, dejaba inevitablemente pruebas tras huir del escenario de sus crímenes. Difícil reto el de la policía británica, pero su éxito se traducirá en menos atentados, menos muertes y mucho menos dolor. Ojalá encuentren pronto a este atajo de malditos criminales.

miércoles, mayo 24, 2017

Padres, hijos y terrorismo

Todos los ataques terroristas tienen un punto indiscriminado. Nos equivocamos al pensar que son selectivos cuando, como en la época de ETA, eran fuerzas y cuerpos de seguridad del estado las principales víctimas de los mismos. Ellos eran nuestra seguridad, y suponían la primera barrera que tenía que franquear el terrorismo clásico. Luego llegaría la “socialización del terror” en un documento, táctica y expresión que los malnacidos del DAESH hubieran podido copiar letra por letra. Las bombas en la calle, en los transportes, en actos públicos, en centros comerciales, son escaladas en un proceso de amedrentamiento de la sociedad, que busca doblegarla por el miedo, por la sensación de descontrol.

En el atentado de Manchester esa sensación de indiscriminación es inmensa, y se ve reforzada porque el público que se concentraba en el recinto era, mayoritariamente, gente joven, críos y familiares que les acompañaban. Era un objetivo tan fácil a la hora de hacer daño como intenso en la profundidad que ese daño puede lograr. A medida que se va conociendo el balance de víctimas descubrimos rostros e historias de chicos que bordean la decena, alguno no llega, o que están en plena adolescencia. Son vidas segadas en sus primeros brotes, algo tan cruel como el episodio del ascensor que comentábamos la semana pasada, impactante por el hecho en sí, pero también por la corta edad de las víctimas. Manchester pone de relieve que todos somos el objetivo del terrorismo, y seguramente provocó ayer reacciones encontradas en muchas familias, que a determinada hora o comieron o cenaron juntas, o sacaron un tiempo para hablar, y el tema del atentado estaría pululando en el ambiente. Ayer muchos padres y madres sentirían el atentado como propio al ver los rostros de las víctimas, y pensar que, por qué no, podían ser los de sus hijos. Quizás muchos de ellos estuvieron haciendo cola hace unas semanas en un concierto para ellos, o lo tienen pensado hacer próximamente en el verano, de actuaciones y festivales al aire libre. Y muchos chavales, a los que el terrorismo yihadista les puede sonar a algo ajeno, ayer se encontraron que las redes sociales en las que viven con tanta intensidad se llenaban de mensajes e congoja y pena, distribuidos entre otros por Ariana Grande, la cantante que actuó en la maldita noche de los hechos. ¿Cómo han reaccionado esos chicos ante lo sucedido? ¿Cómo lo han visto? ¿Qué es lo que han entendido? Si para nosotros los adultos hechos como estos nos llenan de duda, tristeza y falta de respuestas, la situación para ellos será igual o, quizás, incluso peor. Seguro que algunos padres habrán tratado de tranquilizar a sus hijos ante lo sucedido, restándole importancia, mintiéndoles a ellos y a sí mismos tratando de controlar los daños y apaciguar el miedo creciente en su interior. Es algo normal y comprensible. Otros les habrán contado algo relacionado con el fanatismo islamista, con algo que sucedió en Madrid en 2004, fecha en la que muchos de esos críos aún no habían nacido o eran bebes. En cada casa se habrá vivido una escena distinta, pero con la misma preocupación, y sensación de no entender, de no encontrar una respuesta al angustioso “por qué” que surge cada vez que un hecho atroz de estas características nos llena la actualidad y nos golpea con su furia. Quizás en muchos hogares se haya optado por el silencio, consensuado o no, buscando no sacar el tema para no generar angustia o aprovechar que los smartphones nos impiden hablar con los demás para, en un día tan amargo, que sea la ausencia de palabras la que permita cubrir, con una capa de silencio, lo sucedido.


Ayer por la noche había un concierto en el Palacio de los Deportes de Madrid, de Ricky Martin. Todo vendido, y miles de personas, unas 15.000, entrando poco a poco tras superar numerosos y, sospecho, reforzados controles de seguridad. Los testimonios de muchos de los que aguardaban para entrar en el recinto, jóvenes, padres, chicos y demás, coincidían en valorar como muy grave lo sucedido, pero en la necesidad de seguir viviendo, de no renunciar a aquello que los terroristas desean prohibir. Fácil de decir, difícil de hacer en un día como el de ayer pero necesario, como nunca, una jornada después del atentado. Hablemos de lo sucedido y compartamos, con nuestros amigos y familia, el dolor y la pena, para ayudarnos mutuamente en la desazón. No vencieron los terroristas del pasado, luchemos para que no lo hagan los de ahora.

martes, mayo 23, 2017

Atentado terrorista en un concierto en Manchester

Me levanto por las mañanas, siempre a la misma hora, y en el salón desayuno algo rápidamente mientras veo las noticias, siempre con la esperanza de no descubrir malas novedades que hayan sucedido durante la noche. Varios han sido los despertares de sobresalto, por temas políticos y, sobre todo, terroristas. La maldad no entiende de horas y lugares, y puede obsequiarnos con el dolor nada más levantarnos. Esta mañana ha sido una de esas en las que mejor hubiera sido no poner la televisión, porque cuando me acosté ayer nada había sucedido en Manchester. Y ahora ya nada se puede hacer para evitar lo que ha pasado.

Aunque hay aún bastante confusión, la explosión de al menos un artefacto a la salida de un concierto en el Manchester Arena, ha causado al menos 22 muertos y decenas de heridos. El pabellón es un recinto cubierto del estilo del Palacio de los Deportes de Madrid o el BEC de Bilbao, para que se hagan una idea. Las crónicas, apresuradas y hechas en plena madrugada, que son lo que podemos leer ahora, relatan a duras penas el pánico de los congregados aún en el pabellón, que ven y oyen un estruendo en uno de los laterales, como muestra un vídeo que he visto en el telediario, aunque era difícil apreciar algo. La gran cantidad de adolescentes y críos que estaban en el recinto, muchos de ellos acompañados de sus padres y otros adultos, ha añadido sin duda más tensión en el ambiente, más dolor a lo sucedido, y no es descartable que entre las víctimas se encuentren personas de muy corta edad. Los servicios de seguridad, seguramente preparados ante un hecho terrorista pero también más que seguro desbordados por la magnitud y la mera existencia del mismo, han procedido también a evacuar la estación central de ferrocarriles de la ciudad, en lo que parece la extensión de una operación en búsqueda de sospechosos o de posibles nuevos artefactos, sin que ahora mismo pueda decirles nada sobre las características del explosivo utilizado, su cantidad, ni si, dato muy relevante, nos encontramos ante un suicida o no. Parece ser también que, como en ocasiones anteriores, se ha puesto en marcha una red improvisada de acogida por parte de los habitantes de Manchester a los miles de personas que, residentes de esa ciudad o no, se habían quedado en la noche varados a las afueras de un estadio convertido en el centro de la devastación. Mensajes de móvil y redes puestas en marcha ofreciendo cobijo, cama, calor y consuelo a personas que, sin duda, han debido vivir una experiencia traumática difícil de imaginar. Es más que probable que las nacionalidades de los asistentes al concierto sean muy numerosas, y que pueda pasar lo mismo entre las víctimas y heridos. No he podido escucharlos bien, pero los medios empiezan a colgar testimonios de españoles que, o estaban en el concierto, o residen en Manchester, y que sin duda podrán aportar algo de luz no tanto sobre lo sucedido como lo vivido posteriormente, el despliegue de seguridad y la sensación que ahora se vive en la ciudad, conmocionada por completo por un atentado que ha roto su noche. Al contrario que en ataques anteriores, más modestos en medios y en consecuencias, aunque un muerto sea irreparable en sí mismo, la dimensión de este atentado, y el que haya sido perpetrado en plena noche le añade aún si cabe mayor angustia. Y todo a las puertas del verano, época llena de festivales, conciertos, concentraciones al aire libre y eventos de todo tipo que, desde ahora, serán observados como potenciales focos de ataque terrorista, extendiendo el miedo a todos los lugares donde uno pueda imaginar, dado que el terror no conoce fronteras. Y, también, a escasas dos semanas de que se produzcan, el próximo 8 de junio, elecciones para la renovación de las cámaras y el gobierno del Reino Unido, elecciones marcadas por el Brexit y ahora, también, condicionadas por la seguridad.


