Esta semana ha estado de visita en España el presidente francés Emmanuel Macron, pasando unos días de alborozo y sonrisas por parte de todos con los que se ha encontrado. En su país las cosas no serían tan agradables, porque como les pasa a la mayor parte de los dignatarios, los ciudadanos propios son los que cargan con sus medidas, no con sus sonrisas, y eso hace que la popularidad interior de los dirigentes sea mucho más baja que el afecto que despiertan en tierra ajena cuando hacen visitas de estado. Lo cierto es que si aquí tenemos la acampada de Sol, en Francia están, directamente, quemando institutos.
Allí la bronca no ha surgido por la vivienda, que es casi tan inaccesible como aquí, sino por la educación secundaria. Un movimiento estudiantil que demanda inversiones en los centros educativos, muchos de ellos necesitados de reforma con necesidad acuciante. Lo que empezó como una protesta de estudiantes ha ido escalando a lo largo de la semana, en la habitual tradición francesa, a un conjunto de algaradas en las que se mezclan las reivindicaciones sociales, el enojo por el disparo de los precios de la gasolina, la impopularidad de Macron y todo lo que ustedes quieran sumarle, de tal forma que ayer eran decenas las manifestaciones que en el país vecino acababan en serios enfrentamientos con la policía, con numerosos detenidos, heridos y destrozos, entre ellos algún instituto, que ahora sí que sí debe ser rehabilitado. La protesta social se produce a ocho meses de las presidenciales, en primavera del año que viene, por lo que el ambiente preelectoral lo impregna todo. Las formaciones de extrema derecha, principales favoritas para hacerse con la victoria con el Frente Nacional de Le Pen, culpan a la Francia Insumisa de Melenchon, el pablemos de allí, de alentar los disturbios y tratar de hacerse con las calles de una manera que no se lo van a permitir los votos. Algo de razón no les falto, aunque las reivindicaciones que llenan las calles tienen no poco de razón. Por el lado de la extrema izquierda se busca capitalizar lo más posible el descontento popular y subirse a la ola mediante una serie de promesas electorales de imposible cumplimiento, entre las que se ha colado el impago de la infinita deuda que tiene el país, lo que es un brindis al sol o una tentativa de suicidio colectivo. El espectro moderado, en el que destaca el partido de Macron y los restos de lo que antaño fueron el Partido Socialista y los gaullistas de derechas, andan sumidos en las sombras, sometidos a la dictadura de la polarización y con menguantes expectativas de voto. No es descartable que en esos comicios Le Pen se haga con la presidencia del país, pero para entonces aún queda bastante, y ya iremos viendo lo que pasa. Lo interesante de lo que sucede ahora mismo es que Francia empieza a mostrar síntomas de deterioro económico profundo, especialmente en lo que hace a sus finanzas públicas. La deuda nacional del país no deja de crecer y el tipo de interés de sus bonos soberanos, como el del resto de naciones, crece en estos meses de desplome del mercado de renta fija. Eso se traduce en que la partida del pago de los intereses de la deuda no deja de crecer y el agujero presupuestario se ahonda. Además, Francia, como el resto de las naciones europeas, sufre un proceso de envejecimiento que hace que las pensiones públicas sean la principal partida de gasto del presupuesto. Eso, sumado a los intereses que antes comentaba, acorrala a las finanzas públicas, que pierden margen sin cesar, y deben esquilmar del resto de partidas para poder sostenerse, y claro, la inversión suele ser la gran pagana cuando de recortar se trata. Decisión incorrecta desde el punto de vista estructural, pero lógica desde el político.
En el caso de Francia, dado que es el país más centralista de la UE y en el que más pesa el estado en la economía, si las cuentas del gobierno van mal, sus efectos se notan de una manera más profunda en todos los demás aspectos de la vida del país. La presión que empieza a sufrir su deuda soberana es significativa, y aunque se mantiene el amparo del BCE, Francia empieza a mostrar signos preocupantes de cara a un cambio de ciclo que pueda darse si el crecimiento que vivimos se torna en recesión. De momento allí las calles ya están sumidas en un “otoño caliente” y habrá que ver cómo se las arregla el presidente y su primer ministro Lecornu para no acabar, metafóricamente al menos, abrasados.
Subo a Elorrio y me cojo tres días de ocio. Si todo va bien, nos leemos el jueves 8. Pásenlo genial.