martes, noviembre 30, 2021

Ómicron

Puede que esta palabra griega sea la más pronunciada en todo el mundo desde que, el viernes, la OMS la utilizó para denominar a la variante B.1.1.529 detectada por primera vez de manera oficial en Suráfrica. He leído por ahí como que no era esa la letra que le correspondía, dentro del alfabeto griego, y que la OMS se ha saltado, al menos, la Ni, pero a saber si eso es real o no. En todo caso la palabra le pone nombre a una amenaza, la identifica, y eso nos ayuda, conceptualmente, a enfrentarnos a ella. Como también he leído, el que el nombre tenga reminiscencias a malvado de serie de superhéroes puede hacerlo también más fácil de cara a concertar esfuerzos para vencerlo.

Más allá del pánico que se produjo el viernes, el derrumbe de bolsas y activos, y la sensación de vuelta atrás que cunde en muchas naciones, creo que, con lo que sabemos, la reacción a Ómicron resulta ser bastante exagerada. El principal problema con esta nueva variante es que es tan nueva que no sabemos muchas cosas, y eso alienta especulaciones de todo tipo. Las certezas, de momento, parecen estar en que es más transmisible que variantes anteriores, lo que entra dentro de la lógica, porque si se dan cuenta cada una de las que hemos conocido, empezando por la británica, llamada Alfa, a la india, llamada Delta, han ido ganando a la anterior en capacidad de propagación, convirtiéndose en predominantes en un periodo de tiempo relativamente rápido. Si Ómicron es más contagiosa que las demás, las ganará y se hará la mayoritaria en el mundo en pocos meses, por lo que el goteo de casos que vemos que aparecen en distintos países no es sino la constatación de que las variantes son imparables en su extensión salvo en situaciones de bloqueo de comunicaciones globales como las que vivimos en marzo de 2020. También parece constatado que Ómicron tiene decenas de mutaciones en la espícula, la proteína S, que es la que permite al virus acceder a nuestras células e infectarlas. Hay que estudiar esas variaciones y que implican. Es fácil que algunas de ellas se relacionen con la transmisibilidad que antes comentaba y, lo más importante, se trata de saber cuáles, si existen, son capaces de alterar la respuesta inmunitaria que generan las vacunas, reduciéndola. Por así decirlo, y en bruto, las vacunas actuales permiten que el cuerpo sea capaz de reconocer la espícula y bloquearla, pero claro, si la espícula se altera, esa capacidad de reconocimiento puede verse mermada, la efectividad de la vacuna puede verse mermada. Imagínese a una amiga suya que conoce de vista, y un día se cambia el peinado, la seguiría reconociendo, otro se hace una ligera cirugía y altera parte de su rostro, le sigue sonando pero se le antoja un poco rara, y en un determinado momento se hace un tratamiento intensivo de bótox, y entonces ya no le suena de nada. Sigue siendo ella, pero claro, para usted no es la misma. El ejemplo es burdo, lo se, pero la situación de la vacuna y el sistema inmunitario frente a la espícula es bastante similar, un cierto número y tipo de modificaciones pueden no generar alteraciones significativas, pero cuando son muchas las probabilidades de que esos cambios provoquen la elusión de las defensas. ¿Cómo las mutaciones de Ómicron alteran este escenario y son, por tanto, peligrosas? Aún no lo sabemos, y este es uno de los puntos más importantes de esta historia. Ahora mismo técnicos de todo el mundo están estrujando a la variante para testar cómo se comporta la nueva espícula, qué forma tiene y cómo responde. Si el resultado de los estudios es que la respuesta inmune se mantiene, la situación sería muy similar a la actual, sólo con mayor capacidad de transmisión, lo que tiene sus problemas, sí, pero no supondría un cambio radical de escenario. Si las mutaciones generan una reducción de la efectividad la situación sería peor, habiendo grados de empeoramiento en función de la reducción generada. El peor escenario posible, una nula reacción de la vacuna, es el menos improbable. Recordemos que en todo esto las certezas son difíciles pero lo cierto es que las probabilidades son las que son. Es casi seguro que Ómicron nos ponga en una tesitura peor que la presente, pero entre eso y el apocalipsis pregonado por muchos hay un mundo.

Algunas declaraciones de especialistas surafricanos han resaltado que los pacientes de Ómicron ya tratados presentan sintomatologías leves, y eso, en principio, sin saber mucho más, es esperanzador. Dice la teoría que una especie vírica va mutando con el tiempo de tal manera que se hace más transmisible pero atenúa su letalidad, en un proceso de adaptación a la especie a la que ataca, en este caso nosotros. Si nos fijamos la virulencia de las variantes Alfa y Delta no es mayor que la originaria de China. Su problema es que acumulan más enfermos, y las tasas de mortalidad crecen por llegar antes a la saturación del sistema sanitario, no porque los que a él llegan estén en peor estado. ¿Será Ómicron así? Lo sabremos dentro de no demasiados días. Hasta entonces prudencia, investigación y cabeza fría.

lunes, noviembre 29, 2021

Crear y morir, para Almudena y Justo

Con permiso de ómicron, hoy hay que dedicarle el artículo a dos creadores que este fin de semana han fallecido en Madrid. Dos personas de trayectorias vitales opuestas, casi imposible que lo fueran más, pero que tenían en común algo muy especial y profundo, que es vivir inmersos en su capacidad de creación, en dedicar todo su tiempo y esfuerzos a hacer cosas que no existían, que sólo eran una presencia en su imaginación, pero que su esfuerzo las ha convertido en realidades palpables, ciertas, influyentes de verdad. Una era escritora, el otro un albañil, creo que no llegaron a conocerse nunca, pero su final los ha unido en este gélido noviembre.

El sábado, a los sesenta y un años, fallecía Almudena Grandes, una de las escritoras españolas de más éxito, creadora de novelas llevadas a la pantalla y de otras muchas que han tenido un enorme éxito, tanto en ventas como por parte de la crítica. La he leído muy poco, por lo que mi opinión personal sobre su obra carece de relevancia, pero la veía todos los años en la Feria del Libro, y sus colas eran una constante. Expansiva, de voz sonora, era tan conocida por su labor literaria como por su compromiso político, lo que la granjeó grandes amistades y aún mayores odios, cosa que nunca logré entender, porque la obra de un creador es una parte de su persona, pero que no debe ser influenciada por lo que el resto de la personalidad haga. Grandes formaba parte de un grupo de intelectuales afines a la izquierda de toda la vida, militantes hasta el extremo, y no eran pocos los que se lo reprochaban. A mi eso me da igual, cada cual es libre de tener las ideas que quiera y defenderlas por las vías legítimas que existen. Cometió el error, creo, de dejar que ese perfil político comiera su personalidad, y opacara parte de su obra, que era tildada por muchos de manera despectiva antes de conocerla. Por eso es de enorme valor el obituario que ayer le dedicó Jose Antonio Zarzalejos en El Confidencial, porque relataba la relación de confianza y cariño que existía entre ambos, separados por fosos en lo ideológico, unidos por la admiración de la obra y porque eran dos personas con sentimientos que se caían bien. En tiempos de sesgos vulgares, donde etiquetar personas, como si fueran objetos, las cataloga para siempre, el texto de Zarzalejos vuelve a mostrarnos que el alma humana es mucho más de lo que vemos y creemos ver, y que ella es lo importante, no unas presuntas ideas. Ayer domingo, cuando arreciaba el viento frío, falleció Justo Gallego, con más de noventa años. El nombre, así, dice poco, pero era una de las personas más conocidas de este país. Quijote sin montura, pero con manos, sufrió una enfermedad, creo que neumonía, hace ya muchas décadas, y prometió que si se recuperaba erigiría una catedral para honrar al Dios que le había salvado. Se curó, y empezó a llevar a la práctica su promesa, y en su pueblo, Mejorada del Campo, al este de Madrid, levanto en una explanada un templo, que fue creciendo de la nada, sólo con su esfuerzo, sus ideas y los materiales que iba recogiendo de vertederos y escombreras abandonadas. Justo nunca dejó de trabajar en su obra, y con los años la envergadura de su construcción empezó a alcanzar, sí, proporciones catedralicias. El boca a boca hablaba de un viejo que estaba construyendo una locura, y un anuncio de televisión de una bebida isotónica le lanzó a la fama global. Estuve hace años en Mejorada, vi las obras de ese edificio, y me pareció algo tan absurdo como impactante. Había un anciano merodeando por allí con unos hierros, y sí, era él. Huesudo, fibroso, ágil, con la determinación de quien tiene una meta y lo da todo por lograrla. Era un ejemplo de hasta dónde puede llegar la determinación humana.

Bach murió en 1750 escribiendo las últimas piezas de El Arte de la fuga, BWV 1080, una de las cuales está inconclusa, se corta, porque ahí la mano del maestro dejó de escribir. Murió. Almudena Grandes ha dejado sin terminar su serie de episodios de una guerra interminable, inspirados en las obras de Galdós, y el templo de Justo hoy verá salir el sol frío, pero no le tendrá para colocar nuevos ladrillos o revocos. Ambos dejan un trabajo inconcluso, pero una obra enorme a sus espaldas, por la que serán recordados y admirados por los que en este mundo seguimos y por bastantes de las generaciones futuras. Es curioso, y triste, que haya sido el momento de la muerte de ambos, tan distintos, lo que les haya unido. ¿Se estarán conociendo, por primera vez, en otro lugar?

viernes, noviembre 26, 2021

Coronavirus, luces y sombras

La luz es clara, esperada y necesitada. Es el aval que ha dado la Agencia Europea del Medicamento a la vacuna de Pfizer para niños entre cinco y once años, por lo que la inmunización de los mismos puede empezar desde hoy mismo. Las dosis requeridas, dos, son cada una un tercio de la que recibimos los adultos, no generan contraindicaciones significativas y ayudarán a cortar las cadenas de transmisión que proliferan en los colegios, donde el índice de contagios es muy elevado. Recordemos que los niños apenas sufren por la infección, pero son transmisores a terceros que sí pueden padecer enfermedad grave y actúan como reservorio, propiciando la aparición de variantes. Deben ser inmunizados.