Me quiere sonar que en la novela “Mr Mercedes” de Stephen King, hay un sujeto que tras cometer un atentado con un Mercedes contra una cola de desempleados que acuden a una oficina de empleo, y matar a unos cuantos, planea un atentado similar, suicida, en un recinto cerrado, en un concierto adolescente. Finalmente el atentado es desbaratado por un policía, coprotagonista de la novela. En esta ocasión el final no es feliz, y la realidad muestra su peor cara. Toca hoy uno de esos días que se hacen duros, muy cuesta arriba, en los que la información se mezcla con la crónica forense y donde las preguntas, muchísimas, apenas encontrarán respuestas. Manchester es hoy la capital del dolor.

lunes, mayo 22, 2017

El retorno de Pedro Sánchez

Nos pasamos la vida exigiendo a los partidos políticos debate, confrontación de ideas y candidatos y, en general, formas democráticas. Y cuando así lo hacen, nos pasamos el resto del día criticando sus divisiones internas y las crisis que han aflorado. Es un poco incoherente, cuando no esquizofrénico. En este sentido el PSOE cumple plenamente todo lo dicho. Ha dado un ejemplo de democracia interna, ante los suyos y ante todo el país, y del proceso de primarias sale con unas divisiones que son objeto de análisis y siembra de cizaña por parte de todos los que se dedican a seguir los avatares políticos. Al menos debiéramos reconocerles el ejemplo democrático que han dado.

La victoria de Pedro Sánchez en la noche de ayer fue tan incontestable como amarga la cara de derrota que exhibía Susana Díaz durante su breve y esquiva comparecencia. Sánchez vuelve a la secretaría general del partido aupado por la rabia de una militancia que ven en él un revulsivo frente a las formas del aparato, que lo ha erigido como líder pese a que los resultados electorales cosechados bajo su mandato fueron desastrosos, y que confía en su palabra basada en un no a Rajoy como bandera, pese a la ausencia de un proyecto global de futuro y de una línea socialdemócrata definida. El voto a Sánchez por parte de los militantes es tanto un voto de esperanza en un nuevo PSOE como una manera de enterrar el PSOE de toda la vida. Los líderes históricos, que en su inmensa mayoría, por no decir totalidad, apoyaban a Susana, han sido derrotados con ella, y ahora están ya jubilados de facto en un partido que, en su próximo congreso federal abordará, quizás la mayor renovación de cargos internos de su historia. Pese a lo logrado, Sánchez se enfrenta a enormes retos que pueden hacer muy ingobernable su victoria. La división en el PSOE a la que antes aludía es cierta, y los susanistas, heridos pero no desaparecidos, esperarán a cobrarse alguna pieza tras lo escuchado durante la campaña electoral. Así mismo, la mayor parte del poder regional que conserva el partido lo detentan cargos, barones, afines a la línea clásica del partido, no de la cuerda de Sánchez, por lo que la cohabitación con ellos será inevitable y, veremos hasta qué punto, dolorosa. Al maremágnum interno del partido se suma un exterior muy hostil. Podemos sigue en la puerta con el lanzallamas, tratando de destruir la sede y alma del viejo partido para conseguir la hegemonía en la izquierda, su objetivo principal, como buen estalinista, y ya la primera versión de Pedro Sánchez mostró ser un débil adversario para un maquiavélico Pablo Iglesias. ¿Habrá aprendido algo Sánchez de aquella traición? ¿Será ya consciente de que Podemos no es sino el peor adversario del PSOE, y que sólo busca su desaparición? El PP quiere ganarle, pero también le necesita, sin embargo Podemos aspira a laminarlo, hacerlo desaparecer. A todo este lío, de muy difícil previsión, se junta la crisis global que atraviesa la socialdemocracia en toda Europa. Elección tras elección los partidos socialistas europeos pierden poder y se convierten no en minorías, sino en irrelevancias. En la próxima cita, 8 de junio, le puede tocar el turno al laborismo británico. ¿Se enfrenta el PSOE a un escenario similar? Son dos las alternativas posibles. Una, la que desea Sánchez, la portuguesa, en la que el PSOE remonta, se convierte en claro líder de la izquierda y, sumando apoyos del resto de partidos, logra el gobierno. La otra, la que muchos temen, la francesa, en la que el PSOE, con un candidato radical, provoca la marcha de los votantes tranquilos del partido a otras opciones (¿Ciudadanos?) y cae por completo en el ostracismo, dejando el grueso de la izquierda en manos radicales. ¿Será Sánchez el Benoit Hamon español? Sólo el tiempo lo dirá.

Hay un aspecto de este proceso que no puedo eludir comentar. Sánchez, Díaz y López han sido votados por sus militantes, 180.000 personas, un número ridículamente bajo del censo electoral. El grado de afiliación política en España es bajísimo, y esa muestra de militantes probablemente no es representativa de la población. El que haya ganado el candidato de la militancia, mucho más radicalizada que la media, en vez de el electorado, puede ser una de las causas por las que el PSOE no logra remontar el voto. En todo caso, la decisión está tomada, y ahora queda por ver cuál es la versión de Sánchez que se nos muestra esta vez y, sobre todo, qué respaldo electoral logra cuando haya elecciones, que no se prevén en breve.

viernes, mayo 19, 2017

El Brexit dinamita los cimientos liberales de Reino Unido

Aún dura el suspiro de alivio que se generó tras la victoria de Macrón en las presidenciales francesas. Una candidatura abierta, moderna, que no vendía un discurso del miedo, anclada en principios liberales, europeístas y modernos. Cierto es que queda la “segunda vuelta” que son las legislativas, pero la ola Macron puede lograr que su formación saque el resultado necesario para que la Asamblea Nacional le permita gobernar tranquilo. Y de paso, poder arreglar los problemas de Francia, enormes, representados entre otros por esos millones de votos que obtuvo la candidatura extremista de Le Pen, el polo opuesto, en todo, a lo que representa Macron.

