martes, junio 30, 2020

Iglesias y la tarjeta chamuscada


Es curioso como ciertas historias que parecían muy claras y obvias se enredan y acaban por parecer algo muy distinto a lo que prometían. No sólo en las series hay giros de guion inesperados, sino que la realidad también los ofrece. Enrevesa las tramas, sí, pero las hace más atractivas. Lo que parecía una vulgar operación de acoso a un líder político emergente, la luz que guía a Podemos hacia la tierra prometida, el líder supremo Pablo Iglesias, encabezada por el sucio personaje que se esconde tras la denominación de “comisario Villarejo” se está transformando en una historia de muchas aristas en las que Villarejo sigue siento sucio e Iglesias muestra que no le va muy a la zaga en maldad, cosa que no es sorprendente.

Antes de las elecciones de 2019, qué lejos que da eso, el caso de la tarjeta sustraída al móvil de Dina Bousselham, asesora de Iglesias, era sencillo de interpretar, y obvio el rédito político que los morados sacaban del mismo. Una operación de las cloacas para desprestigiar a Iglesias y a su formación para impedirles el ascenso al poder, o si a él llegaban, bloquear su ejercicio. La tarjeta de ese móvil acaba en manos del director del grupo editor de la ya extinta Interviú y éste se la da a Iglesias, que tiene una prueba de cargo para enarbolarla en la bandera de “los de abajo frente a los de arriba”: Con Villarejo de por medio todo es posible y la trama antipodemos es coherente. Electoralmente poco éxito le saca Iglesias a la historia, dado que sus resultados en cada elección menguan, a la par que lo hace el control estalinista de su persona y familia sobre la formación política. Sin embargo en las últimas semanas se han ido conociendo nuevas noticias de este asunto de la tarjeta y el proceso judicial que está abierto al respecto. ¿por qué hay un juez de por medio? La causa se judicializa cuando se descubre que la tarjeta fue entregada finalmente a su dueña deteriorada, destruida por un tercero, en lo que es un delito contra la propiedad de la información. Como se suponía que la tarjeta contenía información privada que afectaba tanto a Bousselham como a Iglesias (vaya vaya, el líder supremo y su corte de admiradoras) el juez abre procedimiento y, entre los perjudicados, incluye a Iglesias, en coherencia con lo que comentaba al principio de la teoría del chantaje de las cloacas. Pero hete aquí que la cosa cambia cuando Bousselham declara ante el juez que fue el propio Iglesias el que le devolvió la tarjeta deteriorada. Vaya, el perjudicado con la carga de la prueba destruida. Eso es más raro. Controlada en todo momento por una abogada de Podemos muy cercana al círculo del líder, Bousselham cambia de versión declarada y busca exculpar a Iglesias, pero el juez ya está mosqueado, y empieza a sentir que la historia no es lo que parecía. Los medios afines a Podemos y sus redes sociales se encuentran ante un problema, y tras algunas vacilaciones, cambian de registro y se dedican a atacar con saña a la versión del juez, manteniendo en todo momento la idea original de las cloacas y que todo es una retorcida versión que trata de incriminar al inocente hombre corriente encarnado en Iglesias. En paralelo, Iglesias crea para Bousselham una web digital de noticias, denominada La última hora, que se presenta como un medio independiente al servicio de la ciudadanía, al que sólo le falta el logotipo arcaico de diseño soviético para ser el Gramma o Pravda en versión hispánica. Día tras día surgen nuevas informaciones sobre el caso, audios de las declaraciones de una Bousselham que se ve acorralada entre el juez y su líder y mensajes en los que se ve connivencias entre la fiscalía e Iglesias.

¿Hubo un intento de chantaje sobre Iglesias por parte de Villarejo y alguien más? Muy probablemente ¿Contenía esa tarjeta material que podía servir para chantajear al líder y Bousselham, y quizás a alguien más? Casi seguro. ¿Actuó Iglesias de manera oscura con esa información durante los muchos meses que tuvo la tarjeta en su poder? Parece que sí ¿Alguien más que todos ellos posee copias de esa información “interesante”? Muy probablemente sí. ¿Es Bousselham la pieza más frágil de la trama y la que ha cometido el error de destaparla? Parece probable. El locuaz Iglesias no dice nada desde hace varios días, y eso como mínimo es muestra de que algo oculta el líder, la luz que guía y señala siempre, sólo, la verdad.

lunes, junio 29, 2020

Para Carlos Ruiz Zafón


Hace dos viernes, mientras estaba aún trabajando en casa y escuchaba la edición matutina de La Cultureta, con Carlos Alsina y resto de equipo, saltó la noticia del fallecimiento de Carlos Ruiz Zafón, en Los Ángeles, ciudad en la que residía, víctima de un cáncer del que apenas yo sabía de su padecimiento. Los culturetas improvisaron algunas palabras en medio de la sorpresa general por la noticia, por la marcha de un hombre joven de cincuenta y cinco años. A lo largo del día, en los telediarios, la noticia fue comentada y se hicieron semblanzas de su vida, pero de manera breve, apresurada, sin dedicarle un espacio de relevancia especial. Y luego apenas nada.

Zafón ha sido el escritor español que más ha vendido en todo el mundo de las últimas décadas, y es probable que en toda la historia moderan su registro sea inigualable. Autor de eso que se hace llamar Best Sellers, Zafón reventó el mercado global con “La sombra del viento” una novela especial, mezcla de géneros, anómala en el panorama narrativo español, y que fue subiendo en ventas poco a poco, gracias a las recomendaciones de los lectores, sin que una campaña de publicidad la elevara a los cielos. Hubo un momento en el que La Sombra era omnipresente en estantes, pasajeros de metro, estancias de espera. Para entonces ya me la había leído y me dejó encantado. Es un libro excelente de un autor distinto a los anteriores, poseedor de un mundo propio, mezcla de realismo y fantasía. La novela atrapa y hace imposible dejarla, gracias al ritmo con el que está construida y a los personajes que la pueblan, hallazgos encadenados que se sienten tan reales como el peso de las cubiertas del ejemplar en los dedos de la mano. Zafón explotó, su éxito fue arrollador, pero eso no permitió conocer mejor a un autor distinto, que no jugaba a ser autor en el mundo de la autoría nacional. Desde un primer momento se distinguió por no ser mediático, por conceder pocas entrevistas, no jugaba al escondite, pero desde luego rechazó por completo subirse al carro de la promoción mediática. Ya entonces vivía en Los Ángeles, muy lejos del mundillo cultural español, con el que apenas compartía experiencias. No participaba ni en polémicas ni en manifiestos, ni se prodigaba en actos. Las contadas ocasiones en las que acudía a la feria del libro madrileña o al Sant Jordi requería un espacio separado del resto por la avalancha de lectores que ansiaban obtener su firma. Esta distancia, probable fruto de una introspección, junto al arrollador éxito que arrastraba, fueron sin duda casa de envidias y recelos por parte de otros autores y personas pertenecientes al mundo de los libros, en el que se viven los mismos gozos y sombras que en el resto de mundos empresariales, donde son las personas y sus deseos profundos los que lo condicionan todo. Zafón era alguien “de fuera que había reventado el mercado, y ya se sabe que en muchas ocasiones el éxito se ve mal (sobre todo por parte de los que no lo poseen). Libro que se vende mucho, libro malo, se suele pensar, y a veces es así y a veces no. En el caso del éxito de Zafón, nada más lejos de la realidad. Posteriormente publicó la continuación de La Sombra, en tres novelas más, que en conjunto forman una tetralogía dedicada al cementerio de libros olvidados, o a una Barcelona imaginaria en la que un letraherido quisiera perderse el resto de sus días. Las novelas que siguen al gran éxito inicial son buenas, pero no tanto como la primera, cosa que suele suceder cuando pasa el tiempo y la sorpresa de lo visto por primera vez se diluye, pero en conjunto forman un cuerpo literario de primera división, encabezado por una novela que merece pasar a la historia de la literatura española y universal, que es todo un logro y que encandila a todo aquel que se haya atrevido a comenzarla.

El éxito de La sombra sirvió para que se reeditaran novelas de juventud del autor que fueron vendidas con éxito menor. Tres de ellas conforman la llamada trilogía de la niebla, y son muy recomendables, especialmente una, Marina, un fabuloso cuento con aires góticos que es un prodigio de narración, emoción, suspense y poder evocador. Sólo por Marina Zafón merecería muchos premios. Luego llegaría su éxito global. Se ha muerto el autor pronto, bastante sólo, sin recibir ninguno de los grandes premios de la literatura española. Y a buena fe que los merecía, porque el autor que logra aunar crítica y público es aquel que triunfa de verdad. Zafón ha hecho disfrutar a millones de lectores en todo el mundo y, a buen seguro, los ha creado nuevos. Sus obras no acabarán en ningún lugar olvidado, ojalá su recuerdo tampoco.

viernes, junio 26, 2020

Acuerdos necesarios


Les comentaba hace unos días que daba la sensación de que el diapasón de la bronca política se estaba serenando, que había menos ruido en el ambiente. Esta semana que se está acabando ejemplifica muy bien esta sensación. No se si se debe a que desde hace unos días ha empezado la cosa esa de pegar patadas a un balón que anestesia a la gente, o a la sensación de vacaciones que se expande por todas partes o a la liberación del encierro, o quizás, lo menos probable, a una entrada en cordura de parte de nuestra dirigencia, pero lo cierto es que el clima es más sereno, cosa que se agradece, y en el surgen pactos necesarios, que ayudan a todos.

