jueves, abril 30, 2020

Rutinas


Mañana es fiesta en todo el país, 1 de mayo, día del trabajo. Fiesta en medio mundo, no en EEUU, que celebra el llamado “labour day” en otra fecha, y esta vez sin reivindicaciones en la calle ni manifestaciones de ningún tipo. No deja de ser paradójico que el día del trabajo se festeje en medio de la más desoladora de las crisis y con el desempleo batiendo records en todas las naciones. Cuando podamos salir de casa para ir al trabajo muchos no tendrán trabajo al que poder ir. Es un panorama tan desconocido y gris que genera pesadumbre en todos, tengan su trabajo en peligro o crean que no. Así que poco que festejar en el día de mañana.

Lo cierto es que se acerca otro puente, el segundo tras los festivos de semana santa, en el que el concepto mismo de puente o festivo se difumina, porque encerrados en casa la diferencia entre un día laborable o no es, como mínimo, difusa. La regla dice que en los laborales los que teletrabajamos pasamos muchas hora delante del ordenador y en los festivos menos, pero eso es algo discutible. ¿Cómo afronta cada uno de ustedes la diferencia entre unos días y otros? Quizás la única manera sea la de establecer rutinas, pautas que nos permitan distinguir fechas, y nos sitúen no ya en puntos del calendario, sino en días de la semana. Levantarse siempre tarde y pasarse todo el día en pijama puede ser algo que haga la mayoría de la población, no lo se, y desde luego es muy tentador para el gran grupo de gente que somos los que vivimos solos en pisos, pero no me parece lo más acertado para sobrellevar todo esto. Desde luego está en el ánimo y forma de ser de cada uno el encontrar la manera de reconstruir, si se me permite usar esa expresión, los días, de darles un sentido horario y temporal, y creo que ahí tenemos algunas ventajas los que somos aficionados a autoimponernos rutinas en la vida normal, que muchas veces son vistas desde fuera como castigos, restricciones y barreras para el desarrollo del día a día, cuando en no pocas ocasiones son elecciones propias, a veces inconscientes, otras forzadas, que asumimos con naturalidad. Cierto es que las rutinas pueden degenerar en comportamientos patológicos, y eso debe evitarse, porque al final puede convertirse en un grave problema para la convivencia social y la estabilidad personal de quien las practica, pero unas mínimas pautas de autocomportamiento en estas situaciones es más que conveniente. En mi caso los días laborables mantengo un horario muy similar al que tenía antes de encerrarme en casa, forzado por el de la oficina. Me levanto a la misma hora, intento comer más o menos a la misma y también cenar, aunque sea algo que no tiene un pleno sentido dado que el tiempo de traslado entre mi casa y el trabajo y la convivencia con las amistades en, pongamos la hora de la comida, ya no existe, pero me hace pensar que es un día laborable, que tengo cosas que hacer en el trabajo y que eso me va a ocupar gran parte del día. La experiencia durante este ya mes y medio de encierro es que el teletrabajo supone una dislocación de horarios, un desmadre. Muchos de los jefes y compañeros mantienen el anárquico horario de la oficina gubernamental madrileña, con horarios de tarde bastante más agitados y tardíos de los de la mañana, y muchas de las cosas que me llegan para hacer vienen lejos de un tiempo razonable, y normalmente a rachas, con horas muertas seguidas de horas frenéticas, sin ritmo ni cadencia que permita organizar las cosas. Creo que no estamos preparados para esta manera de trabajar, y para ciertas actividades resulta imposible.

Los festivos y fin de semana mantengo los horarios que tenía antes de la pesadilla, levantándome más tarde, pero tampoco mucho (duermo mal desde siempre, no me cuesta madrugar) y con horarios de comida distintos, mucho más tempranos que entre semana. ¿Funciona el intento para separar unos días de otros? Sí, pero casi siempre me asalta una sensación de artificialidad, de un sábado en el que me pregunto qué es lo que lo distingue de un martes, y prefiero no seguir cuestionándome para no admitir que la respuesta es “casi nada. El no escribir el blog fuera de los días laborables es otra manera de separarlos de los que no lo son, una barrera tan falaz como otra cualquiera.

Por eso, mañana, viernes festivo, no habrá artículo. Hasta el lunes 4, o no lunes, o lo que sea el próximo 4 de mayo.

miércoles, abril 29, 2020

Estado de fases


Compareció ayer Sánchez otras vez desde la Moncloa para explicar el plan que ha elaborado el gobierno para este estado de transición que vamos a recorrer hasta la nueva normalidad, expresión que es anómala en sí misma, tanto como todo lo que vivimos. Reiteró dos características el presidente en su presencia de ayer que no son correctas. Una, la impuntualidad, dado que estaba previsto que compareciera a las 14 horas y lo hizo a las 18, quizás por nuevas disputas en el seno de su gobierno. La otra es la negación de la realidad, absurda cuando reiteró los datos de la OCDE sobre test que ya la OCDE dijo que no eran reales. O no se enteró de esa rectificación o no se quiso enterar.

El plan que nos va a guiar en este camino es complejo e interesante, se basa en saltos de fase y no tiene exactamente unas fechas marcadas en el calendario. Frente a lo que vamos conociendo en otros países, ha eludido el gobierno señalar días claves que sean para todos como rubicones y nos permitan hacer una especie de cuenta atrás colectiva. Algo de eso habrá, porque cada una de las fases, señalada con los números 0 a 3, se prevé que dure dos semanas, de tal manera que, empezando el lunes 4 de mayo, nos iríamos a muy finales de junio recorriendo todo ese camino, y para entonces la situación sería esa de la nueva normalidad a la que tanto se refiere todo el mundo. Por el camino se irían relajando las restricciones de una manera progresiva, sabiéndose por ahora los puntos básicos de cada una de las prohibiciones que se levantarán en cada fase, y quedando a la espera de órdenes ministeriales que detallen de manera más precisa todos estos puntos. La otra dimensión interesante del plan de ayer es que se aplicará por provincias, no siendo la sacrosanta CCAA la unidad territorial de acción. Salvo algunas de las islas canarias y Formentera, que van más adelantadas, todos empezaremos en fase cero y puede que lleguemos al final juntos, pero puede que no sea así, en función de cómo evolucione la epidemia en nuestros territorios. Es por ello que puede darse la situación de que algunas provincias evolucionen correctamente, de acuerdo a lo programado, en su proceso de transición, pero que otras se queden atascadas en alguno de ellos porque no cumplan los requisitos deseados, de tal manera que para ese finales de junio parte del puede haber concluido la fase tres pero otra no. Esto es algo correcto y tiene lógica, porque el desarrollo de la epidemia ha sido distinto a lo largo y ancho del país y está por ver el efecto de la relajación de algunas de las medidas en las tasas epidémicas. Determinar si una provincia está lista para, a los catorce días, pasar de una fase a otra se basará en una serie de indicadores sanitarios, que todavía deben ser precisados en otra orden ministerial, entre los que jugarán un gran papel, sin duda, tanto la tasa de contagio efectiva de la enfermedad, al R0, que debe ser menor de uno (un enfermo contagia, en promedio, a menos de un paciente) y la disponibilidad de plazas en las UCIs y en el conjunto del sistema de salud, en previsión de que, Dios no lo quiera, se produzca un repunte de los contagios. Se prevé que los valores calculados de todos los indicadores para las provincias sean públicos y se pueda ir viendo con algo de antelación la evolución, de tal manera que se haga el personal a la idea de sí su zona va a pasar de fase o no en el momento deseado. En principio, y visto en su conjunto, el procedimiento tiene una cierta lógica y es claro, y está sujeto a los datos que se recojan, de tal manera que los pasos adelante, y hacia atrás, están internamente asumidos y en la lógica de funcionamiento. Es más flexible que una situación de fechas puras globales, más sencilla de gestionar pero más difícil de rectificar en caso de que las cosas no vayan bien.

¿Problemas de este sistema? Uno sobre todo, que es complejo. Parcelar el país en cincuenta pedazos es una aproximación a ese concepto de supermanzana sanitaria que ha salido en algunos modelos matemáticos como vía de salida, pero exige ser muy claros, rápidos y transparentes en el uso de la información y que cada ciudadano sepa perfectamente en qué fase se encuentra su provincia en cada momento y lo que eso significa. A priori el sistema me gusta y puede ser útil, pero hay que gestionarlo bien y no es fácil. Y debemos contar con la suerte necesaria para identificar los brotes de contagio, que todavía existen, y acotarlos para que no se vuelvan a descontrolar. El reto que tenemos por delante es grande.

martes, abril 28, 2020

Datos, certezas y dudas


Todas las mañanas Fernando Simón sale a comentar ante los medios los datos diarios de evolución de la pandemia, cifras que esconden vidas en cada uno de sus dígitos, salvadas en muchos casos, perdidas en demasiados. La exposición pública de Simón, la crudeza del horror que estamos viviendo y el baile a la hora de contabilizar lo que vemos está contribuyendo a abrasar al portavoz, lo que supone un eficaz cortafuegos para el gobierno y, en este caso, las CCAA, que son las que elaboran los datos y los suministran al Ministerio, que se encarga de recopilarlos y, en la medida de lo posible, armonizarlos. El que haya diecisiete formas aparentes de contar lo hace todo mucho más difícil.