La sombra es difusa, oscura y, de momento, especulativa. Ayer por la tarde saltó en los medios la noticia de la detección de una nueva variante, en Suráfrica, uno de los lugares en los que ya se han dado variantes anteriormente. Con elevada tasa de contagio y bajo nivel de vacunación, es una de las naciones en las que se producen las condiciones necesarias para que, con alta replicación, haya mala suerte y una copia nos salga peligrosa. Por ahora la variante se denomina B.1.1.529, nombre técnico que puede ser sustituido en el futuro por una letra griega si se comprueba su estabilidad, importancia y difusión. Lo poco que se sabe por ahora de ella no es agradable. Tiene una capacidad de contagio bastante mayor que la Delta, que recordemos es la que ha logrado dominar el mundo precisamente por su alta capacidad de expansión (“creced y multiplicaros” sigue siendo un lema que, en biología, es sinónimo de éxito). Las vacunas funcionan frente a Delta, pero un disparo de casos siempre hará que el porcentaje pequeño de personas que desarrollan una dolencia grave estando vacunados sea mayor que en un escenario de menor transmisibilidad, y por ello es una variante más peligrosa. Si esta variante de nombre extraño es más contagiosa, puede generar más problemas. La gran pregunta es si las vacunas son también efectivas frente a ella, y para tener una respuesta tendremos que esperar. Se estima que la variante tiene unas treinta mutaciones en la proteína S, que es la maldita espícula que, situada en la carcasa que protege al virus, le permite al condenado penetrar en nuestras células y lograr convertirlas en incubadoras suyas, destruyéndolas de paso. Las vacunas de ARN mensajero enseñan a nuestro cuerpo a fabricar esa espícula, sóla, sin la carga viral asociada, y así el sistema inmunitario aprende a reconocerla y enfrentarse a ella de una manera leve, logrando que, en presencia de la espícula y el virus, sea capaz de rechazar a ambos. Ese es el principio que nos ha salvado. Todas las variantes conocidas poseen, o bien mayor capacidad de contagio o alteraciones en la espícula, o ambas cosas, pero los cambios en esa proteína S detectados hasta ahora no la alteran lo suficiente como para que las vacunas diseñadas ante una versión anterior de S dejen de ser efectivas. Ahora se trata de ver, ante esta nueva variante, si su S asociada sigue siendo lo suficientemente parecida a las actuales y, con ello, la efectividad vacunal se mantendría o, por el contrario, los cambios que presenta son suficientes como para que logre escapar en parte de esa cobertura. En el primer escenario nos encontraríamos ante una variante que, aunque poseyera letra, sería una versión más contagiosa de la Delta, por lo que el problema, aunque serio, estaría dentro del escenario en el que nos estamos moviendo desde que la vacunación comenzó. En el segundo caso, una S que eludiría a las vacunas, la situación sería bastante más grave, porque retrocederíamos a las navidades del año 2020, con nula inmunización provocada, a excepción de los que ya han superado la enfermedad, y las cosas se volverían muy feas. De darse algo así habría que estudiar cual sería la efectividad real de la vacuna ante la variante, que bajaría frente a las coberturas actuales del entorno del 90% – 95%. Cuanto mayor sería el descenso de la efectividad más grave sería la situación. Por ello, la noticia es importante, hay que seguirla con atención y ver lo que los científicos, otra vez a contrarreloj, nos pueden decir.

Por de pronto el Reino Unido e Israel ya han suspendido los vuelos con Suráfrica y han lanzado un aviso de que, potencialmente, podemos estar ante una variante peligrosa. Una de las grandes ventajas de las vacunas de ARN es que se pueden reprogramar, es decir, reconfigurar para que, si la S ha cambiado, el código ARN que se inocula genere una nueva S y la inmunización sería plena, por lo que, en el peor de los escenarios, sabríamos volver a crear una vacuna efectiva, y en un plazo de tiempo no muy elevado, pero mientras tanto la enfermedad correría sin mucho control más allá del de la distancia, mascarillas y reclusiones. Ojalá la cosa no llegue a ese punto.

jueves, noviembre 25, 2021

Creciente conflictividad social

Ayer, tras nueve días de duras protestas, se alcanzó un acuerdo entre patronal y sindicatos para desconvocar la huelga general del sector del metal que estaba paralizando la bahía de Cádiz. Han sido jornadas duras, de mucha violencia por parte de los piquetes, con cortes de calles y destrucción de mobiliario urbano. La policía ha respondido con fuerza, bastante menos de la que vemos cada día en las manifestaciones de negacionistas que se ven en el resto de Europa, y curiosamente, o no, gran parte de la atención informativa ha estado centrada no en el problema económico y laboral de fondo, sino en la manera en la que la policía ha tratado de mantener el orden. Ante un tema muy serio, otra vez, fijándonos en lo accesorio.

Esta ha sido la primera de muchas protestas que se van a suceder a lo largo del tiempo y del país a medida que la situación laboral y económica se tensa. ¿Por qué? Varios son los factores, pero los dos principales son el cierre de muchos negocios, que han subsistido en la fase más dura de la pandemia gracias a ERTEs y otras líneas de ayuda, pero que ya no pueden hacer frente a las deudas contraídas y, el gran problema, la inflación. La subida de precios de todo, o casi, que comienza en la energía, los suministros y el sistema logístico, y que se filtra poco a poco en todo el entramado productivo, supone un empobrecimiento general de la población, y las nóminas de los trabajadores, que no crecen al ritmo al que lo hace la cesta de la compra, deben escoger entre restringir sus consumos o, simplemente, dejar de hacerlo. El IPC está en máximos desde hace décadas y eso se va a traducir en subidas automatizadas de precios que van a hacer mucho daño. Piense usted, por ejemplo, en los contratos de alquiler, que se actualizan con ese índice de precios y que, sito ahora por encima del 5% supondrán a partir de enero un duro incremento de coste de ineludible pago para todos los inquilinos. Evidentemente esto genera malestar, y broncas crecientes. Los del metal de Cádiz han sido los primeros, pero tras ellos vienen muchos otros sectores y trabajadores afectados de lleno por el alza de precios y la inestabilidad laboral. La anunciada huelga de camioneros para los días prenavideños es una amenaza que está en el horizonte, y es conocida, pero tanto perceptores de rentas garantizadas, pongamos pensionistas, como los que viven de la nómina que pagan sus empleadores o negocios se pueden unir al carro de unas protestas que irán a más. El mundo agrario va subiendo poco a poco el volumen de sus gritos, ahogado por unos precios de venta de sus productos que es impuesto por cadenas de distribución, y que en muchos casos se mantiene fijo desde hace tiempo, al ser un instrumento que esos distribuidores utilizan para usar como gancho atractor de clientes. Pero los costes del campo no dejan de subir, en forma de gasóleo caro, fertilizantes que se encarecen al mismo ritmo al que lo hacen los hidrocarburos de los que, en parte, surgen, y así el sector se enfrenta a una tormenta perfecta. No han salido tanto en la tele, pero ganaderos y agricultores de varias provincias ya se han manifestado frente a las empresas a las que venden sus productos con la esperanza de que sus quejas sean oídas, pero por ahora no han suscitado ni la atención de los del metal ni, que me conste, acuerdo alguno que les de alivio financiero. Y podríamos ir sector a sector viendo sus cuentas y comprobando que la situación es mala, y los motivos de protesta más que evidentes.

Ante esto, la política responde en forma de defensa de su estatus quo. El gobierno cruza los dedos para que estemos ante un repunte de conflictividad que se extinga en breve, y que la cobertura mediática que le protege lo enmascare el tiempo que haga falta. La oposición, que ve en todo lo que sucede una excusa para atacar al gobierno, se une a las protestas, con el alivio de saber que no son contra ellos, pero el temor de que en el futuro, si el gobierno cambia, sí lo sean. Y entre medias el ciudadano observa como la coyuntura económica se estropea al ritmo de la subida de precios y de la incidencia acumulada, empieza a mosquearse y frena su demanda. Esto puede lograr parar la espiral de precios, sí, pero también la recuperación económica. Ante ese dilema estamos.

miércoles, noviembre 24, 2021

Misión de defensa planetaria

Un clásico de las películas de acción es el del impacto previsto de un asteroide contra la Tierra y la heroica misión de un grupo de valientes, norteamericanos casi todos, que acuden prestos a destruir el objeto con unas naves inmensas y montones de bombas nucleares, eso que no falte. La realidad suele ser un poco más prosaica, y no porque no haya posibilidades de que un objeto de gran dimensión nos amenace, ni mucho menos, sino por las pocas capacidades reales que tenemos de que, en ese caso, seamos capaces de efectuar algún tipo de misión realmente efectiva que nos salve como especie. Esas películas suelen ser muy intensas y entretenidas, pero muy alejadas de la realidad. Y sí, el riesgo de un impacto no es fantasía, ni mucho menos.

