viernes, abril 30, 2021

Mortal avalancha en Israel

La obligación de los profetas es la de anticiparse a su tiempo y narrar como será lo que nos espera en el futuro. Por suerte para ellos la memoria humana es débil y el que la mayor parte de sus vaticinios no se cumplan no les supone castigo alguno, ni a la reputación ni la credulidad. Siguen hablando de lo que pasará en un tiempo que, cuando llega, no es como anunciaron, pero mantienen adeptos y, también, sus ingresos. Con la pandemia los augurios de cómo serán las cosas tras ella se han multiplicado y, me da, lo harán los fracasos y los no aciertos. Como casi todos, yo también caigo en el error de hacer caso a algunos y aventurarme por mi cuenta a la profecía, y a todos les digo que vendrán meses de orgías y celebraciones desatadas cuando se pueda.

Israel es el primer país del mundo que se adentra en la vida postpandémica. Sus tasas de vacunación ya son suficientes como para que la inmunidad de grupo empiece a funcionar y el relajamiento de las restricciones no genere problemas sanitarios. Las mascarillas se eliminaron de los espacios abiertos hace unas semanas y el comportamiento social empieza a ser lo que era. Y esta noche hemos tenido el primer gran incidente, mejor dicho, tragedia, del mundo del después, provocado por una avalancha en una celebración religiosa. En tiempos de aforos restringidos, estancia hogareña y distancia de seguridad es imposible que suceden cosas como estas, pero ese mantra de restricciones que son recitadas como un rosario desde hace más de un año empieza a decaer allí, como también lo hará aquí dentro de unos meses, y volverán a estar con nosotros riesgos que no veíamos claros y que, al principio, nos asustarán mucho. Las masas volverán. Aún no está claro qué es lo que ha motivado que muchos de los miles que estaban congregados en el festival religioso se hayan movido en estampida, se habla de una falsa amenaza de bomba, de gritos, de avalancha, derrumbe de gradas, confusión. No es habitual que en desastres de este tipo nunca se llegue a saber exactamente cuál es la chispa que ha provocado el incendio, porque múltiples testigos suelen apuntar a diversas causas, pero eso ahora es un poco lo de menos. Lo fundamental es tratar de salvar al mayor número de personas posibles de una situación extremadamente angustiosa, que a esta hora de la mañana deja el horrible balance de 44 muertos, pero los heridos se cuentan por centenares, y es fácil suponer que la cuenta de los fallecidos ascienda a medida que la situación se aclara. Estamos ante una de las mayores tragedias producidas en aquel país, en el que las reuniones multitudinarias de ultraortodoxos son muy habituales, como hemos visto en la época pandémica en su constante afán de no respetar las medidas de seguridad, pero no es común que se produzcan estampidas ni situaciones similares. Como todo lo que sucede allí y tiene relación con el mundo de la seguridad, la sombra de la violencia terrorista cruza en todo momento por la mente de analistas y opinadores, todo ello aderezado con las habitual tensión existente entre las poblaciones israelí y palestina, tensión que estas últimas semanas se ha vuelto a disparar en Jerusalén, con enfrentamientos callejeros de alta intensidad entre ambas facciones, en una vuelta a la “antigua normalidad” en la que estos incidentes eran moneda corriente, y que la pandemia eliminó de un plumazo. Parece que en esto de la violencia irracional de unos contra otros tampoco se ha descubierto una vacuna efectiva, y sólo el miedo de ambos a la enfermedad y muerte propia frenó unas batallas de baja intensidad que vuelven a adueñarse de las calles de algunas ciudades tras la vacunación. Volvemos a estar sanos, nos podemos volver a odiar y enfrentar, parecen pensar muchos tras haber alcanzado la inmunidad covid.

Más allá de la tragedia que ahora mismo vive Israel, tengo la sensación de que, como el descorche de una botella de champán, la liberación de restricciones y las altas tasas de vacunación que podemos alcanzar de aquí a mediados finales del verano nos pueden llevar a unos meses de desenfreno absoluto, de búsqueda del tiempo perdió no a la reflexiva manera poustiana, sino a la desesperada, a lo indómito y salvaje. Y sospecho que el parte de sucesos de las celebraciones postpandémcias ira cogiendo volumen a medida que los contagios e convierten en residuales. Y los hospitales, los pobres hospitales, se llenarán no de entubados, sino de fracturados e intoxicados por sobredosis de todo lo imaginable. No se fíen de ningún gurú, menos de mi que no lo soy.

jueves, abril 29, 2021

Vacunación y xenofobia

Poco a poco el proceso de vacunación empieza a coger vuelo en nuestro país, con altibajos en función de en qué comunidad estemos (¿tiene relación la mala vacunación hecha hasta ahora en el País Vasco con su grave situación epidemiológica actual?) y dependiendo de las entregas que nos llegan. Pfizer sigue cumpliendo con lo prometido y Astrazeneca no, y se mantienen las dudas sobre que se va a inocular de segunda dosis a los menores de sesenta que recibieron una primera de AstraZeneca. Pero ya hay más de cuatro millones de personas con pauta completa y unos diez con al menos una dosis. Poco a poco transitamos por el camino que nos llevará a la normalidad.

En esto de las vacunas se han vivido en España dos graves episodios, de muy distinto tipo y alcance, que han mostrado como la maldad sigue anidada en muchas personas, y que las frases esas que se decían en el encierro de “saldremos mejores” no eran sino superchería barata fruto de una época en la que “Mr Wonderful” dictamina lo que se debe pensar, usando pensar en este caso de una manera muy laxa. El primer episodio fue el de los egoístas que se colaron a los demás cuando empezó el proceso de vacunación. Ahí hubo personajes de todo tipo, desde familiares regios hasta políticos de partidos opuestos pasando por sacerdotes y, en general, sujetos egoístas y que en esto, como en todo lo demás, le echan morro a la vida y desprecian a los que les rodean. Se organizó un cierto escándalo al respecto, que se fue diluyendo a medida que la inoculación se extendía. Estábamos ante muchos casos, sí, pero individuales, fruto del egoísmo personal, no de una trama organizada. Un asunto grave que dice mucho de la sociedad, y que se ha dado en nuestro país y en otros. El otro episodio, aún más grave, y diría que muy particular de nuestro país, ha sido la decisión expresa de la Generalitat de Cataluña de no vacunar a los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado que allí están destinados y ejercen su labor. Dentro de los grupos prioritarios no sujetos a tramos de edad, los protocolos de sanidad recogen a ese personal funcionario encargado de la seguridad de todos, y las CCAA han procedido a vacunarlos junto a sanitarios, docentes y otras profesiones. Pero no en Cataluña. Mientras la Generalitat sí vacunaba como era debido y era su obligación a los Mossos, la policía autonómica, no lo hacía con los funcionarios de seguridad de la administración central. La noticia ha ido surgiendo poco a poco y los servicios de la Generalitat se han ido inventando todo tipo de excusas burocráticas, administrativas y, casi, esotéricas, para justificar su dejación de funciones. Lo cierto y obvio es que esa no vacunación no se debe a ninguna negligencia por parte de los servicios de la Generalitat, o a un error de algún tipo, sino a una decisión meditada, expresa, tomada en conciencia, que se basa en el lógico ejercicio del supremacismo xenófobo que rige la política, por llamarla así, en Cataluña. Esos miembros de fuerzas de seguridad son españoles, y eso ya les convierte en inferiores para los que ven la vida desde el mundo racista de los míos frente a los otros. Cómo yo, que puedo decidir, le voy a vacunar a un español inferior y despreciable pudiendo hacerlo a un catalán superior. Esta idea, que les puede sonar a estupidez, porque entre otras cosas lo es, rige en las mentes de muchos a los que el virus nacionalista les ha desarrollado unos anticuerpos que rechazan a todos los que no sean como ellos desean. Lo que hemos visto en este caso es, otra vez, el ejercicio de la discriminación por parte de una autoridad a un grupo de personas por pertenecer a un colectivo que, para esa autoridad, es menor. Los españoles que enfermen y se mueran, me da igual, es lo que piensan en el fondo los que han tomado esas decisiones. Y se lo creen, y en consonancia actúan.

Una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña acaba de obligar a la Generalitat a vacunar a esos funcionarios a los que no quiso inocular, y las autoridades regionales ha dicho que acatarán, pero que eso significará retrasar la vacunación a personas vulnerables que esperan su dosis, en otro ejercicio de cinismo digno de los mejores malvados de la historia. Menos mal que el infame Puigdemont, tuits mediante, ha dejado claro hasta qué punto es claro el racismo con el que se tomó esa decisión de no vacunar a esos funcionarios, por si alguno tenía dudas. Y por cierto, todo este infame comportamiento se da sin apenas polémica mediática, nulo enfrentamiento político y sordina absoluta por parte de casi todos. Los funcionarios públicos nacionales, que se pudran, parece ser el pensamiento común de (casi) todos. Saldremos mejores sí, sí, sí…

miércoles, abril 28, 2021

Dos periodistas asesinados

Observando la realidad de nuestro país podría pensar uno que el periodista es un contratado más de entre los muchos que trabajan para un partido dado, que escribe en medios al servicio de esas formaciones y que a ellas se debe, por salario y promesas futuras en caso de victoria electoral. Pocos quedan cronistas de la actualidad no rendidos a la pleitesía del poder. Sin embargo, el periodismo es otra cosa, y entre ellas, el estar frente al poder, lo detenten los otros o los tuyos. El periodista es, por definición, incómodo para el poder, que por ello intenta comprarlo y someterlo para que no le incordie. El plegamiento de la profesión al dictado de los partidos es algo muy de nuestros tiempos, quizás fruto de la precariedad de una profesión económicamente laminada.

