Mi madre tiene mucha mano para las plantas. Yo no, ni para eso ni para otras muchas cosas. Sea cual sea el modelo de maceta o especie que tenga, logra que florezca en casa y prospere, a veces en exceso. Nunca ha tenido jardín, pero sí macetas de interior y de balcón, que ahora ya no puede cuidar por la edad. Supongo que la práctica, la maña, el empeño y la constancia (como me recordaba el otor día LNV, compañera de trabajo) están detrás de su éxito. A sus cualidades en esa materia le ha dedicado tiempo y esfuerzo, y eso ha dado fruto en forma de hojas y flores. Sin los primero sería difícil conseguir algo, sin lo segundo sería imposible. Conjuntándolo todo, es posible que se dé el éxito.
Los que tienen jardines saben que es un lujo para el verano, que están muy bien par el esparcimiento y celebrar fiestas o encuentros, pero también conocen cuánto dinero ha costado hacerse con uno y el trabajo que requiere que no se desmadre. Hay que limpiar, desbrozar, cortar la hierba, cuidar las esquinas, regar, podar, eliminar especies molestas… hay épocas de mayor trabajo y otras más relajadas, pero requiere una dedicación constante, y un gasto corriente dedicado que no cesa, bastante inferior al de su creación original, pero como un goteo, constante. Si uno se descuida y deja de hacer lo debido la naturaleza no frena, y empiezan los problemas. Las hierbas desmadradas se hacen con el control de todo y la organización de la parcela empieza a sucumbir ante el avance libre de las especies en el tiempo. Puede ser más rápido o no según el tipo de plantas que se tengan y de lo que llueva, pero es posible que en pocos meses el elegante jardín que se tenía acabe convirtiéndose en algo bastante más caótico y sucio. Llega un momento en el que alguien, familiar o amigo, dice eso de “pero esto qué dejado está, no?” y entonces se hace inevitable dedicarle un esfuerzo para poder arreglar lo que se ha descompuesto, y normalmente se descubre que el jardín pierde todo su aire de espacio agradable para convertirse en un lugar de trabajo duro y exigente. Lo que antes eran actuaciones constantes y pequeñas se transforman en trabajo generales, largos y costosos, en tiempo y recursos. Se puede llegar incluso a la situación de tener que comprar herramientas que no se tenían, y que no hacían falta cuando se procedía de manera regular a intervenir, pero que ahora se requieren dado el desmadre en el que se ha convertido lo que en un momento se podía definir como un seto alineado. En el caso extremo, el dueño del jardín desespera, porque descubre que lo que debe hacer para devolver el terreno a su estado original es algo que le sobrepasa por completo, y no olvidemos que tiene otras cosas que hacer en su vida además de preocuparse por el espacio vegetal, y llega el momento en el que llama a una empresa de jardinería, que acude sin mucha tardanza, elabora un presupuesto con varios ceros, horas de dedicación y necesidades, y no le queda más remedio que aceptar. Al final los jardineros arreglan el espacio y lo dejan más o menos similar a como era un principio, pero tras haber hecho un trabajo intenso de corte, tala, despiece, retirada de residuos, limpieza, arranque, replantación, excavación y todo lo que pueda uno imaginarse. Terminada la tarea, el dueño del jardín vuelve a sentarse con vistas a su parcela, contento porque vuelve a tenerla lustrosa, digna de ser vista y enseñada, pero cabreado, porque hace cuentas y descubre lo caro, muy caro, que le ha salido su dejadez, lo que ha pagado desde ese momento en el que dijo “ya lo haré mañana” y ese mañana no llegó nunca. Se da cuenta de que el jardín va a requerir esfuerzo y coste de mantenimiento de por vida, siempre, porque de lo contrario volverá a desmadrarse. El día en el que se hizo con esa parcela no pensó en el trabajo que iba a darle mantenerla, pero ahora ve que esa labor debe ser permanente. Y hace cuentas, en tiempo y dinero, y entonces el verde de la hierba recién cortada ya no le parece tan fresco y brillante.
Todo funciona de la misma manera, sea un jardín o una línea de alta velocidad. Recordamos con impacto el día de su apertura y el trabajo que supuso llegar hasta allí, pero luego hay un coste recurrente por mantenimiento y uso de la infraestructura que no cesa, que puede ser más o menos abultado, pero que es condición necesaria para que las cosas sigan funcionando como es debido, que no se ve, que no luce, que no vende, pero que es requerido. Y que si no se realiza acaba creando jardines salvajes, casas con goteras o trenes estrellados. Todos los sistemas requieren mantenimientos, so pena de degradarse hasta convertirse en inoperativos. No hay político que sea capaz de aprenderse esto, no hay técnico que no lo repita sin cesar.
1 comentario:
La segunda ley de la termodinámica...
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