Hace poco más de media hora un cohete de SpaceX ha lanzado desde Florida la misión DART, que aunque parece poca cosa, y no aloja en su cofia a Bruce Willis, es el primer experimento realmente serio de comprobar hasta qué punto somos capaces de modificar trayectorias orbitales de objetos lejanos mediante impactos. El objetivo de esta misión es acercarse a un sistema en el que, en torno a un cuerpo de varios cientos de metros de diámetro llamado Didymos orbita una roca de poco más de un centenar denominada Dimorphos. Es un par de asteroides que están en nuestro sistema solar, y se espera que la sonda DARt llegue a ellos más o menos dentro de un año. Simplificadamente, DART es un pedrusco que lanzamos contra el pequeño de esos objetos, Dimorphos, y el objetivo del impacto es alterar su órbita. Se estima que la sonda alcanzará el objetivo a una velocidad cercana a los 25.000 kilómetros por hora y el contenido principal de la misma, un objeto de impacto, chocará contra el satélite, alterando su rumbo. Antes de ese momento la sonda se dividirá de tal manera que el instrumental de medición que lleva no impacte y sea capaz de registrar el momento del choque y las consecuencias. El peso del objeto de impacto no es grande, nulo frente al tamaño de la roca contra la que se va a pegar, pero la alta velocidad a la que viaja garantiza que genere algún efecto. Estiman los técnicos de la NASA que, si todo se desarrolla como se prevé, la órbita de Dimorphos aumentará ligeramente respecto a la que tiene ahora, quizás no más allá de un par de metros, pero que sí se generará un efecto. Esto puede parecer apenas nada, pero supondría que, por primera vez, hemos logrado alterar la trayectoria de otro cuerpo que vaga por el espacio. Suena a modestia el efecto logado, pero ya se sabe que es un error mitificar las primeras veces. Las dimensiones de los objetos buscados, pequeños, garantizan que una misión barata y compacta como esta puede servir de perfecto demostrador de lo que tendría que ser un proyecto de defensa planetaria de gran escala, cuyo objetivo final sería el de proteger a la Tierra de los objetos de gran tamaño que puedan golpearnos. Día a día el polvo estelar llega a nuestro mundo y no son pocas las toneladas que captamos, transformadas en románticas estrellas fugaces que se observan en el cielo. Existe un catálogo de objetos grandes, destructores de un tamaño superior a los cinco kilómetros de diámetro, que en caso de golpearnos serían capaces de mandar nuestra civilización, y probablemente especie, al cajón de la basura, pero hay objetos de dimensiones menores, algunos fichados, muchos no, que pueden generar efectos muy serios. Un pedrusco del tamaño de Dimorphos, de un centenar de metros, no sería destruido por el rozamiento atmosférico y, de impactar, podría vaporizar una gran ciudad y su entorno metropolitano. Sí, sí, tres cuartas partes del planeta son agua, y hay mucho terreno vacío, pero no es menos cierto que se trata de un peligro absoluto, y ante él debemos prepararnos. Y esta misión es el primer ejercicio realmente serio de ver cómo podríamos afrontar algo así.

Yendo a lo práctico, ¿Cómo podríamos defendernos de un objeto como Dimorphos si se nos echase encima? Si DART arroja resultados positivos, y logra que la trayectoria se altere, aun muy poco, en caso de detectar al objeto que nos amenace con bastante tiempo, podríamos hace algo parecido y generar un minúsculo desvío de su trayectoria que, con el tiempo necesario hasta alcanzarnos, fuera suficiente como para que pasase de largo. Con que no nos de basta, no es necesario destruirlo. Pero, véase el párrafo, necesitamos detección precisa y tiempo de anticipación, y eso requiere recursos y mucha atención. Ahora mismo este tema no es el prioritario y corremos el riesgo, ínfimo, sí, pero real, de que un Dimorphos se nos escape del rádar. Ante un destructor de kilómetros nuestras opciones, ahora mismo, son casi nulas.

martes, noviembre 23, 2021

¿Es telefónica opable?

La noticia empresarial en Europa de ayer fue la OPA lanzada por el fondo de inversión norteamericano KKR sobre Telecom Italia, la operadora de bandera de aquel país. Recordemos que una OPA es un proceso de compra que una empresa lanza sobre otra, cotizada, en la que la adquiriente hace una oferta al accionista para quedarse con sus títulos a cambio de un valor. Si la mayoría de los accionistas aceptan venden sus títulos y el comprador, con ellos, adquiere el control de la empresa que deseaba. Es un proceso regulado por las autoridades de los mercados y posee plazos y reglas marcadas. El movimiento, audaz, disparó la cotización de la empresa italiana. KKR ofrecía a primera hora de la mañana una ganancia del 45,7% al accionista.

Este movimiento calentó todos los valores relacionados con las telecomunicaciones en el continente, y uno de los beneficiados fue Telefónica, el buque insignia del tema en nuestro país. Sus acciones subieron ayer un 6,39% hasta los 4,22 euros, lo que, para los que somos accionistas de la empresa desde hace tiempo, supuso reducir en un pequeño porcentaje las muy abultadas pérdidas que soportamos desde que el valor ha ido decreciendo desde precios que superaban holgadamente la decena. Tras el cierre de ayer la empresa vale en la bolsa madrileña unos 23.700 millones de euros, cifra que es más que respetable, pero que está muy lejos de lo que suponen empresas como Iberdrola, Inditex o Santander, por mencionar algunas. Hace no demasiados años Telefónica era el peso pesado del índice y encabezaba el ranking de valor, o estaba siempre en el pódium de los ganadores. Hace bastante tiempo que ya no es así. El desplome de la acción en estos años ha alentado el rumor, que como el Guadiana es esporádico, de que la empresa llegue a ser apetecible para fondos y competidores asiáticos, y alguno de ellos de el paso para realizar un proceso de OPA o una oferta de compra de otro tipo, en lo que sería uno de los movimientos empresariales más grandes que se han dado en nuestro país, con unas repercusiones financieras, mediáticas y políticas enormes. El movimiento de KKR de ayer volvió a poner sobre la mesa el apetecible precio al que las telecos europeas cotizan desde hace tiempo para fondos y empresas asiáticas, sobre todo, de tal manera que se han convertido en objeto de rumores de posibles adquisiciones de unos años hacia aquí, rumores que nunca han llegado a nada, pero que tenían su solidez dados los precios de derribo de algunas de estas empresas. También ha habido rumorología sobre operaciones de concentración en el sector, en las que Telefónica de España y Deutsche Telekom siempre han aparecido como las dos novias apetecibles en muchas de las jugadas, algunas incluso las invitaban a ser ellas mismas las que se emparejasen, en un movimiento corporativo que hubiera creado una gran empresa europea en la materia capaz de competir de tú a tú con gigantes internacionales. Sea por cuestiones políticas, necesidades de capital, diferencias culturales o una mezcla de todo eso y mucho más, nunca se han dado en el sector movimientos como sí se han visto en otros como las aerolíneas o la banca, donde las fusiones y compras, aunque no generalizadas, sí se han dado en el continente europeo. Las telecos, sin embargo, siguen siendo vistas como empresas estratégicas por parte de los gobiernos, que en casi todos los casos mantienen, de manera directa o encubierta, a delegados propios sentados en sus consejos de administración, y observan como esas entidades pueden llegar a ser algo más que una mera empresa. Las ramificaciones de Telefónica en los medios de comunicación en España, su papel como productora de contenidos, o simplemente como “puerta giratoria” para cargos públicos venidos a menos de todos los partidos habidos y por haber dice mucho sobre lo que la empresa es para el gobierno presente, el pasado y los que vengan.

Sin embargo, todos estos cálculos y estrategias de poder locales pueden verse desbaratados por un movimiento financiero audaz, como el de ayer, y poner la titularidad de la empresa en entredicho en el caso de que una oferta sea capaz de movilizar las decenas de miles de millones necesarios para ello, cifras mastodónticas, sí, pero pensemos que realmente escasas para fondos y multinacionales globales de sobra conocidos, o no tanto. En caso de darse una operación de este tipo el papel del gobierno sería determinante a la hora de tolerarla y que fuera a buen puerto, y es posible que se pusieran peajes públicos y otros más reservados. En todo caso sería un notición que alteraría muchas cosas. Por lo tanto, probable, lo es poco, pero hoy mucho más que el viernes.

lunes, noviembre 22, 2021

Revuelta de los antivacunas

El viernes el gobierno austriaco tomó una decisión tajante y errónea, la de decretar un nuevo confinamiento general a partir de hoy ante el disparo de casos de Covid. A mi entender lo erróneo está en el “general” porque los vacunados no debieran someterse a restricciones de ningún tipo. La decisión, avalada en una situación sanitaria descontrolada, y en unos hospitales que muestran ya saturación extrema, fue recibida con protestas por parte de la población, especialmente de los muchos no vacunados, pero no sólo, y con manifestaciones que se empezaron a producir en aquel país y que a lo largo del fin de semana se han ido extendiendo a otras naciones cercanas, en las que la tasa de vacunación no es tan baja como la suya, pero sí es menor que la nuestra.

Una de esas concentraciones antirestricciones acabó en una dura batalla campal en la noche del viernes en Rotterdam, con la quema de todo tipo de objetos, ataques a la policía y disparos por parte de ésta para tratar de controlar la situación y protegerse. Las escenas de lo vivido esa noche se han repetido, con menor intensidad, en otras convocatorias habidas a lo largo del fin de semana, la última ayer en Bruselas, con nuevos enfrentamientos callejeros, y denotan que la sociedad europea está ya muy harta de restricciones, limitaciones y demás. La fatiga pandémica, que empezó a aflorar ya tras el verano del año 2020, cuando naciones como la nuestra empezaron a sufrir la segunda ola, se ha convertido en una ola de frustración que va a ser muy difícil de manejar por parte de unas autoridades que se enfrentan al absurdo de una pandemia que les vuelve a golpear con fuerza y para la que, en esta ocasión, sí existe un remedio, en forma de vacuna, pero que no es aceptado como tal por amplias capas de la población de sus naciones. En el proceso de vacunación el negacionismo apenas ha tenido incidencia en España, cosa de la que podemos sentirnos orgullosos, y aun así un 10% de nuestra población, un poco más de cuatro millones de personas, que podrían inmunizarse con la estrategia vacunal que tenemos, no se han inyectado. Es un porcentaje bajo, pero significativo, y los datos de los que se encuentran ingresados en hospitales muestran que la gran mayoría de los mismos son, precisamente, de los no vacunados. Si aquí tenemos ese problema, de dimensión menor pero no pequeña, en muchos países del este de Europa se enfrentan a porcentajes de no vacunación posible que rondan el 30%, lo que es suficiente para que la inmunidad de grupo no funcione de ninguna manera y que el virus corra libre por una gran masa de población no inmunizada. Ante este enorme problema, creado por aquellos que se niegan a vacunarse, tengo mis dudas sobre si se debiera extender la obligatoriedad de vacunación a la población general, ninguna para hacerla forzosa en colectivos como el de los sanitarios o empleados de residencias de mayores, por ejemplo, pero sí tengo claro que se debe hacer complicada la vida a los que, de manera consciente, han optado por no protegerse a sí mismos y, factor enorme en este caso, tampoco a los demás. Hay que repetir una, mil, millones de veces, que estamos ante una enfermedad contagiosa, en la que cada uno actuamos como vector de transmisión, querámoslo o no. Las vacunas actuales no impiden la transmisión, pero sí es cierto que reducen la capacidad de contagio de los infectados, por lo que, además de salvar sus vidas, reducen sus posibilidades de transmitir, y eso hace que sálvenla vida de otras personas que, por la razón que sea, no pueden ser vacunadas (alérgicos a los excipientes, sometidos a tratamientos inmunodepresores, etc). Si uno, pudiendo, opta por no vacunarse, debe hacer frente a las consecuencias sociales que su actitud incívica genera. Nos parece natural que sea penalizado alguien que conduce sin carnet, que la policía nos pida los papeles del coche si nos para, y que los enseñemos, porque es la manera de que cumplamos la ley y de que, si hay un accidente, la responsabilidad quede clara, y que se sepa que todos los implicados sabían conducir. ¿Por qué no pedir el certificado de vacunación?.