Ayer dos periodistas fueron asesinados en Burkina Faso, uno de esos países de África que casi ninguno seríamos capaz de situar en el mapa con exactitud. Se llamaban David Beriain y Roberto Fraile. Sus nombres puede que les suenen o no, a mi no demasiado, aunque luego he recordado trabajos suyos cuando los obituarios de los medios empezaron a repasar sus biografías. Estaban en el medio de la nada realizando un reportaje sobre la caza furtiva, y se toparon con lo que muy probablemente fuera un grupo de yihadistas, que deambulan por la zona con impunidad casi absoluta. Los dos murieron a balazos a manos de sus asesinos sin que haya constancia de pruebas de lo que sucedió y cómo. El gobierno de ese país, que es poco más que una gerencia administrativa de algunas de sus comarcas, ha prometido una investigación sobre lo sucedido, pero es bastante probable que ese empeño acabe diluido como sal en medio del mar de la violencia. Beriain y Fraile pertenecían al no muy numeroso grupo de periodistas reporteros, una forma de entender la profesión muy marcada por el oficio que demostraron Manu Leguineche, Javier reverte y otros pioneros que, con pocos medios, mucho valor y ganas de contar las cosas se embarcaban en viajes rumbo a países remotos en épocas en las que las comunicaciones eran tan primitivas que ahora se nos antojan surrealistas. Iban con un cuaderno, una pluma, una tarjetita con su nombre y “Press” escrito en ella casi como único salvoconducto, y contaban lo que pasaba a una audiencia que, en España, era escasa y con un interés variable. El reporterismo de guerra se fue profesionalizando a medida que las guerras se volvían más asépticas de cara a la opinión pública, e igualmente crueles en la trastienda, y el cada vez menor volumen de ingresos de los medios hizo que este tipo de periodistas se vieran forzados a ir tirando más y más de su vocación y medios propios para suplir lo que sus empresas no les daban. Como un goteo han ido cayendo nombres como Julio Anguita Parrado, Ricardo Ortega, Jose Couso, y muchos otros. Durante la guerra contra el yihadismo hemos alcanzado el paroxismo de la ejecución del periodista como método de enfrentamiento, y nombres como James Foley están en la memoria de todos. Pero eso no ha pasado ni mucho menos exclusivamente en las ardientes arenas del desierto de Oriente Medio. La Rusia de Putin el México del narcotráfico son lugares donde el asesinato de periodistas es moneda corriente y sus cuerpos aparecen como señal para futuros valientes que allí quieran ir a contar lo que no se debe. Como señaló ayer Alfonso Armada, responsable en España de Reporteros sin Fronteras, asesinar a un periodista cada vez sale más barato, y eso es, en sí misma, una noticia de las gordas, que tampoco se está contando. La profesión vive en una crisis estructural enorme y resulta prioritario sobrevivir y ganarse los cuartos, y desde luego la seguridad es algo que a tantos y tantos del gremio les preocupa poco, porque a sabiendas nada harán para incomodar al poder del que puedan obtener cargos, prebendas e ingresos que garanticen su tranquilidad. Visto desde la comodidad de mi nómina mensual, hace falta estar muy loco para ser periodista de verdad, en cualquiera de los tiempos. Y sí, también en este.

David Beriain y Roberto Fraile nunca iban a acabar como portavoces de un partido político o como miembros de la campaña de promoción de un líder mesiánico, o de gestores de sus redes (a)sociales, vestidos de periodistas, pero siendo sembradores de bulos y rencor. Buscaban historias que mereciesen ser contadas, que necesitasen ser conocidas, que salieran a la luz de la oscuridad bajo las que muchos intereses las tenían escondidas. Sus vidas han acabado de manera brusca y salvaje en medio de la nada de África. Ya no redactarán crónicas ni editarán imágenes de su trabajo, y algo de lo que en el mundo existe y merecía ser conocido no se contará porque no serán ellos los que lo hagan. Mi más profundo abrazo a sus familias y mi apoyo, a ellas y a todos sus compañeros y amigos, que hoy, seguramente, no sepan cómo contar la más cruel de las noticias imaginable.

martes, abril 27, 2021

¿Estamos empezando a ganar, de verdad, al virus?

Dado el nauseabundo cenagal en el que se ha convertido la campaña madrileña, trataré de no escribir nada sobre ella hasta que pase el día de las votaciones. Veamos cómo se encuentra el estado actual de la pandemia en el mundo. La cosa es muy dispar, ya que tenemos ejemplos de lo que puede ser nuestra vuelta al pasado conocido y añorado en un futuro próximo mientras que otras naciones se enfrentan al recrudecimiento de casos y muertes con cifras que dan mucho miedo por las consecuencias que pueden generar, tanto en el balance de vidas perdidas en esos países como en la lotería genética en la que se encuentra, a cada momento, el virus.

La India es ahora mismo el epicentro de la crisis. Esta nación fue vista como una de las que podía sufrir un impacto más grave cuando este problema se desató por motivos obvios. Es el segundo país más poblado del mundo, cuenta con conurbaciones gigantescas en las que la gente vive apelotonada y su nivel de vida es, en muchos casos, tercermundista, lo que impide el acceso a servicios médicos avanzados. Sorprendentemente, los datos de la primea ola en aquel subcontienente, que se produjo bastante más tarde que en Europa, fueron positivos, con tasas de infección y mortalidad bajas y la sensación de que, sin saber muy bien cómo, el país había logrado controlar la enfermedad. Los confinamientos parecían estrictos por las imágenes que llegaban desde allí, y los datos mostraban resultados. Lamentablemente ya no es así. Ahora mismo la India registra tasas de infección que suponen más de trescientos mil nuevos positivos al día, cifras ridículas frente a sus mil trescientos millones de habitantes, pero que son enormes en el contexto de la pandemia, y un balance de mortalidad que supera los dos mil caídos diarios sin muchos problemas, y sigue creciendo. Las imágenes y testimonios que nos llegan son duros, de ciudades colapsadas, hospitales desbordados en los que los enfermos que pueden ser atendido se hacinan en instalaciones incapaces de dar el servicio debido, la falta de oxígeno para suministrar a los pacientes críticos hace que su mortalidad se vaya elevando poco a poco y las cremaciones, muy habituales en aquella nación, son un constante llamear elevando cenizas a un cielo que se oscurece a ojos vista de los familiares que lloran a los suyos. Hay discusión entre los expertos sobre por qué la primera ola fue tan bien contenida allí ya hora la situación está completamente fuera de control, y no hay respuestas claras. Algunos estudios afirman que estaríamos en presencia de una nueva variante que tendría un componente de contagiosidad más elevado de lo normal, lo que le hace parecida a la británica, y una mayor letalidad, lo que le asociaría a la brasileña, aunque todo esto aún está en estudio. Lo único seguro es que las altas cifras de contagios diarios suponen que el virus se copia cientos y cientos de miles de veces al día y que eso es jugar a la lotería genética, de tal manera que cuantas más copias se hacen más probabilidad hay de que alguna de ellas mute de alguna manera que pueda ser buena para la supervivencia del virus y mala para nosotros. Las mutaciones son aleatorias, no dirigidas, pero en ellas se pueden esconder “premios gordos” para la especie que las sufre. Si eso fuera así el problema que está sufriendo india podría trasladarse a otras naciones, y el panorama que ahí vemos replicarse. Sin ir muy lejos, su vecino Pakistán, en una frontera llena de tensión y conflictos, muestra una población de varios cientos de millones de personas con una estructura económica y social tan abigarrada como la India, por lo que el riesgo de que, si esa variante es cierta, llegue allí y produzca efectos similares no es para nada descartable. India es una potencia mundial en la producción de medicamentos, vacunas entre ellos, pero la inmunización lograda por las inyecciones hasta la fecha es muy baja como para que se muestre efectiva ante el virus. En este momento aquel país muestra el escenario más cruel y grave de esta maldita enfermedad.

En el otro extremo está Israel. Allí la vacunación ha alcanzado tasas que empiezan a acercarse a la ansiada inmunidad de grupo, y los datos responden. Llevan varios días sin muertos y los niveles de contagios van camino de ser despreciables. La semana pasada las autoridades decretaron el fin de la mascarilla en los espacios abiertos, porque a las menores probabilidades de contagio en esos ambientes se suma el que la cantidad de gente vacunada ya es suficiente como para que la enfermedad, aunque se transmita, sea vencida por el organismo y no genere efectos. Israel es la luz a la que nos dirigimos en unos meses si la tasa de vacunación sigue creciendo y logramos extenderla por toda la población. Luces y sombras de una desgracia a la que, quizás, estemos empezando a ganar. Ahora sí.

lunes, abril 26, 2021

Unos Oscar extraños

Qué no lo es desde hace algo más de un año… Los Oscar del pasado ejercicio fueron anómalos en lo ceremonial, pero no en las películas a concurso, estrenadas y vistas por muchos en todo el mundo, lo que les daba el aire de apuesta global que tienen cuando muchos se preguntan si la peli que han visto y les ha gustado, o no, se llevará algún premio. En el año del confinamiento, con las salas cerradas en medio mundo, la mayor parte de las cintas que optaban este año a premio eran directamente productos de plataformas televisivas o producciones que apenas han pisado las salas. Quizás hayan sido las candidatas menos vistas de la historia. Y eso pesa.

Y por lo que veo, la ganadora, Nomadland, que contaba con buenas críticas y apuestas de los expertos, ha desbancado a la más nominada, Mank. Suelo ponerme como tradición tratar de ver las más nominadas para hacerme mi propio juico crítico, subjetivo como cualquier otro, y este año he fallado bastante, empezando porque una de las que no he visto es precisamente la que ha ganado las dos estatuillas más importantes, la de película y director, en la persona de Chloé Zhao. La actriz Frances McDormand, que está inmensa en todo lo que hace, se ha llevado el premio a la mejor actriz, y con esto esa película, que debe contar la vida de los nómadas que, por gusto algunos, por obligación muchos, viven en las carreteras de unos EEUU de película, sí, pero no precisamente de las que resultan atractivas. Sí vi Mank, al gran nominada, un ejercicio autorreferencial del cine, en el que se narra el proceso de escritura del guion de Ciudadano Kane y los personajes que se representan son los entonces popes de una industria que crece en la California que está naciendo como mito. Es una gran película, pero si se puede hacer cuesta arriba en determinados momentos. Gary Oldman está sublime en su papel protagonista, pero no se ha llevado el premio, que ha recaído en Anthony Hopkins por su interpretación en El Padre, una enternecedora y cruel historia en la que la demencia que sufre el protagonista se cuenta desde su perspectiva, siendo el espectador confundido a cada paso por lo que parece ser y no es, por lo que sus ojos ven y la memoria del personaje principal no es capaz de retener e hilvanar. Es un trabajo casi teatral, llevado a cabo por un reparto pequeño y exquisito en estado de gracia, con Olivia Coldman dando la réplica al gran Hopkins en el papel de hija desesperada por el derrumbe paterno al que asiste. Otra de las nominadas que no se ha llevado grandes premios es “El juicio de los siete de Chicago” que pude ver porque la plataforma que la produjo la puso una semana en abierto en YouTube. Dirigida por Aaron Sorkin, cuenta el tumulto acecido en la convención demócrata de finales de los sesenta en esa ciudad y, como todos los trabajos de Sorkin, tiene un guion prodigioso en el que los sucesos se encadenan sin cesar por boca de unos personajes que hablan de maravilla, como no lo hace nadie en la vida real, pero que son un gustazo para escuchar y seguir. Tanto Mank como la del juicio tienen muchos mensajes políticos referidos al momento en el que se desarrolla la acción que relatan, pero que sorprendentemente, o no, son plenamente actuales, y sirven para ver que muchos de los problemas sociales que ahora creemos enfrentar por primera vez siguen ahí enquistados desde hace mucho tiempo, síntoma de que no son fáciles ni de abordar ni de arreglar. Por lo que parece Nomadland también hace referencia a la situación política y social de los EEUU de hoy en día, mostrando la decrepitud que se observa en partes del tejido social y económico de esa nación, del óxido que cubre algunos de los antaño brillantes cromados de sus industrias y negocios, hoy fuente de pérdidas y derrotados. También he visto, de entre las nominadas, “Una joven prometedora” que me ha parecido fantástica en muchos sentidos, pero que veo que no se ha llevado premios sustanciosos. Una pena. Creo que esa peli se merece un artículo entero para ella, a ver si puedo hacerlo un día de estos.

