martes, marzo 31, 2020

Nieve y curvas epidémicas

Indicaba la previsión que podía nevar en Madrid, y por lo que veo a estas horas de la mañana, llueve con ganas en mi barrio pero, si ha nevado a lo largo de la madrugada, no ha llegado a cuajar, porque no hay rastro alguno de manchas blancas que se puedan distinguir, aunque cierto es que la oscuridad lo llena todo. En situaciones como las que estamos la nieves sería un bonito espectáculo para ver desde la ventana, pero poco más, y el gran peligro que supone para el tráfico rodado disminuiría notablemente dado que apenas hay tráfico en nuestras calles y carreteras.

Lograr acertar con la previsión de nieve en Madrid es muy similar a hacerlo con la curva de infectados y mortandad del coronavirus, dado que se requiere conocimiento, experiencia y suerte, mucha suerte. La nieve requiere condiciones muy especiales de humedad y temperatura que es difícil que coincidan en esta ciudad, donde ya sabemos que la lluvia en sí misma es un evento traicionero, a veces tan esquivo como deseado, que casi nunca se presenta con la regularidad y necesidad debida. Casi siempre las previsiones de nieve se suelen ir al traste porque hay medio grado más de lo debido o cosas por el estilo, diferencias de temperaturas realmente mínimas, que son las que marcan la diferencia entre ver copos o la lluvia habitual. Lo normal en Madrid es que, en invierno, se alcancen sin problemas las temperaturas necesarias para que nieve, pero con un cielo radiante y luminoso, por lo que no precipita nada, salvo la ilusión de los meteorólogos, que cae sin remedio. Realmente ver nevadas en Madrid es un acontecimiento no habitual y que tiene algo de memorable cuando se produce. Con las curvas epidémicas pasa un poco lo mismo. Saben los expertos que todas las curvas flexionan y vuelven a un valor cero, y que tienen una forma más o menos empinada, y que cuanto más empinada es esa curva más infectados y muertos hay. Los modelos matemáticos que se usan para simular el efecto en la población, llamados SIR (acrónimo de Susceptibles, Infectados y recuperados) usan una serie de parámetros sobre la tasa de contagio de la enfermedad, la probabilidad de morir por ella y similares, y puestos en marcha generan una serie de datos que se modelan en forma de curvas, de tal manera que se sabe lo que puede pasar si no se hace nada. Para aplanar estas curvas, es decid, salvar vidas, la respuesta más obvia es doble. O se utiliza un medicamento que impida que la población infectada muera o se impide el contacto social para que los infectados no contagien a más susceptibles no infectados para que de esa manera haya menos enfermos. Del modelo matemático de infección a seguir los datos reales del coronavirus hay una distancia similar al modelo meteorológico que dice que hoy nevará a 600 metros de altitud y el contemplar desde la ventana si lo hace o no. Los parámetros que miden la expansión del coronavirus no son del todo conocidos, empezando por su tasa de mortalidad, que es menor de la que vemos en España o Italia, cercana al 8% respecto a los casos detectados, pero bastante mayor que la de una gripe normal, que es del entorno del 0,16%. Los parámetros del modelo epidemiológico se están ajustando a medida que vemos datos y las curvas se crean ante nuestros ojos a cada valor que conocemos.

¿En qué situación de la curva estamos? Parece, dicho con todas las reservas del mundo, que hemos alcanzado el techo en lo que hace al número de infectados diario, lo que indicaría que las medidas de aislamiento social ya están teniendo efectos reales, y hay una cierta estabilización en el número de fallecidos, en el entorno sangrante de los ochocientos muertos diarios. SI esto fuera así debiéramos empezar a ver un descenso progresivo de los decesos en los próximos días en una situación que nos ofreciera, por fin, una primera sensación de control de la crisis en la que nos encontramos. Ojalá sea así, recen a todo lo que conozcan para ello. Ese es el primer paso de los muchos que hacen falta para acabar con la pesadilla. Y no, a las 07:35 llueve, pero no nieva en mi barrio.

lunes, marzo 30, 2020

Abrasados en el BOE


Las cifras de la epidemia de coronavirus en España siguen creciendo, y acumulando cadáveres de una manera insoportable, a un ritmo de algo más de ochocientos al día. Por encontrar una luz de esperanza en medio de todo el desastre, se aprecia un descenso en el ritmo de crecimiento tanto en los infectados como en los fallecidos, lo que puede indicar que el famoso pico de la curva puede estar cerca. Puede que si esto es así sea esta semana la que nos dé el máximo de ambas variables, lo que indicaría que hemos recorrido el primero de los muchos pasos que quedan para dejar esto atrás. No es poco, pero sólo es un primer paso.

De mientras, el gobierno se abrasa en sus contradicciones y luchas internas. Lo que se diseñó como un gabinete para el marketing y la imagen, que tarde o temprano iba a degenerar en luchas entre las almas socialdemócratas y comunistas, ha estallado en el caos ante una crisis devastadora, capaz de llevarse al más sólido de los gobiernos por delante. Ayer volvimos a vivir un nuevo ejemplo de improvisación, dudas, incertidumbres y despropósitos al respecto de la medida de ampliación del confinamiento. Al igual que en Italia (sigan lo que pasa allí, es lo que sucede aquí una semana después) Sánchez decidió el sábado parar todas las actividades esenciales, para lo que celebró ayer un consejo de ministros extraordinario en el que se aprobaría el real decreto que recogiera esta medida y, sobre todo, el listado de actividades que estaban sujetas a la necesidad de seguir trabajando, decretándose para todas las demás un permiso retributivo recuperable, lo que es una manera de decir que son vacaciones pagadas ahora que luego tendrás que devolver en forma de horas extras no pagadas a la empresa. La medida busca parar por completo la actividad del país, y estaba siento reclamada por algunas voces, sociales y políticas, sobre todo porque no se veían claras las consecuencias del trajín que sectores como el de la construcción tenían en el mantenimiento de cierto grado de contagio. Bien, una vez tomada la decisión el sábado, lo lógico es que, tras la rueda de prensa del consejo de ministros, el BOE publicase el decreto y, con el listado allí recogido, las empresas empezasen a prepararse para el cierre. Pues no, nada de eso. En la tarde de ayer, de larga luz por el cambio horario, nada se publicaba en el medio oficial. Las seis, las siete, las ocho, los aplausos, y el BOE seguía mudo. El silencio del caos. Empezaron a surgir rumores sobre, otra vez, un duro enfrentamiento entre los podemitas y los socialistas sobre hasta dónde extender ese cierre empresarial, y con la noche caída y el BOE en silencio esos rumores fueron clamor. Ciertos medios de comunicación, los que con este gobierno actúan como correa de transmisión de sus dictados, tuvieron ayer algunos de sus momentos más vergonzosos que imaginarse uno pueda, siendo agraciados con filtraciones del decreto que resultaron ser incompletas y obligados a desdecir sus tuits en los que, como el resto de medios, reflejaban la batalla que, caída la noche, se vivía en el desgobierno de Moncloa. Y, de mientras, miles de empresas y millones de trabajadores seguían sin saber si tendrían que ir a trabajar o no. La sensación de improvisación y de estar superados por la realidad ya la emite todo el ejecutivo a cada paso vacilante que da.

Poco antes de las doce de la noche el BOE publicaba, por fin, el decreto, que incluye una disposición adicional segunda en la que se detalla una moratoria para el día de hoy, moratoria de la que el gobierno jamás habló en todo el fin de semana por parte de ninguno de sus portavoces, presidente incluido. Hoy algunos irán a trabajar sin saber claro si mañana tendrán que hacerlo o no, y con pequeñas industrias habiendo improvisados soluciones para quedarse en casa, deshaciéndolas y teniendo hoy una duda más que sumar al millón de incertidumbres que les atenaza por completo y ya no nubla, sino que sume su futuro en una noche muy oscura.

viernes, marzo 27, 2020

Fracaso del eurogrupo


Ayer hubo dos reuniones internacionales para abordar el problema económico que está generando la pandemia del coronavirus. Además de la tragedia humana, la economía de casi todas las naciones se aboca a recesiones de dimensiones desconocidas, y es necesario un esfuerzo global y coordinado para abordar unos derrumbes de PIB que serán históricos. Esto es muy fácil decirlo y, por lo visto, imposible hacerlo. El G20, que se reunió a primera hora de la tarde, no pasó de palabras bonitas y de la detección de necesidades. No se esperaba mucho de ese encuentro y, la verdad, cumplió las expectativas.

La reunión gorda, la trascendente, era la del Eurogrupo, los países que tenemos la moneda única en la UE. Sus jefes de estado y gobierno se encontraron telemáticamente, dos días después del fracaso obtenido por sus ministros de economía y finanzas, y con una enorme presión para alcanzar acuerdos reales. Desde antes del encuentro se habían formado dos grupos, los partidarios de los eurobonos, con países como España, Italia, Portugal, o Francia a la cabeza, y los que se niegan a ellos, comandados por Holanda y Alemania, y respaldados por Austria y Finlandia. Recordar brevemente que los eurobonos no son más, y nada menos que, emisiones de deuda pública respaldadas por el conjunto de estados de la UE, no individualmente por cada uno de ellos. Su prima de riesgo no sería la de cada una de las naciones respecto a la alemana, sino prácticamente nada, lo que supondría un enorme ahorro para todos los países que los utilizaran. Eso también implica que todas las naciones son corresponsables de su pago y cobertura en caso de fallos. En la crisis de 208, y especialmente durante su continuación en forma de crisis de deuda soberana de 2011 – 2012, el tema de los eurobonos ya salió a la palestra, pero fue imposible crearlos porque los países ahorradores del norte veían ene ellos una forma de cubrir el derroche en el que los del sur habían incurrido durante la burbuja. No les faltaba algo de razón, pero el instrumento hubiera sido muy útil en aquel momento y habría permitido solventar aquel desastre de una manera mucho más rápida y menos dolorosa. Ahora nos encontramos ante una crisis de muy distinto origen, provocada por un shock externo que poco tiene que ver con la disciplina fiscal que ejercita cada nación. La situación en la que se encuentra Italia o España es angustiosa en lo sanitario, letal en lo económico, pero lo peor es que se va a prolongar durante un tiempo aún desconocido antes de que la normalidad, o algo que quiera imitarle, vuelva, y que el resto de naciones de Europa van a ir viendo como sus cifras de fallecidos e infectados crecen buscando las nuestras, y sus PIBs también se van a derrumbar de igual manera. Esto es como una especie de tsunami en el que el Mediterráneo se hubiera tragado sus países ribereños, pero que no se va a detener en los Alpes, ni mucho menos, sino que ira anegando las fértiles llanuras del norte europeo. Pocas situaciones podría uno imaginar en las que la mutualización de la deuda europea tuviera más sentido que la que vivimos, pero aún así las reticencias son enormes. Aunque muchos no lo vean, un desacuerdo en este aspecto es un desastre absoluto para el proyecto europeo, y puede dejarle gravemente herido.