Ayer tuvimos dos ejemplos de esto, dos frutos de distinta dimensión y una guirnalda, si quieren, para decorarlo todo. El gran acuerdo es el de la prórroga de los ERTEs, que se extienden hasta el 30 de septiembre. La gran discusión aquí ha sido sobre cuánto debía aportar el gobierno a la hora de subvencionar estas bajas, teniendo en cuenta la sangría de dinero que supone para las arcas públicas. Finalmente, tras días de largas reuniones, presenciales y telemáticas, se ha llegado a un compromiso en el que el gobierno mantiene pagos, aunque de menor cuantía, y las organizaciones sindicales y patronales han formado un texto que compromete a todos en la salvaguarda de unos empleos que siguen estando en la cuerda floja. La herramienta de los ERTE, fruto de la tan criticada reforma laboral de Rajoy, está permitiendo subsistir a miles de empresas y millones de empleos que, forzados durante el estado de alarma y ahora por el derrumbe de la demanda, habrían quebrado sin solución, condenando al desempleo a millones de personas que ahora, agarrados a esa última esperanza, pueden tener una opción de no acabar en el paro. Es una herramienta modélica, costosa para las arcas públicas, pero que tiene gran impacto social y puede hacer que empresas viables salgan adelante, que es de lo que se trata. El diálogo social se fracturó cuando el PSOE firmó aquel vergonzoso documento con Bildu en una de las prórrogas del estado de alarma, que tanto alarmó a toda la sociedad. Patronal sobre todo, y sindicatos también, todos los agentes se sintieron ninguneados por un gobierno que, en aquel momento, tocaba fondo en su incompetencia e indignidad. Reconstruir los puentes de diálogo ha sido una tarea difícil en la que muchos han trabajado en la sombra, y parece que tano Garamendi por la CEOE como Díaz desde el Ministerio de trabajo han hecho mucho para que esa mesa de concertación se pudiera volver a reunir. El otro acuerdo tuvo lugar en el Congreso, en la votación del proyecto de ley de nueva normalidad, nombre horrendo, que contó con el respaldo de una amplia mayoría de la cámara, y el rechazo del independentismo catalán y de Vox, lo que es un aval para considerar correcto lo aprobado. Finalmente no será un decreto ley, sino un proyecto sujeto a enmiendas, como solicitaba el PP, y esa votación de ayer, de bastante más de doscientos sufragios positivos, ejemplifica cómo se pueden hacer las cosas si hay voluntad cuando la necesidad apremia. Y lo hace, con la pandemia aún no controlada, con rebrotes constantes, un futuro incierto y la economía en la UCI, sostenida por respiradores como el de los mencionados ERTE. La guirnalda, por llamarlo así, es el apoyo del gobierno y del PP y Ciudadanos a la candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo, un puesto de relevancia difusa, pero cierta, y que sobre todo sería útil para apuntalar la posición de la propia Nadia en el gobierno frente a las veleidades de Iglesias, que ahora parece estar más ocupado en salvarse del olor morado de las cloacas que le pringan con forma de tarjeta de móvil chamuscada que en conspirar contra otros miembros de su propio gobierno.

¿Puede aguantar mucho este clima de sosiego? No lo se. Es probable que el verano sea propicio para que la estabilidad se mantenga, descontando que los resultados de las elecciones vascas y gallegas sean los previstos, y que en septiembre vuelva el jaleo con la necesidad de aprobar unos presupuestos y todo lo relacionado con Cataluña, estando la inhabilitación de Torra y la posible convocatoria electoral por delante. Eso sí, todo a expensas de lo que suceda con el virus y sus rebrotes y su posible segunda ola. El calendario ahora está condicionado por ese minúsculo ser que nos sigue teniendo en jaque. Ser conscientes de ello es la única manera de afrontar los días y meses que tenemos por delante.

jueves, junio 25, 2020

El tamaño del agujero


Nadie duda de que esto del coronavirus nos va a provocar una gigantesca crisis económica, distinta a las anteriores en su origen y desarrollo, pero devastadora en cifras y consecuencias. Hacer vaticinios sobre cuánto va a durar y cómo se va a salir es jugar a adivinos de los del oráculo de Delfos, cuyos mensajes sólo se podían interpretar a posteriori. Puro chamanismo, cuando ni ahora mismo estamos seguros de si los rebrotes van a dar al traste como la mínima temporada de verano que teníamos pensado realizar. El comportamiento del virus, lo que nosotros hagamos en lo personal y el desarrollo de la vacuna serán los determinantes.

Pese a ello hay organismos que están obligados a predecir, lo que en estos tiempos es tirar unas cifras al aire y olvidarse de ellas, para dentro de tres meses volver a tirarlas, más debajo de lo que se tiraron en la anterior ocasión. El FMI es de los que así están obligados a actuar, y ayer presentó un nuevo cuadro de perspectivas globales que es, la verdad, un cuadro. La economía global caerá un 4,9% en este aciago 2020 y serán las áreas desarrolladas las que experimenten los mayores retrocesos, con una zona euro que perderá el 10,2% del PIB y dos países, Italia y España, a la cabeza de las economías más dañadas por este siniestro, con derrumbes ambos del 12,8%, seguidos por el -12,5% de Francia y el 10,2% de Reino Unido. Puede que estas cifras se aproximen a lo que finalmente acabe sucediendo, o puede que se queden cortas, o lo menos probable, pequen de exageradas, pero en todo caso describen un panorama desolador, en el que la única nación que experimenta un crecimiento del PIB es China, con un anémico 1%, pero que sabe a gloria bendita en comparación a lo que mostramos el resto de naciones. Estas perspectivas tienen un supuesto de fondo que no se si está explícito o no, y es que no habrá segunda ola, es decir, que los rebrotes que vivimos no irán a más y que las economías tocaron fondo cuando decretaron los cierres en primavera, y a partir de ahí el proceso de recuperación será continuado, con altibajos, pero firme. No se apunta el FMI a una figura de la crisis en forma de V en la zona euro, dado que estima que en 2021 esta área crecerá un 6%, poco más de la mitad del derrumbe previsto, pero sí se apunta a la V global dado que para ese 20201 pronostica un crecimiento del 5,4%, espoleado por China, con subidas del 8%. Reitero, en este escenario la pandemia estaría, económicamente, acabada ya, y en el año 2021 el efecto de la vacunación sería la principal puerta para que la economía se recuperase con la vuelta a la normalidad de muchísimos sectores de actividad, pero a día de hoy, ya finales de junio, nada de eso se puede dar por seguro. Todos esperamos que las múltiples vacunas que están en pruebas sirvan dentro de unos meses y otorguen inmunidad por el tiempo suficiente como para que se pueda recomponer el tejido productivo, pero hoy en día eso no existe, lo que existe son rebrotes, y las esperanzas de que naciones como la nuestra puedan salvar algo de la temporada veraniega empiezan a temblar a cada nuevo foco de contagio detectado. Que los tres países europeos más afectados seamos Francia, Italia y España no es casualidad, sino fruto de nuestra dependencia de un sector, el turismo, en el que somos los líderes mundiales en visitas e ingresos, y que ha sido arrasado por el virus. Los viajes de este verano van a ser muy escasos, y piense usted los que supone para un país como el nuestro que los algo más de ochenta millones de turistas que nos visitaron el año pasado no lo hagan este. Sectores enteros de actividad y territorios completos del país viven del turismo, por no hablar de las cuentas públicas. De ahí que en la foto del FMI salgamos destrozados. Y recuerden, todo esto suponiendo que ya hemos dejado atrás lo peor.

La verdad es que maldita la suerte que tenemos en este país con las crisis económicas. La pasada nos pilló de pleno, con una gran burbuja inmobiliaria y con las tensiones de la deuda soberana. Encontramos en la internacionalización y el turismo las palancas con las que recomponer nuestra estructura y finanzas, y ahora el coronavirus nos las ha quebrado, de momento. Tanta mala suerte no es por casualidad, sino por las debilidades de nuestro modelo productivo, que exacerban el daño que las crisis nos provoca. Y como no nos ponemos de acuerdo ni para decir la hora del día como para soñar que alguna vez replanteemos algo de ese modelo, intensifiquemos la inversión y nos modernicemos como es debido.

miércoles, junio 24, 2020

Las bazas de Ciudadanos


Con las últimas prórrogas del estado de alarma se pudo ver un incipiente giro en la política nacional que puede tener continuidad, o no, en función de cómo se desarrollen los acontecimientos. De hecho han sido dos las cosas que han resultado políticamente interesantes durante el llamado proceso de desescalada. Una es la disminución de la bronca política, que llegó a hacerse irrespirable en un determinado momento, inflamando parte de las calles. En ese instante Vox y Podemos, dos fuerzas extremistas, rupturistas, populistas y tan parecidas como aparentemente opuestas dominaban el discurso, y lo convertían en algo bronco, sucio, evitable. Parte de esa ira se ha suavizado y sus protagonistas devaluados.

La otra cosa interesante es el viraje de Ciudadanos, o más bien su intento de rentabilizar los diez escaños que tiene en el Congreso tras la debacle de las elecciones de noviembre. La trayectoria de Ciudadanos se estudiará en las escuelas de política, de cómo logrando en abril de 2019 un resultado espectacular su dirigencia, con Albert Rivera a la cabeza, naufragó, emborrachada de aspiraciones. Como en la escena clásica de la Odisea, Rivera oyó el tentador canto de las sirenas que le decían que superaría al PP, y se lanzó al agua embriagado por el mensaje. Y ahí se ahogó, políticamente hablando. En noviembre ciudadanos quedó laminado, perdiendo cuatro quintas partes de su representación electoral, y desde entonces estaba noqueado, como no podía ser de otra manera. El arranque de la legislatura, con el pliegue total del PSOE a las exigencias de Podemos y Esquerra le dejaba a los de Arrimadas, ya sola en el liderazgo, sin alternativas. Pero llegó la pandemia y lo cambió todo. A medida que se hacían necesarias nuevas prórrogas del estado de alarma y que el gobierno perdía apoyos el papel de Ciudadanos empezó a aparecer como uno de los relevantes, y en un momento dado Arrimadas decidió arriesgar, y ofrecer sus votos al gobierno para una de las prórrogas en las que ya estaba claro que sus socios de investidura se comportaban como los insaciables chantajistas que son. Esta decisión provocó reacciones de todo tipo, y sonoras críticas, tanto desde el entorno de los socios nada fiables como desde las propias filas de Ciudadanos, que vio como personas significativas que aún se mantenían desde la etapa anterior, como Juan Carlos Giraulta o Marcos de Quinto dejaban escaños, cargos y militancia, opuestos a las decisiones de Arrimadas. Desde medios afines al PP se han dado muchos palos a Ciudadanos por esta postura y esos palos han ido a más a medida que otras prórrogas han salido adelante con su voto y que empieza a vislumbrarse un posible acuerdo a futuro de presupuestos en el que los votos de Ciudadanos serían decisivos. Las críticas de esos medios inciden mucho en el papel de tonto útil que representan Arrimadas y los suyos, y el favor que le hacen a un Sánchez a quien lo único que le importa es él mismo y su supervivencia personal. Desde los medios afines al gobierno se alaba en letra pequeña el gesto de Ciudadanos y se les mira con displicencia, después de haberles criticado con saña en el pasado por todas sus decisiones, y como el partido es pequeño y carece de influencia mediática no he visto a ninguna cabecera que respalde su postura y apenas algunos columnistas que alaban lo que Arrimadas está tratando de hacer. Si con cincuenta escaños no había periódicos de Ciudadanos, con apenas diez ni les cuento lo que renta apoyar desde una tribuna escrita a esa formación.