Si uno acude a la web del Instituto de Salud Carlos III puede descargarse las series de datos de variables infectados, recuperados, hospitalizados, estancias en UCI y fallecidos, que son las que dan la imagen de dónde nos encontramos. Esas series contienen asombrosos altibajos, números negativos en algunos casos si uno trata de hacer diferenciales para obtener las variaciones diarias, y la sensación de que cada día se tratan de pulir de una u otra manera. Algunos de estos ejercicios de ajuste tienen sentido, otros no tanto, pero en su conjunto generan un problema para los profesionales y aficionados que estamos intentando seguir la evolución de la pesadilla. El caso de los positivos detectados es uno de los más claros. Hasta hace unos días esa cifra era única, casos positivos y ya está, pero desde el viernes se desglosa en dos partes, positivos detectados por PCR y otros positivos detectados por pruebas serológicas. ¿Por qué esta diferencia? Tiene un sentido. Los que se han hecho la prueba PCR son, en su inmensa mayoría, aquellos que están bajo la sospecha de haber enfermado o en contacto con enfermos activos, como puede ser personal sanitario o de riesgo. Una PCR positiva quiere decir que estoy desarrollando la enfermedad, por lo que tengo que empezar un proceso de aislamiento en cuarentena y quizás, ojalá no, acabe en un hospital si los síntomas van a peor. El positivo en PCR puede acabar incluyéndose en todo el resto de categorías de recuento que manejamos. No así los serológicos. Estos son personas que ya han pasado la enfermedad, muchos de ellos asintomáticos. Si dan positivo en esa prueba estuvieron enfermos, pero ya no lo están, y no van a pasar un proceso hospitalario, por lo que no suponen una posible futura presión para el sistema sanitario. Ambos, PCR y serológicos, han sido o son enfermos, y cuentan como positivos reales, pero el tratamiento y atención médica que van a necesitar, y derivado de ello la exigencia de recursos que reclamarán, son muy distintas. Al sistema sanitario le interesan mucho más los PCR, porque son potenciales futuros clientes suyos si las cosas van mal, mientras que los serológicos no le van a dar demasiados problemas, casi seguro que ninguno. Por eso los técnicos han decidido que sólo los analizados con PCR sean los que, desde hace unos pocos días, se notifiquen públicamente como casos positivos, lo que ha hecho que la serie se rompa y presente un salto anómalo. Sin embargo todos, PCR y serológicos, han estado afectados por la enfermedad, por lo que debieran contar como positivos reales. Otro de los argumentos de sanidad para excluir a los serológicos del recuento diario es que no se sabe cuándo ubicarles, porque el serológico detectado hoy ya ha pasado la enfermedad, y es imposible saber cuándo la pasó. No le podemos asignar una fecha en el calendario de infección y recuperación, porque no existió en el sistema hasta que se detectó con la enfermedad ya curada, mientras que el PCR positivo detectado el día X va a generar una secuencia de datos que, si requieren hospitalización, se alargará en días posteriores a X, por lo que es importante registrarlo en el citado punto X.

Y este es sólo uno de los problemas gordos a la hora de analizar y contar los datos. No es lo mismo medir la mortalidad respecto a los positivos PCR que respecto a los positivos totales, siendo esta segunda mucho más baja que la primera. No es lo mismo considerar el número de tests que se hacen a la población para compararse con otros países si contabilizamos uno de los tipos de test o todos ellos, y así decenas y decenas de problemas asociados a un recuento que pudiera parecer obvio pero que no lo es, y que esconde trampas y problemas de fondo que lo complican mucho. Y eso sin tener en cuenta los diecisiete posibles criterios que están siendo utilizados en España, armonizados en algún caso, dispares en otro. Y en el resto de países me temo que pasará tres cuartos de lo mismo. Bueno, en los países en los que recuentan, claro.

lunes, abril 27, 2020

Niños a la calle


Empieza hoy la séptima semana de confinamiento general, el día cuarenta y tres que pasamos en casa con motivo de la pesadilla de la pandemia, y llega con la novedad, ya experimentada ayer, de que los niños pueden salir a la calle, siguiendo la regla de los tres unos. A una distancia de un kilómetro de casa, durante una hora al día, y acompañados de un adulto. Los pisos en los que conviven familias con hijos han sido durante todos estos días tremendas ollas a presión, leoneras en las que era casi imposible mantener la cordura en medio de una convivencia apretujada, ruidosa, desordenada y casi imposible de sostener. Era necesario dar una válvula de escape a esa situación.

La polémica que muestran hoy muchos medios es hasta qué punto el experimento de la salida infantil de ayer funcionó, como demo de lo que puede ser la futura salida deportiva de los adultos a partir del sábado que viene y el creciente relajamiento de otras medidas en semanas sucesivas. Los datos conocidos de la epidemia, más allá de la polémica de cómo se cuentan las distintas variables (que no se me olvide un día de estos hablar de ello) muestran una tendencia positiva, lo que quiere decir, sobre todo, que el distanciamiento social forzado por el confinamiento ha sido efectivo para parar el virus, de tal manera que, asintomáticos o no, casi todos los que estamos en casa desde hace semanas no tenemos la enfermedad. Eso es el freno más efectivo para los contagios y la mejor manera de evitar una segunda ola en la curva, sin que sepamos a priori cómo se comportará el virus en verano. Y es evidente que la regla de la distancia social entre las personas va a ser, cada vez más, la principal medida de precaución que debamos implantar para mantener los contagios a raya. Si nos relajamos en este aspecto, suponiendo capacidad de contagio constante del virus, es probable que vuelvan a surgir focos de contagio gracias a asintomáticos que son casi indetectables, y los nuevos focos se pueden expandir de una manera descontrolada, y volveríamos no al principio de la enfermedad, pero si a un nuevo punto de escalada de las variables negativas. ¿Sería tirar por la borda el esfuerzo colectivo logrado durante estas semanas de encierro? En parte sí, y eso sería muy grave. Ayer había escenas en los medios que no eran representación del comportamiento general de la población, pero sí que mostraban aglomeraciones y concentraciones de personas que no estaban tomándose en serio esa distancia social. Cierto es que al aire libre el riesgo de contagio es menor que en espacios cerrados, pero debemos tener muy claro que ese riesgo no es nulo si nos cruzamos muy cerca de alguien, y con paseos y jardines como los que se mostraron ayer empezamos a jugar a peligrosas loterías de contagio. Reitero, creo que no eran escenas representativas, me da la sensación de que la mayor parte de la población actuó de manera responsable y teniendo muy grabada en la mente la situación en la que estamos y los riesgos que se corren en caso de no comportarse como es debido, pero a medida que pasen los días, y futuras medidas de relajamiento del confinamiento se vayan dando, la responsabilidad de lo que suceda con los contagios irá basculando progresivamente del gobierno y del sistema sanitario a la sociedad en su conjunto, a cada uno de nosotros, que con nuestras actitudes contribuiremos, o no, a que el virus siga confinado y se agote. Debemos tener esto muy claro, y se que es difícil llevarlo a cabo, pero si no lo hacemos así será muy difícil evitar nuevas oleadas en el futuro, de intensidad difícil de determinar.

Me da que esta es la principal diferencia que nos separa frente a las sociedades asiáticas, poseedoras de una enorme disciplina colectiva, que ante situaciones como las presentes supone una ventaja enorme. Esa disciplinan es fruto de siglos de gestión social alternativa a la nuestra, y de la presencia de estados autoritarios mucho más coercitivos de lo que somos capaces de imaginar, pero lo cierto es que existe, y que la libertad individual, tal y como la conocemos en occidente, ni se estila ni, hasta cierto punto, se extiende. Prefiero una y mil veces nuestro sistema social, pero debemos reflexionar cómo adaptarlo, cada uno de nosotros, a esta nueva realidad, hasta que un tratamiento o vacuna nos permita vencer para siempre al virus.

viernes, abril 24, 2020

EEUU y su fracaso global


Una de las muchas cosas nefastas de estar viviendo en la vida real una película de catástrofes futuristas es que las cosas no funcionan como mandan los cánones de Hollywood. Sí observamos escenas de miedo, tensión, angustia , que nos mantienen atrapados, y descubrimos la presencia de héroes en nuestro entorno cuando los ignorábamos por completo, pero uno de los baluartes de estas historias, el papel de los EEUU como nación líder del mundo, y más concretamente el de su presidente, es algo que no se ve por ninguna parte. Justo al contrario, desde la Casa Blanca se representa un cierto papel de villano que escapa de la lógica de las películas que tanto y tan bien se nos ha vendido.

Es inevitable, aunque no sea muy justo, criticar el papel de EEUU en esta crisis desde un país como el nuestro, uno de los más afectados y que presenta las peores cifras del mundo. A día de hoy, en ratios por millón de habitantes, España es el país con más infectados y el segundo en mortalidad, sólo superado por Bélgica. Eso mide nuestra catástrofe de una manera objetiva, y nuestro fracaso a la hora de afrontar todo esto. En EEUU, con más de trescientos millones de habitantes, las cifras de infectados y fallecidos absolutos son enormes, pero en relación a su población se encuentra aún en ratios que no son sino una cuarta o quinta parte de los nuestros, por lo que relativamente está mucho mejor. Sin embargo, es evidente que las cifras norteamericanas vienen en gran parte agravadas por la mala gestión que se ha hecho desde las autoridades de aquel país de la epidemia, y muy concretamente desde la presidencia de la nación. Cuando Europa ya se sumía en las sombras y eran evidentes los fallos de gestión que países como el nuestro o Reino Unido habían cometido, tardando en exceso en actuar, seguía Trump manteniendo un discurso negacionista con la única intención de que su reelección no se viera afectada. Esa era, y es, su única obsesión, y se ha visto que ante este colosal problema su actitud es la de siempre, negar que el problema existe y, cuando lo tienes en frente de las narices, hacer todo lo posible para buscar un culpable al que cargar con él. Trumo ejerce cada día el cargo ofreciendo una lección práctica de lo que no es el liderazgo y lo que supone la absoluta falta de responsabilidad. Es el egoísmo personificado. Comparado con él, nuestro desnortado gobierno incluso saca buena nota, así que háganse una idea. El prestigio de la Casa Blanca en su país y en el mundo es otro de los pacientes de esta epidemia, y sigue intubado en la UCI con un pronóstico de extrema gravedad. Pero no contento con esto, Trump se ha lanzado a la discordia política desde su cargo, emulando a Adriana Lastra cuando sube a la tribuna, con la diferencia de que Adriana no manda y apenas pinta nada en España, imagínense en el mundo. Con sus tuits incendiarios busca crear división en estados donde, no es casualidad, perdió en las pasadas elecciones por márgenes muy estrechos, y frente a las órdenes de confinamiento decretadas por los gobernadores, ha intentado reventar el orden reclamando la “libertad” de los ciudadanos de esos estados en un ejercicio de irresponsabilidad que no puede sino ser visto con trazas de auténtica criminalidad. Hemos vistos manifestaciones en las calles de algunas ciudades norteamericanas, aplaudidas por Trump, que se oponen al confinamiento porque lo consideran una medida autoritaria de los demócratas, en un ejercicio de irracionalidad digno de estudio. Y todo ello alentado desde la propia presidencia del país. Esto no lo habría imaginado ni el más subversivo guionista.

