Sin arrepentimiento, sin el más mínimo remordimiento por lo sucedido, sólo por tacticismo político, por impacto electoral. En su comparecencia del mediodía, tras el Consejo de Ministros, Puente se mostró como es, tras desgranar una serie de ideas de marketing que buscaban ser como carnaza para que piquen ingenuos. Dijo entender las peticiones de dimisión que surgían de voces de la izquierda, negó legitimada alguna a la derecha para reclamárselo, y reiteró por activa y pasiva que no iba a dimitir de ninguna manera. Su posición era firme, y su objetivo claro era seguir. Creo que todos los periodistas le preguntaron por su marcha, a todos se la negó.
Por la noche, al final de la comparecencia ante la Diputación Permanente del Congreso, Puente anunció que dimitía, justo después de volver a escuchar las peticiones de todos los grupos reclamándosela, salvo Bildu, el aliado fiel al que sólo le interesan sus presos, nunca las víctimas. Hizo una y mil veces su papel de mal educado y soberbio, ese personaje que tan bien ha construido y que tendría un futuro excelente en la Casa Blanca trumpista. Y pasadas las nueve, justo al final de la sesión, anunció que dimitía, que lo tenía pensado desde un primer momento, que lo hacía por responsabilidad política y que era el respeto a las víctimas del accidente lo que le llevaba a tomar esa decisión, pese a no tener nada que ver con los accidentes sucedidos. Es asombrosa la naturalidad con la que estos personajes que nos dirigen mienten, su arte para hacernos creer que lo que dicen es sincero. Puente no se fue ayer por la noche por ningún tipo de arrepentimiento ni nada parecido, no, lo hizo porque su jefe se lo exigió tas comprobar, en las encuestas internas que le partido estaba realizando desde el accidente, que el desplome en intención de voto era total. Puente se fue porque era el fusible que su jefe, quien ahí le puso, ha encontrado para tratar de salvar su cara ante el desastre que su gestión y la de sus subalternos ha creado. Puente se fue porque su jefe le echó, porque era prescindible y porque los votos le importan, al contrario que las víctimas. Puente se va porque es la vía que Sánchez cree haber encontrado para taponar la sangría que si le afecta, la de los votos, no la literal. Puente no dimitió cuando se produjo la tragedia de Adamuz, cuando esos cuarenta y algo fallecidos llenaron las imágenes y corazones de casi todos, salvo los que rigen en Moncloa y en el Ministerio, que no pudieron mostrar un desprecio mayor a las víctimas de ese desastre, y que durante estos meses se han esforzado sin descanso en obstaculizar la investigación de una juzgado desbordado y carente de medios, que ha reclamado ayuda pero que nadie se la ha proporcionado. Hay pruebas de la instrucción de Adamuz que siguen ahí, pudriéndose en medio del abandono más absoluto, a conciencia, de manera buscada. Sólo por eso Puente ya tendría una causa penal pendiente, además de las dos que se merece por los dos accidentes. Pero nada, desde el Ministerio y Moncloa se brindaba con champán sobre cómo el ruido de la política diaria tapaba todo y lograba sacar a las víctimas de la primera plana de la actualidad. Un éxito absoluto de la estrategia de marketing basura que los gurús han convertido en el día a día de nuestra miserable actualidad. De vez en cuando el portavoz de las víctimas conseguía un hueco en los medios pero era rápidamente opacado por cualquier otra cosa, y por no poca basura sembrada sobre el caso por los portavoces mediáticos habituales de un gobierno que sabe gestionar como nadie la propaganda y la mentira. Su olvido era ya casi total, hasta que se produjo la semana pasada el segundo accidente en nueve meses, el desastre absoluto otra vez, la tragedia que llegó como novedad a las familias de Urda y que revivió lo sucedido a las de Adamuz sin apenas tiempo para poder haber comenzado un proceso de duelo digno de tal. Y en medio de esas catástrofes, el gobierno, preocupado por su supervivencia. Sólo por eso.
Las víctimas de Adamuz pudieron ser despreciadas sin límite por parte del gobierno porque el accidente sucedió lejos de cualquier elección, podían sr orillados, humillados, olvidados, y así sucedió. Los de Urda le han estallado al gobierno a seis semanas de unas elecciones generales. Puente, que nunca ha mostrado empatía alguna por ninguna víctima, que ha tenido el despreciable gesto de tratar de convertirse él mismo en una, fue cesado ayer en un patético teatro orquestado desde Moncloa tras ver las pérdidas electorales. Les dan igual las víctimas, les dan igual todo. Sólo les importa el resultado de unas elecciones. Eso es lo que tenemos, eso es lo que hemos creado, eso es de lo que nos hemos hecho merecedores. Eso nos refleja.
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