jueves, enero 08, 2026

Se lo lleva crudo

Cuando usted ya estaba incumpliendo los primeros propósitos de año nuevo, incluso antes de que muchos renunciaran a su primera sesión de gimnasio por eso de “bueno, queda mucho año por delante” Trump ya estaba maquinado cosas para dejarnos a todos pasmados, y escogió Venezuela como el primero de sus objetivos, país que se encontraba en el punto de mira, literalmente, desde hace ya tiempo. Era evidente que el despliegue militar realizado en torno a las aguas del país caribeño no podía ser sólo un teatro, era demasiado aparatoso e intenso para quedarse en mera fanfarronada. Y en efecto, se usó.

El Sábado 3 de enero se puso en marcha una operación militar que, con el bombardeo previo de algunas instalaciones militares en Caracas y alrededores, llevó a cabo la captura de Nicolas Maduro, el presidente del país, el líder de la dictadura que oprime a los venezolanos. A lo largo de ese día las impresiones de los que seguíamos las noticias, al menos las mías, iban cambiando a la vez que se superponían. Evidente sorpresa por lo sucedido, por la forma y el éxito aparente de una operación de descabezamiento del régimen. Alegría por la caída de un dictador que ha oprimido a su país durante años, condenándole a la miseria económica y la represión. Inquietud por las formas, por la absoluta violación del derecho internacional que suponía que una nación, EEUU, se arrojase por su cuenta y riesgo la labor de descabezar a otra nación soberana y atacar su territorio, aunque fuera de una manera quirúrgica, como parecía que había sido el golpe, sensación de “deja vu”, de vuelta a unos años sesenta y setenta donde Washington imponía a sangre y fuego los liderazgos en una América Central y del Sur donde la democracia era una aspiración vana… todo agolpado a lo largo de una mañana en la que las noticias se sucedían sin parar, hasta llegar a un mediodía en el que se confirmaba que Maduro, apresado, ya iba camino a EEUU, a una cárcel en Brooklyn, uno de los distritos de Nueva York. La sucesión de opiniones y especiales en los medios no cesaba, en medio de unas vacaciones navideñas pre Reyes que ya habían quedado suspendidas para todos. Había aún bastante confusión, incluida entre los venezolanos opositores al régimen, que veían con asombro el derribo del tirano y el surgimiento de una esperanza pero, al menos así lo creía yo, era necesario esperar a la comparecencia de Trump, prevista para la tarde de ese sábado, para tener una idea medianamente cierta tanto de lo que había pasado como el cómo y las consecuencias de lo que vendría después. Esa aparición ante los medios se produjo en su casa de Florida, desde donde se dirigió toda la operación, en una nueva muestra de cómo el magnate considera la presidencia de su país como un negocio privado en el que la institucionalidad y las formas no son sino obstáculos a su megalomanía. Las explicaciones empezaron con retraso, pero a los pocos minutos de la misma empezó a quedar bastante claro no sólo que estábamos ante un nuevo espectáculo televisivo de Trump, de esos que tanto le gustan, sino que la captura de Maduro no se enmarcaba en ningún plan de derrocamiento de la dictadura chavista y de la vuelta de la democracia al país, no. Todo era una operación destinada sí al descabezamiento del régimen, y sí, sobre todo, a la puesta de Venezuela bajo tutela norteamericana para que los recursos naturales del país, especialmente el petróleo, pero no sólo, fueran gestionados, explotados e ingresados por empresas norteamericanas. No estábamos ante la caída de la dictadura, sino a su sometimiento ante otro régimen, que parece ir encaminado a serlo.

Transcurridos algunos días desde los hechos del 3 de enero, es evidente la desvergüenza absoluta con la que la administración Trump trata a la oposición venezolana y la obsesión que mantiene con el control del petróleo y sus ingresos. Estamos ante una mera operación de robo, de apropiación, de asalto. La sucesión en el régimen, a cargo de la muy conocida Delcy, garantiza estabilidad y represión de puertas para dentro y la tutela que EEUU va a poner sobre ella determinará que la mayor parte de los ingresos generados por el país se queden en Washington, incluso en la propia familia Trump, convertida en una satrapía. No va a haber transición democrática en Venezuela, sí un acuerdo entre mangantes, nacionales y extranjeros.

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