Al otro lado del Canal de la Mancha también hay elecciones en junio, y el panorama se presenta bastante distinto. Qué absurdas paradojas. Tradicionalmente Francia ha representado el espíritu proteccionista, la “grandeur” mal entendida, el chovinismo y la mirada altiva frente a los demás, y Reino Unido ha sido cuna de liberales, de mentes abiertas al mundo, el lugar en el que el comercio, la ley y la libertad han estado por encima de todo, la isla a la que uno podía huir en busca de exilio cuando en el continente la cosa se ponía fea. Pues bien, ahora el panorama parece haberse invertido por completo, lo que no sólo me parece absurdo y triste sino, sobre todo, incomprensible. Las elecciones británicas renuevan la Cámara de los Comunes, donde se elige a cada representante por sufragio mayoritario en cada uno de los cientos de distritos electorales en los que se parcela el país. Las encuestas auguran una victoria arrolladora de los conservadores de May, que encarnan cada vez con más fuerza al pacato nacionalismo excluyente, en este caso inglés, frente a unos laboristas perdidos y divididos. El laborismo se presenta con un programa radical, si entendemos como tal a propuestas fracasadas ya en los ochenta, y con el Brexit como bandera, lo que es antagónico para sus principios internacionalistas. Sólo los liberales demócratas presentan un programa abierto, antibrexit y proeuropeo, pero su fuerza es escasa y, de darse la muy anunciada mayoría absoluta conservadora en Westminster, de nada les servirá sacar algunos escaños más o menos. Quedan tres semanas para los comicios, fijados el 8 de junio (sí, es un jueves, eso ya dice mucho de aquel país) y la última propuesta conocida de May y los suyos va completamente en la línea del Brexit y la exclusión. Consiste en duplicar para las empresas el coste de contratación de un extracomunitario. Para todo empresario existen, allí, aquí y en todas partes, impuestos asociados a la contratación de un trabajador, se llamen cotizaciones sociales o de cualquier otra manera. Pues bien, para frenar la inmigración en el país, en lo que parece ser la única obsesión que tienen los conservadores en la cabeza, May anunció ayer que los impuestos a pagar por el empresario serán el doble si contrata a un no inglés no comunitario que a un inglés o comunitario. Y dejó caer que, de momento, los comunitarios no se verían afectados, por lo que muchos suponen que no tardará mucho tiempo el futuro gobierno conservador en extender esta medida, o alguna similar, a los trabajadores que, directamente, no sean británicos. A falta de saber más detalles, esta medida afectaría a trabajadores norteamericanos, australianos, hindúes, y muchos otros países con los que el Reino Unido posee enormes vínculos, y no sólo por su pertenencia a la Commonwealth. La tasa sería un claro caso de discriminación por origen y nacionalidad, una medida de un marcado corte racista que se basaría únicamente en el origen, en el pasaporte del individuo, no en sus estudios, capacitación, valía laboral o experiencia. Me parece una idea aberrante, equivocada, retrógrada y todos los adjetivos peyorativos que ustedes quieran imaginar.


Así que, si nada cambia, y parece muy poco probable que eso suceda, a partir del 8 de junio habrá en Londres un gobierno sostenido por mayoría absoluta en el Parlamento que tendrá como principal guía de actuación no sólo el Brexit, sino la nacionalidad de los individuos, su origen, y todo ello en un país que se va a enfrentar, cada vez con más tensión, a procesos de ruptura en Escocia e Irlanda del Norte. En la patria de los liberales Adan Smith, David Ricardo o John Locke el poder cada vez se vuelve más retrógrado, cerrado y, sí, racista. La primera ministra se apellida May, pero amenaza con llevar a sus islas al invierno ideológico. Es muy triste ver que todo esto suceda.

jueves, mayo 18, 2017

Truena sin cesar sobre Washington

A eso de las cuatro y cuarto de esta mañana diluviaba en Madrid, con rayos y truenos, y toda la aparatosidad asociada a una tormenta de las buenas. Las aceras de mi barrio eran el fondo de improvisados cauces sobre los que el agua corría desatada, arrastrando todo lo que encontraba a su paso. Fogonazos en el cielo anunciaban estampidas y otorgaban a la noche un aire caótico, y las gotas, gordas, caían con estrépito sobre la balsa de agua que se había formado en el suelo. Era bonito verlo desde la ventana, a sabiendas de que no iba a entrar en casa, una vez que todas las ventanas están cerradas como es debido. Fuera, el caos.

Sirva este hecho real de hoy como metáfora de lo que ahora mismo sucede en Washington, en la presidencia de un Trump que no deja de sorprender, aunque quizás ese calificativo ya no sea el más adecuado. No, Trump ya no sorprende. Irrita, indigna, genera estupor, pueden ser conceptos más adecuados para describir las sensaciones que produce su estancia en un despacho, el oval, y una casa, la Blanca, que cada día se ven mancilladas por su actitud. El último episodio, y uno de los más graves, tiene que ver con la reunión que mantuvo en ese despacho con el ministro de asuntos exteriores rusos, Sergei Lavrov, de la que se mandaron algunas fotos a la prensa. Se les ve sonrientes y cómplices. Y si uno sabe los rumores que existen al respecto de la conexión rusa, esa complicidad se torna en connivencia. Al día siguiente de ese encuentro, el Washington Post lanza la exclusiva de que Trump ha compartido secretos sobre seguridad y terrorismo con el canciller ruso, sin haber consultado previamente a sus asesores de seguridad ni a otros organismos de inteligencia. La noticia es un bombazo, y pone en bandeja de los enemigos de Trump la acusación de traición. Durante unas horas todo son desmentidos oficiales, por parte del general McMaster, asesor de seguridad de Trump, otros miembros de su gabinete, e incluso fuentes rusas. Pero al poco de ponerse a tuitear como cada día, Trump confirma que ha compartido esos secretos, porque entra dentro de sus competencias, y le ha parecido lo más correcto. La noticia era cierta. Esto, unido al cese del anterior responsable del FBI, del que ya hablamos aquí hace algunos días, ha generado una tormenta enorme en la capital federal, y cada vez son más los miembros de las cámaras, demócratas y republicanos, que consideran que la actitud de Trump es oscurantista en todo lo que tiene que ver con la conexión rusa, y que esa sombra no hace sino crecer y agrandarse a cada día que pasa. Y la mera asunción de que Rusia hubiera podido influir en las elecciones norteamericanas es de una gravedad tal que marea a los que se ponen a pensar seriamente en ella. En un movimiento pensado para aplacar la presión creciente, Trump ha nombrado un fiscal especial para que investigue todo este asunto, en su totalidad, y de manera independiente. No quiero aquí recordar, dada la experiencia que vivimos ahora mismo en España, sin ir más lejos, sobre lo independientes o no que pueden ser los fiscales, pero la nula actitud de limpieza que Trump ha mostrado sobre este asunto (y la verdad es que sobre cualquier otro) hacen sospechar que ese fiscal, si realiza su trabajo de manera competente, será presionado, cesado, relevado y sancionado por la ira tuitera de un personaje que no es sino el reflejo de las adustas formas que emplea. Y en ese sentido, reconozcámoslo, Trump no engaña a nadie.

Lo cierto es que la política norteamericana vive una situación de parálisis, o al menos desconcierto, que era completamente inimaginable. Trump parece ser muy rápido y hábil a la hora de concertar acuerdos que expandan sus negocios y los de sus hijos, en una muestra de nepotismo presidencial digna del peor cesarismo romano, pero todo lo demás ofrece una imagen de descontrol, de improvisación, de desgobierno. Las peticiones de “impeachment” crecen día a día, y en breve veremos cómo se nos vuelve a explicar el funcionamiento de esta figura constitucional norteamericana con el affaire Clinton Lewinsky. Cada vez se habla más del momento Nixon, el del abandono ante el acoso judicial y las evidencias de delito, pero está por ver que Trump tenga la gallardía que, en su último día en el cargo, exhibió el malhadado Richard.

miércoles, mayo 17, 2017

El Wanna Cry y la guerra electrónica

Si recuerdan, hace ya algunos meses, también en viernes por si quieren pensar en coincidencias, se produjo un ataque informático que tiro los servidores de las principales redes sociales del mundo. Facebook, Twitter y otras tantas marcas en las que pasamos y perdemos demasiado tiempo de nuestras vidas, dejaron de prestar servicio por un ataque planificado, que usaba dispositivos del internet de las cosas, carentes muchos de ellos de protección, para lanzar peticiones de servicio infinitas y colapsar los servidores de destino, en un formato de ataque de diseño bastante clásico. No recuerdo si se llegó a saber quiénes fueron los autores de aquello ni el objeto que se buscaba, pero fue un hecho sonado, y preocupante.