Exigirlo en bares, restaurantes, centros de trabajo, concentraciones públicas, lugares de viaje, medios de transporte, etc, es algo que se debe empezar a hacer, sobre todo en aquellas naciones con tasas bajas de inoculación, tanto para premiar a los que sí se han vacunado como para, sobre todo, mostrar a los que no lo han hecho que su actitud irresponsable tiene un coste. Por eso la decisión austriaca de confinamiento general me parece injusta para los que sí se han vacunado, y puede estar condenada al fracaso si la sociedad, unos y otros, la ven como inútil. Vacunarse salva vidas, la propia y las de los demás, y el negacionismo no es sino una patraña absurda, falsa y muy peligrosa en la que muchos, uno sería demasiado, han caído. Dado que al discutir con ellos no atienden a razones, que se les trate como es debido.

viernes, noviembre 19, 2021

Más impuestos para las pensiones

Esta semana el gobierno, con el acuerdo de los sindicatos y la oposición de la patronal, ha aprobado un aumento de las cotizaciones sociales, sobre todo las que abona la empresa, para que sirvan de ingreso suplementario al sistema de pensiones y traten de paliar su déficit, crónico y creciente. La fábrica de eufemismos de Moncloa, que no cesa, ha denominado a esta alza de impuestos “factor de equidad intergeneracional”. Hubiera sido curioso contemplar las horas y esfuerzos destinados a crear semejante expresión, y conocer las alternativas que fueron descartadas. Sólo con unos minutos de ese cónclave Les Luthiers tendrían para un par de discos llenos de jocosas canciones y juegos de palabras sin fin. Al menos nos reiríamos un rato.

Subir impuestos es lo único que se le ha ocurrido al gobierno para hacer frente a un problema muy complicado, que excede a este ejecutivo, y que va a prolongarse durante varias décadas. La demografía y el mercado laboral juegan en contra de un sistema de reparto que se basa en que las pensiones presentes se pagan con los impuestos (cotizaciones sociales sobre todo) de los que ahora nos encontramos en activo, y el que los activos estemos pagando nos da derecho a percibir en el futuro una prestación, que será pagada por los que entonces trabajen. Es un complicado acuerdo intergeneracional de muy largo plazo, que es rentable para todos cuando los que pagan, activos, son muchos más que los que cobran, jubilados, y el tiempo de cobro de estos últimos no empieza a exceder la duración de las carreras laborales medias. ¿Qué ocurre hoy en día? Casi todo lo contrario. La demografía es como es, con unas tasas de natalidad que generan crecimiento vegetativo negativo (menos nacimientos que fallecimientos) y sólo la inmigración es capaz de hacer que la población crezca. La esperanza de vida, covid aparte, sigue creciendo y cada vez son más los años que pasan desde que uno se jubila a, pongamos, edad legal, en el entorno de los 65 y fallece, por lo que el tiempo de cobro se expande. La incorporación de los jóvenes al mercado laboral se retrasa y lo hace cada vez en peores condiciones, lo que implica inestabilidad y menor salario, y eso hace que la bolsa de ingresos por cotizaciones por ese lado no crezca con la fuerza con que lo hace el pago de las pensiones, etc etc. Son muchos los factores que se juntan para que el déficit del sistema no deje de crecer, y ante eso los gobiernos tienen varias opciones posibles, todas ellas desagradables. Las más sencillas pasan por hacer lo que ha hecho el actual, tratando de no tocar las rentas de los jubilados, proporción cada vez mayor no sólo entre la población general sino, sobre todo, entre los votantes. Para ello se trata de subir todo lo posible la carga de los actualmente cotizantes, cuyo peso demográfico es decreciente y, sobre todo, son más reticentes a la hora de votar. Políticamente es la solución más sencilla, pero económicamente no es la más viable. Eso, no lo duden, también lo saben los actuales políticos, y los pasados y futuros. Realmente lo sabemos casi todos, pero una cosa son los números y otra la reelección de los candidatos. Un político que presente cifras y diga que va a ser necesario moderar el gasto en pensiones mediante su congelación tiene casi seguro el fin de su carrera en la mano, y no va a llegar a ninguna parte. Los actuales jubilados, y los que están a punto de serlo, creen, con derecho, que llevan pagando cotizaciones, que son impuestos, toda su vida, y que ahora no se les pueden cambiar las reglas que se les prometieron en su momento. Los que entran en el mercado laboral ven como el coste de contratarles, que es mucho mayor que el sueldo que reciben, no deja de crecer, y eso encarece el factor trabajo, haciéndolo menos competitivo. Si usted tiene un negocio contratar a alguien le sale más caro, y eso puede disuadirle a aumentar plantilla. Como verá, las derivadas son muchas y complejas.

De fondo, hay una disputa entre generaciones, las que ya están retiradas y las que a ello se encaminan, con el enorme número de babyboomers en espera, y las generaciones jóvenes, que ven como sus carreras laborales no disputan en medio de una sucesión de grandes crisis que les tienen postrados. Las pensiones son un asunto serio, peliagudo, de enorme inercia, tanto económica como demográfica, que requiere acuerdos de país, y capacidad de sacrificio colectiva. Cargar todo el pago a una de las partes puede acabar por introducir una brecha de deslegitimación en un sistema necesario. Debemos ser muy serios en este asunto y no engañarnos a nosotros mismos. ¿Lo conseguiremos?

jueves, noviembre 18, 2021

Ceuta, seis meses después

Ayer, el Telediario de TVE emitió una serie de reportajes rodados en Ceuta para analizar la situación de la ciudad a los seis meses del asalto propiciado por las autoridades marroquíes que impulso a que miles de inmigrantes trataran de entrar en la ciudad. El equipo televisivo, con Carlos Franganillo al frente, entrevistó a menores que siguen pululando por ahí, trabajadores sociales y educativos, autoridades y otros profesionales, tratando de ver cómo respira la ciudad tras unos hechos tan graves, que ya no son objeto de interés de los medios, pero que sin duda será una de las noticias que, con razón, aparecerá en los resúmenes anuales, ahora que empezarán a confeccionarse.

Transcurridos estos meses, la situación en Ceuta sigue siendo mala, en todos los sentidos. No hay la sensación de catástrofe, de crisis casi existencial que se vivió los días del asalto, pero si un problema de fondo que no se ha solucionado y un grupo de personas, cientos, miles, que siguen en situación irregular y para las que no hay solución a la vista. La urbe es pequeña, apenas unas decenas de miles de personas, y está vallada. Funciona como una isla, con la sensación de desamparo de saber que la frontera es mucho más que un concepto, siendo una dura realidad. Ceuta, y España con ella, sufrió un ataque híbrido, como ahora se denomina, por parte de Marruecos, usando a la inmigración como arma, sin que la vida o el futuro de ninguna de las personas que fueron involucradas en este acto fueran tenidas en cuenta en lo más mínimo por parte de las autoridades de Rabat, que las emplearon como arma arrojadiza. Al igual que ahora Bielorrusia usa a los inmigrantes de Oriente Medio en su pulso con Europa, Marruecos nos lanzó un órdago, y visto con perspectiva es casi milagroso que apenas se registrasen víctimas mortales en aquella situación. En los meses transcurridos varios de los migrantes que entraron en la ciudad han salido, no pocos hacia sus países de origen, menos hacia el destino soñado del continente europeo, pero no es ese el caso de cientos y cientos de menores, que están varados en Ceuta sin poder ir a ninguna parte. Muchos de ellos tienen contacto con sus familias en Marruecos, pero son muchos los que ya han perdido lazos con aquellos de los que proceden, sean del país vecino o de mucho más al sur, y se tiene a sí mismo y a los compañeros de aventura, con los que pasan el día en la ciudad. Las instalaciones que acogen a muchos de ellos son precarias, les mantienen semi hacinados, y eso por la noche, cuando acuden a dormir. De día vagan sin rumbo por la ciudad, buscando cómo pasar el tiempo y viendo el estrecho y el sueño de una Europa próspera casi al alcance de la mano. Muchos viven en lugares ruinosos, abandonados, coches o naves industriales que se pudren en arrabales de la ciudad, y que ahora son su hogar. La capacidad de las autoridades locales para asimilarlos, si quiera mantenerlos, es manifiestamente escasa, y como en muchos otros aspectos, todo tiene que provenir de la península, también los refuerzos de seguridad y servicios sociales. La economía de la ciudad, ya golpeada como todas por los efectos de la pandemia, se desangra con el sostenido cierre de la frontera con Marruecos, dejando a pasos como el del Tarajal, anteriormente un zoco de intercambio y negocio entre ambos países, también de trapicheo, convertido en un páramo en el que verjas, puestos de control, locales comerciales y naves de almacenamiento son un monumento al abandono. Los ceutíes tratan de asimilar la pérdida de uno de sus escasos motores económicos pero el sector comercial de la ciudad sufre mucho, y si en el resto de ciudades españolas vemos el daño que la pandemia ha hecho al tejido comercial en nuestras calles, imagínense lo que sucede allí. Las perspectivas son sombrías.