De hecho cunde la sensación de que el gobierno federal de EEUU no mantiene un elevado control sobre el país, da la sensación de cierto riesgo de descontrol en aquella gran nación. Ya en la crisis del Katrina de Nueva Orleans se vio a una autoridad nacional lenta en la actuación y desbordada, a una sociedad carente de un estado profundo que fuera capaz de controlar los brotes de violencia, siempre con un arma en la mano en aquella nación, que surgían en el caos. El riesgo de que ahora pueda volver a pasar algo parecido no es menor. Con la economía desplomada, el desempleo disparado y la frustración creciente, EEUU afronta el coronavirus sin liderazgo nacional y ofreciendo al mundo la sensación de ser un gigante que flaquea. Las sensaciones que todo esto ofrece son de, sí, decadencia.

jueves, abril 23, 2020

Libros confinados


Nadie tiene ni idea ni de cuándo ni cómo será la próxima edición de la feria del libro. En la pasada, uno de los pabellones institucionales estaba decorado con textos alusivos al placer e importancia de la lectura, y uno de ellos, entresacado del diario de Ana Frank, decía así; “las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerradas”. Por motivos mucho más crueles de los que ahora vivimos, Ana pasó gran parte de su vida sometida a una reclusión voluntaria, buscando huir de un virus tan letales como el nazismo o el antisemitismo, que al final fueron los que acabaron con su breve y brillante vida.

Hoy es 23 de abril, el día del libro más anómalo y, sí, triste, que uno pudiera imaginar. Lucirán desangeladas las ramblas de una Barcelona en la que no habrá puestos a la venta ni firmas de autores ni rosas que portar. En todas partes las librerías permanecerán cerradas y sus ventas serán prácticamente nulas, más allá de los pocos ejemplares que se soliciten por internet en un momento en el que la compra cultural es, para muchos, una prioridad muy lejana. No se realizará el acto anual de entrega del premio Cervantes en Alcalá, y el poete Joan Margarit, el galardonado de este año, no recibirá en persona y en público el homenaje debido. No se iniciará la lectura pública del Quijote en el Instituto Cervantes y tantos y tantos actos modestos que se celebrarían en toda España, y otras naciones, serán convertidos en nada. Las redes, como lo llevan haciendo desde que comenzó la pesadilla, tratarán de suplir estas ausencias con iniciativas de interés pero que no pueden sino dejar claro el vacío que supone para un mundo que gira en torno a un soporte físico la imposibilidad de acceder a él. El negocio de la venta de libros, que siempre está en precario en tiempos de mudanza tecnológica y de preferencias de ocio del público, se enfrenta a uno de los mayores retos que imaginarse pudiera y, como otros tantos sectores productivos, teme que no pueda salir de esta. Muchas librerías pequeñas sobreviven gracias a las ventas y promociones de un día como el de hoy, y en el caso de Madrid de la mencionada feria del libro, y está claro que sin esas fuentes de ingreso no serán pocas las que se vean abocadas a cerrar, ahogadas en deudas e incapaces de remontar cuando, no está claro, la nueva normalidad regrese a nuestras vidas. En paralelo está de moda que todas las videoconferencias que se hacen desde casa por parte de todos aquellos que son entrevistados en los medios en este tiempo de encierro tengan de fondo estantes con libros, que siempre quedan muy bien, estantes que uno confía en que sean ciertos, no sólo un decorado, y que de paso sean de libros leídos, no como esos de las tiendas de Ikea, rellenos de libros sobrantes de ediciones suecas que sirven de atrezo para ver qué tal queda el mueble del salón cuando está lleno de ejemplares. Como en tantas ocasiones, el postureo visual se vuelve victorioso frente al sentido y placer de la lectura y se presume muchas veces de lo que nada se practica. Los autores viven este confinamiento sin tanta extrañeza personal, porque su profesión requiere reclusión, aislamiento social, y ahora muchos podemos saber lo que siente un escritor que pasa horas y horas en el hogar para realizar su trabajo. No es agradable, es sacrificado, es duro, y el resultado es incierto, tanto por si realmente habrá fruto tras horas de concentración como por la calidad real de ese fruto, porque dice la injusta realidad que el éxito de un autor es el conseguido por el último trabajo que presenta, no por los anteriores. Cada vez que un nuevo libro sale a la venta, el autor se la juega, y las ventas pasadas, que pueden ayudar, no garantizan ventas futuras.

Por eso no me gusta ese movimiento que triunfa en estos días de forzada y necesaria reclusión que asocia la literatura, y otras artes, a un mero entretenimiento que debe ser ofrecido al, en este caso, lector, de manera gratuita e ilimitada. Crear cuesta, el creador tiene que poder vivir de ello para seguir creando, como cada uno de nosotros con nuestra labor diaria. Y hoy serán casi nulos los libros que se vayan a vender y los ingresos que los escritores y editoriales reciban. Cuando se pueda volver a las librerías, a las que sobrevivan, ¿las llenaremos? ¿compraremos libros pendientes, que se quedaron a la espera antes de “esto”?. Solo así homenajearemos de verdad al libro y a quienes lo hacen posible. Leamos, fomentemos la lectura, hagamos que el libro y quienes su ecosistema conforman puedan sobrevivir.

miércoles, abril 22, 2020

A José María Calleja


Creo que mucho seguimos sin ser conscientes de lo que significan las cifras de muertos que diariamente escuchamos y analizamos, fallecidos a causa de este maldito virus que todo lo ha trastocado. Cientos de personas, de vidas individuales, de lazos comunes, que se rompen para siempre, y llenan de dolor familias, crean vacíos a su alrededor. Ni política ni socialmente estamos a la altura del duelo que se está creando en nuestra sociedad, del trauma que todo esto supone, y del daño que genera tanta muerte, muerte que, además, sabemos que no puede ser honrada como es debido, por el riesgo de contagio. Estamos fallando. Mucho.

Hay días en los que alguno de esos cientos de fallecidos tiene un nombre conocido por todos, y ese fue el caso de ayer, en el que José María Calleja se unió a la enorme lista de víctimas de esta pesadilla. Periodista, con sólo 64 años, llevaba Calleja en el hospital desde finales de marzo, y finalmente no ha podido superar la enfermedad. Su vida es la de un referente moral en medio de la podredumbre. Calleja desarrolló su primera parte de la carrera profesional en el País Vasco, de donde era originario, en medios como la ETB, presentando uno de sus telediarios, los “teleberris” durante varios años, tratando de llevar una línea editorial abierta y comprometida con la verdad de la noticia, algo difícil en tiempos como los actuales de sectarismo y de bulos a favor y en contra del gobierno, pero que se ve como un jardín d apacibles margaritas frente a una sociedad como la vasca, atenazada por la amenaza etarra en su máxima expresión, con asesinatos frecuentes y con exhibiciones de matonismo en todo momento. Calleja, al que el régimen franquista persiguió, sabía que los etarras eran el reverso de la moneda dictatorial ya caía, vestidos de otros ropajes. Eran los intolerantes que, armados, trataban de secuestrar la libertad, y volver a instaurar una dictadura, esta vez en nombre de no se qué otros falsos valores. Nunca dudó de su convicción en defensa de la verdad frente a los que tratan de aplastarla, y eso le costó gran parte de su carrera profesional y a punto estuvo de suponerle la muerte por parte de los terroristas. Amenazado constantemente, bien se encargó el poder político nacionalista vasco de purgarle de los medios locales públicos, buscando su ostracismo mientras que los mafiosos ensuciaban las paredes con carteles insultándole, pero pinchaba el fanatismo en hueso. Calleja era valiente, no se callaba, sabía lo que tenía delante y lo denunciaba. Fue de los primeros periodistas que se sacudió el yugo separatista y no dejó nunca de denunciar ni a la mafia etarra ni a los que, con mejores o peores formas, se beneficiaban de ella. Activo como pocos, estuvo en el germen de numerosos colectivos como el Foro de Ermua o Basta Ya, y sus artículos eran siempre un testimonio de valentía ante el terrorismo, ante aquello que está más allá de la ideología y que debe unir a todo demócrata en su contra. Obligado a abandonar el País Vasco si quería garantizar su vida, a sabiendas entre otras cosas de lo poco que iba a ser defendida por quienes tenían la obligación legal de hacerlo, residía desde hace varios años en Madrid y colaboraba en medios de todo tipo. Era un periodista conocido y seguido por muchos.

Poseedor de una ideología socialdemócrata que no ocultaba, era un tertuliano que defendía sus posiciones con firmeza, pero siempre con educación, nunca cayendo en el sectarismo, al bronca, el grito, el argumentario político que hoy en día atenaza a casi todos los periodistas que viven a la sombra de unas siglas de las que esperan agradecimiento. No ha podido con el maldito coronavirus, pero sí venció al mal del nacionalismo, una de esas enfermedades que matan a las personas desde tiempo inmemorial y ante la que parece que no se logra encontrar vacuna. Calleja la halló en la libertad, en el pensamiento, en la lectura, en la búsqueda de la verdad y en la defensa del débil frente al violento. Era un referente. Su pérdida es dolorosa. DEP.

martes, abril 21, 2020

El petróleo en EEUU cotiza en negativo

Desde que en 2008 Lehman Brothers reventó gran parte de lo que nunca era imaginable en la teoría económica se ha ido produciendo con una naturalidad tan pasmosa como carente de respuesta por la academia. Muchas de esas cosas que vemos y leemos desde entonces hubieran sido capaces, por si solas, de provocar suspensos masivos en cualquier clase de teoría económica si un alumno hubiera osado a mentarlas, porque no eran posible. “Profesor, ¿puede la deuda de un país cotizar a un tipo de interés negativo?” y la respuesta sería, “Eso es tan probable como que usted apruebe la macro en junio” y todo así.