Hay cierto interés por ver cuál ha sido la audiencia de la gala de este año, tras las malas cifras registradas en la pasada edición, y a sabiendas de que, como comentaba, muy pocos han podido ver las películas que se han llevado premio o que estaban nominadas. La pandemia ha supuesto un mazazo para el sector del cine, que ya estaba en serios problemas por la competencia de otras fuentes de ocio y el cambio de estructura del negocio, con el desembarco de las plataformas, el ocaso del sistema de estudios y el problema de supervivencia de las salas frente al consumo de contenidos a la carta en todo tipo de dispositivos. Tras la vacunación, y la vuelta a la normalidad, el cine tratará de remontar como negocio y concepto. Ese es uno de sus mayores retos.

viernes, abril 23, 2021

El libro protector

Hoy se festeja el día del libro, homenaje a las letras, a los que de ellas viven y los que con ellas nos alimentamos. Vuelve a ser una festividad mutilada, porque el Sant Jordi catalán se celebrará a medias, entre restricciones y medidas de seguridad, y el acto de entrega el premio Cervantes en Alcalá no contará con la presencia del agasajado, Francisco Brines, que está en su casa, con un frágil estado de salud. Pese a todo, frente a la celebración clandestina que tuvo lugar el pasado año, en medio del encierro, casi da la sensación de que los pocos actos y encuentros que hoy tendrán lugar sabrán a multitud, a festejo verdadero, a celebración como las de antaño, cuando vivíamos ajenos a lo que nos iba a pasar.

En el tiempo del encierro leer se convirtió en una de las alternativas para pasar el tiempo, para consumir unas horas que se nos hacían eternas en lo temporal y angustiosas por lo que vivíamos. Muchos quizás descubrieron ahí que la lectura podía evadirles, sacarles del tiempo presente y llevarles a lugares y épocas en las que su mente se olvidaba por completo de lo que pasaba a su alrededor. Lectura como evasión, que es algo tan válido como cualquier otro fin. La competencia de las pantallas es cada vez más creciente y, en el campo de la citada evasión, las plataformas parecen estar consiguiendo convertirse en las reinas del ocio hogareño, por encima de todo lo demás. Pese a ello las ventas de libros aguantan, lo que es algo para celebrar no sólo hoy, sino cualquier otro día del año. Algunos en ese encierro quizás también descubrieron que la lectura les puede dar otros valores, además del de entretener, que no es poco. Les pudo emocionar, ilustrar, enseñar cosas, ayudar a rememorar experiencias pasadas, conectar con otras realidades… y también proteger. Los libros nos protegen de la vida real, y eso es algo que en mi caso se da por encima de muchas otras sensaciones. Para los que somos torpes en el mundo del día a día, que no sabemos hacer muchas cosas, que no entendemos otras, que tenemos problemas para relacionarnos con otros, que llevamos vidas algo anómalas, leer supone un acto de refugio. Abres las páginas y sabes que lo que hay suceda no te va a herir, no va a causarte problemas. No va a haber broncas ni líos dentro de las historias que te cuentan las letras, que pueden ser tan crueles o más que la mayor pesadilla real, pero que las ves como observador, que te involucras en ellas protegido, como cuando Harry Potter se pone esa capa de invisibilidad y acude a ver cosas que no debe, en las que se juega el pescuezo, pero que se sabe a salvo porque no es visto. Cuando leemos nos convertimos también en un personaje más de la historia en la que estamos, el mirón, el curioso que pulula por todos los escenarios, que todo lo ve y escucha, pero que no es percibido por los protagonistas de la historia. Sabemos que fuera de las páginas, más allá del libro, hay una vida real de sentimientos, problemas, líos, añoranzas, juergas, descubrimientos, de todo lo que usted sea capaz de describir de la vida que le rodea, y todos esos hechos le afectarán de una u otra manera, pero cuando nos ponemos a leer huimos de esa realidad para entrar no en un mundo falso, no, sino en uno alternativo, en el que nada malo nos puede pasar, porque estamos protegidos por nuestra invisibilidad. Quizás alguno vea esto como una retorcida forma de evasión o, también, como una manera de eludir la vida real para no hacerle frente. Y quizás haya mucho de eso, no lo niego, pero la sensación de seguridad que ofrecen las páginas es tan intensa que no hay manera de, cada poco tiempo, volver a ellas para seguir escapándose de lo que nos rodea y que, tarde o temprano, es ineludible.

Cada uno puede tener un motivo distinto para leer, y todos ellos son buenos, porque le sirven al lector para conectar con el texto. Dicen muchos escritores que un libro se hace con las manos del que lo escribe y con las miles de los que los leen, y que cada lectura de cada ejemplar es, en el fondo, un nuevo libro, porque a cada uno que lo lee le ha transmitido una experiencia distinta, y dejará las páginas con un sabor diferente. Hoy conmemoramos esas sensaciones, pero todos los días están disponibles, al final de nuestros dedos, cuando abren un ejemplar y se preguntan “bien, ¿qué tenemos aquí? Y entonces el arte del autor les envuelve, protege con su capa mágica y les adentra en el mundo que, para cada uno, nos ha creado.

jueves, abril 22, 2021

Entre pillos anda el juego

Se ha hablado mucho estos días del acuerdo de un grupo de millonarios, responsables de unas empresas de enorme facturación y privilegios, para montar una asociación privada entre ellos, con objeto de generar aún más ingresos y repartírselos, y así incrementar sus ganancias. Este acuerdo supondría, obviamente, la reducción de ingresos para aquellos que no formasen parte del acuerdo y los que gestionan las actuales relaciones entre todas las empresas de este sumamente privilegiado sector, por lo que habría algunos millonarios que se verían perjudicados, y no pocos de los que viven de las comisiones que sacan a todo este grupo de potentados también se verían perjudicados. Parece que, finalmente, el acuerdo anunciado no va a salir adelante.

Vivimos en una sociedad que tiene muchos absurdos, que son incomprensibles, que se me hacen cuesta arriba, pero frente a los cuales lo único que queda es asumirlos y tratar de que no influyan demasiado en la vida de cada uno, porque hagas lo que hagas ahí seguirán. Uno de ellos es la admiración absoluta ante el deporte, y el encumbramiento de los deportistas a categoría de mitos absolutos, de semidioses. Y entre ellos, por encima de todos, los que se dedican a dar patadas a un balón y a las piernas del de enfrente, que son tratados de una manera que a muchos dioses les gustaría sentir. Ese mundo de los pegapatadas se ha convertido en una de las mayores industrias del mundo, generando unas facturaciones que se miden en miles de miles de millones de, pongamos, euros, y que ha enriquecido hasta el absurdo a personajes cuyos méritos personales son escasos, siendo generoso, y a todo un ecosistema generado en su entorno cuyo fin es capturar rentas y vivir a costa del fabuloso negocio montado. Todo ello, obviamente, con la absoluta alabanza de todo tipo de autoridades, que ven en esos espectáculos una vía para promocionarse ante votantes y así conseguir ser más elegibles. Los privilegios que tienen las sociedades deportivas en nuestros países son enormes, pero los grupos de pegapatadas a balones se encuentran en el más allá. Son constantes los casos de fraude, corrupción, estafa, evasión de impuestos, blanqueos, por no hablar de acusaciones relacionadas con las drogas, apuestas ilegales y todo tipo de delitos que uno pueda imaginar en las que día tras días aparecen figuras míticas que persiguen el balón o lo han hecho hasta hace muy poco. Del uso de sustancias dopantes mejor no hablar para no ser reiterativos. Escasas son las condenas, infinitos los defensores que surgen y tratan de comprender y enmascarar los delitos que, cometidos por otros, son criticados hasta el extremo y vilipendiados por la sociedad. Pero no, para los del mundo ese del balón la bula es total. Quizás porque, además de que a mucha gente, de manera incomprensible, eso le gusta, tampoco son pocos los que tratan de sacar tajada de ese negocio, llevándose algunos euros, o muchos, que puedan caer de los que tan alegremente se mueven en ese mundo. Las jefaturas de los clubes de pegapatadas han sido cooptadas por personajes de lo más siniestro, entre los que abundan jeques de dudosa procedencia, oligarcas del este y empresarios nacionales que pasarían cualquier casting a la hora de figurar en sucesivas entregas de películas de mafiosos. Esos gerentes, y los pegapatadas empleados que tienen a sueldo de marajá, saben que su mundo se sostiene gracias al enorme volumen de dinero que genera, a las voluntades que con él son compradas y al engaño que se hace de continuo con las ilusiones de millones de aficionados que parecen creerse eso de “los colores” el “sentimiento” y demás argucias de marketing perfectamente diseñadas para vaciar los bolsillos de todos aquellos que por ese seductor lenguaje han sido abducidos. Este es, de manera muy breve, el contexto en el que se mueve este negocio de las patadas al balón.