Marruecos, el impulsor del asalto, la mano tras la malvada acción, salió perdiendo ese pulso ante las autoridades españolas y, sobre todo, la opinión pública internacional, que vio realmente quién estaba utilizando a los inmigrantes y quien era presionado y trataba de salvarlos. Pero las relaciones entre Rabat y Madrid siguen tensas, frías, pese a algunos mensajes conciliatorios de Mohamed VI, que temo que nunca admitirá en público el error de su estrategia. Pase lo que pase entre las autoridades, el problema creado en Ceuta persistirá, y la vida sin rumbo de los menores que allí fueron arrojados irá avanzando hacia ninguna parte. Las guerras híbridas pueden ser menos cruentas que las convencionales, pero crean víctimas, daños y destrozos de larga y complicada reconstrucción, como todas.

miércoles, noviembre 17, 2021

Los no vacunados

Como si de un anuncio se tratase, el coronavirus se acerca con la Navidad. Las tasas de incidencia suben en España, a una velocidad suave, y se sitúan en valores que siguen por debajo de cien, ni comparación con lo que se registra en los países de nuestro entorno, donde el centenar se rebasa de largo en Italia o Francia, y son varios cientos los que se contemplan en Alemania. Reino Unido y, especialmente, los países del este, juegan a otra liga en lo que hace a positivos y muestran valores disparados. En todas las naciones la mortalidad es menor que en anteriores olas y se correla bastante bien con la tasa de vacunación que se alcanza, y eso es dramáticamente cierto en las naciones del este, con muy bajas coberturas vacunales, y alta mortalidad.

Todos los países hemos hecho un alto esfuerzo para vacunar pero nos hemos enfrentado a un problema difícil de explicar, que es el de la resistencia de parte de la población a ser inoculada. Es algo que en España hemos pasado relativamente de largo, afortunadamente, pero que también existe entre nosotros. Prácticamente el 80% de la población tenemos la pauta completa, y dado que no se vacuna de doce años hacia abajo, y que ese grupo de población infantil supone en torno al 11% de la población total, tenemos a un 9% de la población el país que puede vacunarse pero que no lo ha hecho. Un porcentaje muy pequeño de esta cifra puede corresponder a personas que presentar alergias a los excipientes, que están sujetos a terapias médicas incompatibles y cosas por el estilo, pero es obvio que la mayor parte de este grupo de personas, unos cuatro millones, no se han vacunado porque no han querido. ¿Causas? Habrá de todo, supongo, desde inconsciencia de algunos a sensación de que la cosa ha remitido y el peligro no va con ellos de otros hasta el negacionismo, que también existe aquí. Ese grupo de personas, todos esos millones, son suficientes para que si el virus les golpea generen casuística, sintomatología y problemas sanitarios, y también fallecimientos, que serían evitables con una muy alta probabilidad si estuvieran vacunados. Si estos son los datos nuestros, el escenario es bastante peor en todos los demás países de la UE, a excepción de Portugal, que lo ha hecho aún mejor que nosotros, y sí, de Malta, pero es un país pequeñito en lo que todo puede hacerse de una manera mucho más sencilla. El grado de negacionismo que se registra en países como Francia o Alemania resulta sorprendente, tanto por su volumen como por su combatividad, a prueba de evidencias y de la tozuda realidad. Y mucho peor es la situación en las naciones del este europeo, donde la actual ola de contagio se traduce en una mortalidad muy elevada. Ante este panorama vuelve a cundir el desánimo y la tendencia de los gobernantes a reimponer restricciones que fueron habituales en las olas pasadas. Creo que es un error, al menos en las naciones en las que la vacunación sí es masiva. Los pinchazos han cambiado la situación de la enfermedad y la evolución de la misma, hemos pasado a otra pantalla, usando la manida metáfora del videojuego. Incidencias medias o altas son esperables en una población inoculada con un suero que protege de los síntomas yd e la enfermedad grave, pero que no es esterilizante y, a pesar de que lo reduce, no corta las cadenas de transmisión. La pauta completa en tasas del 80% o el entono no nos lleva a la inmunidad de grupo dada la capacidad de contagio de la variante Delta, pero sí permite que la hospitalización corriente, la urgencia y la morgue no presenten unos datos como los pasados. En España ya lo hemos vivido en la pasada ola, la juvenil de verano, en la que la mortalidad efectiva fue ente ocho y diez veces menos que la registrada en la ola navideña. ¿A qué se debe esa mejora? A un solo factor, las vacunas. Ellas permiten que, aunque los casos proliferen, su efecto sea mucho menor, y si conseguimos que los contagiados no lo pasen mal y no tengan que ser ingresados ni fallezcan, ¿no hemos ganado a la enfermedad? Pues sí, y eso con una primera generación de vacunas y en un tiempo record.

Por tanto, en naciones como la nuestra, la reimposición de medidas de aforo y demás, como algunos están planteando, son contraproducentes y no van a servir de nada. Es más, puede que sean incumplidas de manera masiva por una población que ya no cree en ellas. Lo que hay que hacer es explotar el certificado vacunal que tenemos los inoculados. Pedirlo por doquier en locales públicos, restaurantes, centros de ocio, transportes colectivos, donde sea, y hacer así la vida imposible a los no vacunados. El certificado debe ser la llave para realizar la vida normal, y el no vacunado debe ver su libertad restringida porque, pudiendo inmunizarse, ha escogido no hacerlo. Es sencillo.

viernes, noviembre 12, 2021

La UE frente a sus enemigos

Lo que hizo ayer el presidente bielorruso es un farol, una amenaza chulesca con poco contenido real, pero que dice mucho del personaje y de lo que estaría dispuesto a hacer si pudiera. Sus gritos diciendo que a lo mejor corta el gas a Europa si las sanciones económicas a su país aumentan son una bravata que no puede hacer realidad porque el gas que pasa por su país es ruso, no bielorruso, y solo Putin es capaz de decidir lo que va o no por esas tuberías. ¿Hablaba el dictador por boca de su amo o era un calentón? ¿Amenazaba a sabiendas de algo que quizás sí puede acabar sucediendo? ¿Cuánto daño es capaz de infringirnos Bielorrusia si se lo propone? ¿Y hasta dónde le acompañaría Rusia en esa intención?

Lo que está pasando en esa frontera del este vuelve a reavivar el debate eterno de la autonomía estratégica de la UE, que se suscita en cada crisis de este tipo y se vuelve a dormir aplastado por la velocidad de los hechos del día a día. Si recuerdan ya hablamos de esto en agosto, durante la huida de Afganistán, y algo se avanzó en los discursos políticos al respecto, pero estamos a finales de año, con una nueva crisis geopolítica, esta a las puertas de casa, y no hay realidades sobre inversión e intenciones comunitarias. La recuperación económica, que se está frenando, y el disparo de precios, especialmente los energéticos, copan el debate del día a día europeo, y las apelaciones a la creación de una fuerza de intervención común, aunque sea de tamaño reducido, vuelven a ser opacadas en medio de una sociedad que ni tienen una sensación de peligro, aunque esté rodeada por ellos, ni ganas de soltar el dinero que requiere algo así. Este año ha supuesto poner sobre la mesa, de la manera más cruda posible, la amarga realidad de que la UE está sola en el mundo geopolítico en lo que hace a defensa. El pacto Aukus firmado por anglosajonia nos ha dejado de lado, el escenario del Pacífico, en el que se dirime la rivalidad EEUU China nos queda muy lejos y la sensación de ser periferia crece en las cancillerías de un continente, el europeo, que es visto desde hace siglos desde Moscú como una península que se extiende más allá de sus dominios. Creo que fue Robert Kagan el que acuño la expresión de que Europa era un herbívoro en un mundo en el que los carnívoros acechan, y estos últimos años de desmoronamiento del orden internacional han dado carta libre a que algunos carnívoros locales no se corten demasiado a la hora de intimidar a lo que consideran sus presas. Vivimos buenos tiempos para las autocracias, los regímenes duros, de hombres fuertes. La entronización de Xi Jinping al frente de China es un paso más en la involución de ese régimen, no por esperado menos preocupante, y desde Beijing, huelga decirlo, no van a soplar vientos democráticos por el mundo, sino simples intereses económicos y escasos escrúpulos sobre lo que hagan los regímenes de terceros países con derechos y libertades siempre que sus actos sean beneficiosos para los negocios chinos. Rusia, un actor global en decadencia, aparenta ser más de lo que realmente es porque no se corta a la hora de recurrir a tácticas de violencia explícita o disimulada, combinando intervenciones militares duras con actos de desestabilización cibernético en medio mundo y, en general, apoyo financiero a terceros que puedan socavar la estabilidad de naciones vistas como rivales (los independentistas catalanes entre otros muchos también han recibido ayudas desde Moscú), la situación se tensa en el Magreb con Marruecos y Argelia escalando verbalmente en una zona en la que la inversión en armamento es creciente por parte de ambas naciones desde hace varios años, y podríamos seguir viendo un panorama global que no es que apunte a desestabilización general, pero sí a movimientos descoordinados, de cada uno por libre, sin que haya ningún tipo de liderazgo de seguridad que evite frenar conflictos locales de, potencialmente, peligrosa capacidad de expansión.

Y frente a todo esto estamos los europeos, que seguimos utilizando herramientas de presión eficaces pero blandas, como las sanciones económicas y la condena moral, que son efectivas en la medida de que son dictadas por un actor que cuenta con un respaldo duro por detrás. Ese papel, que hasta ahora ejercía de facto EEUU, se está diluyendo y eso debilita poco a poco nuestra posición. Más allá de invertir en defensa seria, lo que es un gran esfuerzo económico que se debe realizar durante un plazo largo de años, no está nada claro cómo hacernos valer frente a personajes como Lukashenko y, a corto plazo, su juego de bravatas sí supone un riesgo real para la integridad y futuro de la UE. Queramos verlo o no, así es.

Me cojo dos días de ocio y subo a Elorrio. El siguiente artículo será, si no pasa nada raro, el miércoles 17. Cuídense mucho

jueves, noviembre 11, 2021

Chantaje bielorruso

Ya lo vivimos en España en mayo. En ese momento, el régimen marroquí utilizó a migrantes nacionales y, sobre todo, provenientes del África subsahariana, para lanzarlos contra la frontera ceutí, buscando que esa entrada masiva supusiera una desestabilización de la ciudad y, de paso, un grave problema para la nación vecina, España. En ningún momento la satrapía de Marruecos estaba preocupada por el destino de esos migrantes, o sus condiciones, o el peligro que supondría realizar la entrada en la ciudad en por las peligrosas aguas del mar, no. Más bien lo contrario, esas personas eran usadas como armamento, como herramienta de presión, y si una herramienta se rompe o resulta dañada durante su uso, se cambia por otra. Así de crudo y cruel.