Ayer vimos otra de esas aberraciones, fruto de la nueva normalidad económica que se instaló desde 2008 en nuestras vidas y consecuencia, por supuesto, de la gravísima crisis del coronavirus, que va a poner a nuestras economías patas arriba, y a nuestras vidas particulares contra la pared. Al cierre del mercado de petróleo en EEUU, la referencia de allí, el llamado West Texas Intermediate, WTI, cotizó a -37 dólares por barril. Sí, soy torpe, no sólo en el Mercadona, pero ese “-“ que antecede al número y que se lee como menos no es un desliz de mis disléxicos dedos, sino el reflejo de lo que pasó ayer en la jornada de cotización de esa materia prima más aberrante de su historia. El vencimiento de los futuros para las compras de mayo generó una enorme volatilidad y contribuyó a hundir unos precios que ya estaban cayendo con fuerza a lo largo de todo el día, pero el final de la sesión fue aplastante. ¿Qué significa un precio negativo? Que el comprador está dispuesto a pagar para que el vendedor no le entregue un bien, así de raro, y eso se debe a dos causas profundas. Una es el derrumbe de la demanda de crudo en EEUU por el parón de su economía, por el confinamiento de la gente, por la inmovilización de gran parte del sector productivo y de los millones de coches que siempre están dando vueltas por allí. El otro es que la capacidad de almacenamiento del crudo sobrante se ha agotado en aquel país. Literalmente no hay donde guardar un petróleo que, si se compra, no va a poder ser utilizado, dada la demanda desplomada. Las llamadas reservas estratégicas de crudo están a rebosar, y ahora mismo el petróleo le sobra a aquel país, por lo que la demanda es nula. Esto es un efecto temporal, y evidentemente los precios negativos no van a mantenerse mucho, de hecho es probable que hoy mismo ya se vuelva a un terreno positivo, pero el que algo así haya sucedido indica hasta qué punto lo del coronavirus va a generar un shock económico como no lo ha habido otro en la historia contemporánea. El derrumbe del crudo que se veía ya desde hace semanas en los mercados es un evidente indicador de no ya recesión, sino depresión global, dado que el conjunto de las grandes economías del planeta están literalmente detenidas, y afrontan, afrontamos, un panorama de meses y años inciertos en los que la demanda deberá ser reconstruida, y eso hace que el consumo de petróleo llegue a unos niveles muy bajos, desde los que remontará. ¿Podemos ver en Europa algo similar a lo visto en EEUU? Es difícil, pero casi más es descartar ya cualquier cosa. Ayer, la referencia europea, el Brent, cerró a veintipocos dólares el barril. La capacidad de almacenamiento de reservas en nuestro continente aún existe, por lo que el punto de tensión que se vivió ayer al otro lado del charco no está tan cerca, pero es evidente que la debacle económica nuestra va a ser igual de intensa que la suya, sino más, así que el petróleo aquí tampoco será caro en el futuro cercano.

Todo esto cuadra muy bien con los escenarios que ayer presentó el Banco de España para nuestra economía, en un ejercicio necesario que el gobierno debiera interiorizar, temer y esperar. Tres son los posibles mundos que anticipa la institución, a día de hoy, con los datos que se tienen y los supuestos que se manejan. El menos probable es la recuperación rápida desde una caída del PIB del 6% este año y el peor de ellos es una lenta salida desde un abismo del 13% de derrumbe. Ya les aviso que es mucho más fácil que estemos en esta sima de los huesos que en una bajada del 6% – 8%. Y es que la economía ya hace lo que quiere, no lo que uno cree.

lunes, abril 20, 2020

Los niños

A lo largo del fin de semana hemos vuelto a asistir a un espectáculo de descontrol por parte de un gobierno superado por sus errores propios y por lo que pudiera ser el torpedeo interno por parte de sus nada fiables socios. Las declaraciones del general de la Guardia Civil sobre el desarrollo de acciones que tratan de minimizar las críticas al gobierno serían graves en cualquier contexto, lo son aún más en medio de la crisis que vivimos, y revelan los deseos de algunos que, ungidos de poder en Moncloa, tratan de usarlo para enseñorearse de la vida civil a la que tanto odian desde lo más profundo de su innata ideología totalitaria. A buen seguro, en pocos días, este guardia civil desaparecerá de los medios y su vida será una pesadilla. Quién le ha obligado a decir eso seguirá tan pancho.

Lo más interesante de la sesión de “Aló presidente” de este fin de semana es la confirmación de que, a partir del día 27, sin que aún se conozcan los detalles, los niños podrán salir de casa, una medida que venía siendo reclamada desde hace tiempo por parte de pediatras y otros expertos en materia infantil y a la que se habían sumado a lo largo de la semana pasada distintos representantes de algunas CCAA. Es duro que los niños estén encerrados, y puede que este tiempo de confinamiento no les haya sentado bien, no lo discuto, pero es necesario que hayan sido sometidos al mismo castigo que todos los demás porque los niños son personas, como cualquier otro, y eso quiere decir que pueden ser portadores del virus. A la hora de enfermar parece que, gran fortuna, los niños casi ni se enteran de lo que es esta maldita enfermedad, pero para portar y contagiar son exactamente igual que cualquier otro ser humano, por lo que las medidas de distanciamiento deben ser tomadas en su caso de la misma manera que en el del resto de las personas. Dado que los niños no tienen voluntad legal propia y son sus padres los que ejercen la responsabilidad, dejarles salir sería un problema, porque un niño no entiende de confinamientos y cosas por el estilo. Se mueve, corre, comparte, se relaciona con otros y no mide distancias. Dejarlos en la calle desde un principio hubiera sido permitir un foco potencial de contagios de gran intensidad, y como es imposible, al inicio de una situación de este tipo, establecer la manera en la que permitir la relación de los críos sin que haya distancias, lo normal es optar por lo que se ha optado, que es por el encierro puro. La decisión más dura posible, y más fácil de garantizar su cumplimiento, para minimizar los riesgos. Por tanto, cuando se determinó que el encierro era estricto y afectaba a todos, niños incluidos, la medida estuvo bien tomada por parte del gobierno. Se podría haber hecho una excepción con el caso de los bebés, que deben ir en su carro o silla, y por tanto no poseen movilidad propia, de tal manera que se hubiese permitido salir a pasear cerca de casa a los padres con niños de, pongamos, cero a tres años, siempre con el carro, pero quizás se pensó que esa medida favorecería el encuentro de parejas de padres y abriría un posible boquete en el confinamiento total bastante difícil de subsanar. Desde el momento que los dueños de perros puede sacar a los animales hemos visto una cierta picaresca en el mundo de los canes, cierto que no muy elevada, pero nunca los perros han andado tanto como en estas semanas. Frente de perros y carritos de bebé en la calle serían, quizás, demasiados elementos que no permitirían guardar las distancias y protocolos de seguridad, por lo que la táctica de restricción excesiva es la más lógica y, recuerden, muy importante, la más sencilla de controlar que se lleva a cabo.

A medida que las tasas de infección bajan se puede abrir la mano en algunas medidas, dado que lo que se busca es que el virus no circule, y eso se logra al reducir su nivel de propagación hasta el punto en el que el número de infectados por cada uno que lo está cae por debajo de cero, situación en la que ya se encuentran la mayoría de las CCAA. Además, estas semanas han servido para que todos nos demos cuenta de la gravedad del tema, y cuando poco a poco se vaya saliendo, cada uno será muy consciente de la autoprotección que debe ejercitar, para su bien y el de los demás. Niños ahora, adultos después, saldremos, pero no nos comportaremos de igual manera. Y eso ayudará mucho a vencer al virus, bastante más que los deseos de algún político, expresados en boca de un mandado vestido de uniforme benemérito.

viernes, abril 17, 2020

Torpezas en el supermercado


Soy torpe, lo se. Suelo decir muchas veces para mi mismo, a veces también en público, que tengo ciertas cualidades para temas que son útiles en, por ejemplo, el trabajo, pero casi ninguna para las cosas normales de la vida que el común hace sin pensar y con plena naturalidad, y que para mi son retos inalcanzables. Además, he conseguido montarme una vida en la que no las echo en falta, lo que no se si es mérito o simple necesidad de supervivencia teniendo en cuenta mis limitaciones. La frase de “no saber freír ni un huevo” es algo que se me puede aplicar literal y metafóricamente hasta quizás ni se imaginen ustedes dónde.