¿Acierta Arrimadas con su estrategia? Está por ver, es arriesgada e incierta, pero creo que es la única viable que le quedaba. Lo que es seguro es que la estrategia anterior le sumió en el desastre y algo tenían que hacer para recuperar como mínimo una cierta relevancia. Si lo que ahora hacen se traduce en una pérdida de votos y escaños lo veremos en el futuro, pero es obvio que, viniendo de donde vienen, o se mueven o desaparecen, y que el gran desastre ya se produjo en noviembre. Desde las dos orillas políticas y mediáticas se ataca a la formación porque, aunque no son muchos, sus votos y escaños serían importantísimos si se unieran a uno u otro bloque en unos futuros comicios, son golosos tanto para PP como para PSOE. De momento Arrimadas muestra tener olfato y ha logrado cabrear a Esquerra lo que, como dice el portavoz Edmundo Bal, es síntoma de que algo estarán haciendo bien.

martes, junio 23, 2020

No nos relajemos


Imagino a los que se encargar de perseguir los contactos de los nuevos brotes de coronaviruis que se detectan cada día como a encargados de tapar las grietas que afloran en la pared de una presa, ansiosos en detenerlas antes de que el goteo que aflora en el hormigón se convierta en fuga que arrastre el concreto y lo fisure, tirando abajo la pared. Cada día nuevas humedades aparecen en ese muro de contención y nos afanamos en seguirlas, para evitar que, como pasó en marzo, la presa venza y el ingente caudal de lodo, en este caso vírico, nos arrase como ya lo hizo entonces. Necesitamos mucho trabajo y suerte para evitar que eso vuelva a suceder.

La noticia de ayer que indica que tres comarcas de Huesca retroceden a fase 2 por motivo de un brote descubierto entre el personal de una empresa hortofrutícola debiera hacernos reflexionar a todos sobre la fragilidad de lo que hemos conseguido y cómo está en nuestras manos el mantenerlo, y que nada va a ser completamente normal hasta que se descubra una vacuna que pueda inmunizarnos en grado suficiente frente al virus. Si ayer comentaba la alegría de los reencuentros debemos tener presente hoy, y siempre, del peligro que entrañan, de saber que cada uno de nosotros somos potenciales portadores del virus, casi imposible saberlo, y que de nuestras actitudes dependerá que durante los próximos meses la expansión del mismo esté controlada, minúsculas grietas en la presa, y que así vayamos ganando tiempo al desarrollo de la vacuna. Las imágenes de aglomeraciones en la calle no son tranquilizadoras, aunque es cierto que en verano y con alta radiación solar no es el exterior el lugar más propicio para que los virus se expandan. Esa es la causa por la que en plena temporada también, habiendo gripe, su incidencia es mucho más baja, pero el riesgo está ahí. Una fiesta descontrolada, celebraciones masivas, actos irresponsables y un reguero de situaciones pueden prender una mecha que se nos escape y, sino hacernos volver del todo a la casilla de salida, sí dejarnos tocados en lo que hace a ilusión y moral. Las fuerzas de los sanitarios, que lo han dado todo en medio del desastre y la inexistencia de medios, están muy justas, en lo física y, sobre todo, en lo emocional. Un rebrote que llevase a mucha gente a las UCI volvería a ponerlos en jaque, y muchos no están dispuestos a pasar por otra situación semejante, entre otras cosas porque aún son incapaces de olvidar lo que han visto en estos últimos meses. En los rebrotes que se están viendo el perfil de los afectados es ligeramente distinto al de la inundación inicial, con edades más tempranas y casi siempre vinculados a actividades laborales. Eso hace que la gravedad esperada de la enfermedad sea menor, porque a igual número de pacientes, parece obvio suponer que el desastre será mayor si estamos en una residencia de ancianos que en una empresa industrial, pero eso no elimina del todo los problemas, ni mucho menos, porque cualquiera de esos trabajadores que pueden infectarse, o no, ahora tiene la posibilidad de visitar a familiares mayores, estén o no en residencias, por lo que el virus puede llegar a los lugares en los que puede hacer más daño. Y a partir de ahí se puede volver a descontrolar todo. Por eso es grave que en el día de hoy, preludio de las hogueras de San Juan, se planifiquen verbenas por todo el país, imposibles de controlar en la práctica, en las que el riesgo de contagio crecerá mucho sea como sea la manera en la que se celebren, o que los irresponsables de la cosa esa del balón sigan insistiendo con su raca raca egoísta de que quieren que haya público en los estadios. ¿Desean contagiar? ¿lo ansían? Eso parece.

No somos capaces de asimilar que, de manera autónoma, cada uno de nosotros es el vehículo que puede usar el virus para expandirse, y que de nuestros comportamientos depende en gran parte que triunfe o no. En el lenguaje normal, para entendernos, dotamos de personalidad al virus y le damos voluntad propia. El virus “hace”, “actúa”, “escoge”… y esas expresiones son muy erróneas, porque esa conjunto de proteínas y ADN ni siente ni padece ni piensa ni decide. Sólo sabe replicarse si se encuentra en un ambiente posible para ello. Nada más que eso. Y nada menos. Cada uno de nosotros es el posible portador del virus que, como el anillo de poder, daña a quien lo lleva y a quienes le rodean. Será muy difícil mantener la guardia alta y que ninguno de esos rebrotes se nos escape. El riesgo de inundación es constante.

lunes, junio 22, 2020

21 de Junio, Navidad


Pocas veces en nuestra vida el cambio de estación ha supuesto una transformación más radical de lo que entendemos como normal. Cierto es que lo que tenemos ahora no es normalidad, y que esa expresión que apoda es esto de “nueva” es errónea en su más profundo sentido, porque si es normal no es nuevo, y si es nuevo no es normal, pero lo cierto es que con el final del estado de alarma se han derogado una serie de normas que, vigentes desde el sábado 14 de marzo, condicionaban completamente nuestra vida, las cumpliéramos o no. Y al más relevante de todas ellas era la limitación de la movilidad, que desde ayer dejó de existir.

Muchos convirtieron el domingo 21, la jornada que acabamos de dejar, en una versión auténtica y plena de ese anuncio navideño de unos turrones cuyo lema es el de “vuelve, a casa vuele, por Navidad”. En trenes y aviones, los menos, en coche particular casi todos, miles de españoles se lanzaron fuera de sus casas a horas intempestivas para hacerse grandes kilometradas, cerca de los mil en algunos casos, para ver a sus seres queridos, con los que no contactaban personalmente desde aquel aciago mediados de marzo en el que el mundo conocido se nos derrumbó. A lo largo del día escenas idénticas, pero cada una de ellas con una carga personal tan intensa como intransferible, se dieron en todo el país. El nervio de salir de casa, de noche, camino a una carretera que hacía meses no se pisaba, en un viaje que hasta entonces era casi rutina y ahora tiene tintes de exploración. El sentir avanzar los kilómetros, dejando atrás el lugar del confinamiento en el que, durante meses, se ha vivido, sufrido, añorado, trabajado y pasado el tiempo entre paredes convertidas en partes de uno mismo. Hacer una parada para repostar y estirar las piernas, y quizás tomar algo, aunque seguro que más de uno ha intentado pegarse todo el viaje de una tirada, de golpe, tratando de tardar lo menos posible, convirtiendo el tiempo de espera, que se cuenta por meses, en una suma menor de segundos. Y llegar, volver a ver los paisajes que uno asocia como suyos, donde en gran parte de pasó la niñez que nunca se olvida, percibir lomas de montes, arrullos del mar, eriales segados o cultivados, formas de edificios que tienen significados privados que sólo uno es capaz de expresar, bajo cuyas sombras se aprendieron por primera vez el significado de ideas como las de amor, cariño, amistad, miedo, dolor, curiosidad, donde se empezó a aprender a vivir, eso que nunca se acaba. Y llegar al barrio donde esperan los que ansiamos, a las casas, a los pisos, a lo que cada uno tenga, a esas piedras en forma de hogar que son las que sentimos como propias, y ver al dejar el coche que en la ventana están ellos, o en el zaguán, o en la lonja, o en el mismo portal del bloque de pisos. Y los abrazos. Miles, miles de abrazos se dieron ayer en todo el país, miles de apretones de carne contra carne que están vivas, que sienten, duelen, padecen y estremecen, miles de sensaciones de reencuentro como quizás no se habían vivido nunca, miles de lágrimas de ojos que se volvían a ver, que ya no necesitaban una pantalla para saber que la persona añorada estaba ahí, sino apenas unos centímetros de aire para volver a contemplar las pupilas de aquellos a los que su mirada buscábamos. Muchas de esas visiones fueron borrosas, por culpa de esas mismas lágrimas que cegaban ojos, pero esos borrones eran más nítidos que la más brillante e inmensa pantalla imaginable. Esos borrones eran auténticos, y con su baja definición, lo alumbraban todo. Nada más hacía falta.