El viernes pasado se produjo otro ataque masivo y global, pero de características más complejas y peores intenciones. En este caso se trataba de infectar los ordenadores con un software malicioso que encripta la información que en ellos se contiene, impidiendo el acceso a la misma, y solicitando un rescate económico a cambio de las claves que permiten la desencriptación. Es un acto de chantaje puro y duro, enmascarado bajo nuevas tecnologías, pero que responde al clásico “la bolsa o la vida” dado que para particulares y empresas actualmente la vida son sus datos. El procedimiento de ataque también fue más perverso y malicioso que en ocasiones anteriores, ya que se dirigió principalmente contra grandes empresas y consorcios públicos, que mantienen conexiones con miles, millones de usuarios, y permiten que la propagación del virus que atenta contra la información sea lo más rápida, efectiva y sonada posible. En España fue Telefónica la empresa en la que se cebó el ataque, pero en reino Unido resultaron ser sus hospitales y resto de la red sanitaria los más afectados. A medida que el viernes avanzaba sus horas el contagio era más global, y los daños económicos crecientes. Quien quiera que hubiera planificado el ataque parecía que no se iba a forrar en exceso con los bitcoins recaudados a cambio de recuperar la información bloqueada, pero sí había logrado extender por medio mundo el miedo al ataque, y la sensación de vulnerabilidad más absoluta. Poco a poco este episodio dejaba de pertenecer al puo mundo hacker para adentrarse claramente en el de la extorsión, la delincuencia y la política. Vista la envergadura del ataque, y sus consecuencias globales, una de las preguntas que ya estaba en boca de todos el viernes por la noche era si los autores de semejante hecho habían contado con el soporte de un estado, o al menos una agencia de inteligencia nacional. Las primeras miradas se dirigieron a los sospechosos habituales, Rusia y China, pero esa hipótesis perdía fuerza a medida que sistemas financieros y de servicios públicos de estas naciones caían víctimas de la infección. El descubrimiento por parte de un joven informático de una vía para impedir la propagación del virus, junto a la constatación de que la puerta de entrada de este ataque era un agujero de seguridad de Windows conocido desde hace meses, y que Wikileaks había revelado como una de las puertas que usaba la NSA para entrar a espiar los ordenadores de medio mundo otorgó a todo el episodio las características de una buena serie de distopías cibernéticas, dejando a los guionistas de ficción en pañales ante lo que los informativos iban contando. A lo largo del fin de semana muchas voces empezaron a apuntar a Corea del Norte como el país que pudiera estar detrás de todo este tinglado, pero como es obvio en este caso nada han confirmado ni desmentido las autoridades de ese oscuro régimen. Se limitaron a hacer una prueba balística la noche del sábado para meter miedo y no han dicho ni palabra del asalto informático.


Hay que reconocer que los atacantes tienen un cierto grado de humor, sádico si quieren, dado que han llamado a su virus maligno “Wanna cry” que en inglés quiere decir “quiero llorar”, sentimiento que sin duda embargará a quienes vean su ordenador, y su contenido, tomado al asalto por estos piratas y duden sobre si podrán recuperar sus contenido. Si leen esto es que su ordenador les funciona y sirve como prueba de que lo mismo sucede con mi equipo del trabajo, por lo que tenemos la oportunidad de, hoy mejor que mañana, actualizar la copia de seguridad de los archivos y así minimizar riesgos y preocupaciones. Habrá más ataques como este, porque me da que la red ya es otro campo de batalla más, junto a la tierra, el mar y el aire. Y será muy difícil saber de dónde provienen estos ataques. Y también defenderse.

viernes, mayo 12, 2017

Bankia y el papel del regulador

Ayer el juez Fernando Andreu dio por concluida la instrucción del caso Bankia, otra muestra de que, lenta pero segura, la justicia avanza, y redactó un escrito solicitando penas y preparándolo todo para la apertura del juicio oral. La cúpula de la entidad corre con todas las acusaciones posibles, encabezada por Rodrigo Rato y Jose Luis Olivas, este último expresidente de la valenciana Bancaja, una de las piezas que formaron el Frankenstein bancario. En su escrito, Andreu exime de culpa a dos instituciones muy relevantes, el Banco de España y la Comisión Nacional de los Mercados y Valores, la CNMV, y creo que ahí se equivoca estrepitosamente.

Una democracia, y una economía de mercado, requieren de instituciones fuertes y solventes. Hasta los fanáticos más acérrimos del liberalismo saben que son imprescindibles unas instituciones mínimas que, por ejemplo, velen por el cumplimiento y defensa de los derechos de propiedad. La dimensión y el alcance de dichas instituciones es objeto de debate desde hace siglos y, aparecer, de imposible acuerdo, pero es innegable su importancia. En economía, el papel de los reguladores es aún si cabe más importante, porque en todo momento en el mercado se encuentran agentes que poseen distintos grados de poder, incentivo, motivación e información. Si estos reguladores no hacen bien su trabajo será inevitable que unos acaben estafando a otros. Y la solidez, independencia y coherencia del regulador nos dirá mucho sobre la calidad de esa economía de mercado, de hasta qué punto es algo así o se parece más a un casino o a lo que también se conoce en la literatura, y no sólo ahí, como capitalismo de amiguetes. Si quieren leer algo ameno e instructivo al respecto, no se pierdan “Por qué fracasan los países” de Daron Acemoglu, James A. Robinson, una joya de libro. Pues bien, el caso Bankia es un ejemplo, también de libro, de fallo de los reguladores, de fracaso en su papel de vigías y controladores en todos los puntos en los que debían haber estado atentos y les correspondía por sus competencias. A quien más culpa se le puede atribuir en todo esto es al pobre Banco de España, cuyos inspectores ya advirtieron que las cuentas de Bankia eran menos creíbles que las charlas homeopáticas, y que era altísimo el riesgo de quiebra de una entidad a todas luces inviable. Esos avisos, que circulaban por el caserón de Alcalá, no fueron escuchados por los directivos de la entidad, prestos al servicio del gobierno de turno y, si fueron oídos, se olvidaron con la misma velocidad con la que el dinero se perdía en la antigua Caja Madrid. Una vez que el Banco de España da su incomprensible visto bueno, entra en escena la CNMV, al producirse la salida a bolsa de la entidad. No éramos pocos los que decíamos que eso era un disparate, y que iba a arruinar a los que, pobres, cayeran en esa trampa. Es labor de la CNMV proteger al pequeño accionista no de las pérdidas, porque el riesgo es de quien se mete en la bolsa, pero sí de las estafas, cuando se vende como sólida y segura una acción de una entidad que estaba en la quiebra. Se admite ahora que el folleto explicativo de la salida a bolsa estaba lleno de inexactitudes, datos falsos y mentiras enormes, que en definitiva era un bulo para captar a ingenuos y desplumarles en la esperanza de que fuera su dinero el que salvara a la entidad y, por supuesto, a sus dirigentes. Y ante semejante riesgo, la CNMV no hizo nada, Avaló todo el proceso, le dio una aura de seguridad y permitió que pequeños (y no tanto) accionistas cayeran en la trampa de Bankia. Tanto por acción como por omisión, los dos organismos reguladores fracasaron en sus labores, no hicieron lo debido, contribuyeron a aumentar aún más la dimensión del problema, y perdieron gran parte de su imagen y prestigio en el desastre que se produjo pocos meses después del inicio de cotización de la entidad.

Por ello, es incomprensible e injusto que ambas instituciones no sean acusadas en el escrito de instrucción, porque su parte de culpa tienen, y no poca, en todo lo sucedido. Seguramente fueron presiones políticas de primer nivel las que les obligaron a actuar así, pero aunque eso explique lo sucedido, ni las justifica ni, desde luego, exculpa. La acusación popular, con Andrés Herzogg a la cabeza, ya ha dicho que va a recurrir el auto para que esos dos organismos se sienten también en el banquillo, den explicaciones claras y se enfrente a la justicia, para que esta decida las penas que les corresponden por su negligencia y traición a la trascendental labor que tienen como partes fundamentales a la hora de crear mercado y delimitar sus funciones. El fallo institucional de Bankia fue de primera magnitud.