El supermercado es uno de esos lugares en los que estoy muy desubicado, mucho de lo que allí existe no representa nada para mi. Voy por obligación, por necesidad, pero sin gusto alguno, con ganas de hacer rápido lo que tengo por delante y salir cuanto antes posible. Es un tiempo que hay que gastar en algo necesario, de manera forzada. Es coste. En estos tiempos de confinamiento es casi el único lugar al que acudo de manera regular, una vez a la semana. Llevo el carro de la compra y vuelvo con él medio lleno, tampoco en exceso, con las provisiones necesarias para sobrevivir otros siete días. Con las necesidades higiénicas que el coronavirus ha impuesto la compra se ha complicado para mi, porque es obligatorio el uso de guantes, que se entregan a la entrada del establecimiento. Alabo y reconozco esa necesidad, pero cuando me los estoy poniendo se que entro en un entorno aún más difícil para mis capacidades. Ayer, por ejemplo, a la hora de coger algunas piezas de fruta volví a dar un poco el espectáculo. Con los guantes enfundados conseguí, con mucho esfuerzo, agarrar una bolsa individual para cargar en ella unas piezas de fruta tipo A. Las bolsas estaban asidas todas ellas a un fajo que cuelga y hay que tirar de la que se desea para quedársela. Al principio era incapaz de coger sólo una, porque son de ese tipo muy fino que se utiliza para envolver alimentos que casi se transparenta. Tras unos minutos conseguí asir a una sola de esas bolsas, lo que ya fue un triunfo, pero me encontré ante mi el gran reto de abrirla, porque esas bolsas son como dos lienzos plásticos unidos por tres de sus cuatro lados, carentes de asas o algo que los señale, y sin guantes no es muy difícil, pero tampoco es trivial, poder abrirlas. Con ellos era imposible. Trataba de darle vueltas al cuadrilátero plástico para encontrar la zona en la que se encontraba la presunta apertura consiguiendo que la bolsa se arrugase y fuera perdiendo su forma de cuatro esquinas, adquiriendo un aspecto de bola arrugada. Cuando logré identificar la zona en cuestión por donde se puede abrir traté de hacerlo, pero no había manera para ello, era imposible, todo resbalaba. La única alternativa que encontraba, quitarme los guantes y abrirla, era impensable, y allí seguía, delante de las frutas tipo A, haciendo el tonto con una bolsa de plástico en una especie de sketch cómico que haría las delicias de los seguidores de Mister Bean. Sin muchas alternativas acabé por pedir la ayuda de un empleado del local, que estaba trabajando como un poseso, como todos los de estos establecimientos en estos días, y le molesté para ver si podía abrirme la bolsa. Me miró con la obvia cara de sorpresa de quien tiene a un marciano delante, cogió la bolsa y, llevando guantes, la abrió en nanosegundos y me la dio, y supongo que me quedé ante él como el público de Juan Tamariz cuando hace los imposibles trucos de cartas que nadie es capaz de pillar.

Bolsa abierta en mano, cogí frutas A y las puse dentro del envoltorio, y lo deposité todo en el carrito. Intenté hacer un nudo a la bolsa, pero a los pocos segundos pasé de ello, porque apenas se hacer nudos, con guantes es imposible, y afortunadamente el local en el que estaba pesa las bolsas de este tipo en caja, por lo que no te pueden acusar de robar lleves abierta la bolsa o no. Satisfecho, contemple la victoria ante la fruta A como todo un logro, pero casi al instante un leve escalofrío me volvió a invadir el cuerpo, porque tenía intenciones de coger también piezas de fruta B. Y despacio, temeroso, me volví a acercar al fajo en el que se encuentran las condenadas bolsas, para dar comienzo a una nueva sesión de espectáculo.

jueves, abril 16, 2020

Trump, el CIS y la mentira


Las instituciones, sean o no gobierno, no pertenecen a ningún partido político, n se encuentran a su servicio, sino que son de la nación, de los ciudadanos que la componen, y es a su servicio al que están. Las instituciones permuten que la democracia funcione de manera efectiva, mal o bien, mejor o peor, pero que exista. Si las instituciones se convierten en herramienta de partido, tomada al asalto, se vuelven inútiles como tales, se vician, y lo que es peor, destruyen el tejido democrático que les da sentido. Se corrompen en el sentido más profundo del término y no son nada más que carcasas vacías, formas huecas, falsas representaciones. Están podridas.

Esta crisis del coronavirus ofrece varios ejemplos de cómo una institución puede ser debilitada hasta el extremo por parte de los políticos que, con un usufructo temporal de la misma gracias a su victoria electoral, usan de las mismas para su beneficio propio. El ejemplo más absoluto, brillante y salvaje es el de la presidencia de los EEUU, en manos desde hace cuatro años de un personaje como Trump, que encarna casi todos los valores negativos que uno pueda imaginarse. A lo largo de los pocos meses que llevamos de crisis sanitaria Trump ha mostrado ante la misma el mismo comportamiento que ha llevado a cabo con todos los problemas que han pasado por delante de su mesa. Su único objetivo es él mismo, su supervivencia política, y nada más importa, sea aliados internacionales, acuerdos comerciales, derechos civiles y, por supuesto, la vida de sus compatriotas, cosa que le trae bastante al pairo. Fue uno de los negacionistas de la enfermedad, minimizándola por completo hasta hace apenas unas semanas, negando que fuera grave, y haciendo declaraciones que sonrojaban por su grado de altanería en las que afirmaba que el virus se iría en primavera como un milagro y que no era más que una gripe común cuando en Italia ya morían a decenas cada día. Cuando la situación empezó a ponerse fea, hace apenas unas semanas, Trump ordenó el cierre de fronteras pero seguía con el discurso de minimizar el problema y asegurar que la economía era prioritaria, y que no se podía cerrar el país ante algo tan nimio como esto. Mientras sus asesores científicos asistían a las ruedas de prensa con cara de desear ser tragados por un agujero negro, Trump soltaba discursos vacíos de inconsciencia absoluta. Cuando las muertes se dispararon en Nueva York y el gobernador del estado, Andrew Como, se convirtió en la voz de la sensatez ante la ciudadanía asustada Trump viró, de un día para otro, recomendando el aislamiento personal, pero sin decretar el cierre federal del país. Ahora, con las muertes disparadas en el país y el desempleo creciendo a pasos agigantados, Trump vuelve a mentir, y empieza a relatar una historia sobre las miles de víctimas que se han salvado gracias a las medidas que él tomó a tiempo, historia que no sólo es falsa, sino también cruel. A su estilo pendenciero, Trump empieza a señalar en otros a culpables de su propia inutilidad, para salvarse como sea ante el desastre, cosa que es lo único que le ha preocupado a lo largo del mandato y es lo que le obsesiona ahora mismo. Trump, con su actitud, ha destrozado gran parte del prestigio de esa institución denominada “presidencia de los EEUU”, o de una manera figurada, ha manchado la Casa Blanca con su actuación. Su paso en el poder será temporal, renueve mandato o no, pero el daño que ha hecho a la imagen de su país y a la honorabilidad de sus instituciones será mucho más duradero y peligroso.

A escala, cada uno desde el poder trata, con las herramientas que tiene a su alcance, de hacer manipulaciones similares para salvar su imagen. En España, el gobierno de Sánchez cogió un CIS que estaba siempre cuestionado por la oposición de turno y lo ha convertido en una baronía más al servicio del PSOE, destruyendo por completo la fiabilidad de sus pronósticos y las series históricas, y todo para loar la figura del presidente y su actitud. El de ayer fue el último ejemplo, quizás el más intenso, de la bochornosa manipulación de esta pobre institución. Si un partido en el gobierno retuitea sin cesar porcentajes sesgados a la búlgara de lo que el encuestador del gobierno ha cocinado hasta agotar toda la levadura posible nada más hace falta añadir sobre el descrédito total en el que ha caído el cocinero y su restaurante.

miércoles, abril 15, 2020

Previsiones económicas depresivas


Poco a poco empiezan a publicarse previsiones de diferentes institutos de estudio sobre el impacto económico del desastre que vivimos. Aviso que, en mi opinión, son análisis valiosos pero aventurados, dado que los modelos de previsión suelen tener una gran inercia y funcionan muy bien en condiciones normales, pero pillan mal los giros de las curvas, por así decirlo, minusvaloran los puntos de inflexión, y tienden a sobredimensionar los auges y las caídas cuando estamos en plenitud de ambas fases. Además, la crisis a la que nos enfrentamos es tan especial que no creo que haya modelo que la pueda recoger en su plenitud.

Ayer se sumó al carro de las previsiones el FMI, pronosticando un escenario depresivo global. Su estimación de caída de la economía mundial otorga a este año 2020 un 3% de desplome, el mayor de los conocidos desde hace un siglo, que deja el -0,1% de 2009, en plena crisis financiera, convertido en un auténtico paraíso. También apuesta el FMI porque el rebote global será rápido e intenso, lo que se llama una salida en V, con un año 2021 de altas tasas de crecimiento. Estos datos son agregados, y el FMI desglosa valores para los distintos países, y somos los europeos los que presentamos las peores cifras, con bajadas previstas de PIB para este año que son históricas, con casi todos los países por debajo del 7%. Europa está muy afectada no sólo porque es, actualmente, la zona del mundo en la que la epidemia está siendo más devastadora, sino también porque es uno de los pilares del comercio global, sus economías son muy abiertas, y en tiempos de bloqueo y restricciones las pérdidas potenciales serán aún mayores. El caso particular de España es aún peor que la media europea. Para nosotros el FMI estima una caída del PIB en el año del 8% y una recuperación para el 2021 del 4,3%. Esa cifra estimada para el presente año es de una dimensión guerracivilista, propia de cataclismos, como es lo que estamos viviendo, pero, ya lo siento, me temo que se va a quedar corta, porque la economía española es muy dependiente de un sector que está ahora mismo arrasado y que muy probablemente no va a levantar cabeza en todo el año, y veremos si lo hace el que viene. Me refiero, claro está, al turismo, que supone en torno al 12% del PIB, si no un poco más, y que en determinadas CCAA como las insulares, las del levante o Andalucía es la auténtica máquina de generación de empleos, rentas y fuente de vida. Acaba de terminar una semana santa en la que ese sector ha facturado cero euros, cero. Tanto instalaciones de recreo como de restauración y alojamiento permanecen cerradas a cal y canto, y sus ingresos son nulos. Es un sector que, por definición, requiere aglomeraciones de personas y llegada de visitantes de otras naciones, y esos dos factores no se van a dar entre nosotros en mucho tiempo, porque es evidentes que los servicios ligados al ocio serán los últimos que puedan reabrir tras la pandemia, y sólo cuando exista un medio efectivo para combatirla, vía tratamiento o vacuna, y cuando el miedo a la enfermedad y el contagio se hayan disipado. Y no, eso no va a pasar ni el mes que viene ni en verano. Quizás para los meses de julio y agosto exista un cierto nivel de movilidad nacional (veremos si pleno o no) que permita un cierto turismo interno y arrancar al ralentí algunas de las infraestructuras de la costa, pero pensemos que la dimensión del sector turístico español se ha determinado en función de las decenas y decenas de millones de turistas internacionales que nos visitaban hasta hace un par de meses. Los viajes internacionales tampoco no van a volver hasta que se cumplan las dos condiciones anteriores que he mencionado. Es imposible llenar nuestra oferta hotelera si no hay turismo extranjero. Qué digo llenar, darle un poco de vidilla, un mínimo uso.