El acuerdo final de la reunión de ayer fue que no hay acuerdo y que en dos semanas nos volveremos a ver, con Italia y España como naciones “plantadas” ante el resto. La esperanza radica, justamente, en la tragedia, en que la epidemia dentro de unas semanas sea en el norte tan intensa como lo es ahora en el sur. Triste consuelo. ¿Hay herramientas europeas para paliar el desastre? Sí, el MEDE, el fondo europeo de rescate que se usó en la crisis pasada y, sobre todo, el BCE, pueden cubrir emisiones y costes, pero son soluciones parciales que un tesoro europeo podría convertir en excepcionales. En el estado actual de cosas, la UE también camina hacia la UCI. Y eso, como sabemos estos días, es un mal destino.

jueves, marzo 26, 2020

Aplausos desde la ventana indiscreta


La vecina del cuarto B del bloque que está en frente al mío vive sola. Tiene unas lámparas en el salón que le otorgan una luz amarilla cálida frondosa y no se aprecia muchos en ellas el reflejo del televisor que, seguramente, también, esté en esa habitación. Aplaude de manera suave, melosa, con cadencia, siendo de las primeras en empezar y de las últimas en acabar. Cuando el aplauso va concluyendo saluda con los brazos a todos y manda besos. Al principio no mucho, ahora casi todos le respondemos con un gesto similar, sabiendo que en otras veinticuatro horas nos volveremos a saludar desde el mismo lugar.

Debajo suyo, en el tercero B y D, viven parejas jóvenes, que son menos regulares en lo que hace a aplaudir en su horario, algo remolones, pero que acaban saliendo y ejecutan palmas a una frecuencia superior a la de su vecina de arriba. Los del B siempre se asoman juntos a la ventana pero, curiosamente, los del D no. A veces salen uno junto al otro en la ventana del salón, pero no son pocas las ocasiones en las que uno aplaude desde la sala y otro lo hace desde la habitación que está pegada a ella y su ventana. No se por qué, y me llama la atención. Aún no he logrado saber si hay un patrón o días específicos en los que esto es así, pero sucede. Los de los segundos pisos son el día y la noche. En el B una mujer sola se asoma al salón y aplaude con normalidad, sin mucha cosa destacable, pero en el D reside un misterio. Las persianas del salón están día y noche constantemente bajadas, del todo, nunca se levantan, y cuando anochece se puede apreciar luz a través de unas pocas rendijas que quedan abiertas en lo más alto, lo que me hace suponer que alguien reside ahí, pero la persiana es inamovible y, si hay gente, no da señales de vida. Quizás el piso esté vacío y todo sea fruto de un temporizador instalado que enciende y apaga luces de vez en cuando para hacer como que hay alguien en casa, pero lo cierto es que ese piso es un misterio. La persiana de la habitación pegada al salón es completamente estanca, por lo que de ella no sale luz a través de hueco alguno, así que, dado que esos pisos son idénticos al mío, las dos ventana que dan a la calle permanecen cerradas a cal y canto sin que se de síntoma externo alguno de vida. ¿Habrá alguien ahí? ¿Estará habitado? Si así es, desde luego quien resida tiene experiencia en reclusiones y confinamientos, y en vivir en la oscuridad. En el segundo piso hay familias con niño, creo que niña en ambos casos. Normalmente los tres suelen salir en cada ocasión, y las niñas son las que aplauden de manera más entusiasta, pegando alguna vez algún grito de ánimo hacia sus padres y el resto de vecinos. De entre todos los vecinos son estos dos los que, junto a la del cuarto D, tienen pegados en los cristales de la ventana de la sala arco iris pintados a mano y la leyenda “Todo saldrá bien”. El arco iris a buen seguro ha sido dibujado por las niñas en el caso de los del primero, pero el resultado es igual de bien hecho y divertido en los tres casos. Esas imágenes pegadas permaneces así durante todo el día, y así creo que estarán durante todo lo que queda. La del cuarto D añade un “Quédate en casa” a los lemas anteriores.

En el bajo, el comportamiento es dispar, porque en el D creo que reside una pareja que suele salir de manera regular, pero en el B vive un señor sólo que habitualmente fuma asomado a la ventana a lo largo del día, pero que esporádicamente se anima a lo del aplauso. Cuando lo hace es tardío, con un grado de indolencia elevado. Lo hace como si quisiera que el golpe de las manos fuera lo suficientemente suave como para que la ceniza del cigarrillo no se cayera al suelo. Ambos bajos tienen rejas y eso complica que los que allí viven puedan sacar bien los brazos para aplaudir. No hay carteles en sus ventanas.

miércoles, marzo 25, 2020

Las residencias de ancianos


No se si es correcto el uso del término guerra para definir la situación en la que nos encontramos, porque sí califica bien el esfuerzo, dolor y sacrificio que tenemos que hacer todos, pero es impropio dado que frente a nosotros no se sitúa otro ejército humano, otra nación, otros humanos a derrotar. El virus no conoce de conceptos, ni de sociedades ni batallas. Sólo sabe autoreplicarse en los nuevos huéspedes que encuentra por el camino. Por eso uno de los frentes de guerra más efectivos es quedarse en casa, para que nonos localice, invada, y seamos cada uno de nosotros su nueva punta de lanza.

Si hacemos uso de la metáfora bélica, podemos decir que las residencias de ancianos se encuentran en primera línea de ese frente de batalla, y que ahí las bajas están siendo constantes y sangrantes. Día tras día aparecen residencias a lo largo del país en las que el balance de su personal y, sobre todo, atendidos, se cuenta por fallecidos. Dotadas de medios paliativos, las residencias no son hospitales ni centros médicos, y su personal se dedica al cuidado y asistencia de quienes allí están, pero no son profesionales de la medicina, y esta situación les desborda por completo. Puede haber casos de mala praxis, como en todos los sectores, que muestran luces y sombras, pero no tengo muchas dudas sobre el comportamiento profesional de la mayoría de los profesionales que trabajan en ese sector. Tampoco tengo demasiadas dudas sobre hasta qué punto están abandonados en lo que hace a medios de protección para poder evitar la propagación del virus, dado que los sanitarios, a los que más les urge tenerlos, tampoco los poseen. Así, el virus ha encontrado un nicho muy propicio para su propagación y, lamentablemente, un colectivo de personas, las mayores, en las que los estragos que puede causar son inmensos. La declaraciones de hace un par de días de la ministra de defensa sobre el descubrimiento por parte del personal de la UME de cadáveres abandonados en algunas residencias a las que los militares habían acudido a desinfectar ha sembrado una sospecha, que me parece injusta y, sobre todo, el pánico entre los familiares de quienes allí se encuentran. Recordemos que desde hace ya semanas esos familiares no pueden contactar con los seres queridos que están en las residencias porque las medidas de distanciamiento social con este sector empezaron antes que en el resto. Familiares que, encerrados en sus casas como usted y yo, oyen estas noticias y no encuentran la manera de saber si los suyos están afectados por casos de negligencia, fatalidad o tienen la suerte de no estar infectados. La desazón puede ser total. Urge a que desde todas las instancias y autoridades se aclare la situación real en la que se encuentran todas las residencias de ancianos del país, se realicen de manera masiva test a todos sus empleados y residentes, y se dote al personal que trabaja en esos lugares de unas medidas de autoprotección que eviten que se contagien y, también, puedan contagiar. Ahora mismo, volviendo a la guerra, la batalla de las residencias se está perdiendo, y eso cuesta vidas día a día.

Ayer eran los hospitales, hoy las residencias, mañana… poco a poco los frentes en los que se desarrolla la lucha se amplían y el balance con el que podemos contar se tuerce sin cesar. El número de contagiados en estos centros antes mencionados crece de manera exponencial, muy por encima de otros lugares, convirtiéndose en focos expansivos del virus que, si no se controlan, pueden ser lugares de muy elevada letalidad. Parece evidente que las administraciones están perdiendo el control de algunos de estos frentes de lucha y que las armas con las que disponen para batallar escasean. El balance de la guerra, a día de hoy, pinta muy oscuro.

martes, marzo 24, 2020

Muerte sin despedida


Nuestra vida está llena de rituales, porque los necesitamos. Nos ayudan a anclar momentos, a darles un sentido personal y colectivo. Ir a misa y todo lo que en ella se hace es un ritual estricto, el cómo los aficionados organizan su viaje hasta el campo de deporte y lo que allí sucede acaba siendo un ritual compartido entre cánticos y colores, las rutinas que uno se impone ante determinados actos a lo largo del día se convierte en ritos privados, que pueden tener tanta importancia como cualquier otra ceremonia pública… los ejemplos son infinitos y todos los conocemos. Su ausencia nos resta sentido a lo que hacemos.