El lunes 15 es fiesta en Madrid y me cojo de vacación el martes 16. Si no pasa nada raro, nos leemos el miércoles 17, con los previstos calores de mayo

jueves, mayo 11, 2017

Perder la vida en el hueco del ascensor

Suelo saltar en los ascensores. Cuando estoy solo en ellos pego pequeños botes, o más bien hago como sentadillas para tratar de entrar en resonancia con el bamboleo de la cabina y amenizar un poco el viaje. A veces esta oscila un poco en su sube baja y el movimiento generado es bello. En la oficina, trabajando en la planta 21 como lo hago, es casi imposible coger ascensores vacíos y son de grandes dimensiones. Mi peso no les supone trabajo alguno y, pese a que mis compañeros de trabajo saben que me gusta hacer cosas de estas, ni lo intento, ni ante ellos y, mucho menos, desconocidos, sabiendo que hay personas a las que les produce claustrofobia el mínimo viaje en cabina cerrada.

Quizás por eso la noticia del accidente de ascensor en el que han muerto dos adolescentes en Madrid se me hace más cercana y, paradójicamente, lo más absurda posible. No se me ocurre algo más seguro que un ascensor, sobre todo comparado con las peligrosas, resbaladizas y propensas a tropezones escaleras, que siempre están ahí esperando la torpeza más tonta. No están aún muy claras las causas de lo sucedido, y lo que se habló en un principio de caída del suelo de la cabina ahora parece convertirse en desprendimiento de una de las paredes laterales, y con ella gran parte de la estructura. La instalación pasó la inspección reglamentaria hace poco más de un año y aparentemente todo estaba bien. Serán los técnicos y profesionales los que determinen qué es lo que ha fallado en este caso, muy extraño, pero eso no me importa tanto como el mazazo, total, que para las familias y amigos de los fallecidos ha supuesto esta muerte, tan inesperada e injusta como absurda. Los chavales, que al parecer eran pareja, se dirigían al ático del edificio, dónde en compañía de otros amigos iban a celebrar el final de los exámenes. Una fiesta de estudiantes, diecisiete años, el largo verano al alcance de la mano y pocas, o quizás ninguna, preocupación significativa en sus vida. Una edad y época en la que lo peor que puede suceder es que un examen salga mal o te encuentres con un compañero de clase que te haga la vida imposible. No quiero imaginar la escena de los amigos que, estando ya en el ático del edificio, empiezan a enterarse de lo que ha sucedido, y su reacción. No quiero pensar en las familias de los dos chicos que, en un momento dado, a una hora convencional, reciben una llamada que romperá para siempre sus vidas, y les quitará gran parte de su sentido. No alcanzo a recrear el tráfico de mensajes que entre todos los compañeros del colegio empezaría a circular a los pocos minutos, contando una noticia más propia de una mala película norteamericana de adolescentes que de una cálida tarde madrileña en el principio de mayo. Ni puedo hacerme a la idea de las caras y sentimientos de los profesores, personal del colegio y otros profesionales del centro, algunos no les conocerían, a otros les sonarían, quizás los más tuvieron trato intenso con ellos. Habría quienes les aprobaron o suspendieron asignaturas, les ayudaron por las tardes en algún refuerzo, les impartieron clase uno o más cursos. Entre toda esa comunidad escolar, que es como una gran familia mientras el curso está en desarrollo, los mensajes y sentimientos de dolor debieron correr esa tarde a la velocidad que sólo el miedo y la angustia son capaces de proporcionar. La realidad de lo sucedido superaría con mucho a todos ellos, la incomprensión ante un accidente absurdo, la pena por la pérdida y la sensación de vacío existencial que supone perder a unos compañeros, amigos, alumnos, en una edad en la que, como flores de mayo, despuntan sus vidas hacia un futuro que se les abre de par en par. Proyectos, ideas, sueños, ilusiones, primeros amores, carreras laborales… todo empezando a brotar y, de la manera más incompresible, segado de raíz por la fatalidad.


Ayer, en el colegio en el que estudiaban los chavales, se realizó un acto religioso colectivo en su memoria, recuerdo, homenaje y despedida, tratando de arropar a las familias y allegados ante un dolor que, sin duda, les desborda. La fe religiosa que guía al centro escolar puede servir como consuelo y bálsamo en horas tan oscuras como estas, pero no es capaz de cubrir el foso, el hueco infinito que se ha abre cuando unos padres ven como su hijo se pierde en la oscuridad de la muerte de una manera para la que no hay explicación, ni técnica ni de ningún otro tipo. Sólo el tiempo hará que la pena se diluya, que se mitigue, pero nunca desaparecer, y el hueco dejado por ese ascensor en las vidas de los allegados me temo, nunca se cubrirá del todo. DEP

miércoles, mayo 10, 2017

El FBI ya no es lo que era

En las películas norteamericanas, la aparición de “los federales” supone que el caso pasa a mayores, que es grave y peligroso, y es la antesala de que entren en escena los servicios secretos cuando los extraterrestres o los islamistas andan cerca. En general el FBI es puesto ante los ojos del espectador como un cuerpo de servicio y poder, pero se le trata bien, y pocos son los casos en los que esos federales aparecen como intrusos, abusones de poder, conspiranoicos y, en definitiva, un peligro para la siempre pacífica sociedad rural estadounidense, pese a que en cada película, o serie, un crimen ande rondando entre los pacíficos matojos y graneros de turno.

A lo largo de este último año, sin que tenga muy claras los por qué, el FBI ha destruido gran parte de su imagen, no sólo para los que observamos la política americana desde fuera, sino sobre todo para el propio ciudadano norteamericano, que ha visto, o es la sensación con la que se ha quedado, que los federales están al servicio de algunos intereses inconfesables, políticos en muchos casos. La gestión del caso de los correos de Hillary llevó a que todos los demócratas acusaran al FBI de connivencia con la campaña republicana o, incluso, con la mano negra rusa que parecía estar presente en todo momento. La decisión de su director, James Comey, anunciada muy pocos días antes de las elecciones de noviembre, de reabrir el caso de los correos asestó un durísimo golpe, quizás el último necesario, a una campaña demócrata que se las creía felices, pero que no estaba transcurriendo exactamente como se esperaba. Tras esa jugada, y la posterior victoria de Trump, los demócratas expresaron públicamente su reprobación a Comey y, con él, a todo el FBI, una de las instituciones más importantes, y soporte del sistema norteamericano. Con la mitad de la cámara en contra, reforzada en su opinión tras la decisión de Trump de prorrogar el mandato de Comey (pago a servicios prestados, gritaban los desherados de Hillary) el asunto ruso seguía en el foco. La destitución de Michael Flynn, primer consejero de seguridad de Trump, por sus vínculos con embajadores rusos, avivó aún más el caso, y el FBI decidió intervenir, anunciando la aperetura de una investigación oficial para saber qué hay de cierto en todos esos rumores y determinar si, en verdad, Putin y sus espías intervinieron de alguna manera en la campaña electoral de 2016. Esto alivió parte de la presión que se vivía en el FBI desde el bando demócrata, pero la alentó por el republicano. Muchos seguidores de Trump, que ahora ya copan puestos de poder en Washington, bramaron contra esa decisión de los federales, acusándolos de dar crédito a bulas e insidias, cuyo último fin era deslegitimar la honesta e incontestable victoria electoral de Trump. En medio de un griterío creciente, sólo una cosa era segura en Washington, y es la pérdida de confianza por parte de los dos partidos respecto a una sacrosanta entidad, que había pasado de ser aliada del poder a enemiga, a elemento conspirativo, quién sabe si fuera de control o, lo que es más interesante, controlada por oscuros intereses. Nuevamente, y visto desde fuera, el espectáculo resulta apasionante a la par que asusta lo suyo, por el componente de lucha fratricida entre poderes que asoma en un Washington dividido, oscuro y para nada referente de legitimidad y sensatez. La posición de Comey en medio de este lío era cada vez más precaria, asaetado por unos y por otros. Quizás su táctica en este instante fuera la de esperar a que las agua amainasen un poco y, en función de la investigación “rusa” determinar qué hacer con su carrera. Pero los acontecimientos se lo han llevado por delante. Ayer, de manera fulminante y sorpresiva, Trump le destituyó.