Sólo por este facto me parece muy difícil que nuestro PIB no caiga, al menos, un 10%, y este es un factor que pesa mucho en otras naciones vecinas, como son Italia o Francia, enormes potencias del sector que también se van a enfrentar a una debacle similar. Amenaza el turismo en ser la “construcción” de la presente crisis, un sector que va aquedar muy dañado, veremos a ver hasta qué punto de irreversibilidad, y que costará Dios y ayuda volver a reflotar. Ahora, más allá del PIB, me surge una profunda duda. Sin turismo, ¿de qué van a vivir este año en lugares como, pongamos dos, Baleares o Canarias? ¿De dónde van a sacar los que allí residen ingresos? ¿Cómo van a poder pagar algo? Da miedo hacerse preguntas como estas y no tener respuesta.

martes, abril 14, 2020

Pacto necesario pero ¿posible?


El segundo mantra que dominó el discurso de Sánchez del domingo fue el de la necesidad de un gran pacto para lo que llamó postguerra tras el coronavirus, que no va a tener forma de crisis económica ni de recesión, sino de grandiosa depresión. Hizo apelaciones a la unidad de todas las formaciones políticas y solicitó una desescalada verbal entre los partidos para afrontar juntos no ya lo que ahora vivimos, sino lo que nos espera en un futuro no muy lejano cuando, lo admita el gobierno o no, gran parte del tejido productivo nacional esté, simplemente, arrasado.

Este mensaje, correcto, contrasta notablemente con lo que pudimos ver en la sesión del Congreso de este pasado jueves con motivo de la convalidación del decreto de prórroga del estado de alarma. Bueno, la verdad es que tengo que cambiar la forma verbal de la frase anterior, mejor que ponga “se pudo ver” porque yo me negué a verla. No la vi para evitar contemplar un patético espectáculo de enfrentamiento cruzado entre todas las formaciones políticas, PSOE y PP a la cabeza, atizándose por boca de sus portavoces de una manera desaforada. La sesión escenificó, otra vez, la profunda división política que nos aqueja, en la que esta crisis actúa como una mera escusa para echarse los muertos unos a otros y servir, como siempre, para tratar de sacar rédito de un desastre en beneficio muy particular. Las intervenciones de los portavoces del PP y PSOE fueron, sí, repugnantes, pero es que comparadas con las de los grupos de Podemos, ERC y Vox resultaron hasta soportables. Mientras una parte inmensa de la sociedad española se desvive para tratar de salvar enfermos sin apenas medios o se mantiene encerrada en casa con una disciplina encomiable, los presuntos representantes de esa ciudadanía no dejan de hacer cálculos oscuros de cuántos votos pueden ganar o perder en función de lo mal que lo haya hecho el gobierno regional de una CCAA o del nacional, cuando estamos en una situación en la que todas las administraciones, todas, repítalo conmigo una vez más, todas, han fracasado, cada una en su ámbito y con la dimensión que le corresponde, y la prueba es que, a día de hoy España sigue siendo el país del mundo más afectado, con el mayor ratio de infectados y fallecidos por millón de habitantes. Encabezamos una macabra estadística que ninguna formación política quiere ver desde el lugar en el que posee competencias de gobierno y todas exhiben con pudor desde los bancos que ocupan como oposición. Esa sociedad civil desea un pacto colectivo, porque lo vive como tal, porque para ella la división sectaria que se ve en el vomitivo twitter de los partidos políticos no existe, pero vuelve a mirar a sus representantes e instituciones y encuentra una bilis que es más profunda que el propio virus y, aunque menos mortal, no menos infecciosa. Pasear un rato por twitter estos días y buscar algo en las redes sociales de los partidos es asistir a un infecto paisaje de insultos, chistes zafios, acusaciones y rencores que los hacen similares a lo que debe ser los mensajes que se crucen bandas rivales de traficantes que luchan por hacerse el control de una ciudad. No se citan en oscuras esquinas para dispararse balazos, pero se parapetan en la distancia virtual para atizarse, y de mientras algunos de sus líderes lanzan mensajes conciliadores a la galería, sus subalternos insultan sin cesar, acusan de todo al contrario y desean, aunque no lo digan, que los muertos les sean rentables a ellos y castigadores al contrario. Y así estamos.

¿Es posible, por tanto, un pacto? Ojalá, pero del párrafo anterior podrán calcular mi optimismo al respecto. Antes de que este desastre apareciera en nuestras vidas repetía a todo el mundo que sólo un gobierno de unidad PSOE PP podría sacar al país del atolladero y liberarlo de la dependencia de extrema izquierda, derecha y nacionalistas. Ahora la necesidad de ese gobierno de concentración es ineludible, pero veo a cada partido con su máquina de estimar votos, con sus periodistas a sueldo construyendo relatos para invertir sus culpas y sus militantes más fervorosos siguiendo las infantiles consignas que salen de sus sedes, y así no hay nada que hacer.

lunes, abril 13, 2020

Deshibernar, sí o no


Se ha convertido ya en una costumbre de Pedro Sánchez aparecer en televisión los fines de semana, comentando alguna de las reuniones o consejo de ministros que hayan tenido lugar en estas fechas. Son alocuciones río, discursos extensos en los que se demuestra que Iván Redondo y el resto de guionistas de Moncloa no saben lo que es la concisión y el mensaje directo. Idas y vueltas sobre ciertas ideas que acaban sepultadas en largas parrafadas capaces de generar desconexión hasta en sus más fieles acólitos. La obsesión de Redondo por el estilo de “El Ala Oeste de la Casa Blanca” no hace que sus escritos lleguen a la altura de los de Aron Sorkin, ni mucho menos.

Dos son los mensajes de fondo del discurso de ayer, a ver si los puedo desgranar entre hoy y mañana. Uno de ellos es el más inmediato, el de la llamada deshibernación de la economía, término que hace referencia a la vuelta al trabajo a partir de hoy y mañana de los empleados a los que se les aplicó la restricción extrema de hace dos semanas. Simplificando mucho, y con la imprecisión propia del gobierno, la industria y la construcción vuelven al tajo. Es una medida con polémica, porque se buscó con ella reducir al mínimo la actividad y la movilidad para evitar todo lo posible la propagación del virus, y dado el decalaje que se produce en los datos a cuenta del periodo de incubación de la enfermedad, es probable que sea esta misma semana la que nos sirva para valorar el efecto reductivo en las tasas de incubación y mortalidad de lo decretado hace algo más de dos, y ese mismo retardo es el que nos permitirá saber, a muy finales de abril, si la reincorporación al trabajo de hoy genera nuevos contagios y futuras nuevas muertes. Realmente es endiablado el panorama para poder tomar decisiones, dado que estos decalajes temporales lo complican todo. ¿Acertó el gobierno con su medida hace dos semanas y lo hace ahora con la retirada de la misma? Difícil dar una respuesta precisa, aunque me inclino por el sí, no tanto por la chapucera forma con la que esta decisión fue llevada a la práctica y la no menos confusa forma de revertirla, sino por el fondo de la misma. Lo que se busca es alcanzar un suelo en la tasa de contagio, un mínimo sostenido que permita ir agotando el efecto de la enfermedad en las cifras que medimos cada día, y que luego se traduzca en menor número de muertos. A medida que las UCIs de los hospitales se descongestionan crecen las posibilidades de atender mejor a los pacientes y, con ello, la tasa de mortalidad puede caer, de tal manera que morirá menos gente, al haber menos enfermos y al poder ser cuidados con mayor calidad. Sin embargo a nadie se le escapa que parar construcción e industria del todo tiene un tremendo impacto económico, supone disparar las pérdidas en sectores que son vitales para la economía y el futuro del país, y que por cierto, no se apagan de una manera tan simple como lo hace una bombilla cuando apretamos el interruptor. Siderurgias, cementeras, plantas de procesado, hornos cerámicos… son instalaciones que requieren un proceso de “apagado” muy complejo y costoso, en tiempo y dinero, y que no pueden estar al albur de las indecisiones que, en el seno de un gobierno dividido, luchan en un pulso constante sobre las decisiones que se deben tomar. La vuelta al trabajo de hoy supondrá, probablemente, un mayor número de infectados dentro de tres semanas, pero no mayor al que se registra hoy mismo, sino al que se podrá ver en el entorno del 24 – 25 de marzo. Decidir sobre qué es mejor en cada caso es lo que le toca al que gobierna, y por sus aciertos y errores deberá ser juzgado.

Una breve disquisición sobre el término hibernación, utilizado por casi todo el mundo para describir lo que ha pasado en la economía durante estas dos semanas. No me gusta nada de nada. Es una metáfora que se entiende, no lo niego, pero un concepto que desconocemos, porque no sabemos cómo hibernar alguien o algo para luego revivirlo. En las películas del espacio acostumbramos a ver situaciones de ese tipo, donde los astronautas despiertan tras meses de letargo inducido. En la realidad esos sigue siendo una fantasía, y es probable que muchas empresas “hibernadas” se conviertan en fríos cuerpos muertos cuando se pretenda que vuelvan a despertar.

miércoles, abril 08, 2020

Cientos y cientos de vidas perdidas


Cada mañana, a eso de las 11:30, se hacen públicas las cifras de nuevos infectados y fallecidos fruto de esta maldita pandemia, y algo después, a veces poco, a veces mucho, tiene lugar la comparecencia del comité de seguimiento de la crisis en el que predomina la seriedad uniformada, para detallar esas cifras y dar cuenta de lo que las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y los militares han hecho contra el virus y para mantener el confinamiento decretado en el estado de alerta. Lo más importante de esa comparecencia es lo que se produce justo al principio, cuando se oficializan las cifras de los caídos, y se pone número a la tragedia.