Por eso, que en ese mundo un grupo de los más ricos entre los ricos haya decidido que pueden ser aún más ricos haciendo al resto menos ricos es algo que no me parece ni novedoso ni sorprendente ni nada de nada. De hecho es lo que sucede en todo negocio empresarial cuando algunas marcas triunfan y absorben a otras, las compran y crecen en tamaño. Unos ganan y otros pierden, nada más. De lo único que se trata en este negocio, como en todos los demás, es de dinero, de ganar dinero. Porque es un negocio, nada más. Y que algunos de los millonarios que iban a salir perdiendo aludan a otros “valores” para defender sus cuotas de poder e ingresos no es sino una nueva muestra de hipocresía, de la que el mundo de los pegapatadas está tan llena como de fajos de billetes.

miércoles, abril 21, 2021

El odio como arma política

Decía esta semana en una entrevista Irene Vallejo, gran escritora, autora de esa joya que es “El infinito en un junco” que la bondad es silenciosa y la maldad ruidosa. Y vivimos tiempos ruidosos. No, no quiero decir que ahora hay más maldad que antaño, más bien es lo contrario. Vivimos cada vez más en comunidades grandes en las que la responsabilidad y el trabajo de cada uno permiten que en el día a día los conflictos sean mínimos respecto a lo que uno pudiera esperar. La inmensa mayoría de las personas se comporta de manera cívica, cumple las normas, respeta a los demás, vive y deja vivir, sólo que eso no es noticia, y como el aire que respiramos, no se percibe su necesaria vital presencia.

Ayer, durante la campaña electoral madrileña, un grupo político a quien no quiero darle el lujo de escribir su nombre en este artículo, acaparó portadas y reacciones ante una campaña de carteles en los que mentía, tergiversaba y alentaba ideas xenófobas y supremacistas. No les voy a poner enlace alguno a esa promoción para no contribuir a difundirla, que es lo que todos debiéramos hacer cuando vemos actitudes de este tipo. Dar la espalda, negar su presencia, eliminar toda su relevancia. El que esa zafiedad expuesta en algunas paredes de la ciudad fuera la comidilla del día para muchos demuestra, tristemente, lo acertado de la campaña, basada en eso de “que hablen de mi aunque sea mal” y es un síntoma de hasta qué punto la degradación del mensaje político se ve como algo natural en estos tiempos. Coge uno cualquier medio de comunicación, repasa las declaraciones de políticos de todo tipo y es imposible no sonrojarse no sólo ya por la ignorancia mostrada, sino sobre todo por la zafiedad. ¿Se ha convertido el odio en un elemento más de las campañas políticas? Dos partidos nacionales, extremistas, son los adalides del odio en España, y en sus mensajes diarios y sus hordas en las redes el odio es el lubricante que les mueve y la gasolina que los alimenta. Son una evolución a gran escala de los sembradores de odio que, tan efectivos ellos, rigen las instituciones y medios públicos de algunas regiones, como es el caso de Cataluña. El episodio de Javier Cercas que comentaba la semana pasada es una refinada muestra del uso del odio como arma política para la destrucción del adversario, pero tristemente estas herramientas no están en manos solamente del independentismo xenófobo, sino que pueden ser usadas por cualquiera. Ayer, en su tónica, el partido al que no quiero referirme, que envuelve todas sus proclamas en el presunto amor que siente de manera absoluta hacia la bandera y patria que nos representa a todos volvió a mancillarla con una campaña que esconde un racismo descarnado ante quien no es como el que ellos deciden que debe ser el buen español. No hay diferencias entre los que clasifican a los catalanes de buenos o malos de los que hace un ejercicio similar entre españoles buenos y malos. Se envuelven en distintas banderas, se fabrican excusas opuestas, pero da igual, son en el fondo lo mismo, un grupo de racistas, de supremacistas, que consideran que alguien, ellos, los suyos, están por encima de todos los demás, son los que tienen derechos, y son los que pueden decidir qué derechos tienen el resto y hasta qué punto pueden ser sometidos, explotados o, en su caso, eliminados. Tras décadas en las que una dictadura en España sustentó un régimen basado en estos principios, y tras décadas en los que una banda mafiosa terrorista llamada ETA y el conglomerado nacionalista vasco que la apoyaba y con ella se fortalecía, ejerciendo el mismo tipo de dictadura étnica, tenemos ahora nuevas formaciones que no dejan de ser calco de las pasadas. En este caso la causante del episodio de ayer tiene poco de nuevo, ya que su ideología es pura añoranza de la anterior dictadura nacional, más o menos como le pasa al independentismo catalán y su envidia respecto al sectario mundo nacionalista impuesto a sangre y fuego en el País Vasco durante décadas. Nuevos actores políticos que se sirven de viejos odios para lanzar sus sucios mensajes.

¿Y saben lo que es peor de todo esto? Que pasan las décadas, la historia se repite y estas apelaciones al odio vuelven a triunfar en amplios grupos de la sociedad. No mayoritarios, pero sin duda significativos. Mensajes de propaganda zafia, mentirosa, burda hasta el extremo de lo caricaturesco, pero que logran respaldo social. ¿Por qué? Más allá de las causas económicas y sociales que en ciertos contextos y épocas pueden explicar el apoyo masivo a estas formaciones, es indudable que odiar puede ser tan pasional y gustoso para algunos como amar, y quienes siembran estos odios lo saben, y son conscientes de que van a obtener rédito de ello. A costa de las desgracias de muchos y la ruptura de la convivencia, claro, pero eso a los sembradores de odio les da igual: De hecho, nada les importa más que su propio ego.

martes, abril 20, 2021

Volar en Marte

Pretender volar en Marte suena, así, soltado sobre la mesa, de una ingenuidad absoluta. Cierto es que el planeta es menor que la Tierra y que su fuerza de gravedad es un tercio de la nuestra, por lo que todo pesa menos y facilita levantar algo del suelo, pero la densidad de su atmósfera es ridícula, poco más de una milésima de la nuestra, y por ello la capacidad de sustentación que ofrece es cercana a cero. Es muchísimo más difícil volar allí que aquí, y eso una vez que se ha podido llegar hasta su superficie, claro está, en lo que es un viaje tan largo como arriesgado, en todas sus fases. Volar allí es como soñar hacerlo aquí en la época de, pongamos, los romanos.

Por eso seguramente tacharon de locos a los ingenieros de la NASA que propusieron que una misión llevase una especie de dron para probar si era posible el vuelo. Seguro que ingenuos fue lo más suave que les llamaron, y pese a ello algunos siguieron empeñados en intentarlo, y soñaron con una criatura llamada Ingenuity, un dron de doble aspa rotatoria que no necesitase timón de cola y que, plegado, pudiera alojarse en un espacio no muy grande de una futura misión. Se devanaron los sesos para maximizar la potencia de sus motores y la capacidad de sustentación de unas aspas en esa débil atmósfera, cambiando su forma para optimizar cada uno de los giros que iban a realizar. Se volvieron locos para conseguir incorporar un sistema de placas solares que le diera autonomía energética respecto a su nave nodriza y así no dependiese de más fuente energética que del Sol. Y todo ello, claro está, en el menor peso posible. Tras mucho tiempo de trabajo, estruje de sesos, pruebas, muchas sin duda fallidas, prototipos que funcionaban y que no, empezaron las simulaciones en espacios que recreaban las condiciones de temperatura, gélidas, y de atmósfera, liviana hasta el extremo, del Marte conocido. Y en ese contexto Ingenuity mostraba que podía lograrlo. Se elevaba, era capaz de despegar del suelo, mantenerse en el aire y realizar pequeñas maniobras de desplazamiento. El vehículo debía ser autónomo, dado que nada en Marte puede ser teledirigido desde la Tierra, y su ordenador de a bordo, alimentado por las mismas baterías, debía ser capaz de, recibiendo un programa de desplazamiento, realizar todas las maniobras necesarias para poner en marcha todo el sistema de hélices, despegar, moverse hasta el punto de destino y aterrizar. Pruebas, pruebas y más pruebas empezaron a mostrar a los equipos de la NASA que la descabellada idea de volar en Marte no tenía por qué ser un disparate fruto de una noche de demasiadas cervezas, sino algo técnicamente viable. Llegó un momento en el que los jefes de las misiones robóticas al planeta rojo dieron su brazo a torcer, y admitieron que en una de ellas, la más grande, cabría un demostrador, un prototipo de vuelo que se alojaría en la panza del rover, el objetivo principal de la misión, que sería depositado por él días después del aterrizaje marciano, una vez que todo estuviera correcto en el dispositivo principal, que el rover se alejaría del punto en el que se depositaría el demostrador y que, a partir de ahí, el grupo de iluminados probarían si realmente esa idea de volar allí era, literalmente, una marcianada o algo con fundamento. Imagino tensión a raudales en todo el proceso de empaquetado de rover y demostrador, de inserción del paquete conjunto en la cofia del cohete, la histeria del despegue y la posterior angustia de meses durante el largo viaje a Marte. Hace unos meses, en febrero, Perseverance, el mayor vehículo jamás mandado a otro mundo por el hombre, logró amartizar con precisión y sin daño alguno, y desde entonces se mueve por aquel planeta y ha empezado a realizar toda su labor de campo investigadora. Y ya hace algunos días soltó a ese demostrador que estaba en su seno en el suelo, y se alejó. Sus cámaras lo enfocaron y ahí, a unos cuantos metros, estaba el fruto de un grupo de ingenieros que, un día, soñaron con volar en Marte. Sobre el frío y rojizo polvo de aquel planeta estaba su criatura.