Y claro, la bronca que hay ahora mismo en EEUU es monumental. Todo el mundo acusa a Trump de ejercer este movimiento para paralizar la investigación rusa, y es un bandazo de primera, porque como antes señalaba Turmp le renovó en el cargo al poco de llegar a la Casa Blanca, lo que se interpretó en su momento como un pago a servicios prestados por el destape de los correos de Hillary esos pocos días antes de las elecciones. ¿Qué esconde este cese? ¿Sería tan burdo Trump como para hacerlo por la investigación rusa, dejándose a sí mismo al aire? A saber, pero lo cierto es que el ambiente no deja de enrarecerse en Washington y, con ello, la impresión de descontrol que cada vez impera más en la política norteamericana. Malo.

martes, mayo 09, 2017

Monteverdi, Zweig, y el día de Europa

Hoy, 9 de mayo, se cumplen al menos dos conmemoraciones muy distintas pero que tienen una cierta relación. Hace cuatrocientos cincuenta años, en la ciudad italiana de Cremona, nacía Claudio Monteverdi, uno de los músicos más importantes de la historia. Famoso por sus composiciones religiosas, lo es aún más por sus colecciones de madrigales profanos y por ser el creador de un género, la ópera, de la que su Orfeo puede considerarse el primero de los ejemplares. Ejemplo de personaje renacentista donde los haya, Monteverdi crea arte y belleza en una Europa que despierta del letargo medieval y empieza a creer nuevamente en sí misma.

Hoy también se celebra el aniversario de la llamada Declaración de Schuman, del año 1950, en la que se expone la idea de la creación de una Unión Europea a través de la realización de acciones concretas, modestas quizás, pero encaminadas todas ellas hacia la forja de la Unión. Ese sueño, el de la unidad del continente, tiene su base principal en la pesadilla de la guerra, en tratar de que lo sucedido durante la primera mitad del siglo XX, con las dos horribles guerras mundiales, que pueden ser vistas como una larga y ocnstante guerra civil europea, no vuelva a repetirse nunca. Schuman, Monnet, Adenauer y otros personajes de la época sobrevivieron al horror de la guerra y se conjuraron para que no volviera a darse nunca. ¿Y cómo lograrlo? Los intentos pacificadores en Europa a lo largo de los siglos se habían basado en un modelo imperial en el que un país dominante “pacificaba” al resto invadiéndolo, lo que siempre acababa muy mal. Francia y Alemania se habían relevado el último siglo y medio en el papel de imperio poderoso que mantiene al resto subyugados, después de que España jugara ese mismo papel en siglos pretéritos. Los firmantes del 9 de mayo escogen otra vía, la de la cooperación. Tratan de eliminar las barreras comerciales y políticas entre las naciones europeas para aumentar los lazos que las unan, y las aten juntas. Saben que, tras las murallas del castillo que los separa, los alemanes, franceses, belgas, españoles, ingleses, italianos, son todos iguales. Ciudadanos que aspiran a ser libres, prósperos y tratan de ganarse la vida y buscar lo mejor para sí mismos y sus seres queridos. El hacer esas fronteras cada vez más altas y gruesas fue la razón, durante siglos, de que la percepción de cada una de las naciones, vista desde las otras, fuera distinta y, habitualmente, peor. Derribemos esos muros, comerciemos, conozcámonos, veamos que compartimos similares sueños y deseos, y poco a poco, unámonos. Ese era el mensaje de los firmantes de 1950, su sueño para evitar ver otra vez el continente sumido en la tragedia. Hoy, sesenta y siete años después, su aspiración es una realidad, llamada UE, que sufre achaques serios, quizás por su edad, probablemente por su funcionamiento, pero que mantiene viva la llama de la esperanza que se alumbró hace ya varias décadas. Es el experimento de cooperación más duradero, en el tiempo e intensidad, de los desarrollados en el continente en toda su historia, y no ha necesitado tanques invasores ni legiones pretorianas que ocupen territorios y quemen cosechas. No. ¿Es la UE algo perfecto? Ni mucho menos. Trabajar día a día por su mejora, por su solidez, por evitar errores y hacerla más intensa y útil a los ciudadanos es la obligación que debe regir todas las tareas de los que trabajamos por y para ella, y del conjunto de los ciudadanos de la UE, porque la UE también es nuestra. La victoria del domingo de Macron, su entrada en la explanada del Louvre al son del himno de la alegría de Beethoven, himno oficial de la UE, fue como un bálsamo tras tantas malas noticias surgidas estos últimos años. Esa música gloriosa nos obliga a trabajar con empeño en la construcción y mejora de la UE, para ponernos a su excelsa altura.


Coincide también estos días en la cartelera una película sobre los últimos años de vida del escritor Stephan Zweig, filme modesto pero muy interesante, que les recomiendo. Zweig fue un europeísta convencido, profundo, que conoció una especie de mundo sin fronteras durante unos años de su vida, que gozó de un enorme y merecido éxito por su producción literaria, y que huyó del continente a medida que la pesadilla nazi iba anegando corazones, ciudades y vidas. Su final, en Petrópolis, exiliado, muerto en la cama junto a su amante, suicidados ambos ante la desesperación de ver a su Europa del alma destruida bajo el yugo de la esvástica, es un recuerdo de lo que pudo ser, de lo que se perdió. Hoy, y todos los días, trabajemos por construir la Europa que nos de cobijo, trabajo, libertad, democracia y justicia. En nuestras manos está.

lunes, mayo 08, 2017

Macron ya es presidente de Francia

Una vez oí decir a alguien, no recuerdo quien, que los franceses, en su revolución, habían decapitado al Rey, pero que se habían quedado con las ganas de tenerlo, y por eso la república que habían creado elegía cada cierto tiempo a un monarca, dotado del poder, boato y pompa de los antiguos borbones. Viendo las escenas de ayer en París, en la noche, con la pirámide del Louvre de fondo, que enmarcaban a un Macron poderoso, dándole el aire y aura de presidenciable, uno no podía sino compartir esa impresión. Francia, en estos aspectos, mantiene unas costumbres y maneras de imperio de toda la vida, aunque ya no lo sea.

Tal y como se esperaba, Macron ganó las elecciones, con una diferencia superior a los veinte puntos sobre Le Pen, que parece mucho, pero apenas es nada. El último duelo comparable, el de 2002, que enfrentó a Chirac contra Le Pen padre, se saldó con la victoria de la democracia frente a los totalitarios por más de sesenta puntos. Desde entonces el radicalismo del Frente Nacional no ha ido sino aumentando su poder en una Francia, y Europa, convulsa y desnortada. Le Pen perdió, sí, pero se sabe ganadora de un amplio respaldo, y de lo que se ha llamado la “desdiabolización” de su movimiento, el que sea considerado como otro partido más, cuando no lo es. Pese a la derrota, puede considerarse satisfecha, y eso es una mala noticia, y nos tiene que hacer reflexionar sobremanera el que tanta gente en un país tan rico y culto como Francia vote a una opción no ya rupturista, sino simplemente neonazi. Macron ha ganado, lo que es una muy buena noticia. De todos los candidatos que se presentaban a los comicios, era mi favorito, por su discurso proeuropeo y por presentar una imagen que combina la renovación con la seriedad. Creador de un movimiento a su servicio hace apenas un año, con sólo 39 cumplidos, MAcron ha protagonizado el más fulgurante ascenso al poder en Francia visto desde la época de Napoleón, y está por ver si acabará de una manera tan sonada, aunque es casi seguro que sea de forma mucho más pacífica. En el semblante del discurso de ayer asomaba una seriedad, fruto quizás de la responsabilidad por el cargo que asume, y de miedo por lo que le viene. Habló a los reunidos en la explanada del Louvre para recordarles que los retos que tienen por delante son inmensos, y en verdad que los son. Recibe una Francia temerosa ante el terrorismo, dividida y con tendencias extremistas muy poderosas en lo político, partida en dos entre las grandes ciudades europeístas y globalizadoras frente a un interior que añora viejos tiempos y ve en la apertura de fronteras todos sus males, y una economía nacional que, aun siendo muy poderosa, poco puede hacer frente a la desatada potencia de su vecino alemán. El reto de Macron es, cierto, inmenso, lo que unido a las expectativas que ha deparado lo hace más proclive a la decepción que al éxito, pero cierto es que en la biografía de este hombre abundan los saltos al vacío que siempre acaban en mullido colchón de rosas, y que una vez que ha alcanzado la presidencia no tiene por qué tener muchos reparos a la hora de poner en marcha las medidas de política que ha anunciado, medidas que de momento son un mejunje entre izquierda y derechas, liberalismo y social democracia, lo que no tiene que ser necesariamente algo malo. Las recetas hay que usarlas con inteligencia, y ante unos problemas buenas son unas, y mejores otras ante restos distintos. En la elección de su primer ministro y gobierno veremos las primeras concreciones de su discurso y por dónde va a caminar en los próximos meses.