Habrá hogares, muchos, en los que ese reencuentro no será pleno, porque ya no estarán todos. En muchos se notará la pérdida de familiares, arrebatados por la maldita enfermedad, seres queridos que se han ido en medio del desastre, a los que no se pudo despedir de ninguna manera y que ahora ya son recuerdo de los vivos que se reencuentran. A partir de hoy, además de muchas fiestas de encuentros aplazados, se empezarán a desarrollar ceremonias de duelo que no pudieron hacerse en su momento. Despedidas. Velatorios. Adioses aplazados que provocaron la soledad más cruel entre los supervivientes de la pandemia. Eso también empezó ayer, en lo que fue la auténtica Navidad de este no normal año 2020.

viernes, junio 19, 2020

Adiós, primavera


Pasadas las 23 horas de mañana, sábado 20, antes de que acabe el día, se acabará la primavera astronómica y empezará el verano de este año 2020, que a priori sonaba a futurista contemplado desde años anteriores y, a una jornada de su inicio, lo menos que se puede decir es que será desconcertante. El tiempo realizará un salto de estación absolutamente de libro, porque las temperaturas llevan subiendo ya unos días y escalarán sin freno a medida que se acaba la llamada desescalada, con lo que el domingo, primer día del verano, viviremos la gran parte del país la experiencia de superar los treinta grados y no pocas zonas estarán más cerca de los cuarenta que de la refrescante, es un decir, treintena.

Si tiene la sensación de que este año no ha habido primavera no se sienta solo, porque así ha sido. No en lo meteorológico, donde a veces esta estación de transición queda opacada por sus vecinas, especialmente el cada vez más largo e intenso verano. Este año ha llovido en primavera, ha habido tormentas, el tiempo se ha portado acorde con la estación, hemos tenido los vaivenes en las temperaturas propios de un cambio de fase, pero ha faltado todo lo demás. El 14 de marzo, una semana antes de la primavera, se decretó el estado de alarma, que vencerá el domingo 21, por lo que hemos estado toda la estación bajo un régimen de excepcionalidad jurídica, lo que es muy notable. Seguro que cuando ese 14 Sánchez salió en la primera de sus muchas homilías para anunciar la medida no eran pocos los que pensaban que la cosa no era aún para tanto y que esto pasaría en unas pocas semanas. La mayoría, aún entonces, no hubiera ni imaginado que esta excepcionalidad se prolongaría durante tres meses y que, de mientras, decenas de miles de compatriotas fallecerían a causa del maldito coronavirus que estaba en China pero que nunca iba a llegar a aquí, y que si llegaba nada iba a hacer, y si algo hacía poco sería, y sí… Entre suposiciones y presunciones se nos fue el tiempo al final de un invierno que, liviano en lo meteorológico, fraguaba una bomba que nos iba a dejar helados durante mucho tiempo. Salían las hojas de los árboles tras los meses de frío y oscuridad, al ritmo de la creciente duración de los días, mientras los cadáveres se nos amontonaban en los hospitales y no sabíamos ni donde dejarlos. Las primeras flores adornaron los campos que no pudieron ser pisados, porque todos estábamos encerrados en casa buscando protección y sentido a lo que pasaba fuera. La Semana Santa y sus tradiciones religiosas y civiles fueron arrasadas por un desfile mortuorio en el que las procesiones eran sustituidas por coches fúnebres y camiones militares cargados de féretros, sin que nadie formase parte de cortejo alguno de homenaje. Crecían los días en longitud y claridad a medida que lo hacía el balance de fallecidos de un sucesos que no dejaba de golpearnos y noquearnos a cada día. La primavera se consumía al igual que muchas esperanzas, que eran vencidas por mensajes y noticias que llegaban a los móviles, indicando que alguien conocido había enfermado, o que estaba grave, o había fallecido. Se cambió la hora para entrar en el horario de verano y la principal consecuencia fue que pasamos de salir a aplaudir a la ventana de noche a hacerlo de día y poder ver así las caras de nuestros vecinos, tan asombrados uno mismo. Fueron cayendo los días y la única diferencia entre todos ellos, idénticos, era el balance de muerte que arrojaban, creciente hasta un punto, menguante a partir de él. El virus acabó con la primavera y su actividad nos invernó a todos.

Es imposible contemplar este verano que se abre ante nosotros con la perspectiva de otros años. Estación habitualmente lúdica, en la que se busca el descanso, el ocio, el romper rutinas y explorar, este año el estío llega oscuro, con el Sol velado por la preocupación, encarnada en esa palabra, rebrote, apenas pronunciada antes en nuestras vidas, y con la sensación de que todo, hasta esta mínima normalidad que hemos conseguido crear tras asimilar lo sucedido, puede volverse a romper en mil pedazos en caso de que los contagios vuelvan a dispararse. No parece que el verano de 2020 vaya a ser hedonista ni pachanguero. Confiemos en que sea irrepetible, que nunca más el virus nos robe otra estación.

jueves, junio 18, 2020

Las dudas de las cifras chinas


A hora mismo podemos dividir el mundo en dos tipos de países. Aquellos en los que la evolución epidémica es mala, mostrando curvas ascendentes de contagios y fallecidos, y los que presentan evoluciones maduras, tendentes al agotamiento del virus. Entre los primeros está gran parte de los EEUU, la mayoría de los países latinoamericanos y naciones de Asia y África como Egipto, Suráfrica o India, que presentan curvas en pleno proceso de disparo. Entre el segundo grupo de naciones destacan las europeas, que ya hemos pasado el gran brote y vivimos en el extremo de la cola, viendo como cada día la gravedad del problema va a menos.

El gran miedo de este tipo de naciones, la nuestra por ejemplo, es que se produzca un rebrote que eche al traste gran parte de lo logrado con el esfuerzo y sacrificio de todos, y ese riesgo siempre estará ahí hasta que se descubra la vacuna que nos inmunice ante el virus. Las únicas vías para que el rebrote no se de son las medidas de higiene respiratoria y de manos, y la responsabilidad individual, no hay otra. En estos dos días estamos viendo el surgimiento de dos brotes de importancia en dos naciones que han gestionado el virus bastante mejor que nosotros y que nos pueden enseñar cómo es el futuro de sobresaltos que nos espera y, sobre todo, nos vuelven a sembrar de dudas respecto a la fiabilidad de las cifras chinas sobre lo sucedido realmente en aquel país. Ayer se supo de un brote muy serio en un matadero en Alemania, que contabiliza hasta este momento más de seiscientos positivos, lo que es una cifra muy alta, en una localidad de unos cien mil habitantes. Varios son los casos de brotes surgidos en mataderos en muchos países, lo que nos hace recordar que deben extremarse las medidas de seguridad en estas empresas. De mientras emergía el caso alemán, en Pekín las autoridades empezaban a decretar medidas de confinamiento parcial en determinados distritos de la ciudad tras confirmarse que el brote detectado en un mercado de pescados y abastos de la capital superaba el centenar de casos. Uno lee las dos noticias seguidas y ya empieza a mosquearse, porque se le antoja difícil que en una ciudad alemana de pequeño tamaño se pueda dar un brote súbito de centenares de casos y que en la megalópolis china el caso no pase del centenar. La estricta diligencia de las autoridades chinas a la hora de adoptar medidas extremas de encierro de miles de ciudadanos en la capital y suspender vuelos y colegios indican también dos cosas. Una obvia, que el gobierno chino nunca duda en usar su poder absoluto para ejercerlo en caso de necesidad, y otra más retorcida, que es que no se adoptarían restricciones tan duras si no estuviéramos ante un brote de una intensidad bastante más elevada de la que se nos ha contado. Esta sensación de que China, al contrario que el chiste de cazadores y pescadores, tiene veinte casos y cuenta uno, existe desde que la epidemia llegó a las naciones europeas y las cifras de incidencia y mortalidad que reportó China en su momento fueron, lamentablemente, superadas en apenas cuatro jornadas por países como España, Italia o Reino Unido. A día de hoy China mantiene en poco más de ochenta mil los contagiados y algo más de tres mil los fallecidos como cifras oficiales de la primera ola epidémica, y esos registros tienen, de cara a la comunidad internacional, una credibilidad casi nula. No llega al absurdo de la contabilidad mortuoria de España, que es un hazmerreír global, pero las cifras que ofrece la dictadura china son consideradas unánimemente como no ciertas. Lo malo es que con el poder e influencia que tiene aquel país nadie es capaz de forzarle a que cuente realmente lo que sabe que allí pasa.

La infravaloración de las cifras chinas ha sido una de las trampas en las que caímos las naciones europeas, más allá de nuestros propios prejuicios e incompetencias, a la hora de subestimar el peligro que se nos venía encima. Los datos chinos arrojan ratios de incidencia y mortandad muchísimo menores de los que se han registrado en nuestro continente, y lo acercan más a la gripe que se pensaba que era en febrero que al desastre que resultó ser. Lo cierto es que no nos debiéramos extrañar ante la opacidad de un régimen que, treinta y un años después, aún no ha permitido que se sepa cuánta gente fue asesinada en la plaza de Tiananmen. La expresión popular de “engañar como a un chino” va a haber que cambiarla, porque ahora mismo los chinos son los espabilados y los demás somos los estafados.

miércoles, junio 17, 2020

La jueza Rodríguez Medel


Seguir al actualidad española es someterse a un continuo ejercicio de melancolía aderezado con golpes de pecho y bravatas sonoras, tendentes al exabrupto. Si uno pretende pararse a pensar lo que sucede será arrollado no por los hechos, sino por la catarata de opiniones que todo lo sesgan. Lo más cómodo es sumarse a uno de los bandos que se enfrentan en cada caso, apoyarse en los indudables argumentos que esgrimen en todo momento, verdades reveladas absolutas, y entonces la tranquilidad está asegurada, aunque uno tema que enfrente viva el anticristo, y no es metáfora, ya que Fernández Díaz y otros lo temen literalmente.