Esas cifras se dicen rápidamente, pero son enormes en todos los sentidos en los que uno quiera imaginar. Estabilizados en el rango de los seiscientos a ochocientos muertos diarios, equivalen a un balance militar, a los saldos que generaría cualquier batalla normal de una guerra del siglo XX. Es una salvajada. Me asombra que nos hayamos acostumbrado en semanas a recitar cifras de cientos de muertos con una naturalidad pasmosa, como si fueran un mero balance circunstancial, y huyamos de la su dimensión. En un año normal en España mueren unas tres mil personas en accidentes de tráfico, y eso es lo que en cuatro días mata esta enfermedad. En poco más de cinco días de pandemia se supera el número de suicidios anual de todo el país, y así todo. Cada día esos cientos de muertos equivalen a la población de muchos municipios españoles, y si los comparásemos con los que se encuentran en la España vacía supondría el equivalente a despoblar comarcas enteras. Son un balance desolador que se suma jornada a jornada en una cuenta que ya alcanza los 13.000 fallecidos y que no va a hacer otra cosa que aumentar, todos deseamos que a un menor ritmo, pero que no va a dejar de sumar muertos a una cifra desoladora. Algunas proyecciones matemáticas señalan que España no bajará de los 20.000 – 22.000 muertos, y si se fijan no estamos muy lejos de esas cifras, de hecho cada día un poco menos, cifras que son el equivalente a poblaciones de tamaño medio en muchas provincias y de grandes pueblos en otras en las que la demografía ya ha sido cruel en el pasado. Y lo peor es que esas cifras recuentan vidas. Nos olvidamos de ello en todo momento, apenas lo recuerdan los medios de comunicación, quizás porque no queramos recordarlo, pero cada uno de esos cientos de muertos son vidas que se apagan, vidas que se extinguen y dejan vidas colgadas en este mundo, agujeros que aparecen en familias que se van extendiendo a lo largo y ancho de nuestra geografía, transformando su solidez en una especie de colador, granulado en sus perforaciones. Cada día son más las familias afectadas por la pérdida de un ser querido y esas pérdidas se acercan más a otras familias, y cada vez resulta más fácil que el dolor ajeno llegue hasta nuestro círculo íntimo. Los memes de coña por el confinamiento van disminuyendo y poco a poco los mensajes de “se ha muerto un familiar de no se quién” van a más, donde seguimos sin conocer al fallecido pero ya sí ponemos rostro a “no se quién” y su dolor empieza a ser un poquito el nuestro. Y poco a poco los agujeros vitales crean una red de pérdidas que embarga a más y más personas, y las vidas se unen en un dolor silencioso que no se puede expresar porque ni enterrar es posible debido al riesgo de contagio. Este desastre que vivimos es, sobre todo, el de la muerte, el de la pérdida de vidas de personas, el de los fallecidos y sus allegados. A veces no lo vemos así, no lo queremos ver, pero así es.

Quiere la casualidad de las fechas que mañana sea Jueves Santo y festivo, iniciando los días grandes de una Semana Santa que este año es tan absurda como todo lo demás. Conmemorar la pasión y muerte de Jesús en medio de una catarata de fallecimientos es algo que no se ha visto nunca, y que otorga un sentido extraños a estas jornadas, alguno diría incluso que un sinsentido. El Domingo de resurrección, el día más importante del año para un cristiano, la jornada que transforma el evangelio de ética a religión, pasará en silencio, sólo alterado por el balance diario de fallecidos de las 11:30, y sin alborozo alguno. Ni santa ni semana es la de este año.

El siguiente artículo del blog será el lunes 13.Cuídense mucho.

martes, abril 07, 2020

Boris Johnson en la UCI

Ayer por la noche, tras pasar su primer día hospitalizado, Boris Johnson fue ingresado en la UCI del hospital St Thomas de Londres, que si no me falla la memoria está en la orilla sur del Támesis, casi en frente a las casas del parlamento de Westminster. Johnson hizo público su positivo hace más de una semana y desde entonces permanecía en aislamiento domiciliario, grabando cada día unos vídeos en los que relataba sus medidas ante la crisis y mostraba un creciente mal estado, en forma de ojeras, voz ronca y pelambrera aún más despeinada si cabe.

Cuando empezó esta crisis y las cifra en Italia y España empezaban a ser demoledoras Johnson optó por una vía alternativa para luchar contra la pandemia que fue muy comentada en su momento. Asesorado por algunos científicos locales, y buscando mantener en lo posible la viabilidad de la economía británica durante un máximo tiempo, optó por la teoría de la inmunidad de grupo. Le comentaron, y esto es verdad, que la mayor parte de los que sufren la enfermedad son asintomáticos o leves, por lo que puedes dejar que esta se extienda entre la población que la va a sufrir con menores efectos, manteniendo a los grupos de riesgo, principalmente los mayores, a resguardo, de tal manera que cuando la mayor parte de la población pase la enfermedad y ya no pueda transmitirla se convertirán en barrera e impedirán que el virus ataque a los que le puede suponer un riesgo mayor. Digamos, si todos los hijos y nietos de un abuelo pasan el virus y se recuperan, tras ello pueden estar junto al abuelo sin riesgo de contagiarle, y ese grupo de curados es lo que defiende al abuelo de ser infectado. No suena mal, y de hecho es el principio en el que se basa la vacunación, dado que si un elevado porcentaje de la población está vacunada se convierte en no transmisores del virus y actúa como si estuviera “recluido” de cara a impedir contagios. El problema que tiene esta teoría ante una enfermedad nueva como la que vivimos es que debe luchar contra el miedo que lo desconocido impone al conjunto de la sociedad y requiere una enorme disciplina social para llevarla a cabo, tanto en lo que hace a la separación de los grupos de riesgo como a la asunción de las posibles bajas que se produzcan entre la población catalogada como no de riesgo, donde ese “no” es relativo. Sociedades pequeñas y disciplinadas pueden llevar a cabo experimentos de este tipo. Pendemos en una isla como Islandia, con apenas trescientos mil habitantes, allí es posible actuar de una manera diferente y buscar esa inmunidad de grupo si se detecta la expansión del virus, pero plantear eso en los países europeos, con millones de personas, y poseedores de urbes como Londres, con nueve millones de habitantes, es prácticamente imposible. A medida que nosotros nos adentrábamos en el agujero negro de la epidemia Johnson seguía fiel a su teoría y el Reino Unido era atrapado por la infección de manera silenciosa, como lo han sido el resto de los países. Las restricciones de movilidad allí eran escasas y todo se basaba en recomendaciones y consejos que apelaban a una responsabilidad social que, en la práctica, es difícil de ejecutar si no se impone.

A resueltas de todo esto, Reino Unido perdió un par de semana de ventaja en la expansión del virus, las que llevaba respecto a nosotros, al igual que nosotros las perdimos respecto a Italia. Si cuando España cerró se hubieran cerrado las islas es casi seguro que su mortalidad hubiera sido mucho más baja, pero no se hizo. Transcurrido el tiempo de rigor, y ante modelos que cifraban las víctimas estimadas en varios de miles, Johnson dio un volantazo en su estrategia y apostó por el confinamiento duro, como todos los demás. Y no muchos días después comunicó que estaba enfermo. Desde aquí, como para todos los que padecen este mal, mi deseo de pronta recuperación. Todo esto es una constante fuente de dolor, en todas partes.

lunes, abril 06, 2020

Curvas peligrosas


A lo largo de este fin de semana hemos tenido ante nosotros los primeros datos que dan una cierta esperanza de que hemos superado el pico de la pandemia y transitamos por la meseta en las cifras deben estabilizarse antes de empezar a bajar. Hemos de ser muy cautos al analizar los datos porque, entre otras cosas, se ha demostrado que los fines de semana se produce un suministro irregular de los mismos por parte de las CCAA y se dan fluctuaciones anómalas, ruido en la serie, que se empieza a corregir a partir del martes. Recordemos que el dato oficial de cada mañana es la situación de los hospitales el día anterior, así que hoy conoceremos cómo acabó el domingo.

Una de las cosas a las que muchos no se acostumbran ante una crisis de este tipo es que el comportamiento de la misma está sujeto a unos modelos matemáticos e inercias ante las cuales las acciones que tomamos requieren un tiempo para que puedan ser efectivas, y las respuestas están, por tanto condicionadas. Esto no es política o periodismo, sino algo mucho más técnico y difícil de moldear. Los modelos epidemiológicos más básicos son los llamados SIR, que dibujan cómo se comporta una población (S)usceptible ante la aparición de una enfermedad con unas características dadas, medida a través de parámetros como la tasa de contagio, la probabilidad de fallecer por ella, y otras, de tal manera que a lo largo de una serie de periodos del tiempo el número de personas de la población (I)nfectadas vaya variando y la cantidad de las que se (R)ecuperen también, de la misma manera que se acumula un número dado de fallecidos. Sin hacer nada, la enfermedad que aparece en un momento dado desaparece transcurridos varios periodos por el mero hecho de que la población es finita, y el virus no puede expandirse sin límite. Al final una inmensa parte de la población puede verse afectada por la enfermedad y, dependiendo de los parámetros, unos fallecerán y el resto no, generándose unas curvas de infectados y fallecidos a lo largo del tiempo, las famosas curvas que ahora seguimos día a día, y unos acumulados de dichas variables que, partiendo de 0, alcanzan unos totales siguiendo un camino sinuosos que es llamado curva logística. En esos modelos uno puede ver que hay ciertos parámetros que dependen de la enfermedad ante los que, a priori, no se puede hacer mucho, ya que el que un virus sea más o menos virulento o más o menos contagiable dependerá del tipo de virus al que nos enfrentemos, pero hay formas mediante las que sí podemos actuar para que la enfermedad no se expanda y las curvas sean más planas, que es una manera de decir que el número final de infectados y fallecidos sea menor. Las dos medidas obvias son la separación y la cura. La separación se basa en que si yo alejo a las personas susceptibles unas de otras la propagación del virus se frenará, porque cada uno de los portadores podrá infectar a menos personas durante el tiempo en el que es capaz de transmitir la infección. Si esa persona no logra transmitir a nadie, el virus que en ella reside ha terminado su carrera mortal y se extingue, bien a través de la curación del paciente o por su fallecimiento, pero en todo caso ese vínculo de transmisión no ha sido efectivo para el virus. Esto se logra mediante el distanciamiento social y el encierro, que es la situación en la que nos encontramos. Parecerá algo absurdo tener que recurrir a técnicas medievales para tratar de contener a la enfermedad, pero gusten o no son las más efectivas a corto plazo para lograrlo. Esto aplana todas las curvas malas y acelera el proceso de extinción de la enfermedad.