Ayer, 19 de abril de 2021, transcurridos 118 años desde aquel 17 de diciembre de 1903 en el que los hermanos Whright lograron hacer volar un aeroplano en Kitty Hawk, Carolina del Norte, Ingenuity puso en marcha sus rotores en medio de la desolación marciana, con Perseverance como testigo y miles de ojos a millones de kilómetros como seres pensantes y expectantes. Y voló. Se elevó varios metros sobre la superficie del planeta, osciló ligeramente sobre la vertical de su punto de despegué, y aterrizo suavemente tras descender lo elevado. Ayer fue el primer día de la historia en el que un artefacto diseñado por humanos vuela en un planeta que no es el nuestro. No me digan que no es absolutamente maravilloso.

lunes, abril 19, 2021

Una ceremonia británica

El sábado, bajo un radiante sol de abril, sin una sola nube, tuvo lugar en Windsor, a las afueras de Londres, la ceremonia religiosa de despedida del Duque de Edimburgo, el marido de la reina Isabel II. No fue exactamente un funeral, sino una celebración de réquiem en la que no se realizó no un sermón, ni discursos de los asistentes o celebrantes ni una misa, ya que no hubo consagración o comunión. Fue un servicio religioso católico en el que se leyeron algunos pasajes del evangelio y oraciones, y se cantó, mucho, y bien, da tal manera que textos y música fueron lo que despidieron a ese hombre del mundo ante la escasa presencia de los allí congregados.

Las medidas de seguridad por la pandemia impedían un acto multitudinario, cosa que tampoco era expreso deseo de la familia, menos del finado, que sabiendo que su papel ha sido de consorte a lo largo de tantas décadas no quería ni el protagonismo de estado en esta última despedida. Planificó su despedida y al organizó, y probablemente todo se hizo a su gusto menos el número de invitados, que de los cientos previsto se quedó en sólo una treintena de los familiares directos. El resultado de lo que se pudo ver el sábado fue, que quieren que les diga, perfecto. Como señaló una de las personas a las que sigo en twitter, los británicos siguen teniendo un sentido de imperio a la hora de realizar ceremonias, y lo volvieron a demostrar en unas circunstancias que, por el Covid, no permiten a priori mucho lucimiento. En la necesidad virtud, que se dice, y lo que hubiera sido una ceremonia con la capilla de San Jorge repleta de gente se convirtió en un espectáculo minimalista de apenas unas personas de riguroso luto en los bancos del coro de la capilla, un par de celebrantes religiosos, el catafalco con el féretro del finado y el coro y órgano al frente del apartado musical. Los cantantes eran sólo cuatro, pero lo hicieron perfectamente, y de hecho fueron los principales protagonistas de la ceremonia. En la zona previa al coro en el que estaba sentado el público presente, muy separados, con el director en medio, ejecutaron las piezas de un repertorio repleto de buen gusto y variedad, con predominio de compositores británicos, desde el más moderno Benjamin Britten hasta ejemplos de la rica polifonía renacentista de las islas, pero también hubo alguna pieza de origen ortodoxo ajena al repertorio inglés. Cerca del final de la ceremonia cantaron el himno de Reino Unido, en versión mínima, escueta y sin repeticiones. Como todo lo que hicieron, lo sostuvieron con alfileres. Nada de masas corales, nada de apabullar con volumen ni fanfarria. Una delicadeza propia de la escuela de interpretación coral británica, que tantos grupos maravillosos ha creado (Tallis Scholar, Oxford Camerata, Taverner Consort, Voces8…..) y que volvió a dar ejemplo ante el mundo entero de cómo, con delicadeza y maestría, se pueden levantar catedrales de sonido que emulen a las altas bóvedas góticas en las que se reflejaban esas voces. El diseño de la ceremonia, fruto de los deseos del propio Duque, resultó ser así una muestra del arte al servicio del acto, y de consagración misma del arte como muestra de su poder. Frente a ejemplos ramplones que abundan en el día a día de nuestras celebraciones, religiosas y civiles, los británicos nos han dado una lección de cómo hacer las cosas, cómo ensalzar lo que se busca elevar y cómo lograr una emotividad en lo común con el uso de pocos medios, mucho gusto y, desde luego, el rico y variado repertorio musical del que se dispone. Es cuestión de cultura y gusto, algo tan difícil de lograr como valioso cuando se alcanza. Al principio y final de la ceremonia el organista interpretó, en solitario, piezas de Bach, y sólo ese hecho, el reconocer que Bach es el alfa y omega, principio y fin de la música, sería ya motivo suficiente para que este que les escribe se ponga a los pies de quien así lo pensó y dejó escrito que se hiciera. Parafraseando a Santa Teresa de Jesús, sólo Bach basta para llenarlo todo.

La comidilla de periodistas y del público que seguía la ceremonia era el captar imágenes de una familia no muy bien avenida en la que los nietos de Isabel y Felipe y su relación eran el centro de los cotilleos de medio mundo. Me parece lo menos relevante. Desde luego mucho menos que la imagen de una Isabel II sola, sabedora de que ahora sí empieza el final de su reinado. Esa imagen de soledad de una mujer anciana vestida de negro, en un banco corrido de madera tallada, con la música sonando, lo era todo. Ahí no había cotilleo alguno, sólo la soledad del poder por parte de quien lo detenta y al arte al servicio de la monarquía de una nación que se sabe respetable y se enfrenta a enormes retos y dificultades. Si, los guiris nos siguen dando lecciones en muchos aspectos.

viernes, abril 16, 2021

Con Javier Cercas

Es Javier Cercas un excelente escritor, novelista de lo cotidiano, que en sus textos afila la punta y deja al lector sometido a vaivenes de los que no saldrá impune. Ecléctico como pocos, en su narrativa se encuentran novelas convencionales, escritos que bordean la autoficción tan en boga en estos tiempos y aproximaciones al ensayo tan originales como certeras. Ha contado con el respaldo de crítica y público desde el inicio de su carrera, que crece día a día tanto por la obra publicada como por el impacto de la misma. Leer a Cercas es necesario, además de gratificante, y sus libros son una recomendación segura para aquel que pide material en el que sumergirse y aún no lo conoce. Si ese es el caso, no lo duden, adéntrese en sus textos.

Cercas no vive en una torre de marfil, aislado del mundo, sino en Gerona, en medio de una Cataluña sometida al delirio independentista y controlada, política y mediáticamente por una secta intolerante que ha enarbolado el separatismo como podía haber lucido la bandera del arrianismo, cualquier cosa con tal de mostrar su intolerancia a las ideas de otros y el racismo absoluto a quienes consideran inferiores, que son todos menos ellos. Cercas no se calla, cuando le pregunta por política responde, cuando le preguntan por la sociedad se moja, y eso, en el ambiente tóxico en el que ha arraigado la infamia nacionalista catalana es peligroso. Cercas no es dócil, no se convierte en un perrito amaestrado, como muchos otros, que saben que si callan ante la dictadura que allí se está creando podrán cobrar unas migajas del dispendio de dinero público y privado que las élites están realizando en nombre de una fantasiosa patria estelada. Cercas no necesita subvenciones para vivir, se basta y se sobra con su obra, ni soporta que una dictadura, se vista como se vista, le imponga el qué pensar y el qué decir. Cercas ya se ha colocado en el bando de los malos catalanes, que es el bando de los malos vascos ante el nacionalismo batasuno y la mafia eterra, o era el lado de los malos españoles a ojos de la dictadura franquista, o era el lado de los malos norteamericanos para Trump, o era…. Siempre la misma historia de odio, de mentiras, de falsedades sembradas por el grupo de intolerantes de turno que adquieren semejante fuerza y tamaño como para ser tenidos en cuenta por el resto de la sociedad y, sobre todo, temidos. Cada vez que Cercas acude a TV·, o a cualquier otro medio de comunicación de todos, convertido en un ruidoso altavoz sectario de esa tropa de intolerantes, dice la verdad en medio de la mentira guiñada que no deja de salir de esas ondas. A cada pregunta responde con educación, sinceridad, rebatiendo un falso discurso victimista que siempre es adoptado por los matones de la esquina cuando realizan sus fechorías. Y eso convierte a Cercas en blanco de tiro para los intolerantes, que alientan a sus jaurías en las redes para que le insulten y calumnien sin cesar. Como dice el escritor, en Cataluña se ha instalado la mentira, que crea esclavos, y a todos los que no se someten se les presiona sin fin para que, o se callen o se larguen. Son tratados no ya como ciudadanos de segunda, no, sino como residuos, como restos que deben ser depurados, eliminados de la vista. A escala el odio sembrado en esas Comunidad funciona con la eficacia con la que lo ha hecho en el País Vasco durante décadas, bien es cierto que allí con el respaldo de una banda mafiosa asesina, que otorgaba a todo el panorama un sabor mucho más siniestro y peligroso, pero el mismo odio, el mismo racismo, el mismo supremacismo, la misma comprensión hacia el violento por parte de las autoridades locales y regionales, el mismo esquema dictatorial, perfeccionado hasta el extremo gracias al tiro en la nuca, es lo que se está sembrando en una Cataluña económicamente rica hasta el hartazgo, pero ya gangrenada por ese virus del odio y la mentira, en el que tantos viven.

Frente a ellos, Cercas, y muchos otros, pero ni mucho menos todos, se planta y sigue gritando, ante los terraplanistas que la tierra es redonda, ante los negacionistas del virus que el Covid existe y mata, y ante los sectarios independentistas que la libertad es mucho más que ellos, que él es catalán, como todos los que allí viven, que nadie puede calificar a otros como buenos o malos en función de su ideología, y que ni se va a largar ni se va a callar. Ante una dictadura en proceso de formación, que no es otra cosa lo que sucede en Cataluña desde hace ya algunos años, y el silencio cómplice de tantos que se dicen intelectuales y progresistas, Cercas, se levanta como un faro luminoso en medio de la tormenta, y no deja de recibir embestidas de olas fanáticas. Somos muchos los que estamos, contigo, los que estamos con Javier Cercas.

jueves, abril 15, 2021

El polvorín de Ucrania

Desde que se produjo la intervención rusa en Ucrania, que significó la toma de la península de Crimea por parte de las tropas rusas y su anexión al dominio de Moscú, el este de aquel país ha sido una zona de conflicto de intensidad sostenida, muchas veces larvada, pero llena de acciones de ataque y represalias entre las fuerzas oficiales de Ucrania y los prorusos que siguen atrincherados en las provincias de Doniest y Lugansk, una zona del mapa que no está nada claro a quién pertenece, y que es una de las zonas más peligrosas del mundo, no sólo por el riesgo de lo que a uno le pueda pasar allí, sino por las consecuencias globales que tiene todo lo que sea capaz de suceder en ese punto de fricción entre dos mundos.