Algo muy similar es lo que estamos viendo estos días en la frontera entre Polonia y Bielorrusia, aunque a una escala mucho mayor. Minsk sigue sometida a sanciones internacionales desde que la UE y otras naciones dijesen basta al último y más chapucero de los amaños electorales que el dictador Lukashenko viene realizando en aquella nación desde hace décadas. Esta vez era demasiado descarado el autogolpe que el régimen se daba en unas elecciones a la nicaragüense, en las que el resultado se podía narrar días antes de su celebración. País pequeño en economía, empobrecido, dependiente casi en todo de su vecino ruso, Bielorrusia es una cosa extraña en medio de la estepa del este, un territorio que actúa como marca del poder de Moscú, y que es visto por sus vecinos como un caballo de Troya de las aspiraciones de Putin en la región. El régimen mantiene el control del país y en Moscú apoyan al régimen. Las sanciones, duras, han encabritado a Lukashenko, y se ha lanzado al contraataque, y eso en esta época de guerras híbridas, extrañas, en las que se dispara poco y se trata de hacer el mayor daño posible, se ha traducido en el uso de la inmigración por parte de la dictadura bielorrusa contra las fronteras de la UE. ¿Cómo? De una forma ingeniosa. Se recolectan refugiados de naciones de oriente medio sometidas a graves crisis, como pueden ser Irak o Afganistán, se fletan vuelos desde esos lugares hacia Bielorrusia y, una vez allí, las tropas del régimen se encargan de llevarlos a la frontera con Polonia, con la UE, y les fuerzan a que intenten atravesarla. Varios miles de personas, de procedencias diversas, pero marcados por la desgracia que se ha abatido con sus vidas, ven como a todos sus males se une el de ser utilizados como proyectiles arrojadizos en un enfrentamiento geopolítico en una zona del mundo de la que no saben nada y que, muy probablemente, nunca jamás habían pisado. Las autoridades polacas, desbordadas, han militarizado los pasos fronterizos y se aprestan a levantar controles, alambradas y vallas en la línea de demarcación de ambas naciones, en previsión de que estos movimientos no cesen. Los polacos impiden a los refugiados entrar en el país y les obligan a darse la vuelta pero, a los pocos kilómetros, destacamentos militares bielorrusos, les niegan la posibilidad de avance y les vuelven a dirigir hacia la frontera polaca. En la tierra de nadie que separa ambas naciones miles de personas malviven entre dos bloques de tropas, unas las responsables de que allí estén, que les han engañado, transportado y utilizado. Otras, las del país vecino, que cumplen órdenes de defender las fronteras de la nación y evitar que el fantasma de una nueva entrada masiva de inmigrantes sea otra vez portada de las noticias y de la actualidad política en las naciones del este, reacias como pocas al tema migratorio. Y en medio de este desastre, Lukashenko se muestra altivo y chulo, exigiendo a la UE un comportamiento humanitario ante “el sufrimiento de esas pobres gentes” mientras una sonrisa cínica se escapa de su cara sin apenas disimulo.

Parte de esa sonrisa apunta a Moscú. Desde allí Putin observa todo y se lo pasa en grande. Es muy aventurado afirmar que Rusia está detrás de este movimiento como elemento activo, organizador si se quiere, pero es casi seguro que Lukashenko no se hubiera atrevido a hacer algo así sin el permiso de Putin. “Vale, lánzate y yo te cubro” es algo que perfectamente pudo haberle dicho el sátrapa moscovita a su perro de presa bielorruso. Y la UE, con apenas instrumentos en su mano más allá de las declaraciones, ve como el flanco del este se convierte, cada vez más, en un grave problema no ya sólo de derechos y libertades, sino también de seguridad. Y todo esto en invierno, con temperaturas gélidas y con la necesidad de consumir el gas, ruso, en máximos. Un escenario de pesadilla.

miércoles, noviembre 10, 2021

PPPP (Peleas a Palos en el PP)

Una de las leyes que mejor funcionan en la política es que la unidad suma votos y la desunión los resta. Las formaciones que aparecen enfrentadas de cara al electorado son penalizadas, porque siembran división entre los propios y hacen que nadie que no lo sea esté tentado de apoyarles. Esa necesidad de unión, demasiadas veces, se traduce en liderazgos cesaristas que exigen sometimiento, y eso crea otro tipo de problemas, pero de cara a una votación, estar unidos es lo más efectivo. El último ejemplo nos lo han dado los demócratas en EEUU. Ahora se carcomen entre visiones políticas irreconciliables, pero que acudieron juntos como una piña a las elecciones contra Trump con una idea lógica. Sólo nos pegaremos sobre qué hacer con el poder si lo logramos.

En el PP, no sólo en Madrid, pero sobre todo ahí, existe una disputa sobre qué estrategia seguir de cara a las elecciones generales. Esta semana se cumplen dos años de las últimas y el gobierno hará todo lo que esté en su mano para que las próximas sean dentro de dos. Sin poder nacional, con la gestión de algunas CCAA como principal baza para exhibir, el PP cuenta con una dirección que no ha ganado elecciones y unas baronías que sí, y eso descompensa su estructura interna. Las constantes referencias a la lealtad entre todos esconden un problema, que es que si Casado no gana las próximas elecciones su futuro será, y hasta entonces los barones con poder sí pueden hacer gala de tenerlo. La lucha por la organización en Madrid es una perfecta muestra de los miedos que atenazan a la dirección del partido, la ambición de los dirigentes locales y la necesidad de, para eso son políticos, controlar el poder. Génova, sede que lo sigue siendo tras condenas y promesas de venta, no quiere que Ayuso sea la presidenta de la formación en Madrid, y está alentando una disputa en la que involucra a Almeida, el actual alcalde, para tratar de rebajar el poder que acumula la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. Tras los espectaculares resultados de las elecciones de mayo, en caso de que se hiciera una consulta, Ayuso saldría escogida por aclamación por una militancia que es bastante más combativa que la media del PP nacional, y eso le otorgaría poder orgánico en la formación, cosa que ahora no tiene. No deja de reiterar Ayuso que está colmada con ser presidenta de Madrid, que no ambiciona más, pero ya se sabe que las promesas de un político son tan sólidas como el caluroso aire del verano. Son ambiciosos, todos ellos, por eso están ahí, y se visten de corderitos cuando en el fondo quieren degollar a los que les rodean para ser ellos los que lideren la manda…. esto, el partido. Sabe Casado que todo lo que sea el crecimiento de Ayuso supondrá una tutela sobre su figura y, sobre todo, una cuenta atrás a su permanencia en la dirigencia nacional del partido si, llegado el día de las elecciones, no logra aspirar a la presidencia del gobierno. Sólo le quedaría una oportunidad, y Casado, que no es un gran estudiante, no acostumbra a aprobar las cosas a la primera. ¿Solución? Tratar de segar la hierba debajo de los pies de Ayuso tanto para dejarle claro quién manda ahí como para tratar de garantizarse su propia seguridad. No es esto que vemos algo muy distinto a peleas anteriores, aunque hay un matiz distinto, y es que en la época de trifulcas entre Esperanza y Gallardón, también en Madrid, el PP tuvo el poder nacional durante algunos de esos años de broncas, y ambos contendientes ansiaban destrozar al otro, en una guerra total de perfiles y estrategias. Ahora las cosas son más complicadas. El PP no manda en la nación y en un escenario pluripartidista que llegue a la Moncloa se ha complicado mucho. La derecha está fragmentada y las corrientes duras ya han tomado partido por Ayuso frente a Casado y los suyos, y elevan el tono de sus insultos a quien lo quiera oír, supongo que un masoquista con ganas de pasarlo mal. Turbio panorama.

Aquí, como siempre, la lógica indica que lo primero sería el partido, y luego los que lo gestionan. Lo más inteligente para el PP sería encumbrar a Ayuso en Madrid y utilizarla como baza, a buen seguro que con alguien de la dirección guardando los errores para cuando sea necesario utilizarlos, y aunar todo su voto de cara a unas generales que, cada día que pasa, se acercan. Y si luego las ganan, bien para ellos, y si las pierden, malo. Este guion, que es sencillo, se estrella contra los miedos y ambiciones personales, que todo lo ciegan, y llevan a las formaciones políticas, ahora al PP, a cometer enormes y estúpidos errores que les lastran. No me apasiona el tema, pero creo que va para largo, y cuanto más sea así, peor para ellos.

lunes, noviembre 08, 2021

Magritte nos hace preguntas

Con la muestra denominada La máquina Magritte el museo Thyssen ha inaugurado la temporada de exposiciones y la vuelta a la normalidad prepandémica, con una muestra de gran relevancia y atractivo, que está pensada, como las de antaño, tanto para difundir el arte como para fomentar el negocio del museo, tan necesitado como todos de volver a contar con miles de visitantes que les permitan cuadrar los números. Las aglomeraciones en las salas no son buenas para el que quiere ver lo allí expuesto, y suscitan críticas por parte de los que desearían ver las obras en la exclusividad, pero es el precio a pagar por la accesibilidad. Todo tienen un precio