La otra medida muy efectiva es la de la introducción en el modelo de una vacuna, de una cura que haga caer la tasa de letalidad de la enfermedad, de tal manera que, a un número dado de infectados, la probabilidad de fallecer sea mucho menor en cada paso del tiempo. Esta es la que la ciencia ha fabricado a lo largo del tiempo y es la que nos da la victoria final frente a la enfermedad, porque una enfermedad que tiene cura pasa de ser un riesgo a una molestia. Aún queda tempo para la vacuna, cada día uno menos, pero queda bastante. A corto plazo lo más efectivo sigue siendo el distanciamiento, el encierro, lo único que puede doblegar esas malditas y peligrosas curvas.

viernes, abril 03, 2020

Entregados


Una de las mayores impotencias que sufro al contemplar esta crisis es la de no poder hacer nada. Para la inmensa mayoría de nosotros lo que más ayuda para que pase cuanto antes es el encierro hogareño, el estar entre las cuatro paredes de nuestras casas, el no hacer nada. ES la paradoja absoluta, el activismo social más demandado es el de la inacción, y eso supone, otra vez, un contraste total frente a lo que estamos acostumbrados. Nuevamente, esta pesadilla derrumba nuestros esquemas y nos deja sin palabras ni respuestas ante las miles de preguntas que se suceden a cada instante, preguntas que Moncloa no logra filtrar en nuestra conciencia.

Pero los hay que sí están aportando todo lo posible, y más, para salvar vidas. MI perfil profesional está muy alejado del mundo sanitario, por lo que conozco a pocas personas de ese ámbito, pero a alguna sí. AAA trabaja en Osakidetza, servicio vasco de salud, y desde su puesto de administrativo de un hospital de aquella comunidad, se desvela día a día para que el centro no colapse y hace de todo junto a todos para aliviar la presión de las UCIs y de cualquier otro servicio del centro. IMC es pediatra, y vive la crisis con la misma angustia que todos, con la cierta tranquilidad de saber que sus pacientes pueden contagiar pero apenas sufrir, pero sin dejar de acudir a su consulta de un ensanche de Madrid día tras día y llamando sin cesar a los padres para seguir el estado de salud de los niños a la forzosa distancia a la que obliga este encierro social. La hermana de EIdA es dermatóloga, y trabaja en un hospital madrileño, y ahora trabaja a destajo en lo suyo y sabe que en cualquier momento puede ser llamada para ayudar con los pacientes de coronavirus, por lo que sus jornadas son eternas, no acaban nunca, pero lo asume como un deber. Su hermana, EIdA, se dedica a los números en el Ministerio de Industria, y desde allí habla sin cesar con empresas que están recibiendo ayudas para tratar de cambiar planes financieros y salvar la viabilidad de las fábricas que ahora están paradas. Compañeros suyos, como IMA, CVC o JLdP buscan sin cesar vías para que fábricas que antes producían coches ahora hagan respiradores o que otras textiles se dediquen a las mascarillas, como es el caso del taller del hermano de EBC, que está tratando de reconvertir sus líneas en productoras de mascarillas, y la homologación de esos productos es necesaria para que puedan ser utilizados por los muy necesitados sanitarios que los demandan sin cesar.  Otro compañero y amigo del Ministerio de Industria, JLRC, no apaga nunca la pequeña impresora 3D que tiene en casa, con la que está fabricando soportes para viseras protectora, y junto a otros que también están desde sus casas imprimiendo están poniendo a disposición del personal de batalla herramientas que les permitan paliar la escasez de recursos a la que se enfrentan día a día, habiendo creado una red de “coronamakers” que funciona y aporta mucho. La antes citada EBC trabaja en una empresa farmacéutica, y quizás ella no, pero alguien en su trabajo está devanándose los sesos tratando de crear moléculas que sirvan como tratamiento paliativo de la enfermedad. Junto a ella cientos de profesionales de empresas de investigación biotecnológica, apoyadas financieramente no pocas de ellas con fondos europeos del FEDER, en lo que yo trabajo, pasan día y noche encerradas en sus laboratorios buscando vacunas y fórmulas que permitan paliar los efectos de la pandemia y que, ya a estas alturas, abran un horizonte de rápida vuelta a la normalidad, que sólo llegará con un tratamiento médico eficaz.

Si hurgamos entre nuestros contactos nos encontraremos a héroes de este tipo, personas que encarnan esa palabra que estos días se repite tanto y que posee un significado tan profundo como, a veces, equívoco. El héroe sufre como cualquier otro, padece lo mismo que el resto, se duele tanto como cualquiera, pero posee un sentido de la responsabilidad y el sacrificio que es lo que lo distingue. Alrededor nuestro, fuera de nuestras casas, hay héroes que están haciendo todo lo que pueden para ayudar a los demás mientras el resto no hacemos nada, que es lo único que está en nuestra mano para resultar útiles. Por ellos, gracias a ellos, gracias a su entrega.

jueves, abril 02, 2020

Un viaje en metro con coronavirus


He tenido que venir a la oficina para poder coger algún dispositivo con objeto de mejorar la conexión desde casa, por lo que este artículo de hoy lo escribo desde mi puesto de trabajo, desde el ordenador de siempre y en la oficina de siempre, una oficina que está tan vacía como cuando suelo llegar los días normales de trabajo, pero con la conciencia de que hoy no se va a llenar mucho más, de que casi nadie más aparecerá por aquí, ni en la planta ni en el resto del edifico, y que en pocas horas reemprenderé el viaje de vuelta a casa, porque no tiene mucho sentido que esté aquí, en medio de un buque fantasma.

He venido en metro, en un viaje lúgubre que transmitía malas sensaciones. No era lúgubre en el sentido físico, porque todas las luces de andenes y vagones funcionaban correctamente, sino en el emocional, si me lo permiten. Ha sido un viaje de poquísimas personas, con una o como mucho dos, sentadas en los asientos de cuatro plazas, cada una en una esquina de los mismos, con unas bajas frecuencias de paso pero poquísimas personas en cada estación, con vagones en los que si uno miraba al fondo, en convoyes de los que se ve toda la longitud del tren, se percibían piernas de gente sentada desordenadas, a distancia, pero a casi nadie se le veía de pies a lo largo de los vagones. Un viaje en completo silencio, en el que apenas una pareja, en un andén en el segundo intercambio, se estaba diciendo unas palabras a través de sus mascarillas, pero son que ninguna otra voz haya roto el silencio en ningún momento. Sólo el ruido de los trenes en marcha, el pitido de las puertas al abrirse o cerrarse y el de las escaleras mecánicas en movimiento. Ausencia total de sonidos humanos, nada expresábamos los muy pocos que por ahí abajo andábamos. Todos, casi, con miradas al suelo, perdidas, olvidadas, esquivas, las mismas que veo cada vez que voy al supermercado a comprar, cosa que tendré que hacer esta tarde. Sensación de recelo, de desconfianza mutua entre sujetos que no se conocen y temen, que se miran a distancia y se esconden, en su inmensa mayoría, bajo mascarillas de todo tipo y forma, que aportan al rostro un aspecto que está más cercano al del burka opresor que al libre habitual. Guantes variados eran portados por la gran mayoría de los pocos viajeros, en tonos mayoritariamente azules, pero he visto unos naranjas que eran muy llamativos, de textura plástica, como la mayoría. El uniforme para salir a la calle ha mutado en apenas unas semanas, y los dictados horteras de la moda han sido sustituidos por la practicidad del atuendo de batalla y los complementos de profilaxis. No me he fijado mucho en los pelos de la gente, que ya no pueden visitar peluquerías ni otros locales de acomodo, como tampoco me fijo mucho en los míos, pero resulta llamativo como la cuestión de la estética ha sido barrida del mapa en una época en la que nada de lo que se hace ante los demás tiene sentido en la calle, dado que no hay demás que nos observen. Si el metro es un lugar de marabuntas y personajes, un mundo paralelo al de la superficie, ahora mismo languidece en un estado comatoso, habitado por sombras que corren raudas a su destino, que no se paran en ninguna parte, que con nadie viajan y a nadie acompañan, y que son los más parecido a espectros. La pandemia ha trastocado las vidas de todos, y alterado rutinas y formas vitales que parecían eternas, y la vida subterránea es una de ellas.

Se abren las puertas del vagón al llegar a mi estación. Apenas salimos una decena de personas, frente a la marabunta que habitualmente se agolparía para poder abandonar el tren, y nos dirigimos a las escaleras mecánicas recelosos, guardando una distancia de seguridad entre todos bastante superior al mítico metro y medio, sin que nadie nos la imponga mediante altavoces o vigilancia. La escalera sube con poquísimas personas que nada hacen, dicen o transmiten. Camino unos pasos por el túnel y salgo a la calle, a la inmensa avenida en la que está el edificio de mi trabajo, y el bullicio habitual ha sido suplantado por el mismo silencio y vacío que dominaba el subterráneo. Cruzo carriles sin tráfico y llego a la entrada. No me cruzo con nadie en la calle.