Estos días, poco a poco, Ucrania vuelve a los informativos en forma de advertencia, de rumor. Parafraseando a El Señor de los Anillos, una sombra vuelve a crecer en el este, y las noticias de que tropas rusas se concentran en las zonas próximas a la frontera internacional de ambos países hacen revivir los espectros de la guerra abierta hace unos años. ¿Qué pretende Putin con estos movimientos? ¿Planifica una operación a gran escala con vistas incluso a invadir toda Ucrania? ¿Juega de farol? ¿Quiere meter miedo para que nadie se olvide de su presencia allí? Son muchas preguntas para las que no hay respuestas claras. Lo único seguro es que, quizás, Putin pretenda realizar algún test con la nueva administración Biden. Tras años de excelentes relaciones con un Trump al que, presuntamente, ayudó a colocar en la Casa Blanca, la llegada de Biden ha vuelto a congelar las relaciones entre ambas naciones, y las últimas declaraciones del presidente norteamericano, en las que asentía a la afirmación de un periodista que calificaba a Putin como asesino no han ayudado mucho a que ese frío instalado entre ambas cancillerías se caliente. Putin juega en un mundo de fuerzas y amenazas en el que las potencias occidentales se mueven mal y, a la vez, posee mucho menos poder del que quiere aparentar. La economía rusa ya estaba muy tocada antes de la pandemia, y resulta evidente que todo esto no le ha venido nada bien. Dependiente hasta el extremo de la exportación de petróleo y materias primas, el parón global provocado por el coronavirus le ha hecho daño. El episodio Navalny, cuya salud carcelaria no deja de ser un motivo de alarma, le ha hecho aún más daño a la escasa reputación de Rusia y su régimen, y no sería de extrañar que Vladimir buscase una distracción en la estepa ucraniana para quitar el foco de la opinión pública rusa de los problemas internos y volver a sacar el fantasma del orgullo patriótico que tan bien le ha funcionado en ocasiones anteriores. Así, es poco probable que las tropas rusas realicen ataques a gran escala, no lo acabo de ver, pero no descarten una intervención limitada, una puesta en escena para mostrar músculo, unas acciones encubiertas que vuelvan a dejar claro que Rusia sigue ahí, que no deja de presionar, y todo con vistas a probar hasta qué punto la nueva administración norteamericana está dispuesta a mojarse en ese escenario. ¿Qué respuestas daría Biden a una acción limitada rusa en Ucrania? ¿Pasaría de las declaraciones de condena a tomar medidas militares? ¿Respuestas proporcionales o equivalentes? ¿Acciones de contrainsurgencia y apoyo indirecto al gobierno de Kiev o meras palabras, duras, pero sin contenido militar? El desconocimiento de ambos grandes actores ahora mismo sobre las intenciones reales del contrario dificulta mucho hacer cualquier tipo de pronóstico sobre lo que puede pasar ahí. Y también es verdad que, como en todo escenario, el incremento de presión y tensiones puede acabar provocando accidentes y fallas en los puntos débiles que lleven a que los acontecimientos se aceleren. Desde luego, si yo viviera en Kiev no estaría nada tranquilo sabiendo que en una esquina de mi país se mantiene vivo un conflicto de semejante potencial, llegue alguna vez a concretarse en algo muy grave o no.

La propia debilidad de la economía rusa que antes comentaba puede ser el talón de Aquiles que EEUU puede aprovechar ante intentos belicosos procedentes del Kremlin. La teoría de que las sanciones económicas acaba dañando a la población, que se rebela contra el régimen es bastante bonita sobre el papel, pero no acaba de dar frutos en otros conflictos, véase sobre todo Irán, pero es mucho más sencillo decretar embargos y sanciones que mover tropas y pegar tiros. Por ello, no dejemos de prestar atención a las relaciones entre Alemania y Rusia, y a lo que pase con los proyectos de gaseoductos, estilo Nordstream, que unen ambas naciones y las hacen interdependientes. No todos los europeos pueden ser anti Putin. Quizás sí en verano, pero no en el frío del crudo invierno.

miércoles, abril 14, 2021

La vacuna de Janssen es segura

En uno de sus míticos artículos, el gran Pérez Reverte se dirigía creo que a su madre, enfadada por el número de tacos que empleaba el hijo escritor a la hora de redactar sus opiniones. En el texto el arrepentido hijo pedía perdón a la madre por la falta, y prometía que no iba a usarlos más para referirse a los cabrones hijos de…. Y empezaba así una retahíla de insultos de todo tipo y calibre referidos a políticos, mamones y demás especímenes que sólo molestan. Era imposible no reírse al leerlo, salvo que fueras la madre de Pérez Reverte, claro, y supongo que de esa manera el autor se desahogó de un día o jornadas en las que tenía ganas de acordarse de muchos y dedicarles unos metros cuadrados de tierra donde depositarles para siempre.

Algo así me pasó ayer por la tarde, a primera hora, a medida que comprobaba como la estupidez global en la que vivimos se volvía a adherir, como una lapa tóxica, a una nueva marca de vacunas que está tan testada y es tan fiable como las anteriores. La FDA, agencia del medicamento de EEUU, paralizó la administración de Janssen en aquel país por la detección de seis trombos que pueden estar relacionados con la inoculación de esa vacuna. Seis trombos, sobre unos siete millones de dosis. Casi nada. Tras esta noticia, elevada a los altares de la psicosis por titulares de enorme cuerpo por parte de los medios de todo el mundo, las decisiones de los gobiernos se produjeron en cascada, mostrando el mismo criterio precautorio extremo del que no hacen gala ante casi ninguna otra de sus medidas, y en horas la empresa norteamericana anunció que suspende sus entregas a Europa hasta que la situación se aclare y los estudios de la FDA determinen si hay relación entre los pinchazos y los trombos. Hoy iban a llegar a España 300.000 dosis de Janssen, que al requerir un único pinchazo iban a significar 300.000 inmunizados más. El escribir esta frase con verbos en pasado, porque ya no va a llegar dosis alguna, es una mierda, una XXX mierda, que Reverte completaría en la parte de las XXX con maestría. La psicosis que se ha creado por parte de los medios y todos los que gestionan la política pandémica respecto a unos efectos secundarios de recurrencia ínfima es deplorable, y supone la casi segura muerte, evitable, de personas que se van a infectar con el virus, que sigue circulando y matando a diario, no a seis personas por millón. En serio, es completamente estúpido paralizar campañas de vacunación que están salvando miles de vidas en todo el mundo por unas tasas de riesgo aún no comprobadas que son más o menos equivalentes a las de ser alcanzado por un rayo. Para hacerse a la idea de lo que estamos hablando, pongamos una escala y dos extremos. En la lotería de Navidad, esa a la que casi todo el mundo juega y tira el dinero, la probabilidad de acertar el gordo es de uno entre cien mil, que son los números que están en el bombo del sorteo. Janssen muestra una probabilidad no demostrada de sufrir un trombo de, redondeando, uno entre un millón. Es diez veces más difícil sufrir el presunto trombo que acertar el gordo. Por su parte, el coronavirus muestra una tasa de mortalidad media sobre los positivos detectados del 2 por ciento. Ponga usted que la detección es nefasta y bájelo al uno por ciento. Eso significa que la probabilidad de fallecer contagiado por Covid es, por lo menos, mil veces, mil, más alta que la de acertar el gordo, y diez mil veces, diez mil, mayor que la de sufrir un presunto trombo. Diez mil veces es la diferencia entre un presunto efecto secundario no demostrado y una letalidad que comprobamos día a día en los hospitales y morgues. ¿A qué lotería le gustaría jugar a usted? ¿Qué sorteo prefiere? Y recuerde, esto es la vida real, no vale, como en Navidad, mi opción de no jugar. Aquí o nos contagiaremos o nos vacunaremos, o ambas, pero no se producirá la exclusión.

Realmente es deprimente, descorazonador, indignante, comprobar como el fantástico esfuerzo investigador y científico que ha logrado crear, en menos de un año, un arsenal de vacunas para acabar con la pesadilla que nos aflige pueda ser echado por tierra por una serie de titulares alarmistas que calan en una sociedad asustada, angustiada y sometida a un estrés insoportable. Las vacunas que están aprobadas por los organismos internacionales son seguras, efectiva, y poseen infinitamente menos contraindicaciones que el cigarrillo que muchos se echarán hoy, o el copazo de esta tarde, o gran parte de las cosas que hacemos o ingerimos a lo largo del día. Y así, error tras error, el grado de estupidez colectiva se vuelve a alcanzar, y nos inmuniza de la única salida posible a todo esto. VACUNAR.

martes, abril 13, 2021

Tensión en Irán

Con la confirmada subida de positivos que da por cierta la temida cuarta ola, que algunos negaron, el coronavirus volverá a ser el centro de la actualidad, con permiso de la batalla en el barro madrileño, pero hay varias zonas del mundo en las que la tensión está creciendo desde hace días sin que nos estemos dando plena cuenta de ello. A ver si a lo largo de esta semana me puedo dar una vuelta por varios de esos sitios para echar un vistazo, y es que cuando estemos vacunados y festejando el final de esta pesadilla esos problemas seguirán ahí, enquistados. Viajemos hoy a oriente medio, a un lugar polvoriento en Irán llamado Natanz, que no sonará a muchos. Grave error.