Magritte es un autor famoso en todo el mundo no tanto por la calidad de sus pinturas, que es alta, como por lo que en ellas se muestra, que es chocante. La exposición plantea distintas fases de su proceso creativo, en las que la complejidad de lo que nos enseña va creciendo, no tanto porque el dibujo se haga más difícil, sino porque el autor retuerce hasta el límite el juego visual y el absurdo que muestra. Al contemplar las obras descubre uno que Magritte es un adelantado a su tiempo, y que nos plantea retos que, en nuestra época, son tema común en el día a día de la información que adquirimos. Su cuadro con una pipa dibujada y la leyenda “esto no es una pipa” es la expresión perfecta de la postverdad que políticos y dirigentes de todo el mundo tratan de vender en sus discursos, haciendo creer a los que los escuchan que la realidad que contemplan no es lo que es, sino lo que ellos quieren hacerles creer. Hechos alternativos, postverdad, manipulación sin freno, desinformación, todo eso lo resume el creador belga en una pintura sencilla, pero que resulta ser el colmo de la complejidad y del cinismo. Es muy rompedora, porque frente a otros autores más o menos contemporáneos, que se decantan por la abstracción para romper con lo establecido, Magritte no necesita romper formas, recurrir a la violación de la perspectiva o la deconstrucción, sino que pinta objetos normales y paisajes cotidianos en los que, simplemente, pasan cosas imposibles. Sus escenas con señores con bombín que levitan, llueven como chuzos de punta (redondeada en este caso por el sombrero) o se desplazan violando las reglas de la física por un paisaje nos sitúan ante un absurdo que resulta bastante más inquietante que una figuración abstracta. Muchas veces, ante la abstracción, el espectador no sabe muy bien qué pensar, su imaginación trabaja para darle sentido, y eso hace que una misma obra pueda significar cosas muy distintas para cada uno, lo que es un logro, pero también que no llegue a conectar en lo más mínimo con otros de los que la contemplan. Magritte es mucho más retorcido. Nos muestra una escena común, un paisaje familiar, sereno, una campiña o playa, y de repente planta en ella una roca enorme que levita sobre la que se asienta un castillo. La imagen es real, nítida, la pintura no tiene nada de abstracto, todo son formas identificables, pero la escena simplemente no puede ser. El espectador, sea quien sea, identifica todas las formas y objetos que se le muestran, le son plenamente familiares, pero no puede cuadrar la escena, le es imposible. Sabe que lo que ve es absurdo, no tiene sentido, está mal, pero lo tiene ahí delante. No asiste a un ejercicio de fantasía absoluto en el que todos los elementos son artificiales, oníricos y por ello no sujetos a reglas, sino que ve delante de sus ojos la ruptura de convenciones de una manera mucho más retorcida que la simple voladura de la perspectiva.

Cada obra del autor pone al espectador ante un reto en el que imaginación y razón luchan, pero ninguna es capaz de ganar a la otra, porque ambas tienen argumentos, y eso genera algo de enloquecimiento y, sí, también, fascinación. Juegos de ventanas que son marcos que son ventanas enmarcadas, perspectivas imposibles, gravedades alteradas, dimensiones fuera de contexto y lugar (que gran influencia la de Alicia de Lewis Carroll) Magritte tiene un repertorio enorme que no deja de sorprender, y si Escher, otro genio de lo aparentemente imposible, basaba su éxito en el retorcimiento de la matemática y la geometría, el belga parece comportarse como una especie de primo surrealista, que no requiere tanta formalización, pero que acaba llegando a mundos igualmente imposibles. La exposición es excelente.

viernes, noviembre 05, 2021

Nefasta semana para Biden

Se cumplen estos días el primer aniversario de la victoria electoral de Biden en las elecciones presidenciales de EEUU. Su llegada tranquilizó el patio político local de aquella nación y, no nos engañemos, el mundo entero, tras los continuos exabruptos de Trump, pero lo que se vio como una presidencia transformadora, y que arrancó con sorprendente energía en sus primeros meses, va camino de ser un tiempo de desencanto, impotencia y frustración para propios y extraños, tanto por la creciente incapacidad de Biden para llevar a cabo sus políticas como por la sensación de que, aunque han cambiado las formas, algo delo que era Trump sigue en pie en la gestión de aquella nación. Y las divisiones internas, que Biden debía salvar, se agrandan día a día.

Esta ha sido una muy mala semana, otra más, para Biden y su equipo. Dos eran las grandes citas marcadas en su agenda, y el balance de ambas ha sido muy malo. Llegaba el bueno de Joe con mal pie a la cumbre del clima tras ver como parte de las medidas propugnadas en su país por su administración eran rechazadas en las cámaras, tanto por los republicanos como por un sector de los demócratas que las consideraban insuficientes. Acudir a predicar tras no convencer a los tuyos no hace que la feligresía te vea como un referente. En todo caso era una cita amable, y tras el negacionismo de Trump, era una nueva reescenifiación de la vuelta de EEUU a los compromisos internacionales. Para desgracia del mandatario, lo que ha quedado de su paso por Glasgow es su imagen dormitante, y el despertar al que es forzado por parte de uno de sus asesores. Una escena que no es nada sorprendente en una persona que está muy cerca de los ochenta años, pero que evidencia que su fortaleza es menguante. La otra cita señalada, esta vez interna, eran las dos elecciones a gobernador previstas en los estados de Nueva Jersey y Virginia, ambos en manos de demócratas. El resultado final de NJ ha servido para revalidar el estado para los de Biden, pero por un margen de votos ridículo, apenas un manojo, lo que ha encendido muchas alarmas. Sin embargo, en Virginia, las cosas han ido bastante peor y los republicanos se han hecho con el gobierno del estado, en la figura de Glenn Youngkin, del cual apenas se que tiene un apellido bastante difícil de escribir. Esta derrota ha sido un gran palo para los demócratas, que controlaban el estado desde hace ya bastantes años y que en las presidenciales de 2020 volvieron a ratificar en el recuento de votos. Estas elecciones no son unas primarias, pero es inevitable observarlas como un termómetro sobre cómo se encuentra la política de aquel país, y no hace falta ser adivino para sacar conclusiones. Tras la euforia del año pasado, los demócratas se enfrentan a la pesadilla de un poder que detentan pero no logran controlar, de una gestión de gobierno que no avanza y un cúmulo de problemas que erosionan sus expectativas de voto. Allí también los contenedores están atascados, la crisis de suministros es real y los precios suben y suben, y castigan más a las clases medias y bajas, donde el partido debiera conseguir sacar votos. Las disputas internas entre moderados y radicales, apaciguadas tras el triunfo presidencial de hace un año se recrudecen día a día y minan a una presidencia que empieza a hacer aguas. Por el lado republicano, donde tampoco faltan los problemas, la victoria del candidato de apellido complicado es un regalo, una muestra de que, con o sin Trump, su base de votantes sigue siendo grande y fiel, y que la batalla por la presidencia del país, perdida hace un año, vuelve a ser un objetivo posible para el partido del elefante. Y elefante en la habitación, utilizando la famosa metáfora, es la posibilidad de que Trump se presente nuevamente en 2024, y victorias como las de esta semana refuerzan esa posibilidad en una formación en la que los moderados han visto como las bases y parte de las estructuras del partido se han convertido, simplificando, en una iglesia de trumpistas convencidos, dejando en la estacada a miembros de familias poderosas y republicanas de toda la vida que no estaban nada contentos con la imagen y formas del anterior presidente. El republicanismo es cada vez más trumpista, se acabe presentando el desquiciado de Donald como candidato o no.

¿Y ahora, qué? Falta un año para las elecciones de medio mandato, en las que se renueva la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Con los datos en la mano ahora mismo los demócratas tienen un gravísimo riesgo de perder alguna de las dos cámaras y convertir el resto de la presidencia de Biden en un deprimente bloqueo. En este año que tiene por delante Joe y los suyos deben centrarse en hacer que la economía remonte, que el caos logístico se acabe, que los precios se moderen y que el bolsillo de los norteamericanos sea, más lleno, el que decida un voto a su favor. No tiene mucho tiempo y los retos son inmensos. El aspecto de su presidencia empieza a parecerse, peligrosamente, a una reedición de la de Carter de finales de los setenta, y eso sería un enorme fracaso. Y lo saben.

jueves, noviembre 04, 2021

El coche eléctrico, o injusticias de la política verde

Quizás estén ya hartos, tendiendo a morado, con la serie de artículos “verdes” pero es un tema importante, y creo que en él la demagogia ha calado hasta un punto tal que lo desvirtúa todo. Pero su complejidad y aristas hacen que incluso medidas que, aparentemente, son útiles y buscan la reducción de emisiones de una manera lógica pueden tener un reverso económico muy peligroso, haciéndolas contraproducentes. Como pensar sobre lo que pasa en otras naciones se nos hace ajeno, pongamos el caso del coche eléctrico, uno de los más recientes y exitosos productos de nuestra tecnología, que no emite CO2 a su marcha.

Vamos a suponer que el coche es limpio, es decir, las fábricas que lo producen emiten la menor cantidad de contaminantes y la electricidad que consume se genera con fuentes renovables. Todo esto es mucho suponer, sí, pero sea, por lo que tenemos ese nuevo vehículo en la calle. Los precios de esos coches, actualmente muy caros, reciben una subvención de los gobiernos de medio mundo para estimular sus ventas pero, aun con el descuento, resultan ser bastante más costosos que un vehículo equivalente térmico. La actual tecnología de baterías y la falta de puntos de recarga (que no crecen porque la flota de consumidores de los mismos aún es escasa) hacen que estos coches eléctricos tengan una autonomía limitada, y puedan ser útiles en su uso diario en el desplazamiento de casa al trabajo, pero no rinden como vehículo de todo uso, si pensamos como tal el que muchos tienen en mente para cogerlo, por ejemplo, mañana, antes del madrileño puente de la Almudena, para escaparse de fin de semana largo. Una alternativa para la recarga es montar un punto de alimentación en el garaje de casa, donde se guarda el coche, pero exige gastar dinero en ello, aunque también hay algunas subvenciones. Este estado de cosas describe al comprado de coche eléctrico como una persona de renta alta, que tiene más de un vehículo, y que, en muchos casos, posee garaje donde estacionarlo. El comprador habitual es un residente de una urabnización de extrarradio donde las rentas son muy altas. Ahora piense usted en el consumidor de clase media baja que conforma el común de nuestras sociedades, o el autónomo que desempeña un trabajo. Posee un vehículo propio al que da uso de lunes a lunes, por motivos de desplazamiento al trabajo y de ocio, excursión o recados. Si es autónomo es probable que también use el coche para trabajar. Ese vehículo hace una gran cantidad de kilómetros al año, consume combustible y emite CO2, y debe mantenerse en marcha el mayor número de años posible para amortizar la compra. Muchos de esos ciudadanos viven en casas con plaza de aparcamiento subterráneo, pero muchos otros, puede que la mayoría, no dispone de ese lujo y deja el coche en la calle por la noche, por lo que no puede plantearse nada relativo a la instalación de puntos de recarga en instalaciones comunitarias que, directamente, no existen. La capacidad adquisitiva de ese usuario de vehículo convencional es bastante menor que la del potencial comprador de coche eléctrico. Ninguno de ellos es pobre, desde luego, pero para uno la compra del coche es un sacrificio necesario que le va a suponer un esfuerzo y para otro es un suplemento a lo que ya posee, una ganancia en nivel de vida. Ambas posturas, aunque las haya simplificado, representan dos grupos de población muy claros y, numéricamente, muy distintos, porque es evidente que hay mucha más gente de clase media baja que de alta o desahogados.

