A veces las comparaciones son odiosas, y desatan una envidia que es difícil de controlar. Alemania ha sido atacada este verano de manera híbrida por Rusia. El gobierno alemán lo ha confirmado, denunciado y acusado a Moscú de ser el responsable, y anuncia medidas frente a él. España ha sido atacada este verano de manera híbrida por Marruecos. El gobierno español, ausente por vacaciones, apenas ha respondido ante el hecho, ha tratado de enmascararlo bajo un problema exclusivamente migratorio y defiende a Rabat de manera constante y sin rubor. ¿En qué país preferirían ustedes estar?
Lo de Alemania tiene su miga y ha acabo siendo lo que parecía. Todo comienza con la detección este agosto de un dron bomba en el aeropuerto de Leipzig. El dispositivo, terrestre, estaba cargado con un explosivo de potencia no muy elevada, pero suficiente para poder causar daños considerables en un avión, y más i se encuentra lleno de combustible y preparado para el despegue. El objetivo de este artefacto era un Antonov, uno de esos enormes aviones de carga de fabricación ucraniana, vestigio de la época de la guerra fría, cuyos ejemplares no abundan y son muy llamativos, con esas enormes alas dobladas situadas en lo alto del fuselaje y un tren de aterrizaje que parece una oruga infinita de ruedas. En el momento de la detección del incidente uno de estos aviones se encontraba en ese aeropuerto alemán, y la investigación determinó que era el objetivo. Las probabilidades de que alguien ataque intereses ucranianos y no sea Rusia son realmente escasas. El incidente, serio, obligó a cerrar el aeropuerto de la ciudad en la que yace Bach durante varias horas, y reveló serias fallas de seguridad, porque no hay otra manera de explicar que un dispositivo con explosivos hubiera podido acceder a la zona en la que se mueven los vehículos que trabajan con las aeronaves en las zonas de carga, repostaje, movimiento de equipajes, catering, etc. Se organizó un revuelo en el país por el fallo de seguridad que se había detectado que, afortunadamente, no llegó hasta el punto en el que el ataque, o atentado si lo prefieren, se pudiera consumar por completo. La escena de un avión explotando en la pista de un aeropuerto europeo por una bomba hubiera sido devastadora, y más en las semanas de mayor tráfico aéreo del continente, en plenas vacaciones de agosto. Tras semanas de investigación, ayer los responsables de seguridad germanos hicieron público lo que todo el mundo sospechaba, que Rusia estaba detrás de esa acción, que había podido causar víctimas en suelo alemán, que podría haber tenido efectos económicos serios de haberse producido, y que suponía la existencia de una trama que había manejado explosivos con fines perturbadores en un territorio ajeno a los dominios de Moscú. No tardaron las autoridades germanas en definir lo sucedido como ataque híbrido, atribuido al estado ruso, a sus servicios de seguridad o a ramas de los mismos. Es una acusación muy seria, pero consistente, porque no sería la primera vez que Rusia utiliza la violencia fuera de sus fronteras, sin reparo alguno, para dirimir asuntos propios. La novedad del hecho es que se trataría de una acción enmarcada en la guerra de Ucrania, dado el objetivo a destruir, pero que se desarrollaría en pleno corazón de Europa, y de la OTAN. De esta manera Rusia dice a los países de la UE que su territorio es considerado por Moscú como un campo de batalla, secundario, pero operativo, en el que se ven con derecho de plantear acciones, de la intensidad que estimen oportuno, para lesionar los intereses de Kiev. No es exactamente una declaración de guerra, pero sí una acción que se enmarca en lo que se llama la “zona gris” que es un lugar incómodo en el que parece que está claro lo que pasa pero es bastante difícil decidir cómo responder.
Pero claro, este grave acto ruso se queda en un juego de clase de química frente a lo que ejercitó Marruecos en Ceuta a finales de julio. Las dimensiones, el alcance, las consecuencias directas (más de cien muertos) y el desarrollo de lo que ha venido sucediendo después miden perfectamente la gravedad de lo que nos ha pasado en la frontera sur. En todo caso, parece evidente que la UE en su conjunto empieza a ser sometida a una pinza de presión que atenta contra su seguridad. Con Marruecos por un lado y Rusia por el otro extremo, aumentando la hostilidad de sus acciones según indican todas las fuentes de información serias, la sensación de acoso crece en una UE que sigue sin ser consciente del grave peligro al que se enfrenta.
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