En Natanz se encuentra el principal complejo de investigación nuclear iraní, unas instalaciones en la superficie y bajo tierra en las que el régimen de los Ayatolas lleva tiempo investigando e invirtiendo dinero, presuntamente con fines civiles, para desarrollar combustible para futuras centrales productoras de electricidad, pero como todo el mundo sabe, el objetivo del programa es militar. Es una de las principales piezas sobre las que se establece la estrategia de defensa y seguridad persa, y su control era una de las claves del famoso acuerdo nuclear firmado por Irán y una entente de países hace algunos años, que languidece desde que Trump decretó que EEUU se lo saltaba. En esas instalaciones se han vivido todo tipo de “problemas” e incidentes, el último este fin de semana, cuando se fue la luz por lo que, a todas luces, un sabotaje provocado por las fuerzas de espionaje israelí, que cada cierto tiempo realizan acciones espectaculares, quirúrgicas o no, que tratan de obstaculizar los pasos que dan los persas para alcanzar la bomba. Más allá de acuerdos y negociaciones, Israel nunca va a permitir que una nación como Irán, que jura que uno de sus objetivos es acabar con el estado de Israel, se haga con armamento nuclear, y hará todo lo necesario para ello. El asesinato de responsables del programa nuclear, el ataque a instalaciones de enriquecimiento mediante virus informáticos o, como esto último, bloqueos en el suministro de energía, y así incontables acciones propias de películas de espionaje en las que Israel deja clara su voluntad, y explicita al mundo que, haya acuerdo entre potencias o no, si el desarrollo nuclear iraní sigue en pie se encargará de impedirlo. No sería la primera vez que el ejército hebreo realiza acciones de ataque a naciones terceras para lograr, por la pura fuerza bruta del bombardeo, la destrucción de instalaciones que puedan servir para desarrollos potencialmente peligrosos para la seguridad de la nación. Este incidente de NAtanz ha coincidido con la reactivación de conversaciones en Viena entre Irán y un grupo de naciones, EEUU y algunas europeas entre ellas, con vistas a retomar algunos de los puntos del antiguo tratado nuclear, ahora que la nueva administración Biden se muestra partidaria de volver a él. Está por ver qué saldrá de esas conversaciones, empezando por el hecho de que la fiabilidad de lo pactado ya no sólo está en entredicho por los posibles bandazos de un régimen dictatorial como el iraní, sino también por los cambios de actitud de la otra parte. La ida y vuelta de EEUU introduce un factor de inestabilidad global que antes, sencillamente, no existía. Irán acude a esas negociaciones no por gusto, sino por necesidad económica, dado que las sanciones impuestas por la anterior administración Trump y las que se promulgaron antes de la firma del primer tratado, le hacen mucho daño. Su economía es débil, dependiente en gran medida de la exportación de petróleo, y la pandemia le ha hecho daño en un sector, el del turismo, que no era poca cosa. Es la ruina lo que fuerza a los jerarcas de Teherán a sentarse a negociar, no el deseo ni la querencia. Y todos estos factores provocan que los posibles acuerdos que de ahí salgan sean débiles, y sometidos a enormes presiones que pueden darlos al traste. Compran tiempo, sí, aplazan el futuro del arma nuclear persa, la alejan del calendario, pero día a día el proceso de investigación iraní avanza pasos que, llegado el caso, pueden ser irreversibles.

En la zona la tensión sigue siendo muy elevada, aunque la pandemia ha hecho que cada nación tenga que centrarse en sí misma. El balance de las guerras regionales ha sido muy positivo para Teherán, que ha logrado dominar algunas zonas estratégicas y posee milicias que actúan a su favor. Frente a ellas, Israel ha firmado acuerdos con monarquías del golfo que hubieran sido impensables hace no mucho tiempo, monarquías que siguen invirtiendo fortunas en armamento norteamericano de máxima tecnología pero que se muestran completamente incapaces de usarlo ni de hacer frente a sus propios retos de seguridad. La zona seguirá siendo fuente de conflictos en el futuro, y más nos vale que se queden en regionales.

lunes, abril 12, 2021

Ruido electoral en Madrid

Ayer por la tarde la justicia anuló la candidatura de Toni Cantó y Agustín Conde como representantes en las listas del PP a la Comunidad de Madrid. No conozco el caso de Conde, pero no me ha sorprendido la decisión en el de Cantó, un curioso personaje devenido en cambiador de siglas que al par de días de dejar Ciudadanos y anunciar su abandono de la política se apunta a las listas madrileñas del PP sin que esté muy claro cuándo se empadronó en la Comunidad, requisito necesario para optar a ser candidato según la ley electoral regional. Esa misma ley ya pilló a Iglesias, obligándole a dejar su cargo en el gobierno antes de lo que él esperaba al impedir compatibilizar cargo y candidatura. Vaya con los profesionales de lo público.

Este ha sido el último esperpento de lo que llevamos de no campaña electoral madrileña, que ya es plenamente insoportable, y para la que nos quedan aún tres semanas que se harán eternas. Tres semanas en la que todo valdrá para todos con tal de ser utilizado contra todos. Que nadie espere propuestas o ideas, sólo veremos ruido y necedad en grado sumo. Que de ello se deriven episodios lamentables como el vivido la semana pasada en Vallecas durante un mitin de Vox no es sino el corolario obvio. Las masas se calientan por parte de los que siembran ruido y odio, y tarde o temprano alguna piedra vuela. En esa ocasión fueron los de extrema izquierda los que asediaron un mitin a los de extrema derecha, pero hubiera podido ser exactamente al revés, demostrando que cuando se antepone el adjetivo extremo a un sustantivo político da igual de que sustantivo se trate, que queda deshecho. La violencia política no es política, sólo es violencia. Las candidaturas de Madrid compiten en estridencia, eslogan y mensaje hueco. Los dos principales contendientes, Sánchez por Gabilondo interpuesto y Ayuso, escenifican la coreografía que les han diseñado sus augures electorales, Redondo y Rodríguez, chamanes que en vez de huesos y cenizas arrojan sensaciones y demoscopias, pero que son tan adictos al juego electoral como un yonqui a su dosis de droga. Redondo ha planteado estas elecciones en clave nacional y moviliza a todo el gobierno en ellas, llevando el riesgo de que una derrota de la izquierda lo sea plenamente del sanchismo. Ayuso, encumbrada al liderazgo por la incomparecencia de los propios y las campañas de los ajenos, actúa como la gran lideresa salvadora, corriendo en su último vídeo por todas partes, llevada por una prisa en la que gestionar no sirve si no lleva un rédito electoral asociado. Ganará, eso es seguro, pero está por ver si gobernará. Se lo juegan ambos chamanes al todo o nada y sus peones pueden ser sacrificados en la hoguera del recuento del 4 de mayo en un cara o cruz que no deja posiciones intermedias. Junto a ellos, el resto de candidatos quedan opacados, con una Mónica Garcia de Más Madrid que juega en clave regional y que no tiene perfil en los medios nacionales, un Edmundo Bal que, siendo el candidato más formado y competente, parece tener el aspecto de navegante del buque fantasma de los cuentos, condenado a vagar de arrecife en escollo hasta el embarrancamiento final, y de un Pablo Iglesias que convoca mítines para defender a la izquierda en la Vallecas en la que se crio pero la que no dudó en huir cuando empezó a amasar el dinero con el que soñaba desde su impostada pose de izquierdoso, logrando no mezclarse con los trabajadores, que él califica de cretinos. Sorprendentemente sigue engañando a más de uno. Este es el panorama al que se enfrentan los votantes de la Comunidad de Madrid (no es mi caso) y el que todos tenemos que sufrir con intensidad si ponemos durante algunos segundos la atención en algún medio de comunicación, donde muchos de ellos ya están en campaña desatada.

¿Consejo? Trate de aislarse, de cambiar de canal cuando salga el tema y de no darle importancia a nada de lo que pase en estas semanas. El nivel de ruido, manipulación, mentira y zafiedad irá subiendo (sí, sí, aún puede ser mayor) hasta la noche electoral, en la que veremos sonrisas y lágrimas y a ninguna Julie Andrews. La duda sobre la gobernabilidad de la región, los daños en la estrategia del gobierno y el dulzor o amargura de una complicada victoria se dilucidarán entonces. Lo demás, hasta que el recuento esté avanzado, van a ser toneladas de basura, de las que será mejor huir. Si le gustan las series, le da tiempo a ver algunas de esas miles de series que muchos medios dicen que son obligatorias de visionar en apenas semanas.

viernes, abril 09, 2021

El juego turco de las sillas

Hemos visto esta semana una escena que deja a las claras lo que es la gestión del poder y el uso, y abuso, del mismo por parte de quien, cuando lo detenta, le da igual todo lo demás. Una escena en la que se juntan la falta de educación, la prepotencia, la torpeza, el machismo y toda clase de prejuicios que usted quiere añadir, y que vuelve a tener a la UE tanto como protagonista como agraviado, en lo que parece una constante en un mundo en el que la falta de poder duro por parte de las instituciones europeas y las desmedidas ambiciones de ciertos gobernantes muestran que, en lo que hace a las relaciones internacionales, la diplomacia ni lo es todo ni es capaz de moderar a quienes no desean ser aplacados

Un turco, un belga y una alemana se juntan en un salón palaciego en el inicio de una escena que nada tiene de chistosa. El anfitrión, el sátrapa turco Erdogán, a quien pagamos una millonada para que haga de policía de fronteras y evite nuevas riadas de inmigrantes a la UE, recibe en su palacio de Ankara a los dos principales representantes de las instituciones europeas, el belga Charles Michel, presidente del Consejo, la reunión de jefes de estado y de gobierno de la UE, y la alemana Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión, el gobierno ejecutivo de la UE. En la sala de recepción hay tres personas, pero dos sillones que presiden el espacio, pensados para dos personas, y obviamente una es el mandatario turco, que allí es Dios. Poco tarde Michel en ocupar el segundo de los sillones, dejando a von der Leyen quieta durante un momento, mientras que Erdogan ocupa el otro sillón, y la presidenta de la Comisión se ve forzada a sentarse en uno de los sofás que están a la vera de los sillones, concretamente el más cercano al del Michel. La escena es chocante, tiene un punto violento al poder comprobarse claramente el descoloque de von der Leyen y sus prisas por tratar de arreglar aquello rápidamente, mientras que Michel y Erdogan no parecen nada preocupados. Erdogan, en su interior, tiene que estar muerto de risa, satisfecho hasta el extremo de cómo ha coreografiado una puesta en escena que deja bien claro quién manda, él, quién obedece, la UE, y quién no pinta nada, ella. Por su parte, la actuación de Michel muestra una torpeza enorme, habiendo tanto caído en la trampa puesta por Erdogan como dejándose llevar por el instinto de ser él el que ocupe el otro sillón disponible. Ha sido el perfecto tonto útil de un movimiento que ha dejado a la presidenta de la Comisión como un auténtico patito feo, como si de un invitado ajeno se tratase, como de esos niños a los que se les ordena que salgan de la habitación en la que están los adultos, para que no molesten. Úrsula se queda, pero a sabiendas de que bien poco pinta en ese encuentro, que desde el principio se le ha dejado claro que nada aporta ni pesa, que como representante de un organismo al que el anfitrión desprecia, y como mujer, hecho que el anfitrión considera equivalente a la nada, su presencia es inocua, vacía, como si de parte del decorado se tratase, como esa mujer florero que cantaba Ella Baila Sola, ahora que el dúo de cantantes anuncia que vuelve. No tengo ni idea de qué se trató en la reunión ni de qué conclusiones se pudieron obtener, pero es casi seguro que Erdogan oyó, pero en ningún momento escuchó a von der Leyen, y lo hizo muy a conciencia. La verdad es que nada de esto es extraño si nos fijamos en la trayectoria de un autócrata que ha deshecho gran parte de las instituciones turcas, utilizado su ejército en ataques contra sus vecinos y desatado una represión interna en el país con su mezcla de autoritarismo e islamismo nacionalista. Despreciar a una mujer de una institución democrática occidental es para Erdogan, y los que son como él, algo que hasta les puede resultar estimulante, erótico, de un atractivo irresistible.