El sistema francés, pese a ser muy presidencialistas, tiene una asamblea nacional elegida por sufragio universal, como nuestras cortes, que también decide mucho. La elección de esa asamblea tendrá lugar en junio, dentro de un mes, y es casi seguro que en ella Macron no tendrá mayoría, lo que le obligará a pactar y ceder. De hecho tendrá que conseguir candidatos para las circunscripciones de manera apresurada, dado lo improvisado de su movimiento. En esa elección de junio se volverá a ver la fuerza que pueda tener Le Pen, la izquierda dividida y la derecha clásica, herida por la división y corruptelas varias. Volverá a ser un momento determinante para la política francesa. De momento, ayer sonó el himno de la UE en la explanada del Louvre para recibir a Macron, y eso me sabe a victoria.

viernes, mayo 05, 2017

Macron, la última barrera contra Le Pen

Tras una semana preludio del verano, el cielo madrileño amanece cubierto, cálido, tormentoso y con aires tropicales, amenazante de lluvias que empiezan a caer sobre un suelo reseco y preludio de los previstos rayos y truenos para hoy. Es una descripción bastante ajustada de lo que ahora veo por la ventana de la oficina, y sirve también como metáfora ante la segunda vuelta de las elecciones francesas del próximo domingo. Parece que el panorama es más despejado de lo que se esperaba hace unas semanas, pero pese a ello la tormenta Le Pen sigue ahí, amenazante, y si esta vez no descarga no hay garantías de que no lo vuelva a hacer en el futuro.

En el debate televisado de este miércoles pudimos ver claramente a dos formas de entender la política y de ejercitarla. Una, encarnada en Macron, la clásica, la posibilista, la moderada, la que busca solucionar problemas, con mayor o menor acierto, con posibilidades o no de lograrlo, que suscita adhesiones, rechazos o indiferencias, pero que encuentra justificaciones, motivos y razones en las que basar sus supuestos. Frente a ella, Le Pen enseñaba esa imagen visceral, dura, mesiánica, del apóstol cegado por la fe, del creyente que se sabe en posesión de la verdad absoluta, la lideresa del discurso amargo, vitriólico, despiadado, sin concesiones. La que no duda porque ve la vida en blanco y negro, y en ella sus remedios e ideas son la panacea para todos los males, la que no se corta a la hora de insultar y acusar a los que a sus ideas se oponen con todo tipo de bulos, falsedades o maledicencias, porque sus ideas son la verdad, y quienes no las siguen no son dignos de mostrarse en su presencia. Dicen las encuestas posteriores al enfrentamiento que Macron ganó a una Le Pen que se mostró muy como es ella, sin acudir a ningún tipo de disimulo, pero lo malo es que los votantes de Le Pen son fieles, seguidores incondicionales de su líder, y no se ven influenciados por debates y otro tipo de argumentos, en general por nada que suene a argumentado. Y en frente, los votantes de Macron, los que lo sean por convicción y los que lo hagan por utilidad o rechazo a la otra fuerza, dudan, se piensan su voto, no acuden a la urna como a una comunión de valores, a refundar una nueva sociedad limpia y pura de manos de la encarnación de Juana de Arco, que es como se ve a sí misma Le Pen. Frente a la fe, la duda. Me encontraran siempre en este segundo bando, pero lo cierto es que a la hora de votar el creyente de Le Pen no falla, y el dudoso de Macron, o de otras formaciones, lo hace. Es de esperar que en las elecciones del Domingo Le Pen pierda, por un margen de unos veinte puntos, como señalan casi todos los sondeos. Pudiera parecer una victoria holgada, pero no lo es. Refleja un país dividido, profundamente agrietado, con un electorado que, en una proporción enorme, cuatro de cada diez, afirma que escogerá una formación radical, negacionista, que insulta las creencias en las que se basa la república que tanto dice defender, y que posee un programa electoral lleno de falsedades e ideas chuscas, reaccionarias y peligrosas. El que tanta gente esté dispuesto a escoger esa opción política indica la dimensión del problema político que afronta Francia, y otros tantos países de occidente, donde ideas de este tipo, se vistan de izquierdas o derechas, cosechan un gran respaldo popular. Hace ya unos cuantos años, cuando Le Pen padre pasó a la segunda vuelta de las presidenciales, fue Chirac el candidato que se impuso y concitó el voto contrario a los bárbaros. Ganó con un ochenta por ciento de los sufragios, veinte puntos menos de los que se estima podrá conseguir Macron. En estos años la fuerza del Frente Nacional se ha duplicado. Eso es una nefasta noticia, se mire como se mire.


Y lo más peligroso, si me apuran, es el futuro. Macron es la última bala que queda en la recámara para poder impedir la victoria de Le Pen. El hundimiento de la izquierda moderada, la deriva radical de una izquierda que duda si apoyar o no a Macron, mostrando su irresponsabilidad ante un momento tan decisivo, y la caída de la derecha tradicional, enfangada en corrupción y engaños, hace que sea el nuevo, novato y misterioso Macron el último dique para impedir la inundación de Le Pen. Ojalá muchísimos millones de votos marquen la distancia entre ambos candidatos este próximo domingo, pero de lo sucedido estas semanas, de los mensajes de unos y otros, las convicciones a la hora de frenar al mal y las cobardes equidistancias, todos hemos aprendido mucho.

jueves, mayo 04, 2017

El PNV triunfa en la negociación de los presupuestos

Al César lo que es del César, y lo demás para el PNV. Este podría ser un buen resumen del acuerdo alcanzado entre el PP y los nacionalistas vascos para que estos voten a favor del presupuestos presentado por Montoro en el Congreso hace apenas unos días. Con la suma de Ciudadanos y Coalición Canaria, los votos de las cuatro formaciones que apoyan las cuentas alcanzan los 175, la mitad de la Cámara. En la tramitación de las enmiendas a la totalidad, que solicitan el rechazo completo de las cuentas, señala el reglamento que si hay hasta tres empates en la votación de las enmiendas, estas quedan desestimadas. Si nadie se equivoca al votar, eso es lo que pasará.