Durante unas semanas toda la actualidad política, en medio del desastre del coronavirus, ha girado sobre la instrucción que la jueza Carmen Rodríguez Medel tenía abierta sobre la manifestación del 8M y su efecto contagiador. En esa instrucción el acusado era José Manuel Franco, delegado del gobierno en Madrid y secretario general de los socialistas en la región (ay, esa distinción entre cargos institucionales y de partido, ¿dónde quedó?). A medida que las pesquisas judiciales avanzaban se han producido movimientos telúricos que han supuesto una grave crisis en la Guardia Civil por los informes que la jueza solicitaba, y se ha visto hasta qué punto los medios de comunicación se han convertido en meros altavoces de los partidos a los que defienden y frente a los que están completamente sometidos. La prensa y medios del gobierno no cesaban día a día de calumniar a la jueza, a su entorno, a la Guardia Civil y a todo lo que supusiera investigar el suceso, llenándolo todo de oscuras conspiraciones en las que los legionarios de Cristo y otros grupúsculos se movían más que el coronavirus en una abandonada residencia de ancianos. En el otro lado, la prensa y medios contrarios al gobierno ensalzaban la jueza elevándola a estandarte de moralidad que ni Juana de Arco, y denunciaban una situación que era similar a la que se vive en Venezuela día a día. Compraba uno el fin de semana algunos periódicos y se divertía bastante poniéndolos en frente uno con otro, contemplando la crudeza de los titulares y o bien dictadas que eran las crónicas impresas por parte de los órganos de comunicación de los partidos, y lo prescindibles que resultaban los periodistas, convertidos en copistas. Bien, dictó un auto la jueza Rodríguez Medel en el que expone sus dudas sobre la manifestación del 8M y el papel en ella del delegado del gobierno (que al apellidarse Franco también ha hecho que muchos titulares sean divertidos) y al día siguiente las tornas habían cambiado de una manera prodigiosa. Del verano al invierno. Los medios progobierno veían ahora en Rodríguez Medel una adalid del progresismo, una magistrada solvente y moderada, y mandaban a la basura, literalmente, todo lo que habían escrito o dicho durante más de una semana. En el otro lado, justo lo contrario. La antes ensalzada Juana de Arco era ahora una pusilánime, una cobarde, una sometida al poder del implacable gobierno, y digna de quema en hoguera mediática. Miraba ese día uno las columnas y artículos de la prensa y sólo podía sentir una profunda melancolía, como les comentaba al principio, que en el fondo escondía la rabia de comprobar cómo entidades serias y presuntamente profesionales, como son los periódicos, se habían convertido en meros aparatos de propaganda de unos partidos desnortados, que viven de la bronca de esta tarde sin tener ni objetivos ni ideas. Ya no se usa mucho el papel prensa para envolver pescado, como antaño, pero es curioso ver cómo se ha mantenido el valor de los peces y devaluado el de lo impreso en el soporte.

El caso de la juez y de la instrucción del 8M es el último, pero es uno más en la ristra de ardorosas polémicas que llenan nuestra vida diaria que no son sino exacerbaciones sin límite de odios ideológicos profundos, de luchas entre visiones sectarias de la vida, muy alejadas de la compleja realidad, que exigen un partidismo acrítico, fiel, sometido, y que desprecian a quienes, por la razón que sea, no quieren someterse a semejante maniqueísmo propio de cutre patio de colegio. Como suele decir Alsina, las máquinas de fango trabajan a discreción cada cierto tiempo y su única labor es ensuciar, y en ese ambiente de opinión, insano, es donde nos ha tocado movernos. Menudo castigo.

martes, junio 16, 2020

Aalemanes, os recibimos con alegría


La imagen de los primeros turistas alemanes llegando a Mallorca ayer, tras el desastre de la pandemia, es una señal de alivio para el necesitado sector del turismo, y más en unas islas como las Baleares, donde esa industria supone un porcentaje tan alto sobre el PIB que el concepto de monocultivo es perfectamente válido. Sin embargo, esas escenas de aplausos y confeti arrojados a los veraneantes tenían una banda sonora y estética tan ajustada a “Bienvenido Mister Marshall ” que demuestra hasta qué punto Berlanga era un genio absoluto, nos conocía del todo y lo poco que ha cambiado la estructura económica y social de nuestro país en décadas.

No son los americanos pasando por Villar del Río en una época de blanco y negro, ni está Pepe Isbert al frente de ninguna institución para no dar las explicaciones debidas sobre lo sucedido, pero medio siglo después la escena se repite y da que pensar. Pocas naciones más distintas en el mundo que España y Alemania a la hora de afrontar el desastre sanitario de la pandemia. Allí la cifra de muertos por millón supera por poco el centenar, con unas tasas de infección descubiertas no muy altas y sin que se haya producido, en ningún momento, un colapso de su sistema sanitario. Se llevó a cabo un confinamiento de mediana intensidad sin alcanzar lo estricto que hemos vivido aquí y desde un primer momento el gobierno federal, tan dependiente como el nuestro de las decisiones de las autoridades regionales, reconoció la gravedad del problema y comunicó a la población las cosas al estilo Merkel, seria y rigurosamente. Nadie pone en duda sus cifras. Aquí las cosas son bastante distintas. Con las cifras oficiales de muertos conocidas, que siguen congeladas desde hace muchos días y nadie pondría la mano en el fuego por su plena validez, somos uno de los países del mundo con mayor número de fallecidos por millón de habitantes, ayer el tercero tras Bélgica y Reino Unido, y la pandemia ha puesto patas arriba nuestro sistema sanitario y asistencial. Sometidos a un confinamiento estricto, que se instauró cuando ya era evidente que el problema se había desbordado, las autoridades han ido pasando de la negación a la asunción del problema en un camino de vacilaciones que ha generado mucha confusión. Las cifras de caídos son espeluznantes y se han originado a la vez que el sistema sanitario de gran parte del país sucumbía aun aluvión para el que no estaba preparado ni podía estarlo. Las CCAA han jugado esta guerra sanitaría cada una dándose la espalda a la otra, abandonándose a su suerte, mientras que el gobierno central, carente de recursos y competencias en materia sanitaria desde hace décadas, ha ido mostrando más su incapacidad que incompetencia a medida que la curva de mortandad escalaba a uno de los más abruptos y crueles picos per cápita de todos los dibujados en la geografía global del virus. Golpeados ambos países en lo económico, las diferencias entre la economía alemana y española antes de este suceso ya eran enormes, siendo Alemania uno de las naciones más ricas del mundo, por mucho, y tras lo sucedido el hueco entre ambas economías no hará sino crecer, dado que el golpe recibido por cada una, duro en todo caso, lo va a ser mayor para el más pobre, como suele ser habitual, y será el más pobre el que sufra por más tiempo las penurias asociadas a la crisis. El paraguas de la UE nos va a permitir absorber parte de las pérdidas y que éstas no se traduzcan en un desastre sin paliativos, pero no olvidemos que muchas de las varillas que conforman ese paraguas protector son, en esencia, economía alemana, cuya fortaleza es capaz de financiar presupuestos de rescate y emisiones de deuda de todo tipo. Por eso la prima de riesgo se mide respecto a sus emisiones de deuda, y no por otra cosa.

En definitiva, la imagen de ayer es buena en la forma, porque manda una primera señal de optimismo en un sector, el turismo, que lo veía todo negro para esta temporada veraniega. Ojalá no haya rebrotes y sean muchos miles, millones, los que vengan en verano a visitarnos, pero la imagen también refleja hasta qué punto somos un país pobre y necesitado de que los nacionales de los países ricos nos visiten, de hasta qué punto nuestra economía no es capaz de generar recursos propios. Mientras nosotros seguimos en el suelo, golpeados por la pandemia, miles de alemanes vienen de turismo. Es una imagen simplificada, sí, pero elocuente. Qué capullo era Berlanga, qué bien nos tenía calados.

lunes, junio 15, 2020

Ojos


Este sábado volví a darme una vuelta por el centro de Madrid para ojear libros, comprar algunos y, de paso, ver el ambiente que dominaba la ciudad en una fase dos avanzada. Me encontré con calles muy alejadas del vacío que vi hace semanas, no con el bullicio típico de toda la vida, pero sí con movimiento, tráfico y gente por todas partes. Colas delante de las tiendas de ropa, que se me antojan como algo tan incomprensible como la fiebre del papel higiénico al inicio del confinamiento y una sensación de engorro cada vez que uno accede a comprar a cualquier sitio, obligado a usar geles hidroalcohólicos y guantes desechables que al poco se convierten en una montaña de desperdicios.

Y sobre todo me encontré con ojos, miles, millones de ojos. La mascarilla, que era llevada por casi todo el mundo, cercena el rostro y lo convierte en apenas un par de ojos que son la única seña distintiva de lo que antaño era una cara. La pérdida de expresión fácil de aquellos que nos rodean es enorme, y pese a que en algún caso la mascarilla se lleva mal y se ve la nariz, es casi imposible volver a contemplar la boca y, en general, el rostro de la persona con la que uno se cruza. Esto es especialmente forzado en el metro, donde lleva mascarilla casi hasta el propio tren. En vagones más o menos llenos sólo pares de ojos existen, se ven y al hablar, se miran como queriendo suplir con la expresión de sus órbitas lo que el resto de la cara ya no puede ofrecer. Trataba de descubrir, de alguna manera, en aquellas personas que iban solas, qué sensación podían ofrecer de su cara y sentimiento, pero era completamente imposible. A veces los ojos están abiertos, sí, pero no dicen nada, y se limitan a ver y ser vistos sin ofrecer respuestas ni sentimientos. Cierto es que en otras ocasiones son luceros que deslumbran, ojos que ya antes dominaban opresivamente el resto de facciones de un rostro que, bello o no, era sometido a la fuerza de un par de figuras que era imposible no dejar de mirar. Ahora ese efecto se intensifica, y en general todos los ojos ganan en presencia e intensidad, supongo que incluso los que los tenemos normalitos y llevamos gafas, cosa que en parte los cubre. Para los que no somos guapos la mascarilla supone un nivelador de belleza a la baja, oculta parte de nuestros defectos y cubre las ventajas de otros, de tal manera que la dictadura de la cara guapa se ve rebajada en aras de un rostro cercenado, proscrito en parte. Y que quieren que les diga, es una pena, porque la belleza en sí misma posee un valor que redime, que ayuda y aporta. Uno que no lo es necesita contemplar belleza a su alrededor, y ver los rostros cubiertos con mascarillas supone una agresión a la idea de belleza que domina nuestro imaginario. Quizás en zonas en las que el niqab o el burka sean omnipresentes estén acostumbrados sus habitantes al opresor efecto que estas prendas suponen sobre el rostro femenino, delatando exteriormente la cárcel en la que vive la mujer en esas zonas del mundo, pero estar en un vagón, o en una tienda, y ver a todo el mundo enmascarillado es sentirse también algo oprimido. Conversar con dependientes que a uno le atienden y no ver más que sus ojos y no ser capaz de captar expresiones es frustrante. Lo llevaba experimentando cada semana cuando iba al súper a hacer la compra, y este sábado tuve una sobredosis de incomprensión visual, de frontón frente al que mi mirada rebotaba y no era capaz de intuir expresiones, sentimientos, nada más que ojos, voces disimuladas tras la tela y rostros proscritos, como de un mundo que ha perdido parte de su ser. Es algo que se me antoja perturbador, digno de la no normalidad en la que nos hemos instalado.