Una de las grandes desgracias que viene asociada a la horrible situación que estamos viviendo es la imposibilidad de despedirse de aquellos que han muerto para poder garantizar las medidas de dispersión social y evitar así la propagación del virus. Ayer murieron 462 personas en España de esta enfermedad, una cifra inmensa, y 462 familias y grupos de amigos vieron negada su voluntad, su necesidad, de despedirse del fallecido, de velar su cuerpo, de organizar un rito, religioso o laico, de juntarse en comunidad y expresar conjuntamente el dolor de la pérdida. Y esos 462 grupos de personas saben que esa negación es necesaria, porque es la única manera de que esa cifra no se vea incrementada en el futuro mediante los probables contagios que podrían darse entre los reunidos en la despedida, pero el razonamiento de la medida no puede eliminar su crueldad. Saber que haces lo mejo posible cuando renuncias a ese momento de duelo inicial y a decirle adiós a quien querías no puede esconder el llanto externo ni el miedo interno. En su desgracia, esas familias y amigos están solos, no pueden abrazarse para compartir duelo, no tienen el consuelo de las miradas cercanas que te apoyan desde unos ojos que te miran con cariño y unas lágrimas que se ven y, también, comparten. Arrojados a la clandestinidad de las profilaxis sanitaria, sus muertos no son suyos, sino de la asepsia que busca parar la cadena de contagio, y nada de lo que el finado hizo en vida para despedirse de sus allegados podrán repetir los suyos con él. ¿Cómo sobrellevar esa carga? ¿Cómo asumir la necesidad de castrar esos rituales en aras del bien común? Aunque toda la sociedad sintamos como propio el dolor de estas familias y la pena que les llena, pese a que su dolor se extienda sobre nosotros y transforme estos días en una especie de velatorios colectivos, en los que cada casa tiene una porción del dolor que se respira en el ambiente, ellos están solos. Físicamente nadie les acompaña ante uno de los trances más duros que se sufren a lo largo de la vida. Es una situación cruel hasta el extremo. En muchos casos los fallecidos son ancianos a los que, ya por medidas de seguridad, desde hace semanas los familiares no podían visitar en sus residencias o lugares en los que se encontrasen, por lo que nada han podido hacer para prevenir una situación que a todos nos ha arrollado y que a ellos, directamente, les ha aplastado en vida. Si los rituales que hacemos en estas ocasiones buscan exteriorizar la pena para comenzar a asimilarla, y que el duelo, ese proceso interno y largo, comience de la mejor manera posible, cómo será la reacción de esas 462 familias de ayer, las otras cientos de hoy, y todas las que cada día se suman al goteo incesante de fallecidos que nos deja esta enfermedad. La manida frase de “no quiero ni imaginarlo” cobra aquí todo el sentido, porque todos hemos vivido la muerte de alguien cercano y lo que eso supone, pero por nada del mundo querríamos la condena adicional que ahora se ceba sobre los allegados de los fallecidos.

Cuando todo esto pase, que pasará, es probable que muchas familias organicen actos de recuerdo, memoriales, funerales y otro tipo de celebraciones, para dar sentido al cruel absurdo que ahora están viviendo. Serán actos a posteriori, de homenaje y recuerdo, pero pasado ya un tiempo y con el momento de la muerte del familiar sito semanas o meses en el pasado, en un pasado odioso y oscuro. En esos actos se repetirán rituales que hoy debieran haber sido, pero que no han podido, y la soledad de ahora será paliada por la compañía de entonces. Se tratará de curar en algo la herida sangrante dejada por la epidemia, y algo consolará, pero no lo suficiente. Para muchos el dolor de lo que sucede carece de expresión y consuelo. Lo siento mucho.

lunes, marzo 23, 2020

Sánchez y Churchill


Este fin de semana hemos tenido dos comparecencias de Sánchez desde la Moncloa, distintas y de valor también muy diferente. La primera, el sábado, fue un largo ejercicio de autobombo vacío de contenido, que buscaba transmitir un mensaje emocional y que, a mi entender, sólo generó hartazgo. Ayer, tras la videoconferencia con los presidentes autonómicos, la comparecencia fue más breve, con más anuncios, como el de la prolongación del estado de emergencia quince días más, y nuevas alusiones a lo emotivo, pero en una actuación algo más contenida, frente al vacío del sábado noche.

Cuando llega una crisis el espíritu de Churchill, que nunca se ha ido del todo, resucita con fuerza y todos los políticos quieren apropiarse de él, ejecutando frases y sentencias que buscan inspirarse, cuando no directamente copiar, en lo que dijo el premier británico en las horas más duras de su nación frente al imperio nazi. La oratoria y la arenga del líder es algo tan clásico que su inicio puede fecharse en, al menos, el discurso fúnebre de Pericles, que es un sentido alegato a favor de los valores de la democracia ateniense, pero de ahí en adelante son ingentes los ejemplos de pláticas de ánimo, que buscan enervar a las masas y tropas. El cine ha abusado de ellas y los políticos actuales, poco dotados para casi todo lo que no sea extender la bronca, recuren en estos tiempos de zozobra a la copia directa de párrafos o al parafraseo de sentencias usando ejemplos del pasado, y claro, Churchill sobresale entre todos ellos por la proximidad temporal de su acción, por lo conocido de su figura y, obviamente, por la brillantez de sus discursos, que marcaron un hito. A lo largo de estos días Sánchez, Casado, EL Rey y todo el que ha salido a dar discursos ha pretendido situarse en un Westminster imaginario, ver a la nación a la que se dirige el Londres azotado por el Blitz y a l virus enemigo vestido de nazi, con grandes esvásticas y negro atuendo. ¿El resultado es el esperado? Pues no. Escuchar las grandes frases de don Winston funciona a veces, pero de tan repetidas han perdido mucho de su valor, y además no sólo eran sus palabras, sino su acción, lo que les daba el valor debido. Uno puede escuchar odas al sacrificio y unión por parte de Sánchez o Casado y preguntarse hasta qué punto esas bellas palabras salen de gargantas y cuerpos que no las representan. En la clase política española la clase no ha sido, precisamente, uno de los valores más cultivados, sino más bien lo contrario. El arrojarse las culpas unos a otros, el sectarismo y la politiquería barata han ido conquistando cada vez más espacio en un momento en el que la imagen ha conquistado al mensaje, la pose al contenido, el tuit al pensamiento. Y en estas nos llega una crisis de las gordas, de las serias, de las del mundo muy real ante la que la ideología no sirve para nada y requiere actuación, eficiencia, liderazgo real y espíritu de sacrificio. Nada de eso ha existido en la política española ante crisis enormes, como la del separatismo catalán o la Gran Recesión de 2008. Por eso, ante apelaciones políticas sobre la necesidad de actuar juntos, que son ciertas y necesarias, gran parte de la audiencia mira con cara de mosqueo, y un “sí, sí” sarcástico que denota que la credibilidad de los que emiten estos mensajes es muy muy baja. Actuaciones de irresponsabilidad absoluta como la de Iglesias, saltándose la cuarentena y alentando desde el gobierno caceroladas contra la jefatura del estado mientras cientos de personas mueren cada día contribuyen a este mosqueo general ante una política que no sabe, y parece, no quiere, estar a la altura necesaria y debida.

Una cuestión interesante de las comparecencias de Sánchez, que ahonda en la sensación de estar ante un pose, es el papel de Miguel Ángel Oliver, el secretario de estado de comunicación. Ante la necesidad de realizar las ruedas de prensa de manera telemática, en sus primeras celebraciones los periodistas mandaban por whatsapp textos o vídeos, pero ahora es el propio equipo de Oliver el que filtra las preguntas, edita y muestra en pantalla, por lo que es evidente que se edulcoran en mayor o menor grado. Y esto nuevamente contribuye a restarle valor a estas necesarias comparecencias. El equipo de Moncloa debiera volver a la anterior modalidad de entrevistas, pero dudo mucho que lo haga.

viernes, marzo 20, 2020

Miradas de recelo en el Mercadona


Era necesario conseguir provisiones, reponer el stock de cosas que tengo en casa para sobrevivir, así que ayer por la tarde cogí el carrito y me fui al Mercadona, esa cadena de supermercados que está en boca de todos y que es la que más factura en España en lo que se hace a llenar las bocas y estómagos. Ya al salir de casa uno notaba que todo era raro, porque el silencio que había en mi barrio, el que detecto desde la ventana de casa cuando la abro, era el dominante. No era el silencio de agosto, mes hueco en Madrid, sino un vacío de sonido mucho más intenso, denso, completamente anómalo.

Una ciudad como esta tiene, como el residuo del Big Bang, un ruido de fondo que nunca cesa, una especie de brrr difuso que se mantiene día y noche, y que se convierte en el lienzo sucio sobre el que el resto de sonidos deben tratar de alzarse. Ahora no, ese soporte es una lámina blanca, tan blanca que asusta. Atravesé algunas calles en las que el tráfico era testimonial, y apenas me crucé con gente en mi ruta hacia el colmado, y todos los cruces fueron similares; a distancia, espaciados, sin apenas cruzar miradas. Llegué al supermercado y no había demasiada gente, cosa que agradecí. Era el principio de la tarde, hora de por sí poco concurrida. Cogí el carro y aproveché el paso por la sección de frutería para, a parte de pillar algunas piezas, coger un par de guantes de plástico de los que se usan para tomar las frutas para ponérmelos y no quitármelos hasta que llegué a casa. No tengo mascarilla, así que fui con la cara descubierta, pero aparte de todo el personal, que la llevaba, casi todos los clientes también portaban esa prenda, llamémosla así, que se exhibía en tipologías de lo más variada. Amplias o estrechas, con o sin filtro, de un blanco aséptico o de colores verdosos de tono hospitalario…. Los pocos que andábamos haciendo compra lo hacíamos de uno en uno, casi nadie iba acompañando a otra persona, todos en silencio, a lo que íbamos, sin entretenernos mucho. Cada pasillo en el que uno coincidía con otro era un lugar de miradas recelosas, de sensación de sospecha. Las miradas decían “apártate”, “aléjate”, manteniendo en todo momento distancias amplias y escasa quietud. Daba la sensación de que todos estábamos haciendo algo clandestino, que no queríamos que se nos viera allí, que en el fondo sabíamos de la necesidad de hacerlo pero el gran error, quizás peligro, que suponía estar en ese momento entre baldas, con personas cerca, en vez de en el refugio del hogar. Y todo, como en la calle, en medio de mucho silencio, otra vez ese silencio que no es el acostumbrado en un local cerrado y que congrega a mucha gente. Sólo los “pí” de las cajas cada vez que pasan un artículo, que son bajitos, destacaban, pudiéndose escuchar como una señal de radar en el fon del océano, donde los submarinos humanos tratábamos de avanzar en medio de nuestro forzado sigilo. A la hora de pagar había señales en el suelo para mantener la distancia mínima de seguridad, pero todos la duplicábamos, sin que nadie nos obligara a ello, y era la cajera la que nos indicaba, como en las ITV, cuándo debíamos entrar con el carro a su caja. Llegó mi turno, y realicé el acostumbrado proceso de vaciado del carro sobre la cinta, el recogido posterior de todo lo comprado y el pago, con tarjeta. La cajera era una mujer de media edad, espigada, rápida, bien protegida. Saludé al principio y final del proceso, y pensé en darle algo de conversación, pero no me atreví, en medio del silencio. Metí todo en el carro y salí del supermercado.