¿Cuál es la mayor paradoja de esta situación? Que las subvenciones que recibe el desahogado para acceder al coche eléctrico se pagan con impuestos, que sufragan él y el de la clase media, pero que benefician al de rentas altas. Esa subvención es una transferencia de rentas de un colectivo que está más necesitado de ellas a uno que no depende de las mismas. Es una estrategia fiscal profundamente regresiva, de pocas dimensiones, dados los volúmenes de dinero que mueven estos planes, pero que suponen dar dinero a quien menos lo necesita. En principio, esas subvenciones tienen lógica y generan mejoras para todos, porque el coche limpio no contamina el aire que respira cualquier persona, sea cual sea su renta, pero si uno observa esa medida en detalle, se dará cuenta de que hay algo perverso en ella. ¿Cómo se arregla eso? ¿Cómo compatibilizar equidad fiscal y reducción de emisiones?

miércoles, noviembre 03, 2021

Clima, emisiones y países pobres

Les comentaba ayer algunos aspectos de la actual lucha contra el cambio climático que no me convencen, de forma y de fondo, pero hay uno, profundo, que creo que se está enfocando de manera errónea e injusta por parte de los dirigentes de todo el mundo, que es el lado económico. Dice el dicho que la economía no lo explica todo, pero que nada se explica sin ella, y en este tema de las emisiones, las energías verdes, la transición ecológica, hay una profunda brecha entre ricos y pobres en, al menos, dos planos, países ricos como los nuestros frente a los que no lo son y, dentro de las naciones, ciudadanos con recursos frente a los que carecen de ellos o los tienen muy justitos.

La transición energética es cara, y partiendo de ahí resulta evidente que para algunos es más viable que para otros. Es divertido, siendo sarcástico, ver a las naciones industrializadas del mundo, que han creado un enorme aparato productivo y tecnológico durante décadas de inversión en tecnologías contaminantes, decir a países que empiezan ahora el proceso de industrialización que no, que ellos no pueden usar las efectivas y sucias tecnologías que las naciones ricas sí han explotado. Un país próspero puede tener recursos para empezar a diseñar forma de optimizar la energía, de usarla de manera alternativa, y de hacer frente a los costes de una reconversión, pero una nación en desarrollo, no digamos ya una pobre, está en un nivel de preocupaciones mucho más básico, y la emisión de CO2 no está precisamente entre sus objetivos. Si Nigeria alcanza en algunas décadas los quinientos millones de habitantes que pronostican algunos estudios demográficos ¿cómo va a ofrecer a su población recursos básicos si no es con un uso intensivo de las fuentes de energía conocidas? Ahora mismo la tasa de emisión contaminante per cápita está liderada por nosotros, las naciones ricas, por lo que es a nuestros países a los que nos corresponde abordar un proceso de transición, de inversión en tecnologías limpias que sean cada vez más eficientes y, con costes de desarrollo amortizados, baratas, que puedan ser implantadas poco a poco en otras naciones, pero escuchar discursos de líderes del primer mundo aleccionando al resto para que sean frugales y no contaminen resulta, cuando menos, insultante. China, actualmente el país más contaminante del mundo, está embarcado en un proceso de limitación de sus emisiones, más que nada porque el irrespirable aire de muchas de sus ciudades es ya un problema social y despierta recelos entre la población, no por el hecho de que la nación esté preocupada por el cambio climático. Ese proceso de reducción pasa por modernizar toda su industria pesada, la mayor del mundo, y buscar cómo compatibilizarlo con el crecimiento económico necesario para sostener las demandas de su cada vez más próspera población y el acuerdo tácito que existe en el país entre sus gentes y el régimen autoritario que oprime libertades, pero otorga seguridad y prosperidad. China, poseedora de enormes recursos, fuerza de voluntad y tiempo, quizás sea capaz de llevar a cabo esta transición, y si lo logra nos mostrará a otros un camino posible, pero actualmente su dependencia del contaminante carbón sigue siendo absoluta. Al lado tenemos a India, otro monstruo que en breve superará a China en población, país de enormes desigualdades económicas y, en general, mucho peor nivel de vida que el chino. Pretender que el subcontinente indio sea capaz de frenar su cada vez mayor ritmo de emisiones con decenas, cientos de millones de ciudadanos que viven en umbrales de pobreza de los que desea huir es una quimera, y por ello el anuncio que ha realizado el dirigente de esa nación, el nacionalista Modi, de que alcanzará la neutralidad climática en 2070 (ojalá estemos entonces por aquí) ha sonado a cachondeo para muchos, pero refleja un problema real de fondo.

Como siempre, para un rico la vida es más fácil que para un pobre, y el listón a saltar se ajusta mucho más a las capacidades económicas que a la realidad de los retos. Lo vemos con la vacunación del coronavirus, donde en naciones como la nuestra ponemos dosis de refuerzo a los mayores mientras que en medio plante aún no saben si tendrán algunas dosis. Medir el esfuerzo global de reducción de emisiones desde las opulentas sociedades occidentales resulta, cuando menos, hipócrita, y es un ejercicio destinado a la frustración. Así no vamos a conseguir mucha cosa, entre otras cosas porque, también, cada vez pesamos menos en el mundo. Y no lo queremos ni ver ni menos admitir. A ver si mañana puedo hablarles de ricos y pobres en los barrios de nuestras ciudades.

martes, noviembre 02, 2021

Cumbres globales y cambio climático

Ha sido este un puente largo en España de cumbres globales internacionales, de cuyo desarrollo se ha hablado bastante en los medios y con conclusiones más voluntaristas que efectivas. Esa imagen de los miembros del G20 que asistieron al encuentro de Roma (también es noticioso quienes no lo hicieron) echando la moneda como turistas en la Fontana di Trevi demuestra hasta qué punto se fía a la suerte la gobernanza global en el actual escenario de desunión y lo poco que las decisiones de este foro son capaces de aportar. Y, ya puestos, tras escenas como estas, ¿qué líder mundial va a satanizar el turismo masivo que, tras la pandemia, volverá a llenar los escenarios mundiales, entre ellos, esa espectacular fuente?.

Tras el G20 de Roma ha comenzado la cumbre del clima de Glasgow, la llamada COP 26, cuyas emisiones de CO2 podrán seguramente medirse en muchas toneladas, entre otras las dejadas por los cientos de vuelos privados de autoridades y millonarios que a esa ciudad escocesa han viajado para vender su mensaje. No me entiendan mal, el cambio climático es cierto, existe, y su vinculación al comportamiento humano es obvia. Es imposible que no genere efectos en el planeta la actividad de algo más de siete mil millones de personas, que producen, consumen, viven, desperdician, se reproducen, disfrutan y mueren sobre su superficie. Los ecosistemas naturales, todos ellos relacionados entre sí, se modifican unos a otros y dependen de lo que pasa en la totalidad de sus espacios, y la presencia humana es distorsionante respecto a todo lo que hubiera. El negacionismo climático es absurdo y tonto, pero el planteamiento ecologista que domina este tipo de reuniones es totalmente erróneo. El mensaje que se repite sin cesar es el de que “estamos destruyendo el planeta” algo completamente imposible aunque nos empeñemos, y que demuestra, por parte de quien lo dice, una soberbia tan absoluta como inculta. Lo más parecido a esa “destrucción del planeta” que se menciona sería una guerra nuclear, y en ese caso conseguiríamos, prácticamente, destruir por completo nuestro hábitat, es decir, destruirnos a nosotros mismos, pero el planeta no se iba a enterar de mucho. La miserable existencia de quienes sobrevivieran a esa hecatombe sería suplida por una naturaleza que se regeneraría en décadas, siglos, alcanzando un nuevo equilibrio. Hace cientos de miles de años los humanos apenas existíamos en La Tierra, veremos a ver si estamos aquí dentro de unos pocos miles, así que para la historia natural del planeta, que se mide en millones de años, nosotros somos una mota de polvo en el camino. El cambio climático que estamos provocando perjudica, sobre todo, a nosotros mismos, porque nos priva de recursos y de ecosistemas en los que poder vivir, y hace que los principales perjudicados del mismo seamos nosotros, las personas, no el planeta, que ni siente ni padece. Convertir a la ecología en una religión en la que la naturaleza es una diosa no es sino una vuelta al chamanismo de épocas arcaicas y no supone solución alguna a ninguno de nuestros problemas. Si el nivel del mar se eleva algunos metros producto del deshielo que se origina por el incremento de las temperaturas algunos deltas y espacios naturales se verán perjudicados, sí, otros no, incluso puede que mejoren, pero es seguro que los millones de personas que viven en zonas inundables van a salir perjudicas. No todas ellas, pero sí muchas, son pobres, factor que en este asunto es mucho más importante de lo que parece (a ver si otro día puede desarrollar este tema) y su modo de vida, su lugar de residencia y otros aspectos básicos serán los que sean arrasados en caso de un mar creciente. No, no vamos a destruir un planeta, sólo Darth Vader y su estrella de la muerte son capaces de ello, y pese a que a más de uno de nuestros (no) líderes les gustase tener un juguete así, afortunadamente no disponen de él.

El problema climático, la contaminación, las muertes que directamente genera la polución, el destrozo de ecosistemas y recursos, es un problema global, y requiere soluciones globales. Si yo dejo de emitir contaminantes me beneficio a mi y al resto del mundo. Si en Nigeria se emiten contaminantes se perjudican los nigerianos y el resto del mundo. Es así de sencillo y, a la vez, complicado, porque lo que sí que cada vez está más claro es que la dimensión de la actividad humana, en este y otros aspectos, ya funciona de manera global, pero la gobernanza y gestión de estos problemas sigue anclada en visiones del siglo XIX. Así poco vamos a poder arreglar.