Mirar a un desconocido a los ojos puede ser un acto violento, de usurpación, incluso de acoso. Me gusta hacerlo cuando hablo con alguien, me parece lo natural, pero en lugares donde no conoces a alguien, como por ejemplo en un vagón de metro, donde mirar a la cara puede ser problemático, ahora sólo los ojos son los que pueden ser visto del rostro de los demás pasajeros, y apuntar a ellos directamente, con la pérdida de expresión que padece su rostros y el de uno propio, puede convertirse en algo agresivo, Acabaremos todos fijándonos en el suelo, poniendo nuestros ojos en la nada para que ni se crucen con otros, llevando la distancia social a miles de kilómetros virtuales, donde los innumerables ojos no se vean unos a otros.

viernes, junio 12, 2020

Lo que el viento se llevó


A la mínima oportunidad surge el diablillo censor que llevamos cada uno escondido en lo más hondo, se hace con los mandos de nuestra mente y torna en fiero cruzado que, amparado en supuestos criterios morales, los que uno diga poseer, prohíbe con saña todo aquello que vaya en contra de las ideas de cada uno. Censurar es una tarea infinita, porque supone observarlo todo desde la restringida mirada de quien eleva su sesgo a óptica obligada. No hay nada que pueda escapar a semejante perspectiva, y al final el mundo entero debe ser censurado, en todos sus ámbitos, para calmar el ansia de ese diablillo, convertido en el gran dictador que, en el fondo, es.

Censurar Lo que el viento se llevó en aras de la corrección política antirracial no es sólo una estupidez, que también, sino un inmenso signo de incultura por parte de quien ejercita la censura y quien la aplaude. Esa película podrá gustar o no, ser alabada o soportada, cada uno podrá tener su criterio estético al respecto, pero es una obra de arte creada en un momento dado bajo una visión dada, y como tal refleja los condicionantes de las personas que, en su momento, la crearon. Es así de simple y, a la vez, complejo. No es posible alterar el pasado. La película observa con romanticismo el viejo sur, en el que la esclavitud era el sistema económico imperante y el que le permitía ser rentable, y eso es así porque en los años treinta mucha gente observaba con nostalgia ese viejo sur, al igual que se bailaban algunos tipos de música como el vals o el charlestón que hoy en día no suenan en las pistas de baile. Era otra época y tenía otra visión de la vida. Podemos considerar que errónea, atrasada, podemos opinar lo que nos parezca al respecto, pero la obra se hizo en ese momento con su visión, y no podemos alterarla. Usar patrones presentistas para juzgar el pasado es algo profundamente erróneo y egoísta, porque presupone que toda la verdad es la que hemos creado en el momento presente, y eso nos permite ver con superioridad a los que nos precedieron, y ese juego se nos puede volver en contra en el futuro. ¿Cómo serán observados nuestros actos, creaciones, visiones, dentro de, pongamos, medio siglo? ¿Se considerará a las primeras décadas del siglo XXI como un lugar de avance social e intelectual o serán vistas como un periodo oscurantista? No lo se, pero en todo caso cometería el mismo error el futuro habitante del planeta si, optando por la visión negativa, decide censurar obras creadas en estos años porque considere que no se adaptan a la visión predominante en las futuras décadas de los setenta y ochenta. Cada momento tiene su marco mental y en él se crean obras que, perdido ese marco, deben ser explicadas y contextualizadas, pero no destruidas ni escondidas para que no ofendan supuestas sensibilidades que son meras excusas para ejercer el derecho a veto. Los nazis eran odiosos, sí. ¿Prohibimos por ello todas las películas en las que aparezcan? ¿Hasta dónde extendemos el velo de la corrección política para no ofender y limpiar el pasado? Se habló en un momento dado de editar las películas antiguas para que los personajes no fumaran, porque el tabaco es nocivo. La toxicidad de fumar es tan obvio como estúpido el pensar que lo que se rodó cigarrillo en mano se puede entender sin él, o que una alteración de una obra es esa obra, y no un pastiche artificial sometido a censura por parte de un integrismo ciego.

El racismo se combate luchando contra las políticas que, aquí y ahora, lo permiten, persiguiendo a los que lo ejercen, y tomando medidas en nuestro mundo de hoy para que las personas que tengan actitudes racistas sean castigadas. Y eso mismo para cualquier tipo de política que deseemos llevar a cabo, pero es absurdo, estúpido y peligroso empezar a catalogar las obras creadas en el pasado, objetos que ya son fijos, en función de si cumplen ciertos estándares morales presentes. Quienes deben cumplir la moral y la ley de hoy en día son las personas que viven hoy en día. El pasado pasado está, y sus obras creadas lo fueron. Convertir el arte en “degenerado” es algo que los nazis llevaron a su más siniestra ejecución. Cuántos imitadores les surgen hoy en día a aquellos siniestros personajes.

jueves, junio 11, 2020

Curvas y rebrotes


De momento, que se sepa, el brote detectado en el hospital bilbaíno de Basurto afecta a veinticinco personas entre personal médico y de limpieza del centro, pacientes y visitantes. Ayer falleció uno de ellos, en lo que es el primer muerto fruto de un nuevo contagio no vinculado con el de la gran onda epidémica. El trabajo de los llamados rastreadores debe de estar siendo muy intenso desde hace un par de días en Bilbao, para saber exactamente quiénes contactaron con alguno de los infectados en días pasados y así acotar en lo posible la extensión de este nuevo foco de enfermedad. Acotarlo es condición necesaria para impedir su expansión.

Mucho estamos hablando de la vuelta a la normalidad, llamándola nueva cuando queremos decir rara, o directamente mala, pero poco nos estamos fijando en el escenario que supondría la existencia un rebrote que nos hiciera retroceder algunos de los pasos andados en estas semanas. Los países en su conjunto se han lanzado a desescalar en una carrera frenética por ver quién es el que lo abre antes todo, pero el proceso en el que nos hemos embarcado está lleno de riesgos y posibles sorpresas desagradables. A día de hoy nada garantiza que el proceso de reapertura no pueda verse detenido por nuevos focos infecciosos que escapen del control de las autoridades. Hay puntos a favor de cara a evitar que esto suceda. El mayor es que no nos pilla de improviso, sabemos lo que ha pasado, gran parte de la población está concienciada y actúa con responsabilidad, y eso ayuda a evitar propagaciones masivas. El uso de la mascarilla actúa como barrera defensiva de primer orden, y aunque es cierto que se ve a mucha gente que no la usa, muchísima más lo hace, y una mascarilla, especialmente en espacios cerrados, es una “X” que elimina al sujeto de ser vehículo de propagación del virus, por lo que todos los procesos de contagio que se puedan dar debieran ser más atenuados de lo que vivimos en marzo. Sin embargo no todo es positivo. El saber que el virus sigue ahí es una mensaje de persistencia negativo que puede dinamitar la moral de las sociedades, que no son capaces de mantener una tensión permanente de lucha y advertencia durante mucho tiempo. Es inevitable el relajamiento porque la tensión sostenida genera un estrés que es malo en sí mismo. Un rebrote, si se diera, aunque fuera de menor dimensión, tendría enormes consecuencias económicas y sociales por el mensaje de fracaso, de retroceso que supondría. Todo el esfuerzo realizado hasta ahora ha dado frutos, sí, pero podría parecernos que se han desperdiciado por completo si las cifras empiezan a subir nuevamente. La moral social quedaría gravemente golpeada, y eso sería un factor muy difícil de manejar por una dirigencia política que, en su gran mayoría, ya ha mostrado a las claras su incompetencia frente a este enorme problema. El problemón económico que supondría un rebrotes sería inimaginable, entre otras cosas porque aún no somos capaces de calibrar en toda su dimensión el agujero económico en el que nos ha metido el brote inicial y sus consecuencias. Ver previsiones económicas estos días es asistir a bailes de cifras que arrancan en -10% de PIB, y de ahí hacia abajo, y se supone que hemos dejado atrás lo peor en todos los sentidos. La sola idea de que, aunque fuera menor, un nuevo bache, o montículo de enfermos, nos espere en semanas o meses, me resulta pesadillesco.

Ahora mismo tres naciones muestran curvas epidémicas con mal aspecto. Nuestro vecino Portugal, ejemplar en la gestión de la pandemia (qué lección nos ha dado) tiene un rebrote en Lisbóa y la gráfica de infectados se ha convertido en meseta a un tercio de altura de lo que llegó a ser la cresta de la ola, sin descender. EEUU empieza a mostrar una gráfica similar a la portuguesa, con mayor altura de la meseta a la que se está empezando a dar un estancamiento, e Irán, uno de los que empezó antes este horrendo proceso, ya tiene una figura de doble pico de infectados, en lo que es un rebrote con todas sus letras. Toca ir viendo los datos día a día, no bajar la guardia y rezar para que nada se descontrole. Nos lo jugamos todo.

miércoles, junio 10, 2020

El racismo entre nosotros


A pesar de la crisis que vive, y se evidencia en tumultos como los que estos días han asolado varias ciudades, EEUU sigue siendo la cabeza del imperio global, y una de las formas más sibilinas de comprobarlo es como protestas que surgen en aquella nación, a raíz de problemas que se dan en esa nación, se reproducen de manera mimética y absurda en otros países, donde ni el problema ni las causas son las mismas. Ver a personas manifestándose en, pongamos, España, con carteles de “Black lives matter” y protestando contra la brutalidad policial ejercida sobre la población negra resulta absurdo en un país en el que casi nadie sabe inglés (yo muy poco) y la policía no estrangula negros.