En el camino a casa, con el carro algo más pesado, iba más despacio, y las ruedas golpeaban con más intensidad las aceras y baches del camino, tan desolado como lo estaba apenas hacía tres cuartos de hora. Me cruzaría con tres o cuatro personas en todo el camino de vuelta, y en cada caso, a distancia, se repetían los mismos gestos de recelo, de distancia, de apestados que se eluden, en medio de la última tarde del invierno, que era tan tranquila como si fuera la primera de primavera. Pero más allá del tiempo, nos hemos quedado en el invierno social más crudo, en el de las miradas que se eluden entre el miedo.

jueves, marzo 19, 2020

Un Congreso vacío


La imagen de la sesión del Congreso de los Diputados de ayer lo dice todo en su vacío, su desolación. Si uno aterrizase ahora en el mundo y lo viera pensaría que el compareciente es un miembro del grupo mixto, porque es con esas intervenciones cuando la masa de diputados aprovechan para salir del hemiciclo y atrincherarse en la cafetería o en otras zonas del parlamento. Ayer, sin embargo, la cafetería estaba cerrada, y el resto de áreas del edificio estaba tan desolada, o más, que el propio salón de sesiones. Nada es como era antes de la crisis del coronavirus, y en el Congreso, a simple vista, también se nota.

En lo que hace al desarrollo de la sesión en sí, poco que comentar, salvo un relativo milagro y la acostumbrada melancolía. El milagro viene del acuerdo de fondo que existe entre PSOE y PP para aprobar todas las medidas que se presenten para hacer frente a la crisis, lo que es ya un avance. El PP parece haber optado por no hacer mella en los errores cometidos por el gobierno en la gestión de esta crisis, especialmente hasta el 8M, el día de la irresponsabilidad nacional, y aunque mencionó de pasada algunas de estas carencias, Casado afirmó que apoyará todo lo que haga falta, bien sea la aprobación del actual estado de emergencia o la más que probable extensión, extensiones, del mismo durante el tiempo que sea necesario. Ese apoyo se ampliará a los paquetes económicos que el gobierno ya ha presentado y que, también, deberá ir ampliando a medida que el desastre económico en el que nos adentramos ahonde en su profundidad. Esa mayoría muy absoluta que representan PSOE y PP garantiza que todas las medidas legislativas que se vayan proponiendo saldrán adelante. A partir de ahí, la melancolía que produce ver cómo los tres extremos populistas de la cámara, Vox, Podemos y el independentismo catalán, siguen instalados en su discurso sectario del que no les baja ni la peor de las crisis imaginable (está en la que estamos, por ejemplo). Esas fuerzas, con sus votos, aprobarán el estado de emergencia vigente, pero a partir de ahí el discurso que mostraron ayer vuelve a exhibir otra vez su corteza de miras y su necedad. Vox, que el citado 8M contribuyó a la irresponsabilidad colectiva con un contagio masivo bajo techo, habló de unidad y patria, pero acabó gritando casi de todo, en un discurso destructivo, el único que posee, al respecto de una crisis de la que apenas se ha enterado, no sabe nada y en cuyo desarrollo su principal papel ha sido el de extender el número de positivos. Podemos, satisfecho de estar en el gobierno, se honra de las medidas tomadas, especialmente la aprobación por la puerta de atrás de la presencia de Iglesias en el CNI, cosa que sin duda alegra infinitamente al líder absolutista de esta formación, que posee un ego sólo comparable a la dimensión de la vigente crisis. Comparados los discursos de Vox y Podemos, me reafirmo que serían esos dos partidos los que debieran formar coalición, porque si intercambian un par de sustantivos entre ellos pueden usar las mismas plantillas, rimas huecas y frases demagógicas. Por su parte, el independentismo catalán no pierde oportunidad para desmarcarse de todo y mostrar que su ombliguismo no tiene límites. El tuit que colgó Clara Ponsatí hace unos días, que a toda prisa difundió su jefe, el fugado Puigdemont, refleja muy bien la catadura moral de esta gente, enferma de nacionalismo hasta el extremo. Sí, conseguiremos encontrar una vacuna que nos inmunice del coronavirus, pero del nacionalismo no hay manera de hallar una cura ni de algo que permita bajar su delirante fiebre y síntomas.

Lo importante, con lo que nos debemos quedar es que, de facto, de mientras dure el estado de emergencia y al situación excepcional, y háganse a la idea que va para largo, el gobierno de unidad PSOE PP lo será en el Congreso, y todo se aprobará con el voto de, al menos, esos dos partidos, lo que da una cierta garantía de estabilidad. Queda la gran duda de los presupuestos que habrá que hacer tras este envite, unos presupuestos de guerra, que ojalá también contasen con un inmenso apoyo, pero que temo que se conviertan ya en arma arrojadiza entre unos y otros. De momento no es así. Conformémonos con eso, que no es poco.

miércoles, marzo 18, 2020

Los días iguales


Hace un par de años Ana Ribera, bloguera, escritora, profesional de medios de comunicación, escribió un buen libro titulado “Los días iguales” en el que narraba su lucha contra la depresión, mal que sufrió durante varios años. Admite que, pese a superarlo, se ha convertido en una exdepresiva, alguien que siempre tiene el miedo de que las sombras vuelvan, de que el mal que la aquejó regrese, y que por ello su curación nunca es completa. Vive en permanente guardia, un trocito de su mente se mantiene día y noche ojo avizor controlando que “eso” no aparezca. Y en ese caso, correr para actuar lo antes posible. El libro merece mucho la pena.

Me he acordado de él estos días tanto por lo que cuenta como por la inevitable sensación de igualdad de los días, que se han convertido en reiteraciones de sí mismos sin fin. Hasta hace una semana cada día tenía su afán, por usar una expresión algo apolillada pero certera. Entre semana el trabajo igualaba a los cinco días  laborales, pero entre ellos se colaban actividades, cursos, tareas específicas, que obligaban a llevar una agenda. El martes he quedado con no se quién, el viernes tenemos entradas para esa obra de teatro, no te olvides…. Y así citas constantes que salpicaban los calendarios. Y no les cuento nada de la gente que trabaja a turnos, que tiene días locos de trabajo o de ocio que no concuerdan con la rutina del establecido fin de semana, o de los autónomos, cuyo fin de semana es muchas veces una prolongación de los días laborables. Todo ese ajetreo hacía distinguibles las fechas, y todo eso se ha perdido de repente, como otras tantas cosas. Hoy es miércoles, pero podía ser sábado o viernes, qué más da. Para los profesionales de la sanidad, seguridad, abastecimiento y resto de sectores que están trabajando por y para todos no hay ya día de descanso, sus jornadas son eternas y les da igual que sea “laborable” o “festivo” distinción que ya no entienden. Para los que teletrabajamos los días laborables siguen siéndolo, pero de una manera muy distinta, porque más allá de la rutina de la pantalla con aplicaciones laborales que arrancamos cada mañana no hay nada que nos diga si estamos en una jornada o en otra, nada nos separa los días que, como un bucle, se van repitiendo a medida que los contemplamos desde la habitación de casa en la que trabajamos o pasamos el rato, siendo muchas veces la misma esa habitación. Las rutinas, algunas autoimpuestas, otras forzadas, que antes acompañaban el pasar del tiempo han sido deshechas por obra y gracia de la epidemia, y nos encontramos ante una vida en la que el vacío de sentido es mucho mayor que antes si cabe. En su libro Ana señalaba que este era precisamente uno de los síntomas que mejor representaban lo que estaba viviendo, la sensación de repetición vacía de las fechas, que cada jornada no representase absolutamente nada, y que en ella levantarse, ir a trabajar y volver a casa los días laborables, o no hacerlo los días festivos, diera absolutamente igual. La dejadez en la que uno cae en estas situaciones resulta aprisionante, paradójicamente no por la imposición externa, sino por la inexistencia de alternativas. Combatir a ese vacío es uno de los mayores retos posibles, y sabemos que enfrentarse al vacío, a un mal que no vemos, es uno de los mayores retos posibles. Eso, que también pasa con los virus, que no detectamos, sucede también con la depresión y otros padecimientos mentales.