La Comisión ha protestado ante lo que se ha visto, y ha pedido explicaciones, que a buen seguro no serán dadas, porque todo está muy claro. Mario Draghi ayer declaró que lamenta profundamente la humillación sumida por von del Leyen y calificó a Erdogan de lo que es, dictador, en unas palabras poco diplomáticas que ya han provocado la llamada a consultas del embajador turco en Roma por parte de Ankara. Dijo Draghi lo que todos pensamos, aunque ese corsé que es la diplomacia nos obliga institucionalmente a no expresarnos así. Está por ver si el suceso tendrá más consecuencias, pero queda claro cómo son algunos de nuestros vecinos, y que el hacerse respetar por parte de la UE ante ellos es, como mínimo, un reto ante el que aún no sabemos cómo responder.

jueves, abril 08, 2021

AstraZenecalíos

Si vacunar es lo único que nos va a sacar del pozo de coronavirus, a modo de escala por la que podamos ascender nuevamente a la superficie, se ve que no dejamos de resbalar en algunos peldaños en este camino de elevación. Y todos aquellos pasos que damos con el nombre de AstraZeneca impreso en las baldosas en los que ponemos el pie parecen ser muy resbaladizos. Esta semana ha vuelto a brotar con fuerza la polémica en torno a la seguridad de esta vacuna y varios países europeos, otra vez, han restringido su uso. Ayer, en una nocturna reunión del Ministerio de Sanidad con las CCAA se acordó restringir su administración a las personas mayores de sesenta años, de tal manera que las vacunas ARN vayan bajando en edad desde el máximo y ésta subiendo desde la cota 60

La EMA, autoridad sobre medicamentos de la UE, cuya sede pudo estar en Barcelona y se perdió por culpa del independentismo catalán, certificó por la tarde que hay relación entre los casos de trombos habidos en algunas personas y la inoculación de la vacuna, que son trombos raros, que se han dado principalmente en mujeres, pero que no obstante la vacuna es segura y su efectividad contra el coronavirus compensa los riesgos que posee. Estamos hablando de un producto de un muy alto grado de eficacia contra una enfermedad que tiene una tasa de mortalidad del 1 al 2% en el global de la población y que, por lo que parece, supone un riesgo de trombos para unas seis personas por cada millón de inoculados. La desproporción entre ambas cifras es tan abismal que resulta imposible compararlas, es infinitamente mejor ponerse la dosis de AstraZeneca que no hacerlo y arriesgarse a contraer la enfermedad. Así de simple. Y ese es el mensaje que todas las autoridades sanitarias están lanzando. No vivimos en un mundo de riesgo nulo, y entre los riesgos a los que la realidad nos obliga a asumir está claro cuál es el más peligroso. El mismo enano número de casos de trombos detectados, poco más de doscientos, impide realizar un estudio de pauta para saber cuáles son los factores desencadenantes del problema, la sintomatología detectable y otras características que pudieran servir para prevenirlos. El tamaño muestral es demasiado pequeño. ¿Quiere decir esto que es irrelevante? No. Evidentemente para las personas allegadas a los que han fallecido por culpa de esos trombos su tragedia no va a ser edulcorada de ninguna manera sea cual sea la estadística que les enseñemos, han sufrido una muerte en su entorno y con la sensación de que era evitable si no se les hubiese inoculado la vacuna. Están en el lado de los casos reales frente a los probables, y desde ese punto de la vida las cosas se ven de una manera muy distinta. En todo caso, lo que está sucediendo con esta vacuna es una muestra de que hay instituciones científicas que velan porque la seguridad de los ciudadanos y testan los productos. Se realiza un seguimiento de los medicamentos y todo lo que sucede con aquellas personas a las que se les aplican es anotado y estudiado, y esa es la mejor garantía de que acabará pasando lo mejor posible. La medicina es una ciencia no exacta, con un grado de imprecisión fruto del hecho de que todos nuestros cuerpos son iguales, pero cada uno posee particularidades, y las respuestas ante medicamentos o cualquier otro tipo de productos son conocidas con un grado de aproximación que se ajusta con el tiempo y la cantidad de personas que testan el producto. Cuando las vacunas, y otros medicamentos, se comercializan es porque poseen un grado de seguridad mínimo, no absoluto porque eso es imposible, pero sí mínimo, que decanta si dudas la balanza por su uso frente a la precaución de no hacerlo. El que en un año hayamos logrado crear remedios que funcionen frente a una enfermedad nueva es asombroso. Que lo hagan con una altísima efectividad es maravilloso. Que posean un mínimo riesgo asociado es lo normal.

En el fondo, una de las cosas que revela todo este tema de las vacunas es el pánico absoluto que tenemos ante los riesgos, especialmente en las sociedades acomodadas, donde la muerte no se contempla como posible. Queremos la seguridad absoluta de todo lo que comemos, bebemos, hacemos y así sin cesar, y eso, simplemente, no es posible. Los grados de seguridad no dejan de crecer, pero nunca podrán ser totales. Vivimos en el mundo real, en el que el riesgo existe, y tratamos de minimizarlo en todo momento, pero no podemos eludirlo del todo. Si quieren saber si, llegado el caso, yo me vacunaría con AstraZeneca (tengo menos de sesenta) mi respuesta es un SÍ categórico.

miércoles, abril 07, 2021

Semana Santa de jubilado

Normalmente ir a Elorrio en Semana Santa es garantía de relax y de, también, aburrimiento. En años normales suele ser un viaje a la contra de lo común, circulando por carreteras que se atestan en sentido salida cuando se va hacia el norte y que presentan el mismo escenario de congestión a la vuelta cuando uno abandona el pueblo rumbo a Madrid. Semana Santa en el norte es sinónimo de escapada, fuga, estampida hasta cierto punto. De unos años a esta parte se suelen ver algunos turistas que vistan el pueblo, pero sin tradiciones religiosas que llamen la atención y con las citadas procesiones de operación salida y retorno como emblemas de temporada, poco puede esperar uno allí salvo el descanso.

Desde que vivimos en pandemia nada es normal, y tampoco la Semana Santa. La del año pasado no existió, sumida en el encierro domiciliario y lo único similar a las escenas de pasión sevillana eran las salidas a los balcones, sin saetas, sólo con aplausos de llanto. No fui a Elorrio esos días, por primera vez en mi vida, y se hizo raro, pero poco en comparación a todo lo que sucedía a nuestro alrededor. Este año los días santos han sido, pero a medias. Una especie de quiero y no puedo marcado por restricciones, cierres y precauciones más o menos respetadas. No los hemos pasado enclaustrados en casa, eso es verdad, pero aún hemos estado muy lejos de vivir esas fechas con un cierto grado de normalidad. Subí al pueblo desde un Madrid que no deja de salir en las noticias por sus preocupantes datos epidemiológicos para llegar a una comunidad y localidad con unas tasas de incidencia mucho más altas pero que apenas es mencionada en unos medios que se nota cada vez más de qué quieren hablar cuando lo hacen. Elorrio estaba cerrado perimetralmente al haber superado los 400 de incidencia acumulada en catorce días, por lo que uno podía moverse por el pueblo sin problemas pero, si quería acatar la ley, no podía salir de él. Los bares estaban abiertos, pero no los interiores, por lo que si querías tomar algo tenías que estar en la terraza, y confiar en el que el tiempo lo permitiese. Ir a tiendas o hacer recados era sinónimo de colas para controlar aforos interiores en los que apenas una o dos personas podían coincidir en los establecimientos. El encadenamiento de festivos en el País Vasco en estas fechas, dejando sólo el sábado como laborable para comercios, hacía que ir al supermercado en ese día fuese la opción forzada de casi todos, y con los inevitables problemas de distancia. El cierre perimetral ha frustrado las vacaciones de muchos de los residentes del pueblo, que por segundo año se han visto forzados a quedarse en él durante estas fechas. Como la meteorología ha sido condescendiente, regalando jornadas soleadas y apacibles, lo de hacer excursiones y paseos por el pueblo se ha convertido en el peregrinaje de unos días santos en los que los caminos, sin penitentes, se llenaban de familias con hijos, amistades y grupos más o menos numerosos, que no han dejado de trillar veredas, sendas y demás vías, asfaltadas y no, en torno a un pueblo en el que no dejaba de pasar gente por todas partes a sabiendas de que no podían irse mucho más lejos. Ha habido incumplimientos de esa restricción de entrada y salida del término municipal, sí, en parte alentadas por el citado buen tiempo y por la fatiga pandémica, pero la sensación de lleno que daban algunos espacios indicaba que eran más los frustrados vacacionistas que se habían quedado sin sus contratados días fuera que los que se escabullían en el día a día para ir no mucho más lejos. Aun así se ha visto algún turista despistado, síntoma de que tampoco ha cumplido las restricciones perimetrales, pero en cantidades que están muy lejos de poder ser consideradas como mínimamente peligrosas.

He sido un niño bueno en estos días, y no me he saltado la ley. No he cruzado los límites del pueblo salvo el día en el que llegué y ayer, cuando me fui. Me he dedicado, como casi todo el mundo, a dar paseos mañaneros tras hacer algún recado y a pasar frío tomando café en terrazas en las que intentaba que pegase un poco el sol para aliviar el fresco de la mañana. Una vida muy de jubilado, de ahí el título del artículo, aunque de no mucho júbilo, porque ni la evolución local de la enfermedad ni el ambiente están para alegrías. Vacaciones, sí, aunque no las habituales. Pero en mi caso, en estas fechas, el cambio no ha sido tan traumático como el de aquellos que han debido de cancelarlas. Ojalá el verano permita que muchos de esos viajes atrasados empiecen a realizarse.