¿Eso significa que no hay racismo en nuestras sociedades? No, lamentablemente el racismo también está presente entre nosotros, solo que resulta mucho más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. En España las tensiones raciales han sido, normalmente, escasas, porque se daba una extraña situación de absoluta homogeneidad racial que las impedía. La única minoría que existía eran los gitanos, se les discriminaba plenamente, y nadie protestaba. Hasta el boom de la inmigración era realmente raro ver negros o, en general, personas de procedencia exótica entre nosotros. Lo que existía en abundancia era la emigración de los propios españoles al extranjero, en busca de un sustento que no encontraban aquí, y el movimiento interno de regiones pobres a otras más ricas, ahondando de esa manera las diferencias económicas entre ambos territorios. Y en esos movimientos, arraigos y estancias se desarrolló un racismo propio muy intenso que persiste, porque son racistas expresiones como la de maketo o charnego, utilizadas respectivamente en País Vasco o Cataluña pare referirse a los que llevaban a esas regiones procedentes de otras, especialmente Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha. De hecho, en esto los españoles hemos sido muy europeos, porque en el homogéneo continente blanco que ha sido Europa durante gran parte de su historia el racismo se ha dado entre personas que se consideraban más blancas que otras. ¿Qué es al antisemitismo sino un racismo ante los judíos? ¿Qué son, en el fondo, los sentimientos nacionalistas que afloran con fuerza violenta cada dos por tres en distintas regiones y zonas de Europa? Sí, emiten mensajes en los que la economía y el “hecho diferencial” y otro tipo de eufemismos llenan portadas y mensajes, pero el discurso de fondo es el racismo puro y duro, el de toda la vida, el de nosotros somos mejores que el resto porque somos puros, porque somos inmaculados, porque somos superiores. ETA era un movimiento terrorista que tenía un profundo componente racista, como el nacionalismo del que bebía, basado en la superioridad de la raza vasca frente a todas las demás. Qim Torra, el actual President de la Generalitat, es un racista convencido, y bien que lo ha dejado por escrito, que comulga con unas ideas supremacistas en las que el catalán es la esencia del bien y el no catalán es una bestia con forma humana pero que, como inmundicia que es, debe ser apartada, eliminada de la faz de la tierra. Cuando Ortega Smith enfermó de coronavirus y se refería a la superioridad de los genes españoles frente al virus chino utilizaba el mismo argumentario racista que ETA y Torra, sólo que cambiando el gentilicio que se considera superior, y así podríamos seguir hasta el infinito. ¿Qué ha sido el Brexit, sino la exacerbación de un sentimiento de superioridad británico frente a los continentales? ¿Qué mensaje destila Putin en sus continuas arengas a la gran Rusia frente a los pueblos que la rodean? Sí, en Europa el racismo existe, y es tan irracional y absurdo como el que hay en otras naciones, y ni siquiera necesita que el otro tenga un tono de piel distinto, basta con que no haya nacido en la aldea que se considera elegida.

El funeral que ayer se ofició en Houston a George Floyd puede ser la culminación de las protestas que se han vivido en EEUU estos días, pero es probable que episodios crueles como el que él vivió se repitan, y sean visibles para todos gracias a que ahora las cámaras y las redes nos los permiten, y la tensión vuelva a rebrotar. Parte de la sociedad norteamericana tiene un problema de asunción de su diversidad y un profundo trauma respecto a la segregación, el pasado esclavista y el resultado de su propia guerra civil de hace dos siglos, pero antes de juzgar con dureza y superioridad a aquella sociedad y sus fracturas echemos un vistazo a la propia, y veremos que no estamos como para tirar la primera piedra a nadie.

martes, junio 09, 2020

La policía y The Wire (para JLRC)


Poco a poco las revueltas raciales en EEUU entran en una fase de tranquilidad en la que los saqueos y disturbios son casi inexistentes y la movilización popular enorme. Se han levantado los toque de queda en gran parte de las ciudades y las fuerzas militares que fueron llamadas por Trump para sofocar el caos están siendo retiradas. Empiezan a tomarse medidas al calor de las protestas, alguna de ellas tan absurda como la disolución del cuerpo policial de Minneapolis, cosa que será festejada por los delincuentes de todo tipo y condición (y color) que existan en la ciudad. ¿No sería más lógico arreglar la policía que deshacerla? Pues sí, pero como eso exige mucho más trabajo y esfuerzo se opta por un camino absurdo y populista.

Estas medidas y el papel de la policía en aquel país me ha hecho recordar que ver The Wire es una de las cosas que he hecho durante el confinamiento. Le pedí los DVD a mi amigo JLRC porque preveía una estancia larga en casa, de unos dos meses (acabarán siendo tres) y tenía ganas de ver la que dicen es la mejor serie de la televisión. Y es buena, muy buena. Sobre el tema que nos importa, The Wire dice mucho, tanto por el hecho de que sea la policía, en este caso de Baltimore, la que protagoniza la serie como por la crudeza con la que retrata el devenir de su trabajo y de lo que tiene en frente, en forma de cárteles locales de narcotraficantes, en los que predomina la gente negra en la dirección y trapicheo. No es el racismo el tema de fondo de la serie, pero sí aparece en todo momento un nivel de violencia en la sociedad mucho más alto que el que existe en cualquier ciudad europea, una violencia de la que son partícipes todos los miembros de la comunidad, y que se ve alimentada por la inmensa facilidad con la que en aquella nación se accede a la posesión de armas. Desde críos las pistolas de verdad suplen a los palos y dedos que simulan ser gatillos, y se usan con una contundencia y desparpajo que asombran. Sobra armamento por todas partes y cualquier banda tiene suficiente arsenal a su cargo como para montar una pequeña guerra. La policía lo sabe, y por eso ante la duda primero dispara y luego pregunta, carece de remilgos a la hora de utilizar una violencia de la que, se supone, es la única poseedora y de la que es garante de que no sea utilizada por nadie más, pero lo que vemos, capítulo a capítulo, no es sino una recreación de una guerra a baja intensidad, en este caso alimentada por las drogas y su enormes flujos financieros, en la que los disparos y la violencia no cesan, y se cargan personajes de una manera más o menos constantes. Ese nivel de violencia se da en cualquiera de las ciudades de EEUU de una manera que, vista desde Europa, es directamente incomprensible, y alienta comportamientos matonistas por parte de los agentes de la autoridad para, con la excusa de defenderse del ambiente en el que trabajan, ejercer un poder que se les puede ir de las manos con mucha facilidad. Los episodios de abuso policial en EEUU son el pan nuestro de cada día, y no sólo afectan a personas negras. Esta vez hemos visto casi en directo el ejercicio de ese abuso en la persona de Floyd, que casi ha sido ejecutado en directo delante de nuestros ojos, pero a diario son decenas, cientos, los tiroteos que se producen en aquella nación en los que fuerzas del orden y delincuencia se enfrentan en una batalla que posee grados de dureza que no somos capaces de imaginar. El pasado fin de semana, en Chicago, fueron cincuenta los tiroteos que se produjeron y diez las personas asesinadas a cuenta de ellos, en una ciudad que es grande, sí, pero que posee unas tasas criminales comparables a naciones europeas completas, y de las grandes. Ante esta perspectiva el trabajo policial se convierte en algo muy distinto a lo que estamos acostumbrados a imaginar y las posibilidades de que los cuerpos se perviertan son, la verdad, muy altas.

En la serie se reflejan muy bien las tensiones que existen dentro del propio cuerpo de policía, entre agentes más civilizados y otros amantes de la violencia para imponer justicia, la precariedad de medios y como el cuerpo usa su poder para influir en los presupuestos públicos y conseguir así dotarse de más recursos, tratando de arañar a otras partidas de gasto reguladas por una institución, en este caso la alcaldía, sumida en una casi constante quiebra y carente de autoridad moral. No explica The Wire el racismo ni cómo arreglarlo, pero sí retrata una sociedad que tiene un enorme problema en su interior, y los problemas así no se arreglan con medidas simples, ni mucho menos. Exigen reflexión profunda, eso que en estos tiempos se persigue con la misma saña con la que se actúa contra un negro que porta un billete falso.

lunes, junio 08, 2020

¿Cuántos muertos llevamos?


Que a estas alturas de la pesadilla aún no tengamos claro el recuento de fallecidos provocados por la pandemia indica muchas cosas, una de ellas que no es precisamente sencillo contabilizarlos, pero otras tantas, no menores, nos hablan de la incompetencia propia a la hora de contar, de la falta de medios, de la descoordinación entre las CCAA entre sí y con el gobierno central, de un afán por no ser transparentes, y de un absoluto desprecio por el dato, por la rigurosidad, por la exactitud. Este último factor se da sin cesar en la nuestra sociedad, y nada mejor para ello que reducir aún más los estudios de matemáticas, como busca el gobierno

Actualmente, la serie temporal de fallecidos por la pandemia fue congelada el 21 de mayo, hace ya más de dos semanas. En ella se anotaban diariamente varias variables de interés, entre ellas la de los fallecidos de cada día. Si observan el enlace (insertado en la mañana del 8 de junio) verán que a esa fecha llevábamos 27.940 fallecidos. Desde entonces se cambió el sistema de recuento y de difusión de la información y en el informe diario del Ministerio se indica una cifra que corresponde a los fallecidos en los últimos siete días que no tiene nada que ver ni con las cifras que comunican las CCAA ni es resultado de sumar nada que sea accesible. Esa cifra semanal ha arrojado durante los pasados días resultados absurdos, como que se publicite que no haya muerto nadie en España mientras varias CCAA señalaban que eran pocos, pero existentes, los fallecidos en sus comunidades. Esto ha hecho que muchos medios internacionales, que no viven de lo que el gobierno dicta y paga, señalen que la contabilidad mortuoria en España es tan poco rigurosa como la del control del déficit público. El gobierno se agarra a que sólo contabiliza como fallecidos a los que han muerto con un positivo en la prueba PCR y que los que no han tenido esa prueba no pueden ser considerados como víctimas directas de COVID. Asegura también el gobierno que está tratando de reconstruir la serie para asignar fallecidos con fechas reales de defunción, de tal manera que la secuencia temporal sea cierta. En todo caso, vemos que esos casi 28.000 son, por así decirlo, una cota mínima de los muertos causados por la pandemia. ¿Hay una cota máxima? Sí, nos la ofrecen los informes momo, monitorización de la mortalidad, que realizan un seguimiento diario de los fallecidos en España, sin tener en cuenta su causa, y los desvíos que se producen respecto a la estimación de lo que debiera haber sido normal. Si consultan uno de ellos cualquiera, por ejemplo este, verán que del 13 de marzo al 22 de mayo la gráfica presenta un pico enorme que se sale por completo de la franja gris, el intervalo de confianza de lo que sería la serie de muertes esperadas. Momo cuantifica ese exceso de mortalidad en esas fechas en 43.260 personas, y eso sería la cota máxima del intervalo. Por lo tanto, podemos decir que la cifra de fallecidos por COVID en España durante este episodio de pandemia estará entre 28.000 y 43.260. ¿A qué altura? Eso ya sí que es muy difícil de precisarlo, porque no constan las causas de fallecimiento de ese exceso de 43.260, y lo cierto es que es fácil suponer que no todo el exceso se debió al coronavirus, porque durante el mes de colapso hospitalario no se atendió a nada más, y es de suponer que muchas personas murieron por afecciones crónicas que no fueron tratadas. Piense usted sólo en los ictus que se dan a diario, que requieren ingreso urgente para garantizar la supervivencia, que en esas fechas a buen seguro se convirtieron en muertes casi seguras, sin que nadie pudiera socorrer a esos enfermos. ¿Dónde poner la cifra COVID? ¿En la mitad de los 30.000? ¿Más cerca de los 40 que de los 30? No lo se.