En cada casa en la que vamos a pasar todos estos días que quedan y vendrán, tendremos que luchar para que estos vacíos se llenen, tengan algo de sentido, se diferencien entre ellos. Nos veremos obligados a imponer rutinas para que un día sea distinguible, su nombre nos diga algo y no sea sólo uno más. Cada uno creará las suyas, las que prefiera, pero acabarán surgiendo a medida que el confinamiento se extienda, y eso, como señalaba Ana en su libro, será un arma efectiva para luchar contra el mal, no en este caso el del virus, pero sí el de la sensación de encierro que, poco a poco, irá creciendo en nosotros. Luchemos para que cada día sea distinto.

martes, marzo 17, 2020

La bolsa debiera cerrar temporalmente

Ayer el Ibex se cayó un 8% en otro día negro, en lo que no es sino un collar de perlas oscuras que se suceden sin cesar. Y pudo ser peor, porque a media mañana la bajada era del 12% y se perdía el nivel de los 6.000 puntos, que al final se mantuvo. Es melancólico pensar que hace apenas tres semanas y media el índice se situaba en el entorno de 10.100 y con perspectivas de seguir subiendo en una coyuntura internacional compleja pero que pintaba favorable. Por la tarde, el Dow Jones, que empezó cayendo un 7% aceleró sus pérdidas desde a lo largo de todo el día y acabó cayendo el 13%, el segundo mayor desplome de su historia.

¿Tiene sentido que las bolsas sigan abiertas? Dado que hoy en día la operativa es electrónica los mercados pueden funcionar estando todo el mundo en casa, por lo que su apertura no viola la regla sanitaria que nos hemos impuesto, pero el comportamiento habitualmente caótico de la bolsa se ha convertido, desde hace unos días, en un espectáculo de pánico desatado en el que las cotizaciones se hunden sin remedio, dejando a (casi) todos los operadores deshechos y con pérdidas inasumibles, pérdidas que no dejan de crecer a medida que pasan los días, la crisis se prolonga y nos hacemos a la idea de que la economía real va a quedar deshecha tras el paso del coronavirus. La última vez que se suspendieron las cotizaciones fue en 2001, con el atentado de las Torres Gemelas del 11S. El bajo Manhattan, la sede de la bolsa de Nueva York, quedó convertido en un campo de guerra y era físicamente imposible operar. Ahora, como si se tratase de un ataque con una bomba de neutrones, todas las infraestructuras, bursátiles y no, permanecen en perfecto estado, pero somos los humanos los que nos vemos atacados por el virus y mostramos la vulnerabilidad que en su día exhibieron estructuras y edificios. A medida que el cierre de naciones se propaga por todo el mundo, de una manera desorganizada, los efectos económicos se extienden sin cesar y el parón de la actividad va camino de ser global. Por ello, con una economía que va a colapsar en los próximos días en España, que ya lo ha hecho en Italia, y que lo hará en el resto de Europa y EEUU, que las bolsas sigan abiertas no es algo que tenga mucho sentido. En España, el regulador, la CNMV, ha prohibido las posiciones cortas, que es una forma de actuar en bolsa que permite ganar dinero cuando los mercados bajan, en aras de buscar una cierta estabilidad y contención en los desplomes, pero no ha hecho nada más, porque entre otras cosas no puede. El Ibex funciona con el calendario europeo que afecta a las bolsas del viejo continente, y debiera ser una decisión internacional la que decretase el cierre, y la duración del mismo. Mientras tanto, asistiremos a sesiones de rebote en las que algunos tratarán de rehacer sus destrozadas carteras mientras que otros claudiquen del todo, seguidas de otras sesiones en las que las caídas seguirán hasta que lleguen a un punto en el que carezcan de sentido. ¿Cuál es ese punto? Ni idea. Hace una semana, con los índices ya destruidos, parecía que los precios de compra eran muy atractivos, comparados con los que existían en el pasado, no ya el de semanas, sino de años. Ver, por ejemplo, a Telefónica, perdiendo los seis euros era un disparate y, a la vez, una muy tentadora oportunidad de compra, y ni les cuento cuando se perdió el nivel de los cinco euros, y así cada vez más bajo, más atractivo en precio, mayor pérdida de los que entran a un determinado nivel. Ayer las “matildes” cerraron a un ridículo precio de 3,68, que puede ser una excelente oportunidad de compra, o carísimo en un par de días.

Cerrar temporalmente la bolsa no es un anatema, ni una medida populista, sino otra barrera de protección como las que día a día se erigen en una situación de guerra, nada virtual, muy real, en la que lo que usted pensó que nunca iba a pasar sucede día tras día. Si cerramos las fronteras y Europa se carga en una tarde el tratado de Schengen, que es una de las mayores creaciones de esta UE que, ella misma, corre riesgo de ser devorada por el maldito virus, que no pensar de mercados de valores, que se pueden reabrir en un instante cuando las cosas se estabilicen. Sería otra de esas decisiones que hacen historia en medio de esta historia que vivimos.

lunes, marzo 16, 2020

Reclusión


El viernes por la mañana empezaba a ser obvio que ese iba a ser el último día en el que íbamos a estar en la oficina durante bastante tiempo, por lo que empezó un apresurado, nervioso y caótico proceso de instauración del teletrabajo, en una organización que apenas está preparada para ello en niveles que no sean directivos. Carreras, prisas, nervios, imprevisión, voluntarismo, esfuerzos, con la intención de que, al menos, todos los empleados pudiéramos conectarnos desde casa. Hoy se verá hasta qué punto eso es posible, tanto en nuestro trabajo como en tantos otros.

Con al menos una semana de retraso, el gobierno anunció el viernes que el sábado decretaría el estado de alarma , en un movimiento que demuestra la absoluta bisoñez del actual equipo de Moncloa porque, como ante una devaluación monetaria, estas son medidas que se aplican unos minutos antes de anunciarlas. A lo largo del sábado íbamos a saber en qué se concretaban estas medidas tras un consejo de ministros extraordinario, que empezó a las diez y media y tenía prevista su rueda de prensa a las dos de la tarde, pero ni a las tres ni a las cuatro ni a las ocho compareció nadie, dando así rienda suelta a todo tipo de bulos, rumores, intrigas y caos en unas redes que ardían en medio del silencio de Moncloa. El enfrentamiento entre las dos patas del gobierno, la de PSOE y Podemos, se pudo manifestar en toda su crudeza, como así señalaban muchos medios, y es que si los afines al gobierno señalaban que hubo “divisiones y debate” pueden imaginarse los tacos que se lanzaron sobre esa mesa. La misma presencia de Pablo Iglesias, que debía estar en cuarentena, en la reunión de los ministros, lanzó un nefasto mensaje. ¿Cómo el gobierno pide a la población que mantenga cuarentenas y protocolos si el vicepresidente del mismo no es capaz de hacerlo? A mi entender, la crisis del gobierno es plena, y pase lo que pase con esta crisis, el equipo que rige en Moncloa está roto, lo admita o no. La comparecencia que realizó Sánchez a las nueve de la noche le salvó la cara, porque en contenido y formas, se ajustaba al momento de extrema gravedad que vivimos. Serio, con una aire presidenciable, expuso los puntos que desarrollan el decreto del estado de alarma, que entraría en vigor pocas horas después, y trató de detallar el contenido de cada uno de esos puntos de una manera comprensible, aunque sea realmente imposible que una norma recoja de este tipo recoja todos los supuestos a los que afecta. La decisión de que sólo ministros del PSOE (sanidad, defensa, interior y Movilidad) sean los responsables de la gestión de la crisis en todo el país señala que no hay confianza alguna en el equipo de Podemos por parte del presidente. Cierto es que es más seguro estar en manos, pongamos, de Margarita Robles que en las de Pablo Iglesias, por lo que apruebo la decisión. Las preguntas telemáticas que se hicieron después de su comparecencia se centraron tanto en las medidas del estado de emergencia como en la imagen de crisis que había dado el gabinete. A las primeras Sánchez contestó como pudo y supo, a las segundas, simplemente, las eludió. El balance político de la jornada dejó un saldo favorable para la figura del propio Sánchez, pero muy negativo para la imagen del gobierno de coalición, que naufragó. La decisión de dejar para mañana martes las medidas económicas que permitan, ay que ilusión, paliar la tremenda crisis que se nos viene encima demuestra que la batalla entre las dos caras del ejecutivo está siendo dura y cruel, y que es de esperar cualquier cosa al respecto.

En fin, con este panorama político de cierto naufragio es como afrontamos el tercer día de cuarentena desde unos hogares de los que no debemos salir. El número de contagios sigue subiendo y el recluirnos todo en casa es una medida muy necesaria que, lo siento, sólo empezará a generar efectos a partir de unas dos o tres semanas, cuando los infectados que surjan sólo sean los que se contagiaron hasta este pasado sábado. A partir de hoy empiezan semanas en las que da igual que sea lunes o sábado, o martes o viernes. Todos serán una repetición de sí mismos, y todos, todos, todos, en casa, viéndolo.

viernes, marzo 13, 2020

Aislamiento social


A lo largo del día de ayer a muchos de los compañeros del complejo ministerial en el que trabajo empezaron a recibir la orden de irse a casa y teletrabajar, algo que es factible dado lo que desarrollamos en el día a día pero que, técnicamente, no está preparado ni mucho menos para afrontar una situación como la presente, con todos los puestos físicos abandonados. De momento, en mi Ministerio (Hacienda) la orden es que los que tienen personas a su cargo, hijos y ancianos principalmente, pueden pedir ausencias, permisos, trabajar desde casa y cosas por el estilo, pero el resto debemos de seguir viniendo, por lo que hasta que se ordene el cierre total del complejo, cosa que debiera haberse hecho ya, seguiré viniendo.