Les decía yo a algunos jubilados que conozco en Elorrio, cuando les veía tomar algo en el hotel, que fruto de la negociación que ya estaba en marcha el PNV sacaría dinero suficiente para forrar los batzokis (sedes sociales del partido y el consabido bar) de mármol, y cambiar el aglomerado de las barras por nogal, lleno de nudos. Al final el resultado ha sido aún más exitoso para los nacionalistas de lo que hubiera imaginado. No sólo han conseguido dinero para que continúen las obras del tren de alta velocidad, paradas desde hace tiempo por falta de fondos en lugares como, sin ir más lejos, Elorrio, sino que también se ha alcanzado un acuerdo global sobre el cupo, una de las figuras fiscales más extrañas y complejas que existen en nuestro ordenamiento jurídico, y que muy muy resumidamente significa el importe que pagan las haciendas forales vascas, encargadas de recaudar los impuestos, a la Administración General del Estado por el coste de las competencias no transferidas que son ejercidas por el gobierno central en el territorio del País Vasco (puertos, aeropuertos, aduanas, prisiones, etc) y en el servicio general de la nación (embajadas, ejército, misiones diplomáticas, etc). El acuerdo implica una rebaja en las cuantías que se abonarán a la caja común en los próximos años y un reintegro porque, del acuerdo, se llega a la conclusión de que al gobierno vasco le salía a “devolver” en los últimos ejercicios fiscales. Esa devolución, de 1.400 millones de euros, era una aspiración que el PNV tenía desde hacía mucho tiempo, y que ni en sus mejores sueños llegó a pensar que podría lograr, y menos tras la debacle financiera generada por la crisis en todas las administraciones recaudadoras, tanto forales como nacionales. El resultado de las elecciones de verano abría la posibilidad a que los números, tan ajustados en el Congreso, le dieran al PNV el peso preciso para ejercer un poder de negociación como no se veía desde los años de las débiles mayorías del final de González y el principio de Aznar. Conscientes de ello, y siendo como son expertos negociadores, el equipo peneuvista ha desarrollado una estrategia muy fina y que ha culminado con un enorme éxito por su parte, estrategia que empezó por no votar la investidura de Rajoy, para ofrecer así una imagen distante, y siguió por una negación pública de unas conversaciones que, evidentes, se estaban dando en privado. El apoyo que el PP ofreció en la cámara de Vitoria a los presupuestos del PNV, un apoyo no determinante para que salieran adelante, pero sí muy útil, era un gesto previo de hasta qué punto estaban avanzadas esas negociaciones. Finalmente ayer, casi con el sonido de la bocina sobre el reloj, llegó el acuerdo presupuestario, y la tranquilidad para Rajoy, que se basa en la aprobación de estas cuentas y, si no hay nuevo acuerdo en meses, la más que previsible prórroga de las mismas para el año que viene, lo que ofrecería un panorama de dos años despejados de elecciones, si no surgen sorpresas ni “Lezos” que enchironen a medio gobierno. Una ventana de oportunidad para relajar el ambiente, asentar una economía creciente, pero con debilidades, y unos partidos, especialmente PP y PSOE, que necesitan sosiego y tiempo para rearmarse.


¿Cómo calificar el acuerdo? Eso depende de la ideología de cada uno y de a qué partido se defienda en los escritos. Los periodistas muy pro PP, que siempre han condenado estos pactos cuando los hacía el PSOE, lo calificarán ahora como “ejercicio de responsabilidad”, “muestra de visión de estado” y otras expresiones similares para taparse las narices y no criticarlo como desearían. Los pro PSOE, pues más o menos lo contrario, y es probable que enarbolen la bandera de la “cesión”, “componenda” e “insolidaridad” porque no lo ha firmado su partido. A mi juicio, el acuerdo es genial para los intereses del País Vasco, excelente para PNV y PP y malo para la economía española, como lo son todos aquellos que detraen recursos de todos para dárselos a uno sólo. Pero cierto es que aporta estabilidad, necesaria. Y que era inevitable si no queremos nuevas elecciones. Escojan ustedes, pero no se dejen llevar por las siglas.

miércoles, mayo 03, 2017

Coches de Cabify quemados en Sevilla

Imposible saber a ciencia cierta cuánto dinero se habrá facturado a lo largo de este puente en la feria de Sevilla, que ha empezado su nuevo calendario este año tras la votación del año pasado. El encendido se realiza la noche del sábado, se extiende la duración a una semana completa y, en este 2016,la coincidencia del puente del 1 de mayo, y el festivo del dos madrileño, ha abarrotado la ciudad que, según las crónicas, ni puede ya dar más de sí ni recaudar más. Cientos de millones de euros se manejan en los titulares con una facilidad tan pasmosa como sonante. El negocio en el real y en toda la urbe es completo.

En este contexto se supo ayer de la quema de varios vehículos de la empresa Cabify que se habían desplazado a la ciudad para reforzar el servicio. Cabify es una empresa que alquila vehículos con conductor para prestar servicios de movilidad, con licencias denominadas VTC. Es decir, al contrario que Uber u otras empresas de la llamada economía colaborativa, es un negocio regulado y, por llamarlo así, convencional. Eso sí, es competencia de los taxistas, dado que ofrece un servicio equivalente, y no sería de extrañar que fueran sujetos relacionados con el mundo del taxi los que han sido los responsables de este acto vandálico que retrata muy bien a sus ejecutores y pone aún más en entredicho la imagen y el futuro de un sector, el del taxi, que puede verse abocado a la desaparición en un plazo no muy lejano. En Madrid, por ejemplo, al competencia al taxi se ha disparado por, al menos, tres frentes. Por un lado, los servicios de Cabify, que operan dentro de la legalidad más absoluta. Por otro están las plataformas de alquiler de vehículos eléctricos, dos en este momento (Car2Go y Emove) a la que se ha sumado hace apenas una semana otra empresa que alquila motos eléctricas. Estas tres plataformas funcionan sólo dentro de la M30, primer anillo de circunvalación de la ciudad, pero son muy activas. Y una tercera vía de competencia es la que supone Uber, con su plataforma de conductores asociados, que trabaja en una situación legal algo más compleja y polémica que las anteriormente citadas, pero que funciona día a día y tiene elevada demanda. Por lo tanto, en el plazo de apenas un par de años, y gracias principalmente a la explosión del uso y utilidades asociadas a los smartphones (geolocalización incluida) un sector tradicional, regulado, que ejercía un monopolio de facto sobre el transporte urbano privado como el taxi, que sólo tenía como competencia al transporte público, ha visto como le han surgido, casi de la nada, alternativas que socaban su posición dominante. Los precios de las licencias de taxi, habitual indicador de hasta qué punto el mercado para el que se adquirían era cautivo, tradicionalmente disparadas, han tocado techo y empiezan a caer, porque el sector ve que los años de oro del negocio declinan y empiezan a ser historia. Y todo esto se produce antes de que los vehículos sin conductor, de los que tanto se habla, puedan llegar a nuestras calles y vidas. Se menciona la fecha de 2020, apenas tres años quedan, como la que verá hecha realidad la existencia de ese tipo de vehículos plenamente autónomos, lo que en el argot se denomina nivel 5 de autonomía, en los que no es necesario que el coche disponga de mandos para que el usuario pueda usarlos. Sea en ese año o no, lo cierto es que la tendencia a la autonomía y automatización de los trayectos va a más, y esto va a suponer una revolución inmensa en todo lo que tiene que ver con la movilidad, la mayor desde que se inventaron los propios coches, hace un siglo. Taxistas, chóferes de autobuses, transportistas, camioneros, el número de sectores profesionales potencialmente afectados por esta revolución es enorme y, las consecuencias económicas de la misma pueden serlo aún más.


Por ello, me temo, veremos muchas más acciones de terrorismo ludita como la que hemos presenciado este fin de semana en Sevilla. Muchos coches autónomos, cuando lleguen a nuestras vidas, serán perseguidos y destruidos por aquellos a los que su implantación condene al desempleo y, desde luego, elimine privilegios que hasta ahora parecían intocables. Mi consejo a esas personas es que vayan preparándose desde ya, buscando alternativas, porque el proceso que viene parece imparable y la idea de ir quemando coches por las calles sólo les va a traer perjuicios adicionales, de imagen y de todo tipo. No se cómo serán las ciudades dentro de diez años si los coches autónomos funcionan como dicen, pero casi me atrevo a asegurar que las carísimas licencias de taxi apenas valdrán nada.