Para los que somos curiosos con esto de los números la verdad es que el gobierno está haciendo todo lo posible para desesperarnos. La ruptura de las series ha supuesto eliminar una valiosísima fuente de información, y resulta absurdo que, gracias a las fuentes internacionales, se pueda hacer el seguimiento diario de la epidemia en todos los países, con los datos contados como cada país ha dado a entender, y sea imposible hacer el estudio con los datos de España, dada la absurda secuencia que ofrecen de resucitados en medio de las series. No hay ningún respeto al dato y al poder de información que supone, y eso es algo extendido en todas las administraciones, fruto del rechazo de nuestra sociedad a la matemática. En esta epidemia hemos perdido otra oportunidad de hacer estas cosas bien.

viernes, junio 05, 2020

El final de los aplausos


Casi como se apaga una vela, sin apenas notarse, esta semana se han extinguido los aplausos de las 20 horas en mi barrio. El martes salí a la ventana y apenas éramos unos tres contados los que los ejercíamos, y ya el miércoles no salí. Un vecino, a varios portales de mi casa, sigue poniendo a esa hora un tema musical animoso durante unos pocos minutos, pero ya suena sin el clap clap de fondo que lo acompañaba desde el inicio de la pesadilla. Curiosamente, este aplauso a los sanitarios se ha apagado a la vez que se les ha concedido el premio Princesa de Asturias por su abnegada labor en esta crisis. No hay premio ni aplauso que pueda reconocer lo que han hecho.

Fue en China, donde todo empezó, donde también vimos crearse esta costumbre de vecinos animándose desde los balcones de una encerrada Wuhan. Confinados en sus casas, sin que desde aquí supiéramos exactamente qué era eso de estar confinados, veíamos vídeos de vecinos que cantaban unos a otros, se mandaban mensajes y algunos, también, aplaudían. Recuerdo que las primeras veces que lo vi por la tele me parecía una imagen de lo más extraña “qué deben estar viviendo para que se necesiten animar de esa manera” pensaba, en mi ingenuidad, en mi total desconocimiento de lo que nos iba a llegar. Cuando el tsunami del virus llegó y nos arrasó empezó la costumbre de salir a aplaudir, que ha sido seguida, en mi barrio, por casi todos los vecinos. De salir a la ventana todos los días uno veía quiénes eran más fieles y quienes menos pero, al menos para mi, eso no significaba mucha cosa. Nunca he tenido espíritu de policía de balcón, como se dice a hora, y la libertad de cada uno le permite hacer lo que quiera. Tampoco conozco mucho a mis vecinos, lo admito, y dada la tipología de nuestros pisitos, sin balcones, con ventanas paralelas a las fachadas, son los más cercanos los que menos se ven y los que están algo más en frente a los que se puede saludar con más efusividad y contemplar rostros y aspectos. Ya hace varias semanas, al inicio de este desastre, escribí un artículo sobre cómo eran, o cómo veía yo, a los vecinos del bloque de enfrente, y las vidas que imaginaba cuando salían a aplaudir y mostraban sus viviendas y a ellos mismos. Supongo que pensamientos similares se harían ellos respecto a mi y los que ocupan los pisos anexos al mío, que durante todos estos meses se han comportado como un patio comunal a las 20 horas. Ha habido suerte en mi barrio y no hemos tenido vecinos especialmente animosos, de esos que en otros lugares han transformado sus ganas de animar en ruido ensordecedor, convirtiendo el vecindario en improvisadas pistas de baile o de cualquier otro tipo. Aquí el aplauso sonaba a sincero, lleno, sin necesidad de alaracas ni efectos especiales. El vecino que les comento que pone la música estará a unos cuantos portales del mío, y se oye de manera clara pero no dominante, y no es amante de temas ruidosos, sino de canciones de ánimo con un tono sentimental, por lo que no ha creado problemas nunca. Cuando volvamos a la vida normal en la que, al menos, nos reencontremos con los amigos de toda la vida, una de las cosas que quiero que me cuenten en persona es cómo eran sus aplausos de las 20, cómo se desarrollaban, de qué manera sonaban y cómo el sonido fue cambiando con el tiempo, si lo hizo. Si se notaban semanas de aplauso animado y otras en las que las manos se golpeaban por rabia y pena, no por estímulo. Como esa banda sonora de cada día describía el ambiente de los que, junto a ellos, viven.

El inicio de la hora de los paseos de tarde fue el primer momento en el que el aplauso empezó a decaer. Se notaba, al coincidir horarios, que muchos salían de casa nada más tocar las señales horarias, y algunas ventanas que siempre se abrían empezaron a permanecer cerradas. Ha sido un proceso de apagado progresivo, natural, como de hojas de otoño que caen hasta que, llegadas las últimas, dejan el árbol desnudo en sus ramas. Ha sido bonito mientras ha durado, y su causa fue una de las peores tragedias que nos ha tocado vivir. Ojala nunca hubiéramos tenido que salir a aplaudir a nadie.

jueves, junio 04, 2020

Los negacionistas


Tengo una caldera de gas vieja, pero operativa, que hace su servicio sin aparentes problemas, y que pasa las revisiones obligatorias cada vez que le toca. El agua caliente que suministra es más que suficiente para mis necesidades, y cada ejercicio me planteo cambiarla por una nueva, pero acabo olvidando la idea, como tantas otras, en el fragor del día a día y llega el momento de la revisión, aparece el técnico de turno, opera como es debido y me vuelve a dar vía libre para que la use sin problema alguno. Quizás lo del relevo sea una cuestión que deba eliminar del almacén de ideas olvidadas o no tenidas en cuenta, ya veremos.

El que vino ayer a casa a efectuar la revisión era un chaval joven, con tatuajes en los brazos, moderno en su aspecto, de no demasiadas palabras mientras realizó la labor de peritaje. Era inevitable que, comentando una cosa u otra, saliera el tema de la pandemia que estamos sufriendo y sus consecuencias, y resultó que me encontré con el primer negacionista que he conocido sobre este asunto, aunque dado su discurso me temo que también lo sería sobre otros temas. Decía que esta enfermedad, como todas, es producto de nuestra mente, que si nos creemos todo lo que vemos y oímos nos sentiremos débiles, bajarán las defensas y caeremos enfermos de cualquier cosa que esté por ahí, sea este virus y otra cosa. El virus, según él, no es dañino, lo es la confusión de ideas y el miedo que genera. Y claro, las vacuna que espera la gente para curarse no es sino una gran operación de imagen de los gobiernos y un gran negocio para quienes la fabriquen. El chico hablaba pausado, nada histriónico, sin aspavientos, pero con un discurso tan tóxico como peligroso, y no tardé mucho en darme cuenta de que lo más peligroso que había en esos momentos en mi enana cocina no era una posible futura fuga de gas producto de una caldera estropeada, sino unas ideas erróneas ancladas en la mente de una persona. Como la visita era corta por necesidad y el chico tenía otros clientes a los que visitar en su jornada de trabajo opté por no rebatir en exceso los argumentos que exponía, y dejé que se explaya, mientras poco más decía yo a parte de vagas afirmaciones como “bueno, eso no es exactamente así” pero sin ánimo de discutir. Me comentó que una tía suya había estado hospitalizada por el virus, varias semanas, con neumonía bilateral, y que afortunadamente había sobrevivido, pero que le habían quedado algunas secuelas pulmonares. Según él ella era el claro ejemplo de persona somatizada por lo que veía, y que eso le había debilitado, y que la respuesta del cuerpo ante el derrumbe de defensas y la angustia era, en ese caso, esa enfermedad como hubiera podido ser cualquier otra. Pensé por un momento en cómo argumentar algo a la contra que pudiera ser mínimamente sólido teniendo en cuenta que, ante semejante evidencia, vivida en primera línea de su familia, el chico no había hecho otra cosa que reafirmarse en sus ideas preconcebidas, pero finalmente decidí dejarlo pasar y arrojé mi visión científica y racional a ese cajón de las ideas abandonadas en aras de no tener una discusión que no tenía ganas ni ánimo de plantear. Los testeos a la caldera resultaron satisfactorios y la revisión concluyó sin incidencia alguna, como suele ser habitual.

“Cuando salga la vacuna no me la voy a poner, por supuesto, será otro engaño al que nos quieren someter” decía el chico todo firme en sus planteamientos. Quizás haya un porcentaje de la población para el que la realidad es ya algo que no entra dentro de sus mentes, y que da igual lo que suceda, que nada alterará su visión de la vida y cómo creen que son las cosas. Para evitar el peligro, para ellos y para todos los demás, que supone que esas personas se nieguen a vacunarse, lo mejor que podemos hacer cada uno de nosotros es vacunarnos y forzar a todo nuestro entorno, a todo, a todo, a todo, a que también lo haga, y que no sea por nosotros que la enfermedad, física o ideológica, se extienda.