Para el resto de los días, de momento sólo mis fines de semana, y para toda la semana en el caso de los que ya trabajan desde casa, comienza un encierro que debe ser visto como una cuarentena autoimpuesta y como un ejercicio de responsabilidad colectiva, aunque pueda ser molesto y e incordiante. Creo que poco a poco muchos empiezan a asumir la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos, pero aún no son los suficientes. Las imágenes de un Madrid vacío de trabajo contrastan con la de unas terrazas llenas, en las que el ocio se dispara alimentado por chavales y jóvenes que carecen de clase y se han encontrado con una veraniega semana de marzo. De nada sirve cerrar escuelas y facultades para evitar el contagio del virus si luego esas personas se vuelven a agrupar de manera masiva en lugares cerrados, en los que el virus puede proliferar tanto como en las aulas. La enfermedad no distingue entre espacios, sólo prefiere densidades apelotonadas de personas. Por eso, los reiterados llamamientos a que todo el mundo se quede en casa durante estas jornadas y las muchas que vienen no son una recomendación vacía, sino el más valioso consejo que se puede dar. Se debe estar encerrados, saliendo sólo lo imprescindible, que en esencia es ir a comprar comida y a la farmacia a por medicamentos para aquellos que lo necesiten. Se puede salir a dar paseos pero en zonas en las que no haya gente, en espacios abiertos, vacíos, sin contacto personal. El resto, vida hogareña. Para muchos permanecer en casa es algo similar a una condena en vida, acostumbrados a un ritmo social que hace de la calle el espacio habitual de vida. Que se le caiga a uno la casa encima es una expresión habitual que resume muy bien ese sentimiento de ahogo que experimentan los que no pueden quedarse en el hogar nada más que lo imprescindible. Pues lo siento mucho, pero vienen días, semanas, de autoenclaustramiento, de encierro, de vivir en el sofá, de no hacer vida exterior. En el caso de los que tienen a los niños en casa esta situación es similar a una condena, porque algunas jornadas son llevaderas, pero no tengo dudas de que a partir de la segunda semana el ambiente se puede tornar tenso, donde no hay cable atirantado que pueda igualar ese grado de tensión que se alcanza tras convivir días y días con niños. No se cómo se soluciona eso. En mi caso, que vivo sólo, el aislamiento es algo que no se me hace ajeno, porque siempre que estoy en casa me encuentro en el vacío, pero aun así será un reto pasar varios días encerrado cuando nos manden a todos a casa. Provisiones de libros, y las ahora omnipresentes plataformas televisivas pueden ser la salvación para muchos, aunque la creciente cancelación de eventos deportivos va a hacer que muchos, que organizan su ocio alrededor del deporte, se encuentren aislados frente al mando a distancia y unos canales de pago que no emiten nada de lo que se supone que debían echar, y que para eso fueron contratados. Una alternativa, como dicen algunos que les pasa a diario, es perder horas muertas en los menús de las plataformas, que dicen que son oceánicos en su dimensión e inabarcables en su catálogo.

Esta apremiante recomendación de encerrarse en casa para todo el mundo se torna exigencia para las personas mayores, área de riesgo evidente ante la crisis que vivimos. Si usted tiene edad, por encima de los 65 – 70 años, no salga de casa para nada. Repito. No salga de casa. Quédese ahí por tiempo indefinido. Si necesita compras que alguien se las haga y deje en el rellano de su escalera, y una vez marchado, abra usted su puerta y recójalo, pero no salga de ahí. No interaccione con nadie. Es cruel saber que visitar a los mayores puede ser, ahora mismo, lo más peligroso que se puede hacer para su salud, que es lo más importante. Enciérrese con muchos libros, y no siga la evolución de la bolsa, que le dará aún más dolores.

jueves, marzo 12, 2020

Desconexión global


A medida que las naciones toman medidas, en unas actuaciones que aparentan estar completamente descoordinadas, asistimos en directo a la voladura de las estructuras sociales y económicas que dan sentido a nuestra vida y le otorgan sus características. El coronavirus se extiende sin que nada parezca frenarlo de manera efectiva, y sólo el aislamiento absoluto, el régimen monástico medieval puede frenarlo. Y eso, que es antinatural para nuestra mente moderna, es lo que está destrozando las ilusiones y sentimientos de una población global, que ve como el reloj lleva unos cuantos días girando en sentido contrario y nos está trasladando a un pasado de siglos oscuros, del que leíamos cosas con misterio y aprensión, y que ahora está aquí.

La decisión de Trump de ayer de suspender los viajes con la Europa Continental es la última medida de aislamiento. La penúltima la tomó también ayer por la noche el gobierno italiano, cuando decidió cerrar el país por completo y determinar que sólo farmacias y tiendas de alimentación se mantuvieran abiertas. Italia ya es la Florencia de la peste de la que huían los protagonistas del Decamerón de Bocaccio, y su realidad es la que nos espera al resto, empezando por los españoles, en un plazo no de semanas, sino de días. Es probable que entre hoy y el fin de semana el gobierno decrete cierres parciales o totales del país, amparado en la declaración oficial del estado de emergencia, alarma o de alguna figura similar. Italia es ahora mismo una nación paralizada, con una economía detenida que no va a ninguna parte y una sociedad estabulada, que debe permanecer en casa sin hacer mucha cosa esperando a que el tiempo y el aislamiento sean los que impidan la propagación del virus. Nuevamente el remedio medieval es el único que parece ser efectivo para luchar contra la pandemia. Mi consejo, querido lector, es que vaya asimilando que lo que viven los italianos ahora mismo es lo que se va a producir aquí dentro de pocas jornadas. Asombra ver el paralelismo que se da entre ese país y el nuestro en la evolución de los acontecimientos y en el decalaje de los mismos. Allí también mucha gente festejó, de manera absolutamente irresponsable, el que los colegios y universidades se cerrasen, organizando fiestas, llenando terrazas y bares, y viajando sin freno por el país desde los lugares en los que se encuentran los centros de estudio a los de residencia habitual de los estudiantes, en un ejercicio de irresponsabilidad propagadora del virus digno de estudio. En España hemos visto exactamente lo mismo, la misma falta de cordura, el alucinante festejo colectivo que llena locales de ocio nocturno como si estuviéramos en una recreación del verano, con botellones por doquier. Visto con distancia, parece la fiesta que organizan un grupo de incautos desesperados antes de ser capturados por el enemigo. El mundo se desconecta, se sume en sombras de temor e incertidumbre, y algunos siguen pensando que esto no va con ellos. Sin la responsabilidad social adecuada, las decisiones que tomen las administraciones, más o menos acertadas, serán poco útiles. Veíamos con risa y sensación de extrañeza que China decretase el aislamiento en grandes ciudades y pensábamos que eso sucedía en otro mundo, en otro planeta, en un lugar en el que no nos afectaba nada. Y ahora ya está aquí, y seguimos pensando que no va con nosotros. Y la situación no es mejor en otras naciones, porque tanto Reino Unido como otros países nórdicos siguen sin adoptar las mínimas medidas de bloqueo necesarias para tratar de que el escenario de pandemia, que les alcanzará inevitablemente, o haga a un ritmo más moderado, digerible por el sistema de salud y las costuras de la sociedad. De poco sirven los ejemplos de los adelantados y los avisos de los vigías, los barcos siguen estrellándose en los arrecifes.

¿Cuánto tiempo puede aguantar una sociedad moderna una situación como esta? ¿Qué sucede cuando la economía se para por completo y la actividad llega casi a cero? ¿Cómo afrontar una parálisis no ya de la nación, sino de las vidas, durante un tiempo prolongado? Nadie tiene las respuestas a este maldito experimento que estamos viviendo, pero a buen seguro las iremos conociendo a medida que nos adentremos más y más en él, con el deseo absoluto de que nada de esto hubiera pasado nunca, y con la certeza de que, tras ello, el mundo no será como lo hemos conocido hasta ahora.

miércoles, marzo 11, 2020

No acaparar


Escribió hace unos años Antonio Muñoz Molina un espléndido ensayo (que no es espléndido si lo escribe Muñoz Molina) titulado “Todo lo que era sólido” referido a los años que precedieron al derrumbe económico de 2008, en los que la riqueza aparente nos desbordaba, los castillos en el aire aparentaban solidez pétrea y el jolgorio social era tan ruidoso como la irresponsabilidad. Luego se vio que poco se puede construir en el aire, aunque haya nubes que posean forma almenada, y que el desplome arrastro formas de vida, pensamientos y, sobre todo, la sensación de seguridad que teníamos respecto a lo que considerábamos inmutable, que dejaba de serlo como por ensalmo.

Algo parecido está sucediendo con la evolución de la crisis del coronavirus. Lo que parecía lejano, ajeno, propio de otros continentes (y, aunque no se decía, de lugares atrasados) llegó hasta aquí, y nos ha costado muchos días, muy valiosos, pasar de la negación a las primeras medidas de respuesta, que se basan en la separación social para evitar la propagación descontrolada. No fue hasta ayer por la noche cuando se decidió suspender unas fallas valencianas que no debieron haber empezado nunca, y todo así. De esa falta de respuesta inicial obtendremos una mayor dificultad a la hora de contener el virus. Lo que sí se vio ayer ya con todo detalle es como el miedo ya ha pasado del ambiente a los bolsillos de los ciudadanos, y las colas ante los supermercados se sucedían, con personas entrando en orden y saliendo con carros cargados hasta los topes en previsión de una hambruna o un eterno aislamiento. Así son los comportamientos sociales; gregarios, irracionales, pendulares, actúan como corrientes de agua que, una vez rota la presa, se desmoronan río abajo, y resulta muy difícil nadar en contra de la corriente. Es normal que muchas familias compren más comida de lo habitual dado que, desde hoy, en Madrid y otras localidades tienen que dar de comer a sus hijos en casa, cosa que hasta ayer lo hacían los colegios, pero es absurdo acotar las existencias de pasta, arroz, geles desinfectantes o el místico papel de baño, dejando las estanterías de los supermercados tan vacías como el día de su primera instalación. Juan Roig, presidente de Mercadona, salió ayer ante los medios para transmitir un mensaje de tranquilidad, garantizar el abastecimiento y tratar de poner un poco de orden en medio del caos. Nadie niega que estamos viviendo una situación extraordinaria, eso es obvio, pero lanzarse en masa a arrasar el supermercado es, sencillamente, absurdo. No lo haga. No lo haga. Planifique una compra de medio y largo plazo en el que los productos perecederos sean los principales, tales como legumbres, pasta, arroz y demás, pero sin exageraciones, y piense que toda esa montaña de productos frescos que ha comprado caduca al poco, y que no va a durarle mucho en casa, donde probablemente no dispone de infraestructura para congelar. Me llegaron comentarios, que nunca sabe uno si son ciertos o no, de escenas de discusión en unas cajas de cobro saturadas, donde el personal vive unas avalanchas que ni en Navidad, y apenas puede controlar el flujo de personas y material. Se que es fácil decirlo, y sobre todo desde una posición de comodidad como la mía, que vivo sólo y que mi abastecimiento de comida se puede sostener con muy poca cosa, pero debemos conservar algo de calma y cabeza fría, mantener las medidas de higiene y separación física en la medida de lo posible, pero no actual de manera salvaje, en un comportamiento que sólo genera perjuicios, también en forma de aglomeraciones en las que los contagios se suceden. Piensen hasta diez antes de lanzarse a la carrera con el carrito de la compra, y traten de transmitir una sensación de racionalidad en su entorno en este aspecto.

Se está aludiendo mucho al comportamiento responsable de cada uno para poder capear esta crisis, y eso está bien, pero no basta ante situaciones sociales que están organizadas, como los espectáculos públicos, que debieran ser cancelados para evitar que sigan siendo focos de propagación, pero en la vida privada de cada uno esa responsabilidad es la dominante, y ahí nos jugamos parte de la lucha contra este virus. Las reglas de comportamiento social que en el día a día nos permiten coexistir sin agredirnos son finas, mucho más débiles de lo que podemos creer, y hay que tratar de mantenerlas en pie como sea. También en la cola del supermercado, también ahí.

martes, marzo 10, 2020

Aceleración vírica


Decían las malas lenguas, que a veces aciertan y otras no, que ninguna medida de contención dura contra el coronavirus sería implantada en España hasta que se celebrase la manifestación del 8 de marzo y, casualidad o no, así ha sido. De hecho este pasado domingo tuvimos otra jornada en la que la tradicional irresponsabilidad social que caracteriza a nuestro país se manifestó en toda su crudeza, con la citada marcha del 8M, en Madrid y otras muchas ciudades, la celebración de eventos deportivos masivos sin control alguno y, qué risas, un concurrido mitin de Vox bajo techo en el que se despotricaba contra el gobierno mientras se contribuía con saña a extender los contagios.

Bueno, pues lo serio ya está aquí. Como sucede siempre, otras naciones han ido por delante en la extensión del problema y en la necesidad de tomar medidas drásticas mientas que aquí negábamos la mayor, afirmando que esos problemas nunca llegarían. Obviamente, han llegado. De momento localizados en Álava y Madrid, pero tranquilos, que en unos días la situación será equivalente en el conjunto del país. Seguimos a rajatabla el patrón que marcan las curvas matemáticas que siguen estos fenómenos, y mantenemos una distancia de aproximadamente 8 – 10 días respecto al escenario italiano, que nos muestra una imagen de país que empieza a estar sobrepasado por la situación. A lo largo del día de ayer empezaron a dictarse las primeras medidas de restricción seria, con el cierre de colegios desde ayer mismo en Vitoria Labastida, en la provincia de Álava. Por la tarde, y en una doble comparecencia que parecía diseñada para que las administraciones se pisasen unas a otras, el gobierno regional de Madrid y el nacional anunciaban el cierre de todo el sistema escolar de la comunidad madrileña a partir de mañana miércoles, de cero años a universidad, en principio por un tiempo de dos semanas, pero no tengo muchas dudas de que se alargará hasta, al menos, un mes. El cierre de colegios es una vía para tratar de evitar movimientos de población y que la circulación del virus se frene, pero no es efectiva en todos los casos. En este concreto que nos afecta sus efectos sanitarios son mixtos, y dependen mucho del comportamiento de los niños una vez que no vayan a clase. Portadores de la enfermedad, apenas la sufren, pero pueden transmitirla, por lo que es trascendental que se queden en casa y que no se junten todos en parques y zonas de juego, mucho menos a puerta cerrada, porque lo que evitamos con el cierre lo propiciamos con la alternativa. Para los padres, a partir de mañana se abre un escenario confuso y lleno de dudas, que va a forzar a muchos a quedarse en casa para cuidar a los niños, en lo que sería sanitariamente lo más adecuado, porque es más seguro que los niños se queden en casa con los padres que con los abuelos, sobre todo para la salud de estos últimos, que son los más susceptibles de enfermar. Habrá padres que puedan quedarse en casa y otros que no, y supongo que en la jornada de trabajo de hoy miles y miles de personas tratarán de negociar medidas con sus empresas para diseñar un escenario para mañana. Las bajas, incentivadas, consentidas o escaqueantes, se dispararán a partir de mañana y cada uno tratará de buscar una solución como pueda. Y no será fácil. Y no será porque otros países no han tomado esta medida con anterioridad y no nos han dado un tiempo precioso, días, que nos hubieran servido para organizar un escenario así. Como siempre nos pasa, nos hemos dormido en los laureles, hemos procastinando de una manera tan profesional como vergonzosa y, a menos de 24 horas del cierre escolar, las alternativas existentes son casi nulas. Y ya saben cómo evolucionan las cosas, con una muy elevada probabilidad, en unos pocos días el cierre escolar se extenderá a todo el país porque las curvas de crecimiento de la enfermedad son muy testarudas, y seguirán la evolución marcada por Italia con una tozudez desesperante. Los del resto de CCAA tienen un par de días para ver cómo gestionar a los niños en casa.

Ayer Irlanda, nación muy pequeña que está en un estadio de la crisis menor que el nuestro, decidió suspender los desfiles de San Patricio, su patrón nacional, tanto en Dublín como en Cork, en una medida dura, pero necesaria para tratar de que, cuando les toque lo duro, que les tocará, lo haga a menor velocidad y tengan mayor margen de actuación. A la vez, aquí siguen a todo trapo las fallas valencianas sin que nadie ose a suspenderlas, como debiera ser, y siguen los preparativos de una Semana Santa que tendría que estar ya prácticamente cancelada. Y así miles y miles de jaranas, eventos y chuflas que nadie tiene tres dedos de frente para decir que deben ser cancelados. No tenemos remedio.

lunes, marzo 09, 2020

El norte de Italia, en cuarentena


Reconozco que me gusta mucho leer sobre cuestiones distópicas, o ver películas o series al respecto, y no debo ser el único. Es una temática que tiene cierto éxito desde hace tiempo, y que en los últimos años ha explotado, hasta adquirir un cierto aspecto de burbuja. Quizás la aceleración de los tiempos que vivimos y la sensación creciente de descontrol que ello implica nos haga buscar en relatos de futuros alternativos la respuesta a dudas de nuestro presente. En general, estos relatos son sombríos, nos muestran tras un fracaso, un error provocado casi siempre por nosotros mismos, y nos llevan hasta vías y sociedades que nos generan angustia. Luego miramos nuestra vida actual y nos sentimos consolados. Quizás por eso tienen éxito.

Por ello, resulta divertido pasar un tiempo en esos futuros imaginados pero no es nada agradable sentir que, en tiempo real, la vida se adentra en un escenario imaginado en el que la sociedad se derrumba, y eso mismo, o lo más parecido a ello, es lo que ahora mismo se está viviendo en Italia. Los datos de la epidemia de coronavirus en esa nación hermana son cada vez más alarmantes, con miles de contagiados y un balance de fallecidos que ayer alcanzó los 366. Ante esta situación, el gobierno de Roma ha adoptado medidas que sólo eran imaginables, no factibles, y que china puso en vigor hace ya algunos meses en la provincia de Hubei. El decreto de la madrugada del domingo crea un área de exclusión que recoge la zona más rica y próspera del país, la Lombardía, el Veneto y otras provincias anexas, convirtiendo el sueño húmedo del movimiento nacionalista de la Padania en una pesadilla social. Se trata de contener todo lo posible la expansión de un virus que un primer cerco no ha logrado parar, entre otras cosas porque todos pudimos ver que ese cerco no era tal, con personas entrando y saliendo, y periodistas contándonoslo. Ahora parece que podemos estar ante un escenario similar, pero a una escala mayor. Las crónicas que llegaban ayer desde Italia hablaban de confinamiento, sí, pero recalcaban que trenes, aviones y carreteras seguían permitiendo la comunicación entre esas áreas y el resto del país, y que no eran pocos los que estaban aprovechando la confusión para salir de la zona restringida y escapar hacia el sur, donde a buen seguro muchos de ellos tienen familia. Si esto es así, la cuarentena impuesta desde Roma será poco efectiva, como lo fue la pasada, y los focos se extenderán al resto de la nación, cierto que con menor intensidad que si nos encontráramos ante un escenario de libertad de movimientos, pero llegarán. Una de las lecciones que nos ha dado el confinamiento chino es que, para ser efectivo, debe ser carcelario. Los datos de la epidemia que llegan de la provincia de Hubei muestran un aparente descenso de los datos, y empieza a verse como controlado el brote, pero para ello ha sido necesario encerrar, en todos los sentidos del término, a millones de habitantes en sus ciudades y bloquear por completo las comunicaciones de las zonas infectadas con el resto del país. Este bloque puede ser llevado a cabo plenamente bajo dos condiciones que China cumple. Una es la de poseer un gobierno dictatorial, que ordena, ejecuta y manda sin oposición alguna, y la otra es la de ser una sociedad colectiva, en la que la libertad individual está sujeta a las necesidades del conjunto. Todo esto permite imponer, y soportar, sacrificios enormes. En Europa carecemos de ambas características. Nuestros gobiernos, democráticos, carecen de la fuerza necesaria para imponer medidas propias de estados de guerra sin que las costuras políticas y legales de los estados crujan, y nuestras sociedades se basan en ciudadanos libres e iguales, poseedores de derechos. Como colectivo se pueden tolerar imposiciones del gobierno, pero el caso italiano demuestra hasta qué punto resulta difícil, si no imposible, imponer cierres por decreto de áreas pobladas en un país de movimientos y economía libre. La lección de China sobre cómo ha controlado el brote es difícilmente extrapolable a este lado del mundo, y eso debiera preocuparnos, y mucho.

Para Europa Italia es el canario en la mina, el país que va unos diez días por delante del resto en el proceso de expansión del virus, y muestra el escenario de pesadilla en el que podemos instalarnos en una semana o menos de seguir las cifras como siguen. Alemania, Francia y, como no, España, muestran curvas ascendentes de infectados y fallecidos que replican, con un decalaje temporal preciso, lo que sucedió en Italia. ¿Estamos abocados a llegar a escenarios como ese? Muy probablemente sí, y dependerá de la suerte y de cómo actuemos el que podamos aplanar esas curvas de infectados y muertos. Sino su dinámica nos explotará en las manos y sabemos lo que sucederá entonces. Sí, vivir distopías es una pesadilla.

viernes, marzo 06, 2020

Se aclara la carrera demócrata en EEUU


El coronavirus lo está ocultando todo, y el resto de noticias languidecen, salvo una, la del vertedero de Zaldíbar, que seguiría opacada aunque la epidemia no existiera, porque los dos trabajadores enterrados importan a poco más que sus familias. Han tenido la desgracia de morir en el oasis del PNV y PSE, y eso les convierte en molestia, no en noticia. Si se encontrasen bajo toneladas de residuos ilegales en otra comunidad, a buen seguro que tendríamos especiales de televisión al rojo candente siguiendo los trabajos de rescate y denuncias a tutiplén sobre lo ilegal de la empresa en la que se dejaron la vida. Tranquilos, nada de eso sucederá, sigan circulando.

Una de las noticias grandes que ha quedado sepultada es la de las primarias demócratas en EEUU. El día 3 fue el supermartes, en el que votaron un grupo enorme de estados y se decantó un tercio de los compromisarios que elegirán al candidato presidencial. Se esperaba que esta cita aclarase las cosas en un partido que presentaba una alarmante inflación de candidatos, y así ha sido. De los cinco grandes competidores que quedaban, tres han dejado de serlo tras lo sucedido en esa jornada. El primero en abandonar fue el joven Pete Buttigieg, para alivio de todos los periodistas audiovisuales, que no se hacían con la pronunciación de su apellido. Lo dejó justo antes del martes, tras los resultados de Carolina del Sur. Tras un inicio muy potente, Buttigieg comprobó que la polarización de alternativas le perjudicaba y que, quisiera o no, esta elección se va a decantar entre septuagenarios, por lo que optó por retirarse y, supongo, esperar cuatro años para consolidar su figura en el país y demandar el cambio generacional que tendrá lugar, sí o sí, en 2024. Justo tras el supermartes abandonó Michael Bloomberg, candidato de perfil moderado, millonario hasta decir basta, que arriesgó toda su campaña al resultado de ese gran día, que derrochó millones de su bolsillo como nunca se ha visto y que cosechó un resultado tan desastroso que quedó claro que su candidatura no iba a ir a ninguna parte. Se estima en quinientos millones de dólares el dinero gastado, dilapidado, por Bloomberg en lo que sin duda ya es el mayor ejercicio de derroche vacío de la historia de la política norteamericana, lo que casi equivale decir a la mundial. Decidió presentarse cuando el resto de candidatos ya estaban lanzados, sin gran experiencia política salvo sus años de alcalde en Nueva York, y obsesionado por derrotar a Trump. Su figura mediática ha salido golpeada tras este fracaso y quizás, en el futuro, hacerse un Bloomberg se convierta en una frase hecha para expresar el derroche masivo que conduce a la nada, gastar y gastar para nada tener. Ayer, tras sus escasos resultados, se retiró Elisabeth Warren, senadora, de las más preparadas del partido, que se encontraba cada vez en una posición más incómoda porque su discurso, sin ser tan radical como el del Sanders, no cuadraba con el discurso moderado del resto de candidatos. Era la única mujer que quedaba con opciones tras el descarte de Klobuchar y en su despedida hizo referencia a que la campaña va a ser entre hombres para disputar la presidencia a un hombre. Tras las bajas, parece claro que la disputa se va a dar entre los dos candidatos que más recorrido tienen y que presentan dos caras opuestas del partido, el radicalismo que se vende como socialista de Sanders y el pragmatismo que se vende como gobierno de Biden. Biden ha estado en el principio de este proceso con un pie en la tumba electoral tras los desastres cosechados en Iowa y Nevada, pero ha sabido aguantar y salió como el claro ganador del supermartes, con un resultado excelente. La renuncia de candidatos moderados ayuda a sus expectativas, dado que ahora él es la figura que todo ese votante puede acoger como menos mala. Los demócratas tienen el reto de escoger entre el candidato radical que enamora a sus desatadas bases, Sanders, o un candidato que no emociona mucho al electorado demócrata pero que puede ser el único con opciones reales frente a Trump. Nuevamente, la elección debe ser la de alguien que maximice las opciones de victoria, no de quien encandile a los forofos. Por eso es probable que Biden sea el escogido.

Sea cual sea el candidato, a día de hoy las opciones que posee de ganar a Trump el próximo 3 de noviembre son escasas, empezando porque lo normal es que un presidente sea reelegido. ¿Quién puede derrotar a Trump? A día de hoy sólo uan recesión económica podría tumbar sus aspiraciones de renovación, y aquí vuelve a entrar en escena el coronavirus y sus efectos. Brama Trump contra la FED para que regale el dinero y, así, compre tiempo hasta noviembre, para mantener el ciclo de crecimiento que se alarga hasta el infinito en EEUU. De no mediar crisis económica lo más previsible es que sea Biden el que lea el discurso de derrota demócrata en la noche del primer martes de noviembre, pero ya ven la actualidad, cada día es más imprevisible (salvo en Zaldíbar, claro).

jueves, marzo 05, 2020

La expansión del coronavirus


Durante los cinco días transcurridos en Elorrio pocas novedades han sucedido en mi entorno que merezcan comentario, pero aunque las hubiera, habrían resultado aplastadas por la fiebre del coronavirus, que se extiende sin freno por los medios de todo el mundo a medida que la epidemia crece en extensión e intensidad. Resulta asombroso vivir en directo la creación de un fenómeno noticioso global de semejante magnitud y velocidad, y comprobar cómo se recibe en cada nación la llegada del virus, de los problemas a él asociados, y las maneras de gestionar su propagación y efectos. Muchos sociólogos están ante un experimento de valor incalculable.

En España las cifras de la epidemia suben sin cesar, habiendo superado ya la barrera de los doscientos y empezado a contabilizar los primeros fallecidos, uno ayer en Bilbao y otro en Valencia, que murió hace ya bastantes semanas y que se ha sabido, con un extraño retraso, que quizás fue el primer fallecido por este brote que lo hizo fuera de China. A medida que los guarismos avanzan el foco informativo empieza a abandonar a los nuevos infectados para centrarse en los que están hospitalizados en la UCI y en el personal médico, que está siendo uno de los más afectados, por estar situado en primera línea de los potenciales contagios. La situación que se vive en el País Vasco es inédita, con decenas de profesionales aislados en cuarentenas, que no pueden ejercer su labor, dejando al sistema sanitario en una muy débil posición. Este es uno de los factores más importantes, y con el que hasta ahora casi nadie había contado, a la hora de luchar contra la enfermedad. Estamos ante un virus que sí tiene similitudes con la gripe, pero que también es muy distinto. Una de sus distinciones es que acaba degenerando en neumonías que requieren hospitalización, y eso tensa muchísimo los sistemas sanitarios, porque demanda camas, atención y profesionales en un grado muy elevado. Si a eso le sumamos las indisposiciones médicas, las bajas y las cuarentenas, y los problemas que en el día a día los profesionales sanitarios deben cubrir, estamos ante una situación muy complicada, un auténtico test de stress de los sistemas de salud, que se ejecuta no en una simulación informática o en una tabla de Excel, sino sobre personas, colectivos e instituciones, que deben tratar de afrontar un enorme reto. La profesionalidad de la gente que desempeña esa labor es total, pero todos los medios son, por definición, finitos, y es probable que nos enfrentemos a situaciones de escasez que serán paliadas de mejor o peor manera. El hospital vitoriano de Txagorritxu es el primero que afronta una crisis de recursos, y eso ha obligado al Gobierno Vasco a lanzar convocatorias urgentes de personal para cubrir unas bajas que se expanden a mayor velocidad que la del número de contagiados. También empieza a haber escasez de personal en los equipos que acuden a casa ante llamadas sospechosas de posibles casos, solicitando atención o la realización de pruebas que determinen si son contagiados o no. Mientras que otros negocios se enfrentan a paralizaciones o situaciones de caída de demanda, el sanitario se enfrenta a uno de los momentos más complejos que imaginarse uno pueda. De cómo sea capaz de afrontar esta situación dependerá, y no poco, la lucha de la sociedad contra esta nueva enfermedad. Por eso los que opinan que un buen destino de este virus es que se convierta en algo estacional como la gripe creo que no han calibrado correctamente el efecto que esto puede suponer sobre los sistemas de salud, a los que la gripe, cada año, somete a una soterrada tortura sin que se le preste atención por parte de medio alguno.

En Italia, principal foco de la enfermedad en Europa, y con la sensación de que el brote no está controlado, se extienden las medidas de impacto, y desde hoy todos los colegios y universidades del país estarán cerrados, en una decisión que recuerda a aquellos relatos medievales en los que las pequeñas urbes se cerraban ante el avance de las enfermedades, en medio del miedo de una población que nada sabía sobre a qué se enfrentaba. Varios siglos después el avance médico es espectacular, pero, nuevamente, la inmovilidad es el mejor remedio ante un virus que no conoce fronteras, idiomas, barreras ni otras disquisiciones humanas. Italia es ahora mismo un experimento en sí mismo, y su economía, otra enferma camino de la UCI.